domingo, 23 de septiembre de 2012


Me pregunto si realmente la democracia es el sistema que nos ayudará a superar la actual situación de dominación casi absoluta de los mercados, donde practicamente todo está privatizado, me pregunto si efectivamente el Estado, como institución histórica de defensa de las clases dominantes, estará dispuesto a satisfacer las necesidades reales de las personas y no solo las necesidades que impone la elite político/financiera que controla las instituciones gubernamentales, los medios de producción y la Banca, la misma que se adueña de los recursos naturales y de las casas desahuciadas por la crisis económica en diversos lugares del planeta, la que a su vez financia la mafia sindical que pacta con la patronal, los partidos que confabulan el show democrático y engrasan la máquina del capital, las ONGs que con proyectos de miseria alejan aún más a las clases oprimidas de la autogestión revolucionaria y a las Iglesias, que inculcan su moral cristiana, la misma que nos hace creer que la solución bajará del cielo bendito o de políticos iluminados por la gloria del Señor, así como cual Hugo Chávez o mesías meritocráticos parisianos.
Me pregunto también y les pregunto a todos, si realmente queremos elegir representantes que decidan por nosotros, o de una vez por todas, queremos decidir nosotros mismos nuestro propio destino, a través de la auto-organización, la horizontalidad, y el apoyo mutuo tan necesario para superar una sociedad mercantil donde reina la ambición y el sálvate si puedes.
La Democracia Real es una falacia neoliberal, con Bi-Nominal o sin Bi-nominal, con Sistema D'Hondt o con el que se inventen, toda forma de Estado supone dominación, centralidad, es decir, la concentración de poder donde un pequeño número de personas decide por los demás traicionando cíclicamente la voluntad del pueblo que los eligió.
No existe participación real de la sociedad en el sistema de democracia representativa, sino una ilusión de participación real. Mediante las elecciones no decidimos cosas concretas, simplemente elegimos a quienes decidirán por nosotros, he ahí la trampa de la democracia representativa. Muy diferente es votar, por ejemplo, si se va a toma en una escuela, ya que ahí se decide una acción concreta, no a una persona que decida por nosotros en nombre de "la ciudadanía". 

La ciudadanía y el “derecho ciudadano”, votar, es un recurso de las élites gobernantes y del poder económico  para hacernos creer que participar en política es depositar un voto cada 4 años. El fraude electoral es un círculo vicioso con que las clases dirigentes nos distraen para que caigamos en el inmovilismo social, nos alejemos de la autogestión, obviemos la organización con nuestros pares, en definitiva, el sistema electoral no es más que un queso en una trampa para ratones, comámonos al dueño de la trampita y habrá queso para todos y todas.   

"La producción capitalista y la especulación bancaria se llevan muy bien con la llamada democracia representativa; porque esta forma moderna del Estado, basada sobre una supuesta voluntad legislativa del pueblo, supuestamente expresada por los representantes populares en asambleas supuestamente populares, unifica en sí las dos condiciones necesarias para la prosperidad de la economía capitalista: centralización estatal y sometimiento efectivo del Soberano - el pueblo- a la minoría que teóricamente le representa, pero que prácticamente le gobierna en lo intelectual e invariablemente le explota." Mijaíl Bakunin

Por @Tierrarevuelta 

Texto Relacionado:  Bakunin, elecciones y democracia

miércoles, 12 de septiembre de 2012

El Mocito también cumplía con su trabajo, la DINA, la CNI, también cumplían con su trabajo, los militares que desaparecían personas también hacían su trabajo, quienes bombardearon Hiroshima y Nagasaki también cumplieron con su trabajo. Así funciona el capitalismo, porque gente hace su trabajo. Las balas no las fabricaron en Quilicura, quienes las fabricaron, también cumplían con su trabajo.

sábado, 8 de septiembre de 2012

El Mito del sufragio - Errico Malatesta

Hoy día, el gobierno, compuesto de propietarios y de gentes puestas a su servicio, hállase del todo a disposición de los propietarios, hasta el punto de que los más ricos llegan hasta a desdeñar el formar parte de él. Rothschild no tiene necesidad ni de ser diputado ni de ser ministro; le basta simplemente con tener a su disposición a los ministros y a los diputados.

En multitud de países el proletariado obtiene nominalmente una mayor participación en la elección del gobierno. Es ésta una concesión hecha por la burguesía, sea para obtener el concurso del pueblo en la lucha contra el poder real o aristocrático, sea para apartar al pueblo de la idea de emanciparse concediéndole una apariencia o sombra de soberanía.
 

Háyalo o no previsto la burguesía, desde que ha concedido al pueblo el derecho de sufragio, lo cierto es que tal derecho ha resultado siempre, en toda ocasión y en todo lugar, ilusorio y bueno tan sólo para consolidar el poder de la burguesía, engañando a la parte más exaltada del proletariado con la esperanza remota de poder escalar las alturas del poder. 

Aun con el sufragio universal, y, hasta podríamos decir: sobre todo con el sufragio universal, el gobierno ha continuado siendo el gendarme de la burguesía. Si fuera cosa distinta, si el gobierno adoptase una actitud hostil, si la Democracia pudiera ser otra cosa que un medio de engañar al pueblo, la burguesía, amenazada en sus intereses, se aprestaría a la rebelión sirviéndose de toda la fuerza y toda la influencia que la posesión de la riqueza le proporciona para reducir al gobierno a la función de simple gendarme puesto a su servicio. 


En todo lugar y tiempo, sea cualquiera el nombre ostentado por el gobierno, sean cualesquiera su origen y organización, su función esencial vemos que es siempre la de oprimir y explotar a las masas, la de defender a los opresores y a los acaparadores; sus órganos principales, característicos, indispensables, son el gendarme y el recaudador de contribuciones, el soldado y el carcelero, a quienes se unen indefectiblemente el tratante de mentiras, cura o maestro, pagados y protegidos por el gobierno para envilecer las inteligencias y hacerlas dóciles al yugo.


Cierto que a estas funciones primordiales, a estos organismos esenciales del gobierno, aparecen unidos en el curso de la historia otras funciones y otros organismos. Admitimos de buen grado, por tanto, el que nunca o casi nunca ha existido en un país algo civilizado, un gobierno que, además de sus funciones opresoras y expoliadoras, no se haya asignado otras útiles o indispensables a la vida social, pero esto no impide que el gobierno sea, por su propia naturaleza, opresivo y expoliador, que esté forzosamente condenado, por su origen y su posición a defender y confortar a la clase dominante; este hecho confirma no sólo lo que antes hemos dicho, sino que lo agrava más. 


En efecto, el gobierno toma sobre sí la tarea de proteger, en mayor o menor grado, la vida de los ciudadanos contra los ataques directos y brutales. Reconoce y legaliza un cierto número de derechos y deberes primordiales y de usos y costumbres, sin los cuales la vida en sociedad resultaría imposible. Organiza y dirige algunos servicios públicos como son los correos, caminos, higiene pública, régimen de las aguas, protección de los montes, etc... Crea orfelinatos y hospitales y se complace en aparecer, y esto se comprende, como el protector y el bienhechor de los pobres y de los débiles. Pero basta con observar cómo y por qué desempeña estas funciones para obtener la prueba experimental, práctica, de que todo lo que el gobierno hace está inspirado siempre en el espíritu de dominación y ordenado para la mejor defensa, engrandecimiento y perpetuación de sus propios privilegios, así como los de la clase por él defendida y representada. 


Un gobierno no puede existir mucho tiempo sin desfigurar su naturaleza bajo una máscara o pretexto de utilidad general; no hay posibilidad de que haga respetar la vida de los privilegiados sin fingir que trata o procura hacer respetar la de todos; no puede exigir la aceptación de los privilegios de unos pocos sin aparentar que deja a salvo los derechos de todos. «La ley -dice Kropotkin- o sea los que la hacen, el gobierno, ha utilizado los sentimientos sociales del hombre para hacer cumplir, con los preceptos de moral que el hombre aceptaba, órdenes útiles a la minoría de los expoliadores, contra los cuales él se habría, seguramente, rebelado». 


Un gobierno no puede pretender que la sociedad se disuelva, porque entonces desaparecería para él y para la clase dominante la materia explotable. Un gobierno no puede permitir que la sociedad se rija por sí misma, sin intromisión alguna oficial, porque entonces el pueblo advertirá bien pronto que el gobierno no sirve para nada, si se exceptúa la defensa de los propietarios que lo esquilman, y se prepararía a desembarazarse de unos y del otro.


Hoy día, ante las reclamaciones insistentes y amenazadoras del proletariado, muestran los gobiernos la tendencia de interponerse en las relaciones entre patronos y obreros. Ensayan desviar de este modo el movimiento obrero e impedir, por medio de algunas falaces reformas, el que los pobres tomen por su mano todo aquello de lo cual necesiten, es decir, una parte del bienestar general, igual a aquella de que los otros disfrutan.
 

Es necesario, además, no olvidar, por una parte, que los burgueses, los proletarios, están ellos mismos preparados en todo momento para declararse la guerra, para comerse unos a otros, y, por otra parte que el gobierno, aunque hijo, esclavo y protector de la burguesía, tiende, como todo siervo, a emanciparse, y como todo protector, tiende a dominar al protegido. De aquí este juego de componendas, de tira y afloja, de concesiones hoy acordadas y mañana suprimidas, esta busca de aliados entre los conservadores contra el pueblo, y entre el pueblo contra los conservadores, juego que constituye la ciencia de los gobernantes y que es la ilusión de cándidos y holgazanes acostumbrados a esperar el maná que ha de caer de lo alto. 

