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jueves, 4 de agosto de 2016

¿Quién fue Gregori Petrovich Maximoff?

Gregori Petrovich Maximoff, quien murió en 1950 a la edad de 57 años, ha sido reconocido por presentar en un orden adecuado los pensamientos más importantes de Mijaíl Bakunin, proporcionando al lector una exposición clara de sus doctrinas en la obra Escritos de Filosofía Política, trabajo particularmente recomendable porque la mayor parte de los escritos escogidos de Bakunin están agotados y son difíciles de obtener en cualquier lengua. Las ediciones rusas y alemanas están completamente agotadas, y varios volúmenes de la edición francesa no son disponibles ya. Es especialmente satisfactorio que la edición actual aparezca en inglés, porque de Bakunin solo Dios y el Estado y unos pocos panfletos menores han aparecido en inglés. 

Maximoff dividió sus selecciones anotadas en cuatro partes, y ordenó en una secuencia lógica los conceptos fundamentales expresados por Bakunin sobre temas que incluían la religión, la ciencia, el Estado, la sociedad, la familia, la propiedad, las transiciones históricas y los métodos de lucha por la liberación social. Como profundo conocedor de las ideas socio-filosóficas de Bakunin y de su obra literaria, Maximoff estaba magníficamente cualificado para emprender este proyecto, al cual entregó años de duro trabajo.

Gregori Petrovich Maximoff nació el 10 de noviembre de 1893 en la aldea rusa de Mitushimo, provincia de Esmolensko. Tras completar su educación elemental, fue enviado por su padre al seminario teológico de Vladimir para iniciar la carrera sacerdotal. Aunque terminó el curso allí comprendió que no estaba hecho para esa vocación y partió hacia San Petersburgo, donde ingresó en la Academia Agrícola y se graduó como agrónomo en 1915.

A una edad muy temprana tomó contacto con el movimiento revolucionario. Era incansable en su búsqueda de nuevos valores espirituales y sociales, y durante sus años universitarios estudió los programas y métodos de todos los partidos revolucionarios en Rusia, hasta encontrar un día ciertos escritos de Kropotkin y Stepniak donde halló confirmación a muchas de sus ideas, a las cuales había llegado por sus propios caminos. Y su evolución espiritual recibió un empuje adicional al descubrir en una biblioteca privada del interior de Rusia dos obras de Bakunin que le impresionaron profundamente. De todos los pensadores libertarios, Bakunin era quien atraía más intensamente a Maximoff. El lenguaje osado del gran rebelde y el irresistible poder de sus palabras, que tan profundamente habían influido sobre tantos jóvenes rusos conquistó también a Maximoff, que durante el resto de su vida quedaría bajo su fascinación.

Maximoff tomó parte en la propaganda secreta hecha entre los estudiantes de San Petersburgo y los campesinos en las regiones rurales, y cuando al fin estalló la tan esperada revolución estableció contacto con los sindicatos, trabajando en sus consejos y hablando en sus reuniones. Fue un período de ilimitadas esperanzas para él y sus camaradas que, sin embargo, se vio cegado poco después de asumir los bolcheviques el control del gobierno ruso. Se unió al Ejército Rojo para combatir a la contrarrevolución, pero cuando los nuevos dueños de Rusia utilizaron el ejército para tareas policíacas y para desarmar al pueblo, Maximoff rehusó obedecer órdenes de ese tipo y fue condenado a muerte. Solo por la solidaridad y las enérgicas protestas del sindicato de trabajadores del metal se le perdonó la vida.

Fue arrestado por última vez el 8 de marzo de 1921, en la época de la rebelión de Kronstadt, y arrojado a la prisión de Taganka en Moscú junto a una docena de camaradas, bajo el único cargo de mantener opiniones anarquistas. Cuatro meses más tarde tomó parte en una huelga de hambre, que duró diez días y medio y tuvo amplias repercusiones. La huelga solo terminó después de que los camaradas franceses y españoles —asistentes entonces a un congreso de la Internacional Sindical Roja— elevaran sus voces contra la falta de humanidad del gobierno bolchevique y exigieran la libertad de los prisioneros. El régimen soviético accedió a esta demanda con la condición de que los prisioneros, todos ellos rusos nativos, fuesen exilados de su tierra natal.

Este es el motivo de que Maximoff fuese primero a Alemania, donde tuve la grata oportunidad de conocerle y unirme al círculo de sus amigos. Permaneció en Berlín unos tres años, y luego se trasladó a París. Allí estuvo seis o siete meses, tras los cuales, emigró a los Estados Unidos.

Maximoff escribió abundantemente sobre la lucha humana a lo largo de muchos años, durante los cuales fue diversas veces director y colaborador de periódicos y revistas libertarias en lengua rusa. En Moscú trabajó como co-director de Golos Truda [«Voz del trabajo»] y, más tarde, de su sucesora Novy Golos Truda [«Nueva Voz del Trabajo»]. En Berlín se convirtió en director de Rabotchi Put [«La Senda del Trabajo»], revista publicada por anarcosindicalistas rusos. Al establecerse más tarde en Chicago, se le nombró director de Golos Truzhenika [«Voz del Explotado»], en la que había colaborado desde Europa. Cuando dicho periódico dejó de existir, se encargó de la dirección de Dielo Trouda-Probuzhdenie [«Causa del Trabajo-Despertar», nombre surgido de la fusión de dos revistas], aparecida en Nueva York, puesto que mantuvo hasta su muerte. La lista de escritos de Maximoff en el terreno periodístico forma una bibliografía extensa y sustancial.

Entre sus escritos, se encuentra también un libro llamado La guillotina en funciones, historia muy bien documentada de 20 años de terror en la Rusia soviética, publicado en Chicago en 1940; un volumen titulado Anarquismo Constructivo, publicado igualmente en esa ciudad en 1952; un panfleto, Bolchevismo: Promesas y Realidad, que constituye un luminoso análisis de las acciones del partido comunista ruso, aparecido en Glasgow en 1935 y reimpreso en 1937; y dos panfletos en ruso publicados primero en Alemania: En lugar de un Programa, que examinaba las resoluciones de dos conferencias de anarco-sindicalistas en Rusia, y Por qué y Cómo despertaron los bolcheviques a los anarquistas de Rusia, relacionado con sus experiencias y las de sus camaradas en Moscú.

Maximoff murió en Chicago el 16 de marzo de 1950, mientras estaba aún en la flor de la edad, a consecuencia de trastornos cardiacos, y fue llorado por todos quienes tuvieron la buena suerte de conocerle. No solo era un pensador lúcido, sino un hombre de impecable carácter y amplia comprensión humana. Y era una persona integral, en la que la claridad del pensamiento y el calor de los sentimientos se unificaban del modo más feliz. El anarquismo no era para él solamente una preocupación dirigida al porvenir, sino el leit-motiv de su propia vida; desempeñaba un papel en todas sus actividades. También tenia comprensión para otras concepciones distintas, mientras estuviese convencido de que dichas creencias estaban inspiradas por la buena voluntad y por una convicción profunda. Su tolerancia era tan grande como amistosa y cooperativa su actitud hacia todos aquellos que entraban en contacto con él. Vivió como un anarquista, no porque sintiese el deber de hacerlo así, impuesto desde el exterior, sino porque no podía obrar de otro modo, porque su ser más íntimo siempre le hizo obrar como sentía y pensaba.



Crompond, N. Y.
Julio, 1952 
Fuente: Prefacio del editor a Escritos de Filosofía Política

lunes, 30 de mayo de 2016

Documental: Bakunin, anarquista, 200 años.

Un día como hoy, 30 de mayo pero de 1814, nacía Majaíl Bakunin, anarquista defensor de la doctrina «anarcosindicalista» en el movimiento emancipatorio internacional de la clase trabajadora. Es considerado el máximo exponente del anarquismo moderno. Conformó un antiteísmo profundamente social, marcando un antes y un después en la historia del pensamiento filosófico libertario. Gracias a su labor —que lejos de dedicarse solamente al estudio lo complementó quizás como ningún otro filósofo de la época con la actividad práctica revolucionaria en el terreno de la lucha de clases—, el anarquismo alcanzó gran notoriedad en diferentes regiones del mundo, consolidando la tendencia «colectivista» que más tarde evolucionó, gracias a los aportes de Kropotkin, Cafiero, Élisée Reclus, Malatesta, entre otros, hacia el «comunismo anarquista». Es decir, a pesar de que Mijaíl Bakunin no llegó a concretar una crítica radical contra el régimen salarial y monetario (característica transversal en la tendencia económica comunista anarquista), sentó sólidas bases éticas, teóricas y prácticas, para la posterior consolidación de la tendencia «anarcocomunista» en el movimiento anarcosindicalista y libertario. También se destacó, entre otros aspectos fundamentales para el pensamiento anarquista, por sus aportes en la educación libertaria, por cuestionar la sociedad patriarcal y por criticar con gran lucidez el carácter autoritario y reformista en Marx. A diferencia de ciertas visiones neomarxistas que pretenden erigir a Marx como el apóstol del proletariado revolucionario, Mijaíl Bakunin concede a Marx, — además del álgido despotismo en la noción de dictadura del proletariado—, las bases programáticas parlamentaristas de la socialdemocracia. Es decir, para el anarquista ruso, el marxismo no conforma una tendencia socialista y revolucionaria, sino, por el contrario, reformista y políticamente liberal. 

N&A





"El Grupo Anarquista Albatros, nos presenta un Documental de su propia cosecha para celebrar el bicentenario de Miguel Bakunin. Construido de manera sencilla y apoyado en las entrevistas de Ana Siguenza y Julian Vadillo, que nos acercan de manera didactica y rigurosa a Bakunin, libertario y librepensador. Con una mesa redonda abierta y conformada por Paco Salamanca, Juan Pablo Calero y Javier Anton, nos mantienen con decisión y aplomo, a través de sus acertadas intervenciones, muy atentos durante la narración que realizan y que impregna de actualidad todos los conceptos, ideas y pensamientos de Miguel Bakunin. Salud." 


martes, 4 de agosto de 2015

Las bases ideológicas de la concepción del «amor libre» en el anarcofeminismo


Bakunin formuló que el objetivo político de la disolución del Estado capitalista debía empezar no sólo con la disolución de los aparatos represivos del Estado como suponían Karl Marx y Friederich Engels (cárceles, ejército, policía…), sino también con los ideológicos que reproducían el Estado sin necesidad de control violento y directamente represivo. De entre estas instituciones ideológicas, las que se destacan desde un principio teórico son la familia y el matrimonio. De esta forma Bakunin complementa las teorías marxistas de Friederich Engels sobre la génesis represiva del Estado moderno. Fue Engels quien hizo la conexión entre el Estado capitalista y el origen de la propiedad privada, la familia y la esclavitud. En El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, formula que la moderna lucha de clases está fundada en la primitiva revolución neolítica, la cual supeditó una nueva organización social a las nuevas necesidades económicas derivadas del usufructo de la tierra. La agricultura y las nuevas propiedades de la tierra hicieron que las sociedades matrilineales dieran paso a la familia nuclear monogámica y patriarcal, desde la cual la mujer debía dar la garantía al hombre de una línea patrilineal que mantuviera intacta la perpetuidad hereditaria de la tierra. Esta unidad social no bastaba para seguir produciendo la rentabilidad de la propiedad, y así, surgió la figura del esclavo. Para asegurar la propiedad del esclavo y de la tierra tuvo que surgir una institución social que protegiera la propiedad privada. Engels sitúa aquí el origen del Estado, una institución surgida para velar por los intereses del propietario de la tierra y del esclavo. Para subvertir la moderna dialéctica esclavista que explota al proletariado, Engels propone que basta con alternar las condiciones materiales y económicas que fundamentan la explotación del Estado. Aniquilando el Estado capitalista desaparecería la propiedad privada, y así, cesarían las condiciones materiales de explotación humana. Este análisis materialista, si bien fundamenta el origen de la monogamia con la función de la mujer en reproducir la familia patriarcal para así salvaguardar la propiedad privada, no concluye, sin embargo, que esta función de la mujer es tan esclava en reproducir la familia como la del esclavo en producir y reproducir la tierra, la propiedad privada y el Estado.

