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martes, 4 de septiembre de 2018

La lucha entre la iglesia y el Estado - Rudolf Rocker


Todo poder está inspirado por el deseo de ser único, pues, según su esencia, se siente absoluto y se opone a toda barrera que le recuerde las limitaciones de su influencia. El poder es la conciencia de la autoridad en acción; no puede, como Dios, soportar ninguna otra divinidad junto a sí. Esta es la razón por la cual se entabla una lucha por la hegemonía tan pronto como aparecen juntos diversos grupos de poder o están obligados a girar unos junto a otros. Cuando un Estado ha alcanzado la fuerza que le permite hacer uso decisivo de sus medios de poder, no se da por satisfecho hasta obtener la posición de predominio sobre todos los Estados vecinos y hasta imponer a éstos su voluntad. Sólo cuando no se siente aún bastante fuerte, se muestra dispuesto a concesiones; pero en cuanto se siente bastante poderoso, no deja de recurrir a ningún medio para ensanchar los límites de su dominación. Pues la voluntad de poder sigue sus propias leyes, que incluso puede enmascarar, pero nunca podrá negar.
La aspiración a unificarlo todo, a someter todo movimiento social a una voluntad central, es el fundamento de todo poder, y es indiferente que se trate de la persona de un monarca absoluto de tiempos pasados, de la unidad nacional de una representación popular elegida constitucionalmente o de las pretensiones centralistas de un partido que ha inscrito en sus banderas la conquista del poder. El principio de la reglamentación de toda actividad social según determinada norma, inaccesible a cualquier modificación, es la condición previa inevitable de toda voluntad de poder. De ahí nace el impulso hacia los símbolos exteriores que ponen ante los ojos la unidad palpable de la expresión del poder, en cuya grandeza mística puede echar raíces la muda reverencia del bravo súbdito. Eso lo ha reconocido muy bien De Maistre cuando dijo: Sin Papa no hay soberanía; sin soberanía no hay unidad; sin unidad no hay autoridad; sin autoridad no hay creencia.
¡Sí, sin autoridad no hay creencia, no hay sentimiento de dependencia del hombre ante un poder superior, en una palabra, no hay religión! Y la fe crece con la magnitud del campo de influencia sobre el cual impera la autoridad. Los dueños del poder están siempre animados por el deseo de extenderlo y, si no están en condiciones de demostrarlo, han de aparentar al menos ante los súbditos la infinitud de esa influencia para fortificar su fe. Los títulos fantásticos de los déspotas orientales son un ejemplo.
Pero donde la posibilidad existe, los representantes del poder no se contentan únicamente con los titulos laudatorios: intentan más bien obtener con todos los medios de la astucia diplomática y de la fuerza brutal un ensanchamiento de su dominio a costa de otros grupos de poder. Aun en los más pequeños órganos de poder dormita, como una chispa oculta, la voluntad de dominio universal; y si sólo en casos especialmente favorables llega a ser llama devoradora, permanece, sin embargo, viva, aun cuando no sea más que como secreta expresión del deseo. Tiene profundo sentido la descripción que nos hace Rabelais en su Gargantúa del rey Picrocholo de Doudez, a quien la suave condescendencia de su vecino Grandgousier hace inflar hasta el punto que, deslumbrado por los insensatos consejos de su consejero, se siente ya casi un nuevo Alejandro. Mientras el dueño del poder vea ante sí cualquier territorio que no se doblegó aún a su voluntad, no se dará por satisfecho; pues la voluntad de poder es una exigencia que nunca se satisface y que con cada triunfo crece y adquiere más fuerza. La leyenda del Alejandro entristecido que estalla en lágrimas porque no le queda en el mundo nada por conquistar, tiene significación simbólica y nos muestra el germen más profundo de todas las aspiraciones de dominio.
El sueño de erigir un imperio universal no es sólo un fenómeno de la historia antigua; es el resultado lógico de toda actividad del poder y no está ligado a determinado periodo. Desde la introducción del cesarismo en Europa no ha desaparecido nunca del horizonte político el pensamiento de la dominación universal, aun cuando ha experimentado, por la aparición de nuevas condiciones sociales, algunas mutaciones. Todos los grandes ensayos para realizar instituciones universales de dominio, como el desarrollo paulatino del papado, la formación del imperio de Carlomagno, los objetivos que fundamentaron las luchas entre el poder imperial y el papal, la aparición de las grandes dinastías en Europa y la competencia de los ulteriores Estados nacionales por el predominio europeo, se han hecho de acuerdo con el modelo romano. Y en todas partes se produjo la reagrupación política y social de todos los factores de dominio de acuerdo con el mismo esquema, característico de la génesis de todo poder.
El cristianismo había comenzado como movimiento revolucionario de masas y desintegró, con su doctrina de la igualdad de todos los seres ante la faz de Dios, los fundamentos del Estado romano. De ahí la espantosa persecución contra sus adeptos. No era la novedad de la creencia lo que sublevó a los potentados romanos contra los cristianos; lo que querian suprimir eran los postulados antiéstatales de la doctrina. Aun después que Constantino había declarado al cristianismo como religión del Estado, persistieron largo tiempo las aspiraciones originarias de la doctrina cristiana en los quiliastas y en los maniqueos, aunque éstos no pudieron ejercer ya influencia decisiva en el desarrollo ulterior del cristianismo.
Ya en el siglo tercero se había adaptado el movimiento cristiano completamente a las condiciones existentes. El espíritu de la teología había triunfado sobre las aspiraciones vivientes de las masas. El movimiento había entrado en estrecho contacto con el Estado, al que había combatido antes como reino de Satán, y bajo su influencia adquirió ambiciones de dominio. Así surgió de las comunidades cristianas una Iglesia, que mantuvo fielmente la idea de poder de los Césares, cuando el Imperio Romano cayó en ruinas ante los embates de la gran emigración de los pueblos.
La sede del obispo de Roma, en el propio corazón del Imperio mundial, le dió desde el comienzo una posición de predominio sobre todas las otras comunidades cristianas. Pues Roma siguió siendo, aun después de la descomposición del Imperio, el corazón del mundo, su punto central, en el que vivía la herencia de diez a quince culturas, herencia que hizo gravitar su hechizo sobre el mundo. Desde allí fueron también domadas las fuerzas vírgenes de los llamados bárbaros del Norte, bajo cuyo ímpetu vigoroso se deshizo el Imperio de los Césares. La nueva doctrina del cristianismo ya falseado, aplacó su impulso salvaje, puso ligaduras a su voluntad y mostró nuevos caminos a la ambición de sus jefes, que vieron abrirse insospechadas posibilidades a sus anhelos de poder. El papado, en vías de paulatina cristalización, no dejó de aprovechar para sus propios objetivos, con hábil cálculo, las energías vírgenes de los bárbaros, echando con su ayuda los cimientos de un nuevo imperio mundial que habría de dar por muchos siglos una determinada dirección a la vida de los pueblos europeos.
Cuando Agustín se dispuso a exponer sus ideas en la Ciudad de Dios, el cristianismo había hecho ya una completa mutación interna. De movimento antiestatal que era, se había convertido en religión reafirmadora del Estado, habiendo aceptado una cantidad de elementos extraños en su seno. Pero la joven Iglesia irradiaba todavía con todos sus colores; le faltaba la aspiración sistemática hacia una gran unidad política de dominio que se orientase conscientemente, y con plena convicción, hacia el objetivo estrictamente definido de una nueva dominación mundial. Aguastín le dió ese objetivo. Comprendió la enorme disensión de la época, vió cómo millares de fuerzas pugnaban por mil diversos fines, cómo remolineaban en el caos, cómo se desperdigaban a todos los vientos o se malograban infecundamente por falta de objetivo y dirección. Después de algunas oscilaciones, llegó a la convicción de que faltaba a los hombres un poder unitario que pusiera fin a toda resistencia y fuese capaz de aprovechar todas las fuerzas dispersas en pro de un objetivo superior.
La Ciudad de Dios de Agustín no tenía ya nada de común con la doctrina original del cristianismo. Justamente por eso pudo esa obra llegar a ser la base teórica de una concepción católica del mundo y de la vida, que hizo depender la redención de la humanidad doliente de las consideraciones políticas de dominio de una Iglesia. Agustín sabía que la posición dominadora de la Iglesia debía echar hondas raíces en la fe de los hombres si quería tener solidez. Y se esforzó por dar a esa creencia una base que no pudiera conmover ninguna sutileza de la razón. Así se convirtió en el verdadero fundador de aquella interpretación teológica de la historia, que atribuye todo lo que ocurre entre los pueblos de la tierra a la voluntad de Dios, sobre la cual el hombre no puede tener ninguna influencia.
Si el cristianismo de los primeros siglos había declarado la guerra a las ideas fundamentales del Estado romano y a sus instituciones, y se hizo objeto, por eso, de todas las persecuciones de ese Estado, proclamó Agustín que el cristianismo no estaba obligado a oponerse al mal de este mundo, pues todo lo terrestre es perecedero y la verdadera paz sólo se encuentra en el cielo. De ese modo el verdadero creyente no puede condenar tampoco la guerra, sino considerarla más bien cemo un mal necesario; como un castigo que Dios impone a los hombres. Pues la guerra es, como la peste, el hambre y todas las otras plagas, sólo un castigo de Dios para corregir a los hombres, mejorarlos y prepararlos para la bienaventuranza.
Pero para que la voluntad divina sea comprensible para los hombres, se precisa un poder visible por el cual anuncie Dios su sagrada voluntad a fin de llevar a los pecadores por el verdadero camino. Ningún poder temporal está llamado a esa misión, pues el reino del mundo es el reino de Satán, que hay que superar para que llegue a los hombres la redención. Sólo a una sancta ecclesia le está reservada esa sublime tarea, prescrita por Dios mismo. La Iglesia es la única y verdadera representación de la voluntad divina sobre la tierra, la mano ordenadora de la providencia, que hace únicamente lo justo, porque está iluminada por el espíritu divino.
