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sábado, 8 de agosto de 2015

El plomo al hampa del socialismo del siglo veintiuno venezolano - Gladys Emilia Guevara


Quizás muchos de quienes me leen en este instante son empáticos con la idea de que frente al fenómeno de la delincuencia, se justifica las actuaciones represivas del Estado. No los condeno por pensar así. Sólo que debo advertirles que el pensar así, con el tiempo, de seguro los condenará a sufrir los embates del autoritarismo o los hará cómplices de injusticias de dimensiones incalculables. Así que es mejor plantearnos una reflexión más o menos seria sobre el asunto, a ver si aprendemos algo de los rápidos sucesos vividos por el pueblo venezolano en por lo menos estas dos últimas décadas signadas por aparentes cambios gubernamentales.

Por eso me resulta imprescindible entrar primero en el campo de las definiciones y las caracterizaciones de lo que hasta ahora se ha entendido en estos pueblos colonizados por delincuencia y por “control del Estado”.

Si hiciéramos una encuesta en la cual quisiéramos detectar cuáles son las representaciones mentales de los ciudadanos en torno a qué es y cuáles son las características de un delincuente, nos encontraríamos con un cúmulo de asociaciones de carácter clasista y racista. Un delincuente es un “malandro”, un “vago”, un “pandillero”. Y si les ofreciéramos imágenes que complementaran el concepto que cada uno tiene de “delincuente”, lo más probable es que relacionaran el término con personas pertenecientes a las clases pobres, y en consecuencia, mayoritariamente gente mestiza, integrante de etnias indígenas o simplemente de piel negra.

Esta situación se repite a lo largo y ancho de cualquier sociedad colonizada y neocolonizada. El dominador (¡delincuente de algo rango!) impone su lengua y sus modos de pensar al dominado, hasta el punto en que este se convierte en reproductor del sistema. Sobre el dominado pesa un cúmulo de traumas sociales que lo hacen subestimar su propia cultura, su fisonomía, el color de su piel, la textura de sus cabellos… Y sueña con ser otro, otro muy parecido a su dominador. O al menos, cercano a los hábitos, gustos y disfrutes del “amo”.

La escuela es la encargada de “sembrar civilismo”, y quien no se adecúe a ritmos de trabajo, formas de presentación personal, horarios, enfoques únicos de pensamiento, etc., se convierte en un desadaptado. Hay que obtener un cartón que te acredite como persona “apta” para el trabajo, el cual también sigue el mismo compás “civilizatorio” del resto de las actividades humanas: cumplimiento y control. Considérese afortunado si tiene trabajo y cuídese mucho de perderlo, así esté en juego su propia dignidad humana. Lo importante es la subsistencia. Prohibido decir lo que piensa, so pena de ser execrado del “proceso”.

¿El gran fenómeno comunicacional que encarnó el fallecido presidente, revirtió en forma real la mentalidad neocolonizada del venezolano?

A pesar de que todas estas situaciones eran conversadas por el desaparecido presidente Chávez, sus “agudas observaciones” dirigidas en este sentido, se convertían en puras prédicas declarativas, mecanismos de “catarsis” para que todo siguiera igual, porque la realidad del entorno en el cual él mismo se desenvolvía era extremadamente ficticia y edulcorada para el espectador incauto.  Aquella popular Lina Ron, por ejemplo, quien se batía frontalmente contra opositores al gobierno, fue blanco de miles de desprecios clasistas por parte del equipo presidencial y de sus acólitos, quienes siempre la vieron como un instrumento para “lanzarla” en contra de los enemigos, sin importarle su condición humana. Después de todo, sólo ellos y sus hijos debían sobrevivir; los pobres sólo son carne de cañón contra el enemigo. Luego podrían rendirles homenajes o indemnizar a sus familiares, para dar muestra de  “revolución”, “unidad en la lucha” y de “justicia social”. Y en el caso de Lina Ron, hasta una orden de captura formulada mediáticamente por el mismo jefe de Estado, en la cual clamaba sobre ella “todo el peso de la ley”.  Lógico. La “defensa del Estado” exige obediencia absoluta… ¿qué es eso de pensar y actuar con cabeza propia? La “participación” también está regulada por el Estado seudo socialista. Él sólo te puede indicar cuándo “saltarte” las leyes. Él sólo puede garantizarte impunidad, si te decides a delinquir.

Un cúmulo inmenso de eslóganes y frases hechas formaba parte de las declaraciones  de los funcionarios públicos y de las “opiniones” de los venezolanos. El pensamiento fue sustituido por la fórmula. La canción de Alí Primera, fiera y rebelde contra el sistema, ahora era el “perfume de la mierda” de los actos públicos, en los cuales siempre existía una élite privilegiada que observaba los actos cómodamente, y una comparsa de pobres incautos que se sentían hermanados con el poder por el solo hecho de estar detrás de la línea de seguridad que siempre los mantuvo a raya… “por si acaso”.

¿Qué intención perseguía el Estado venezolano pretendidamente socialista cuando privilegiaba la adquisición de bienes materiales como fórmula de felicidad?

Así también se hizo común y frecuente entre los funcionarios públicos y sus allegados, la cirugía estética. Y el mismo fallecido presidente, clamaba por la protección a estas “damas” que tenían todo el derecho de “mejorar” su aspecto físico. Reinas de belleza, actrices y actores hollywoodenses desfilaban por Miraflores, mientras un líder del pueblo yukpa, de nombre Sabino Romero, quien creyó su deber hacer realidad el mandato constitucional de reintegración de tierras a sus etnias ancestrales, recorría distancias entre la Sierra de Perijá y Caracas para hacerse escuchar por funcionarios que se volvieron inaccesibles, y por unos medios al servicio del gobierno, que vetaron su palabra hermana hasta casi el final de sus días. No importa, después permitirían que las salas de cine exhibieran un documental: ¡Sabino vive! Para enmendar la plana. “El muerto al hoyo y el vivo al bollo”, como bien apunta la sabiduría popular.

Y así como “todos” tenían “derecho” a las “cirugías estéticas”, también tenían derecho sobre bienes muebles e inmuebles: una mejor calidad de vida, clamaban. “La mayor suma de felicidad posible”, parafraseaban la infeliz y frustrada frase del Libertador. Y la felicidad tenía nombre de cargos públicos, viviendas regaladas, línea blanca, artefactos electrodomésticos, “vergatarios”, “canaimitas”, tablets, antenas de televisión con la misma o parecida plancha de programación basura que tanto criticaron a una supuesta “iv república”… Todo esto adquirido con créditos chinos, rusos. ¡Qué viva la Venezuela rentista!, mientras el jefe de Estado clamaba independencia económica y alertaba sobre el peligro de las “oligarquías apátridas”, que si bien constituían un peligro real, ya no tenían la facilidad de actuación de otrora, y se limitaban a torpes incursiones guarimberas, que sólo reforzaron tiempo después, la actuación represora y criminalizadora que asumió el Estado contra cualquier protesta pública, por justa que esta fuese.