Los diferentes teóricos fundadores del anarquismo respecto a la liberación de la mujer no son consistentes. Las referencias de Piotr Kropotkin al tema son prácticamente nulas y Pierre Joseph Proudhon demuestra su misoginia en su obra póstuma La pornocracia. Sin embargo, sí encontramos en Mikhail Bakunin teorizaciones donde asocia la lucha de clases con la situación opresiva de la mujer. En este sentido, Bakunin dio un paso más allá del análisis de Engels, concluyendo que la mujer es, en el capitalismo, propiedad privada del hombre, y que mediante el matrimonio y la familia, ésta estaba reproduciendo las condiciones en que se fundamentaba el Estado. Indica cómo la ideología del Estado capitalista encuentra dos formas de reproducirse en la familia. Por un lado reproduce el paradigma jerárquico, donde el hombre se encuentra en lo más alto, y mediante su posesión jurídica otorgada por el Estado, posee a otro miembro con derechos exclusivos, la mujer, estando los hijos por debajo de ambos. Por otro lado el Estado reproduce su ideología de la propiedad privada de generación en generación mediante el principio de la ley de la herencia, perpetuada de padres a hijos varones (Bakunin, s.d.:127). La mujer, entonces, se encuentra bajo un estado de doble subyugación, estado legalizado por los códigos jurídicos. Ante sus propias premisas, Bakunin arguye, consecuentemente: 

La igualdad social con el hombre implica que exigimos, juntamente con la libertad, iguales derechos y deberes para los hombres y las mujeres, o sea, la igualdad de los derechos de la mujer ─ políticos, sociales, económicos ─ con los del hombre; por consiguiente, queremos la abolición de la ley de la familia y del matrimonio, la abolición de la ley tanto eclesiástica como civil, ligadas indisolublemente al derecho de la herencia. (Bakunin, s.d.:127) 

A un estadio que nos recordaría el primitivismo comunista de Engels supone antes de la revolución neolítica, Bakunin arguye que no sólo la propiedad privada y el Estado deben ser abolidos, sino también la familia, y como consecuencia lógica, las leyes de herencia y aquellas que regulan el matrimonio jurídico. Por tanto, Bakunin formuló que no sólo se debían alterar las condiciones materiales de explotación de la unidad social que reproducía el Estado, sino las condiciones ideales que regulaban las relaciones entre hombre y mujer: relaciones afectivas, amorosas y sexuales. Así, en la ausencia de código legal ni institución estatal que regule las relaciones entre hombres y mujeres, Bakunin apuesta por lo que él denomina “matrimonio libre”. Según el autor éste es un “régimen natural, basado únicamente en el respeto humano y en la libertad de dos personas: el hombre y la mujer que se aman”. (Bakunin, s.d.:128). Es decir, su único guardián es la sociedad, y ésta velará por su integridad, salud y educación.

El papel de la mujer en la familia y el matrimonio son teorizados, según Bakunin y a eco de Engels, como reproductores fundamentales de la ideología del Estado. El Estado posee unos intereses políticos y económicos que sólo pertenecen a una minoría, la cual se sitúa en lo alto de la jerarquía del Estado. A su vez nacionaliza a todos sus ciudadanos mediante la invención de la nacionalidad, creando un sentimiento patriótico que distorsiona los intereses de la clase productora. Asimismo, esta clase productora reproduce los mecanismos que la oprimen desde el seno de estas dos instituciones, al crear el obrero la jerarquía de poder familiar. Desde esta perspectiva crítica, la preservación del matrimonio y la familia en la clase obrera es crucial, entonces, para asegurar el mantenimiento del estado capitalista, del patriarcado, y de la ideología nacionalista burguesa que los sustenta.


Antonio Prado 


Fragmento tomado del prólogo del libro  «Matrimonio, familia y estado: escritoras anarco-feministas en la Revista Blanca (1898-1936)», Fundación Anselmo Lorenzo, 2011. El título del artículo no corresponde al original.(N&A)







sábado, 4 de julio de 2015

La concepción del amor libre en el joven Mijaíl Bakunin

Con 29 años, Mijaíl Bakunin escribía desde París a su hermano Pavel, desarrollando hermosos párrafos acerca de la concepción del amor libre y certeras críticas a la posesión afectiva, «Querer, al amar, la dependencia de aquella persona a la que se ama, es amar una cosa y no un ser humano», añadía el joven ruso posterior fundador del colectivismo anarquista. En 1845 Mijaíl Bakunin aún no constituía un pensamiento anarquista plenamente desarrollado, sin embargo, sus palabras se teñían intensamente del amor a la libertad que años más tarde conformó la esencia del pensamiento del socialismo revolucionario bakuninista sobre el cual el movimiento anarquista mundial sentó las bases. Tomado del Libro «Conversaciones con Bakunin», compilación a cargo de Arthur Lehning, Editorial Anagrama. Es un fragmento de la carta original (N&A) 





París, 29 de Marzo de 1845

Mijaíl Bakunin 

a su hermano Pavel


Amo, Pavel, amo apasionadamente; no sé si puedo ser amado como me gustaría serlo, pero no desespero; sé al menos que tiene mucha simpatía por mí; debo y quiero merecer el amor de la que me ama, amándola religiosamente, es decir activamente; ella está sometida a la esclavitud más terrible e infamante; y yo debo liberarla luchando contra sus opresores y encendiendo en su corazón el sentido de su propia dignidad, suscitando en ella el amor y la necesidad de la libertad, los instintos de la rebelión y la independencia, recordándole a ella misma sus sentimientos acerca de su fuerza y sus derechos. 

Amor es querer la libertad, la independencia total del otro, es este el primer acto de amor verdadero; es la emancipación completa del objeto al que se ama; verdaderamente no se puede amar más que a un ser perfectamente libre, independiente no solamente de todos los demás sino incluso y sobre todo de aquel de quien es amado y a quien se ama. Esta es mi profesión de fe política, social y religiosa, éste es el sentido íntimo no sólo de mis acciones y mis tendencias políticas, sino hasta donde puedo de mi existencia particular e individual; porque el tiempo en el que estos dos tipos de acciones podrían ir por separado está ya muy lejos; ahora el hombre quiere la libertad en todas las acepciones de esta palabra, o no la quiere. 

Querer, al amar, la dependencia de aquella persona a la que se ama, es amar una cosa y no un ser humano, pues el hombre solamente se distingue de la cosa por la libertad; y si el amor también implicara la dependencia sería lo más peligroso y lo más infamante del mundo, porque reaviva entonces una fuente inagotable de esclavitud y embrutecimiento para la humanidad. Todo lo que emancipe a los hombres, todo lo que al hacerlos entrar en sí mismos suscita en ellos el principio de su vida propia, de una actividad original y verdaderamente independiente, todo lo que les da la fuerza para ser ellos mismos, todo esto es verdad; todo lo demás es falso, liberticida, absurdo. 

Emancipar al hombre es la única influencia legítima y bienhechora. ¡Abajo todos los dogmas religiosos y filosóficos, no son más que engaños! La verdad no es una teoría sino un hecho, la vida misma, es la comunidad de los hombres libres e independientes: es la unidad del amor que surge de las profundidades misteriosas e infinitas de la libertad. 


Mijaíl Bakunin

domingo, 5 de abril de 2015

Poder y Autoridad - Mijaíl Bakunin

El siguiente escrito corresponde al capítulo titulado Poder y Autoridad, del libro Escritos de Filosofía Política I, Mijaíl Bakunin, el cual pueden consultar haciendo clic aquí. Se han omitido las fuentes bibliográficas incluidas en el formato papel. Las negritas tipo subtitulo corresponden al compilador, Gregori Maximoff, y el desarrollo a Mijaíl Bakunin. Nota explicativa incluida en la edición papel, Altaya 1995: “Maximoff preparó el texto original de este volumen en ruso, y extrajo principalmente los textos seleccionados de la primera edición rusa de las obras escogidas de Bakunin, de la que aparecieron cinco volúmenes entre 1919 y 1922; pero también recurrió a la edición alemana (1921-1924), y a unos pocos panfletos y revistas.” (N&A)



El instinto del poder. Todos los hombres poseen un instinto natural hacia el poder que tiene su origen en la ley básica de la vida, donde todo individuo se ve forzado a mantener una lucha incesante para asegurar su existencia o afirmar sus derechos. Esta lucha entre los hombres empezó con el canibalismo; continuó luego a lo largo de los siglos bajo diversas banderas religiosas, y pasó sucesivamente por todas las formas de la esclavitud y la servidumbre, humanizándose muy despacio, poco a poco, y pareciendo recaer a veces en el salvajismo primitivo. Actualmente esa lucha tiene lugar bajo el doble aspecto de la explotación del trabajo asalariado por parte del capital, y de la opresión política, jurídica, civil, militar y policíaca por el Estado y la Iglesia, y por la burocracia estatal; y continúa brotando dentro de todos los individuos nacidos en la sociedad el deseo, la necesidad y a veces la inevitabilidad de mandar y explotar a otras personas.

El instinto del poder es la fuerza más negativa de la historia. Vemos así que el instinto de mandar a los demás es, en su esencia primitiva, un instinto carnívoro, completamente bestial y salvaje. Bajo la influencia del desarrollo mental de los hombres adopta una forma algo más ideal, y se ennoblece de alguna manera presentándose como instrumento de la razón y devoto siervo de esa abstracción o ficción política que se denomina el bien público. Pero sigue siendo en su esencia igualmente dañino, y se hace todavía más perjudicial cuando, gracias a la aplicación de la ciencia, extiende su horizonte e intensifica el poder de su acción. Si hay un demonio en la historia es el principio del poder. Este principio, junto con la estupidez y la ignorancia de las masas —sobre las cuales se basa siempre y sin las cuales no podría existir— es el que ha producido por sí solo todas las desgracias, todos los crímenes y los hechos más vergonzosos de la historia.

