martes, 3 de marzo de 2015

Educación e Instrucción - Mijaíl Bakunin

El escrito a continuación, disponible por primera vez de manera íntegra en internet, corresponde al capítulo titulado Educación e Instrucción del libro Escritos de Filosofía Política II, Mijaíl Bakunin. (Es un fragmento del tomo II, y corresponde a la parte III del total del compilado. Las Partes I y II, incluidas en el Tomo I, se pueden consultar haciendo clic aquí) Se han omitido las fuentes bibliográficas incluidas en el formato papel. Las negritas tipo subtítulo corresponden al compilador, Gregori Maximoff, y el desarrollo a Mijaíl Bakunin. Traducción a cargo de Antonio Escohotado. Con este texto continuamos la transcripción total del Tomo II, obra imprescindible para comprender el pensamiento y práctica política en Mijaíl Bakunin. Nota explicativa incluida en la edición papel, Altaya 1995: “Maximoff preparó el texto original de este volumen en ruso, y extrajo principalmente los textos seleccionados de la primera edición rusa de las obras escogidas de Bakunin, de la que aparecieron cinco volúmenes entre 1919 y 1922; pero también recurrió a la edición alemana (1921-1924), y a unos pocos panfletos y revistas.” (N&A)



Una educación completa e igual es condición indispensable para la emancipación de los trabajadores. La primera reivindicación de la Internacional es una educación completa e igual para todos; lo primero que propuso la Comuna de París, en medio de la terrible batalla que conocemos, fue el establecimiento de escuelas elementales de calidad para niños y niñas, dirigidas por principios humanitarios y sin curas.

¿Puede ser  completa la emancipación de los trabajadores mientras la educación recibida por las masas sea inferior a la de la burguesía, o mientras cualquier clase, grande o pequeña en número, disfrute por su nacimiento los privilegios de una educación superior y más completa?...

¿No es evidente que de dos personas dotadas con una inteligencia natural aproximadamente igual, la que sabe más –cuya mente ha sido ensanchada en mayor grado por la ciencia y está mejor preparada para comprender el sistema interconectado de los hechos naturales y sociales, o de las llamadas leyes naturales y sociales- captará más fácilmente y de modo más amplio el carácter del medio donde se encuentra? ¿Y no es evidente también que esa persona se sentirá más libre, y en la práctica será la más lúcida y fuerte de las dos?

Es lógico que quien sabe más dominará a quien sabe menos. Y si al comienzo sólo existiera esta diferencia de instrucción y educación entre dos clases, produciría por sí sola en un tiempo relativamente breve todas las demás diferencias, y la sociedad humana volvería a caer en su estado presente; es decir, se dividiría de nuevo en una masa de esclavos y un pequeño número de amos, de los cuales los primeros trabajarían para los últimos como ocurre en la sociedad actual.

Se comprende entonces por qué los socialistas burgueses sólo piden un poco más de educación para el pueblo, sólo un poco más de la que disfruta ahora, y por qué nosotros, los socialistas democráticos, pedimos para todo el pueblo una educación completa e integral, tan completa como permite  el estado actual del desarrollo intelectual de la sociedad, para que ninguna clase esté situada por encima de las masas trabajadoras en virtud de su educación superior y en una posición capaz de dominar y explotar a la clase obrera.

Mientras existan dos o más grados de educación para los diversos sectores de la sociedad, existirán inevitablemente las clases; es decir, los privilegios económicos y políticos para un pequeño número de gente afortunada, y la pobreza y esclavitud para la gran mayoría. 

La educación y el trabajo. Como miembros de la Asociación Internacional queremos la igualdad, y porque la deseamos debemos querer al mismo tiempo una educación completa e igual para todos. Se nos preguntará: si todo el mundo va a ser instruido, ¿quién querrá trabajar? Nuestra respuesta es simple: todos trabajarán y todos serán instruidos. Una objeción frecuente es que esta mezcla de trabajo mental y mecánico sólo puede ir en detrimento de ambos; que los trabajadores manuales serán muy malos científicos, y que los científicos seguirán siendo siempre muy malos trabajadores manuales. Esto es verdad en la sociedad existente, donde tanto el trabajo mental como el manual están igualmente pervertidos por el aislamiento completamente artificial al que ambos se encuentren condenados. Pero estamos convencidos de que en el hombre viviente y completo estas dos actividades, la muscular y la nerviosa, deberían desarrollarse por igual y que, lejos de estorbarse entere sí, están llamadas a apoyarse, ampliarse y reforzarse recíprocamente. El conocimiento de los sabios será más fructífero, más útil y de más amplio alcance cuando ya no sea extraño al trabajo físico, y el trabajo del obrero instruido será realizado de una forma más inteligente y, en consecuencia, resultará más productivo que el del ignorante. De aquí se deduce que tanto al trabajo como a la ciencia interesa que no existan más trabajadores ni científicos, sino solo hombres. 

La ciencia y la técnica a disposición del trabajo. Los hombres que, en virtud de su superioridad intelectual, están hoy preocupados exclusivamente con el mundo de la ciencia y que una vez establecidos en ese mundo, y rindiéndose a las exigencias de una posición completamente burguesa, orientan todos son inventos hacia el uso exclusivo de las clases privilegiadas, de las que ellos mismos forman parte; todos esos hombres, cuando hagan causa común con el resto de la humanidad y pasen a ser compañeros de trabajo del pueblo llano, no sólo en la imaginación y de palabra, sino de hecho y por trabajo real, pondrán necesariamente sus descubrimientos y las aplicaciones de la ciencia a disposición de la sociedad para el beneficio de todos, y en primer lugar, para el aligeramiento y ennoblecimiento del trabajo, única base legítima y real de la sociedad humana. 

La ciencia en el periodo de transición. Es posible, e incluso muy probable, que en el período de transición más o menos prolongado que seguirá naturalmente a una gran crisis social, las ciencias de mayor posición se hundan a un nivel muy inferior al que mantienen en el presente… Pero ¿este eclipse temporal de las ciencias más elevadas significa realmente una gran desgracia? Lo que pierde la ciencia en su sublime altivez, ¿no lo recuperará ampliando su base? Sin duda, habrá al principio menos científicos ilustres, pero se reducirá en gran medida el número de ignorantes.

Ya no existirán esos pocos agraciados que quieren acercarse a los cielos, pero en su lugar habrá millones –degradados y aplastados ahora por las condiciones de sus vidas- que recorrerán entonces el mundo como hombres libres y orgullosos. No habrá semidioses, pero tampoco habrá esclavos. Los semidioses y los esclavos estarán humanizados; los primeros deberán descender un poco de su altura, y los otros se elevarán mucho. No habrá lugar para la deificación ni para el desprecio. Todos los hombres se unirán y marcharán con vigor renovado hacia nuevas conquistas en la ciencia y la vida. 

La educación igualitaria y las diferencias de talento individual. Aquí se plantea otra pregunta: ¿son todos los individuos igualmente capaces de elevarse a los mismos niveles de educación? Imaginemos una sociedad organizada sobre los principios de la máxima igualdad, donde todos los niños tengan desde su nacimiento el mismo comienzo en la vida en las cuestiones económicas, sociales y políticas; es decir, donde tengan los mismos medios, la misma educación y la misma instrucción. ¿No habrá entre esos miles de incipientes individualidades infinitas diferenciadas en cuanto a energía, tendencias naturales y aptitudes?

Este ha sido uno de los argumentos más fuertes de nuestros adversarios, los burgueses puros y simples, y los socialistas burgueses, que lo consideran irrefutable.

Solo bajo condiciones de completa igualdad pueden desarrollarse plenamente la libertad individual –no la privilegiada, sino la humana- y las capacidades reales de los individuos. Cuando la igualdad se haya convertido en el punto de partida para la vida de todos los pueblos de la tierra, entonces y sólo entonces –salvaguardando, de todas formas, los supremos derechos de la solidaridad humana, que es y será siempre el mayor productor de todos los valores sociales, tanto de los bienes materiales como de las riquezas de la mente humana- podrá decirse que cada individuo es el producto de sus propios esfuerzos. De lo cual podemos concluir que para desarrollar plenamente todas las capacidades individuales y para que no sean estorbadas en su plena maduración es necesario terminar con todos los privilegios individuales de naturaleza política y económica. En definitiva, es necesaria la abolición de todas las clases. Es necesario terminar con la propiedad privada y el derecho de herencia, es necesario obtener el triunfo económico, político y social de la igualdad.