¿Quién es, pues, el mal llamado “bachaquero” venezolano, sino el producto del cacareado “socialismo del siglo veintiuno”, cuya “premisa teórica” era el “amor” y el “buen vivir”, y el cual quedó consagrado en un patético corazón que sirvió de vacua publicidad en las últimas elecciones presidenciales del “Comandante Eterno”? El socialismo del siglo veintiuno daba para todo y más.

¿Por qué llaman delincuente ahora a quienes se dedican a “mejorar sus condiciones de vida” revendiendo productos de la cesta básica, si la lógica que opera en sus actuaciones fue la misma que motorizó la idea de que la felicidad viene con la asunción de las tecnologías y la adquisición de bienes materiales sin el menor esfuerzo?

¿Qué son las OLP y por qué muchos venezolanos justifican sus actuaciones?

La organización político-territorial de nuestros pueblos responde a una concepción subestimadora del poder de una mayoría pensante. Según esta concepción, los pueblos no son aptos para gobernarse y debe existir una élite privilegiada que lo haga. Representativa o participativamente, las democracias republicanas son formas en las cuales las mayorías ceden el “poder” a los supuestamente “más aptos”.

La sanción institucional, el autoritarismo frontal o el macabro poder del burocratismo, las redes familiares, el clientelismo y el compadrazgo, son manifestaciones consustanciales con la formación del Estado y el desarrollo del capitalismo en este lado del mundo. La gente las cree “natural”, y no entiende que son producto de unas formas particulares de relaciones históricas entre los seres humanos.

En consecuencia, la mentalidad de las mayorías se proyecta una única percepción de la realidad: la que han conocido hasta ahora. No se piensan sin autoridad y sin gobierno. “El caos”, sostienen. “Eso no puede ser”. Debe haber quien administre y controle. Quién premie y sancione.

¿De qué modo distinto al represivo un Estado minado de desigualdades sociales e inoperante en lo relacionado con la generación de las condiciones básicas de estabilidad nacional, puede pretender “ejercer el control” de cualquier fenómeno disfuncional que se presente en la estructura socio económica de la nación?

Pero… ¿si han repartido casas, alimentos, electrodomésticos, artefactos tecnológicos, agotando con ello “todas las medidas posibles para evitar la represión, por qué los pueblos insisten en ser “delincuentes”? Si todas esas “prebendas” no han podido sostenerse en el tiempo, es por culpa de la “guerra económica”, afirman. Así que exigimos “lealtad absoluta”. Probablemente el pueblo, lo que esté pidiendo es “mano dura”, aunque el “puño de hierro” contra la corrupción y la ineptitud gerencial que ofreciera el otrora presidente Chávez en la antesala de su muerte, sea hoy en día un finísimo guante de seda con el cual se “negocia” en las “altas esferas”. En su lugar se proyecta un “mazo” exhibido por uno de los mayores trogloditas de la política chavecista venezolana, allá en donde prolifera la verdadera delincuencia generadora de todos los males sociales: la corrupción y la venalidad de los funcionarios públicos.

Sin embargo, es necesario edulcorar la píldora. Y allí están los medios y los “miedos” para aligerar el trabajo de manipulación.

Es así como sin aún quitarse la careta de “socialistas” (aunque cada día la exhiben menos, llegando a sustituirla por la expresión de “territorios para la paz”, eufemismo alusivo directamente a la premeditada operación de exterminio de grupos que están fuera del “control del Estado”, que comenzó con la masacre de Quinta Crespo en la cual cayó ajusticiado impunemente Odreman y sus compañeros) el actual gobierno chavecista del presidente Maduro proclama su última panacea para resolver la situación de inseguridad que se vive en el país (porque ahora resulta que se convencieron que no era un asunto de “percepción de la realidad” auspiciado por los opositores, sino que era real. Antes tuvieron que tirotearles y coserles a puñaladas a sus propios peones del tablero politiquero, para que entraran en razón).

Se trata de las OLP (Operación Libertad y Protección del Pueblo), mecanismo represivo del Estado seudo socialista para suspender las garantías constitucionales en las zonas más vulnerables del territorio venezolano, sin causar mayor impacto mediático, en el ámbito nacional, pero sobre todo, internacional. La mentalidad de los dominados, por supuesto, celebra estas incursiones, casi con tanto fervor como las personas de pensamiento de derecha, para quienes la existencia de los pobres siempre será una amenaza potencial para sus privilegios.

Mediáticamente, estas operaciones son todo un “éxito”. Han logrado capturar a los prófugos más antiguos del crimen organizado, y han llevado “la paz y la tranquilidad” a sectores populares que estaban atemorizados, según cuentan, por el hampa común y el crimen organizado.

Lo cierto del caso es que los medios nacionales y la prensa en general no están reseñando lo que realmente está ocurriendo en estos operativos. Sólo nosotros, los de abajo, conocemos la otra cara de la historia oficialista.

Desalojo kilometro 3 de la Panamericana en el marco de la OLP 24/07/15
En los Operativos de las OLP, todos nosotros somos sospechosos de ser “bachaqueros” y/o delincuentes. Todo depende del lugar donde vivamos o transitemos. Todo depende de nuestra clase social y todo lo que ella lleva implícito: forma de vestir, actuar, pensar… Todo depende de nuestro color de piel y del grado de redes familiares y/o amistosas que tengamos con el poder. Todo depende de que un mal día no nos demos de narices con el poder y la autoridad de un policía, un guardia nacional o un funcionario del Sebin de mal talante. Todo depende.

Quedan suspendidos los derechos humanos en las barriadas populares, con la tenaz asunción de las OLP, mecanismo idóneo del socialismo del siglo veintiuno para darle tranquilidad al “pueblo venezolano”. Y uno se pregunta: ¿Es que alguna vez existieron los derechos humanos en las barriadas populares o en las zonas rurales? No, pero ya no puedes dar el tradicional grito del cerdo, camino al matadero. Allí está el poeta Tarek William Saab para asegurarse de ello, e ir por el mundo entero proclamando nuestra democracia a prueba de guarimbas y guerras económicas. Y quien diga lo contrario, es sospechoso de traición.

La próxima vez que celebres una incursión de las OLP en zonas humildes del pueblo venezolano, piensa que en cualquier momento el blanco puedes ser tú,  que habrá quienes celebren el éxito de esta nueva versión del “plomo al hampa” erigida por gobiernos que sólo anuncian socialismo mientras promueven medidas neoliberales. Y que entonces, será bastante tarde para que hables de organización y unidad popular.


