martes, 21 de octubre de 2014

Contra las cárceles y una posible limitada solución - William Godwin

Ha llegado el momento de considerar algunas inferencias que sededucen de la teoría de la coerción anteriormente expuesta; inferencias que conceptuamos de vital importancia para la felicidad, la virtud y el progreso de la especie humana.

Ante todo resulta evidente que la coerción constituye una penosa necesidad, incompatible con el genio y la esencia del espíritu humano; necesidad temporal que nos imponen la corrupción y la ignorancia que hoy reinan entre los hombres. Nada más absurdo que presentarla como medio de mejoramiento social, ni más injusto que acudir a ella en los casos en que no sea absolutamente indispensable hacerlo. En lugar de propender a la multiplicación de esos casos y de emplear la coerción como un remedio para todos los males, el estadista ilustrado tratará de reducirlos a los más estrechos límites, disminuyendo en lo posible sus motivos de aplicación. Hay un solo caso en que el empleo de la coerción puede justificarse y es cuando la libertad del delincuente puede causar un notorio daño a la seguridad pública.

Al examinar el concepto de la prevención como la única razón justificable de la acción coercitiva, obtendremos un criterio claro y satisfactorio para juzgar del grado de justicia que contiene la pena.

La inflicción de una muerte lenta y dolorosa no puede de ningún modo ser vindicada desde ese punto de vista, pues esa pena sólo es inspirada por los sentimientos de odio y venganza, así como por el vano afán de exhibir un terrible escarmiento.

Quitar la vida a un delincuénte es desde luego un acto injusto, puesto que existen fuera de esa terrible pena muchos otros medios para impedir que aquél continúe causando daño a sus semejantes. La privación de la vida, aun cuando no sea la pena más horrible que pueda sufrirse, constituye un daño irreparable, puesto que cierra definitivamente a la víctima toda posibilidad de disfrutar de los goces y los bienes propios deL ser humano.

En la biografía de esos pobres seres a quienes las despiadadas leyes de Europa condenan al aniquilamiento, encontramos con frecuencia personas que, después de haber cometido un delito, observaron una vida normal y tranquila, alcanzando un apreciable patrimonio. La historia de cada uno de ellos es, con ligeras variantes, la historia de la mayoría de los violadores de la ley. Si hay un hombre a quien, en resguardo de la seguridad general, es preciso poner entre rejas, ello implica un alegato en favor suyo dirigido a los miembros más influyentes de la sociedad. Ese hombre es el que con mayor apremio necesita su ayuda. Si se le tratara con bondad, en vez de hacerlo con ultrajante desprecio; si le hicieran comprender con cuánta repugnancia se vieron obligados a emplear contra él la fuerza colectiva; si le instruyeran con calma, serenidad y benevolencia en el conocimiento del bien y de la verdad; si se adoptaran todos los cuidados que una disposición humanitaria sugiere, a fin de librar su espíritu de los móviles de corrupción, la enmienda del desdichado sería casi segura. A tales cuidados le hacen acreedores sus desgracias y su miseria. Pero la mano del verdugo salda brutalmente la cuestión.

Es un error suponer que un tratamiento semejante de los criminales haría aumentar los crímenes. Por el contrario, pocos hombres osarían iniciar una carrera de violencias, con la perspectiva de verse obligados a abjurar de sus errores, tras un lento y paciente proceso de esa índole. Es la inseguridad del castigo en sus formas actuales lo que determina la multiplicidad del delito. Eliminad esa incertidumbre y veréis que habrá tanta disposición para la delincuencia como la que pudiera haber para el deseo de quebrarse una pierna, a fin tener la satisfacción de ser curados por un hábil cirujano. Pues sea cual fuera la gentileza que desplegara el médico del espíritu, no es de imaginar que la curación de los hábitos viciosos pueda producirse sin una penosa impresión por parte de quien los haya sustentado.

Los castigos corporales tienen su origen en la corrupción de las instituciones políticas o en la inhumanidad de las mismas, independientemente de la consideración de su eficacia en relación con el fin propuesto, en cuanto a la enmienda del delincuente. Salvo cuando se intentan a guisa de ejemplo, constituyen un evidente absurdo, desde que procuran expeditivamente comprimir el efecto de muchos razonamientos y de un largo confinamiento en un espacio sumamente breve. Es atroz el sentimiento con que un observador ilustrado contempla las huellas de un látigo, impresas en el cuerpo de un hombre.

La justicia de la represión se basa en este sencillo principio: todo hombre está obligado emplear cuantos medios estén a su alcance a fin de prevenir hechos contrarios a la seguridad general, habiéndose comprobado por la experiencia o por deducciones pertinentes que todos los medios persuasivos resultan ineficaces en ciertos casos. La conclusión que de ahí se deriva es que nos vemos obligados, en determinadas circunstancias, a privar al trasgresor de la libertad de que ha abusado. Ningún otro hecho nos autoriza a ir más allá en ese sentido. El que se encuentra prisionero (si es éste el medio más justo de segregación) no está en condiciones de turbar la paz de sus semejantes. Y la inflicción de mayores daños a esa persona, después que su capacidad delictiva ha sido prácticamente eliminada, sólo se explica por salvaje y despiadado afán de venganza, y constituye un desenfrenado ensañamiento de la fuerza.

En verdad, desde que el delincuente ha sido prendido, surge de inmediato el deber de corregirlo para aquellos que han asumido la responsabilidad de aplicar el castigo. Pero esto no constituye la cuestión fundamental. El deber de contribuir a elevar la salud moral de nuestros semejantes, es un deber de índole general. Aparte de esta salvedad, hemos de recordar una vez más lo que tantas veces repetimos en el curso de esta obra: la coerción en todas sus formas es siempre impotente para corregir a una persona. Retened al delincuente, en tanto que la seguridad general así lo requiera. Pero no le impidáis de ningún modo obtener su propia regeneración, pues ello es contrario a la moral y a la razón.

Existe, sin embargo, un punto en el cual la prevención y la enmienda del culpable se conectan estrechamente. Hemos dicho que el delincuente debe ser apartado de la sociedad para evitar peligros para la seguridad pública. Pero ésta dejará de estar amenazada tan pronto como las inclinaciones y propensiones de aquél hayan experimentado un cambio favorable. Habiéndose establecido esa conexión por la naturaleza de las cosas es preciso, al fijar la pena, tener en cuenta ambas circunstancias: ¿de qué modo ha de promoverse la corrección del delincuente y cuándo ha de restituírsele plenamente su libertad?

El procedimiento más común seguido hasta ahora consiste en erigir una gran cárcel pública, donde los delincuentes de la más diversa especie son arrojados en tremenda promiscuidad. Todas las circunstancias existentes tienden a inculcarles allí hábitos más viciosos y a ahogar cualquier resto de laboriosidad, sin que se haga nada por mejorar o modificar ese estado de cosas. No creemos necesario extendemos más acerca de la atrocidad que significa ese sistema. Las cárceles son proverbialmente los seminarios del vicio. Ha de estar extraordinariamente endurecido en la iniquidad o bien constituir un exponente de virtud suprema, el que salga de una cárcel sin haber empeorado en ella.

Un atento observador de los problemas humanos (1), animado por las más sanas intenciones, que ha dedicado especial atención a este tema, fue rudamente impresionado por la lamentable situación que reina en el actual sistema carcelario y, con objeto de aportar un remedio, interesó al espíritu público en favor de un plan de segregación solitaria. Este plan, aun exento de los defectos que aquejan al régimen vigente, es merecedor, sin embargo, de muy serias objeciones.

De inmediato impresiona a todo espíritu reflexivo como un sistema extraordinariamente severo y tiránico. No puede, por consiguiente, ser admitido entre los métodos de suave coerción que constituyen el objeto de nuestro estudio. El hombre es un animal social. Hasta qué punto lo es realmente, es cosa que surge de la consideración de las ventajas que confiere el estado social, de las cuales despoja al prisionero el encierro solitario. Independientemente de su estructura originaria, el hombre es eminentemente social por los hábitos adquiridos. ¿Privaréis al prisionero de papel, de libros, de herramientas y distracciones? Uno de los argumentos que se esgrimen en favor del sistema de segregación solitaria es que el delincuente debe ser sustraído a sus malos pensamientos y obligado a escrutar la propia conciencia. Los defensores del sistema de encierro solitario creen que esto podrá ocurrir cuanto menos distracciones tenga el prisionero. Pero supongamos que se ha de suavizar el rigor en ese sentido y que sólo se le privará de la presencia de sus semejantes. ¿Cuántos hombres hay que puedan satisfacer sus necesidades de sociabilidad en la compañía de los libros? Somos naturalmente hijos del hábito y no es lógico esperar que individuos comunes se amolden a un género de vida que siempre les fue extraño. Incluso aquel que más apego tiene al estudio, siente momentos en que el estudio no le complace. El alma humana tiende con anhelo infinito a buscar la compañía de un semejante. Por el hecho que la seguridad pública reclame el encierro de un delincuente, ¿ha de estar éste condenado a no iluminar jamás su rostro con una sonrisa? ¿Quién medirá los sufrimientos del hombre obligado a permanecer en constante soledad? ¿Quién podrá afirmar que esto no constituye para la mayoría de los hombres el peor tormento que pueda imaginarse? Es indudable que un espíritu superior podrá superar tal circunstancia. Pero las facultad de un espíritu sublime no entra en las consideraciones de este problema.

