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sábado, 20 de abril de 2013

Una crítica anarcocomunista al ciudadanismo

Primero hay que aclarar a qué nos referimos con “ciudadanismo”, ya que desde hace una década la teoría revolucionaria y la crítica en general versa sobre esta actualidad. Entendemos como ciudadanismo una ideología configurada esencialmente en estos tiempos democratizados, donde dominan los Estados nacionales capitalistas, de economías liberales, gobernados por partidos tanto de izquierdas como de derechas que tienden a mimetizarse, con una fractura en lo social, donde lo político es asunto exclusivo de la minoría dirigente y donde los demás están subsumidos en un orden civil imperfecto, pero siempre mejorable. El ciudadanismo hay que entenderlo desde lo político; enmarcado en una discusión de la gobernanza por un lado y lo civil por el otro; siempre dentro de un Estado democrático con instituciones y constitución bien establecidas. Donde la ciudadanía toma su papel como una parte pasiva de la sociedad, donde los dirigentes aprueban, aplican y hacen respetar las leyes, con un aparato de violencia legítima, para defender la integridad de los individuos, sus derechos humanos, la propiedad privada, etc.

En este sentido el ciudadanismo es una respuesta a la crisis del capitalismo democrático y liberal, no para combatirlo realmente, sino para suavizarlo y mejorarlo. Es la respuesta a la catástrofe climática, la problemática de los energéticos, la “escases” de alimentos, la debacle financiera, la crisis económica y todas sus consecuencias. Esta respuesta es hecha ya no por elementos “politizados” de la sociedad, sino por aquellos que así mismos se presentan como “apolíticos”, como simples ciudadanos, sin más ni más, que no tienen preferencias de “izquierdas ni derechas”. La ideología ciudadanista es manufactura de unas capas sociales preocupadas por su porvenir en un sistema que al parecer no les otorga mucha seguridad, (con sus altibajos económicos y fracturas en la gobernabilidad de la sociedad), esas capas sociales se encuentran al intermedio entre la burguesía y el proletariado, por lo tanto, nos referimos a lo que los sociólogos gustan llamar como clase media y lo que la teoría crítica revolucionaria designa como pequeño burguesía junto a la “aristocracia del proletariado”. 

Este sector de la sociedad, se da cuenta que en la actualidad y no obstante del Estado democrático, las dificultades de su progreso económico son evidentes, que de un momento a otro podrían perder la poca propiedad que han logrado acumular, que sus pequeños negocios quiebran de un día a otro, que no tienen la certeza de que en sus empleos seguirán recibiendo las jugosas bonificaciones a las que están acostumbrados, etc. Se dan cuenta que el sistema político de sus respectivos países no está resolviendo determinadamente los problemas inmediatos, como la pobreza, la delincuencia, la violencia, la procuración de justicia y otras. Al igual, son conscientes que en la economía liberal están destinados a una sangrienta competencia con las corporaciones capitalistas que siempre serán las grandes vencedoras. Por esto las demandas ciudadanistas versan sobre la intervención en las políticas gubernamentales, la defensa de una “democracia real”, la crítica y desaprobación de malos funcionarios e instituciones, que el ciudadano común tome su parte activa que le corresponde en la gestión de la gobernanza, la eticidad y moralidad del ser ciudadano y todo lo que ello conlleva, etc.


Sobre la ideología ciudadanista 
 
Tras el fracaso de las revoluciones socialistas, el ascenso de la dictadura del capital democratizado y el declive de los beneficios que proveyó a la pequeño-burguesía del siglo pasado el crecimiento económico del capitalismo de bienestar, se ha instaurado en la sociedad una falta de perspectiva sobre el futuro de muchas capas de la sociedad, especialmente de las capas bajas de proletarios que viven al día sin ninguna seguridad sobre su futuro; pero no sólo estos sectores recienten el impacto de las crisis y reestructuraciones de la economía, otra fracción de la sociedad, o sea, la pequeñoburguesía, ven afectados sus intereses al ser sometidos a la inclemencia de las políticas sociales y económicas, viendo minadas sus ilusiones de crecimiento y prosperidad en el actual estado de cosas.

