sábado, 17 de septiembre de 2016

Cortometraje: En la Brecha






A través de un día en la vida de un obrero afiliado a la CNT, el documental expone el funcionamiento anarcosindicalista en la organización confederal de los puestos de trabajo y la instrucción en la retaguardia. En la brecha (1937), es un cortometraje producido en plena revolución social por la Industria del Espectáculo de Barcelona, colectivizada por la CNT, y dirigido por Ramón Quadreny, que hacía aquí su debut cinematográfico (en los años 40 dirigiría largometrajes como «La alegría de la huerta», «La chica del gato» o «Ángela es así»)

viernes, 16 de septiembre de 2016

Por estos días, el patriota siente infinito placer al ver al inmigrante disfrazado de huaso o portando banderitas sobre su cuerpo. Es el placer de la conquista del otro, del cuerpo del otro, que deberá doblegarse siempre y duplicar su fuerza de trabajo a cambio de menos monedas de las que habrá de merecer cualquier connacional.

No hay nada que cause más placer a un patriota que mirar a un niño haitiano vestido de huaso para ir a la escuela chilena. Placer y morbo, a sabiendas de que los padres de ese niño seguirán barriendo las calles santiaguinas mientras el Estado chileno y su brazo armado sostienen la ocupación militar en aquel territorio de la negrura adolorida.

Lo que el artificio patriotero no podrá disfrazar es la miseria del anciano que recorre las bien barridas calles de la patria, vendiendo banderas tricolores para poder masticar el pan. A esa vergüenza, no hay poncho huaso que le quepa.

El Carnaval Autogestionado de Cerro Navia celebrará la 7° edición

«Practicando el apoyo mutuo en la población, construimos nuestra historia hacia la autogestión», se puede leer en la invitación al 7° Carnaval autogestionado de Cerro Navia, que se desarrollará el 12 y 19 de Noviembre de 2016 en la combativa Comuna del norponiente de Santiago. Conmemorado desde noviembre de 2009, comunidades, organizaciones y vecinos ya se encuentran difundiendo y coordinando la próxima edición del carnaval, para lo cual están convocando a una reunión para el domingo 25 de septiembre a las 17:00 hrs, en la plaza ubicada en Vicuña Rozas con Sofanor Parra (a 2 cuadras de Neptuno), en donde todos los que quieran apañar se pueden acercar. A continuación compartimos un texto difundido desde el evento del carnaval ¡Salud! 

Somos herederos de una larga historia de lucha, de organización y prácticas que han llevado adelante desde sus inicios los pobladores de estos territorios... hemos heredado triunfos y derrotas, aciertos y errores, prueba de ello son nuestros mismos hogares, nuestras poblaciones, que nacieron de la misma organización de la comunidad y del aguante de nuestra gente, que tuvo que soportar inviernos en campamentos; que ha tenido que soportar carencias; que ha tenido que soportar pacos y milicos, que con sus embestidas, solo en el pequeño sector que hoy llamamos Cerro Navia nos han dejado más de 50 luchadores asesinados, y ni así fueron capaces de parar la resistencia y autodefensa, se les siguió dando cara, a partir de ollas comunes y barricadas, incluso declarándose territorio autónomo en innumerables ocasiones durante la década de los 80, llevando a cabo un paro comunal el 84 y haciendo escapar al dictador en el 88.

Fue nuestra gente la que le puso el pecho a las balas y derrocó a la dictadura, para luego ser engañada por individuos que tuvieron una vida de lujo en Europa, quienes llegaron a acomodarse en el poder, creando una falsa ilusión de triunfo desplazando la figura militar por la de un gobierno democrático camuflado por un arcoíris, prometiendo soluciones a través de ayuda institucional, haciéndonos pensar que la organización ya no era necesaria, cayendo así en el asistencialismo y la comodidad. Hemos tenido que soportar la infiltración de la pasta base en nuestros territorios desde la dictadura y su incentivo durante la democracia, lo que ha arruinado la vida de innumerables niñxs y familias, todo esto provocó la desarticulación de los pobladores y la eliminación de las organizaciones.

Hemos tenido que soportar contaminación y consultorios indignos; hemos tenido que soportar la peor educación de la región metropolitana; y ahora tenemos que soportar la aparente atomización y separación de nosotrxs, ya no disfrutamos entre vecinxs... pero a pesar de todo, el apoyo mutuo siempre ha estado, a veces latente y otras claramente manifestado, y a partir de él, seguiremos luchando apelando a la organización del pueblo, pero no a la misma organización de antaño, vemos críticamente los procesos de lucha llevados a cabo a lo largo la historia, debido a sus tintes autoritarios, que reproducían lógicas paternalistas y patriarcales, que los llevaron a confiar en el Estado.

Nuestra propuesta es la auto-organización de los pobladores de manera horizontal, solidaria y autónoma. Rechazando todo tipo de jerarquías, las que se manifestaron y manifiestan en la organización pobladora principalmente de 3 maneras: la dependencia y confianza en el Estado y partidos políticos, la jerarquización de la organización, y la división de roles por género y edad. Para superar estas equivocaciones apelamos a que las decisiones sean tomadas en asamblea y que la realización de los trabajos colectivos sean realizados por los individuos según sus capacidades, gustos e intereses. Es decir desde la autogestión demostraremos que nunca bajaremos los brazos, nunca estaremos totalmente derrotados, de cada caída nos levantaremos con más fuerza... con amor, rabia y alegría transformaremos nuestra realidad y construiremos un mundo en libertad...