Según Agustín todos los acontecimientos humanos se desarrollan en seis grandes períodos, el último de los cuales ha comenzado con el nacimiento de Cristo. Por ello deben comprender los hombres que la decadencia del mundo es inminente. Y la fundación del reino de Dios en la tierra, bajo la dirección de la sagrada Iglesia apostólica, es por eso más apremiante, para salvar las almas de la condenación y preparar a los seres humanos para el Jerusalem celeste. Pero como la Iglesia es anunciadora única de la voluntad divina, tiene que ser intolerante de acuerdo con su esencia, pues el hombre no puede saber por si mismo lo que es bueno y la que es malo. No debe hacer la menor concesión a la lógica de la razón, pues toda sabiduría es vana, y la sabiduría del hombre no puede resistir ante Dios. Por eso la fe no es medio para el fin, sino fin por si misma; hay que creer por la creencia misma y no se debe uno dejar desviar del camino recto por los sofismas de la razón. Pues la frase que se atribuye a Tertuliano: Credo quia absurdum est (creo, aunque va contra la razón), es exacta y puede librar a los hombres de las garras de Satán.
La concepción agustiniana dominó durante mucho tiempo al mundo cristiano. Sólo Aristóteles disfrutó, a través de toda la Edad Media, de una autoridad parecida. Agustín había infundido a los hombres la fe en un destino inescrutable, fusionando esa fe con las aspiraciones de unidad política dominadora de la Iglesia, que se sintió llamada a restablecer la dominación mundial del cesarismo romano y a hacerla servir a una finalidad muy superior.
Los obispos de Roma tuvieron, pues, una finalidad que trazó amplios límites a su codicia. Pero antes de que ese objetivo pudiera ser alcanzado y antes de que la Iglesia fuera transformada en vigoroso instrumento de una finalidad política de dominio, hubo que hacer comprender a los jefes de las demás comunidades cristianas esas aspiraciones. Mientras no se logró tal cosa, la dominación universal del papado fue sólo un ensueño; la Iglesia tuvo primero que unificarse en sí misma antes de imponer su voluntad a los representantes del poder temporal.
Pero esa tarea no era sencilla, pues las comunidades cristianas fueron durante mucho tiempo agrupaciones autónomas que nombraban por sí mismas sus sacerdotes y dignatarios y podían deponerlos en todo instante si no se mostraban a la altura de su función. Para ello poseía cada comuna el mismo derecho que todas las demás; atendía a sus propios asuntos y era dueña indisputable en su radio de acción. Los problemas que trascendían de las atribuciones de los grupos locales eran ventilados en los sinodos nacionales o en las asambleas de iglesias, que eran elegidos por las comunidades. Pero en cuestiones de fe sólo podía tomar decisiones el Concilio ecuménico o la reunión general de las Iglesias.
La organización originaria de la Iglesia era, pues, bastante democrática, y demasiado libre como para poder servir al papado de base para sus aspiraciones políticas de dominio. Ciertamente los obispos de las comunidades más grandes adquirieron poco a poco una mayor influencia, condicionada por su más vasto circulo de acción. Así se les concedió ya por el concilio de Nicea, en el año 325, un cierto derecho de inspección sobre los jefes de las comunidades menores, nombrándolos metropolitanos o arzobispos. Pero los derechos del metropolitano romano no llegaban más allá de los de sus hermanos; no tenía ninguna posibilidad de mezclarse en sus asuntos, y su ascendiente fue temporariamente bastante mermado, incluso por la influencia del metropolitano de Constantinopla.
La tarea de los obispos romanos estaba, pues, ligada a grandes dificultades, para las que no todos estaban preparados, y han tenido que pasar siglos antes de que pudiera generalizarse su influencia en la mayoría del clero. Esto fue tanto más difícil cuanto que los obispos de algunos países eran a menudo completamente dependientes, en sus atribuciones y derechos feudales, de los representantes del poder temporal. Sin embargo, los obispos de Roma persiguieron su propósito con hábil cálculo y obcecada tenacidad, sin pararse mucho en la elección de los medios, siempre que prometiesen éxito.
Lo inescrupulosamente que se lanzaban los jefes de la silla romana hacia su objetivo, lo demuestra el empleo habilidoso que supieron hacer de las desacreditadas Decretales isidorianas, que el conocido historiador Ranke calificó como una bien conocida, bien realizada, pero sin embargo evidente falsificación, un juicio que apenas podría ser hoy puesto en duda. Pero antes de que se concediera la posibilidad de tal falsificación, aquellos documentos habían realizado ya su misión. En base a ellos fue confirmado el Papa como representante de Dios en la tierra, al que Pedro había dejado las llaves del reino de los cielos. Todo el clero fue sometido a su voluntad; recibió el derecho de convocar concilios, cuyas decisiones podía confirmar o repudiar según su propio criterio. Pero ante todo se proclamó, por las Decretales isidorianas falsificadas, que en todas las disputas entre el poder temporal y el clero la última palabra correspondía al Papa. De ese modo debía ser librado el clero de los fallos jurídicos del poder temporal cómpletamente, para encadenarlo así tanto más a la silla papal. Ensayos de esta especie se habían hecho ya antes. Así declaró el obispo romano Símaco (498-514) que el obispo de Roma no es responsable, fuera de Dios, ante ningún otro juez, y veinte años antes de la aparición de las Decretales isidorianas proclamó el concilio de París (829) que el rey está sometido a la Iglesia y que el poder de los sacerdotes está por encima de todo poder temporal. Las Decretales falsificadas sólo podían tener por objetivo imprimir a las pretensiones de la Iglesia el sello de la validez jurídica.
Con Gregorio VII (1075-85) comienza la verdadera supremacía del papado, la era de la Iglesia triunfante. Fue el primero que hizo valer, con toda amplitud y sin miramientos, el privilegio inalienable de la Iglesia sobre todo poder temporal después de haber trabajado en ese sentido con férrea tenacidad ya antes de su elevación a la silla papal. Introdujo ante todo en la Iglesia misma modificaciones radicales para hacer de ella una herramienta adecuada para sus propósitos. Su severidad inflexible ha conseguido que el celibato de los sacerdotes, propuesto antes de él a menudo, pero nunca practicado, fuese acatado en lo sucesivo. De ese modo se creó un ejército internacional que no estaba ligado por ningún lazo intimo al mundo, y del cual incluso el más insignificante se sentía representante de la voluntad papal. Sus conocidas palabras, según las cuales la Iglesia no se podria emancipar nunca de su servidumbre ante el poder temporal mientras los curas no se emancipasen de la mujer, muestran claramente el propósito que perseguía con su reforma.
Gregorio fue un político inteligente y extremadamente perspicaz, firmemente convencido de la exactitud de sus pretensiones. En sus cartas al obispo Hermann, de Metz, desarrolló su interpretación con toda claridad, apoyándose principalmente en la Ciudad de Dios de Agustin. Partiendo de la suposición que la Iglesia fue instituida por Dios mismo, dedujo que en cada una de sus decisiones se revela la voluntad divina; pero el Papa, como representante de Dios en la tierra, es el anunciador de esa divina voluntad. Por eso toda desobediencia ante él es desobediencia ante Dios. Todo poder temporal no es más que débil obra humana, lo que ya resulta del hecho de que el Estado suprimió la igualdad entre los hombres y su origen sólo se puede atribuir a la violencia brutal y a la injusticia. Todo rey que no se somete absolutamente a los mandamientos de la Iglesia, es un esclavo del diabloy un enemigo del cristianismo. Por eso ha puesto Dios al Papa sobre todos los reyes, pues sólo él puede saber lo que conviene a los seres humanos, ya que es iluminado por el espíritu del Señor. Es misión de la Iglesia reunir a la humanidad en una gran alianza, en la que sólo impere la ley de Dios, revelada a los hombres por boca del Papa.
Gregorio luchó con toda la intolerancia de su carácter violento por la realización de esos objetivos, y cuando al fin se convirtió en víctima de su propia obra, no por eso había dejado de cimentar el predominio de la Iglesia y hacer de ella, por siglos enteros, un factor poderoso de la historia europea. Sus sucesores inmediatos no poseían ni la severidad monástica ni la indomable energía de Gregorio y sufrieron algunas derrotas en la lucha contra el poder temporal. Hasta que bajo Inocencio III (1l98-1216) tuvo el cetro papal un hombre que no sólo fue inspirado por la misma claridad en los objetivos y la misma voluntad indoblegable, tan características de Gregorio, sino que incluso superaba a éste, con mucho, por sus dotes naturales.
Inocencio III ha hecho por la Iglesia lo supremo, y ha desarrollado su poder hasta un grado que nunca había alcanzado antes. Dominó sobre sus cardenales con el capricho despótico de un autócrata que no debe responsabilidad a nadie y trató a los representantes del poder temporal con una arrogancia a que ninguno de sus antecesores se había atrevido. Al patriarca de Constantinopla le escribió las altivas palabras siguientes: Dios no sólo puso el gobierno de la Iglesia en manos de Pedro, sino que lo nombró también soberano del mundo entero. Y al embájador del rey francés Felipe Augusto le dijo: A los príncipes se les ha dado el poder sólo sobre la tierra, pero el sacerdote impera también en el cielo. El príncipe sólo tiene poder sobre el cuerpo de sus súbditos, pero el sacerdote tiene poder sobre las almas de los seres humanos. Por eso está el clero mucho más alto que todo el poder temporal, como el alma está por encima del cuerpo en que habita, Inocencio sometió toda la pulítica temporal de Europa a su voluntad; no sólo se inmiscuyó en los asuntos dinásticos, sino que incluso objetó las alianzas matrimoniales de los soberanos temporales, obligándoles al divorcio cuando la unión no le era grata. Sobre Sicilia, Nápoles y Cerdeña gobernó como verdadero rey; Castilla, León, Navarra, Portugal y Aragón le eran tributarios; su voluntad se impuso en Hungría, Bosnia, Servia, Bulgaria, Polonia, Bohemia y en los países escandinavos. Intervino en la disputa entre Felipe de Suecia y Otón IV por la corona imperial alemana y la concedió a Otón, para deponer a éste luego y obsequiar con ella a Federico II. En la disputa con el rey inglés Juan sin Tierra proclamó el interdicto sobre su reino y obligó al rey, nó sólo a la completa sumisión, sino que le forzó a aceptar su propio país de manos del Papa como feudo y a pagarle por esa gracia el tributo exigido.
Inocencio se sintió Papa y César en una misma persona, y vió en los gobernantes temporales solamente vasallos de su poder, tributarios suyos. En este sentido escribió al rey de Inglaterra:
Dios ha cimentado en la Iglesia el sacerdocio y la realeza de tal manera que el sacerdocio es real y la realeza sacerdotal, como se desprende de las Epístolas de Pedro y de las leyes de Moisés. Por eso instituyó el rey de reyes, a uno sobre todos, al que hizo su representante en la tierra.

