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jueves, 10 de enero de 2019

Socializan los números de la histórica revista anarcofeminista "La Voz de la Mujer"



La Voz de la Mujer circuló en Buenos Aires entre 1896-1897 y en Rosario en 1899. Es considerado el primer periódico comunista anárquico editado por y para mujeres de la Argentina y, a su vez, el primer periódico de tendencia anarcofeminista en Latinoamérica. Su fundadora fue la anarquista Virginia Bolten, quien se destacó por ser una gran divulgadora de las ideas anarcosindicalistas. El lema del periódico era “Ni dios, ni patrón, ni marido”. En sus páginas se denunció la doble explotación de la mujer, la tiranía del Estado, los dogmas de la iglesia y la explotación del capitalismo, pero también el machismo presente en el movimiento obrero.

A continuación compartimos un libro en donde se compilan los primeros números del Periódico, el cual pueden leer o descargar haciendo clic aquí.

viernes, 3 de junio de 2016

La oposición al marxismo en el movimiento obrero - Emilio López Arango


La base teórica del anarquismo está en la negación del Estado. Esta premisa es aceptada por todos los adversarios decididos del principio de autoridad. Pero no basta con declarar que los revolucionarios deben emprender, como tarea previa, un ataque tenaz y continuado contra ese órgano de tiranía, al servicio de la clase privilegiada, que encarna y perpetúa a través de los cambios de sistema la esclavitud del obrero y la sumisión del ciudadano a la autoridad de los mandones. El estatismo existe hasta en las formas menos conocidas del concierto económico, porque es causa y efecto de la explotación del hombre por el hombre.

Nos hemos acostumbrado a ver en el Estado una entidad definida, inmutable, sujeta a un determinado concepto civilizador. Suponemos que existe porque existe el capitalismo, que le dio sus bases económicas y su actual conformación jurídica, y que basta con despojar a los capitalistas de sus privilegios para que desaparezca el principio de autoridad que sostiene todo el andamiaje estatal. Es bien sabido que todo cambio en las condiciones económicas de la sociedad modifica la estructura del Estado pero no por eso desaparece la naturaleza del estatismo.


Existe una relación estrecha entre la capacidad media del pueblo y las formas jurídicas, políticas y sociales del régimen que tolera. Del mismo modo existe un inevitable paralelismo entre la capacidad defensiva del proletariado y la potencia ofensiva del capitalismo. El Estado sufre las variaciones que impone el continuo juego de las revoluciones y de la reacción, modifica sus aspectos externos debido a la presión de las fuerzas que representan los dos polos opuestos en la dinámica social, se torna más fuerte o más débil según sea el impulso que sigan las corrientes de la opinión popular. Pero los cambios políticos no modifican sustancialmente el orden de cosas, ni la situación de los despojados se modifica legalizando el despojo.

Con la democracia se ha fortalecido aún más el principio jurídico del Estado y el obrero se transformó en ciudadano, lo que quiere decir que pasó a ser un engranaje «consciente» de la máquina estatal. Con el socialismo estatista, se busca la conjunción de todos los poderes en una entidad única y absoluta: se reúne en un mismo órgano de dominación la política y la economía, el arte y la ciencia, las ideas y las necesidades. Y, por la influencia de las teorías marxistas, que reducen al hombre a la condición de máquina, el proletariado se asimila todos los prejuicios del ambiente y llega a creer que su felicidad consiste en despojar a los actuales amos de los privilegios que detentan.

Para negar al Estado hay que negar la ideología marxista. He ahí el fundamento teórico del anarquismo, pero, ¿puede el sindicalismo, que es marxista en economía, aun cuando prescinda de la política y niegue la utilidad del Estado, reclamar para sí la ordenación de la sociedad futura? ¿No es el sindicato un órgano de creación reciente, ligado al factor económico, hijo legítimo del capitalismo que lleva en sus entrañas, con la desesperación de los sometidos, el fermento de una nueva injusticia?

Con el simple despojo de los capitalistas no se destruye el capitalismo. Si los obreros mantienen la vieja máquina económica y conservan los complicados engranajes del industrialismo, si no poseen suficiente capacidad para destruir la organización social en sus bases históricas, arribarán después de la revolución al mismo punto de partida. Del sindicato saldrá el Estado, porque para regularizar la producción y el consumo se necesitan órganos oficiales, cuerpos directores, oficinas técnicas, que poco a poco van asumiendo el papel de los organismos políticos y económicos destruidos por la revolución.

El error clasista no consiste solamente en mantener en pie las actuales instituciones capitalistas, sino también en perpetuarlas bajo otro nombre. Y el sindicalismo, aceptado como sistema económico del futuro, al reclamar el control y la dirección de la economía capitalista después de la revolución, plantea la necesidad del Estado que teóricamente niega, con lo que denuncia su naturaleza autoritaria.

II

Si nosotros encontramos una equivalencia de conclusiones político-económicas en la doctrina de los partidos marxistas y los sindicatos que giran en torno a la influencia de la socialdemocracia, es ateniéndonos a lo que unos y otros realizan en el presente y a lo que proyectan para el futuro. Pero eso no quiere decir que confundamos el sindicalismo con la simple organización corporativa. Los partidos son fuerzas políticas que elaboran en la realidad mezquinas perspectivas: son instrumentos de dominación en manos de un grupo de ambiciosos. En cambio, los sindicatos que siguen una trayectoria independiente de las preocupaciones estatistas, representan un permanente fermento de revolución, precisamente porque al actuar en la esfera económica vénse obligados a seguir el curso de las repetidas crisis del capitalismo.

La constatación de que el sindicato obrero ofrece un amplio campo a la propaganda revolucionaria, de que es un medio precioso para ejercitar en la lucha a los trabajadores, de que reúne en sí los mejores elementos para oponer una seria resistencia al capitalismo y al Estado, no debe llevarnos al extremo de considerarlo como una teoría social independiente de las diversas tendencias sociales. El sindicalismo no es un cuerpo de doctrinas hechas: no se basta a sí mismo, como pretenden hacernos creer los sindicalistas puros. Podrá ofrecer posibilidades revolucionarias como continente de las fuerzas que respondan al imperativo de las necesidades; pero el contenido carece de homogeneidad ideológica y está dispuesto a dispersarse a la primera contingencia grave que origine un choque de opiniones.

Es necesario tener muy en cuenta la relación que existe entre el movimiento obrero y el desarrollo del capitalismo. Los sindicatos modifican su táctica a medida que las industrias se desarrollan y crece el poder de los grandes grupos financieros. La trustificación crea una modalidad «trustista» en el sindicalismo, que es aceptada por los teóricos de la lucha de clases como necesaria para defender las conquistas del asalariado. Y ese fenómeno demuestra que el sindicato, más que determinante de una táctica de lucha, está determinado por la evolución del capitalismo.

¿Cómo pues, existiendo un desarrollo paralelo entre el industrialismo y las organizaciones obreras basadas en el tipo industrial — lo que implica una sujeción del salario a las necesidades de cada hora y consecuentemente a las crisis periódicas del capitalismo —, pueden los sindicatos operar por sí mismos una revolución ampliamente social? De un movimiento revolucionario puede surgir un cambio de dirección en la economía capitalista, transformándose los sindicatos obreros en órganos de control de las industrias expropiadas a los actuales detentadores; mas existe el peligro de que el sindicalismo conformado a las necesidades y al artificio de la civilización burguesa, mantenga en pie la máquina política del Estado.

No hacemos suposiciones. Basamos esta posibilidad en los hechos y las teorías que formulan algunos anarquistas ilusionados por el revolucionarismo sindicalista. Por ello decimos que es temerario atribuir a un órgano de defensa conformado a los hechos y a las necesidades presentes, funciones post-revolucionarias. El sindicalismo nació con el capitalismo — como los partidos políticos son retoños del Estado —, y deberá desaparecer con él. De lo contrario, la herencia capitalista será adquirida por una casta de elegidos salida de la clase obrera, de la misma manera que la burguesía heredó los privilegios de los señores feudales y de los nobles vencidos por la revolución del siglo pasado.

No quiere esto decir que neguemos valores revolucionarios al sindicato. Lo que no admitimos es la función histórica que le atribuyen los sindicalistas llamados puros y los anarquistas partidarios de la neutralidad, porque entendemos que la organización de la vida en el comunismo debe operarse rompiendo el círculo de hierro de las industrias, esto es, volviendo a las fuentes de la comunidad, cuya expresión no es posible encontrarla en las modernas Babeles capitalistas.

Una revolución puede surgir del juego de los acontecimientos, en un momento de crisis como la que convulsionó a Europa después de la gran guerra. Suponiendo que las fuerzas más activas estén en los sindicatos y que la iniciativa corresponde a los trabajadores organizados y no a un partido político de avanzada (como el bolchevique, por ejemplo), ¿quedaría por eso asegurado el triunfo de la clase trabajadora? Se dice que los sindicatos pueden realizar esa misión. Pero hay que tener en cuenta que en el movimiento obrero actúan fuerzas divergentes en cuanto a la interpretación del hecho revolucionario y que no basta la «realidad económica» para determinar un cambio fundamental en el sistema capitalista.

He ahí por qué consideramos el sindicato como un instrumento de lucha en la sociedad actual, pero sin suficientes elementos doctrinarios para organizar la vida después de la revolución. 


III

No existe una doctrina del movimiento obrero independiente de las tendencias políticas, religiosas, morales y económicas que toman al hombre como materia de juicio para justificar o negar la razón de ser de los privilegios sociales, de la autoridad, del Estado, de la burguesía. Existe el móvil material, la necesidad de luchar por el mendrugo, y esta lucha está sujeta a diversas y antagónicas interpretaciones.