“Practicando el apoyo mutuo en la población, construimos nuestra historia hacia la autogestión”

Para mayor información pueden visitar el evento
7° carnaval autogestionado de Cerro Navia

 

martes, 13 de septiembre de 2016

Reflexiones contra la autoridad

En su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, Étienne de La Boétie (1530 - 1563) ya denunciaba de forma sensata el poder que tiene la costumbre en nuestra manera de pensar y comportarnos. Es cierto: cuando nos habituamos a algo, cambiarlo es realmente difícil. Sobre todo si hemos estado sujeto a aquello desde nuestro nacimiento o si ha trascendido a una o varias generaciones. Cuando esto ocurre, para la mayoría de las personas su motivo de costumbre pasa de ser una realidad a ser la realidad, algo establecido y rara vez cuestionado, formándose así los convencionalismos sociales arbitrarios y los racionales que constituyen el sentido común. Poner en duda cualquiera de estas verdades es considerado una locura, siendo que la auténtica locura reside en pensar un mundo amutable, rígido y, por consecuencia, sin historia.

Hoy en día difícilmente se permitiría que una persona fuese dueña de otra y sin embargo hubo un tiempo en que la esclavitud y la monarquía fueron vistas como algo más que aceptable, algo que debía ser. Lo normal y el sentido común, en éste y muchos casos más, no se configuran a partir de un pensamiento racional, sino que se van estructurando en la medida en que las prácticas se hacen más cotidianas y no existen las condiciones materiales para cuestionarlas y transformarlas. Es por esta razón que para muchas personas es imposible concebir un mundo sin autoridades, pues han estado presentes durante buena parte de nuestra historia conocida y durante absolutamente toda nuestra historia particular:

Desde antes de siquiera poder dar nuestros primeros pasos, somos aleccionados en cuanto a cómo debe ser nuestro comportamiento frente a una autoridad. Las autoridades –nos dicen desde siempre– deben ser respetadas y obedecidas. Este precepto daña a la humanidad de un modo tan grande y difícil de percibir, que es doblemente peligroso.

En una sociedad como la nuestra, donde la participación social es increíblemente baja, tanto en la organización sectorial como en lo electoral, vale la pena el que nos preguntemos la razón del por qué.

El respetar y obedecer a alguien tan sólo por el hecho de ser una autoridad es un sin sentido. Tal modo de vida anula el cuestionamiento y el razonamiento que llevan al ejercicio del diálogo, la reflexión y el debate, coartando las posibilidades de entendimiento. De ahí la dificultad de plantear problemáticas y que éstas sean aceptadas y asumidas por los dirigentes de un país. La autoridad viene a suplantar a la razón de igual modo como quien ante una pregunta que desconoce o que no quiere tratar, elude argumentar respondiendo “porque sí” o “porque no”; debes hacerlo porque la autoridad lo dice = porque sí; no debes hacerlo porque la autoridad lo dice = porque no.

Lamentablemente no es todo. El uso de autoridades ha llevado a las personas a tener una concepción errada de lo que es la política. Por lo general se piensa que la política es aquello que hacen los políticos y, en menor medida, los movimientos sociales.

Esta visión, compartida por muchos, hace que la población vea el ejercicio político como algo ajeno, que no le corresponde y de lo que otros deben encargarse. La mayor proximidad que sienten es al momento de votar, cosa que hacen muy de vez en cuando y sólo la pequeña parte participa del proceso electoral. El resultado es una población pasiva que delega todas las decisiones importantes a un grupo muy reducido de personas.

Lo cierto es que todo lo que una persona hace (acción) o no hace (omisión) es un acto político. La política se desarrolla en numerosos campos, planos, dimensiones o niveles de acción y tan sólo uno de ellos es el electoral; quién vota lo hace por el candidato que mejor represente sus ideas o por intereses personales o partidistas, mientras que quién no vota puede estar dando un mensaje de apatía, indiferencia o descontento con la política tradicional. También hace política la persona que prefiere usar una bolsa reutilizable a una de plástico, la junta vecinal al reunirse para tomar decisiones en torno a su sector, el sindicato que busca mejoras para sus colegas, la organización de cualquier tipo y toda forma de autogestión, etc.

No todo lo que hacemos tiene una magnitud tal que pueda ser visible ante todo un territorio país, pero eso no debe preocuparnos. El primer paso para cambiar el sentido común cuando no se controlan ni se busca controlar los medios, es lograr cambios de paradigmas a nivel local.

