El texto de La Instrucción Integral
apareció sin firma en las páginas del periódico L’Egalité
en los días 31 de julio, 7, 14 y 21 de agosto de 1869. Por Lacques
Guillaume sabemos que lo
escribió Bakunin. Prologo completo y citas detalladas en http://www.kclibertaria.comyr.com/lpdf/l131.pdf
CAPÍTULO I
La
primera cuestión que hemos de considerar hoy es ésta: ¿Podrá ser
completa la emancipación de las masas obreras mientras reciban una
instrucción inferior a la de los burgueses o mientras haya, en general,
una clase cualquiera, numerosa o no, pero que por nacimiento tenga los
privilegios de una educación superior y más completa? ¿Plantear esta
cuestión no es comenzar a resolverla? ¿No es evidente que entre dos
hombres dotados de una inteligencia natural más o menos igual, el que
más instruido sea, cuyo conocimiento se haya ampliado por la ciencia y
que comprendiendo mejor el encadenamiento de los hechos naturales y
sociales, o lo que se denominan las leyes de la naturaleza y la
sociedad, comprenderá con más facilidad y más ampliamente el carácter
del medio en el que se encuentra, que se sentirá más libre, que será
prácticamente tan hábil y fuerte como el otro? Quien sepa más dominara
naturalmente a quien menos sabe y no existiendo en principio entre dos
clases sociales más que esta sola diferencia de instrucción y de
educación, esa diferencia producirá en poco tiempo todas las demás y el
mundo volverá a encontrarse en su situación actual, es decir, dividido
en una masa de esclavos y un pequeño numero de dominadores, los primeros
trabajando, como hoy en día, para los segundos.
Se
entiende ahora por qué los socialistas burgueses no piden más que
instrucción para el pueblo, un poco más de lo poco de ahora, y por qué
nosotros, demócratas socialistas, pedimos para el pueblo instrucción
integral, toda la instrucción, tan completa como la requiere la fuerza
intelectual del siglo, a fin de que por encima de la clase obrera no
haya de ahora en adelante ninguna clase que pueda saber más y que
precisamente por ello pueda explotarla y dominarla. Los socialistas
burgueses quieren el mantenimiento de las clases, pues cada una debe,
según ellos, representar una función social diferente. Una, por ejemplo,
la abolición completa y definitiva de clases, la unificación de la
sociedad y la igualdad económica y social de todos los individuos de la
tierra. Ellos querrían, conservándolas, aliviar, aminorar y disimular
las bases históricas de la sociedad actual, la desigualdad y la
injusticia, que nosotros queremos destruir. De lo que resulta que entre
los socialistas burgueses y nosotros no es posible acuerdo, conciliación
ni coalición alguna.
Pero, se dirá -y este es el argumento
que a menudo se nos opone y que los señores doctrinarios de todos los
colores consideran irresistible- es imposible que la humanidad entera se
dedique a la ciencia: moriría de hambre. Es preciso, por tanto, que
mientras unos estudian otros trabajen para producir los objetos
necesarios para vivir ellos en primer lugar y después para los hombres
que se han dedicado exclusivamente a trabajos intelectuales; pues estos
hombres no trabajan sólo para ellos: sus descubrimientos científicos,
además de ampliar el conocimiento humano, ¿no mejoran la condición de
todos los seres humanos, sin excepciones, al aplicarlos a la industria y
a la agricultura y, en general, a la vida política y social? Sus
creaciones artísticas, ¿no ennoblecen la vida de todo el mundo?
Pero
no. no de todo el mundo. Y el reproche más grande que tendríamos que
dirigir a la ciencia y a las artes es precisamente el no extender sus
beneficios y el no ejercer su influencia útil más que sobre una mínima
parte de la sociedad, excluyendo y por consiguiente perjudicando a la
inmensa mayoría. Hay se puede afirmar acerca del progreso de la ciencia y
de las artes lo que se dice, y con toda razón, en los países más
civilizados del mundo, acerca del prodigioso desarrollo de la industria,
del comercio, del crédito, de la riqueza social, en una palabra. Esta
riqueza es totalmente exclusiva y tiende hacerlo cada día más, al
concentrarse siempre en manos de unos pocos y arrojar a la pequeña
burguesía, a las capas inferiores de la clase media, hacia el
proletario, de manera que ese desarrollo esta en razón directa de la
miseria creciente de las masas obreras. Así resulta que se abre cada día
más el abismo que ya separa a la minoría feliz y privilegiada de los
millones de trabajadores que la hacen vivir con el trabajo de sus manos,
y que mientras más felices son los felices explotadores del trabajo
popular, más desdichados son los trabajadores, que se recuerde, frente a
la fabulosa opulencia del gran mundo aristocrático, financiero,
comercial e industrial de Inglaterra, la situación miserable de los
obreros de ese mismo país; que se lea y relea la carta, tan ingenua y
desgarradora a la vez, escrita hace poco por un inteligente y honesto
orfebre de Londres, Walter Dugan, que se ha envenenado voluntariamente
con su mujer y sus seis niños para escapar a las humillaciones de la
miseria y a las torturas del hambre; entonces habrá que confesar que
esta civilizaron tan glorificada no significa, desde el punto de vista
material, más que opresión y ruina para el pueblo.
