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jueves, 19 de mayo de 2016

Yo también soy inmigrante y evado el Transantiago


El día que me siente junto a una señora racista que venga a descargar sobre mi cuerpo de trabajadora inmigrante la culpa ficticia de que una empresa del neoliberalismo no esté recibiendo las suficientes ganancias, ese día juro le recitaré a gritos mis razones:

Evado el Transantiago como evadiría el Metro de Caracas, el Transmilenio Bogotá o el Subte en Buenos Aires. Y lo haría con plena conciencia de que ante cualquiera de esas empresas, es la misma clase capitalista la que nos esquilma sin distingo nacional.

Evado el Transantiago porque lo que me pagan por trabajar de lunes a sábado y dos domingos al mes es un salario mínimo, del cual se me descuentan cotizaciones a una AFP que habrá de dejarnos en la miseria a usted y a mí.

Evado el Transantiago porque si lo pagara, tendría que destinarle a Metro Sociedad Anónima el equivalente aproximado a un 20% de mi salario de trabajador inmigrante. Y yo pendeja no soy, ¿usted sí?

Evado el Transantiago porque si no lo hiciera, no alcanzaría a pagar el costo del arriendo del cuarto en el que duermo unas pocas horas antes de ir a trabajar cada día.

Evado el Transantiago porque con esos setecientos pesos le compro una marraqueta al trabajador que vende en la esquina y me voy desayunada a la pega.

Evado el Transantiago porque me niego a ser esclava enajenada de la clase capitalista que se enriquece cobrándonos por trasladarnos a los lugares en donde nos roba la vida.

Evado el Transantiago y lo seguiré haciendo, tal como lo hace el resto de la clase trabajadora en Chile que tiene plena conciencia de que los ladrones no somos los inmigrantes sino la clase dominante.

Evado el Transantiago porque defiendo mi salario.
Y eso, lo aprendí en Santiago.



Sociedad jerarquizada, salud mental y capitalismo

«Quien desea y no actúa engendra la plaga» William Blake


Los últimos estudios indican que la región chilena presenta altos índices de deterioro de la salud mental, siendo especialmente significativa la prevalencia de los trastornos depresivos, sin embargo, a la par de estas informaciones no han surgido explicaciones satisfactorias que permitan establecer una comprensión plena de la situación. En general las explicaciones populares más recurrentes que he leído lo atribuyen al “individualismo” y “consumismo” propios de una sociedad neoliberal y supuestamente hedonista. Esta explicación me parece bastante problemática y simplista. Por un lado, el denominado consumismo parece más un efecto de un proceso mayor que una causa en sí mismo y por otro, el supuesto individualismo resulta ser una causa imaginaria, ya que ante todo las sociedades jerarquizadas sean democráticas o dictatoriales tienden a la homogeneidad y no a la diversificación de sus integrantes. 


La pregunta entonces es ¿Qué es lo que esta explicación oscurece en vez de sacar a la luz?, ya que ha quedado totalmente omitida la explotación laboral, las extensas jornadas en condiciones adversas que logran extraer la mayor parte de la vitalidad de las personas, en un contexto altamente represivo de la identidad individual, que se ve absorbida por la identidad organizacional, tampoco se hace mención a los sistemas familiares generalmente patriarcales (ya sean muy aglutinados o altamente impersonales en su interacción) que es donde se producen habitualmente los epicentros del deterioro de la salud mental, ya que son sistemas altamente coercitivos o que muchas veces ofrecen relaciones “doble vinculantes” (mensajes contradictorios a nivel ideo-afectivo). Otro aspecto que parece quedar omitido es la situación de constante violencia política por parte del Estado, sus campañas de insegurización con amplia cobertura, menos aun hay mención al sistema educativo basado en una lógica de premios y castigos, que por definición cancela la expresión de cualquier acto espontáneo. Finalmente, tampoco se hace mención al papel de la destrucción de ecosistemas, a pesar de la gran cantidad de conflictos socioambientales, debido a la violenta expansión del capital bajo la sombra del terrorismo de Estado.

Si se examina por ejemplo los trastornos depresivos se puede observar que contradicen estas explicaciones, ya que por definición presentan gran pérdida de energía, sentimientos de culpa y la incapacidad de experimentar placer, por lo tanto es difícil ver en este caso el papel del supuesto “hedonismo” como explicación, situación similar ocurre con todo el espectro de trastornos ansiosos que son una forma de miedo puro condicionado, que no cuenta con posibilidad de una adecuada expresión psico-fisiológica. Ahora, si se observa otros trastornos como los alimentarios, el denominado trastorno límite y de ahí hacia las psicosis, lo que se puede ver es una difusión de la identidad que es totalmente incompatible con la idea de un individualismo exacerbado. De esta forma me parece que en esta explicación con alto contenido moral en la izquierda actual lo que se esconde es la continuación de una forma de valorar, que es la misma del sistema social que se supone que se está criticando. Me explico: El sistema social jerarquizado sea democrático o dictatorial, su forma económica capitalista no es la de una sociedad ni orgiástica ni dionisíaca, es una sociedad eufóricamente puritana, que emplea una amplia gama de sistemas de domesticación psicofisiológica en todas las áreas que antes mencioné como excluidas de la explicación habitual sobre la salud mental.

Este discurso paranoico con la diversión o el placer o la expresión de individualidad podría darlo perfectamente un luterano. Recordar el importante papel en la generación del capitalismo de la ética protestante y como esta se aplica a los “recursos humanos”, después de todo, los realmente pobres difícilmente podrían tener un problema de “consumismo” y mucho menos tiempo alguno para la expresión de su individualidad. Por lo tanto, la explicación que se pretende dar es una forma de valorar que implica rechazar constantemente los propios instintos, se basa en la autorenuncia, expresada de hecho en el discurso igualitarista de la moral cívico-democrática (continuación del igualitarismo cristiano somos todos hijos de dios) en que todos somos ciudadanos. Este discurso homogenizador opera como telón de fondo de todos los sistemas de control antes descritos, provocando la renuncia a los instintos bajo la premisa del supuesto bien mayor que sería el interés de la sociedad (clase dominante, sus dioses, etc.) suprimiendo tanto la individualidad como lo que podríamos tener en común, la naturaleza humana es sustituida por todos estos ideales, generalmente esta trampa es realizada atribuyendo a los instintos el papel de caja de Pandora, sin embargo, si bien la crueldad parece ser algo instintivo en ocasiones, esa solo es una parte de la historia ya que hay muchos otros instintos desde la curiosidad, el sexo, la creatividad, el amor, etc.

Es bueno recalcar en este punto que las diferencias siempre van a tener que existir para ser sanos, porque la naturaleza es así, solo que estas no pueden convertirse en fundamentos de jerarquía social o económica o política. La igualdad que se busca es la inexistencia de jerarquías no la homogeneidad que se esconde bajo el discurso igualitarista y que también invade a veces los discursos anticapitalistas.

Desde esta perspectiva se puede ver como la región chilena pasó de ser en dictadura un lugar totalmente aterrorizado a ser un lugar totalmente deprimido bajo la democracia burguesa y su forma de valorar. En este sentido, se puede afirmar la necesidad de una inversión de esta forma de valorar, basada en la constante renuncia a los deseos que impone un sistema jerarquizado, como forma de salir de la domesticación psicofisiológica focalizada en la reverencia constante al principio de autoridad, que niega cualquier espontaneidad a nivel socio-afectivo. Ya que las explicaciones supuestamente ilustradas de la psiquiatría nos siguen encerrando en un determinismo biologicista desmentido hasta el cansancio, mientras las escuelas de psicología con su modelo bio-psico-social constatan una obviedad a la vez que la reducen a datos estadísticos, con que disparar a la bandada, con los clásicos lugares comunes de sociedad “moderna”, “globalización”, “la vida agitada”, etc., ignorando por completo las relaciones de poder implícitas en la comprensión del deterioro de la salud mental (en realidad salud psicofisiológica sería más adecuado decir).