Una cantidad no menor de cambios han comenzado así, desde experiencias locales que se replican lo suficiente para generar un cambio en el sentido común, y no desde las llamadas autoridades, limitándose éstas últimas a ejecutar o establecer de modo formal dichos cambios que en la práctica ya se encuentran andando, y lo hacen con la sola intención de evitar el estallido que se produce cuando la presión social ya es demasiada y que les perjudicaría de gran manera. Así las mujeres han conquistado gran parte de sus derechos, así se logró abolir la esclavitud y así se arrancó a la monarquía de su puesto privilegiado. Pero para ello, primero es necesaria la comprensión de que todos y todas somos seres políticos y tomar consciencia de que nadie lo representa mejor a uno, que uno mismo.

Una vez dejemos atrás la idea de autoridad, la razón, el diálogo y la reflexión podrán recuperar su lugar natural dentro de la sociedad. 


Primavera

viernes, 9 de septiembre de 2016

A propósito de la implementación del programa “Música a un Metro” por Metro S.A.

Esta semana los usuarios de Metro nos encontramos con la puesta en marcha del programa “Música a un Metro”, programa que fue altamente cuestionado en el mes de mayo cuando hizo pública su convocatoria, entre otras cosas, porque inicialmente contenía la prohibición de interpretar obras sobre política, sociedad, medioambiente y religión, además de limitar la ejecución de obras de autoría propia. 

Los colegas de la banda “Pelusa” han publicado una carta señalando, con mucho más conocimiento de causa que yo, una serie de críticas al programa, desde su condición de músicos seleccionados para ser parte de los 60 proyectos musicales que han sido autorizados por la empresa para presentarse en horario valle en 30 estaciones de las 100 que componen las líneas que están operativas en este momento.

“Pelusa” tuvo acceso al proceso de selección y al “acuerdo de compromiso” definitivo ofrecido por Metro S.A., por lo que en su declaración se pueden leer varios detalles que indican con claridad una falta de voluntad real para dignificar el trabajo del músico callejero, dejándome -al parecer- muy poco que agregar.

Sin embargo hay algo que escapa a lo observado como músicos participantes y que me ha tocado observar como simple usuario: la campaña gráfica que ha acompañado al programa.

Me he encontrado con tres interesantes carteles de andén. Uno muestra a los 60 talentos seleccionados felices de trabajar en el Metro, otro muestra -en una extraña caracterización- a un rapero cantando en un vagón y a otro pasajero sufriendo al tratar de hablar por teléfono y el último cartel muestra a un vendedor ambulante y a una joven con cara de inseguridad. Estos carteles explican que “el Metro que queremos depende de todos” por lo que aconsejan que “no compres a vendedores ambulantes ni dones dinero a músicos al interior de los trenes”.

Me resulta más curioso aún encontrarme con al menos otros dos carteles nuevos, que buscan que los pasajeros empaticemos con los guardias porque “para ser vigilante privado de Metro hay que sentir amor por los demás” o porque otro se siente tan chileno como uno porque le gustan los asados en familia, guardias además con nombre y apellido, “reales”. Son esos mismos guardias los que sacarán al músico que suba a tocar a tu vagón. La idea entonces es que tú apoyes con toda convicción a los vigilantes.

La música ha sido convertida en un funcionario y trabaja para Metro S.A. En cambio los músicos que la ejecutan intentan seguir trabajando aunque ya no de manera independiente sino más bien en un tranquilo limbo laboral. Se comprende que accedan a esta “oportunidad”. Ya lo dijo el tremendo Luis Jara en uno de los lanzamientos del programa: “quisiera que todos reconozcan el esfuerzo de Metro por dar el espacio, como corresponde, a todos los artistas callejeros”. En fin, cada oveja con su pareja.

Personalmente sólo me falta decir que lo que hace de algo un “objeto estético” es su capacidad de llamar la atención. La espontaneidad sin rumbo claro del artista callejero, esa misteriosa autonomía, su “precariedad” en relación a lo “mediático-profesional”, su mensaje intersticial en nuestro cotidiano, es lo que le da personalidad y lo que llama nuestra atención, no su “talento”. Al comprar el cuento del “talento shileno” que nos vende Metro y que nos vienen vendiendo hace rato por televisión, vamos perdiendo nuestra capacidad de poner atención en lo que vemos o escuchamos y nos adiestramos en el triste ejercicio de valorar la música según jerarquías impuestas por empresas en vez de crear nuestra propia escala de valores. Y así pasa también con todo lo demás… Ojo ahí…


Por Dr. Pez

miércoles, 7 de septiembre de 2016

La jornada sueca de seis horas: una demanda histórica del anarcosindicalismo


Desde hace un tiempo circula la celebrada noticia de que en Suecia se adoptó la jornada laboral de seis horas. Así, el pueblo productor de aquella región, concretamente en Gotemburgo, experimentó disponer de más tiempo para tareas domésticas, ocio y descanso. Matthias Larsson, de 33 años (foto), aseguró a NY Times que gracias a la jornada de seis horas "puede pasar más tiempo con sus hijos, cocinar, limpiar e ir a hacer las compras". Erika Hellstrom (34 años), quien después de años de cumplir jornadas interminables comenzó a trabajar en una de las empresas suecas que está experimentando turnos de seis horas al día, declaró a la BBC:

"Para mí es absolutamente fantástico, tengo más tiempo libre para hacer deporte, salir al aire libre mientras todavía es de día o para hacer trabajos en mi jardín"

