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martes, 20 de agosto de 2013

Carta de Malatesta sobre los rumores de Merlino

Estoy informado de que los socialistas parlamentarios de Italia dicen que yo, de acuerdo con Merlino, encuentro útil que los socialistas anárquicos participen en las luchas electorales votando por el candidato más avanzado. Dado que me hacen el honor de ocuparse de mi opinión, no se me estimará presuntuoso si me apresuro a poner en su conocimiento y en el de la población lo que verdaderamente pienso de la cuestión.
 
Por cierto, no critico a mi amigo Merlino que piense como quiera y lo diga sin reticencias. Hubiera preferido que antes de anunciar públicamente un cambio de táctica -que no tiene ningún valor si no es aceptado por los compañeros- discutiera más a fondo la cosa entre aquellos del partido al cual ha pertenecido hasta ahora y con el cual espero que querrá continuar combatiendo. Pero también esto, más que culpa de Merlino, lo es de la crisis prolongada que ha afligido a nuestro partido y del estado de reorganización todavía incipiente en el que nos encontramos.

Sin embargo, es necesario hacer constar que lo que Merlino ha dicho en relación al parlamentarismo y a las luchas electorales no es otra cosa que una opinión personal, que no puede prejuzgar la táctica que adoptará el partido socialista anárquico.

Por mi parte -a pesar de que me disguste disentir en asunto tan importante con un hombre de valor como Merlino y al que me ligan tantos vínculos de afecto- me siento obligado a declarar que, según mi parecer, la táctica preconizada por Merlino es nefasta y conduciría fatalmente a la renuncia de todo el programa socialista anárquico. Y creo poder afirmar que así lo piensan todos o casi todos los anarquistas.

Los anarquistas permanecen, como siempre, adversarios decididos del parlamentarismo y de la táctica parlamentaria. Adversarios del parlamentarismo porque creen que el socialismo sólo debe y puede realizarse mediante la libre federación de las asociaciones de producción y de consumo, y que cualquier gobierno -el parlamento inclusive- no sólo es impotente para resolver la cuestión social y armonizar y satisfacer los intereses de todos, sino que constituye por sí mismo una clase privilegiada con ideas, pasiones e intereses contrarios a los del pueblo, a quien tiene forma de oprimir con las fuerzas del pueblo mismo. Adversarios de la lucha parlamentaria, porque creen que ésta, lejos de favorecer el desarrollo de la conciencia popular, tiende a deshabituar al pueblo del cuidado directo de sus propios intereses y es una escuela, para unos de servilismo, y para otros de intrigas y mentiras.
 
Estamos lejos de desconocer la importancia de las libertades políticas. Pero las libertades políticas no se obtienen sino cuando el pueblo se muestra decidido a conseguirlas; ni, una vez obtenidas, duran y tienen valor sino cuando los gobiernos sienten que el pueblo no soportaría la supresión de las mismas.

Acostumbrar al pueblo a delegar en otros la conquista y la defensa de sus derechos, es el modo más seguro de dejar vía libre al arbitrio de los gobernantes.

El parlamentarismo es mejor que el despotismo, es verdad; pero sólo cuando representa una concesión hecha por el déspota por miedo a lo peor. Entre el parlamentarismo aceptado y elogiado y el despotismo sufrido por la fuerza, con el ánimo dispuesto a la rebelión, es mil veces mejor el despotismo.

Sé bien que Merlino da a las elecciones una importancia mínima y quiere, como nosotros, que la lucha verdadera se lleve adelante en el pueblo y con el pueblo. Sin embargo, los dos métodos de lucha son incompatibles, y quien acepta ambos acaba fatalmente sacrificando al interés electoral toda otra consideración. La experiencia lo prueba, y la natural tendencia a vivir tranquilo lo explica.

Y Merlino demuestra comprender bien el peligro cuando dice que los socialistas anárquicos no tienen necesidad de presentar candidatos propios, dado que ellos no aspiran al poder y no saben qué hacer con él.

Pero, ¿es ésta una posición sostenible? Si en el parlamento se puede hacer el bien, ¿por qué habrán de hacerlo los demás y no nosotros, que creemos tener más razón que ellos? Si no aspiramos al poder, ¿por qué ayudar a quienes aspiran a él? Si no sabemos qué hacer con el poder. ¿Qué harían los demás, sino ejercerlo en contra del pueblo?