Esta inversión de valores de la que hablo solo es posible en la medida en que se produzca una transmutación de los afectos, que va generando la constante renuncia a los deseos para acomodarse a estos supuestos ideales superiores de una sociedad jerarquizada, es decir, volver a valorar una individualidad interdependiente que atiende a las reales necesidades de su propio organismo, solo desde ahí es posible la organización necesaria para subvertir los cimientos de esta forma sepulcral de infravalorar la vida que se esconde bajo los supuestos grandes ideales de Estado de derecho, democracia, civismo, etc. De esta forma solo se puede afirmar que son nuestros demonios nuestros mejores consejeros, basta ver al respecto como el supuesto potencial civilizatorio del capital nos tiene más cerca de la sexta extinción que del comunismo.





domingo, 27 de marzo de 2016

Las tendencias autoritarias en América - Emilio López Arango

El siguiente texto fue escrito a principios del siglo XX por el comunista anarquista de origen español residente en Argentina, Emilio López Arango. No sabemos la fecha precisa de su primera publicación que, creemos, fue difundida por la prensa anarcosindicalista de la época. Para la transcripción hemos empleado el libro compilatorio de sus textos, «Ideario del pensamiento anarquista en el movimiento obrero», Ediciones FORA, 2013. (N&A) 

Las ideas de autoridad tienen en América el mismo origen que en Europa y el resto de los continentes: nacieron con las primeras organizaciones político-religiosas, con la primera casta usurpadora, con el primer cacique de tribu. Pero las tendencias del Estado –esa especie de subordinación de toda la autoridad en manos de una minoría privilegiada, que no es religiosa, ni atea, ni aristócrata, ni plebeya– tienen una representación muy mezquina y gregaria en estas repúblicas del caudillismo patricio de la democracia importada.

El capitalismo es una producto que recién se arraiga en este suelo (hablamos del término que expresa ese fenómeno de la civilización capitalista), no por su grado de cultura civil, sino simplemente por los aspectos generales de su desarrollo material y que lucha por imponerse contra la burguesía criolla, poco apta para aceptar esa transformación en sus hábitos y costumbres. De ahí la característica del patriotismo latino-americano, cuyas exteriorizaciones son muchas veces la consecuencia del odio a todo lo extraño, pero que sin embargo acepta la servidumbre económica que imponen los invasores a condición de que se respete la independencia política de las criollocracias.

No seremos los anarquistas quienes nos esforcemos en alentar esa aversión del nativo a la cultura europea, aun cuando por progreso se entienda la capitalización y la industrialización de estas colonias republicanas. Pero es necesario comprender la verdadera importancia del fenómeno que opera en los países latinoamericanos, el avance del capitalismo y la obligada adaptación del pueblo a las nuevas condiciones de vida. La afluencia de capitales para explotar industrias nuevas o transformar el sistema de producción actual, determina un cambio radical en los hábitos y costumbres, no sólo de la burguesía criolla, sino también del proletariado. En las ciudades y centros industriales abiertos a la inmigración, que cuentan con un buen número de trabajadores europeos, no es difícil operar ese proceso de asimilación a las contingencias del progreso económico; pero en el interior, en los feudos agrícolas alejados de todo contacto con las ideas modernas, en las vastas regiones donde le indio y el criollo constituyen la fácil presa del capitalismo, la conquista industrial se realiza a la manera de las conquistas guerreras: por el método del exterminio de los no aptos para luchar contra el nuevo régimen de explotación.

Teniendo en cuenta la diversidad de cultura y de aptitudes en el proletariado de América, que tiene sus dos polos en el nativo y en el obrero extranjero o de origen europeo, se comprende por qué las tendencias autoritarias modernas toman más arraigo en las ciudades y centros de influencia capitalista. El avance industrial está acondicionado por las aptitudes productivas de la clase trabajadora donde no hay un proletariado capaz de poner en movimiento la máquina económica; rindiendo todos los beneficios que puede aportar la explotación de las riquezas naturales del suelo o del subsuelo, el capitalismo debe esforzarse por crearlo. Y en esa improvisación exige el sometimiento de los pueblos que viven una vida más primitiva y más simple y el exterminio de los inadaptables.

La conquista de América para el capitalismo exige más víctimas que las que costó al indio su sometimiento a los conquistadores de un imperio colonial para España, Inglaterra y Portugal. Es esta una conquista pacífica, sin estruendo, astuta y diplomática, que cuenta con la complicidad de los gobiernos y de las castas burguesas y patricias formadas por el aluvión de todos los pueblos lanzados a la aventura en este continente. Pero basta con dirigir una mirada al doloroso espectáculo que diariamente ofrece esa lucha despiadada de los traficantes y negreros, para comprender el inmenso dolor que se oculta bajo la máscara de la civilización impuesta al nativo con la férrea ley del salario. 

En las campiñas americanas, en las selvas vírgenes de este continente abierto a todas las piraterías, en las regiones donde el indio aún se mantiene intacto en sus hábitos y costumbres, la explotación asume caracteres espantosos. No hay otra ley que la de la conquista en las criollocracias de América. La burguesía alienta ese avance de la civilización capitalista arrasando las tolderías indígenas, transformando al nativo en siervo, estableciendo avanzadas del ejército en las zonas peligrosas. ¿La mayor gloria de los generales criollos no consiste en haber sometido a las tribus que se empecinaban en conservar como propio el régimen de los primitivos habitantes de este continente?

Para asegurar la dominación del capitalismo hay que transformar el medio social. Esa transformación se opera aniquilando la raza india, degenerando a la población nativa, convirtiendo a los obreros del campo en máquinas de producir alimentos a fuerza de alcohol. ¿Qué otra cosa hace el capitalismo en los ingenios azucareros del norte de la república, en los yerbales del Paraguay y Misiones, en las “facendas” y cafetales del Brasil, en los quebrachales del Chaco y en todas las regiones industrializadas mediante ese sistema de conquistas? No existe un proletariado con aptitudes para operar el cambio que supone el régimen capitalista; pero hay en abundancia carne barata de explotación y poco cuesta sacrificarla. ¿El porvenir de la raza, los ideales humanitarios, los sentimientos y las ideas de fraternidad? Esas preocupaciones no figuran en los libros de las grandes y pequeñas empresas exploradoras.

Al amparo de la conquista económica de América, realizan su conquista los partidos políticos modernos. Las tendencias autoritarias prescinden de todo idealismo, no tienen en cuenta el problema de humanidad que plantea a los nativos esa transformación violenta del régimen económico, preocupándose solo del aspecto material de la cuestión. Para los socialistas es una necesidad fatal el exterminio de los inadaptables a las nuevas condiciones de vida. ¿Acaso el “materialismo histórico” no exige, como condición previa, que los obreros se transformen en engranajes de la máquina económica montada por el capitalismo? Para al Súper-Estado es necesario poner a los trabajadores en un plano superior de capacidad productiva y dotarlos de una disciplina necesaria para que se muevan conforme a un complicado sistema de relojería. Y, claro está, el indio está muy lejos de poseer esas cualidades. Posee, ante todo, espíritu de independencia y costumbres que lo alejan de las corrientes autoritarias del marxismo, la indolencia heredada de una raza que no conoció los alambrados de púa, los límites fronterizos y las obligadas jornadas de trabajo. 

Se comprende, pues, que el avance del socialismo de Estado en los pueblos de América tenga su regulador en la conquista industrial de la criollocracia. La burguesía se va adaptando a las nuevas condiciones, imita todo lo europeo, vive con la preocupación de las fórmulas del viejo mundo. Pero las poblaciones indígenas no comprenden ese cambio en las relaciones sociales y en su convivencia, por lo que viven en un completo divorcio con las clases dirigentes de la ciudad y hasta con los obreros de los centros industriales, que muy poco se preocupan de su situación de parias. 

Para afianzar el poder del capitalismo en los cacicazgos americanos y operar la transformación exigida por el “materialismo histórico”, los partidos socialistas americanos cuentan con el concurso de la burguesía, de la burocracia ciudadana y de los trabajadores adaptados a las necesidades del llamado progreso industrial. Las ideas de libertad tienen por base la independencia de los pueblos y la autonomía de los individuos, se manifiestan como legítimos actos de reacción contra el poder absorbente del capitalismo, palpitan en el alma de los hombres que saben apreciar el valor de su propia independencia. Y ese espíritu de rebeldía, que existe instintivamente en todos los pueblos y es más efectivo en las razas “inciviles”, choca con el autoritarismo de los marxistas empeñados en transformar el mundo en una máquina de precisión. 

Se comprende por qué el socialismo de Estado no se arraiga en la conciencia de obreros del campo americano. Esas tendencias autoritarias son la negación de la libertad individual y se basan en hechos materiales que no tienen una representación efectiva en los medios económicos libres de las preocupaciones capitalistas. Por eso la conquista económica de América va paralela al desarrollo de los partidos socialistas, que no hacen otra cosa que alentar la dominación de la burguesía y ahondar el conflicto que existe entre la ciudad y el campo como una consecuencia de la guerra entablada por el capitalismo a los trabajadores que se resisten al nuevo yugo. 

La lucha contra la dominación capitalista en este continente supone a la vez una acción defensiva contra las tendencias autoritarias. Marx es el guía de los aventureros que se lanzan a la conquista industrial, comercial y financiera de las criollocracias americanas.



