El siguiente texto no fue escrito especialmente para anarquistas, sino para el mundo científico donde el autor, al parecer, goza de cierta
influencia. Aún así, y a pesar del lenguaje y tono de Stephen Jay Gould, el ensayo presenta una interesante visión sobre las ideas evolucionistas de Kropotkin y otros autores. N&A
![]() |
Piotr Kropotkin |
Dios
ayuda a nuestros queridos hermanos y colaboradores en el Transvaal. La
misma lucha del débil contra el fuerte, de la mansedumbre y el amor
contra el orgullo y la violencia, se hace sentir cada año con más fuerza
también entre nosotros.
Un año
más tarde, hastiado por los conflictos domésticos e incapaz de soportar
la contradicción de vivir en pobreza cristiana en una finca próspera
que funcionaba gracias a los ingresos no deseados que le producían sus
grandes novelas (escritas antes de su conversión religiosa y publicadas
por su mujer), Tolstoi huyó en tren hacia regiones desconocidas y
buscando un final más sencillo a sus días de decadencia. Escribió a su
mujer:
Mi
marcha te angustiará. Lo siento, pero compréndelo y cree que no puedo
hacer otra cosa. Mi posición en casa se está haciendo, o se ha hecho,
insoportable. Aparte de cualquier otra consideración, ya no puede vivir
más en estas condiciones de lujo en las que he vivido, y estoy haciendo
lo que los viejos de mi edad suelen hacer: abandonar esta vida mundana
para vivir los últimos días de mi vida en paz y soledad.
Pero
el último viaje de Tolstoi fue a la vez breve y desdichado. Menos de un
mes más tarde, resfriado y fatigado por los numerosos trayectos largos
efectuados en los trenes rusos cuando el invierno se estaba acercando,
contrajo una neumonía y murió a los ochenta y dos años de edad, en la
casa del jefe de estación de la parada del ferrocarril de Astapovo.
Demasiado débil para escribir, dictó su última carta el 1 de noviembre
de 1910. Dirigida a un hijo y a una hija que no compartían sus puntos de
vista sobre la no violencia cristiana, Tolstoi ofrecía una última
palabra de consejo:
Las
ideas que habéis adquirido sobre el darwinismo, la evolución y la lucha
por la existencia no van a explicaros el significado de vuestra vida y
no os ofrecerán guía en vuestras acciones, y una vida sin explicación de
su significado y su importancia, y sin la guía persistente que surge de
ella, es una existencia despreciable. Pensad en ello. Os lo digo,
probablemente en vísperas de mí muerte, porque os amo.
La queja de Tolstoi ha sido la más común de las denuncias contra Darwin, desde la publicación de El origen de las especies
en 1859 hasta hoy. El darwinismo, sostiene la acusación, socava la
moralidad al proclamar que el éxito en la naturaleza sólo puede medirse
mediante la victoria en sangrienta batalla: la «lucha por la existencia»
o la «supervivencia de los más aptos», para citar los lemas que el
propio Darwin escogió. Si deseamos que «la mansedumbre y el amor»
triunfen sobre «el orgullo y la violencia» (como Tolstoi le escribió a
Gandhi), hemos de repudiar la visión de Darwin del comportamiento de la
naturaleza, como afirmaba Tolstoi en un alegato final a sus hijos
descarriados.
Esta acusación contra Darwin
es injusta por dos razones. En primer lugar, la naturaleza (no importa
lo cruel que sea en términos humanos) no proporciona base alguna para
nuestros valores morales. (La evolución podría, todo lo más, ayudar a
explicar por qué tenemos sentimientos morales, pero la naturaleza no
puede nunca decidir por nosotros si una determinada acción está bien o
mal.) En segundo lugar, la «lucha por la existencia» de Darwin es una
metáfora abstracta, no una afirmación explícita de contienda sangrienta.
