domingo, 27 de mayo de 2012

Anarquismo: lo que significa realmente
 Emma Goldman



La historia del desarrollo y crecimiento humano es, a la vez, la historia de la lucha terrible de cada nueva idea anunciando la llegada de un muy brillante amanecer. En su agarre persistente de la tradición, lo viejo con sus medios más crueles y repugnantes pretende detener el advenimiento de lo nuevo, cualesquiera sean la forma y el período en que aquel se manifieste. Tampoco necesitamos recaminar nuestros pasos hacia el pasado para darnos cuenta de la enormidad de la oposición, las dificultades y adversidades puestas en el camino de cada idea progresista. La rueca, la tuerca y el azote permanecen con nosotros; al igual que el ajuar del convicto y el coraje social, todos conspirando en contra del espíritu que va marchando serenamente.

El anarquismo no podía tener la esperanza de escapar el destino de todas las demás ideas innovadoras. Por supuesto, como el innovador de espíritu más revolucionario, el anarquismo necesariamente debe topar con la ignorancia y el envenenado rechazo del mundo que pretende reconstruir.

Para rebatir, aun de manera escueta, con todo lo que se está diciendo y haciendo contra el anarquismo, sería necesario un volumen entero. Por lo tanto, solamente rebatiré dos de las objeciones principales . Al así hacerlo, trataré de aclarar lo que verdaderamente quiere decir anarquismo.

El extraño fenómeno de la oposición al anarquismo es el que trae a la luz la relación entre la llamada inteligencia y la ignorancia. Y aún esto no es tan extraño, cuando consideramos la relatividad de las cosas. La masa ignorante tiene a su favor que no pretende simular conocimiento o tolerancia. Actuando, como hace siempre, por puro impulso, sus razonamientos son como los de los niños. "¿Por qué?" "Porque sí." Aún así, la oposición del no educado hacia el anarquismo merece la misma consideración que la del hombre inteligente.

¿Cuáles son las objeciones entonces? Primero, el anarquismo es impráctico, aunque sea un ideal precioso. Segundo, ambos el hombre inteligente y la masa ignorante no pasan juicio luego de un amplio estudio del tema, sino de lo que escuchan o de una interpretación falsa.
¿Cuáles son, pues, las objecciones?

Primero, el anarquismo no es práctico, aunque sea una idea muy atrayente. En segundo lugar, el anarquismo equivale a violencia y destrucción, por lo que debe ser rechazado por vil y peligroso. Tanto el hombre inteligente como la masa ignorante juzgan no a partir de un conocimiento profundo del tema, sino de rumores o falsas interpretaciones.

Un esquema práctico, dice Oscar Wilde, es uno que ya tiene existencia, o una forma que podría llevarse a cabo bajo las condiciones existentes; pero son exactamente esas condiciones que uno objeta y cualquier propósito que pudiese aceptarlas necesariamente es incorrecto y una locura. El verdadero criterio de lo práctico, por lo tanto, no es si puede mantener intacto lo incorrecto e imprudente; hasta cierto punto consiste en averiguar si el esquema tiene la vitalidad suficiente para abandonar, dejar atrás las aguas estancadas de lo viejo y edificar, al igual que mantener, una nueva vida. A la luz de esta concepción, el anarquismo es definitivamente práctico. Más que ninguna otra idea, es de ayuda acabar con lo equívoco e irracional; más que ninguna otra idea, está edificando y manteniendo nueva vida.

Las emociones del hombre ignorante se ven continuamente aplacadas por las historias sangrientas del anarquismo. Nada hay demasiado ofensivo para ser aplicado en contra de esta filosofía y sus oponentes. Por lo tanto el anarquismo representa para el no-pensante, lo que el proverbial malvado, hace al niño,--un monstruo obscuro empeñado en tragarlo todo; en pocas palabras, destrucción y violencia.

!Destrucción y violencia! ¿Cómo va a saber el hombre ordinario, que el elemento más violento en la sociedad es la ignorancia; que su poder de destrucción es justamente lo que el anarquismo está combatiendo? Tampoco, no está al tanto de que el anarquismo; cuyas raíces, como fuesen, son parte de las fuerzas naturales, destruyen, no células saludables, sino el crecimiento parasítico, que se nutre de la misma esencia de la vida social. Está meramente librando el suelo de yerbajos y arbustos para eventualmente producir fruta saludable. Alguien ha dicho que se requiere menos esfuerzo mental para condenar, que lo que se requiere, para pensar. La indolencia mental esparcida mundialmente, tan prevaleciente en la sociedad nos prueba una vez más que este hecho es demasiado cierto. En vez de ir al significado de cualquier idea dada, para examinar su origen y razón de ser; la mayoría de las personas, la condenarán enteramente, o dependerán de definiciones de aspectos no esenciales superficiales o llenas de prejuicios .

El anarquismo reta al hombre a pensar, a investigar, a analizar cada proposición; pero para no abrumar al lector medio también comenzaré con una definición y luego elaboraré sobre lo último.

ANARQUISMO:--La filosofía de un nuevo orden social basado en la libertad sin restricción, hecha de la ley del hombre; la teoría que todos los gobiernos descansan sobre la violencia y por lo tanto son equívocos y peligrosos, al igual que innecesarios.

El nuevo orden social descansa, por supuesto, en la base materialista de la vida, pero mientras todos los anarquistas concuerdan en que el mal actual es uno económico; mantienen que la solución a esa maldad puede conseguirse solamente bajo la consideración de cada fase de la vida, --individual, al igual que colectiva; la interna, al igual que la fase externa.

Un escrutinio a fondo de la historia del desarrollo humano descubrirá dos elementos en un agrio conflicto el uno contra el otro, elementos que ahora comienzan a ser entendidos, no como extranjeros entre sí, pero estrechamente relacionados y verdaderamente armoniosos, si son colocados en ambientes propios: de los instintos individuales y los sociales. El individuo y la sociedad han mantenido una guerra persistente y sangrienta por la supremacía, porque cada uno estaba ciego ante el valor y la importancia del otro. Los instintos individuales y sociales; el primero, el factor más poderoso para la iniciativa individual, su crecimiento, sus aspiraciones y autorealización; el segundo, un factor igualmente importante para la ayuda mutua y el bienestar social.

No se está lejos de encontrar explicación a la tormenta desatada dentro del individuo, y entre éste y su entorno. El hombre primitivo, incapaz de entender su ser, menos aún la unidad de toda la vida, se siente absolutamente dependiente de fuerzas ciegas y escondidas, siempre listas para burlarse y ridiculizarle. De esas actitudes crecieron los conceptos religiosos del hombre, como una mera partícula de polvo, dependiente en los poderes supremos elevados que sólo pueden se aplacados a través de la sumisión a su voluntad. Todas las sagas tempranas sobre esa idea, que continúan siendo el Leitmotiv de las historias bíblicas, bregando con la relación del hombre con Dios, con el Estado y con la sociedad. Otra vez el mismo motivo, el hombre es nada, los poderes son todo. Entonces, Jehová solamente tolerará al hombre que manifiesta la condición de entrega completa. El hombre puede tener todas las glorias de la tierra. El Estado, la sociedad, y las leyes morales, todas cantan el mismo refrán: el hombre puede tener todas las glorias de la tierra, pero no podrá ser consciente de sí mismo.

El anarquismo es la única filosofía que devuelve al hombre la consciencia de sí mismo, la cual mantiene que Dios, el Estado y la sociedad no existen, que sus promesas son vacías y sin valor, ya que pueden ser logradas sólo a través de la subordinación del hombre. El anarquismo, por lo tanto, es el maestro de la unidad de la vida, no meramente en la naturaleza, sino también en el hombre. No hay conflicto entre los instintos sociales e individuales, no más de los que existen entre el corazón y los pulmones: el uno, el receptáculo de la esencia de la preciosa vida; y el otro, el almacén del elemento que mantiene la esencia pura y fuerte. El individuo es el corazón de la sociedad, conservando la esencia de la vida social; la sociedad es el pulmón que está distribuyendo el elemento para mantener la esencia de vida--es decir, al individuo--puro y fuerte.

"La única cosa de valor en el mundo," dice Emerson, "es el alma activa; a la cual todo hombre tiene dentro de sí. El alma activa ve la verdad absoluta y la proclama y la crea". "En otras palabras, el instinto individual es la cosa de valor en el mundo. Es el alma verdadera la que visualiza y crea la vida de la verdad, del cual saldrá una mayor verdad, el alma social renacida.

El anarquismo es el gran libertador del hombre, sin coma de los fantasmas que lo han tenido cautivo; es el árbitro y pacificador de las dos fuerzas para la armonía individual y social. Para lograr esa unidad, el anarquismo le ha declarado la guerra a las influencias perniciosas, las cuales, hasta ahora, han impedido la armoniosa unidad de los instintos individuales y sociales.

La religión, el dominio de la mente humana; la propiedad, el dominio de las necesidades humanas; el gobierno, el dominio de la conducta humana, representan el baluarte de la esclavitud del hombre y los horrores que le exige. !La religión! Cómo domina la mente humana, cómo humilla y degrada el alma. Dios es el todo, el hombre es nada dice la religión. Pero, de esa nada, Dios ha creado un reino tan déspota, tan tirano, tan cruel, tan terrible, que nada que no sea desastre, lágrimas y sangre han reinado el mundo desde que los dioses comenzaron. El anarquismo impulsa al hombre a la rebelión en contra de este monstruo negro. Rompe tus cadenas mentales; le dice el anarquismo al hombre, porque, no va a ser hasta que tu pienses y juzgues por tí mismo, que saldrás del dominio de la obscuridad, el mayor obstáculo para todo progreso.

