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domingo, 27 de octubre de 2013

La ciudad anárquica - Colin Ward

El anarquismo —filosofía política de una sociedad sin gobierno formada por comunidades autónomas—, aparentemente, no tiene nada que ver con los problemas de la ciudad. Sin embargo, existe también en este campo una corriente de pensamiento anarquista que, en lo que se refiere a los aspectos históricos del problema, va de Kropotkin a Murray Bookchin, y en los ideológicos abarca de John Turner a los situacionistas. Lo mismo que muchos otros, cuya contribución a la elaboración de una filosofía anarquista del urbanismo podría ser inestimable, no se plantearán nunca emprender el trabajo porque al menos en espíritu, y muy a menudo en la práctica, han abandonado la ciudad. 

La sede natural de cada gobierno es la ciudad. ¿Ha visto alguien una nación gobernada desde un pueblo? A menudo, si la ciudad no existe, se construye a propósito: Nueva Delhi, Camberra, Ottawa, Washington, Chandigar y Brasilia, son algunos ejemplos. ¿Y no resulta sintomático que el turista, si quiere ver lo que es realmente la vida de un país, se vea obligado a escapar lejos de las ciudades de los burócratas y tecnócratas? En Brasilia, por ejemplo, debe alejarse alrededor de quince kilómetros y llegar a Cidade Libre, donde viven los trabajadores de la construcción. Ellos edificaron la «Ciudad del 2.000», pero son demasiado pobres para vivir en ella; en la ciudad que se han construido «se ha desarrollado una forma de vida espontánea, de pueblo de barracas del West, que contrasta con la formalidad de la gran ciudad, y es demasiado hermoso para dejar que se destruya». 

EL MITO DE LA VIDA RURAL

En Inglaterra, el país más urbanizado del mundo, hemos alimentado durante siglos el mito de la vida rural, un mito compartido por los seguidores de todas las tendencias políticas. En su libro «The country and the City», Raymond Williams, ha demostrado como, a través de toda la historia, este mito ha sido reforzado por la literatura que siempre colocaba el paraíso perdido de la sociedad rural en épocas pasadas. La pena es, observa E.P. Thompson, que el mito ha sido «dulcificado, embellecido, mantenido con vida y, finalmente, asumido, por los habitantes de las ciudades, como punto de referencia obligado en la crítica del industrialismo. Por ello, ha servido para proporcionar una coartada a la falta de valor utópico, a la hora de imaginar como podría ser una verdadera comunidad en una ciudad industrial; incluso para darse cuenta de todo lo que ya se podría haber realizado en este sentido.»

Igual que Williams, Thompson atribuye a esta tendencia un poder debilitador: «es una hemorragia cultural continua, una pérdida de sangre rebelde que fluye hacia Walden o hacia Afganistán, hacia Cornuailles o hacia México, mientras los habitantes de las ciudades no sólo no resuelven nada en su país, sino que se mecen en la engañosa ilusión de liberarse, en cierta medida, de la contaminación de un sistema social del cual ellos mismos forman parte como producto cultural». Como señalan ambos autores, los descuidados pastorcillos del sueño arcaico, hoy son tan sólo «los pobres de Nigeria, de Bolivia y del Pakistán». 

Paradójicamente, las poblaciones rurales del Tercer Mundo se vuelcan en masa sobre las ciudades. Si quieren encontrarse hoy ejemplos de ciudades anárquicas, realmente existentes, es decir, ejemplos de enormes agrupaciones humanas que no sean el producto de una planificación gubernativa sino de la acción popular directa, hay que buscarlas en el Tercer Mundo. En América Latina, en Asia y en Africa, el trasvase de enormes masas de población a las ciudades, verificado en los dos últimos decenios, ha dado lugar a la formación de inmensos barrios abusivos en la periferia de los grandes centros, habitados por multitud de esos «invisibles» a quienes, oficialmente, se niega una existencia urbana. Pat Crooke observa que las ciudades crecen y se desarrollan en dos niveles: por una parte el oficial, teórico; por otra, el característico de la mayor parte de las poblaciones de muchas ciudades sudamericanas, es decir, la masa no oficial de ciudadanos que instauran una economía popular, al margen de las estructuras financieras institucionales de la ciudad.

