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miércoles, 11 de marzo de 2015

Anarquismo y Educación Libertaria - Ángel Cappelletti

Los primeros pensadores anarquistas, como Godwin, consideran que la educación es el factor principal de la transformación social y el medio más importante para llegar a una sociedad sin Estado. Se trata de una herencia de la filosofía de la Ilustración (y, en particular, del pensamiento de Helvetius), que comparten con los socialistas utópicos (Fourier, Owen, etc.).

También para Bakunin la educación reviste enorme importancia, pero, ubicado ya, como Marx, en el contexto de la lucha de clases y de la revolución social, no puede considerarla como instrumento único del cambio social.

Bakunin señala la inutilidad e incongruencia del esfuerzo de positivistas y utilitaristas (y, en general, de la burguesía progresista) por fundar escuelas y promover la educación popular: antes que proveer instrucción es preciso asegurar el pan, el vestido y la habitación, y la mayoría en las clases populares no los tienen asegurados. He aquí, pues, que para cualquier espíritu lógico y bien informado de la realidad primero será necesario promover el cambio social (que para ser efectivo deberá ser radical y no podrá lograrse sino con la revolución) y después podrá pensarse en instruir y educar al pueblo.[1]

Este orden no es, sin embargo, absoluto, puesto que para casi todos los anarquistas (y hasta para el propio Bakunin) la revolución no puede darse sin una cierta conciencia revolucionaria, lo cual implica un mínimo de instrucción y educación. He aquí por qué Bakunin insiste al mismo tiempo en la necesidad de educar a las masas y de transformar las iglesias en escuelas de la emancipación humana; he aquí por qué una de las prioritarias exigencias de la Primera Internacional fue la educación integral e igualitaria; he aquí por qué la Comuna en medio de su cruenta lucha, no dejó de fundar escuelas laicas y humanitaristas para la infancia parisiense; he aquí, en fin, por qué las organizaciones obreras de tendencia anarquista (como la CNT en España) no descuidaron ni en sus momentos más difíciles la creación de escuelas elementales para la educación de los trabajadores y de sus hijos.

La pedagogía libertaria parte de la idea de que el niño (el educando) no es «propiedad» de nadie, ni de sus padres, ni del Estado, ni de la Iglesia y que pertenece, como dice Bakunin, sólo a su libertad futura o, como prefieren decir otros, a su libertad actual.

La base de toda pedagogía anarquista es, obviamente, la libertad. Toda coacción y toda imposición no sólo constituyen en sí mismas violaciones a los derechos del alumno, sino que también deforman su alma para el futuro y contribuyen a crear máquinas o esclavos en lugar de hombres libres. El lema de la escuela ácrata es, por consiguiente, «a la libertad del hombre por la libertad del niño». Y aun cuando en la interpretación de este lema hay diferentes criterios (desde el de Bakunin, que considera necesario cierto uso de la autoridad para formar en el niño un carácter firme y disciplinado, hasta el de Tolstói y otros pedagogos más recientes que excluyen absolutamente toda coacción y toda imposición), en general los anarquistas están de acuerdo en rechazar todos los modelos pedagógicos tradicionales, precisamente por sus características autoritarias y coactivas.[2]

A una pedagogía de este tipo se acercaron notablemente desde fines del siglo XIX hasta nuestros días algunos pedagogos ajenos, en principio, al anarquismo como ideología y como filosofía político social. Tales fueron, por ejemplo, los que fundaron en Hamburgo y otras ciudades alemanas las Gemeinschaftschule (comunidades escolares), la Kinderheim Baumbgarten en Viena, la Kearsley School, etc.; figuras como las de Ellen Key, Berthold Otto, M.A.S. Neill, etc.[3]

El principal problema que la pedagogía declaradamente anarquista debe enfrentar, es, precisamente, el de los contenidos anarquistas de la enseñanza.

La mayoría de los pedagogos anarquistas han optado por sustituir la cosmovisión cristiana o liberal que informaba toda la enseñanza en la escuela tradicional por una cosmovisión «científica», que por lo general es más bien «cientifícista» y materialista. La enseñanza de la historia y de las ciencias sociales comprende una crítica abierta al Estado, a la Iglesia, a la Familia; se basa en la idea de la lucha de clases o, más propiamente, de la lucha de los explotados y oprimidos en general contra las clases y grupos dominantes; no evita los ataques directos contra el capitalismo, la burguesía, el clero, el ejército, etc. Esta solución, que es la de la Escuela Moderna de F. Ferrer, aproxima la pedagogía libertaria a la marxista. Se trata de impartir una educación clasista, socialista, definidamente ideológica.

Otros pedagogos anarquistas, en cambio, como Mella en España, consideran que una escuela verdaderamente libertaria debe ser neutra frente a cualquier filosofía o concepción del mundo, ni materialista ni espiritualista, ni atea ni teísta, etc., y que su misión esencial será formar personalidades con gran independencia y espíritu crítico, capaces de decidir por sí mismas respecto a éstos y todos los demás problemas teóricos y prácticos que deban enfrentar en su vida adulta. Desde este punto de vista, se acercan más a instituciones tales como Summerhill.[4]

En cualquier caso, toda pedagogía anarquista considera indispensable la integración del trabajo intelectual con el trabajo manual; insiste en el valor de la experimentación personal y directa; considera el juego (aunque no el deporte puramente competitivo) como excelente medio educativo, tiende a suprimir los exámenes, las calificaciones, las competencias académicas, los premios y los castigos al mismo tiempo que fomenta la solidaridad, la curiosidad desinteresada, el ansia de saber, la libertad para pensar, escribir y construir, etc.

[1] Cf. G. Leval, La pedagogía de Bakunin, «Reconstruir», 100.
[2] Cf. J. Álvarez Junco, La ideología política del anarquismo español, Madrid, 1976, p. 529.
[3] Cf. J. R. Schmid, El maestro compañero y la pedagogía libertaria, Barcelona, 1976.
[4] Cf. ERA 80, Els anarquistes, educadors del poble. «La Revista Blanca» (1898 1905), Barcelona, 1977, p. 201.