Por la introducción de la confesión al oído y la organización de los monjes limosneros, se creó Inocencio un poder de formidable trascendencia. Simultáneamente utilizó su arma principal, la proscripción eclesiástica, que proclamó con inflexible decisión sobre países enteros para doblegar a los poderes temporales. En el país afectado por la excomunión se cerraban todas las iglesias, ninguna campana llamaba a los fieles a la oración, no había bautizos ni casamientos ni confesiones, no se administraba los santos sacramentos a los moribundos, ni los muertos eran enterrados en sagrado. Se puede imaginar la terrible impresión de tal estado de cosas sobre el espíritu de los hombres en una época en que la creencia se consideraba lo más sublime.
Lo mismo que Inocencio no toleraba ningún poder equivalente junto al suyo, tampoco soportaba ninguna otra doctrina que se apartase en lo más mínimo de las prescripciones de la Iglesia, aun cuando estuviera solamente impregnada por el espíritu del cristianismo. La espantosa Cruzada contra la herejía en el sur de Francia, que transformó en un desierto uno de los países más florecientes de Europa, ofrece sangriento testimonio de ello. El espíritu dominador de ese hombre terrible no retrocedió ante ningún medio cuando había que hacer prevalecer la autoridad ilimitada de la Iglesia. Y sin embargo él no era más que el esclavo de una idea fija, que mantenía prisionero su espíritu y le alejaba de todas las consideraciones humanas. Su obsesión de poder le hizo solitario y mísero y se convirtió en su desgracia personal, así como para la mayoría de los que persiguen los mismos fines. Así dijo una vez de sí mismo: No tengo ocio alguno para ocuparme de asuntos supraterrenales, apenas encuentro tiempo de respirar. Es terrible, tengo que vivir tanto para los otros que me he vuelto para mí mismo un extraño.
Esa es la maldición secreta de todo poder: no sólo resulta fatal para sus víctimas, sino también para sus propios representantes. El loco pensamiento de tener que vivir por algo que contradice todo sano sentimiento humano y que es insubstancial en sí, convierte poco a poco a los representantes del poder en máquinas inertes, después de obligar a todos los que dependen de su poderío al acatamiento mecánico de su voluntad. Hay algo de marionetismo en la esencia del poder; procede de su propio mecanismo y encadena en formas rígidas todo lo que entra en contacto con él. Y esas formas sobreviven en la tradición, aun cuando la última chispa viviente se apagó en ellas hace mucho tiempo, y pesan abrumadoramente sobre el ánimo de los que se someten a su influencia.
Esto tuvieron que experimentarlo, para su mal, las poblaciones germánicas, y después de ellas las eslavas, que habían quedado preservadas más tiempo de las influencias nefastas del cesarismo romano. Incluso cuando los romanos habían sometido ya a los países germánicos desde el Rhin al Elba, se extendió su influencia casi solamente a los territorios del Este, pues a causa de lo salvaje e inhospitalario del país, cubierto de bosques y de pantanos, no encontraron nunca la posibilidad de afirmar allí su dominio. Cuando después, por una conspiración de tribus alemanas, el ejército romano fue casi totalmente liquidado en el bosque de Teutoburg y la mayoría de los castillos del conquistador extranjero fueron destruídos, quedó, puede decirse, rota la dominación romana sobre Germania. Ni siquiera las tres campañas de Germánico contra las tribus insurrectas de Germania pudieron cambiar la situación.
Sin embargo había nacido para los germanos, por la influencia romana, en el propio campo, un enemigo mucho más peligroso, bajo cuyo efecto sucumbieron bien pronto sus jefes. Las poblaciones germánicas, cuyo territorio se exténdió largo tiempo desde el Danubio al mar del Norte y desde el Rhin al Elba, disfrutaban de una independencia bastante amplia. La mayoría de las tribus estaban ya avecindadas cuando entraron en contacto con los romanos; sólo en las partes del oeste del país permanecían seminómadas aún. De las noticias romanas y de fuentes ulteriores se desprende que la organización social de los germanos era todavía muy primitiva. Las diversas tribus se dividían en linajes, ligados entre sí por parentescos de sangre. Por lo general convivían cien familias en colonias dispersas sobre un trozo de tierra; de ahí la denominación de Hundertschaften (centurias). Diez o veinte Hundertschaften constituían una tribu, cuyo territorio era denominado Gau (distrito). La agrupación de tribus emparentadas formaba un pueblo. Las Hundertschaften se repartían entre sí el territorio de manera tal que, periódicamente, se volvían a hacer repartos. De lo que se desprende que no ha existido en ellas una propiedad privada de la tierra durante largo tiempo, y que la posesión privada se reducía a las armas, herramientas acondicionadas por uno mismo y otros objetos de uso diario. La agricultura era cultivada principalmente por mujeres y por esclavos. Una parte de los hombres partía a menudo para empresas guerreras o de rapiña, mientras que el resto quedaba alternativamente en casa o se ocupaba de las cuestiones del derecho.
Todas las cuestiones importantes se debatían en las asambleas populares generales o Things, y se tomaban en ellas los acuerdos. En esas reuniones participaban todos los hombres libres y capaces de llevar armas. Se celebraban, por lo general, en tiempo de luna nueva o de plenilunio, y fueron durante mucho tiempo la suprema institución de los pueblos germánicos. En el Thing se resolvían también todas las disputas y eran elegidos los encargados de la administración pública, así como los jefes del ejército para la guerra. En las elecciones decidía al principio sólo la habilidad personal y la experiencia de cada uno. Pero después, especialmente cuando las relaciones con los romanos fueron más frecuentes y estrechas, se eligió a los llamados delanteros o príncipes casi solamente de las filas de familias destacadas, que, en base a sus servicios reales o supuestos en favor de la comunidad, alcanzaron, gracias a mayores participaciones en el botín, tributos o regalos, poco a poco un cierto bienestar, que les permitía mantener un séquito de guerreros probados, lo cual les procuraba ciertos privilegios.
Cuanto más frecuentemente entraban los germanos en contacto con los romanos, tanto más accesibles se volvían a las influencias extrañas, lo que no podía ser de otro modo, pues la cultura y la técnica romanas eran muy superiores a las germánicas en todos los aspectos. Algunas tribus se habían puesto ya en movimiento antes de la conquista de Germania por los romanos y recibieron de los potentados romanos territorios, comprometiéndose, en cambio, a prestar servicios en el ejército romano. En realidad soldados germánicos jugaron ya un papel importante en la conquista de las Galias por los romanos. Julio César aceptó a muchos en su ejército y estaba rodeado siempre de una guardia penonal a caballo de cuatrocientos guerreros germánicos.
Algunos descendientes germánicos que habían estado al servicio de los romanos, regresaron después a la patria y utilizaron el botín que habían hecho y las experiencias que habían recogido con los romanos para someter a los propios compatriotas a su servicio. Así llegó uno de ellos, Marbod, a extender su dominio durante cierto tiempo sobre toda una serie de tribus alemanas y a someter, desde Bohemia, todo el territorio entre el Oder y el Elba, hasta el mar Báltico. Pero también Arminio, el liberador, sucumbió a las mismas funestas influencias de la voluntad romana de poder, que intentó hacer probar después de su regreso a los propios compatriotas. Marbod y Arminio no habían vivido y conocido en vano en Roma la enorme fuerza de atracción que posee el poder para la codicia de los hombres.
Las aspiraciones políticas de dominación de Arminio, que se pusieron de relieve cada vez más claramente después del aniquilamiento del ejército romano, hacen aparecer la liberación de Germania del dominio romano con una luz algo singular. Se mostró muy pronto que el noble querusco no había aprendido en Roma solamente el arte de una beligerancia superior, sino que también el arte del gobierno de los Césares romanos dió un poderoso impulso a su codicia, elevándola a la categoría de la más peligrosa voluntad de poder. Inspirado por sus planes, trabajó con todos los medios para que la alianza de los queruscos, chatos, marsos, brukteros, etc., persistiese, aun después de la destrucción de las legiones romanas en el bosque de Teutoburg. Después del alejamiento definitivo de los romanos entabló una guerra sangrienta contra Marbod, en la que solamente estaba en juego el predominio sobre Germania. Como se evidenció cada vez más claramente que el objetivo de las aspiraciones de Arminio era imponerse, no ya como jefe elegido del ejército de los queruscos, sino como rey de éstos y de otras tribus germanas, fue asesinado arteramente por sus propios parientes.
Por lo demás, los germanos no estaban unidos en modo alguno en su lucha contra los romanos. Había entre las familias nobles un manifiesto partido romano. Una crecida cantidad de ellas había recibido dignidades y distintivos romanos; hasta había aceptado la ciudadanía romana y se mantuvo en favor de Roma aun después de la llamada batalla de Hermann. El hermano mismo de Hermann, Flavos, pertenecía a ese numero, y también su suegro Segest, el cual entregó a los romanos su propia hija Thusnelda, esposa de Hermann. Por ese sector habla sido informado también el representante romano Varos de la conspiración contra él, pero su confianza en Arminio, a quien por su fidelidad se había nombrado caballero romano, era tan ilimitada, que no hizo caso de las advertencias y cayó ciegamente en la emboscada preparada por Arminio. Sin esa traición de Arminio, perpetrada con sutil hipocresía, no habría tenido nunca lugar la famosa batalla de la liberación del bosque de Teutoburg, que incluso un historiador muy afecto a los germanos, Félix Dahn, ha calificado como una de las más desleales violaciones del derecho de gentes. Las tribus germánicas que participaron en esa conspiración para libertarse del yugo de una odiada dominación extranjera, no pueden ser objeto de ningún reproche. Pero sobre Arminio, personalmente, aquella indigna ruptura de la confianza puesta en él pesa doblemente, pues la aniquilación del ejército romano sólo debía servirle de medio para continuar tejiendo sus propios planes políticos de dominio, que culminaron en la imposición a los libertados de un nuevo yugo.
Sin embargo está en la esencia de todas las aspiraciones políticas dominadoras que sus representantes no retrocedan ante ningún medio que prometa éxito, aun cuando el éxito haya de ser comprado con la traición, la mentira, la ruin maldad y las intrigas. El principio según el cual el fin santifica los medios, fue siempre el primer artículo de fe de toda política de dominio y no necesitaba que lo inventasen los jesuitas. Todo conquistador ambicioso y todo político hambriento de poder, semitas y germanos, romanos y mogoles, fueron sus fieles adoradores; pues la bajeza de los medios está ligada tan estrechamente al poder como la podredumbre a la muerte.
Cuando después penetraron los hunos en Europa y tuvo lugar una nueva emigración de los pueblos, avanzaron núcleos cada vez más densos de tribus germánicas hacia el Sur y el Sudeste del continente, donde tropezaron con los romanos y entraron en masa en sus legiones. Los ejércitos romanos fueron completamente penetrados por los germanos, y no pudo menos de ocurrir que, al fin, uno de ellos, el jefe del ejército germánico, Odoacro, en el año 476 después de Cristo, arrojase del trono al último emperador romano y se hiciese proclamar soberano por sus mismos soldados. Hasta que tras largos años de luchas sangrientas también él fue derribado por Teodorico, rey de los ostrogodos, y por él personalmente, que lo apuñaló durante un banquete, después de un pacto concertado entre ellos con toda solemnidad.
Todos los organismos de Estado creados en aquellos tiempos por el poder de la espada —el reino de los vándalos, de los godos del Este y del Oeste, de los longobardos, de los hunos—, fueron inspirados por la idea del cesarismo, y sus creadores se sintieron herederos de Roma. Sin embargo se derrumbaron también en aquella lucha por Roma y por la propiedad romana, las viejas instituciones y costumbres tríbales de los germanos, ya sin valor alguno en la nueva situación. Ciertas tribus llevaron algunos de sus viejos hábitos al mundo romano, pero allí se anquilosaron y sucumbieron, pues les faltaba el cuerpo social en el que podían prosperar.
Esta transformación se realizó tanto más rápidamente cuanto que ya un tiempo antes del comienzo de la migración de pueblos propiamente dicha se habían operado alteraciones bastante profundas en la vida social de las tribus germánicas.
Así habla Tácito ya de una nueva especie de distribución de la tierra según la categoria de las diversas familias, un fenómeno del que César no supo informar todavía nada. También la administración de los asuntos públicos adquirió ya otro aspecto. La influencia de los llamados nobles y jefes militares había crecido en todas partes. Todo problema de importancia social era deliberado primero en reuniones especiales de los nobles y luego presentado al Thíng, a quien competía verdaderamente la última decisión. Pero los séquitos que agrupaban a su alrededor los nobles y que convivían muy a menudo con ellos y comían a su mesa, tenían que proporcionarles, naturalmente, una mayor influencia en la asamblea popular. Cómo se manifestaba esa influencia, es lo que se desprende claramente de las siguientes palabras de Tácito:
