Mostrando entradas con la etiqueta Lumpen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lumpen. Mostrar todas las entradas

sábado, 8 de agosto de 2015

El plomo al hampa del socialismo del siglo veintiuno venezolano - Gladys Emilia Guevara


Quizás muchos de quienes me leen en este instante son empáticos con la idea de que frente al fenómeno de la delincuencia, se justifica las actuaciones represivas del Estado. No los condeno por pensar así. Sólo que debo advertirles que el pensar así, con el tiempo, de seguro los condenará a sufrir los embates del autoritarismo o los hará cómplices de injusticias de dimensiones incalculables. Así que es mejor plantearnos una reflexión más o menos seria sobre el asunto, a ver si aprendemos algo de los rápidos sucesos vividos por el pueblo venezolano en por lo menos estas dos últimas décadas signadas por aparentes cambios gubernamentales.

Por eso me resulta imprescindible entrar primero en el campo de las definiciones y las caracterizaciones de lo que hasta ahora se ha entendido en estos pueblos colonizados por delincuencia y por “control del Estado”.

Si hiciéramos una encuesta en la cual quisiéramos detectar cuáles son las representaciones mentales de los ciudadanos en torno a qué es y cuáles son las características de un delincuente, nos encontraríamos con un cúmulo de asociaciones de carácter clasista y racista. Un delincuente es un “malandro”, un “vago”, un “pandillero”. Y si les ofreciéramos imágenes que complementaran el concepto que cada uno tiene de “delincuente”, lo más probable es que relacionaran el término con personas pertenecientes a las clases pobres, y en consecuencia, mayoritariamente gente mestiza, integrante de etnias indígenas o simplemente de piel negra.

Esta situación se repite a lo largo y ancho de cualquier sociedad colonizada y neocolonizada. El dominador (¡delincuente de algo rango!) impone su lengua y sus modos de pensar al dominado, hasta el punto en que este se convierte en reproductor del sistema. Sobre el dominado pesa un cúmulo de traumas sociales que lo hacen subestimar su propia cultura, su fisonomía, el color de su piel, la textura de sus cabellos… Y sueña con ser otro, otro muy parecido a su dominador. O al menos, cercano a los hábitos, gustos y disfrutes del “amo”.

La escuela es la encargada de “sembrar civilismo”, y quien no se adecúe a ritmos de trabajo, formas de presentación personal, horarios, enfoques únicos de pensamiento, etc., se convierte en un desadaptado. Hay que obtener un cartón que te acredite como persona “apta” para el trabajo, el cual también sigue el mismo compás “civilizatorio” del resto de las actividades humanas: cumplimiento y control. Considérese afortunado si tiene trabajo y cuídese mucho de perderlo, así esté en juego su propia dignidad humana. Lo importante es la subsistencia. Prohibido decir lo que piensa, so pena de ser execrado del “proceso”.

¿El gran fenómeno comunicacional que encarnó el fallecido presidente, revirtió en forma real la mentalidad neocolonizada del venezolano?

A pesar de que todas estas situaciones eran conversadas por el desaparecido presidente Chávez, sus “agudas observaciones” dirigidas en este sentido, se convertían en puras prédicas declarativas, mecanismos de “catarsis” para que todo siguiera igual, porque la realidad del entorno en el cual él mismo se desenvolvía era extremadamente ficticia y edulcorada para el espectador incauto.  Aquella popular Lina Ron, por ejemplo, quien se batía frontalmente contra opositores al gobierno, fue blanco de miles de desprecios clasistas por parte del equipo presidencial y de sus acólitos, quienes siempre la vieron como un instrumento para “lanzarla” en contra de los enemigos, sin importarle su condición humana. Después de todo, sólo ellos y sus hijos debían sobrevivir; los pobres sólo son carne de cañón contra el enemigo. Luego podrían rendirles homenajes o indemnizar a sus familiares, para dar muestra de  “revolución”, “unidad en la lucha” y de “justicia social”. Y en el caso de Lina Ron, hasta una orden de captura formulada mediáticamente por el mismo jefe de Estado, en la cual clamaba sobre ella “todo el peso de la ley”.  Lógico. La “defensa del Estado” exige obediencia absoluta… ¿qué es eso de pensar y actuar con cabeza propia? La “participación” también está regulada por el Estado seudo socialista. Él sólo te puede indicar cuándo “saltarte” las leyes. Él sólo puede garantizarte impunidad, si te decides a delinquir.