El crecimiento del instinto de poder está determinado por condiciones sociales.
E inevitablemente este elemento maldito se encuentra como instinto natural en todo hombre, sin excepción alguna. Todos llevamos dentro de nosotros mismos los gérmenes de esta pasión de poder, y todo germen, como sabemos, según una ley básica de la vida se desarrolla y crece siempre que encuentre en su medio condiciones favorables. En la sociedad humana esas condiciones son la estupidez, la ignorancia, la indiferencia apática y los hábitos serviles de las masas —por lo cual podríamos decir en justicia que son las propias masas quienes producen esos explotadores, opresores, déspotas, y verdugos de la humanidad de los que son víctimas.

Cuando las masas están profundamente hundidas en su sueño, resignadas pacientemente a su degradación y esclavitud, los mejores hombres, los más enérgicos e inteligentes, los más capaces de prestar grandes servicios a la humanidad en un medio distinto, se hacen necesariamente déspotas. A menudo mantienen la ilusión de que trabajan por el bien de aquellos a quienes oprimen. Pero en una sociedad inteligente y bien despierta, que guarde celosamente su libertad y esté dispuesta a defender sus derechos, incluso los individuos más egoístas y malévolos se convierten en buenos miembros de la sociedad. Tal es el poder de la sociedad, cien veces mayor que el de los individuos más fuertes.

El ejercicio del poder es una determinación social negativa. La naturaleza del hombre está constituida de tal manera que si tiene la posibilidad de hacer el mal, es decir, de alimentar su vanidad, su ambición y su avidez a expensas de otros, hará sin duda pleno uso de tal oportunidad. Por supuesto, todos nosotros somos socialistas y revolucionarios sinceros; no obstante, si se nos diese poder, aunque sólo fuese por el breve plazo de unos pocos meses, no seríamos lo que somos ahora. Estamos convencidos como socialistas, vosotros y yo, de que el medio social, la posición social y las condiciones de existencia son más poderosas que la inteligencia y la voluntad del individuo más fuerte y poderoso; y precisamente por este motivo exigimos una igualdad no natural sino social de los individuos como condición para la justicia y fundamento de la moralidad. Por eso detestamos el poder, todo poder, al igual que el pueblo lo detesta

A nadie debe confiársele el poder, pues cualquier individuo investido de autoridad debe, por la fuerza de una ley social inmutable convertirse en un opresor y explotador de la sociedad.

Somos, de hecho, enemigos de toda autoridad, pues comprendemos que el poder y la autoridad corrompen a quienes los ejercen tanto como a quienes se ven forzados a someterse a ellos. Bajo su dañina influencia algunos pasan a ser déspotas ambiciosos, ávidos de poder y codiciosos de ganancia, explotadores de la sociedad en su propio beneficio o en el de su clase, mientras otros se convierten en esclavos

El ejercicio de la autoridad no puede pretender una base científica. La gran desdicha es que muchas leyes naturales ya establecidas por la ciencia siguen siendo desconocidas para las masas gracias a la solícita atención de esos gobiernos tutelares que, como sabemos, sólo existen para bien del pueblo. Y hay también otra dificultad: a saber, que la mayoría de las leyes naturales inmanentes al desarrollo de la sociedad humana —tan necesarias, invariables e inevitables como las leyes rectoras del mundo físico— no han sido debidamente reconocidas y establecidas por la propia ciencia.

Una vez reconocidas, primero por la ciencia y luego por el pueblo gracias a un sistema amplio de educación e instrucción popular —una vez que se hayan convertido en parte de la conciencia general-- la cuestión de la libertad quedará resuelta. Las autoridades más recalcitrantes tendrían entonces que admitir que para lo sucesivo no habrá necesidad de organización, administración o legislación política. Esas tres cosas —emanadas de la voluntad del soberano, de la voluntad de un Parlamento elegido por sufragio universal, o incluso acordes con el sistema de las leyes naturales (cosa que nunca ha sucedido y nunca sucederá) son siempre igualmente dañinas y hostiles para la libertad del pueblo, porque le imponen un sistema de leyes externas, y por tanto despóticas.

Las leyes naturales deben ser libremente aceptadas. La libertad del hombre consiste exclusivamente en obedecer a las leyes naturales porque las ha reconocido él mismo como tales, y no porque le sean impuestas desde alguna voluntad externa —divina o humana, colectiva o individual.

Dictadura de los científicos. Supongamos una academia instruida, compuesta por los representantes más ilustres de la ciencia; supongamos que se encargara a esa academia la legislación y la organización de la sociedad, y que inspirada exclusivamente por el más puro amor a la sociedad sólo promulgase leyes absolutamente acordes con los últimos descubrimientos de la ciencia. Pues bien, mantengo que esa legislación y esa organización serían monstruosidades, por dos razones.


En primer lugar, la ciencia humana es siempre y necesariamente imperfecta; comparando lo descubierto con lo que queda por descubrir, podemos afirmar que está todavía en su cuna. Esto es cierto en tal medida que si fuésemos a forzar la vida práctica de los hombres, tanto en lo colectivo como en lo individual, de modo acorde estricta y exclusivamente con los últimos datos de la ciencia condenaríamos a la sociedad y a los individuos al martirio sobre un lecho de Procusto que pronto los dislocaría y ahogaría, ya que la vida es siempre algo infinitamente mayor que la ciencia.

La segunda razón es ésta: una sociedad que obedeciera una legislación emanada de alguna academia científica no por comprender lo razonable de ella (en cuyo caso la existencia de la academia se haría pronto inútil) sino porque esta legislación emanaba de la academia y se imponía en nombre de una ciencia venerada sin ser comprendida, sería una sociedad de bestias y no de hombres. Sería una segunda edición de la miserable república paraguaya, que durante tanto tiempo se sometió a la regla de la Compañía de Jesús. Tal sociedad se hundiría rápidamente en el más bajo estado de la idiocia.

Pero hay también una tercera razón que hace imposible semejante gobierno. Esta razón es que una academia científica investida de un poder absoluto y soberano acabaría inevitable y rápidamente convirtiéndose en una institución moral e intelectualmente corrompida, aunque estuviera compuesta por los hombres más ilustres. Tal ha sido la historia de las academias cuando los privilegios atribuidos a ellas eran escasos y de poca entidad. El genio científico más grande se deteriora inevitablemente y se hace soberbio tan pronto como se convierte en un académico y en un sabio oficial. Pierde su espontaneidad, su audacia revolucionaria, esa característica salvaje e inquietante de los más grandes genios, cuyo destino ha sido siempre destruir viejos mundos decrépitos y sentar los fundamentos de otros nuevos. Sin duda, nuestro académico gana en buenas maneras, en sabiduría cosmopolita y pragmática lo que pierde en poder de pensamiento.

Los científicos no están exceptuados de la ley de la igualdad. Lo característico del privilegio y de toda posición privilegiada es destruir las mentes y los corazones de los hombres. Un hombre privilegiado política o económicamente es un hombre intelectual y moralmente depravado. Esta es una ley social que no admite excepción, igualmente válida para naciones enteras y para clases, grupos sociales e individuos. Es la ley de la igualdad, condición suprema de la libertad y la humanidad.

Un cuerpo científico a quien se confíe el gobierno de la sociedad terminaría pronto prescindiendo de la ciencia y dedicándose a algún otro empeño. Y este empeño, como ocurre en todos los poderes establecidos, sería intentar perpetuarse haciendo que la sociedad confiada a su custodia se vaya embruteciendo de modo creciente y necesite, por tanto, cada vez más su dirección y gobierno.

Y lo que es cierto de las academias científicas, es también cierto para todas las asambleas constituyentes y cuerpos legislativos, incluso para los elegidos por sufragio universal. Es cierto que la composición de estos últimos cuerpos puede cambiarse, pero eso no impide la formación en unos pocos años de un cuerpo de políticos, privilegiado de hecho si no de derecho, que entregándose exclusivamente a la dirección de los asuntos públicos de un país, termina por formar una especie de aristocracia política u oligarquía. Piénsese en los Estados Unidos de América y en Suiza.

Por tanto, no es necesaria ninguna legislación externa ni ninguna autoridad; a esos efectos una es separable de la otra, y ambas tienden a esclavizar a la sociedad y a degradar mentalmente a los propios legisladores

En los buenos viejos tiempos, cuando la fe cristiana —todavía inconmovida y representada principalmente por la Iglesia Católica Romana— florecía en toda su fuerza, Dios no tenía dificultad en designar a sus elegidos. Se admitía que todos los soberanos, grandes y pequeños, reinaban por la gracia de Dios, a no ser que estuvieran excomulgados; la propia nobleza basaba sus privilegios en la bendición de la Santa Iglesia. Hasta el protestantismo, que contribuyó poderosamente a la destrucción de la fe —naturalmente, contra su voluntad— dejó en este sentido perfectamente intacta la doctrina cristiana. «Porque no hay poder sino el que procede de Dios», decía repitiendo las palabras de San Pablo. El protestantismo reforzó incluso la autoridad del soberano, proclamando que procedía directamente de Dios sin necesitar la intervención de la Iglesia, y sometiendo a esta última al poder del soberano.

Pero desde que la filosofía del último siglo [el xviii], actuando al unísono con la revolución burguesa, asestó un golpe mortal a la fe y derrocó a todas las instituciones basadas sobre ella, la doctrina de la autoridad tuvo grandes dificultades para volver a establecerse en la conciencia de los hombres. Naturalmente, los soberanos actuales siguen considerándose-gobernantes «por la gracia de Dios», pero esas palabras —que en un tiempo poseían un significado real, poderoso y palpitante de vida— constituyen una frase caduca, banal y esencialmente sin sentido para las clases educadas, e incluso para una parte del propio pueblo. Napoleón III intentó rejuvenecerla añadiéndole otra frase: «Y por la voluntad del pueblo», que unida a la primera o bien anula su significado (con lo cual se anula a sí misma), o significa que Dios quiere en todo caso lo que quiere el pueblo.

Lo que queda por hacer es precisar la voluntad del pueblo y descubrir qué órgano político la expresa fielmente. Los demócratas radicales imaginan que una Asamblea elegida por sufragio universal es el órgano más adecuado para ese propósito. Otros, los demócratas todavía más radicales, le añaden el referéndum, la votación directa de todo el pueblo para cualquier ley más o menos importante. Todos ellos —conservadores, liberales, moderados y radicales extremos— coinciden en un punto: que el pueblo debe ser gobernado; el pueblo puede elegir a sus rectores y maestros, o puede que se le impongan, pero en todo caso ha de tener rectores y maestros. Falto de inteligencia, el pueblo debe dejarse guiar por quienes la poseen.