La iniciativa ha sido acogida como un gran avance, digna de estudiar e imitar. La demanda no es nueva, sin embargo. Los y las anarcosindicalistas hace largas décadas vienen levantando tal consigna. El apartado de disminución de la jornada de trabajo, del III Congreso de la organización anarcosindicalista de la región ibérica, C.N.T., celebrado en Madrid del 11 al 16 de junio de 1931, sostenía:

«Los perfeccionamientos técnicos, al intensificar la producción, permiten el mismo rendimiento con una jornada menor. No existe ninguna posibilidad técnica ni económica que impida la implantación de la jornada de seis horas.
Mientras nosotros preparamos la revolución, no podemos tolerar que el capitalista español obtenga beneficios exagerados haciendo un mínimo de inversiones y estrujando en cambio, el esfuerzo del trabajador.

Antes de tolerar ese criminal egoísmo, exigiríamos, no la jornada de seis horas, sino la de cuatro, si fuese necesario; y si para ello los beneficios del patrono bajan del 30 al 15%, tanto mejor, puesto que así sería facilitada la expropiación definitiva»
(1)

Dos años antes, la demanda era acordada en el congreso constituyente de la organización anarcosindicalista latinoamericana, ACAT, Asociación Continental Americana de Trabajadores. Reunión internacional conmemorada en Buenos Aires, Argentina, en 1929. Así quedó consignado en el documento confederal:
 
«Después de un largo debate, el Congreso Continental Americano resuelve hacer suya la resolución sobre las seis horas adoptada en el tercer congreso de la A.I.T. celebrado en Lieja». (2) 

La finalidad principal de la jornada de seis horas nos explica Ángel Cappelletti era la de encontrar un remedio parcial a la desocupación obrera provocada por la crisis económica. 

Vemos así como demandas históricas erigidas desde el anarquismo han sido paulatinamente recogidas, con sus ventajas y defectos, en el comportamiento social y por los marcos institucionales pertinentes. La influencia en las sociedades de las ideas anarquistas es algo constante en la historia de la humanidad. Anarquistas fueron quienes en el Chicago de 1886 levantaron el movimiento por las ocho horas. Anarquistas fueron quienes en la región chilena fundaron la FECH, organización universitaria que por momentos marca la pauta en las discusiones del país. Anarquistas fueron quienes ejercieron tempranamente el nudismo en España como una práctica de
liberación y en rechazo a «un sistema de valores obsoleto e hipócrita». Anarquistas fueron también quienes a principio de siglo pasado proclamaron la escuela libre de Francisco Ferrer i Guardia, sin premios ni castigos, sin exámenes ni discriminación por la casualidad del sexo al nacer.

En el siguiente vídeo, Federica Montseny, explica otros ejemplos de ideas anarquistas de “uso común” en la sociedad:









1- III Congreso de la CNT 

2- Acuerdos y resoluciones del congreso constituyente de la ACAT – AIT (1929)


N&A

martes, 6 de septiembre de 2016

La idea y la acción - Piotr Kropotkin

Los siguientes fragmentos corresponden a los capítulos II (La Idea) y III (La Acción), del libro «La Gran Revolución Francesa» de Piotr Kropotkin (Libros de Anarres, 2015, Colección Utopía Libertaria, basada en la traducción de Anselmo Lorenzo, realizada para «La Escuela Moderna» de Francisco Ferrer i Guardia). La Gran Revolución, obra que contó con el apoyo de James Guillaume y Ernest Nys, fue publicada originalmente en 1909 y constituye el fruto de más de 20 años de investigación. Para consultar el libro íntegro pueden hacer clic aquí. ¡Salud y buena lectura! (N&A)



CAPÍTULO II


LA IDEA 

Para comprender bien la idea que inspiró a la burguesía de 1789, hay que juzgarla por sus resultados, los Estados modernos.


Los Estados organizados, tal como los observamos hoy en Europa, sólo se bosquejaban al final del siglo xviii. La centralización de poderes que se advierte en nuestros días no había alcanzado aún la perfección ni la uniformidad actuales. Ese mecanismo formidable que, mediante una orden dada desde una capital, pone en movimiento todos los hombres de una nación dispuestos para la guerra, y los lanza a la devastación de los campos y a causar duelo en las familias; esos territorios cubiertos por una red de administradores cuya personalidad es totalmente borrada por su servidumbre burocrática y que obedecen maquinalmente las órdenes dictadas por una voluntad central; esa obediencia pasiva de los ciudadanos a la ley y ese culto a la ley, al Parlamento, al juez y a sus agentes, que se practica hoy; ese conjunto jerárquico de funcionarios disciplinados; esas escuelas distribuidas por todo el territorio nacional, sostenidas y dirigidas por el Estado, donde se enseña el culto al poder y la obediencia; esa industria cuyos engranajes trituran al trabajador que el Estado entrega a discreción; ese comercio que acumula riquezas inauditas en manos de los monopolizadores de la tierra, de la mina, de las vías de comunicación y de las riquezas naturales, y que sostiene al Estado; esa ciencia, en fin, que aunque emancipa el pensamiento y centuplica las fuerzas de la humanidad, pretende al mismo tiempo someterlas al derecho del más fuerte y al Estado; todo eso no existía antes de la Revolución.