Y ocurre
igual con los modernos adelantos de la ciencia y las artes. Son
inmensos estos progresos, es verdad. Pero mientras más extraordinarios
son, más se convierten en causas de esclavitud intelectual y, por tanto,
material; origen de miserias e inferioridad para el pueblo, pues
también ellas ensanchan la distancia que ya separa la inteligencia
popular de la de las clases privilegiadas. La primera, desde el punto de
vista de la capacidad natural, está hoy evidentemente menos hastiada,
menos usada, menos sofisticada y menos corrompida por la necesidad de
defender intereses injustos y es, por consiguiente, más fuerte que la
inteligencia burguesa; pero, en cambio, esta última posee todas las
armas de la ciencia y estas armas son formidables. Sucede a menudo que
un obrero muy inteligente se ve obligado a enmudecer ante un erudito
tonto, que le hace callar no por mayor finura de espíritu, de la que
carece, sino por instrucción, de la que el obrero ha sido privado y que
el otro a podido recibir, pues mientras su necedad se desarrollaba
científicamente en las escuelas, el trabajo del obrero le vestía, le
daba casa, le alimentaba y la proporcionaba todo, los maestros y los
libros necesarios para su instrucción.
Sabemos muy bien que
el grado de ciencia que se imparte a cada uno no es igual, incluso
dentro de a clase burguesa. Entre ello existe también una escala,
determinada por la capacidad de los individuos, sino por la mayor o
menor riqueza de la capa social donde han nacido; por ejemplo, la
instrucción que reciben los niños de la pequeña burguesía es casi igual a
aquella que consiguen los obreros, y casi nula en comparación de la que
la sociedad reparte generosamente a la alta y media burguesía. ¿Qué
vemos, además? Vemos a la pequeña burguesía que no esta sujeta a la
clase media más que por una vanidad ridícula, por un lado, y su
dependencia frente a los grandes capitales, por otro, y que se encuentra
a menudo en una situación más miserable y mucho más humillante que la
del proletariado. Cuando hablamos de clases privilegiadas, no nos
referimos a esta pobre pequeña burguesía, que si tuviera un poco más de
inteligencia y de coraje, no tardaría en venir a unirse a nosotros para
combatir a la alta y media burguesía, que hoy la aplasta tanto como al
proletariado. Y si el desarrollo económico de la sociedad continuara en
esta dirección una decena de años más, cosa que, por otra parte, nos
parece imposible, veríamos todavía a la mayor parte de la burguesía
media caer en la situación actual de la pequeña burguesía media caer en
la situación actual de la pequeña burguesía, primero, para irse un poco
más tarde a perder en el proletariado, siempre gracias a esta fatal
concentración en un numero de manos cada vez más restringido, lo que
tendría como consecuencia infalible dividir definitivamente a la
sociedad en una pequeña minoría excesivamente opulenta, instruida,
dominante, y una inmensa mayoría de proletarios miserables, ignorantes y
esclavos.
Hay un hecho que debe impresionar a los
espíritus escrupulosos, a todos los que aprecian sinceramente la
dignidad humana, la justicia, es decir, la libertad de cada uno en la
igualdad y por la igualdad de todos. Se trata de que todas las
invenciones de la inteligencia, todas las grandes aplicaciones de la
ciencia a la industria, al comercio y a la vida social en general, sólo
han aprovechado hasta ahora a las clases privilegiadas y a la soberanía
de los Estados, protectores eternos de todas las iniquidades políticas y
sociales, jamás a las masas populares. No tenemos más que nombrar las
máquinas para que cada obrero y cada partidario sincero de la
emancipación del trabajo, nos dé la razón. ¿Gracias a qué fuerza las
clases privilegiadas se mantienen aún hoy con toda su insolente
felicidad y sus goces inicuos, contar la indignación tan legitima de las
masas populares? ¿Es por una fuerza que les es propia, inherente a
ellas? No. es únicamente por la fuerza del Estado, en el que, por otra
parte, sus hijos desempeñan hoy, como lo han hecho siempre, todas las
funciones dominantes, e incluso todas las funciones medianas e
inferiores, salvo las de trabajadores y soldados. ¿Y qué es lo que
constituye principalmente toda la fuerza de los Estados? La Ciencia.
Sí, la ciencia. Ciencia de gobierno, de la administración, ciencia de
los negocios; ciencia de esquilar los rebaños populares sin hacerles
gritar demasiado y cuando comienzan ha gritar, ciencia de imponerles
silencio, paciencia y obediencia por medio de una fuerza científicamente
organizada; ciencia de engañar y dividir a las masas populares, de
mantenerlas siempre en una saludable ignorancia para que no puedan
nunca, ayudándose y uniendo esfuerzos, crear un poder capas de
derribarlos; ciencia militar ante todo, con todas sus armas
perfeccionadas, y esos formidables instrumentos de destrucción que
maravillan; ciencia del genio, en fin, que ha creado los barcos de
vapor, los ferrocarriles y los telégrafos; ferrocarriles que, utilizados
en la estrategia militar, multiplican por diez el poder defensivo y
ofensivo de los Estados; telégrafos que, al transformar cada gobierno en
una maquina de cien, de mil brazos, hacen posible su presencia
intervencionista y triunfante en todas partes, creando las más
formidables centralizaciones políticas que hayan existido nunca.
¿Quién puede, pues, negar que todos los progresos científicos que han
servido hasta ahora, sin excepción, para el enriquecimiento de las
clases privilegiadas y para aumentar el poder de los Estados, en
detrimento del bienestar y de la libertad de las masas populares, del
proletariado? Pero, se objetará, ¿es que las masas obreras no se han
beneficiado también de ello? ¿No están mucho más civilizadas en nuestra
época de lo que lo estaban en pasados siglos?