La razón de las clases privilegiadas a la luz de su aceptación de dictaduras bárbaras. Mientras en los siglos pasados se exigía la autoridad en nombre de Dios, los doctrinarios la exigen ahora en nombre de la razón. Quienes piden el poder ahora ya no son los sacerdotes de una religión desintegrada, sino los sacerdotes oficiales de la razón doctrinaria, y esto acontece cuando se ha hecho evidente la ruina de esa razón. Porque nunca el pueblo educado e instruido —y en general las clases ilustradas— mostró una degradación moral, una cobardía, un egoísmo y una falta tan completa de convicciones como en nuestros días. Debido a esta cobardía sigue siendo estúpido a pesar de su formación, y sólo comprende una cosa: conservar lo que existe, esperando detener por pura demencia el curso de la historia con la fuerza brutal de una dictadura militar ante la que se han postrado vergonzosamente esas clases.

Bancarrota moral de la vieja intelectualidad. Lo mismo que en los viejos días los representantes de la razón y la autoridad divina —la Iglesia y los sacerdotes— se aliaron demasiado abiertamente con la explotación económica de las masas, y esta fue la causa principal de su caída, así se han identificado ahora demasiado abiertamente los representantes de la razón y la autoridad humana —el Estado, las sociedades instruidas y las clases ilustradas— con el negocio de la cruel e inicua explotación para retener la más leve fuerza moral o el mínimo prestigio. Condenados por su propia conciencia, se sienten expuestos ante todos, y no tienen recurso alguno contra el desprecio que, como ellos saben, tienen bien merecido salvo los argumentos feroces de una violencia organizada y armada. Una organización basada en tres cosas detestables, la burocracia, la policía y un ejército permanente: esto es lo que constituye ahora el Estado, cuerpo visible de la argumentación explotadora y doctrinaria de las clases privilegiadas.

La aparición de un nuevo razonamiento y el ascenso de una perspectiva libertaria. En contraste con este razonamiento corrompido y moribundo, está comenzando a despertar y a cristalizar en el seno del pueblo un espíritu nuevo, joven y vigoroso. Está lleno de vida y de esperanzas para el futuro; naturalmente, no está del todo desarrollado con respecto a la ciencia, pero aspira ansiosamente a una nueva ciencia despejada de todas las estupideces de la metafísica y la teología. Esta nueva lógica no tendrá profesores diplomados, ni profetas, ni sacerdotes; y tampoco fundará una nueva Iglesia o un nuevo Estado, porque extrae su poder de cada uno y de todos. Destruirá los últimos vestigios de este condenado y funesto principio de autoridad humana y divina, y devolviendo a cada uno su plena libertad realizará la igualdad, la solidaridad y la fraternidad de la humanidad.

El verdadero papel y función del experto. ¿Se deduce de ello que rechazo toda autoridad? No; lejos de mi intención mantener tal idea. En asunto de botas, delego en la autoridad del zapatero. Cuando se trata de casas, canales o carreteras, consulto la autoridad del arquitecto o ingeniero. Para cada tipo específico de conocimiento recurro al científico de esa rama. Le escucho libremente y con todo el respeto que me merece su inteligencia, su carácter y sus conocimientos, aunque siempre me reserve el derecho indiscutible a la crítica y el control. Y no quedo satisfecho consultando a un solo especialista que sea una autoridad en cierto campo; consulto a varios. Comparo sus opiniones y elijo la que me parece más sensata.

Pero no reconozco autoridad infalible, ni siquiera en cuestiones de carácter completamente específico. En consecuencia, sea cual fuere el respeto que pueda sentir hacia la honestidad y sinceridad de tales y cuales individuos, no tengo fe absoluta en persona alguna. Tal fe sería funesta para mi razón, para mi libertad y para el éxito de mis empresas: me transformaría inmediatamente en un esclavo estúpido, en un instrumento de la voluntad y los intereses de otros.

Si me inclino ante la autoridad de los especialistas y me declaro dispuesto a seguir en cierta medida y mientras me parezca necesario sus indicaciones generales e incluso sus directrices, no es porque su autoridad me la impongan ni los hombres ni Dios. En otro caso la rechazaría con horror y enviaría al diablo sus consejos, sus direcciones y su conocimiento, cierto de que me harían pagar, con la pérdida de mi libertad y mi propia estima, una cifra desmesurada en comparación con jirones de verdad envueltos en una multitud de mentiras, pues eso es todo cuanto podrían darme.

Si me inclino ante la autoridad de los especialistas porque me la impone mi propia razón. Soy consciente de que sólo puedo abarcar en todos sus detalles y desarrollos positivos una parte muy pequeña del conocimiento humano. Ni siquiera la mayor de las inteligencias sería capaz de abarcar la totalidad. De ello resulta, para la ciencia tanto como para la industria, la necesidad de la división y asociación del trabajo. Tomo y doy: tal es la vida humana. Cada uno es un dirigente competente y a su vez está dirigido por otros. En consecuencia, no hay autoridad fija y constante, sino un intercambio continuo de autoridad y subordinación mutuas, temporales y, sobre todo, voluntarias.

El gobierno de superhombres. Esta misma razón me impide reconocer una autoridad fija, constante y universal, porque no hay hombre universal capaz de abarcar todas las ciencias, todas las ramas de la vida social en su riqueza de detalles, y sólo esto hace posible la aplicación de la ciencia a la vida. Si alguna vez pudiera cumplirse tal universalidad en un hombre singular, y si quisiese hacer uso de ella para imponernos su autoridad sería necesario expulsarlo de la sociedad, porque el ejercicio de esa autoridad por su parte reduciría a todos los demás a la esclavitud y a la idiocia.

No creo que la sociedad deba maltratar a los hombres de genio como ha hecho hasta el presente; pero tampoco creo que deba mimarlos, y mucho menos concederles cualesquiera privilegios o derechos exclusivos. Y esto por tres razones: primero, porque ha sucedido frecuentemente que la sociedad tomó por hombre de genio a un charlatán; segundo, porque a través de un sistema de privilegios semejantes, hasta un verdadero hombre de genio puede transformarse en un charlatán, desmoralizado y degradado; y por último, porque así podría la sociedad erigir a un déspota sobre ella.

Resumo: reconocemos, pues, la autoridad absoluta de la ciencia, porque la ciencia tiene por objeto sólo la reproducción mentalmente elaborada y tan sistemática como resulta posible de las leyes naturales inmanentes a la vida material, intelectual y moral del mundo físico y moral, que constituyen de hecho un solo e idéntico mundo natural. Fuera de esta única autoridad legítima —legítima porque es racional y está en armonía con la libertad humana— declaramos falsas, arbitrarias y funestas a todas las demás autoridades.

La autoridad de la ciencia no es idéntica a la autoridad de los sabios. Admitimos la autoridad absoluta de la ciencia, pero rechazamos la infalibilidad y universalidad de los representantes de la ciencia. En nuestra Iglesia —si se me permite utilizar por un momento una expresión que por lo demás detesto, pues la Iglesia y el Estado son mis dos espantajos—, en nuestra Iglesia, como en la Iglesia protestante, tenemos un jefe, un Cristo invisible: la ciencia, y, al igual que los protestantes, pero siendo todavía más coherentes que ellos, no toleraremos ningún Papa, ningún Concilio ni cónclave de cardenales infalibles ni a los obispos, ni siquiera a los sacerdotes. Nuestro Cristo difiere del Cristo protestante y cristiano en no ser un ente personal, sino impersonal. El Cristo de la cristiandad, ya completado en un pasado eterno, aparece como un ente perfecto, mientras la realización y perfección de nuestro Cristo —la ciencia— está por completo en el futuro; lo que equivale a decir que esos fines jamás serán realizados. Por ello, al reconocer a la ciencia absoluta como la única autoridad absoluta, no comprometemos en modo alguno nuestra libertad.

La ciencia absoluta es un concepto dinámico de un infinito proceso de devenir. Con las palabras «ciencia absoluta» quiero indicar la ciencia verdaderamente universal que reproduce idealmente, en toda su amplitud y en sus infinitos detalles, el universo, el sistema o la coordinación de todas las leyes naturales manifestadas por el incesante desarrollo de los mundos. Es evidente que dicha ciencia, sublime objeto de todos los esfuerzos de la mente humana, jamás será realizada plena y absolutamente. Así pues, nuestro Cristo quedará eternamente incompleto, circunstancia que debe bajar los humos de sus representantes diplomados entre nosotros. Frente a Dios Hijo, en cuyo nombre quieren imponemos su autoridad insolente y pedante, apelamos a Dios Padre, que es el mundo real, la vida real, de la que él (el Hijo) es sólo una expresión demasiado imperfecta —mientras nosotros, seres reales, que vivimos, trabajamos, luchamos, amamos, aspiramos, disfrutamos y sufrimos, somos sus representantes directos.

Pero si bien rechazamos la autoridad absoluta, universal e infalible de los hombres de ciencia, nos inclinamos con gusto ante la autoridad respetable aunque relativa, temporal y muy restringida de los representantes de ciencias especializadas; nos satisface enteramente consultarles en las ocasiones oportunas, y agradecemos mucho la valiosa información que puedan transmitirnos —a condición de que estén deseosos de recibir consejos semejantes por nuestra parte cuando se trate de asuntos en los cuales tengamos una instrucción superior a la suya.

En general, no deseamos nada mejor que ver a los hombres dotados de gran conocimiento, gran experiencia, grandes mentes, y sobre todo grandes corazones, ejercer sobre nosotros una influencia natural y legítima siempre que esa influencia sea libremente aceptada y nunca impuesta en nombre de autoridad oficial alguna, celeste o terrestre. Aceptamos todas las autoridades naturales y todas las influencias de hecho, pero ninguna de derecho; porque toda autoridad e influencia de derecho, impuesta oficialmente como tal, pondría inevitablemente... la esclavitud y el absurdo.

La autoridad que emana de la experiencia colectiva de individuos libres e iguales. La única autoridad grande y omnipotente, a un tiempo natural y racional, la única que podemos respetar, será la del espíritu colectivo y público de una sociedad fundada sobre la igualdad y la solidaridad, y sobre el respeto humano mutuo de todos sus miembros. Sí, esta es una autoridad en modo alguno divina, enteramente humana, pero ante la cual nos inclinaremos con gusto, seguros de que emancipará a los hombres en vez de esclavizarlos. Será mil veces más poderosa que todas vuestras autoridades divinas, teológicas, metafísicas y judiciales establecidas por la Iglesia y el Estado, más poderosa que vuestros códigos penales, vuestros carceleros y vuestros verdugos.

El ideal del anarquismo. En una palabra, rechazamos toda legislación y autoridad privilegiada, diplomada, oficial y legal, aunque provenga del sufragio universal, convencidos de que sólo puede desembocar en beneficio de una minoría dominante y explotadora, frente a los intereses de la gran mayoría esclavizada. En este sentido es en el que somos realmente anarquistas.