El sindicalismo puro, pese al culto que rinden sus partidarios a todas las premisas revolucionarias, es un conjunto de teorías negativas. Históricamente los sindicatos siguen el camino que marcan los hitos del progreso industrial. En el presente no realizan otra tarea que la de procurar un mejoramiento en las condiciones materiales del proletariado, prescindiendo de fundar el problema ético, porque de hacerlo plantearían la tan temida divergencia de opiniones, de sentimientos, de ideologías. ¿Sobre qué base, pues pueden los sindicalistas operar la transformación radical del sistema capitalista, si sólo poseen un método económico de la técnica industrial, un programa orgánico que repite bajo otros aspectos los viejos programas liberales y reformistas?

Para comprender el absurdo en que caen los anarquistas que limitan la revolución a un cambio de papeles en la tragedia del mundo, es menester intentar sustraerse al espejismo de la civilización capitalista y atisbar en la historia el acontecimiento que más identifique al individuo con la naturaleza. Acostumbrados a ajustar nuestros gustos a las necesidades de ahora, enamorados del proceso material que hace la vida agradable cuando se logra una parte de sus beneficios, siendo como somos hijos de esa civilización de hierro, no interpretamos la vida fuera del marco que nos estrecha y opresiona cada vez más en el precinto de acero de las ciudades industriales. De ahí esa ideología del economismo burgués, adornada con abstracciones por los políticos marxistas, que mediatizan la acción del proletariado a intereses inmediatos y subordinan el proceso de la revolución al crecimiento de las industrias, al juego de las finanzas y a la capacidad productora de un sistema social basado en el despilfarro y la falta de equidad distributiva.

El industrialismo es la exageración de las necesidades, porque las industrias más productivas están al servicio del lujo, de la ociosidad, del sensualismo y de la guerra. Y debido a la creencia de que todo progreso es útil — porque proporciona pan a los hambrientos y goce a los que mueren de hastío y de gula —, los trabajadores persiguen la quimera de llegar a dirigir la máquina que los tritura, alimentando el oculto y vengativo deseo de arrojar entre los engranajes del monstruo a los actuales detentadores del privilegio.

La mentalidad media del obrero admite como natural ese cambio de funciones en la máquina económica. El sindicalismo se industrializa, esto es, sigue paso a paso el crecimiento de las industrias, se asimila las necesidades que crea la burguesía ociosa, busca armas en el capitalismo para preparar la revolución. Pero los trabajadores conservan lo que contribuyeron a elaborar: creen que sus tareas son imprescindibles, aun cuando trabajen en los astilleros y en los arsenales de guerra, se dediquen a levantar presidios, o pierdan la salud manipulando metales que sirven para adornar a los amos.

Si el obrero moderno se desarraiga de la tierra, si se torna cada vez más esclavo del sistema industrial, si no concibe otra solución que la señalada por el marxismo, ¿qué valores revolucionarios puede ofrecernos el sindicalismo? He ahí el problema que nos toca resolver a los anarquistas.

A la realidad económica y a las preocupaciones materialistas que predominan en el movimiento obrero, debemos oponer una concepción revolucionaria. ¿Cómo? Reaccionando contra la influencia del ambiente, combatiendo los prejuicios de clase, demostrando que el hombre debe comenzar por libertarse de la cadena de las llamadas necesidades. Hay una sola necesidad — la de vivir — y esa necesidad debe estar controlada por el cerebro. El artificio de la civilización hace a todos los hombres esclavos de apetitos bestiales: el privilegiado no está satisfecho de su glotonería y el hambriento envidia a los que revientan de hartos.

La fuente más pura de la ideología anarquista está en el comunalismo. Pero de esto ya se olvidaron la mayoría de los revolucionarios. Ahora se habla del comunismo, pero sin tratar de descubrir la base histórica de la comunidad. Los políticos bolcheviques son comunistas en teoría. Los sindicalistas nos ofrecen la receta del comunismo industrial. Para los primeros, el Estado es el centro de gravedad de una absurda organización de privilegios y de castas, donde el hombre pierde todo contacto con la naturaleza y se transforma en simple engranaje de la máquina económica cuya dirección pasa a manos de una minoría elegida. Para los segundos, la organización centralizada de todas las industrias constituye la panacea del comunismo desnaturalizado; y el obrero es un rodaje de la complicada máquina dirigida por las oficinas técnicas de la industria.

¿Dónde, pues, encontraremos hoy la expresión de ese comunismo tan mentado y tan ignorado? En el campo únicamente. El ruralismo ofrece más posibilidades comunistas que la ciudad industrializada. La vida en los campos está libre de las preocupaciones que hacen del obrero un esclavo del régimen capitalista.

Y sólo hace falta inculcar en los parias del terruño ideales de superación: el espíritu libertario que animó a los primeros propagandistas del anarquismo.

Para nosotros la conquista del comunismo sólo es posible destruyendo la máquina económica montada por la burguesía. El sindicato no puede realizar esa misión porque es un producto del desarrollo industrial, el efecto y no la causa de la explotación capitalista. Para que lleguen los trabajadores a emprender esa labor destructora, es necesario que posean un ideal creador: que cuenten con elementos de juicio para operar las transformaciones sociales que anhelamos los anarquistas.

Es necesario, pues, que la propaganda de los anarquistas, en el sindicato, oriente la acción del proletariado de acuerdo con la ideología comunista anárquica. Y para ello hay que comenzar por combatir las ilusiones de los trabajadores que creen conquistar su felicidad convirtiéndose en amos, por el despojo de los capitalistas, pero conservando, junto con el espíritu del capitalismo, el sistema económico que esclaviza a los hombres. 


IV

En las luchas del proletariado se manifiestan tres procesos distintos: reforma, revolución, conservación. Equivalen por lo tanto a diferentes modalidades el movimiento obrero, que interpretan en otras tantas ideologías la llamada lucha de clases.

De lo pretérito se nutren los ideólogos del marxismo. Los partidos socialistas buscan la reforma del régimen social por la conservación del Estado y de la máquina económica montada por el capitalismo. No existe, pues, un móvil revolucionario en la tendencia «materialista histórica», porque la historia está sujeta a un método cronológico que traslada al presente, como otros tantos hechos repetidos, los contradictorios hechos del pasado. He ahí resumida toda la teoría «revolucionaria» de Marx y de sus discípulos y continuadores.

Cuando los sindicalistas puros erigen el sindicato en el último hito de la historia —cuando pretenden cerrar el proceso social en ese eslabón económico — quizás sin quererlo aceptan las conclusiones materialistas del marxismo. Se valen del método histórico de Marx para explicarse el proceso de las sociedades humanas y con lo pretérito pretenden elaborar una teoría para el futuro.

No es posible eludir esta cuestión. La reforma política no altera el orden de los factores materiales que determinan la esclavitud económica del ciudadano libre… Pero hay que tener también en cuenta que el reformismo no se expresa únicamente en las formas del poder — en los cambios que sufre la estructura jurídica del Estado —, sino que también tiene manifestaciones conocidas en el traspaso de las riquezas y de los privilegios detentados por una minoría. Los señores feudales y la nobleza propietaria se vieron obligados a dar cabida en su mesa a la clase burguesa, adueñada del poder político. La revolución del siglo XVIII dio un golpe de muerte al feudalismo. Mas el problema social quedó en pie con ese traspaso de poderes y de títulos de propiedad. ¿Podría el proletariado, mediante un acto de fuerza que le diera el control de la máquina capitalista, eliminar de un golpe todas las diferencias de clase y de casta? ¿No sería más probable que, aplicando el método histórico de los marxistas, creara en su seno nuevos privilegiados y nuevos gobernantes, que serían precisamente los jefes políticos o los funcionarios sindicales?

Cuando hablamos del sindicalismo puro, queremos significar la subordinación a los hechos materiales de esa tendencia anti-ideológica, subordinación que aceptan no pocos anarquistas. El sindicato neutro, esto es, que no tiene en cuenta otra cosa que la lucha de clases, depende del proceso que sigue el capitalismo. Orgánicamente es una caricatura de las organizaciones industriales. Su fuerza está en relación con la potencia ofensiva del capital y sólo es fuerte cuando se debilita la burguesía.

Los marxistas, de acuerdo con la llamada ciencia histórica, consideran factible la conquista del poder político, ya sea por efecto de una conmoción popular o ya empleando el arma del sufragio. Creen posible llegar a la democracia conservando la organización económica presente, porque confían al Estado la tarea de controlar el desenvolvimiento de la sociedad reformada.

Se dirá que el sindicalismo es revolucionario, puesto que persigue como fin la destrucción del Estado. Lo es desde el punto de vista negativo. El Estado es una entidad jurídica que estatuye normas a la vida del hombre. Y el fundamento del estatismo no está en la política abstracta, sino que tiene su realidad material en el concierto económico. Si los sindicalistas niegan la necesidad del Estado y al mismo tiempo confían a los sindicatos obreros la misión de organizar la vida social al día siguiente de la revolución — lo que implica tanto como seguir manteniendo en funciones la máquina económica —, ¿no sientan de hecho las bases de un sistema ligado a sus intereses de clase y por lo mismo con fuerza de ejecución, con leyes, autoridad y privilegios?

Es peligroso atribuir a los sindicatos funciones post-revolucionarias. Tan peligroso como confiar al partido político, al soviet o a la asamblea constituyente la tarea de organizar la vida durante o después de la revolución.

