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viernes, 27 de abril de 2018

Menos anarquistas que Marx - Diego Abad de Santillán


El anarquismo no es una doctrina de cátedra ni un descubrimiento de laboratorio, sino un movimiento social de los oprimidos y los explotados contra la opresión y la explotación. Con filósofos o sin ellos, el anarquismo no desaparecerá como movimiento revolucionario llamado a cimentar la sociedad entera sobre nuevas bases económicas, morales y políticas, por la sencilla razón de que no ha nacido de las fórmulas mágicas de tal o cual pensador ni fue generado en ninguna biblioteca de viejos infolios. 

No negamos que los filósofos y los pensadores hayan acelerado el desenvolvimiento de las ideas anarquistas y estamos lejos de poner en tela de juicio su valiosa contribución al proceso de concreción y de solidificación del pensamiento revolucionario. Pero de eso a conceder el monopolio del anarquismo a los filósofos y filosofastros, hay un gran trecho. Los pensadores y los plagiarios de los pensadores pueden escribir grandes bibliotecas y leer millares y millares de volúmenes; pueden elevar monumentos literarios de mayor o menor valor a la libertad, a la igualdad, a la fraternidad, al esperanto y al sexualismo revolucionario, pero con esos monumentos no se crea un movimiento social en que toman parte preferentemente quienes apenas saben leer y quienes, por su situación material, no pueden permitirse el lujo de devorar bibliotecas o de divagar en el café. ¡Pobre anarquismo si, por su esencia, se fundara en la labor de los filósofos y filosofastros!

Felizmente, el anarquismo sigue su curso con una cierta independencia de nuestras discusiones y mientras debatimos si lo blanco es blanco o negro, puede muy bien ocurrir que hayamos perdido el contacto efectivo con el movimiento social libertario de los trabajadores. Porque es entre los trabajadores oprimidos y explotados donde se alimenta la tendencia revolucionaria a cuyo desenvolvimiento debemos contribuir con nuevas ideas e iniciativas y cuya difusión debemos facilitar por medio del periódico, del libro, de la tribuna, pero no monopolizar como entretenimiento peripatético o como deporte de nuestras horas de "snobismo" intelectual.

 El lastre mental de las definiciones hechas y de los conceptos estereotipados en los círculos de la "intelligentzia" es terriblemente sofocador. Hemos creado caprichosamente palabras y hábitos mentales que luego nos esclavizan y nos unen a la noria de los automatismos. Las ideas de la lucha de clases, de la unidad de los trabajadores, del hombre económico y del hombre político, etc., son para nosotros otros tantos puntos sobre los cuales el peso de los hábitos adquiridos nos impide reflexionar. Cuando se procura reaccionar contra la dominación de uno de esos convencionalismos, se advierte la magnitud de su arraigo en las conciencias y de su poder sobre los hombres.

Ciertamente no vamos a sostener que sea imposible hacer una cierta separación ideal entre las actividades económicas y las actividades políticas, pero también podemos clasificar a los hombres en sanguíneos y biliosos, en partidarios de los tallarines y en partidarios del arroz a la valenciana, en altos y bajos; en..., la serie es interminable. Lo que nos parece arbitrario es eso de las separaciones absolutas, por ejemplo: en el sindicato eres un hombre económico y ¡cuidado con introducir allí el veneno corruptor de tus ideas particulares! Si quieres ser hombre político, preocuparte de cosas ideales y culturales, vete al grupo de afinidad de tu predilección o al partido de tus preferencias. Ese punto de vista de los sindicalistas franceses y de una minoría de soi-disent anarquistas que regentean el movimiento obrero de Barcelona, no lo hemos podido comprender nunca. Si Malatesta se siente inclinado a compartirlo, allá él; si Neno Vasco lo defendió en un libro de ciento cincuenta páginas, lo mismo nos da. ¿Somos anarquistas, o no lo somos? Si lo somos, hemos de serlo a todas horas y en todos los lugares; si no lo somos, mal haríamos en simular ciertos días de fiesta o entre ciertos contertulios, ideas y sentimientos que no abrigamos.

Se nos dice que el sindicato es para los obreros asalariados que quieren luchar contra el capitalismo. ¡Otra frase hecha! Ahí está el ejemplo ruso de la primera hora, para demostrar a los que no tienen voluntad de ser ciegos, que el capitalismo es un adversario menos fundamental que el estatismo, que el principio de autoridad. La revolución rusa destruyó las viejas formas capitalistas; llevó a la ruina el capital privado, pero dejó en pie una máquina estatal y el capitalismo arrojado por la ventana volvió dos años más tarde, por la puerta, acompañado de los honores y genuflexiones de sus pretendidos enemigos de ayer, recibido como el salvador del país. Ser enemigo del capitalismo no es bastante para ser revolucionario, después, sobre todo, de la experiencia rusa. Y los que se esfuerzan por sugerir a las masas obreras que su enemigo principal es el capitalismo se esfuerzan simultáneamente por desviar el proletariado de su guerra instintiva al Estado. Por lo demás, las luchas de cada día no nos ponen frente al capitalismo una sola vez, que no tengamos que contar con la huéspeda -la intervención del Estado en forma de gendarme, de soldado, de juez, etc.- Los intereses del Estado, aun en los países que se pretenden regidos por gobiernos "obreros" se identifican con los del capitalismo. Lo ve todo el mundo. Y hacía falta que vinieran unos señores sofistas en nombre del sindicalismo a separar las dos cosas y a agrupar a los trabajadores para la lucha contra el capitalismo, dejando intacto el Estado, sus instituciones y las ideas que lo fundamentan, en loor a una pretendida unidad de clase que se quebrantaría cuando los anarquistas, enemigos del principio de autoridad, atacáramos el Estado y el estatismo. 

Comparad esas generalidades con la valentía de nuestros precursores, los hombres de la primera Internacional en España e Italia, que decían: "En economía somos federalistas, en religión ateos, en política anarquistas". Aquellos hombres no tenían miedo a las palabras ni retrocedían ante ideas que hubieran parecido demasiado radicales para su tiempo; pero sus continuadores quieren evitar que se hable de Dios en el Sindicato, porque entonces los religiosos escaparán y no volverán a pagar sus cuotas para mantener secretarios; no quieren que se hable de política, porque los partidarios del Estado harían lo mismo que los religiosos si prevaleciese el punto de vista de los anarquistas; a lo sumo, ¡gracias a Dios!, nos dejan hablar de economía, y, felizmente, no se prohíbe atacar el capitalismo… siempre que no se vaya muy lejos, pues de ir hasta el fondo de la cuestión, los timoratos se retirarían de la agrupación de los asalariados y sus cuotas se perderían.

Terminemos con estas majaderías. El sindicato, como decía Borgui, es un continente cuyo contenido puede ser diverso. Supongamos tres botellas, una de vino, otra de petróleo y otra de ácido sulfúrico: ¿es que hemos de confundir el contenido el ácido sulfúrico con el vino, por el hecho de que ambos líquidos están contenidos en botellas? El sindicato, con esa base común de organismo de asalariados, puede ser fascista, católico, comunista, anarquista… Lo único que no puede ser el sindicato es… sindicalista, según el tipo imaginado por Pierre Besnard en Francia.

Algunos pontífices sindicalistas, anarquistas de días de fiesta, nos acusan del crimen de querer plantar la bandera del anarquismo en el movimiento obrero. ¡Horror! En el movimiento obrero no hay que plantar esa bandera; esa bandera pertenece a las tertulias del café o a los grupos de afinidad; esa bandera tienen que monopolizarla los filósofos; para los trabajadores es demasiado abstracta; los trabajadores deben permanecer unidos en tanto que son explotados.

Confesamos el crimen, y confesamos, además, que no lloraríamos la muerte de organizaciones obreras que no tuvieran más preocupaciones que la obtención de mejores salarios y de menos horas de trabajo; digámoslo todo: no lloraríamos la muerte de organizaciones en donde no pudiera flamear la bandera del anarquismo.