Desde principios de esta década hemos atestiguado como en diversas partes o por diferentes motivos una legión de individuos desesperados, ya sea por la violencia, la falta de oportunidades, las malas administraciones políticas, la polución y otras causas, se manifiestan y convocan a su adhesión a la población en general, como ellos dicen, al pueblo, al conjunto de los ciudadanos. Sus características son que, quienes lideran esos movimientos son gente que nunca la habíamos visto aglutinada salir a las calles, o sea, profesionistas, pequeños comerciantes, demócratas sin partido, pequeños cuadros de la burocracia, obreros cualificados. Además de hacer una serie de peticiones, con su particularidad en la gramática de su discurso descafeinado y pacifista por excelencia: “mejoramiento de la democracia”, “que el gobierno haga bien su trabajo”, “que el sistema capitalista sea más flexible”, “que se reparta mejor la riqueza” y un sinfín de reivindicaciones, con la peculiaridad de retomar un análisis en el marco del derecho civil en detrimento de cualquier análisis de clase. 

De todo esto podemos caracterizarles de esta forma: 
 
En lo político: se muestran preocupados por el sistema democrático, dicen que la democracia no funciona como es debido, por eso es deber del ciudadano reclamar que se tomen las medidas necesarias, como cambiar leyes para que el sistema democrático sea más incluyente, donde los funcionarios e instituciones sean castigados por su mal desempeño, al igual que si es necesario, no se vote en elecciones como muestra de la inconformidad ante el panorama negativo que propagan los políticos que les gobiernan.

En lo económico: para ellos el sistema capitalista es la única forma de pensar la realidad, pero estiman que las corporaciones, los monopolios y la falta de intervención del Estado en la economía, ocasionan desbarajustes tales como las crisis, en ese sentido también buscan una economía más “benigna”, que se reparta mejor la riqueza, que se combata la pobreza, entre otras medidas.

En lo social: ante el panorama de violencia y descomposición de las relaciones en el marco de la sociedad burguesa, apelan por una conciencia ética y moral del “ciudadano bueno” (en oposición al “ciudadano malo”), exigen, así mismo, a las autoridades, que resuelva problemas como la inseguridad, el tráfico de drogas, la pésima educación en las escuelas, como también que el ciudadano común tome las riendas de su vida privada para posibilitar “un mejor futuro”. 


La peste ciudadanista


Últimamente en noticieros y otros mass media hemos visto manifestaciones ciudadanistas, cada vez más frecuentes, comerciales de ligas empresariales por hacer de México un mejor país, coaliciones de empresas mediáticas en reallity sohws donde se premia al mexicano más “emprendedor” y al más “comprometido”, y más basura de ese tipo. También nos ha llegado desde España los Indignados de ¡Democracia Real Ya!, ATTAC y otras; pululan ONG´s de grandes corporaciones y otras financiadas por las mismas, que ayudan a los pobres, a los indígenas, los impedidos, las tortuguitas, al lobo mexicano, etc., etc. Asociaciones Civiles por distintas causas también, como los derechos humanos, las madres solteras, los homosexuales. .. y organizaciones de izquierda y derecha que les siguen la línea a todos los chistes mediáticos, ONG´s y AC´s que se encuentran en el camino.

La plaga del ciudadanismo viene invadiendo desde las protestas de la década pasada contra la globalización, las cumbres alternativas y otras festividades por el estilo, donde siempre imperó las posturas de la socialdemocracia, los demócratas sin partido y los alternativos hippies de toda calaña, donde siempre se intento dividir la protesta, entre los “ciudadanos buenos” por un lado y los “vándalos” que no tienen ni voz ni voto dentro de la protesta pacífica o apaciguada.


Otro ejemplo es la exposición masiva de los ideólogos ciudadanistas por excelencia, que venden a gusto sus best sellers, como los ciudanistas de izquierda Noami Klein, Antonio Negri, Noam Chomsky y otros tantos, al igual, los ciudadanistas de derecha toman posición contra sus congéneres descarriados (dígase Indignados), como lo hizo recientemente Fernando Savater, exponente más recalcitrante del ciudadanismo de derecha (otrora soñador y filósofo de la anarquía).

Lo anterior sólo representa una breve semblanza del ciudadanismo como ideología inmovilizadora de la burguesía, que se expande como el cólera en el terreno de la oferta política del momento, un terreno donde el Capital no deja de tropezar con una cruda realidad que parece no tener solución.

