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jueves, 20 de diciembre de 2018

Comunicado de mujeres inmigrantes venezolanas a los territorios en resistencia




COMUNICADO DE MIGRANTES VENEZOLANAS ORGANIZADAS EN EL SUR

A PROPÓSITO DE LA ARREMETIDA MILITAR DEL GOBIERNO VENEZOLANO
CONTRA LA COMUNIDAD INDÍGENA PEMÓN

Desde el Sur de Abya Yala, mujeres desplazadas por el saqueo y el autoritarismo del Estado venezolano, manifestamos nuestro repudio a la arremetida militar que el gobierno de Nicolás Maduro hoy ejerce contra la comunidad indígena pemón en la región de Canaima, agresión militar que dio como resultado el día 8 de diciembre, el asesinato del joven indígena Charly Peñaloza. Desplazadas pero no vencidas, alertamos a los pueblos en resistencia y muy especialmente a la comunidad venezolana radicada en el extranjero, a fin de que sumemos voces por la defensa del territorio y la vida de nuestros pueblos originarios.

El Arco Minero del Orinoco es un proyecto extractivista a gran escala que comprende la explotación de minerales en más del 12% del territorio nacional y fue orquestado por el gobierno chavista en el marco del IIRSA para el beneficio de empresas trasnacionales de capitales chinos, rusos y norteamericanos. Su puesta en marcha comenzó desde el año pasado y promete profundizarse gracias a nuevos endeudamientos con China y Rusia. Para su ejecución, es necesaria la destrucción de la riquísima biodiversidad amazónica y el aniquilamiento de al menos treinta pueblos indígenas. Hoy, operativos militares se llevan a cabo en la región de Canaima en función de despejar la zona para el saqueo, es decir, arremeten violentamente contra las comunidades indígenas que hacen vida en esos territorios, procurando o bien la muerte de ellos o bien el desplazamiento hacia países fronterizos.

Quienes nos encontramos hoy viviendo en situación de migración, reconocemos la importancia de apoyar a nuestras comunidades en resistencia. Nuestros anhelos por volver al origen no pueden diluirse en la miserable existencia migrante al margen de la organización y la lucha. Para forjar un camino de regreso, debemos, en principio, visibilizar y batallar contra el real conflicto que nos ha arrojado a estas regiones. Ese conflicto es exactamente el mismo que se presenta en otros países: burguesías nacionales, serviles a los intereses de empresas trasnacionales, saquean nuestros recursos en un reacomodo capitalista y nos imponen la miseria. Vístanse de rojo o de amarillo, los saqueadores son exactamente los mismos. Válganse de discursos de izquierdas o de derechas, sus acciones van claramente encaminadas al expolio de nuestra riqueza.

Es necesario que la opinión pública pierda el miedo a hablar o escuchar sobre lo que sucede hoy en Venezuela. Es necesario que se abandonen las lecturas fáciles y se imponga una solidaridad internacional por parte del movimiento social que sea capaz de señalar la causa fundamental de nuestro despojo y a su vez ayudarnos a reconstruir la organización de nuestras fuerzas en pro de la resistencia.

#NoALaMilitarizacionDeCanaima
#ConElPuebloPemon
#NoAlArcoMineroDelOrinoco


Notas del conflicto:
¿Qué sucede hoy en Venezuela? ¿Por qué migran los venezolanos? ¿Qué es el Arco Minero del Orinoco? ¿Qué sucede con los pueblos indígenas de Venezuela? para comprenderlo:




¿Qué está sucediendo hoy en Canaima? ¿Cuáles son las amenazas que se elevan contra el pueblo pemón? Click aquí para comprenderlo click aquí  

viernes, 1 de junio de 2018

Mujeres de Otro Humus: Reflexiones anarcofeministas en torno a la migración


La pérdida del territorio, la defensa de los cuerpos

La consigna del progresismo reza que “todas somos migrantes”. Una falacia más dentro del cúmulo que sostiene las políticas tibias de una izquierda no sólo autoritaria sino corporativizada. No, no todas somos migrantes. Algunas personas han dejado sus lugares de origen para movilizar capitales y conquistar nuevos territorios. Otras lo han hecho para sumar otro tipo de posesiones: títulos académicos, por ejemplo. Las mueve una motivación colonialista. Otras, nosotras, hemos sido despojadas de nuestro terruño por esa motivación ajena y lo único que nos ha quedado ha sido nuestro cuerpo de mujer. Hemos debido entonces movilizarlo hacia otros lugares y poner en venta la fuerza de trabajo que él nos supone. Nosotras somos migrantes.