Del examen de la prisión solitaria considerada en sí misma, nos vemos naturalmente llevados a estudiar su valor en relación con la reforma del delincuente. La virtud es una cualidad que se comprueba en las relaciones mutuas de los hombres. ¿Será acaso requisito previo para convertir a un hombre en un ser virtuoso, el excluido de toda sociedad humana? ¿No se incrementarán, así, por el contrario, sus inclinaciones egoístas y antisociales? ¿Qué estímulos tendrá hacia la justicia y la benevolencia el que carece de oportunidades para ejercerlas? El ambiente en que suelen incubarse los más atroces crímenes, es el mismo que determina un ánimo áspero y sombrío. ¿Qué corazón podrá sentirse ensanchado y enternecido al respirar la densa atmósfera de una mazmorra? Más cuerdo sería a ese respecto imitar el orden universal y trasladar a un estado natural y razonable de sociedad a aquellos hombres a quienes deseamos instruir en los principios de humanidad y justicia. La soledad sólo puede incitarnos a pensar en nosotros mismos, no a servir a nuestros conciudadanos. La soledad impuesta por severos reglamentos, podrá ser adecuada para un asilo de alienados o de idiotas, nunca para producir seres útiles a la sociedad.

Otro procedimiento empleado para castigar a quienes han causado daños a la sociedad, consiste en someterlos a un estado de esclavitud o de trabajo forzado. La refutación de ese sistema ha sido anticipada en lo que hemos dicho más arriba. Eso es absolutamente innecesario para la seguridad social. En cuanto al logro de la enmienda del delincuente, representa un medio absurdamente concebido. El hombre es también un ser intelectual. No es posible volverlo virtuoso sin apelar a sus facultades intelectivas. Tampoco puede ser virtuoso sin disfrutar de cierto grado de independencia. Debe compenetrarse de las leyes de la naturaleza y de las consecuencias necesarias de sus propias acciones, no de las órdenes arbitrarias de un superIor. ¿Queréis lograr que trabaje? No me obliguéis a ello por medio del látigo, pues si anteriormente tuviera inclinaciones a la holganza, seguiré después doblemente esa tendencia. Apelad a mi inteligencia y dejadme libertad de elección. Sólo la más deplorable perversión del espíritu puede hacernos creer que cualquier especie de esclavitud, desde esa forma atenuada que pesa sobre nuestros escolares, hasta la que sufren los desdichados negros de las Indias Occidentales, puede producir efectos favorables para la virtud humana.

Un sistema altamente preferible a cualquiera de los anteriores y que ha sido ensayado en diversos casos, es el de destierro o traslado a países lejanos. También ese sistema es susceptible de algunas objeciones y en verdad sería extraño que cualquier método de coerción no fuera de por sí objetable. Pero hay que notar que ese sistema ha sido impugnado más de lo que por su naturaleza intrínseca correspondería, en razón de la manera cruda e incoherente con que ha sido aplicado.

El destierro constituye en sí una evidente injusticia. Pues si juzgamos que la residencia de una persona determinada es perniciosa para nuestro país, no tenemos derecho a imponerla a otro país cualquiera.

Algunas veces el destierro ha sido acompañado de esclavitud, tal como aconteció con la práctica de Gran Bretaña en sus colonias americanas, antes de que éstas se independizaran. Creemos que esto no requiere una refutación especial. El método más conveniente de destierro es el que se efectúa hacia un país aún no colonizado. El trabajo que más contribuye a libertar el espíritu de los malos hábitos adquiridos en una sociedad corrompida, no es aquel que se cumple bajo las órdenes de un carcelero, sino el que se realiza por la necesidad de proveer a la propia subsistencia. Los hombres que se sienten libres de las opresoras instituciones de los gobiernos europeos y se ven impelidos a comenzar una nueva vida, se hallan por esto mismo en el camino más conducente a la regeneración y la virtud. La primera fundación de Roma por Rómulo y sus vagabundos es una feliz ilustración de esa idea, ya se trate realmente de un hecho histórico o de una ingeniosa leyenda creada por alguien que conocía a fondo el corazón humano.

Hay dos circunstancias que hasta ahora han hecho fracasar todas las tentativas en ese sentido. La primera consiste en que la madre patria persigue siempre con su odio la instalación de taleS colonias. Nuestra esencial preocupación es la de hacer allí la vida más dura e insoportable, con la vana idea de aterrorizar de ese modo a los delincuentes. En realidad debiera consistir en resolver las dificultades que encuentran los nuevos pobladores y en propender en todo lo posible a su futura felicidad. Debemos recordar siempre que ellos son merecedores de toda nuestra compasión y simpatía. Si fuéramos seres razonables, sentiríamos la cruel necesidad que nos obligó a tratarlos de un modo contrario a la esencia del alma humana; pero una vez consumada esa ingrata necesidad, nuestro más vivo anhelo sería otorgades todo el bien que estuviera a nuestro alcance. Pero no somos razonables. Tenemos arraigados en nosotros salvajes sentimientos de rencor y de venganza. Confinamos a esos desgraciados en los lugares más remotos de la tierra. Los exponemos a perecer de hambre y de privaciones. Desde un punto de vista práctico, la deportación a las Hébridas equivale a una deportación a las antípodas.

En segundo lugar, sería conveniente que, después de haber provisto a los colonos de lo necesario para comenzar su nueva vida, se les dejara librados a su propia responsabilidad. Es contraproducente en absoluto perseguirlos hasta su lejano refugio con la perniciosa influencia de las instituciones europeas. Constituye un signo de crasa ignorancia de la naturaleza humana el suponer que se destrozarían entre sí en el caso de sentirse libres de vigilancia. Por el contrario, un nuevo ambiente favorece la creación de un nuevo espíritu. Los más endurecidos criminales, cuando se hallan expuestos a las contingencias del azar y sufren los duros aguijones de la necesidad, suelen comportase del modo más razonable, dando pruebas de una sagacidad y de un espíritu público capaces de hacer abochornar a las monarquías más orgullosas.

No olvidemos, sin embargo, los vicios inherentes a toda especie de coerción, sea cual sea el modo con que se efectúe. La colonización es la forma más deseable en ese caso, pero ofrece sin duda numerosos inconvenientes. La sociedad juzga que la residencia de cierto individuo en su seno es nociva para el bien general. ¿Pero no se excede acaso cuando le niega el derecho a elegir otro lugar de residencia? ¿Qué pena se le aplicará si vuelve del destierro por propia voluntad? Estas reflexiones traen nuevamente a nuestro espíritu la convicción de la absoluta injusticia que el castigo encierra y nos inducen a desear fervientemente el advenimientO de un orden de cosas que elimine semejante iniquidad.

Para concluir. Las observaciones contenidas en el presente capítulo tienen relación con la teoría según la cual es deber de los individuos y no de las comunidades ejercer cierto grado de coerción política, fundando ese deber en necesidades de seguridad pública. De acuerdo con esa teoría, el individuo sólo ha de consentir en aquella coerción que sea estrictamente indispensable para ese objeto. Su deber consistirá en mejorar las instituciones defectuosas, de cuya superación no ha logrado aún convencer a sus conciudadanos. Rehusará la colaboración en todo cuanto signifique la invocación de la seguridad pública para el cumplimiento de propósitos inicuos. En todos los códigos del mundo hay leyes que, en virtud de sus injustas prescripciones, llegan a caer en desuso. Todo verdadero amante de la justicia hará cuanto esté a su alcance por repudiar esas leyes, que mediante su infinidad de restricciones y penalidades, invaden arbitrariamente los fueros de la libertad y de la independencia individual (2).



(1) Mr. Howard.
(2) El capítulo VII, De la evidencia, es breve y trata de establecer principalmente que la razón por la cual los hombres son castigados por la conducta pasada y no por su actitud presente, reside en la notoria inseguridad de la evidencia.