Carga por toda su vida escarnio y vergüenza todo aquel que no sigue a su señor en la batalla hasta la muerte. Defenderle, protegerle, atribuir también las propias heroicidades a su fama, es considerado el supremo deber del guerrero. El príncipe lucha por la victoria; el séquito, en cambio, por su señor.
El continuo contacto con el mundo romano debió influir, naturalmente, en las formas sociales de los pueblos germánicos y, especialmente entre los llamados nobles, tenía que suscitar y alimentar aspiraciones de dominio, con lo cual se llegó poco a poco a una transformación de las condiciones de la vida social. Cuando tuvo lugar, después, la emigración de los pueblos, una parte considerable de la población germánica estaba ya compenetrada de las concepciones y ya tenía instituciones romanas. Las nuevas organizaciones estatales que resultaron de las grandes migraciones de tribus y de pueblos aceleraron la descomposición interna de las viejas instituciones.
Surgieron en toda Europa nuevas dominaciones extranjeras, dentro de las cuales los vencedores constituían una casta privilegiada que imponía a la población nativa su voluntad y vivía a su costa una vida parasitaria. Los invasores victoriosos se distribuyeron grandes territorios de los países conquistados y obligaron a los habitantes a pagarles tributos, y no se pudo evitar que los jefes militares tuviesen preferencias por el propio séquito. Como la cifra proporcionalmente pequeña de los conquistadores no permitía convivir en linajes al modo tradicional, y más bien se vieron forzados a extenderse por todo el país para afirmar su dominación, se aflojó cada vez más el viejo lazo del parentesco, que arraigaba en la estrecha convivencia de los linajes. Las viejas costumbres quedaron poco a poco fuera de uso para dejar el puesto a nuevas formas de vida social.
La asamblea popular, la más importante institución de las tribus germánicas, donde se deliberaban y resolvían todos los asuntos públicos, perdió cada vez más su viejo carácter, lo que ya estaba condicionado también por la gran extensión de los territorios ocupados. Pero con ello recibieron los príncipes y jefes militares cada vez mayores derechos, que crecieron lógicamente hasta llegar al poder real. Los reyes, a su vez, embriagados por la influencia de Roma, no se olvidaron de liquidar los últimos restos de las viejas instituciones democráticas, pues éstas sólo podían obrar como obstáculos contra la expansión de su poder.
Pero también la aristocracia, cuyos primeros rudimentos se hicieron notorios tempranamente en los germanos, alcanzó, gracias a la rica propiedad territorial que le había correspondido en el botín de los países conquistados, una significación social novísima. Junto con los nobles de las poblaciones subyugadas que el dominador extranjero, por motivos bien comprensibles, tomó a su servicio, pues podían ser de provecho a causa de su superioridad cultural, los representantes de esa nueva aristocracia fueron primero simples vasallos del rey, al que sirvieron en sus campañas de séquito guerrero, por lo que fueron recompensados con bienes feudales a costa de los pueblos vencidos.
Sin embargo, el sistema feudal, que al comienzo encadenó la nobleza al poder real, entrañaba ya los gérmenes que habían de ser peligrosos para éste con el tiempo. El poder económico que recibió la nobleza poco a poco con el feudalismo, despertó en ella nuevos deseos y codicias que la impulsaron a una posición especial, que no era favorable de ningún modo a las aspiraciones centralistas del regio poder. Repugnaba a la altivez de la nobleza ser siempre séquito del rey. El papel del grand seigneur, que podía desempeñar imperturbablemente en sus dominios, sin obedecer a indicaciones superiores, le agradaba más y le abría ante todo mejores perspectivas para una paulatina formación de su propia soberanía. Pues también en ella vivía la voluntad de poder y la impulsaba a echar en la balanza su capacidad económica para contrarrestar el poder naciente de la realeza.
En realidad, consiguieron los señores feudales, que se elevaron a la categoría de pequeños y grandes príncipes, someter al rey por largo tiempo a su voluntad. Así apareció en Europa una nueva categoría de parásitos, que no tenía con el pueblo ninguna vinculación interna, tanto menos cuanto que los invasores extranjeros no estaban ligados con las poblaciones subyugadas por el lazo de la sangre. De la guerra y la conquista surgió un nuevo sistema de esclavitud humana, que dió por siglos enteros su sello a las condiciones sociales en los campos. Pero la codicia insaciable de los nobles, amos de la tierra, hizo caer cada vez más hondamente a los campesinos en la miseria. El campesino apenas fue considerado como ser humano, y se vió privado de las últimas libertades que le habían quedado de otros tiempos.
Pero la dominación sobre pueblos extraños no sólo obró de una manera devastadora sobre la parte subyugada de la población, sino que descompuso también las relaciones internas entre los conquistadores mismos y destruyó sus viejas tradiciones. El poder, que al comienzo sólo se había impuesto a los pueblos sometidos, se dirigió poco a poco también contra las capas más pobres de los propios compañeros de tribu, hasta que éstos también cayeron en la servidumbre. Así sofocó la voluntad de poder, con lógica inflexible, la voluntad de libertad y de independencia, que había echado un tiempo tan hondas raíces en las tribus germánicas. Por la difusión del cristianismo y las estrechas relaciones de los conquistadores con la Iglesia, se aceleró aún más ese nefasto desarrollo, pues la nueva religión ahogó las últimas chispas rebeldes y acostumbró a los hombres a adaptarse a las condiciones dadas. Así como la voluntad del poder bajo los Césares romanos había desprovisto a un mundo entero de su humanidad y lo había arrojado al infierno de la esclavitud, así destruyó después las instituciones libres de la sociedad de los bárbaros y hundió a éstos en la miseria dé la servidumbre.
De los nuevos imperios que surgieron en las más diversas partes de Europa, el de los francos alcanzó la mayor importancia. Después que el merovingio Clodovico, rey de los francos sálicos, infligió en el año 486 al representante romano Sigarío una derrota decisiva en la batalla de Soissons, pudo posesionarse de todas las Galias sin encontrar resistencia seria. Como en todo obsesionado por el deseo de poder, en Clodovico se despertó también el apetito con las victorias obtenidas. No sólo se esforzó por fortificar su país por dentro, sino que aprovechó toda ocasión para ensanchar sus fronteras. Diez años después de su victoria sobre los romanos batió al ejército de los alemanes en Zülpich y anexó su país al propio imperio. Entonces tuvo lugar también su conversión al cristianismo, que no había nacido de una convicción interior, sino exclusivamente de consideraciones políticas de dominio.
De este modo, apareció en Europa un poder temporal de nuevo estilo. La Iglesia, que no sin razón creía que el rey franco podía prestarle buenos servicios contra sus numerosos enemigos, se mostró pronto dispuesta a aliarse con Clodovico, tanto más cuanto que su posición fue debilitada por la separación de los arrianos, y en Roma misma era amenazada por peligrosos adversarios. Clodovico, uno de los individuos más crueles y desleales que se hayan sentado en un trono, comprendió en seguida que semejante alianza no podía menos de ser provechosa para el fomento de sus planes ambiciosos, alentados con toda la astucia de su carácter traidor. Así se hizo bautizar en Reims y nombrar por el obispo de aquella ciudad rey cristianísimo, lo que no le impidió perseguir sus objetivos con los medios más anticristianos. Pero la Iglesia aceptó incluso también sus sangrientos desmanes, que debía pasar por alto si quería utilizar a Clodovico para sus objetivos de poder.
Pero cuando los sucesores de Clodovico tuvieron después sólo úna existencia aparente y el poder del Estado se concentró completamente en manos del llamado mayorazgo, que bajo Pepino de Heristal se hizo hereditario, se conjuró el Papa con su nieto Pepino el Breve y le aconsejó que se hiciera él mismo rey. Entonces encerró Pepino al último merovingio en un convento y se convirtió en fundador de una nueva dinastía del reino de los francos. Con su hijo Carlomagno alcanzó la alianza entre el Papa y la casa real de los francos su mayor perfección, asegurando al dominador franco su posición de predominio en Europa. Así volvió a tomar formas palpables también el pensamiento de una monarquía universal europea, a cuya realizacíón dedicó Carlomagno toda su vida. Pero la Iglesia, que pretendía idéntico objetivo, no podía sino considerar bienvenido a semejante aliado. Ambos se necesitaban mutuamente para llevar a la madurez sus planes políticos de dominio.
La Iglesia necesitaba la espada del soberano temporal para defenderse contra sus enemigos; así se convirtió en su más alta meta dirigir la espada según su voluntad y extender, con ayuda de ella, su reino. A su vez, Carlomagno no podía pasar sin la Iglesia, que daba a su dominio la unidad religiosa interna y era el único poder que había conservado la herencia espiritual y cultural del mundo romano. En la Iglesia se materializó toda la cultura de la época; tenía en sus filas jurisconsultos, filósofos, historiadores, políticos, y sus conventos fueron, por mucho tiempo, los únicos lugares donde podían prosperar el arte y el artesanado y donde encontró un refugio el saber humano. La Iglesia era, por eso, para Carlomagno, un precioso aliado, pues creó para él las condiciones espirituales ineludibles de la persistencia de su gigantesco imperio. Por esta razón trató de ligar también económicamente al clero, obligando a los pueblos sometidos a entregar lós diezmos a la Iglesia y asegurando así a sus representantes un copioso ingreso. Un aliado como el Papa tenía que ser para Carlomagno tanto más deseable cuanto que el predominio descansaba todavía firmemente en sus manos y el Papa era bastante hábil para adaptarse por el momento a su papel de vasallo del emperador franco.
Cuando el Papa fue gravemente amenazado por el rey de los longobardos, Desiderio, acudió Carlomagno con un ejército en su ayuda y puso fin a la dominación de los longobardos en la Alta Italia. Por lo cual la Iglesia se mostró reconocida, poniendo León III en Navidad del año 800 a Carlomagno, que oraba en la iglesia de San Pedro, la corona imperial en la cabeza y nombrándole emperador romano de la nación de los francos. Ese acto debía significar a los hombres que el mundo cristiano de Occidente estaba sometido a las indicaciones de un soberano temporal y de otro espiritual, ambos proclamados por Dios para velar por la salvación corporal y espiritual de los pueblos cristianos. Así el Papa y él Emperador fueron los símbolos de un nuevo pensamiento sobre poder mundial con papeles divididos, idea que, debido a sus manifestaciones prácticas, no dejó en paz a Europa durante centurias.
Así como era comprensible que la misma voluntad, alentada por las tradiciones romanas, reuniese a la Iglesia y a la monarquía, también era inevitable que una división honesta de las funciones, a la larga no pudiera tener ninguna consistencia. Está en la esencia de toda voluntad de poder que sólo soporta un poder igual mientras cree posible aprovecharlo para los propios fines o mientras no se siente bastante fuerte para aceptar la lucha por el predominio. Mientras Iglesia e Imperio tuvieron que afianzar ante todo su poder interior y, en consecuencia, dependían fuertemente uno del otro, la unidad entre ellos, con vistas al exterior, se mantuvo. Pero no podía evitarse que, en cuanto uno u otro de esos poderes se sintiese bastante fuerte para sostenerse sobre los propios pies, ardiese entre ellos la lucha por el predominio y se ventilase con inflexible lógica hasta el fin. Que la Iglesia había de quedar victoriosa en esa lucha, era de esperar, dada la situación de las cosas. Su superioridad espiritual, que asentaba en una cultura más antigua y, sobre todo, muy superior, de la que los llamados bárbaros debían recién compenetrarse laboriosamente, le proporcionó una vigorosa ventaja. Además, la Iglesia era el único poder que podía fusionar a la Europa cristiana contra una irrupción de pueblos mogólicos o islamitas para la defensa común. El Imperio no estaba en esas condiciones, pues se hallaba ligado por una cantidad de intereses políticos particulares y no podía asegurar esa protección a Europa por la propia fuerza.
Mientras vivió Carlomagno, quedó el papado hábilmente en segundo plano, pues estaba enteramente a merced de la protección del soberano franco. Pero su sucesor, Luis el Piadoso, un hombre limitado y supersticioso, cayó completamente en manos de los sacerdotes y no tuvo ni la capacidad intelectual ni la energía despiadada de su antecesor para mantener el Imperio de Carlomagno, aglutinado por ríos de sangre y violencias inescrupulosas, Imperio que poco después de su muerte se derrumbó para dejar el puesto a una nueva estructuración de Europa.
El papado triunfó en toda la línea sobre el poder temporal y siguió siendo por siglos enteros la suprema institución del mundo cristiano. Pero cuando este mundo, al fin, escapó a sus designios y en toda Europa apareció cada vez más en primer plano el Estado nacional, se esfumó también el sueño de una dominación universal bajo el cetro del Papa, según la había imaginado Tomás de Aquino. La Iglesia se opuso al nuevo desarrollo de los acontecimientos con todas sus fuerzas, pero sin embargo no logró impedir, a la larga, la transformación política de Europa y hubo de adaptarse y hacer las paces, a su modo, con las nuevas aspiraciones políticas de dominio de los Estados nacionales nacientes.