Que Merlino esté seguro de esto; si hoy le dijéramos a la gente que vote por alguien, aconsejaría rápidamente votar por mi, dado que creo (y en esto probablemente estoy equivocado, pero es una equivocación humana) valer tanto como cualquiera y me siento seguro de mi honestidad y firmeza.

Por cierto, con las precedentes consideraciones no he dicho todo lo que se podría decir, pero temo abusar demasiado de vuestro espacio. Me explicaré más ampliamente en un escrito adecuado; ni faltará, lo espero, un acto colectivo del partido que reafirme los principios antiparlamentarios y la táctica abstencionista de los socialistas anárquicos.

Esperando que consideréis que la presente es de utilidad para informar al público sobre la actitud que los diversos partidos observarán en las próximas elecciones y que por ello querréis publicarla, os agradezco anticipadamente.


Errico Malatesta


Del  Messaggero, del 7 de febrero de 1897


(El título del Texto NO es el original) Publicado en otras revistas virtuales como "Los anarquistas contra el parlamento"

Fuente: compilación de textos sobre " Elecciones y anarquismo" Vía Antorcha

martes, 9 de octubre de 2012

"Anarquistas" eleccionistas - Errico Malatesta



Dado que no hay ni puede haber una ley ni autoridad que dé o quite el derecho de llamarse anarquista, nos vemos verdaderamente forzados, de vez en cuando, a señalar la aparición de algún convertido al parlamentarismo que continúa, al menos durante cierto tiempo, declarándose anarquista.

No encontramos nada de malo ni de deshonroso en cambiar de opinión, cuando el cambio es motivado por nuevas y sinceras convicciones y no por el interés personal; desearíamos, sin embargo, que se dijera francamente en lo que uno se ha convertido y lo que uno ha dejado de ser, para evitar discusiones inútiles. Pero quizá esto no es posible, porque aquel que cambia de ideas no sabe en general, al principio, dónde va a terminar aterrizando. Por lo demás, lo que nos sucede, acontece, en una proporción más bien grande, en todos los movimientos políticos y sociales. Los socialistas, por ejemplo, tuvieron que sufrir a los explotadores del socialismo y a políticos de toda laya que se llamaban socialistas; y los republicanos se ven hoy igualmente obligados a soportar que algunos, vendidos al partido dominante, usurpan incluso el nombre de mazzinianos.

Afortunadamente, el equívoco no puede durar mucho. Pronto, la lógica de las ideas y la necesidad de acción fuerzan a los pretendidos anarquistas a renunciar espontáneamente a su nombre y a ocupar el lugar que les corresponde. Los anarquistas eleccionistas, que en diversas ocasiones se mostraron, todos ellos, de forma más o menos rápida, abandonaron el anarquismo, lo mismo que los anarquistas dictatoriales o bolchevizantes se convirtieron rápidamente en bolcheviques hechos y derechos que se pusieron al servicio del gobierno ruso y de sus delegados.

El fenómeno se produjo en Francia con motivo de las elecciones de estos últimos días. El pretexto es la amnistía."Hay miles de víctimas en cárceles y presidios; un gobierno de izquierda los amnistiaría; es deber de todos los revolucionarios, de todos los hombres de corazón hacer lo que puedan para que de las urnas salgan los nombres de los hombres políticos de los que se espera que den la amnistía." He ahí la tendencia dominante en el razonamiento de los convertidos.

Los compañeros franceses deben estar alerta.

En Italia, se produjo una agitación en favor de Cipriani, preso, que sirvió de pretexto a Andrea Costa para arrastrar a las urnas a los anarquistas de la Romaña, y empezar, así, a hacer degenerar el movimiento revolucionario creado por la Primera Internacional, y a acabar por reducir el socialismo a un medio de entretener a las masas y de asegurar la tranquilidad de la monarquía y de la burguesía. 