Ese crimen afecta a los nervios de Fabio; felizmente, no dispone de verdugos ni de guardia civil; no ocupa todavía el puesto de mandarín del futuro reinado sindicalista y el crimen no nos llevará por esta vez a la guillotina. Pero tenemos en cuenta las amenazas ocultas en una dictadura de dirigentes de organizaciones obreras. Lo que será ese régimen nos lo advierte ya su pensamiento: las masas organizadas no son nada, lo son todo los que las dirigen; en otras palabras ha sido dicho, pero el significado es ese. El sindicato soy yo, dirán nuestros futuros gobernantes, y nos harán callar, como nos hacen callar Trotzky y los diferentes Mussolinis europeos. Dejemos los problemas del mañana para el mañana, y mientras nos sea posible hoy, luchemos por que el movimiento obrero se encamine a la anarquía y reconozca como suya nuestra bandera. Y en torno a esa bandera agrupemos a los explotados y los oprimidos para la lucha por un mundo mejor, hoy para una huelga por un poco más de pan, mañana para una defensa solidaria del hermano caído en la garras de la ley; otro día para lo que se presente, y diariamente para educar en la libertad a los materiales humanos que deberán construir el mundo libre. 

No queremos fundar grandes organizaciones obreras sobre la mentira y la simulación de nuestras ideas; no nos conformamos tampoco con influenciar con nuestras ideas las organizaciones proletarias; queremos despertar en esas organizaciones las ideas y tendencias naturales del movimiento obrero, y a esas tendencias se les da el nombre de anarquismo, porque el movimiento obrero, libre de las influencias extrañas que lo desvían de sus cauces espontáneos, tiende a la destrucción del Estado y a organizar la vida social sobre las bases libres que nosotros deseamos. La finalidad anarquista del movimiento obrero no es ningún descubrimiento nuestro. La frase de Bovio: anárquico es el pensamiento y hacia la anarquía marcha la historia, la defendió también Carlos Marx; recordemos una vez más este pasaje del famoso libelo contra Bakunin: “Todos los socialistas comprenden por anarquía esto: una vez alcanzado el objetivo del movimiento proletario, el poder de Estado desaparece y las funciones de gobierno se transforman en simples funciones administrativas.” 

Ahí tenemos a Heinrich Cunow, el compinche de Karl Kautski en Die Neue Zeit, que acusa a Marx y a Engels de haberse dejado influir por corrientes ideológicas anarcoliberales de su tiempo (véase el libro Die Marxsche Geschichte-, Geseschafts-und Staatstheorie. Grunzüge der Marxchen Soziologie). Y no hace falta más que tomar en la mano libros de los socialistas más conocidos, por ejemplo Vandervelde, por ejemplo Lenin, para comprobar que aceptaban y reconocían como un proceso natural el de la finalidad anarquista del movimiento obrero social y revolucionario. ¡No seamos menos anarquistas que Marx, pues, y no llevemos nuestra cobardía hasta el punto de abdicar de nuestras ideas en los sindicatos y de cesar en nuestros esfuerzos por plantar sobre el movimiento obrero total o al menos sobre la parte que nos responda, la bandera de la anarquía, el objetivo de nuestras luchas y de nuestros pasos! 

No se es traicionado más que por los propios, dice el refrán; sería doloroso que la defensa de la finalidad anarquista del movimiento revolucionario tuviéramos que hacerla contra los anarquistas mismos, recurriendo a la autoridad de nuestro querido amigo Carlos Marx. Las maniobras de algunos dirigentes de la Confederación Nacional del Trabajo de España, que se dicen anarquistas, para borrar de ese organismo la finalidad anárquica históricamente reconocida por el proletariado revolucionario organizado de ese país es un mal síntoma. Esperamos que la enfermedad no prosperará.

D. A. de Santillán

 (Del Suplemento semanal de La Protesta, Buenos Aires, 10 de agosto de 1925.)




miércoles, 23 de marzo de 2016

Anarquismo y Comunismo - Emilio López Arango

Para los comunistas anárquicos la división entre las palabras comunismo y anarquismo no existe. Sin embargo, no siempre corresponde la denominación de las teorías, máxime si a fuerza de sistematizarlas se olvida una parte de su esencia, al contenido que quieren expresar sus fórmulas exteriores o que se supone reside en las premisas de un programa.

No todos los anarquistas son comunistas –y no pocos, creyendo serlo, propagan teorías que niegan los fundamentos económico sociales del comunismo–, de la misma manera que no deben confundirse las tendencias autoritarias que invocan ese nombre sin verdadera idea de la comunidad, que para ser tal debe inspirarse en principios de libertad y justicia. El anarquismo es una concepción moral, en oposición a los dogmas consagrados y a los prejuicios hechos ley o costumbre. El comunismo es la utopía social, el hecho económico aún no realizado, el medio de convivencia que, si tiene algunos antecedentes históricos en las ciudades libres de la Edad Media y en las primitivas comunidades religiosas, no pueden sin embargo ser definido ni con las mueras experiencias del pasado ni con las demasiado agobiadoras realidades del presente. 

Si el anarquista es un inadaptado, un descontento instintivo, un hombre que lucha contra la opresión circundante y combate la tiranía ambiente para que esas cualidades negativas tengan algún valor, es necesario que al mismo tiempo plantee, aunque más no sea en teoría, la solución del problema social. He ahí pues, donde la teoría económica del comunismo se convierte en el objetivo substancial del anarquismo. Porque fuera de la sociedad no hay soluciones revolucionarias, justas y equitativas para la vida del hombre que aspira a ser un igual entre los iguales. 

Cabe pues, que definamos el valor o los valores de dos palabras que, unidas, representan una tendencia político-económica en pugna con los principios aceptados por todos los defensores del orden actual. Y nos interesa en particular la definición del comunismo, como base económica de la ideología anarquista, ya que las influencias autoritarias y capitalistas contribuyen hoy a alejarnos de la idea básica de la libertad, de la justicia y del derecho, que solo podrá ser efectiva en una comunidad de hombres que sepan practicar el apoyo mutuo. 

Entre la teoría política del anarquismo, fuertemente ligada a las corrientes liberales del siglo pasado, y el hecho económico que expresa la concepción comunista, se manifiestan no pocos antagonismos de doctrina y de táctica. Desde el individualista adverso a cualquier forma de organización, al adepto de la forma industrial, hay una variedad creciente de tendencia, escuelas y capillas. No nos detendremos a enumerar las diferentes corrientes que contribuyen en una u otra forma a crear el caudal ideológico del anarquismo. Lo que nos interesa por ahora es definir la justa equivalencia de dos conceptos que, separados, sirven de denominativo a las tendencias sociales más contradictorias y se prestan a toda clase de confusiones. 

El comunismo anárquico, para la mayoría de los que actúan al margen o por encima de la lucha de intereses económicos, entraña un principio de imposición por el hecho de esbozar un programa de futuro. Pero para los partidarios del sindicalismo posibilista la tesis comunista, como resultancia de la evolución social, está subordinada al proceso capitalista y en consecuencia sigue el ritmo histórico señalado por los teóricos del materialismo. 

Los que siguiendo las huellas de Marx aplican la teoría materialista ­–estrechas y rígidas en su pretendido cientifismo histórico– al movimiento de la clase trabajadora, se olvidan de las fuentes del comunismo. Se basan en el hecho de que los problemas sociales están sujetos al imperativo de la lucha de clases, esto es, al antagonismo de los intereses económicos, y, en consecuencia, corresponde a los trabajadores obrar como componentes de una clase específica y dirigir todos sus esfuerzos a la conquista de los medios de producción, distribución y consumo. ¿No está en esa tesis implícitamente reconocida la razón de ser del capitalismo? Propender a la conquista de las instituciones capitalistas, reconociendo la existencia del Estado o empeñándose en ignorarla, no significa un propósito de destrucción: por el contrario, se adelanta el deseo de conservar esas instituciones en la esperanza de que, bajo una nueva dirección, sirvan a los intereses de la clase trabajadora después de la derrota de la burguesía. 

