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sábado, 2 de abril de 2016

Independencia política y esclavitud económica - Emilio López Arango

Todos los movimientos políticos de independencia nacional son en su origen manifestaciones del descontento popular. Los pueblos sufren la explotación directa del capitalismo, se ven obligados a luchar contra los amos de la tierra, de las industrias, de todas las fuentes de producción y progreso; pero no siempre llegan a descubrir las raíces históricas del mal. Si los explotados son extranjeros, y a la vez que el poder económico detenta el político, se subvierte el principio clasista por la prevalencia de preocupaciones raciales, idiomáticas o simplemente nacionalistas, fenómeno éste que produce una absurda alianza entre el proletariado y la burguesía para luchar contra el supuesto enemigo común.

Los movimientos nacionales de independencia, aún cuando en periodos de miseria dirigen sus esfuerzos a la atracción de las masas descontentas –y al generalizar su espíritu xenófobo señalan como enemigo al explotador extranjero–, se despreocupan por completo del problema social. Son movimientos políticos, de la burguesía y de la clase media, que tienden a asegurar el dominio de una casta gobernante autóctona, pero que eluden plantear conflictos serios al capitalismo expoliador. Por otra parte, en el nacionalismo entran también en juego intereses ajenos a la emancipación política de la burguesía nacional: influencias extrañas que mueven a los principales actores de vulgares e indignas farsas patrióticas.

No desconocemos las causas históricas que determinaron el desmembramiento del imperio colonial español. Esas mismas causas obran como factores determinantes en la composición y descomposición de todos los imperios, aún de los que disfrazan el dominio de la metrópoli industrial, militarista y política con protectorados forzosos y con tutelas que pretenden ser paternales. Mas no podemos desconocer tampoco que con la bandera del nacionalismo las burguesías locales –o de las colonias “en mayoría de edad”– buscan su emancipación política, no como un resultado natural de las aspiraciones de la Nación, sino simplemente como la consecuencia obligada de su desenvolvimiento como clase privilegiada e inteligente. La “intelligenzia” actúa sobre la base del nacionalismo para destacar su poder de casta, sin que por ello llegue a libertarse de la tutela del capitalismo y de las preocupaciones burguesas predominantes.

La independencia de América fue el resultado de la “intelligenzia” francesa –de las corrientes democráticas que llegaban de Europa por la vía transatlántica– y no el fruto de un movimiento de redención de los parias sometidos, más que el poder político de las metrópolis colonizadoras y conquistadoras, al poder económico de los amos, extranjeros y criollos. De ahí que la emancipación política de la colonias americanas haya sido conseguida a expensas de los nativos, para beneficio de la burguesía criolla y de los capitalistas que llevaron a cabo la segunda conquista: la industrial y comercial.

Se explica que la independencia política de los Estados desprendidos del imperio colonial español y del resto de las colonias europeas en América, no haya operado un proceso social paralelo en las condiciones morales y económicas de los parias nativos. La esclavitud del indígena, si fue sancionada por la conquista respondiendo a motivo políticos y a razones de soberanía, no por eso deja de ser un hecho indiscutible que se hizo más precaria con el desarrollo de la burguesía local y con el cosmopolitismo capitalista. Los descendientes de los conquistadores –los criollos, mestizos o de la sangre europea–, formaron la burguesía y la “intelligenzia” americanas. Extraños a la vida y a los dolores e infortunios de los indios, su nacionalismo fue más ultramarino que autóctono: una especie de malentendido familiar con sus progenitores, que terminó con el reconocimiento de la mayoría de edad en los hijos cansados de la tutela paterna.

Ese hecho tiene una trayectoria de más de un siglo, pero ofrece hoy las mismas características. El patriotismo criollo, de la ciudad industrial y cosmopolita, invade la campaña en los períodos electorales. Se infunde en los nativos, con el alcohol que los envenena y aniquila, ideas extrañas a sus costumbres y a sus hábitos sencillos. Sin embargo, esa noción política de la nacionalidad no juega ningún papel en la vida esclava y miserable de las poblaciones indígenas, porque el enemigo natural de los campesinos pobres es el político criollo, el funcionario del Estado, el gendarme que representa a la patria para defender los intereses de gentes extrañas adueñadas de las tierras de sus abuelos, del producto de su trabajo y del pan a sus hijos. 

Resulta ridícula la propensión xenófoba de los criollos de América. Nace en la ciudad, como producto del nacionalismo y como preocupación dominante en la “intelligenzia”, ese artificioso movimiento contra lo extranjero. Son los hijos de extranjeros, de inmigrantes enriquecidos en el comercio, con apellidos exóticos casi siempre, los que fomentan el patriotismo de bullanga. Y son esos mismos patriotas, que ignoran hasta qué extremo aceptan la servidumbre del capital y hasta que límite la Nación está encadenada a intereses bastardos, los que señalan como enemigos a los trabajadores que luchan contra las fuerzas opresoras que ahogan todo esfuerzo libertador en las masas oprimidas. 