Una forma de reducir la presión que amenaza con hacer explotar los contenedores urbanos, sería mejorar las condiciones de vida en los pueblos y en las pequeñas ciudades provincianas. Pero esto presupone una radical transformación del concepto de propiedad de la tierra, la creación de industrias a pequeña escala con un uso intensivo de la fuerza de trabajo, y un crecimiento notable de la producción derivada de la agricultura. Mientras todo esto no sea posible, la gente continuará eligiendo tentar la suerte en la ciudad, antes que dejarse morir de hambre en el campo. La gran diferencia entre la situación actual y la explotación urbanística en la Inglaterra del siglo XIX, se explica por el hecho de que entonces la industrialización precedió siempre a la urbanización, mientras que hoy ocurre precisamente lo contrario. 

Generalmente, los barrios de chabolistas de las ciudades del Tercer Mundo son considerados terreno fértil para la difusión de la criminalidad, del vicio, de las enfermedades, de la desorganización social y familiar. Pero John Turner, el arquitecto —anárquico— que más que ningún otro, ha contribuido a cambiar nuestra forma de ver esta realidad, afirma: «Diez años de trabajo en las barriadas peruanas me han enseñado que la concepción habitual es completamente errónea: aunque funcional para intereses políticos y burocráticos ocultos, es absolutamente inadecuada para la realidad ... No hay caos ni desorden, sino ocupación organizada del terreno público a despecho de la violenta represión policial; organización política interna con elecciones locales cada año; cohabitación de millares de personas sin protección por parte de la policía, y sin servicios públicos. Las chabolas de paja construidas durante la ocupación, se transforman lo más rápidamente posible, en casas de cemento, con una inversión conjunta en materiales y fuerza de trabajo, del orden de millones de dólares. Los niveles de empleo, los salarios, los niveles de alfabetización y de instrucción, son mucho más altos que en los ghettos del centro de la ciudad (de los que han huido muchos habitantes de las barriadas), y, en general, por encima de la media nacional. El crimen, la delincuencia juvenil, la prostitución y el juego de azar son raros, excepto para los hurtos de poca importancia, cuya incidencia es, por otra parte, aparentemente más baja que en otras partes de la ciudad».

¡Qué extraordinaria contribución a la capacidad de solidaridad y de asistencia recíproca de la gente humilde, de cara a la autoridad! El lector que conoce «El apoyo mutuo», de Kropotkin, no podrá por menos de recordar, al llegar a este punto, el capítulo en el cual el autor elogia la ciudad medieval observando que «allí donde los hombres han encontrado, o han esperado encontrar, protección tras los muros de la ciudad, han establecido pactos de alianza, de fraternidad y de amistad, llevados por un único ideal firmemente dirigido a la realización de una nueva vida de libertad y de solidaridad recíproca. Y han conseguido tan bien su intento, que en trescientos o cuatrocientos años han cambiado la cara de Europa». Kropotkin no es un romántico adulador de las ciudades libres medievales, sabe bien cuáles fueron sus defectos y cómo no pudieron impedir que se establecieran relaciones de explotación con las poblaciones campesinas. Pero su interpretación del proceso de desarrollo, está revalidada por los estudiosos más modernos. Walter Ullmann, por ejemplo, observa que «representan un ejemplo bastante claro de entidades autogobernadas», y que «con el fin de regular sus transacciones comerciales, la comunidad se reunía en asamblea ... y la asamblea no «representaba» simplemente, sino que ella misma era toda la comunidad.»

LA CIUDAD SOCIAL: UNA TRAMA DE COMUNIDADES 

Esto presupone que las comunidades tengan ciertas dimensiones y también Kropotkin, en su sorprendente «Campos, talleres y fábricas», sostiene, con argumentos técnicos, la necesidad de la mayor difusión posible, de la integración entre industria y agricultura y (como dice Lewis Mumford) de «un desarrollo descentralizado de la ciudad en pequeñas unidades a medida de hombre, que puedan gozar, al mismo tiempo, de las ventajas del campo y de la ciudad». En «Garden Cities of tomorrow», Ebenezer Howard, contemporáneo de Kropotkin, se plantea una pregunta simple: ¿cómo podemos liberarnos de la atmósfera falsa de la ciudad y resolver el problema de la escasez de perspectivas que ofrece el campo, motivo por el que tanta gente se traslada a la ciudad? Y, por otra parte, ¿cómo podemos conservar, al mismo tiempo, la belleza del campo y las grandes oportunidades que ofrece la ciudad? Su respuesta a estos interrogantes no es sólo la ciudad jardín, sino también lo que llama la ciudad social, la trama de comunidades. La misma idea es propuesta por Paul y Percy Goodman en «Communitas: means of livelihood and ways of life» (Comunidades: medios de subsistencia y modos de vida), en la que el segundo de los tres paradigmas, la Nueva Comuna, es lo que el profesor Thomas Reiner llama «una ciudad polinuclear, que refleja la propia matriz anarcosindicalista». Una propuesta análoga se contiene también en el sorprendente ensayo de Leopold Kohr «The City as Convivial Centre» («La ciudad como centro de convivencia») en el que la metropoli ideal está descrita como «una federación polinucleada de ciudades», así como la ciudad es una federación de viviendas.