Ángel Cappelletti

Fragmento del Libro La Ideología anarquista de Ángel Cappelletti. (El título de la entrada no corresponde al original) 

martes, 24 de febrero de 2015

Libertad e igualdad - Mijaíl Bakunin

El siguiente texto, disponible por primera vez en internet, corresponde al capítulo titulado Libertad e igualdad del libro Escritos de Filosofía Política II, Mijaíl Bakunin. (Es el primer fragmento del tomo II, y corresponde a la parte III del total del compilado. Las Partes I y II, incluidas en el Tomo I, se pueden consultar haciendo clic aquí) Se han omitido las fuentes bibliográficas incluidas en el formato papel. Las negritas tipo subtítulo corresponden al compilador, Gregori Maximoff, y el desarrollo a Mijaíl Bakunin. Con este texto iniciamos la transcripción del Tomo II, obra imprescindible para comprender el pensamiento y práctica política en Mijaíl Bakunin. Nota explicativa incluida en la edición papel, Altaya 1995: “Maximoff preparó el texto original de este volumen en ruso, y extrajo principalmente los textos seleccionados de la primera edición rusa de las obras escogidas de Bakunin, de la que aparecieron cinco volúmenes entre 1919 y 1922; pero también recurrió a la edición alemana (1921-1924), y a unos pocos panfletos y revistas.” (N&A) 




Leyes naturales y leyes hechas por el hombre. El hombre nunca puede ser absolutamente libre en relación con las leyes naturales y sociales.

¿Qué es la libertad? ¿Qué es la esclavitud? ¿Consiste la libertad del hombre en una rebelión contra todas las leyes? Diremos No, en tanto que esas leyes sean naturales, económicas y sociales; no impuestas autoritariamente, sino inmanentes a las cosas, las relaciones y las situaciones cuyo desarrollo natural es expresado por esas leyes. Diremos Sí cuando son leyes políticas y jurídicas, impuestas por el hombre sobre el hombre: sea violentamente por el derecho de la fuerza; sea por el engaño y la hipocresía, en nombre de la religión o de cualquier doctrina; o, finalmente, por la fuerza de la ficción, de la mentira democrática llamada sufragio universal.

El hombre no pude rebelarse contra la Naturaleza ni escapar de ella. No es posible la rebelión del hombre contra las leyes de la Naturaleza, por la simple razón de que el hombre mismo es un producto de la Naturaleza y sólo existe en virtud de esas leyes. Una rebelión por su parte sería… un empeño ridículo, una rebelión contra sí mismo, un verdadero suicidio. El hombre que ha tomado la determinación de destruirse, e incluso lleva a cabo tal designio actúa otra vez de acuerdo con esas mismas leyes naturales, de las que nada puede eximirle: ni el pensamiento, ni los deseos, ni la desesperación, ni otras pasiones, ni la vida, ni la muerte.

El propio hombre no es otra cosa que Naturaleza. Sus sentimientos más sublimes o más monstruosos, las decisiones o manifestaciones más perversas, más egoístas o más heroicas de su voluntad, los pensamientos más abstractos, teológicos o insanos –todo ello no es otra cosa que Naturaleza. La Naturaleza envuelve, penetra, constituye toda su existencia. ¿Cómo podría escapar alguna vez de esta Naturaleza?

Las fuentes del escapismo. Es realmente digno de asombro considerar cómo pudo el hombre concebir esa idea de escapar de la Naturaleza. Siendo su separación de ella completamente imposible, ¿cómo pudo alguna vez el hombre soñar tal cosa? ¿De dónde le vino ese monstruoso sueño? ¿De dónde sino de la teología, la ciencia del No-Ser, y más tarde de la metafísica, que es la imposible reconciliación de la No-Existencia con la realidad? 

Debemos distinguir bien entre las leyes naturales y las leyes autoritarias, arbitrarias, políticas, religiosas, criminales y civiles que las clases privilegiadas han establecido siempre en el curso de la historia para la explotación del trabajo de las masas trabajadoras –leyes que, bajo la pretensión de una moralidad ficticia, fueron siempre fuente de la más profunda inmoralidad. En consecuencia, se impone la obediencia involuntaria e ineludible de todas las leyes que, independientemente del deseo humano, constituyen la auténtica vida de la Naturaleza y la sociedad; y se impone al mismo tiempo la mayor independencia posible de cada individuo en relación con todas las pretensiones de mando procedentes de cualquiera voluntad humana, ya sea individual o colectiva, y que no tiendan a afirmarse mediante de una influencia natural, sino imponiendo su ley, su despotismo. 

La libertad no implica la renuncia a ejercer influencia. La libertad de cada hombre es el efecto siempre renovado de una multitud de influencias físicas, mentales y morales determinadas por el medio donde ha nacido, y en el que vive y muere. Querer escapar a esta influencia en nombre de alguna libertad trascendental o divina, autosuficiente y absolutamente egoísta, es tender a la inexistencia; renunciar a ejercer influencia sobre otros significa renunciar a la acción social, o incluso a la acción de los propios pensamientos y sentimientos, lo que de nuevo es tender a la inexistencia. Esa célebre independencia tal exaltada por los idealistas y los metafísicos, y la libertad individual así concebida, no son más que puras nadarías.

El colmo de la equivocación se encuentra en quienes ignoran la ley natural y social de la solidaridad humana hasta el extremo de imaginar que la independencia mutua absoluta de los individuos o de las masas es posible o deseable.  Desear esto es desear la aniquilación misma de la sociedad, porque la vida social es simplemente esa incesante dependencia mutua de los individuos y de las masas. Todos los individuos, incluso los más fuertes e inteligentes, son en cada instante de sus vidas productores y producto a la vez de la voluntad y la acción de las masas. 

En la Naturaleza como en la sociedad humana, que en sí misma no es otra cosa que Naturaleza, todo lo viviente está sometido a la condición suprema de intervenir de la manera más positiva en la vida de otros –interviniendo de una manera tan poderosa como permite la Naturaleza particular de cada individuo dado. Rechazar esta influencia recíproca significa conjurar la muerte en el pleno sentido de la palabra. Y cuando pedimos libertad para las masas no pretendemos haber abolido la influencia natural ejercida sobre ellas por cualquier individuo o grupo de individuos. Lo que queremos es la abolición de las influencias ficticias, privilegiadas, legales y oficiales.

Libertad de conformidad con las leyes naturales. La libertad del hombre consiste simplemente en obedecer a las leyes naturales porque él mismo las reconoce como tales, y no porque se las haya impuesto ninguna voluntad extrínseca, divina o humana, colectiva o individual. 