  Extraído de :
Grupo Anarco Comunista
Título original : 

“Ciudadanismo” Ideología ad hoc de la burguesía generalizada.

jueves, 21 de marzo de 2013

La Ciudadanía a través de un bastón de hockey. Una crítica al ciudadanismo desde el anarquismo - Raúl Ortega

El 19 de octubre del año 2011, en medio de una manifestación estudiantil que exigía mejoras en el sistema escolar, una mujer de unos cuarenta años de edad, golpea con un bastón de hockey a varios/as jóvenes encapuchados/as que se enfrentaban con carabineros en las afueras de la Universidad de Chile. El hecho ocurrió al finalizar una multitudinaria marcha que convocó a más de cien mil personas a través de un recorrido autorizado por la Intendencia Metropolitana y que adquirió ribetes carnavalescos durante su desarrollo, gracias a los numerosos grupos de baile, música, carros alegóricos y presentaciones teatrales que adhirieron a la actividad.

Los medios de comunicación masivos no tardaron en hacer un festín de estos incidentes, presentando a la osada mujer como el mejor ejemplo del accionar ciudadano, casi como una heroína, que representando los más nobles valores democráticos, más aún, representaría la molestia de las y los manifestantes pacíficos que ven empañadas sus demandas por actos violentistas que escapan del estado de derecho. Extremando los planteamientos de Max Weber1, la acción social de esta mujer, podría entenderse como una prolongación del accionar del Estado, institución que pretende ostentar el monopolio legítimo del uso de la violencia, pues habría utilizado la fuerza, precisamente en su nombre, intentando garantizar el orden público, intentando con ello, detener y/o castigar al “lumpen”.

La mujer fue rápidamente identificada y localizada, concedió numerosas entrevistas a los diferentes medios de comunicación, aclaró que ella estaba a favor de las reivindicaciones del movimiento estudiantil, que apoyaba las críticas y propuestas que diferentes sectores movilizados levantaban al respecto, pero que “estaba cansada” del accionar de las y los encapuchados/as. El discurso desde el poder, legitimó el accionar de esta mujer, pese a ser filmada agrediendo a al menos tres jóvenes y reconocerlo públicamente, nunca fue detenida ni formalizada, al Estado no le molesta la violencia ejercida en su nombre.

Si bien estos hechos adquirieron gran notoriedad, no han sido los únicos en su tipo. En prácticamente todas las manifestaciones públicas del último tiempo2, es posible observar la tensión, a veces solapada y otras veces explícita, entre quienes asumen la “manifestación ciudadana” (como se ha denominado a las marchas pacíficas, con “resguardo” policial y reguladas desde la intendencia); y quienes asumen la “confrontación directa”, es decir, el uso de la violencia contra las fuerzas represivas y los símbolos del poder (edificios corporativos, mobiliario público, buses del Transantiago, etc.).

El Estado y los medios de comunicación (el poder), para referirse a las manifestaciones de confrontación directa, habla de “infiltrados”, “violentistas”, “vándalos”, “lumpen” y por supuesto, “anarquistas”. Normalmente es el subsecretario del interior o el intendente de turno, quien realiza conferencias de prensa para calificar los hechos como “graves” y tildarlos de “delincuencia”. Se amenaza con querellas y la aplicación de “todo el rigor de la ley”. Incluso se hace un llamado explícito a las y los organizadores de marchas y actos, para que “colaboren” con la policía, denunciando e impidiendo el accionar de “los violentistas” que quebrantan el orden público, llaman a las y los convocantes a asumir “su” responsabilidad de dirigir y controlar la manifestación, así como a las y los asistentes. En buenas cuentas, el llamado institucional es a actuar como aquella señora del 19 de octubre, es decir, a transformarse en el último brazo del aparato estatal, un llamado a actuar de forma ciudadana.

En este sentido, el debate fue instalado desde el poder en el seno de los movimientos sociales, específicamente, generando la necesidad de definir explícitamente qué se considera acción política y qué no. Dicho de otra forma, distinguir entre lo que es propio de la política y lo que corresponde a delincuencia. Sin embargo, la pregunta de fondo es otra. Lo que interesa profundizar no es la distinción operativa entre una acción y otra. Lo relevante está justo antes de esa disyuntiva, en la definición política del debate mismo. Qué implicancias políticas tiene cada opción, qué política concreta hay detrás de establecer este debate, cómo la definición política del debate promueve o impide que los diferentes “tipos de manifestación” desarrollen capacidad de cuestionar la realidad y redefinirla en un sentido u otro. Las preguntas que se presentan, apelan al status mismo de la política, es decir, al juego de fuerzas que define la realidad. Para profundizar sobre estas interrogantes, resulta necesario revisar críticamente uno de los conceptos claves de las sociedades modernas: la ciudadanía.