Capítulo presente en el Libro Nacionalismo y Cultura.


martes, 23 de febrero de 2016

La catástrofe del parlamentarismo - Rudolf Rocker

La participación en la política de los Estados burgueses no ha conducido al movimiento obrero a la más insignificante aproximación hacia el socialismo; antes bien, a causa de tal método, el socialismo ha sufrido casi su total aplastamiento y se ha llegado a ver reducido a la insignificancia. Hay un viejo proverbio inglés que dice: «Quien come patata, muere de empacho», y podría modificarse en esta «Quien come Estado, muere de empacho». La participación en la política parlamentaria ha afectado al movimiento obrero en forma de veneno engañoso. Ésa fue la causa de que se perdiera la fe en la necesidad de proceder a una actuación socialista constructiva, y lo que es peor, el impulso del propio esfuerzo, inculcando al pueblo la desastrosa ilusión que hace esperar toda salvación de lo alto.
De esta manera, en vez del socialismo creador de la antigua Internacional, fomentó una especie de producto sucedáneo que nada tiene que ver con el verdadero socialismo, salvo en el nombre. El socialismo perdió rápidamente su carácter de ideal de cultura con la misión de preparar a los pueblos para provocar la disolución de la sociedad capitalista y que, por consiguiente, no podía ser contenido por las fronteras artificiales de los Estados nacionales.
En el pensamiento de los dirigentes de esta nueva fase del socialismo, los intereses del Estado nacional se fueron mezclando más y más con los presuntos objetivos del partido, hasta que, por fin, llegaron a ser incapaces de distinguir en forma alguna los límites precisos que los separan. Así, pues, era inevitable que el movimiento obrero se viera gradualmente incorporado al engranaje del Estado nacional, devolviéndole a éste el equilibrio que en realidad había perdido ya.
Sería un error atribuir este extraño cambio de fase a una traición intencionada por parte de los dirigentes, como se ha hecho con tanta frecuencia. Lo cierto es que nos hallamos frente a un caso de asimilación gradual de las modalidades de pensamiento propias de la sociedad capitalista, lo cual es condición peculiar de las actuaciones prácticas de los partidos socialistas, y que forzosamente afecta a la posición intelectual de sus jefes políticos. Los mismos partidos que un día se lanzaron a la conquista del poder político, bajo la bandera del socialismo, se vieron arrastrados por la lógica férrea de las circunstancias a ir sacrificando sus convicciones socialistas, pedazo a pedazo, a la política nacional del Estado.
Se convirtieron, sin que la mayoría de sus afiliados se percatara de ello, en pararrayos político para la seguridad del orden capitalista. El poder político que habían querido adquirir, fue conquistándoles su socialismo hasta dejarles casi sin nada.
El parlamentarismo que alcanzó tan rápidamente una posición dominante en los partidos obreros de distintos países, llevó a numerosas mentalidades burguesas y a políticos sedientos de medrar, al campo socialista. Esto hizo que el socialismo perdiera, con el tiempo, su iniciativa creadora y se convirtiera en un movimiento reformista corriente, falto de todo elemento de grandeza. El pueblo se contentaba con los éxitos en los comicios electorales y ya no concedía importancia a la reestructuración social ni a la educación constructiva de los trabajadores hacia ese fin. Las consecuencias de este desastroso abandono de uno de los problemas más considerables, de importancia decisiva para la realización del socialismo, aparecieron en toda su amplitud cuando, después de la guerra mundial, se produjo una situación revolucionaria en muchos países de Europa. El colapso que sufrió el viejo sistema puso en manos de los socialistas el poder por el cual se habían afanado tanto tiempo y que había sido señalado como la primera condición previa necesaria para implantar el socialismo. En Rusia preparó el camino la posesión del Gobierno por el ala izquierda del socialismo de Estado, en forma de bolchevismo; pero no fue para la implantación de una sociedad socialista, sino para el más primitivo tipo de capitalismo de Estado burocrático y para una regresión al absolutismo político que hacía tantos años había sido abolido por las revoluciones burguesas en casi todos los países. En Alemania, no obstante, donde el socialismo moderado había alcanzado el poder en forma de socialdemocracia, el socialismo, con los largos de absorción de las tareas del rutinarismo parlamentario, llegó a verse tan disminuido que no era capaz de la más insignificante acción creadora. Incluso una hoja burguesa democrática como la Frankfurter Zeitung se vio en el caso de confirmar que «en la historia de los pueblos de Europa no se había dado previamente el caso de una revolución tan pobre en ideas creadoras y tan debilitada en su energía revolucionaria».
Y no era esto todo; no sólo no estaba el socialismo político en disposición de emprender ninguna actividad que supusiera esfuerzo constructivo en la orientación socialista, sino que ni siquiera estaba dotado de fuerza moral para mantenerse sobre las realizaciones de la democracia burguesa y del liberalismo, y capituló, entregando todo el país al fascismo, que aplastó de un golpe todo el movimiento obrero, reduciéndolo a astillas. Tanto se había sumergido en el Estado burgués, que perdió totalmente el sentido de la acción socialista constructiva, sintiéndose atado a la infecunda rutina de las prácticas políticas ordinarias, lo mismo que un esclavo se ve atado al banco de la galera.
El moderno anarcosindicalismo es la reacción directa contra los conceptos y los métodos del socialismo político, reacción que incluso antes de la guerra había dado muestras de un vigoroso resurgimiento del movimiento sindicalista obrero en Francia, Italia y otros países, por no citar a España, donde la mayoría de los trabajadores organizados se mantuvieron fieles a las doctrinas de la Primera Internacional.
La palabra «sindicato de trabajadores» significaba al principio en Francia organización por ramos de la industria, para el mejoramiento de su status social y económico. Pero el crecimiento del sindicalismo revolucionario dio a este significado una importancia mucho más amplia y profunda. Tal como un partido es, por así decirlo, la organización unificada para un esfuerzo político determinado dentro del moderno Estado constitucional, y procura, en una u otra forma, mantener el orden burgués, así también, desde el punto de vista sindicalista, las uniones de trabajo, los sindicatos, constituyen la organización obrera unificada, y tienen por objeto la defensa de los intereses de los productores dentro de la sociedad presente y la preparación y el fomento práctico de la reedificación de la vida social según las normas socialistas. Tiene, por consiguiente, una doble finalidad: 1.º Como organización militante de los trabajadores contra los patronos, dar fuerza a las demandas de los primeros para asegurar la elevación de su promedio de vida. 2.º Como escuela para la preparación intelectual de los obreros, capacitarlos para la dirección técnica de la producción y de la vida económica en general, de suerte que, cuando se produzca una situación revolucionaria, sean aptos para tomar por sí mismos el organismo socialeconómico y rehacerlo en concordancia con los principios socialistas.
Opinan los anarcosindicalistas que los partidos políticos, aunque ostenten nombres socialistas, no son adecuados para cumplir ninguna de dichas tareas. Así lo atestigua el mero hecho de que, incluso en países en que el socialismo político dirigió poderosas organizaciones y contaba con millones de votos, los trabajadores nunca pudieron prescindir de los sindicatos, ya que la legislación no les ofrecía protección en su lucha diaria por el pan. Con frecuencia ha ocurrido que precisamente en las zonas del país donde el partido socialista tenía mayor fuerza, era donde los jornales estaban más bajos y la vida en peores condiciones. Tal ocurrió, por ejemplo, en los distritos del norte de Francia, donde los socialistas estaban en mayoría en muchos Ayuntamientos, y en Sajonia y Silesia, donde la socialdemocracia alemana había llegado a tener infinidad de afiliados.
Los Gobiernos ni los Parlamentos apenas se deciden a tomar medidas de reforma social o económica por propia iniciativa, y cuando por acaso así ha sucedido, la experiencia demuestra que las supuestas mejoras han sido letra muerta en medio de la balumba superflua de leyes. Así fue como las modestas tentativas del Parlamento británico, en la primera época de la gran industria, cuando los legisladores, atemorizados por los horrorosos efectos de la explotación de los niños, se decidió por fin a procurar algunos remedios triviales, tales disposiciones carecieron durante mucho tiempo de aplicación. Por una parte caían en la incomprensión de los mismos trabajadores; por otra, fueron saboteadas descaradamente por los patronos. Lo mismo ocurrió con la conocida ley italiana que el Gobierno hizo votar a mediados de 1890, prohibiendo que las mujeres que trabajaban en las minas de azufre de Sicilia bajase sus niñitos a las galerías subterráneas. Hasta mucho más tarde, cuando aquellas mujeres lograron organizarse y elevar su nivel de vida, no desapareció el mal por sí mismo. Casos parecidos podrían citarse muchos, tomados de la historia de todos los países.
Pero incluso la autorización legal de una reforma no ofrece garantía de permanencia, a no ser que fuera del Parlamento haya masas militantes dispuestas a defenderla contra todos los ataques. Así, los propietarios de las fábricas de Inglaterra, a pesar de la aprobación del proyecto de ley de la jornada de diez horas, en 1848, se valieron poco después de una crisis industrial para obligar a los obreros a laborar once horas y aun doce al día. Cuando los inspectores de industrias procedieron legalmente, no sólo fueron absueltos los acusados, sino que el Gobierno insinuó a los inspectores que no era cosa de ceñirse demasiado a la letra de la ley, de manera que los trabajadores, después que sus reivindicaciones parecía que habían cobrado alguna vida, se vieron en el caso de tener que comenzar desde el principio, por su cuenta, la campaña en defensa de la jornada de diez horas. Entre las pocas reformas que la revolución de noviembre de 1918 otorgó a los obreros alemanes, la más importante era la de la jornada de ocho horas. Pero les fue arrebatada a los trabajadores por los patronos en casi todas las industrias, a despecho de figurar tal medida en los estatutos de trabajo, de acuerdo con la misma Constitución de Weimar.
Mas si los partidos políticos son absolutamente incapaces de procurar la más insignificante mejora de las condiciones de vida de las clases laboriosas dentro de la sociedad actual, son mucho más incapaces todavía de emprender la estructuración orgánica desde una comunidad socialista, ni de prepararle el terreno, pues se hallan completamente desprovistos de lo más indispensable para tal cometido. Rusia y Alemania han dado suficientes pruebas ello.
La punta de lanza del movimiento obrero no es, por consiguiente, el partido político, sino el sindicato, endurecido en la lucha cotidiana y penetrado de espíritu socialista. Los obreros, únicamente pueden desplegar toda su fuerza situándose en el terreno económico, pues es su actividad como productores lo que mantiene unida la estructura social y garantiza en absoluto la misma existencia de la sociedad. En cualquier otro plano se hallarán pisando terreno ajeno y malgastarán sus esfuerzos en luchas sin esperanza, que no les aproximarán en un ápice a la meta de sus anhelos. En el campo de la política parlamentaria el obrero es como el gigante Anteo del mito griego, al que Hércules pudo estrangular en el aire, una vez separados sus pies de la Tierra, que era su madre. Únicamente como productor y creador de riqueza social el obrero se percata de su fuerza; en unión solidaria con sus compañeros, establece en el sindicato la guerrilla invencible capaz de resistir contra todo asalto, si se siente inflamada por el espíritu de libertad y animada por el ideal de la justicia entre los hombres.
Para los anarcosindicalistas, el sindicato no es simplemente un fenómeno de transición, tan efímero como la sociedad capitalista, sino que entraña el germen de la economía socialista del mañana, y es la escuela primaria del socialismo en general. Toda nueva estructura social forma órganos propios dentro del cuerpo de la vieja organización. Sin este comienzo, no cabe pensar en evolución social ninguna. Las mismas revoluciones no pueden hacer otra cosa sino desarrollar y sazonar la simiente que ya existía y que germinaba en la conciencia humana; no pueden crear por sí mismas ese germen, ni plasmar un mundo nuevo de la nada. Por consiguiente nos toca sembrar esa semilla a tiempo y hacer que se desarrolle cuanto más mejor, con objeto de facilitar la futura obra de la revolución y darle garantías de permanencia.