Emilio López Arango 

viernes, 27 de marzo de 2015

Las cinco estrategias del capitalismo contra los movimientos sociales - Silvia Federici

Nombrar lo intolerable: la acumulación primitiva y la reestructuración de la reproducción

La reestructuración de la economía mundial ha adoptado cinco estrategias básicas para dar respuesta al ciclo de luchas sociales que entre los años sesenta y los setenta transformaron la organización de la reproducción y las relaciones de clase. Primero, se ha producido una expansión del mercado de trabajo. La globalización ha producido un salto histórico en el tamaño del mundo proletario, tanto mediante un proceso global de «cercamiento» que ha provocado la separación de millones de personas de sus tierras, sus trabajos y sus «derechos consuetudinarios», como mediante el aumento del empleo de las mujeres. No es sorprendente que la globalización se nos aparezca como un proceso de acumulación primitiva, que ha asumido formas variadas. En el Norte, la globalización ha asumido la forma de la deslocalización y la desconcentración industrial, así como de la flexibilización, la precarización laboral y el método Toyota o JIT [Just In Time, «justo a tiempo»].(1) En los antiguos países socialistas, se ha producido la desestatalización de la industria, la descolectivización de la agricultura y la privatización de la riqueza social. En el Sur, hemos sido testigos de la «maquilización» de la producción, la liberalización de las importaciones y las privatizaciones de las tierras. El objetivo, de todas maneras, era el mismo en todas partes. 

Mediante la destrucción de las economías de subsistencia y la separación de los productores de los medios de subsistencia, al provocar la dependencia de ingresos monetarios a millones de personas, incluso a aquellas imposibilitadas para adquirir un trabajo asalariado, la clase capitalista ha relanzado el proceso de acumulación y recortado los costes de la producción laboral. Dos mil millones de personas han sido arrojados al mercado laboral demostrando la falacia de las teorías que defienden que el capitalismo ya no necesita cantidades masivas de trabajo vivo, porque presumiblemente descansa en la creciente automatización del trabajo.

Segundo, la desterritorialización del capital y la financiarización de las actividades económicas, posibilitadas por la «revolución informática», han creado las condiciones económicas por las que la acumulación primitiva se ha convertido en un proceso permanente, mediante el movimiento casi instantáneo del capital a lo largo del planeta, al haber derribado una y otra vez las barreras levantadas contra el capital por la resistencia de los trabajadores a la explotación.

Tercero, hemos sido testigos de la desinversión sistemática que el Estado ha llevado a cabo en la reproducción de la fuerza de trabajo, implementada mediante los programas de ajuste estructural y el desmantelamiento del «Estado de bienestar». Como se ha mencionado anteriormente, las luchas llevadas a cabo durante los años sesenta han enseñado a la clase capitalista que la inversión en la reproducción de la fuerza de trabajo no se traduce necesariamente en una mayor productividad laboral. Como resultado de esto, surgen ciertas políticas y una ideología que resignifica a los trabajadores como microemprendedores, supuestamente responsables de la inversión en ellos mismos y únicos beneficiarios de las actividades reproductivas en ellos materializadas. En consecuencia se ha producido un cambio en los ejes temporales existentes entre reproducción y acumulación. Los trabajadores se ven obligados a hacerse cargo de los costes de su reproducción en la medida en que se han reducido los subsidios en sanidad, educación, pensiones y transporte público, además de sufrir un aumento de los impuestos, con lo que cada articulación de la reproducción de la fuerza de trabajo ha devenido un momento de acumulación inmediata.

Cuarto, la apropiación empresarial y la destrucción de bosques, océanos, aguas, bancos de peces, arrecifes de coral y de especies animales y vegetales han alcanzado un pico histórico. País tras país, de África a las islas del Pacífico, inmensas áreas agrícolas y aguas costeras ―el hogar y los medios de subsistencia de extensas poblaciones― han sido privatizadas y hechas accesibles para la agroindustria, la extracción mineral o la pesca industrial. La globalización ha revelado, sin lugar a dudas, el coste real de la producción capitalista y de la tecnología lo que hace imposible hablar, tal y como Marx hizo en los Grundrisse, de «la gran influencia civilizadora del capital» que surge de su «apropiación universal tanto de la naturaleza como de la relación social misma» donde «la naturaleza se convierte puramente en objeto para el hombre, en cosa puramente útil; cesa de reconocérsele como poder para sí; incluso el reconocimiento teórico de sus leyes autónomas aparece solo como una artimaña para someterla a las necesidades humanas, sea como objeto del consumo, sea como medio de la producción». (2)

En el año 2011, tras el derrame de petróleo de BP y el desastre de Fukushima ―entre otros desastres producidos por los negocios corporativos―, cuando los océanos agonizan, atrapados entre islas de basura, y el espacio se ha convertido en un vertedero además de en un depósito armamentístico, estas palabras no pueden sonar más que como ominosas reverberaciones.

Este desarrollo ha afectado, en diferentes grados, a todas las poblaciones del planeta. Aun así, como mejor se define el Nuevo Orden Mundial es como un proceso de recolonización. Lejos de comprimir el planeta en una red de circuitos interdependientes, lo ha reconstruido como un sistema de estructura piramidal, al aumentar las desigualdades y la polarización social y económica, y al profundizar las jerarquías que históricamente han caracterizado la división sexual e internacional del trabajo, y que se habían visto socavadas gracias a las luchas anticoloniales y feministas.

El centro estratégico de la acumulación primitiva lo ha conformado el mundo colonial, mundo de plantaciones y esclavismo, históricamente el corazón del sistema capitalista. Lo llamo «centro estratégico» porque su reestructuración ha proporcionado los cimientos y las condiciones necesarias para la reorganización global del mercado de trabajo. Ha sido aquí, de hecho, donde hemos sido testigos de los primeros y más radicales procesos de expropiación y pauperización y de la desinversión más ingente del Estado en la fuerza de trabajo. Estos procesos están perfectamente documentados. Desde principios de los años ochenta, como consecuencia de los ajustes estructurales, el desempleo en la mayor parte de los países del «Tercer Mundo» ha crecido tanto que la USAID (3) [Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional] podía reclutar trabajadores ofreciendo tan solo «comida por trabajo». Los salarios han caído de tal manera que se ha comprobado que las trabajadoras de las maquilas tienen que comprar la leche por vasos o los huevos y tomates por unidad. Poblaciones enteras se han visto desmonetarizadas, al mismo tiempo que se les ha arrebatado las tierras para concedérselas a proyectos gubernamentales o a inversores extranjeros. Actualmente, medio continente africano se encuentra bajo emergencia alimentaria (4). En África Oriental, del Níger a Nigeria y hasta Ghana, el suministro de electricidad ha desaparecido, las redes eléctricas nacionales han sido desarticuladas, obligando a aquellos que tienen dinero a comprar generadores individuales cuyo zumbido llena las noches, dificultando el sueño de la gente. La sanidad estatal y los presupuestos de educación, los subsidios a los agricultores, las ayudas para las necesidades básicas, todas ellas han sido desmanteladas, reducidas drásticamente y suprimidas. En consecuencia, la esperanza de vida está descendiendo y han reaparecido fenómenos que se suponía que el capitalismo había borrado de la faz de la tierra hace mucho tiempo: hambrunas, hambre, epidemias recurrentes, incluso la caza de brujas.(5) En aquellos lugares en los que los «planes de austeridad» y la apropiación de tierras no pudieron concluir su tarea, la ha rematado la guerra, abriendo nuevos campos para la extracción de crudo y la recolección de diamantes o coltán. Y en lo que respecta a la población objetivo de esta desposesión, se han convertido en los sujetos de una nueva diáspora, que arroja a millones de personas del campo a las ciudades, que cada vez más se asemejan a campamentos. Mike Davis ha utilizado la frase «planeta de ciudades miseria» en referencia a esta situación, pero una descripción más correcta y vívida hablaría de un planeta de guetos y un régimen de apartheid global.

Si además tenemos en cuenta que, mediante la deuda y el ajuste estructural, los países del «Tercer Mundo» se han visto obligados a desviar la producción alimentaria del mercado doméstico al mercado de exportación, convertir tierras arables y cultivables para el consumo humano en terrenos de extracción mineral, deforestar tierras, y convertirse en vertederos de todo tipo de desechos así como en campo de depredación para las corporaciones cazadoras de genes,(6) entonces, debemos concluir que, en los planes del capital internacional, existen zonas del planeta destinadas a una «reproducción cercana a cero». De hecho, la destrucción de la vida en todas sus formas es hoy tan importante como la fuerza productiva del biopoder en la estructuración de las relaciones capitalistas, destrucción dirigida a adquirir materias primas, «desacumular» trabajadores no deseados, debilitar la resistencia y disminuir los costes de la producción laboral.