Pero a la vez que la igualdad haya triunfado y se haya establecido, ¿no habrá diferencias en la capacidad y el nivel de energía de los distintos individuos? Tales diferencias continuarán existiendo; quizás no en la misma medida actual, pero sin duda no desaparecerán por completo. Dice una verdad convertida en refrán que no hay dos hojas iguales en el mismo árbol. Y este refrán es más verdad todavía en relación con los seres humanos, mucho más complejos que las hojas. Pero esta diversidad, en el lugar de ser un mal, constituye –como muy bien ha observado el filósofo alemán Feuerbach- la riqueza de la humanidad. Gracias a esta diversidad la humanidad es una unidad colectiva en la que cada miembro individual complementa a todos los demás y necesita a todos los otros; de esta forma, la infinita diversidad de los individuos humanos es la verdadera causa y la base principal de su solidaridad, y representa un argumento todopoderoso en favor de la igualdad. 

No se niegan las diferencias naturales entre los individuos. Se nos puede preguntar entonces: ¿cómo explicar que la educación, siendo casi idéntica al menos en apariencia, ofrezca a menudo resultados completamente diferentes en cuanto al desarrollo del carácter, el corazón y la inteligencia? Y para empezar, ¿no se difieren ya las naturalezas individuales desde el nacimiento? Esta diferencia natural e innata, por pequeña que pueda ser, es sin embargo positiva y real: se manifiesta de un sentido o de un grupo de funciones orgánicas sobre otras, en la intensidad de las impresiones de los sentidos y en capacidades naturales.

Hemos tratado de demostrar que tanto los vicios como las cualidades morales –hechos de la conciencia individual y social- no pueden ser heredados físicamente, y que el hombre no puede estar predeterminado fisiológicamente al mal ni ser irrevocablemente incapaz para el bien. Nunca hemos tratado de negar que las naturalezas individuales difieren en gran medida entre si, ni que algunas de ellas están dotadas en mayor grado que otras para un más amplio desarrollo de sus posibilidades humanas. Creemos, sin embargo, que esas diferencias naturales se exageran mucho, y que la mayor parte de ellas no debieran atribuirse a la Naturaleza, sino a las diferencias de educación dominantes en la sociedad actual. 

La gran mayoría de las diferencias de capacidad se deben a las diferencias de educación. La potencia de pensamiento, así como al fuerza de voluntad, están condicionadas en cada individuo por su organismo y su instrucción. No sabemos qué ocurrirá en este terreno dentro de algunos siglos, después de que se haya establecido la plena igualdad social sobre la Tierra. Pero no puede negarse que la inteligencia fuera de lo normal o dotados de verdadero genio –como el número de hombres radicalmente estúpidos por naturaleza, idiotas- es muy pequeño en comparación con la media normal de la humanidad. La mayoría está formada por personas dotadas con capacidades moderadas y casi iguales, que, sin embargo, difieren ampliamente en su naturaleza. Y ahora cuenta la mayoría, y no la minoría.

La mayor parte de las diferencias de capacidad mental existentes en la actualidad no son innatas, sino que tienen su origen en la instrucción. El poder del pensamiento se desarrolla con el ejercicio del pensar y con una guía apropiada y experta del cerebro infantil y adolescente en la gran tarea de asimilación del conocimiento racional.

Para resolver esta cuestión es necesario que las dos ciencias llamadas a solucionarla –la psicología fisiológica o ciencia del cerebro, y la pedagogía o ciencia de la instrucción o del desarrollo social del cerebro- emerjan del estado infantil en que todavía se encuentran. Una vez admitidas las diferencias fisiológicas de los individuos, sea cual fuere su grado, se deduce claramente que un sistema de educación, aun siendo excelente en sí mismo como sistema abstracto, puede ser bueno para unos y malo para otros. 

La educación igual y humanitaria tenderá a suprimir muchas de las diferencias actuales.  Para ser perfecta, la educación deberá estar más individualizada que actualmente; individualizada en el sentido de la libertad, y basada sobre el respeto a la libertad, incluso entre los niños. Tal educación no tendría por objeto el mero entrenamiento mecánico del carácter, la inteligencia y los afectos, sino el despertar en los niños la actividad independiente y libre. No debería tener más aspiración que el desarrollo de la libertad, ni otro culto (o mejor, otra moral u objeto de respeto) que la libertad de cada uno y de todos; la simple justicia, no jurídica, sino humana; la simple razón, no teológica ni metafísica, sino científica; y el trabajo mental y físico como base primera y obligatoria de toda dignidad, libertad y derecho. Tal educación plenamente difundida y que afectase a todos los hombres y mujeres, promovida en condiciones económicas y sociales basadas en la estricta justicia, sería útil para terminar con muchas de las llamadas diferencias naturales. 

La sociedad está obligada a una educación integral para todos. De aquí se deduce que la sociedad – sin tomar en consideración las diferencias reales o ficticias en las capacidades y tendencias individuales, y sin disponer de los medios para determinar y del derecho para decretar la futura carrera de los jóvenes- debe a todos los niños sin excepción una educación e instrucción absolutamente iguales.

La educación debe ser igual para todos en todos sus grados, y por tanto tiene que ser una educación integral, es decir, debe preparar a todos los niños de ambos sexos para una vida de pensamiento y también de trabajo, con el fin de que todos se conviertan por igual en individuos completos e integrales.

La filosofía positivista, que ha destronado de la mente humana las fábulas religiosas y los sueños diurnos de los metafísicos, nos proporciona un atisbo del carácter de la educación científica del futuro. Esta educación tendrá como base el estudio de la naturaleza, y como punto final la sociología. El ideal, dejando de ser tirano y falseador de la vida –como ha ocurrido siempre en todos los sistemas metafísicos y religiosos- será de ahora en adelante únicamente la expresión última y más bella del mundo real.

Como ninguna mente, por muy poderosa que sea, es capaz de abarcar todas las ciencias en sus detalles particulares; y por otra parte, como un conocimiento general de todas las ciencias es absolutamente necesario para el complemento desarrollo de la mente, la formación se divide naturalmente en dos partes: la parte general, que ofrece los elementos principales de todas las ciencias sin excepción, así como el conocimiento (no superficial, sino real) de su totalidad; y la parte especial, dividida necesariamente en varios grupos o facultades, cada una de las cuales abarca a un cierto número de ciencias mutuamente complementarias.

La parte general será obligatoria para todos los niños; consistirá, si podemos expresarnos de este modo, en la educación de sus mentes, en sustitución de la metafísica y la teología. Al mismo tiempo desarrollará en los niños hasta un nivel en que puedan escoger con conocimiento –cuando alcancen la edad de la adolescencia- la específica facultad de ciencia que mejor se acomode a sus gustos y aptitudes individuales.

En el sistema de educación integral, junto con la educación científica y teórica, es esencial que haya una educación industrial o práctica. Sólo de esta forma será posible desarrollar al hombre completo del futuro: al trabajador que comprende lo que está haciendo.

La enseñanza industrial, como la educación científica, estará dividida en dos partes: una enseñanza general que proporcione a los niños una idea general y el primer conocimiento práctico de todas las industrias, así como la idea de su totalidad, que constituye el aspecto material de la civilización, la totalidad del trabajo humano; y una parte especial dividida en grupos de industrias formando unidades íntimamente relacionadas.

La enseñanza general debe preparar a los adolescentes para escoger libremente a un grupo especial de industrias, y dentro de ellas la rama por la que se sientan una predilección particular. Tras entrar en la segunda fase de su educación industrial, los jóvenes harán su primer aprendizaje de trabajo real bajo la dirección de sus maestros.

Junto con la educación científica e industrial tendrá que haber necesariamente una educación práctica, o más bien una serie de experimentos, en la moral, no en la divina sino en la humana. La moral divina está basada sobre dos principios inmorales, el respeto por la autoridad y el desprecio por la humanidad. La moral divina considera el trabajo como degradación y castigo; pero la moral humana ve en él la condición suprema de la felicidad y dignidad humanas. La moral divina conduce, por su propia lógica interna, a una política que sólo reconoce el derecho de quienes, gracias a su posición económica privilegiada, pueden vivir sin trabajar. La moral humana garantiza esos derechos sólo a quienes viven trabajando; reconoce que el hombre sólo se convierte en hombre por el trabajo.

La educación de los niños, tomando a la autoridad como su punto de partida, debe alcanzar gradualmente la más completa libertad. 