Con todo esto, el gobierno no cambia, sin embargo, de naturaleza; si el gobierno se aplica a regular y a garantizar los derechos y deberes de cada uno, pronto pervierte el sentimiento de justicia, calificando de crimen y castigando todo acto que ofenda o amenace los privilegios de los gobernantes y de los propietarios; así es como declara justa, legal, la más atroz explotación de los miserables, el lento y continuo asesinato moral y material perpetrado por los poseedores en detrimento de los desposeídos.
 

Si se asigna el papel de «administrador de los servicios públicos», no olvida ni desatiende en ningún caso los intereses de los gobernantes ni de los propietarios, y tan sólo se ocupa de los de la clase trabajadora en tanto que esto puede ser indispensable para obtener como resultado final el que la masa consienta en pagar. Cuando ejerce el papel de maestro impide la propaganda de la verdad y tiende a preparar el espíritu y el corazón de la juventud para que de ella salgan los tiranos implacables o esclavos dóciles, según sea la clase a que pertenezcan. Todo en manos del gobierno se convierte en medio de explotación, todo se reduce a instituciones de policía para tener encadenado al pueblo. 

Y en verdad que no puede ser de otro modo. Si la vida humana es lucha entre hombres, tiene que haber naturalmente vencedores y vencidos, y el gobierno que es el premio de la lucha o un medio para asegurar a los vencedores los resultados de la victoria y perpetuarlos –no estará jamás, esto es evidente, en manos de los vencidos, bien que la lucha haya tenido efecto en el terreno de la fuerza física o intelectual, bien que se haya realizado en el terreno económico. Los que han luchado para vencer, para asegurarse mejores condiciones, para conquistar privilegios, mando o poder, una vez obtenido el triunfo, no habrán de servirse de él, ciertamente, para defender los derechos de los vencidos, sí para poner trabas y limitaciones a su propia voluntad y a la de sus amigos y partidarios.


El gobierno, o como se llama, el Estado justiciero, moderador de las luchas sociales, administrador imparcial de los intereses públicos, es una mentira, una ilusión, una utopía jamás realizada y jamás realizable. 


Si los intereses de los hombres debieran ser contrarios unos a otros, si la lucha entre los hombres fuese una ley necesaria de las sociedades humanas, si la libertad de unos hubiera de constituir un límite a la libertad de los otros, entonces, cada uno trataría siempre de hacer triunfar sus propios intereses sobre los de los demás; cada uno procuraría aumentar su libertad en perjuicio de la libertad ajena. Si fuera cierto que debe existir un gobierno, no porque sea más o menos útil a la totalidad de los miembros de una sociedad, sino porque los vencedores quieren asegurar los frutos de la victoria sometiendo fuertemente a los vencidos, eximiéndose de la carga de estar continuamente a la defensiva, encomendando su defensa a hombres que de ello hagan su profesión habitual, entonces la humanidad estaría destinada a perecer o a debatirse eternamente entre la tiranía de los vencedores y la rebelión de los vencidos.


Errico Malatesta


Fragmento extraído del Libro "La Anarquía" de Errico Malatesta http://www.kclibertaria.comyr.com/lpdf/l062.pdf


Artículo relacionado: Bakunin, Elecciones y Democracia http://noticiasyanarquia.blogspot.com/2012/08/bakunin-sobre-las-elecciones-y-la.html


martes, 4 de septiembre de 2012

El anarquismo militante y la revolución de nuestro tiempo - Luigi Fabbri


El siguiente texto es un capítulo del libro “Revolución no es Dictadura, la gestión directa de las bases en el socialismo” obra de Luigi Fabbri (1877-1935).
Algunas consideraciones previas: Luigi Fabbri, al igual que Errico Malatesta  y Mijaíl Bakunin dicen, “Partido Anarquista” para referirse al movimiento anarquista, es decir, al desarrollo de las ideas, a la gente y sus conductas como una fracción político/social, no a un Partido Político como concepto que, seguramente, inmediatamente se nos viene a la cabeza hoy en día: un grupo cerrado, generalmente jerarquizado, y enfrascado en la lucha por el poder político. Estoy bastante seguro que el estudio a cabalidad del Libro de Fabbri a pocos dejará indiferente, con alegría y entusiasmo, por tanto, subiré los capítulos restantes, los cuales pueden consultar desde ya en el  link http://materialesfopep.files.wordpress.com/2011/12/luigi-fabbri-revolucic3b3n-no-es-dictadura.pdf
Todos los partidos políticos salidos de las revoluciones democráticas, desde el siglo XVIII hasta hoy, han prometido y prometen, la libertad; pero todos los experimentos democráticos han demostrado, incluso  los más sinceros, su impotencia y su insuficiencia, y han culminado al fin en la reacción y la tiranía,-sea que los mismos hombres de la democracia se hayan transformado en reaccionarios y tiranos, sea que la ineptitud de su régimen les haya hecho dejar el puesto a las fuerzas enemigas de la libertad.

Dos causas hicieron inocuos los experimentos más radicales y avanzados de la democracia liberal: la economía capitalista que hace esclavos de los pocos poseedores a la gran masa de los trabajadores que nada tienen, a pesar de las constituciones más libres en las palabras; y la política estatal que confía la custodia de la libertad de los ciudadanos precisamente a los entes, a los gobiernos, cuya función es limitar e impedir la libertad. Con la espantosa guerra de 1914-18 y sus consecuencias reaccionarias, todos los experimentos democráticos, desde los más moderados a los más avanzados, acabaron en la bancarrota.

He ahí por qué ha llegado la hora de los anarquistas, que desde hace más de cincuenta años han intuido y demostrado que la libertad no se obtiene más que con la libertad, por el camino de la libertad, con medios de la libertad. Después que los hechos han dado su razón negativamente, es decir, con el fracaso de los métodos opuestos a los suyos, ha llegado para nosotros el momento de tener razón positivamente, poniendo en acción los métodos que creemos mejores y los únicos eficaces.

La concepción anarquista

Los anarquistas constituyen el único partido político- social, y el primero en la historia, que tiene un programa integral, completo y coherente de libertad.

La anarquía es en el verdadero sentido de la palabra, el ideal de la libertad.

El programa anarquista se diferencia de los programas de todos los otros partidos, sobre todo porque no es un programa de gobierno, es decir, no espera su realización de la conquista del poder político; ningún gobierno podría realizarlo "por la contradicción que no lo consiente". Los anarquistas no dicen al proletariado, al pueblo: "Dadnos en la mano el timón del Estado y os daremos la libertad". Al contrario, ellos dicen: "Ningún poder gubernativo podrá jamás libertaros, ni aunque lo ocupásemos nosotros mismos; la libertad la tendréis solamente cuando la conquistéis vosotros mismos, con vuestro esfuerzo consciente y racional, sin esperarla de lo alto; y una vez conquistada, la conservaréis sólo si sabéis organizar sobre bases libres e igualitarias vuestra vida social, impidiendo que entre vosotros se constituya un poder coercitivo cualquiera, y defendiendo vosotros mismos, con vuestras fuerzas directas, la libertad conquistada, contra quien la asedie desde dentro o la asalte desde fuera".

La libertad, que es fundamento, punto de partida y de llegada, y simultáneamente método de combate, del programa anarquista, es la única digna de tal nombre, pues es reivindicada como derecho individual y colectivo, y afirmada como deber de la conducta en todos los campos de la actividad humana.

El anarquismo reivindica la libertad del hombre -de todos los hombres- como individuo y como miembro de la sociedad, contra todas las coerciones políticas Propicia, por tanto, la eliminación de todas las instituciones estatales o gubernativas que tienen carácter y función autoritarios y de dominio, y la transformación de las otras en libres organizaciones de las relaciones sociales. A la organización cerrada, gubernativa y estatal de esas relaciones deberá suceder la organización voluntaria, por mutuo acuerdo, siempre rescindible, basada en convenios recíprocos y en la ayuda mutua. La libertad de cada uno será la garantía de la libertad de todos; y cada cual será, en cambio, más libre en razón de la mayor libertad de que gocen todos los demás. En un ambiente tal cualquier veleidad autoritaria sería impotente, pues, por un lado, le faltaría el privilegio de la fuerza y del poder adquirido para imponerse a los otros, y hallaría además en la libertad de todos los restantes, puestos en las mismas condiciones de acción, la resistencia y el impedimento insuperables a su desarrollo.

La libertad en el campo moral y político sería palabra vacía de sentido, por lo menos para la gran mayoría de los hombres, si no fuese integrada o, mejor, si no estuviese basada  en la más integral libertad en el plano económico. No, entiéndase bien, aquella "libertad económica" prestigiada por ciertos economistas burgueses, que entienden con eso la facultad ilimitada de los capitalistas de explotar a los trabajadores y de hacerse la competencia en perjuicio de la producción y, por tanto, en perjuicio de todos los consumidores: ésa usurpa el nombre de libertad, pues no es más que arbitrariedad y privilegio.