El éxito reproductor, el criterio de la selección natural, funciona de
muchas maneras; la victoria en la contienda puede ser un camino, pero la
cooperación, la simbiosis y la ayuda mutua pueden también asegurar el
éxito en otras épocas y contextos. En un pasaje famoso, Darwin explicaba
su concepto de lucha evolutiva (Origin of Species, 1859, pp.62-63):
Utilizo
este término en un sentido amplio y metafórico, que incluye la
dependencia de un ser respecto de otro y, lo que es más importante, no
sólo la vida del individuo, sino el éxito en dejar descendientes. De dos
animales caninos en tiempo de escasez puede decirse verdaderamente que
luchan entre sí para dirimir quién obtendrá alimento y vivirá. Pero de
una planta en el límite de un desierto se dice que lucha por la vida
contra la sequedad … Como el muérdago es diseminado por aves, su
existencia depende de ellas; y metafóricamente puede decirse que lucha
con otras plantas que poseen frutos, tentando a las aves a devorar y así
diseminar sus semillas.
Aún
así, en otro sentido, la queja de Tolstoi no carece totalmente de
fundamento. Darwin presentó efectivamente una definición general,
metafórica de la lucha, pero sus ejemplos reales favorecían ciertamente
la batalla sangrienta: «la naturaleza, roja en dientes y garras», en un
verso de Tennyson tantas veces citado que pronto se convirtió en un
tópico reflejo para esta visión de la vida. Darwin basaba su teoría de
la selección natural en la deprimente visión de Malthus de que el
crecimiento de la población ha de sobrepasar el de los recursos
alimentarios y conducir a una contienda manifiesta por los recursos en
disminución. Además, Darwin mantenía una visión limitada pero
controladora de la ecología como un mundo abarrotado de especies que
competían, tan equilibradas y tan hacinadas que una nueva forma sólo
podía hacer su entrada si literalmente expulsaba a un antiguo habitante.
Darwin expresó este punto de vista en una metáfora incluso más
fundamental para su visión general que el concepto de lucha: la metáfora
de la cuña. La naturaleza, escribe Darwin, es como una superficie con
diez mil cuñas clavadas firmemente y que cubren todo el espacio
disponible. Una nueva especie (representada como una cuña) sólo puede
conseguir entrar en una comunidad si logra introducirse en un resquicio
minúsculo y fuerza la salida de otra cuña. El éxito, en esta visión,
sólo puede conseguirse mediante la victoria directa en competencia
abierta.
Además, el mismo discípulo
principal de Darwin, Thomas Henry Huxley, propuso esta visión
«gladiatoria» de la selección natural (el termino es suyo) en una serie
de famosos ensayos sobre ética. Huxley sostenía que el predominio de la
contienda sangrienta definía el comportamiento de la naturaleza como
amoral (no explícitamente inmoral, pero ciertamente inadecuado como para
ofrecer guía alguna de conducta moral):
Desde
el punto de vista del moralista, el mundo animal se halla
aproximadamente al mismo nivel que un espectáculo de gladiadores. Los
animales están bastante bien tratados, y preparados para luchar, y de
ahí que los más fuertes, los más rápidos y los más astutos vivan para
luchar otro día. El espectador no necesita dirigir sus pulgares hacía
abajo, pues no se da cuartel alguno.
Pero
después, Huxley va más allá. Cualquier sociedad humana establecida
siguiendo estas líneas habrá de degenerar en la anarquía y la miseria:
el mundo brutal de Hobbes de bellum omnium contra omnes (donde bellum
significa «guerra», no belleza: la guerra de todos contra todos). Por
lo tanto, el principal objetivo de la sociedad debe residir en la
mitigación de la lucha que define el camino de la naturaleza. Estudiar
la selección natural y hacer lo contrario en la sociedad humana:
Pero
en la sociedad civilizada, el resultado inevitable de tal obediencia (a
la ley de la contienda sangrienta) es el restablecimiento, en toda su
intensidad, de esta lucha por la existencia (la guerra de cada uno
contra todos), la mitigación o abolición de la cual era la principal
finalidad de la organización social.
Esta
aparente discordancia entre el comportamiento de la naturaleza y
cualquier esperanza para la decencia social humana ha definido el
principal tema de debate sobre ética y evolución desde el mismo Darwin.