Pero, en realidad, los franceses no tienen ninguna necesidad de ir a buscar ejemplos a Italia, porque los tienen muy elocuentes en su propia historia. En Francia, como en todos los países latinos, el socialismo empezó despegando, si no como anarquismo, sí, al menos, como antiparlamentario; y la literatura revolucionaria francesa de la primera década después de la Comuna abunda en páginas elocuentes, debidas, entre otras, a la pluma de Guesde y de Brousse, contra la mentira del sufragio universal y la comedia electoral y parlamentaria. Así pues, lo mismo que Costa en Italia, los Guesde, los Massard, los Deville, y más tarde Brousse en persona, fueron muy atrapados por el hambre de poder y quizá también por el deseo de conciliar la fama de revolucionario con la vida tranquila y las pequeñas y grandes ventajas que se granjea aquel que entra en la vida política oficial, aunque sea a título de oposición. Y ya entonces toda la maniobra comenzó por cambiar la dirección del movimiento y hacer que los compañeros aceptaran la táctica electoral. La nota sentimental jugó también un importante papel en ese momento: se pedía la amnistía para los hombres de la Comuna, había que liberar al viejo Blanqui que se moría en la cárcel, y con cien pretextos y cien recursos para vencer la repugnancia que ellos mismos, los tránsfugas, habían contribuido a hacer nacer en los trabajadores contra el elecccionismo y que, además, estaba alimentada por el recuerdo todavía vivo del plebiscito napoleónico y de las matanzas perpetradas en junio de 1848 y en mayo de 1871 por voluntad de los diputados salidos del sufragio universal. Se decía que era necesario votar para contar, pero que se votaría por los inelegibles, por los condenados, por las mujeres o por los muertos; otros propusieron votar en blanco o con un slogan revolucionario; otros querían que los candidatos pusieran en las manos de los comités electorales cartas de dimisión para el caso de que salieran elegidos...Y después, cuando el fruto ya estuvo maduro, es decir, cuando la gente se dejó persuadir de ir a votar, se quiso ser candidato y diputado en serio: se dejó a los condenados pudrirse en la cárcel, se renegó del antiparlamentarismo y se echaron pestes sobre el anarquismo; y Guesde, después de cien palinodias, acabó como ministro del gobierno de la "Unión Sagrada", Deville llegó a ser embajador de la República burguesa y Massard, creo, algo todavía peor.

No queremos poner en duda, de antemano, la buena fe de los nuevos convertidos, y tanto más cuanto que, entre ellos, hay más de uno con quien mantenemos lazos personales de amistad. En general, estas evoluciones - o involuciones, si se quiere - tienen su comienzo en la buena fe, luego empuja la lógica, se mezcla en ello el amor propio, vence el medio en el uno se mueve...y uno se convierte en aquello que antes repugnaba. Quizá en el caso actual no haya nada de lo que tememos porque los neoconversos son muy pocos, y es muy débil la probabilidad de que encuentren grandes adhesiones en el campo anarquista, y estos compañeros, o ex-compañeros reflexionarán mejor o reconocerán su error. El nuevo gobierno que se instalará en Francia después del triunfo electoral del bloque de izquierda les ayudará a convencerse de que hay muy poca diferencia entre él y el gobierno precedente, pues no hará nada bueno - ni siquiera la amnistía - si la masa no lo impone por su agitación. Nosotros intentamos, desde nuestro punto de vista, ayudarles a encontrar la razón con una observación que, por lo demás, no debería ser nueva para quien ya haya aceptado la táctica anarquista.

Es inútil que nos vengan a decir, como lo hacen estos buenos amigos, que un poco de libertad vale más que la tiranía brutal sin límite y sin freno; que un horario de trabajo razonable, un salario que permita vivir un poco mejor que las bestias, la protección de las mujeres y de los niños, son preferibles a una explotación del trabajo hasta la extenuación completa del trabajador; que la escuela pública, por mala que sea, es siempre mejor, desde el punto de vista del desarrollo moral del niño, que la dirigida por curas o monjes...Muy de acuerdo con eso; y hasta podemos igualmente aceptar que puede haber circunstancias en las que el resultado de las elecciones en un Estado o en un Ayuntamiento puede tener consecuencias buenas o malas y que ese resultado podría ser determinado por el voto de los anarquistas, si las fuerzas de los partidos en competición estuvieran igualadas.