Capitulo Tomado del Libro Investigación acerca de la justicia política (1973) de Willian Godwin (Libro VII capítulo VI) El Nombre original del capitulo es Grados de coerción, por tanto, el título del artículo de este blog NO ES EL ORIGINAL. (N&A) Fuente: Antorcha

jueves, 16 de octubre de 2014

Voltairine de Cleyre - Acción Directa

Desde la perspectiva de alguien que piense por sí mismo y sea capaz de discernir una ruta sin desvíos a seguir para el progreso de la humanidad, para que haya cualquier tipo de progreso, quien, teniendo una ruta tal trazada en la mente, haya buscado cómo enseñársela a los demás, hacerles verla como la ve él mismo; quien haciendo eso al mismo tiempo ha elegido lo que le parecieran expresiones simples y claras para transmitir sus ideas a los otros, para esa persona aparece como gran fuente de tristeza y confusión del espíritu el que la expresión «Acción Directa» de pronto haya adquirido en las mentes del público un significado estrecho, en absoluto implicado en las palabras mismas, y ciertamente nunca adscrito por él mismo, ni por sus camaradas de ideas. 

Sin embargo, esta es una de las bromas más comunes que el Progreso le hace a aquellos que piensan por sí mismos para ponerles límite y medida. Una y otra vez, nombres, frases, consignas y eslóganes, han sido puestos al revés, patas para arriba y patas para abajo, por ocurrencias fuera del control de aquellos que usaban las expresiones en su sentido original; y todavía, aquellos que tercamente se han mantenido en sus posiciones, y han insistido en ser oídos, al final han encontrado que el período de la incomprensión y el prejuicio no ha sido sino el preludio para una más amplia investigación y comprensión. 

Me parece que este es el caso con la presente confusión en torno al término Acción Directa, el cual a través del malentendido o la deliberada deformación de ciertos periodistas de Los Ángeles en el momento en que los McNamaras se declararon culpables, de pronto adquirió en la mente del público el sentido de «Ataques por la Fuerza contra la Vida y la Propiedad». Esto era o muy ignorante o muy deshonesto por parte de los periodistas, pero ha tenido el efecto de despertar la curiosidad de mucha gente por conocer todo lo que tiene que ver con la acción directa. 

De hecho, aquellos que con tanto fervor y desatino la condenan, encontrarán viéndolo más de cerca que ellos mismos en muchas ocasiones han practicado la acción directa, y continuarán haciéndolo. 

Cada persona que alguna vez haya pensado que tenía el derecho de expresarse, y valientemente hubiese procedido a hacerlo, solitariamente o junto con otros que compartiesen sus convicciones, ha sido practicante de la Acción Directa. Hace unos treinta y tantos años, recuerdo que el Ejército de Salvación practicaba vigorosamente la acción directa para mantener la libertad de sus miembros de expresarse, reunirse y rezar. Una y otra vez fueron arrestados, multados y puestos en prisión; pero continuaron cantando, orando y marchando hasta que finalmente obligaron a sus perseguidores a dejarlos en paz. Los Trabajadores Industriales llevan hoy la misma lucha, y en una serie de casos, han obligado a los funcionarios a dejarlos en paz por medio de esas mismas tácticas directas. 

Cada persona que alguna vez haya planeado hacer alguna cosa, y fue y la hizo, o que haya presentado un plan a los demás y ganado su cooperación para hacerla con ellos, sin tener que dirigirse a autoridades exteriores a pedirles que por favor la hicieran por ellos, ha sido practicante de la acción directa. Todos los experimentos cooperativos son esencialmente, acción directa. 

Toda persona que alguna vez en su vida haya tenido que resolver una diferencia con otra persona, y se haya dirigido directamente a la otra u otras personas involucradas para resolverla, ya sea de manera pacífica u otra, era un practicante de la acción directa. Ejemplos de acciones de ese tipo lo son las huelgas y los boicots; muchas personas se recordarán la acción de las amas de casa de Nueva York que boicotearon a los carniceros, y lograron que se bajase el precio de la carne; en el presente parece divisarse un boicot de la mantequilla, como respuesta directa a los que ponen los precios de ese producto. 

Estas acciones por lo general no se deben a que alguien se ponga a pensar demasiado acerca de los méritos de lo directo o de lo indirecto de la acción, sino que son recursos espontáneos de aquellos que se sienten oprimidos por una situación. En otras palabras, todo el mundo es, la mayor parte de las veces, creyente en el principio de la acción directa, y lo practica. Sin embargo, la mayoría de la gente también practica la acción indirecta o política . Y son ambas cosas al mismo tiempo, sin hacer un análisis profundo de la una o de la otra. Sólo hay un número limitado de gente que evita la acción política en todas las circunstancias; pero no hay nadie, nadie en absoluto, que haya sido tan «imposible» como para evitar todo tipo de acción directa. 

La mayoría de la gente pensante son en realidad oportunistas, ora inclinándose tal vez más hacia la acción directa, ora a lo indirecto como cosa general, pero en realidad usan ambos medios cuando la oportunidad así lo amerita. Eso quiere decir que están aquellos que sostienen que el llevar al poder a los gobernantes a través de los votos es una cosa esencialmente estúpida y errónea, pero que sin embargo bajo la presión de circunstancias especiales estarían dispuestos a considerar que lo más sabio es el votar por tal o cual individuo para determinado puesto en esa ocasión particular. O también están aquellos que creen que en general, la forma más sabia para que la gente consiga lo que quiere es por el método indirecto de votar por alguien que legalice lo que quieren; pero que sin embargo, ocasionalmente y bajo condiciones excepcionales aconsejan una huelga; y una huelga, como ya lo he dicho, es acción directa. O pueden hacer como los agitadores del Partido Socialista (que hoy en día, en su mayoría se proclaman contrarios a la acción directa) hicieron el verano pasado, cuando la policía estaba interrumpiendo sus actos. Fueron a los lugares de los actos como fuerza, preparados para hacer sus discursos sí o sí, y lograron hacer retroceder a la policía. Y mientras eso no era algo lógico de su parte, el oponerse de esa manera a los ejecutores legales de la voluntad de la mayoría, era una perfecta y exitosa muestra de la acción directa.
Aquellos que, por la esencia de sus convicciones, están comprometidos con la Acción Directa sólo son ¿quiénes? Pues, los no-resistentes; precisamente aquellos que ¡no creen para nada en la violencia! Ahora, por favor no cometan el error de inferir de ello que yo digo que acción directa quiere decir no-resistencia; nada de eso. La acción directa puede ser el extremo de la violencia, o puede ser tan pacífica como las aguas mansas del arroyuelo de Shiloa. Lo que quiero decir es que los no-resistentes sólo pueden creer en la acción directa y nunca en la acción política. Porque la base de toda acción política es la coerción; aún cuando el Estado hace cosas buenas, en última instancia depende del garrote, la pistola o la prisión para que su poder las ponga en práctica. 

Hoy en día, cada niño en edad escolar en los Estados Unidos ha tenido noticia de la acción directa de ciertos no-resistentes a través de las clases de historia. El caso que inmediatamente todo el mundo recuerda es el de los primeros Cuáqueros que llegaron a Massachussets. Los puritanos habían acusado a los Cuáqueros de «perturbar al mundo con su prédica por la paz». Ellos (los Cuáqueros) se negaron a pagar los impuestos de la iglesia, se negaron a portar armas, y se negaron a jurar lealtad a cualquier tipo de gobierno (y al hacerlo se convertían en activistas directos, o lo que podríamos llamar activistas directos negativos). De modo que los puritanos, siendo practicantes de la acción política , aprobaron leyes para excluirlos, deportarlos, multarlos, encarcelarlos, mutilarlos y finalmente, mandarlos a la horca. Y los Cuáqueros volvían una y otra vez (lo que era una acción directa de tipo positivo); y la historia registra que luego del ahorcamiento de cuatro Cuáqueros, y de que el cuerpo de Margaret Brewster hubiese sido arrastrado por un carro por las calles de Boston, «los Puritanos renunciaron a seguir intentando silenciar a los nuevos misioneros»; que «la persistencia de los Cuáqueros y su no-resistencia habían ganado la batalla». 