A eso
contestaremos con una observación de Lassalle, el celebre socialista
alemán. Para juzgar los procesos de las masas obreras desde el punto de
vista de su emancipación política y social, no es necesario comparar su
situación intelectual en el presente siglo con la de épocas pasadas. Lo
que sí es preciso considerar es si, a partir de una fecha cualquiera, la
diferencia que había subsiste aún entre ellas y las clases
privilegiadas, constatando si han progresado en la misma medida que
estas ultimas. Pues si hay igualdades los respectivos progresos, la
distancia intelectual que les separa hoy del mundo privilegiado, será la
misma; si el proletariado progresa más y más rápido que los
privilegiados, la distancia se habrá acortado; pero, si por el
contrario, el progreso del obrero es más lento y consecuentemente menor
que el de las clases dominadoras, en el mismo espacio de tiempo la
diferencia aumentara; el abismo que les separa se habrá agrando, el
hombre privilegiado será más poderoso, el obrero más dependiente, más
esclavo que en la época tomada como punto de partida. Si los dos salimos
a la misma hora de dos puntos diferentes y llevas 100 pasos de ventaja
sobre mí, si recorres 60 y yo sólo 30 por minuto, al cabo de una hora la
distancia que nos separara no será de 100, sino de 280 pasos.
Este ejemplo da una idea muy exacta de los reactivos progresos de la
burguesía y del proletariado, hasta ahora. Los burgueses han ido más
deprisa en el camino de la civilización que los proletarios, no porque
su inteligencia haya sido mayor que la de estos últimos -hoy podría
afirmarse con todo derecho justamente lo contrario-, sino porque la
organización económica y política de la sociedad ha sido tal hasta
ahora, que únicamente los burgueses han podido instruirse; que la
ciencia no ha existido más que para ellos, y que el proletariado se ha
visto condenado a una ignorancia forzosa, de forma que si avanza -y sus
progresos son indudables- no es gracias a la sociedad, sino a pesar de
ella.
Resumimos. En la organización actual de la sociedad,
los progresos de la ciencia han sido la causa de la ignorancia relativa
del proletariado, al igual que los procesos de la industria y del
comercio han sido la causa de su miseria relativa, los progresos
intelectuales y materiales han contribuido, pues, a aumentar su
esclavitud. ¿Cuál es el resultado? Que debemos rechazar y combatir esta
ciencia burguesa, lo mismo que debemos rechazar y combatir la riqueza
burguesa. Combatirlos y rechazarlos en el sentido de que destruyen el
orden social que es patrimonio de una de varias clases, debiendo
reivindicarlas como un bien común de todos.
CAPÍTULO II
Hemos
demostrado que, mientras haya dos o varios grados de instrucción para
las diferentes capas de la sociedad, habrá necesariamente clases, es
decir, privilegios económicos y políticos para un pequeño número de
afortunados, y la esclavitud y la miseria para la mayoría.
Como miembro de la Asociación Internacional de Trabajadores, queremos la
igualdad, y porque la queremos debemos querer también la instrucción
integral, igual para todos.
Pero, surge la pregunta, si
todo el mundo es instruido, ¿Quién querrá trabajar? Nuestra respuesta es
sencilla: todos deben trabajar y todos deben ser instruidos. Con
frecuencia se contesta a esto que si se mezclan el trabajo industrial
con el trabajo intelectual se perjudica a uno y otro; los trabajadores
serán malos eruditos y los eruditos no serán más que tristes obreros.
Sí, en la sociedad actual están igualmente falseados el trabajo manual y
el intelectual, a causa del aislamiento artificial al que se les ha
condenado. Pero estamos convencidos de que el hombre vivo e integrado,
cada una de estas dos actividades, muscular y nerviosa, deben ser
desarrolladas por igual y, lejos de perjudicarse mutuamente, cada una
debe apoyar, ensanchar y reforzar a la otra; la ciencia del sabio se
volverá más fecunda, más útil y más amplia cuando el intelectual no
ignore el trabajo manual; y el trabajo del obrero instruido será más
inteligente, y por consiguiente más productivo que el obrero ignorante.
De lo que se deduce que, en interés del trabajo y de la ciencia, no
deberán existir ni obreros ni intelectuales, sino sólo hombres.
Sucederá entonces que aquellos hombres a los que por su inteligencia
superior se les encauza hoy en el mundo exclusivo de la ciencia, que una
vez instalados en él cedan a la necesidad de una posición completamente
burguesa, y orientan todos sus hallazgos para utilidad de la clase
privilegiada de la que forman parte, esos hombres, una vez que se
solidaricen realmente con todo el mundo, no sólo imaginaria ni
verbalmente, sino de hecho, con su trabajo, convertirán los
descubrimientos y las aplicaciones de la ciencia en algo útil para todos
y, sobre todo, aliviaran y ennoblecerán el trabajo, que es la única
base legitima y real de la sociedad humana.
Es posible e
incluso muy probable que en época de transición más o menos larga que
suceda naturalmente a la gran crisis social, las ciencias más elevadas
desciendan considerablemente por debajo de su nivel actual; como también
es indudable que el lujo y todo lo que constituye los refinamientos de
la vida, deberán desaparecer durante mucho tiempo y no podrán reaparecer
más que cuando la sociedad haya conquistado lo necesario para todo el
mundo. ¿Pero este eclipse temporal de la ciencia superior, será una gran
desgracia? ¿Lo que pierda en sublime elevación no lo ganará al
ensanchar su base? Sin duda habrá menos sabios ilustres, pero al mismo
tiempo habrá infinitamente menos ignorantes. Ya no habrá ese pequeño
número de hombres que tocan los cielos, pero, en cambio, millones de
hombres hoy degradados, aplastados, caminaran humanamente por la tierra.