La propiedad, el dominio de las necesidades del hombre, la negación del derecho de satisfacer sus necesidades. El tiempo nació cuando la propiedad reclamó su derecho divino, cuando vino hacia el hombre con el mismo refrán, igual que la religión, "!Sacrifícate! !Abnégate! ¡Entrégate!" El espíritu del anarquismo ha elevado al hombre de su posición postrada. Ahora está de pie, su faz hacia la luz. Ha aprendido a ver la insaciable, devoradora y devastadora naturaleza de la propiedad y está preparándose para darle el golpe de muerte al monstruo.

"La propiedad privada es un robo," dijo el gran anarquista francés Proudhon. Sí, pero sin riesgo y peligro para el ladrón. Monopolizando los esfuerzos acumulados por el hombre, la propiedad le ha desposeído de su derecho de nacimiento tornándolo en un indigente y un paria. La propiedad ni siquiera posee la excusa tan gastada de que el hombre no crea lo suficiente para satisfacer sus necesidades. Apenas aprendido el ABC de la economía, los estudiantes ya saben que la productividad del trabajo, durante las últimas décadas, excede por mucho la demanda normal. Pero, ¿qué son demandas normales para una institución anormal? La única demanda que la propiedad reconoce es su propio apetito glotónico para mayor riqueza, porque riqueza significa poder, el poder de someter, de aplastar, de explotar, el poder de esclavizar, de ultrajar y degradar. América se muestra particularmente jactanciosa de su gran poder, su enorme riqueza nacional. Pobre América, ¿de que vale toda su riqueza, si los individuos que la componen son miserablemente pobres? Viviendo en la asquerosidad, en la suciedad y el crimen; perdida la esperanza y la alegría, deambula un ejército desterrado de presas humanas sin hogar.

Generalmente se considera que, a menos que las ganancias de cualquier negocio excedan su costo, la bancarrota es inevitable. Pero, aquellos comprometidos en el negocio de producir riqueza no han aprendido ni esta simple lección. Cada año el costo de la producción en la vida humana está creciendo más (50,000 asesinados, 100,000 heridos en América el año pasado); las ganancias para las masas, que ayudan a crear la riqueza, se se están reduciendo aún más. Todavía América continúa ciega a la bancarrota inevitable de nuestro negocio de producción. Ni es éste el único crimen de éstos. Todavía más fatal aún es el crimen de convertir al productor en un mero engranaje de una máquina, con menos deseo y decisión que su organizador de acero y hierro. Al hombre no sólo le están robando los productos de su labor, sino también el poder de la libre iniciativa, de la originalidad y el interés en o el deseo por las cosas que está haciendo.

La verdadera riqueza consiste en objetos de utilidad y belleza, en cosas que ayuden a crear cuerpos fuertes y preciosos y alrededores que inspiren a la vida. Pero si el hombre está condenado a enrolar algodón alrededor de la rueca, o cavar carbón durante toda su vida, no puede hablarse en ningún caso de riqueza. Lo que da al mundo son solo cosas grises y asquerosas, reflejo de su aburrida y odiosa existencia,--muy débil para vivir, muy cobarde para morir. Suena extraño el decirlo, pero hay personas que ensalzan el mortal método de la producción centralizada es el logro de más orgullo de nuestra era. Éstos fallan absolutamente, al no enterarse, de que si continuamos con esta docilidad mecánica, nuestra esclavitud será más completa que lo que fue nuestra unión al rey. Ellos no quieren saber, que la centralización no es sólo el toque de muertos de la libertad, pero también de la salud y la belleza, del arte y la ciencia, todas estas siendo imposibles en una atmósfera mecánica parecida a un reloj.

El anarquismo no puede sino repudiar tal método de producción: su meta es la expresión más libre posible de todos los talentos del individuo. Oscar Wilde define una personalidad perfecta como "una que se desarrolla bajo condiciones perfectas, que no ha sido herida, mutilada ni ha estado en peligro." Una personalidad perfecta, entonces, sólo es posible en un estado de la sociedad, donde el hombre sea libre de escoger el modo de trabajo, las condiciones de trabajo y la libertad para trabajar.

Una, para quien la fabricación de una mesa, o la preparación de la tierra, es como la pintura para el artista y el descubrimiento para el científico,--el resultado de inspiración, de intenso deseo y un interés profundo en el trabajo como una fuerza creativa. Siendo ese el ideal del anarquismo, la organización económica debe consistir en la producción voluntaria y asociaciones distributivas, gradualmente desarrollándose en comunismo libre, como el mejor medio de producción, con el menor de energía humana. Aunque el anarquismo también reconoce el derecho del individuo, o números de individuos, para acomodar todo el tiempo otras formas de trabajo, en armonía con sus gustos y deseos.

Tal exhibición libre de energía humana es posible sólo bajo la libertad completa, individual y social. El anarquismo dirige sus fuerzas en contra del tercer y mayor enemigo de toda equidad social, esto es, el Estado, la autoridad organizada o ley estatuaria,--el dominio de la conducta humana.

Igual que la religión ha encadenado la mente humana y como la propiedad, o el monopolio de las cosas, ha conquistado y ahogado las necesidades humanas, el Estado ha esclavizado su espíritu, dictando cada fase de conducta. "Todo el gobierno en esencia," dice Emerson, "es tiranía." Sin importar si es gobierno por derecho divino o regla de mayoría. En cada instancia su meta es la subordinación absoluta del individuo.

Refiriédose al gobierno norteaméricano, el gran anarquista americano, David Thoreau, dijo: "el Gobierno, qué es sino tradición, aunque una reciente, tentando para transmitirse intacto a la posteridad, pero cada instante perdiendo su integridad; éste no tiene la vitalidad y fuerza de un sencillo hombre viviente. La Ley nunca hizo al hombre ni un poco más justo y por su medio de respeto hacia ésa, hasta los bien dispuestos son diariamente convertidos en agentes de la injusticia."

Ciertamente, lo crucial del gobierno es la injusticia. Con la arrogancia y suficiencia-propia del rey, el cual no podía hacer el mal, los gobiernos ordenan, juzgan, condenan y castigan las ofensas más insignificantes, mientras, manteniéndose gracias a la más grande de las ofensas, la erradicación de la libertad individual. Por lo tanto, Ouida está en lo cierto, cuando ella mantiene que "el Estado sólo busca inculcar las cualidades necesarias en el público por las cuales sus demandas sean obedecidas y sus arcas se vean repletas. Su mayor logro es la reducción del ser humano a un mero mecanismo de relojería.

En su atmósfera, todas esas libertades finas y más delicadas, que requieren tratamiento y una expansión espaciosa, inevitablemente se secan y mueren. El Estado requiere una máquina paga impuestos, en la cual no hay marcha atrás, un fisco sin déficit; un público monótono, obediente, sin color, sin espíritu, moviéndose humildemente, como un rebaño de ovejas en un camino alto y recto entre dos paredes."

Pero, hasta un rebaño de ovejas resistiría la vana sutileza del Estado, sino fuera por los métodos opresivos, tiránicos y corruptos que utiliza para servirse de sus propósitos. Por lo tanto, Bakunin repudia el Estado, le ve como sinónimo de la entrega de la libertad del individuo o de las pequeñas minorías,--la destrucción de la relación social, la restricción, o hasta la completa negación, de la vida misma, para su engrandecimiento. El Estado es el altar de la libertad política y como el altar religioso, es mantenido para el propósito del sacrificio humano.

De hecho, no hay casi ningún pensador moderno que no concuerde que el gobierno, la autoridad organizada, o el Estado son únicamente necesarios para mantener o proteger la propiedad y el monopolio. Sólo se ha mostrado eficiente en esa función.

Hasta George Bernard Shaw, quien aún cree en un posible milagro del Estado bajo el fabianismo, aunque admite que "este es al presente, una inmensa máquina para robar y esclavizar al pobre con la fuerza bruta." Siendo éste el caso es difícil entender, porqué el inteligente introductor desea mantener el Estado después que la pobreza cese de existir.

Desafortunadamente, todavía hay un número de personas que continúan con la fatal creencia de que el gobierno descansa sobre leyes naturales, que éstas mantienen el orden social y la armonía, que disminuye el crimen y que previene que el hombre vago engañe a sus semejantes. Por lo tanto, examinaré este argumento.

Una ley natural es ese factor en el hombre, el cual se afirma a sí mismo libremente y espontáneamente, sin alguna fuerza externa, en armonía con los requisitos de la naturaleza. Por ejemplo, la demanda de nutrición, de gratificación sexual, de luz, de aire y ejercicio es una ley natural. Pero, su expresión no necesita la maquinaria del gobierno, ni tampoco del club, la pistola, las esposas o la prisión. Obedecer tales leyes, si podemos llamarle obediencia, requiere solamente espontaneidad y una oportunidad libre. Que los gobiernos no se mantienen a sí mismos a través de tales factores armoniosos, se prueba con las terribles demostraciones de violencia, fuerza y coerción que usan todos los gobiernos para poder vivir. Por lo tanto, Blackstone está correcto cuando dice, "Las leyes humanas son inválidas, porque éstas son contrarias a las leyes de la naturaleza."

A menos que sea el orden que se produjo en Varsovia luego de la matanza de miles de personas, es difícil atribuir a los gobiernos la capacidad para el orden o la armonía social. El orden derivado de la sumisión y mantenido con terror poca seguridad garantiza, aunque ese es el único "orden" que los gobiernos han mantenido. La verdadera armonía social crece naturalmente de la solidaridad de intereses. En una sociedad donde esos que siempre trabajan nunca disponen de nada, mientras esos que nunca trabajan disfrutan de todo, la solidaridad de los intereses no existe, de aquí que la armonía social sea un mito. La única forma en que la autoridad organizada enfrenta esta situación grave es extendiendo todavía más los privilegios a esos que han monopolizado la tierra y esclavizando aún más a las masas desheredadas. De esta manera, el arsenal entero del gobierno--leyes, policía, soldados, las cortes, legislaturas, prisiones,--está acérrimamente involucrado en "armonizar" los elementos más antagónicos de la sociedad.