En el marco de las leyes naturales, sólo hay una clase de libertad posible para el hombre: reconocerlas y aplicarlas cada vez más de acuerdo con el objetivo de emancipación o humanización, individual o colectiva, que se ha propuesto. Esas leyes, una vez reconocidas, ejercen una autoridad que nunca ha sido puesta en duda por la gran masa de la humanidad. Tendríamos que ser, por ejemplo, locos o teólogos –o al menos metafísicos, juristas o economistas burgueses- para rebelarnos contra la ley de que dos más dos suman cuatro. Es preciso tener fe para imaginar que no nos quemaría el fuego o no nos hundiríamos en el agua sin recurrir a algún subterfugio que, a su vez, está fundado en alguna otra ley natural. Pero esas rebeldías o, más bien, esos intentos fantasiosos de rebeldías imposibles, constituyen sólo raras excepciones; en general, puede decirse que la masa de la humanidad se deja gobernar en su vida cotidiana casi de manera absoluta por el sentido común, es decir, por el conjunto de las leyes naturales generalmente admitidas.

La libertad racional. Ciertamente, con la ayuda del conocimiento y la meditada aplicación de las leyes de la Naturaleza, el hombre se emancipa gradualmente a sí mismo; pero logra su emancipación no en relación con el yugo universal, con el que nacen todas las criaturas vivientes, incluido él mismo,  y por el cual se producen y desvanecen todas las cosas existentes en este mundo. El hombre sólo se libera a sí mismo de la brutal presión debida a su mundo externo, material y social, incluyendo en é todas las cosas y gentes que le rodean. Domina las cosas mediante la ciencia y el trabajo; y sacude el yugo arbitrario de los hombres mediante las revoluciones.
Este es, entonces, el único significado racional de la palabra libertad: dominio sobre las cosas externas, basado en la respetuosa observancia de las leyes de la Naturaleza; es la independencia de las exigencias y los actos despóticos de los hombres; es la ciencia, el trabajo, la rebelión política y, finalmente, la organización a la vez planificada y libre del medio social acorde con las leyes naturales inmanentes a cada sociedad humana. La primera y la última condición de esta libertad sigue siendo la más absoluta sumisión a la omnipotencia de la Naturaleza, nuestra madre, y la observancia y la aplicación más rigurosa de sus leyes.

Una amplia difusión del conocimiento llevará a la plena libertad.  La mayor desgracia reside en que un gran número de leyes naturales, establecidas ya como tales por la ciencia, siguen desconocidas para las masas, gracias a los solícitos cuidados de los gobiernos tutelares que existen, como sabemos , solo para el bien del pueblo. Hay también otra dificultad: a saber, que la mayor parte de las leyes naturales inmanentes al desarrollo de la sociedad humana – tan necesarias, invariables e inevitables como las leyes que gobiernan al mundo físico- no han sido debidamente reconocidas y establecidas por la propia ciencia.

Cuando hayan sido reconocidas –primero por la ciencia, y luego por un amplio sistema de educación e instrucción popular- e integradas orgánicamente en la ciencia general, la cuestión de la libertad estará complemente resuelta. La más recalcitrante de las autoridades debe admitir que no habrá necesidad de organización política, administración o legislación. Estas tres cosas, emanadas de la voluntad del soberano o de un parlamento elegido sobre la base del sufragio universal, en el caso en que fueran conformes con el sistema de las leyes naturales –lo que nunca ha sucedido y nunca sucederá-, son siempre igualmente  vanas y hostiles a la libertad del pueblo, porque le imponen un sistema de leyes externas y, por tanto, despóticas.

La libertad sólo es válida cuando es compartida por todos. La definición materialista, realista y colectivista de la libertad es completamente opuesta a la definición de los idealistas. La definición materialista se formula así: el hombre sólo se convierte en hombre y llega a tener conciencia y a realizar su propia humanidad en la sociedad, gracias a la acción colectiva de toda la sociedad. Sólo se libera a sí mismo del yugo de la Naturaleza externa por el trabajo colectivo y social, único capaz de transformar la superficie de la tierra en una residencia favorable para el desarrollo de la humanidad. Y sin esta emancipación material no puede haber emancipación intelectual o moral para nadie. 

El hombre no puede librarse a sí mismo del yugo de su propia naturaleza. Sólo puede subordinar sus instintos y movimientos corporales a la dirección de su mente en continuo desarrollo con ayuda de la educación y la crianza. Sin embargo, ambas cosas son fenómenos básica y exclusivamente sociales. Porque fuera de la sociedad el hombre seguiría siendo una bestia salvaje o un santo, lo que viene a ser aproximadamente lo mismo. Finalmente, un hombre aislado no puede tener conciencia de su libertad. Ser libre significa que el hombre será reconocido y tratado como tal por otro hombre, por todos los hombres que lo rodean. La libertad no es, entonces, un hecho que nace del aislamiento, sino de la acción recíproca; no es un resultado de la exclusión sino, por el contrario, de la interacción social, porque la libertad de cada individuo es simplemente el reflejo de su humanidad o de sus derechos humanos en la conciencia de todos los hombres libres, sus hermanos, sus iguales.

Sólo puedo llamarme y sentirme hombre libre en presencia de otro hombre y en relación a él. Ante un animal de especie inferior no soy libre ni soy un hombre, porque ese animal es incapaz de concebir y, en consecuencia, es incapaz de reconocer mi humanidad.

Un caníbal que se come a sus cautivos, tratándolos como animales salvajes, no es un hombre, sino una bestia. El amo de esclavos no es un hombre, sino un amo. Al ignorar la humanidad de sus esclavos, ignora su propia humanidad. Todas las antiguas sociedades ofrecen buenos ejemplos de ello: los griegos y los romanos no se sentían libres como hombres, no se consideraban tales desde el punto de vista del derecho humano. Se consideraban seres privilegiados por su condición de griegos o romanos, pero sólo en su propia patria y mientras ésta permaneciera inconquistada o conquistara a otros países gracias a la especial protección de sus dioses nacionales. Ni se asombraban ni se consideraban en el derecho o en la obligación de rebelarse cuando, tras haber sido vencidos, caían ellos mismos en la esclavitud.