Nada de semidioses, nada de esclavos. Los semidioses y los esclavos se
humanizaran a la vez, unos descendiendo un poco, los otros elevándose
mucho. No habrá, pues, lugar ni paras la divinización ni para el
desprecio. Todos se darán la mano y, una vez juntos, caminaran con un
ardor nuevo hacia otras conquistas, tanto en la ciencia como en la vida.
Lejos de temer este momentáneo eclipse de la ciencia, lo
deseamos fervientemente, pues tendrá como efecto humanizar a los sabios y
a los trabajadores a la vez, reconciliar la ciencia y la vida. Y
estamos convencidos de que, una vez conquistada esta base, el progreso
de la inanidad, tanto en la ciencia como en la vida, extenderá con
creses todo lo que hemos visto y lo que podemos imaginar hoy.
Pero aquí se plantea otra objeción: ¿Tienen todos los individuos igual
capacidad para elevarse el mismo grado de instrucción? Imaginemos una
sociedad organizada de un modo totalmente igualitario y en la que todos
los niños tengan desde su nacimiento el mismo punto de partida, tanto en
le aspecto político, como en el económico y social, es decir,
absolutamente los mismos cuidados, la misma educación, la misma
instrucción. ¿No habrá entre esos pequeños diferencias infinitas de
energía, de tendencias naturales, de aptitud?
Este es el
gran argumento de nuestros adversarios, burgueses y socialistas
burgueses. Lo creen irresistible. Intentemos, pues, demostrarle lo
contrario. En primer lugar, ¿con qué derecho apelan al principio de las
capacidades individuales? ¿Hay lugar para el desarrollo de esas
capacidades en la sociedad, tal como está? ¿Puede haber lugar para su
desarrollo en una saciedad que continué teniendo como base económica el
derecho de herencia? Evidentemente, no, pues desde el momento que existe
la herencia, la carrera de los niños no será nunca el resultado de sus
capacidades y de su energía individual; será, ante todo, el del estado
de la fortuna, de la riqueza o de la miseria de sus familias. Los
herederos ricos, pero tontos, recibieran una instrucción superior; los
niños más inteligentes del proletariado continuaran recibiendo en
herencia la ignorancia, tal como se practica ahora. ¿No es, pues, una
hipocresía el hablar no sólo en la sociedad actual, sino con vistas a
una sociedad reformada, que continuaría teniendo como bases la propiedad
individual y el derecho de herencia, no es un engaño infame el hablar
de derechos individuales fundados en las capacidades individuales?
Hoy se habla mucho de libertad individual, y sin embargo lo que domina
no es el individuo humano, el individuo en general, sino el individuo de
una posición social privilegiada. Es, pues, la posición, la clase
social. ¡Que un individuo inteligente de la burguesía ose tan sólo
levantarse contra los privilegios económicos de esa respetable clase, y
se verá cuánto respetarán la suya esos buenos burgueses que ahora no
tienen en la boca más que la libertad individual! ¿No vemos cada día a
grandes inteligencias obreras y burguesas forzadas a ceder el paso e
incluso inclinarse ante la estupidez de los herederos del becerro de
oro? ¡Que se nos hable de capacidades individuales! La libertad
individual, no la privilegiada, sino la humana, y las capacidades reales
de los individuos, no podrán desarrollarse plenamente más que en
absoluta igualdad. Únicamente podemos hablar de igualdad intelectual y
material cuando exista el mismo punto de partida para todos los hombres;
sólo entonces podremos decir, con más razón que hoy, que todo individuo
es hijo de sus obras, protegiendo, sin embargo, los derechos superiores
de la solidaridad, que es y permanecerá siempre como el generador de
las relaciones sociales. Por todo ello, concluimos que, para que las
capacidades individuales prosperen y no se les impida dar todos sus
frutos, es necesario, ante todo, que los privilegios individuales, tanto
políticos como económicos, es decir, todas las clases, sean abolidas.
Será preciso que desaparezca la propiedad privada y el derecho de la
herencia para que triunfe la igualdad económica, política y social.
Pero, una vez que la igualdad haya triunfado y esté bien establecida,
¿no habrá ya ninguna diferencia entre las capacidades y los grados de
energía de los diferentes individuos? Quizá no tanta como existe hoy,
pero sin duda siempre la habrá. Hay una verdad hecha proverbio, que no
cesara nunca de ser verdad: que no existen dos hojas idénticas en el
mismo árbol. Con mucha más razón, esto será cierto en relación a los
hombres, puesto que son seres mucho más complejos que las hojas. Pero
esta diversidad, lejos de ser un mal, es, al contrario, como muy bien lo
ha observado el filósofo alemán Feuerbach, una riqueza para la
humanidad. Gracias a ella la humanidad es un todo colectivo, en la que
cada uno completa el todo y tiene necesidad del todo; de forma que esta
diversidad infinita de los individuos es la causa misma, la base
principal, de su solidaridad, un argumento todopoderoso a favor de la
igualdad.
En el fondo, incluso en la sociedad actual, si se
exceptúan dos grandes categorías de hombres, los hombres de genio y los
idiotas, y si se hace abstracción de las diferencias creadas
artificialmente por mil causas sociales, tales como educación,
instrucción, posición económica y política, que difieren no sólo en cada
capa de la sociedad, sino en cada familia, se reconocerá que, desde le
punto de vista de las capacidades intelectuales y de la energía moral,
la inmensa mayoría de los hombres se complementan o que, al menos, se
saben valer, al ser compensada la debilidad de cada uno en un aspecto
por una fuerza equivalente en otro aspecto, de manera que es imposible
decir que un hombre está por encima o por debajo de otro. La inmensa
mayoría de los hombres no son idénticos, sino equivalentes de nuestros
adversarios, más que los hombres de genio y los idiotas.