La noción más recurrente de ciudadanía corresponde a T. H. Marshall, quien analiza la evolución de este concepto como una respuesta frente a las desigualdades propias de la sociedad capitalista. El elemento más importante para la construcción de la ciudadanía, es la pertenencia a una comunidad específica o sociedad, lo que se manifiesta en el reconocimiento y ejercicio de diferentes derechos y deberes, libertades y restricciones, privilegios y obligaciones. Marshall considera la ciudadanía como la acumulación de diferentes derechos y deberes que poseen y ejercen los miembros de una sociedad, de acuerdo a su estado de desarrollo e institucionalidad vigente. Estos derechos intentan terminar algunas de las desigualdades o desequilibrios producidos por la distribución de la riqueza, las dinámicas de libre mercado y la competencia económica, propias del capitalismo, intentando atenuar así, las diferencias existentes entre las clases sociales que componen una sociedad.

La ciudadanía se levanta como un principio de igualdad y pertenencia en una sociedad, así como también como un conjunto de derechos y deberes propios de esta pertenencia. Consiste en un criterio ordenador del tejido social, que suponen la igualdad entre individuos independientemente de sus diferencias económicas, culturales y políticas, en definitiva trascendiendo a sus respectivas identidades y diferencias de clase. Este es el principal sinsentido en la construcción de ciudadanía: Intentar ocultar o suspender la estructura social a partir de un status adquirido jurídica e institucionalmente, que no modifica las lógicas de dominio y explotación de las relaciones sociales predominantes en la sociedad capitalista. “El trabajador es, le guste o no, un trabajador todos los minutos de su vida; hasta cuando fornica por placer o por aumentar la prole no es más que fuerza de trabajo de valorización del capital. Como tal, no es igual, ni libre, ni ciudadano, ni propietario. Y ello ¡ni un solo minuto de su vida! No es más que esclavo asalariado. Todavía ni siquiera se le ocurrió organizarse para defender sus intereses de trabajador y ya tiene toda la igualdad, la libertad, la propiedad… contra él”3.

El concepto de ciudadanía, como proyecto político, implica asumir el escenario social capitalista como el único escenario posible, pues al negar las diferencias sociales producidas por el propio sistema e intentar instalar la igualdad entre individuos, excluye a las y los ciudadanos/as del quehacer político real, es decir, del juego de fuerzas por mantener o transformar la sociedad. La ciudadanía permite la diferencia de opiniones y el debate, permite la aparición de demandas ciudadanas y reivindicaciones sociales, incluso se fundamenta la existencia de diferentes partidos y agrupaciones gremiales o sociales que presionan sobre determinados temas o demandas específicas, pero ninguna de estas “alternativas” supone realmente pensar y construir (o reconstruir) la realidad. ¿Qué de político tienen estas opciones entonces?

El secreto de la democracia y la ciudadanía, está precisamente en presentar como alternativas opciones que realmente no lo son, en permitir supuestas divergencias que simulan el juego de lo político, pero que en el fondo sólo consolidan lo ya existente, la exclusión de muchos en la toma de decisiones, la perdida de control sobre las propias vidas y el entorno. El juego democrático se sustenta en que las diferentes demandas y reivindicaciones son presentadas y asumidas por la misma institucionalidad ya existente, es decir, nunca cuestionado directamente dicha institucionalidad. “La noción misma de estado, se ha entronizado como único modo en que la gente piensa que se puede organizar la vida colectiva”4.

Al no reconocer las diferencias de clase, género, generación, etnia, entre otras posibles desigualdades presentes en la sociedad capitalista, la concepción de ciudadanía limita el abordaje político de esos temas, es decir, impide pensarlos y abordarlos concretamente. Más aún, la conformación de sujetos sociales en función de dichas condiciones e identidades colectivas, resulta dificultosa y opuesta al flujo ciudadanista. En la sociedad democrática actual, no se enfrentan explotadores y explotados/as, oprimidas/os y opresores, sino sólo ciudadanos/as iguales en derechos pero diferentes en opiniones frente a un tema u otro. ¡La construcción ideológica es completa!.