Cabe pues, que formulemos esta pregunta: ¿Qué valor puede tener la conquista del poder económico por o para la clase trabajadora, si, circunscrito al cambio de directores, técnicos y administradores del trabajo y de la economía, persisten las causas del sometimiento del asalariado, la incapacidad de la mayoría para la auto-producción y auto-gobierno, la dependencia de hecho de las grandes masas a sus jefes y guías? De una restauración capitalista mediante el cambio de gobernantes, sale siempre fortalecido el capitalismo.

Debido a la preponderancia de los factores materiales –a la subordinación del individuo a las llamadas necesidades sociales, que regulan las potencias políticas y financieras– de la ciudad han desaparecido completamente los fundamentos éticos del comunismo. La comuna no puede tener un equivalente en los emporios capitalistas –en las modernas citys del parasitismo burocrático, de los mercaderes y politicantes–, porque toda posibilidad de colaboración desaparece bajo el peso aplastador del Estado y del capitalismo. El obrero es un simple accesorio de la máquina económica y sus ideas, sus aptitudes y voluntad se mecanizan con la disciplina del trabajo impersonal. De ahí que llegue a suponer que la vida humana depende de sus labores, no importa que sean de carácter nocivo o completamente superfluo, concediendo escasa importancia a las tareas agrícolas. 

Si el problema actual, para los obreros de la industria, consiste en aumentar la capacidad del capitalismo en esa fase de la producción ¿en qué condiciones estarán mañana para suprimir las industrias no útiles, la burocracia y el parasitismo que exigen tanto el aparato estatal, como al administración y al dirección técnica de las grandes empresas? ¿Cómo harán frente al problema que significa desmontar la máquina del Estado político, sustituyendo sus engranajes con los complicados resortes de la economía capitalista?

Para los pregoneros del comunismo industrial –que como vemos es una negación del comunalismo–, no tiene importancia ese problema post-revolucionario. Dentro de su fórmula –“crear la sociedad nueva dentro del cascaron de la vieja”– pretenden encerrar todas las contingencias posteriores a la revolución, precisamente porque aceptan la posibilidad de un gobierno de la economía después del triunfo de los trabajadores y de la caída del poder burgués. Pero el Estado económico, que es en resumidas cuentas una supervivencia del capitalismo, aún cuando cambie el orden de las clases en el usufructo del poder y de las riquezas, ¿no necesitará de un aparato gubernamental, de leyes y de ordenanzas para regirse y de ejércitos y policías para mantener su equilibrio? La conservación de la organización industrial arrebatada al capitalismo obligará a los trabajadores a conservar el resto del aparato político y judicial: el Estado. 

Hay, pues, un error fundamental en ese pseudo-anarquismo industrialista, es la tendencia llamada reconstructiva porque aboga por la organización del trabajo siguiendo el curso del proceso de centralización industrial y que hace depender el futuro de la humanidad de las aptitudes del obrero para transformarse en la clase dirigente. Y ese error aleja a los pueblos de las fuentes más puras de la revolución. Que no tiene contenido espiritual en las ciudades invadidas por la fiebre capitalista y por la pasión autoritaria. 

Para retornar a las fuentes del comunismo, sin el cual no es posible concretar en una realización social las ideas anarquistas, es imprescindible combatir toda tendencia encaminada a conservar el régimen capitalista después de la revolución. En consecuencia, debemos buscar en el comunalismo, esto es, la raíz de las sociedades humanas, las demostraciones históricas que prueban la posibilidad de la vida social prescindiendo del capitalismo y del Estado. 

En la comuna está el fundamento de las teorías anarquistas, porque la concepción libertaria no tendría una verdadera base revolucionaria si eludiera la solución del problema económico en beneficio de todos los seres humanos.

***

Para los anarquistas no puede depender el hecho revolucionario del fortalecimiento del Estado. La mentalidad ciudadana, tanto por los hábitos políticos como por la prevalencia de las necesidades creadas por el régimen industrial, es refractaria a la idea del comunismo. Por eso los políticos socialistas subordinan la concepción comunista al imperativo de las necesidades que suponen están determinadas por el fatalismo histórico, que es la base “científica” de las teorías económicas de Marx. 

El anarquismo, idea de libertad y justicia, tiene en la comuna su base económica. Hoy resulta un tanto difícil concebir el valor de este principio. El proletariado industrial, movido por necesidades perentorias, hecho a imagen y semejanza de la sociedad que lo esclaviza, ignora el trabajo verdaderamente creador y útil, vive desarraigo de la tierra, fuente de toda riqueza. La ciudad está en permanente litigio con el campo, al que domina con el poder de sus finanzas, con la potencia de sus máquinas, con el arma política que forja las más odiosas tiranías y las mentiras más engañosas. No es posible defender la integridad de las ideas anarquistas eludiendo la solución del problema campesino, que es la raíz histórica de la comuna libre. El comunalismo tiene su base en el campo, en el trabajo fecundo de las comunidades campesinas en el retorno a la vida sencilla en contacto con la naturaleza, depurada de errores pretéritos y de las desviaciones y extravíos generados por el egoísmo y la maldad del hombre civilizado...

La simplificación de la vida traerá como consecuencia el derrumbe del sistema capitalista. El trabajo tendrá una verdadera utilidad, para la satisfacción de las necesidades fisiológicas, y la ciencia redimirá al hombre del pecado capital: la explotación. ¿Podrá el proletariado llegar a vencer las preocupaciones que hoy esterilizan sus mejores energías y libertarse de la cadena que lo ata al régimen social que cree combatir y demoler imitando a sus enemigos? 

He aquí una respuesta que en vano buscaríamos en los hechos que sirven para explicar el creciente avance de las ideas autoritarias y la desviación del movimiento revolucionario por el predominio de las preocupaciones materialistas en los sectores influenciados por los teóricos del social-estatismo y del pseudo-comunismo industrialista. 


Emilio López Arango




Tomado del Libro «Ideario Del pensamiento anarquista en el movimiento obrero»

domingo, 20 de marzo de 2016

Comunalismo y sindicalismo - Emilio López Arango

He aquí un tópico que pocas veces, o ninguna, tocan los teorizantes del sindicalismo y que casi lo tienen olvidado por completo los mismos anarquistas. Porque, al grado de preponderancia que llegó el movimiento sindical y a las orientaciones que, en términos generales, siguen los sindicatos obreros, es el caso de preguntas si la práctica del “sindicalismo revolucionario” responde a la teoría anarquista, no ya en el espíritu libertario que lo informa, sino principalmente en su concepción económica de la sociedad futura: el comunismo.

El movimiento sindical de los trabajadores, sujeto a esa encadenación de factores morales y materiales derivados de la organización económica actual, interpreta, en su conjunto, por los objetivos que persigue en sus diarias acciones y por el “objeto” que combate, la teoría marxista del “materialismo histórico”. De esa premisa, que tiene de real el hecho de que el materialismo es la substancia de toda organización asentada en el privilegio y la expoliación —pero que se basa en una hipótesis puramente negativa, ya que confía al desarrollo industrial del capitalismo el proceso de disolución de la sociedad capitalista—; en esa superchería creada por Marx para dar valor a su “Estado obrero” y a su acción reformista del “socialismo científico” —socialismo de parlamento y de disputas electorales—  surgió la moderna concepción del sindicalismo científico…

Los teóricos de ese sindicalismo basado en la concepción materialista de la historia y que sigue a la zaga del capitalismo, copiando sus modalidades y haciendo suyos los “medios” que va creando en su continuo desarrollo industrial, creen que, con afirmar su fe libertaria y rechazar las viejas prácticas del funcionalismo marxista y la acción política de los parlamentaristas, establecen una diferencia esencial entre los sindicatos y los partidos. Pero en realidad, la diferencia es sólo de forma. La acción política de los socialistas se inspira en la llamada lucha de clases. El sindicalismo realiza diariamente esa lucha de clases, persiguiendo como objetivo inmediato el mejoramiento en las condiciones económicas del proletariado y como finalidad social la destrucción de la sociedad capitalista. Empleando medios distintos, sindicalistas y socialistas tienen una misma aspiración final: arrebatar el poder político a la burguesía y expropiar a sus actuales detentadores los instrumentos de producción y los “medios” que sirven para regularizar el consumo.