Toda la obra educativa del anarcosindicalismo se encamina a este fin. La educación socialista no significa para los anarcosindicalistas triviales campañas de propaganda ni la llamada «política del momento», sino el esfuerzo para que los obreros vean con más claridad las relaciones intrínsecas de los problemas sociales entre sí, y el desarrollo de su capacidad administradora, con objeto de prepararles para su misión de reformadores de la vida económica, y darles la seguridad moral necesaria para realizar su obra. No hay entidad social más apropiada para esta finalidad que la organización de lucha económica de los trabajadores; endurece su resistencia en el combate directo por la defensa de su existencia y de sus derechos humanos. Esta pelea directa y constante con los defensores del presente sistema, desarrolla al mismo tiempo los conceptos éticos sin los cuales no es posible ninguna transformación social: solidaridad vital con los compañeros de destino, y responsabilidad moral de las propias acciones.
Precisamente porque la obra educativa de los anarcosindicalistas se encamina al desarrollo del pensamiento y la acción libre, son declarados adversarios de todas las tendencias centralizadoras tan características de los partidos socialistas políticos. Pero el centralismo, esa organización artificial que se manifiesta en sentido de arriba abajo y que pone los asuntos de todos los individuos, en masa, a disposición de una pequeña minoría, es indefectiblemente asistido por una estéril rutina y aplasta toda convicción individual, mata todas las iniciativas personales por medio de una disciplina sin alma y de una fosilización burocrática, impidiendo toda acción independiente. La organización del anarcosindicalismo se funda en los principios del federalismo, en la libre correlación establecida de abajo arriba, poniendo por encima de todo el derecho de autodeterminación de cada miembro, y reconociendo tan sólo el acuerdo orgánico entre todos a base de intereses semejantes y de convicciones comunes.
A menudo se ha achacado al federalismo que divide y debilita las fuerzas para la organización defensiva. Y es muy significativo que hayan sido precisamente los representantes de los partidos obreros políticos y de las trade unions, bajo la influencia de aquéllos, quienes hayan repetido esta censura hasta la saciedad. Pero también sobre esto los hechos reales han tenido más elocuencia que las teorías. No hubo jamás ningún país desde el movimiento obrero que estuviera tan centralizado y donde la técnica de la organización fuese desarrollada con tal extrema perfección como en Alemania antes de que Hitler detentara el poder. Un poderoso mecanismo burocrático cubría todo el país y determinaba todas las manifestaciones de la vida política y económica de las organizaciones obreras. En las últimas elecciones anteriores a tal hecho, los partidos socialdemócrata y comunista tuvieron en conjunto más de doce millones de votos en apoyo de sus candidatos.
Y una vez adueñado Hitler del poder, seis millones de trabajadores que estaban de tal manera organizados, no levantaron un dedo para evitar la catástrofe que hundía a Alemania en el abismo y que en pocos meses deshizo completamente sus organizaciones.
En cambio, en España, donde el anarcosindicalismo, seguido con mucho arraigo en la organización obrera desde los días de la Primera Internacional, gracias a una propaganda libertaria incansable y una intensa lucha que la preparó para la resistencia, fue la poderosa CNT la que con la intrepidez de réplica frustró los planes de Franco y de sus numerosos auxiliares de dentro y del exterior, levantando el ánimo de todos los obreros y campesinos de España con su ejemplo heroico para dar la batalla al cabecilla faccioso —hecho éste que él mismo se vio obligado a reconocer—. Sin la heroica resistencia de los sindicatos anarcosindicalistas, la reacción fascista hubiera dominado en pocas semanas toda la Península.
Comparando la técnica de la organización federalista de la CNT con la máquina centralista que construyeron los obreros alemanes, causa sorpresa ver la simplicidad de la primera. En los sindicatos menos numerosos todas las tareas de organización se efectuaban voluntariamente. En las federaciones, ya más amplias, donde, naturalmente, se requerían representantes oficiales, éstos eran elegidos por un año solamente y tenían una paga igual a la de los trabajadores del ramo a que pertenecieran. Ni la Secretaría general de la CNT era excepción a esta regla. Es ésta una tradición conservada en España desde los días de la Internacional. Esta sencilla forma de organización, no sólo bastó a los españoles para convertir a la CNT en una unidad de lucha de primer orden, sino que la ponía a salvo del peligro de caer en régimen burocrático dentro de su misma esfera, y les permitió desplegar ese irresistible espíritu de solidaridad y de tenaz beligerancia que es tan característico de esa organización y que no se da en ningún otro país.
Para el Estado, el centralismo es la forma más adecuada de organización, puesto que aspira a la mayor uniformidad posible en la vida social, con objeto de mantener el equilibrio social y político. Mas para un movimiento cuya misma existencia depende de la acción rápida en toda circunstancia propicia, y en la independencia de pensamiento y de acción de sus mantenedores, el centralismo no podría ser más que una desdicha pues debilitaría su energía decisiva y reprimiría sistemáticamente toda su actividad directa. Si, por ejemplo, como ocurría en Alemania, cada huelga local tenía que ser aprobada previamente por la Central, que a veces estaba a centenares de millas y que ordinariamente no estaba en condiciones de formular un juicio acertado sobre las circunstancias locales, no cabe sorprenderse entonces de que la pesadez del mecanismo hiciera imposible que éste reaccionase rápidamente. El resultado es que se crea un estado de cosas en el que los grupos enérgicos e intelectuales no sirven de modelo a los más activos, sino que quedan condenados a la inacción por éstos, produciendo inevitablemente el estancamiento de todo el conjunto. Una organización no es, a la postre, más que un medio para determinada finalidad. Cuando se convierte en fin de sí misma, mata al espíritu y la iniciativa vital de sus miembros, estableciendo ese dominio de la mediocridad que es propio de la burocracia.
Por consiguiente, el anarcosindicalismo opina que las organizaciones sindicales deben tener tal carácter que permita llevar al máximo la lucha de los obreros contra los patronos, al mismo tiempo que les proporcione a los primeros una base que les haga capaces, dada una situación revolucionaria, de emprender la reestructuración de la vida económica y social.
De manera que su organización se estructura en la siguiente forma: los trabajadores de cada región se unen en los sindicatos de sus respectivos ramos, y éstos no se hallan sujetos al veto de ninguna central, sino que gozan de plenos derechos de autodeterminación. Los sindicatos de la ciudad o de los distritos rurales se combinan en lo que en inglés diríamos cartels, o federaciones del trabajo. A su vez, estas federaciones son las que organizan la propaganda y la educación locales. Funden a los obreros como clase y evitan que se produzca ninguna manifestación fraccional de miras estrechas. Todas las federaciones están vinculadas, según distritos y regiones, entre sí, por medio de la Confederación General del Trabajo, que mantiene en constante contacto los grupos locales, vela por el libre engranaje del trabajo productivo de los miembros de distintas organizaciones en sentido cooperativo, procura establecer la coordinación necesaria en la obra educativa, en la que las federaciones poderosas acudirán en ayuda de las más débiles, y en general presta el apoyo de su concurso a los grupos locales, en forma de consejo y guía.
Resulta, pues, que cada sindicato está, además, enlazado federativamente con todos los del mismo ramo del país, y a su vez relacionados en la misma forma con todos los ramos colaterales, de suerte que están constituidos en verdaderas alianzas industriales. La misión de estas alianzas es ordenar la acción cooperativa de los grupos locales, dirigir huelgas de solidaridad cuando se haga necesario y atender a todos los requerimientos de la lucha diaria entre el capital y el trabajo. De esta manera, la Confederación de «cártels» y de alianzas industriales constituyen los polos entre los cuales gira toda la vida de los sindicatos. Los anarcosindicalistas están persuadidos de que ni por decretos ni por estatutos otorgados por el Gobierno puede crearse un orden de economía socialista, sino en virtud de la colaboración del cerebro y de la mano de obra de todos los trabajadores, desde cada ramo de la producción; es decir, posesionándose de las fábricas para regentarlas los obreros por sí mismos, en tal forma que todos los grupos separados de fábricas y ramos industriales sean miembros independientes del organismo económico general y efectúen sistemáticamente la producción y la distribución de los productos en interés de la comunidad, a base de libres acuerdos mutuos.
En tal caso, las federaciones obreras se harán cargo del capital social existente en cada comunidad, determinarán cuáles sean las necesidades de los habitantes de sus distritos y organizarán el consumo local. Por medio de la función de la Confederación Nacional del Trabajo será posible calcular las exigencias de la totalidad del país y ajustar a ellas, en consecuencia, el rendimiento de la producción. Por otra parte, sería de incumbencia de las alianzas industriales hacerse cargo de todos los medios de labor y manufactura: máquinas, material de transporte, materias primas, etc., y suministrar a los grupos sindicales lo necesario. Resumiendo: 1.º, organización de las fábricas por los mismos productores y dirección del trabajo por consejos nombrados por los mismos; 2.º, organización de la producción total del país por medio de las federaciones industriales y agrícolas; 3.º, organización del consumo por medio de «cártels» del trabajo.
En este terreno la experiencia práctica nos suministra la mejor materia de estudio. Nos ha demostrado que las cuestiones económicas, en el sentido socialista, no puede resolverlas un Gobierno aunque éste signifique la tan cacareada dictadura del proletariado.
En Rusia la dictadura bolchevique estuvo casi dos años sin saber qué hacer con los problemas económicos, y trataba de ocultar su incapacidad amparándose en una inundación de decretos y ordenanzas, el noventa y nueve por ciento de los cuales era destruido en el acto en las oficinas del Estado. Si el mundo pudiera hacerse libre por medio de decretos, hace tiempo no habría ya problemas en Rusia. En su fanático celo por el Gobierno, el bolchevismo ha destruido violentamente los más valiosos comienzos del nuevo orden social, suprimiendo las cooperativas, poniendo las uniones sindicales bajo el control del Estado, y privando, casi desde el comienzo, a los soviets de su libertad. Kropotkin dijo, con justicia, en su «Mensaje a los trabajadores de los países de la Europa occidental»:
«Rusia nos ha mostrado el camino que no debe seguirse para establecer el socialismo, aunque la masa del pueblo, asqueada por el viejo régimen, no opusiera resistencia a los experimentos del nuevo Gobierno. La idea de la formación de consejos de obreros y campesinos tiene, en sí misma, una extraordinaria importancia. Pero en la medida en que el país esté dominado por la dictadura de un partido, los consejos de obreros y de campesinos pierden, naturalmente, su significación. Degeneran hasta desempeñar el mismo papel pasivo que los representantes de los Estados solían desempeñar en tiempo de las monarquías absolutas. Un consejo de trabajadores deja de ser un consejo libre y valioso cuando no hay libertad de prensa en el país, como ha ocurrido entre nosotros por más de dos años. Es más: los consejos de obreros y campesinos pierden toda su significación cuando no se eligen previa una propaganda pública y las mismas elecciones se llevan a cabo bajo la presión ejercida por la dictadura de partido. Un Gobierno constituido por tales consejos —Gobierno soviético— equivale a un definitivo paso en retroceso, tan pronto como la revolución avanzaba para estructurar una nueva sociedad sobre nuevos cimientos económicos; resulta cabalmente un principio viejo sobre un basamento nuevo».