La solución de Huxley ganó muchos adeptos; la naturaleza es aviesa y no
constituye guía alguna para la moralidad excepto, quizá, como indicador
de lo que debe evitarse en la sociedad humana. Mi propia preferencia
reside en una solución distinta, basada en tomar seriamente la
interpretación metafórica de Darwin sobre la lucha (hay que admitirlo,
frente a la preferencia del mismo Darwin por los ejemplos gladiatorios):
la naturaleza es en ocasiones aviesa, a veces amable (en realidad,
ninguna de las dos cosas, porque los términos humanos son muy
inapropiados). Al presentar ejemplos de todas las conductas (bajo la
rúbrica metafórica de la lucha), la naturaleza no favorece a ninguna y
no ofrece pauta alguna. Los hechos de la naturaleza no pueden
proporcionar guía moral en ningún caso.
Pero
una tercera solución ha sido defendida por algunos pensadores que
realmente desean encontrar una base para la moralidad en la naturaleza y
la evolución. Puesto que pocos de ellos pueden detectar mucho consuelo
moral en la interpretación gladiatoria, esta tercera posición debe
reformular el comportamiento de la naturaleza. Las palabras de Darwin
sobre el carácter metafórico de la lucha ofrecen un punto de partida
prometedor. Se puede argumentar que los ejemplos gladiatorios se han
exagerado y se han presentado equivocadamente como dominantes. Quizá la
cooperación y la ayuda mutua son los resultados más comunes de la lucha
por la existencia. Quizá la comunión, y no el combate, conduce al mayor
éxito reproductor en la mayoría de las circunstancias.
La expresión más famosa de esta tercera solución puede encontrarse en Mutual Aid
(El apoyo mutuo), publicado en 1902 por el anarquista revolucionario
ruso Piotr Kropotkin. (Debemos abandonar el viejo estereotipo de los
anarquistas como barbudos lanzadores de bombas que acechan furtivamente
durante la noche en las calles de las ciudades. Kropotkin fue un hombre
genial, casi santo según algunos, que promovió una visión de pequeñas
comunidades que establecían sus propios estándares mediante consenso
para beneficio de todos, con lo que se eliminaba la necesidad de la
mayor parte de funciones de un gobierno central.) Kropotkin, un noble
ruso, vivía en un exilio inglés por razones políticas. Escribió Mutual Aid
(en inglés) como respuesta directa al ensayo de Huxley que se ha citado
anteriormente, «The struggle for existence in human society», publicado
en febrero de 1888 en The Nineteenth Century. Kropotkin respondió a Huxley con una serie de artículos, también publicados en The Nineteenth Century, y que acabaron reunidos en forma del libro Mutual Aid.
Como
sugiere el título, Kropotkin afirma, en su premisa cardinal, que la
lucha por la existencia conduce por lo general al apoyo mutuo y no al
combate como criterio principal del éxito evolutivo. Por lo tanto, la
sociedad humana debe basarse en nuestras inclinaciones naturales (no
invertirlas, como sostenía Huxley) al formular un orden moral que
aportará tanto la paz como la prosperidad a nuestra especie. En una
serie de capítulos, Kropotkin intenta ilustrar la continuidad entre la
selección natural para la ayuda mutua entre los animales y la base del
éxito en la organización social humana, cada vez más progresista. Sus
cinco capítulos secuenciales se refieren a la ayuda mutua entre los
animales, entre los salvajes, entre los bárbaros, en la ciudad medieval,
y entre nosotros.
Confieso que siempre he
considerado a Kropotkin como necio e idiosincrásico, aunque
indudablemente bien intencionado. Siempre es presentado así en los
cursos normales sobre biología evolutiva, como uno de estos pensadores
blandos y peludos que permiten que la esperanza y el sentimentalismo se
introduzcan en el camino de la robustez analítica, y que están
dispuestos a aceptar la naturaleza tal como es, con pelos y señales.