Hasta qué punto ha llegado el subdesarrollo de la reproducción de la fuerza de trabajo mundial se refleja en los millones de personas que frente a la necesidad de emigrar se arriesgan a dificultades indecibles y a la perspectiva de la muerte y el encarcelamiento. Ciertamente la migración no es tan solo una necesidad, sino también un éxodo hacia niveles más altos de resistencia, un camino hacia la reapropiación de la riqueza robada, como argumentan Yann Moulier Boutang, Dimitris Papadopoulos y otros autores (7). Esta es la razón por la que la migración ha adquirido un carácter tan autónomo que dificulta su utilización como mecanismo regulador de la reestructuración del mercado laboral. Pero no hay duda alguna de que si millones de personas abandonan su país hacia un destino incierto, a cientos de kilómetros de sus hogares, es porque no pueden reproducirse por sí mismas, al menos no bajo las condiciones necesarias. Esto se hace especialmente evidente cuando consideramos que la mitad de los migrantes son mujeres, muchas con hijos que deben dejar atrás. Desde un punto de vista histórico esta práctica es altamente inusual. Las mujeres son habitualmente las que se quedan, y no debido a falta de iniciativa o por impedimentos tradicionalistas, sino porque son aquellas a las que se ha hecho sentir más responsables de la reproducción de sus familias. Son las que deben garantizar que sus hijos tengan comida, a menudo quedándose ellas mismas sin comer, y las que se cercioran de que los ancianos y los enfermos reciben cuidados. Por eso cuando cientos de miles de ellas abandonan sus hogares para enfrentarse a años de humillaciones y aislamiento, viviendo con la angustia de no ser capaces de proporcionarles a sus seres queridos los mismos cuidados que les dan a extraños en otras partes del mundo, sabemos que algo dramático está sucediendo en la organización del mundo reproductivo.

Debemos rechazar, de todas maneras, la afirmación de que la indiferencia de la clase capitalista internacional frente a la pérdida de vidas que produce el capitalismo es una prueba de que el capital ya no necesita el trabajo vivo. Más cuando en realidad la destrucción a gran escala de la vida ha sido un componente estructural del capitalismo desde sus inicios, como necesaria contrapartida a la acumulación de la fuerza de trabajo, acumulación que inevitablemente supone un proceso violento. La recurrente «crisis reproductiva» de la que hemos sido testigos en África durante las últimas décadas se encuentra enraizada en esta dialéctica de acumulación y destrucción de trabajo. También la expansión del trabajo no contractual y otros fenómenos que deberían ser considerados como abominaciones en un «mundo moderno» ―como las encarcelaciones masivas, el tráfico de sangre, órganos y otras partes del cuerpo humano― deben ser leídas dentro de este contexto.

El capitalismo promueve una crisis reproductiva permanente. Si esto no ha sido más visible en nuestras vidas, por lo menos en muchas partes del Norte Global, es porque las catástrofes humanas que ha causado han sido en su mayor parte externalizadas, confinadas a las colonias y racionalizadas como un efecto de una cultura retrógrada o un apego a tradiciones erróneas y «tribales». Sobre todo durante la mayor parte de los años ochenta y noventa, los efectos de la reestructuración global apenas se notaron en el Norte, excepto dentro de las comunidades de color, o bien se presentaron como alternativas liberadoras frente a la regimentación de la rutina de 9 a 17, si no anticipaciones de una sociedad sin trabajadores.

Pero observado desde el punto de vista de la totalidad de las relaciones capital-trabajo, este desarrollo demuestra el esfuerzo continuo del capital de dispersar a los trabajadores y de minar los esfuerzos organizativos de los obreros dentro de los lugares de trabajo. Combinadas, estas tendencias han abolido los contratos sociales, desregulado las relaciones laborales, reintroducido modelos laborales no contractuales destruyendo no solo los resquicios de comunismo que las luchas obreras habían logrado sino amenazando también la creación de los nuevos comunes.

También en el Norte, los ingresos reales y las tasas de empleo han caído, el acceso a la tierra y a los espacios urbanos ha disminuido, y el empobrecimiento e incluso el hambre se han extendido. Treinta y siete millones de personas en Estados Unidos pasan hambre, mientras que el 50 % de la población norteamericana, según un estudio de 2011 pertenece al segmento de población de «bajos ingresos». Añadamos a esto que la introducción de la tecnología, supuestamente diseñada para ahorrar tiempo, lejos de reducir la duración de la jornada laboral la ha extendido hasta el punto de que en algunos países como Japón se han vuelto a ver personas muriendo por exceso de trabajo, mientras que el tiempo de ocio y la jubilación se han convertido en un lujo. El pluriempleo es, hoy en día, una actividad necesaria para muchos trabajadores en Estados Unidos, mientras que personas de sesenta a setenta años, viendo que les han retirado las pensiones, están regresando al mercado de trabajo. Aún más significativo es el hecho de que estemos siendo testigos del desarrollo de una fuerza de trabajo vagabunda, itinerante, compelida al nomadismo, siempre en movimiento, en camiones, tráileres, autobuses, buscando trabajo allá donde aparezca una oportunidad, un destino que antes se reservaba en Estados Unidos solo a los temporeros que recogían las cosechas de los cultivos industriales, cruzando el país como pájaros migratorios.

Junto con el empobrecimiento, el desempleo, las horas extras, el número de personas sin hogar y la deuda, se ha producido un incremento de la criminalización de la clase trabajadora, mediante una política de encarcelamiento masivo de la clase obrera que recuerda al Gran Encierro del siglo XVII, (8) y la formación de un proletariado ex-lege, constituido por inmigrantes indocumentados, estudiantes que no pueden pagar sus créditos, productores o vendedores de mercancías ilícitas, trabajadoras del sexo. Es una multitud de proletarios, que existen y trabajan en las sombras, que nos recuerda que la producción de poblaciones sin derechos ―esclavos, sirvientes sin contrato, peones, convictos, sans papiers― permanece como una necesidad estructural de la acumulación capitalista.

Especialmente crudo ha sido el ataque producido sobre la juventud, particularmente sobre la de la clase trabajadora negra, potenciales herederos del Black Power, a los que nada les ha sido concedido, ni siquiera la posibilidad de un empleo seguro o del acceso a la educación. Sin embargo también para muchos jóvenes de clase media su futuro está en duda. La educación se consigue a un alto precio, provoca endeudamiento y la probable imposibilidad de devolución de los créditos estudiantiles. La competición por el empleo es dura, y las relaciones sociales son cada vez más estériles ya que la inestabilidad impide la construcción comunitaria. No sorprende pues que, entre las consecuencias sociales de la reestructuración de la reproducción, haya habido un incremento del número de suicidios juveniles, así como un repunte de la violencia contra las mujeres y los niños, incluyendo el infanticidio. Es imposible, entonces, compartir el optimismo de aquellos que, como Negri y Hardt, han argumentado en los últimos años que las nuevas formas de producción creadas por la reestructuración global de la economía ya proveen la posibilidad de formas más autónomas y más cooperativas de trabajo.

Aun así, el asalto a nuestra reproducción no ha pasado incontestada. La resistencia ha adoptado diferentes formas y muchas de ellas se han mantenido en la sombra hasta que se han convertido en fenómenos de masas. La financiarización de todos y cada uno de los aspectos de la vida cotidiana mediante el uso de las tarjetas de crédito, préstamos, endeudamiento, especialmente en Estados Unidos, debe plantearse desde este punto de vista como una respuesta al declive de los salarios y a un rechazo a la austeridad impuesta por ello, más que simplemente un producto de la manipulación financiera. En todo el mundo, está creciendo un movimiento de movimientos, desde los años noventa; este ha desafiado todas y cada una de las facetas de la globalización ―mediante manifestaciones masivas, ocupaciones de tierras, construcción de economías solidarias y de otros métodos de desarrollo de los comunes. Más importante todavía, la reciente expansión de levantamientos masivos prolongados y movimientos en la estela «Occupy», que a lo largo del último año han barrido gran parte del mundo, desde Túnez y Egipto, pasando por la mayor parte de Oriente Medio, hasta España y Estados Unidos, ha abierto una brecha que permite entrever que la idea de una gran transformación social parece posible de nuevo. Tras años de aparente aceptación de la situación actual, en los que nada parecía capaz de parar los efectos destructores de un orden capitalista en declive, la Primavera Árabe y la expansión de acampadas a lo largo de Estados Unidos, uniéndose a los muchos asentamientos ya formados por la creciente población de sin techo, muestra que los de abajo se están movilizando de nuevo, y que una nueva generación se dirige a las plazas decidida a reclamar su futuro, eligiendo formas de rebelión que pueden potencialmente tender puentes entre las principales brechas sociales.