La más absurda excusa para la autoridad y la ley es que sirven para disminuir el crimen. Aparte del hecho de que el Estado es en sí mismo el más grande criminal, rompiendo toda ley escrita y natural, robando en la forma de impuestos, asesinando en la forma de guerra y pena capital, ha llegado a verse completamente superado en su lucha contra el crimen. Ha fallado totalmente en destruir o tan siquiera minimizar el terrible azote de su propia creación.

El crimen no es nada más que energía mal dirigida. Mientras cada institución de hoy día, económica, política, social y moral, conspire para dirigir erradamente la energía humana por canales equívocos; mientras la mayoría de las personas estén fuera de lugar, haciendo las cosas que odian hacer, viviendo una vida que aborrecen vivir, el crimen será inevitable y todas las leyes en los estatutos solamente pueden aumentar, pero nunca terminar con el crimen. Qué sabe la sociedad, como existe hoy día, del proceso de la desesperación, de la pobreza, de los horrores, de la pusilánime lucha que pasa el alma humana en su camino hacia el crimen y la corrupción. Quién conoce este proceso terrible no puede dejar de ver la verdad en estas palabras de Pedro Kropotkin:
"Esos que calcularán el balance entre los beneficios atribuídos a la ley y el castigo y el efecto degradante de este sobre la humanidad; que estimarán el torrente de ruindad derramado sobre la sociedad humana por el informante, favorecido hasta por el juez y pagado en moneda-resonante por gobiernos, bajo el pretexto de ayuda a desenmascarar el crimen; esos que irán dentro de las paredes de la prisión y allí ver en lo que se han convertido los seres humanos cuando se les priva de su libertad, cuando son sujetos al cuidado de guardianes brutales, con groserías, con palabras crueles, enfrentándose a mil humillaciones punzantes y agudas, concordarán con nosotros que el aparato entero de la prisión y su castigo es una abominación que debe terminar."

La influencia disuasiva de la ley sobre el hombre ocioso es demasiado absurda para merecer alguna consideración. Solamente con liberar a la sociedad del gasto y de los desperdicios que causa mantener a una clase ociosa y del igualmente gran gasto de la parafernalia de protección que esta clase de haraganes requiere, en la sociedad existiría abundancia para todos, incluyendo hasta el individuo ocioso ocasional. Además, está bien considerar que la vagancia resulta o de los privilegios especiales o de las anormalidades físicas y mentales. Nuestro demente sistema de producción patrocina ambos y el fenómeno más sorprendente es que la gente desee trabajar, aún ahora. El anarquismo aspira desgarrar al trabajo de su aspecto estéril y aburrido, de su brillo y compulsión. Intenta hacer del trabajo un instrumento de gozo, de fuerza, de armonía real, para que aún el más pobre de los hombres, pueda encontrar en el trabajo recreación y esperanza.

Para lograr tal arreglo de la vida, del gobierno, sus medidas injustas, arbitrarias y represivas deben ser acabadas. Lo mejor que ha hecho es imponer un solo modo de vida, sin importar las variaciones individuales y sociales, además de sus necesidades. Al destruir el gobierno y las leyes estatutarias, el Anarquismo propone rescatar el respeto-propio y la independencia del individuo de toda prohibición e invasión por la autoridad. Solo en la libertad puede el hombre alcanzar su completo desarrollo. Solamente en la libertad aprenderá a pensar y a moverse y a dar lo mejor de sí. Sólo en libertad realizará la verdadera fuerza de los lazos sociales,que atan al hombre entre sí y los cuales son la verdadera base de una vida social normal.

Pero, ¿qué de la naturaleza humana? ¿Puede ser cambiada? Y si no, ¿sobrevivirá bajo el anarquismo?

Pobre naturaleza humana, !qué crímenes horribles han sido cometidos en tu nombre! Todo tonto, desde el rey hasta el policía, desde la persona más cabezota, hasta el ignorante sin visión de la ciencia, presume hablar con autoridad de la naturaleza humana. Mientras mayor sea el charlatán mental, más definitiva será su insistencia en la iniquidad y debilidad de la naturaleza humana. Pero, ¿cómo puede cualquiera hablar de eso hoy, con todas las almas en prisión, con cada corazón encadenado, herido y mutilado?

Juan Burroughs ha dicho que el estudio experimental de los animales en cautiverio es absolutamente inútil. Su carácter, sus hábitos, sus apetitos pasan por una transformación completa, cuando son arrancados de su suelo en el campo y en el bosque. Con la naturaleza humana enjaulada en un estrecho espacio, batida diariamente hasta la sumisión, ¿cómo podemos hablar de sus potencialidades?

La libertad, la expansión, la oportunidad y sobre todo, la paz y el descanso, solos, pueden enseñarnos los factores dominantes reales de la naturaleza humana y todas sus magníficas posibilidades.

El anarquismo, entonces, verdaderamente favorece la liberación de la mente humana del dominio de la religión la liberación del cuerpo humano del dominio de la propiedad, la liberación de las cadenas y prohibiciones del gobierno. El anarquismo representa un orden social basado en la agrupación libre de los individuos, con el propósito de producir verdadera riqueza social, un orden que garantizará a cada humano un acceso libre a la tierra y un gozo completo de las necesidades de la vida, de acuerdo a los deseos individuales, gustos e inclinaciones.

Esto no es una idea salvaje o una aberración mental. Han llegado a tal conclusión multitud de hombres y mujeres inteligentes de todo el mundo, una conclusión resultante de la observación cercana y estudiosa de las tendencias de la sociedad moderna; la libertad individual y la equidad económica, las fuerzas gemelas para el nacimiento de lo que es transparente y verdadero en el hombre.

En cuanto a los métodos. El anarquismo no es, como muchos pueden suponer, una teoría del futuro a ser logrado a traves de la inspiración divina. Es una fuerza de vida en los asuntos de nuestra vida, constantemente creando nuevas condiciones. Los métodos del anarquismo por lo tanto no contienen un programa, armado de hierro para llevarse a cabo bajo toda circunstancia. Los métodos deben salir de las necesidades económicas de cada lugar y clima y de los requisitos intelectuales y temperamentales del individuo. El carácter calmado y sereno de un Tolstoy desearán diferentes métodos para la reconstrucción social, que la intensa, desbordante personalidad de Miguel Bakunin o de un Pedro Kropotkin. Igualmente también debe ser aparente que las necesidades económicas y políticas de Rusia dictarán medidas más drásticas que las de Inglaterra o América. El anarquismo no representa ejercicios militares y uniformidad pero, sí defiende el espíritu revolucionario, en cualquier forma, en contra de todo lo que impida el crecimiento humano. Todos los anarquistas concuerdan en eso, al igual que están de acuerdo en su oposición a la maquinaria política como un medio de traer el gran cambio social.

"Toda votación," dice Thoreau, "es como jugando, como damas, o backgammon, el juego con el bien y el mal, su obligación nunca excede su conveniencia. Hasta votando por lo correcto es hacer nada por ello. Un hombre sabio no dejará el derecho a la clemencia de la oportunidad, ni deseará que prevalezca a través del poder de la mayoría." Un examen cercano de la maquinaria política y sus logros nos llevarán a la lógica de Thoreau.

¿Qué nos demuestra la historia del parlamentarismo? Nada, excepto la omisión y la derrota, ni hasta una sencilla reforma para mejorar la tensión económica y social de la gente. Se han aprobado leyes y han hecho estatutos para el mejoramiento y protección del trabajo. Así, de este modo, el año pasado se probó en Illinois, con las leyes más rígidas para la protección minera, tuvo los desastres mineros mayores. En Estados donde las leyes del trabajo de los niños prevalecen, la explotación infantil está en unos niveles altísimos y aunque con nosotros los trabajadores disfrutan de oportunidades políticas completas, el capitalismo ha llegado a su momento cumbre más desvergonzado.

Hasta si los trabajadores pudiesen tener sus propios representantes, que es, lo que nuestros buenos políticos socialistas están clamando, ¿que oportunidades hay para su honestidad y buena fe? Una tiene que tener en mente el proceso de la política, para darse cuenta que su camino de buenas intenciones está repleto de peligro latente: maquinaciones secretas, intrigas, adulaciones, mentiras, trampas; de hecho, sofistería de toda índole, donde el aspirante político puede lograr el éxito. Añadido a eso está la desmoralización completa del carácter y las convicciones, hasta que no queda nada, que haría que una tuviese esperanza de tal desamparo humano. Una y otra vez las personas fueron lo suficientemente tontos en confiar, creer y apoyar hasta su último penique, a los aspirantes políticos , para verse al final traicionados y engañados.

Se puede decir que los hombres íntegros no se convertirían en corruptos en el molino pulverizante político. Quizás no, pero esos hombres estarán absolutamente desamparados para ejercer la más ínfima influencia en nombre de los trabajadores, como ha sido demostrado en numerosos ejemplos. El Estado es el amo económico de sus sirvientes. Los buenos hombres, si los hubiere, o permanecerían fieles a su fe política y perderían su apoyo económico, o se agarrarían de su amo económico mostrándose del todo incapaces de hacer el mínimo bien. La arena política nos deja sin alternativa, una debe ser un burro o un pícaro.