Mijaíl Bakunin 

martes, 31 de marzo de 2015

El Patriotismo - Mijaíl Bakunin


El siguiente material, es un fragmento de la compilación de artículos de Mijaíl Bakunin, publicados originalmente en el periódico ginebrino Le Progrès durante 1869. Para consultar el compilado completo, titulado 'sobre el patriotismo',  pueden hacer clic aquí 

(...) El patriotismo ya se sabe que es una virtud antigua nacida en las repúblicas griegas y romanas, donde no hubo jamás otra religión real que la del Estado, ni otro objeto de culto que el Estado. ¿Qué es el Estado? Es, nos contestan los metafísicos y los doctores en derecho, la cosa pública, los intereses, el bien colectivo y el derecho de todo el mundo, opuestos a la acción disolvente de los intereses y de las pasiones egoístas de cada uno. Es la justicia y la realización de la moral y de la virtud sobre la Tierra. Por consecuencia, no hay acto más sublime ni más grande deber para los individuos que sacrificarse, que entregarse, y en caso de necesidad, morir por el triunfo, por la potencia del Estado. He ahí en pocas palabras toda la teología del Estado. Veamos ahora si esa teología política, lo mismo que la teología religiosa, oculta bajo muy bellas y muy poéticas apariencias, realidades muy comunes y muy sucias.

Analicemos primeramente la idea misma del Estado, tal como nos la representan sus propugnadores. Es el sacrificio de la libertad natural y de los intereses de cada uno, de los individuos tanto como de las unidades colectivas, comparativamente pequeñas: asociaciones, comunas y provincias, a los intereses y a la libertad de todo el mundo, a la prosperidad del gran conjunto. Pero ese todo el mundo, ese gran conjunto, ¿qué es en realidad? Es la aglomeración de todos los individuos y de todas las colectividades humanas más restringidas que lo componen. Pero desde el momento que para componerlo y para coordinarse en él, todos los intereses individuales y locales deben ser sacrificados, el todo que supuestamente les representa, ¿qué es en efecto? No es el conjunto viviente, que deja respirar a cada uno a sus anchas y se vuelve tanto más fecundo, más poderoso y más libre cuanto más plenamente se desarrollan en su seno la plena libertad y la prosperidad de cada uno; no es la sociedad humana natural, que confirma y aumenta la vida de cada uno por la vida de todos; es, al contrario, la inmolación de cada individuo como de todas las asociaciones locales, la abstracción destructiva de la sociedad viviente, la limitación, o por decir mejor, la completa negación de la vida y del derecho de todas las partes que componen ese todo el mundo, por el llamado bien de todo el mundo; es el Estado, es el altar de la religión política sobre el cual siempre es inmolada la sociedad natural: una universalidad devoradora, que vive de sacrificios humanos como la Iglesia. El Estado, lo repito, es el hermano menor de la Iglesia.

Para probar este identidad de la Iglesia y del Estado, ruego al lector que verifique este hecho: que la una y el otro están fundados esencialmente en la idea del sacrificio de la vida y del derecho natural, y que parten igualmente del mismo principio: el de la maldad natural de los hombres, que no puede ser vencida, según la Iglesia, más que por la gracia divina y por la muerte del hombre natural en Dios, y según el Estado, por la ley, y por la inmolación del individuo ante el altar del Estado. La una y el otro tienden a transformar al hombre, la una en un santo, el otro en un ciudadano. Pero el hombre natural debe morir, porque su condena es unánimemente pronunciada por la religión de la Iglesia y por la del Estado.

Tal es su pureza ideal: la teoría idéntica de la Iglesia y del Estado. Es una pura abstracción; pero toda abstracción histórica supone hechos históricos. Estos hechos, como lo he dicho ya en mi artículo precedente, son de una naturaleza enteramente real, enteramente brutal: es la violencia, el despojo, el sometimiento, la conquista. El hombre está formado de tal manera que no se contenta con hacer, tiene además necesidad de explicarse y de legitimar, ante su propia conciencia y a los ojos de todo el mundo, lo que ha hecho.

La religión llega a punto para bendecir los hechos consumados y, gracias a esta bendición, el hecho inicuo y brutal se transforma en derecho. La ciencia jurídica y el derecho político, como se sabe, han nacido de la teología y más tarde de la metafísica, que no es otra cosa que una teología disfrazada que tiene la ridícula pretensión de no querer ser absurda y se esfuerza vanamente en darse el carácter de ciencia.

Veamos ahora esta abstracción del Estado, paralela a la abstracción histórica que se llama Iglesia, qué papel juega y continúa jugando en la vida real y en la sociedad humana. He dicho que el Estado, por su mismo principio, es un inmenso cementerio; donde vienen a sacrificarse, a morir y a enterrarse todas las manifestaciones de la vida individual y local, todos los intereses de las partes cuyo conjunto constituye precisamente la sociedad; es el altar donde la libertad real y el bienestar de los pueblos se inmolan a la grandeza política, y cuanto más completa es esa inmolación, más perfecto es el Estado. He deducido y estoy convencido de que el Imperio de Rusia es el Estado por excelencia, el Estado sin retórica ni frases, el más perfecto de Europa.

Por el contrario, todos los Estados en los cuales los pueblos puedan aún respirar, son, desde el punto de vista del ideal, Estados incompletos, como todas las Iglesias, en comparación de la Iglesia Católica Romana son Iglesias incompletas.

El Estado es una abstracción devoradora de la vida popular; mas para que una abstracción pueda nacer, desarrollarse y continuar, es preciso que haya un cuerpo colectivo real que esté interesado en su existencia. Esto no puede serlo la masa popular, porque es precisamente la víctima. El cuerpo sacerdotal del Estado debe ser un cuerpo privilegiado, porque los que gobiernan el Estado son como los sacerdotes de la religión en la Iglesia.

En efecto, ¿qué vemos en la Historia? Que el Estado ha sido siempre el patrimonio de una clase privilegiada, como la clase sacerdotal, la clase nobiliaria, la clase burguesa; clase burocrática, al fin, porque cuando todas las clases se han aniquilado, el Estado cae o se eleva como una máquina; pero para el bien del Estado es preciso que haya una clase privilegiada cualquiera que se interese por su existencia, y es, precisamente, el interés solidario de esta clase privilegiada, lo que se llama patriotismo.

(Del periódico ginebrino Le Progrès, del 28 de abril de 1869).

V

El patriotismo, en el sentido complejo que se atribuye ordinariamente a esta palabra, ¿ha sido una pasión y una virtud popular?

Con la Historia en la mano no dudo en responder a esta pregunta con un no decisivo, y para probar al lector que no me equivoco al contestar así, le pido permiso para analizar los principales elementos que, combinados, de una manera más o menos diferente, constituyen lo que se llama patriotismo.

Estos elementos son cuatro:

El elemento natural o fisiológico;

El elemento económico;

El elemento político y;

El elemento religioso o fanático.

El elemento fisiológico es el fondo principal de todo patriotismo, sencillo, instintivo y brutal. Es una pasión natural que, precisamente por ser muy natural, está en contradicción con toda política, y lo que es peor, dificulta el desarrollo económico, científico y humano de la sociedad.

El patriotismo natural es un hecho puramente bestial que se encuentre en todos los grados de la vida animal y hasta cierto punto en la vida vegetal; el patriotismo, tomado en este sentido, es una guerra de destrucción; es la primera expresión humana de ese grande y fatal combate por la existencia que constituye todo el desarrollo, toda la vida del mundo natural o real; combate incesante, devorador, universal, que nutre a cada individuo y a cada especie con la carne y la sangre de los individuos extranjeros, que, renovándose fatalmente a cada instante, hace vivir y prosperar y desarrollarse las especies más completas, más inteligentes y más fuertes a expensas de las demás.

Los que se ocupan de agricultura o de jardinería, saben lo que les cuesta preservar sus plantas de la invasión de esos grandes parásitos, que les disputan la luz y los elementos químicos de la tierra, indispensables a su nutrición; la planta más poderosa, la que se adapta mejor a las condiciones particulares del clima y del suelo, como se desarrolla siempre con un vigor relativamente grande, tiende a matar a las otras; es una lucha silenciosa, pero sin tregua, y precisa toda la enérgica intervención del hombre para proteger contra esta invasión a las plantas que prefiere.

En el mundo animal, se reproduce la misma lucha, pero más ruidosa y dramáticamente; no es la lucha silenciosa y sin ruido; la sangre corre, y el animal destrozado, devorado y torturado, llena el aire con sus gemidos. Por fin, el hombre, animal parlante, introduce la primera frase en esta lucha, y esa frase se llama el patriotismo.

El combate de la vida en el mundo animal y vegetal, no es sólo una lucha individual, es una lucha de especies, de grupos y de familias, unas contra otras. En cada ser viviente hay dos instintos, dos grandes intereses principales: el del alimento y el de la reproducción. Bajo el punto de vista de la nutrición, cada individuo es el enemigo natural de todos los otros sin consideración de lazos de familia, de grupos, ni de especies. El proverbio de que los lobos unos a otros no se muerden, no es verdad sino mientras los lobos encuentran otros animales diferentes para saciar su apetito, pero cuando éstos faltan, se devoran tranquilamente entre sí. Los gatos y las truchas y muchos otros animales, se comen con frecuencia a sus propios hijos, y no hay animal que no lo haga siempre que se encuentre acosado por el hambre.

Las sociedades humanas, ¿no han empezado por la antropofagia? ¿Quién no ha oído esas lamentables historias de náufragos que, perdidos en el Océano sobre una débil embarcación y acosados por el hambre, han echado suertes sobre quién había de ser devorado por los otros? Y durante esa terrible hambre que acaba de diezmar a Argel, ¿no hemos visto madres devorar a sus propios hijos?

Es que el hambre es un rudo e invencible déspota, y la necesidad de nutrirse, necesidad individual, es la primera ley y condición suprema de la vida; es la base de toda vida humana y social, como lo es también de la vida animal y vegetal. Rebelarse contra ésta, es aniquilar todo lo demás, es condenarse a la nada.

Pero al lado de esta ley fundamental de la naturaleza viviente hay otra también muy esencial: la de la reproducción. La primera tiende a la conservación de los individuos, la segunda a la constitución de las familias.

Los individuos, para reproducirse, impulsados por una necesidad natural, buscan para unirse los individuos que por su organización se les parecen más. Hay diferencias de organización que hacen la unión estéril y a veces imposible. Esta imposibilidad es evidente entre el mundo vegetal y el mundo animal; pero en este último, la unión de los cuadrúpedos, por ejemplo, con los pájaros y los peces, los reptiles o los insectos, es igualmente imposible. Si nos limitamos a los cuadrúpedos, encontraremos la misma imposibilidad entre dos grupos diferentes y llegamos a la conclusión de que la capacidad de la unión y el poder de la reproducción no es real para cada individuo sino en una esfera muy limitada de individuos que están dotados de una organización idéntica o aproximada a la suya, constituyendo con él el mismo grupo o la misma familia.

El instinto de reproducción establece el único lazo de solidaridad que puede existir entre los individuos del mundo animal, y en donde cesa la capacidad de unión, cesa también la solidaridad animal. Todo lo que queda fuera de esa posibilidad de reproducción para los individuos, constituye una especie diferente, un mundo absolutamente extraño, hostil y condenado a la destrucción; todo lo que aquí se encierra constituye la gran patria de la especie; como, por ejemplo, la humanidad para los hombres.