Lo mismo que Kropotkin, también «Blueprint for Survival» («Proyecto para la supervivencia»), define como objetivo «la descentralización de la sociedad en pequeñas comunidades, en las que las industrias sean lo suficientemente reducidas como para responder a las necesidades de la comunidad individual». Finalmente, mucho antes de que el problema de la crisis energética saltara a la opinión pública, Murray Bookchin, en su ensayo «Towards a Liberatory Technology» («Hacia una tecnología liberadora»), que publicó en «Anarchy», en 1967, y ahora está incluido en el libro «Post-Scarcity Anarchism» («El anarquismo en la sociedad de consumo»), adelantó, a propósito de la ciudad polinuclear, una propuesta energética: «El funcionamiento de una gran ciudad exige enormes cantidades de carbón y de petróleo. La energía solar, del viento y de las mareas, es explotable sólo en pequeña escala. Con excepción de las grandes implantaciones a turbina, los nuevos aparatos raramente proporcionan algo más que unos pocos millares de kilovatios/hora de energía eléctrica. Es difícil creer que alguna vez estaremos capacitados para proyectar colectores solares capaces de producir la enorme cantidad de energía que producen las grandes instalaciones de vapor; es igualmente dificil pensar en una batería de turbinas a viento, que puedan proporcionar electricidad suficiente como para iluminar la isla de Manhattan. Si las casas y las fábricas están concentradas en zonas restringidas, los ingenios para la explotación de la energía limpia, no pasarán nunca de ser simples juguetes; si, por el contrario, las comunidades urbanas reducen sus dimensiones y se extienden por los territorios, no existe motivo para que el uso combinado de estos instrumentos no nos garantice todo el confort de la civilización industrial. Para usar del mejor modo posible la energía solar, del viento y de las aguas, la megalópolis debe fracturarse y dispersarse. A las franjas urbanas de hoy deben sustituirlas comunidades de nuevo tipo, bien organizadas y dimensionadas según la naturaleza y los recursos de una determinada región.»

LA ACEPTACIÓN DE LA DIVERSIDAD Y DEL DESORDEN

Una tendencia completamente distinta del pensamiento anarquista en lo relativo al problema urbano, está expresada en «The Uses of Disorder: personal identity and city life» («Las funciones del desorden: identidad personal y vida urbana»), de Richard Sennett. En las páginas de este libro se entrecruzan diferentes líneas teóricas. Una de ellas, está representada por un concepto que el autor deriva del psicólogo Erik Eirkson, según el cual en el período de la adolescencia el hombre busca una identidad depurada para escapar a la incertidumbre y al dolor, y sólo con la aceptación de la diversidad y del desorden alcanza la edad adulta. Otra, está representada por la idea de que la sociedad americana moderna tiende a congelar al hombre en el estado adolescente —una burda simplificación de la vida urbana en la cual la gente, apenas dispone de medios suficientes, huye de la complejidad de la ciudad hacia los suburbios, buscando seguridad en el universo cerrado del núcleo familiar la comunidad depurada. 

La tercera argumentación consiste en afirmar que la planificación urbana, tal y como fue concebida en el pasado, con la subdivisión en zonas y la eliminación de los «disfrutadores no conformes» ha favorecido este proceso, sobre todo al programar futuros desarrollos y basar en éstos los consumos energéticos y los gastos actuales. «Los proyectistas de autopistas, de reestructuraciones urbanísticas, han entendido los intentos de comunidades descentralizadas y de grupos comunitarios, no como momentos naturales de un compromiso de reconstrucción social, sino como una amenaza para la validez de su obra en proyecto.» Según Sennett esto significa, en realidad, que los proyectistas han querido considerar la planificación, la programación futura como «más reales» que cualquier cambio en el curso de la historia, «que los imprevisibles momentos que caracterizan el tiempo real de la vida de los hombres». 