La superstición política todavía domina los corazones y las mentes de las masas, pero los verdaderos amantes de la libertad no tendrán nada que ver con esto. Al contrario, éstos creen con Stirner que el hombre tiene tanta libertad como la que quiera tomarse. El anarquismo, por lo tanto, mantiene la acción directa, el desafío abierto y la resistencia hacia todas las leyes y restricciones económicas, sociales y morales. Pero el desafío y la resistencia son ilegales. Ahí yace la salvación del hombre. Todo lo ilegal necesita integridad, seguridad-propia y coraje. Busca espíritus libres e independientes, a "hombres que son hombres y que tienen un hueso en sus espaldas, el cual no puede atravesarse con la mano."

El sufragio universal mismo debe su existencia a la acción directa. De no ser por el espíritu de rebelión, del desafío por parte de los padres revolucionarios americanos, sus descendientes todavía estarían bajo el cobijo del rey. Sino fuera por la acción directa de un Juan Brown y sus camaradas, América todavía estaría canjeando la piel del hombre negro. Cierto, el canje de la piel blanca todavía existe, pero, también, tendrá que ser abolido por la acción directa. El sindicalismo, la arena económica del gladiador moderno, le debe su existencia a la acción directa. No fue hasta fechas recientes que la ley y el gobierno han tratado de aplastar el movimiento sindical y condenado a prisión por conspiradores, a los exponentes del derecho del hombre a organizarse. De haber tratado de lograr su causa rogando, alegando y pactando, los sindicatos serían hoy muy pocos. En Francia, en España, en Italia, en Rusia, hasta Inglaterra testimonia la creciente rebelión de las uniones laborales, la acción directa, revolucionaria, económica se ha convertido una fuerza tan poderosa en la lucha por la libertad industrial que ha conseguido que el mundo se de cuenta de la tremenda importancia del poder del trabajo. La huelga general, la expresión suprema de la conciencia económica de los trabajadores, fue ridiculizada en América hace poco. Hoy toda gran huelga, para ganar, debe darse cuenta de la importancia de la protesta general solidaria. La acción directa, habiendo probado su efectividad en las líneas económicas, es igualmente potente en el ambiente individual. Allí cientos de fuerzas avanzan sobre su ser y sólo la resistencia persistente frente a ellas finalmente lo libertará. La acción directa en contra de la autoridad en la tienda, acción directa en contra de la autoridad de la ley, acción directa en contra de la autoridad entrometida, invasiva de nuestro código moral, es el método lógico y consistente del Anarquismo.¿ Nos guiará éste a una revolución? Por supuesto, lo hará. Ningún cambio social ha venido sin una revolución. Las personas o no están familiarizadas con su historia, o todavía no han aprendido, que la revolución es el pensamiento llevado a la acción.

El anarquismo, la gran fermentación del pensamiento, está hoy imbricado en cada una de las fases del empeño humano. La ciencia, el arte, la literatura, el drama, el esfuerzo para un mejoramiento económico, de hecho toda oposición individual y social al desorden existente de las cosas, es iluminado por la luz espiritual del anarquismo. Es la filosofía de la soberanía del individuo. Es la teoría de la armonía social. Es el gran resurgimiento de la verdad viva que está reconstruyendo el mundo y nos anunciará el amanecer.

 Escrito: En o antes de 1910.
Publicada por vez primera:
En inglés en los EE.UU., en Anarchism and Other Essays (1910).
Traduccion al castellano:
Por Sofía Bustamante y revisado por Mateu Llas en base a la tercera edición revisada de 1917, New York: Mother Earth Publishing Association, .
Versión digital:
Wikisource

Anarquía: cuestión de vocablos - Daniel Guérin



La palabra Anarquía es vieja como el mundo. Deriva de dos voces del griego antiguo: an (an) y arch (arjé), y significa, aproximadamente ausencia de autoridad o de gobierno. Pero, por haber reinado durante miles de años el prejuicio de que los hombres son incapaces de vivir sin la una o el otro, la palabra anarquía pasó a ser, en un sentido peyorativo, sinónimo de desorden, de caos, de desorganización.

Gran creador de definiciones ingeniosas (tales como la propiedad es un robo), Pierre-Joseph Proudhon se anexó el vocablo anarquía. Como si quisiera chocar al máximo, hacia 1840 entabló con los filisteos este provocativo diálogo:

– Usted es republicano.
– Republicano, sí; pero esta palabra no define nada. República, significa cosa pública...    También los reyes son republicanos.
– Entonces, ¿es usted demócrata?
– No.
– ¡Vaya! ¿No será usted monárquico?
– No.
– ¿Constitucionalista?
– ¡Dios me libre!
– ¿Aristócrata, acaso?
– De ningún modo.
– ¿Desea un gobierno mixto?
– Menos todavía.
– ¿Qué es, pues, usted?
– Soy anarquista.      

Para Proudhon, más constructivo que destructivo, pese a las apariencias, la palabra anarquía -que, en ocasiones, se allanaba a escribir an-arquía para ponerse un poco a resguardo de los ataques de la jauría de adversarios- significaba todo lo contrario de desorden, según veremos luego. A su entender, es el gobierno el verdadero autor de desorden. Únicamente una sociedad sin gobierno podría restablecer el orden natural y restaurar la armonía social. Arguyendo que la lengua no poseía ningún vocablo adecuado, optó por devolver al antiguo término anarquía su estricto sentido etimológico para designar esta panacea. Pero, paradójicamente, durante sus acaloradas polémicas se obstinaba en usar la voz anarquía también en el sentido peyorativo de desorden, obcecación que heredaría su discípulo Mijaíl Bakunin, y que sólo contribuyó a aumentar el caos.

Para colmo, Proudhon y Bakunin se complacían malignamente en jugar con la confusión creada por las dos acepciones antinómicas del vocablo; para ellos, la anarquía era, simultáneamente, el más colosal desorden, la absoluta desorganización de la sociedad y, más allá de esta gigantesca mutación revolucionaria, la construcción de un nuevo orden estable y racional, fundado sobre la libertad y la solidaridad.

No obstante, los discípulos inmediatos de ambos padres del anarquismo vacilaron en emplear esta denominación lamentablemente elástica que, para el no iniciado, sólo expresaba una idea negativa y que, en el mejor de los casos, se prestaba a equívocos enojosos. Al final de su carrera, ya enmendado, el propio Proudhon no tenía reparos en autotitularse federalista. Su posteridad pequeño-burguesa preferiría, en lugar de la palabra anarquismo, el vocablo mutualismo, y su progenie socialista elegiría el término colectivismo, pronto reemplazado por el de comunismo.

Más tarde, a fines del siglo XIX, en Francia, Sébastien Faure tomó una palabra creada hacia 1858 por un tal  Joseph Déjacque y bautizó con ella a un periódico: Le Libertaire, [El Libertario]. Actualmente, anarquista y libertario pueden usarse indistintamente.

Pero la mayor parte de estos términos presentan un serio inconveniente: no expresan el aspecto fundamental de las doctrinas que pretenden calificar. En efecto, anarquía es, ante todo, sinónimo de socialismo. El anarquista es, primordialmente, un socialista que busca abolir la explotación del hombre por el hombre, y el anarquismo, una de las ramas del pensamiento socialista. Rama en la que predominan las ansias de libertad, el apremio por abolir el Estado. En concepto de Adolph Fischer, uno de los mártires de Chicago, "todo anarquista es socialista, pero todo socialista no es necesariamente anarquista".

Ciertos anarquistas estiman que ellos son los socialistas más auténticos y consecuentes. Pero el rótulo que se han puesto, o se han dejado endilgar, y que, por añadidura, comparten con los terroristas, sólo les ha servido para que se los mire casi siempre, erróneamente, como una suerte de "cuerpo extraño" dentro de la familia socialista. Tanta indefinición dio origen a una larga serie de equívocos y discusiones filológicas, las más de las veces sin sentido. Algunos anarquistas contemporáneos han contribuido a aclarar el panorama al adoptar una terminología más explícita: se declaran socialistas o comunistas libertarios.



UNA REBELDIA VISCERAL


El anarquismo constituye, fundamentalmente, lo que podríamos llamar una rebeldía visceral. Tras realizar, a fines del siglo pasado, un estudio de opinión en medios libertarios, Agustín Hamon llegó a la conclusión de que el anarquista es, en primer lugar, un individuo que se ha rebelado. Rechaza en bloque a la sociedad y sus cómitres. Es un hombre que se ha emancipado de todo cuanto se considera sagrado, proclama Max Stirner. Ha logrado derribar todos los ídolos. Estos "vagabundos de la inteligencia", estos "perdidos", "en lugar de aceptar como verdades intangibles aquello que da consuelo y sosiego a millares de seres humanos, saltan por encima de las barreras del tradicionalismo y se entregan sin freno a las fantasías de su crítica impudente".

Proudhon repudia en su conjunto al "mundo oficial" -los filósofos, los sacerdotes, los magistrados, los académicos, los periodistas, los parlamentarios, etc.- para quienes "el pueblo es siempre el monstruo al que se combate, se amordaza o se encadena; al que se maneja por medio de la astucia, como al rinoceronte o al elefante; al que se doma por hambre; al que se desangra por la colonización y la guerra". Elisée Reclus explica por qué estos aprovechados consideran conveniente la sociedad: "Puesto que hay ricos y pobres, poderosos y sometidos, amos y servidores, césares que mandan combatir y gladiadores que van a la muerte, las personas listas no tienen más que ponerse del lado de los ricos y de los amos, convertirse en cortesanos de los césares".