Un cúmulo inmenso de eslóganes y frases hechas formaba parte de las declaraciones  de los funcionarios públicos y de las “opiniones” de los venezolanos. El pensamiento fue sustituido por la fórmula. La canción de Alí Primera, fiera y rebelde contra el sistema, ahora era el “perfume de la mierda” de los actos públicos, en los cuales siempre existía una élite privilegiada que observaba los actos cómodamente, y una comparsa de pobres incautos que se sentían hermanados con el poder por el solo hecho de estar detrás de la línea de seguridad que siempre los mantuvo a raya… “por si acaso”.

¿Qué intención perseguía el Estado venezolano pretendidamente socialista cuando privilegiaba la adquisición de bienes materiales como fórmula de felicidad?

Así también se hizo común y frecuente entre los funcionarios públicos y sus allegados, la cirugía estética. Y el mismo fallecido presidente, clamaba por la protección a estas “damas” que tenían todo el derecho de “mejorar” su aspecto físico. Reinas de belleza, actrices y actores hollywoodenses desfilaban por Miraflores, mientras un líder del pueblo yukpa, de nombre Sabino Romero, quien creyó su deber hacer realidad el mandato constitucional de reintegración de tierras a sus etnias ancestrales, recorría distancias entre la Sierra de Perijá y Caracas para hacerse escuchar por funcionarios que se volvieron inaccesibles, y por unos medios al servicio del gobierno, que vetaron su palabra hermana hasta casi el final de sus días. No importa, después permitirían que las salas de cine exhibieran un documental: ¡Sabino vive! Para enmendar la plana. “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”, como bien apunta la sabiduría popular.

Y así como “todos” tenían “derecho” a las “cirugías estéticas”, también tenían derecho sobre bienes muebles e inmuebles: una mejor calidad de vida, clamaban. “La mayor suma de felicidad posible”, parafraseaban la infeliz y frustrada frase del Libertador. Y la felicidad tenía nombre de cargos públicos, viviendas regaladas, línea blanca, artefactos electrodomésticos, “vergatarios”, “canaimitas”, tablets, antenas de televisión con la misma o parecida plancha de programación basura que tanto criticaron a una supuesta “iv república”… Todo esto adquirido con créditos chinos, rusos. ¡Qué viva la Venezuela rentista!, mientras el jefe de Estado clamaba independencia económica y alertaba sobre el peligro de las “oligarquías apátridas”, que si bien constituían un peligro real, ya no tenían la facilidad de actuación de otrora, y se limitaban a torpes incursiones guarimberas, que sólo reforzaron tiempo después, la actuación represora y criminalizadora que asumió el Estado contra cualquier protesta pública, por justa que esta fuese.

¿Quién es, pues, el mal llamado “bachaquero” venezolano, sino el producto del cacareado “socialismo del siglo veintiuno”, cuya “premisa teórica” era el “amor” y el “buen vivir”, y el cual quedó consagrado en un patético corazón que sirvió de vacua publicidad en las últimas elecciones presidenciales del “Comandante Eterno”? El socialismo del siglo veintiuno daba para todo y más.

¿Por qué llaman delincuente ahora a quienes se dedican a “mejorar sus condiciones de vida” revendiendo productos de la cesta básica, si la lógica que opera en sus actuaciones fue la misma que motorizó la idea de que la felicidad viene con la asunción de las tecnologías y la adquisición de bienes materiales sin el menor esfuerzo?

¿Qué son las OLP y por qué muchos venezolanos justifican sus actuaciones?

La organización político-territorial de nuestros pueblos responde a una concepción subestimadora del poder de una mayoría pensante. Según esta concepción, los pueblos no son aptos para gobernarse y debe existir una élite privilegiada que lo haga. Representativa o participativamente, las democracias republicanas son formas en las cuales las mayorías ceden el “poder” a los supuestamente “más aptos”.

La sanción institucional, el autoritarismo frontal o el macabro poder del burocratismo, las redes familiares, el clientelismo y el compadrazgo, son manifestaciones consustanciales con la formación del Estado y el desarrollo del capitalismo en este lado del mundo. La gente las cree “natural”, y no entiende que son producto de unas formas particulares de relaciones históricas entre los seres humanos.