La libertad cristiana. El mayor mérito del cristianismo fue que proclamó la humanidad de todos los seres humanos, incluyendo a las mujeres, y la igualdad de todos los hombres ante Dios. Pero ¿cómo proclamó este principio? En el cielo, en la vida futura, y no en la verdadera vida existente sobre la tierra. Además, esta igualdad venidera constituye una falsedad porque, como sabemos, el número de los elegidos es muy pequeño. Sobre este punto, todos los teólogos de las diversas sectas cristianas están completamente de acuerdo. Para ellos, la llamada igualdad cristiana supone el más flagrante privilegio para algunos miles de los elegidos por la gracia divina frente a los millones de condenados. Por lo mismo, la igualdad de todos ante Dios –aunque abarcase a todos y cada uno- sería sólo una igualdad en la nada y una esclavitud igual de todos ante un supremo dueño. 

¿No es la base del culto cristiano y la primera condición de la salvación la renuncia a la dignidad y el cultivo del desprecio por esa dignidad en presencia de la Divina Grandeza? Un cristiano no es entonces un hombre, porque le falta la conciencia de su humanidad. No respetando la dignidad humana en sí mismo, mal puede respetarla en otros; y al no respetarla en otros, no puede respetarla en sí mismo. Un cristiano puede ser profeta, santo, sacerdote, rey, general, ministro, funcionario del Estado, representantede alguna autoridad, gendarme, verdugo, noble, burgués explotador, maltratado proletario, opresor u oprimido, torturador o torturado, patrón o jornalero, pero no tiene el derecho de llamarse a sí mismo hombre, porque sólo somos hombres cuando respetamos y amamos a la humanidad y la libertad de todos los demás, y cuando nuestra propia libertad y humanidad son respetadas, amadas, estimuladas y creadas por todos los demás.

La libertad del individuo es incrementada y no limitada por la libertad de todos. Sólo soy libre cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres. Lejos de limitar o negar mi libertad, la libertad de los demás es su condición necesaria y su confirmación. Sólo soy libre en el verdadero sentido de la palabra en virtud de la libertad de los demás, de manera que cuanto mayor es el número de personas libres que me rodean, y cuanto más amplia, profunda y extensa es su libertad, más profunda y amplia será la mía.

Al contrario, la esclavitud de los hombres es lo que levanta una barrera ante mi libertad, o (lo que viene ser prácticamente lo mismo) es su bestialidad lo que constituye una negación de mi humanidad, porque, repito de nuevo, sólo podré considerarme verdaderamente libre cuando mi libertad o (lo que es igual) mi dignidad humana, mi derecho humano, cuya esencia es no obedecer a nadie y seguir sólo la guía de mis propias ideas, cuando esa libertad, reflejada por la conciencia igualmente libre de todos los hombres, vuelva a mí confirmada por el consenso de todos. Mi libertad personal, confirmada así por la libertad de todos los demás, se extiende hasta el infinito. 

Los elementos constituyentes de la libertad. Podemos ver entonces que la libertad, según la entienden los materialistas, constituye algo muy positivo, muy complejo y, sobre todo, eminentemente social, ya que sólo puede ser realizada por la sociedad y sólo en condiciones de estricta igualdad y solidaridad de cada persona con todos sus congéneres. Se pueden distinguir en ella tres fases de desarrollo o elementos, el primero de los cuales es altamente positivo y social. Es el desarrollo completo y el goce total por cada individuo en todas las facultades y poderes humanos a través de la educación, la formación científica y la prosperidad material; todo eso puede ser ofrecido exclusivamente gracias al trabajo colectivo, y al trabajo material y mental, muscular y nervioso de la sociedad en su conjunto.

La rebelión, segundo elemento de la libertad. El segundo elemento o fase de la libertad tiene un carácter negativo. Es el elemento de la rebelión por parte de la individualidad humana contra toda autoridad divina y humana, colectiva o individual. Es antes que nada la rebelión contra la tiranía del supremo fantasma teológico, contra Dios…

…Tras esto, y como consecuencia de la rebelión contra Dios, se encuentra la rebelión contra la tiranía del hombre, contra la autoridad, individual y colectiva, representada y legalizada por el Estado. 

Implicaciones de la teoría de la existencia presocial de la libertad individual. Pero si los metafísicos afirman que los hombres, en especial quienes creen en la inmortalidad del alma, se mantienen fuera de la sociedad de seres libres, llegamos inevitablemente a la conclusión de que el hombre sólo puede unirse a la sociedad a costa de su propia libertad, de su independencia natural, y sacrificando primero sus intereses personales y locales. Tal renuncia y auto-sacrificio son, por ello, tanto más imperativos cuanto más miembros tenga la sociedad y más compleja sea su organización. En este sentido, el Estado es la expresión de todos los sacrificios individuales. Dado este origen abstracto y al mismo tiempo violento, el Estado ha de restringir cada vez más en nombre de una falacia llamada «bien del pueblo», que en realidad representa exclusivamente el interés de las clases dominantes. Por lo tanto, el Estado aparece como una inevitable negación y aniquilación de toda libertad, de todos los intereses individuales y colectivos.

La libertad, último destino del desarrollo humano. Pero nosotros, que no creemos en Dios ni en la inmortalidad del alma, ni en el libre albedrío, mantenemos que esta libertad debería ser entendida en su acepción más amplia como la meta del progreso histórico de la humanidad. Por un contraste extraño, aunque lógico, nuestros adversarios idealistas de la teología y la metafísica, toman el principio de la libertad como la base y el punto de partida de sus teorías, para deducir de él la esclavitud inevitable de todos los hombres. Nosotros, materialistas en teoría, proponemos en la práctica crear y consolidar un idealismo racional y noble. Nuestros enemigos, los idealistas divinos y trascendentales, se hunden en un materialismo práctico, sangriento y vil, impelidos por la lógica misma según la cual cada desarrollo es la negación del principio básico.

Estamos convencidos de que toda la riqueza y todo el desarrollo intelectual, moral y material del hombre –así como el grado de independencia alcanzado- es producto de la vida en sociedad. Fuera de la sociedad el hombre no sólo frustraría su libertad, sino que nunca alcanzaría la talla de un verdadero hombre, es decir, de un ser consciente de sí mismo que siente y tiene el poder de la palabra. Fue solo el contacto entre las mentes y el trabajo colectivo lo que forzó al hombre a salir del estadio en que era un salvaje y una bestia, lo que constituyó su naturaleza original o el punto de partida de su desarrollo último.