Generalmente, se trata en eso de una ilusión; las elecciones, cuando son pasablemente libres, no tienen más que el valor de un símbolo: indican el estado de la opinión pública, opinión que se impondría mejor, con medios más eficaces y con resultados mayores, si la triquiñuela que son las elecciones no le hubiera sido presentada. Pero eso no importa: aunque ciertos pequeños progresos fueran la consecuencia directa de una victoria electoral, los anarquistas no deberían ir a las urnas ni dejar de predicar su método de lucha.

Puesto que no se puede hacer todo en el mundo, hay que elegir la propia línea de conducta.

Siempre hay una cierta contradicción entre las pequeñas mejoras, la satisfacción de las necesidades inmediatas, y la lucha por una sociedad verdaderamente mejor que la que hay.

El que quiera consagrarse a construir urinarios o fuentes donde hagan falta; el que quiera desvivirse por conseguir la construcción de una calle, o la institución de una escuela municipal, o cualquier otra pequeña ley de protección del trabajo, o la destitución de un policía brutal, seguramente hace bien en servirse de su papeleta electoral, prometiendo su voto a tal o cual personaje poderoso. Pero, entonces, puesto que se quiere ser "práctico", hay que serlo del todo, y, entonces, mejor que esperar el triunfo del partido de la oposición, mejor es votar por el partido más cercano, arrastrarle el ala al partido dominante, servir al gobierno de turno, hacerse agente del gobernador o alcalde en ejercicio. Y, de hecho, el neoconverso del que hablamos no se proponía votar por el partido más avanzado, sino por el que tenía la mayor probabilidad de ser elegido: el bloque de izquierdas.

Pero, entonces, ¿dónde se va a parar?

Los anarquistas cometieron ciertamente mil errores, dijeron un ciento de cosas absurdas, pero siempre se mantuvieron puros y siguen siendo el bando revolucionario por excelencia, la formación del porvenir, porque han sabido resistir a la sirena electoral.

Sería verdaderamente imperdonable dejarse arrastrar por el torbellino cuando se acerca rápidamente nuestra hora..
 

viernes, 4 de mayo de 2012

El Estado socialista - Errico Malatesta

Errico Malatesta (1853 - 1932)
«La conquista de los poderes públicos» es el objetivo de los socialistas-demócratas.  

No examinaremos esta vez hasta qué punto este fin está de acuerdo con sus teorías históricas, según las cuales la clase económicamente predominante detentará siempre y fatalmente el poder político, y, por tanto, la emancipación económica debería necesariamente preceder a la emancipación política. No discutiremos si, admitida la posibilidad de la conquista del poder político por parte de una clase desheredada, los medios legales pueden bastar para lograrla.

Queremos hoy discutir únicamente si esta conquista de los poderes públicos se armoniza o no con el ideal socialista de una sociedad de seres, libres e iguales, sin supremacías ni división en clases.

Los socialistas demócratas, especialmente los italianos, que, quieran o no, han sufrido más que otros la influencia de las ideas anarquistas, suelen decir en alta voz, por lo menos cuando polemizan con nosotros, que también quieren abolir el Estado, o de otro modo dicho, el gobierno, y que precisamente para poder abolirlo quieren apoderarse de él.

¿Qué significa esto? Si significa que pretenden con el acto de conquistarlo, abolir el Estado, anular toda garantía legal de los «derechos adquiridos», disolver toda la fuerza armada oficial, suprimir todo poder legislativo, dejar en su plena y completa autonomía a todas las localidades, a todas las asociaciones, a todos los individuos, e instaurar una organización social de abajo a arriba, mediante la libre federación de los grupos de productores y consumidores, entonces toda la cuestión quedaría reducida a ésta: que expresan con ciertas palabras las mismas ideas que nosotros expresamos con otras palabras: Decir: queremos asaltar aquella fortaleza y destruirla, o decir: queremos apoderarnos de aquella fortaleza para demolerla, es una misma cosa.

Quedaría, sin embargo, entre los socialistas-demócratas y nosotros la diferencia de opinión, ciertamente de máxima importancia, sobre la participación en las luchas electorales y saber si yendo los socialistas al parlamento favorecen o estorban la revolución; si preparan los hombres para una radical transformación del presente orden de cosas o si educan al pueblo para aceptar, después de la revolución, una nueva tiranía; por lo menos en aquella finalidad estaríamos de acuerdo. Pero la verdad es que estas declaraciones de querer apoderarse del Estado para destruirlo, o son censurables artificios de polémica, o, si son sinceras, provienen de anarquistas en formación que aún se consideran demócratas.