Gladys Emilia Guevara



Artículo tomado desde Aporrea


viernes, 7 de agosto de 2015

Los Bandidos Trágicos (1913) - Errico Malatesta

Publicado originalmente en La Société Nouvelle, año 19, No. 2, Agosto de 1913;
 Traducción al castellano por @rebeldealegre 
 
Parecería tarde para hablar aún de ello, pero el tema no obstante sigue siendo actual, dado que estamos tratando con actos y discusiones que han ocurrido una y otra vez en el pasado y que, ay, se repetirán también en el futuro mientras las causas determinantes no hayan desaparecido.

Unos cuantos individuos robaron, y para robar, mataron; mataron al azar, sin discernimiento, a quien se pusiese en medio de ellos y el dinero tras el cual iban. Mataron a personas desconocidas para ellos, trabajadores, víctimas como ellos mismos, e incluso más, de una mala organización social.

En el fondo no hubo nada en esto sino lo de costumbre: fueron ellos el agrio fruto que maduró en el árbol del privilegio en el curso normal de los eventos. Cuando toda la vida social está manchada de fraude y violencia, y cuando aquel que nace pobre está condenado a todo tipo de sufrimientos y humillaciones; cuando el dinero es algo indispensable para la satisfacción de nuestras necesidades y para el respeto hacia nuestra personalidad, y cuando para tantas personas es imposible obtenerlo por medio del trabajo honesto y digno, no hay razón para sorprenderse si de tiempo en tiempo emergen unos cuantos infortunados que, cansados del yugo e inspirados por la moral burguesa, pero sin poder apropiarse del trabajo de otros bajo la protección de los gendarmes, roba ilegalmente bajo las narices de éstos últimos. Ya que para robar no pueden organizar expediciones militares ni vender veneno disfrazado de alimento, asesinan directamente con revólveres o dagas.

Pero los “bandidos” se llamaban a sí mismos anarquistas y eso le dio una importancia y un significado simbólico a hazañas que estaban lejos de tenerlo por sí solas.

La burguesía saca provecho de la impresión que tales actos producen en el público para así denigrar al anarquismo y consolidar su propio poder. La policía, que con frecuencia son los instigadores secretos de estas hazañas, las utilizan para magnificar su propia importancia y para satisfacer sus instintos persecutorios y asesinos de modo de recuperar el costo de la sangre derramada en moneda fuerte y promociones. Lo que es más, dado que se habló del anarquismo, un número de nuestros camaradas se sintió obligado a no negar lo que se llama a sí mismo anarquista. Muchos, fascinados por lo coloreado de la aventura, admirando el coraje de los protagonistas, vio en esto nada más que un acto de rebelión contra la ley, olvidando examinar el por qué y el cómo.

Pero me parece que para determinar nuestra conducta, y aconsejar a la de otros, es importante examinar las cosas con calma, para juzgarlas de acuerdo a nuestras aspiraciones y para no conceder a las impresiones estéticas más valor del que tienen en realidad.

Seguro estos hombres fueron corajudos, y el coraje (que quizás es nada más que buena salud física) es sin temor alguno a la contradicción una cualidad maravillosa. Pero puede ser usada al servicio tanto del mal como del bien. Hemos visto personas corajudas entre los mártires de la libertad y también entre los más odiosos tiranos. Puede hallarse en revolucionarios como también puede hallarse entre camorristas, soldados y policías. Normalmente calificamos correctamente de héroes a quienes arriesgan sus vidas por el bien y tratamos de individuos violentos o, en los casos más serios, como brutos sin sentimientos y sedientos de sangre, a quienes usan su coraje para hacer mal.

No negaré lo colorido de estos episodios e incluso, en cierto sentido, su belleza estética. Pero los poetas admiradores del “beau geste” debiesen tomarse la molestia de reflexionar un poco.

Un automóvil yendo a toda velocidad, conducido por hombres armados con Brownings que esparcen el terror y la muerte en su camino es más moderno pero no más colorido que un bandolero de sombrero emplumado armado con un trabuco que asalta y roba a una caravana de viajantes, o que el barón feudal, vestido de acero y sentado en un caballo de guerra demandando su parte a una persona común, y no tiene más valor. Si el gobierno italiano hubiese tenido algo más que generales de operetta y jefes ignorantes y ladrones quizás hubiese logrado una bella operación militar en Libia, pero ¿hubiese sido la guerra en algo menos criminal o moralmente horrorosa por eso?

Sin embargo estos bandidos no eran, o al menos no todos eran, criminales vulgares.

Entre estos “ladrones” había idealistas desorientados; entre estos “asesinos” había naturalezas heróicas que en otras circunstancias, o inspirados por otras ideas, podrían haberse afirmado como tales. Lo cierto para quienes les conocían es que estos individuos estaban preocupados con ideas y que, si reaccionaron con ferocidad para satisfacer sus pasiones y sus necesidades, fue en gran medida bajo la influencia de una noción especial de la vida y la lucha.

¿Pero son anarquistas estas ideas?

¿Pueden estas ideas, aún si le concedemos a las palabras su sentido más amplio, ser confundidas con el anarquismo, o están, por el contrario, en flagrante contradicción con él?

Ese es el asunto.


* * *

Un anarquista es, por definición, alguien que no quiere ser oprimido ni opresor, que quiere el máximo de bienestar, la mayor cantidad de libertad, el más completo florecer de todos los humanos.

Sus ideas, sus deseos, todos rescatan sus orígenes del sentimiento de simpatía, del respeto por todos los seres, un sentimiento que debe ser lo suficientemente fuerte como para llevarle a desear la felicidad de los demás tanto como la propia, y para renunciar a las ventajas personales cuya obtención requiere el sacrificio de otros. Si este no fuera el caso, ¿por qué sería enemigo de la opresión y por qué buscaría no ser un opresor?

El anarquista sabe que el individuo no puede vivir fuera de la sociedad. Que por el contrario, como ser humano existe solamente porque carga, resumidos en él, con los resultados de las obras de incontables generaciones pasadas, y porque se beneficia toda su vida de la colaboración de sus contemporáneos.

Sabe también que la actividad de cada cual influye directa o indirectamente en la vida de todos, y por ende reconoce la gran ley de la solidaridad que reina en la sociedad así como también en la naturaleza. Y ya que desea la libertad para todos debe desear que la actividad de aquella solidaridad necesaria, en vez de ser impuesta y aceptada inconsciente e involuntariamente, en vez de ser dejada al azar y explotada para el beneficio de algunos y para el detrimento de otros, se vuelva consciente y voluntaria y que se manifieste en igual beneficio para todos.

O ser el oprimido o el opresor, o cooperar para el bien mayor de todos: no hay otras alternativas. Y los anarquistas están naturalmente — y no podría ser de otro modo — por la cooperación libre y consensuada.