Educación racional. Añadiremos que, en el verdadero sentido de la palabra, las escuelas en una sociedad normal basada sobre la igualdad y el respeto a la libertad humana sólo existirán para los niños y no para los adultos; para que se conviertan en escuelas de emancipación y no de esclavitud será necesario eliminar primero la ficción de Dios, el eterno y absoluto esclavista. La educación e instrucción de los niños deben basarse por completo sobre el desarrollo científico de la razón, y no sobre la fe; sobre el desarrollo de la dignidad y la independencia personal, y no sobre la piedad y la obediencia; sobre el culto a la verdad y la justicia a cualquier precio; y ante todo, sobre el respeto a la humanidad, que debe sustituir por entero al culto divino. 

De la autoridad a la completa libertad. El principio de autoridad en la educación de los niños constituye el punto de partida natural; es legítimo y necesario cuando se aplica a quienes por su tierna edad no tienen aún la inteligencia desarrollada en ningún sentido. Pero como el desarrollo de todas las cosas –y, en consecuencia, de la educación- implica la negación gradual del punto de partida, este principio debe disminuir gradualmente en la misma medida que avanzan la instrucción y la educación, dando lugar a una creciente libertad.

Toda educación racional no es en el fondo más que la inmolación progresiva de la autoridad en beneficio de la libertad. La aspiración final de la educación reside en el desarrollo de los hombres libres imbuidos por un sentimiento de respeto y amor hacia la libertad de los demás. Por eso el primer día de vida escolar, si los alumnos van a una edad en que apenas han comenzado a balbucear, habrá de ser el de más autoridad y ausencia casi total de libertad; pero su último día tendrá que ser el de mayor libertad y absoluta abolición de todo vestigio del principio animal o divino de autoridad. 

La educación de la voluntad. Debe observarse que un sistema tolerante de instrucción, defendido actualmente por algunos bajo el pretexto de la libertad y basado en la continua satisfacción de todos los deseos y caprichos del niño, contribuye muy poco al desarrollo de una voluntad firme. Por el contrario, la voluntad se desarrolla al ser ejercitada: al principio a través de ejercicios forzosos, en el proceso de ejercitar anhelos e impulsos instintivos; y con esta acumulación y concentración de poder interior en el niño, llega la concentración de la atención, la memoria y el pensamiento independiente. Un hombre incapaz de autocontrol, de reprimir sus anhelos, de moderar sus reflejos y acciones involuntarios o perjudiciales, de resistir presiones internas y externas –en una palabra, un hombre que carece de fuerza de voluntad- no es sino un vulgar pusilánime. 

La educación extramuros. El principio de autoridad, aplicado a hombres que ya han pasado la adolescencia o alcanzado la madurez, se convierte en una monstruosidad, en una flagrante negación de la humanidad, en una fuente de esclavitud y de depravación intelectual y moral. Desgraciadamente, los gobiernos paternalistas han dejado a las masas estancarse en una ignorancia tan profunda que no sólo será necesario establecer escuelas para los niños del pueblo, sino para el mismo pueblo.

Pero esas escuelas no deberán hacer la más mínima aplicación o manifestación del principio de autoridad. No habrá escuelas en el sentido actual, sino academias populares, donde no se sabrá quienes son los alumnos o los profesores, donde el pueblo acudirá libremente para adquirir –si lo considera necesario- una instrucción libre, y donde los asistentes, ricos en experiencia, enseñarán muchas cosas a los profesores encargados de aportarles el conocimiento que les falta. Será entonces una especie de fraternidad intelectual entre la juventud instruida y el pueblo.

La verdadera escuela para el pueblo y para todos los hombres crecidos es la vida. La única autoridad grande y todopoderosa, a la vez natural y racional, que podemos respetar será la del espíritu colectivo y público de una sociedad basada en la igualdad y la solidaridad, así como en la libertad y el respeto mutuo de todos sus miembros. 

La educación socialista es imposible en la sociedad existente. Tres cosas son necesarias para que los hombres puedan convertirse en hombres morales (es decir, en hombres completos en el verdadero sentido de la palabra): el nacimiento en condiciones higiénicas; una educación racional e integral, acompañada de una instrucción basada sobre el respeto por el trabajo, la razón, la igualdad y la libertad; y un medio social en el que el individuo humano, disfrutando de su plena libertad, sea igual, de hecho y de derecho, a todos los demás.

¿Existe tal medio? No, no existe. De aquí se deduce que hay que crearlo. Si fuera posible encontrar en el medio social existente escuelas capaces de proporcionar a sus alumnos una instrucción y educación tan perfectas como pueda imaginarse, ¿conseguirían esas escuelas desarrollar hombres justos, libres y morales? No, no podrían, porque al dejar la escuela, los graduados se encontrarían en un medio social gobernado por principios completamente contrarios, y como la sociedad es siempre más fuerte que los individuos, pronto serían dominados por ella y desmoralizados. Porque la vida social abarca todo, impregna las escuelas lo mismo que la vida de las familias y de todos los individuos comprendidos en ella.

Una educación pública, no ficticia sino real, sólo puede existir en una sociedad verdaderamente igualitaria… Y como la propia vida y la influencia del medio social son factores educativos mucho más poderosos que las enseñanzas de todos los profesores licenciados sobre el «deber» del sacrificio y sobre todas las virtudes, ¿cómo puede ser la educación posesión social de los individuos y de las familias difiere tanto y es tan desigual? 

El medio social configura la mentalidad de los maestros. Los educadores viven y trabajan en una determinada sociedad y están completamente impregnados en todo su ser, y en las más pequeñas partículas de su vida –la mayoría sin tener siquiera conciencia de ello- por las convicciones, prejuicios, pasiones y hábitos de esa sociedad. Transmiten todas esas influencias a los niños que tienen a su cargo; y como, en virtud de la tendencia natural del hombre a ejercer presión sobre quienes son más débiles que él, la mayor parte de los educadores son opresores y déspotas con respecto a los niños -y a la vez, como el saludable espíritu de contradicción, garantía de la libertad y de todo progreso, se despierta en los humanos casi desde la infancia-, los niños y adolescentes odian generalmente a sus educadores, desconfían de ellos y, al protestar contra su rutina y sus enseñanzas sociales, la generación más joven se hace capaz de aceptar o de crear nuevas cosas.

Aquí reside una de las razones principales por las que los adolescentes –mientras aún asisten a la escuela y no han tomado todavía parte directa y constructiva en la vida social- son capaces, en mayor medida que los adultos, de adherirse a una nueva verdad. Pero tan pronto como dejan la escuela, tan pronto como asumen un puesto definitivo en la sociedad y adoptan los hábitos, intereses y, por así decirlo, la lógica de una cierta posición más o menos privilegiada, la mayoría de ellos toman posición junto a la generación más vieja contra la que se habían rebelado, como los esclavos de la sociedad, y se convierten a su vez en opresores de la siguiente generación de jóvenes a causa de sus prejuicios sociales.

El medio social –y la opinión social, que siempre expresa los intereses materiales y políticos de ese medio- gravitan pesadamente sobre el pensamiento libre, y es necesario un gran poder de pensamiento e incluso de interés y pasión frente a la sociedad para resistir esa poderosa opresión. 

Una actitud socialista sólo puede ser desarrollada en los niños dentro de una sociedad socialista. Los maestros, los profesores y los padres son todos ellos miembros de esta sociedad, y están todos estupidizados o desmoralizados por ella. ¿Cómo pueden, entonces, ofrecer a sus alumnos algo de lo que ellos mismos carecen? La moral sólo puede ser predicada efectivamente con el ejemplo, y puesto que la moral socialista es completamente contraria a la moral existente, los maestros, dominados en mayor o menor medida por esta última, actuarán ante sus discípulos de una manera completamente opuesta a lo que predican. Por consiguiente, la educación socialista es imposible en las escuelas actuales, lo mismo que en las familias de nuestro tiempo.

Una educación integral es igualmente imposible en las condiciones actuales. El burgués no tiene el menor deseo de que sus hijos se conviertan en obreros, y los trabajadores están privados de los medios necesarios para ofrecer a su prole una educación científica.

Me divierten mucho esos buenos socialistas burgueses que nos dicen siempre: «Eduquemos primero al pueblo, y después le emanciparemos». Por el contrario, nosotros decimos: dejadles primero que se emancipen ellos mismos, y ya se ocuparán después de su propia educación.