Sin embargo, mucho antes de que la Revolución se anunciara por sus rugidos, la burguesía francesa, el Tercer Estado, había entrevisto ya el organismo político que iba a desarrollarse sobre las ruinas de la monarquía feudal. Es muy probable que la Revolución Inglesa contribuyera a anticipar la idea de la participación que la burguesía iba a tener en el gobierno de las sociedades. Es cierto que la revolución en América estimuló la energía de los revolucionarios en Francia; pero también lo es que desde el principio del siglo xviii y por los trabajos de Hume, Hobbes, Montesquieu, Rousseau, Voltaire, Mably, D’Argenson, etcétera, el estudio del Estado y de la constitución de las sociedades cultas, fundadas sobre la elección de representantes, se había convertido en el estudio favorito, al que Turgot y Adam Smith unieron el de las cuestiones económicas y el de la significación de la propiedad en la constitución política del Estado. 


He aquí por qué, mucho antes de que la Revolución estallara, ya fue entrevisto y expuesto el ideal de un Estado centralizado y bien ordenado, gobernado por las clases poseedoras de propiedades territoriales o industriales o dedicadas a las profesiones liberales, y hecho público en numerosos libros y folletos, de donde los hombres activos de la Revolución sacaron después su inspiración y su energía razonada.

Es por esto que la burguesía francesa, en el momento de entrar, en 1789, en el período revolucionario, sabía bien lo que quería. Ciertamente no era republicana –¿lo es hoy?–, pero estaba harta del poder arbitrario del rey, del gobierno, de los príncipes y de la Corte, de los privilegios de los nobles que monopolizaban los mejores puestos en el gobierno, sin saber nada más que saquear al Estado, como saqueaban sus inmensas propiedades sin valorizarlas. Era republicana sólo en sus sentimientos y quería la sencillez republicana en las costumbres, como en las nacientes repúblicas de América; pero quería también el gobierno para las clases poseedoras.

Sin ser atea, la burguesía era librepensadora, pero de ninguna manera detestaba el culto católico; lo que detestaba era la Iglesia, con su jerarquía, sus obispos, que hacían causa común con los príncipes, y a sus curas, convertidos en dóciles instrumentos en manos de los nobles.

La burguesía de 1789 comprendía que en Francia había llegado el momento –como había llegado ciento cuarenta años antes en Inglaterra–, en el que el Tercer Estado iba a recoger el poder que caía de manos de la monarquía, y sabía lo que quería hacer con él.

Su ideal consistía en dar a Francia una constitución modelada sobre la constitución inglesa; quería reducir al rey al simple papel de funcionario registrador, poder ponderador a veces, pero encargado principalmente de representar simbólicamente la unidad nacional. En cuanto al verdadero poder, elegido, había de ser entregado a un parlamento en el que la burguesía instruida, representando la parte activa y pensante de la nación, dominaría al resto. Al mismo tiempo se proponía abolir los poderes locales o parciales que constituían otras tantas unidades autónomas en el Estado; concentrar toda la potencia gubernamental en manos de un ejecutivo central, estrictamente vigilado por el Parlamento, estrictamente obedecido en el Estado, y que lo englobase todo: impuestos, tribunales, policía, fuerza militar, escuelas, vigilancia policíaca, dirección general del comercio, ¡todo!; proclamar la libertad completa de las transacciones comerciales, dando al mismo tiempo carta blanca a las empresas industriales para la explotación de las riquezas naturales, lo mismo que a los trabajadores, a merced en lo sucesivo de quien quisiera darles trabajo.

Todo debía ponerse bajo la intervención del Estado, que favorecería el enriquecimiento de los particulares y la acumulación de grandes fortunas, condiciones a las que la burguesía de la época atribuía necesariamente gran importancia, ya que la misma convocatoria de los Estados Generales tuvo por finalidad hacer frente a la ruina financiera del Estado.

Desde el punto de vista económico, el pensamiento de los hombres del Tercer Estado no era menos preciso. La burguesía francesa había leído y estudiado a Turgot y Adam Smith, los creadores de la economía política; sabía que sus teorías habían sido ya aplicadas y envidiaba a sus vecinos, los burgueses del otro lado del Canal de la Mancha, su poderosa organización económica, así como les envidiaba su poder político; aspiraba a la apropiación de las tierras por la grande y pequeña burguesía, y a la explotación de las riquezas del suelo, hasta entonces improductivo en poder de los nobles y del clero, teniendo en esto por aliados a los pequeños burgueses rurales, ya fuertes en los pueblos aun antes de que la Revolución multiplicase su número; ya entreveía el desarrollo rápido de la industria y la producción en masa de las mercancías con ayuda de las máquinas, el comercio exterior y la exportación de los productos industriales al otro lado de los océanos: los mercados de Oriente, las grandes empresas y las fortunas colosales.