Entonces no “filosofemos” ni hablemos de egoísmo, altruísmo y otros acertijos. Concordaremos con gusto: somos egoístas. Todos nosotros buscamos nuestra propia satisfacción, pero es  anarquista quien encontrará su mayor satisfacción en luchar por el bien de todos, por la venida de una sociedad dentro de la cual se sentirá hermano entre sus hermanos, entre seres humanos saludables, inteligentes, ilustrados y felices. Quien puede vivir satisfecho entre esclavos y puede sacar provecho del trabajo de esclavos no es, y no puede ser, anarquista.

Hay individuos fuertes, inteligentes, apasionados, presos de grandes necesidades materiales o intelectuales que, puestos en las filas de los oprimidos, quieren a cualquier costo liberarse y, para hacerlo, no dudan en volverse opresores. Estos individuos, hallándose bloqueados por la sociedad actual, llegan a odiar y despreciar a todas las sociedades y, cayendo en cuenta de que sería absurdo querer vivir fuera de la colectividad, quieren hacer que todas las personas se sometan a su voluntad, a la satisfacción de sus propias pasiones. A veces, cuando están de algún modo enamorados de la literatura, se llaman a sí mismos “superhombres.” Inescrupulosos, quieren “vivir sus vidas.” 

Burlándose de la revolución y de toda esperanza del futuro, quieren disfrutar el momento a cualquier precio y con desdén por todos. Sacrificarían a toda la humanidad por una hora — y algunos lo han dicho literalmente — de “vida intensa.”

Son rebeldes, pero no anarquistas. Tienen la mentalidad, los sentimientos de burgués fracasado, y si se las arreglan para tener éxito se convierten en reales burgueses, y ni un poco menos terribles entre ellos.

En el curso de la lucha ocurre a veces que los encontramos a nuestro lado, pero no podemos, no debemos, ni tampoco queremos confundirnos con ellos. Y ellos saben esto muy bien.


* * *

Pero muchos entre ellos aman llamarse anarquistas. Es cierto, y deplorable.

Por supuesto no podemos impedirle a las personas adoptar el nombre que gusten, y de nuestra parte no podemos abandonar el nombre que resume nuestras ideas y que nos pertenece, lógicamente e históricamente. Lo que podemos hacer es asegurarnos de que no haya confusión al respecto, o al menos la menor cantidad de confusión posible.

Sin embargo, debemos intentar descubrir cómo es que individuos con aspiraciones tan contrarias a las nuestras han podido apropiarse de un nombre que es la negación de sus ideas, de sus sentimientos.

Aludí antes a las sospechosas maniobras de la policía, y sería fácil para mí probar que ciertas aberraciones por las que han intentado culpar a los anarquistas tuvieron como lugar de origen los antros de perdición de la policía: Andrieux, Goron y su estirpe.

En el momento en que el anarquismo comenzó a manifestarse y a obtener importancia en Francia la policía tuvo la brillante idea, digna del más ladino de los jesuítas, de luchar contra el movimiento desde dentro. Con este fin en mente enviaron agentes provocadores entre los anarquistas que simulaban aires ultra-revolucionarios e ideas anarquistas hábilmente parodiadas, las volvían grotescas y diametralmente opuestas a lo que son en realidad. Fundaron periódicos pagados por la policía, provocaron actos dementes y criminales de manera de ponerlas de muestra y que calificasen como anarquistas, comprometieron a inocentes y sinceros jóvenes a quienes poco después delataron y, con la complicidad de la prensa burguesa, lograron persuadir a una parte del público que el anarquismo era lo que ellos presentaban. Y los compañeros franceses tienen buena razón para creer que las mismas maniobras policíacas están todavía llevándose a cabo y que no son ajenos a los eventos que estamos tratando en este artículo. A veces los eventos exceden a las intenciones de los provocadores, pero en cualquier caso, la policía se beneficia de ellos de igual modo.

Debemos añadir a estas influencias de la policía otras que son menos desagradables pero no menos dañinas. En un momento en que sorprendentes atentados atrajeron la atención del público a las ideas anarquistas, escritores de talento, profesionales del bolígrafo siempre en búsqueda de un tema novedoso y la sensacional paradoja, se dispusieron a hacer anarquismo. Y ya que eran burgueses de mentalidad y educación, con ambiciones burguesas, hicieron al anarquismo algo adecuado como para dar a las imaginativas jóvenes y las indiferentes señoras un escalofrío sensual, pero que nada tenía que ver con el movimiento emancipador de las masas que el anarquismo puede provocar… Eran hombres de talento, que escribían bien, a menudo proponiendo cosas que nadie entendía y… eran admirados. En cierto momento ¿no se dijo en Italia que Gabriele D’Annunzio se había vuelto socialista?

Luego de un tiempo estos “intelectuales” volvieron al seno burgués para probar ahí el precio de la notoriedad adquirida, mostrando ser lo que nunca dejaron de ser: aventureros literarios en busca de publicidad. Pero el daño ya se había hecho.


* * *

En resumen, nada de esto hubiese causado gran daño si solo existiesen personas con ideas claras, sabiendo claramente qué quieren y actuando en consecuencia. Pero junto a ellos cuántos hay con ideas confundidas, sus almas inciertas, yendo sin cesar de un extremo al otro.

Así es como es con aquellos quienes se llaman y se creen anarquistas pero que se glorifican en los viles actos que cometen (y que son generalmente excusables por necesidad o por su entorno) diciendo que los burgueses actúan de igual modo, e incluso peor. Esto es cierto, pero ¿por qué entonces pensar que eres distinto o mejor que ellos?

Condenan a los burgueses porque roban al trabajador buena parte de su trabajo, pero nada tienen que decir si uno de los suyos roba al trabajador lo poco que el burgués le dejó.

Se indignan cuando el patrón, para incrementar sus ganancias, hace trabajar a una persona en condiciones insalubres, pero están llenos de indulgencia por quien apuñala a la persona para robar unos cuantos sous.

No tienen más que desdén por el usurero que extorsiona unos cuantos francos de interés al pobre diablo por los diez francos que le prestó, pero encuentran estimable que uno de ellos tome diez francos de él de diez (que no le prestó) pasándole una moneda falsa.

Ya que son pobres de espíritu creen ser seres naturalmente superiores y sienten un profundo desprecio por las “masas atontadas,” arrogándose el derecho a hacer daño a trabajadores, a los pobres, y a los desafortunados porque “ellos no se rebelan y son por lo tanto defensores de la sociedad actual.” 

Conozco a un capitalista que, al sentarse en un café, se place en llamarse socialista, o incluso anarquista, pero en su fábrica no es menos explotador: un patrón avaro, duro, orgulloso. Y no lo niega en absoluto, pero tiene el hábito de justificar su conducta de un modo bastante original para un patrón:

“Mis trabajadores,” argumenta, “merecen el tratamiento que les hago sufrir, ya que se someten a él. Tienen personalidad de esclavos, y son defensores del régimen burgués, etc. etc.”