(Fragmento tomado del Libro Revolución en punto cero - Desde Pág. 166 hasta Pág. 173) El título del artículo no es el original. Fragmento titulado originalmente como Nombrar lo intolerable: la acumulación primitiva y la reestructuración de la reproducción. Para acceder al libro completo clic aquí (N&A) 

***

1- Sistema de organización fabril que reduce al mínimo los costes de gestión y almacenamiento al producir únicamente la cantidad exacta de mercancías demandadas en un momento preciso. [N. de la T.].

2- Karl Marx, Grundrisse, citado por David McLellan en Karl Marx: Selected Writings, Oxford, Oxford University Press, 1977, pp. 363-364 [ed. cast.: Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse), Siglo XXI, México, 2007]. 

3- La USAID es la agencia estadounidense encargada de distribuir la mayor parte de la ayuda exterior de carácter no-militar. En principio independiente, ha sido objeto de duras críticas y acusada de colaboración con la CIA o de ayudar en diversos escenarios a la desestabilización de gobiernos no alineados con las políticas de EEUU. [N. de la T.]

4- Sam Moyo y Paris Yeros (eds.), Reclaiming the Land: The Resurgence of Rural Movement in Africa, Asia and Latin America, Londres, Zed Books, 2005, p. 1.

5- Silvia Federici, «Witch-Hunting. Globalization and Feminist Solidarity in Africa Today», Journal of International Women’s Studies, Special Issue: Women’s Gender Activism in Africa, octubre de 2008.

6- Los cazadores de genes son los modernos piratas de la genética, que recolectan el acervo genético de los pueblos indígenas para descubrir variaciones particulares, negocio de gran potencial para las transnacionales farmacéuticas. [N. de la T.]

7- Yann Moulier Boutang, De l’esclavage au salariat. Èconomie historique du salariat bride, París, Presse Universitaire de France, 1998 [ed. cast.: De la esclavitud al trabajo asalariado: economía histórica del trabajo asalariado, Madrid, Akal, 2006]; Dimitris Papadopoulos, Niam Shephenson y Vassilis Tsianos, Escape Routes Control and Subversion in the 21th Century, Londres, Pluto Press, 2008.


8- Desde finales del siglo XVI y a lo largo del XVII se extendieron por Europa los llamados hospitales generales o casas de trabajo [workhouses], donde eran confinadas forzosamente todas aquellas personas que no eran consideradas productivas (vagabundos, mendigos y pobres en general). Por un lado, el trabajo obligatorio que desempeñaban fue aprovechado en este capitalismo emergente. Por el otro, debido al miedo al encierro en estos centros, las formas de vida que permitían subsistir al margen del trabajo asalariado fueron desapareciendo, lo que allanó el camino a la extensión de la disciplina laboral capitalista necesaria para que se asentara este tipo de trabajo. [N. de la T.] 



jueves, 23 de octubre de 2014

Algunos apuntes en torno al Patriarcado y el Capitalismo

Según Coral Herrera, el patriarcado es “una forma de organización política, económica, religiosa y social basada en la autoridad y el liderazgo de unos pocos varones sobre el resto”. (1) 

En palabras de Marta Fontenla, “el patriarcado en su sentido literal significa gobierno de los padres. Históricamente el término ha sido utilizado para designar un tipo de organización social en el que la autoridad la ejerce el varón jefe de familia, dueño del patrimonio, del que formaban parte los hijos, la esposa, los esclavos y los bienes”. (2) 

Para el grupo anarquista Albatros, el patriarcado “es anterior al capitalismo y al propio principio del Estado”, y ha sobrevivido “a todo tipo de cambios de estructura social y revoluciones. Desde la Atenas clásica de Pericles, pasando por el feudalismo, el antiguo régimen, hasta el capitalismo, de Estado o no, o cualquier tipo de régimen totalitario, han funcionado dentro del sistema patriarcal”. Siguiendo con el grupo Albatros, “el principio fundamental del sistema patriarcal es la desigualdad, la superioridad básica del hombre sobre la mujer." Es por ello que "las mujeres como primeras sufridoras de este sistema patriarcal son también las que inician la lucha contra la sociedad machista, organizándose y denunciando la situación de sometimiento que viven.” (3) 

A las relaciones de dominación y discriminación propias de la sociedad patriarcal y el machismo, también se les suele identificar con el nombre de ‘sexismo’. Entonces podríamos decir que en la actual sociedad patriarcal reinan - además de otras relaciones de dominación como el capitalismo y el racismo- las relaciones sexistas.

Para Deirdre Hogan, “el final del sexismo (…) no llevará necesariamente al final del capitalismo. De la misma manera, el sexismo puede continuar incluso después del capitalismo habiendo sido abolida la sociedad de clases. El sexismo es posiblemente la forma de opresión más temprana que existió, no sólo precede al capitalismo; sino que hay evidencia que el sexismo también precedió a formas más tempranas de la sociedad de clases. (...) Bajo el capitalismo la opresión de las mujeres tiene sus caracteres propios y particulares donde el sistema ha tomado ventaja de la histórica opresión de la mujer para maximizar sus ganancias.” (4) 

Aunque para Deirdre Hogan el sexismo y el capitalismo son dos formas distintas de dominación, a la vez considera que “hay aspectos del capitalismo que hacen muy poco probable la total igualdad económica de mujeres y hombres en el capitalismo. Esto es porque el capitalismo se basa en la necesidad de maximizar sus ganancias en un sistema tal que las mujeres estén en una desventaja natural.

En la sociedad capitalista,- continuando con Deirdre Hogan- la habilidad de dar a luz es un defecto. El rol biológico de la mujer implica que (si tienen hijos) tendrán que tomarse al menos alguna licencia con goce de sueldo en su trabajo. Su rol biológico también las hace en última instancia responsable por cualquier chico que traigan al mundo. En consecuencia, la licencia paga por maternidad, permiso para uno de los padres, licencia de padres, licencia para encargarse de hijos enfermos, guarderías gratuitas y servicios para la atención infantil, etc., serán siempre especialmente relevantes a las mujeres. Por esta razón las mujeres son económicamente más vulnerables que los hombres en el capitalismo: ataques a las conquistas como guarderías, permisos a un padre, etc. afectarán siempre desproporcionadamente más a la mujer que al hombre. Y sin embargo sin plena igualdad económica es difícil verle un fin a las desiguales relaciones de poder entre mujeres y hombres y la ideología asociada al sexismo. Entonces, aunque podemos decir que el capitalismo podría acomodarse a la igualdad del hombre y la mujer, la realidad es que la realización total de esta igualdad será muy poco probablemente lograda en el capitalismo. Esto es simplemente porque hay una penalización económica relacionada a la biología de la mujer, que hace que la sociedad capitalista, movida por la ganancia, sea inherentemente parcial contra la mujer”. (5) 

Para la feminista libertaria de origen italiano Silvia Federici “con el advenimiento del capitalismo comenzamos a ver un control mucho más estricto por parte del Estado sobre el cuerpo de las mujeres, llevado a cabo no solo a través de la caza de brujas, sino también a través de la introducción de nuevas formas de vigilancia del embarazo y la maternidad, y la institución de la pena capital contra el infanticidio (cuando el bebé nacía muerto, o moría durante el parto, se culpaba y ajusticiaba a la madre). En mi trabajo (Se refiere al Libro Calibán y la Bruja) sostengo que estas nuevas políticas, y en general la destrucción del control que las mujeres en la Edad Media habían ejercido sobre la reproducción, se asocian con la nueva concepción que el capitalismo ha promovido del trabajo. Cuando el trabajo se convierte en la principal fuente de riqueza, el control sobre los cuerpos de las mujeres adquiere un nuevo significado; estos mismos cuerpos son entonces vistos como máquinas para la producción de fuerza de trabajo. Creo que este tipo de política es todavía muy importante hoy en día porque el trabajo, la fuerza de trabajo, sigue siendo crucial para la acumulación de capital. Esto no quiere decir que en todo el mundo los patrones quieran tener más trabajadores, pero sin duda quieren controlar la producción de la fuerza de trabajo: quieren decidir cuántos trabajadores están produciendo y en qué condiciones.” (6) 

En otra entrevista Silvia Federici sostiene que “en cualquier parte del mundo, antes del advenimiento del capitalismo, las mujeres desempeñaban un papel principal en la producción agrícola. Disponían de acceso a la tierra, del uso de sus recursos y del control sobre los cultivos, todo lo cual garantizaba su autonomía e independencia económica de los hombres. En África, disponían de sus propios sistemas de labranza y cultivo, que eran fuente de una cultura femenina específica, y estaban a cargo de la selección de semillas, una operación crucial para la prosperidad de la comunidad y cuyo conocimiento se transmitía de una generación a otra. Otro tanto podía decirse del papel de las mujeres en Asia y las Américas. En Europa asimismo, hasta la época tardomedieval, la mujeres disfrutaban del derecho de uso de la tierra y de utilización de los "comunes"—bosques, lagunas, pastizales—, que constituían una importante fuente de sustento. Además de las labores agrícolas junto a los hombres, disponían de huertos en los que cultivaban verduras, así como hierbas medicinales y plantas. 