Para valorizar la acción del proletariado los anarquistas debemos llevar a los sindicatos nuestras ideas. La beligerancia de los anarquistas en el movimiento obrero servirá para contrarrestar el dominio de los políticos marxistas y, lo que es más importante, para destruir en la mente de los obreros la creencia en las fórmulas socialistas, que se equivalen en un mismo absurdo histórico: la conservación del régimen capitalista empleando un método subversivo que elude el fondo del problema humano, puesto que deja en pie las causas originarias de la esclavitud del hombre — el Estado político o su sucedáneo, el Estado económico de los sindicalistas neutros. 



Emilio López Arango 



Tomado de: «El Anarquismo en América Latina», Carlos M. Rama y Ángel J. Cappelletti 


Transcripción: rebeldealegre.














sábado, 2 de abril de 2016

Independencia política y esclavitud económica - Emilio López Arango

Todos los movimientos políticos de independencia nacional son en su origen manifestaciones del descontento popular. Los pueblos sufren la explotación directa del capitalismo, se ven obligados a luchar contra los amos de la tierra, de las industrias, de todas las fuentes de producción y progreso; pero no siempre llegan a descubrir las raíces históricas del mal. Si los explotados son extranjeros, y a la vez que el poder económico detenta el político, se subvierte el principio clasista por la prevalencia de preocupaciones raciales, idiomáticas o simplemente nacionalistas, fenómeno éste que produce una absurda alianza entre el proletariado y la burguesía para luchar contra el supuesto enemigo común.

Los movimientos nacionales de independencia, aún cuando en periodos de miseria dirigen sus esfuerzos a la atracción de las masas descontentas –y al generalizar su espíritu xenófobo señalan como enemigo al explotador extranjero–, se despreocupan por completo del problema social. Son movimientos políticos, de la burguesía y de la clase media, que tienden a asegurar el dominio de una casta gobernante autóctona, pero que eluden plantear conflictos serios al capitalismo expoliador. Por otra parte, en el nacionalismo entran también en juego intereses ajenos a la emancipación política de la burguesía nacional: influencias extrañas que mueven a los principales actores de vulgares e indignas farsas patrióticas.

No desconocemos las causas históricas que determinaron el desmembramiento del imperio colonial español. Esas mismas causas obran como factores determinantes en la composición y descomposición de todos los imperios, aún de los que disfrazan el dominio de la metrópoli industrial, militarista y política con protectorados forzosos y con tutelas que pretenden ser paternales. Mas no podemos desconocer tampoco que con la bandera del nacionalismo las burguesías locales –o de las colonias “en mayoría de edad”– buscan su emancipación política, no como un resultado natural de las aspiraciones de la Nación, sino simplemente como la consecuencia obligada de su desenvolvimiento como clase privilegiada e inteligente. La “intelligenzia” actúa sobre la base del nacionalismo para destacar su poder de casta, sin que por ello llegue a libertarse de la tutela del capitalismo y de las preocupaciones burguesas predominantes.

La independencia de América fue el resultado de la “intelligenzia” francesa –de las corrientes democráticas que llegaban de Europa por la vía transatlántica– y no el fruto de un movimiento de redención de los parias sometidos, más que el poder político de las metrópolis colonizadoras y conquistadoras, al poder económico de los amos, extranjeros y criollos. De ahí que la emancipación política de la colonias americanas haya sido conseguida a expensas de los nativos, para beneficio de la burguesía criolla y de los capitalistas que llevaron a cabo la segunda conquista: la industrial y comercial.

Se explica que la independencia política de los Estados desprendidos del imperio colonial español y del resto de las colonias europeas en América, no haya operado un proceso social paralelo en las condiciones morales y económicas de los parias nativos. La esclavitud del indígena, si fue sancionada por la conquista respondiendo a motivo políticos y a razones de soberanía, no por eso deja de ser un hecho indiscutible que se hizo más precaria con el desarrollo de la burguesía local y con el cosmopolitismo capitalista. Los descendientes de los conquistadores –los criollos, mestizos o de la sangre europea–, formaron la burguesía y la “intelligenzia” americanas. Extraños a la vida y a los dolores e infortunios de los indios, su nacionalismo fue más ultramarino que autóctono: una especie de malentendido familiar con sus progenitores, que terminó con el reconocimiento de la mayoría de edad en los hijos cansados de la tutela paterna.

Ese hecho tiene una trayectoria de más de un siglo, pero ofrece hoy las mismas características. El patriotismo criollo, de la ciudad industrial y cosmopolita, invade la campaña en los períodos electorales. Se infunde en los nativos, con el alcohol que los envenena y aniquila, ideas extrañas a sus costumbres y a sus hábitos sencillos. Sin embargo, esa noción política de la nacionalidad no juega ningún papel en la vida esclava y miserable de las poblaciones indígenas, porque el enemigo natural de los campesinos pobres es el político criollo, el funcionario del Estado, el gendarme que representa a la patria para defender los intereses de gentes extrañas adueñadas de las tierras de sus abuelos, del producto de su trabajo y del pan a sus hijos. 

Resulta ridícula la propensión xenófoba de los criollos de América. Nace en la ciudad, como producto del nacionalismo y como preocupación dominante en la “intelligenzia”, ese artificioso movimiento contra lo extranjero. Son los hijos de extranjeros, de inmigrantes enriquecidos en el comercio, con apellidos exóticos casi siempre, los que fomentan el patriotismo de bullanga. Y son esos mismos patriotas, que ignoran hasta qué extremo aceptan la servidumbre del capital y hasta que límite la Nación está encadenada a intereses bastardos, los que señalan como enemigos a los trabajadores que luchan contra las fuerzas opresoras que ahogan todo esfuerzo libertador en las masas oprimidas. 

Los feudos industriales y agrícolas, el monopolio del comercio interior y exterior, la banca y las finanzas, están en las repúblicas latino-americanas en poder de compañías extranjeras. Ese fenómeno explica la sujeción de los gobiernos criollos a las metrópolis financieras dominantes en todo mundo, a las reyecías del franco, de la libra esterlina y del dólar. Pero la burguesía criolla es patriota y nacionalista. La casta de la “intelligenzia” difunde en el pueblo el orgullo nacional, recuerda constantemente a los héroes de la independencia americana, exhibe como un motivo literario viejos arquetipos de una raza vencida y humillada. 

De ese nacionalismo grotesco surge la contradicción más flagrante. La pequeña burguesía y la clase media, los intelectuales y los políticos, ocupan puestos privilegiados en las grandes empresas extranjeras, ofician de agentes del capitalismo en su calidad de funcionarios del Estado y son de hecho los ejecutores de la política opresiva de los consorcios financieros adueñados de todas las fuentes de riqueza del país. Y los mismos gobiernos, factores de la invasión capitalista en América, ¿cómo contemplan los problemas nacionales? Acorralando a los indios en los últimos reductos que conserva aún su raza del despojo organizado por los patriotas de la ciudad, para los que “pioneros” de la libra esterlina y del dólar no encuentren obstáculos en su avance.

El nacionalismo y el capitalismo se confunden. Las patrias chicas viven en estrecha dependencia con las grandes naciones conquistadoras y colonizadoras; y esa conquista pacífica, que realizan en América las grandes compañías explotadoras, cuenta con el apoyo de la burguesía y de la “intelligenzia”, que encuentra útil para su dominación política el yugo impuesto a los trabajadores por un poder económico extraño a las preocupaciones nacionalistas y a la xenofobia de los patriotas por tradición.



Emilio López Arango 



Tomado del Libro «Ideario Del pensamiento anarquista en el movimiento obrero»


















miércoles, 23 de marzo de 2016

Anarquismo y Comunismo - Emilio López Arango

Para los comunistas anárquicos la división entre las palabras comunismo y anarquismo no existe. Sin embargo, no siempre corresponde la denominación de las teorías, máxime si a fuerza de sistematizarlas se olvida una parte de su esencia, al contenido que quieren expresar sus fórmulas exteriores o que se supone reside en las premisas de un programa.

No todos los anarquistas son comunistas –y no pocos, creyendo serlo, propagan teorías que niegan los fundamentos económico sociales del comunismo–, de la misma manera que no deben confundirse las tendencias autoritarias que invocan ese nombre sin verdadera idea de la comunidad, que para ser tal debe inspirarse en principios de libertad y justicia. El anarquismo es una concepción moral, en oposición a los dogmas consagrados y a los prejuicios hechos ley o costumbre. El comunismo es la utopía social, el hecho económico aún no realizado, el medio de convivencia que, si tiene algunos antecedentes históricos en las ciudades libres de la Edad Media y en las primitivas comunidades religiosas, no pueden sin embargo ser definido ni con las mueras experiencias del pasado ni con las demasiado agobiadoras realidades del presente. 

Si el anarquista es un inadaptado, un descontento instintivo, un hombre que lucha contra la opresión circundante y combate la tiranía ambiente para que esas cualidades negativas tengan algún valor, es necesario que al mismo tiempo plantee, aunque más no sea en teoría, la solución del problema social. He ahí pues, donde la teoría económica del comunismo se convierte en el objetivo substancial del anarquismo. Porque fuera de la sociedad no hay soluciones revolucionarias, justas y equitativas para la vida del hombre que aspira a ser un igual entre los iguales. 

Cabe pues, que definamos el valor o los valores de dos palabras que, unidas, representan una tendencia político-económica en pugna con los principios aceptados por todos los defensores del orden actual. Y nos interesa en particular la definición del comunismo, como base económica de la ideología anarquista, ya que las influencias autoritarias y capitalistas contribuyen hoy a alejarnos de la idea básica de la libertad, de la justicia y del derecho, que solo podrá ser efectiva en una comunidad de hombres que sepan practicar el apoyo mutuo. 