Lo anterior define no sólo una identidad, sino todo un entramado de relaciones sociales extremadamente complejo. Cuando una se convierte en migrante, la batalla por la defensa del cuerpo parece entonces ocupar el papel fundamental en la vida. Habrá que defender el cuerpo de los puteros masificados que conciben a la mujer migrante como un objeto de consumo, de los patrones que comprenden que tu condición migrante merece siempre un sueldo más bajo y una explotación mayor, de una sociedad racista que estigmatizará tu tono de voz, tu color de piel, la textura de tus cabellos, el tamaño de tus pechos, el ancho de tus caderas, tu cuerpo todo.

El quiebre de los afectos, la red de solidaridades

Mientras libra la batalla en humus ajeno, la mujer que ha migrado también se esfuerza por sostener a la distancia los lazos afectivos que ha dejado atrás. Entonces nos dejamos buena parte del sueldo en llamadas de larga distancia, en remesas familiares que sirvan de sostén al hogar primero. Pero ya bien canta aquel clásico de los años 70, la distancia es como el viento y apaga el fuego pequeño. Y lo cierto es que muy pequeño fuego ha de quedar para relaciones sostenidas únicamente sobre la base material de las remesas. Casi todas acaban en catástrofes familiares: ¿Cuánto vas a enviar este mes?, ¿Por qué no has enviado aún?, ¡Debes enviar cuanto antes!

Es por ello que a toda inmigrante urge construir una nueva red de solidaridades. Muchas logran encontrarla más inmediatamente en las iglesias, hay que admitirlo siquiera con vergüenza. Esa institución anquilosada y plagada de mitos e hipocresías, sigue disputándonos efectivamente la construcción de espacios de apoyo. Las personas que a ella acuden se comparten datos de empleo, de arriendo, se juntan a conversar sobre sus situaciones, construyen las relaciones que muchas veces no está dispuesto a construir el nacional con el migrante, ni siquiera en los más politizados espacios antiautoritarios.

Las iglesias también ofrecen algo fundamental para cualquier migrante sin techo: las casas de acogida transitoria. Por supuesto que son lugares en donde impera la lógica paternalista y asistencialista. Pero de seguro que si eres mujer migrante y el hombre que te arrendaba un cuarto ha intentado abusar de ti y luego te ha echado a la calle, seas creyente o convencida atea, agradecerías infinitamente el abrazo asistencial de una monja.

Otros espacios de confluencia y apoyo entre inmigrantes son los sostenidos sobre la base de iniciativas culturales. Los grupos de danzas folklóricas logran constituirse como un espacio de comunión entre personas casi siempre de un mismo gentilicio. El esfuerzo por aferrarse a las raíces, que bien puede estar acompañado de otras insanas dosis de patriotismos, los integra en la voluntad por mostrar las propias tradiciones y defenderlas de la distancia y el olvido para legarlas a los hijos nacidos fuera del terruño. En ese esfuerzo confluyen diálogos de resistencia.

Otras efectivas redes de apoyo mutuo han comenzado a surgir entre mujeres inmigrantes. Se trata de espacios separados en donde se pretende integrar una perspectiva feminista a la vez que procurar la formación y el activismo de las integrantes. Si bien estas organizaciones no cuentan hoy con la fortaleza política suficiente para autogestionar espacios físicos que puedan ser de utilidad a toda la comunidad migrante, es probable que su desarrollo al margen de la institucionalidad sí pueda garantizarlo a futuro. Las amenazas a este desarrollo son exactamente las mismas que pesan sobre todo el movimiento popular: que a través de la corporativización, puedan quebrarse voluntades críticas y transformadoras.

Resulta entonces indispensable que el movimiento anarquista, si pretende sostener para con la comunidad migrante sus principios de solidaridad y apoyo mutuo, se libre a sí mismo de la parálisis impuesta por el neoliberalismo, así como de los vicios antisociales que lo colocan al margen de nosotras, sintiéndose a veces una élite de razón casta y pura, en ocasiones liberada del trabajo asalariado (que jamás del sistema salarial), otras veces sumida en el consumo contracultural, pretendidamente en la cúspide de una idea que al resto de las trabajadoras nos exige esfuerzos supremos para forjar organización y lucha, a la vez que sostener dos hogares. Y es que no serán los espacios antiautoritarios un lugar en el que las mujeres migrantes encontremos redes de solidaridades, si no impera en ellos una perspectiva interseccional que permita la comprensión de nuestras distintas realidades y que las asuma como parte de sí para poder constituirse en fuerza de resistencia anticapitalista.