Otro ejemplo de acción directa en la temprana historia colonial, pero esta vez para nada del tipo pacífico, fue el incidente conocido como la Rebelión de Bacon. Todos nuestros historiadores defienden, por cierto, la acción de los rebeldes en ese incidente, porque estos tenían razón. Y sin embargo, se trató de un caso de acción directa violenta contra una autoridad legalmente constituida. Para aquellos que hayan olvidado los detalles, déjenme recordarles brevemente que los agricultores de Virginia temían, con razón, una ofensiva general de los indios. Siendo activistas políticos pidieron, o Bacon como su dirigente pidió, que el gobernador les aprobase una comisión para reclutar voluntarios para su propia defensa. El gobernador temía, también con razón, que una compañía así de hombres armados se convirtiese en una amenaza para él. El gobernador rechazó la petición. Como consecuencia, los agricultores recurrieron a la acción directa. Reclutaron voluntarios sin la comisión, y lograron repeler a los indios. Bacon fue declarado traidor por el gobernador, pero dado que la gente lo apoyaba, el gobernador tenía miedo de proceder contra él. Al final, sin embargo, las cosas llegaron al punto tal de que los rebeldes incendiaron Jamestown; y de no haber sido por la muerte de Bacon, mucho más se habría podido lograr. Por supuesto, la reacción fue muy cruenta, tal y como suele suceder cada vez que una rebelión colapsa o es aplastada. Sin embargo, aún durante el breve período de éxito, logró corregir muchos abusos. Estoy seguro que los que abogaban por la acción política a toda costa en aquellos tiempos, después de que la reacción regresó al poder deben de haber dicho: «¡Vean lo que los males de la acción directa no han traído! Qué desgracia, el progreso de la colonia ha retrocedido veinticinco años»; olvidando que si los colonos no hubiesen recurrido a la acción directa, sus cabelleras habrían sido arrancadas por los indios un año antes, en vez de que un cierto número de ellos hubiesen sido ahorcados por el gobernador un año después. 

En el período de agitación y excitación que precedió a la revolución , hubo todo tipo de acciones directas, desde las más pacíficas a las más violentas; y creo que casi todos los que hayan estudiado la historia de los Estados Unidos encuentra en el recuento de esas actividades la parte más interesante de la historia, la parte que más fácilmente se graba en la memoria. 

Entre las acciones pacíficas que tuvieron lugar, estaban los acuerdos de no-importación, las ligas para usar telas hiladas en el país y los «comités de correspondencia». A medida que el crecimiento inevitable de las hostilidades se fue desarrollando, se desarrolló la acción directa violenta; por ejemplo, en la destrucción de los sellos de impuestos, o la acción referente a los barcos de té, ya sea el no permitir el desembarque del té, o su almacenamiento en lugares inundados, o el arrojarlos al agua en el puerto, como en Boston, o el obligar al dueño del barco carguero a incendiar su propia nave, como se hizo en Annapolis. Todas esas son acciones registradas en nuestros libros de texto más comunes, ciertamente no de manera condenatoria, sin siquiera una disculpa, aunque todas ellas sean casos de acción directa contra la autoridad legalmente constituida y los derechos de propiedad. Si llamo la atención sobre ellas y otras de naturaleza similar, es para probar a los repetidores irreflexivos de palabras que la acción directa siempre ha sido usada, y goza de la sanción histórica de la misma gente que hoy en día la reprueba. 

Se dice que George Washington había sido el dirigente de la liga de no-importación de los agricultores de Virginia; hoy en día él probablemente habría sido «llamado al orden» por una corte por haber formado una liga así; y en caso de haber persistido en el intento, habría sido multado por desacato. 

Cuando el gran conflicto entre el Norte y el Sur iba pasando de rojo a morado, una vez más fue la acción directa la que precedió y precipitó a la acción política. Y hasta podría afirmar que la acción política nunca tiene lugar, y no es ni siquiera contemplada hasta que las mentes adormecidas primero no hayan sido despertadas por actos directos de protesta contra las condiciones existentes. 

La historia del movimiento contra la esclavitud y la Guerra Civil es una de las más grandes paradojas, aunque históricamente sea una cadena de paradojas. Políticamente hablando, fueron los Estados esclavistas los que representaban una mayor libertad política, por la autonomía del Estado individual contra la interferencia de los Estados Unidos; políticamente hablando, eran los Estados no-esclavistas los que representaban un gobierno fuerte y centralizado el cual, los secesionistas decían y con razón, estaba destinado a evolucionar progresivamente hacia formas más y más tiránicas. Que fue lo que ocurrió. Desde el fin de la primera Guerra Civil, ha habido un continuo traspasar del poder federal de las fronteras de lo que originariamente eran las atribuciones de los Estados individuales. Los esclavos asalariados, en sus luchas de hoy, son continuamente lanzados al conflicto con ese poder centralizado contra el cual protestaba el esclavista (con la libertad en los labios y la tiranía en el corazón). Éticamente hablando, eran los Estados no-esclavistas los que de modo general representaban una mayor libertad humana, mientras que los secesionistas representaban la esclavitud racista. Esto sólo de un modo general; o sea, que la mayoría de los norteños, no estando acostumbrados a estar rodeados por la presencia real de la esclavitud de los negros a su alrededor, pensaron que probablemente era un error; aunque no mostraban tanto fervor en abolirla. Sólo los Abolicionistas, y esos eran relativamente pocos, fueron los éticos genuinos, para los cuales la esclavitud en sí — no la secesión o la unión — era la cuestión principal. De hecho, era tan fundamental para estos, que una cantidad considerable de ellos estaban a favor de la disolución de la unión, promoviendo el que el Norte tomase la iniciativa en la cuestión de disolverla para que los pueblos del Norte pudiesen sacudirse la vergüenza de mantener negros en cadenas. 

Por supuesto, había todo tipo de gentes con todo tipo de temperamentos entre aquellos que abogaban por la abolición de la esclavitud. Había cuáqueros como Whittier (sin duda, eran los cuáqueros que estaban por la paz a toda costa que habían abogado por la abolición en los tempranos días de la colonia); había activistas políticos moderados, que estaban a favor de comprar la libertad de los esclavos como el método más barato; y había gente extremadamente violenta, que creían en la violencia y hacían todo tipo de cosas violentas. 

En cuanto a lo que hicieron los políticos, hay una larga lista de «amenazar-con-hacerlo-para-no-hacer-mucho», un récord de treinta años de compromisos, negociaciones e intentos de dejar las cosas como estaban, y de repartir migajas a ambos bandos cuando nuevas condiciones demandaban hacer algo, o hacer de cuentas que se hacía algo. Pero «las estrellas en sus órbitas lucharon contra Sisera»; el sistema se estaba resquebrajando desde adentro y los partidarios de la acción directa desde el exterior a su vez ensancharon las grietas implacablemente. 

Entre las distintas expresiones de rebelión directa estuvo la organización de la «vía ferroviaria clandestina». La mayoría de la gente que perteneció a ella creía en ambas formas de acción; pero no importa cuánto se adherían teóricamente a la idea del derecho de la mayoría de promulgar y hacer cumplir las leyes, no creían en ella en ese punto. Mi abuelo fue miembro de la «clandestinidad», ayudó a más de un esclavo fugitivo a escapar hacia Canadá. Él era un hombre muy paciente y obediente de las leyes en la mayoría de los aspectos, aunque a menudo he pensado que él respetaba la ley porque no había tenido mucho contacto con ella; siempre llevando una vida de pionero, por lo general la ley estaba bastante lejos de él, y la acción directa era un imperativo. Sea como fuere, respetuoso de la ley o no, él no tenía el más mínimo respeto por las leyes esclavistas, no importa que hubiesen sido decididas por una mayoría de diez a uno, y violó concientemente cada una de las que se les cruzó en el camino. 

Había momentos en que la operación de la «clandestinidad» requería de la violencia, y se hacía uso de ella. Recuerdo el relato de una vieja amiga que me contaba cómo ella y su madre montaban guardia toda la noche tras la puerta, mientras que un esclavo que estaba siendo buscado por las patrullas estaba escondido en el sótano; y aunque eran descendientes y simpatizantes de los cuáqueros, tenían una escopeta encima de la mesa. Afortunadamente, no necesitaron hacer uso de ella esa noche. 