La
idiotez es, como se sabe, una enfermedad fisiológica y social. No debe,
pues, ser tratada en las escuelas sino en los hospitales, y debemos
esperar que la instrucción de una higiene social más racional y, sobre
todo, más preocupada por la salud física y moral de los individuos que
la de hoy, y la organización igualitaria de la nueva sociedad, acaben
por hacer desaparecer de la tierra esta enfermedad tan humillante para
la especie humana. En cuanto los hombres de genio, hay que observar en
primer lugar que, afortunada o desgraciadamente, como se quiera, no han
aparecido en la historia más que como raras excepciones en todos los
sistemas conocidos, y en las excepciones no se organizan. Esperemos, sin
embargo, que la sociedad futura encontrara en la organización realmente
democrática y popular de su fuerza colectiva el medio de hacer manos
necesarias a estos grandes genios, menos aplastantes y realmente
beneficiosas para todos. Pues no hay que olvidar jamás las palabras de
Voltaire: «Hay alguien que tiene más inteligencia que los más grandes
genios: todos». Sólo se trata, pues, de organizar a este todos por medio
de una gran libertad, fundada sobre la más completa igualdad,
económica, política y social, para que no haya nada que temer de las
veleidades dictatoriales ni de la ambición despótica de los hombres de
genio.
En cuanto a producir hombres geniales por medio de
la educaron, no hay que pensar en ello. Además, de todos los hombres de
genio conocidos, ninguno o casi ninguno se ha manifestado como tal en su
infancia o en su adolescencia, ni incluso en su primera juventud. No
han aparecido como tales más que en la madurez, y a muchos no se les ha
reconocido hasta después de su muerte, mientras que muchos de los
grandes hombres frustrados, que habían sido proclamados en su juventud
como hombres superiores, han acabado su carrera en la más completa
nulidad. No se pueden determinar las superioridades y las inferioridades
relativas de los hombres, ni el grado de su capacidad, ni sus
inclinaciones naturales, en la infancia, ni tampoco en la adolescencia.
Todos estos aspectos no se manifiestan y no se determinan más que al
desarrollarse el individuo, y así como hay naturalezas precoses y otras
muy lentas, aunque nunca inferiores y con frecuencia superiores, es
evidente que ningún profesor ni ningún maestro podrán precisar de
antemano la carrera o el tipo de ocupaciones que los niños elegirán
cuando lleguen a la edad de la libertad.
Por lo dicho, la
sociedad debe a todos, sin excepción, una educación y una instrucción
absolutamente iguales, sin tener en cuenta la diferencia, real o
ficticia, de las inclinaciones y de las capacidades, ni derecho alguno a
determinar la carrera futura de los niños.
CAPÍTULO III
La
instrucción debe ser igual en todos los grados para todos, por
consiguiente debe ser integral, es decir, debe preparar a los niños de
ambos sexos tanto para la vida intelectual como para la del trabajo, con
el fin de que todos puedan llegar a ser hombres completos.
La filosofía positiva destruyó y alejó de los espíritus las fábulas
religiosas y los sueños de la metafísica, permitiéndonos entrever cuál
debe ser la instrucción científica en el futuro. Tendrá como base el
conocimiento de la naturaleza y como fin la sociología. El ideal no será
dominar el mundo y violar la vida, como sucede siempre en todos los
sistemas metafísicos y religiosos, sino la expresión última y más bella
del mundo real. Al dejar de ser un sueño, se convertirá en realidad.
Ninguna inteligencia, por extraordinaria que sea, es capaz de
especializarse en todas las ciencias y, como, por otra parte, un
conocimiento general de todas es absolutamente necesario para el
desarrollo completo del espíritu, la enseñanza se dividirá en dos
partes: la parte general, que proporcionara los principales elementos en
todas las ciencias sin excepción, así como el conocimiento completo de
su conjunto, no un conocimiento superficial; y la parte especial,
necesariamente dividida en varios grupos o facultades, que abarcaran
todas las especialidades de cierto numero de ciencias, las que por su
misma naturaleza estén llamadas a completarse.
La primera
parte, la parte general, será obligatoria para todos los niños;
constituirá, si así podemos expresarnos, la educación del espíritu,
reemplazando totalmente a la metafísica y a la teología, y, al mismo
tiempo, colocando a los niños en un nivel elevado como para que una vez
lleguen a la adolescencia puedan elegir con pleno conocimiento de causa
la facultad especial que más convenga a sus disposiciones individuales o
a sus aficiones.
Pude suceder, sin duda, que, al elegir su
especialidad científica, los adolescentes, influidos por alguna causa
secundaria, ya sea interna o externa, se equivoquen algunas veces, y
puede que opten en primer lugar por una facultad o por una carrera que
no sean precisamente las que mejor convenga a sus aptitudes. Pero como
nosotros somos partidarios sinceros, no hipócritas, de la libertad
individual, como en nombre de esta libertad detestamos de todo corazón
el principio de autoridad y todas las manifestaciones posibles de este
principio divino, antihumano, y como detestamos y condenamos, desde lo
más profundo de nuestro amor por la libertad, la autoridad paterna y
también la del maestro; como las encontramos igualmente desmoralizadoras
y funestas, y como la experiencia diaria nos demuestra que el padre y
el maestro, a pasar de su obligada y proverbial prudencia e incluso a
causa de esta prudencia, se equivocan acerca de las capacidades de sus
niños con más facilidad que los propios niños y que, como según esta ley
tan humana, ley incontestable, fatal, de la que abusa todo el que
puede, los maestros y los padres, al determinar arbitrariamente el
porvenir de los niños, interrogan más a sus propios gustos que a las
tendencias naturaleza de los niños; como, en fin, los errores cometidos
por el despotismo son siempre más funestos y menos reparables que los
cometidos por la libertad, mantenemos, contra todos los tutores
oficiales y oficiosos, paternales y pedantes del mundo, la libertad
plena y entera de los niños para elegir y determinar su propia carrera.