¿Quién enseñará al pueblo? ¿Vosotros? Pero no le enseñáis, le envenenáis tratando de inculcarle todos los prejuicios religiosos, históricos, políticos, jurídicos y económicos que garantizan vuestra existencia, pero que al mismo tiempo destruyen su inteligencia, le quitan brío a su legítima indignación y debilitan su voluntad. Dejáis que el pueblo esté abrumado por su trabajo diario y por su pobreza, y después le decís: «Estudiad, educaos». Nos gustaría veros, con vuestros hijos, poneros a estudiar después de trece, catorce o dieciséis horas de trabajo embrutecedor, con la pobreza y la inseguridad del día siguiente como toda recompensa.

No, caballeros, a pesar de nuestro respeto por la gran cuestión de la educación integral, declaramos que ahora mismo no es la cuestión más importante a plantear al pueblo. La primera cuestión para el pueblo es su emancipación económica, que conduce necesaria e inmediatamente a una emancipación política, y sólo tras esto viene a la emancipación intelectual y moral del pueblo. 

La educación del pueblo debe ir a la par con una mejora en las condiciones económicas. Las escuelas para el pueblo son, desde luego, una cosa excelente. No obstante, es preciso preguntarse si el hombre medio del pueblo –ese individuo que lleva una existencia precaria de la mano a la boca, que carece de educación y ocio y se ve forzado a trabajar hasta el agotamiento para conseguir el sustento de su familia- puede tener el deseo, la idea o la oportunidad de enviar a sus hijos a la escuela y mantenerlos allí durante el período de estudios. ¿No les necesitará, no necesitará la ayuda de sus manos débiles e infantiles y de su trabajo para mantener a la familia? Para él es un sacrificio importante dejarles hacer un año o dos de escolaridad, lo suficiente para aprender lectura, escritura y aritmética y para ver emponzoñados sus corazones y mentes por el catecismo cristiano, del cual existe una desordenada abundancia en las escuelas de todos los países. ¿Acaso podrá alguna vez esta exigua educación elevar a las masas trabajadoras hasta el nivel de la educación burguesa? ¿Será posible salvar alguna vez este abismo?

Es evidente que esta importante cuestión de la educación e instrucción popular depende de la solución del problema –mucho más difícil- de la reorganización radical de las condiciones económicas de las clases trabajadoras. Elevad esas condiciones, devolved al trabajo lo que le pertenece en justicia, y permitiréis de esa forma a los trabajadores que adquieran conocimientos, prosperidad y ocio. Entonces, podéis estar seguros, crearán una civilización más amplia, más saludable y más elevada que la vuestra.

¿Se deduce de ello que debemos eliminar toda educación y suprimir todas las escuelas? ¡Muy al contrario! Es preciso extender liberalmente la educación entre las masas, transformando todas las iglesias, todos los templos dedicados a la gloria de Dios y la esclavitud de los hombres, en otras tantas escuelas de emancipación humana.

Por eso nos adherimos plenamente a la resolución adoptada por el Congreso de Bruselas en 1867:

«Reconociendo que por el momento es imposible organizar un sistema racional de educación, el Congreso urge a sus diversas secciones para que organicen cursos de estudio con arreglo a un programa de educación científica, profesional e industrial, es decir, un programa de instrucción integral, para remediar en la medida de los posible la falta actual de educación entre los trabajadores. Queda bien entendido que hay que considerar condición preliminar indispensable una reducción de las horas de trabajo.»

Sí, los obreros harán sin duda alguna todo cuando esté en su poder para proporcionarse la educación que es posible obtener bajo las condiciones materiales de su vida actual. Pero, sin dejarse extraviar por las voces de sirena de la burguesía y los socialistas burgueses, deberían concentrar ante todo sus esfuerzos en la solución del gran problema de la emancipación económica, que debería ser el punto de partida de todas las demás emancipaciones. 


Mijaíl Bakunin




domingo, 1 de marzo de 2015

Indice de textos

Sección en construcción, de momento pueden visitar el índice convencional haciendo clic aquí 

Salud.


martes, 24 de febrero de 2015

Libertad e igualdad - Mijaíl Bakunin

El siguiente texto, disponible por primera vez en internet, corresponde al capítulo titulado Libertad e igualdad del libro Escritos de Filosofía Política II, Mijaíl Bakunin. (Es el primer fragmento del tomo II, y corresponde a la parte III del total del compilado. Las Partes I y II, incluidas en el Tomo I, se pueden consultar haciendo clic aquí) Se han omitido las fuentes bibliográficas incluidas en el formato papel. Las negritas tipo subtítulo corresponden al compilador, Gregori Maximoff, y el desarrollo a Mijaíl Bakunin. Con este texto iniciamos la transcripción del Tomo II, obra imprescindible para comprender el pensamiento y práctica política en Mijaíl Bakunin. Nota explicativa incluida en la edición papel, Altaya 1995: “Maximoff preparó el texto original de este volumen en ruso, y extrajo principalmente los textos seleccionados de la primera edición rusa de las obras escogidas de Bakunin, de la que aparecieron cinco volúmenes entre 1919 y 1922; pero también recurrió a la edición alemana (1921-1924), y a unos pocos panfletos y revistas.” (N&A) 




Leyes naturales y leyes hechas por el hombre. El hombre nunca puede ser absolutamente libre en relación con las leyes naturales y sociales.

¿Qué es la libertad? ¿Qué es la esclavitud? ¿Consiste la libertad del hombre en una rebelión contra todas las leyes? Diremos No, en tanto que esas leyes sean naturales, económicas y sociales; no impuestas autoritariamente, sino inmanentes a las cosas, las relaciones y las situaciones cuyo desarrollo natural es expresado por esas leyes. Diremos cuando son leyes políticas y jurídicas, impuestas por el hombre sobre el hombre: sea violentamente por el derecho de la fuerza; sea por el engaño y la hipocresía, en nombre de la religión o de cualquier doctrina; o, finalmente, por la fuerza de la ficción, de la mentira democrática llamada sufragio universal.

El hombre no pude rebelarse contra la Naturaleza ni escapar de ella. No es posible la rebelión del hombre contra las leyes de la Naturaleza, por la simple razón de que el hombre mismo es un producto de la Naturaleza y sólo existe en virtud de esas leyes. Una rebelión por su parte sería… un empeño ridículo, una rebelión contra sí mismo, un verdadero suicidio. El hombre que ha tomado la determinación de destruirse, e incluso lleva a cabo tal designio actúa otra vez de acuerdo con esas mismas leyes naturales, de las que nada puede eximirle: ni el pensamiento, ni los deseos, ni la desesperación, ni otras pasiones, ni la vida, ni la muerte.

El propio hombre no es otra cosa que Naturaleza. Sus sentimientos más sublimes o más monstruosos, las decisiones o manifestaciones más perversas, más egoístas o más heroicas de su voluntad, los pensamientos más abstractos, teológicos o insanos –todo ello no es otra cosa que Naturaleza. La Naturaleza envuelve, penetra, constituye toda su existencia. ¿Cómo podría escapar alguna vez de esta Naturaleza?

Las fuentes del escapismo. Es realmente digno de asombro considerar cómo pudo el hombre concebir esa idea de escapar de la Naturaleza. Siendo su separación de ella completamente imposible, ¿cómo pudo alguna vez el hombre soñar tal cosa? ¿De dónde le vino ese monstruoso sueño? ¿De dónde sino de la teología, la ciencia del No-Ser, y más tarde de la metafísica, que es la imposible reconciliación de la No-Existencia con la realidad? 

Debemos distinguir bien entre las leyes naturales y las leyes autoritarias, arbitrarias, políticas, religiosas, criminales y civiles que las clases privilegiadas han establecido siempre en el curso de la historia para la explotación del trabajo de las masas trabajadoras –leyes que, bajo la pretensión de una moralidad ficticia, fueron siempre fuente de la más profunda inmoralidad. En consecuencia, se impone la obediencia involuntaria e ineludible de todas las leyes que, independientemente del deseo humano, constituyen la auténtica vida de la Naturaleza y la sociedad; y se impone al mismo tiempo la mayor independencia posible de cada individuo en relación con todas las pretensiones de mando procedentes de cualquiera voluntad humana, ya sea individual o colectiva, y que no tiendan a afirmarse mediante de una influencia natural, sino imponiendo su ley, su despotismo. 