La libertad querida por los anarquistas  en el terreno económico, es la libertad del hombre -de todos los hombres- en su cualidad de trabajador y de productor y, por consiguiente, también de consumidor, contra las coerciones económicas del capitalismo y el monopolio de la propiedad: es decir, el fin de la tiranía sobre el asalariado, por el cual hoy la gran masa dc los trabajadores desposeídos es esclava de los pocos detentadores de la riqueza social, los patrones, que con el torniquete del hambre, la constriñen a permanecer bajo el yugo. La permanencia de los trabajadores, es decir de la gran mayoría de los hombres, en esa inicua e injusta condición de desigualdad y de sujeción, es la que ha frustrado, sobre todo, los esfuerzos heroicos de las revoluciones del siglo pasado y ha hecho ineficientes e insuficientes todas las reivindicaciones de libertad. La liberación del pueblo de las cadenas de la miseria es, por eso, condición indispensable de todas las otras libertades, y será la garantía primera y mejor, después de la revolución, contra la vuelta a los viejos regímenes autoritarios y estatales.

La socialización de la propiedad, es decir, la riqueza social sustraída al privilegio y al monopolio de pocos es convertida en patrimonio común de todos los trabajadores productores, administrada por los interesados mediante la libre y armónica organización de la producción y del consumo según las necesidades individuales y colectivas, es por eso la concepción de las relaciones entre los hombres en el terreno económico más en armonía con las reivindicaciones libertarias del anarquismo.

Tal concepción ha sido sintetizada desde hace cerca de cincuenta años -en los últimos congresos de la primera Internacional- con la fórmula del "comunismo anárquico", pero ésta no se entiende como un lecho de Procusto, reservado a priori y por fuerza a todos los miembros de la sociedad, sino como resultado de la experimentación y cooperación libres de los interesados, en relación con las posibilidades, condiciones y necesidades de los diversos momentos y del ambiente y, sobre todo, subordinado a la persuasión y aceptación de todos los que deberán realizarlo y vivirlo en la nueva sociedad. 

De la sociedad actual de injusticia, de explotación y de tiranía a la sociedad nueva más justa de la igualdad y de la libertad no se irá, se nos objeta, de un salto por un golpe de varita mágica.

¡Evidentemente! La constitución anarquista de la sociedad será el resultado de una sucesión de progresos en sentido libertario, evoluciones ya lentas, ya rápidas, revoluciones más o menos violentas, derrotas y victorias parciales, incluso regresiones; y todo eso a través de vastos movimientos sociales y políticos, en los que participarán todos los pueblos, y no solamente el hecho del pequeño número de individuos que se proclaman anarquistas.

Pero sería un error creer que todo este movimiento incesante de evolución y revolución entre los pueblos ocurre automáticamente, como por una fuerza natural inconsciente e independiente de la voluntad humana.

Al contrario, todo lo que prevemos ocurrirá solo en la medida que haya hombres que lo quieran, más o menas claramente, más o menos completamente; y nosotros mismos lo prevemos justamente porque lo queremos, del mismo modo que el peregrino prevé la meta a que llegará justamente porque la quiere alcanzar y marcha hacia ella.

La política de los anarquistas

Nosotros no negamos que en el vasto movimiento social, a través del cual la humanidad progresa realizándose a sí misma, obran muchas fuerzas, ciegamente, por impulsos contradictorios, bajo la influencia de instintos y necesidades momentáneas, de pasiones arrolladoras, de acciones y reacciones que casi se diría mecánicas, inconcientes o muy débilmente concientes. Pero es también verdad que esas fuerzas, a pesar de su enorme cantidad, por sí solas no producirían el progreso, y podrían significar también una regresión (y, en efecto, a veces la determinan). La inmensa reserva de energías que hay en ellas se vuelve útil al progreso sólo en cuanto en medio de ellas hay también fuerzas concientes; y se vuelve tanto más útil y fecunda, cuando más los instintos e impulsos se transforman en voluntad conciente. De aquí la necesidad de tal transformación, que es la tarea incesante de la propaganda, la misión de las minorías voluntarias, la misión de los movimientos de ideas.

La misión de la minoría anarquista, de su movimiento y de su propaganda, es que se formen lo más numerosas posible las conciencias libertarias; que se determine cada vez más fuerte en las masas la necesidad de libertad; que la voluntad de libertad se vuelva cada vez más difundida y consciente de su objetivo y de sus caminos. Esta minoría no puede esperar, ciertamente, que ha de convertirse en mayoría antes de la revolución (y tal vez de más de una revolución), es decir, antes de que sean eliminados tantos obstáculos materiales, económicos y políticos, que impiden a las grandes masas una visión clara de su mismo interés de liberación; pero, cuando haya alcanzado una fuerza suficiente, puede ser la vanguardia que abra con un acto de voluntad la puerta que cierra las vías del porvenir. Es ya desde ahora el fermento, el gránulo de levadura del que habla la Biblia; y más lo será en el seno de la revolución en la cual representará, lo repito, con más conciencia que todas las otras fuerzas, la voluntad de libertad.

Desde ahora, y para eso la política de los anarquistas -entendida la palabra "política" en el sentido de agitación y de acción revolucionaria contra las instituciones políticas dominantes-, quiere ser una política de libertad en todos los campos, hasta en las más pequeñas manifestaciones de su movimiento. Donde quiera que se reivindique un derecho cualquiera, aunque sea parcial, de libertad, -libertad de pensamiento, de palabra, de prensa, de reunión, de asociación, de manifestación, de huelga, de experimentación social, etc.,- allí hay un puesto de combate para los anarquistas, solidarios con todos los explotados y los oprimidos, con todos los rebeldes, contra toda manifestación política o económica de la autoridad y de la dominación del hombre sobre el hombre. Con mayor razón, por tanto, habrá un puesto de combate para los anarquistas, en toda revolución, por medio de la cual un pueblo o una clase subyugada se esfuerce por abatir una tiranía, por alcanzar un objetivo liberador.

Hacia la revolución de la libertad

Pero en las luchas parciales como en las generales, en las pequeñas y en las grandes, debidas a la propia iniciativa o a iniciativas ajenas, en su movimiento de partido como en los movimientos más vastos, obreros y del pueblo, en los propios grupos y en las organizaciones de propaganda y de acción como en las asociaciones proletarias más amplias y de clase, los anarquistas mantienen constantemente su conducta sobre líneas directrices y bases de libertad.

Libertad, en primer lugar, del movimiento frente a todos los otros movimientos más o menos afines colaterales, en el sentido de su absoluta independencia y autonomía. No teniendo objetivos materiales propios, individuales o de partido que alcanzar (aparte de la emancipación de todos), el anarquista no sufre celos:
aprueba y apoya toda reivindicación de libertad de cualquier parte que proceda; pero, no teniendo ligamen o vínculos políticos de interés con ningún partido, combate sin trabas a todos los partidos y movimientos en la medida que representen obstáculos a los fines libertario s y revolucionarios.

La libertad es la guía y la norma de conducta del anarquismo en su desenvolvimiento interno. Este repudia el concepto de disciplina cerrada y coercitiva a la que desea ver sustituida por la disciplina moral y voluntaria, por el libre consentimiento recíproco. Repudia toda forma de organización centralizada, autoritaria, burocrática y jerárquica, y organiza en cambio, sus fuerzas sobre la base de la autonomía de los individuos en los grupos y de los grupos en las asociaciones más vastas: sobre la base del libre acuerdo para la propaganda y para la lucha, coordinado y cada vez más amplio y extendido en el tiempo y en el espacio.

Así, cuando los anarquistas participan en otros movimientos y organizaciones, en donde creen necesaria y útil la propia intervención desde el punto de vista anarquista y revolucionario, si no logran imprimirles la propia orientación, combaten en ellos todos los defectos de autoritarismo que encuentran.

Este es el camino por el cual se va hacia la revolución de la libertad, -hacia una revolución que no repita el error (en parte inevitable, pero en parte debido también a la ceguera de los revolucionarios), de las revoluciones pasadas: es decir, de una revolución que en el acto de abatir una tiranía no eche, en el terreno fertilizado por la sangre de tantos mártires y héroes, la semilla funesta de una tiranía nueva.

¿Podrá ser libertaria, y por tanto integralmente liberadora, la revolución que se anuncia y que tal vez la misma reacción estatal y capitalista está provocando hoy con sus horribles excesos? No lo sabemos; y hasta es lícito dudar de ello, porque la misma tiranía, que puede provocar el estallido de la revuelta, no dejará de comunicar a la revolución un poco de su morbo autoritario. Eso no impedirá a los anarquistas saludar con alegría tal revolución, por imperfecta que pueda ser, ni participar en ella con todas sus fuerzas y entusiasmo; así como no ha impedido hasta aquí, y no impedirá nunca, prepararse y hacer todo lo que puedan por apresurar su advenimiento.

Pero la preparación revolucionaria de los anarquistas, hoy, como su preparación en la revolución, mañana, no tiene ni puede tener un carácter pasivo, de aquiescencia a los efectos autoritarios que prevén en ella desde ahora. Desde ahora, al contrario, oponen su "concepción libertaria de la revolución" a la concepción autoritaria de todos los otros reformadores y revolucionarios, sea a la democrática que, entre otros, sostienen los socialistas legalistas, sea a la despótica de los comunistas estatales y de los dictatoriales.

Cuando los anarquistas hablan, pues, de preparación revolucionaria, no entienden solamente la preparación material de la caída de las tiranías existentes, sino la preparación también para ejercer en la revolución toda su influencia con la propaganda y el ejemplo, a fin de que resulte lo más libertaria posible aun en el caso, hoy previsible, de que su orientación general no sea del todo en el sentido por ellos querido.