Los feudos industriales y agrícolas, el monopolio del comercio interior y exterior, la banca y las finanzas, están en las repúblicas latino-americanas en poder de compañías extranjeras. Ese fenómeno explica la sujeción de los gobiernos criollos a las metrópolis financieras dominantes en todo mundo, a las reyecías del franco, de la libra esterlina y del dólar. Pero la burguesía criolla es patriota y nacionalista. La casta de la “intelligenzia” difunde en el pueblo el orgullo nacional, recuerda constantemente a los héroes de la independencia americana, exhibe como un motivo literario viejos arquetipos de una raza vencida y humillada. 

De ese nacionalismo grotesco surge la contradicción más flagrante. La pequeña burguesía y la clase media, los intelectuales y los políticos, ocupan puestos privilegiados en las grandes empresas extranjeras, ofician de agentes del capitalismo en su calidad de funcionarios del Estado y son de hecho los ejecutores de la política opresiva de los consorcios financieros adueñados de todas las fuentes de riqueza del país. Y los mismos gobiernos, factores de la invasión capitalista en América, ¿cómo contemplan los problemas nacionales? Acorralando a los indios en los últimos reductos que conserva aún su raza del despojo organizado por los patriotas de la ciudad, para los que “pioneros” de la libra esterlina y del dólar no encuentren obstáculos en su avance.

El nacionalismo y el capitalismo se confunden. Las patrias chicas viven en estrecha dependencia con las grandes naciones conquistadoras y colonizadoras; y esa conquista pacífica, que realizan en América las grandes compañías explotadoras, cuenta con el apoyo de la burguesía y de la “intelligenzia”, que encuentra útil para su dominación política el yugo impuesto a los trabajadores por un poder económico extraño a las preocupaciones nacionalistas y a la xenofobia de los patriotas por tradición.



Emilio López Arango 



Tomado del Libro «Ideario Del pensamiento anarquista en el movimiento obrero»


















domingo, 27 de marzo de 2016

Las tendencias autoritarias en América - Emilio López Arango

El siguiente texto fue escrito a principios del siglo XX por el comunista anarquista de origen español residente en Argentina, Emilio López Arango. No sabemos la fecha precisa de su primera publicación que, creemos, fue difundida por la prensa anarcosindicalista de la época. Para la transcripción hemos empleado el libro compilatorio de sus textos, «Ideario del pensamiento anarquista en el movimiento obrero», Ediciones FORA, 2013. (N&A) 

Las ideas de autoridad tienen en América el mismo origen que en Europa y el resto de los continentes: nacieron con las primeras organizaciones político-religiosas, con la primera casta usurpadora, con el primer cacique de tribu. Pero las tendencias del Estado –esa especie de subordinación de toda la autoridad en manos de una minoría privilegiada, que no es religiosa, ni atea, ni aristócrata, ni plebeya– tienen una representación muy mezquina y gregaria en estas repúblicas del caudillismo patricio de la democracia importada.

El capitalismo es una producto que recién se arraiga en este suelo (hablamos del término que expresa ese fenómeno de la civilización capitalista), no por su grado de cultura civil, sino simplemente por los aspectos generales de su desarrollo material y que lucha por imponerse contra la burguesía criolla, poco apta para aceptar esa transformación en sus hábitos y costumbres. De ahí la característica del patriotismo latino-americano, cuyas exteriorizaciones son muchas veces la consecuencia del odio a todo lo extraño, pero que sin embargo acepta la servidumbre económica que imponen los invasores a condición de que se respete la independencia política de las criollocracias.

No seremos los anarquistas quienes nos esforcemos en alentar esa aversión del nativo a la cultura europea, aun cuando por progreso se entienda la capitalización y la industrialización de estas colonias republicanas. Pero es necesario comprender la verdadera importancia del fenómeno que opera en los países latinoamericanos, el avance del capitalismo y la obligada adaptación del pueblo a las nuevas condiciones de vida. La afluencia de capitales para explotar industrias nuevas o transformar el sistema de producción actual, determina un cambio radical en los hábitos y costumbres, no sólo de la burguesía criolla, sino también del proletariado. En las ciudades y centros industriales abiertos a la inmigración, que cuentan con un buen número de trabajadores europeos, no es difícil operar ese proceso de asimilación a las contingencias del progreso económico; pero en el interior, en los feudos agrícolas alejados de todo contacto con las ideas modernas, en las vastas regiones donde le indio y el criollo constituyen la fácil presa del capitalismo, la conquista industrial se realiza a la manera de las conquistas guerreras: por el método del exterminio de los no aptos para luchar contra el nuevo régimen de explotación.