Su permanente estado de insurrección impulsa al anarquista a sentir simpatía por los que viven fuera de las normas, fuera de la ley, y lo lleva a abrazar la causa del galeote y de todos los réprobos. En opinión de Bakunin, Marx y Engels son muy injustos cuando se refieren con profunda desprecio al Lumpenproletariat, el "proletariado en harapos", "pues en él, únicamente en él, y no en la capa aburguesada de la masa obrera, reside el espíritu y la fuerza de la futura revolución social".

En boca de su Vautrin, poderosa encarnación de la protesta social, personaje entre rebelde y criminal, Balzac pone explosivos conceptos que un anarquista no desaprobaría.


LA AVERSIÓN POR EL ESTADO


Para el anarquista, de todos los prejuicios que ciegan al hombre desde el origen de los tiempos, el del Estado es el más funesto. Stirner despotrica contra los que "están poseídos por el Estado" "por toda la eternidad". Tampoco Proudhon deja de vituperar a esa "fantasmagoría de nuestro espíritu que toda razón libre tiene como primer deber relegar a museos y bibliotecas". Así diseca el fenómeno: "Lo que ha conservado esta predisposición mental y ha mantenido intacto el hechizo durante tanto tiempo, es el haber presentado siempre al gobierno como órgano natural de justicia, como protector de los débiles". Tras mofarse de los "autoritarios" inveterados, que "se inclinan ante el poder como los beatos frente al Santísimo", tras zamarrear a "todos los partidos sin excepción", que vuelven "incesantemente sus ojos hacia la autoridad como su único norte", hace votos porque llegue el día en que "el renunciamiento a la autoridad reemplace en el catecismo político a la fe en la autoridad".

Kropotkin se ríe de los burgueses, que "consideran al pueblo como una horda de salvajes que se desbocarían en cuanto el gobierno dejara de funcionar". Adelantándose al psicoanálisis, Malatesta pone al descubierto el miedo a la libertad que se esconde en el subconsciente de los "autoritarios".

¿Cuáles son, a los ojos de los anarquistas, los delitos del Estado?

Escuchemos a Stirner: "El estado y yo somos enemigos". "Todo Estado es una tiranía, la ejerza uno solo o varios". El Estado, cualquiera que sea su forma, es forzosamente totalitario, como se dice hoy en día: "El Estado persigue siempre un sólo objetivo: limitar, atar, subordinar al individuo, someterlo a la cosa general (...). Con su censura, su vigilancia y su policía, el Estado trata de entorpecer cualquier actividad libre y considera que es su obligación ejercer tal represión porque ella le es impuesta (...) por su instinto de conservación personal". "El Estado no me permite desarrollar al máximo mis pensamientos y comunicárselos a los hombres (...) salvo si son los suyos propios (...). De lo contrario, me cierra la boca".

Proudhon se hace eco de las palabras de Stirner: "El gobierno del hombre por el hombre es la esclavitud". "Quien me ponga la mano encima para gobernarme es un usurpador y un tirano. Lo declaro mi enemigo". Y luego pronuncia una tirada digna de Molière o de Beaumarchais: "Ser gobernado significa ser vigilado, inspeccionado, espiado, dirigido, legislado, reglamentado, encasillado, adoctrinado, sermoneado, fiscalizado, estimado, apreciado, censurado, mandado, por seres que carecen de títulos, ciencia y virtud para ello (...). Ser gobernado significa ser anotado, registrado, empadronado, arancelado, sellado, medido, cotizado, patentado, licenciado, autorizado, apostillado, amonestado, contenido, reformado, enmendado, corregido, al realizar cualquier operación, cualquier transacción, cualquier movimiento. Significa, so pretexto de utilidad pública y en nombre del interés general, verse obligado a pagar contribuciones, ser inspeccionado, saqueado, explotado, monopolizado, depredado, presionado, embaucado, robado; luego, a la menor resistencia, a la primera palabra de queja, reprimido, multado, vilipendiado, vejado, acosado, maltratado, aporreado, desarmado, agarrotado, encarcelado, fusilado, ametrallado, juzgado, condenado, deportado, sacrificado, vendido, traicionado y, para colmo, burlado, ridiculizado, ultrajado, deshonrado. ¡Eso es el gobierno, ésa es su justicia, ésa es su moral! (...) ¡Oh personalidad humana! ¿Cómo es posible que durante sesenta siglos hayas permanecido hundida en semejante abyección?".

Para Bakunin, el Estado es una "abstracción que devora a la vida popular", un "inmenso cementerio donde, bajo la sombra y el pretexto de esa abstracción, se dejan inmolar y sepultar generosa, mansamente, todas las aspiraciones verdaderas, todas las fuerzas vivas de un país".

Al decir de Malatesta, "el gobierno, con sus métodos de acción, lejos de crear energía, dilapida, paraliza y destruye enormes fuerzas".

A medida que se amplían las atribuciones del Estado y de su burocracia, el peligro se agrava. Con visión profética, Proudhon anuncia el peor flagelo del siglo XX: "El funcionarismo (...) conduce al comunismo estatal, a la absorción de toda la vida local e individual dentro de la maquinaria administrativa, a la destrucción de todo pensamiento libre. Todos desean abrigarse bajo el ala del poder, vivir por encima del común de las gentes". Es hora de acabar con esto: "Como la centralización se hace cada vez más fuerte (...), las cosas han llegado (...) a un punto en el que la sociedad y el gobierno ya no pueden vivir juntos". "Desde la jerarquía más alta hasta la más baja, en el Estado no hay nada, absolutamente nada, que no sea un abuso que debe reformarse, un parasitismo que debe suprimirse, un instrumento de la tiranía que debe destruirse. ¡Y habláis de conservar el Estado, de aumentar las atribuciones del Estado, de fortalecer cada vez más el poder del Estado! ¡Vamos, no sois revolucionarios!".

Bakunin no se muestra menos lúcido cuando vislumbra, angustiado, que el Estado irá acentuando su carácter totalitario. A su ver, las fuerzas de la contrarrevolución mundial, "apoyadas por enormes presupuestos, por ejércitos permanentes, por una formidable burocracia", dotadas "de todos los terribles medios que les proporciona la centralización moderna" son "un hecho monumental, amenazador, aplastante".

Fragmento del Libro EL ANARQUISMO:
DE LA DOCTRINA A LA ACCIÓN
de Daniel Guérin, Texto extraído y libro completo en http://www.kclibertaria.comyr.com/lhtml/l024.html


¿Qué es el anarquismo? - Piotr Kropotkin

El siguiente escrito fue realizado por Piotr Kropotkin en 1905, a petición de la Enciclopedia Británica, para incluirlo en la onceava edición. El texto figura con el nombre "El anarquismo y su definición en la Enciclopedia Británica", en otras publicaciones de internet y papel.

ANARQUISMO (del griego an-, y arke, contrario a la autoridad), es el nombre que se da a un principio o teoría de la vida y la conducta que concibe una sociedad sin gobierno, en que se obtiene la armonía, no por sometimiento a ley, ni obediencia a autoridad, sino por acuerdos libres establecidos entre los diversos grupos, territoriales y profesionales, libremente constituidos para la producción y el consumo, y para la satisfacción de la infinita variedad de necesidades y aspiraciones de un ser civilizado.

En una sociedad desarrollada sobre estas directrices, las asociaciones voluntarias que han empezado ya a abarcar todos los campos de la actividad humana adquirirían una extensión aún mayor hasta el punto de substituir al Estado en todas sus funciones. Representarían una red entretejida, compuesta de una infinita variedad de grupos y de federaciones de todos los tamaños y grados, locales, regionales, nacionales e internacionales, temporales o más o menos permanentes, para todos los objetivos posibles: producción, consumo e intercambio, comunicaciones, servicios sanitarios, educación, protección mutua, defensa del territorio, etcétera; y, por otra parte, para la satisfacción de un número creciente de necesidades científicas, artísticas, literarias y de relación social.

Además, tal sociedad no se pretendería inmutable. Por el contrario, como sucede en todo el conjunto de la vida orgánica, derivaríase la armonía de un ajuste y reajuste perpetuo y variable del equilibrio de la multitud de fuerzas e influencias, y este ajuste se obtendría. Dicho brevemente, si ninguna fuerza gozase de la protección especial del Estado.
Si la sociedad, según esto, se organizase conforme a estos principios, no se vería el hombre limitado, en el libre ejercicio de su capacidad de trabajo productivo, por un monopolio capitalista sostenido por el Estado; ni en el ejercicio de su voluntad por miedo al castigo, o por obediencia a entidades metafísicas o a individuos que llevan ambos a la disminución de la iniciativa y al servilismo intelectual. El hombre se guiaría por su propia razón, que llevaría necesariamente la huella de la acción y reacción libres de su propio yo y las concepciones éticas del medio. El hombre podría así alcanzar el desarrollo pleno de todas sus potencias, intelectuales, artísticas y morales, sin verse obligado a trabajar agotadoramente para los monopolistas, ni trabado por el servilismo y la inercia intelectual de la gran mayoría. Podría así alcanzar la plena individualización que no es posible ni bajo el sistema de individualismo actual, ni bajo ningún sistema de socialismo de Estado del llamado Volkstaat (Estado popular).

Los autores anarquistas consideran, además, que su concepción no es una Utopía basada en un método apriorístico, después de haber postulado unos cuantos deseos que se toman por hechos reales. Se deriva, afirman, de un análisis de tendencias que están ya actuando, aunque el socialismo de Estado puede encontrar apoyo temporal entre los reformadores. El progreso de la técnica moderna, que simplifica maravillosamente la producción de todos los elementos necesarios para la vida; el creciente espíritu de independencia y la rápida expansión de la iniciativa libre y el libre entendimiento en todas las ramas de actividad (incluyendo las que se consideraban antes atributo de la Iglesia y el Estado) refuerzan firmemente la tendencia de no gobierno.