La libertad no implica la renuncia a ejercer influencia. La libertad de cada hombre es el efecto siempre renovado de una multitud de influencias físicas, mentales y morales determinadas por el medio donde ha nacido, y en el que vive y muere. Querer escapar a esta influencia en nombre de alguna libertad trascendental o divina, autosuficiente y absolutamente egoísta, es tender a la inexistencia; renunciar a ejercer influencia sobre otros significa renunciar a la acción social, o incluso a la acción de los propios pensamientos y sentimientos, lo que de nuevo es tender a la inexistencia. Esa célebre independencia tal exaltada por los idealistas y los metafísicos, y la libertad individual así concebida, no son más que puras nadarías.

El colmo de la equivocación se encuentra en quienes ignoran la ley natural y social de la solidaridad humana hasta el extremo de imaginar que la independencia mutua absoluta de los individuos o de las masas es posible o deseable.  Desear esto es desear la aniquilación misma de la sociedad, porque la vida social es simplemente esa incesante dependencia mutua de los individuos y de las masas. Todos los individuos, incluso los más fuertes e inteligentes, son en cada instante de sus vidas productores y producto a la vez de la voluntad y la acción de las masas. 

En la Naturaleza como en la sociedad humana, que en sí misma no es otra cosa que Naturaleza, todo lo viviente está sometido a la condición suprema de intervenir de la manera más positiva en la vida de otros –interviniendo de una manera tan poderosa como permite la Naturaleza particular de cada individuo dado. Rechazar esta influencia recíproca significa conjurar la muerte en el pleno sentido de la palabra. Y cuando pedimos libertad para las masas no pretendemos haber abolido la influencia natural ejercida sobre ellas por cualquier individuo o grupo de individuos. Lo que queremos es la abolición de las influencias ficticias, privilegiadas, legales y oficiales.

Libertad de conformidad con las leyes naturales. La libertad del hombre consiste simplemente en obedecer a las leyes naturales porque él mismo las reconoce como tales, y no porque se las haya impuesto ninguna voluntad extrínseca, divina o humana, colectiva o individual. 

En el marco de las leyes naturales, sólo hay una clase de libertad posible para el hombre: reconocerlas y aplicarlas cada vez más de acuerdo con el objetivo de emancipación o humanización, individual o colectiva, que se ha propuesto. Esas leyes, una vez reconocidas, ejercen una autoridad que nunca ha sido puesta en duda por la gran masa de la humanidad. Tendríamos que ser, por ejemplo, locos o teólogos –o al menos metafísicos, juristas o economistas burgueses- para rebelarnos contra la ley de que dos más dos suman cuatro. Es preciso tener fe para imaginar que no nos quemaría el fuego o no nos hundiríamos en el agua sin recurrir a algún subterfugio que, a su vez, está fundado en alguna otra ley natural. Pero esas rebeldías o, más bien, esos intentos fantasiosos de rebeldías imposibles, constituyen sólo raras excepciones; en general, puede decirse que la masa de la humanidad se deja gobernar en su vida cotidiana casi de manera absoluta por el sentido común, es decir, por el conjunto de las leyes naturales generalmente admitidas.

La libertad racional. Ciertamente, con la ayuda del conocimiento y la meditada aplicación de las leyes de la Naturaleza, el hombre se emancipa gradualmente a sí mismo; pero logra su emancipación no en relación con el yugo universal, con el que nacen todas las criaturas vivientes, incluido él mismo,  y por el cual se producen y desvanecen todas las cosas existentes en este mundo. El hombre sólo se libera a sí mismo de la brutal presión debida a su mundo externo, material y social, incluyendo en é todas las cosas y gentes que le rodean. Domina las cosas mediante la ciencia y el trabajo; y sacude el yugo arbitrario de los hombres mediante las revoluciones.
Este es, entonces, el único significado racional de la palabra libertad: dominio sobre las cosas externas, basado en la respetuosa observancia de las leyes de la Naturaleza; es la independencia de las exigencias y los actos despóticos de los hombres; es la ciencia, el trabajo, la rebelión política y, finalmente, la organización a la vez planificada y libre del medio social acorde con las leyes naturales inmanentes a cada sociedad humana. La primera y la última condición de esta libertad sigue siendo la más absoluta sumisión a la omnipotencia de la Naturaleza, nuestra madre, y la observancia y la aplicación más rigurosa de sus leyes.

Una amplia difusión del conocimiento llevará a la plena libertad.  La mayor desgracia reside en que un gran número de leyes naturales, establecidas ya como tales por la ciencia, siguen desconocidas para las masas, gracias a los solícitos cuidados de los gobiernos tutelares que existen, como sabemos , solo para el bien del pueblo. Hay también otra dificultad: a saber, que la mayor parte de las leyes naturales inmanentes al desarrollo de la sociedad humana – tan necesarias, invariables e inevitables como las leyes que gobiernan al mundo físico- no han sido debidamente reconocidas y establecidas por la propia ciencia.

Cuando hayan sido reconocidas –primero por la ciencia, y luego por un amplio sistema de educación e instrucción popular- e integradas orgánicamente en la ciencia general, la cuestión de la libertad estará complemente resuelta. La más recalcitrante de las autoridades debe admitir que no habrá necesidad de organización política, administración o legislación. Estas tres cosas, emanadas de la voluntad del soberano o de un parlamento elegido sobre la base del sufragio universal, en el caso en que fueran conformes con el sistema de las leyes naturales –lo que nunca ha sucedido y nunca sucederá-, son siempre igualmente  vanas y hostiles a la libertad del pueblo, porque le imponen un sistema de leyes externas y, por tanto, despóticas.

La libertad sólo es válida cuando es compartida por todos. La definición materialista, realista y colectivista de la libertad es completamente opuesta a la definición de los idealistas. La definición materialista se formula así: el hombre sólo se convierte en hombre y llega a tener conciencia y a realizar su propia humanidad en la sociedad, gracias a la acción colectiva de toda la sociedad. Sólo se libera a sí mismo del yugo de la Naturaleza externa por el trabajo colectivo y social, único capaz de transformar la superficie de la tierra en una residencia favorable para el desarrollo de la humanidad. Y sin esta emancipación material no puede haber emancipación intelectual o moral para nadie. 

El hombre no puede librarse a sí mismo del yugo de su propia naturaleza. Sólo puede subordinar sus instintos y movimientos corporales a la dirección de su mente en continuo desarrollo con ayuda de la educación y la crianza. Sin embargo, ambas cosas son fenómenos básica y exclusivamente sociales. Porque fuera de la sociedad el hombre seguiría siendo una bestia salvaje o un santo, lo que viene a ser aproximadamente lo mismo. Finalmente, un hombre aislado no puede tener conciencia de su libertad. Ser libre significa que el hombre será reconocido y tratado como tal por otro hombre, por todos los hombres que lo rodean. La libertad no es, entonces, un hecho que nace del aislamiento, sino de la acción recíproca; no es un resultado de la exclusión sino, por el contrario, de la interacción social, porque la libertad de cada individuo es simplemente el reflejo de su humanidad o de sus derechos humanos en la conciencia de todos los hombres libres, sus hermanos, sus iguales.

Sólo puedo llamarme y sentirme hombre libre en presencia de otro hombre y en relación a él. Ante un animal de especie inferior no soy libre ni soy un hombre, porque ese animal es incapaz de concebir y, en consecuencia, es incapaz de reconocer mi humanidad.

Un caníbal que se come a sus cautivos, tratándolos como animales salvajes, no es un hombre, sino una bestia. El amo de esclavos no es un hombre, sino un amo. Al ignorar la humanidad de sus esclavos, ignora su propia humanidad. Todas las antiguas sociedades ofrecen buenos ejemplos de ello: los griegos y los romanos no se sentían libres como hombres, no se consideraban tales desde el punto de vista del derecho humano. Se consideraban seres privilegiados por su condición de griegos o romanos, pero sólo en su propia patria y mientras ésta permaneciera inconquistada o conquistara a otros países gracias a la especial protección de sus dioses nacionales. Ni se asombraban ni se consideraban en el derecho o en la obligación de rebelarse cuando, tras haber sido vencidos, caían ellos mismos en la esclavitud.

La libertad cristiana. El mayor mérito del cristianismo fue que proclamó la humanidad de todos los seres humanos, incluyendo a las mujeres, y la igualdad de todos los hombres ante Dios. Pero ¿cómo proclamó este principio? En el cielo, en la vida futura, y no en la verdadera vida existente sobre la tierra. Además, esta igualdad venidera constituye una falsedad porque, como sabemos, el número de los elegidos es muy pequeño. Sobre este punto, todos los teólogos de las diversas sectas cristianas están completamente de acuerdo. Para ellos, la llamada igualdad cristiana supone el más flagrante privilegio para algunos miles de los elegidos por la gracia divina frente a los millones de condenados. Por lo mismo, la igualdad de todos ante Dios –aunque abarcase a todos y cada uno- sería sólo una igualdad en la nada y una esclavitud igual de todos ante un supremo dueño. 