La fórmula que Sennett propone para resolver el problema de la ciudad americana consiste en una inversión de esta tendencia para «liberarse de la identidad depurada»: quiere ciudades en las que las personas estén obligadas a establecer confrontaciones de unas con otras: «No debería haber policía, ni ninguna fórmula de control central, de organización escolástica, de subdivisión en zonas, de reestructuración, de actividad humana de cualquier género, que no pueda ser realizada por medio de la acción comunitaria o, mejor todavía, a través de una conflictualidad directa, y no violenta, en el interior de la propia ciudad.» ¿No violenta? Claro, porque Sennett sostiene que la ciudad moderna niega a la agresividad y a la conflictividad cualquier otro desahogo que no sea la violencia, y que esto ocurre precisamente por la falta de posibilidades de confrontación directa y recíproca (las demandas de orden y legalidad son mucho más fuertes en las comunidades aisladas del resto de la ciudad). El ejemplo más claro del modo en que esta violencia se manifiesta «está constituido por las funciones de la policía en las ciudades modernas. Los policías son burócratas a los que corresponde dirimir las controversias y acabar con las hostilidades», pero «una sociedad que considera instrumento pasivo e impersonal de coerción la intervención de la ley para solucionar los conflictos, no puede más que favorecer la aparición de reacciones violentas contra la policía». La ciudad anárquica que Sennett auspicia, en cambio, es «una ciudad que obligue a los hombres a decirse, unos a otros, lo que piensan, y realizar de esta forma una condición de recíproca compatibilidad», y no representa un compromiso entre orden y violencia, sino, por el contrario, una forma de vida completamente distinta de la actual, en la cual la gente no estaría obligada a elegir una cosa u otra.

¿CAMBIARAN LAS CIUDADES?

Deberán cambiar por fuerza porque están al borde del colapso, responde Murray Bookchin en un libro recientemente publicado en América: «The Limits of the City» («Los límites de la ciudad»). Según Bookchin, las ciudades del mundo moderno, enfermas de elefantiasis, se están arruinando: «Se están desintegrando desde todos los puntos de vista: administrativo, institucional y logístico; cada vez pueden menos asegurar los servicios mínimamente necesarios para la habitabilidad, la seguridad, el transporte de mercancías y personas ...» Incluso en aquellas ciudades en las que sobrevive una apariencia de democracia formal «casi todos los problemas cívicos se resuelven, no a través de una acción que tenga en cuenta sus raíces sociales, sino por intervención legislativa que reduce ulteriormente los derechos del ciudadano como ser autónomo, y aumenta el poder de las fuerzas que operan por encima del individuo». 

Puede ayudar, en este sentido, la opinión de los técnicos profesionales: «La planificación urbana raramente ha podido trascender las desastrosas condiciones sociales que han determinado su exigencia. En la medida en que se ha replegado y encerrado en sí misma, en su naturaleza de profesión especializada —actividad profesional de arquitectos, ingenieros y sociólogos—, se ha encerrado en los límites angostos de la división del trabajo, característica de la sociedad que debería controlar. No es casualidad que, a menudo, las propuestas con más base humanística para la solución del problema del urbanismo, lleguen de los «no adeptos al trabajo», que sin embargo, mantienen todavía un contacto directo con la experiencia real de la gente y con las angustias terrenas de la vida metropolitana». 

Bookchin tiene razón. Ebenezer Howard era un estenógrafo y Patrick Geddes un botánico. Pero los «no adeptos al trabajo» que, más que nadie según Bookchin, indican el camino a seguir, son los representantes de la contracultura juvenil: «Se ha escrito mucho sobre el aislamiento de los jóvenes en las comunidades rurales. Se ha dicho mucho menos acerca de lo que la contracultura juvenil ha hecho para someter la planificación urbana a una crítica cerrada, adelantando a menudo propuestas alternativas a los deshumanizados proyectos de «revitalización» y de «rehabilitación» urbana ...»

Para los nuevos proyectistas de la contracultura «el punto de partida no era el «objeto agradable» y la «eficiencia» con que conseguir más rápidamente el intercambio, la comunicación y las actividades económicas. Los nuevos proyectistas se dirigían, más bien, a establecer una relación entre el proyecto y la necesidad de garantizarla intimidad personal, la multiformidad de las relaciones sociales, la no jerarquización de los modos de organización, el carácter comunitario de la convivencia y la independencia material de la economía de mercado. El proyecto, por tanto, no debía partir de una concepción abstracta del espacio, o de una búsqueda de funcionalidad para mejorar el status quo, sino de una crítica explícita del status quo, y del concepto que de que ésta debía sustituirse por el de la libertad de las relaciones humanas. Los elementos de la planificación tenían su origen en alternativas sociales completamente nuevas. Se quería intentar sustituir el espacio jerárquico por un espacio liberado.» 