La libertad y el socialismo son mutuamente complementarios. La realización concienzuda de la libertad, la justicia y la paz será imposible mientras una gran mayoría de la población permanezca desposeída en relación a sus necesidades más elementales, mientras esté privada de educación y condenada a la insignificancia política y social y a la esclavitud –de hecho, si no de derecho- por la pobreza tanto como por la necesidad de trabajar sin un momento de reposo o de ocio, produciendo toda la riqueza de la cual el mundo se enorgullece ahora y recibiendo a cambio una parte tan insignificante que apenas alcanza para asegurar [al trabajador] el pan del día siguiente;… estamos convencidos de que la libertad sin socialismo es un privilegio y una injusticia, y de que el socialismo sin libertad es esclavitud y brutalidad. 

Es característica del privilegio y de cada posición privilegiada destruir las mentes y los corazones de los hombres. El hombre privilegiado política o económicamente es un hombre mental y moralmente depravado. Esta es una ley social que no admite excepción y que es válida para naciones enteras tanto como para las clases, grupos e individualidades. Es la ley de la igualdad, condición suprema de la libertad y la humanidad.

Socialismo y libertad.  Por mucho que se recurra a toda clase de subterfugios, por mucho que se intente oscurecer el tema y falsificar la ciencia social en beneficio de la explotación burguesa, toda persona sensible sin interés de engañarse a sí misma se da cuenta ahora de que mientras un cierto número de gente que posee privilegios económicos tiene los medios para llevar una vida inaccesible a los trabajadores; de que mientras un número más o menos considerable de personas hereda, en diversas proporciones, capital y tierra que no son el producto de su propio trabajo, mientras la inmensa mayoría de los trabajadores no hereda nada; de que mientras las rentas de la tierra y los intereses del capital permitan a estos privilegiados vivir sin trabajar; de que mientras subsista tal estado de cosas, la igualdad es inconcebible. 

Incluso suponiendo que en la sociedad todos trabajen –ya sea forzados o por libre elección- pero que una clase de esta sociedad, gracias a su situación económica y a los privilegios políticos y sociales derivados de ella, pueda dedicarse exclusivamente al trabajo mental, mientras la inmensa mayoría de la población trabaja duro para su subsistencia; en una palabra, mientras los individuos al nacer no encuentren en la sociedad los mismos medios de vida, la misma educación, formación, trabajo y disfrute, la igualdad política, económica y social será imposible. 

En nombre de la igualdad la burguesía derribó y masacró a la nobleza. Y en nombre de la igualdad pedimos también la muerte violencia o el suicidio voluntario de la burguesía. Pero, siendo menos sanguinarios que la burguesía revolucionaria, no queremos la muerte de los hombres, sino la abolición de las posiciones sociales y las diferencias reales. Si la burguesía se resigna a estos cambios inevitables, no se tocará ni un pelo de su cabeza. Pero tanto peor para ella si olvidando la prudencia y sacrificando su interés individual al interés colectivo de su clase, una clase condenada a la extinción, se sitúa frente al curso de la justicia histórica del pueblo para salvar una posición que pronto será totalmente insostenible.

La naturaleza de la verdad libertad. Soy un fanático amante de la libertad, por considerarla único medios en el que pueden desarrollarse la inteligencia, la dignidad y la felicidad de los hombres; pero no de esa libertad formal, concebida, medida y regulada por el Estado, cuya existencia es una eterna falsedad que en realidad sólo representa el privilegio de unos cuantos sobre la esclavitud del resto; ni tampoco de aquella libertad individualista, egoísta, insatisfactoria para el espíritu y ficticia, proclamada por Jean-Jacques Rousseau y por todas las demás escuelas del liberalismo burgués, que considera al llamado derecho público representado por el Estado como el límite del derecho de cada uno, lo que desemboca siempre y de forma necesaria en la liquidación del derecho de cada uno. 
No: yo tengo presente la única libertad digna de ese nombre, la libertad que consiste en el pleno desarrollo de todos los poderes materiales, intelectuales y morales latentes en cada hombre; una libertad que no reconoce más restricciones que las trazadas por las leyes de nuestra propia naturaleza, lo cual equivale a decir que no hay restricción alguna porque esas leyes no nos son impuestas por ningún legislador exterior situado sobre nosotros o entre nosotros. Esas leyes no son inmanentes e inherentes; constituyen la auténtica base de nuestro ser, tanto material como intelectual y moral; y en lugar de encontrar en ellas un límite a nuestra libertad, debiéramos considerarlas como sus condiciones reales y su efectiva razón.

Yo tengo presente esta libertad de cada uno que, lejos de verse limitada por la libertad de los demás, es confirmada por ella y extendida al infinito. Y tengo presente la libertad de cada individuo no limitada por la libertad de todos, libertad en solidaridad, libertad en igual, libertad triunfando sobre la fuerza bruta y el principio de autoridad (que fue siempre expresión idea de esta fuerza); una libertad que, habiendo derribado todos los ídolos celestes y terrenos, habrá de fundar y organizar un nuevo mundo –el mundo de la solidaridad humana- sobre las ruinas de todas las Iglesias y Estados.

Soy un partidario convencido de la igualdad económica y social, porque sé que, fuera de esta igualdad, la libertad, la justicia, la dignidad humana, la moralidad y el bienestar de los individuos, así como el florecimiento de las naciones son una mentira.

Ya hemos dicho que por libertad entendemos, por un lado, el desarrollo más completo posible de todas las facultades naturales de cada individuo, y por otro, su independencia no respecto a las leyes impuestas por otras voluntades humanas, colectivas o aisladas.

Por libertad entendemos, desde el punto de vista positivo, el máximo desarrollo posible de todas las facultades naturales de cada individuo, y desde el punto de vista negativo, la independencia de la voluntad de cada uno en relación con la voluntad de otros.

Estamos convencidos –y la historia moderna confirma plenamente nuestra convicción- de que mientras la humanidad esté dividida en una minoría explotadora y una mayoría explotada, la libertad es imposible, transformándose por tanto en una mentira. Si deseas la libertad para todos, debes esforzarte con nosotros por conseguir la igualdad universal. 