Pero esa destrucción mutua de los individuos vivientes no se encuentra sólo en los lindes de ese mundo limitado que llamamos la gran patria; los encontramos tan feroces y algunas veces más en medio de ese mundo, a causa de la resistencia y de la competencia que encuentran, porque las luchas crueles del amor se mezclan con las del hambre.

Además, cada especie de animales se subdivide en grupos y en familias diferentes bajo la influencia de las condiciones geográficas y climatológicas de los diferentes países que habita; la diferencia más o menos grande de las condiciones de vida, determina una diferencia correspondiente en la organización de los individuos que pertenecen a la misma especie.

Ya se sabe que todo animal busca naturalmente la unión con el ser que más se le parezca, de donde resulta el desarrollo de una gran cantidad de variedades dentro de la misma especie; y como las diferencias que separan todas estas variaciones se fundan principalmente en la reproducción, y la reproducción es la única base de toda solidaridad animal, es evidente que la gran solidaridad de la especie debe subdividirse en otras tantas solidaridades más limitadas, o que la gran patria debe dividirse en una multitud de pequeñas patrias animales, hostiles y destructoras las unas de las otras.

(Del periódico ginebrino Le Progrès, del 25 de mayo de 1869).

VI

Ya he demostrado en mi carta precedente que el patriotismo, como cualidad o pasión natural, procede de una ley fisiológica, de la que se determina precisamente la separación de los seres vivientes en especies, en familias y en grupos.

La pasión patriótica es evidentemente una pasión solidaria. Para encontrarla más explícita y más claramente determinada en el mundo animal, es preciso buscarla, sobre todo, entre las especies de animales que, como el hombre, están dotados de una naturaleza eminentemente sociable; por ejemplo, entre las hormigas, las abejas, los castores y muchos otros que tienen habitaciones comunes, lo mismo que entre las especies que vagan en manadas; los animales con domicilio colectivo y fijo representan siempre, desde el punto de vista natural, el patriotismo de los pueblos agricultores, y los animales vagabundos en manadas, el de los pueblos nómadas.

Es evidente que el primero es más completo que el último, puesto que éste no implica más que la solidaridad de los individuos en manada y el primero añade a la de los individuos la del suelo y el domicilio que habitan.

La costumbre, para los animales lo mismo que para los hombres, constituye una segunda naturaleza, y ciertas maneras de vivir están mejor determinadas, más fijas entre los animales colectivamente sedentarios que entre las manadas vagabundas; y las diferentes costumbres y las maneras particulares de existencia constituyen un elemento esencial del patriotismo.

Se podría definir el patriotismo natural así: es una adhesión instintiva, maquinal y completamente desnuda de crítica a las costumbres de existencia colectivamente tomadas y hereditarias o tradicionales, y una hostilidad también instintiva y maquinal contra toda otra manera de vivir. Es el amor de los suyos y de lo suyo y el odio a todo lo que tiene un carácter extranjero. El patriotismo es un egoísmo colectivo, por una parte, y, por la otra, la guerra.

No es una solidaridad bastante poderosa para que los miembros de una colectividad animal no se devoren entre sí en caso de necesidad, pero es bastante fuerte para que todos sus individuos, olvidando sus discordias civiles, se unan contra cada intruso que llegue de una colectividad extraña.

Ved los perros de un pueblo, por ejemplo. Los perros no forman, por regla general, República colectiva; abandonados a sus propios instintos, viven errantes como los lobos y sólo bajo la influencia del hombre se hacen animales sedentarios, pero una vez domesticados constituyen en cada pueblo una especie de República fundada en la libertad individual, según la fórmula tan querida de los economistas burgueses; cada uno para sí y el diablo para el último. Cuando un perro del pueblo vecino pasa solo por la calle de otro pueblo, todos sus semejantes en discordias se van en masa contra del desdichado forastero.

Yo pregunto, ¿no es esto la copia fiel o mejor dicho el original de las copias que se repiten todos los días en la sociedad humana? ¿No es una manifestación perfecta de ese patriotismo natural del que yo he dicho y repito que no es más que una pasión brutal? Bestial, lo es, sin duda, porque los perros incontestablemente son bestias, y el hombre, animal como el perro y como todos los animales en la Tierra, pero animal dotado de la facultad fisiológica de pensar y hablar, comienza su historia por la bestialidad para llegar, a través de los siglos, a la conquista y a la constitución más perfecta de su humanidad.

Una vez conocido el origen del hombre, no hay que extrañarse de su bestialidad, que es un hecho natural, entre otros hechos naturales, ni indignarse contra ella, pues no es preciso combatirla con energía, porque toda la vida humana del hombre no es más que un combate incesante contra su bestialidad natural en provecho de su humanidad.

Yo he querido hacer constar solamente que el patriotismo que nos cantan los poetas, los políticos de todas las escuelas, los gobernantes y todas las clases privilegiadas como una virtud ideal y sublime, tiene sus raíces, no en la humanidad del hombre, sino en su bestialidad.

En efecto, en el origen de la Historia, y actualmente en las partes menos civilizadas de la sociedad humana, vemos reinar el patriotismo natural. Constituye en las colectividades humanas un sentimiento mucho más complicado que en las otras colectividades animales, por la sola razón de que la vida del hombre abraza incomparablemente más objetos que la de los animales; a las costumbres y a las tradiciones físicas se unen en él las tradiciones más o menos abstractas, intelectuales y morales y una multitud de ideas y de representaciones falsas o verdaderas con diferentes costumbres religiosas, económicas, políticas y sociales; todo esto constituido en tantos elementos de patriotismo natural del hombre, mientras todas estas cosas, combinándose de una manera o de otra, forman, con una colectividad cualquiera, un modo particular de existencia, de una manera tradicional de vivir, de pensar y de obrar distinto de las otras.

Pero aunque haya alguna diferencia entre el patriotismo natural de las colectividades animales, con relación a la cantidad y a la calidad de los objetos que abraza, tiene de común que son igualmente pasiones instintivas, tradicionales, habituales y colectivas, y que la intensidad del uno como la del otro no depende en modo alguno de la naturaleza de su contenido; por el contrario, se puede decir que cuanto menos se complica el contenido, más sencillo, más intenso y más enérgicamente exclusivo es el sentimiento patriótico que le manifiesta y le expresa.

El animal está evidentemente mucho más ligado que el hombre a las costumbres tradicionales de la colectividad de que forma parte; en él, esa adhesión patriótica es fatal, e incapaz de defenderse por sí mismo, no se libra alguna veces más que por la influencia del hombre; lo mismo pasa en las colectividades humanas; cuanto menor es la civilización, menos complicado y más sencillo es el fondo de la vida social y más natural el patriotismo, es decir, la adhesión instintiva de los individuos por todas las costumbres naturales, intelectuales y morales que constituyen la vida tradicional de una colectividad particular, así como es más intenso el odio por todo lo que se diferencia y es considerado extranjero. De aquí resulta que el patriotismo natural, esté en razón inversa de la civilización, es decir, del triunfo de la humanidad en las sociedades humanas.

Nadie disputará que el patriotismo instintivo o natural de las miserables poblaciones de las zonas heladas, que la civilización humana apenas ha desflorado y donde la vida material es tan pobre, no sea infinitamente más fuerte o más exclusivo que el patriotismo de un francés, de un inglés o de un alemán, por ejemplo. El alemán, el inglés, el francés, puede vivir y aclimatarse en todas partes, mientras el habitante de las regiones polares moriría pronto de nostalgia si lo separasen de su país, y sin embargo, ¿hay algo más miserable y menos humano que su existencia? Esto prueba una vez más que la intensidad del patriotismo natural no es una prueba de humanidad, sino de brutalidad.

Al lado de este elemento positivo de patriotismo, que consiste en la adhesión instintiva de los individuos al modo particular de la existencia colectiva de la cual son miembros, está el elemento negativo, tan esencial como el primero y del cual es inseparable: es el horror igualmente instintivo por todo lo extranjero, instintivo y por consecuencia bestial; sí, bestial realmente, porque este horror es tanto más enérgico e invencible que el que siente cuando menos se piensa y se comprende, y, por consiguiente, en este caso se es menos hombre.

Hoy, este horror patriótico por el extranjero, sólo se encuentra en los pueblos salvajes; aunque también se encuentra en los pueblos medios salvajes de Europa a quién la civilización burguesa no se ha dignado civilizar, pero en cambio no se olvida nunca de explotar. Hay en las grandes capitales de Europa, en el mismo París y en Londres sobre todo, calles abandonadas a una multitud miserable quien nadie ha sacado de su oscuridad; basta que se presente un extraño para que una multitud de seres humanos miserables, hombres, mujeres y niños casi desnudos llevando impresa en su rostro y en toda su persona las señales de la miseria más espantosa y de la más profunda abyección, le rodeen, le insulten y algunas veces le maltraten, sólo porque es extranjero. ¿Este patriotismo brutal y salvaje, no es la negación absoluta de todo lo que se llama humanidad?

Y sin embargo, hay periódicos burgueses muy bien escritos, como el Journal de Genève, por ejemplo, que no siente vergüenza alguna explotando ese prejuicio tan poco humano y esa pasión bestial. Quiero, sin embargo, hacerles la justicia de reconocer que los explotan sin participar de sus opiniones y sólo encuentran interés en explotarlos, lo mismo que sucede con los sacerdotes de todas las religiones, que predican las necedades religiosas, sin creer en ellas, sólo porque el interés de las clases privilegiadas está en que las masas populares continúen creyéndolas. Cuando el Journal de Genéve se encuentra falto de argumentos y de pruebas, dice: esto es una cosa, una idea, un hombre extranjeros, y tiene formada tan mezquina idea de sus compatriotas, que espera que le bastará pronunciar la terrible palabra extranjero, para que, olvidando sentido común, humanidad y justicia, se pongan todos a su lado.

No soy ginebrino, pero respeto mucho a los habitantes de Ginebra, para no creer que el Journal se equivoca, pues sin duda, no querrán sacrificar la humanidad a la bestialidad, explotada por la angustia.

(Del periódico ginebrino Le Progrès, de junio de 1869).

VII

Ya he dicho que el patriotismo, mientras es instintivo o natural y tiene sus raíces en la vida animal, no es más que una combinación particular de costumbres colectivas, materiales, intelectuales y morales, económicas, políticas y sociales, desarrolladas por la tradición o la Historia en una sociedad humana muy limitada.

Estas costumbres – he añadido – pueden ser buenas o malas; el contenido o el objeto de este sentimiento instintivo no tiene ninguna influencia sobre el grado de su intensidad y, si se admitiera con relación a esto último una diferencia cualquiera, se inclinaría más en favor de las malas costumbres que de las buenas, porque, a causa del origen animal de toda sociedad humana y por efecto de esta gran inercia que ejerce una acción tan poderosa en el mundo intelectual y moral, como en el mundo material, en cada sociedad aún no degenerada que progresa y marcha adelante, las malas costumbres están más profundamente arraigadas que las buenas. Esto nos explica por qué en la suma total de las costumbres colectivas actuales y en los países más civilizados, las nueve décimas partes por lo menos no valen nada.