Es preciso que la revolución encuentre en el pueblo, lo más difundidos posible, la necesidad y el sentimiento de la libertad, para que constituyan un dique a las tendencias naturalmente despóticas de los eventuales nuevos gobiernos que se formen; y éstos deben hallar en las minorías conscientemente libertarias una fuerza de oposición moral y material organizada que, sin servir al juego de las viejas reacciones en acecho, impida su consolidación y salve la revolución de la detención y de la muerte a que la llevaría todo poder estatal, aun surgido de su seno y desempeñado en su nombre.

Mientras la libertad no sea completa para todos, la revolución no habrá terminado o, si hubiere terminado, dejaría en herencia la necesidad de una nueva revolución. Y la bandera de la revolución de los vencedores del momento, enseñoreados del gobierno, deberá pasar a las manos de las oposiciones más avanzadas que quedaron fieles a la causa de la libertad, -hasta el día que ésta triunfe en una humanidad fraternal que no sepa ya de dominadores y de súbditos, de explotadores y de explotados.

Justificación moral de la violencia revolucionaria

Ciertamente, los defensores del actual estado de cosas tienen algún derecho o razón para imputar a los revolucionarios y a la revolución los males que sin embargo, ellos preconizan frenéticamente, cuando hablan de manías sanguinarias, de furias destructoras o de otras tonterías parecidas, -ellos que defienden un sistema de cosas que aniquila más vidas humanas y destruye más riquezas de lo que podría hacerla la más costosa revolución. Pero no es menos verdad que la revolución, por la fuerza misma de las cosas y por las necesidades de su triunfo, costará siempre muchísimo, y no raramente se encontrará en contradicción consigo misma, es decir, con aquellos principios de justicia, de igualdad y de libertad de los que ha partido.

Por ejemplo: una de las reivindicaciones básicas del anarquismo es el derecho a la vida. La primera libertad que los anarquistas -los "libertarios"- reivindican para todos los hombres es la libertad de vivir. No podría ser de otro modo. Sin embargo, la revolución, con sus revueltas, deberá pasar sobre el cuerpo de sus enemigos: es decir, será constituida por toda una serie de atentados a la integridad física, a la vida, de los enemigos del pueblo, y al mismo tiempo arriesgará en sus luchas la vida de una infinidad de revolucionarios. Hay, por lo tanto, una cierta contradicción momentánea, de hecho, entre el fin, último ideal del anarquismo, y los medios de los anarquistas revolucionarios.

El mismo razonamiento se podría hacer respecto de todo el complejo de la violencia revolucionaria. Cuando ésta es un acto de liberación indudablemente tiene en sí su justificación moral, pues en sustancia es acto de legítima defensa. Pero, aun en tal caso, aun cuando se limita exclusivamente a destruir una autoridad, no es por eso menos, en cierto sentido, también ella, un acto de autoridad. Eso aparece claro si se piensa que la violencia revolucionaria es siempre el hecho de minorías que, al levantarse contra la violencia de una minoría enemiga, -la minoría de los privilegiados-, imponen de hecho un cambio de estado a las mayorías apáticas, a las mayorías que por ley de adaptación se han resignado ayer a ser oprimidas y explotadas y tienden en el fondo a conservar más que a cambiar la propia situación. Y que, una vez roto el equilibrio por la violencia revolucionaria y creada una situación nueva, podrán adaptarse a la situación nueva y al hecho cumplido, y también a consolidarlo y alegrarse de él.

Eso, en teoría, puede estar en contradicción con el principio absoluto de libertad; pero no se puede negar que es una necesidad imprescindible de toda revolución y de todo progreso. No hay que olvidar nunca, por lo demás, cuando examinamos los problemas prácticos, para resolverlos en la vida y con los medios que la vida nos ofrece, que lo absoluto está más allá de nuestras posibilidades; que en la vida y en la lucha todo es relativo. Lo absoluto debe servimos de guía, de faro hacia el cual dirigimos, para ir siempre hacia él y no volver atrás; pero si no hubiéramos de movernos más que para realizarlo de un modo completo, nos condenaríamos a la inmovilidad eterna.

La pura lógica de la coherencia absoluta no podría ser, por lo tanto, el objetivo de un verdadero revolucionario.

Cuando la revolución ha estallado, todo debe ser subordinado al triunfo de la revolución, a la necesidad de vencer y de aniquilar todas las fuerzas enemigas. 

Esta es la única lógica, la verdadera, posible para la revolución.

En todos los casos: participar activamente 

La revolución es un poco el caos, hecho de contradicciones, de progresos y de retrocesos súbitos, de impulsos sublimes y de actos inhumanos, en el que todas las pasiones y todas las fuerzas sociales y todos los instintos entran en juego; y a veces pasiones e instintos que en períodos normales no se puede vacilar en condenar, en una revolución se convierten en coeficientes de triunfo y de progreso. A menudo, además, hasta hombres y grupos y fracciones que antes de la revolución están del todo separados del movimiento, hostiles y también hostilizados por los revolucionarios, por interés o por los fines egoístas y menos plausibles, se unen a la revolución o la favorecen. Y los revolucionarios conscientes deben tener presente también estas fuerzas, para poderlas explotar sin repugnancias sentimentales; de otro modo se correría el peligro de verlas utilizadas por el enemigo.

No se puede, por lo tanto, tener en cuenta demasiado al pie de la letra las fórmulas y los programas en tiempo de guerra efectiva; y la revolución es una guerra, la guerra de los oprimidos contra los opresores.

En este sentido todas las fuerzas que debilitan, combaten y contribuyen a destruir las fuerzas enemigas, deben ser utilizadas. ¡Ah! ciertamente, en período revolucionario tenemos también el hampa, que se levanta con propósitos de saqueo; tenemos a los ambiciosos que aspiran hipócritamente a destituir a los dominadores actuales para ponerse en su lugar; y alguna vez estos últimos consiguen ponerse a la cabeza de la revolución, limitando un poco sus reivindicaciones y exagerando un poco sus promesas. Eso crea la necesidad de oponerse a tales gérmenes latentes de sucesiva reacción, pero no puede constituir nunca un motivo para los revolucionarios que les lleve a obstaculizar la revolución y a ponerse a un lado como si la cosa no les interesase. ¡Sería un verdadero crimen contra la causa de los oprimidos!

Cuando las praderas están secas, basta un chispazo, para que sobrevenga el incendio. Interés y deber de anarquistas será participar en la revolución, de cualquier modo que estalle, para imprimirle lo más posible una orientación socialista y libertaria, para conquistar combatiendo la fuerza moral y material con que oponerse luego a quien quisiera explotar y hacer desviar el movimiento. Es preciso comprometer con actos resolutivos de expropiación y de destrucción, la revolución misma a los ojos de quien la quisiera reducir a un simple "quítate de ahí para que me ponga yo"; es decir, es preciso hacer imposible una reconciliación de los revolucionarios más moderados con el viejo régimen, para que la revolución vaya lo más lejos posible y cave más hondo el abismo entre el pasado y el porvenir.

Imaginemos que la revolución estalle muy pronto, mucho antes (como es más que probable) de que se hayan creado las posibilidades psicológicas y materiales de victoria para los anarquistas. La revolución podría tener fuera de la anarquía, tres orientaciones distintas: republicano-burguesa, social-demócrata, comunista- dictatorial. Todas estas tres hipótesis tienen en su favor elementos y también en contra; es inútil aquí hacer previsiones. Pero admitamos una cualquiera de esas hipótesis: ¿deberían, por consiguiente, los revolucionarios anarquistas, sólo porque el movimiento tendrá, en prevalencia, una bandera diferente de la suya y adversa a ellos, quedar a un lado desdeñosos, esperando musulmanamente que la revolución se vuelva anarquista por sí sola? Si hiciesen así, marcarían, como partido militante, el propio suicidio, y alejarían enormemente el día del triunfo de los propios principios.

Al contrario, por lo tanto, los anarquistas participarán activamente en la revolución, cualquiera que sea su orientación y como quiera que la influencien sus jueces eventuales: en todos los casos. Y podrán estar seguros de que, aun cuando no triunfen las propias reivindicaciones libertarías e igualitarias, llegarán tanto más próximas al triunfo cuanto más enérgicos y activos hayan sido en la revolución sus partidarios, cuanto más hayan impregnado éstos a la revolución de sus propias ideas y tendencias. Con la propia participación en la revolución habrán conquistado una fuerza moral y material suficiente, por lo menos, para poner un dique al autoritarismo ajeno, para impedir que éste supere ciertos límites, para obtener por fin de la revolución los mayores frutos posibles, utilizables luego en interés del proletariado y de la futura victoria anarquista.

Cualquiera que sea el poder político que logre sobreponerse a la revolución, ésta, por su acción corrosiva y demoledora, lesionará siempre, al menos al comienzo, todas las autoridades más débiles y sacudidas; y misión de la oposición anarquista será justamente el impedir a esas autoridades reforzarse, aprovechar su debilidad para constituir núcleos y organismos propios de vida autónoma y prolongar lo más posible el ejercicio de la libertad. Esto podrá hacerlo si durante la revolución ha sabido hacerse valer, aumentar su prestigio, conquistarse la adhesión de más vastas masas, dando ejemplo de la lucha, del ataque, del sacrificio, pero sin dejarse absorber ni explotar ciegamente por los otros partidos, sino conservando siempre la propia fisonomía distinta y sus características de movimiento y de partido de libertad.

La afirmación de Proudhon, de que el "mejor medio de evitar los daños de una revolución es el de participar en ella", tiene sobre todo valor en esto: que la participación de los revolucionarios más avanzados y más idealistas en la revolución es el mejor medio posible para hacer que la revolución se desarrolle del modo más conveniente a los intereses de las clases oprimidas y a la causa de la libertad y de la justicia social.