Después de todo, era un hombre de política extraña y de ideales
impracticables, arrancando del contexto de su juventud, un extranjero en
tierra extraña. Además, su retrato de Darwin se correspondía tanto con
sus ideales sociales (apoyo mutuo ofrecido naturalmente como producto de
la evolución, sin necesidad de una autoridad central) que uno no podía
ver más que esperanza personal y no precisión científica en sus
narraciones. Kropotkin ha estado durante mucho tiempo en mi lista de
temas en potencia para un ensayo (aunque sólo fuera porque yo quería
leer su libro, y no simplemente vocear la interpretación que de él hacen
los libros de texto), pero no lo hice nunca porque no podía encontrar
un contexto mayor que el mismo hombre. Los intelectos excéntricos son
interesantes como chismorreo, quizá como psicología, pero la verdadera
idiosincrasia proporciona la peor base posible para generalizar.
Pero esta situación cambio de golpe para mí cuando leí un artículo excelente en el último número de Isis
(la primera de nuestras revistas profesionales en historia de la
ciencia), de Daniel P.Todes: «Darwin’s Malthusian metaphor and Russian
evolutionary thought, 1859-1917». Supe que el provincianismo había sido
mío en mi ignorancia del pensamiento evolucionista ruso, y no de
Kropotkin en su aislamiento en Inglaterra. (Puedo leer ruso, pero sólo
penosamente y con un diccionario; lo que significa, a todos los efectos
prácticos, que no puedo leer el idioma.) Sabía que Darwin se había
convertido en un héroe de la intelligentsia rusa y que había
influido en la vida académica en Rusia quizá más que en ningún otro
país. Pero prácticamente nada de esta obra rusa se ha traducido nunca, y
ni siquiera se ha discutido en la bibliografía inglesa. Las ideas de
esta escuela nos son desconocidas; ni tan sólo reconocemos los nombres
de los principales protagonistas. Yo conocía a Kropotkin porque había
publicado en inglés y había vivido en Inglaterra, pero nunca comprendí
que representaba una crítica rusa generalizada a Darwin, bien
desarrollada y basada en razones interesantes y tradiciones nacionales
coherentes. El artículo de Todes no hace a Kropotkin más correcto, pero
coloca sus escritos en un contexto general que demanda nuestro respeto y
produce una ilustración sustancial. Kropotkin era parte de una gran
corriente que fuía en una dirección no familiar, no era un arroyo aislado y pequeño.
Esta
escuela rusa de críticos de Darwin, asegura Todes, basaba su principal
premisa en un rechazo firme de la afirmación de Malthus de que la
competencia, al modo gladiatorio, ha de ser dominante en un mundo cada
vez más atestado, en el que la población, que crece geométricamente,
sobrepasa de manera inevitable unos recursos alimentarios que sólo
pueden aumentar aritméticamente. Tolstoi, que hablaba por una opinión
general de sus compatriotas, calificó a Malthus de «mediocridad
maliciosa».
Todes encuentra un conjunto
distinto de razones detrás de la hostilidad rusa hacia Malthus. Las
objeciones políticas al carácter absolutamente despiadado de la
competencia industrial occidental surgieron desde ambos extremos del
espectro ruso. Todes escribe:
Los
radicales, que esperaban construir una sociedad socialista,
consideraban al malthusianismo como una corriente reaccionaria en la
economía política burguesa. Los conservadores, que esperaban preservar
las virtudes comunales de la Rusia zarista, lo veían como una expresión
del «tipo nacional británico».
Pero
Todes identifica una razón muchísimo más interesante en la experiencia
inmediata de la tierra y de la historia natural rusas. Todos tenemos la
tendencia a tejer teorías universales a partir de un conjunto limitado
de circunstancia inmediata. Muchos genetistas leen todo el mundo de la
evolución en los confines de un frasco de laboratorio lleno de moscas de
la fruta. Mi propia incertidumbre creciente sobre la adaptación
universal procede en gran parte, sin duda, del hecho de que estudio un
caracol peculiar (género Cerion, un gasterópodo terrestre de las
islas y costas del Caribe) que varía de manera muy amplia y caprichosa a
través de un ambiente que aparentemente no varía, y no estudio un ave
en vuelo o cualquier otra maravilla del diseño natural.