No os imaginéis que quiero declarar la guerra a las costumbres que tienen generalmente la sociedad y los hombres de dejarse gobernar por la costumbre. En esto, como en muchas cosas, no hacen más que obedecer fatalmente a una ley natural y sería absurdo rebelarse contra las leyes naturales. La acción de la costumbre en la vida natural y moral de los individuos, lo mismo que en las sociedades, es la misma que la de las fuerzas vegetativas en la vida animal; la una y la otra son condiciones de existencia y de realidad; el bien, lo mismo que el mal, para ser una cosa real debe convertirse en costumbre, sea individualmente en el hombre, sea en la sociedad; todos los ejercicios y todos los estudios a que se entregan los hombres, no tienen otro objeto, y las mejores cosas no se arraigan en el hombre hasta el punto de convertirse en segunda naturaleza más que por la fuerza de la costumbre. No se trata, pues, de rebelarse locamente, puesto que es un poder fatal que ninguna inteligencia o voluntad humana podrá distinguir; pero si, iluminados por la razón del siglo y por la idea que nos formamos de la verdadera justicia, queremos seriamente ser hombres, no tenemos más que hacer una cosa: emplear constantemente la fuerza de voluntad, es decir, la costumbre de querer extirpar las malas costumbres, que circunstancias independientes de nosotros mismos han desarrollado en nosotros, y reemplazarlas por otras buenas; para humanizar una sociedad entera, es preciso destruir sin piedad todas las causas, todas las condiciones económicas, políticas y sociales que producen en los individuos la tradición del mal y reemplazarlas por condiciones que tengan por consecuencia necesaria engendrar en esos mismos individuos la práctica y la costumbre del bien.

Desde el punto de vista de la conciencia moderna, de la humanidad y de la justicia que, gracias al desarrollo pasado de la Historia, hemos logrado comprender, el patriotismo es una mala y funesta costumbre, porque es la negación de la igualdad y de la solidaridad humanas.

La cuestión social planteada prácticamente por el mundo obrero de Europa y de América y cuya solución no es posible más que por la abolición de las fronteras de los Estados, tiende necesariamente a destruir esta costumbre tradicional en la conciencia de los trabajadores de todos los países. Yo demostraré más tarde cómo, desde comienzos de este siglo, fue muy quebrantada en la conciencia de la alta burguesía comercial e industrial, por el desarrollo prodigioso e internacional de sus riquezas y de sus intereses económicos; pero es preciso que demuestre primero cómo, mucho antes de esta revolución burguesa, el patriotismo natural instintivo, que, por su naturaleza, no puede ser más que un sentimiento limitado y una costumbre colectiva local, ha sido, desde el principio de la Historia, profundamente modificado, desnaturalizado y disminuido para la formación sucesiva de los Estados políticos.

En efecto, el patriotismo, mientras es un sentimiento natural, es decir, producido por la vida realmente solidaria de una colectividad y está poco debilitado por la reflexión o por efecto de los intereses económicos y políticos, como por el de las abstracciones religiosas, este patriotismo, si no todo, en gran parte animal, únicamente puede abrazar un mundo muy limitado, como una tribu, etc. Al principio de la Historia, como hoy en los pueblos salvajes, no había nación, ni lengua nacional, ni culto nacional; no había más que patria en el sentido político de la palabra. Cada pequeña localidad, cada pueblo, tenía su idioma particular, su dios, su sacerdote, y no era más que una familia multiplicada y extensa que se afirmaba viviendo y que, en guerra con las diferentes tribus existentes, negaba el resto de la humanidad. Tal es el patriotismo natural en su enérgica y sencilla crudeza.

Aun encontraremos restos de este patriotismo en algunos de los países más civilizados de Europa; en Italia, por ejemplo, sobre todo en las provincias meridionales de la península italiana, en donde la configuración del suelo, las montañas y el mar crean barreras entre los valles y los pueblos, que los separa, los aísla y los hace casi extraños los unos a los otros. Proudhon, en su folleto sobre la unidad italiana, ha observado, con mucha razón, que esta unidad no era más que una idea, una pasión burguesa y de ninguna manera popular, a las que las gentes del campo, por lo menos, son hasta ahora en gran parte, extrañas, y añadiré que hasta hostiles, porque esta unidad está en contradicción, por un lado, con su patriotismo local, y, por otro, no le ha aportado nada más que una explotación implacable, la opresión y la ruina.

En Suiza, sobre todo en los cantones primitivos, ¿no vemos con frecuencia el patriotismo local luchar contra el patriotismo cantonal y a éste contra el patriotismo político, nacional, de la confederación republicana?

Para resumir, saco la conclusión de que el patriotismo como sentimiento natural, siendo en esencia y en realidad un sentimiento substancialmente local, es un impedimento serio para la formación de los Estados, y por consecuencia estos últimos, y con ellos la civilización, no pueden establecerse más que destruyendo, si no del todo por lo menos en grado considerable, esta pasión animal.

(Del periódico ginebrino Le Progrès, de julio de 1869).

VIII

Después de haber considerado el patriotismo desde el punto de vista natural y haber demostrado que es un sentimiento bestial o animal, porque es común a todas las especies animales, y por el otro es esencialmente local, porque no puede abarcar más que el espacio limitado en que el hombre privado de civilización pasa su vida, voy a empezar ahora el análisis del patriotismo exclusivamente humano, del patriotismo económico, político y religioso.

Es un hecho probado por los naturalistas y ya ha pasado al estado de axioma, que el número de cada población animal corresponde siempre a la cantidad de medios de subsistencia que encuentra en el país que habita. La población aumenta siempre que los medios se encuentran en gran cantidad. Cuando una población animal ha devorado todas las existencias del país, emigra; pero esta migración que les hace romper sus antiguas costumbres, sus maneras diarias y rutinarias de vivir y les hace buscar sin conocimiento, sin pensamiento alguno, instintivamente y a la ventura los medios de subsistencia en países por completo desconocidos, va siempre acompañada de privaciones y sufrimientos inmensos. La parte más grande de la población animal emigrante muere de hambre, sirviendo con frecuencia de alimento a los supervivientes, y la parte más pequeña es la que suele aclimatarse y encontrar nuevos elementos de vida en otro país. Después viene la guerra entre las especies que se nutren con los mismos alimentos; la guerra entre los que, para vivir, tienen que devorarse los unos a los otros. Considerado así, el mundo natural no es más que un hecatombe sangrienta, una tragedia horrorosa y lúgubre escrita por el hombre.

Los que admiten la existencia de un Dios creador no dudan de que le halagan respetándole como el creador de este mundo. ¡Cómo! ¡Un Dios todo poder, todo inteligencia, todo bondad, no ha podido crear más que un mundo como éste, un horror!

Es verdad que los teólogos tienen un excelente argumento para explicar esta contradicción. El mundo había sido creado perfecto, dicen, y reinó primero una democracia absoluta, hasta que pecó el hombre, y entonces Dios, furioso contra él, maldijo al hombre y al mundo. Esta explicación es tanto más edificante cuanto que está llena de absurdos, y ya se sabe que en el absurdo consiste toda la fuerza de los teólogos. Para ellos, cuanto más absurda e imposible es una cosa, más verdad es. Toda religión no es otra cosa que la deificación del absurdo.

Así, Dios, que es perfecto, ha creado un mundo perfecto, pero esta perfección puede atraer sobre ella la maldición de su creador, y después de haber sido una perfección absoluta, se convierte en una absoluta imperfección. ¿Cómo la perfección ha podido llegar a la imperfección? A esto responderán que, precisamente porque el mundo, aunque perfecto en el momento de la creación, no era, sin embargo, una perfección absoluta. Sólo Dios, siendo absoluto, es más perfecto. El mundo no era perfecto más que de una manera relativa y en comparación de lo que es ahora.

Pero entonces, ¿por qué emplear la palabra perfección que no lleva nada de relativo? La perfección, ¿no es necesariamente absoluta? Decid entonces que Dios habría creado un mundo imperfecto, aunque mejor que el que vemos ahora; pero si no era más que mejor, si era ya imperfecto al salir de las manos del creador, no presentaba esa armonía y esa paz absoluta de la que los señores teólogos no dejan de hablar, y entonces preguntamos: ¿Todo creador, según vuestro propio dicho, no debe ser juzgado según su creación, como el obrero según su obra? El creador de una cosa imperfecta es necesariamente un creador imperfecto; siendo el mundo imperfecto, Dios, su creador, es necesariamente imperfecto, porque el hecho de haber creado un mundo imperfecto no puede explicarse más que por su falta de inteligencia, o por su impotencia, o por su maldad. Pero dirán: el mundo era perfecto, sólo que era menos perfecto que Dios; a esto responderé que, cuando se trata de la perfección, no se puede hablar de más o de menos, la perfección es completa, entera, absoluta, o no existe. De modo que, si el mundo era menos perfecto que Dios, el mundo era imperfecto; de donde resulta que Dios, creador de un mundo imperfecto, era él mismo imperfecto.

Para probar la existencia de Dios, los señores teólogos se verán obligados a concederme que el mundo creado por él era perfecto en su origen; pero entonces yo les haría unas pequeñas preguntas: primero, si el mundo ha sido perfecto, ¿cómo dos perfecciones podían existir separadas la una de la otra? La perfección no puede ser más que única, no permite que sean dos, porque siendo dos, la una limita a la otra y la hace necesariamente imperfecta, de modo que, si el mundo ha sido perfecto, no ha habido Dios dentro ni fuera de él, el mundo mismo era Dios; otra pregunta: si el mundo ha sido perfecto, ¿cómo ha hecho para decaer? ¡Linda perfección la que puede alterarse y perderse! ¡Y si se admite que la perfección puede decaer, Dios puede decaer también! Lo que quiere decir que Dios ha existido en la imaginación creyente de los hombres, pero la razón humana, que triunfa cada vez más en la Historia, lo destruye.

En fin, ¡es muy singular este Dios de los cristianos! Crea al hombre de manera que pueda y deba pecar y caer. Teniendo Dios entre todos sus atributos la omnisciencia, no podía ignorar, al crear al hombre, que caería; y puesto que Dios lo sabía, el hombre debía caer; de otra manera hubiera dado un solemne mentís a toda la omnisciencia divina. ¿Que nos hablan de la libertad humana? ¡Había fatalidad! Obedeciendo a esta pendiente fatal (lo que cualquier sencillo padre de familia hubiera previsto en el lugar de Dios), el hombre cae, y he aquí a la divina perfección llena de terrible cólera, una cólera tan ridícula como odiosa. Dios no maldijo solamente a los infractores de su ley, sino a toda la descendencia humana que aún no existía, y, por consecuencia, era absolutamente inocente del pecado de nuestros primeros padres, y, no contento con esta injusticia, maldijo ese mundo armonioso que no tenía nada que ver y lo transformó en un receptáculo de crímenes y horrores, en una perpetua carnicería. Después, esclavo de su propia cólera y de la maldición pronunciada por sí mismo contra los hombres y el mundo, contra su propia creación, y acordándose un poco tarde de que era un Dios de amor, ¿qué hizo? No era bastante haber ensangrentado el mundo con su cólera, por lo que ese Dios sanguinario vertió la sangre de su mismo Hijo, lo inmoló bajo el pretexto de reconciliar al mundo con su Divina Majestad. ¡Todavía si lo hubiera logrado! Pero, no; el mundo animal y humano quedó destrozado y ensangrentado, como antes de esa monstruosa redención. De donde resulta claramente que el Dios de los cristianos, como todos los dioses que le han precedido, es un Dios tan impotente como cruel y tan absurdo como malvado.