Cuando se aprobó la ley de los esclavos fugitivos con la ayuda de los activistas políticos del Norte que querían ofrecer una nueva migaja a los esclavistas, los activistas directos se lanzaron a rescatar fugitivos recapturados. Tuvieron lugar el «rescate de Shardrach» y el «rescate de Jerry», los participantes en este último rescate estuvieron dirigidos por el famoso Gerry Smith; así como muchos otros intentos exitosos y fallidos de rescate. Todavía los políticos seguían perdiendo el tiempo y tratando de limar asperezas, y los abolicionistas fueron denunciados y detractados por los pacificadores ultraobedientes de la ley, prácticamente de la misma forma en que Wm. D. Haywood y Frank Bohn son ahora denunciados por su propio partido. El otro día leí un comunicado en el Chicago Daily Socialist del secretario local del Partido Socialista de Louisville al secretario nacional, pidiéndole que sustituyesen a Bohn — que había sido anunciado para hablar allí — por otro orador seguro y en su sano juicio. Al explicar el porqué, el Sr. Dobbs menciona una cita de la charla de Bohn:
«Si los McNamaras hubiesen tenido éxito al defender los intereses de las clases trabajadoras, habrían tenido razón, tanta como la habría tenido John Brown de haber tenido éxito en liberar a los esclavos. El único crimen de John Brown fue la ignorancia, así como la ignorancia fue el único crimen de los McNamaras».
Seguidamente, el Sr. Dobbs comenta lo siguiente:
«Cuestionamos enfáticamente las afirmaciones aquí vertidas. El intento de trazar un paralelo entre la abierta — aunque equivocada — rebelión de John Brown por un lado, y los métodos secretos y asesinos de los McNamaras por el otro, no sólo es un indicador de lo superficial de su razonamiento, sino altamente engañoso en cuanto a las conclusiones lógicas que se pueden derivar de dichas afirmaciones».
Evidentemente, el Sr. Dobbs es muy ignorante acerca de la vida y obra de John Brown. John Brown era un hombre de violencia; se habría burlado de los intentos de cualquiera por hacer de él otra cosa. Y una vez que una persona se convierte en creyente de la violencia, para él sólo es una cuestión la forma más efectiva de aplicarla, lo que sólo puede ser determinado por un conocimiento de las condiciones y los medios a su disposición. John Brown para nada se amilanaba ante los métodos conspirativos. Aquellos que hayan leído la autobiografía de Frederick Douglas y las «Reminiscences» de Lucy Colman, se recordarán que uno de los planes diseñados por John Brown era el de organizar una cadena de campamentos armados en las montañas de West Virginia, Carolina del Norte y Tennessee, enviar emisarios secretos entre los esclavos incitándoles a huir hacia esos campamentos y allí concertar medidas de acuerdo a lo que permitiesen los tiempos y las condiciones para fomentar la rebelión entre los negros. El que dicho plan haya fallado se debió a la debilidad del deseo de libertad entre los esclavos mismos, más que a ninguna otra cosa. 

Más tarde, cuando los políticos en su infinita taimadez produjeron una proposición sobre «cómo-no-hacerlo», conocida como el Acta de Kansas-Nebraska, que dejó al libre albedrío de los colonos la cuestión de la esclavitud, los activistas directos de ambos bandos enviaron colonos falsos al territorio, los que continuaron la lucha. Los hombres a favor de la esclavitud, que llegaron primero, hicieron una constitución que reconocía la esclavitud y una ley que penaba con la muerte a cualquiera que ayudase a escapar a un esclavo; pero los Free Soilers, que se habían demorado un poquito más en llegar por venir desde Estados más lejanos, hicieron una segunda constitución y se negaron del todo a reconocer las leyes de la otra parte. Y John Brown estuvo allí, mezclado en toda esa violencia, tanto conspirativa como abierta; era un «ladrón de caballos y asesino» a los ojos de los activistas políticos decentes y pacíficos. Y no cabe duda de que robó caballos, sin enviar señal alguna por adelantado de sus intenciones de robarlos, y de que mató hombres que estaban a favor de la esclavitud. Atacó y logró huir bastantes veces antes de su intento final en Harper’s Ferry. Si no usó dinamita, fue porque entonces la dinamita aún no había surgido como un arma práctica. Hizo muchos más ataques premeditados a la vida que los dos hermanos que el Secretario Dobbs condena por sus «métodos asesinos». Y sin embargo, la historia no ha dejado de comprender a John Brown. La humanidad sabe que a pesar de que él era un hombre violento, con sangre humana en sus manos, que era culpable de alta traición y fue colgado por ello, sin embargo su alma era grande, fuerte, generosa, incapaz de soportar el aterrador crimen de mantener a 4.000.000 de personas como bestias estúpidas, y que pensó que el hacer la guerra contra eso era un deber sagrado, divino (porque John Brown era un hombre muy religioso: un presbiteriano). 

Es a través y por las acciones directas de los precursores del cambio social, ya sean de naturaleza pacífica o bélica, que la Conciencia Humana, la conciencia de las masas, se agita hacia la necesidad del cambio. Sería muy estúpido el decir que nada bueno resulta jamás de la acción política; a veces surgen cosas positivas por ese camino. Pero nunca hasta que la rebelión individual, seguida por la rebelión de masas, lo haya forzado. La acción directa siempre es la que lanza el grito de protesta, la iniciadora, a través de la cual la gran masa de los indiferentes toma conciencia de que la opresión se torna insoportable. 

Hoy hay opresión en la tierra — y no sólo en esta tierra, sino en todos aquellos rincones del mundo que disfrutan de los tan engañosos frutos de la Civilización. E igual que con la cuestión de la esclavitud, también esta forma de esclavitud ha estado engendrando, tanto la acción directa como la acción política. Una cierta fracción de nuestra población (probablemente mucho más pequeña que la que los políticos acostumbran dar en los mítines políticos) está produciendo la riqueza material de la que todo el resto de nosotros vivimos; así como eran 4.000.000 de esclavos que sostenían a la masa de parásitos que tenían encima. Esos son los trabajadores industriales y agrícolas. 

A través de la operación no profesada o no profesable de instituciones que ningún individuo entre nosotros ha creado, sino que encontró ya existentes al llegar a este mundo, la parte absolutamente más esencial de toda la estructura social, sin cuyos servicios nadie puede ni comer, ni vestirse o protegerse de los elementos, son justamente aquellos que reciben menos comida, vestimenta y alojamiento. Ni decir de compartir todos los otros beneficios sociales que el resto de nosotros supuestamente debemos recibir, tales como la educación y la gratificación artística. 

Esos trabajadores han, de una u otra forma, juntado mutuamente sus fuerzas para ver qué mejoras de sus condiciones pueden conseguir; primeramente por medio de la acción directa, y luego por la acción política. Hemos tenido al Grange, la Alianza de Granjeros, Asociaciones Cooperativas, Experimentos de Colonización, los Caballeros del Trabajo, Sindicatos y los Trabajadores Industriales del Mundo. Todas esas organizaciones se han formado con el propósito de lograr arrancar de los amos del campo económico un salario un poco mejor, unas condiciones un poco mejores, o una jornada de trabajo un poco más corta; o por otro lado, para resistir una reducción en los salarios, peores condiciones o jornadas laborales más largas. Ninguna de ellas ha intentado alcanzar una solución final para la guerra social. Ninguna de ellas, excepto los Trabajadores Industriales, ha reconocido que existe una guerra social, inevitable mientras las presentes condiciones legales y sociales persistan. Aceptaron las instituciones de la propiedad tales y como las encontraron. Estaban formadas por hombres promedio, con deseos promedio, y se abocaron a hacer cosas que les parecían posibles y muy razonables. No estaban comprometidos con una visión política particular y estaban organizados, pero lo hicieron a través de la acción directa a partir de su propia iniciativa, ya sea como actitud positiva o defensiva. 

No cabe duda que entre todas esas organizaciones habían miembros que veían más allá de las reivindicaciones inmediatas; que sí vieron que el continuo desarrollo de las fuerzas que ahora se habían puesto en acción estaba destinado a crear condiciones ante las cuales sería imposible que la vida pudiese continuar sometiéndose, y contra las cuales por lo tanto, ella protestaría, y violentamente; que ella no tendría otra elección; que debe hacerlo o de lo contrario perecer mansamente; y dado que no está en la naturaleza de la vida el rendirse sin dar batalla, ella no morirá mansamente. Hace veintidós años encontré gente de la Alianza de Granjeros que hablaban así, Caballeros del Trabajo que hablaban así, sindicalistas que hablaban así. Querían objetivos más amplios que aquellos perseguidos por sus organizaciones, pero tuvieron que aceptar a sus camaradas miembros como eran, y tratar de motivarlos a trabajar por las cosas tal y como ellos las podían ver. Y lo que ellos podían ver eran mejores precios y mejores salarios, condiciones de trabajo menos peligrosas y tiránicas, jornadas laborales más cortas. Al nivel de desarrollo en el que esos movimientos surgieron, los trabajadores agrícolas no podían ver que su lucha tuviese nada que ver con las luchas de aquellos involucrados en la industria o en el transporte; tampoco estos últimos podían ver que su lucha tuviese nada en común con la de los obreros agrícolas. Y es que aún hoy muy pocos ven eso. Todavía tienen que aprender que hay una lucha común contra aquellos que se han apropiado de la tierra, el dinero y las máquinas. 