“Mientras el proletariado ni siquiera se reconoce a sí mismo, cada miembro de la clase trabajadora, cada desposeído, funciona como un buen ciudadano, con libertades, deberes y derechos que derivan de su ciudadanía, y acepta el conjunto de reglas de juego que lo atomizan y lo diluyen en el pueblo, donde sus intereses específicos de clase no tienen ninguna cabida. Como ciudadano, igual a todos; como elector, igual a todos; como vendedor y comprador, libre e igual a todos… no existe como clase. Ésta es precisamente la condición para el funcionamiento de la democracia”5.

Específicamente, la democracia moderna se articula como un verdadero simulacro de participación, en el que todas y todos los ciudadanos/as, cumplen los requisitos formales de esa participación, aunque no inciden en nada en la toma de decisiones. Se han perfeccionado y tecnificado al máximo los rituales eleccionarios, establecido los cargos a elegirse, distribuyendo los votantes y candidatos, normando la periodicidad de las elecciones y la temporalidad de las campañas, se subvenciona el gasto de los contendores y se sacraliza el ejercicio mismo del sufragio, todo el “envase” de la participación funciona espléndidamente de acuerdo a derecho, aunque su “contenido” se ha perdido por completo. “No se trata ya de imitación ni de reiteración, incluso ni de parodia, sino de una suplantación de lo real por los signos de lo real”6.

Probablemente, en el inicio de las revoluciones burguesas europeas, la democracia representativa constituyó el “reflejo” de la transformación radical desde la sociedad feudal a la capitalista. Sin embargo, este fenómeno también “enmascara y desnaturaliza” ese mismo fenómeno. La transformación social señalada, implica la consolidación de la burguesía como clase dominante, no la apertura del poder político a todos/as las y los ciudadanos/as. Más aún, esa apertura nunca ocurrió, las clases bajas no gozan de privilegios sociales como reparto de la riqueza o capacidad de incidir concretamente en su entorno. Finalmente, el juego democrático se enraizó en los estados nacionales burgueses, como simulacro de participación política. La democracia existente, lejos de fomentar e incluir en la toma de decisiones sobre la vida social, a la mayor parte de los habitantes de una comunidad, excluye a las mayorías y legitima la estructura existente. Incluso genera la invisibilización del verdadero juego de fuerzas, es decir, de la política misma.

“La democracia es representativa. El demos se constituye como cuerpo político solamente en el momento del voto, cuando es convocado periódicamente por la ley. La representación contiene una delegación total del poder por todo el periodo del mandato. El voto es secreto. En consecuencia la política no es visible. La escena política es pública, como espectáculo, y oculta en su mayor parte, como asunto de un grupo social especializado, reclutado dentro de la burguesía. Todo ello sabiamente defendido por razón de Estado”7.

Los derechos propuestos por Marshall abarcan diferentes ámbitos de la vida social, pero sólo en conjunto configuran una carta ciudadana que pretende limitar las diferencias sociales y económicas. Los derechos civiles garantizan cierta autonomía personal, los derechos políticos una determinada forma de participación en la comunidad y por último, los derechos sociales un nivel en la calidad de vida aceptable socialmente. Su desarrollo se acompaña claramente de la evolución del aparato estatal, y de la institucionalización de diversas prácticas políticas, a través de leyes y normativas que garantizan libertades, establecen deberes y prohíben delitos. “En este espacio la igualdad es entendida como igualdad de derecho, o sea igualdad ante la ley. Igualdad puramente teórica que de hecho es compatible con la jerarquía social”8.