¡Y absurdos parecidos son los que quieren imponer a nuestra libertad y a nuestra razón! ¡Con semejantes monstruosidades pretenden moralizar y humanizar a los hombres! Que los teólogos tengan el valor de renunciar francamente a la humanidad y a la razón. No es bastante decir con Tertuliano: Credo quiz absurdum (Creo aunque sea absurdo), puesto que tratan de imponernos un cristianismo por medio del látigo como hace el Zar de todas las Rusias; por la hoguera, como Calvino; por la Santa Inquisición, como los buenos católicos; por la violencia, la tortura y la muerte, como querían hacerlo los sacerdotes de todas las religiones posibles; que ensayen todos esos lindos medios, pero no esperen nunca triunfar de otra manera. En cuanto a nosotros, dejemos de una vez para siempre todos estos absurdos y estos horrores divinos con los que creen locamente poder explotar largo tiempo a la plebe y a las masas obreras en su nombre, y, volviendo a nuestro razonamiento humano, recordemos siempre que la luz humana, la única que puede iluminarnos, emanciparnos y hacernos dignos y dichosos, no está al principio, sino, relativamente al tiempo que vivimos, al fin de la Historia, y que el hombre, en su desarrollo histórico, ha partido de la brutalidad para arribar a la humanidad.

No miremos nunca atrás, siempre adelante, porque adelante está nuestro sol y nuestro bien, y si nos es permitido y si es útil mirar alguna vez atrás, no es más que para justificar lo que hemos sido y lo que no debemos ser, lo que hemos hecho y lo que no debemos hacer jamás.

El mundo natural es el teatro constante de una lucha interminable, de la lucha por la vida. No tenemos porque preguntarnos por qué es así; nosotros no lo hemos hecho, lo hemos encontrado así al nacer, es nuestro punto de partida natural, y no somos responsables. Que nos baste saber que esto es, ha sido y será probablemente siempre así. La armonía se establece por el combate, por el triunfo de los unos y con frecuencia por la muerte de los otros.

El crecimiento y el desarrollo de las especies, están limitados por su propia hambre y por el apetito de las otras especies, es decir, por el sufrimiento y por la muerte. Nosotros no decimos, como los cristianos, que esta Tierra es un valle de lágrimas, pero debemos convenir en que no es madre tan tierna como dicen y que los seres vivientes necesitan mucha más energía para vivir. En el mundo natural, los fuertes viven y los débiles sucumben y los primeros no viven sino porque los otros mueren.

¿Es posible que esta ley fatal de la vida natural, sea también la del mundo humano y social?

(Del periódico ginebrino Le Progrès, de agosto de 1869).

IX

Los hombres, ¿están condenados por su naturaleza a devorarse entre sí para vivir como lo hacen los animales de otras especies?

¡Ay! Encontramos en la cuna de la civilización humana la antropofagia, y en seguida las guerras de exterminio, las guerras de las razas, y de los pueblos; guerras de conquista, guerras de equilibrio, guerras políticas y guerras religiosas; guerras por las grandes ideas, como las que hace Francia dirigida por su actual emperador, y guerras patrióticas para la gran unión nacional como las que planean el ministro pangermanista de Berlín, y el Zar de San Petesburgo.

Y en el fondo de todo esto, a través de todas las frases hipócritas de que se sirven para darse una apariencia de humanidad, y de derecho, ¿qué encontramos? Siempre la misma cuestión económica, la tendencia de uno a vivir y prosperar a expensas de los otros. Los ignorantes, los simples y los tontos, se dejan sorprender; pero los hombres fuertes que dirigen los destinos de los Estados saben muy bien que en el fondo de todas las guerras no hay más que un sólo interés: ¡el saqueo, la conquista de las riquezas de otros y el servilismo del trabajo!

Tal es la realidad a la vez cruel y brutal que los dioses de todas las religiones, los dioses de las batallas, no han dejado nunca de bendecir, empezando por Jehová, el Dios de los judíos, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que mandó a su pueblo elegido exterminar a todos los habitantes de la Tierra prometida, y acabando por el Dios católico representado por los Papas, que en recompensa del exterminio de los paganos, de los mahometanos y de los herejes, dieron las tierras de estos desgraciados a sus dichosos exterminadores. A las víctimas, el infierno; a los verdugos, los despojos, los bienes de la tierra; tal es el fin de las guerras más santas, de las guerras religiosas.

Es evidente que hasta ahora la humanidad no ha hecho ninguna excepción para esa ley general de bestialidad que condena a todos los seres vivientes a devorarse entre sí para vivir; sólo el socialismo, poniendo en el lugar de la justicia política, jurídica y divina, la justicia humana, reemplazando el patriotismo por la solidaridad universal de los hombres y la competencia económica por la organización internacional de una sociedad fundada sobre el trabajo, podrá poner fin a esas manifestaciones brutales de la bestialidad humana.

Pero hasta que triunfe en la Tierra, los congresos burgueses para la paz y para la libertad protestarán en vano, y todos los Víctor Hugo del mundo inútilmente los presidirán, porque los hombres continuarán devorándose como las bestias feroces.

Está probado que la historia humana, como la de todas las demás especies de animales, ha comenzado por la guerra. Esa guerra, que no ha tenido ni tiene otro fin que conquistar los medios de la vida, ha pasado por diferentes fases de desarrollo paralelas a las diferentes fases de la civilización, es decir, del desarrollo de las necesidades del hombre y de los medios de satisfacerlas. El hombre ha vivido primero, como todos los animales, de frutos y de plantas, de caza y de pesca. Sin duda, durante muchos siglos, el hombre cazó y pescó como lo hacen las bestias aún, sin ayuda de más instrumentos que los que la naturaleza le había dado.

La primera vez que se sirvió de un arma grosera, de un sencillo bastón o de una piedra, hizo un acto de reflexión y se reveló sin sospecharlo como un animal pensador, como hombre; porque el arma más primitiva debió necesariamente adaptarse al fin que el hombre se proponía obtener, y esto supone cierto cálculo que distingue esencialmente al animal hombre de los demás animales de la Tierra. Gracias a esta facultad de reflexionar, de pensar, de inventar, el hombre perfecciona sus armas, muy lentamente, es verdad, a través de muchos siglos, y se transforma en cazador o en bestia feroz armada.

Llegados a este primer grado de civilización, los pequeños grupos humanos encontraron más facilidad para nutrirse matando a los seres vivientes, sin exceptuar a los hombres, que debían servirles de alimento, que las bestias privadas de aquellos instrumentos de caza o de guerra; y como la multiplicación de todas las especies de animales está siempre en proporción directa de los medios de subsistencia, es evidente que el número de hombres debía aumentar en una proporción mayor que el de los animales de otras especies y que debía llegar un momento en que la inculta naturaleza no podía bastar para alimentar a todo el mundo.

(Del periódico ginebrino Le Progrès, de septiembre de 1869).

X

Si la razón humana no fuera progresiva; si, apoyándose por un lado sobre la tradición —que conserva en provecho de las generaciones futuras los conocimientos adquiridos por las generaciones pasadas— y propagándose, por otro lado, gracias a ese don de la palabra, que es inseparable del don del pensamiento, no se desarrollara cada vez más; si no estuviera dotada de la facultad ilimitada de inventar nuevos procedimientos para defender su existencia contra todas las fuerzas naturales que le son contrarias, esta insuficiencia de la naturaleza, habría sido necesariamente el límite de la multiplicación de la especie humana.

Pero, gracias a esta preciosa facultad que le permite saber, reflexionar y comprender, el hombre puede franquear ese límite natural que detiene el desarrollo de todas las demás especies de animales. Cuando los manantiales naturales se agotaron, los creó artificiales; aprovechando no su fuerza física, sino la superioridad de su inteligencia, se concretó sencillamente, no a matar para devorar inmediatamente, sino a someter y a domesticar hasta cierto punto a las bestias salvajes para que sirvieran a sus fines, y de este modo, a través de los siglos, ciertos grupos de cazadores se transformaron en grupos de pastores.

Esta nueva corriente de existencia multiplicó, naturalmente, a la especie humana y hubo necesidad de crear nuevos medios de subsistencia. La explotación de las bestias no bastó y los grupos humanos se pusieron a explotar la tierra; los pueblos nómadas y los pastores se transformaron después de muchos más siglos en pueblos cultivadores.

En este periodo de la Historia, se estableció la esclavitud.

Los hombres, aún salvajes, empezaron primero por devorar a sus enemigos muertos o prisioneros; pero cuando comenzaron a comprender la ventaja que tenía para ellos servirse de las bestias o explotarlas sin matarlas, inmediatamente y sin duda debieron de comprender la ventaja que podrían obtener de los servicios del hombre, el animal más inteligente de la Tierra; por consecuencia, el enemigo vencido no fue devorado, pero fue hecho esclavo, obligado a trabajar para la subsistencia necesaria de un amo.

El trabajo de los pueblos dedicados al pastoreo es tan sencillo, que no exige apenas el trabajo de los esclavos. Así vemos que en los pueblos nómadas o dedicados al pastoreo, el número de esclavos es muy limitado, por no decir que es nulo. Otra cosa sucede con los pueblos sedentarios y agrícolas; la agricultura exige un trabajo asiduo y penoso. El hombre libre de los bosques y de los llanos, el cazador, lo mismo que el pastor, se sujetan a él con repugnancia; y así vemos en los pueblos salvajes de América como es que, sobre el ser comparativamente más débil, que es la mujer, recaen los trabajos más duros y asquerosos. Los hombres no conocen otro oficio que la caza y la guerra – que aún en nuestra civilización son considerados los más nobles – y, despreciando todas las demás ocupaciones, permanecen tendidos perezosamente fumando sus pipas, mientras sus desgraciadas mujeres, esas esclavas naturales del hombre bárbaro, sucumben bajo la pesada carga de su trabajo diario.

Un paso más en la civilización y el esclavo toma el sitio de la mujer; bestia de suma inteligencia, y obligado a llevar la carga del trabajo corporal, genera el descanso y el desarrollo intelectual y moral de su amo.

(Del periódico ginebrino Le Progrès, de octubre de 1869).

Mijaíl Bakunin