Entre la teoría política del anarquismo, fuertemente ligada a las corrientes liberales del siglo pasado, y el hecho económico que expresa la concepción comunista, se manifiestan no pocos antagonismos de doctrina y de táctica. Desde el individualista adverso a cualquier forma de organización, al adepto de la forma industrial, hay una variedad creciente de tendencia, escuelas y capillas. No nos detendremos a enumerar las diferentes corrientes que contribuyen en una u otra forma a crear el caudal ideológico del anarquismo. Lo que nos interesa por ahora es definir la justa equivalencia de dos conceptos que, separados, sirven de denominativo a las tendencias sociales más contradictorias y se prestan a toda clase de confusiones. 

El comunismo anárquico, para la mayoría de los que actúan al margen o por encima de la lucha de intereses económicos, entraña un principio de imposición por el hecho de esbozar un programa de futuro. Pero para los partidarios del sindicalismo posibilista la tesis comunista, como resultancia de la evolución social, está subordinada al proceso capitalista y en consecuencia sigue el ritmo histórico señalado por los teóricos del materialismo. 

Los que siguiendo las huellas de Marx aplican la teoría materialista ­–estrechas y rígidas en su pretendido cientifismo histórico– al movimiento de la clase trabajadora, se olvidan de las fuentes del comunismo. Se basan en el hecho de que los problemas sociales están sujetos al imperativo de la lucha de clases, esto es, al antagonismo de los intereses económicos, y, en consecuencia, corresponde a los trabajadores obrar como componentes de una clase específica y dirigir todos sus esfuerzos a la conquista de los medios de producción, distribución y consumo. ¿No está en esa tesis implícitamente reconocida la razón de ser del capitalismo? Propender a la conquista de las instituciones capitalistas, reconociendo la existencia del Estado o empeñándose en ignorarla, no significa un propósito de destrucción: por el contrario, se adelanta el deseo de conservar esas instituciones en la esperanza de que, bajo una nueva dirección, sirvan a los intereses de la clase trabajadora después de la derrota de la burguesía. 

Cabe pues, que formulemos esta pregunta: ¿Qué valor puede tener la conquista del poder económico por o para la clase trabajadora, si, circunscrito al cambio de directores, técnicos y administradores del trabajo y de la economía, persisten las causas del sometimiento del asalariado, la incapacidad de la mayoría para la auto-producción y auto-gobierno, la dependencia de hecho de las grandes masas a sus jefes y guías? De una restauración capitalista mediante el cambio de gobernantes, sale siempre fortalecido el capitalismo.

Debido a la preponderancia de los factores materiales –a la subordinación del individuo a las llamadas necesidades sociales, que regulan las potencias políticas y financieras– de la ciudad han desaparecido completamente los fundamentos éticos del comunismo. La comuna no puede tener un equivalente en los emporios capitalistas –en las modernas citys del parasitismo burocrático, de los mercaderes y politicantes–, porque toda posibilidad de colaboración desaparece bajo el peso aplastador del Estado y del capitalismo. El obrero es un simple accesorio de la máquina económica y sus ideas, sus aptitudes y voluntad se mecanizan con la disciplina del trabajo impersonal. De ahí que llegue a suponer que la vida humana depende de sus labores, no importa que sean de carácter nocivo o completamente superfluo, concediendo escasa importancia a las tareas agrícolas. 

Si el problema actual, para los obreros de la industria, consiste en aumentar la capacidad del capitalismo en esa fase de la producción ¿en qué condiciones estarán mañana para suprimir las industrias no útiles, la burocracia y el parasitismo que exigen tanto el aparato estatal, como al administración y al dirección técnica de las grandes empresas? ¿Cómo harán frente al problema que significa desmontar la máquina del Estado político, sustituyendo sus engranajes con los complicados resortes de la economía capitalista?

Para los pregoneros del comunismo industrial –que como vemos es una negación del comunalismo–, no tiene importancia ese problema post-revolucionario. Dentro de su fórmula –“crear la sociedad nueva dentro del cascaron de la vieja”– pretenden encerrar todas las contingencias posteriores a la revolución, precisamente porque aceptan la posibilidad de un gobierno de la economía después del triunfo de los trabajadores y de la caída del poder burgués. Pero el Estado económico, que es en resumidas cuentas una supervivencia del capitalismo, aún cuando cambie el orden de las clases en el usufructo del poder y de las riquezas, ¿no necesitará de un aparato gubernamental, de leyes y de ordenanzas para regirse y de ejércitos y policías para mantener su equilibrio? La conservación de la organización industrial arrebatada al capitalismo obligará a los trabajadores a conservar el resto del aparato político y judicial: el Estado. 

Hay, pues, un error fundamental en ese pseudo-anarquismo industrialista, es la tendencia llamada reconstructiva porque aboga por la organización del trabajo siguiendo el curso del proceso de centralización industrial y que hace depender el futuro de la humanidad de las aptitudes del obrero para transformarse en la clase dirigente. Y ese error aleja a los pueblos de las fuentes más puras de la revolución. Que no tiene contenido espiritual en las ciudades invadidas por la fiebre capitalista y por la pasión autoritaria. 

Para retornar a las fuentes del comunismo, sin el cual no es posible concretar en una realización social las ideas anarquistas, es imprescindible combatir toda tendencia encaminada a conservar el régimen capitalista después de la revolución. En consecuencia, debemos buscar en el comunalismo, esto es, la raíz de las sociedades humanas, las demostraciones históricas que prueban la posibilidad de la vida social prescindiendo del capitalismo y del Estado. 

En la comuna está el fundamento de las teorías anarquistas, porque la concepción libertaria no tendría una verdadera base revolucionaria si eludiera la solución del problema económico en beneficio de todos los seres humanos.

***

Para los anarquistas no puede depender el hecho revolucionario del fortalecimiento del Estado. La mentalidad ciudadana, tanto por los hábitos políticos como por la prevalencia de las necesidades creadas por el régimen industrial, es refractaria a la idea del comunismo. Por eso los políticos socialistas subordinan la concepción comunista al imperativo de las necesidades que suponen están determinadas por el fatalismo histórico, que es la base “científica” de las teorías económicas de Marx. 

El anarquismo, idea de libertad y justicia, tiene en la comuna su base económica. Hoy resulta un tanto difícil concebir el valor de este principio. El proletariado industrial, movido por necesidades perentorias, hecho a imagen y semejanza de la sociedad que lo esclaviza, ignora el trabajo verdaderamente creador y útil, vive desarraigo de la tierra, fuente de toda riqueza. La ciudad está en permanente litigio con el campo, al que domina con el poder de sus finanzas, con la potencia de sus máquinas, con el arma política que forja las más odiosas tiranías y las mentiras más engañosas. No es posible defender la integridad de las ideas anarquistas eludiendo la solución del problema campesino, que es la raíz histórica de la comuna libre. El comunalismo tiene su base en el campo, en el trabajo fecundo de las comunidades campesinas en el retorno a la vida sencilla en contacto con la naturaleza, depurada de errores pretéritos y de las desviaciones y extravíos generados por el egoísmo y la maldad del hombre civilizado...

La simplificación de la vida traerá como consecuencia el derrumbe del sistema capitalista. El trabajo tendrá una verdadera utilidad, para la satisfacción de las necesidades fisiológicas, y la ciencia redimirá al hombre del pecado capital: la explotación. ¿Podrá el proletariado llegar a vencer las preocupaciones que hoy esterilizan sus mejores energías y libertarse de la cadena que lo ata al régimen social que cree combatir y demoler imitando a sus enemigos? 

He aquí una respuesta que en vano buscaríamos en los hechos que sirven para explicar el creciente avance de las ideas autoritarias y la desviación del movimiento revolucionario por el predominio de las preocupaciones materialistas en los sectores influenciados por los teóricos del social-estatismo y del pseudo-comunismo industrialista. 


Emilio López Arango




Tomado del Libro «Ideario Del pensamiento anarquista en el movimiento obrero»

domingo, 20 de marzo de 2016

Comunalismo y sindicalismo - Emilio López Arango

He aquí un tópico que pocas veces, o ninguna, tocan los teorizantes del sindicalismo y que casi lo tienen olvidado por completo los mismos anarquistas. Porque, al grado de preponderancia que llegó el movimiento sindical y a las orientaciones que, en términos generales, siguen los sindicatos obreros, es el caso de preguntas si la práctica del “sindicalismo revolucionario” responde a la teoría anarquista, no ya en el espíritu libertario que lo informa, sino principalmente en su concepción económica de la sociedad futura: el comunismo.

El movimiento sindical de los trabajadores, sujeto a esa encadenación de factores morales y materiales derivados de la organización económica actual, interpreta, en su conjunto, por los objetivos que persigue en sus diarias acciones y por el “objeto” que combate, la teoría marxista del “materialismo histórico”. De esa premisa, que tiene de real el hecho de que el materialismo es la substancia de toda organización asentada en el privilegio y la expoliación —pero que se basa en una hipótesis puramente negativa, ya que confía al desarrollo industrial del capitalismo el proceso de disolución de la sociedad capitalista—; en esa superchería creada por Marx para dar valor a su “Estado obrero” y a su acción reformista del “socialismo científico” —socialismo de parlamento y de disputas electorales—  surgió la moderna concepción del sindicalismo científico…

Los teóricos de ese sindicalismo basado en la concepción materialista de la historia y que sigue a la zaga del capitalismo, copiando sus modalidades y haciendo suyos los “medios” que va creando en su continuo desarrollo industrial, creen que, con afirmar su fe libertaria y rechazar las viejas prácticas del funcionalismo marxista y la acción política de los parlamentaristas, establecen una diferencia esencial entre los sindicatos y los partidos. Pero en realidad, la diferencia es sólo de forma. La acción política de los socialistas se inspira en la llamada lucha de clases. El sindicalismo realiza diariamente esa lucha de clases, persiguiendo como objetivo inmediato el mejoramiento en las condiciones económicas del proletariado y como finalidad social la destrucción de la sociedad capitalista. Empleando medios distintos, sindicalistas y socialistas tienen una misma aspiración final: arrebatar el poder político a la burguesía y expropiar a sus actuales detentadores los instrumentos de producción y los “medios” que sirven para regularizar el consumo.