La burguesía comprendía que, para llegar a su ideal, ante todo debía romper los lazos que retenían al campesino en su aldea; le convenía que estuviera libre de abandonar su cabaña e incluso obligado a emigrar a las ciudades en busca de trabajo, para que, cambiando de patrón, aportara dinero a la industria en lugar del tributo que antes pagaba al señor, el que, aun siendo muy oneroso para él, era de escaso beneficio para el amo; se necesitaba, en fin, poner orden en la hacienda del Estado e impuestos de pago más fácil y más productivo.

En resumen, se necesitaba lo que los economistas han llamado libertad de la industria y del comercio, pero que significaba, por una parte, liberar la industria de la vigilancia meticulosa y mortal del Estado, y por otra, obtener la libertad de explotación del trabajador, privado de libertades. Nada de uniones de oficio, de asociaciones gremiales, de jurandes (3), ni maestrías que puedan poner freno a la explotación del trabajador asalariado; nada de vigilancia del Estado que pueda molestar al industrial; nada de aduanas interiores ni de leyes prohibitivas. Libertad entera de comercio para los patrones y estricta prohibición de asociarse entre los trabajadores. “Dejar hacer” a unos, e impedir coaligarse a los otros. 


Tal fue el doble plan concebido por la burguesía. Así, en cuanto se presentó la ocasión de realizarlo, fuerte con su saber, con claridad en sus propósitos, habituada a los “negocios”, la burguesía no dudó en trabajar en el conjunto y sobre los detalles para implantar esos propósitos en la legislación; y trabajó con una energía tan consciente y sostenida que, por no haber concebido y elaborado un ideal en oposición al de los señores del Tercer Estado, el pueblo jamás había tenido.

Sería injusto decir que la burguesía de 1789 fue guiada sólo por objetivos estrechamente egoístas. Si así hubiera sido, sus tareas no hubieran tenido éxito, porque siempre es necesaria una chispa de ideal para no fracasar en los grandes cambios. Los mejores representantes del Tercer Estado habían bebido, en efecto, en el manantial sublime de la filosofía del siglo xviii, que contenía en germen todas las grandes ideas que surgirían después. El espíritu eminentemente científico de esa filosofía, su carácter esencialmente moral, aun cuando se burlara de la moral convencional; su confianza en la inteligencia, la fuerza y la grandeza que podría tener el hombre libre cuando viviera rodeado de iguales; su odio a las instituciones despóticas; todo eso se hallaba en los revolucionarios de la época. ¿De dónde sino habrían sacado la fuerza de convicción yla generosidad de las que dieron pruebas en la lucha? También ha de reconocerse que entre los mismos que trabajaban más para realizar el programa de enriquecimiento de la burguesía, los había que creían con sinceridad en que el enriquecimiento de los particulares sería el mejor medio de enriquecer la nación en general, ¿no lo habían predicado así, con total convicción y con Smith a la cabeza, los mejores economistas?

Pero por más elevadas que hayan sido las ideas abstractas de libertad, de igualdad, de progreso libre en que se inspiraban los hombres sinceros de la burguesía de 1789-1793, debemos juzgarlos por su programa práctico, por las aplicaciones de la teoría. ¿En qué hechos se traduciría la idea abstracta en la vida real? He ahí lo que ha de darnos la verdadera medida.

Si bien es justo reconocer que la burguesía en 1789 se inspiraba en ideas de libertad, de igualdad (ante la ley) y de emancipación política y religiosa, tales ideas, en cuanto tomaban cuerpo, se traducían en el doble programa que acabamos de bosquejar: libertad para utilizar las riquezas de todo tipo en el enriquecimiento personal, libertad para explotar el trabajo humano sin ninguna garantía para las víctimas de esa explotación, y organización del poder político, en manos de la burguesía, para asegurarle esas libertades.

Pronto veremos que terribles luchas se entablaron en 1793, cuando una parte de los revolucionarios quiso pasar por encima de ese programa.



CAPÍTULO III

LA ACCIÓN



Y el pueblo, ¿qué idea tenía?

También el pueblo había sufrido en cierta medida la influencia de la filosofía del siglo. Por mil canales indirectos se habían filtrado los grandes principios de libertad y de emancipación hasta los suburbios de las grandes ciudades, desapareciendo el respeto a la monarquía y a la aristocracia. Las ideas igualitarias penetraban en los medios más oscuros; los resplandores de revuelta atravesaron los espíritus, y la esperanza de un cambio próximo hacía latir con frecuencia los corazones más humildes.

“No sé qué va a suceder, pero va a suceder algo, y pronto”, decía en 1787 una anciana a Arthur Young, que recorría Francia en la víspera de la Revolución. Ese “algo” había de traer un consuelo a las miserias del pueblo.

Se ha discutido últimamente si el movimiento que precedió a la Revolución, y la Revolución misma, contenían elementos de socialismo. La palabra “socialismo” no formaba parte de ellos seguramente, puesto que data de mediados del siglo xix. La concepción del Estado capitalista, a la que la fracción socialdemócrata del gran partido socialista trata de reducir hoy el socialismo, no dominaba como domina hoy, puesto que los fundadores del “colectivismo” socialdemócrata, Vidal y Pecqueur, escribieron entre 1840 y 1849; pero no se pueden releer las obras de los escritores precursores de la Revolución sin sentirse sorprendido por la manera en que aquellos escritos están imbuidos de las ideas que forman la esencia misma del socialismo moderno.