En cuanto a sus concepciones económicas, los anarquistas, junto con todos los socialistas, de los que son el ala izquierda, sostienen que el sistema de propiedad privada de la tierra hoy imperante, nuestra producción capitalista en función del beneficio, representa un monopolio que va al mismo tiempo contra los principios de justicia y los imperativos de la utilidad. Es el motivo de que los frutos de la técnica moderna no se pongan al servicio de todos y produzcan el bienestar general. Los anarquistas consideran el sistema salarial y la producción capitalista un obstáculo para el progreso. Pero señalan también que el Estado fue, y sigue siendo, el principal instrumento para que unos pocos monopolicen la tierra, y los capitalistas se apropien de un volumen totalmente desproporcionado del excedente anual acumulado de producción. En consecuencia, al tiempo que combaten el actual monopolio de la tierra y el capitalismo, combaten los anarquistas con la misma energía al Estado como apoyo principal del sistema. No ésta o aquélla forma especial de Estado, sino el Estado mismo, sea monarquía o incluso República gobernada por medio del referéndum.

Habiendo sido siempre la organización del Estado, tanto en la historia antigua como en la moderna (imperio macedónico, imperio romano, los modernos Estados europeos edificados sobre las ruinas de las ciudades libres), el instrumento para asentar monopolios de las minorías dominantes, no puede utilizársele para la destrucción de tales monopolios. Los anarquistas consideran, por tanto, que entregar al Estado todas las fuentes principales de vida económica (la tierra, las minas, los ferrocarriles, la banca, los seguros, etcétera), así como el control de todas las principales ramas de la industria, además de todas las funciones que acumula ya en sus manos (educación religiones apoyadas por el Estado, defensa del territorio, etcétera), significaría crear un nuevo instrumento de dominio. El capitalismo de Estado no haría más que incrementar los poderes de la burocracia y el capitalismo. El verdadero progreso está en la descentralización, tanto territorial como funcional, en el desarrollo del espíritu local y de la iniciativa personal, y en la federación libre de lo simple a lo complejo, en vez de la jerarquía actual que va de centro a periferia.

Los anarquistas, con la mayoría de los socialistas, reconocen que, como toda evolución natural, la lenta evolución de la sociedad es seguida a veces de períodos de evolución acelerada a los que se llama revoluciones; y creen que la era de las revoluciones aún no ha concluido. A los períodos de rápidos cambios seguirán otros de lenta evolución, y han de aprovecharse estos períodos, no para aumentar y ensanchar los poderes del Estado sino para reducirlos, formando organizaciones en toda población o comuna de los grupos locales de productores y consumidores, así como federaciones regionales, y en su momento internacionales, de estos grupos.

Los anarquistas se niegan, en virtud de los principios expuestos, a participar en la organización estatista actual y a apoyarla e infundirle sangre nueva. No pretenden constituir, e invitan a los trabajadores a no hacerlo, partidos políticos para los parlamentos.


Por tanto, desde que se creó la Asociación Internacional de Trabajadores (1864-66), han procurado propagar sus ideas directamente en las organizaciones obreras, e inducirla a una lucha directa contra el capital, sin depositar fe alguna en la legislación parlamentaria.


EL DESARROLLO HISTÓRICO DEL ANARQUISMO

La concepción de la sociedad esbozada, y la tendencia de la que es expresión dinámica, han existido siempre en la especie humana, frente a la concepción y la tendencia jerárquicas que hoy imperan, alternándose su predominio en diferentes períodos de la historia. A la primera tendencia debemos la evolución, obra de las propias masas, de aquellas instituciones (el clan, la comunidad aldeana, el gremio, la ciudad libre medieval) por las que las masas resistieron a las invasiones de los conquistadores y de las minorías ansiosas de poder. Esta misma tendencia se manifestó con gran energía en los grandes movimientos religiosos de los tiempos medievales, sobre todo en los primeros de la Reforma y en sus precedentes. Halló al mismo tiempo clara expresión en las obras de algunos pensadores, desde los tiempos de Lao-Tsé, aunque, debido a su origen popular y no escolástico, tuvo mucho menor eco entre los estudiosos que la tendencia opuesta. Como señaló el profesor Adler en su Geschichte des Sozialismus und Kommunismus. Arístipo (n. c. 430 a. C.), uno de los fundadores de la escuela cirenaica, enseñó ya que el sabio no debía ceder su libertad al Estado, y, en respuesta a una pregunta de Sócrates, dijo que no deseaba pertenecer ni a la clase gobernante ni a la gobernada. Pero dictaba esta actitud, al parecer, una simple visión epicúrea de la vida del pueblo.

El mejor exponente de la filosofía anarquista en la antigua Grecia fue Zenón (342-267 o 270 a. C.), cretense, fundador de la escuela estoica, que opuso una concepción clara de comunidad libre sin gobierno a la utopía estatista de Platón. Repudió la omnipotencia del Estado, su carácter intervencionista y reglamentador, y proclamó la soberanía de la ley moral del individuo, subrayando ya que, aunque el necesario instinto de autodefensa lleva al hombre al egoísmo, la naturaleza ha proporcionado un correctivo dando al hombre otro instinto: el social. Cuando los hombres sean lo bastante razonables para seguir sus instintos naturales, se unirán por encima de las fronteras y constituirán el Cosmos. No necesitarán ya tribunales de justicia ni policía, no tendrán templos ni cultos públicos, no utilizarán moneda alguna: habrá donaciones libres en vez de intercambios.

Por desgracia, no han llegado hasta nosotros las obras de Zenón y sólo conocemos citas fragmentarias. Sin embargo, el hecho de que su misma formulación sea similar a la formulación utilizada hoy, muestra hasta qué punto es profunda la tendencia de la naturaleza humana de la que fue portavoz.

En tiempos medievales, encontramos los mismos puntos de vista sobre el Estado en el ilustre obispo de Alba, Marco Girólamo Vida, en su primer diálogo De dignitate reipublicae (Ferd. Cavalli, en Men. dell’lstituto Vento, XIII; Dr. E. Nys, Researches in the History of Economics). Pero es sobre todo en varios primitivos movimientos cristianos, que empiezan en el siglo noveno en Armenia, y en las predicaciones de los primeros hussitas, sobre todo Chojecki, y los primitivos anabaptistas, en especial Hans Denck (Keller, Ein Apostel der Wiedertäufer), donde hallamos las mismas ideas vigorosamente expresadas, subrayándose, claro está, sobre todo, sus aspectos morales.

Rabelais y Fénelon, en sus Utopías, expresaron también ideas similares, frecuentes también en el siglo dieciocho entre los enciclopedistas franceses, como puede deducirse de expresiones aisladas que se hallan esporádicamente en las obras de Rousseau, en el prefacio de Diderot al Viaje de Bougainville, etcétera. Sin embargo, tales ideas no pudieron desarrollarse entonces probablemente a causa de la rigurosa censura de la Iglesia Católica Romana.

Estas ideas hallaron expresión más tarde durante la Gran Revolución Francesa. Mientras los jacobinos hacían lo posible por centralizarlo todo en manos del gobierno, se ha descubierto ahora, por documentos recientemente publicados, que las masas populares, en sus municipalidades y secciones lograron realizar un considerable trabajo constructivo. Se adjudicaron la elección de los jueces, la organización de suministros y equipo para el ejército y las grandes ciudades, proporcionaron trabajo a los parados, dirigieron las obras caritativas, etcétera. Intentaron establecer incluso una correspondencia directa entre las treinta y seis mil comunas de Francia por intermedio de un consejo especial, al margen de la Asamblea Nacional (Sigismund Lacroix, Actes de la Commune de París).

Fue Godwin, en su Enquiry concerning Political Justice (2 vols., 1793), el primero que formuló las concepciones políticas y económicas del anarquismo, aunque no diese tal nombre a las ideas expuestas en su notable obra. Las leyes, escribió, no son producto de la sabiduría de nuestros antepasados: son producto de sus pasiones, su timidez, sus envidias y su ambición. El remedio que ofrecen es peor que los males que pretenden curar. Si se aboliesen todas las leyes y tribunales, y sólo en ese caso, y si se dejase decidir sobre los pleitos que surjan a hombres razonables elegidos para este fin, se crearía gradualmente auténtica justicia. En cuanto al Estado, Godwin pedía abiertamente su abolición. Una sociedad, escribió, puede existir perfectamente sin gobierno, si las comunidades son pequeñas y absolutamente autónomas. Respecto a la propiedad, afirmó que sólo la justicia debe regular los derechos de cada cual a todo objeto capaz de contribuir al beneficio de un ser humano: el objeto debe ir a quien más lo necesite. Su conclusión era el comunismo. Pero Godwin no tuvo el valor de mantener sus opiniones. Reelaboró totalmente más tarde su capítulo sobre la propiedad y mitigó sus enfoques comunistas en la segunda edición de Political Justice (ocho vols., 1796).

Proudhon fue el primero que utilizó, en 1840 (¿Qué es la propiedad?), el nombre de anarquía aplicándolo al estado social de no gobierno. El nombre de anarquistas, lo habían aplicado abundantemente los girondinos durante la Revolución Francesa a los revolucionarios que no consideraban que la tarea de la revolución debiera limitarse a derrocar a Luis XVI, e insistían en que se tomara una serie de medidas económicas (abolición de derechos feudales sin indemnización, devolución a las comunidades de los pueblos de las tierras comunales cercadas desde 1669, limitación de la propiedad de la tierra a ciento veinte acres, impuesto progresivo sobre la renta, organización nacional de los intercambios en base a un valor justo, que empezaba ya a llevarse a la práctica, etcétera).