Tanto en Europa como en las regiones colonizadas por los europeos, la acumulación primitiva y el desarrollo capitalista cambiaron la situación. Con la privatización de la tierra y la expansión de las relaciones monetarias, se desarrolló una mayor división del trabajo en la agricultura, que separó la producción de alimentos con fines lucrativos de la producción de alimentos para el consumo directo, devaluó el trabajo reproductivo, empezando por la agricultura de subsistencia, y designaba a los hombres productores agrícolas principales, mientras las mujeres quedaban relegadas al rango de "ayudantes", peones agrícolas o trabajadoras domésticas. En el África colonial, por ejemplo, los funcionarios británicos y franceses optaban sistemáticamente por hombres en las asignaciones de tierra, equipamiento y formación, y la mecanización de la agricultura constituía la ocasión para marginar aún más las actividades agrícolas de las mujeres. También trastocaban la agricultura femenina forzando a las mujeres a ayudar a sus maridos en las labores de cultivos comerciales, alterando así las relaciones de poder entre hombres y mujeres e instigando nuevos conflictos entre ellos. A día de hoy, el sistema colonial por el que los títulos de propiedad de la tierra se otorgan sólo a los hombres, sigue siendo la regla de las 'agencias de desarrollo', y no sólo en África." (7) 

Continuará


 (1) ¿Qué es el patriarcado? Por Coral Herrera Gomez, artículo publicado en Metiendo Ruido 

 (2) ¿Qué es el Patriarcado? Texto de Marta Fontenla http://www.mujeresenred.net/spip.php?article1396
  
 (3)El patriarcado, el anarquismo y Manolo - Grupo Albatros. Texto publicado en Portaloaca 

 (4) Feminismo, clase y anarquismo - Deirdre Hogan. Texto publicado en Biblioteca Anarquista

(5) Ibíd. 

(6) Entrevista publicada en Metiendo Ruido 

(7) Entrevista publicada en SinPermiso

 

jueves, 14 de febrero de 2013

¿Qué es el patriarcado?

Las definiciones acerca del patriarcado son innumerables; pero básicamente es una forma de organización política, económica, religiosa y social basada en la autoridad y el liderazgo de unos pocos varones sobre el resto. En este sistema, según Dolors Reguant, se da el predominio de los hombres sobre la naturaleza, del marido sobre la esposa, del padre sobre la madre y los hijos, y de la línea descendente paterna sobre la materna. 



Desde la Antropología Cultural pensamos en los patriarcados, en plural, porque son construcciones simbólicas y políticas que varían cultural e históricamente. Además de variar según las zonas geopolíticas y las épocas, el patriarcado es un sistema social que ha oprimido a los hombres también, porque se los ha educado tradicionalmente para ser personas dependientes de las mujeres, para mutilar sus emociones o al menos aprender a no exteriorizarlas, porque se les ha obligado en muchas ocasiones a matar y morir por intereses ajenos sólo por pertenecer al género masculino, porque ha discriminado a todos aquellos hombres que no cumplían con los roles y estereotipos del macho viril, violento y poderoso. 
 
Para Pierre Bourdieu (1998), las estructuras de dominación patriarcal son el producto histórico de un trabajo continuado de reproducción al que contribuyen “unos agentes singulares (entre los que están los hombres, con unas armas como la violencia física y la violencia simbólica) y unas instituciones: familia, Iglesia, Escuela, Estado”.



La ideología patriarcal se adapta, según Kate Millet, a todos los sistemas políticos y económicos: al feudalismo, al absolutismo, al comunismo, al capitalismo, a las democracias… pero aunque es compartida por muchas culturas humanas, existen sociedades igualitarias donde no se da la división del grupo en dos por razones de género. Es precisamente la existencia de este puñado de culturas no patriarcales lo que nos muestra que la subordinación de la mujer al hombre no es natural ni tampoco constituye un imperativo (bio)lógico.



De este intento por dividir el mundo en dos esferas de realidad para rechazar la mitad incomprensible, oscura y cruel, es probable que derive el trauma occidental, y el dolor existencial de la modernidad. Nuestro mundo divide un proceso natural (construcción/destrucción, vida/muerte, pasado/futuro, orden/caos, masculino/femenino) en dos grupos opuestos entre sí, al contrario que la cultura y las religiones orientales, que siempre consideraron las dos caras de la moneda como un proceso integral, holístico. Oriente no lucha contra sí mismo y acepta la dualidad del mundo en un todo. 



Nosotros hemos perdido el todo, tenemos una enorme escisión entre razón y emociones bastante absurda (porque ahora hemos descubierto que las decisiones y los sentimientos se crean en la misma parte del cerebro y su proceso está indisolublemente unido), y nos sentimos mitades relacionándose torpemente entre sí. De alguna manera, la pérdida del sentido, el fin de las certidumbres, las contradicciones de nuestra época actual generan aún más miedo y más necesidad de generar identidades fuertes contraponiéndolas a otras más débiles.



Creo que el patriarcado se funda en un miedo ancestral hacia lo desconocido, que ha querido ser apartado, rechazado, sometido. Es una especie de reflejo de la impotencia y el sentimiento de inferioridad masculino con respecto al poder femenino, de ahí todo el sadismo ejercido sobre la feminidad. 



Moore y Gillette (1993) creen que el patriarcado es la expresión de la masculinidad inmadura e insegura, porque la verdadera masculinidad no es prepotente. “Nosotros vemos el patriarcado como un ataque a la masculinidad plena, así como a la feminidad plena. Aquellos que se encuentran atrapados en las estructuras y en la dinámica del patriarcado buscan dominar no sólo a las mujeres sino también a los demás hombres. El patriarcado se basa en el temor, en el miedo que sienten los hombres ante las mujeres, el miedo del adolescente y el del varón inmaduro a las mujeres y a los hombres de verdad”.



La parte luminosa de la cultura occidental no asimila lo otro o la muerte como parte de una misma realidad, de ahí quizás ese miedo profundo a lo que no quiere ser asimilado, a todo lo incognoscible o lo incomprensible. De ahí la traumática separación del varón adulto de su madre y del mundo de las mujeres; esta salida brusca del útero-paraíso le lleva a pasarse toda la vida definiéndose en contra de ellas, tratando de alejarse de la dimensión femenina de la vida para que su poder no lo devore. Anhela tanto como huye de la regresión al vientre materno, lugar donde estamos seguros y con las necesidades siempre satisfechas.



Si aplicamos esta teoría al mundo en guerra que habitamos, es fácil entender que la batalla de sexos tiene su correlato en la guerra que el hombre blanco mantiene contra otros “otros” (los otros musulmanes, los otros negros, los otros comunistas…) Otros hombres que hablan otras lenguas, adoran a otros dioses, tienen otras costumbres y otras leyes que no son las occidentales. Otros seres humanos a los que hay que convencer de que nuestro sistema político y económico es el racional, el normal, el más conveniente.



En ese acto de convencer se libran las luchas por el poder; no sólo en el ámbito político y social, sino también en el cultural. Por eso, aunque las leyes cambien a favor de la igualdad entre mujeres y hombres, el patriarcado, ese miedo ancestral a lo diferente, sigue habitando no solo en el interior de los dominadores, sino también de las dominadas, y es el campo en el que se libra la última batalla del feminismo occidental. La lucha, creo, consiste en lograr que la diferencia no sea un factor de discriminación, en vencer el miedo a través de la cultura, en construir un mundo más justo e igualitario, sin diferencias de género, clase social, color de la piel.... Creo que es importante, en este sentido, trabajar por derribar las jerarquías, por construir relaciones igualitarias y ofrecer modelos de mujeres diversos, alejados del binomio buenas/malas. 


Mujeres y hombres tenemos que trabajar codo con codo para crear nuevas representaciones simbólicas que dejen de mostrar a la mujer haciendo su vida en torno a un hombre y sosteniendo un rol pasivo o sumiso, como es el caso de la Virgen María. Sólo alejándonos de los estereotipos femeninos creados por el patriarcado y empoderando a las mujeres lograremos el fin de la dominación masculina dentro y fuera de nuestros cuerpos y mentes. 