Los cuidados en crisis, la buena inmigrante

El hogar que una mujer deja atrás para migrar, debe reconstruirse a sí mismo. Los roles de cuidado que esa mujer asumía serán realizados ahora por otra mujer de la familia, pues pocas veces un varón habrá de romper el mandato patriarcal para cuidar a los abuelos, criar a las niñas, dedicar una jornada adicional a las tareas del hogar. En esa reacomodación de la economía del hogar también se fracturan relaciones afectivas, es lo normal. La sensación de abandono que invade a quienes exigían esos cuidados, no se eliminará a fin de mes con el cobro de la remesa. En aquel hogar, es probable que la mujer migrante se constituya para siempre en una “mala madre”.

Pero la mujer que ha migrado no dejará entonces de ejecutar los roles de cuidado que la sociedad le ha encomendado por el sencillo hecho de haberla definido como mujer. Corresponde a la mujer migrante cuidar a los abuelos que otro Estado arrojó a la miseria, criar a las niñas que el sistema salarial separó de sus mamás, preparar las comidas y sacudir las camas de los jóvenes estudiantes y/o liberados del trabajo asalariado, entre otras tareas de producción y reproducción. Son esas las “buenas inmigrantes” que celebran progres y no tan progres. Las que cocinan rico, las que sonríen a pesar del cansancio, las que sirven la mesa, destapan la cerveza, las que sirven.

Ante este panorama, el feminismo autónomo ha logrado sentar la discusión en torno al trabajo doméstico. Y es probable que esa discusión abra paso para que en un futuro estos roles tan importantes para la sociedad pero tan desacreditados por el sistema capitalista patriarcal, puedan ser redefinidos y asumidos colectivamente. Sólo entonces dejarán de ser el yugo de las mujeres.

Las políticas de género, la organización feminista

Por su parte, los Estados nacionales pretenden ponerse a tono configurando lineamientos con lo que denominan “perspectiva de género”. Se ofertan mil y un cursos para que los funcionarios adquieran esta cuasi mágica fórmula con la cual aspiran no sólo nutrir sus hojas de vida e ingresos salariales, sino la capacidad para intervenir en el desarrollo de políticas públicas que se muestren como progresistas en materia de derechos para las mujeres. Así, hemos sido testigos de cómo esos mismos policías capaces de perseguir, golpear y despojar a las mujeres mapuches e inmigrantes de su mercancía para la venta callejera, luego acuden con uniforme planchado a los cursos de capacitación de un tal Observatorio Contra el Acoso Callejero. Es atendiendo a esta política del “cumplo y miento” que surgen leyes como la del aborto en tres causales, tan débil en su concepción, que mutó adefesio con el cambio de mando presidencial, una burla a las aspiraciones del movimiento de mujeres, pero una lección enorme para todas las que pudieron creer que las leyes pueden forjar derechos y que podemos ahorrarnos el trabajo de tomarlos por cuenta propia.

Son estas mismas “políticas de género” las que penalizan el acoso callejero con leyes y ordenanzas municipales, dirigiendo su especial atención contra los obreros de la construcción, estigmatizándolos como responsables de las agresiones machistas contra las mujeres transeúntes e invisibilizando el acoso sexual que se despliega dentro de las oficinas de Recoleta y Las Condes, donde más de un jefe, gerente, director, ha hecho y sigue haciendo de las suyas humillando y sometiendo los cuerpos de las mujeres trabajadoras.

Sin duda alguna, esas “políticas de género” no responden a las demandas más urgentes del movimiento feminista, mucho menos de las mujeres migrantes. Responden a los intereses de la misma clase política empeñada en ofrecer máscaras y migajas para sostener el estado de cosas. Nos corresponde a nosotras, migrantes, feministas, mujeres anarquistas, no sólo develar esa verdad sino trabajar incansablemente por consolidar una organización autónoma lo suficientemente sólida como para hacer frente a las campañas estatales que caricaturizan nuestras demandas y a su vez accionar sin dobleces ante las amenazas que pesan sobre nuestra existencia. Por sobre el acoso callejero, expresión apenas de lo que venimos denunciando, nos interesa combatir la violencia machista. Y para combatir esa violencia no bastará con ordenanzas ni cartelitos en la entrada de las construcciones, para ello deberemos avanzar en transformar radicalmente la sociedad, abrazar sin descanso los principios de una sociedad si jerarquías que procure la más plena y auténtica igualdad social. Resulta entonces indispensable para el movimiento feminista en general, deslastrarse de todo vicio burgués y dejar de atender a la línea política que dictan los gobiernos y las ONG empeñados en exprimir a las más precarizadas. De no hacerlo, sin dudas se constituirá en un obstáculo más para las mujeres migrantes, trabajadoras, que no anhelamos cuotas de participación en la sociedad capitalista patriarcal, sino que su destrucción total y definitiva.