En consecuencia, la mentalidad de las mayorías se proyecta una única percepción de la realidad: la que han conocido hasta ahora. No se piensan sin autoridad y sin gobierno. “El caos”, sostienen. “Eso no puede ser”. Debe haber quien administre y controle. Quién premie y sancione.

¿De qué modo distinto al represivo un Estado minado de desigualdades sociales e inoperante en lo relacionado con la generación de las condiciones básicas de estabilidad nacional, puede pretender “ejercer el control” de cualquier fenómeno disfuncional que se presente en la estructura socio económica de la nación?

Pero… ¿si han repartido casas, alimentos, electrodomésticos, artefactos tecnológicos, agotando con ello “todas las medidas posibles para evitar la represión, por qué los pueblos insisten en ser “delincuentes”? Si todas esas “prebendas” no han podido sostenerse en el tiempo, es por culpa de la “guerra económica”, afirman. Así que exigimos “lealtad absoluta”. Probablemente el pueblo, lo que esté pidiendo es “mano dura”, aunque el “puño de hierro” contra la corrupción y la ineptitud gerencial que ofreciera el otrora presidente Chávez en la antesala de su muerte, sea hoy en día un finísimo guante de seda con el cual se “negocia” en las “altas esferas”. En su lugar se proyecta un “mazo” exhibido por uno de los mayores trogloditas de la política chavecista venezolana, allá en donde prolifera la verdadera delincuencia generadora de todos los males sociales: la corrupción y la venalidad de los funcionarios públicos.

Sin embargo, es necesario edulcorar la píldora. Y allí están los medios y los “miedos” para aligerar el trabajo de manipulación.

Es así como sin aún quitarse la careta de “socialistas” (aunque cada día la exhiben menos, llegando a sustituirla por la expresión de “territorios para la paz”, eufemismo alusivo directamente a la premeditada operación de exterminio de grupos que están fuera del “control del Estado”, que comenzó con la masacre de Quinta Crespo en la cual cayó ajusticiado impunemente Odreman y sus compañeros) el actual gobierno chavecista del presidente Maduro proclama su última panacea para resolver la situación de inseguridad que se vive en el país (porque ahora resulta que se convencieron que no era un asunto de “percepción de la realidad” auspiciado por los opositores, sino que era real. Antes tuvieron que tirotearles y coserles a puñaladas a sus propios peones del tablero politiquero, para que entraran en razón).

Se trata de las OLP (Operación Libertad y Protección del Pueblo), mecanismo represivo del Estado seudo socialista para suspender las garantías constitucionales en las zonas más vulnerables del territorio venezolano, sin causar mayor impacto mediático, en el ámbito nacional, pero sobre todo, internacional. La mentalidad de los dominados, por supuesto, celebra estas incursiones, casi con tanto fervor como las personas de pensamiento de derecha, para quienes la existencia de los pobres siempre será una amenaza potencial para sus privilegios.

Mediáticamente, estas operaciones son todo un “éxito”. Han logrado capturar a los prófugos más antiguos del crimen organizado, y han llevado “la paz y la tranquilidad” a sectores populares que estaban atemorizados, según cuentan, por el hampa común y el crimen organizado.

Lo cierto del caso es que los medios nacionales y la prensa en general no están reseñando lo que realmente está ocurriendo en estos operativos. Sólo nosotros, los de abajo, conocemos la otra cara de la historia oficialista.

Desalojo kilometro 3 de la Panamericana en el marco de la OLP 24/07/15
En los Operativos de las OLP, todos nosotros somos sospechosos de ser “bachaqueros” y/o delincuentes. Todo depende del lugar donde vivamos o transitemos. Todo depende de nuestra clase social y todo lo que ella lleva implícito: forma de vestir, actuar, pensar… Todo depende de nuestro color de piel y del grado de redes familiares y/o amistosas que tengamos con el poder. Todo depende de que un mal día no nos demos de narices con el poder y la autoridad de un policía, un guardia nacional o un funcionario del Sebin de mal talante. Todo depende.

Quedan suspendidos los derechos humanos en las barriadas populares, con la tenaz asunción de las OLP, mecanismo idóneo del socialismo del siglo veintiuno para darle tranquilidad al “pueblo venezolano”. Y uno se pregunta: ¿Es que alguna vez existieron los derechos humanos en las barriadas populares o en las zonas rurales? No, pero ya no puedes dar el tradicional grito del cerdo, camino al matadero. Allí está el poeta Tarek William Saab para asegurarse de ello, e ir por el mundo entero proclamando nuestra democracia a prueba de guarimbas y guerras económicas. Y quien diga lo contrario, es sospechoso de traición.