Este es exactamente el lenguaje de aquellos que se llaman anarquistas pero que no sienten ni simpatía ni solidaridad para con los oprimidos. La conclusión sería que sus verdaderos amigos son los patrones y sus enemigos la masa de los desheredados.

Bien entonces, ¿qué hacen hablando de emancipación y anarquismo? Que se vayan con la burguesía y nos dejen a nosotros en paz.

* * *

He dicho suficiente y debo concluir.

Concluiré dando algunos consejos a aquellos que quieren “vivir sus vidas” y que no les importa la vida de los demás.

El robo y el asesinato son medios peligrosos y, en general, no muy rentables. Por ese camino solo logras pasar la vida en prisión o dejar tu cabeza en la guillotina — especialmente si tienes la impudicia de atraer la atención de la policía llamándote anarquista y frecuentando anarquistas.

Es difícilmente un asunto rentable.

Cuando eres inteligente, enérgico e inescrupuloso es fácil hacerte paso entre la burguesía.

Que entonces se esmeren mediante el robo y el asesinato legal para volverse burgueses. Les iría mucho mejor, y si es cierto que tienen simpatías intelectuales con el anarquismo se evitarán el disgusto de dañar la causa que les es querida — intelectualmente.


Errico Malatesta 


Tomado y traducido por @rebeldealegre


lunes, 7 de octubre de 2013

La delincuencia y el estado de la delincuencia - Germinal Rodríguez

Artículo publicado en la revista Bicicleta (región ibérica) Nº6 Mayo 1978

Al poner en tela de juicio el fenómeno delictivo, habremos de cuestionar necesariamente la legalidad que lo reprime en aras del llamado bien común, ese «bien común» que el delincuente destruye y que se consigue con la explotación económica a la que la clase obrera está sometida y con la marginación de ciertos sectores de la sociedad. Con su conducta, el delincuente no sólo explicita de una manera propia la lucha de clases, sino que, como marginado que rompe con la legalidad, apunta el doble juego del Estado: crear el delito y reprimirlo. Como libertarios, nuestra postura ha de basarse en la denuncia de ese «bien común» que se mantiene, no sólo con las porras de la policía, sino también con la complicidad y la modorra del resto de la sociedad, en la denuncia del Estado como único delincuente.

A la hora de analizar la delincuencia como fenómeno social hemos de empezar rechazando las interpretaciones que «los civilizados» de izquierda y derecha han vertido a los cuatro vientos sobre el tema. Los análisis que ellos nos ofrecen están mediatizados por unas categorías ideológicas que los hacen ser intencionadamente parciales e incompletos. Se analiza la delincuencia desde el concepto de la ley, una ley definida por y desde el Poder, y que en último extremo es la institucionalización de la dominación de una clase sobre otra.

Todo análisis de la delincuencia está presidido por la dicotomía «normal-anormal», pero no cuestiona quién marca la norma, sino que se da por admitido el abstracto consenso universal que tiende a identificar norma y justicia. Su norma, su justicia, las que unos crean y otros padecen.

Las interpretaciones que nos ofrecen las «fuerzas organizadas» que intentan cambiar el mundo desde los cómodos sillones del Parlamento no difieren mucho de los análisis que desde el Poder nos hacen aceptar, y acaso alguien se sorprenda de que de las disciplinadas filas del inefable PC salgan declaraciones como la que nos brinda Antonio Rato: «Creo que al delincuente se le debe aislar por la misma razón que se aísla al portador de un virus o a un demente peligroso. Es decir, sin tratar de penetrar en el fondo de su conciencia, ni mucho menos de evaluar hasta qué punto es responsable en concreto de su personalidad.» No es en absoluto casual que se difundan en el PC estas interpretaciones: existe el mismo interés por la represión en los grupos que están en el Poder como en los que aspiran a él.

El hecho de que se ofrezca esta «realidad de la delincuencia», presentándola como un fenómeno a reprimir, pero sin intentar buscar sus causas y raíces, sólo puede responder a una asombrosa ingenuidad o a una estrategia interesada, y hay quienes no nos creemos eso de la ingenuidad del Poder.


La «necesidad» del delito

Se trata de hacer de la delincuencia una realidad al servicio del sistema, de aislar al delincuente y colgarle la etiqueta del «mal»; el Estado se presentará esgrimiendo la bandera del «bien», y con este aval se encargará de eliminar las malas hierbas que crecieron junto a los demás ciudadanos de «bien» y, de «orden».

En última instancia el fenómeno delictivo presta al Estado un pingüe servicio: justifica su existencia en cuanto defensor del orden y la paz. El Estado necesita del desorden y del mal para justificar sus mecanismos de reproducción y defensa. ¿Qué sentido tendría una policía en una sociedad sin delito?

El Estado necesita del delito tanto que cuando le interesa se lo inventa: se provoca para después reprimir.

Detrás de esta fachada de defensores quedan camuflados los intereses de la clase dominante, que con esta ideología del delito mata dos pájaros de un tiro: asegura su reproducción como clase (no sólo a nivel político, sino también a nivel sicológico, en cuanto que sus criterios morales son asimilados por la sociedad) y, por otro lado, institucionaliza y normaliza la represión y el castigo para destruir a los elementos rebeldes con la irnpunidad que le da la aceptación del delincuente como «malo» y «peligroso», no sólo para el Estado, sino para toda la sociedad.

Es un círculo: unas estructuras crean el delito y otras lo reprimen, pero una sola mano maneja los hilos.

De este modo se hace recaer toda la violencia reprimida de la sociedad sobre una parte de ella misma, los delincuentes, desviando así lo que pudiera tener de revolucionario y subversivo.

El «caldo de cultivo»

Una ciencia al servicio del sistema va a interpretar la delincuencia como un fenómeno desligado de su contexto social: el mundo capitalista. Así, la genética hablará del cromosoma del criminal y la sociología y sicología intentarán explicarla como resultado de un aprendizaje patológico; pero si queremos buscar las raíces de la delincuencia ciertamente las encontraremos en el carácter capitalista de la sociedad, tanto de los Estados llamados capitalistas como de aquellos otros países basados en un capitalismo de Estado.

Decir que la delincuencia es patrimonio de la clase obrera no es desvelar ningún misterio: la procedencia de la población penal está clara a los ojos de todos; pocos hijos de la burguesía podemos encontrar en Carabanchel o en la Modelo. Es del mundo obrero de donde salen los candidatos a las celdas de nuestras prisiones.

Las grandes ciudades donde nos almacenan para que seamos más rentables y productivos son viveros de delincuencia. El emigrante que llegó a la capital a pedir que le explotaran se da cuenta de que las ocho horas de trabajo, si es que aceptaron su solicitud de explotación, no llegan para comprar esos productos que a todas horas le estan incitando a comprar. La constante frustración que crea el desequilibrio entre el deseo incrementado por la publicidad y la limitada capacidad adquisitiva tiene dos salidas: la docil (horas extras, letras para toda la vida...) y la rebelde, es decir, el delito.