Se dirá que el sindicalismo que esbozamos aquí no es otra cosa que el marxismo llevado a las sociedades obreras por los políticos reformistas. Y se podrá objetar también que si el movimiento obrero está “fatalmente” obligado a seguir ese desarrollo material del capitalismo, no es posible afianzar una teoría contraria al “materialismo histórico” tomando como base a las organizaciones económicas del proletariado. Pero es el caso que nosotros no discutimos las “intenciones” de los “sindicalistas revolucionarios”: intenciones que tienen su síntesis ideológica en los preámbulos, cartas orgánicas, pactos de solidaridad y declaraciones de principios inspirados en las ideas libertarias. Como tampoco aceptamos el exclusivismo materialista de Marx, ni creemos que los organismos obreros deban seguir el proceso de desarrollo industrial copiando las formas exteriores del capitalismo y buscando en la estructura económica de la sociedad contemporánea los elementos constructivos de la futura organización de los pueblos.

Planteada la cuestión en estos términos, cabe que intentemos establecer la diferencia fundamental que separa a los anarquistas de los marxistas. Y, como generalmente se cree que el problema es puramente moral y hasta abstracto —que se reduce a ciertas declaraciones revolucionarias y a varios aspectos externos de la lucha inmediata contra el Estado y el capitalismo—, queremos buscar un ejemplo convincente en la más típica expresión del movimiento revolucionario: la acción sindical de los trabajadores.

¿Existe una cohesión efectiva entre el movimiento obrero (hablamos en términos generales) y la concepción libertaria del comunismo? Veamos. Las orientaciones del sindicalismo están subordinadas al desarrollo capitalista (“materialismo histórico”), y en el proceso industrial de la burguesía encontraron sus teorizadores los elementos de juicio para crear una teoría revolucionaria propia… Quiere decir, pues, que el sindicalismo, empleando los medios que le ofrece la organización capitalista, y únicamente inspirado en el principio de la lucha de clases, persigue como fin el establecimiento de una organización capitalista dirigida por los trabajadores. Y este absurdo —que no pocos creerán una afirmación antojadiza de parte nuestra—, está contenido en este alegato: “todo el poder a los sindicatos”, y en esta otra premisa: “ir constituyendo la sociedad nueva en el cascarón de la vieja”.

La concepción anarquista, aplicada a la misma organización económica de los trabajadores, es contraria a ese “sindicalismo constructivo”. No es posible olvidar este principio elemental de nuestra ideología: la organización comunista de una sociedad de hombres libres, debe tener por base a la comuna. El sindicalismo no tiene en cuenta la existencia de esos grupos autónomos de individuos, verdaderas células del organismo social, porque para los “materialistas históricos” las diferenciaciones éticas y étnicas están subordinadas al entrelazamiento creado entre los pueblos de una región o de varias regiones por una industria cualquiera. De lo que resulta que la base de la organización sindicalista está en el principio de centralización industrial —y no en la descentralización de esas monstruosas empresas y trusts financieros que destruyen las características del comunialismo—, con lo que se llegaría, después de la revolución a crear un Estado sindicalista cuyas células estarían representadas por cada una de las ramas industriales injertadas en el tronco capitalista…

El juego de palabras con que pretenden los sindicalistas identificar sus teorías a la concepción libertaria del comunismo, no puede servir de juicio en la aclaración de estos dos valores antitéticos: el comunalismo y el sindicalismo.

Los anarquistas, si quieren ser consecuentes con sus ideas y mantenerse irreductibles frente a las desviaciones que alejan al movimiento obrero de sus fuentes de inspiración libertaria, no deben olvidar que las organizaciones económicas del proletariado tienen carácter transitorio y responden pura y exclusivamente a “necesidades” creadas por el desarrollo capitalista e impuestas por las condiciones precarias en que vive la clase trabajadora. Y si la conformación de esos órganos de lucha se mantiene sujeta a las formas estructurales del régimen capitalista, ¿qué valores revolucionarios podemos atribuir a los sindicatos obreros?

Para los anarquistas, el sindicalismo no puede ser otra cosa que un medio de lucha: la organización económica de los trabajadores para actuar en el plano económico que sirve de base a la sociedad capitalista. Y siendo los sindicatos simples medios para la acción económica de los trabajadores, se comprende que no es posible atribuirles una función social pre-revolucionaria que no pueden desempeñar al margen de la organización capitalista, puesto que son la imagen y semejanza de esa misma organización.

De ese hecho parte la diferencia que separa la propaganda anarquista del movimiento puramente sindicalista. Y no es necesario presentar como ejemplo a los grupos de propaganda que se desenvuelven al margen de las organizaciones obreras, pues la orientación anarquista puede ser señalada también en organizaciones proletarias creadas sobre la base de la lucha económica. Se puede ser comunalista — esto es, partidario de la organización siguiendo las líneas que señala los diversos organismos humanos, sin tener en cuenta el proceso de centralización capitalista o las “especialidades” creadas por el industrialismo—, y defender la organización sindical de los trabajadores. Lo importante es mantener latente el espíritu de independencia de los proletarios y oponer una fuerza consciente al poder avasallador del capitalismo, minando su formidable organismo económico para inutilizarlo por completo sin esperar servirse de él durante o después de la revolución.

Los anarquistas que tienen en cuenta todas las razones del “materialismo histórico” y llevan a los sindicatos obreros las preocupaciones derivadas de la supuesta prevalencia del factor económico sobre las causas morales que determinan la esclavitud de los pueblos, contribuyen al afianzamiento de esa doctrina sindicalista que pretende encerrar la vida en los estrechos moldes del sindicato. Y si esos anarquistas, pretendiendo haber hecho un colosal descubrimiento, nos presentan el industrialismo I.W.W. o sus derivados sindicales: consejos de fábrica, organización por talleres, división del trabajo en ramas de industria y demás innovaciones de corte marxista, creyendo haber encontrado la solución del problema social, es menester que les recordemos que nada tan opuesto a las ideas anarquistas y a la concepción del comunismo como esa teoría sacada de la médula del capitalismo.

El alegato de que las “necesidades” imponen esas nuevas formas orgánicas al sindicalismo, es una superchería que solo pueden sostener y aceptar los “materialistas históricos”. El problema fundamental que agita a los pueblos, gesta el descontento popular y plasma las protestas humanas en movimientos revolucionarios, no tiene sus causas primeras —que en realidad son causas únicas—, en los aspectos actuales de la explotación y el dominio del hombre por el hombre. El capitalismo es un aspecto, el más moderno y posiblemente también el más degradante, del secular sistema que regula la vida de los pueblos. Y si revoluciones hubo antes de que la burguesía se elevara al rango de clase privilegiada y antes que el Estado capitalista nos ofreciera su terrible poder económico, es fácil constatar que el espíritu que alienta a la humanidad en su penosa marcha hacia el futuro es anterior a las “necesidades” creadas al proletariado por el desarrollo industrial de las sociedades burguesas.

Constatamos, pues, que el punto de partida de toda organización libertaria está en la comuna. Y el comunalismo no es una simple expresión política —o un convencional denominativo geográfico—; sino que es ante todo una concepción libertaria que se basa en la reciprocidad de intereses y en la identificación de aspiraciones de los diversos grupos humanos que forman las naciones e integran el conjunto social de la humanidad.