Para ello creo que es importante visibilizar la lucha feminista de los hombres igualitarios, hoy más que nunca. Creo que, progresivamente, los hombres van aprendiendo a compartir el poder de manera igualitaria, y que cada vez tienen menos miedo a verse empequeñecidos o acorralados por la toma de poder femenino. Aunque este empoderamiento está generando muchas resistencias por parte de hombres y mujeres machistas, creo que esta lucha por la igualdad es imparable. Lenta, pero siempre uniendo energías, creando espacios, celebrando, como esta semana, el día de las mujeres y su batalla por la igualdad. 
 Coral Herrera Gómez
Texto extraído de El Rincón De Haika 

domingo, 10 de febrero de 2013

Urbanización y destrucción - Miguel Amorós

El siguiente texto fue escrito en pleno auge de la burbuja inmobiliaria en el Estado español, por lo mismo, ciertas descripciones relacionadas con el empleo presentan hoy, año 2013, otras características consecuencia de la 'crisis' del capitalismo que afecta con especial virulencia a dicha región, aun así, la crítica de Miguel Amorós sigue  vigente en lo medular, y doblemente interesante para comprender  el desarrollo urbano de Santiago de Chile, 'nuestra querida capital' y las falacias de la izquierda institucional y de la clase dominante en general.

Antes que nada quiero hacer un inciso respecto a la expresión “urbanismo sostenible”, que los políticos de la “izquierda” han sustraído del lenguaje ecologista para calificar así un crecimiento urbano menos destructivo a corto plazo y más rentable a largo. El término se aplicaba al funcionamiento de un sistema en circuito cerrado, generando su propia energía y eliminando sus propios residuos, hechos incompatibles con la expansión inherente al capitalismo, basada en la especialización de las actividades y la deslocalización productiva. Los proyectos alternativos de esa “izquierda” pintada de verde, ni pretenden limitar el frenesí de la economía, ni cuestionan el sistema capitalista y su sagrada idea de progreso. Además, resulta más que evidente el hecho de que no existe un modelo capitalista que se sostenga. Hablar de sostenibilidad bajo estas condiciones es una estupidez, o peor, un engaño, ya que no existe un capitalismo “limpio”, capaz de comerse sus marrones.

Hay un construir que es muchísimo más vandálico que un destruir. Esa es la impresión inevitable que cualquiera puede sacar, por ejemplo, de un paseo por la costa mediterránea, especialmente la valenciana. Por doquier contemplaremos grúas, edificios y autovías, tras los que adivinamos la obra de innumerables alcaldes, banqueros y constructores, invadiendo el territorio, destrozando el paisaje, malbaratando recursos, acumulando basuras, contaminando el ambiente, poniendo en peligro la seguridad y la salud de los habitantes, arruinando los lugares uno tras otro en una loca carrera por la urbanización total. Desde luego, las fuerzas constructivas son fuerzas destructivas. La oposición campo-ciudad ha sido superada con la abolición completa de uno de los términos: las hortalizas se han cambiado por ladrillos. Decir que el hormigón y el asfalto son el rasgo característico de la nueva civilización es poco: son lisa y llanamente la nueva civilización. Eso, yendo a la raíz de la cuestión, significa que la vida de todos se halla en manos de tecnócratas y promotores, oscilando entre automóviles e inmobiliarias. ¿Cómo hemos ido a parar aquí?

Indudablemente, la expansión urbana descontrolada arranca de la fase desarrollista ligada al proceso industrializador tutelado por el franquismo. Esa fase termina con fenómenos aparentemente contradictorios como el derrumbe industrial, el “boom” de las segundas residencias y los pelotazos financieros, lo que revela la recaída de la crisis económica sobre los trabajadores sin afectar apenas a las clases medias y menos aún a la burguesía. Eso explica en parte que las luchas de resistencia a la crisis de los años ochenta fueran contenidas y canalizadas sin alterar la estabilidad del sistema, y que el movimiento obrero, con la dirección secuestrada por una burocracia sindical y política institucionalizada, compuesta por enemigos de clase, se disolviera sin pena ni gloria. Los nuevos dirigentes políticos, en cuyas manos recaía la regulación del crecimiento urbano, se dieron cuenta de las grandes posibilidades económicas de la urbanización, y lejos de impedir su progreso, se dedicaron a fomentarlo con toda la mejor voluntad. La financiación espuria de los partidos o las fortunas personales de los intermediarios fueron sólo el principio. Políticos y empresarios eran conscientes de que la ciudad era una máquina de acumulación de capital y poder, y que la función del urbanismo no era otra que la de engrasarla. La fórmula consistía en una colaboración más profunda entre los ayuntamientos y los empresarios, aplicada por primera vez en las remodelaciones de los años cincuenta de ciudades como Pittsburgh, Filadelfia o Boston. Una elite compuesta por una coalición de políticos tecnocráticos, promotores y constructores se adueñó de las ciudades, tomando el relevo de la elite anterior, y, gracias a una sabia combinación de dinero público y privado, las convirtió en herramientas para ganar dinero a espuertas. La ciudad, a los ojos de los ediles democráticos y las Cámaras de Comercio, no era sino un inmenso mercado de suelo edificable.

El modelo valenciano que desde 1994 conforma una Ley Reguladora de la Actividad Urbanística es particularmente ilustrativo de la simbiosis entre política y empresa. Este sistema supera en audacia al modelo mixto barcelonés, pues mediante la figura del “agente urbanizador”, es decir, del promotor, el ayuntamiento, previo trámite, cede el proceso urbanizador a la iniciativa privada. Y de esta manera, o sea, colocando por ley al urbanismo en manos de los empresarios, se suprimen olímpicamente las ingerencias empresariales en las políticas urbanísticas locales. Lo público puede se gestionado por lo privado, o lo que es lo mismo, no queda nada que sea realmente público.

El paso de una economía nacional estructurada a través de un sistema bancario cerrado a una economía globalizada encontró un marco ideal: una nueva clase dirigente muy receptiva a las directrices del mercado mundial y una casi nula conflictividad social. Se iniciaron entonces mediante leyes apropiadas, los procesos que acompañaban a la mundialización: colonización tecnológica de cualquier tipo de actividades, precarización del mercado laboral, planificación urbana expansiva, especulación inmobiliaria, deslocalización de industrias, industrialización de la agricultura, construcción de grandes infraestructuras de transporte, motorización general de la población, constitución de un mercado internacional del agua y de la energía, etc. Las ciudades en poder de los nuevos dirigentes se terciarizan y se convierten en centros de ocio y consumo, suministradoras de servicios. Las grandes tratan de situarse en las redes de poder internacionales y las pequeñas intentan convertirse en sus satélites. Por su parte, los servicios generan multitud de trabajos malpagados y efímeros, con lo que la joven población trabajadora es obligada a vivir en zonas alejadas, donde los alquileres o los precios de los pisos son más asequibles. El centro se vacía y museifica, llenándose de áreas comerciales, oficinas y hoteles. La ciudad se orienta hacia el turismo y los negocios (Valencia tuvo cerca del millón de visitantes en 2001), mientras que la periferia se rellena y se expande, vertical y horizontalmente. A pesar de la apertura de nuevas líneas públicas de transporte, el vehículo privado es la principal conexión. La urbanización avanza como una mancha de aceite consumiendo territorio. Todos los estilos de vida ligados a una ocupación no capitalista del territorio desaparecen o están a punto de desaparecer.

Asistimos a una reordenación del territorio a través de corredores o ejes que unen las áreas metropolitanas, donde se concentra la actividad financiera internacional y se ubican los tecnopolos. Nuevas regiones son definidas en base al potencial económico de sus metrópolis y la abundancia de infraestructuras y servicios, como por ejemplo, la Eurorregión del Arco Mediterráneo, que abarca Aragón, el País Valencià, Cataluña, las Baleares y el sur de Francia. Las nuevas batallas políticas tienen como trasfondo los vuelos transoceánicos, las ampliaciones de puertos o el TAV, más que las diferencias aducidas entre “modelos de gestión”. Se trata pues, de una zonificación de nuevo tipo, de una división del trabajo a nivel mundial, facilitada por las telecomunicaciones y las grandes autopistas. Dentro del mercado global, potentes áreas económicas intentan constituirse y adquirir una posición privilegiada, bien sea como mercado de servicios financieros, o bien como cantera de mano de obra dócil y numerosa. Unas —las que acaban de llegar— siguen basando su poder en el producto industrial, mientras que las pujantes lo hacen en los procesos (transacciones financieras, promoción publicitaria, venta por teléfono, asesoría, márketing, elaboración de proyectos, diseño, etc.). La urbanización total del territorio, o lo que es lo mismo, su destrucción planificada, es la consecuencia más directa de la nueva etapa capitalista. El modo de vida urbano, sin raíces, consumista y depredador, es ya el único posible.