El mundo capitalista está organizado para producir dóciles currantes que produzcan más y mejor y que consuman aquellos que mayores beneficios rinda al capitalismo. En un mundo tal el único delincuente es el Estado, de aquí la necesidad de dar la vuelta al concepto de la delincuencia: debemos asumir el hecho de que en esta sociedad ser delincuente es rebelarse contra las estructuras alienantes que la configuran. Intentar ser libre y recuperar lo que nos pertenece es ser calificado de delincuente por esta sociedad.

 Estado y delincuente

Una ideología represiva subyace en el discurso de las relaciones capitalistas: unos mandan, controlan la producción, los medios de comunicación, hacen las leyes.... otros obedecen, producen y acatan las leyes y la autoridad. Esto es el orden y el bien común, el Estado cuida de nosotros para que el mundo no se sumerja en el caos y la anarquía; en tres palabras: establece la norma.

Frente a esta sociedad ordenada, de individuos normales y obedientes, y en contra ella se levantan la antisociedad, el desorden, el caos y el mal. No se sabe, ni por otro lado interesa saber, de dónde procede este grupo de transgresores, pero el poder ha de combatirlos y estirparlos del mundo del orden, porque ponen en peligro el bien común, o sea los intereses del Poder.

Y para combatir este grupo social se crean las leyes, la justicia. Aquí encuentra la cárcel su razón de ser: aislar al delincuente, encerrarlo para que no destruya al «bien común», que tan trabajosamente hemos construido.

La cárcel no está destinada a extinguir el delito, sino a controlarlo y a rentabilizarlo; en cuanto tal, la cárcel significa el último eslabón que cierra el círculo de la opresión y el más degradante de todos.

«Tenemos que convertir las cárceles en islotes donde meter a los delincuentes para que se destruyan entre sí.» Estas declaraciones de un fiscal de Burgos son suficientemente elocuentes.

Pero, ante todo, la cárcel es el lugar en donde la represión institucionalizada alcanza las más altas cotas de degradación humana: palizas, chantajes, tortura, incomunicación, aniquilación sicológica, todo queda oculto tras los muros y las vallas electrificadas.

En una carta al ministro de Justicia, Emilio Monteseril, funcionario de la cárcel Modelo de Barcelona, después de pedir la excedencia, decía textualmene: «Las cárceles no son más que trituradoras de hombres, y nosotros los carceleros somos sus verdugos.»

Los medios de comunicación: un arma eficaz

Los medios de comunicación, como canales que el poder utiliza para la transmisión de su ideología, juegan un papel decisivo en el «manejo» del fenómeno delictivo.

A través de la prensa de sucesos se constata la presencia de otros jueces, «los jueces de papel impreso», que se yerguen como tendenciosos moralizadores de los hechos y que, en última instancia, constituyen una «conciencia normativa» paralela.

El lenguaje utilizado no es, ni mucho menos, neutral, va dirigido a crear un sistema de reflejos emocionales que actuarán ante valores-palabras fetiche. «Delincuente», «drogado», «homosexual», son ejemplos claros de palabras fetiche que desencadenarán una intensa emocionalidad.

Tras ser objeto de bombardeo continuo sobre situaciones de accidentes, robos, suicidios (previamente moralizados), nos invade un sentimiento de inseguridad total que nos lleva a reclamar la presencia de un poder que con su control, vigilancia y castigo nos garantice el «bien» amenazado y el «orden» transgredido.

La jugada que se efectúa a través de los medios de comunicación es pcrfecta: reclamamos nosotros mismos lo que ellos desean establecer. No imponen la vigilancia, el control o el castigo, sino que éstos son solicitados y el Poder los concede.

Delincuencia y subversión

Ante el Poder, el delincuente y el revolucionario son, con algunas diferencias de matiz, subvertidores del sistema social establecido.

A pesar de que el delincuente no actúa movido por una concepción revolucionaria o crítica de la realidad, marca el camino de la revolución, a menudo olvidado por el político: la destrucción fáctica del orden establecido. El delincuente se presenta así como un «subversivo» sin conciencia de tal, que a su modo lucha contra la opresión de unas estructuras capitalistas que marginan a los individuos según su poder adquisitivo o su clase social.

Pero la identificación total del delincuente y el revolucionario es, con mucho, una afirmación gratuita. Si bien el delincuente lleva impresa en su conducta una crítica al trabajo asalariado, un rechazo de la moral de obediencia y resignación que el Poder nos impone, sus actos no tienen como fin la abolición del salario, de la autoridad o de la moral burguesa, sino que son la expresión de una rebeldía espontánea pero sin objetivos.

Del mismo modo, el delincuente explicita una crítica de la mercancía que es sólo parcial e inconsciente: con el robo critica el valor de cambio de la propiedad, pero sin cuestionar su valor de uso, El robo viene a menudo a satisfacer las exigencias del consumismo.

Marginación y revolución

La delincuencia y la marginación en general vienen a indicarnos que la lucha contra el Estado no puede quedarse en las 'reivindicaciones salariales y en meros intentos de recuperación de plusvalía, que la opresión ideológica es quizá más sutil, pero también más virulenta y brutal que la opresión económica. La marginación señala la lucha contra la superestructura como condición «sine qua non» para la liberación social, así la lucha de los grupos marginados está centrada en la crítica a la autoridad y la ideología represora que conlleva, en la rebeldía contra la alienación que enmarca nuestra vida, pero a menudo pierde de vista al factro central del sistema capitalista: las relaciones de producción.

En este sentido la tarea fundamental sigue sin hacerse: dotar a la lucha de los marginados de unos horizontes de lucha social, extender la crítica individualizada y visceral que el marginado hace a la autoridad y al sistema y situarla en un contexto global y crítico. Es decir, reivindicar la «locura», la sexualidad libre, el consumo de droga o la negación al trabajo asalariado, no como expresiones viscerales de unos cuantos maniáticos ante una sociedad represiva, sino como propuesta de subversión ante una sociedad enferma.

El revolucionario ha de darse cuenta de que ha de ser un delincuente si quiere acabar con el orden establecido.

Delincuentes del mundo, si es que llevamos un mundo nuevo en nuestros coraZones, unámonos y destruyamos éste.

Germinal Rodríguez

bibliografía

•    Deligny, Fernand: Los vagabundos eficaces. Ed. Estela, Barcelona, 1971. - Grupos marginados y peligrosidad social. Campo Abierto Ed., Madrid, 1977.

•    Basaglia, Franco: La institución negada. Ed. Barral, Barcelona, 1977.

- La mayoría marginada. Ed. Laia, Barcelona, 1973.

•    Becker, Howard: Los extraños, sociología de la marginación. Editorial Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1971.