La próxima vez que celebres una incursión de las OLP en zonas humildes del pueblo venezolano, piensa que en cualquier momento el blanco puedes ser tú,  que habrá quienes celebren el éxito de esta nueva versión del “plomo al hampa” erigida por gobiernos que sólo anuncian socialismo mientras promueven medidas neoliberales. Y que entonces, será bastante tarde para que hables de organización y unidad popular.


Gladys Emilia Guevara



Artículo tomado desde Aporrea


lunes, 7 de octubre de 2013

La delincuencia y el estado de la delincuencia - Germinal Rodríguez

Artículo publicado en la revista Bicicleta (región ibérica) Nº6 Mayo 1978

Al poner en tela de juicio el fenómeno delictivo, habremos de cuestionar necesariamente la legalidad que lo reprime en aras del llamado bien común, ese «bien común» que el delincuente destruye y que se consigue con la explotación económica a la que la clase obrera está sometida y con la marginación de ciertos sectores de la sociedad. Con su conducta, el delincuente no sólo explicita de una manera propia la lucha de clases, sino que, como marginado que rompe con la legalidad, apunta el doble juego del Estado: crear el delito y reprimirlo. Como libertarios, nuestra postura ha de basarse en la denuncia de ese «bien común» que se mantiene, no sólo con las porras de la policía, sino también con la complicidad y la modorra del resto de la sociedad, en la denuncia del Estado como único delincuente.

A la hora de analizar la delincuencia como fenómeno social hemos de empezar rechazando las interpretaciones que «los civilizados» de izquierda y derecha han vertido a los cuatro vientos sobre el tema. Los análisis que ellos nos ofrecen están mediatizados por unas categorías ideológicas que los hacen ser intencionadamente parciales e incompletos. Se analiza la delincuencia desde el concepto de la ley, una ley definida por y desde el Poder, y que en último extremo es la institucionalización de la dominación de una clase sobre otra.

Todo análisis de la delincuencia está presidido por la dicotomía «normal-anormal», pero no cuestiona quién marca la norma, sino que se da por admitido el abstracto consenso universal que tiende a identificar norma y justicia. Su norma, su justicia, las que unos crean y otros padecen.

Las interpretaciones que nos ofrecen las «fuerzas organizadas» que intentan cambiar el mundo desde los cómodos sillones del Parlamento no difieren mucho de los análisis que desde el Poder nos hacen aceptar, y acaso alguien se sorprenda de que de las disciplinadas filas del inefable PC salgan declaraciones como la que nos brinda Antonio Rato: «Creo que al delincuente se le debe aislar por la misma razón que se aísla al portador de un virus o a un demente peligroso. Es decir, sin tratar de penetrar en el fondo de su conciencia, ni mucho menos de evaluar hasta qué punto es responsable en concreto de su personalidad.» No es en absoluto casual que se difundan en el PC estas interpretaciones: existe el mismo interés por la represión en los grupos que están en el Poder como en los que aspiran a él.

El hecho de que se ofrezca esta «realidad de la delincuencia», presentándola como un fenómeno a reprimir, pero sin intentar buscar sus causas y raíces, sólo puede responder a una asombrosa ingenuidad o a una estrategia interesada, y hay quienes no nos creemos eso de la ingenuidad del Poder.


La «necesidad» del delito

Se trata de hacer de la delincuencia una realidad al servicio del sistema, de aislar al delincuente y colgarle la etiqueta del «mal»; el Estado se presentará esgrimiendo la bandera del «bien», y con este aval se encargará de eliminar las malas hierbas que crecieron junto a los demás ciudadanos de «bien» y, de «orden».

En última instancia el fenómeno delictivo presta al Estado un pingüe servicio: justifica su existencia en cuanto defensor del orden y la paz. El Estado necesita del desorden y del mal para justificar sus mecanismos de reproducción y defensa. ¿Qué sentido tendría una policía en una sociedad sin delito?

El Estado necesita del delito tanto que cuando le interesa se lo inventa: se provoca para después reprimir.