Se estaba, en la práctica, redescubriendo la polis reinventando la comuna. Ahora Murray Bookchin sabe que el movimiento de la contracultura americana ha abandonado las líneas de los años 60; por eso, ataca a la burda retórica política que ha entrado a formar parte de sus componentes: «la rabia de los puños cerrados que explotó a final de los años 60 fue tan incapaz de llegar a la opinión pública —cada vez más alarmada—, como lo habían sido las flores de algunos años antes». Sin embargo, afirma Bookchin, algunas de las reivindicaciones y de los problemas planteados entonces, son imperecederos. La demanda de «comunidades nuevas», descentralizadas, basadas en criterios ecológicos que integren en sí las características más adelantadas de la vida urbana y rural» no podrá adormecerse nunca, entre otras cosas porque «nuestra sociedad, hoy, carece de otras alternativas». 

Colin Ward 


Fuente: Bicicleta 

domingo, 10 de febrero de 2013

Urbanización y destrucción - Miguel Amorós

El siguiente texto fue escrito en pleno auge de la burbuja inmobiliaria en el Estado español, por lo mismo, ciertas descripciones relacionadas con el empleo presentan hoy, año 2013, otras características consecuencia de la 'crisis' del capitalismo que afecta con especial virulencia a dicha región, aun así, la crítica de Miguel Amorós sigue  vigente en lo medular, y doblemente interesante para comprender  el desarrollo urbano de Santiago de Chile, 'nuestra querida capital' y las falacias de la izquierda institucional y de la clase dominante en general.

Antes que nada quiero hacer un inciso respecto a la expresión “urbanismo sostenible”, que los políticos de la “izquierda” han sustraído del lenguaje ecologista para calificar así un crecimiento urbano menos destructivo a corto plazo y más rentable a largo. El término se aplicaba al funcionamiento de un sistema en circuito cerrado, generando su propia energía y eliminando sus propios residuos, hechos incompatibles con la expansión inherente al capitalismo, basada en la especialización de las actividades y la deslocalización productiva. Los proyectos alternativos de esa “izquierda” pintada de verde, ni pretenden limitar el frenesí de la economía, ni cuestionan el sistema capitalista y su sagrada idea de progreso. Además, resulta más que evidente el hecho de que no existe un modelo capitalista que se sostenga. Hablar de sostenibilidad bajo estas condiciones es una estupidez, o peor, un engaño, ya que no existe un capitalismo “limpio”, capaz de comerse sus marrones.

Hay un construir que es muchísimo más vandálico que un destruir. Esa es la impresión inevitable que cualquiera puede sacar, por ejemplo, de un paseo por la costa mediterránea, especialmente la valenciana. Por doquier contemplaremos grúas, edificios y autovías, tras los que adivinamos la obra de innumerables alcaldes, banqueros y constructores, invadiendo el territorio, destrozando el paisaje, malbaratando recursos, acumulando basuras, contaminando el ambiente, poniendo en peligro la seguridad y la salud de los habitantes, arruinando los lugares uno tras otro en una loca carrera por la urbanización total. Desde luego, las fuerzas constructivas son fuerzas destructivas. La oposición campo-ciudad ha sido superada con la abolición completa de uno de los términos: las hortalizas se han cambiado por ladrillos. Decir que el hormigón y el asfalto son el rasgo característico de la nueva civilización es poco: son lisa y llanamente la nueva civilización. Eso, yendo a la raíz de la cuestión, significa que la vida de todos se halla en manos de tecnócratas y promotores, oscilando entre automóviles e inmobiliarias. ¿Cómo hemos ido a parar aquí?

Indudablemente, la expansión urbana descontrolada arranca de la fase desarrollista ligada al proceso industrializador tutelado por el franquismo. Esa fase termina con fenómenos aparentemente contradictorios como el derrumbe industrial, el “boom” de las segundas residencias y los pelotazos financieros, lo que revela la recaída de la crisis económica sobre los trabajadores sin afectar apenas a las clases medias y menos aún a la burguesía. Eso explica en parte que las luchas de resistencia a la crisis de los años ochenta fueran contenidas y canalizadas sin alterar la estabilidad del sistema, y que el movimiento obrero, con la dirección secuestrada por una burocracia sindical y política institucionalizada, compuesta por enemigos de clase, se disolviera sin pena ni gloria. Los nuevos dirigentes políticos, en cuyas manos recaía la regulación del crecimiento urbano, se dieron cuenta de las grandes posibilidades económicas de la urbanización, y lejos de impedir su progreso, se dedicaron a fomentarlo con toda la mejor voluntad. La financiación espuria de los partidos o las fortunas personales de los intermediarios fueron sólo el principio. Políticos y empresarios eran conscientes de que la ciudad era una máquina de acumulación de capital y poder, y que la función del urbanismo no era otra que la de engrasarla. La fórmula consistía en una colaboración más profunda entre los ayuntamientos y los empresarios, aplicada por primera vez en las remodelaciones de los años cincuenta de ciudades como Pittsburgh, Filadelfia o Boston. Una elite compuesta por una coalición de políticos tecnocráticos, promotores y constructores se adueñó de las ciudades, tomando el relevo de la elite anterior, y, gracias a una sabia combinación de dinero público y privado, las convirtió en herramientas para ganar dinero a espuertas. La ciudad, a los ojos de los ediles democráticos y las Cámaras de Comercio, no era sino un inmenso mercado de suelo edificable.