No puede haber revoluciones "puras"

La valorización de la revolución no puede inferirse, por tanto, -como hacen por motivos diversos tanto los reaccionarios como los socialistas legalistas de los daños materiales de la revolución misma, del número de las vidas humanas consumidas, de sus contradicciones inevitables con los principios abstractos,  de las intenciones particulares de las diversas agrupaciones que se adhieren a ella, de los errores y también de las torpezas con que pueda ser mancillado el movimiento insurreccional, sino sólo por la orientación general que se puede hacer prevalecer en ella por los resultados morales y materiales que puede dar, de modo que a su triunfo siga una elevación y una ganancia de libertad y de bienestar para  el pueblo. Es preciso también que una derrota eventual tenga por consecuencia un paso adelante hacia una sucesiva revolución victoriosa, y que constituya en la historia una afirmación enérgica de la voluntad popular que aspira a una civilización superior, entendida esta palabra "civilización" no en el sentido burgués y convencional, sino en el sentido anarquista de una más difundida justicia para todos, de una elevación de las masas, sea moral o material, sea intelectual o política.

Los reaccionarios y los conservadores hablan a menudo y de buena gana, en tiempo de revolución, de hampa y de "bandidos". Las revoluciones del 89, la del 48 y del 71 en Europa, y la última en Rusia, a escuchar a los cronistas moderados del tiempo, estuvieron llenas de actos de bandidismo. Ahora bien; aun sin tener en cuenta el hecho de que a menudo los "bandidos" no eran para aquellos más que los verdaderos revolucionarios, es cierto que las revoluciones hacen salir a la superficie muchas escorias sociales, muchas fuerzas oscuras poco nobles en su origen.

¿Y eso qué significa?

Se podría decir, entre otras cosas, que los llamados "bajos fondos", en donde la revolución recluta automáticamente una parte de sus milicias, son también pueblo, incluso la parte más desgraciada del pueblo, la que en tiempos normales sufre más con el régimen de opresión y de explotación, y que son una consecuencia de la injusta estructura social. La revolución se hace también para ellos, por su redención, o para la de sus descendientes, del embrutecimiento y del crimen que la opresión política y económica tiende a perpetuar. Pero esta consideración doctrinaria y humanitaria tiene un valor secundario frente a la consideración más importante que la revolución es un crisol que no puede elegir previamente la leña que ha de arder y el metal que ha de fundir. Se produce independientemente de la voluntad de los promotores y de los combatientes individuales, poniendo en juego todas las fuerzas, todas las voluntades, todas las pasiones, todos los instintos, todos los ideales y todos los intereses que hallan eco en ella, y no podría ser de otro modo.

El que no la quiere así no es un revolucionario, no es verdaderamente un enemigo de los opresores y de los explotadores más que... en teoría. El que quisiera hacer una revolución como se ejecuta un contrato, el que quisiera medir exactamente la entrada y la salida, el que en la gran llamarada quisiera separar la leña buena de la dañada y casi la concebiera como una hoguera estética y de plantas perfumadas, ése debe resignarse a sufrir el mundo innoble como es hoy, es decir, a soportar para siempre los innumerables males ocasionados por la injusticia social (tantos que en comparación la revolución más desgraciada no podría producir más), pues una revolución ideal -incluso anarquista-, pero regulada, acompasada y equilibrada, ideada bajo la guía de las propias preocupaciones abstractas, por nobilísimas que sean, no tendrá nunca lugar.

Sin embargo, la revolución tiene por sí una virtud moral y consecuencias morales enormes. La eficacia de la revolución en el sentido de las ideas del anarquismo estará en relación directa en la preparación anterior hecha por los revolucionarios, con lo que éstos hayan sabido impregnar de ideas y sentimientos socialistas y libertarios al movimiento social y aquellos ambientes y aquellas clases que más seguramente serán arrastrados por los acontecimientos a la órbita revolucionaria.

Esto deben tener presente los hombres de ideas, en el trazado de su misión como hombres de acción, la que consiste también y sobre todo en preparar las condiciones materiales y morales y los medios para que la revolución social sobrevenga lo antes posible y sea lo más seguro posible su triunfo definitivo.

La revolución puede decirse que es para la humanidad lo que es para un organismo enfermo una intervención quirúrgica que al extirpar con dolor del paciente algunos tumores malignos, al precio de ese dolor relativamente momentáneo, salva de la muerte el organismo entero y le ahorra por un largo período sucesivo, sufrimientos infinitamente más dolorosos y más largos, permitiéndole saborear con la tranquilidad reconquistada, las alegrías superiores del cerebro y del corazón.

Educación práctica para la revuelta
El efecto moral, bueno según los anarquistas, de la revolución es ante todo el de generalizar el espíritu de revuelta, no sólo la revuelta material –sin la cual no hay revolución posible- sino también la revuelta contra las viejas ideas hasta entonces consideradas como las más sagradas e inviolables; no sólo la revuelta contra las instituciones, sino también contra el espíritu de esas instituciones.

Antes de la revolución las mayorías sociales duermen o casi, sufren por todos los males ocasionados por la mala organización económica y política, pero los soportan como inevitables, y sólo cuando la desesperación les empuja violentamente, estalla en movimientos convulsivos, agotados pronto. Los revolucionarios no pueden, en tiempos normales, más que influir indirectamente sobre esas mayorías amorfas; pueden hacerlas un poco simpatizantes con su obra, hacerlas menos hostiles a sus ideas; pero más de eso difícilmente pueden conseguir. La propaganda logra convertir y atraer a la órbita del movimiento de cambio social, solamente a un cierto número de individuos que se debe tratar de que sean lo más numeroso posible, pero que sería ilusión creer que hayan de llegar a ser mayoría antes de la revolución. La lógica de las ideas, aun de las más bellas y más claras, persuade sólo a aquellos a quienes el temperamento, el ambiente y otras circunstancias especiales vuelven permeables a la propaganda. Las mayorías no se dejan convertir más que por los hechos. No sólo eso. Sino que mientras existan las instituciones de privilegio y de opresión, ciertas supersticiones morales que se formaron en los siglos continúan su influencia también sobre aquellos que se dicen en palabras sus adversarios. El prestigio que emana de la autoridad constituida, sea la autoridad del gobierno o la del patrón, recibe el homenaje inconciente también de gran parte de la clase trabajadora que ha adquirido ya una conciencia relativamente libre. El que vive entre el pueblo sabe algo al respecto.

¿Es de esperar con la simple propaganda y también con la simple organización de clase vencer y demoler ese prestigio sobre las multitudes que emana del poder constituido de la sociedad burguesa, y vencerlo también en las mayorías amorfas, cuando es tan difícil disminuirlo en las mismas minorías conquistadas ya en parte para nuestro movimiento? ¡No! La nueva conciencia humana, libre de toda sumisión espiritual a la autoridad patronal y gubernativa, no se formará más que con la destrucción de esa autoridad. La revolución será en este sentido la gran educadora de las masas populares. No bastará la destrucción material, ni siquiera ella, del todo; pero el hecho nuevo, la falta de lo que puede alimentar el espíritu de sumisión, creará las condiciones mejores de desarrollo para el espíritu de libertad y de igualdad.

Utopías reformistas

Donde la propaganda doctrinal y pacífica no llegue él alcanzar, la propaganda del hecho revolucionario, logrará resultados hoy inesperables. Esto significará el ingreso de las mayorías en un nuevo ambiente, donde al fin las palabras de justicia social hechas realidad penetrarán en todos los corazones y en todos los cerebros; Antes sería verdaderamente utopía soñar tal resultado.

 Se objeta a menudo a quien hace propaganda de anarquismo, la falta de preparación de 'las masas para la libertad, su ineducación, para las cuales una sociedad sin gobierno parecería imposible. En efecto, antes de la revolución dada la psicología colectiva determinada por el ambiente actual, se puede decir muy bien que ni siquiera los anarquistas declarados serían capaces de vivir en cooperación libre. El fracaso de tantos experimentos de vida comunitaria libre, en las diversas tentativas de colonias libertarias, lo demuestra, como demuestra la imposibilidad en plena burguesía, de aislarse de ella y de sustraerse a los mil tentáculos de su influencia política. Pero no se tiene en cuenta, en la objeción aludida la eficacia educativa de la revolución.

La educación para la revuelta, que antes de la revolución es ejercida por las ideas de libertad en pequeñas minorías, y también sobre éstas con una eficacia relativa, sólo la revolución puede impulsarla más allá de los límites estrechos permitidos por el ambiente autoritario y capitalista actual, hacerle ganar terreno en medio de las más vastas colectividades, entre las masas populares y proletarias más extensas, siempre que, naturalmente, la revolución sepa ser digna de su nombre, es decir, no sólo en el derribamiento de un viejo poder en beneficio de un poder nuevo, sino en la demolición audaz de todo poder, vale decir, la verdadera y propia revolución de la libertad.

No creemos en los milagros y, por tanto, no atribuimos a la revolución efectos mágicos. Los adversarios de los anarquistas, especialmente los socialistas electoralistas, a menudo les hacen la acusación de "milagrismo" revolucionario; pero ellos deben reconocer que, de cualquier modo, la papeleta electoral y la conquista de los poderes públicos tienen una eficacia menos… milagrosa que la atribuida a la revolución.