Dos ideas fundamentales: la de la igualdad de todos los ciudadanos en su derecho a la tierra, y la que conocemos hoy con el nombre de comunismo, encontraban ardientes partidarios entre los enciclopedistas, lo mismo que entre los escritores más populares de la época, tales como Mably, d’Argenson y muchos otros de menor importancia. Es muy natural que estando aún la industria en pañales, y siendo la tierra –el capital por excelencia– el instrumento principal de explotación del trabajo humano y no la fábrica, entonces apenas constituida, el pensamiento de los filósofos, y posteriormente el de los revolucionarios del siglo xviii, se dirigiera hacia la posesión en común del suelo. Mably, que, mucho más que Rousseau, inspiró a los hombres de la Revolución, ¿no demandaba, en efecto, desde 1768 (Doutes sur l’ordre naturel et essentiel des sociétés) la igualdad para todos en el derecho a la tierra y su posesión comunista? Y el derecho de la nación a todas las propiedades territoriales y a todas las riquezas naturales: bosques, ríos, saltos de agua, etcétera, ¿no era la idea dominante de los escritores precursores de la Revolución, lo mismo que la del ala izquierda de los revolucionarios populares durante la tormenta misma?

Por desgracia esas aspiraciones comunistas no tomaron una forma clara y concreta en los pensadores que querían la felicidad del pueblo. Mientras que en la burguesía instruida las ideas de emancipación se traducían por un programa completo de organización política y económica, al pueblo las ideas de emancipación y de reorganización económicas no se le presentaban más que bajo la forma de vagas aspiraciones, y frecuentemente no eran más que simples negaciones. Los que hablaban al pueblo no trataban de definir la forma concreta en que podrían manifestarse aquellas aspiraciones o aquellas negaciones. Hasta se creería que evitaban toda precisión. Conscientemente o no, parece como si se hubieran dicho: “¡Para qué decir al pueblo cómo se organizará después! Enfriaría su energía revolucionaria. Que tenga solamente la fuerza de ataque para el asalto a las viejas instituciones. Después se verá cómo arreglar todo”.


¡Cuántos socialistas y anarquistas proceden todavía de la misma manera! Impacientes por acelerar el día de la revuelta, tratan de teorías adormecedoras toda tentativa de aclarar lo que la Revolución ha de plantear.

Hay que decir también que la ignorancia de los escritores, en su mayoría habitantes de ciudades y hombres de estudio, tenía mucho que ver con esto. En toda aquella reunión de hombres instruidos y prácticos en los “negocios” que constituyó la Asamblea Nacional –hombres de leyes, periodistas, comerciantes, etc.–, había sólo dos o tres legistas conocedores de los derechos feudales, y es sabido que en aquella Asamblea hubo muy pocos representantes de los campesinos, familiarizados con las necesidades rurales por su experiencia personal.

Por esas diversas razones la idea popular se expresaba principalmente por simples negaciones. “¡Quememos los registros en que se consignan las redevances(4) feudales! ¡Abajo los diezmos! ¡Abajo madame Veto(5)! ¡A la linterna(6) los aristócratas!” ¿Pero a quién correspondía la tierra libre? ¿A quién la herencia de los aristócratas guillotinados? ¿A quién la fuerza del Estado que caía de las manos de monsieur Veto(7), pero que en las de la burguesía se convertía en una potencia mucho más formidable que bajo el antiguo régimen?

Esa falta de claridad en las concepciones del pueblo sobre lo que podía esperar de la Revolución marcó su huella en todo el movimiento. En tanto que la burguesía marchaba con paso firme y decidida a la constitución de su poder político en un Estado que trataba de moldear conforme con sus intenciones, el pueblo vacilaba. En las ciudades principalmente parecía no saber al principio qué hacer con el poder conquistado para utilizarlo en su ventaja. Y cuando comenzaron, después, a precisarse los proyectos de ley agraria y de igualación de las fortunas, se estrellaron contra los prejuicios respecto a la propiedad de los que estaban imbuidos los mismos que habían adoptado con sinceridad la causa del pueblo.

El mismo conflicto se produjo en las concepciones sobre la organización política del Estado, conflicto que se manifestó en la lucha que se entabló entre los prejuicios gubernamentales de los demócratas de la época y las ideas que se desarrollaban en el seno de las masas sobre la descentralización política y sobre el carácter preponderante que el pueblo quería dar a sus municipios, a sus secciones en las grandes ciudades y a las asambleas rurales. De ahí toda la serie de conflictos sangrientos que estallaron en la Convención y también la incertidumbre de los resultados de la Revolución para la gran masa popular, excepto en lo concerniente a las tierras de las que se despojó a los señores laicos y religiosos y a las que se declararon libres de los derechos feudales.


Pero si las ideas del pueblo eran confusas desde el punto de vista positivo, eran, por el contrario, muy claras en sus negaciones respecto de ciertas relaciones.