La marcha de los acontecimientos ha dado plenamente la razón a Kropotkin. Rusia se halla hoy más lejos del socialismo que ningún otro país. La dictadura no conduce a la liberación económica y social de las masas laboriosas, sino a la supresión de las más triviales libertades y al desarrollo de un despotismo ilimitado que no respeta derecho alguno y pisotea todos los sentimientos de la dignidad humana. Lo que el trabajador ruso ha salido ganando económicamente bajo el presente régimen es una forma más ruinosa de la explotación humana, heredada del más exagerado grado del capitalismo, en forma de sistema stakhanovista, que eleva la capacidad de rendimiento del operario al límite máximo y le rebaja a la condición de esclavo de galera, a quien se niega todo control de su trabajo personal y tiene que someterse a todos los mandatos de sus superiores, si no quiere exponerse a sufrir penas de privación de la libertad y aun de la vida. Ahora bien: el trabajo forzado es lo que menos puede conducir al socialismo. Distancia al hombre de la comunidad, destruye la alegría de su trabajo cotidiano y sofoca esa sensación de responsabilidad personal en relación con los compañeros, sin la cual huelga que se hable de socialismo.
Sobre Alemania, no vale la pena de que se haga aquí ninguna reflexión. No era lógico esperar de un partido como el de los socialdemócratas —cuyo órgano central, el Vorwaerts, en la misma víspera de la revolución de 1918, hacía advertencias a los trabajadores sobre la precipitación: «Pues el pueblo alemán —decía— no está preparado para la república, que hiciera experimentos de socialismo. Se le vino a las manos el poder, sin más ni más, y no sabía qué hacerse con él. Su absoluta impotencia contribuyó no poco a hacer posible que Alemania se tueste hoy al sol del Tercer Reich».
Los sindicatos anarcosindicalistas de España, especialmente en Cataluña, donde su influencia es mayor, nos han dado en este aspecto un ejemplo único en la historia del movimiento obrero socialista. Con ello no han hecho sino demostrar lo que los anarcosindicalistas han dicho siempre con insistencia, que el acercamiento al socialismo sólo es posible cuando los trabajadores han creado el organismo adecuado para el mismo y, sobre todo, cuando tienen una preparación previa, debida a una educación genuinamente socialista y a la acción directa. Y así ha ocurrido en España, donde desde los días de la Internacional el peso del movimiento laborista ha recaído no en los partidos políticos, sino en los sindicatos revolucionarios.
Cuando el 18 de julio de 1936, la conspiración los generales fascistas culminó en abierta rebelión y fue sofocada en pocos días por la heroica resistencia de la CNT y la FAI —Confederación Nacional Trabajo y Federación Anarquista Ibérica— que libró a Cataluña del enemigo y frustró el plan de los conspiradores que habían confiado en la sorpresa súbita, se vio claro que los trabajadores de Cataluña no se quedarían a medio camino. En efecto, se procedió en seguida a la colectivización de la tierra y a la incautación de las fábricas, cometido en el que entendieron los sindicatos de campesinos y de obreros industriales; y este movimiento, desatado por iniciativa de la CNT y la FAI, con fuerza irreprimible, se extendió por Aragón y Levante, llegando a otras regiones del país, consiguiendo arrastrar a una gran parte de los sindicatos del partido socialista, organizados bajo la Unión General de Trabajadores. La rebelión fascista había puesto a España en el camino de la revolución social.
El acontecimiento demuestra que no sólo los trabajadores anarcosindicalistas de España están dotados de una alta capacidad combativa, sino que les mueve un gran espíritu constructivo, adquirido en largos años de educación socialista. El gran mérito del anarquismo libertario de España, que tiene ahora expresión en la CNT y en la FAI, es que desde los tiempos de la Internacional ha seguido educando a los obreros en ese espíritu que estima la libertad por encima de todo y que considera que la independencia de criterio de sus afiliados es la base de su existencia. El movimiento libertario español nunca se dejó extraviar en un laberinto de economía metafísica que hubiera anquilosado su impulso intelectual con conceptos fatalistas, como ocurrió en Alemania, ni ha malgastado sus energías en tareas de una estéril rutina de parlamentarismo burgués. Para ese movimiento español, el socialismo ha sido siempre cosa de incumbencia del pueblo, un crecimiento orgánico que radica en la actividad de las mismas masas, cuya base está en sus organizaciones económicas.
La CNT no es, por consiguiente, una simple alianza de trabajadores industriales, como las trade unions o sindicatos de otros países. Abarca, incluyéndolos en sus filas, a los sindicatos de trabajadores de la tierra y campesinos en general, como también a los obreros de la inteligencia. Si los braceros luchan ahora codo a codo con los operarios de las fábricas contra el fascismo, ello se debe a la gran obra educativa que han realizado la CNT y sus iniciadores. Socialistas de todas las escuelas, auténticos liberales y burgueses antifascistas que han tenido ocasión de observar los hechos en su propio escenario, todos han coincidido en sus juicios al apreciar la capacidad creadora de la CNT y han dedicado palabras de la mayor admiración a sus obras constructivas. Ninguno de ellos ha dejado de elogiar la natural inteligencia, la reflexión y prudencia y, sobre todo, la tolerancia sin igual de que han dado muestras los trabajadores y campesinos de la CNT al dar realización a su difícil tarea.[1]
Trabajadores del campo, técnicos y hombres de ciencia se juntaron para laborar en cooperación, y en tres meses lograron dar un aspecto radicalmente nuevo a la vida económica de Cataluña.
Hoy día, en Cataluña, las tres cuartas partes de la tierra están colectivizadas y cultivadas en cooperación por los sindicatos agrarios. En esto, cada comunidad ofrece un tipo propio y arregla sus asuntos internos a su manera, pero las cuestiones económicas las ordena por mediación de su federación correspondiente. De esta suerte queda salvaguardada la libre iniciativa de empresa y son fomentadas las nuevas ideas y el mutuo estímulo. Una cuarta parte del terreno está en manos de pequeños propietarios labradores, a quienes se les ha dejado en libertad de elegir entre unirse a las colectividades continuar su gobierno familiar. En muchos casos sus bienes exiguos han sido incluso aumentados, en proporción con el número de sus miembros. En Aragón, una inmensa mayoría de los campesinos optó por colectivizarse. Hay en esa región más de cuatrocientas granjas colectivas, diez de las cuales están bajo control de los sindicatos de la UGT; las demás las llevan los sindicatos de la CNT. Tales progresos ha hecho la agricultura en esas zonas, que en el transcurso de un año, el cuarenta por ciento de las tierras antes incultas se han puesto bajo cultivo. En Levante, en Andalucía e incluso en Castilla, la agricultura colectiva, bajo la orientación administrativa de los sindicatos, realiza constantes progresos. En numerosas colectividades menores ha sido ya adoptada una modalidad nueva de vida socialista: los habitantes de las mismas no hacen ya el cambio por medio de dinero, sino que procuran atender con el fruto de su trabajo colectivo a sus propias necesidades, dedicando todo lo sobrante a ayudar al mantenimiento de sus camaradas que luchan en el frente.
En muchas de las colectividades rurales se ha conservado la compensación individual por el trabajo desempeñado, quedando aplazado el esfuerzo de reestructurar el nuevo sistema para cuando la guerra haya terminado, pues la guerra reclama por el momento los máximos esfuerzos de todo el pueblo. En estos casos, la cuantía de los jornales se precisa en atención al número de miembros de la familia. Los informes económicos de los boletines diarios de la CNT están llenos de datos curiosos sobre la formación de las colectividades y su desenvolvimiento técnico, con la introducción de maquinaria y fertilizantes químicos, casi desconocidos anteriormente. Sólo en Castilla, las colectividades campesinas han gastado en el pasado año más de dos millones de pesetas con este objeto. La gran tarea de la colectivización del campo se facilitó considerablemente cuando las federaciones rurales de la UGT se unieron al movimiento general. Son muchas las comunidades campesinas cuyos asuntos son tratados de mutuo acuerdo, entre delegados de la CNT y de la UGT, acentuando la aproximación de ambas organizaciones, acercamiento que culminó en una alianza de trabajadores de ambas centrales sindicales.
Pero donde los sindicatos obreros han realizado su más asombrosa obra es en el terreno de la industria, ya que tomaron en sus manos absolutamente toda la vida industrial del país. En Cataluña, en un año, los ferrocarriles han sido dotados de completo equipo moderno, y en puntualidad, los servicios nunca habían funcionado como ahora. Las mismas mejoras se han efectuado en todo el sistema de transportes, en la industria textil, en la construcción de maquinaria, en la edificación y en las industrias menores. Pero es en las industrias de guerra donde los sindicatos han realizado un verdadero prodigio. Por el llamado pacto de neutralidad, el Gobierno español se vio privado de importar armas en cantidad. Cataluña, antes del levantamiento militar, no tenía una sola fábrica de manufactura militar. Lo que más apremiaba, por tanto, era rehacer industrias enteras para responder las demandas de la guerra. Dura empresa ésta para unos sindicatos que tenían ya sus manos completamente ocupadas en establecer un nuevo orden social. Y, sin embargo, lo efectuaron con tal energía y eficiencia técnica que únicamente se explica por el fervor de los trabajadores y su presteza ilimitada en sacrificarse por la causa. Llegaron a trabajar los obreros, en esas fábricas, doce y aun quince horas diarias para dar cima a su obra. Hoy Cataluña cuenta con 283 grandes fábricas que trabajan día y noche en la producción de material de guerra, con objeto de que los frentes estén debidamente provistos. Actualmente Cataluña provee a la mayor parte de los requerimientos militares. El profesor Andrés Oltramare ha declarado en un artículo que los trabajadores de Cataluña «han realizado en siete semanas lo que Francia hizo en catorce meses, a partir de la ruptura de hostilidades de la guerra mundial».
Pero no acaba aquí, ni mucho menos. La desdichada guerra empujó hacia Cataluña a una abrumadora cifra de fugitivos, procedentes de todas las zonas azotadas por la guerra: hoy suman un millón.[2] Más del cincuenta por ciento de los enfermos y heridos hospitalizados en los establecimientos sanitarios de Cataluña, no son catalanes. Es fácil, pues, hacerse cargo de la tremenda labor de los sindicatos obreros para atender a todas las necesidades que la situación originaba. De la organización de todo el sistema de enseñanza por grupos de maestros de la CNT, de las asociaciones de protección del arte y de otros cien aspectos, no puedo siquiera ocuparme en el breve espacio de esta obra.
Al mismo tiempo, la CNT mantenía 120.000 milicianos propios que luchaban en todos los frentes. Ninguna organización ha rendido en España una contribución tan grande en vidas y heridos como la CNT y la FAI. En su heroico comportamiento contra el fascismo, ha perdido a muchos de sus más significados luchadores, entre ellos Francisco Ascaso y Buenaventura Durruti, cuya épica grandeza convirtió a este último en el héroe del pueblo español.
En semejantes circunstancias, puede que se comprenda que los sindicatos no hayan podido llevar a término y completar su obra ingente de reconstrucción social, y que de momento no pudieran prestar toda su atención al problema de la distribución y consumo. La guerra, la ocupación por los ejércitos fascistas de parte de las zonas en las que hay importantes fuentes de materias primas, la invasión italiana y alemana, la actitud hostil del capital extranjero, las matanzas de la contrarrevolución brotada en el mismo territorio y apoyada esta vez —cosa significativa— por Rusia y por el partido comunista español: todas estas causas y otras muchas han obligado a los sindicatos a aplazar muchas y grandes tareas hasta que la guerra termine victoriosamente. Pero haciéndose cargo de las industrias y de las tierras para su administración, han dado el primer paso, que es el más importante, hacia el socialismo. Sobre todo han demostradoque los trabajadores, aun sin los capitalistas, son capaces de llevar adelante la producción y de hacerlo mejor que el puñado de administradores que explotan el hambre. Cualquiera que fuese la solución de la sangrienta guerra que se libra en España, el haber hecho esta demostración, será siempre un servicio indiscutible de los anarcosindicalistas españoles, cuyo heroico ejemplo ha abierto nuevas perspectivas futuras al movimiento socialista.
Si el anarcosindicalismo se esfuerza por inculcar a las clases trabajadoras de todo el mundo la comprensión de esta nueva forma de socialismo constructivo y mostrarles que hoy deben dar a sus organizaciones de lucha económica las cualidades necesarias para que sean aptas, en un momento dado de crisis económica general, para emprender la obra de la estructuración socialista, eso no significa que esas cualidades estén calcadas en las formas de organización de un solo modelo. En cada país hay condiciones peculiares, íntimamente trabadas a su desarrollo histórico, a sus tradiciones, a sus peculiaridades psicológicas. La gran superioridad del federalismo es, indudablemente, que toma en consideración estos importantes factores y no insiste en una uniformidad que violenta el libre pensamiento y fuerza a los hombres a cosas externas, contrarías a sus tendencias naturales.
Kropotkin dijo en cierta ocasión que tomando a Inglaterra por ejemplo, hay tres grandes movimientos que en tiempo de crisis revolucionaria facilitarían a los obreros el desenvolverse a través del derrumbamiento total de la presente economía social: el tradeunionismo, las organizaciones cooperativas y el movimiento en favor del socialismo municipal; eso, naturalmente, supuesto que tengan en vista una meta fija y trabajen juntos siguiendo un plan definido. Los trabajadores deben comprender que no sólo debe ser su liberación obra suya, sino que esa libertad sólo puede concebirse si ellos mismos atienden a las aportaciones constructivas preliminares, en vez de fiar la tarea a los políticos, pues éstos no están en manera alguna preparados para ello. Y por encima de todo, deben comprender que por distintos que sean, según los países, esos preliminares inmediatos para libertarse, los efectos de la explotación capitalista son idénticos en todas partes y, por consiguiente, deben dar a sus esfuerzos el necesario carácter internacional.
Ante todo, no deben atar esos esfuerzos a los intereses del Estado nacional, como por desgracia ha ocurrido hasta el presente en muchos países. El mundo de la organización del trabajo debe proseguir hacia sus propios fines y posee intereses propios que defender, y éstos no coinciden con los del Estado nacional ni con los de las clases ricas. Una colaboración de obreros y patronos, tal como la propugnaron el partido socialista y los grupos sindicales en Alemania después de la guerra mundial, no puede conducir más que a hacer desempeñar al trabajador el papel del pobre Lázaro, que tenía que contentarse con recoger las migas que caían del banquete del hombre rico. La colaboración es posible solo cuando los fines y, lo que más importancia tiene, los intereses, son iguales.
Es indudable que algunas pequeñas comodidades caen a veces en el lote de los trabajadores, si los burgueses de su país logran alguna ventaja sobre los de otro; pero esto siempre lo obtienen a costa de su propia libertad. El trabajador en Inglaterra, Francia, Holanda, etc., participa hasta cierto punto de los beneficios que, sin esfuerzo suyo, fueron a caer en el seno de la burguesía de su país, procedentes de la explotación sin trabas de los pueblos coloniales; pero, tarde o temprano, llegará el día que esos pueblos abran también los ojos, y entonces tendrá que pagar de la manera más cara las pequeñas ventajas de que disfrutó antes. Los acontecimientos de Asia lo demostrarán así, con meridiana claridad, en un futuro próximo. Pequeñas ganancias debidas al aumento de las ocasiones de hallar trabajo y de cobrar mejores salarios, pueden hacer prosperar al obrero de un Estado afortunado que se abre mercados a costa de otros. La consecuencia de esto es que ahonda más la división que separa a unos de otros en el movimiento obrero internacional, división que no logran desvanecer las más bellas resoluciones de los congresos internacionales.
Esta escisión es la que aleja más y más el día de la liberación del trabajador del yugo del salario de esclavitud. Desde el momento en que el obrero liga sus intereses a los de la burguesía de su país en vez de ligarlos a los de su clase, debe también, naturalmente, cargar con todas las consecuencias que ha de tener esa relación. Debe estar dispuesto a batirse en las guerras de las clases detentoras de la riqueza, guerras que desencadenan por el mantenimiento y la extensión de sus mercados, y defender cualquier injusticia que dichas clases se lancen a cometer contra otros pueblos. La prensa socialista de Alemania no hacía más que obrar en forma consecuente cuando pedía, durante la guerra mundial, la anexión de territorios extranjeros. Era consecuencia inevitable de la actitud mental y de los métodos que los partidos socialistas políticos habían mantenido mucho tiempo hasta la conflagración.
Hasta que los obreros de todos los países no estén claramente de acuerdo en que sus intereses son los mismos en todas las latitudes, e inspirándose en ello aprendan a unirse para actuar juntos, no podrá decirse que existe una base efectiva para la liberación internacional de la clase trabajadora.
Cada época comporta unos problemas peculiares y tiene sus métodos propios para tratarlos. El problema que se nos plantea en la actualidad es éste: la liberación del hombre de esa maldición de la explotación económica y de la esclavitud social. La era de las revoluciones políticas pasó a la historia, y dondequiera que se produzcan, no alteran en lo más mínimo los fundamentos del orden social capitalista. Por una parte, cada vez se ve más claro que la democracia burguesa está en tal decadencia que ya no es capaz de oponer resistencia verdadera a la amenaza del fascismo. Por otra parte, el socialismo se ha perdido de tal manera por los cauces secos de la política burguesa, que ya no siente la menor simpatía por la genuina educación socialista de la masa y nunca va más allá de abogar por insignificantes reformas. Pero el desarrollo del capitalismo y el gran Estado moderno, nos han puesto en una situación en la que vamos a toda vela hacia una catástrofe universal. La última guerra mundial y sus consecuencias sociales y económicas que hoy siguen constantemente y con creciente intensidad su obra desastrosa, hasta llegar a convertirse ya en un verdadero peligro para la misma existencia de la cultura humana, son síntomas siniestros de unos tiempos que no hay hombre con discernimiento que no acierte a interpretar. Por consiguiente, nos atañe a nosotros la reconstrucción de la vida económica de los pueblos, levantándola del suelo y reestructurándola con espíritu socialista. Pero únicamente los productores están capacitados para esta obra, ya que ellos son el único elemento creador de valores, del cual puede surgir un porvenir nuevo. Sus tareas son librar el trabajo de los grilletes con que lo sujeta la explotación económica, librar a la sociedad de todos los procedimientos y las instituciones de poder político, y abrir el camino para llegar a una alianza de agrupaciones libres de hombres y mujeres, fundadas en el trabajo cooperativo y en una administración pensada con miras al bien de la comunidad. Preparar a las masas que laboran afanosamente en la ciudad y en el campo para esta gran finalidad, y unirlas entre sí como fuerza militante, tal es el objetivo del moderno anarcosindicalismo, y esto llena toda su misión.