Rusia
es un país inmenso, infrapoblado según cualquier medida de su potencial
agrícola que pudiera adoptarse en el siglo XIX. Rusia es también, en la
mayor parte de su superficie, una tierra inhóspita, en la que es más
probable que la competencia se ejerza entre el organismo y el ambiente
(como en la lucha metafórica de Darwin de una planta en el límite del
desierto) que se manifieste entre organismo y organismo en contienda
directa y sangrienta. ¿Cómo podría ningún ruso, que tuviera un fuerte
sentimiento por su propio país, ver el principio de Malthus de la
superpoblación como un fundamento de la teoría evolutiva? Todes escribe:
Era
algo extraño a su experiencia porque, simplemente, la enorme masa
continental de Rusia hacia empequeñecer a su población dispersa. Para un
ruso, ver que una población que crecía de manera inexorable iba a
reducir inevitablemente los recursos potenciales de alimento y espacio
requería una buena cantidad de imaginación.
Si
estos críticos rusos podían ligar honestamente su escepticismo personal
a la consideración de su propio patio de atrás, también podían
reconocer que los entusiasmos contrarios de Darwin podían registrar el
provincianismo de su entorno distinto, en lugar de un conjunto de reglas
necesariamente universales. Malthus resulta un profeta mucho más
adecuado en un país hacinado e industrial que profesa un ideal de
competencia abierta en los mercados libres. Además, se ha señalado a
menudo que tanto Darwin como Alfred Russel Wallace desarrollaron de
manera independiente la teoría de la selección natural después de su
experiencia primaria con la historia natural de los trópicos. Ambos
afirmaban estar inspirados por Malthus, de nuevo de manera
independiente; pero si la fortuna favorece a la mente preparada, su
experiencia tropical predispuso seguramente a ambos hombres a leer a
Malthus con resonancia y aprobación. Ninguna otra región de la Tierra
está tan atestada de especies y, por lo tanto, tan repleta de
competencia de cuerpo contra cuerpo. Un inglés que hubiera aprendido las
maneras de la naturaleza en los trópicos estaba casi predestinado a
considerar la evolución de forma distinta a como la vería un ruso
alimentado con relatos de los páramos siberianos.
Por
ejemplo, N.I.Danilevsky, un experto en pesquerías y dinámica de
poblaciones, publicó una extensa crítica del darwinismo, en dos
volúmenes, en 1885. Identificó la lucha por el beneficio personal como
el credo de un «tipo nacional» claramente británico, en contraste con
los viejos valores eslavos del colectivismo. Un niño inglés, escribe,
«boxea de uno en uno, no en grupo como a nosotros los rusos nos gusta
pelear». Danilevsky consideraba la competencia darwinista como «una
doctrina puramente inglesa» basada en una línea de pensamiento británico
que se extendía desde Hobbes a Malthus pasando por Adam Smith. La
selección natural, escribió, está arraigada en «la guerra de todos
contra todos, que ahora se denomina la lucha por la existencia, que es
la teoría política de Hobbes; en la competencia que es la teoría
económica de Adam Smith… Malthus aplicó exactamente el mismo principio
al problema de la población… Darwin extendió tanto la teoría parcial de
Malthus como la teoría general de los economistas políticos al mundo
orgánico». (Las citas son del artículo de Todes.)
Cuando nos volvemos ahora al Mutual Aid
de Kropotkin a la luz de los descubrimientos de Todes sobre el
pensamiento revolucionario ruso, hemos de invertir el punto de vista
tradicional e interpretar su trabajo como inserto en la tendencia
principal de la crítica rusa, no como una chifladura personal. La lógica
central del argumento de Kropotkin es simple, directa y en gran parte
convincente.
Kropotkin empieza
reconociendo que la lucha desempeña un papel fundamental en al vida de
los organismos y asimismo proporciona el impulso principal para su
evolución. Pero Kropotkin sostiene que no debe verse la lucha como un
fenómeno unitario. Debe dividirse en dos formas fundamentalmente
distintas con significado evolutivo contrario. Debemos reconocer, ante
todo, la lucha de organismo contra organismo por los recursos limitados
(el tema que Malthus comunicó a Darwin y que Huxley describió como
gladiatorio). Esta forma de lucha directa conduce a la competencia por
el beneficio personal.
