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miércoles, 23 de marzo de 2016

Anarquismo y Comunismo - Emilio López Arango

Para los comunistas anárquicos la división entre las palabras comunismo y anarquismo no existe. Sin embargo, no siempre corresponde la denominación de las teorías, máxime si a fuerza de sistematizarlas se olvida una parte de su esencia, al contenido que quieren expresar sus fórmulas exteriores o que se supone reside en las premisas de un programa.

No todos los anarquistas son comunistas –y no pocos, creyendo serlo, propagan teorías que niegan los fundamentos económico sociales del comunismo–, de la misma manera que no deben confundirse las tendencias autoritarias que invocan ese nombre sin verdadera idea de la comunidad, que para ser tal debe inspirarse en principios de libertad y justicia. El anarquismo es una concepción moral, en oposición a los dogmas consagrados y a los prejuicios hechos ley o costumbre. El comunismo es la utopía social, el hecho económico aún no realizado, el medio de convivencia que, si tiene algunos antecedentes históricos en las ciudades libres de la Edad Media y en las primitivas comunidades religiosas, no pueden sin embargo ser definido ni con las mueras experiencias del pasado ni con las demasiado agobiadoras realidades del presente. 

Si el anarquista es un inadaptado, un descontento instintivo, un hombre que lucha contra la opresión circundante y combate la tiranía ambiente para que esas cualidades negativas tengan algún valor, es necesario que al mismo tiempo plantee, aunque más no sea en teoría, la solución del problema social. He ahí pues, donde la teoría económica del comunismo se convierte en el objetivo substancial del anarquismo. Porque fuera de la sociedad no hay soluciones revolucionarias, justas y equitativas para la vida del hombre que aspira a ser un igual entre los iguales. 

Cabe pues, que definamos el valor o los valores de dos palabras que, unidas, representan una tendencia político-económica en pugna con los principios aceptados por todos los defensores del orden actual. Y nos interesa en particular la definición del comunismo, como base económica de la ideología anarquista, ya que las influencias autoritarias y capitalistas contribuyen hoy a alejarnos de la idea básica de la libertad, de la justicia y del derecho, que solo podrá ser efectiva en una comunidad de hombres que sepan practicar el apoyo mutuo. 

Entre la teoría política del anarquismo, fuertemente ligada a las corrientes liberales del siglo pasado, y el hecho económico que expresa la concepción comunista, se manifiestan no pocos antagonismos de doctrina y de táctica. Desde el individualista adverso a cualquier forma de organización, al adepto de la forma industrial, hay una variedad creciente de tendencia, escuelas y capillas. No nos detendremos a enumerar las diferentes corrientes que contribuyen en una u otra forma a crear el caudal ideológico del anarquismo. Lo que nos interesa por ahora es definir la justa equivalencia de dos conceptos que, separados, sirven de denominativo a las tendencias sociales más contradictorias y se prestan a toda clase de confusiones. 

El comunismo anárquico, para la mayoría de los que actúan al margen o por encima de la lucha de intereses económicos, entraña un principio de imposición por el hecho de esbozar un programa de futuro. Pero para los partidarios del sindicalismo posibilista la tesis comunista, como resultancia de la evolución social, está subordinada al proceso capitalista y en consecuencia sigue el ritmo histórico señalado por los teóricos del materialismo. 

Los que siguiendo las huellas de Marx aplican la teoría materialista ­–estrechas y rígidas en su pretendido cientifismo histórico– al movimiento de la clase trabajadora, se olvidan de las fuentes del comunismo. Se basan en el hecho de que los problemas sociales están sujetos al imperativo de la lucha de clases, esto es, al antagonismo de los intereses económicos, y, en consecuencia, corresponde a los trabajadores obrar como componentes de una clase específica y dirigir todos sus esfuerzos a la conquista de los medios de producción, distribución y consumo. ¿No está en esa tesis implícitamente reconocida la razón de ser del capitalismo? Propender a la conquista de las instituciones capitalistas, reconociendo la existencia del Estado o empeñándose en ignorarla, no significa un propósito de destrucción: por el contrario, se adelanta el deseo de conservar esas instituciones en la esperanza de que, bajo una nueva dirección, sirvan a los intereses de la clase trabajadora después de la derrota de la burguesía. 