El modelo valenciano que desde 1994 conforma una Ley Reguladora de la Actividad Urbanística es particularmente ilustrativo de la simbiosis entre política y empresa. Este sistema supera en audacia al modelo mixto barcelonés, pues mediante la figura del “agente urbanizador”, es decir, del promotor, el ayuntamiento, previo trámite, cede el proceso urbanizador a la iniciativa privada. Y de esta manera, o sea, colocando por ley al urbanismo en manos de los empresarios, se suprimen olímpicamente las ingerencias empresariales en las políticas urbanísticas locales. Lo público puede se gestionado por lo privado, o lo que es lo mismo, no queda nada que sea realmente público.

El paso de una economía nacional estructurada a través de un sistema bancario cerrado a una economía globalizada encontró un marco ideal: una nueva clase dirigente muy receptiva a las directrices del mercado mundial y una casi nula conflictividad social. Se iniciaron entonces mediante leyes apropiadas, los procesos que acompañaban a la mundialización: colonización tecnológica de cualquier tipo de actividades, precarización del mercado laboral, planificación urbana expansiva, especulación inmobiliaria, deslocalización de industrias, industrialización de la agricultura, construcción de grandes infraestructuras de transporte, motorización general de la población, constitución de un mercado internacional del agua y de la energía, etc. Las ciudades en poder de los nuevos dirigentes se terciarizan y se convierten en centros de ocio y consumo, suministradoras de servicios. Las grandes tratan de situarse en las redes de poder internacionales y las pequeñas intentan convertirse en sus satélites. Por su parte, los servicios generan multitud de trabajos malpagados y efímeros, con lo que la joven población trabajadora es obligada a vivir en zonas alejadas, donde los alquileres o los precios de los pisos son más asequibles. El centro se vacía y museifica, llenándose de áreas comerciales, oficinas y hoteles. La ciudad se orienta hacia el turismo y los negocios (Valencia tuvo cerca del millón de visitantes en 2001), mientras que la periferia se rellena y se expande, vertical y horizontalmente. A pesar de la apertura de nuevas líneas públicas de transporte, el vehículo privado es la principal conexión. La urbanización avanza como una mancha de aceite consumiendo territorio. Todos los estilos de vida ligados a una ocupación no capitalista del territorio desaparecen o están a punto de desaparecer.

Asistimos a una reordenación del territorio a través de corredores o ejes que unen las áreas metropolitanas, donde se concentra la actividad financiera internacional y se ubican los tecnopolos. Nuevas regiones son definidas en base al potencial económico de sus metrópolis y la abundancia de infraestructuras y servicios, como por ejemplo, la Eurorregión del Arco Mediterráneo, que abarca Aragón, el País Valencià, Cataluña, las Baleares y el sur de Francia. Las nuevas batallas políticas tienen como trasfondo los vuelos transoceánicos, las ampliaciones de puertos o el TAV, más que las diferencias aducidas entre “modelos de gestión”. Se trata pues, de una zonificación de nuevo tipo, de una división del trabajo a nivel mundial, facilitada por las telecomunicaciones y las grandes autopistas. Dentro del mercado global, potentes áreas económicas intentan constituirse y adquirir una posición privilegiada, bien sea como mercado de servicios financieros, o bien como cantera de mano de obra dócil y numerosa. Unas —las que acaban de llegar— siguen basando su poder en el producto industrial, mientras que las pujantes lo hacen en los procesos (transacciones financieras, promoción publicitaria, venta por teléfono, asesoría, márketing, elaboración de proyectos, diseño, etc.). La urbanización total del territorio, o lo que es lo mismo, su destrucción planificada, es la consecuencia más directa de la nueva etapa capitalista. El modo de vida urbano, sin raíces, consumista y depredador, es ya el único posible.