Pero una segunda
forma de lucha (el estilo que Darwin denominó metafórico) opone al
organismo contra la rigurosidad de los ambientes físicos que lo rodean,
no contra otros miembros de la misma especie. Los organismos han de
luchar para mantenerse calientes, para sobrevivir a los peligros súbitos
e impredecibles del fuego y de la tormenta, para perseverar durante los
duros períodos de sequía, nieve o pestilencia. Estas formas de lucha
entre el organismo y el ambiente se libran mejor mediante la cooperación
entre los miembros de la misma especie: mediante la ayuda mutua. Si la
lucha por la existencia enfrenta a dos leones contra una cebra,
contemplaremos una contienda felina y una carnicería equina. Pero si los
leones están luchando conjuntamente contra la rigurosidad de un
ambiente inanimado, luchar no eliminará al enemigo común, mientras que
la cooperación puede vencer un peligro cuya superación está más allá del
poder de cualquier individuo único.
Por
lo tanto, Kropotkin creó una dicotomía dentro de la noción general de
lucha por la existencia, dos formas de significado opuesto: 1) organismo
contra organismo de la misma especie para recursos limitados, lo que
lleva a la competencia; y 2) organismo contra el ambiente, lo que lleva a
la cooperación:
Ningún
naturalista dudará de que la idea de una lucha por la vida sostenida
por la naturaleza orgánica es la mayor generalización de nuestro siglo.
La vida es lucha; y en esta lucha los más aptos sobreviven. Pero las
respuestas a las preguntas «¿con qué armas se realiza principalmente la
lucha?» y «¿cuáles son los más aptos en la lucha?» diferirán mucho según
la importancia que se conceda a los dos aspectos diferentes de la
lucha: el directo, por el alimento y la seguridad entre individuos
separados, y la lucha que Darwin describió como «metafórica»; la lucha
con gran frecuencia colectiva, contra las circunstancias adversas.
Darwin
reconoció que existían ambas formas, pero su lealtad a Malthus y su
visión de la naturaleza llena a rebasar de especies le llevó a destacar
el aspecto competitivo. Después, los devotos menos refinados de Darwin
exaltarían la interpretación competitiva hasta prácticamente la
exclusividad, y asimismo la colmaría de un significado social y moral:
Llegaron
a concebir el mundo animal como un mundo de lucha perpetua entre
individuos medio muertos de hambre, cada uno de ellos sediento de la
sangre de los demás. Hicieron que la literatura moderna resonara con el
grito de guerra de ¡ay de los vencidos!, como si se tratara de la
última palabra de la biología moderna. Elevaron la lucha «despiadada»
para las ventajas personales a la altura de un principio biológico al
que el hombre debe someterse también, bajo la amenaza de sucumbir, de no
ser así, en un mundo basado en el exterminio mutuo.
Kropotkin
no negaba la forma competitiva de la lucha, pero afirmaba que se había
puesto poco énfasis en el estilo cooperativo y que debía equilibrar a la
competencia, o incluso predominar, si se consideraba a la naturaleza en
su conjunto:
Hay
una inmensa cantidad de guerra y exterminio en marcha en medio de las
distintas especies; al mismo tiempo, hay tanta cantidad, o quizás
incluso más, de apoyo mutuo, ayuda mutua y defensa mutua… La
sociabilidad es una ley de la naturaleza como lo es la lucha mutua.
A
medida que Kropotkin zigzagueaba a través de sus ejemplos selectos e
iba haciendo acopio de energías para sus propias preferencias, se fue
convenciendo cada vez más de que el estilo cooperativo, que conducía a
la ayuda mutua, no sólo predominaba en general, sino que también
caracterizaba a los animales más avanzados de cada grupo: las hormigas
entre los insectos, los mamíferos entre los vertebrados. Por lo tanto,
la ayuda mutua se convierte en un principio más importante que la
competencia y la degollina:
Si…
preguntamos a la Naturaleza: «¿quiénes son los más aptos: los que se
encuentran continuamente enzarzados en guerra mutua, o aquellos que se
sostienen mutuamente?», de inmediato vemos que aquellos animales que
adquieren hábitos de ayuda mutua son indudablemente los más aptos.