¿Cómo pueden asegurarse la libertad y la igualdad? ¿Deseas hacer que sea imposible para cualquiera oprimir a su prójimo? Entonces asegúrate de que nadie tendrá poder. ¿Deseas que los hombres respeten la libertad, los derechos y la personalidad de sus prójimos? Asegúrate entonces de que sean compelidos a respetar esas cosas, no forzados por el deseo o la acción opresiva de otros hombres, ni tampoco por la represión del Estado y sus leyes, necesariamente representadas y aplicadas por hombres, que a su vez se hacen esclavos de ellas, sino por una verdadera organización del medio social; esta organización está constituida de manera que, permitiendo a cada uno el más completo disfrute de su libertad, no permite a ninguno elevarse sobre los otros ni dominarlos a no ser mediante la influencia natural de sus cualidades morales e intelectuales, sin que esta influencia se imponga nunca como un derecho y sin apoyarse en ninguna institución política.


Mijaíl Bakunin 



domingo, 30 de noviembre de 2014

Bakunin: Contra la Autoridad Patriarcal (1873)


El siguiente texto forma parte del Capítulo 15, ‘Women, Love and Marriage’, (Mujer, amor y matrimonio) del Libro Anarchism, A Documentary History of LibertarianIdeas, del compilador Robert Graham. Traducción al castellano por @rebeldealegre 


Bakunin, en contraste con Proudhon, se oponía a la autoridad patriarcal. En su ensayo sobre la educación integral, denuncia la autoridad del padre sobre sus hijos. En sus programas y manifiestos revolucionarios, defiende consistentemente los iguales derechos para la mujer. En su Catequismo Revolucionario de 1866 escribió: “La mujer, distinta al hombre pero no inferior a él, inteligente, industriosa y libre como él, se declara su igual tanto en derechos como en toda función y deber político y social.”  (Selected Writings, New York: Grove Press, 1974, ed. A. Lelming, page 83). En consecuencia llama a:


La abolición no solo de la familia natural sino de la familia legal fundada sobre la ley y la propiedad. El matrimonio religioso y civil será reemplazado por el matrimonio libre.

Hombres y mujeres adultos tienen el derecho a unirse y separarse como les plazca, ni tiene la sociedad el derecho a obstaculizar su unión o a forzarles a mantenerla. Con la abolición del derecho a herencia y la educación de los niños asegurada por la sociedad, todas las razones legales para la irrevocabilidad del matrimonio desaparecerán. La unión de un hombre y una mujer debe ser libre, pues una elección libre es la condición indispensable para la sinceridad moral. En el matrimonio, mujer y hombre deben disfrutar de libertad absoluta. Ni la violencia ni la pasión ni los derechos antes rendidos pueden justificar una invasión de uno a la libertad del otro, y toda invasión como tal ha de considerarse un crimen. (Bakunin on Anarchism, Montreal: Black Rose Books, 1 980, pp. 93-94)

Dentro de la Primera Internacional, los federalistas anti-autoritarios asociados con Bakunin, como Eugene Varlin, adoptaron una postura similar, que tuvo la oposición de los seguidores de Proudhon, los mutualistas franceses. Pero no solo fueron los Proudhonianos en la Primera Internacional quienes ridiculizaron las ideas de Bakunin respecto a la igualdad de sexos. En su nota en oposición a la afirmación de Bakunin en el Programa de la Alianza Socialista Internacional (1868) de que la Alianza apoyaba por sobre todo “la igualdad política, económica y social de los individuos de cualquier sexo” (Bakunin, Selected Writings, pág. 174), Marx llamó a Bakunin hermafrodita, y ridiculizó a su esposa por haber añadido su firma al programa. La relación de Bakunin con su esposa Antonia fue objeto de considerable desdén porque, consistente con sus principios anarquistas, él nunca buscó restringir sus relaciones con otros hombres y actuó como padre cariñoso con los hijos de ella.

En los siguientes extractos de Estatismo y Anarquía (1873), reimpresos en Bakunin sobre Anarquismo, Bakunin vuelve al tema de la dominación patriarcal. En contraste con otros socialistas rusos de su era, Bakunin no tenía ilusión alguna respecto a la estructura social autoritaria y patriarcal de la comuna campesina rusa, el Mir, que otros veían como la base para el socialismo campesino.

El ideal del pueblo ruso se ve eclipsado por tres (…) rasgos que debemos combatir con toda nuestra energía… 1) paternalismo, 2) la absorción del individuo por parte del Mir, 3) confianza en el Zar.  (…) Los dos últimos, la absorción del individuo por parte del Mir y el culto al Zar, son el efecto natural e inevitable del primero, es decir, el paternalismo de quienes gobiernan. Este es un gran mal histórico, el peor de todos…

Este mal deforma toda la vida rusa, y por cierto la paraliza, con su vulgar letargo de la familia, el mentir crónico, la ávida hipocresía, y finalmente, el servilismo que hace la vida insoportable. El despotismo del marido, del padre, del hermano mayor sobre la familia (ya una institución inmoral por virtud de sus desigualdades jurídico-económicas), la convierten en una escuela de violencia y de bestialidad triunfante, de cobardía y de las perversiones cotidianas del hogar familiar. La expresión “cementerio blanqueado” (*) es una buena descripción de la familia rusa.

… [El patriarca de la familia] es simultáneamente un esclavo y un déspota: un déspota ejerciendo su tiranía sobre todos bajo su techo y dependientes de su voluntad. Los únicos amos que él reconoce son el Mir y el Zar. Si él es la cabeza de la familia, se comportará como un déspota absoluto, pero será sirviente del Mir y esclavo del Zar. La comunidad rural es su universo; solo existe su familia y a un nivel más alto el clan. Esto explica por qué el principio patriarcal domina al Mir, una tiranía odiosa, una sumisión cobarde, y la negación absoluta de todos los derechos individuales y de la familia . . .

Uno de los más grandes infortunios en Rusia es que cada comunidad constituye un círculo cerrado. Ninguna comunidad encuentra necesario tener la menor conexión orgánica con otras comunidades. Están ligadas por el intermediario del Zar, el “pequeño padre,” y solamente por el supremo poder patriarcal conferido a él. Es claro que la desunión paraliza a las personas, condena a sus revueltas casi siempre locales a la derrota cierta y a la vez consolida la victoria del despotismo ...