Detrás de esta fachada de defensores quedan camuflados los intereses de la clase dominante, que con esta ideología del delito mata dos pájaros de un tiro: asegura su reproducción como clase (no sólo a nivel político, sino también a nivel sicológico, en cuanto que sus criterios morales son asimilados por la sociedad) y, por otro lado, institucionaliza y normaliza la represión y el castigo para destruir a los elementos rebeldes con la irnpunidad que le da la aceptación del delincuente como «malo» y «peligroso», no sólo para el Estado, sino para toda la sociedad.

Es un círculo: unas estructuras crean el delito y otras lo reprimen, pero una sola mano maneja los hilos.

De este modo se hace recaer toda la violencia reprimida de la sociedad sobre una parte de ella misma, los delincuentes, desviando así lo que pudiera tener de revolucionario y subversivo.

El «caldo de cultivo»

Una ciencia al servicio del sistema va a interpretar la delincuencia como un fenómeno desligado de su contexto social: el mundo capitalista. Así, la genética hablará del cromosoma del criminal y la sociología y sicología intentarán explicarla como resultado de un aprendizaje patológico; pero si queremos buscar las raíces de la delincuencia ciertamente las encontraremos en el carácter capitalista de la sociedad, tanto de los Estados llamados capitalistas como de aquellos otros países basados en un capitalismo de Estado.

Decir que la delincuencia es patrimonio de la clase obrera no es desvelar ningún misterio: la procedencia de la población penal está clara a los ojos de todos; pocos hijos de la burguesía podemos encontrar en Carabanchel o en la Modelo. Es del mundo obrero de donde salen los candidatos a las celdas de nuestras prisiones.

Las grandes ciudades donde nos almacenan para que seamos más rentables y productivos son viveros de delincuencia. El emigrante que llegó a la capital a pedir que le explotaran se da cuenta de que las ocho horas de trabajo, si es que aceptaron su solicitud de explotación, no llegan para comprar esos productos que a todas horas le estan incitando a comprar. La constante frustración que crea el desequilibrio entre el deseo incrementado por la publicidad y la limitada capacidad adquisitiva tiene dos salidas: la docil (horas extras, letras para toda la vida...) y la rebelde, es decir, el delito.

El mundo capitalista está organizado para producir dóciles currantes que produzcan más y mejor y que consuman aquellos que mayores beneficios rinda al capitalismo. En un mundo tal el único delincuente es el Estado, de aquí la necesidad de dar la vuelta al concepto de la delincuencia: debemos asumir el hecho de que en esta sociedad ser delincuente es rebelarse contra las estructuras alienantes que la configuran. Intentar ser libre y recuperar lo que nos pertenece es ser calificado de delincuente por esta sociedad.

 Estado y delincuente

Una ideología represiva subyace en el discurso de las relaciones capitalistas: unos mandan, controlan la producción, los medios de comunicación, hacen las leyes.... otros obedecen, producen y acatan las leyes y la autoridad. Esto es el orden y el bien común, el Estado cuida de nosotros para que el mundo no se sumerja en el caos y la anarquía; en tres palabras: establece la norma.

Frente a esta sociedad ordenada, de individuos normales y obedientes, y en contra ella se levantan la antisociedad, el desorden, el caos y el mal. No se sabe, ni por otro lado interesa saber, de dónde procede este grupo de transgresores, pero el poder ha de combatirlos y estirparlos del mundo del orden, porque ponen en peligro el bien común, o sea los intereses del Poder.

Y para combatir este grupo social se crean las leyes, la justicia. Aquí encuentra la cárcel su razón de ser: aislar al delincuente, encerrarlo para que no destruya al «bien común», que tan trabajosamente hemos construido.

La cárcel no está destinada a extinguir el delito, sino a controlarlo y a rentabilizarlo; en cuanto tal, la cárcel significa el último eslabón que cierra el círculo de la opresión y el más degradante de todos.

«Tenemos que convertir las cárceles en islotes donde meter a los delincuentes para que se destruyan entre sí.» Estas declaraciones de un fiscal de Burgos son suficientemente elocuentes.

Pero, ante todo, la cárcel es el lugar en donde la represión institucionalizada alcanza las más altas cotas de degradación humana: palizas, chantajes, tortura, incomunicación, aniquilación sicológica, todo queda oculto tras los muros y las vallas electrificadas.

En una carta al ministro de Justicia, Emilio Monteseril, funcionario de la cárcel Modelo de Barcelona, después de pedir la excedencia, decía textualmene: «Las cárceles no son más que trituradoras de hombres, y nosotros los carceleros somos sus verdugos.»