Fuente: Bicicleta 

miércoles, 17 de julio de 2013

Delito y castigo - Errico Malatesta

El siguiente texto fue elaborado a partir de diferentes artículos de Errico Malatesta, publicados en la prensa anarquista a principios de siglo pasado, y corresponde a un fragmento del capítulo III del libro Malatesta, pensamiento y acción revolucionarios, compilado a cargo de Vernon Richards. Para más información del libro, referencias y citas pueden consultar el libro haciendo clic aquí

Todo propagandista anarquista está habituado a que le repitan como objeción suprema: ¿quién frenará a los delincuentes [en la sociedad anarquista]? La preocupación es, a mi parecer, excesiva, porque la delincuencia es un fenómeno de importancia casi despreciable frente a la vastedad de los hechos sociales constantes y generales, y se puede creer en su desaparición automática como consecuencia del aumento del bienestar y de la instrucción, aparte de los progresos de la pedagogía y de la medicina. Pero por optimistas que sean las previsiones, por rosadas que se muestren las esperanzas, subsiste siempre el hecho de que la delincuencia impide hoy las pacíficas relaciones sociales, y no desaparecerá por cierto de un día para otro luego de una revolución; por más radical y profunda que ésta sea, y podría ser causa de perturbaciones y de disolución para una sociedad de hombres libres, tal como un insignificante granito de arena puede detener el funcionamiento de una máquina perfectísima.

Es por lo tanto útil, e incluso necesario, que los anarquistas se preocupen del problema y le asignen una importancia quizá mayor de la que habitualmente le atribuyen, sea para poder rebatir mejor una objeción común o para no exponerse a sorpresas desagradables y a incoherencias peligrosas. Naturalmente, los delitos a que nos referimos son los actos antisociales, es decir, los que ofenden el sentimiento de piedad humana y lesionan el derecho de los demás a una igual libertad, y no ya los muchos hechos que el código penal castiga sólo porque ofenden los privilegios de las clases dominantes.

Para nosotros delito es toda acción que tienda a aumentar voluntariamente el dolor humano, es la violación del derecho de todos a una igual libertad y al goce del máximo posible de bienes morales y materiales. Sepamos que aun definiendo así el delito y para quien acepte esa definición, sigue siendo siempre difícil determinar en concreto qué hechos son delictuosos y cuáles no lo son, porque son variadas las opiniones de los hombres respecto de lo que es causa de dolor o de goce, de lo que está bien o está mal, salvo que se trate de los delitos bestiales que ofenden los sentimientos del alma humana y son por ello objeto de condena universal.

Creo que nadie, por lo menos teóricamente, está dispuesto a negar que la libertad, entendida en el sentido de reciprocidad, es la condición esencial de toda vida civilizada, de toda “humanidad”; pero sólo el anarquismo representa su realización lógica y completa. Admitido esto, es delincuente –no contra la naturaleza, no a causa de una ley metafísica, sino contra sus contemporáneos y a causa de los intereses y de la sensibilidad ofendida de los demás– todo el que viole la igual libertad de los otros. Y mientras exista alguno que lo haga, será necesario defenderse. Esta necesaria defensa contra los que violan no “el orden social”, sino los sentimientos más fundamentales que hacen que el hombre sea hombre y no una horrible bestia, es uno de los pretextos con los cuales los gobiernos justifican su existencia. Es necesario eliminar todas las causas sociales del delito, hay que educar a los hombres en los sentimientos de fraternidad y de respeto recíproco, hay que buscar, como decía Fourier, “los sustitutos útiles del delito; pero si subsisten delincuentes, y mientras los haya, la gente encontrará el modo y la energía para defenderse directamente contra ellos o reaparecerá la policía, los tribunales y, por ende, el gobierno”.

La manera de resolver un problema no consiste en negarlo

Se puede temer, y con justa razón, que esta necesaria defensa contra la delincuencia pueda ser el origen y el pretexto de un nuevo sistema de opresión y de privilegio. Es misión de los anarquistas vigilar para que ello no suceda. Tratando de descubrir las causas de cada delito y esforzándose en eliminarlas, impidiendo que la gente obtenga ventajas personales de la represión del delito, dejando que provean a su defensa los mismos grupos directamente interesados, habituándose a considerar a los delincuentes como hermanos desviados, como enfermos que hay que curar con afecto, como se haría con un hidrófobo cualquiera o un loco peligroso, se podrá conciliar la total libertad de todos con la defensa contra aquellos que ofenden a esta libertad de un modo evidente y realmente peligroso.

Esto es posible, se entiende, cuando la delincuencia se reduzca a casos esporádicos, individuales, verdaderamente patológicos. Por otra parte, si los delincuentes fueran demasiado numerosos y tuvieran gran poder, si fueran por ejemplo los que son hoy [1922] la burguesía y el fascismo, entonces ya no se trata de discutir lo que haremos en una sociedad anarquista.

Al progresar la civilización, al crecer las relaciones sociales, al aumentar la conciencia de la solidaridad natural que une a los hombres, al elevarse la inteligencia y refinarse la sensibilidad, se acrecentarán por cierto los deberes sociales y muchas acciones que se consideraban como referentes al derecho estrictamente individual e independientes de todo control colectivo adquirirán, y ya están adquiriendo hoy, carácter de cosas que interesan a todos y deben ser reglamentadas conforme al interés general.

Por ejemplo, ya hoy no se considera lícito que un padre deje en la ignorancia a sus hijos y los críe de una manera nociva para su desarrollo y su bienestar futuro. No es lícito que un hombre permanezca en la inmundicia y descuide las reglas de higiene que pueden tener influencia sobre la salud de los demás, no es lícito tener una enfermedad infecciosa y no curarse, padecer de una enfermedad repugnante y exhibirla públicamente. Mañana se considerará obligatorio realizar esfuerzos para asegurar el bien de todos, como se considerará culpable procrear si existen razones para creer que la prole será enferma o desdichada.

Pero este sentimiento de nuestros deberes hacia los demás y de los que los otros tienen hacia nosotros debe, según nuestra concepción social, desarrollarse libremente, sin otra sanción exterior que la estima o la desaprobación de los conciudadanos. El respeto, el deseo del bien de los demás debe entrar en las costumbres y aparecer no ya como un deber sino como una satisfacción normal de los instintos sociales.

Hay quien sueña con moralizar a la gente por la fuerza, quien querría establecer un artículo en el código penal para todo posible acto de la vida, quien pondría con gusto un gendarme junto a cada tálamo y a cada mesa. Pero éstos, si no tienen medios coercitivos para imponer sus propias ideas, llegan sólo a poner en ridículo las cosas mejores, y si tienen el poder de mandar, entonces hacen que el bien resulte odioso y provocan la reacción. Los socialistas tienen esta tendencia de querer reglamentarlo todo, pero nosotros creemos que ellos no lograrían sino hacer lamentar en muchos aspectos la desaparición del régimen burgués.