Se dirá que el sindicalismo que esbozamos aquí no es otra cosa que el marxismo llevado a las sociedades obreras por los políticos reformistas. Y se podrá objetar también que si el movimiento obrero está “fatalmente” obligado a seguir ese desarrollo material del capitalismo, no es posible afianzar una teoría contraria al “materialismo histórico” tomando como base a las organizaciones económicas del proletariado. Pero es el caso que nosotros no discutimos las “intenciones” de los “sindicalistas revolucionarios”: intenciones que tienen su síntesis ideológica en los preámbulos, cartas orgánicas, pactos de solidaridad y declaraciones de principios inspirados en las ideas libertarias. Como tampoco aceptamos el exclusivismo materialista de Marx, ni creemos que los organismos obreros deban seguir el proceso de desarrollo industrial copiando las formas exteriores del capitalismo y buscando en la estructura económica de la sociedad contemporánea los elementos constructivos de la futura organización de los pueblos.

Planteada la cuestión en estos términos, cabe que intentemos establecer la diferencia fundamental que separa a los anarquistas de los marxistas. Y, como generalmente se cree que el problema es puramente moral y hasta abstracto —que se reduce a ciertas declaraciones revolucionarias y a varios aspectos externos de la lucha inmediata contra el Estado y el capitalismo—, queremos buscar un ejemplo convincente en la más típica expresión del movimiento revolucionario: la acción sindical de los trabajadores.

¿Existe una cohesión efectiva entre el movimiento obrero (hablamos en términos generales) y la concepción libertaria del comunismo? Veamos. Las orientaciones del sindicalismo están subordinadas al desarrollo capitalista (“materialismo histórico”), y en el proceso industrial de la burguesía encontraron sus teorizadores los elementos de juicio para crear una teoría revolucionaria propia… Quiere decir, pues, que el sindicalismo, empleando los medios que le ofrece la organización capitalista, y únicamente inspirado en el principio de la lucha de clases, persigue como fin el establecimiento de una organización capitalista dirigida por los trabajadores. Y este absurdo —que no pocos creerán una afirmación antojadiza de parte nuestra—, está contenido en este alegato: “todo el poder a los sindicatos”, y en esta otra premisa: “ir constituyendo la sociedad nueva en el cascarón de la vieja”.

La concepción anarquista, aplicada a la misma organización económica de los trabajadores, es contraria a ese “sindicalismo constructivo”. No es posible olvidar este principio elemental de nuestra ideología: la organización comunista de una sociedad de hombres libres, debe tener por base a la comuna. El sindicalismo no tiene en cuenta la existencia de esos grupos autónomos de individuos, verdaderas células del organismo social, porque para los “materialistas históricos” las diferenciaciones éticas y étnicas están subordinadas al entrelazamiento creado entre los pueblos de una región o de varias regiones por una industria cualquiera. De lo que resulta que la base de la organización sindicalista está en el principio de centralización industrial —y no en la descentralización de esas monstruosas empresas y trusts financieros que destruyen las características del comunialismo—, con lo que se llegaría, después de la revolución a crear un Estado sindicalista cuyas células estarían representadas por cada una de las ramas industriales injertadas en el tronco capitalista…

El juego de palabras con que pretenden los sindicalistas identificar sus teorías a la concepción libertaria del comunismo, no puede servir de juicio en la aclaración de estos dos valores antitéticos: el comunalismo y el sindicalismo.

Los anarquistas, si quieren ser consecuentes con sus ideas y mantenerse irreductibles frente a las desviaciones que alejan al movimiento obrero de sus fuentes de inspiración libertaria, no deben olvidar que las organizaciones económicas del proletariado tienen carácter transitorio y responden pura y exclusivamente a “necesidades” creadas por el desarrollo capitalista e impuestas por las condiciones precarias en que vive la clase trabajadora. Y si la conformación de esos órganos de lucha se mantiene sujeta a las formas estructurales del régimen capitalista, ¿qué valores revolucionarios podemos atribuir a los sindicatos obreros?

Para los anarquistas, el sindicalismo no puede ser otra cosa que un medio de lucha: la organización económica de los trabajadores para actuar en el plano económico que sirve de base a la sociedad capitalista. Y siendo los sindicatos simples medios para la acción económica de los trabajadores, se comprende que no es posible atribuirles una función social pre-revolucionaria que no pueden desempeñar al margen de la organización capitalista, puesto que son la imagen y semejanza de esa misma organización.

De ese hecho parte la diferencia que separa la propaganda anarquista del movimiento puramente sindicalista. Y no es necesario presentar como ejemplo a los grupos de propaganda que se desenvuelven al margen de las organizaciones obreras, pues la orientación anarquista puede ser señalada también en organizaciones proletarias creadas sobre la base de la lucha económica. Se puede ser comunalista — esto es, partidario de la organización siguiendo las líneas que señala los diversos organismos humanos, sin tener en cuenta el proceso de centralización capitalista o las “especialidades” creadas por el industrialismo—, y defender la organización sindical de los trabajadores. Lo importante es mantener latente el espíritu de independencia de los proletarios y oponer una fuerza consciente al poder avasallador del capitalismo, minando su formidable organismo económico para inutilizarlo por completo sin esperar servirse de él durante o después de la revolución.

Los anarquistas que tienen en cuenta todas las razones del “materialismo histórico” y llevan a los sindicatos obreros las preocupaciones derivadas de la supuesta prevalencia del factor económico sobre las causas morales que determinan la esclavitud de los pueblos, contribuyen al afianzamiento de esa doctrina sindicalista que pretende encerrar la vida en los estrechos moldes del sindicato. Y si esos anarquistas, pretendiendo haber hecho un colosal descubrimiento, nos presentan el industrialismo I.W.W. o sus derivados sindicales: consejos de fábrica, organización por talleres, división del trabajo en ramas de industria y demás innovaciones de corte marxista, creyendo haber encontrado la solución del problema social, es menester que les recordemos que nada tan opuesto a las ideas anarquistas y a la concepción del comunismo como esa teoría sacada de la médula del capitalismo.

El alegato de que las “necesidades” imponen esas nuevas formas orgánicas al sindicalismo, es una superchería que solo pueden sostener y aceptar los “materialistas históricos”. El problema fundamental que agita a los pueblos, gesta el descontento popular y plasma las protestas humanas en movimientos revolucionarios, no tiene sus causas primeras —que en realidad son causas únicas—, en los aspectos actuales de la explotación y el dominio del hombre por el hombre. El capitalismo es un aspecto, el más moderno y posiblemente también el más degradante, del secular sistema que regula la vida de los pueblos. Y si revoluciones hubo antes de que la burguesía se elevara al rango de clase privilegiada y antes que el Estado capitalista nos ofreciera su terrible poder económico, es fácil constatar que el espíritu que alienta a la humanidad en su penosa marcha hacia el futuro es anterior a las “necesidades” creadas al proletariado por el desarrollo industrial de las sociedades burguesas.

Constatamos, pues, que el punto de partida de toda organización libertaria está en la comuna. Y el comunalismo no es una simple expresión política —o un convencional denominativo geográfico—; sino que es ante todo una concepción libertaria que se basa en la reciprocidad de intereses y en la identificación de aspiraciones de los diversos grupos humanos que forman las naciones e integran el conjunto social de la humanidad.

Los rasgos característicos de cada pueblo no se han creado por medio de leyes artificiosas o por “caprichos” de la naturaleza. El anarquismo tiene muy en cuenta esas características morales y físicas que nos demuestran que la variedad es la ley natural más sabia… El socialismo, en cambio, ateniéndose a la premisa del “materialismo histórico”, supedita el problema humano al desarrollo del capitalismo y subordina a las necesidades económicas los factores morales que determinan el grado de cultura de cada pueblo.


El industrialismo obrero es la constatación del “materialismo histórico” llevado al terreno de la lucha de clases. Y ese camouflage revolucionario, por lo mismo que oculta la esterilidad creadora de las grandes masas sometidas a la dirección de los jefes políticos y sindicales que aspiran a la dictadura del proletariado, debe ser destruido por los anarquistas que no sufrieron el deslumbramiento de esa llamarada de pólvora...