Cabe pues, que formulemos esta pregunta: ¿Qué valor puede tener la conquista del poder económico por o para la clase trabajadora, si, circunscrito al cambio de directores, técnicos y administradores del trabajo y de la economía, persisten las causas del sometimiento del asalariado, la incapacidad de la mayoría para la auto-producción y auto-gobierno, la dependencia de hecho de las grandes masas a sus jefes y guías? De una restauración capitalista mediante el cambio de gobernantes, sale siempre fortalecido el capitalismo.

Debido a la preponderancia de los factores materiales –a la subordinación del individuo a las llamadas necesidades sociales, que regulan las potencias políticas y financieras– de la ciudad han desaparecido completamente los fundamentos éticos del comunismo. La comuna no puede tener un equivalente en los emporios capitalistas –en las modernas citys del parasitismo burocrático, de los mercaderes y politicantes–, porque toda posibilidad de colaboración desaparece bajo el peso aplastador del Estado y del capitalismo. El obrero es un simple accesorio de la máquina económica y sus ideas, sus aptitudes y voluntad se mecanizan con la disciplina del trabajo impersonal. De ahí que llegue a suponer que la vida humana depende de sus labores, no importa que sean de carácter nocivo o completamente superfluo, concediendo escasa importancia a las tareas agrícolas. 

Si el problema actual, para los obreros de la industria, consiste en aumentar la capacidad del capitalismo en esa fase de la producción ¿en qué condiciones estarán mañana para suprimir las industrias no útiles, la burocracia y el parasitismo que exigen tanto el aparato estatal, como al administración y al dirección técnica de las grandes empresas? ¿Cómo harán frente al problema que significa desmontar la máquina del Estado político, sustituyendo sus engranajes con los complicados resortes de la economía capitalista?

Para los pregoneros del comunismo industrial –que como vemos es una negación del comunalismo–, no tiene importancia ese problema post-revolucionario. Dentro de su fórmula –“crear la sociedad nueva dentro del cascaron de la vieja”– pretenden encerrar todas las contingencias posteriores a la revolución, precisamente porque aceptan la posibilidad de un gobierno de la economía después del triunfo de los trabajadores y de la caída del poder burgués. Pero el Estado económico, que es en resumidas cuentas una supervivencia del capitalismo, aún cuando cambie el orden de las clases en el usufructo del poder y de las riquezas, ¿no necesitará de un aparato gubernamental, de leyes y de ordenanzas para regirse y de ejércitos y policías para mantener su equilibrio? La conservación de la organización industrial arrebatada al capitalismo obligará a los trabajadores a conservar el resto del aparato político y judicial: el Estado. 

Hay, pues, un error fundamental en ese pseudo-anarquismo industrialista, es la tendencia llamada reconstructiva porque aboga por la organización del trabajo siguiendo el curso del proceso de centralización industrial y que hace depender el futuro de la humanidad de las aptitudes del obrero para transformarse en la clase dirigente. Y ese error aleja a los pueblos de las fuentes más puras de la revolución. Que no tiene contenido espiritual en las ciudades invadidas por la fiebre capitalista y por la pasión autoritaria. 

Para retornar a las fuentes del comunismo, sin el cual no es posible concretar en una realización social las ideas anarquistas, es imprescindible combatir toda tendencia encaminada a conservar el régimen capitalista después de la revolución. En consecuencia, debemos buscar en el comunalismo, esto es, la raíz de las sociedades humanas, las demostraciones históricas que prueban la posibilidad de la vida social prescindiendo del capitalismo y del Estado. 

En la comuna está el fundamento de las teorías anarquistas, porque la concepción libertaria no tendría una verdadera base revolucionaria si eludiera la solución del problema económico en beneficio de todos los seres humanos.

***

Para los anarquistas no puede depender el hecho revolucionario del fortalecimiento del Estado. La mentalidad ciudadana, tanto por los hábitos políticos como por la prevalencia de las necesidades creadas por el régimen industrial, es refractaria a la idea del comunismo. Por eso los políticos socialistas subordinan la concepción comunista al imperativo de las necesidades que suponen están determinadas por el fatalismo histórico, que es la base “científica” de las teorías económicas de Marx. 