Tienen más probabilidades de sobrevivir y alcanzan, en sus clases
respectivas, el mayor desarrollo de la inteligencia y organización
corporal.
Si preguntamos por
qué Kropotkin favorecía la cooperación mientras que la mayoría de los
darwinistas del siglo XIX abogaban por la competencia como resultado
predominante de la lucha en la naturaleza, destacan dos razones
principales. La primera parece menos interesante, por evidente, al
responder al principio ligeramente cínico pero absolutamente realista de
que los verdaderos creyentes tienden a leer sus preferencias sociales
en la naturaleza. Kropotkin, el anarquista que aspiraba a sustituir las
leyes del gobierno central por el consenso de las comunidades locales,
esperaba ciertamente localizar una preferencia profunda por la ayuda
mutua en la médula evolutiva más recóndita de nuestro ser. Déjese que la
ayuda mutua impregne la naturaleza y la cooperación humana se convierte
en un simple ejemplo de la ley de la vida:
Ni
los poderes aplastantes del Estado centralizado ni las enseñanzas del
odio mutuo y de la lucha despiadada que proceden, adornados con los
atributos de la ciencia, de filósofos y sociólogos serviciales, pueden
extirpar el sentimiento de la solidaridad humana, profundamente plantado
en el entendimiento y el corazón de los hombres, porque ha sido
alimentado por toda nuestra evolución anterior.
Pero
la segunda razón es más esclarecedora, pues se trata de una bienvenida
entrada empírica procedente de la propia experiencia de Kropotkin como
naturalista, y de una afirmación de la curiosa tesis de Todes de que el
flujo usual de la ideología a la interpretación de la naturaleza puede a
veces invertirse, y que el paisaje puede colorear la preferencia
social. Cuando era joven, mucho antes de su conversión al radicalismo
político, Kropotkin pasó cinco años en Siberia (1862-1866), justo
después de que Darwin publicará El origen de las especies. Fue
allí como oficial militar, pero su misión sirvió de tapadera conveniente
a su anhelo de estudiar la geología, la geografía y la zoología del
vasto interior de Rusia. Allí, en el polo opuesto a las experiencias
tropicales de Darwin, vivió en el ambiente menos propicio a la
interpretación de Malthus. Observó un mundo escasamente poblado, barrido
por frecuentes catástrofes que amenazaban a las pocas especies capaces
de encontrar un lugar en una tal desolación. Como discípulo potencial de
Darwin, buscó la competencia, pero a duras penas halló alguna. En
cambio, observó continuamente los beneficios de la ayuda mutua al
habérselas con un rigor exterior que amenazaba a todos por igual y que
no podía superarse mediante los análogos de la guerra y el boxeo.
Kropotkin,
en resumen, tenía una razón personal y empírica para observar con
aprecio a la cooperación como fuerza natural. Escogió este tema para el
párrafo inicial de Mutual Aid:
Dos
aspectos de la vida animal me impresionaron sobremanera durante los
viajes que en mi juventud realicé en Siberia oriental y en Manchuria
septentrional. Uno de ellos fue el rigor extremo de la lucha por la
existencia que la mayoría de especies de animales han de llevar contra
una Naturaleza inclemente; la enorme destrucción de la vida que
periódicamente resulta de los agentes naturales; y la consiguiente
pobreza de vida sobre el enorme territorio que cayó bajo mi observación.
Y el otro fue que, incluso en aquellos pocos puntos en los que la vida
animal bullía en abundancia, no pude encontrar (aunque la buscaba
ansiosamente) aquella amarga lucha por los medios de existencia entre
los animales pertenecientes a la misma especie, que fue considerada por
la mayoría de darvinistas (aunque no siempre por el mismo Darwin) como
la característica dominante de la lucha por la vida y el principal
factor de la evolución.