Desafortunadamente, la gran organización de los granjeros se malgastó en una carrera estúpida por el poder político. Tuvo bastante éxito en conseguir el poder en varios Estados; pero las cortes declararon inconstitucionales sus leyes, y esa fue la tumba de todas sus conquistas políticas. Su programa original era el de construir sus propios silos, reteniéndolos del mercado hasta poder librarse de los especuladores. Asimismo, la organización de intercambios de mano de obra, emitiendo bonos de crédito sobre los productos depositados para el intercambio. Si se hubiera mantenido fiel a este programa de ayuda mutua directa habría, hasta cierto punto, al menos por un tiempo, podido ser una ilustración de cómo la humanidad se puede liberar del parasitismo de los banqueros e intermediarios. Por supuesto, al final habría sido derrocado, a menos que hubiese revolucionado de gran manera las mentes de los hombres por el ejemplo del derrocamiento del monopolio legal de la tierra y el dinero; pero al menos habría cumplido un gran fin educativo. En la realidad, siguió un espejismo y se desintegró a causa de su mera futilidad. 

Los «Caballeros del Trabajo» fueron disminuyendo hasta alcanzar una relativa insignificancia, no por no haber hecho uso de la acción directa, ni tampoco por haberse metido en política, lo que se dio en pequeña escala, sino principalmente porque eran una masa heterogénea de trabajadores que no pudo asociar sus esfuerzos de manera efectiva. 

Los sindicatos ganaron en fuerza a medida que se iban retirando los Caballeros del Trabajo, y han continuado incrementando su fuerza lenta pero persistentemente. Es verdad que su crecimiento ha fluctuado; que han habido retrocesos, que grandes organizaciones unitarias se han formado para volver a dispersarse. Pero en su conjunto, los sindicatos han sido una fuerza creciente. Lo han sido porque, siendo tan pobres como son, han sido un medio por el cual un cierto sector de los trabajadores han sido capaces de unir sus fuerzas para enfrentar directamente a sus amos, así lograr al menos una parte de lo que querían — o de lo que las condiciones les dictaban que deberían tratar de lograr. La huelga es su arma natural, la que ellos mismos se han forjado. Es el golpe directo de la huelga el que nueve de cada diez veces es temido por el patrón. (Por supuesto, hay ocasiones en las que se alegra por una huelga, pero eso no es común). Y la razón por la que le tiene terror a las huelgas, no es tanto porque piense que no la va a poder ganar, sino lisa y llanamente porque no quiere una interrupción de sus negocios. El patrón común no le tiene mucho miedo al «voto con conciencia de clase»; hay gran cantidad de talleres en los que uno puede hablar acerca del Socialismo o de cualquier otro programa político todo el día; pero si uno empieza a hablar de sindicatos es de esperar que lo despidan de inmediato, o al menos que le adviertan que se calle la boca. ¿Por qué? No porque el patrón sea tan inteligente como para saber que la acción política es una ciénaga en la que se empantana el trabajador, o porque considere que el socialismo rápidamente se esté convirtiendo en un movimiento de clase media; nada de eso. Él piensa que el socialismo es una cosa muy mala; ¡pero es una buena salida! Pero sabe que si su fábrica se sindicaliza, va a tener problemas de inmediato. La mano de obra se le pondrá rebelde, va a tener que entrar en gastos para mejorar las condiciones de la fábrica, no va a poder despedir a los trabajadores que no le gusten, y en caso de huelga deberá esperar daños a su maquinaria o sus edificios. 

Se dice a menudo, y lo repiten como loros, que esos patrones tienen «conciencia de clase», que se mantienen unidos por interés de clase, y que están dispuestos a soportar cualquier pérdida personal antes que traicionar esos intereses. No ocurre así en absoluto. La mayoría de la gente de negocios son igual que la mayoría de los trabajadores; se preocupan mucho más de sus pérdidas o beneficios personales que de los de su clase. Y es esta pérdida individual la que ve el patrón cuando es amenazado por un sindicato. 

Hoy todo el mundo sabe que una huelga de cualquier tamaño significa violencia. No importa qué preferencia ética hacia la paz se tenga, se sabe que no será pacífica. Si es una huelga de telégrafos, significa cortar los cables y los postes, y meter falsos rompehuelgas [esquiroles, carneros] para que saboteen los instrumentos. Si es una fábrica de chapas de acero, significa caerles a golpes a los rompehuelgas, romper las ventanas, desajustar las válvulas, y destruir las caras prensas junto con toneladas y toneladas de material. Si es una huelga de mineros, significa destruir líneas férreas y puentes, y volar instalaciones. Si es una huelga de los trabajadores de la confección, significa montar un incendio anónimo, lanzar una andanada de piedras a través de una ventana aparentemente inaccesible, o tal vez un trozo de ladrillo sobre la cabeza de dueño mismo. Si es una huelga de tranvías, significa vías destrozadas o barricadas con el contenido de carros de hollín o de deshechos de comida para cerdos, con vagones desechados o cercas robadas, significa vagones incinerados o chocados e interruptores apagados. Si es una huelga de trenes, significa motores «muertos», motores que anden impredeciblemente, vagones de carga descarrilados y trenes retrasados. Si es una huelga de la construcción, significa estructuras dinamitadas. Y siempre, en todas partes, todo el tiempo, peleas entre los rompehuelgas y esquiroles contra los huelguistas y los simpatizantes de la huelga, entre el Pueblo y la Policía. 

De parte de los patrones, significa focos rastreadores, vallas electrificadas, fortificaciones, barracas, detectives y agentes provocadores, raptos violentos y deportaciones, y todos y cada uno de los instrumentos que sean capaces de imaginar para su protección, además del recurso último de la policía, la milicia, la constabularia del Estado y las tropas federales. 

Todo el mundo sabe esto; todos sonríen cuando los funcionarios del sindicato le hacen el llamado a sus organizaciones a que sean pacíficas y respeten la ley, porque todo el mundo sabe que están mintiendo. Ellos saben que se hace uso de la violencia, tanto en secreto como abiertamente; y saben que ésta es usada porque los huelguistas no pueden hacer otra cosa, sin renunciar del todo a la lucha. Tampoco se equivocan aquellos que así recurren a la violencia bajo la presión de delincuentes destructivos que hacen lo que hacen por maldad innata. La gente en general comprende que hacen esas cosas por la dura lógica de una situación que ellos no crearon, sino que los obliga a hacer esos ataques en función de vencer en su lucha por vivir o sucumbir en el pozo sin fondo del descenso hacia la pobreza, que hace que la Muerte los encuentre en el hospital de pobres, las calles de la ciudad, o las aguas sucias del río. Esta es la terrible alternativa que los trabajadores enfrentan; y esto es lo que hace que los seres humanos de disposición más amable — hombres que harían todo por ayudar a un perro herido, o llevar a su casa a un gatito extraviado y darle leche, o hacerse a un lado para no aplastar a un gusano — echen mano a la violencia contra sus congéneres. Ellos saben, porque los hechos se lo han enseñado, que esta es la única manera de ganar, si es que acaso piensan ganar. Y siempre me ha parecido que una de las cosas más extremadamente ridículas y absolutamente irrelevantes que una persona puede decir o hacer, cuando un huelguista que enfrenta una determinada situación se le acerca en busca de consuelo o asistencia, sería el responderle «¡Tome el poder por medio de los votos!» cuando la próxima elección será dentro de seis meses, o uno o dos años. 

Desafortunadamente la gente que mejor sabe cómo se usa la violencia en la guerra sindical no puede salir y decir: «En tal fecha, en tal lugar, se hizo tal y cual acción específica, y como resultado se consiguieron tales y cuales concesiones, o tal o cual patrón tuvo que capitular». Hacerlo pondría en peligro su libertad y su poder para seguir luchando. Por lo tanto, aquellos que más saben deben mantener silencio y sonreír para sus adentros, mientras que aquellos que saben poco dicen cualquier cosa. Son lo hechos y no las palabras, los que deben clarificar sus posiciones. 