Si se equivocan, el mismo error que hayan cometido les
servirá de enseñanza eficaz para el porvenir, y la instrucción general
que hayan recibido les servirá de luz, y podrán volver fácilmente al
camino que les indica su propia naturaleza. Tanto los niños como los
hombres maduros no se vuelven sensatos más que con sus propias
experiencias, nunca por las de los demás. En la instrucción integral, al
lado de la enseñanza científica o teórica, debe de haber necesariamente
la enseñanza industrial o practica. Sólo así se forma el hombre
completo: el trabajador que comprende y sabe.
La enseñanza
industrial, paralela a la enseñanza científica, se dividirá como ella en
dos partes: la enseñanza general, que deberá dar a los niños la idea
general y el primer conocimiento practico de todas las industrias, sin
ninguna excepción, y la idea de que su conjunto forma la civilización en
su aspecto material como totalidad del trabajo humano; y la parte
especifica, dividida igualmente en grupos de industrias ligadas entre sí
de forma especial.
La enseñanza general debe preparar a
los adolescentes a elegir libremente el grupo especial de industrias y,
entre ellas las industrias particulares por las que sientan más afición.
Una vez en esta segunda fase de la enseñanza industrial, harán los
primeros aprendizajes de trabajo serio bajo la dirección de sus
profesores.
Además de la enseñanza científica e industrial,
existirá necesariamente la enseñanza practica, o más bien una serie
sucesiva de experiencias de moral, no divina, sino humana. La moral
divina está basada en estos dos principios inmorales: el respeto a la
autoridad y el desprecio a la humanidad. La moral humana, por el
contrario, no se funda más que en el desprecio por la autoridad y en el
respeto a la libertad y a la humanidad. La moral divina considera el
trabajo como una degradación y como un castigo; la moral divina ve en él
la condición suprema de la felicidad y de la dignidad humana. La moral
divina conduce, como, consecuencia, a una política que no reconoce
derechos más que a los que por su posición económica privilegiada pueden
vivir sin trabajar. La moral humana no los otorga más que a quien vive
trabajando. Reconoce que el hombre se hace hombre sólo por el trabajo.
La educación de los niños, tomando como punto de partida la libertad,
debe conducir sucesivamente a ella. Entendemos por libertad, desde el
punto de vista positivo, el desarrollo pleno de todas las facultades que
se encuentran en el hombre, y desde le punto de vista negativo, la
completa independencia de la voluntad de cada uno frente a la de los
demás.
El
hombre no es y no será nunca libre frente a las leyes sociales; si se
divide a las leyes en estas dos categorías se hace únicamente para mejor
conocimiento de la ciencia, pero en realidad no pertenecen más que a
una sola, pues ambas son leyes naturales, leyes fatales, que constituyen
la base y la condición misma de cualquier existencia, de manera que
ningún ser vivo podrá rebelarse contra ellas sin suicidarse.
Pero es preciso distinguir estas leyes naturales de las autoritarias,
políticas, religiosas, criminales y civiles, que las clases
privilegiadas han establecido a lo largo de la historia, siempre para
explotar el trabajo de los obreros, con la única finalidad de amordazar
la libertad de éstos, y que, con el pretexto de una moralidad ficticia,
han sido siempre la fuente más profunda de inmoralidad. Así pues,
obediencia involuntaria y fatal a todas las leyes, que, independientes
de toda voluntad humana, son la vida misma de la naturaleza y de la
sociedad; pero independencia, también, de cada uno, tan absoluta como
sea posible, frente a todas las voluntades humanas, colectivas o
individuales, que quieran imponerle su ley, no una influencia natural.
En cuanto a la influencia natural que ejercen unos hombrees sobre
otros, es todavía una de esas condiciones de la vida social contra las
cuales la rebeldía seria tan inútil como imposible. Esta influencia es
la base misma material, intelectual y moral de la solidaridad humana. El
individuo, producto de la solidaridad o de la sociedad, aún
permaneciendo sumiso a sus leyes naturales, puede muy bien, bajo la
influencia de sentimientos procedentes del exterior y sobre todo de una
sociedad extranjera, reaccionar contra esta influencia, hasta cierto
grado, pero no podría liberarse de ella sin situarse enseguida en otro
medio solidario, sin sufrir pronto nuevas influencias. Pues para el
hombre, la vida fuera de toda sociedad y de todas las influencias
humanas, el aislamiento absoluto, es la muerte intelectual, y también
moral y material. La solidaridad no es el producto, sino la madre, de la
individualidad y de la personalidad humana y no puede nacer y
desarrollarse más que en la sociedad humana.
La suma de las
influencias sociales dominantes, expresada por la conciencia solidaria o
general de un grupo humano más o menos extenso, se llama la opinión
pública. ¿Y quién no conoce la acción todopoderosa ejercida por la
opinión pública sobre todos los individuos? La acción de las leyes
restrictivas más draconianas, no es nada en comparación con ella. La
opinión pública es el educador por excelencia de los hombres; por eso,
para moralizar a los individuos hay que moralizar en primer lugar a la
misma sociedad, hay que humanizar su opinión o su conciencia pública.
CAPÍTULO IV
Para moralizar a los hombres, hemos dicho, hay que moralizar el medio social.