Emilio López Arango




Digitalización: Rebeldeἄlegre





lunes, 16 de noviembre de 2015

Acuerdos y resoluciones del congreso constituyente de la ACAT – AIT (1929)

El siguiente documento histórico del anarquismo y el anarcosindicalismo latinoamericanos corresponde a los «Acuerdos y resoluciones del congreso constituyente de la Asociación Continental Americana de los Trabajadores (A.C.A.T.)», efectuado en Buenos Aires en mayo de 1929. Ha sido transcrito por el equipo de N&A desde «El Anarquismo en América Latina» (Biblioteca Ayacucho, 1990); libro compilatorio de escritos de diversos autores y documentos históricos seleccionados por Carlos M. Rama y Ángel Cappelletti y que incluye un interesante prefacio estructurado por Cappelletti.  Las notas al final del texto son las originales incluidas en el libro. Hemos cambiado las notas a pie de página señaladas con ‘asterisco’ por notas numeradas. El texto de Max Nettlau que se señala en la primera nota aún no lo hemos transcrito. La imagen a continuación no corresponde al citado congreso. Para acceder al documento en PDF pueden hacer clic aquí. (N&A)



ASOCIACIÓN CONTINENTAL DE TRABAJADORES1

ACUERDOS Y RESOLUCIONES
DEL CONGRESO CONSTITUYENTE
EFECTUADO EN BUENOS AIRES
LOS DÍAS 11 AL 16 DE MAYO DE 1929

CON TODA FELICIDAD, colmando los deseos de sus iniciadores, se realizó el congreso continental americano durante los días 11 al 16 de mayo de 1929, en la ciudad de Buenos Aires.

Este congreso venía a cumplir una vieja aspiración. La idea de reunir en un vasto organismo continental a todos los trabajadores revolucionarios de América, ligándolos entre sí solidariamente, es muy vieja, casi tan vieja como lo es el movimiento libertario del nuevo mundo. Es, por otra parte, natural que así fuera; el deseo más íntimo de los anarquistas de todos los tiempos, ha sido unirse entre sí internacionalmente, respetando las modalidades particulares que determina la naturaleza étnica de cada país. Este pensamiento está en la esencia de los ideales que defendemos.

Por desgracia, nunca hasta este instante se realizó un esfuerzo lo necesariamente tenaz y continuado para cumplir esta aspiración nuestra hacia el internacionalismo. En el congreso extraordinario de la F.O.R.A., realizado en 1920, se comprendió esta necesidad y se tomó una resolución categórica en ese sentido. Es a partir de esa fecha que se realiza un esfuerzo serio y persistente para llegar al resultado anhelado, especialmente durante los años 1927, 28 y 29, con la constitución por el Consejo Federal de la F.O.R.A. de la Secretaría de Relaciones Internacionales, que tuvo a su cargo la preparación  y organización del congreso continental.

La Confederación General de Trabajadores de México también perseguía el propósito de fundar un organismo libertario continental y a tal efecto se estableció entre F.O. Regional Argentina y C.G.T. la más estrecha relación para cumplir de común acuerdo este deseo colectivo.

Se intentó la realización de dos congresos americanos, uno de parte de la C.G.T. que convocó a los organismos libertarios del continente en Panamá, en 1925, y el segundo de parte de la F.O.R.A., en Buenos Aires, en mayo de 1927. Ambos intentos fracasaron. Las delegaciones asistentes a los mismos no eran lo suficientemente numerosas como para abocarse de hecho a la constitución de un organismo continental.

Diversas razones contribuyeron a este fracaso. A la conferencia de Panamá opuso el gobierno de aquel país toda clase de impedimentos. Pero no es esta la razón principal del fracaso. Los trabajos para la realización, tanto de una como de la otra conferencia, no alcanzaron la suficiente intensidad como para asegurar el éxito. Es preciso agregar a esto, que constituye de por sí un impedimento serio, la ausencia de organizaciones vigorosas en el continente que pudieran, abandonadas a su propios esfuerzo, contribuir a la común tarea de elevar la organización representativa del proletariado revolucionario americano.

Después del fracaso de la segunda conferencia, con la formación de la Secretaría de Relaciones Internacionales, se realiza el esfuerzo más intenso y metódico para dar vida a la actual Asociación Continental Americana de los trabajadores.


CONGRESO DE MAYO DE 1929


El sábado 11 de mayo de 1929, inicia sus sesiones el Congreso Continental. Los trabajos del mismo se prolongaron hasta el día 16, en que se realizó la sesión de clausura.

Un ambiente de cálida fraternidad entre los delegados y la numerosa concurrencia de simpatizantes que llenaba el amplio salón de la F.O.R.A., fue la señal distintiva del congreso. El espíritu de amplitud y de cordura primó entre todos los delegados durante las sesiones y se refleja en cada una de las resoluciones tomadas sobre todos los puntos del orden del día.

Las resoluciones son de por sí suficientemente elocuentes y señalan claramente cuáles fueron los pensamientos dominantes del congreso continental americano, con respecto a los problemas actuales que nos plantea la lucha contra la reacción del capitalismo y del Estado. El congreso afirmó ampliamente los ideales libertarios como norte de las actividades de la naciente institución, y proclamó su confianza en los mismos para destruir los cimientos del Estado y del capitalismo y edificar sobre sus ruinas la sociedad de los libres y de los iguales.

Damos a continuación el detalle de los países representados en la conferencia, organismos actualmente adheridos a la A.C.A.T. y resoluciones tomadas.

Que ninguna de las instituciones y compañeros que pusieron sus esperanzas en los bellos ideales que sirvieron de inspiración y de guía al congreso continental, defraude ahora los propósitos afirmados en la magna reunión que ligó entre sí solidariamente a los diversos movimientos libertarios del continente.

La Continental ha sido creada. Ella representa el centro natural de convergencia del anarquismo en América. Que cada uno y todos se agrupen entonces en torno a ese baluarte levantado frente a todas las instituciones autoritarias del capitalismo y del movimiento obrero de tendencias políticas.2

ORDEN DEL DÍA

El orden del día presentado por la F.O.R.A. fue ligeramente modificado por los delegados, tratándose de acuerdo con esta alteración en la siguiente forma:

1.      ─  Finalidad, doctrina y táctica.
2.     ─  Constitución de la Continental.
3.     ─  Relaciones con la A.I.T.
4.     ─  Relaciones con los organismos nacionales.
5.     ─  Lucha contra la reacción internacional.
6.     ─ El movimiento campesino.
7.     ─  Nombramiento de Bureau y sede del mismo.
8.     ─  Label en la prensa de las organizaciones adheridas.
9.     ─  Archivo del movimiento obrero anarquista continental.
10.  ─  Intercambio de delegados entre los diversos países.
11.   ─  Lucha por la jornada de seis horas.
12.  ─  Actitud frente a la I.W.W.
13.  ─  Clausura del congreso continental.

Las resoluciones adoptadas sobre cada uno de estos puntos y que señalan claramente cuáles han sido las ideas fundamentales del congreso, las trascribimos a continuación:


DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS
DECLARACIONES GENERALES


ORGANIZACIÓN SOCIAL.─ Dos son los caminos propuestos por los movimientos proletarios y socialistas para superar la situación presente: la conquista del Estado para operar la transformación política de la sociedad por medio de decretos, y la organización de la vida económica sobre la base del trabajo de todos y de cada uno. La primera resolución pretende realizar la nueva organización social de arriba abajo; la segunda aspira a hacerse de abajo a arriba: una tiene por norma de conducta la autoridad, la otra la libertad.

La Asociación Continental Americana de los Trabajadores, que recoge las experiencias del último siglo de luchas y que tiene en cuenta las enseñanzas de la realidad y de la vida, repudia la conquista del Estado político como medio de emancipación proletaria y concentra todas sus esperanzas en la organización del trabajo sobre las piedras angulares de su libertad, de su utilización y de su solidaridad.

En consecuencia, aspira a un régimen social en donde el trabajo será la base y la garantía de libertad y de justicia para todos.

ABOLICIÓN DEL ESTADO.─  Un régimen social basado en el trabajo común de las asociaciones libres de productores libres, excluye el Estado, que ha sido siempre instrumento de dominación de una casta o clase parasitaria en detrimento de la masa productora y que pierde su razón de ser cuando la nivelación económica, la expropiación de los expropiadores, ha establecido la igualdad de todos los seres humanos ante la vida, ante los instrumentos de trabajo y ante el disfrute de los productos.

La Asociación Continental Americana de los Trabajadores, como intérprete de los intereses de los que producen y no de los explotadores del trabajo beneficiarios de la producción ajena, quiere una sociedad de libres y de iguales, por lo tanto una sociedad anarquista.

SUPRESIÓN DE LOS MONOPOLIOS.─  El capitalismo, que es la forma económica más injusta que se pueda imaginar, y no siempre la más renditiva  provechosa desde el punto de vista de la producción misma, tiene sus más profundas raíces en el reconocimiento y la defensa de la propiedad monopolista, exclusiva, hereditaria.

La A.C.A. de Trabajadores rechaza todo concepto de monopolio en el usufructo de las riquezas sociales y reivindica el derecho pleno de la humanidad presente y futura a beneficiarse por igual, según las necesidades, de los bienes de la naturaleza y del trabajo del hombre. Sin reconocer una forma especial de organización de las futuras relaciones económicas, recomienda el comunismo como aquella condición que promete una más amplia garantía de bienestar y de libertad individual.

EL HOMBRE LIBRE EN LA SOCIEDAD LIBRE.─  Para el capitalismo y el estatismo dominantes, el ideal consiste en la esclavización y la opresión crecientes de las grandes masas en beneficio de las minorías privilegiadas del monopolio. La A.C.A.T. tiene por ideal supremo el hombre libre en la sociedad libre, y propaga su realización mediante la supresión revolucionaria del aparato estatal y de la organización económica capitalista simultáneamente, en la convicción de que la abolición del uno y el mantenimiento del otro conducirá irremisiblemente, como lo ha enseñado ya la experiencia, a la restauración del orden de cosas que se había querido destruir.