La lucha contra el régimen patriarcal está en el presente levantándose en casi todo pueblo y en toda familia. En la comunidad rural, el Mir ha degenerado al punto en que se ha vuelto un instrumento del Estado. El poder y la voluntad burocrática arbitraria del Estado es odiado por el pueblo y la revuelta contra este poder y su voluntad arbitraria es al mismo tiempo una revuelta contra el despotismo de la comunidad rural y del Mir.



(*) N. del. T.: Expresión bíblica [Mateo 23:27] para algo que se ve bello por fuera, pero el interior es sucio.

lunes, 25 de agosto de 2014

Bakunin, Dios y la religión

Los siguientes fragmentos han sido tomados de la compilación de G.P. Maximoff, la cual pueden consultar haciendo clic aquí (Hasta el momento solo está disponible el primer tomo, el segundo tomo que circula por la red, en realidad es la parte II del primer tomo, si alguien desea digitalizar el segundo tomo, donde se resume el pensamiento de Bakunin relacionado con la sociedad anarquista y la organización político-social revolucionaria- entre otras cosas-, sería un excelente aporte). Las negrillas corresponden al compilador Maximoff. Salud. 


El amor y la justicia divinos se convierten en azotes de la humanidad. De este modo, la razón —único órgano que posee el hombre para discernir la verdad— al convertirse en razón divina, deja de ser inteligible y se impone a los creyentes como una apelación al absurdo. Entonces el respeto al Cielo se convierte en desprecio hacia la tierra, y la adoración de la divinidad se convierte en menosprecio de la humanidad. El amor humano, la inmensa solidaridad natural que vincula a todos los individuos y pueblos, y que pronto o tarde los unirá a todos haciendo dependiente la felicidad y la libertad de cada uno de la libertad y la felicidad de los demás en una comuna fraternal por encima de todas las diferencias de raza y color, este mismo amor —transmutado en amor divino y caridad religiosa— se convirtió en azote de la humanidad. Toda la sangre vertida en nombre de la religión desde el comienzo de la historia, y los millones de víctimas humanas inmoladas para mayor gloria de Dios, así lo atestiguan...

(...) 

La religión como primer paso hacia la humanidad. En la religión el animal humano, emergiendo de la bestialidad da el primer paso hacia la humanidad; pero mientras siga siendo religioso, jamás alcanzará su meta, pues toda religión le condena al absurdo y, descarriando sus pasos, le hace buscar lo divino en vez de lo humano. A través de la religión los pueblos que acaban de liberarse de la esclavitud natural, donde están hundidas profundamente otras especies animales, vuelven a caer en una nueva esclavitud, en la servidumbre ante hombres fuertes y castas privilegiadas por elección divina

Todas las religiones y sus dioses no han sido nunca más que la creación de la fantasía crédula de hombres que no habían alcanzado el nivel de pura reflexión y pensamiento libre basados en la ciencia. En consecuencia, el Cielo religioso no fue sino un espejismo donde el hombre, exaltado por la fe, encontró mucho tiempo atrás su propia imagen ampliada e invertida, es decir, deificada.

La historia de las religiones, de la grandeza y el ocaso de los sucesivos dioses, no es por tanto más que la historia del desarrollo de la inteligencia y la conciencia colectiva de la humanidad. En la medida en que los hombres descubrían en sí mismos o en la Naturaleza externa un poder, una capacidad de cualquier tipo o especie, se la atribuían a esos dioses, tras exagerarla y ampliarla más allá de toda medida, como hacen los niños, mediante un acto de fantasía religiosa. Así, debido a esta modestia y generosidad de los hombres, el Cielo se enriqueció con los despojos de la Tierra, y como consecuencia natural, a medida que se hacía más opulento, más miserable iba siendo la humanidad. Una vez establecido, se proclamó que Dios era naturalmente el dueño, la fuente y el propietario de todas las cosas, siendo el mundo real sólo su reflejo.

El hombre, su creador inconsciente, se arrodilló ahora ante él reconociéndose a sí mismo como la criatura y el esclavo de Dios. 

El cristianismo es la religión final y absoluta. El cristianismo es precisamente la religión par excellence, porque exhibe y manifiesta la naturaleza y la esencia misma de toda religión: el empobrecimiento sistemático y absoluto, la esclavitud y la degradación de la humanidad en beneficio de la divinidad. Esto constituye el principio supremo, no sólo de toda religión, sino de toda metafísica, como también de las escuelas deístas y panteístas. Al ser Dios todo, el mundo real y el hombre son nada. Al ser Dios la verdad, la justicia y la vida infinita, el hombre es falsedad, iniquidad y muerte. Siendo Dios el señor, el hombre es el esclavo. Incapaz de encontrar por sí mismo el camino hacia la verdad y la justicia, ha de recibirlas como una revelación del más allá, a través de intermediarios elegidos y enviados por la gracia divina.

Pero quien dice revelación dice reveladores, profetas y sacerdotes, quienes tras verse reconocidos como representantes de Dios sobre la tierra, como profesores y guías de la humanidad en su camino hacia la vida eterna, reciben la misión de dirigirla, gobernarla y mandarla en su existencia terrestre. Todos los hombres les deben fe y absoluta obediencia. Esclavos de Dios, los hombres han de ser también esclavos de la Iglesia y del Estado, en la medida en que este último resulta consagrado por la Iglesia. Entre todas las religiones que han existido y existen todavía, el cristianismo ha sido la única que comprendió perfectamente este hecho, y entre todas las sectas cristianas la Iglesia Católica Romana lo ha proclamado y extendido con rigurosa coherencia. Este es el motivo de que el cristianismo sea la religión absoluta, la religión final, y de que la Iglesia Apostólica Romana sea la única iglesia coherente, legítima y divina.

Con todas las deferencias debidas a los semi-filósofos y a los así llamados pensadores religiosos, decimos: la existencia de Dios implica una abdicación de la razón y la justicia humana; es la negación de la libertad humana, y acaba necesariamente en la esclavitud teórica y práctica. 

Dios implica la negación de la libertad. Y si no nos sentimos inclinados a la esclavitud, no podemos ni debemos hacer la más leve concesión a la teología, porque en este alfabeto místico y rigurosamente coherente, cualquiera que comience por la A ha de llegar inevitablemente a la Z, y quien quiera adorar a Dios debe renunciar a su libertad y a su dignidad humana.