Y se ha hablado mucho sinsentido durante las últimas semanas. Oradores y escritores, honestamente convencidos de que yo creo que solamente la acción política puede ganar la batalla de los trabajadores, han estado denunciando lo que ellos están complacidos en llamar acción directa (lo que en realidad quieren decir es violencia conspirativa) como autora directa de un sinnúmero de daños al movimiento. Un tal Oscar Ameringer, por ejemplo, dijo recientemente en una asamblea en Chicago que la bomba de Haymarket de 1886 había retrasado el movimiento por las ocho horas de trabajo, veinticinco años, argumentando que el movimiento habría tenido éxito de no haber sido por la bomba. Eso es una gran equivocación. Nadie puede medir exactamente en años y horas el efecto de una avanzada o de una reacción. Nadie puede demostrar que el movimiento de las ocho horas habría ganado hace veinticinco años. Sabemos que la jornada de ocho horas había sido incluida en las leyes de Illinois en 1871 por medios políticos, y que desde entonces ha sido letra muerta. Que la acción directa de los trabajadores la podría haber logrado en ese entonces, es algo que no puede ser probado; pero se puede demostrar que factores mucho más poderosos que la bomba de Haymarket operaron en contra. Por otro lado, si la influencia reactiva de la bomba hubiese sido tan poderosa en realidad, deberíamos naturalmente esperar que las condiciones laborales y sindicales fuesen peores en Chicago que en las otras ciudades en las que no sucedieron ese tipo de cosas. Al contrario, con lo malas que son, las condiciones laborales en general son mejores en Chicago que en las demás ciudades grandes, y el poder de los sindicatos está más desarrollado allí que en cualquier otra ciudad de los Estados Unidos excepto San Francisco. De modo que si podemos sacar alguna conclusión acerca de la bomba de Haymarket, hay que tener en mente estos hechos. Personalmente, no creo que su influencia sobre el movimiento sindical como tal haya sido tan importante. 

Lo mismo ocurrirá con el furor actual acerca de la violencia. Nada ha cambiado en lo fundamental. Dos hombres han sido enviados a prisión por lo que hicieron (hace veinticuatro años los ahorcaban por lo que no habían hecho); unos pocos más podrían ir a la cárcel. Pero las fuerzas de la vida continuarán rebelándose contra las cadenas económicas, no importa qué personas bien portadas voten o dejen de votar, hasta que las cadenas no se rompan. 

¿Y cómo se romperán las cadenas? 

Los activistas políticos nos dicen que sólo ocurrirá por medio de la acción electoral del partido de la clase obrera; logrando elegirse para la posesión de las fuentes de la vida y de los medios de trabajo; votando para que aquellos que hoy controlan los bosques, las minas, las haciendas, las vías fluviales, los depósitos y las fábricas y de la misma forma controlan el poder militar que los defiende, entreguen su dominación al pueblo. 

¿Y mientras tanto? 

Mientras tanto, ¡sed apacibles, industriosos, obedientes de la ley, pacientes y frugales! (como Madero le dijo que fueran a los peones rurales, después de haberlos vendido a Wall Street). Aún cuando algunos de vosotros seáis pobres, no os levantéis contra ello, porque eso podría «hacer retroceder al partido».
Bueno, ya he dicho que algunas cosas buenas salen a veces por medio de la acción política — y no necesariamente por la acción del partido de la clase obrera. Pero estoy de sobra convencida de que los beneficios ocasionales logrados están más que balanceados por los males; tanto como estoy convencida de que aunque hayan males ocasionales como resultado de la acción directa, son más que compensados por los beneficios. 

Casi todas las leyes que originariamente habían sido enfocadas con la intención de beneficiar a los pobres, o se han vuelto armas en las manos de sus enemigos, o se han vuelto letra muerta a menos que los trabajadores hayan obligado directamente a su observancia. O sea que al fin y al cabo, es la acción directa sobre la que hay que apoyarse de todos modos. Como un ejemplo de coger el lado manco de la ley basta echar un vistazo a la ley contra los trusts, que supuestamente iba a beneficiar al pueblo en general y a la clase obrera en particular. Hace unas dos semanas, cerca de 250 dirigentes sindicales fueron citados responder por cargos de ser formadores de trusts, como respuesta de la Central de Illinois a sus huelgas. 

Pero el daño de absolutizar a la fe en la acción indirecta es mucho mayor que cualquiera de esos resultados menores. El mal principal es que destruye la iniciativa, ahoga el espíritu individual de rebelión, le enseña a la gente a depender de que otro haga por ellos lo que ellos deberían hacer por sí mismos; finalmente, convierte en orgánica la anómala idea de que amasando pasividad hasta que se consiga una mayoría, y a través de la magia peculiar de una mayoría así, esta pasividad será transformada en energía. O sea, que la gente que ha perdido el hábito de hacer huelgas por su propia cuenta como individuos, que se han sometido a todas las injusticias al mismo tiempo que esperan ver crecer a la mayoría, ¡van a metamorfosearse en explosivos humanos de alta potencia por un mero proceso de empaquetado! 

Estoy muy de acuerdo en que las fuentes de la vida, y toda la riqueza material de la tierra, y las herramientas necesarias para la producción cooperativa deben volverse libremente accesibles a todos. Es una certitud para mí que los sindicatos deben ampliar y profundizar sus propósitos o perecerá, y estoy segura de que la lógica de la situación gradualmente les obligará a entenderlo así. Deben aprender que los problemas de los trabajadores jamás podrán resolverse dándole golpizas a los rompehuelgas, mientras que su propia política de mantener altas cuotas para los miembros y otras restricciones ayuden a que sigan existiendo rompehuelgas. Deben aprender que la vía del crecimiento no pasa tanto por la elevación de los salarios, sino por la disminución de la jornada laboral, la que les posibilitará el aumentar su membresía, aceptar a todos los que estén dispuestos a entrar al sindicato. Deben aprender que si quieren ganar batallas, todos los trabajadores aliados deben actuar juntos, actuar rápidamente (sin prestarle servicio a jefe alguno), y mantener la libertad de seguir haciéndolo en todo momento. Y por último, deben aprender que aún entonces (cuando hayan logrado una completa organización) no pueden ganar nada permanente a menos que hagan huelgas por todo, no por un salario, no por una mejora parcial, sino por toda la riqueza natural del planeta. ¡Y proceder a la directa expropiación de toda ella! 

Deben aprender que su poder no reside en su capacidad electoral, que su poder reside en su capacidad de parar la producción. Es un grave error el suponer que los asalariados constituyen la mayoría de los votantes. Los asalariados están hoy aquí y mañana allí, y eso impide a un gran número de votar; un alto porcentaje de ellos en este país son extranjeros sin derecho al voto. La prueba más patente de que los dirigentes socialistas saben que esto es así, es que ellos en cada momento adaptan su propaganda para ganar el apoyo de los negociantes, del pequeño inversionista. Sus artículos de campaña proclamaban que sus entrevistadores habían recibido la seguridad por parte de los compradores de bonos de Wall Street de que estarían igual de dispuestos a comprar bonos de Los Ángeles de un administrador socialista, como lo estarían de uno capitalista; que la actual administración de Milwakee había sido una bendición para el pequeño inversionista; sus panfletos aseguran a los lectores en esta ciudad que no necesitamos ir a las grandes tiendas a comprar, sino que más bien compremos en tal o cual negocio de Milwakee Avenue, que será tan capaz de satisfacer nuestras necesidades como una «gran casa comercial». En suma, están haciendo hasta el último desesperado esfuerzo para ganar el apoyo y prolongar la vida de esa clase media que la economía socialista dice debe ser demolida hasta sus cimientos, porque saben que no pueden conseguir una mayoría sin ella. 

Lo más que un partido de la clase obrera puede llegar a hacer, una vez que se convierte en una organización consolidada, es mostrarle a la clase de los poseedores a través de una cesación de todo trabajo, que toda la estructura social descansa sobre los trabajadores; que todas las posesiones de los otros no valen absolutamente nada sin la actividad de los trabajadores; que tales protestas, como las huelgas, son inherentes al sistema de propiedad y continuamente recurrentes hasta que todo el sistema sea abolido — y habiendo demostrado esto en la práctica, proceder a expropiar. 

«Pero, el poder militar», dice el activista político; «¡debemos lograr el poder político, o el ejército será usado contra nosotros!» 

Contra una Huelga General de verdad, el ejército no puede hacer nada. ¡Claro, si tenéis a un socialista como Briand en el poder, él podría nombrar «funcionarios públicos» a los obreros e intentar hacer que le sirviesen a él en contra de sí mismos! Pero contra el sólido muro de una masa trabajadora inamovible, hasta Briand se quebraría. 