Los efectos morales, educativos, que los anarquistas esperan de la revolución son mucho más lógicos y razonables, previsibles por quien conozca un poco de historia de las revoluciones pasadas y un poco de la psicología popular.

Hoy, en el sistema del cada uno para sí y... el gobierno para todos, las autoridad de lo alto sustituye y en parte impide la solidaridad en lo bajo. Sin la autoridad, el pueblo sentirá, en cambio, más la solidaridad, como aquél a quien falta un punto de sostén, tiende instintivamente la mano a sus vecinos. La necesidad mayor, en un estado de libertad, del apoyo mutuo, determinará un mayor desarrollo del amor y del respeto recíproco entre los hombres.

Aquellos que en tiempo de revolución temen el desencadenamiento de las pasiones, la expansión de la violencia individual y colectiva, el robo irracional, el saqueo destructor, los estupros, los homicidios, etc...olvidan la historia de las revoluciones.

Otro efecto moral de la revolución es éste: que suscita en el pueblo energías individuales y colectivas ignoradas hasta la víspera; y se forman en ella realmente individuos nuevos, se revelan genios e ingenios hasta entonces dormidos u ocultos. La revolución en general estalla después de un período de crisis y de depresión, o bien después de ciertas bonanzas características que a veces preceden a los huracanes. Y el huracán social pasará, renovador y purificador, haciendo surgir a la superficie fuerzas que no piden más que una impulsión enérgica para sobrenadar; mientras que se hundirán en la nada tantas mediocridades que hoy se mueven por fuerza de inercia sobre el estanque pútrido. Será como respecto de ciertos metales que se pueden obtener sólo a· fuerza de fusiones a temperaturas fabulosas; el fuego febril de la acción revolucionaria valorizará jóvenes energías que de otro modo no podrían manifestarse, energías no sólo de destrucción, sino también de reconstrucción, renovadoras desde todo punto de vista intelectual y material.

No se trata de sueltos retóricos sugeridos por la fantasía y por la fe ciega. Abrid la historia de todos los pueblos y veréis los períodos más revolucionarios caracterizados siempre por un despertar enorme de la intelectualidad humana, por progresos de toda especie, por descubrimientos científicos y atrevimientos filosóficos, por mejoramientos económicos y por la aparición, en apariencia milagrosa, de genios en el arte o en la política, en las ciencias o en la industria.

La revolución obliga a elegir un puesto de lucha

La revolución, precisamente porque disuelve todos los vínculos artificiales y autoritarios que en tiempo normal neutralizan las fuerzas y dejan inactivo el espíritu de iniciativa de los más, pone a todos los individuos en la necesidad de participar en la vida pública; primero les obliga a elegir un puesto en la lucha, pues difícilmente permite que alguno se pueda apartar completamente -y entonces es natural que incluso los más perezosos entre los oprimidos, los que más tienden a adaptarse al ambiente, se adapten a la revolución, que es hecha en su interés-, después les impele a ocuparse, bajo el aguijón de la necesidad, de todo lo que Se refiere a la vida económica y social. Todos son interesados, obligados por el instinto mismo de conservación, a buscar con otros el medio común, entre la tempestad, para asegurarse el pan y la seguridad de vivir.

He ahí por qué no es infundada, e incluso es razonable y segura, la esperanza que los anarquistas ponen en una revolución social contra las actuales dominaciones burguesas: la esperanza no sólo de un mejoramiento material de las condiciones de vida para la gran masa trabajadora, esclava de la servidumbre del salariado y sometida a la prepotencia del Estado, sino también la esperanza de que la revolución complete entre las mayorías oprimidas la obra de educación del sentimiento de justicia, de libertad y de solidaridad que podemos ejercer hoy sólo con una minoría relativamente pequeña; la esperanza de que la revolución vuelva a despertar o cree las energías activas y el espíritu de iniciativa necesarios al establecimiento de un orden social mejor; la esperanza de que en el crisol de la revolución se forme la conciencia nueva de la humanidad.


 Luigi Fabbri


Fragmento extraído del Libro  “Revolución no es Dictadura, la gestión directa de las bases en el socialismo” http://materialesfopep.files.wordpress.com/2011/12/luigi-fabbri-revolucic3b3n-no-es-dictadura.pdf

domingo, 2 de septiembre de 2012



El siguiente texto es un capítulo del libro de Luigi Fabbri (1877-1935) llamado “Revolución no es Dictadura, la gestión directa de las bases en el socialismo”


EL MIEDO A LA LIBERTAD

La aberración de los que ven la salvación de la revolución en la dictadura, después de haber hecho durante una larga serie de años de la causa del socialismo también una causa de libertad, no es distinta de la aberración de aquellos revolucionarios que, al estallar la primera guerra mundial, vieron comprometidos de repente la libertad y el socialismo, no tanto por la guerra en sí, como por la amenaza de victoria de una de las partes beligerantes.

En realidad estos últimos estaban nuevamente ofuscados después de casi un siglo de experimentos, por la ilusión democrática, y confiaban de nuevo a la democracia burguesa una misión salvadora. Los partidarios de la dictadura proletaria caen en un error semejante, creyendo traer un remedio al sustituir la más o menos enmascarada dictadura burguesa por aquella de los representantes de los trabajadores. Y a nosotros, que afirmamos que se debe dejar que la revolución se desencadene con el máximo posible de libertad, dejando el camino abierto a todas las iniciativas populares, nos responden con una cantidad de objeciones, que pueden ser resumidas en un sentimiento único, que por lo demás no son capaces de confesar ni siquiera a sí mismos: el miedo a la libertad. Después de haber exaltado al proletariado ahora lo reputan en lo íntimo de su pensamiento incapaz de administrar por sí propio sus intereses y piensan en el nuevo freno que será necesario ponerle para guiarlo "por la fuerza" hacia la liberación.

Hacen como el enfermo que debía sufrir una operación y fue el más audaz, aun contra los médicos, en sostener que la operación se imponía, en desearla, en apresurar los preparativos con la esperanza de curar; y después, en el último momento, se niega y prefiere una inyección de morfina que calma por el momento el dolor, da la ilusión pasajera del mejoramiento, pero deja intacto el mal y el peligro de la muerte. Tiene una porción de escrúpulos, de temores y todas sus objeciones son dirigidas a retardar el momento del acto operatorio, que sería el acto de su verdadera curación.

Pretextos intelectuales para la dictadura

Todas las objeciones que presentan los partidarios de la dictadura giran en torno a este principal argumento: de la incapacidad de la clase obrera para gobernarse por sí misma, para sustituir a la burguesía en la administración de la producción, para mantener el orden sin el gobierno; es decir, le reconocen sólo la capacidad de elegir representantes y gobernantes.

Naturalmente, no declaran este concepto con nuestras mismas palabras; antes bien, lo enmascaran a sí mismos más celosamente que a los otros con razonamientos teóricos diversos. Pero su preocupación dominante es ésta: que la libertad es peligrosa, que la autoridad es necesaria para el pueblo, así como los ateos burgueses dicen que la religión es necesaria para no desviarse del buen camino.

Puede suceder, en efecto, que la autoridad se haga necesaria, pero no porque sea algo "natural" y porque no se pueda pasar sin ella, sino por el hecho de que el pueblo se ha habituado a considerarla indispensable; porque en lugar de enseñársele a obrar por sí y las formas cómo podría por su propia cuenta resolver las dificultades, se le mantiene sobre este punto en las tinieblas, más bien se le oculta la verdad, y para tenerlo más sometido se le muestra todo fácil; porque se le enseña desde ahora que, apenas sacudido el yugo actual, deberá crearse inmediatamente un nuevo gobierno que se ocupará de pensar cómo debe dirigir y atender todo más tarde.

Aquellos que hablan de la dictadura como de un mal necesario en el primer período de la revolución -en el cual, por lo contrario, sería necesario un máximo de libertad-, no advierten que ellos mismos contribuyen a hacerla necesaria con su propia propaganda.

Muchas cosas se hacen inevitables a fuerza de creerlas y de quererlas como tales; en realidad, las creamos nosotros mismos. Así sucede con la dictadura, que los marxistas están preparando con su propaganda, en lugar de estudiar la posibilidad de evitar este  mal, esta preventiva amputación de la revolución.

Ellos no encaran por completo el problema, precisamente porque no tienen bastante fe en la libertad, porque, al contrario, apoyan toda su fe en la autoridad.

Por consiguiente, no pueden resolver el problema. Lo resolvemos, sin embargo, nosotros, los anarquistas, que vemos en la libertad el mejor medio para la revolución: para hacerla, para vivirla y para continuarla.

El temor al desorden, al desencadenamiento de las pasiones, al florecimiento de los egoísmos, a los desahogos de la brutalidad, de la indisciplina y de la negligencia, etc., fue siempre el pretexto con que se ha justificado toda tiranía y combatido toda idea de revolución.

¡Es curioso que algunos socialistas encuentren justamente en este hecho una justificación de sus ideas dictatoriales! Se desarrolla en sustancia este concepto: que también la burguesía hizo su revolución imponiendo la dictadura, que en realidad vivimos bajo la dictadura burguesa, que la burguesía, para hacer la guerra, acentuó su centralización dictatorial, etc., y que por eso también el proletariado tiene derecho a hacer lo mismo. Que tenga derecho frente a la burguesía, es decir, que la burguesía sea la menos autorizada para escandalizarse ante la idea de una dictadura proletaria, puede ser un argumento justo; antes bien, agregaríamos nosotros, que la burguesía hace mal en alarmarse, aun desde su punto de vista, porque peor suerte le reservaría una revolución verdaderamente libre de toda traba gubernamental. Pero que el proletariado tenga interés en recurrir a la dictadura, esto es harina de otro costal.