El socialismo libertario no puede ser realizado más que por la revolución social. En consecuencia, los trabajadores revolucionarios deben prepararse intelectual y prácticamente en el sentido de tomar posesión de los medios de producción, distribución y transporte a su alcance para utilizarlos automáticamente al día siguiente de la revolución, así como elaborar los medios de relación entre los diversos grupos de producción, o de lugar, sin que esto marque una única forma de convivencia revolucionaria, y siempre que se salven los principios fundamentales enunciado en nuestra finalidad.

MEDIOS DE LUCHA

1º. El objetivo de la organización obrera consiste en asociar a todos los asalariados para la lucha contra la clase explotadora, de acuerdo con el lema de la primera internacional: «La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos».

2º. Para que sea posible llegar a este objetivo, los métodos de acción deben estar en concordancia con la doctrina revolucionaria. De ahí que sean las prácticas de la lucha de la A.C.A.T. y de las organizaciones que la integran, la huelga parcial y general, el sabotaje y el boicot en los casos en que sea necesario practicar la solidaridad más allá de los respectivos planos nacionales.

3º. Se rechaza el arbitraje oficial y las intervenciones oficiosas para el arreglo de las controversias entre el capital y el trabajo. En consecuencia, será combatida la política de la colaboración de clases, comprometiéndose incluso las organizaciones obreras firmantes de este pacto solidario a combatir los proyectos legislativos que, en los respectivos países, tiendan a convertir en obligatoria la intervención del Estado en las huelgas y otros conflictos sociales.

4º. La base de las organizaciones obreras libertarias es el federalismo. Los individuos se asocian voluntariamente en el sindicato, los sindicatos forman las federaciones y el conjunto constituye el organismo nacional. De abajo arriba se establece la unión del proletariado, conservando tanto el individuo como el grupo asociado su autonomía dentro de la Internacional de los trabajadores.

 ─Las organizaciones por oficio o por rama industrial u organizaciones por fábrica en las modernas empresas racionalizadas, debe quedar librada a la mejor utilidad reconocida por los interesados. El federalismo es una concepción organizatriz en la línea convergente que no se destruye siempre que se obtenga la relación de intereses en el plano de la inmediata concreción de una fábrica, de un pueblo, de una región, teniendo en cuenta que el hombre se debe primero al medio ambiente en que vive como ente social y después a su oficio como productor.

5º. La Asociación Continental Americana de los Trabajadores se declara adversaria de toda política y rechaza todo compromiso o alianza con los partidos que aceptan la colaboración de clases y con los sectores sindicales que actúan en la esfera del Estado, sean parlamentarios o dictatoriales.

6º. La A.C.A.T. manifiesta su simpatía a todo ensayo proletario revolucionario para la consecución de su emancipación política, económica y social completa por medio de la insurrección armada.

7º. Como aspiración de futuro, la A.C.A.T. recomienda el comunismo anárquico, entendiendo que la propaganda de las ideas filosóficas del anarquismo debe ser la preocupación constante de todos los revolucionarios que aspiran a suprimir, con la tiranía económica del capital, la tiranía política y jurídica del Estado.

FINES INMEDIATOS

Sin renunciar a sus objetivos generales, al contrario como un medio eficaz de acelerar su realización, la A.C.A.T. propaga los siguientes fines inmediatos:

1º. Obtención de más altos salarios, es decir, de una mayor participación de los trabajadores en los resultados de la producción.
2º. Reducción de la jornada de trabajo.
3º. Defensa de las conquistas sociales, económicas y morales con todos los medios de la acción directa revolucionaria que no contradicen los elevados fines perseguidos.
4º. Lucha incesante contra el militarismo y la guerra, por la propaganda del boicot a la industria de los armamentos, de la negativa individual y colectiva a servir en el ejército, del desprestigio moral del oficio militar y de la huelga general revolucionaria y el sabotaje en caso de guerra.
5º. Desconocimiento de las barreras artificiosas de las nacionalidades estatales y proclamación de la patria universal del trabajo y de la comunidad de intereses de los trabajadores del mundo entero.
6º. Divulgación y afirmación de una mentalidad hondamente libertaria y de producción consciente como condición previa de una transformación social promisora.
7º. Ejercicio constante de la solidaridad en favor de las víctimas de la lucha revolucionaria contra el capitalismo y el Estado.
8º. Estímulo y apoyo a todas las corrientes y movimientos sociales y de cultura que, aun sin coincidir con nosotros en los objetivos finales enteramente, con su acción y propaganda contribuyen a debilitar los puntales del autoritarismo político y del privilegio económico, sin abandonar nunca la propia cohesión interna ni perder de vista las finalidades que singularizan el movimiento libertador del trabajo.

NOMBRE

1º. Con el nombre de Asociación Continental Americana de los Trabajadores se constituye una confederación continental de organizaciones obreras y campesinas de América que aspiran a la reorganización social sobre las bases de la libertad y de la justicia para todo y reconocen como medio de lucha al acción directa.
2º. La A.C.A.T. constituye un miembro colectivo de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

ADMINISTRACIÓN

1º. La A.C.A.T. se regirá por un secretariado de tres miembros nombrados en sus congresos, y por un consejo nombrado por las organizaciones adheridas a razón de un miembro por organización.
2º. La misión del secretariado consistirá en atender la propaganda internacional, el estrechamiento de relaciones entre el proletariado revolucionario continental, en la penetración en los países todavía no trabajados por el ideal revolucionario y en todo cuanto tenga atingencia con las necesidades de la lucha obrera en el terreno internacional.
3º. El consejo asesorará al secretariado y cooperará con él mediante sus informaciones y sus iniciativas.

CONGRESOS

Cada tres años se realizarán congresos continentales de delegados a fin de estudiar los problemas de teoría y táctica que se presenten y para atender a las necesidades nuevas de la propaganda y de la lucha.

SERVICIO DE INFORMACIONES

El secretariado editará una revista de informaciones y de propaganda, la que será distribuida proporcionalmente entre las organizaciones adheridas.

FINANZAS

Cada organismo adherente contribuirá a la propaganda internacional con la cantidad que le sea posible, pero se esforzará por establecer una cuota fija que sea aproximada, de ser posible, a la fiada por la F.O.R.A.: cinco centavos argentinos por asociado, que se distribuirán entre la A.I.T, la Continental y el Fondo de Socorro de la Internacional.

RESOLUCIONES

1. ─  DECLARACIÓN SOLIDARIA CON LOS PRESOS SOCIALES.

El congreso continental del movimiento obrero libertario, al iniciar sus sesiones, envía a las víctimas de la reacción en todos los países sus saludos fraternales. Se declara solidario en su lucha contra la reacción estatal, contra la opresión y contra la explotación. Que los compañeros que se encuentran tras los tétricos y fríos muros de la prisión en los desiertos helados de Siberia, en los presidios de Tierra del Fuego. Más afuera, Cuba, Colombia y otras partes o están forzados a llevar una vida de emigrantes políticos, estén seguros de que el movimiento obrero libertario del continente americano laborará con toda energía por su liberación. El grito de libertad en favor de los prisioneros por cuestiones sociales no enmudecerá hasta que se vea libre la última de las víctimas de la reacción y de la dictadura de no importa qué país. La acción para arrancar a las víctimas de la lucha social de las manos de los gobernantes fue siempre la tarea más sagrada del movimiento obrero libertario. Los compañeros perseguidos de todos los países pueden contar también para el futuro con la ayuda solidaria y la acción del proletariado de América.

2. ─ CONTRA LA REACCIÓN INTERNACIONAL

I

Consideramos uno de los deberes revolucionarios de esta hora la lucha contra el retroceso medioeval de los espíritus y de las instituciones sociales y políticas.

En esa lucha es preciso combatir con igual intensidad el militarismo, la guerra y la reacción, que son tres manifestaciones diversas de un mismo principio y de una misma aspiración.

En la lucha especial contra el militarismo se recomienda:

a)    La negativa individual a hacer el servicio militar; la negativa colectiva con el mismo fin.
b)    La divulgación de conceptos de responsabilidad que lleven el descrédito a la función militar y hagan un deber para el proletariado de la negativa a trabajar para el ejército, en paz o en guerra.
c)     La preparación y la divulgación de la idea de boicot completo, de víveres, municiones, transporte, etc., para el ejército y sus sostenedores.
d)    La propulsión de una literatura infantil que contrarreste el envenenamiento militarista de las escuelas del Estado.

Contra la guerra se reconocen como armas eficaces las anteriores y además la huelga revolucionaria o insurrección popular, con la consiguiente intensificación de la lucha y de la propaganda.

La lucha contra la reacción que complementa la lucha contra la guerra y el militarismo, debe hacerse ante todo por la afirmación de la solidaridad de intereses morales y materiales de los oprimidos y explotados de todos los países, por el boicot consciente y progresivo al estatismo, por el desenmascaramiento de la reacción que entraña la legislación obrera o social, por la campaña contra las exigencias cada vez mayores del aparato de dominación y de opresión, por la reivindicación de la libertad y de la igualdad para todos los seres humanos y, en fin, por el perfeccionamiento y la intensificación de la obra de conspiración material y espiritual permanente contra las iniquidades del privilegio y del despotismo.

El proletariado revolucionario de América, ante la abdicación casi completa ─contra la cual pesan muy poco las honrosas excepciones─ de las clases intelectuales y de las juventudes estudiantiles, tiene la grave responsabilidad y la alta misión de encabezar con sus propias fuerzas, sin rechazar por ello la adhesión de las buenas voluntades, la obra de la liberación del trabajo contra todas las doctrinas y tendencias de esclavización y de opresión del hombre por el hombre.