Los rasgos característicos de cada pueblo no se han creado por medio de leyes artificiosas o por “caprichos” de la naturaleza. El anarquismo tiene muy en cuenta esas características morales y físicas que nos demuestran que la variedad es la ley natural más sabia… El socialismo, en cambio, ateniéndose a la premisa del “materialismo histórico”, supedita el problema humano al desarrollo del capitalismo y subordina a las necesidades económicas los factores morales que determinan el grado de cultura de cada pueblo.


El industrialismo obrero es la constatación del “materialismo histórico” llevado al terreno de la lucha de clases. Y ese camouflage revolucionario, por lo mismo que oculta la esterilidad creadora de las grandes masas sometidas a la dirección de los jefes políticos y sindicales que aspiran a la dictadura del proletariado, debe ser destruido por los anarquistas que no sufrieron el deslumbramiento de esa llamarada de pólvora...


Emilio López Arango




Digitalización: Rebeldeἄlegre





lunes, 14 de marzo de 2016

El valor de las conquistas inmediatas – Emilio López Arango

Se quiere negar el valor de las conquistas inmediatas. No representan una solución de futuro ni determinan en el presente un cambio real de las condiciones de la clase trabajadora, sometida a la ley de hierro del salario. Y, aún cuando sea una necesidad la lucha por el pan, contra esa obligada consecuencia del sistema capitalista, hay anarquistas que oponen el concepto negativo –porque está fuera de las posibilidades presentes— de la revolución integral.

Teóricamente tendrían razón los impugnadores del esfuerzo mejorativista si pudieran achacar a los anarquistas que actúan en el movimiento obrero el fin de subordinar a las conquistas inmediatas el resultado final de ese esfuerzo. Pero es bien sabido que cualquier programa que formulemos para inspirar una actividad colectiva —incluso en el terreno doctrinario, desde los grupos que representan la tendencia “política” del anarquismo— no sirve más que para señalar la trayectoria de la acción revolucionaria sobre la realidad presente. ¿Es que se puede formular una teoría social prescindiendo de la sociedad de hoy, cerrando los ojos a las injusticias cotidianas, pasando por encima de las víctimas de este régimen injusto y brutal? Lo sabemos de sobra. Las conquistas económicas del proletariado se reducen a bien poca cosa, porque la ley de hierro del salario destruye toda posibilidad de mejoramiento del asalariado en el sistema capitalista. Sin embargo, ¿no está en ese esfuerzo concretada la aspiración de futuro, el comienzo de la lucha de los explotados contra los explotadores, la obligada contingencia del proceso revolucionario que los anarquistas tratamos de acelerar poniendo frente a frente al capital y al trabajo?

El reformismo no está en el hecho natural de que los obreros reclamen mejoras económicas, sino en la subordinación de la ideología socialista totalitaria a un programa que tiende a perpetuar el régimen del salariado. Y es un error sostener que todas las conquistas del proletariado son estériles y que no representan nada en la marca del progreso. ¿Acaso es lo mismo trabajar diez o doce horas que limitar a ocho o seis la jornada de trabajo? He aquí una mejora positiva, tan parcial como se quiera que nada tiene que ver con la ley de hierro del salario y que en cambio determina un nuevo proceso en la ley de la oferta y la demanda.

Rechazar ese positivo mejoramiento en las condiciones materiales del asalariado con el argumento de que perdura el sistema capitalista aunque la jornada de trabajo se reduzcan a cuatro o dos horas, supone tanto como defender la teoría de la miseria como factor de la revolución. Por otra parte, ¿es posible eludir el esfuerzo que reclama la lucha cotidiana contra la explotación capitalista, conservando todas las energías para dar el golpe de gracia al capitalismo cuando se agote la paciencia de los trabajadores? ¿Se puede acumular en alguna parte la energía que se pierde en la espera del gran acontecimiento? ¿O es que la inercia constituye un caudal de fuerzas ignoradas que se concentran en algún punto de la tierra y que explosionan al mágico conjuro de un genio desconocido por los hombres?

La realidad nos demuestra que toda conquista fundamental está condicionada por conquistas parciales. No se puede llegar a la revolución social de un salto sobre el infinito sin partir de un punto dado y seguir una determinada trayectoria de esfuerzos y realizaciones. Un programa total anarquista, que no extrae ninguna experiencia del presente que no se manifiesta en ningún propósito actual termina siendo una negación y defender la tesis empírica de “todo o nada” equivale a negar la posibilidad de que los trabajadores realicen por sí mismos su emancipación económica y social.

Descubrimos en esa teoría un extraño deriva del fatalismo histórico. Por oposición al reformismo, se niega el valor y la importancia de las conquistas inmediatas, con lo que confiesa que todo esfuerzo es inútil frente al inevitable proceso de la economía capitalista, del cual sin embargo se hace depender el desenlace del secular drama que viven los pueblos. Se sitúa la revolución en un punto hipotético —fuera de la realidad presente, sin continuidad en el tiempo y en el espacio— y se espera que se realice el milagro de la profecía de Juan Bovio: “hacia la anarquía marcha la historia”. Otra cosa no supone pretender que los anarquistas trabajen los valores revolucionarios en la conciencia del hombre prescindiendo del verdadero material humano.

No discutamos lo que está fuera de la discusión. Sí, lo sabemos. Los sociólogos burgueses —como nos recuerda un camarada que intenta demostrar la ineficacia del mejorativismo— conocen la ley que rige la economía capitalista. Saben incluso que concediendo a los obreros mayores salarios no se altera la “balanza económica”. Pero la burguesía, porque esa también es una ley de equilibrio, resiste la demanda de los trabajadores por un mayor bienestar. Y esa resistencia adquiere el carácter de lucha enconada, tiene exponentes de violencia, deriva a situaciones revolucionarias por la misma razón de que el desequilibrio es permanentemente en la sociedad del privilegio.

Hemos planteado el problema eterno de la lucha social cuyo origen está en la desigualdad de los hombres en el trabajo y en el disfrute de los bienes colectivos. Sustraerse al choque de las fuerzas antagónicas que presiden la marcha de la historia, negar el esfuerzo anarquista a la acción defensiva del proletariado, aislar las energías de la minoría consciente del conjunto de energías que chocan contra las murallas del privilegio, es tan imposible como pretender que un hombre viva encerrado en sí mismo y que realice su destino fuera de la humanidad.

Lo que importa no es demostrar la eficacia o ineficacia de las conquistas parciales, sino definir la conducta de los anarquistas frente al proceso de las reformas económicas que explican la existencia del proletariado y el gradual desarrollo de su conciencia revolucionaria. Cuando nosotros propiciamos una huelga por mayores salarios o adelantamos la posibilidad de reducir la jornada de trabajo de 6 horas ¿hipotecamos el futuro al presente? ¿Nos interesa siquiera buscar una base de equilibrio al sistema capitalista? No, lo único que hacemos es dar una dirección de impulso inicial del movimiento obrero y un objetivo inmediato a las fuerzas que entran en beligerancia en el terreno social. Y esa actividad, como lo demuestra la propaganda que el anarquismo realiza de acuerdo con su programa total, no impide que un esfuerzo mayor se haya puesto a prueba para el logro de objetivos que están fuera de las contingencias puramente materiales.

Tengamos cuidado con las negociaciones que toman por base un principio absoluto. Los anarquistas no dan importancia a las reformas sociales pero tampoco pueden sustraerse a la necesidad de luchar por ciertas conquistas inmediatas económicas y morales. Por eso actúan en el movimiento obrero, expresión de la lucha contra los privilegios de clase, en los que asienta el régimen capitalista.



Emilio López Arango 


Tomado del Libro «Ideario Del pensamiento anarquista en el movimiento obrero»


jueves, 4 de febrero de 2016

Surgimiento y declive del movimiento anarquista en América Latina - Ángel Cappelletti

El siguiente escrito de Ángel Cappelletti, conforma el prólogo de «El Anarquismoen América Latina» (Biblioteca Ayacucho, 1990). Resumen histórico y compilación de textos seleccionados por el citado autor y Carlos M. Rama.