¿No es la base del culto cristiano y la primera condición de la salvación la renuncia a la dignidad y el cultivo del desprecio por esa dignidad en presencia de la Divina Grandeza? Un cristiano no es entonces un hombre, porque le falta la conciencia de su humanidad. No respetando la dignidad humana en sí mismo, mal puede respetarla en otros; y al no respetarla en otros, no puede respetarla en sí mismo. Un cristiano puede ser profeta, santo, sacerdote, rey, general, ministro, funcionario del Estado, representantede alguna autoridad, gendarme, verdugo, noble, burgués explotador, maltratado proletario, opresor u oprimido, torturador o torturado, patrón o jornalero, pero no tiene el derecho de llamarse a sí mismo hombre, porque sólo somos hombres cuando respetamos y amamos a la humanidad y la libertad de todos los demás, y cuando nuestra propia libertad y humanidad son respetadas, amadas, estimuladas y creadas por todos los demás.

La libertad del individuo es incrementada y no limitada por la libertad de todos. Sólo soy libre cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres. Lejos de limitar o negar mi libertad, la libertad de los demás es su condición necesaria y su confirmación. Sólo soy libre en el verdadero sentido de la palabra en virtud de la libertad de los demás, de manera que cuanto mayor es el número de personas libres que me rodean, y cuanto más amplia, profunda y extensa es su libertad, más profunda y amplia será la mía.

Al contrario, la esclavitud de los hombres es lo que levanta una barrera ante mi libertad, o (lo que viene ser prácticamente lo mismo) es su bestialidad lo que constituye una negación de mi humanidad, porque, repito de nuevo, sólo podré considerarme verdaderamente libre cuando mi libertad o (lo que es igual) mi dignidad humana, mi derecho humano, cuya esencia es no obedecer a nadie y seguir sólo la guía de mis propias ideas, cuando esa libertad, reflejada por la conciencia igualmente libre de todos los hombres, vuelva a mí confirmada por el consenso de todos. Mi libertad personal, confirmada así por la libertad de todos los demás, se extiende hasta el infinito. 

Los elementos constituyentes de la libertad. Podemos ver entonces que la libertad, según la entienden los materialistas, constituye algo muy positivo, muy complejo y, sobre todo, eminentemente social, ya que sólo puede ser realizada por la sociedad y sólo en condiciones de estricta igualdad y solidaridad de cada persona con todos sus congéneres. Se pueden distinguir en ella tres fases de desarrollo o elementos, el primero de los cuales es altamente positivo y social. Es el desarrollo completo y el goce total por cada individuo en todas las facultades y poderes humanos a través de la educación, la formación científica y la prosperidad material; todo eso puede ser ofrecido exclusivamente gracias al trabajo colectivo, y al trabajo material y mental, muscular y nervioso de la sociedad en su conjunto.

La rebelión, segundo elemento de la libertad. El segundo elemento o fase de la libertad tiene un carácter negativo. Es el elemento de la rebelión por parte de la individualidad humana contra toda autoridad divina y humana, colectiva o individual. Es antes que nada la rebelión contra la tiranía del supremo fantasma teológico, contra Dios…

…Tras esto, y como consecuencia de la rebelión contra Dios, se encuentra la rebelión contra la tiranía del hombre, contra la autoridad, individual y colectiva, representada y legalizada por el Estado. 

Implicaciones de la teoría de la existencia presocial de la libertad individual. Pero si los metafísicos afirman que los hombres, en especial quienes creen en la inmortalidad del alma, se mantienen fuera de la sociedad de seres libres, llegamos inevitablemente a la conclusión de que el hombre sólo puede unirse a la sociedad a costa de su propia libertad, de su independencia natural, y sacrificando primero sus intereses personales y locales. Tal renuncia y auto-sacrificio son, por ello, tanto más imperativos cuanto más miembros tenga la sociedad y más compleja sea su organización. En este sentido, el Estado es la expresión de todos los sacrificios individuales. Dado este origen abstracto y al mismo tiempo violento, el Estado ha de restringir cada vez más en nombre de una falacia llamada «bien del pueblo», que en realidad representa exclusivamente el interés de las clases dominantes. Por lo tanto, el Estado aparece como una inevitable negación y aniquilación de toda libertad, de todos los intereses individuales y colectivos.

La libertad, último destino del desarrollo humano. Pero nosotros, que no creemos en Dios ni en la inmortalidad del alma, ni en el libre albedrío, mantenemos que esta libertad debería ser entendida en su acepción más amplia como la meta del progreso histórico de la humanidad. Por un contraste extraño, aunque lógico, nuestros adversarios idealistas de la teología y la metafísica, toman el principio de la libertad como la base y el punto de partida de sus teorías, para deducir de él la esclavitud inevitable de todos los hombres. Nosotros, materialistas en teoría, proponemos en la práctica crear y consolidar un idealismo racional y noble. Nuestros enemigos, los idealistas divinos y trascendentales, se hunden en un materialismo práctico, sangriento y vil, impelidos por la lógica misma según la cual cada desarrollo es la negación del principio básico.

Estamos convencidos de que toda la riqueza y todo el desarrollo intelectual, moral y material del hombre –así como el grado de independencia alcanzado- es producto de la vida en sociedad. Fuera de la sociedad el hombre no sólo frustraría su libertad, sino que nunca alcanzaría la talla de un verdadero hombre, es decir, de un ser consciente de sí mismo que siente y tiene el poder de la palabra. Fue solo el contacto entre las mentes y el trabajo colectivo lo que forzó al hombre a salir del estadio en que era un salvaje y una bestia, lo que constituyó su naturaleza original o el punto de partida de su desarrollo último.

La libertad y el socialismo son mutuamente complementarios. La realización concienzuda de la libertad, la justicia y la paz será imposible mientras una gran mayoría de la población permanezca desposeída en relación a sus necesidades más elementales, mientras esté privada de educación y condenada a la insignificancia política y social y a la esclavitud –de hecho, si no de derecho- por la pobreza tanto como por la necesidad de trabajar sin un momento de reposo o de ocio, produciendo toda la riqueza de la cual el mundo se enorgullece ahora y recibiendo a cambio una parte tan insignificante que apenas alcanza para asegurar [al trabajador] el pan del día siguiente;… estamos convencidos de que la libertad sin socialismo es un privilegio y una injusticia, y de que el socialismo sin libertad es esclavitud y brutalidad

Es característica del privilegio y de cada posición privilegiada destruir las mentes y los corazones de los hombres. El hombre privilegiado política o económicamente es un hombre mental y moralmente depravado. Esta es una ley social que no admite excepción y que es válida para naciones enteras tanto como para las clases, grupos e individualidades. Es la ley de la igualdad, condición suprema de la libertad y la humanidad.

Socialismo y libertad.  Por mucho que se recurra a toda clase de subterfugios, por mucho que se intente oscurecer el tema y falsificar la ciencia social en beneficio de la explotación burguesa, toda persona sensible sin interés de engañarse a sí misma se da cuenta ahora de que mientras un cierto número de gente que posee privilegios económicos tiene los medios para llevar una vida inaccesible a los trabajadores; de que mientras un número más o menos considerable de personas hereda, en diversas proporciones, capital y tierra que no son el producto de su propio trabajo, mientras la inmensa mayoría de los trabajadores no hereda nada; de que mientras las rentas de la tierra y los intereses del capital permitan a estos privilegiados vivir sin trabajar; de que mientras subsista tal estado de cosas, la igualdad es inconcebible. 

Incluso suponiendo que en la sociedad todos trabajen –ya sea forzados o por libre elección- pero que una clase de esta sociedad, gracias a su situación económica y a los privilegios políticos y sociales derivados de ella, pueda dedicarse exclusivamente al trabajo mental, mientras la inmensa mayoría de la población trabaja duro para su subsistencia; en una palabra, mientras los individuos al nacer no encuentren en la sociedad los mismos medios de vida, la misma educación, formación, trabajo y disfrute, la igualdad política, económica y social será imposible. 