Dios existe; luego el hombre es un esclavo.

El hombre es inteligente, justo, libre; luego Dios no existe.

Desafiamos a cualquiera a que evite este círculo; y que cada cual haga ahora su elección. 

La religión está siempre aliada con la tiranía. Además, la historia nos muestra que los predicadores de todas las religiones —salvo los de Iglesias perseguidas— han estado aliados con la tiranía. E incluso los sacerdotes perseguidos, aunque combatiesen y maldijeran a los poderes que los perseguían, ¿no disciplinaban al mismo tiempo a sus propios creyentes, poniendo así los fundamentos de una nueva tiranía? La esclavitud intelectual, sea cual fuere su naturaleza, tendrá siempre como resultado natural la esclavitud política y social.

En sus diversas formas actuales, el cristianismo, y junto a él la metafísica doctrinaria y deísta brotada del cristianismo y que en esencia no es más que teología disfrazada, son sin duda alguna los obstáculos más formidables para la emancipación de la sociedad. Prueba de ello es que todos los gobiernos, todos los estadistas de Europa —que no son ni metafísicos, ni teólogos, ni deístas, y no creen verdaderamente ni en Dios ni en el diablo— defienden apasionada y obstinadamente a la metafísica tanto como a la religión, y a cualquier tipo de religión mientras enseñe, como es su invariable costumbre, la paciencia, la resignación y la sumisión. 

La religión debe ser combatida. La obstinación con que los estadistas defienden a la religión prueba cuán necesario es combatirla y derrocarla.

¿Es necesario recordar aquí en qué medida desmoralizan y corrompen al pueblo las influencias religiosas? Destruyen su razón, el instrumento principal de la emancipación humana, y llenando la mente del hombre con divinas absurdeces reducen a idiocia al pueblo, y la idiocia es el fundamento de la esclavitud. Matan la energía laboral del hombre, que es su mayor gloria y su salvación, porque el trabajo constituye el acto por el cual el hombre se convierte en un creador y da forma a su mundo; el trabajo es el fundamento y la condición esencial de la existencia humana, al mismo tiempo que el medio a través del cual el hombre conquista su libertad y su dignidad humana.

La religión destruye este poder productivo del pueblo inculcando el desdén hacia la vida terrenal en comparación con la beatitud celeste, adoctrinando al pueblo con la idea de que el trabajo constituye una maldición o un castigo merecido, mientras el ocio constituye un privilegio divino. Las religiones matan en el hombre la idea de la justicia, estricto guardián de la hermandad y suprema condición de la paz, inclinando en todo momento la balanza hacia el lado de los más fuertes, que son siempre los objetos privilegiados de la solicitud, la gracia y la bendición divinas. Por último, la religión destruye en los hombres su humanidad, reemplazándola en sus corazones por la crueldad divina. 

Las religiones están basadas sobre la sangre. Todas las religiones están fundadas sobre la sangre porque todas, como es sabido, se basan esencialmente en la idea del sacrificio, es decir, en la perpetua inmolación de la humanidad a la insaciable venganza de la divinidad. En este misterio sangriento el hombre es siempre la víctima, y el sacerdote —también un hombre, pero un hombre privilegiado por especial gracia— es el divino ejecutor. Esto explica por qué los sacerdotes mejores, más humanos y amables de todas las religiones han tenido casi siempre en el fondo de sus corazones —y si no allí, en su mente y en su fantasía (pues conocemos la influencia ejercida por ambas cosas en los corazones de los hombres)— algo cruel y sangriento. Este es el motivo de que los sacerdotes de la Iglesia Católica Romana, de la Rusa y la Griega Ortodoxa, y de las iglesias protestantes, se encuentren unánimemente unidos para preservar la pena de muerte cuando se ha puesto a discusión el tema de su abolición. 

El triunfo de la humanidad es incompatible con la supervivencia de la religión. La religión cristiana se fundó más que ninguna otra sobre la sangre, y resultó históricamente bautizada con ella. Podemos contar los millones de víctimas que esta religión de amor y perdón ha entregado a la venganza de su Dios. Recordemos las torturas que inventó e infligió a sus víctimas. ¿Es que ahora se ha hecho más amable y humana? ¡En absoluto! Conmovida por la indiferencia y el escepticismo, simplemente ha resultado impotente o más bien menos poderosa, pero —desgraciadamente— ni siquiera carece de poder para causar daño. En los países donde, galvanizada por pasiones reaccionarias, la religión proporciona la impresión externa de resucitar, ¿no es el primer movimiento venganza y sangre, el segundo la abdicación de la razón humana, y su conclusión la esclavitud? Mientras el cristianismo y los predicadores cristianos o de cualquier otra religión divina continúen ejerciendo la más leve influencia sobre las masas del pueblo, jamás triunfarán sobre la tierra la razón, la libertad, la humanidad y la justicia. Pues mientras las masas del pueblo estén hundidas en la superstición religiosa, siempre serán instrumentos dóciles en manos de todos los poderes despóticos aliados contra la emancipación de la humanidad.

Este es el motivo de que tenga la mayor importancia liberar a las masas de la superstición religiosa, no sólo por nuestro amor hacia ellas sino en beneficio de nosotros mismos a fin de salvaguardar nuestra libertad y seguridad. Sin embargo, esta meta sólo puede alcanzarse de dos modos: a través de la ciencia racional, y a través de la propaganda del Socialismo. 

Sólo la revolución social puede destruir a la religión. La propaganda del libre pensamiento no podrá matar la religión en las mentes del pueblo. La propaganda del libre pensamiento es desde luego muy útil, indispensable como un medio excelente para convertir a individuos con criterios avanzados y progresivos. Pero apenas será capaz de conmover la ignorancia popular, porque la religión no es sólo una aberración o una desviación del pensamiento, sino que conserva todavía su carácter especial de una protesta natural, viva y poderosa de las masas contra sus vidas estrechas y miserables. Las gentes van a la iglesia como van a una taberna, para embrutecerse, para olvidar su miseria, para verse en su imaginación al menos, durante unos pocos minutos, felices y libres, tan felices como los demás, la gente acomodada. Dadles una existencia humana, y jamás entrarán en una taberna o en una iglesia. Y sólo la Revolución Social puede y debe darles tal existencia.

Mijaíl Bakunin (Las negrillas corresponden al compilador Maximoff)