El anarquismo, idea de libertad y justicia, tiene en la comuna su base económica. Hoy resulta un tanto difícil concebir el valor de este principio. El proletariado industrial, movido por necesidades perentorias, hecho a imagen y semejanza de la sociedad que lo esclaviza, ignora el trabajo verdaderamente creador y útil, vive desarraigo de la tierra, fuente de toda riqueza. La ciudad está en permanente litigio con el campo, al que domina con el poder de sus finanzas, con la potencia de sus máquinas, con el arma política que forja las más odiosas tiranías y las mentiras más engañosas. No es posible defender la integridad de las ideas anarquistas eludiendo la solución del problema campesino, que es la raíz histórica de la comuna libre. El comunalismo tiene su base en el campo, en el trabajo fecundo de las comunidades campesinas en el retorno a la vida sencilla en contacto con la naturaleza, depurada de errores pretéritos y de las desviaciones y extravíos generados por el egoísmo y la maldad del hombre civilizado...

La simplificación de la vida traerá como consecuencia el derrumbe del sistema capitalista. El trabajo tendrá una verdadera utilidad, para la satisfacción de las necesidades fisiológicas, y la ciencia redimirá al hombre del pecado capital: la explotación. ¿Podrá el proletariado llegar a vencer las preocupaciones que hoy esterilizan sus mejores energías y libertarse de la cadena que lo ata al régimen social que cree combatir y demoler imitando a sus enemigos? 

He aquí una respuesta que en vano buscaríamos en los hechos que sirven para explicar el creciente avance de las ideas autoritarias y la desviación del movimiento revolucionario por el predominio de las preocupaciones materialistas en los sectores influenciados por los teóricos del social-estatismo y del pseudo-comunismo industrialista. 


Emilio López Arango




Tomado del Libro «Ideario Del pensamiento anarquista en el movimiento obrero»

domingo, 14 de junio de 2015

Cuando en 1893 declararon el comunismo anarquista en Brasil - Ángel Cappelletti

Pintura retratando Canudos antes de la guerra.
En 1893, un lustro apenas después de la abolición de la esclavitud, Antonio Conselheiro, con un grupo de campesinos, ocupó la abandonada hacienda de Canudos y estableció allí una comunidad de trabajadores, sustraída tanto a la explotación de los latifundistas como a las leyes del Estado republicano, basada hasta cierto punto en la autogestión. Nada tiene de extraño que llegara pronto una multitud de esclavos a quienes la manumisión había dejado sin trabajo ni medios de vida y que algunos meses después hubiera en Canudos más de 25.000 habitantes dedicados a trabajos agrícolas y ganaderos. El régimen era sin duda comunista, pues estaba fundado, como dice Euclides da Cunha, en «la apropiación de los objetos muebles y de las casas, y en la comunidad absoluta de la tierra, de las pasturas, de los rebaños y de los productos de cultivo»1 

Antonio Conselheiro profesaba una suerte de comunismo cristiano, combatía el alcoholismo tanto como la influencia del clero, no reconocía el Estado ni las autoridades constituidas, se negaba a pagar impuestos, no sentía ningún respeto por los militares, permitía el divorcio y el amor libre, y, por encima de todo, atacaba la propiedad privada. Ya el 6 de mayo de 1887 el conservador Jornal Do Comercio, de Río de Janeiro, anunciaba y denunciaba que «Antonio Conselheiro andaba predicando doctrinas subversivas entre las poblaciones que recorría, causando con ello un gran perjurio a la religión y al Estado, hasta de sustraer a muchos de sus ocupaciones» Aún antes, en 1882, el arzobispo de Bahía, en una circular a los párrocos de su arquidiócesis, los instaba a que prohibieran absolutamente a sus fieles escuchar las prédicas de Conselheiro2. Iglesia y Estado no podían tolerar obviamente una sociedad que desconociera la autoridad de una y otro, aun cuando en ella los crímenes fueran muy raros (y castigados no con prisión o muerte sino con la simple expulsión). No por nada el barón de Geremoabo se refería a la «secta comunista» cuyo jefe era Conselheiro3. Rui Facó recuerda que en Canudos «los robos y saqueos estaban rigurosamente prohibidos, y la obediencia a estos preceptos llegaba hasta el extremo de no tocar, en absoluto, los cargamentos de los convoyes dispersados y diezmados: carnes, harinas, cereales y aun dinero eran abandonados en el lugar donde caían»4. Cuatro expediciones militares fueron sucesivamente enviadas contra Canudos. Las tres primeras fracasaron, dejando en los campos de batalla no menos de cinco mil muertos. El mismo ministro de guerra, mariscal Carlos Machado Bittencourt, se movilizó hacia Canudos hasta que éste al fin cayó y fue aniquilado.