¿Qué es
lo que podemos hacer del argumento de Kropotkin hoy en día, y del de
toda escuela rusa que él representa? ¿Eran únicamente víctimas de la
esperanza cultural y del conservadurismo intelectual? No lo creo así. En
realidad, afirmaría que el argumento básico de Kropotkin es correcto.
La lucha ocurre realmente de muchas maneras, y algunas de ellas conducen
a la cooperación entre los miembros de una especie como el mejor camino
hacia la ventaja para los individuos. Si Kropotkin puso excesivo
énfasis en el apoyo mutuo, la mayoría de darwinistas en Europa
occidental habían exagerado la competencia con la misma intensidad. Si
Kropotkin extrajo una esperanza inadecuada para la reforma social a
partir de su concepto de naturaleza, otros darwinistas se habían
equivocado con la misma firmeza (y por motivos que ahora la mayoría de
nosotros condenaríamos) al justificar la conquista imperial, el racismo y
la opresión de los trabajadores industriales como el duro resultado de
la selección natural en el modo competitivo.
Yo
culparía a Kropotkin únicamente de dos maneras, una técnica, la otra
general. Cometió realmente un error conceptual común al no saber
reconocer que la selección natural es un argumento sobre las ventajas
para los organismos individuales, por mucho que éstos luchen. El
resultado de la lucha por la existencia puede ser la cooperación y no la
competencia, pero la ayuda mutua debe beneficiar a los organismos
individuales en el mundo de explicación de Darwin. A veces, Kropotkin
habla de ayuda mutua como algo seleccionado para el beneficio de
poblaciones enteras de especies, un concepto extraño a la lógica
darwinista clásica (donde los organismos trabajan, aunque sea
inconscientemente, para su propio beneficio en términos de genes
transmitidos a las generaciones futuras). Pero Kropotkin también (y con
frecuencia) reconoció que la selección para la ayuda mutua beneficia
directamente a cada individuo en su propia lucha por el éxito personal.
Así, si Kropotkin no entendió toda la implicación del argumento básico
de Darwin, incluyó efectivamente la solución ortodoxa como su
justificación principal para la ayuda mutua.
De
manera más general, me gusta aplicar una regla empírica más bien cínica
a la hora de juzgar argumentos sobre la naturaleza que también tienen
implicaciones sociales manifiestas: cuando tales afirmaciones imbuyen a
la naturaleza con exactamente aquellas propiedades que nos hacen sentir
bien o que alimentan nuestros prejuicios, hay que ser doblemente
suspicaz. Soy especialmente cauteloso con aquellos argumentos que
encuentran la amabilidad, la mutualidad, el sinergismo, la armonía (los
mismos elementos que nos esforzamos en gran medida, y con mucha
frecuencia sin éxito, para poner en nuestras propias vidas)
intrínsecamente en la naturaleza. No veo evidencia alguna de la noosfera
de Teilhard, del estilo californiano de holismo de Capra, de la
resonancia mórfica de Sheldrake. Gaia se me antoja una metáfora,
no un mecanismo. (Las metáforas pueden ser liberadoras y esclarecedoras,
pero las nuevas teorías científicas deben suministrar nuevas
afirmaciones sobra la causalidad. A mí Gaia sólo me parece reformular,
en términos diferentes, las conclusiones básicas a que hace tiempo
llegaron los argumentos clásicamente reduccionistas de la teoría de los
ciclos biogeoquímicos.)
No hay atajos a la
intuición moral. La naturaleza no es intrínsecamente nada que pueda
ofrecer consuelo o solaz en términos humanos… aunque sólo sea por el
hecho de que nuestra especie es un recién llegado tan tardío en un mundo
que no ha sido construido para nosotros. Tanto mejor. Las respuestas a
los dilemas morales no se encuentran ahí afuera, a la espera de que los
descubramos. Residen, como el reino de Dios, dentro de nosotros mismos, el punto más difícil e inaccesible para cualquier descubrimiento o consenso.
«Brontosaurus» y la nalga del ministro,
CRÍTICA,S.L. Barcelona 1991.
No hay comentarios:
Publicar un comentario