Los verdaderos socialistas demócratas tienen una idea bien diferente de esta «conquista de los poderes públicos». En el Congreso de Londres, para no citar más que una declaración reciente y solemne, dijeron claramente que es necesario conquistar los poderes públicos «para legislar y administrar la sociedad nueva». En la Critica Sociale leímos que es un error creer que el partido socialista una vez llegado al poder podrá o querrá disminuir los impuestos, que, al contrario, el Estado deberá, por medio de un aumento gradual de los impuestos, absorber gradualmente la riqueza privada para poner en práctica las grandes reformas que el socialismo se propone (institución de retiros para la vejez, para los inválidos, para los accidentes del trabajo; organización de escuelas dignas de los países civilizados; rescate de los grandes capitales, etc.) y de este modo irse encaminando hacia la lógica meta del perfecto comunismo, cuando todo se transformará en beneficio público y la riqueza privada en riqueza de la sociedad. (José Bonzo, «El partido socialista y los impuestos», Critica Sociale, mayo de 1897).

Por lo visto, es un gobierno completo lo que nos prometen los socialistas-demócratas, un gobierno con toda la necesaria secuela de múltiples y diversos funcionarios, de policías y carceleros (para los que tuvieren intención de no obedecer), sus jueces, administradores de fondos públicos; con sus programas escolares y sus profesores oficiales, etc., etc., y, naturalmente, con todo un cuerpo legislativo que hará leyes y fijará los impuestos y los varios ministerios que ejecutan y administran las leyes. Sobre esto podrá haber diferencias de modalidad, de tendencias más o menos centralizadoras, de métodos más o menos dictatoriales o democráticos, de procesos más o menos rápidos o graduales; pero en el fondo todos están de acuerdo, porque esta es la sustancia de su programa.

Es necesario ver ahora si este gobierno que los socialistas desean ofrece garantías de justicia social, si podría o querría abolir las clases, destruir toda explotación y opresión del hombre sobre el hombre, si, en una palabra, podría y querría fundar una sociedad verdaderamente socialista. Los socialistas-demócratas parten del principio de que el Estado, o gobierno, es simplemente el órgano político de la clase dominante. En una sociedad capitalística, dicen, el Estado sirve necesariamente los intereses de los capitalistas y les garantiza el derecho de explotar a los trabajadores; pero en una sociedad socialista, abolida la propiedad individual y desaparecidas, con la destrucción del privilegio, todas las distinciones de clase, entonces el Estado se transformaría en un órgano de los intereses sociales de todos los miembros de la sociedad.

Pero aquí se presenta una inevitable dificultad. Si es verdad que el gobierno es necesariamente y siempre el instrumento de los que poseen los medios de producción, ¿cómo podrá efectuarse el milagro de un gobierno capitalista con la misión de abolir el capital? Será, como querían Marx y Blanqui, por medio de una dictadura impuesta revolucionariamente, como un acto de fuerza, que revolucionariamente decreta e impone la confiscación de las propiedades privadas a favor del Estado, representante de los intereses colectivos? ¿O será, como parece quieren todos los marxistas y gran parte de los blanquistas modernos, por medio de una mayoría socialista mandada al parlamento por el sufragio universal?

 ¿Se procederá de golpe a la expropiación de la clase dominante por parte de la clase económicamente sujeta, o se procederá gradualmente obligando a los propietarios y a los capitalistas a que se dejen quitar poco a poco todos sus privilegios?

Todo esto parece extrañamente en contradicción con la teoría del «materialismo histórico» que para los marxistas es dogma fundamental. Nosotros no queremos ahora examinar estas contradicciones ni saber lo que pueda haber de verdad en la doctrina del materialismo histórico. Supongamos que de cualquier modo que sea, el gobierno ha caído en manos de los socialistas y quedó bien y fuertemente constituido un gobierno socialista. ¿Habría, por este solo hecho, llegado la hora del triunfo del socialismo?

Nosotros creemos que no.

Si la institución de la propiedad individual es el origen de todos los males que conocemos, no es porque una cierta parte de terreno esté inscrita en el registro de la propiedad en nombre de fulano o de zutano, sino porque dicha inscripción da a este individuo el derecho de usar de la tierra como le plazca, y el uso que de ella hace es regularmente malo, es decir, en perjuicio de sus semejantes.