Desde los años sesenta, momento en que aparecieron el negocio turístico y la demanda de segundas residencias anulando el comercio y las industrias locales, el desplazamiento de la población a la costa ha experimentado una fuerte aceleración. En 2001 el 60% de la población vivía en el litoral, que suponía sólo el 30% del territorio del Estado. Este fenómeno de relocalización poblacional lleva el nombre de “litoralización”. Como consecuencia, los municipios costeros se han colmatado, creándose un continuum urbano a lo largo de la costa que ahora crece hacia el interior, arrasando los espacios naturales de la segunda línea como antes hiciera con los de la primera. En los últimos diez años, el suelo urbanizado ha crecido un 60% en el País Valencià (un 77% en la provincia de Alicante), aunque no en todas partes por igual: la mitad del crecimiento corresponde a 30 de los 542 municipios valencianos (los costeros). La sobreexplotación de la franja marítima ha agotado el espacio y ha producido por todas partes un paisaje banal y monocorde, al que los proyectos de “calidad” no hacen sino añadir una sobrecarga de vulgaridad en forma de campos de golf, puertos deportivos y complejos residenciales de “lujo” estándar. Además, la costa mediterránea y las islas no sólo son un lugar de ocio veraniego, sino que se han convertido en la segunda residencia de muchos europeos, generándose una fuerte demanda de casas para extranjeros y doblándose las inversiones de fuera en el sector inmobiliario (de 3000 a 6040 millones de euros entre 1999 y 2002). 

El fenómeno, sin embargo, no basta para explicar por si sólo la enorme actividad constructora de los últimos diez años. El precio del metro cuadrado se duplicó entre 1997 y 2001. Resulta que comprar vivienda se ha vuelto una forma de inversión más rentable que la Bolsa y una salida segura al dinero negro, con lo que muchas casas se compran no para habitar, sino para especular y “lavar”. Los bancos hacen su agosto: el mercado español de renta fija es el segundo de Europa en cédulas hipotecarias y bonos de titulación, activos que los bancos utilizan para financiar la compra de pisos. Además esos activos representan el 56% de todas las emisiones lanzadas en España. La vivienda es espacio privado y el espacio, una forma de capital. Entre 1971 y 2001 el número de pisos en España ha doblado, llegando a los 21 millones. Cada año se construyen más de medio millón, y en el 2003 fueron más de 650.000, lo que equivale a la construcción de Alemania y Francia para el mismo año. No obstante, aparte de los especuladores, solamente los compran las familias con capacidad de endeudamiento, es decir, las clases medias. La oferta de vivienda protegida es prácticamente nula y el precio ha crecido 35 veces más que el salario neto entre 1995 y 2003. Así pues, el 58% de las personas entre 25 y 30 años, y el 25% de las personas entre 30 y 34 años, todavía no se han emancipado y viven en casa de sus padres, mientras que en España hay tres millones de viviendas vacías (solamente en la isla de Mallorca hay 90.000; en el País Valencià el 20% de las viviendas están desocupadas).

La urbanización galopante representa el otro lado de la desaparición del mundo rural, integrado en la naturaleza y viviendo de la comercialización de sus excedentes. La masa forestal de los bosques —que ya no se trabajan— se ha compactado, multiplicando el peligro de incendios, los acuíferos se han salinizado o agotado por sobreexplotación, los pantanos han secado los ríos, los hábitats litorales y las montañas han sido destruidas por carreteras y urbanizaciones, y con ellas los caminos, las acequias, las balsas, los marjales y las fuentes. El paisaje está salpicado de grúas y líneas eléctricas. Ya no quedan actividades tradicionales ligadas a formas de vida no urbana, pero en cambio, abundan los vertederos y los automóviles. Hoy la agricultura es un subsector de la industria agroalimentaria, no dependiendo para nada de los usos del suelo ni de la gente del lugar; la producción agrícola sólo depende de la maquinaria y de los abonos, siendo, como cualquier producción industrial, gran consumidora de agua y energía y gran engendradora de residuos contaminantes. La actividad agraria se concentra en lugares concretos, para la explotación a gran escala, abandonándose la mayoría del territorio rural al turismo y a la segunda residencia. Un ejemplo; en los últimos 13 años la superficie dedicada a hortalizas ha disminuido el 60% en el País Valencià, pero no por ello los pueblos rurales han perdido población, sino que sus habitantes son más numerosos; sólo que ahora se dedican a la construcción y al equipamiento. El precio de la naranja lleva años estabilizado, sucumbiendo los labradores a las tentadoras ofertas de los compradores de terrenos, vueltos de la noche a la mañana urbanizables por los promotores y los concejales. A veces, como ocurre en la ciudad de Alicante, el alcalde es también un promotor. Las coronas agrícolas de las ciudades hace tiempo que sucumbieron y a cada paso conspiran las hormigoneras, creándose esa clase de riqueza que engrasa la cuenta de unos centenares de miserables y degrada la vida de cuantos se ven forzados a disfrutarla.