Ante todo, el odio del pobre contra la aristocracia ociosa, holgazana, perversa que lo dominaba, cuando la miseria negra reinaba en los campos y en los sombríos callejones de las grandes ciudades. Después el odio al clero, que pertenecía por sus simpatías más a la aristocracia que al pueblo que lo mantenía. El odio a todas las instituciones del antiguo régimen, que hacían la pobreza mucho más pesada, puesto que negaban los derechos humanos al pobre. El odio al régimen feudal y a sus tributos, que reducían al campesino a un estado de servidumbre respecto del propietario territorial, aun cuando la servidumbre personal hubiera sido abolida. Y, por último, la desesperación, cuando en aquellos años de escasez se veía la tierra inculta en poder del señor o sirviendo de recreo a los nobles mientras el hambre reinaba en las aldeas.


Ese odio, que fermentaba hacía mucho tiempo, a medida que el egoísmo de los ricos se afirmaba cada vez más en el curso del siglo xviii, y esa necesidad de tierra, ese grito del campesino hambriento y rebelde contra el señor que le impedía el acceso a ella, suscitaron el espíritu de rebeldía desde 1788. Y ese mismo odio y esa misma necesidad –junto con la esperanza de salir adelante–, sostuvieron durante los años 1789-1793 las incesantes rebeldías de los campesinos, lo que permitió a la burguesía derribar el antiguo régimen y organizar su poder bajo un régimen nuevo, el del gobierno representativo.

Sin esos levantamientos, sin esa desorganización completa de los poderes en las provincias, producida a consecuencia de los motines renovados sin cesar; sin esa prontitud del pueblo de París y de otras ciudades en armarse y marchar contra las fortalezas de la monarquía, cada vez que los revolucionarios apelaron al pueblo, el esfuerzo de la burguesía hubiera fracasado. Pero a esa fuente siempre viva de la Revolución –al pueblo, siempre dispuesto a tomar las armas– los historiadores de la Revolución no le han hecho todavía la justicia que le debe la historia de la civilización.





Piotr Kropotkin
 




3 - Así se denominaban en Francia, bajo el Antiguo Régimen, a agrupamientos profesionales autónomos, con personería jurídica propia y disciplina colectiva estricta, cuyos miembros se encontraban unidos bajo juramento (de ahí su nombre). [N. de E.] 

 4 - Conjunto de prestaciones monetarias o en especie que tributaban al señor los que habitaban su señorío. [N. de E.] 

 5 - María Antonieta. [N. de E.]

6 - Durante las sangrientas jornadas de la Revolución se ahorcaron a muchos aristócratas en los faroles del alumbrado público. De ahí la frase “los aristócratas a la linterna” del Ça irá. [N. de E.]

7 - Luis XVI. [N. de E.]





viernes, 2 de septiembre de 2016

Sobre la implicancia de los varones en el movimiento feminista

Cuando los varones reclamamos lo muy oprimidos que estamos por el patriarcado, a veces nos asemejamos a esos sacrificados empresarios que, frente a las interpelaciones, se quejan de lo mucho que trabajan, de los riesgos que corren y de todo lo que les ha costado estar donde están.

Que no se interprete el anterior comentario como una negación a que exista la opresión de los varones por las relaciones machistas, pues aunque en las sociedades patriarcales el colectivo oprimido son fundamentalmente las mujeres —y todo lo considerado femenino—, el patriarcado también es una relación violenta entre varones, en donde los más fuertes —sobre todo si responden a los estereotipos de la ideología dominante— conllevan privilegios sobre y contra las mujeres pero también contra otros varones menos favorecidos por su situación, sea por su edad (paternalismo, violencia padres/hijos) o por características vinculadas al marco racial/sexual/clasista.

Sin embargo los varones debemos tener cuidado de situarnos en el centro de las discusiones sobre feminismo, pues en términos generales somos nosotros, los varones, quienes ejercemos la opresión machista. Somos nosotros quienes dejamos sin sus ojos a Nabila. Somos nosotros quienes violamos y asesinamos a las dos mujeres argentinas en Montañita, dos mujeres que, según la prensa machista “viajaban solas” por Sudamérica. Somos nosotros quienes principalmente reproducimos con violencia machista los mecanismos que refuerzan el Estado y sociedad mercantilista. Somos nosotros quienes acosamos, violentamos y asesinamos a nuestras parejas cuando deciden un camino diferente al de la tiranía conyugal.

Llegado a este punto más de algún varón responderá: ¡Yo no hago nada de eso! ¡Habla por ti mismo!

Respuesta que no hace más que demostrar el error de creer que las prácticas patriarcales y machistas responden a actitudes aisladas y no a formas sociales e históricamente construidas, en donde todos —aunque en distintos grados y formas— tenemos responsabilidad. Y en consecuencia, en donde todos y todas debemos actuar, cuestionando radicalmente los modos organizativos hasta ahora sostenidos, si es que deseamos construir una sociedad libre de violencia, sin dominación de los unos contra los otros, sea a través del Estado, del patriarcado o del capital.

Tal como asevera María Galindo, no se puede descolonizar sin despatriarcalizar. Del mismo modo, no se puede construir una sociedad comunista sin sostener los principios básicos del feminismo anarquista.