En nombre de la igualdad la burguesía derribó y masacró a la nobleza. Y en nombre de la igualdad pedimos también la muerte violencia o el suicidio voluntario de la burguesía. Pero, siendo menos sanguinarios que la burguesía revolucionaria, no queremos la muerte de los hombres, sino la abolición de las posiciones sociales y las diferencias reales. Si la burguesía se resigna a estos cambios inevitables, no se tocará ni un pelo de su cabeza. Pero tanto peor para ella si olvidando la prudencia y sacrificando su interés individual al interés colectivo de su clase, una clase condenada a la extinción, se sitúa frente al curso de la justicia histórica del pueblo para salvar una posición que pronto será totalmente insostenible.

La naturaleza de la verdad libertad. Soy un fanático amante de la libertad, por considerarla único medios en el que pueden desarrollarse la inteligencia, la dignidad y la felicidad de los hombres; pero no de esa libertad formal, concebida, medida y regulada por el Estado, cuya existencia es una eterna falsedad que en realidad sólo representa el privilegio de unos cuantos sobre la esclavitud del resto; ni tampoco de aquella libertad individualista, egoísta, insatisfactoria para el espíritu y ficticia, proclamada por Jean-Jacques Rousseau y por todas las demás escuelas del liberalismo burgués, que considera al llamado derecho público representado por el Estado como el límite del derecho de cada uno, lo que desemboca siempre y de forma necesaria en la liquidación del derecho de cada uno. 
No: yo tengo presente la única libertad digna de ese nombre, la libertad que consiste en el pleno desarrollo de todos los poderes materiales, intelectuales y morales latentes en cada hombre; una libertad que no reconoce más restricciones que las trazadas por las leyes de nuestra propia naturaleza, lo cual equivale a decir que no hay restricción alguna porque esas leyes no nos son impuestas por ningún legislador exterior situado sobre nosotros o entre nosotros. Esas leyes no son inmanentes e inherentes; constituyen la auténtica base de nuestro ser, tanto material como intelectual y moral; y en lugar de encontrar en ellas un límite a nuestra libertad, debiéramos considerarlas como sus condiciones reales y su efectiva razón.

Yo tengo presente esta libertad de cada uno que, lejos de verse limitada por la libertad de los demás, es confirmada por ella y extendida al infinito. Y tengo presente la libertad de cada individuo no limitada por la libertad de todos, libertad en solidaridad, libertad en igual, libertad triunfando sobre la fuerza bruta y el principio de autoridad (que fue siempre expresión idea de esta fuerza); una libertad que, habiendo derribado todos los ídolos celestes y terrenos, habrá de fundar y organizar un nuevo mundo –el mundo de la solidaridad humana- sobre las ruinas de todas las Iglesias y Estados.

Soy un partidario convencido de la igualdad económica y social, porque sé que, fuera de esta igualdad, la libertad, la justicia, la dignidad humana, la moralidad y el bienestar de los individuos, así como el florecimiento de las naciones son una mentira.

Ya hemos dicho que por libertad entendemos, por un lado, el desarrollo más completo posible de todas las facultades naturales de cada individuo, y por otro, su independencia no respecto a las leyes impuestas por otras voluntades humanas, colectivas o aisladas.

Por libertad entendemos, desde el punto de vista positivo, el máximo desarrollo posible de todas las facultades naturales de cada individuo, y desde el punto de vista negativo, la independencia de la voluntad de cada uno en relación con la voluntad de otros.

Estamos convencidos –y la historia moderna confirma plenamente nuestra convicción- de que mientras la humanidad esté dividida en una minoría explotadora y una mayoría explotada, la libertad es imposible, transformándose por tanto en una mentira. Si deseas la libertad para todos, debes esforzarte con nosotros por conseguir la igualdad universal. 

¿Cómo pueden asegurarse la libertad y la igualdad? ¿Deseas hacer que sea imposible para cualquiera oprimir a su prójimo? Entonces asegúrate de que nadie tendrá poder. ¿Deseas que los hombres respeten la libertad, los derechos y la personalidad de sus prójimos? Asegúrate entonces de que sean compelidos a respetar esas cosas, no forzados por el deseo o la acción opresiva de otros hombres, ni tampoco por la represión del Estado y sus leyes, necesariamente representadas y aplicadas por hombres, que a su vez se hacen esclavos de ellas, sino por una verdadera organización del medio social; esta organización está constituida de manera que, permitiendo a cada uno el más completo disfrute de su libertad, no permite a ninguno elevarse sobre los otros ni dominarlos a no ser mediante la influencia natural de sus cualidades morales e intelectuales, sin que esta influencia se imponga nunca como un derecho y sin apoyarse en ninguna institución política.


Mijaíl Bakunin 



lunes, 23 de febrero de 2015

Idealismo y materialismo - Mijaíl Bakunin

El siguiente texto, obra de Mijaíl Bakunin, ha sido compilado por Gregori Maximoff, y corresponde a un fragmento del Libro Escritos de Filosofía política I, Mijaíl Bakunin. Las negritas tipo subtítulo, corresponden a Maximoff y el desarrollo a Mijaíl Bakunin. 


El marxismo y sus falacias. La escuela doctrinaria de socialistas, o más bien los comunistas estatales de Alemania... representan una escuela bastante respetable, circunstancia que no la exime, sin embargo, de caer ocasionalmente en errores. Una de sus falacias principales es tener como base teórica un principio profundamente cierto cuando se concibe de manera apropiada —es decir, desde un punto de vista relativo—, pero que se vuelve radicalmente falso cuando se le considera aislado de las demás condiciones y se le mantiene como el único fundamento y fuente primaria de todos los demás principios, según acontece en esa escuela.

Este principio, que constituye el fundamento esencial del socialismo positivo, recibió por primera vez su formulación científica y su desarrollo del Sr. Karl Marx, jefe principal de los comunistas alemanes. Constituye la idea dominante del famoso Manifiesto Comunista.

Marxismo e idealismo. Este principio se encuentra en contradicción absoluta con el principio admitido por los idealistas de todas las escuelas. Mientras los idealistas deducen todos los hechos históricos —incluyendo los desarrollos de intereses materiales y los diversos estadios de organización económica de la sociedad— del desarrollo de las ideas, los comunistas alemanes ven en toda la historia y en las manifestaciones más ideales de la vida humana tanto colectiva como individual, en todos los desarrollos intelectuales, morales, religiosos, metafísicos, científicos, artísticos, políticos y sociales acontecidos en el pasado y en el presente, sólo el reflejo o el resultado inevitable del desarrollo de los fenómenos económicos.

Mientras que los idealistas consideran las ideas como fuente productora y dominante de los hechos, los comunistas, plenamente de acuerdo con el materialismo científico, mantienen, por el contrario, que los hechos producen las ideas, y que las ideas son siempre únicamente el reflejo ideal de los acontecimientos; que en el conjunto total de los fenómenos, los fenómenos económicos materiales constituyen la base esencial, el fundamento primario, mientras todos los demás fenómenos —intelectuales y morales, políticos y sociales—- aparecen como derivados necesarios de los primeros.

¿Quiénes están en lo cierto, los idealistas o los materialistas? Cuando la pregunta se plantea así, la duda resulta imposible. Indudablemente, los idealistas están equivocados y los materialistas están en lo cierto. Desde luego, los hechos vienen antes que las ideas; desde luego, como dijo Proudhon, el ideal no es sino la flor, cuyas raíces están enterradas en las condiciones materiales de existencia. Desde luego, toda la historia intelectual y moral, política y social humana no es sino el reflejo de su historia económica.

Todas las ramas de la ciencia moderna, de una ciencia concienzuda y seria, están de acuerdo en proclamar esta verdad grande, básica y decisiva: el mundo social, el mundo puramente humano, la humanidad, no es sino el último y supremo desarrollo —por lo menos, en lo que respecta a nuestro propio planeta— y la más alta manifestación de la animalidad. Pero así como todo desarrollo implica necesariamente la negación de su base o punto de partida, la humanidad es al mismo tiempo la negación acumulativa del principio animal en el hombre. Y es precisamente esta negación, tan racional como natural, y racional precisamente por ser natural —a un tiempo histórica y lógica, tan inevitable como el desarrollo y la consumación de todas las leyes naturales del mundo— lo que constituye y crea el ideal, el mundo de las convicciones intelectuales y morales, el mundo de las ideas.