Proudhon abogó, pues, por una sociedad sin gobierno y utilizó el término anarquía para designarla. Proudhon rechazó, como se sabe, todo esquema de comunismo que pudiese conducir a la especie humana a acabar en monasterios o barracones comunistas, o también todos los planes de socialismo de Estado, o amparado por el Estado, propuestos por Louis Blanc y los colectivistas. Cuando proclamó en su primera memoria sobre la propiedad propiedad es robo, aludía únicamente a la propiedad en su sentido actual, según el derecho romano, de derecho de uso y abuso; entendía, por otra parte, los derechos de propiedad en el sentido limitado de posesión, considerándola la mejor protección contra las intromisiones del Estado. Al mismo tiempo, no deseaba desposeer violentamente a los propietarios de la tierra, las viviendas, las casas, las fábricas, etcétera. Prefería alcanzar el mismo fin estableciendo que el capital no pudiese producir interés; y se proponía lograrlo con un banco nacional, basado en la confianza mutua de todos los dedicados a la producción, que acordarían intercambiar sus productos según el valor de coste, por medio de cheques de trabajo que representasen las horas de trabajo necesarias para producir determinado artículo. Según este sistema, que Proudhon llamaba mutualismo, todos los intercambios de servicios serían estrictamente equivalentes. Además, tal banco podría prestar dinero sin interés, exigiendo sólo sobre un uno por ciento, menos incluso, para cubrir los gastos de administración. Al poder así cualquiera tomar prestado el dinero necesario para comprar una casa, nadie querría ya pagar una renta al año por utilizarla. Se lograría así fácilmente, sin expropiación, una liquidación social general. Lo mismo se aplicaba a minas, ferrocarriles, fábricas, etcétera.

En una sociedad de este tipo, el Estado sería inútil. Las principales relaciones entre los ciudadanos se basarían en el acuerdo libre y se regularían por una simple contabilidad. Las disputas se resolverían por arbitraje. Las características más destacadas de la obra de Proudhon fueron la crítica profunda del Estado y de todas las formas posibles de gobierno y una penetrante visión de todos las problemas económicos.

Hemos de añadir que el mutualismo francés tuvo su precursor en Inglaterra en William Thompson, que empezó siendo mutualista antes de hacerse comunista, y en sus seguidores John Gray (A Lecture on Human Hoppiness. 1825; The Social System, 1831) y J. F. Brail (Labour’s Wrongs and Labour’s Remedy, 1839). Tuvo también su precursor en América. Josiah Warren, nacido en 1798 (véase W. Bailis, Josiah Warren, the First American Anarchist, Boston. 1900), que perteneció a la Nueva Armonía de Owen, y consideró que el fracaso de esta empresa se debió más que nada a la supresión de la individualidad y a la falta de iniciativa y de responsabilidad. Estos defectos, enseñó, eran inherentes a todo plan basado en la autoridad y la comunidad de bienes. Abogó, en consecuencia, por la completa libertad del individuo. En 1827 abrió en Cincinnati un pequeño almacén rural que fue el primer Almacén de Equidad y al que la gente llamó Tienda Tiempo, porque se basaba en trabajo cambiado hora por hora de todo tipo de productos. El costo límite del precio, y, en consecuencia la abolición del interés, era la consigna de su almacén, y más tarde de su Pueblo Equidad, junto a Nueva York, que aún existía en 1865. La Casa de Equidad del señor Keith en Boston, creada en 1855, es también digna de citar.

Mientras que las ideas económicas de Proudhon, y sobre todo el banco de ayuda mutua, hallaron apoyo e incluso aplicación práctica en los Estados Unidos, su concepción política anárquica halló muy poco eco en Francia, donde el socialismo cristiano de Lamennais y los fourieristas, y el socialismo de Estado de Louis Blanc y los seguidores de Saint-Simon, dominaban. Estas ideas hallaron sin embargo cierto apoyo temporal entre los hegelianos alemanes, Moses Hess en 1843 y Karl Grün en 1845, que abogaron por el anarquismo. Además, al dar origen el comunismo autoritario de Wilhelm Weitling a una oposición entre los obreros suizos, Wilhelm Marr la expresó en los años cuarenta.

Por otra parte, el anarquismo individualista halló, también en Alemania, plena expresión en Max Stirner (Kaspar Schmidt), cuyas notables obras (Der Einzige und sein Eigenthum y sus artículos en Rheinsche Zeitung) permanecieron completamente desconocidos hasta que John Henry Mackay llamó la atención sobre ellos.

El profesor V. Basch, en la excelente introducción a su interesante libro, L’Individualisme anarchiste: Max Stirner (1904), ha mostrado cómo el desarrollo de la filosofía alemana desde Kant a Hegel, y el absoluto de Schelling y el Gist de Hegel, provocaron inevitablemente, al iniciarse la revuelta antihegeliana, la predicación del mismo absoluto en el campo de los rebeldes. Hizo esto Stiner, que abogó, no sólo por una rebelión total contra el Estado y contra la servidumbre que el comunismo autoritario impondría a los hombres, sino también la plena liberación del individuo de toda atadura social y moral: la rehabilitación del yo, la supremacía del individuo, completo a-moralismo, y la asociación de los egoístas. El profesor Basch indicó ya el sentido final de esta suerte de anarquismo individual: que el objetivo de toda civilización superior no es hacer que todos los miembros de la comunidad se desarrollen de modo normal, sino permitir a ciertos individuos mejor dotados desarrollarse plenamente, aun a costa de la felicidad y de la existencia misma de la gran mayoría de los seres humanos. Es así una vuelta al individualismo más vulgar, defendido por todas las supuestas minorías superiores, a quienes debe en realidad el hombre en su historia, precisamente, el Estado y todo lo demás que estos individualistas combaten. Su individualismo llega a una negación de su propio punto de partida; por no hablar de la imposibilidad de que el individuo logre un desarrollo realmente pleno en las condiciones de opresión de las masas por los bellos aristócratas. Su desarrollo sería unilateral. Por esto tal dirección ideológica, no obstante su acierto indudable al abogar por el pleno desarrollo de cada individualidad, sólo halla eco en limitados círculos artísticos y literarios.


EL ANARQUISMO DE LA ASOCIACIÓN INTERNACIONAL DE TRABAJADORES


Tras la derrota de la insurrección de los obreros parisinos en junio de 1848 y la caída de la República, hubo una disminución general de la propaganda en todas las corrientes del socialismo. La prensa socialista toda quedó prácticamente paralizada durante un período de reacción que se prolongó veinte años. Sin embargo, hasta el pensamiento anarquista hizo progresos, principalmente en las obras de Bellegarrique (Coeurderoy) y sobre todo Joseph Déjacque (Les Lazaréennes, L’Humanisphère, una utopía anarcocomunista, recientemente descubierta y reeditada). El movimiento socialista sólo revivió a partir de 1864, cuando algunos obreros franceses, mutualistas todos, se reunieron en Londres durante la Exposición Universal con seguidores ingleses de Robert Owen y fundaron la Asociación Internacional de Trabajadores. Desarróllose esta asociación muy rápido y adoptó una política de lucha económica directa contra el capitalismo, sin intervenir en la vida política parlamentaria, y siguió esta política hasta 1871. Tras la guerra francoprusiana, cuando se prohibió la Asociación Internacional de Trabajadores en Francia tras la Insurrección de la Comuna, los obreros alemanes, que habían recibido derecho a voto en las elecciones al recién constituido parlamento imperial, insistieron en modificar las tácticas de la Internacional y empezaron a formar un partido político socialdemócrata.  Esto llevó muy pronto a una división en la Internacional, cuyas federaciones latinas (la española, la italiana, la belga y la Jurásica, -Francia no pudo estar representada-) formaron entre sí una unión federal que rompió totalmente con el consejo general marxista de la organización. Dentro de esas federaciones se desarrolló ya lo que puede llamarse anarquismo moderno. Los federados, junto con los nombres de federalistas y antiautoritarios habían utilizado durante un tiempo el de anarquistas, que sus adversarios insistían en aplicarles, y que prevaleció y fue por último reivindicado.

Bakunin se convirtió en seguida en el espíritu rector de estas federaciones latinas en el desarrollo de los principios del anarquismo, lo cual hizo en numerosos escritos, folletos y cartas. Pidió la abolición total del Estado, según él producto de la religión, correspondiente a un estadio de civilización más atrasado, y que representaba la negación de la libertad y corrompía hasta lo que pretendía hacer en pro del bienestar común. El Estado era un mal históricamente necesario, pero sería igualmente necesaria, tarde o temprano, su total extinción. Repudiando toda legislación, hasta la nacida del sufragio universal, Bakunin pedía autonomía plena para cada nación, región y comuna, siempre que no constituyesen amenaza para sus vecinos, y plena independencia del individuo, añadiendo que sólo es uno realmente libre cuando son libres los demás, y en proporción a esa libertad de todos. Las federaciones libres de las comunas formarían naciones libres.

En cuanto a sus ideas económicas, Bakunin se decía, en común con sus camaradas federalistas de la Internacional, anarquista colectivista; no como lo fueron Vidal y Becqueur en los cuarenta, o sus modernos seguidores socialdemócratas, sino como defensa de un estado de cosas en que todos los medios de producción fuesen propiedad común de los grupos de trabajo y las comunas libres, y en que el sistema de retribución del trabajo, comunista o de otro género, lo estableciese por sí mismo cada grupo. La revolución social, cuya proximidad predecían entonces todos los socialistas, sería el medio de dar vida a las nuevas condiciones.