Esta articulación jurídica y política de la ciudadanía, supone un ordenamiento racional y legítimo del Estado, denominado “Estado de derecho”, el que supone al menos los siguientes cuatro elementos constitutivos:
  1. Definición explícita de atribuciones y funciones de cada sección del aparato estatal.
  2. Progresivo establecimiento de normas sobre diferentes ámbitos de la vida, redefiniendo el límite entre lo público y privado.
  3. Establecimiento de la democracia representativa como mecanismo de participación política.
  4. Tecnificación de procedimientos y decisiones políticas.
Sin embargo, esta conceptualización del Estado, se presenta de forma ingenua y neutra, es decir, como si se tratase sólo de una entidad técnica y racional que administra los recursos en función de objetivos comunes. Esto constituye claramente otra falacia propia de las teorías liberales9. El “Estado es, fundamentalmente, un paradigma de estructuración jerárquica de la sociedad… es construido a partir de la expropiación que efectúa una parte de la sociedad sobre la capacidad global que tiene todo grupo humano de definir modos de relación, normas, costumbres, códigos, instituciones, capacidad que hemos llamado simbólico – instituyente y que es lo propio, lo que define y constituye el nivel humano de integración social. Esta expropiación no es necesariamente ni exclusivamente un acto de fuerza: ella contiene y exige el postulado de la obligación política o deber de obediencia”10. El Estado lejos de ser neutral, es el principal instrumento político de la sociedad moderna, ha ejercido el rol de articulador de la sociedad capitalista desde sus orígenes, modificando su propia estructura en el desempeñar de esta función.

Por su parte, la ciudadanía no es sólo el complemento del Estado de derecho, sino su creación, el fruto de su accionar sistemático. En la actualidad, constituye el tejido social que el propio Estado establece para asentarse y legitimarse constantemente, levantándose como una articulación ideológica y material de las relaciones de dominación. La ciudadanía articula subjetividades y visiones de mundo referentes a la vida social, establece mecanismos de participación institucional, valores y temáticas frente a las que es necesario referirse constantemente. Ciudadanía y Estado de derecho, constituyen dos elementos indisolubles en la sociedad moderna, dos caras de la misma moneda. La primera se levanta como es status de igualdad y pertenencia de cada individuo a determinada sociedad, con su consiguiente adscripción estatal. Mientras el Estado de derecho se levanta como la única forma racional y legitima de ordenamiento político. El garante de todos los derechos y el escenario propio del quehacer ciudadano. La cancha donde este tipo particular de sujeto político se desarrolla y existe. La aparición de esta mujer y su bastón de hockey es el resultado concreto de la política de construcción ciudadana propiciada por el Poder.

A las y los Oprimidos no nos interesa ser Ciudadanos/as…



Raúl Ortega Mondaca

1 Weber, Max, “Economía y Sociedad” Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1995, Pág. 43.
2 Si bien se ha constatado este hecho en las tradicionales marchas del 1 de mayo y 11 de septiembre desde ya varios años (por lo menos desde el 2005), durante el 2011 se presentó en casi todas las manifestaciones estudiantiles, e incluso en la carnavalesca marcha mapuche del 12 de octubre. Durante lo que va del 2012, este fenómeno ya se produjo en la marcha de 8 de marzo que conmemoró el día de la mujer trabajadora y que por primera vez, desde que se realiza, se desarrolló con incidentes violentos.
3 Qarmat, Miriam, “Contra la Democracia”, Ed. Rupturas, 2002, Pág. 13.
4 Méndez, N. y Vallota, A., “El Anarquismo: Una Utopía que Renace”, Ed. Prokaos, Santiago, 2011, Pág. 2.
5 Qarmat, Miriam, “Contra la Democracia”, Ed. Rupturas, 2002, Pág. 10.
6 Baudrillard, Jean, “Cultura y Simulacro”, Ed. Kairós, Barcelona, 1978, Pág. 11.
7 Colombo, Eduardo, “De la Polis y el Espacio Social Plebeto” Ed. Nordam, Montevideo, 1993, Pág. 51.
8 Colombo, Eduardo, “De la Polis y el Espacio Social Plebeto” Ed. Nordam, Montevideo, 1993, Pág. 51.
9 Las teorías contractualistas de Hobbes, Locke y Rousseau son fiel ejemplo de esto.
10 Colombo Eduardo, “El Espacio Político de la Anarquía”, Ed. Nordam, Montevideo, 2000, Pág. 57.

Artículo publicado originalmente en el Puñal Negro Nº 7

miércoles, 20 de marzo de 2013

El ciudadanismo: la sútil manera de manifestar la sumisión democráticamente

De proletarios pasamos a empleados. De sindicalistas pasamos a “cotizantes netos”. De revolucionarios pasamos a “alterglobalizadores”. Los carceleros ahora son “funcionarios de prisiones” y al despido libre y gratuito se le denomina “flexibilizar el mercado”. La tortura se denomina prevención, las cárceles reinserción, los ocupantes y los ejércitos son siempre –y en el peor de los casos- humanitarios. Las huelgas son legales, las empresas son “grupos”, los menores son casi siempre infractores, los marginados población excedente, los jefes son encargados y los juzgados son capaces de velar por los derechos humanos. Nosotros ya no somos pueblo sino que somos ciudadanos. 