1 - He aquí algunas opiniones de periodistas extranjeros que no tienen personalmente relación alguna al movimiento anarquista. Andrés Oltramare, profesor de la Universidad de Ginebra, en una alocución bastante extensa, dijo:
«En medio de la guerra civil, los anarquistas han demostrado ser organizadores políticos de primer rango. Acertaron a que prendiera en todos los ciudadanos el necesario sentido de responsabilidad, y, por medio de llamamientos impresionantes, han sabido mantener vivo el sentimiento de sacrificio en bien general del pueblo».
«Como socialdemócrata hablo aquí con íntima satisfacción y con admiración sincera por lo que he comprobado en Cataluña. La transformación anticapitalista se efectuó sin necesidad de recurrir a la dictadura. Los miembros de los sindicatos son dueños de sí mismos y dirigen la elaboración y la distribución de los productos del trabajo bajo su administración propia, con el consejo de técnicos en quienes tienen confianza. El entusiasmo de los trabajadores es tal que desprecian toda ventaja personal y sólo piensan en el bienestar común».

El conocido antifascista italiano Carlos Roselli, que antes de tomar Mussolini el poder era profesor de Economía en la Universidad de Génova, precisó su juicio en las siguientes palabras:
«En tres meses, Cataluña ha sido capaz de establecer un nuevo orden sobre las ruinas del viejo sistema. Y se debe principalmente a los anarquistas, que han demostrado un notable sentido de la proporción, comprensión realista y destreza... Todas las fuerzas revolucionarias de Cataluña se han unido en un programa de carácter sindicalista-socialista: socialización de la gran industria; reconocimiento de la pequeña propiedad; control obrero...
El anarcosindicalismo, hasta hoy tan menospreciado, se ha revelado como una gran fuerza constructiva... Yo no soy anarquista, pero estimo un deber dar mi opinión sobre los anarquistas de Cataluña, que siempre han sido presentados ante el mundo como elementos destructores, cuando no criminales. Estuve al comienzo con ellos en las trincheras y he aprendido a admirarlos. Los anarquistas de Cataluña pertenecen a la vanguardia de la próxima revolución. Con ellos nace un mundo nuevo, y es una dicha servir a ese mundo».

Y Fenner Brockway, secretario del Partido Laborista Independiente de Inglaterra, que viajó por España después de los acontecimientos de mayo de 1937 en Cataluña, expresa sus impresiones en los siguientes términos:
«Me impresionó la fuerza de la CNT. Era innecesario que se me dijera que se trata de la organización de trabajadores más vasta e infundida de mayor vitalidad. Así se evidenciaba en todos los aspectos. Las grandes industrias estaban, claramente, en su mayor parte, en manos de la CNT: ferrocarriles, transportes por carretera, muelles, ingeniería, tejidos, electricidad, construcción, agricultura. En Valencia la UGT tenía mayor parte en el control que en Barcelona, pero hablando en general la masa trabajadora estaba afiliada a la CNT.
Los afiliados a la UGT eran más bien la gente de «cuello blanco» —los trabajadores de oficina—. Me impresionó grandemente la obra revolucionaria constructiva que está llevando a cabo la CNT. Haber logrado tener el control de tantos obreros industriales, es una obra inspirada. Puede tomarse como ejemplo el ramo textil, el ferroviario, el metalúrgico... Hay todavía algunos ingleses y norteamericanos que consideran a los anarquistas de España como imposibles, indisciplinados e incontrolables. Es el polo opuesto de la verdad. Los anarquistas de España, por medio de la CNT, están realizando una de las obras constructivas más considerables que haya llevado a efecto ninguna clase trabajadora. Luchan contra el fascismo en los frentes. En la retaguardia están edificando el nuevo orden social de los trabajadores. Comprenden que combatir al fascismo y realizar la revolución son cosas inseparables. Todos los que han visto y comprendido lo que están haciendo, les deben honor y agradecimiento. Están resistiendo al fascismo. Están creando el nuevo orden a proletario, que es la única alternativa del fascismo. Esto es la empresa más grande que realizan los trabajadores, sin comparación en ninguna parte del mundo».

Y el mismo observa en otro lugar:
«La gran solidaridad existente entre los anarquistas se debe a que cada cual confía en su propia fuerza y no la considera dependiente de una jefatura... Las organizaciones, para que den resultado, deben estar constituidas por gente de pensamiento independiente; no una masa, sino seres libres».

2- Desde que fue escrito el presente libro, esta cifra ha seguido aumentando considerablemente.



Rudolf Rocker 



El título del formato blog no corresponde al original. Tomado del libro «Anarcosindicalismo: teoría y práctica» y corresponde a  un fragmento del capitulo «Los objetivos del anarcosindicalismo». (N&A)