Esta larga historia de luchas sociales e insurrecciones populares constituye, sin duda, un antecedente remoto y genérico del anarquismo en Brasil, el cual no surge, sin embargo, como tal, sino cuando se produce el fenómeno de la masiva inmigración europea, es decir, en las dos últimas décadas del siglo XIX y las dos primeras del XX.


Ángel Cappelletti 


Fragmento del Libro El Anarquismo en América Latina. El título del artículo no corresponde al original. 


1 – Euclides da Cunha, Os Sertoes, Río de Janeiro, 1903 (Hay traducción española: Los Sertones, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1980)

2 – Edgar Rodrigues, Socialismo e sindicalismo no Brasil, Río de Janeiro, Laummert, 1969, p. 53.

3 – Afranio Coutinho, A literatura no Brasil, Vol III, Tomo I, Río de Janeiro, 1959, p. 305 (Cfr. Macedo Soares, A guerra dos Canudos, Río de Janeiro, 1903; Euclides da Cunha, Canudos, Río de Janeiro, 1903).


4 – Rui Facó, Cangaceiros e fanáticos (citado por E. Rodrigues en Socialismo e Sindicalismo no Brasil) 

lunes, 8 de octubre de 2012

Comunismo Libertario (Una aclaración básica e interesante)

Desde  Eolo Panclasta:
Una aclaración básica pero interesante sobre el Comunismo Libertario. Pongo un fragmento que he extraído de aquí: http://www.alasbarricadas.org/forums/viewtopic.php?p=478032#p478032 

1-El Comunismo Libertario tiene como padre al poco conocido anarquista italiano Carlo Cafiero (1846-1892). En su obra Anarquía y Comunismo, escrita en 1880, realiza una revisión al colectivismo de Bakunin, alegando que la teoría del valor-trabajo (Se obtiene de la sociedad la parte proporcional a lo que se ha producido, con lo cual, los medios de producción son colectivos, pero lo producido es individual) produciría una sociedad desigual, con distinciones de clase (Entre habilidosos y torpes), algo indeseable para el anarquismo. Más tarde Piotr Kropotkin (1842-1921) conoció a Cafiero y maduró sus ideas. Publicando en 1892 La conquista del pan, obra clave que definiría el comunismo libertario, mostrando una sociedad basada en el principio de Necesidad (Lo producido se distribuye según la necesidad, siendo pues comunales tanto los medios de producción como los propios productos, con lo que se logra una sociedad totalmente igualitaria). El comunismo libertario se opone a la dictadura del proletariado propia del Marxismo como punto para llegar a la sociedad igualitaria, al igual que el resto del movimiento anarquista.

Es pues el comunismo libertario una rama del anarquismo, producto del pensamiento de anarquistas, y no una síntesis con la teoría marxista. De hecho, no incorpora nada de la teoría marxista, ya que ésta defiende el valor-trabajo y la existencia del dinero en las primeras fases del socialismo, algo que no es compartido con los comunistas libertarios.
 
2-El símbolo de la A circulada no fue utilizada por el movimiento anarquista hasta finales de la década de 1960. El símbolo de la hoz y el martillo empezó a ser utilizado por los bolcheviques (marxistas) rusos en 1917, simbolizando que la revolución unía a campesinos y obreros. Ambos símbolos son pues muy posteriores al nacimiento del comunismo libertario. Los símbolos que encontramos más arriba son producto de gente que, desconociendo los orígenes del comunismo libertario, pensando que se trataba de la síntesis de anarquismo y marxismo, han decidido crear un símbolo que representa una idea errónea.

3-El nombre de comunismo libertario no proviene de la síntesis, sino de la oposición, siendo denominado a menudo el marxismo por los anarquistas como “Comunismo Autoritario”.

4-Tampoco es la síntesis de comunismo y anarquismo la teoría conocida como Marxismo Libertario, ya que ésta teoría defiende la dictadura del proletariado, eso sí, dando menos importancia al partido y más a colectivos y consejos obreros, formando estructuras más libertarias(pero no antitautoritarias, como en el caso del anarquismo). Es por tanto el marxismo libertario una rama del marxismo que tampoco tiene nada que ver con el anarquismo.