El anarquismo como ideología y como filosofía social surge en Europa en la primera mitad del siglo XIX. Como las diversas modalidades del socialismo pre-marxista, es un producto francés, pues a Proudhon debe su nombre y su primera formulación sistemática, aunque justo es recordar que tuvo dos poderosos padrinos, en Inglaterra (Godwin) y en Alemania (Stirner). Como movimiento social de las clases productoras (obreras, artesanos, campesinos) asume primero la forma de mutualismo, desde antes de 1850, también en Francia. En un segundo momento, ya en la década del 60, se convierte en colectivismo con Bakunin y vincula su actividad esencialmente a la Primera Internacional, en cuyo seno llega a constituir, durante un tiempo, la corriente mayoritaria. En esta época, en efecto, la mayor parte de los obreros organizados en Italia, Francia, España, Portugal, Suiza francesa, Bélgica, Holanda, etc., son anarquistas o profesan un socialismo revolucionario afín al anarquismo. Inclusive en Gran Bretaña, el tradeunionismo, con sus moderadas tendencias, se encuentra más cerca de los proudhonianos que de los marxistas.


Ya durante la década de los 60* las ideas anarquistas llegan a América Latina y se concretan en algunos grupos de acción. En las Antillas francesas se fundan Secciones de la Internacional; en México se difunden las ideas de Proudhon y Bakunin y surgen las primeras organizaciones obreras, campesinas y estudiantiles de signo libertario. A comienzos de los años 70 es clara la presencia de núcleos anarquistas en ambas márgenes del Plata. Desde entonces y durante más de medio siglo, el anarquismo tiene una larga y accidentada historia en muchos de los países latinoamericanos. En algunos de ellos, como en Argentina y Uruguay, logró la adhesión de la mayor parte de la clase obrera, a través de sindicatos y sociedades de resistencia, durante varias décadas. En otros, como en México, desempeñó un papel importante inclusive dentro de la historia política y de las contiendas armadas del país. En Chile y Perú, fue indudable iniciador de las luchas de la clase obrera en su dimensión revolucionaria. Inclusive en aquellos países donde no logró después un gran arraigo sindical, como Ecuador, Panamá o Guatemala, no cabe duda de que las primeras organizaciones obreras que trascendieron el significado de meras sociedades de socorros mutuos y encararon la lucha de clases, fueron anarquistas.

El anarquismo tiene, pues, en América Latina una amplia historia, rica en luchas pacíficas y violentas, en manifestaciones de heroísmo individual y colectivo, en esfuerzos organizativos, en propaganda oral, escrita y práctica, en obras literarias, en experimento teatrales, pedagógicos, cooperativos, comunitarios, etc. Esta historia nunca ha sido escrita en su totalidad, aunque existen algunos buenos estudios parciales. Más aún, quienes escriben la historia social, política, cultural, literaria, filosófica, etc., del subcontinente suelen pasar por alto o minimizar la importancia del movimiento anarquista. Hay en ello tanta ignorancia como mala fe. Algunos historiadores desconocen los hechos o consideran al anarquismo o como una ideología marginal y absolutamente minoritaria y desdeñable. Otros, por el contrario, saben lo que el anarquismo significa en la historia de las ideas socialistas y comprenden bien su actitud frente al marxismo, pero precisamente por eso se esfuerzan en olvidarlo o en desvalorizarlo como fruto de inmadurez revolucionaria, utopismo abstracto, rebeldía artesanal o pequeño burguesa, etc.

El presente Prólogo no pretende ser una historia completa del anarquismo latinoamericano, sino simplemente un esbozo de ella. Aun así, la amplitud de la materia (que abarca desde Argentina hasta México) y la escasez de estudios previos (que no sean parciales) nos ha obligado a darle una extensión mayor que la habitual dentro de la Biblioteca Ayacucho. En él se examinan los hechos sociales, la propaganda periodística, y la literatura del anarquismo en cada país, desde el extremo meridional (Argentina) al septentrional (México). La antología comprende escritos de autores anarquistas de varios países. Nuestro criterio de selección ha sido no la excelencia literaria sino la relevancia ideológica o filosófica de los mismos. Pero antes de proceder a dar un esbozo histórico, país por país, trataremos de establecer, brevemente, algunos rasgos específicos del anarquismo en América Latina.

Como todo pensamiento originado en Europa, la ideología anarquista fue para América Latina un producto importado. Sólo que las ideas no son meros productos sino más bien organismos y, como tales, deben adaptarse al nuevo medio y, al hacerlo, cambiar en mayor o menor medida.

Decir que el anarquismo fue traído a estas playas por inmigrantes europeos es casi acotar lo obvio. Interpretar el hecho como un signo de su minusvalía, parece más bien una muestra de estupidez. (La idea misma de «patria» y la ideología nacionalista nos han llegado de Europa). Pero el anarquismo no fue sólo la ideología de masas obreras y campesinas paupérrimas que, arribadas al nuevo continente, se sintieron defraudadas en su esperanza de una vida mejor y vieron cambiar la opresión de las antiguas monarquías por la no menos pesada de las nuevas oligarquías republicanas. Fue muy pronto el modo de ver el mundo y la sociedad que adoptaron también masas autóctonas y aún indígenas, desde México a la Argentina, desde Zalacosta en Chalco hasta Facón Grande en la Patagonia. Muy pocas veces se ha hecho notar que la doctrina anarquista del colectivismo autogestionario, aplicada a la cuestión agraria, coincidía de hecho con el antiguo modo de organización y de vida de los indígenas en México y del Perú, anterior no sólo al imperialismo español sino también al imperialismo de los aztecas y de los incas. En la medida en que los anarquistas lograron llegar hasta los indígenas, no tuvieron que inculcarles ideologías exóticas, sino sólo tornar conscientes las ancestrales ideologías campesinas del «calpull» y del «ayllu».

Por otra parte, en la población criolla se había arraigado muchas veces una tendencia a la libertad y un desapego por todas las formas de la estructura estatal que, cuando no eran canalizadas por las vías del caudillaje feudal, eran tierra fértil para una ideología libertaria. Casi nunca se menciona la existencia (en Argentina y Uruguay) de un «gauchaje» anarquista, que tenía su expresión literaria en los payadores libertarios. Pero, aun prescindiendo de esto fenómenos, que serán considerados sin duda poco significativos por los historiadores académicos y marxistas, puede decirse sin lugar a dudas que el anarquismo echó raíces entre los obreros autóctonos mucho más profunda y extensamente que el marxismo (con la sola excepción, tal vez, de Chile).

Aun cuando, desde un punto de vista teórico, el movimiento latinoamericano no haya contribuido con aportes fundamentales al pensamiento anarquista, puede decirse que desde el punto de vista de la organización y de la praxis produjo formas desconocidas en Europa. Así, la Federación Obrera Regional Argentina (FORA) fue ejemplo de una central que, siendo mayoritaria (hasta llegar a constituirse, de hecho, en cierto momento, en central única), no hizo jamás ninguna concesión a la burocracia sindical, al mismo tiempo que adoptaba una organización diferente tanto de la CNT y demás centrales anarcosindicalistas europeas como la IWW norteamericana. Otro ejemplo, típicamente latinoamericano, es la existencia del Partido Liberal Mexicano, el cual pocos años después de su fundación adoptó una ideología que, sin ninguna duda, era anarquista (por obra, sobre todo, de R. Flores Magón) y que sin embargo, conservó su nombre y siguió presentándose como partido político (lo cual le valió duras críticas de algunos ortodoxos europeos, como Jean Grave).