Las federaciones jurásica, española e italiana y sectores de la Asociación Internacional de Trabajadores, así como los grupos anarquistas franceses, alemanes y americanos, fueron durante los años siguientes los principales centros del pensamiento y la propaganda anarquista. Se abstuvieron de participar en la política parlamentaria y mantuvieron siempre estrecho contacto con las organizaciones obreras. Pero en la segunda mitad de los años ochenta y principios de los noventa, cuando la influencia de los anarquistas empezó a percibirse en las huelgas, en las manifestaciones del Primero de Mayo, en las que defendieron la idea de la huelga general por la jornada de ocho horas, y en la propaganda antimilitarista en el ejército, se inició contra ellos una violenta represión, sobre todo en los países latinos (incluyendo la tortura física en el castillo de Montjuic de Barcelona) y en los Estados Unidos (ejecución de cinco anarquistas de Chicago en 1887). Contra estas persecuciones replicaron los anarquistas con actos de violencia que fueron seguidos a su vez de más ejecuciones de arriba y nuevos actos de venganza de abajo. Creó esto en la generalidad del público la impresión de que la esencia básica del anarquismo era la violencia, punto de vista rechazado por sus partidarios, que sostienen que en realidad todos los partidos recurren a la violencia cuando se les impide la acción directa por la represión, y leyes extraordinarias les declaran forajidos.

El anarquismo siguió desarrollándose, en parte en la dirección proudhoniana (mutualista), pero sobre todo como anarcocomunismo, al que se añadió una tercera dirección, la anarcocristiana de Leon Tolstoi, y una cuarta que podría denominarse anarquismo literario, y que iniciaron algunos destacados escritores modernos.

Las ideas de Proudhon, sobre todo en lo que respecta a la banca mutua, se corresponden con las de Josiah Warren, y hallaron considerable eco en Estados Unidos, dando origen a una escuela distinta, cuyos nombres pueden hallarse en la Bibliografía de la Anarquía del Doctor Nettlau.

Ha ocupado posición destacada entre los anarquistas individualistas de Norteamérica, Benjamín R. Tucker, cuyo periódico Liberty se fundó en 1881, y cuyas ideas son una combinación de las de Proudhon y las de Herbert Spencer. Partiendo del principio de que los anarquistas son egoístas, estrictamente hablando, y de que cada grupo de individuos, sea la liga secreta de unos cuantos o el Congreso de los Estados Unidos, tiene derecho a oprimir a todo el resto de la especie humana, siempre que disponga del poder necesario, que debe ser ley la libertad igual para todos y la absoluta igualdad y que ocuparse cada uno de sus propios asuntos es la única regla moral del anarquismo. Tucker pasa a demostrar que una aplicación general y completa de tales principios sería beneficiosa y no presentaría peligro alguno, porque los poderes de cada individuo quedarían limitados por el ejercicio de los derechos iguales de todos los demás. Indicaba luego (siguiendo a H. Spencer) la diferencia que existe entre la usurpación de los derechos de alguien y la resistencia a esa usurpación; entre dominación y defensa: siendo la primera igualmente condenable, ya sea la usurpación realizada a un individuo por un criminal, o la de uno sobre todos los otros, o la de todos los otros sobre el uno; mientras que la resistencia a la usurpación es defendible y necesaria. En su propia defensa, tanto el ciudadano como el grupo, tienen derecho a cualquier violencia, incluida la pena capital. Se justifica también la violencia para hacer obligatorio el respeto a un acuerdo. Tucker sigue así a Spencer, y, como él, abre (en opinión del que escribe) el camino de la reconstitución, so pretexto de defensa, de todas las funciones del Estado. Su crítica del Estado actual es muy penetrante, y su defensa de los derechos del individuo de gran vigor. En cuanto a sus ideas económicas, sigue B. R. Tucker a Proudhon.

El anarquismo individualista de los proudhonianos de América del Norte encuentra, sin embargo, poco eco en las masas obreras. Los que lo profesan (principalmente intelectuales) comprenden pronto que la individualización que tanto ensalzan no es asequible por esfuerzos individuales, y o bien abandonan las filas anarquistas y se entregan al individualismo liberal de los economistas clásicos, o bien se refugian en una especie de amoralismo epicúreo, o teoría del superhombre, similar a las de Stirner y Nietzsche. La mayoría de los obreros anarquistas prefieren las ideas anarcocomunistas que han evolucionado gradualmente a partir del colectivismo anarquista de la Asociación Internacional de Trabajadores. A esta dirección pertenecen (y nombro sólo a los exponentes más conocidos del anarquismo) Eliseo Reclus, Jean Grave, Sebastian Fauré y Emilio Pouget en Francia; Enrico Malatesta y Covelli en Italia; Ricardo Mella, A. Lorenzo y los autores, desconocidos la mayoría, de muchos excelentes manifiestos de España; Johann Most entre los alemanes; Spies, Parsons y sus seguidores en los Estados Unidos, etcétera; también Domela Nieuwenhuis ocupa una posición intermedia en Holanda. Los principales periódicos anarquistas publicados a partir de 1880 pertenecen también a esa tendencia; y gran cantidad de anarquistas que también pertenecen a ella se han unido al llamado movimiento sindicalista, nombre francés del movimiento obrero no político, consagrado a la lucha directa contra el capitalismo, que tanta prominencia ha adquirido últimamente en Europa.

Como anarcocomunista, el que esto escribe trabajó muchos años para desarrollar las siguientes ideas: mostrar la conexión lógica e íntima que existe entre la filosofía moderna de las ciencias naturales y el anarquismo; dar al anarquismo una base científica para el estudio de las tendencias que son patentes hoy en la sociedad y que puede indicar su posterior evolución; y establecer las bases de la moral anarquista. En cuanto a la esencia del propio anarquismo, fue objetivo de Kropotkin demostrar que el comunismo, (al menos parcial) tiene más posibilidades de éxito que el colectivismo, sobre todo si las comunas toman la dirección, y que la forma libre, o anarcocomunista, es la única forma de comunismo que ofrece posibilidades estables a las sociedades civilizadas; comunismo y anarquía son, en consecuencia, dos factores de evolución que se complementan mutuamente, y que se hacen mutuamente posibles y aceptables. Ha intentado, además, indicar cómo, durante un período revolucionario, una gran ciudad (si sus habitantes aceptan la idea) podría organizarse según las directrices del comunismo libre; la ciudad garantizaría a todo habitante vivienda, comida y ropa en proporción correspondiente al bienestar de que hoy sólo disfrutan las clases medias, a cambio de un trabajo de medio día, o de cinco horas; y que todo lo que se considerara lujo podría obtenerse de modo general si los individuos se uniesen durante la otra mitad del día en todo género de asociaciones libres que persiguiesen los diversos objetivos posibles: educativos, literarios, científicos, artísticos, deportivos, etcétera. A fin de probar el primero de estos asertos, ha analizado las posibilidades de la agricultura y del trabajo industrial, combinadas ambas con las tareas del intelecto. Y con el fin de determinar los principales factores de evolución de los seres humanos, analicé el papel que jugaron en la historia las sociedades populares constructivas de ayuda mutua y el papel histórico del Estado.

Sin titulares anarquistas, Leon Tolstoi, como sus predecesores de los movimientos religiosos populares de los siglos quince y dieciséis, Chojecki, Denk y muchos otros, adopta una posición anarquista respecto al Estado y a los derechos de propiedad, derivando sus conclusiones del espíritu general de las enseñanzas de Cristo y de los necesarios dictados de la razón. Con todo el poder de su talento, ha realizado (sobre todo en El reino de Dios en nosotros mismos) una vigorosa crítica de la Iglesia, el Estado y la Ley, Y sobre todo de las leyes de propiedad actuales. Describe el Estado como dominación de los débiles, apoyada en la fuerza bruta. Los ladrones, dice, son mucho menos peligrosos que un gobierno bien organizado. Hace una penetrante crítica de los prejuicios en boga hoy respecto a los beneficios que Iglesia, Estado y la distribución actual de la propiedad confieren a los hombres y deduce de las doctrinas de Cristo el poder de la no resistencia y la condena absoluta de todas las guerras. Pero sus argumentos religiosos están tan admirablemente combinados con argumentos que proceden de una observación desapasionada de los males de hoy, que las partes anarquistas de su obra, hablan tanto para el lector religioso como para el que no lo es.

Resultaría imposible explicar aquí, en tan breve bosquejo, la penetración, por una parte, de las ideas anarquistas en la literatura moderna, y la influencia, por otra, que las ideas libertarias de los mejores escritores contemporáneos han ejercido en el desarrollo del anarquismo. Pueden consultarse los diez grandes volúmenes del Suplemento literario del periódico La Révolte y también el de Temps Nouveaux, en el que hay citas de las obras de centenares de autores modernos que exponen ideas anarquistas, para comprender hasta qué punto está estrechamente relacionado el anarquismo con todo el movimiento intelectual de nuestro tiempo. Liberty de J. S. Mill, Individual versus The State de Spencer, Morality without Obligation or Sanction de Jean Marie Guyau y La Morale, l’art, et la religion de Fouillée, las obras de Multatuli (E. Douwes Dekker), Arte y revolución de Ricardo Wagner, las obras de Nietzsche, Emerson, W. Lloyd Garrison, Thoreau, Alejandro Herzen, Edward Carpenter, etcétera; y en el campo de la literatura propiamente dicha, los dramas de Ibsen, la poesía de Walt Whitman, Guerra y Paz de Tolstoi, París y El trabajo de Zola, los últimos libros de Merezhkovsky, e infinidad de obras de autores menos conocidos, están llenas de ideas que muestran cuán estrechamente relacionado está el anarquismo con los quehaceres del pensamiento moderno que sigue la misma tendencia de liberar al hombre de las ataduras del Estado y del capitalismo.






Texto extraído de Portal Libertario OACA