Mientras tanto, hasta este despertar mundial, la guerra continuará como hasta hoy, a pesar de toda la histeria que puedan manifestar las gentes bien intencionadas que no entienden la vida y sus necesidades; a pesar de todas las vacilaciones de las tímidas dirigencias; a pesar de todas las venganzas reaccionarias que se ejecuten; a pesar de todo el capital que le sacan los políticos a la situación. Continuará porque la Vida exige vivir, y la Propiedad le niega su libertad de vivir; y la Vida no se someterá. 

Y no se debería someter. 

Continuará hasta el día en que la Humanidad auto-liberada sea capaz de cantar el «Himno al Hombre» de Swinburne:
«Gloria al Hombre en las alturas,
porque Él es el Rey del Universo
».

 Voltairine de Cleyre


Fuente: Biblioteca Anarquista


Voltairine de Cleyre fue una importante activista del feminismo anárquico de Estados Unidos, tenía 19 años para los sucesos en torno a la revuelta de Haymarket de 1886, hechos que propiciaron el 1º de mayo como día internacional de la clase trabajadora. Para saber más sobre la autora: Artículo publicado en Portaloaca: Biografía de Voltairine de Cleyre, anarquista y feminista estadounidense, y libro completo sobre ella (en ingles) más compilado de artículos: Exquisite Rebel: The Essays of Voltairine de Cleyre: Feminist, Anarchist, Genius. Salud

 

 


 


martes, 14 de octubre de 2014

Kobanê: Contra el terror del Estado y la religión, libertad para los pueblos - IFA

En Rojava, en el oeste del Kurdistán, en territorio sirio, el Estado islámico (EI) (ISIS en inglés) ha atacado la ciudad de Kobanê, junto a las fronteras de Turquía, y la población se enfrenta ahora a la brutalidad de esta fuerza autoritaria/oscurantista.

El Kurdistán, así como otras regiones, está afectado por la violencia del EI. La resistencia de la gente es admirable. Ésas son las fuerzas de progreso reales. No hay nada que esperar, realmente, de los juegos militares de los Estados unidos, la Unión Europea y las fuerzas de la región. Los diversos Estados implicados están utilizando el área como un campo de batalla para sus propias estrategias y para vender sus armas.

El papel del gobierno religioso de Turquía es crucial en la región. Evita, con violencia, el flujo de familias de refugiados; sin embargo, permite el paso de luchadores islamistas hacia Siria. Luego, está claro que, el gobierno turco está, efectivamente, en guerra con la gente kurda.

En las regiones kurdas, a pesar de la guerra, una revolución auto-proclamada “democrática” parece estar siendo puesta en marcha con forma de “confederalismo democrático”. Todo esto nos anima a continuar nuestro trabajo y nuestro apoyo a la gente de Kurdistán y, en cualquier lugar, luchar contra el barbarismo religioso y contra la opresión del Estado. Dada esta nuestra posición, estamos contra cualquier intervención militar de fuerzas mundiales o regionales. Sabemos que cualquier intervención estatista actuará contra las transformaciones sociales.

Las mujeres están siendo ampliamente partícipes de todos los aspectos de la sociedad y de los grupos de resistencia. Esto es una revolución de la mujer contra el machismo y la sociedad feudal. Es, probablemente, uno de los aspectos más importantes de la situación actual.

DAF (“Acción revolucionaria anarquista”), organización anarquista de Turquía, da asistencia a los refugiados y a aquellos que luchan contra el avance del EI. Hacemos un llamamiento a todas las organizaciones anarquistas para que organicen manifestaciones de apoyo frente a las embajadas, en la calle, en todo lugar que sea posible, para extender la información y construir apoyo directo con las organizaciones anarquistas de Turquía, Kurdistán y cualquier otro lugar donde se luche contra el barbarismo religioso y la opresión estatal.

Para apoyar a las personas de Kurdistán y los refugiados, la Internacional de Federaciones Anarquistas se une a la iniciativa de DAF, grupo anarquista de Turquía, y está poniendo en marcha una nueva suscripción. Enviar las donaciones a SEL (mencionar “DAF”):

IBAN: FR76 1027 8085 9000 0205 7210 175


Por la emancipación de los pueblos. Solidaridad internacional.

CRIFA – Internacional de federaciones anarquistas Roma, 4-5 de octubre de 2014


sábado, 11 de octubre de 2014

Preguntas y respuestas - Virginia Bolten - Texto anarcofeminista publicado en la Protesta Humana (1900)



Muchos se preguntan ¿qué quieren los anarquistas? ¿quieren acaso quitar á los ricos lo que poseen para ser ricos ellos a su vez? ¿Por qué dan tanta libertad a sus mujeres? ¿y ellas, quieren tal vez destruir la familia? ¿por qué odian al gobierno? ¿por qué no defienden la patria, “como todo buen hijo”? ¿por qué no abrazan ninguna religión? ¿por qué no cristianan sus hijos? [sic]. Nosotros les contestamos: Los anarquistas no quieren nada; señalan las necesidades que deben satisfacerse, las injusticias que deben suprimirse y las verdades que deben conocerse. Dentro de la evolución que nos ha presentado a nosotros, los anarquistas vamos a reconquistar nuestros derechos; vamos a ser libres de hecho, pues hasta aquí sólo lo hemos sido de dicho, vamos a que se nos reconozca como seres humanos.

No quitaremos a los ricos sus tesoros para ser ricos nosotros, los expropiaremos lo que han acaparado, para que en común todos disfruten del bienestar; odiamos la explotación del hombre por el hombre; nos rebelamos a seguir siendo por más tiempo el burro de carga; y es preciso que nadie viva a nuestras espaldas chupándonos la sangre y negándonos el derecho a la vida; nadie debe vivir sin trabajar; nuestro principio es: de cada uno según sus fuerzas; dése a cada uno según sus necesidades.

Los libertarios dejan en libertad a sus mujeres, porque saben que la mujer libre es la base de la sociedad justa; saben además, que si la mujer no es libre e instruida, no habrá paz en el hogar, pues sus ideas se volverían armas contra de ellos mismos; dejan en libertad a sus mujeres porque son libertarios, porque combaten por la libertad universal, que para conseguirla es necesario empezar por casa; les dejan en libertad de pensar y obrar porque es la única manera de tener mujeres liberales y francas; les dejan en libertad porque miran en ellas un ser, una amiga, una compañera, destinada por la ley de la naturaleza (única ley ante la cual me inclino gustosa) para formar el […] de la niñez. Si buscamos que la […] nueva sea libre, es preciso que sepa liberarse rebelándose; siendo la mujer libre educará sus hijos conscientes de sus derechos y tendrá valor y firmeza para reconquistarlos.

Nosotros, queriendo o sin querer destruiremos la familia, sí, la familia tal como es ahora; la destruiremos porque está basada en la corrupción y en el interés, pero la reconstruiremos más hermosa, basada en el amor espontáneo y no convencional.

Odiamos los gobiernos, porque nos oprimen y nos atan de pies y manos con sus leyes, entregándonos a la burguesía como si fuéramos carneros; y reservándonos el derecho de fusilarnos como a fieras si protestamos.

Odiamos la farsa que llaman patria; porque con ese nombre nos quitan nuestros hijos, para que les sirvan de escalera, a unos y de perros de presa a otros, nos embrutecen por la patria, nos matan por la patria, nos apalean por la patria; y si tenemos la temeridad de rebelarnos, ya sabemos lo que nos espera, bala rasa y sin consideración; jamás entienden el idioma del pueblo; si pedimos justicia o pan, nos dan plomo y cárceles: ¿qué es, pues, la patria? la corre, vé y dile de la burguesía, la ignominia del proletariado; por eso aborrecemos lo que ahora se llama patria, pues la nuestra es el mundo de donde resulta justa nuestra lucha por la Humanidad libre, libérrima.

No abracemos ninguna religión: porque sabemos que son todas ellas, la farsa inventada por los ambiciosos para embrutecernos. Al revés de Voltaire, que creía que la religión es buena para el pueblo ignorante, nosotros creemos porque sabemos que la religión es lo que hace ignorante al pueblo. Amamos la ciencia; que es la verdad: la religión es lo desconocido, la ilusión; por lo tanto somos sus enemigos mortales; la religión, siendo todo misterios, va contra la proclamación de nuestra luz.

Nuestros hijos tendrán la libertad de elegir religión, si alguna les gusta, después de estudiarlas todas, si tienen tiempo que perder. Entonces sabrán a qué atenerse: nos parece un absurdo dar al niño una religión al nacer, cuando no puede protestar; por eso le dejamos libre de prejuicios, dándoles la libertad en nombre de la nuestra. He ahí lo que somos y lo que no somos. 

Virginia Boltén (sic)


PREGUNTAS Y RESPUESTAS
La Protesta Humana, nº 96, 28/10/1900