De todas maneras, si se exceptúa este caso singular (que podría tener sólo una réplica en el reciente P.V.P. uruguayo, cuya ideología anarquista es, sin embargo, mucho más dudosa), puede decirse que en América Latina el anarquismo fue casi siempre anarcosindicalismo y estuvo esencialmente vinculado a organizaciones obreras y campesinas. Hubo, sin duda, algunos anarco-individualistas en Argentina, Uruguay, Panamá, etc., y también algunos anarco-comunistas enemigos de la organización sindical en Buenos Aires (durante las décadas de 1880 y 1890), pero la inmensa mayoría de los anarquistas latinoamericanos fueron partidarios de un sindicalismo revolucionario y antipolítico (no, como suele decirse equivocadamente, a-político) En esto se diferencia el anarquismo latinoamericano del norteamericano. En Estados Unidos hubo, sin duda, un poderoso sindicalismo anarquista, cuyo más celebre testimonio fue brindado por los mártires de Chicago. Este anarquismo, que representaba la continuación del movimiento anti-esclavista en el ámbito de la civilización industrial, fue promovido por emigrantes (italianos, alemanes, eslavos, etc.), cuyo prototipo revolucionario era el germano Johann Most. Más tarde hubo también un sindicalismo revolucionario (anarquista o cuasi-anarquista), el de los Industrial Workers of the World (IWW), que prolongaba, a su vez, en el mundo del trabajo industrial, las tradiciones de lucha del viejo Far West. Pero, por otra parte, hubo también, desde mucho antes, una corriente autóctona, representada por grandes figuras literarias como Thoreau y Emerson, que nada tiene que con el movimiento obrero, que hunde sus raíces en el liberalismo radical de Jefferson, y otros pensadores del siglo XVIII, que se prolonga tal vez en lo que hoy se denomina «libertarianism». No se trata de una ideología anti-obrera (aunque hay, sin duda, hoy, libertarios de derecha), pero se desarrolla en un plano ajeno a las luchas laborales, y sus motivos principales son la negación de la burocracia y del Estado, los derechos humanos, el antimilitarismo, etc.

Por otra parte, el anarquismo presenta también algunos rasgos diferenciales en los diferentes países de América Latina. En la Argentina ha sido, con la FORA, más radical, hasta el punto de ser considerado extremista por la CNT española. En Uruguay ha sido más pacífico, como ya señalaba Nettlau, tal vez porque menos perseguido (excepto durante la última dictadura). En México ha tenido significación en el gobierno, no sólo por la participación del magonismo en la revolución contra Porfirio Díaz, sino también porque la Casa del Obrero Mundial brindó a Carranza sus «batallones rojos» en la lucha contra Villa y Zapata y porque los dirigentes de la CGT polemizaron con el propio presidente Obregón. En Brasil, por el contrario, estuvo siempre al margen de toda instancia estatal, y la república militar-oligárquica nunca lo tomó en cuenta sino para perseguir, desterrar o asesinar a sus militantes. Fenómeno típico de ciertos países latinoamericanos, entre 1918 y 1923, fue el anarco-bolchevismo. En Argentina, Uruguay, Brasil y México sobre todo, al producirse en Rusia la revolución bolchevique, muchos anarquistas se declararon partidarios de Lenin y anunciaron su incondicional apoyo al gobierno soviético, pero no por eso dejaron de considerarse anarquistas. Esta corriente desapareció con la muerte de Lenin, pues quienes decidieron seguir a Stalin ya no se atrevían sin duda a llamarse «anarquistas».

En todos los países latinoamericanos el anarquismo produjo, además de una vasta propaganda periodística y de una copiosa bibliografía ideológica, muchos poetas y escritores que, con frecuencia, fueron figuras de primera línea en las respectivas literaturas nacionales. No en todas partes, sin embargo, fueron igualmente numerosos y significativos. En Argentina y Uruguay puede decirse que la mayoría de los escritores que publicaron entre 1890 y 1920 fueron, en algún momento y en alguna medida anarquistas. En Brasil y en Chile hubo asimismo, durante ese periodo, no pocos literatos ácratas, aunque no tantos como en el Río de la Plata. En Colombia, Venezuela, Puerto Rico, etc., si bien no floreció una literatura propiamente anarquista, la influencia de la ideología libertaria se dio más entre literatos y poetas que en el movimiento obrero. Es importante hacer notar, sin embargo que aun allí donde la literatura y anarquismo casi sinónimos, como en el Río de la Plata (periodo mencionado), los intelectuales anarquistas nunca desempeñaron el papel de élite o vanguardia revolucionaria y nunca tuvieron nada que ver con la universidad y con la cultura oficial. En esto el anarquismo se diferencia profundamente del marxismo.

La decadencia del movimiento anarquista latinoamericano (que no comporta, sin embargo, su total desaparición) se puede atribuir a tres causas: 

1) Una serie de golpes de Estado más o menos fascistoides, que se producen alrededor del año 30 (Uriburu en Argentina, Vargas en Brasil, Terra un Uruguay, etc.) Todos ellos se caracterizan por una represión general contra el movimiento obrero, los grupos de izquierda y los anarquistas en especial. En ciertos casos (Argentina) llegan a desarticular enteramente la estructura organizativa y propagandística de las federaciones obreras anarcosindicalistas. 

2) La fundación de los partidos comunistas (bolcheviques). El apoyo de la Unión Soviética y de los partidos afines europeos les confiere una fuerza de la que carecen las organizaciones anarquistas, sin más recursos materiales que las cotizaciones de sus propios militantes. En algunos países más (Brasil), en otros menos (Argentina), hay anarquistas que se pasan al partido comunista. 

3) La aparición de corrientes nacional-populistas (más o menos vinculadas con las fuerzas armadas e inclusive, a veces, con los promotores de golpes fascistoides).

La particular situación de dependencia en que se encuentran los países latinoamericanos frente al imperialismo europeo y, sobre todo, norteamericano, deriva la lucha de clases hacia las luchas de «liberación nacional». Los trabajadores visualizan la explotación de que son objetos como imposición de potencias extranjeras. La burguesía (nacional y extranjera), vinculada a ciertos sectores del ejército y de la iglesia católica, los convence de que el enemigo no es ya el Capital y el Estado sino sólo el Capital y el Estado extranjeros. Esta convicción (hábilmente inducida) es, en realidad, la causa principal de la decadencia del anarquismo. Todo lo demás, inclusive las dificultades intrínsecas que afectan a una organización anarquista en el mundo actual (como la necesidad de hacer funcionar sindicatos sin burocracia y la real o aparente inviabilidad de sus propuestas concretas) es secundario.



Ángel Cappelletti 



 *Se refiere a 1860 (N&A) 




jueves, 17 de diciembre de 2015

Una Huelga General - Mariarosa Dalla Costa (Traducción al castellano por @rebeldealegre )

«Wages for Housework» fue el nombre que tomó la campaña feminista internacional que luchó por un salario para el trabajo doméstico desde una concepción feminista. De este modo lo narra Silvia  Federici: "Estuve cinco años en una organización que llevó a cabo una campaña internacional que luchaba a favor de un salario para el trabajo doméstico. En 1972 en Italia fundamos un colectivo internacional bajo el nombre de Colectivo Feminista Internacional, con el cual lanzamos la campaña internacional Salario por el Trabajo Doméstico (Wages for Housework). Lo que decíamos era que el salario para el trabajo doméstico es muy importante.

Antes que nada tiene muchas funciones. Es diferente cuando el trabajador asalariado lucha por mejoras salariales y cuando el esclavo lucha por un salario, y hacíamos esta analogía entre el ama de casa y el esclavo, porque antes que nada estamos haciendo visible el trabajo que se hace, puesto que la invisibilidad ha sido una de las causas fundamentales de nuestra opresión. Así que lo primero era hacer visible nuestra explotación, dejando claro que esto es trabajo, es trabajo que produce capital. De este modo, cuando pedimos un salario por el trabajo doméstico estamos creando un espacio de lucha, haciendo visible la explotación y haciendo visible nuestra relación con el capital y el estado, saliendo de la realidad del trabajo doméstico, saliendo de la idea de que el trabajo doméstico es un servicio personal. Segundo, la falta de dinero por el trabajo que hacemos nos convierte en dependientes de los hombres, así que trabajas, pero después tienes que pedir dinero para vivir.