El socialismo, fundado sobre la ciencia positiva, rechaza totalmente la
doctrina del libre albedrío. Reconoce que todo lo que llaman vicios y
virtudes de los hombres es, en realidad, el producto de la acción
combinada de la naturaleza, de la sociedad propiamente dicha. La
naturaleza, en cuanto acción etnológica, fisiológica y patológica, crea
las facultades y disposiciones que se llaman naturales y la organización
social las desarrolla, detiene o falsea su crecimiento. Todos los
individuos, sin excepción, son en cualquier momento de su vida lo que la
naturaleza y la sociedad les han hecho ser.
Sólo gracias a
esta fatalidad natural y social es imposible la ciencia de la
estadísticas, ciencia que no se contente con constatar y enumerar los
hechos sociales, sino que busca la coordinación y correlación con la
organización de la sociedad. La estadística criminal, por ejemplo,
constata que en un mismo país, en una misma ciudad, durante un periodo
de 10, de 20 ó de 30 años y algunas veces más si no sucede ninguna
crisis política o social que cambie las disposiciones de la sociedad, el
mismo crimen o el mismo delito se reproducen cada año, más ,o menos en
la misma proporción; y lo que es aún más notable es que la forma de
perpetuarlos se renueva casi tantas veces en un año como en otro; por
ejemplo, el número de envenenamientos, de homicidios con armas blancas o
de fuego, son casi siempre los mismos. Lo cual ha hecho afirmar al
célebre estadístico belga M. Quetelet estas palabras memorables: «La
sociedad prepara los crímenes y los individuos se limitan a
ejecutarlos».
Esta repetición periódica de los mismos
hechos sociales no tendrían lugar si las disposiciones intelectuales y
morales de los hombres, así como los actos de su voluntad, tuvieran como
origen el libre albedrío. O bien esta expresión de libre albedrío no
tiene sentido, o bien significa que el individuo se determina
espontáneamente, por sí mismo, al margen de toda influencia externa, ya
sea natural o social. Pero si así fuera, al actuar los hombres por
cuenta propia habría en el mundo la más grande anarquía; toda
solidaridad seria imposible entre ellos y todos esos millones de
voluntades, absolutamente independientes unas de otras y chocando unas
con otras, tenderían a destruirse e incluso acabarían haciéndolo, si ni
uniera por encima de ellas la voluntad despótica de la divina
providencia, que las «dirigiría mientras se agitan» y que aniquilándolas
todas a la vez, impondría a esta confusión humana el orden divino.
Vemos también a los partidarios del libre albedrío, fatalmente
conducidos por la lógica, obligados a reconocer la existencia y la
acción de la divina providencia. Es la base de todas las doctrinas
teológicas y metafísicas, un magnifico sistema que durante mucho tiempo
ha alegrado la conciencia humana y que, desde el punto de vista de la
reflexión abstracta o de la imaginación poética y religiosa, de lejos,
parece, en efecto, llena de armonía y grandeza. Es una pequeña desgracia
que la realidad histórica que ha correspondido a este sistema haya sido
siempre horrible y que el sistema mismo no pueda soportar la critica
científica.
Sabemos, en efecto, que mientras ha reinado en
la tierra el derecho divino, la inmensa mayoría de los hombres ha sido
brutal y despiadadamente explotada, atormentada, oprimida, diezmada;
sabemos que todavía hoy, y siempre en nombre de una divinidad teologota o
metafísica, se esfuerza en mantener en la esclavitud a las masas
populares; y no, puede ser de otra forma, pues desde el momento en que
haya una voluntad divina que gobierne el mundo, la naturaleza, la
sociedad, la libertad humana está absolutamente anulada. La voluntad del
hombre es necesariamente imponente en presencia de la voluntad divina.
¿Qué sucede, pues? Que queriendo defender la libertad metafísica
abstracta o ficticia de los hombres, el libre albedrío, se está obligado
a negar su libertad real. Ante cualquier poder y ante la omnipresencia
divina, es hombre esclavo. La divina providencia destruye la libertad
del hombre en general, por lo que no queda más que el privilegio, es
decir, los derechos especiales acordados a tal individuo o a tal
jerarquía, dinastía o clase.
Del mismo modo, á divina
providencia hace imposible toda ciencia, lo que quiere decir que es
sencillamente la negación de la razón humana, o bien que para
reconocerla hay que renunciar al buen sentido de cada uno. Desde el
momento en que el mundo está gobernado por la divina voluntad, no es
necesario buscar la coordinación natural de los hechos, sino una serie
de manifestaciones de esta voluntad suprema de la que, como dicen las
Sagradas Escrituras, los designios son y deben permanecer siempre
impenetrables para la razón humana, bajo pena de perder su carácter
divino. La divina providencia no es sólo la negación de toda lógica
humana, sino también de la lógica en general, pues toda lógica implica
una necesidad natural, y esta necesidad seria contraria a la libertad
divina; es, desde el punto de vista humano, el triunfo de la
irracionalidad. Los que quieren creer deben renunciar, pues, tanto a la
libertad como a la ciencia y, dejándose explotar, apelar por los
privilegios del buen Dios, repetir con San Tertuliano: «Creo en lo que
es absurdo», añadiendo esta otra frase tan lógica como la primera: «Y
quiero la iniquidad».
En cuanto a nosotros, que
voluntariamente renunciamos a las felicidades de otro mundo y que
reivindicamos el triunfo completo de la humanidad en esta tierra,
admitimos humildemente que no comprendemos nada de la lógica divina, y
que nos contentaríamos con una lógica humana fundada en la experiencia y
en el conocimiento del encadenamiento de los hechos, tanto naturales
como sociales.