Migrar alimenta al capital, sembremos resistencia

Las migrantes somos consecuencia de los reacomodos capitalistas. Nos vimos obligadas a salir de un territorio que ya no podía garantizarnos subsistencia y nos hicimos mano de obra aún más barata en otro espacio de la geografía. Las implicaciones económicas de esa realidad son complejas tanto para nosotras como para las trabajadoras que ya habitaban el territorio que nos recibe. Cotizamos a las AFP lo mismo que cualquier trabajadora, aunque es probable que muchas de nosotras no obtengamos jamás una pensión y ese dinero sólo haya servido para nutrir las mesas de los grandes capitalistas.  Al mismo tiempo muchas de nosotras sostenemos la economía doméstica de la abuela de la pobla que nos arrienda una habitación porque no le alcanza sólo con su pensión. Y es más que probable que también ella reciba nuestros cuidados, la amorosa expresión del trabajo no pagado.

No escogimos libremente esta situación y muchas de nosotras nos encontramos hoy aisladas y sumidas en una cruel dinámica de sobreexplotación para poder subsistir y a la vez servir de sostén a nuestras familias en otras regiones. Somos muy pocas las que logramos escapar de esa norma y sumarnos activamente en la organización y transformación social. Ya hemos sido despojadas una vez y debemos crecernos en resistencia para defender con mayor fuerza este territorio que empezamos a construir en nuevo humus. Nuestras opciones de resistencia como colectivo inmigrante dependen de esa fortaleza y en alguna medida de cuán convocadas y acogidas seamos por la clase trabajadora organizada de la región. Al margen de nacionalismos, las trabajadoras debemos confluir en organización horizontal para la lucha contra la patronal, el Estado, el capitalismo y la cultura patriarcal de las instituciones que forjan machismo en nuestras sociedades. Sólo así podremos sentirnos seguras de avanzar certeramente hacia un destino auténticamente liberador. De la voluntad para construir ese destino, no podrán despojarnos nunca.




jueves, 19 de mayo de 2016

Yo también soy inmigrante y evado el Transantiago


El día que me siente junto a una señora racista que venga a descargar sobre mi cuerpo de trabajadora inmigrante la culpa ficticia de que una empresa del neoliberalismo no esté recibiendo las suficientes ganancias, ese día juro le recitaré a gritos mis razones:

Evado el Transantiago como evadiría el Metro de Caracas, el Transmilenio Bogotá o el Subte en Buenos Aires. Y lo haría con plena conciencia de que ante cualquiera de esas empresas, es la misma clase capitalista la que nos esquilma sin distingo nacional.

Evado el Transantiago porque lo que me pagan por trabajar de lunes a sábado y dos domingos al mes es un salario mínimo, del cual se me descuentan cotizaciones a una AFP que habrá de dejarnos en la miseria a usted y a mí.

Evado el Transantiago porque si lo pagara, tendría que destinarle a Metro Sociedad Anónima el equivalente aproximado a un 20% de mi salario de trabajador inmigrante. Y yo pendeja no soy, ¿usted sí?

Evado el Transantiago porque si no lo hiciera, no alcanzaría a pagar el costo del arriendo del cuarto en el que duermo unas pocas horas antes de ir a trabajar cada día.

Evado el Transantiago porque con esos setecientos pesos le compro una marraqueta al trabajador que vende en la esquina y me voy desayunada a la pega.

Evado el Transantiago porque me niego a ser esclava enajenada de la clase capitalista que se enriquece cobrándonos por trasladarnos a los lugares en donde nos roba la vida.

Evado el Transantiago y lo seguiré haciendo, tal como lo hace el resto de la clase trabajadora en Chile que tiene plena conciencia de que los ladrones no somos los inmigrantes sino la clase dominante.

Evado el Transantiago porque defiendo mi salario.
Y eso, lo aprendí en Santiago.