El salario para el trabajo doméstico permitiría a las mujeres tener algún tipo de autonomía económica de los hombres, no del capital, y esto, de hecho, ya sería un cambio importante en las relaciones con los hombres y la sociedad. Tercero, cuando salen a buscar un trabajo, muchas veces las mujeres consiguen trabajos relacionados con el trabajo doméstico y, acostumbradas a hacer este trabajo gratuitamente, es más probable que acepten salarios más bajos. Así que luchando por un salario para el trabajo doméstico se rompen toda una serie de dependencias, invisibilidades y naturalidades a la vez que se abre un espacio de lucha. No lo vemos como un fin en sí mismo, sino como un movimiento de una lucha más general donde podemos conseguir involucrar a muchas mujeres, porque, aunque no hagamos trabajos domésticos, todas somos amas de casa de alguna manera, puesto que cada mujer es vista de una manera concreta debido a este trabajo. Para nosotras, la idea de que el trabajo doméstico institucionaliza a la mujer en casa no era válida: es la falta de dinero, de autonomía, la que la mantiene encerrada en casa."* 

A continuación, compartimos un artículo disponible por primera vez en castellano gracias al incansable aporte y traducción de @rebeldealegre, que refleja el profundo alcance de la crítica feminista de los años 70, movimiento que marcó un antes y un después en la economía feminista y anticapitalista. Salud y anarcofeminismo. N&A






Publicado originalmente en All Work and No Pay: Women, Housework and the Wages Due. Falling Wall Press. [1975] [Dalla Costa ofreció el siguiente discurso en la celebración del Día Internacional de la Mujer en Mestre, Italia, 1974.]

Hoy el movimiento feminista en Italia abre la campaña Wages for Housework (Salarios para el trabajo doméstico). Como han oído en las canciones, como han visto en la exhibición fotográfica, como han leído en los carteles, las preguntas que planteamos hoy son muchas: las condiciones barbáricas en que tenemos que enfrentar el aborto, el sadismo al que somos sujetas en las clínicas obstetras y ginecológicas, nuestras condiciones de trabajo — en los empleos fuera del hogar nuestras condiciones son siempre peores que las de los hombres, y en el hogar trabajamos sin salario — el hecho de que los servicios sociales o bien no existen o son tan malos que tememos que nuestras niñas y niños las usen, y así.

Bien, en algún momento se podría preguntar, ¿cuál es la conexión entre la campaña que abrimos hoy, la campaña de Salarios para el trabajo doméstico, y todas estas cosas que planteamos hoy, las que hemos expuesto y contra las que luchamos. Todas estas cosas de las que hemos hablado, de las que hemos hecho canciones, que hemos mostrado en nuestras exhibiciones y películas?

Nosotras creemos que la debilidad de todas las mujeres — aquella debilidad que está tras el hecho de haber sido tachadas de toda la historia, que está detrás del hecho de que cuando dejamos la casa debemos enfrentar los empleos más repulsivos, mal pagados e inseguros — esta debilidad se basa en el hecho de que todas nosotras las mujeres, lo que sea que hagamos, estamos agotadas y exhaustas desde un inicio por las 13 horas de trabajo doméstico que nadie ha reconocido nunca, por el que nadie ha pagado nunca.  

Y esta es la condición básica que fuerza a las mujeres a estar satisfechas con guarderías como “Pagliuca”, “Celestini”, “OMNI”. [“Pagliuca” y “Celestini” — ambas guarderías infamemente brutales. “OMNI” — las guarderías del Estado, están pobremente equipadas y son mal administradas.] Esta debilidad nos fuerza a pagar medio millón de liras por un aborto y esto, digámoslo claramente, ocurre en cada ciudad y en cada país — y encima de todo arriesgamos la muerte y la prisión. 

Todas hacemos trabajo doméstico; es la única cosa que todas las mujeres tienen en común, es la única base sobre la que podemos congregar nuestro poder, el poder de millones de mujeres.

No es accidental que los reformistas de toda estirpe hayan evitado siempre y detenidamente la idea de que nos organicemos sobre la base del trabajo doméstico. Siempre se han negado a reconocer el trabajo doméstico como trabajo, precisamente porque es el único trabajo que todas tenemos en común. Una cosa es confrontar a doscientas o trescientas mujeres trabajadoras en una fábrica de zapatos, y otra cosa muy distinta confrontar a millones de amas de casa. Y ya que todas las mujeres trabajadoras de fábrica son amas de casa, es todavía otro asunto confrontar a estas doscientas o trescientas trabajadoras de fábrica unidas a millones de amas de casa.

Pero esto es lo que estamos poniendo en la agenda hoy en esta plaza. Este es el primer momento de organización. Hemos decidido organizarnos en torno al trabajo que todas hacemos, para así tener el poder de millones de mujeres.
  
Para nosotras, ahí, la demanda por salarios para el trabajo doméstico es una demanda directa de poder, porque el trabajo doméstico es lo que millones de mujeres tienen en común.

Si podemos organizarnos las millones que somos en torno a esta demanda — y ya hay muchísimas en esta plaza — podemos tener tanto poder que ya no necesitaremos estar más en una posición de debilidad cuando salgamos de casa. Podemos obtener nuevas condiciones de trabajo en el trabajo doméstico mismo — si tengo dinero propio en mi bolsillo puede incluso comprar un lavaplatos sin sentirme culpable y sin tener que rogarle por meses a mi marido para obtenerlo mientras él, que no lava, considera que un lavaplatos es innecesario.

De modo que si tengo dinero propio, pagado en mis manos,  puedo cambiar las condiciones del trabajo doméstico. Y aún más, podré escoger si quiero salir a trabajar. Si tengo 120.000 liras por el trabajo doméstico nunca más me venderé por 60.000 liras en una fábrica textil, o como secretaria de alguien, o como cajera o acomodadora en el cine. De igual modo, si ya tengo cierta cantidad de dinero en mis manos, si ya tengo conmigo el poder de millones de mujeres, podré dictar una calidad completamente nueva de servicios, guarderías, comedores, y todas aquellas instalaciones que son indispensables para reducir las horas de trabajo y para permitirnos tener vida social.

Queremos decir algo más. Por largo tiempo — y fuertemente en particular  en los últimos 10 años, pero digamos que siempre — los trabajadores varones han salido a luchar contra sus horas de trabajo y por más dinero, y se han reunido en esta plaza.

En las fábricas de Porto Marghera ha habido muchas huelgas, muchas luchas. Recordamos muy bien las marchas de trabajadores varones que comenzaron en Porto Marghera, cruzaron el Puente Mestre y llegaron aquí a esta plaza.

Pero dejemos esto en claro. Ninguna huelga ha sido nunca una huelga general. Cuando la mitad de la población trabajadora está en casa en las cocinas, mientras los otros están en huelga, eso no es una huelga general.

Nunca hemos visto una huelga general. Sólo hemos visto varones, generalmente varones de grandes fábricas, salir a las calles, mientras sus esposas, hijas, hermanas, madres, seguían cocinando en las cocinas.

Hoy en esta plaza, con la apertura de nuestra movilización por Salarios para el Trabajo Doméstico, ponemos en la agenda nuestras horas de trabajo, nuestras vacaciones, nuestras huelgas y nuestro dinero.

Cuando obtengamos un nivel de poder que nos permita reducir nuestras 13 o más horas de trabajo al día, a ocho o incluso menos que ocho, cuando a la vez podamos poner en agenda nuestras vacaciones — porque no es secreto para nadie que los días domingo y durante las vacaciones las mujeres nunca tienen vacaciones — entonces, tal vez, podamos hablar por primera vez de una huelga ‘general’ de la clase trabajadora.

Mariarosa Dalla Costa