Esta experiencia acumulada, coordinada y
reflexiva que llamamos ciencia, nos demuestra que el libre albedrío es
una ficción imposible, contraria incluso a la misma naturaleza de las
cosas; que lo que se llama la voluntad no es más que el producto del
ejercicio de una facultad nerviosa igual que nuestra fuerza física no es
más que el producto del ejercicio de nuestros músculos, y que, por
consiguiente, uno y otro son productos de la vida natural y social, es
decir, de las condiciones físicas y sociales del medio en que ha nacido
cada individuo y en el que continua desarrollándose; y repetimos que
cada hombre, en cada momento de su vida, es el producto de la acción
combinada de la naturaleza y la sociedad, con lo que se aclara la verdad
anunciada en nuestro anterior articulo: que para moralizar a los
hombres hay que moralizar su medio social.
Para
moralizarlo, no hay más que un medio, y es el de hacer triunfar la
justicia, es decir, la más completa libertad de cada uno en la más
perfecta igualdad de todos. La gran iniquidad colectiva, que da
nacimiento a todas las iniquidades individuales, es la desigualdad de
condiciones y de derechos, y, como consecuencia, la ausencia de libertad
para cada cual. Suprimidla y desaparecerán todas las demás.
Tenemos mucho, vista la poca diligencia que demuestran los hombres
privilegiados a dejarse moralizar o, lo que es lo mismo, a dejarse
igualar, nos tenemos que este triunfo de la justicia no queda efectuarse
más que por medio de la revolución social. No hablaremos hoy de ello.
Nos limitaremos por otra parte; que mientras el medio social no se
moralice, la moralidad de los individuos será imposible.
Para que los hombres sean morales, es decir, hombres completos en el,
pleno sentido de la palabra, se necesitan tres cosas: un nacimiento
higiénico, una instrucción racional e integral, acompañada de una
educación fundada sobre el respeto al trabajo, a la razón, a la igualdad
y a la libertad, y un medio social donde cada individuo goce de su
plena libertad y sea realmente, de hecho y de derecho, igual a los
demás.
¿No existe este medio? No. Por consiguiente, hay que
crearlo. Si en la sociedad que hoy existe se llegaran a fundar escuelas
que dieran a sus alumnos una instrucción y una educación tan perfectas
como podamos imaginar, ¿llegarían a crear hombres justos, libres y
morales? No. pues al salir de la escuela se encontrarían en medio de una
sociedad que esta dirigida por principios contrarios, y como la
sociedad es siempre más fuerte que los individuos, no tardaría en
dominarlos, es decir, en desmoralizarlos. Más aún, incluso la fundación
de esas escuelas es imposible en el medio social actual. Pues la vida
social abarca todo, invade tanto las escuelas como la vida de las
familias y la de todos los individuos que forman parte de ellas.
Los instructores, los profesores, los padres, todos son miembros de
esta sociedad y están más o menos embrutecidos y desmoralizados por
ella. ¡Cómo iban a dar a los alumnos lo que les falta a ellos mismos!
Sólo se predica bien la moral con el ejemplo, y siendo la moral
socialista completamente contraria a la moral actual, los maestros,
dominados necesariamente más o menos por esta ultima, harían delante de
sus alumnos lo contrario de lo que predicasen. Por tanto, la educación
socialista es imposible en las escuelas y en las familias actuales.
Pero la instrucción integral en esta sociedad es igualmente imposible:
los burgueses no comprenden que sus hijos se hagan trabajadores, y los
trabajadores están privados de todos los medios para dar a sus hijos una
instrucción científica.
Me hacen gracia esos buenos
socialistas burgueses que siempre nos gritan: «Instruyamos primero al
pueblo y luego emancipémosle». Nosotros decimos lo contrario: que
primero se emancipe y se instruya por si mismo. ¿Quién instruirá al
pueblo, vosotros? Por supuesto que no le instruiréis. Le envenenaréis
intentando inculcarle todos esos prejuicios religiosos, históricos,
políticos, jurídicos y económicos que garantizan vuestra existencia
contra él, que al mismo tiempo matan su inteligencia, enervan su
legítima inclinación y su voluntad. Le dejáis que agote con su trabajo
cotidiano y en su pobreza y entonces le decís: ¡instruíos! Nos gustaría
veros como os instruís con vuestros hijos, después de 13, 14 ó 16 horas
de trabajo embrutecedor, con la miseria y la incertidumbre del mañana
como única recompensa.
No señores. A pesar de nuestro gran
respeto por la importante cuestión de la educación de la educación
integral, declaramos que no es eso lo más importante para los pueblos.
Lo primero es su emancipación política, que engendra necesariamente su
emancipación económica y más tarde su emancipación intelectual y moral.
Por consiguiente, adoptamos plenamente la resolución votada por el
Congreso de Bruselas: «Reconociendo que de momento es imposible
organizar una enseñanza racional, el Congreso invita a las diferentes
secciones a establecer cursos públicos siguiendo un programa de
enseñanza científica, profesional y productiva, es decir, enseñanza
integral, para remediar en lo posible la instrucción insuficiente que
los obreros reciben actualmente. Se entiende que la reducción de horas
de trabajo es condición previa e indispensable».
Sí,
sin duda los obreros harán todo lo posible para conseguir tanta
instrucción como puedan en las condiciones materiales en las que se
encuentran actualmente. Pero, sin dejarse disuadir por los cantos de
sirena de burgueses y socialistas burgueses, concentraran, ante todo,
sus esfuerzos en esta importante cuestión de su emancipación económica,
que debe ser la madre de todas las demás emancipaciones.
Traducción de Claudio Lozano. Digitalización KCL.