El ejemplo de que haya servido a la burguesía no prueba nada; antes bien, prueba lo contrario. La revolución social no puede tener la misma orientación que la burguesía; y además, una cosa es revolución y otra la guerra. No todos los medios que son buenos para la guerra o para una revolución burguesa, son buenos para una revolución social. La centra1ización autoritaria de la dictadura es un medio totalmente perjudicial, en cuanto es el más adecuado para transformar una revolución social en revolución exclusivamente política -en especial al quitar al pueblo la iniciativa de la expropiación inmediata- vale decir preparar, desde el punto de vista proletario y humano, el mismo fracaso de las revoluciones precedentes.

Esas revoluciones, que sin embargo fueron hechas especialmente por el pueblo, el cual era también entonces impulsado por un deseo de liberación completa y de igualdad no solamente política, terminaron en el triunfo de una clase sobre otras, justamente porque la dictadura llamada revolucionaria preparó e hizo posible tal triunfo. Si la burguesía la empleó fue precisamente para sofocar la revolución, porque tenía interés en ello. El proletariado tiene, al contrario, un interés opuesto, es decir, que la revolución no sea sofocada, sino que realice su curso completo. La dictadura, por lo tanto, iría contra su interés.

Es verdad que una dictadura proletaria y revolucionaria podría también trastornar, arruinar y anular los privilegios actuales de la burguesía; pero ya que, debiendo ser limitada en sus componentes, sería siempre la dictadura de algunos partidos o de algunas clases, se vería inclinada no a destruir todo gobierno de partido y toda división de clases, sino a sustituir el gobierno actual por otro, el actual dominio de clase por otro de clase también. Y naturalmente, como la existencia de un gobierno implica la existencia de súbditos, la existencia de una clase dominante significa la existencia de otras clases dominadas y explotadas.

Sería el mismo perro con diferente collar.

Chaleco de fuerza para la revolución

No somos profetas ni hijos de profetas y no podemos prever el modo como todo esto podrá acontecer. Pero reclamamos la atención de los lectores, y en especial de los socialistas, sobre este hecho: que el proletariado no es una clase única y homogénea, sino un conjunto de categorías diversas, de algunas especies de subclases, etc., en medio de la cual hay más o menos privilegiados, más o menos evolucionados y aun algunos que son, en cierto modo, parásitos de los otros.

Hay en esa clase minorías y mayorías, divisiones de partido, de intereses, etc. Hoy todo esto se advierte menos, porque la dominación burguesa obliga un poco a todos a ser solidarios contra ella; pero el hecho es evidente para quien estudie de cerca el movimiento obrero y corporativo. Ahora bien, la dictadura proletaria, que seguramente iría a pasar a manos de las categorías obreras más desarrolladas, mejor organizadas y armadas, podría dar lugar a la constitución de la clase dominante futura, a la cual ya le agrada llamarse a sí misma élite obrera, para daño no solamente de la burguesía, simplemente destronada en las personas de sus miembros, sino también de las grandes masas menos favorecidas por la posición en que se encuentran en el momento de la revolución.

Se constituirá de seguro otra clase dominante –podría más bien llamarse una casta, muy semejante a la actual casta burocrática gubernamental, a la cual justamente sustituiría- integrada por todos los actuales funcionarios de los partidos, de las organizaciones, de los sindicatos, etc. Además, la dictadura tendría también, junto con el gobierno central, sus órganos, sus empleados, sus ejércitos, sus magistrados, y éstos, junto con los funcionarios actuales del proletariado, podrían precisamente constituir la máquina estatal para el dominio futuro, en nombre de una parte privilegiada del proletariado y aliada a ella. La cual, naturalmente, cesaría de ser, en los hechos, "proletariado" y se volvería más o menos (el nombre importa poco) lo que en realidad es hoy la burguesía. Las cosas podrían ocurrir diversamente en los detalles; podrían también tomar otra orientación, pero sería parecida a ésta y tendría los mismos inconvenientes.

En líneas generales, el camino de la dictadura no puede conducir la revolución más que a una perspectiva de este género, es decir, a lo contrario de la Finalidad principal del anarquismo, del socialismo y de la revolución social.

Tan erróneo es decir que se quiere la dictadura para la revolución como que se la desea para la guerra.

Que se la quiera para la guerra que la burguesía y el Estado hacen con la piel de los proletarios, es natural. Se trata de hacer la guerra por la fuerza, de hacer combatir por la fuerza a la mayoría del pueblo contra sus propios intereses, contra sus ideas, contra su libertad, y es natural que para obligado se necesite un verdadero esfuerzo violento, una autoridad coercitiva, y que el gobierno se arme de todos los poderes en su contra.

Pero la revolución es otra cosa: es la lucha que el pueblo emprende por su voluntad (o cuya voluntad es determinada por los hechos) en el sentido de sus intereses, de sus ideas, de su libertad. Es preciso, por consiguiente, no refrenarlo, sino dejado libre en sus movimientos; desencadenar con entera libertad sus amores y sus odios, para que brote el máximo de energía necesaria para vencer la oposición violenta de los dominadores.

Todo poder limitador de su libertad, de su espíritu de iniciativa y de su violencia sería un obstáculo para el triunfo de la revolución; la cual no se pierde nunca porque se atreva demasiado, sino sólo cuando es tímida y se atreve muy poco.

Los temidos "excesos revolucionarios"

El temor al desorden y a sus consecuencias es una superstición infantil, como el temor a caerse del niño que hace poco aprendió a caminar.

Ninguna revolución está exenta de desorden, por lo menos en sus comienzos. Aun en las revoluciones más suaves, más educadas y más burguesas no se pudo evitar; ni se lo evitará en una revolución social, que sacude completamente y desde su base a la sociedad.

Pero ciertamente, para que la vida sea posible, es preciso que un orden se establezca cuanto antes. Pero el problema que se presenta no es el de un nuevo gobierno, sino el de saber qué es lo más apropiado para restablecer el orden, cómo se puede establecer un orden mejor: un gobierno más o menos dictatorial o bien la libre iniciativa popular.

Los marxistas optan por un gobierno revolucionario; nosotros, al contrario, creemos que el gobierno, peor aún si es dictatorial, será un elemento más de desorden, puesto que establecerá un orden artificial y nunca de acuerdo a las tendencias y a las necesidades de las masas. Estas por el contrario, a través de las propias instituciones libres podrán bastante mejor y más ordenadamente proceder por vía directa, desde ellas mismas, a organizarse en forma tal que quede asegurado el "orden" necesario, es decir, el orden libre y voluntario, no el artificial y oficial que los gobiernos mandan e imponen desde arriba.

Este orden en el desorden ha sido visto y admirado en casi todas las revoluciones y durante los 'períodos de conmociones populares. A menudo se notó, en tales períodos, una enorme disminución de los fenómenos de delincuencia común. Cuando desaparecen los esbirros y el gobierno es inexistente, se puede decir que el pueblo asume por sí mismo la responsabilidad del orden, no por delegación de terceros, sino directamente, en todo lugar, con los medios y personas de que localmente dispone. Algunas veces, sin embargo, va también más allá de los límites, como cuando, en 1848, fusilaba aun a cualquier mísero ladrón inconciente detenido infraganti.

Este espíritu de orden del pueblo ha sido advertido por todos los historiadores en los períodos inmediatamente sucesivos a las insurrecciones, cuando el viejo gobierno había sido derrumbado y reducido a la impotencia y el nuevo no había sido creado todavía o era aún demasiado débil. Esto se vio en los meses más desordenados, que los historiadores burgueses llaman de anarquía, de la revolución de 1789-93, tanto en la ciudad como en el campo; así también en las diversas revoluciones europeas de 1848 y después en la Comuna de 1871. El desorden vino más tarde, con el retorno de un gobierno regular, fuera éste el viejo o el nuevo. Aunque hayan ocurrido siempre inconvenientes, como es natural, jamás los hubo en los períodos "anárquicos" de tal magnitud como aquellos que se han debido deplorar luego con el retorno del "orden" impuesto por un gobierno cualquiera.

No hay, por otra parte, que bautizar como excesos revolucionarios, como desórdenes, ciertos actos de violencia contra la propiedad y las personas, que son verdaderos y propios episodios de la revolución, inseparables de ésta, por medio de los cuales y a través de los cuales toda revolución se realiza. La revolución del 89, por ejemplo, es inconcebible sin el ahorcamiento de los acaparadores y de los causantes del hambre del pueblo, sin el incendio de los castillos, sin las jornadas de Setiembre, sin los llamados excesos de Marat, de los hebertistas, etc. Esta especie de desorden es totalmente inevitable antes de alcanzar el orden nuevo que a nosotros nos importa; es preciso, por lo tanto, dejarle toda la libertad para manifestarse y para desarrollarse. Bastante más perjudicial sería querer detenerlo, como sería perjudicial oponer   un dique a un torrente cuyas aguas, obstaculizadas en su curso natural se verterían en turbión para arruinar los campos vecinos; mientras que dejándolas proseguir libremente su curso llegarían antes a la llanura, donde proseguirían su camino hacia el mar, siempre con la más grande tranquilidad.