Desde los años sesenta, momento en que aparecieron el negocio turístico y la demanda de segundas residencias anulando el comercio y las industrias locales, el desplazamiento de la población a la costa ha experimentado una fuerte aceleración. En 2001 el 60% de la población vivía en el litoral, que suponía sólo el 30% del territorio del Estado. Este fenómeno de relocalización poblacional lleva el nombre de “litoralización”. Como consecuencia, los municipios costeros se han colmatado, creándose un continuum urbano a lo largo de la costa que ahora crece hacia el interior, arrasando los espacios naturales de la segunda línea como antes hiciera con los de la primera. En los últimos diez años, el suelo urbanizado ha crecido un 60% en el País Valencià (un 77% en la provincia de Alicante), aunque no en todas partes por igual: la mitad del crecimiento corresponde a 30 de los 542 municipios valencianos (los costeros). La sobreexplotación de la franja marítima ha agotado el espacio y ha producido por todas partes un paisaje banal y monocorde, al que los proyectos de “calidad” no hacen sino añadir una sobrecarga de vulgaridad en forma de campos de golf, puertos deportivos y complejos residenciales de “lujo” estándar. Además, la costa mediterránea y las islas no sólo son un lugar de ocio veraniego, sino que se han convertido en la segunda residencia de muchos europeos, generándose una fuerte demanda de casas para extranjeros y doblándose las inversiones de fuera en el sector inmobiliario (de 3000 a 6040 millones de euros entre 1999 y 2002). 

El fenómeno, sin embargo, no basta para explicar por si sólo la enorme actividad constructora de los últimos diez años. El precio del metro cuadrado se duplicó entre 1997 y 2001. Resulta que comprar vivienda se ha vuelto una forma de inversión más rentable que la Bolsa y una salida segura al dinero negro, con lo que muchas casas se compran no para habitar, sino para especular y “lavar”. Los bancos hacen su agosto: el mercado español de renta fija es el segundo de Europa en cédulas hipotecarias y bonos de titulación, activos que los bancos utilizan para financiar la compra de pisos. Además esos activos representan el 56% de todas las emisiones lanzadas en España. La vivienda es espacio privado y el espacio, una forma de capital. Entre 1971 y 2001 el número de pisos en España ha doblado, llegando a los 21 millones. Cada año se construyen más de medio millón, y en el 2003 fueron más de 650.000, lo que equivale a la construcción de Alemania y Francia para el mismo año. No obstante, aparte de los especuladores, solamente los compran las familias con capacidad de endeudamiento, es decir, las clases medias. La oferta de vivienda protegida es prácticamente nula y el precio ha crecido 35 veces más que el salario neto entre 1995 y 2003. Así pues, el 58% de las personas entre 25 y 30 años, y el 25% de las personas entre 30 y 34 años, todavía no se han emancipado y viven en casa de sus padres, mientras que en España hay tres millones de viviendas vacías (solamente en la isla de Mallorca hay 90.000; en el País Valencià el 20% de las viviendas están desocupadas).

La urbanización galopante representa el otro lado de la desaparición del mundo rural, integrado en la naturaleza y viviendo de la comercialización de sus excedentes. La masa forestal de los bosques —que ya no se trabajan— se ha compactado, multiplicando el peligro de incendios, los acuíferos se han salinizado o agotado por sobreexplotación, los pantanos han secado los ríos, los hábitats litorales y las montañas han sido destruidas por carreteras y urbanizaciones, y con ellas los caminos, las acequias, las balsas, los marjales y las fuentes. El paisaje está salpicado de grúas y líneas eléctricas. Ya no quedan actividades tradicionales ligadas a formas de vida no urbana, pero en cambio, abundan los vertederos y los automóviles. Hoy la agricultura es un subsector de la industria agroalimentaria, no dependiendo para nada de los usos del suelo ni de la gente del lugar; la producción agrícola sólo depende de la maquinaria y de los abonos, siendo, como cualquier producción industrial, gran consumidora de agua y energía y gran engendradora de residuos contaminantes. La actividad agraria se concentra en lugares concretos, para la explotación a gran escala, abandonándose la mayoría del territorio rural al turismo y a la segunda residencia. Un ejemplo; en los últimos 13 años la superficie dedicada a hortalizas ha disminuido el 60% en el País Valencià, pero no por ello los pueblos rurales han perdido población, sino que sus habitantes son más numerosos; sólo que ahora se dedican a la construcción y al equipamiento. El precio de la naranja lleva años estabilizado, sucumbiendo los labradores a las tentadoras ofertas de los compradores de terrenos, vueltos de la noche a la mañana urbanizables por los promotores y los concejales. A veces, como ocurre en la ciudad de Alicante, el alcalde es también un promotor. Las coronas agrícolas de las ciudades hace tiempo que sucumbieron y a cada paso conspiran las hormigoneras, creándose esa clase de riqueza que engrasa la cuenta de unos centenares de miserables y degrada la vida de cuantos se ven forzados a disfrutarla.

Si recordamos que el litoral valenciano ha sido siempre deficitario en agua, concluiremos que el agua es un serio obstáculo para el crecimiento urbano costero. Los intereses turísticos e inmobiliarios necesitan agua con que regar los campos de golf y las zonas ajardinadas de las urbanizaciones, agua para llenar las piscinas y las cisternas, agua corriente para los miles de pisos que se construyen. No hay especulación urbanística sin agua, por eso el Plan Hidrológico Nacional, sea el de los trasvases o el de las desaladoras, es vital para el desarrollo ilimitado de la construcción. La solución más acorde con los tiempos es la de la constitución de un mercado del agua. El agua es un bien escaso y por eso tiene todo lo necesario para ser una mercancía. La alternativa al mercado del agua no puede ser una “nueva cultura del agua” porque el aprovechamiento racional del agua es incompatible con la urbanización ilimitada del territorio. Se nos dirá que la nueva cultura del agua ha de ir acompañada de una “nueva política del suelo” o de una “cultura pública del suelo”, o incluso de la “regulación del sector de la construcción” (como propone con cierta timidez la Assemblea d’Okupes de Barcelona), etc. La retórica de la nueva cultura vale para todo: lo mismo se aplicará a la energía como al transporte, igual a las basuras que al ocio. Eso no es más que un eslógan para reivindicar una mayor presencia de las plataformas ciudadanas o las asociaciones de vecinos en la administración y un mayor control estatal y autonómico de los procesos urbanizadores. Pura cháchara ciudadanista empleada para enmascarar las verdaderas soluciones. El fallo de toda esa política consiste en no reconocer que la urbanización destructiva es la forma lógica con que el capital modela el planeta. La sociedad urbanizada es la sociedad capitalista moderna y no puede haber otra. Si se quiere liberar el territorio, sus habitantes habrán de librarlo del capitalismo. Cualquier política que respete al capital, que admita el mercado, se encamina hacia la gestión más o menos pausada de la destrucción territorial, no a ponerle fin.

La resistencia a la degradación urbanizadora ha de levantar miras y apuntar lejos. No solo ha de elaborar estrategias que paralicen el mercado, sino que ha de alumbrar modos de vida opuestos al modelo urbano. Se ha de fomentar la descentralización, el autoabastecimiento, la autonomía y, por encima de todo, el ágora, la asamblea. Medidas como por ejemplo, las ocupaciones, los huertos urbanos, los mercadillos de trueque, la vuelta al campo, etc., están bien para empezar, en tanto que expulsan al capital de espacios usurpados y actividades colonizadas; mejores son la municipalización, es decir, la propiedad pública del territorio gestionado en asamblea o la supresión del transporte privado, aunque a nadie escapan las enormes dificultades que tendrá su implantación. Sin embargo, las soluciones “verdes”, “sostenibles” o neoculturales son mucho menos realistas. Por ese camino seguro que no se va a conseguir nada; a lo sumo, un sindicalismo del hábitat practicado por una burocracia ambientalista institucionalizada encargada de administrar el territorio fijando las tasas de degradación permisibles. La libertad no puede fructificar ni en el territorio urbano “sostenibilizado” ni en el paisaje protegido, porque ambos únicamente ofrecen espacio esclavo. Un paliativo, y, al cabo de cierto tiempo, de vuelta al principio. Por otra parte, hablar de equilibrio territorial, o de territorio liberado, no tiene sentido sino bajo la perspectiva de la desurbanización. Quien ha de hablar primero ha de ser la piqueta. El territorio no recuperará su equilibrio ni la humanidad su sensatez hasta que el último capitalista sea enterrado en las ruinas de la última aglomeración urbana. La reapropiación del espacio para un modo de vida libre y comunitario ha de nacer inmersos en una gran operación de desmantelamiento, o no nacerá.


Miguel Amorós

Reelaboración de la conferencia-coloquio del 7 de abril de 2004 en el centro social La Mistelera de Dènia (Alacant).

Texto extraído de ekintza