El primer dogma del materialismo. [Mazzini] afirma que los materialistas somos ateos. Nada tenemos que decir a esto porque en efecto somos ateos, y nos enorgullecemos de ello, al menos en la medida en que puede permitirse el orgullo a desdichados individuos que como olas se elevan por un momento y luego desaparecen en el vasto océano colectivo de la sociedad humana. Nos enorgullecemos de ello porque el ateísmo y el materialismo son la verdad, o más bien la efectiva base de la verdad, y también porque deseamos la verdad y sólo la verdad por encima de todo lo demás y por encima de las consecuencias prácticas. Y además creemos que a pesar de las apariencias, a pesar de las cobardes insinuaciones de una política de cautela y escepticismo, sólo la verdad traerá consigo un bienestar práctico para el pueblo. Este es el primer dogma de nuestra fe. Pero mira hacia adelante, hacia el futuro, y no hacia atrás.

El segundo dogma del materialismo. De todas formas, él [Mazzini] no se conforma con señalar nuestro ateísmo y materialismo; deduce de él que no podemos amar a las personas ni respetarlas por sus virtudes ; que las grandes cosas que han hecho vibrar los más nobles corazones —la libertad, la justicia, la humanidad, la belleza, la verdad— deben ser todas ajenas a nosotros, y que remolcando sin meta alguna nuestra desdichada existencia —arrastrándonos más que andando derechos sobre la tierra— no tenemos preocupación alguna salvo gratificar nuestros toscos y sensuales apetitos.

Y nosotros le decimos, venerable pero injusto maestro [Mazzini], que está en un lamentable error. ¿Quiere saber en qué medida amamos esas cosas grandes y bellas, cuyo conocimiento y amor nos niega? Entienda que nuestro amor por ellas es tan fuerte que de todo corazón estamos enfermos y cansados viéndolas para siempre suspendidas en su Cielo —que las robó de la tierra— como símbolos y promesas nunca cumplidas. Ya no nos contentamos con la ficción de esas bellas cosas: las queremos en su realidad.

Y aquí está el segundo dogma de nuestra fe, ilustre maestro. Creemos en la posibilidad y en la necesidad de dicha realización sobre la tierra; y, al mismo tiempo, estamos convencidos de que todas esas cosas que usted venera como esperanzas celestiales perderán necesariamente su carácter místico y divino cuando se conviertan en realidades humanas y terrestres.

La materia del idealismo. Usted pensaba que se había deshecho completamente de nosotros llamándonos materialistas. Pensaba que así nos condenaba y aplastaba. Pero ¿sabe usted de dónde proviene ese error suyo? Lo que usted y nosotros llamamos materia son dos cosas totalmente distintas, dos conceptos totalmente diferentes. Su materia es una identidad ficticia como su Dios, como su Satán, como su alma infinita. Su materia es tosquedad infinita, brutalidad inerte, una entidad tan imposible como el espíritu puro, incorpóreo y absoluto; los dos existen sólo como invenciones de la abstracta fantasía de los teólogos y metafísicos, únicos autores y creadores de ambos inventos. La historia de la filosofía nos ha revelado el proceso —de hecho un proceso simple— de la creación inconsciente de esta ficción, el origen de esta fatal ilusión histórica, que durante el largo transcurso de muchos siglos ha pendido gravosamente, como una terrible pesadilla, sobre las mentes oprimidas de generaciones humanas.

El espíritu y la materia. Los primeros pensadores fueron necesariamente teólogos y metafísicos, pues la mente humana está constituida de tal manera que siempre debe comenzar con un gran margen de sinsentido, falsedad y errores para conseguir llegar a una pequeña porción de verdad. Todo lo cual no habla en favor de las tradiciones sagradas del pasado. Los primeros pensadores, digo, tomaron la suma de todos los seres reales conocidos por ellos, incluidos ellos mismos, la suma de todo cuanto les parecía representar la fuerza, el movimiento, la vida y la inteligencia, y lo llamaron espíritu. A todo lo demás de que su mente lo hubiera abstraído inconscientemente del mundo real, lo llamaron materia. Y entonces se asombraron de que esta materia que existía sólo en su imaginación, como el propio espíritu, fuese tan inactiva, tan estúpida frente a su Dios, el puro espíritu.

La materia de los materialistas. Admitimos francamente que no conocemos a su Dios, pero tampoco conocemos a su materia; o, más bien, sabemos que ninguno de los dos conceptos existe, sino que fueron creados a priori por la fantasía especulativa de pensadores ingenuos de épocas pasadas. Con las palabras materia y material queremos indicar la totalidad, la jerarquía de los entes reales, comenzando por los cuerpos orgánicos más simples y acabando con la estructura y el funcionamiento del cerebro de los más grandes genios: los sentimientos más sublimes, los pensamientos más grandes, los actos más heroicos, actos de autosacrificio, deberes tanto como derechos, la voluntaria renuncia al propio bienestar, al propio egoísmo —hasta las aberraciones trascendentales y místicas de Mazzini—, así como las manifestaciones de la vida orgánica, las propiedades y acciones químicas, la electricidad, la luz, el calor, la gravedad natural de los cuerpos. Todo ello constituye, a nuestro entender, un conjunto muy diferenciado, pero al mismo tiempo estrechamente relacionado, de evoluciones dentro de esa totalidad del mundo real que denominamos materia.

El materialismo no es un panteísmo. Y obsérvese bien que no consideramos a esta totalidad como una especie de sustancia absoluta y eternamente creativa, al modo de los panteístas, sino como el perpetuo resultado producido y reproducido de nuevo por la concurrencia de una infinita serie de acciones y reacciones, por las incesantes transformaciones de los seres reales que nacen y mueren en el seno de esta infinitud.

La materia comprende el mundo ideal. Resumiré: indicamos con la palabra material todo cuanto acontece en el mundo real, dentro y fuera del hombre, y aplicamos la palabra idealexclusivamente a los productos de la actividad cerebral del hombre; pero puesto que nuestro cerebro es por entero una organización de orden material, y su función es también material, como la acción de todas las demás cosas, se deduce de ello que lo que llamamos materia o mundo material no excluye en modo alguno, sino que incluye necesariamente también al mundo ideal.

Materialistas e idealistas en la práctica. He aquí un hecho que merece una atenta reflexión por parte de nuestros adversarios platónicos. ¿A qué se debe que los teóricos del materialismo acostumbren mostrarse en la práctica más idealistas que los propios idealistas? Esta paradoja es, de todas formas, bastante lógica y natural. Porque todo desarrollo implica en alguna medida una negación del punto de partida; los teóricos del materialismo comienzan con el concepto de materia y desembocan en la idea, mientras los idealistas, que adoptan como punto de partida la idea pura y absoluta, reiterando constantemente el viejo mito del pecado original —única expresión simbólica de su propio y triste destino— recaen teórica y prácticamente en el dominio de la materia que, a su entender, nos tiene irremisiblemente enredados a nosotros. ¡Y qué materia! Una materia brutal, innoble y estúpida, creada por su propia imaginación como su alter ego, o como la reflexión de su yo ideal.

Del mismo modo, los materialistas, que siempre armonizan sus teorías sociales con el curso efectivo de la historia, conciben el estadio animal, el canibalismo y la esclavitud como los primeros puntos de partida en el movimiento progresivo de la sociedad; pero ¿a qué apuntan? ¿Qué quieren? Quieren la emancipación, la plena humanización de la sociedad; mientras que los idealistas, adoptando por premisa básica de sus especulaciones el alma inmortal y la autonomía de la voluntad, terminan inevitablemente en el culto al orden público, como Thiers, o en el culto a la autoridad, como Mazzini; es decir, en el establecimiento y la canonización de una esclavitud perpetua. De aquí se deduce que el materialismo teórico desemboca necesariamente en el idealismo práctico, y que las teorías idealistas únicamente encuentran su realización en un tosco materialismo práctico.

Ayer mismo se desplegó ante nuestros ojos la prueba de lo que acabamos de decir. ¿Dónde estaban los materialistas y ateos? En la Comuna de París. Y ¿dónde estaban los idealistas que creen en Dios? En la Asamblea Nacional de Versalles. ¿Qué querían los revolucionarios de París? Querían la emancipación definitiva de la humanidad a través de la emancipación del trabajo. ¿Y qué quiere actualmente la triunfante Asamblea de Versalles? La degradación definitiva de la humanidad bajo el doble yugo del poder espiritual y secular.

Los materialistas quieren avanzar, imbuidos de fe y despreciando el sufrimiento, el peligro y la muerte, porque ven ante ellos el triunfo de la humanidad. Pero los idealistas, faltos de empuje y presagiando únicamente espectros sangrientos, quieren llevar como sea a la humanidad de nuevo hacia el lodazal de donde ha ido saliendo con tan grandes dificultades.

Que cada cual compare y forme su juicio.