El pueblo ha mostrado esa misma capacidad de orden en todas las revoluciones, aun en un sentido positivo, es decir como espíritu de organización para la satisfacción de aquellas múltiples necesidades que aún en tiempos revolucionarios tienen su imprescindible imperativo categórico. "Es preciso no haber visto nunca en obra al pueblo laborioso; es preciso haber tenido toda la vida la nariz metida en los infolios y no conocer nada del pueblo para poder dudar de él; hablad al contrario, del espíritu de organización de ese gran desconocido que es el Pueblo a aquellos que 10 vieron en París en los días de las barricadas o en Londres, durante la gran huelga de los docks de 1887, cuando debía sostener un millón de hambrientos, y os dirán cuán superior es a todos los burócratas de nuestras administraciones". (1)

Ni espontaneísmo ni uniformización

Sin embargo, no hay que caer en el optimismo excesivo de Kropotkin, que conduciría a dejarse arrastrar por la corriente, a no tener casi necesidad de pensar antes de obrar.

Es preciso plantear, primeramente los problemas de la acción y de la producción, preparando los ánimos, las voluntades, los instrumentos adecuados a la futura iniciativa popular, para que haya en todos los puntos del territorio en revolución los hombres, los grupos que la salven de ser presa de la imprevisión y de tener que abdicar en las manos de un poder central cualquiera. Es decir, se impone una preparación práctica, positiva más que negativa, de las minorías revolucionarias y libertarias, desde antes de la revolución, para que puedan obrar y responder a las necesidades que se presenten sin necesidad de confiarse a un gobierno.

Miguel Bakunin veía esta necesidad; es completamente justo su concepto de llegar a despertar la vida espontánea y todas las potencias locales sobre el mayor número posible de puntos por medio de minorías revolucionarias que, pilotos invisibles en medio de la tempestad popular, produjeran la anarquía y la guiaran, no por virtud de un poder ostensible, oficial, sino con el ejemplo de la propia actividad iniciadora.

Pero para que esta fuerza pueda obrar “es necesario que ella exista (advierte Bakunin) porque no se concertará por sí sola”.

Si en todo barrio, pueblo, campo, fábrica, si en todo centro, etc., existieran grupos resueltos que tomaran desde el primer momento, teniendo los medios y la preparación, la iniciativa revolucionaria, tanto para la destrucción del viejo régimen como para la continuación de la producción, todo pretexto de hacer surgir una autoridad gubernamental o dictatorial moriría en germen. La autoridad sería tan desmenuzada, tan pulverizada, que no existiría más como poder coercitivo; estando en cada uno y en todas partes, impediría cualquier tentativa de centralización. Preparar de este modo la posibilidad del desarrollo de las iniciativas locales, especiales, por lugares o por funciones, significará dar a la revolución el modo de caminar libremente sin los torniquetes deformadores y homicidas de la dictadura.

Se dice que es necesaria la dictadura para organizar la lucha contra las resistencias burguesas. ¿Por qué? La revolución puede ser considerada como dividida en dos grandes períodos: el que antecede al derrumbamiento del poder político de la burguesía y el período posterior. Mientras el poder gubernamental burgués no haya sido derribado, toda dictadura proletaria es imposible; existe solamente, todavía, la dictadura burguesa. Vencido el gobierno burgués, que constituye la resistencia armada de la clase capitalista, queda implícitamente desarmada y derrotada también ésta. Sus elementos pueden, aquí y allá, prolongar, por grupos, la resistencia; pero entonces se encuentran en una situación de absoluta inferioridad frente al proletariado, mucho más numeroso que ella y desde ese momento armado y tal vez mejor armado que ella. Para sofocar estas resistencias no sólo es inútil constituir un gobierno central, sino que éste serviría mucho más para aniquilar la libre acción insurreccional local, que en todo sitio procede a limpiar el terreno y a desembarazarse de los reaccionarios del propio lugar, salvo, se entiende, cuando es menester convenir con las otras localidades para correr en ayuda de aquellas donde los revolucionarios se encuentren necesitados.

Los distintos centros revolucionarios se federarán, estarán en contacto continuo para la recíproca ayuda, según un tipo de organización federalista completamente opuesta a la dictatorial. Esto evitará el grave inconveniente que se presentó durante la revolución francesa, y parece que también en Rusia, de que con las mejores intenciones del mundo el gobierno central dicte órdenes contrarias al espíritu dominante en ésta o en aquella región, en contraste con intereses colectivos legítimos de ciertas poblaciones lejanas o de categorías obreras menos favorecidas, etc., contribuyendo así a disminuir el fervor revolucionario y a favorecer los planes de los contrarrevolucionarios.

Especialmente puede suceder esto cuando, para la labor de expropiación, se quisieran adoptar criterios únicos de forma y de procedimiento, que al contrario, debieran variar según las circunstancias y las tendencias de las masas, de localidad a localidad.

En todo caso, las dificultades que surjan después serán siempre mejor resueltas por los organismos obreros que por un gobierno central. A menos que se insista en el propósito, absolutamente antirrevolucionario y utópico, de contentarse con la conquista del poder y dejar la expropiación para más tarde, como obra oficial del Estado dictatorial socialista.

¡Pues eso sería el desastre para la revolución!

Pero el miedo a la libertad, lo que es prácticamente igual, el culto a la autoridad, pone en labios de los partidarios de la "dictadura" argumentos que son ya una condena explícita de la dictadura misma. Ellos dicen frecuentemente. ¿Pero no hace lo mismo la burguesía?

Se dice que la dictadura del proletariado sería la dictadura de una "élite"; pero la dictadura actual de la burguesía ¿no es también la dictadura de una "élite"?

¡Justísimo! Pero la revolución no debe sustituir una élite por otra, sino abolirlas todas. ¡Si, al contrario, su resultado no fuera más que el de sustituir una dictadura por otra tanto vale prever desde ya el fracaso de la revolución! Si tal es el fin que se proponen los partidarios de la dictadura proletaria, entonces se comprende también por qué asignan a la revolución, como función primordial, la de suprimir la libertad, es decir, una función opuesta a la que está en la naturaleza de toda revolución: la conquista de una libertad siempre mayor.

Esto explica también el lenguaje de los socialistas autoritarios y dictatoriales cuando acusan de demagogia democrática y pequeño-burguesa a la viva preocupación de los anarquistas por defender la libertad.

Sin embargo, nosotros compartimos enteramente su hostilidad hacia la democracia burguesa y pequeñoburguesa; y así en nuestra aversión, nos mostramos más coherentes que esos socialistas no aceptando servimos de las instituciones parlamentarias y administrativas burguesas para nuestra lucha revolucionaria. Pero mientras nuestra enemistad hacia la democracia y el liberalismo burgués mira al porvenir y es una superación de las mismas, el espíritu antidemocrático de los partidarios de la dictadura es un retorno al pasado.

A los anarquistas no les basta la poca libertad concedida por los regímenes democráticos; en cambio los partidarios de la dictadura piensan quitarle al pueblo aún ese poco de libertad. Si, pues, las preocupaciones libertarias de los anarquistas pueden ser tachadas de "democráticas", nosotros podemos devolver la acusación diciendo que las aspiraciones dictatoriales de esos socialistas tienden a una vuelta al absolutismo, a la autocracia.

Naturalmente esos socialistas no se dan cuenta de estas peligrosas tendencias de sus sistemas y dicen por eso que desean todo 10 contrario de aquello que tales tendencias implican. Los hechos de Rusia podrían, tal vez, bien conocidos, instruirlos mucho al respecto.

En Rusia la revolución ha sido obra mucho más de la libre acción popular que del gobierno bolchevique.

Las fuerzas obreras y campesinas, aprovechándose, especialmente durante el primer año, de la debilidad de los diversos gobiernos que se sucedieron en el poder, rompieron, pedazo a pedazo, el antiguo régimen, trastornando todos los valores sociales, iniciando en vasta escala la expropiación, echando las bases de las nuevas instituciones de producción y de organización, que después el gobierno bolchevique redujo bajo su férreo dominio militarista y dictatorial.

Es la libertad, no la dictadura, la que libró a Rusia del zarismo y de todas las insidias de la burguesía liberal y de la social-democracia patriótica y guerrerista; es la libertad la que hizo y mantuvo la revolución. La dictadura ha recogido los frutos simplemente. Aún más: los ha dispersado y despilfarrado.

La revolución libertará de su estrecha cárcel al espíritu de libertad y una vez libre se convertirá en gigante, como el genio de la fábula que un incauto dejó escapar del vaso en que estaba encerrado por la magia. Volver a echarle mano, volver a empequeñecerlo, a encerrarlo y a encadenarlo será imposible, aun para esos mismos que contribuyeron a desencadenarlo.

Especialmente en los países latinos, donde las tendencias anarquistas y rebeldes están tan desarrolladas, donde los anarquistas propiamente dichos tienen como fuerza pública social una influencia que la revolución de seguro aumentará enormemente, se necesitaría, para llegar a constituir un gobierno fuerte, una dictadura como la que figura en el programa bolchevique, o para intentarlo solamente, esfuerzos de tal magnitud que consumirían y agotarían las mejores energías socialistas y revolucionarias. Sería una pérdida que no tendría compensación. Serían esfuerzos, sacrificios, tiempo y tal vez mucha sangre sustraídos al trabajo libre y tanto más vital de una verdadera reconstrucción de la sociedad humana.



 Luigi Fabbri

(1) Kropotkin.  La conquista del pan.


Fragmento extraído del Libro  “Revolución no es Dictadura, la gestión directa de las bases en el socialismo” http://materialesfopep.files.wordpress.com/2011/12/luigi-fabbri-revolucic3b3n-no-es-dictadura.pdf

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