Para nosotros el cumplimiento de los deberes sociales debe ser voluntario, y sólo hay derecho de intervenir con la fuerza material contra los que violentamente ofendan a los demás e impidan la pacífica convivencia social. La fuerza, la coacción física no se debe emplear sino contra el ataque material violento y por pura necesidad de defensa. Pero ¿quién juzgará, quién proveerá a la necesaria defensa, quién establecerá los medios de represión? Nosotros no vemos otro camino que dejar hacer a los interesados, dejar hacer al pueblo, es decir, a la masa de los ciudadanos, la cual actuará diversamente según las circunstancias y según su variado grado de civilización.

Es necesario evitar, sobre todo, la constitución de cuerpos especializados en la acción policial: se perderá quizás algo de eficiencia represiva, pero se evitará crear el instrumento de toda tiranía. No creemos en la infalibilidad, ni siquiera en la constante bondad de las masas: todo lo contrario. Pero creemos aún menos en la infalibilidad y en la bondad de la gente que aferra el poder, legisla y consolida y perpetúa las ideas y los intereses que prevalecen en un momento dado. Es mejor en todos los casos la injusticia, la violencia transitoria del pueblo que la capa de plomo, la violencia legalizada del Estado judicial y policial. Por lo demás, sólo somos una de las fuerzas que actúan en la sociedad y la historia caminará, como siempre, según la resultante de las fuerzas.

Hay que contar, por lo tanto, con un residuo de delincuencia que, según esperamos, será eliminado más o menos rápidamente, pero que obligará entretanto a la masa de los trabajadores a una acción de defensa. Descartada toda idea de castigo y de venganza, que es la idea que predomina aún en el derecho penal, e inspirándonos sólo en la necesidad de defensa y en el deseo de corregir y ayudar, debemos buscar los medios para llegar al fin sin caer en los peligros del autoritarismo ni ponernos en contradicción con el sistema de libertad y de voluntarismo sobre el cual queremos fundar la nueva sociedad

Para los autoritarios, para los hombres de Estado, la cuestión es simple: un cuerpo legislativo para catalogar los delitos y prescribir las penas, una policía para buscar a los delincuentes, un tribunal para juzgarlos, un cuerpo de carceleros para hacerlos sufrir.

Y, como es natural, el cuerpo legislativo trata con las leyes penales de defender sobre todo los intereses constituidos que él representa y garantizar al Estado contra las tentativas de los “subversivos”; la policía, como vive de la represión del delito, tiene interés en que haya delito, se vuelve provocadora y desarrolla en sus hombres instintos bestiales y perversos; la justicia vive y prospera también gracias al delito y a los delincuentes, sirve a los intereses del gobierno y de las clases dominantes y sus funcionarios adquieren, en el ejercicio de su oficio, una mentalidad especial que hace de ellos una máquina para condenar al mayor número de gente posible a las penas más graves posibles; los carceleros son o se vuelven insensibles a los sufrimientos de los detenidos y, en la mejor de las hipótesis, observan el reglamento, pasivamente, sin un atisbo de simpatía humana. Los resultados se ven en la estadística de la delincuencia.

Se cambian las leyes penales, se reforma la policía y la magistratura, se modifican los sistemas carcelarios... y la delincuencia continúa y resiste a todas las tentativas de destruirla o atenuarla. Y esto es cierto para el pasado y el presente, y creemos que lo será también en el porvenir, si no se cambia radicalmente el concepto que se tiene del delito y no se suprimen todos los organismos que viven de la búsqueda y la represión de la delincuencia

En Francia existen severas leyes contra los que usan y comercian cocaína. Y, como de costumbre, el flagelo se extiende y se intensifica pese a las leyes, y quizás a causa de ellas. Así ocurre también en el resto de Europa y en los Estados Unidos. El doctor Courtois Suffit, de la Academia de Medicina francesa, que ya el año pasado [1921] había proferido gritos de alarma contra el peligro de la cocaína, comprobado el fracaso de la legislación penal pide... nuevas y más severas leyes.

Es el viejo error de los legisladores, pese a que la experiencia ha mostrado invariablemente que nunca la ley, por bárbara que sea, logró suprimir un vicio o desalentar el delito. Cuanto más severas sean las penas infligidas a los consumidores y traficantes de cocaína tanto más aumentará en aquéllos la atracción del fruto prohibido y la fascinación del peligro enfrentado, y en éstos la avidez de la ganancia, que ya es enorme y crecerá aún más al crecer la ley. Es inútil, por lo tanto, confiar en la ley. Nosotros proponemos otro remedio. Declarar libre el uso y tráfico de la cocaína y abrir locales en los que se la venda a precio de costo, o incluso por debajo del precio. Y después hacer una gran propaganda para explicar al público y lograr que perciba vivamente los daños de la cocaína; nadie haría propaganda en contrario porque nadie podría ganar con el mal de los cocainómanos. Por cierto que con esto no desaparecería por completo el uso dañino de la cocaína, porque persistirían las causas sociales que crean a los desgraciados y los impulsan al uso de los estupefacientes. Pero de todos modos el mal disminuiría, porque nadie podría ganar con la venta de la droga y nadie podría especular con la caza de especuladores. Y por esto nuestra propuesta no se tomará en consideración o se la considerará coma quimérica e insensata.

Sin embargo, la gente inteligente y desinteresada podría decirse: puesto que las leyes penales se han mostrado impotentes, ¿no sería bueno, por lo menos a título de experimento, probar el método anarquista?

No repetiremos los argumentos clásicos contra la pena de muerte. Nos parecen mentiras, cuando los oímos sostener por quienes son partidarios de la cadena perpetua y de otros sustitutos inhumanos de la pena de muerte. Tampoco hablaremos de la “santidad de la vida humana” que todos afirman, y todos violan si llega el caso, sea infligiendo directamente la muerte, sea tratando a los demás de modo de atormentar y abreviar su vida.

Subsisten hombres –pocos por fortuna, pero existen– que nacieron o se volvieron monstruos morales, sanguinarios y sádicos, cuya muerte no podríamos lamentar. Cuando estos desgraciados constituyeran un peligro continuo para todos y no hubiese otro modo de defenderse que matarlos, se podría incluso admitir la pena de muerte. Pero lo malo es que para aplicar la pena de muerte hace falta el verdugo. Ahora bien, el verdugo es o se vuelve un monstruo; y, monstruo por monstruo, es mejor dejar vivir a aquellos que ya existen, antes que crear otros. Y esto se entiende para los verdaderos delincuentes, seres antisociales que no despiertan ninguna simpatía y no provocan ninguna conmiseración, pues si se trata de la pena de muerte como medio de lucha política, entonces... entonces la historia nos dice cuáles pueden ser las consecuencias.

Errico Malatesta