Los políticos piden el voto a los ciudadanos. Representan a los ciudadanos y velan por los intereses de los ciudadanos. Una mentalidad que se introyecta y se extiende de forma contagiosa entre la sociedad: asistimos al advenimiento del ciudadanismo. La palabra ciudadano hace hincapié en la individualidad de la persona, en la ausencia de cualquier aspecto colectivo. Somos autómatas y productivos ciudadanos. Buenos votantes y dóciles consumidores consumidos por el constante “equilibrio progresista” con el que hacemos las cosas. Siempre dentro de los cauces legales, siempre, de manera sistemática y cotidiana, reproduciendo los valores y las actitudes del neoliberalismo. 

Si siempre pagas tus deudas eres un buen ciudadano. Si no te cuelas en el metro, si condenas el robo, el sabotaje y siempre prefieres la acción mediada a la acción directa, eres un estupendo ciudadano. Si desde tu simpatía por el sindicalismo crees que es fundamental el derecho al trabajo en día de huelga. Si cuando hay una injusticia delante de tus narices, el silencio es tu mejor amigo; eres un estupendo ciudadano. Si crees que el capitalismo es el menos malo de los sistemas posibles que va de la mano con otro inevitable sistema llamado democracia, eres un buen ciudadano. Si te niegas a reconocer que democracia y fascismo son dos caras de una misma moneda, que necesariamente sustentan al capitalismo, y por lo tanto a la desigualdad, eres un buen ciudadano. 

Si a los cuerpos represivos les denominas trabajadores, si crees que la policía, el ejército y las cárceles son instituciones necesarias y mejorables, eres un buen ciudadano. Si crees que un pasado descrito siempre injusto por quien domina el presente y un futuro mejor, que nunca llega, justifica todos los atropellos humanos y animales, eres un gran ciudadano. Si crees que el trabajo asalariado puede ser algún día digno, eres un gran ciudadano. 

Si amas la propiedad privada, si adoras el parlamentarismo. Si crees que denunciando continuamente a tus vecinos o que comprando fabulosos bienes materiales en cualquier centro comercial te va a convertir en más libre, eres un buen ciudadano. Si crees siempre en la negociación con las instituciones, en ese diálogo injusto que parte de premisas totalmente desiguales, eres un gran ciudadano. Si “todavía es muy pronto” para tomar ese tipo de medidas “tan radicales”, si esperas para pasar a la acción a los permisos de los interlocutores válidos de la sociedad –a los gestores de capitalismo- eres un buen ciudadano. Si la pasividad llena tu vida de hastió. Si crees en “las reglas del juego”. Si crees que quienes hacen negocios con la pobreza, “sin ánimo de lucro” como las ONGs y demás empresas que viven de ella, van acabar con esa miseria; eres un buen ciudadano. 

Si crees que la prensa es independiente, si eres objetivo y neutral, a ti que te gusta “de todo” (menos luchar colectivamente por una causa anticapitalista), que crees que los extremos se tocan, que las organizaciones revolucionarias armadas son terroristas y los que saquean, expolian y exterminan pueblos son honrados profesionales, eres un buen ciudadano. Si ves en la industria farmacéutica un sinónimo de progreso, en la tecnología aspectos revolucionarios, en la psiquiatría una ciencia indispensable. Si un sueldo te cierra la boca y te cambia las actitudes. Si crees que la lucha de clases es cosa del pasado, eres un gran ciudadano. 

En suma, si legitimas continuamente la opresión, la injusticia y la desigualdad del capitalismo con ese tufillo demócrata, con esa máscara judeo‑cristiana de la tan manida tolerancia, con ese aire de no-queda-más-remedio, eres un estupendo ciudadano. Si nunca te saltas los límites establecidos que marca el capital. Si cuando votas crees que estas participando y diciendo algo. Si, como los peces que siguen la corriente del río, llevas esta renovada actitud de vasta sumisión, reproduciendo los valores de la dominación con ese desdén democrático eres, quien sabe si conscientemente o no, un válido y efectivo ciudadano. Eres entonces, simple y llanamente, un trepa, un chota, un cómplice de la explotación que miras para otro lado. Un esquirol de la vida.

Crespo