Si recordamos que el litoral valenciano ha sido siempre deficitario en agua, concluiremos que el agua es un serio obstáculo para el crecimiento urbano costero. Los intereses turísticos e inmobiliarios necesitan agua con que regar los campos de golf y las zonas ajardinadas de las urbanizaciones, agua para llenar las piscinas y las cisternas, agua corriente para los miles de pisos que se construyen. No hay especulación urbanística sin agua, por eso el Plan Hidrológico Nacional, sea el de los trasvases o el de las desaladoras, es vital para el desarrollo ilimitado de la construcción. La solución más acorde con los tiempos es la de la constitución de un mercado del agua. El agua es un bien escaso y por eso tiene todo lo necesario para ser una mercancía. La alternativa al mercado del agua no puede ser una “nueva cultura del agua” porque el aprovechamiento racional del agua es incompatible con la urbanización ilimitada del territorio. Se nos dirá que la nueva cultura del agua ha de ir acompañada de una “nueva política del suelo” o de una “cultura pública del suelo”, o incluso de la “regulación del sector de la construcción” (como propone con cierta timidez la Assemblea d’Okupes de Barcelona), etc. La retórica de la nueva cultura vale para todo: lo mismo se aplicará a la energía como al transporte, igual a las basuras que al ocio. Eso no es más que un eslógan para reivindicar una mayor presencia de las plataformas ciudadanas o las asociaciones de vecinos en la administración y un mayor control estatal y autonómico de los procesos urbanizadores. Pura cháchara ciudadanista empleada para enmascarar las verdaderas soluciones. El fallo de toda esa política consiste en no reconocer que la urbanización destructiva es la forma lógica con que el capital modela el planeta. La sociedad urbanizada es la sociedad capitalista moderna y no puede haber otra. Si se quiere liberar el territorio, sus habitantes habrán de librarlo del capitalismo. Cualquier política que respete al capital, que admita el mercado, se encamina hacia la gestión más o menos pausada de la destrucción territorial, no a ponerle fin.

La resistencia a la degradación urbanizadora ha de levantar miras y apuntar lejos. No solo ha de elaborar estrategias que paralicen el mercado, sino que ha de alumbrar modos de vida opuestos al modelo urbano. Se ha de fomentar la descentralización, el autoabastecimiento, la autonomía y, por encima de todo, el ágora, la asamblea. Medidas como por ejemplo, las ocupaciones, los huertos urbanos, los mercadillos de trueque, la vuelta al campo, etc., están bien para empezar, en tanto que expulsan al capital de espacios usurpados y actividades colonizadas; mejores son la municipalización, es decir, la propiedad pública del territorio gestionado en asamblea o la supresión del transporte privado, aunque a nadie escapan las enormes dificultades que tendrá su implantación. Sin embargo, las soluciones “verdes”, “sostenibles” o neoculturales son mucho menos realistas. Por ese camino seguro que no se va a conseguir nada; a lo sumo, un sindicalismo del hábitat practicado por una burocracia ambientalista institucionalizada encargada de administrar el territorio fijando las tasas de degradación permisibles. La libertad no puede fructificar ni en el territorio urbano “sostenibilizado” ni en el paisaje protegido, porque ambos únicamente ofrecen espacio esclavo. Un paliativo, y, al cabo de cierto tiempo, de vuelta al principio. Por otra parte, hablar de equilibrio territorial, o de territorio liberado, no tiene sentido sino bajo la perspectiva de la desurbanización. Quien ha de hablar primero ha de ser la piqueta. El territorio no recuperará su equilibrio ni la humanidad su sensatez hasta que el último capitalista sea enterrado en las ruinas de la última aglomeración urbana. La reapropiación del espacio para un modo de vida libre y comunitario ha de nacer inmersos en una gran operación de desmantelamiento, o no nacerá.


Miguel Amorós

Reelaboración de la conferencia-coloquio del 7 de abril de 2004 en el centro social La Mistelera de Dènia (Alacant).

Texto extraído de ekintza