En su origen todas las religiones dijeron que la riqueza es un gravamen que obliga a sus poseedores a cuidarse del bienestar de los pobres y servirles de padre, y en las fuentes del derecho civil vemos que el señor de la tierra está preso por tantas obligaciones cívicas que mejor parece un administrador de los bienes en interés del público, que propietario en el sentido moderno de la palabra. Pero el hombre está de tal modo forjado que cuando tiene modo de dominar e imponer a los demás su voluntad, usa y abusa hasta reducirles a la esclavitud y a la abyección. Así el señor, que debía ser padre y protector de los pobres, se transformó siempre en su más feroz explotador. Así sucedió y sucederá siempre con los gobernantes.

De nada sirve decir que cuando el gobierno salga del pueblo hará los intereses del pueblo; todos los poderes salieron del pueblo, porque el pueblo es quien da la fuerza, y todos oprimen al pueblo. De nada sirve repetir que cuando no haya clases privilegiadas el gobierno no podrá dejar de ser el órgano de la voluntad colectiva. Los gobernantes constituyen por sí mismos una clase, y entre ellos se desarrolla una solidaridad de clase mucho más poderosa que la existencia entre las clases fundadas sobre los privilegios económicos. 

Es verdad que hoy el Gobierno es siervo de la burguesía, pero más lo es porque sus miembros son burgueses que por ser gobierno; como todos los siervos detestan al amo y le engaña y roba. No fue para servir a la burguesía que Crispi saqueó los bancos, como tampoco era para servirla que violó la Constitución.

 Aunque el gobernante no abuse ni robe personalmente, provoca en torno suyo una clase que le debe sus privilegios y tiene interés en que permanezca en el poder. Los partidos de gobierno son en el campo político lo que las clases propietarias en el económico.

Mil veces lo hemos repetido los anarquistas y toda la historia lo confirma: La propiedad individual y el poder político son dos eslabones de la cadena que sujeta la humanidad. Imposible librarse de uno sin librarse del otro. Abolid la propiedad individual sin abolir el gobierno y aquélla se reconstituirá por obra de los gobernantes. Abolid el gobierno sin abolir la propiedad individual y los propietarios se reconstituirán en gobierno.

Cuando Federico Engels, tal vez previendo la crítica anarquista, decía que, desaparecidas las clases, el Estado propiamente dicho no tiene ya razón de ser y se transforma de gobierno de hombres en administrador de las cosas, no hacía más que un vano juego de palabras. Quien tiene el dominio sobre los hombres, quien gobierna al producto gobierna al productor, quien mide el consumo es dueño del consumidor.

La cuestión es ésta: o se administran las cosas según los libres pactos de los interesados y entonces es la anarquía, o son administradas según la ley fabricada por los administradores y entonces es el gobierno, es el Estado, y fatalmente será tiránico.

Aquí no se trata de la buena o de la mala fe de este o aquel hombre, sino de la fatalidad de las situaciones, y de las tendencias que en general los hombres desarrollan cuando se hallan en ciertas circunstancias. Además, si se trata verdaderamente del bien de todos, si verdaderamente administrar las cosas quiere decir en interés de los administrados, ¿quién mejor puede hacerlo que los mismos productores y consumidores de estas cosas?

¿Para qué sirve un gobierno?

El primer acto de un gobierno socialista apenas llegado al poder debería ser este: Considerando que siendo gobierno nada podemos hacer y paralizaríamos la acción del pueblo obligándole a esperar leyes que no podemos hacer sino sacrificando los intereses de unos y de otros y de todos los nuestros en particular, nosotros, gobierno, etc., declaramos abolida toda autoridad, invitamos a todos los ciudadanos a que se organicen en asociaciones que correspondan a sus varias necesidades, confiamos en la iniciativa de esas instituciones y para bien de ellas les aportaremos el tributo de nuestra obra personal.


Jamás gobierno alguno hizo cosa semejante y tampoco lo haría un gobierno socialista. Por esto si algún día el pueblo tiene la fuerza en sus manos y sabe ser juicioso impedirá que se constituya un gobierno cualquiera.

Errico Malatesta