Los medios de comunicación: un arma eficaz

Los medios de comunicación, como canales que el poder utiliza para la transmisión de su ideología, juegan un papel decisivo en el «manejo» del fenómeno delictivo.

A través de la prensa de sucesos se constata la presencia de otros jueces, «los jueces de papel impreso», que se yerguen como tendenciosos moralizadores de los hechos y que, en última instancia, constituyen una «conciencia normativa» paralela.

El lenguaje utilizado no es, ni mucho menos, neutral, va dirigido a crear un sistema de reflejos emocionales que actuarán ante valores-palabras fetiche. «Delincuente», «drogado», «homosexual», son ejemplos claros de palabras fetiche que desencadenarán una intensa emocionalidad.

Tras ser objeto de bombardeo continuo sobre situaciones de accidentes, robos, suicidios (previamente moralizados), nos invade un sentimiento de inseguridad total que nos lleva a reclamar la presencia de un poder que con su control, vigilancia y castigo nos garantice el «bien» amenazado y el «orden» transgredido.

La jugada que se efectúa a través de los medios de comunicación es pcrfecta: reclamamos nosotros mismos lo que ellos desean establecer. No imponen la vigilancia, el control o el castigo, sino que éstos son solicitados y el Poder los concede.

Delincuencia y subversión

Ante el Poder, el delincuente y el revolucionario son, con algunas diferencias de matiz, subvertidores del sistema social establecido.

A pesar de que el delincuente no actúa movido por una concepción revolucionaria o crítica de la realidad, marca el camino de la revolución, a menudo olvidado por el político: la destrucción fáctica del orden establecido. El delincuente se presenta así como un «subversivo» sin conciencia de tal, que a su modo lucha contra la opresión de unas estructuras capitalistas que marginan a los individuos según su poder adquisitivo o su clase social.

Pero la identificación total del delincuente y el revolucionario es, con mucho, una afirmación gratuita. Si bien el delincuente lleva impresa en su conducta una crítica al trabajo asalariado, un rechazo de la moral de obediencia y resignación que el Poder nos impone, sus actos no tienen como fin la abolición del salario, de la autoridad o de la moral burguesa, sino que son la expresión de una rebeldía espontánea pero sin objetivos.

Del mismo modo, el delincuente explicita una crítica de la mercancía que es sólo parcial e inconsciente: con el robo critica el valor de cambio de la propiedad, pero sin cuestionar su valor de uso, El robo viene a menudo a satisfacer las exigencias del consumismo.

Marginación y revolución

La delincuencia y la marginación en general vienen a indicarnos que la lucha contra el Estado no puede quedarse en las 'reivindicaciones salariales y en meros intentos de recuperación de plusvalía, que la opresión ideológica es quizá más sutil, pero también más virulenta y brutal que la opresión económica. La marginación señala la lucha contra la superestructura como condición «sine qua non» para la liberación social, así la lucha de los grupos marginados está centrada en la crítica a la autoridad y la ideología represora que conlleva, en la rebeldía contra la alienación que enmarca nuestra vida, pero a menudo pierde de vista al factro central del sistema capitalista: las relaciones de producción.

En este sentido la tarea fundamental sigue sin hacerse: dotar a la lucha de los marginados de unos horizontes de lucha social, extender la crítica individualizada y visceral que el marginado hace a la autoridad y al sistema y situarla en un contexto global y crítico. Es decir, reivindicar la «locura», la sexualidad libre, el consumo de droga o la negación al trabajo asalariado, no como expresiones viscerales de unos cuantos maniáticos ante una sociedad represiva, sino como propuesta de subversión ante una sociedad enferma.

El revolucionario ha de darse cuenta de que ha de ser un delincuente si quiere acabar con el orden establecido.

Delincuentes del mundo, si es que llevamos un mundo nuevo en nuestros coraZones, unámonos y destruyamos éste.

Germinal Rodríguez

bibliografía

•    Deligny, Fernand: Los vagabundos eficaces. Ed. Estela, Barcelona, 1971. - Grupos marginados y peligrosidad social. Campo Abierto Ed., Madrid, 1977.

•    Basaglia, Franco: La institución negada. Ed. Barral, Barcelona, 1977.

- La mayoría marginada. Ed. Laia, Barcelona, 1973.

•    Becker, Howard: Los extraños, sociología de la marginación. Editorial Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1971.


Fuente: Bicicleta