En ese esfuerzo, los trabajadores revolucionarios pondrán de su parte cuanto les sea posible para suscitar en todos los ambientes y movimientos, corrientes convergentes hacia el supremo ideal de todas las luchas del progreso: la instauración de un orden social de cosas en donde la vida del hombre tendrá las máximas posibilidades de desarrollo libre y armónico.

II

El congreso continental americano está firmemente compenetrado de que la preparación internacional para la guerra en todos los Estados tiene que ser contrarrestada igualmente por una agitación internacional antiguerrerista de los trabajadores.

El congreso constata por consiguiente con alegría la colaboración orgánica regular en la cuestión del antimilitarismo entre el Bureau Internacional Antimilitarista y la Asociación Internacional en el Comisión Internacional Antimilitarista.

El congreso exhorta a todos los antimilitaristas revolucionarios a sostener personal y colectivamente el trabajo internacional de la Comisión Internacional Antimilitarista.

a)    Adhiriéndose a la A.I.T. si se trata de sindicatos.
b)    Adhiriéndose al Bureau Internacional Antimilitarista si se trata de otras organizaciones.
c)     Adhiriéndose a la B.I.A si se trata de personas.
d)    Transmitiendo todos los acontecimientos importantes del país respectivo en relación al militarismo, al antimilitarismo, a la preparación de guerra, a la reacción, etc., a la Comisión Internacional Antimilitarista.
e)    Favoreciendo la más amplia divulgación de los comunicado noticias y artículos del servicio de la prensa de la C.I. Antimilitarista.
f)     Enviando a la C.I.A. periódicos y direcciones de organismos y personas que pudieran interesarse por el servicio de prensa.
g)    Conquistando suscriptores al servicio de prensa.


3.─ EL PROBLEMA INMIGRATORIO.
I

El congreso obrero continental reunido en Buenos Aires del 11 al 16 de mayo de 1929, ha fijado su posición ante el problema de la emigración de trabajadores, del siguiente modo:

La emigración no sólo hay que atribuirla a la superpoblación en los viejos continentes, sino ante todo también a la política económica capitalista. Los gobiernos capitalistas de los países europeos tienen un interés en librarse de las partes descontentas del proletariado sin trabajo, para apaciguar un factor de intranquilidad.

Los gobiernos capitalistas de los países de inmigración están interesados por su parte en recibir el mayor número posible de fuerzas de trabajo a fin de colmar el mercado del trabajo y de reducir los salarios. Con ese propósito emprenden los gobiernos capitalistas en América del Sur una propaganda en favor de la inmigración.

En las grandes ciudades de América del Sur, como Buenos Aires, Río de Janeiro, etc., existe hoy ya una gran desocupación. El congreso previene por tanto al proletariado de Europa ante los agentes de los capitalistas y de los gobiernos. Los obreros emigrantes, antes de emprender su emigración, deberán ponerse en relación con las organizaciones obreras de los países a donde quieren llegar, si es posible por intermedio de sus propias organizaciones, a los fines de informarse antes de partir sobre las condiciones de trabajo, la altura de los salarios, la situación del mercado, etc. Así protegen su propio interés, pues no necesitan aceptar, a causa del desconocimiento de la situación, trabajo en malas condiciones ni se verán en la penosa situación de tener que oficiar de opresores de los salarios frente a sus compañeros de trabajo o de poner en peligro las conquistas obtenidas por las organizaciones obreras.

El congreso dirige a los obreros emigrantes un llamado apremiante para que se organicen en los sindicatos revolucionarios a fin de defender los intereses de su clase. Al capitalismo internacionalmente organizado debe oponerle el proletariado mundial su organización internacional, revolucionaria y libertaria. Sólo por la abolición de la explotación económica y de la dominación política, sólo después de la supresión de todas las fronteras artificiales y de las diferencias de clase violentamente sostenidas pueden ser armónicas las relaciones de los obreros de todos los países y el tráfico entre pueblo y pueblo.

II

Como labores inmediatas se recomienda: Una intensa propaganda alrededor de las Casas de Inmigrantes a fin de que se conozca: 1º. Dónde están las sociedades obreras de resistencia en la capital y en el interior; 2º. Las condiciones de trabajo, lucha y propaganda; 3º. El significado y alcance de los arrendadores de tierras, particulares y del Estado. Y en fin, todas las cosas útiles con respecto al trabajo campesino, para orientación del inmigrante; 4º. Conocer la interesada propaganda de los consulados y delegados comerciales y divulgar la verdad al respecto, para que antes de cruzar el mar sepan lo que van a encontrar. Además, lo que son las empresas de inmigración y colocación. Crear a la par una estadística al respecto.

4. ─  EL PROBLEMA CAMPESINO

El congreso continental declara que el campesino representa un elemento de primer orden dentro de las luchas hacia la emancipación humana. Declara también que el hecho de que en América exista enorme porcentaje de campesinos en el proletariado, fortalece la circunstancia anterior. En consecuencia, exhorta a los organismos y a las individualidades a reivindicar al campesino del segundo término a que generalmente se le ha relegado y a interesarlo en nuestras organizaciones. Manifiesta además que es eficaz considerar las distintas condiciones morales y materiales del campesino de cada país, para encajar la técnica orgánica dentro de estas condiciones. Asimismo declara que la heterogeneidad de circunstancias en que está circunscripto el campesino de cada país reclama un más grande conocimiento del asunto y en consecuencia un más grande estudio teórico y material en cada caso. Para el efecto acuerda emprender una encuesta internacional por medio de la prensa revolucionaria; encuesta que tratará de aportar informes y análisis de los diversos movimientos del campo.

El movimiento campesino se tratará amplia y preferentemente en el próximo congreso continental a fin de encontrarle una solución lo más completa posible.

5. ─ INTERCAMBIO DE DELEGADOS

El congreso continental, reconociendo la importancia del intercambio de delegados entre los diversos países de América, recomienda al secretariado que estudie los medios de materializar esta iniciativa lo antes posible.

6. ─ JORNADA DE SEIS HORAS.3

Después de un largo debate, el congreso continental americano resuelve hacer suya la resolución sobre las seis horas adoptada en el tercer congreso de la A.I.T. celebrado en Lieja.

7. ─ PUBLICACIÓN DE UN MANIFIESTO.

El congreso continental comisiona al secretariado de la A.C.A.T. para editar un manifiesto dirigido al proletariado de Bolivia y del Paraguay, poniéndole de relieve el peligro de guerra y sus intereses comunes frente al enemigo común: el Estado y el capitalismo.

8. ─ EDICIÓN DE UN FOLLETO.

Se resuelve editar un folleto conteniendo los trabajos más importantes de carácter doctrinario que se han presentado a la consideración del congreso continental.

9. ─ EL TRABAJO A DESTAJO.

El congreso constituyente de la A.C.A.T. llama la atención sobre los perjuicios que ocasiona el trabajo a destajo que lleva al campo gremial la lucha de obrero a obrero, con peligro para los fines emancipadores, y en consecuencia recomienda a las organizaciones adheridas que hagan todo lo posible por desterrar esta práctica del sistema de explotación capitalista.

10. ─ RELACIONES CON LAS ORGANIZACIONES NACIONALES.

El congreso constituyente de la A.C.A.T., para el caso en que sea solicitada la adhesión de una organización sindical nacional en un país donde existe ya una organización adherida, resuelve ajustarse a lo resuelto por el primer congreso de la A.I.T. sobre las condiciones de la adhesión.

11. ─ CONTRA LAS DIVERSAS FORMAS DE EXPLOTACIÓN.

La Conferencia continental de trabajadores revolucionarios, aun propiciando con plena fe y confianza en el porvenir, una transformación completa del orden político y del orden económico burgués, reconoce la urgencia de la lucha por el pan y por los mejoramientos cotidianos como exponente de la voluntad proletaria de operar esa transformación.

Además, constata la multiplicidad de formas de explotación del hombre por el hombre, ─en el terreno de la industria, donde el hombre aparece como productor; en el comercio, donde aparece como consumidor; en el campo de las especulaciones financieras, en el radio de acción del capitalismo agrario y latifundista, etc. ─ y opina que la obra revolucionaria definitiva, lo mismo que la defensa cotidiana, deben llevarse a cabo en todos los frentes posibles.

12. ─ CREACIÓN DE ARCHIVOS

En cada país adherido se establecerá un archivo del movimiento obrero anarquista continental. Cada organización debe separar de cuantas publicaciones realice, manifiestos, volantes, periódicos, etc., tanto ejemplares como organizaciones cuente la A.C.A.T. y enviarlos a cada una de estas organizaciones a los efectos de ir desde ya formando estos archivos.4  

NOTAS:

  1. Transcribimos íntegramente del folleto Congreso Constituyente de la ACAT, Buenos Aires, ACAT, 1930, el informe de Diego Abad de Santillán sobre los acuerdos y resoluciones, y asimismo el texto anexo de Max Nettlau, (que en la fuente citada corresponde a las páginas 38/46) y es una Carta abierta sobre la significación del Congreso Obrero libertario americano (C.M.R.)
  2. Omitimos la nómina de delegaciones y personalidades asistentes por obvias razones editoriales. (C.M.R.)
  3. La finalidad principal de la jornada de seis horas era la de encontrar un remedio parcial a la desocupación obrera provocada por la crisis (A.J.C)
  4. Suprimimos la versión del acta de la sesión de clausura del congreso constituyente de la ACAT, que aparece firmada por Diego Abad de Santillán, autor asimismo de la redacción de los demás texto que anteceden (C.M.R.).