Teniendo en cuenta la diversidad de cultura y de aptitudes en el proletariado de América, que tiene sus dos polos en el nativo y en el obrero extranjero o de origen europeo, se comprende por qué las tendencias autoritarias modernas toman más arraigo en las ciudades y centros de influencia capitalista. El avance industrial está acondicionado por las aptitudes productivas de la clase trabajadora donde no hay un proletariado capaz de poner en movimiento la máquina económica; rindiendo todos los beneficios que puede aportar la explotación de las riquezas naturales del suelo o del subsuelo, el capitalismo debe esforzarse por crearlo. Y en esa improvisación exige el sometimiento de los pueblos que viven una vida más primitiva y más simple y el exterminio de los inadaptables.

La conquista de América para el capitalismo exige más víctimas que las que costó al indio su sometimiento a los conquistadores de un imperio colonial para España, Inglaterra y Portugal. Es esta una conquista pacífica, sin estruendo, astuta y diplomática, que cuenta con la complicidad de los gobiernos y de las castas burguesas y patricias formadas por el aluvión de todos los pueblos lanzados a la aventura en este continente. Pero basta con dirigir una mirada al doloroso espectáculo que diariamente ofrece esa lucha despiadada de los traficantes y negreros, para comprender el inmenso dolor que se oculta bajo la máscara de la civilización impuesta al nativo con la férrea ley del salario. 

En las campiñas americanas, en las selvas vírgenes de este continente abierto a todas las piraterías, en las regiones donde el indio aún se mantiene intacto en sus hábitos y costumbres, la explotación asume caracteres espantosos. No hay otra ley que la de la conquista en las criollocracias de América. La burguesía alienta ese avance de la civilización capitalista arrasando las tolderías indígenas, transformando al nativo en siervo, estableciendo avanzadas del ejército en las zonas peligrosas. ¿La mayor gloria de los generales criollos no consiste en haber sometido a las tribus que se empecinaban en conservar como propio el régimen de los primitivos habitantes de este continente?

Para asegurar la dominación del capitalismo hay que transformar el medio social. Esa transformación se opera aniquilando la raza india, degenerando a la población nativa, convirtiendo a los obreros del campo en máquinas de producir alimentos a fuerza de alcohol. ¿Qué otra cosa hace el capitalismo en los ingenios azucareros del norte de la república, en los yerbales del Paraguay y Misiones, en las “facendas” y cafetales del Brasil, en los quebrachales del Chaco y en todas las regiones industrializadas mediante ese sistema de conquistas? No existe un proletariado con aptitudes para operar el cambio que supone el régimen capitalista; pero hay en abundancia carne barata de explotación y poco cuesta sacrificarla. ¿El porvenir de la raza, los ideales humanitarios, los sentimientos y las ideas de fraternidad? Esas preocupaciones no figuran en los libros de las grandes y pequeñas empresas exploradoras.

Al amparo de la conquista económica de América, realizan su conquista los partidos políticos modernos. Las tendencias autoritarias prescinden de todo idealismo, no tienen en cuenta el problema de humanidad que plantea a los nativos esa transformación violenta del régimen económico, preocupándose solo del aspecto material de la cuestión. Para los socialistas es una necesidad fatal el exterminio de los inadaptables a las nuevas condiciones de vida. ¿Acaso el “materialismo histórico” no exige, como condición previa, que los obreros se transformen en engranajes de la máquina económica montada por el capitalismo? Para al Súper-Estado es necesario poner a los trabajadores en un plano superior de capacidad productiva y dotarlos de una disciplina necesaria para que se muevan conforme a un complicado sistema de relojería. Y, claro está, el indio está muy lejos de poseer esas cualidades. Posee, ante todo, espíritu de independencia y costumbres que lo alejan de las corrientes autoritarias del marxismo, la indolencia heredada de una raza que no conoció los alambrados de púa, los límites fronterizos y las obligadas jornadas de trabajo. 

Se comprende, pues, que el avance del socialismo de Estado en los pueblos de América tenga su regulador en la conquista industrial de la criollocracia. La burguesía se va adaptando a las nuevas condiciones, imita todo lo europeo, vive con la preocupación de las fórmulas del viejo mundo. Pero las poblaciones indígenas no comprenden ese cambio en las relaciones sociales y en su convivencia, por lo que viven en un completo divorcio con las clases dirigentes de la ciudad y hasta con los obreros de los centros industriales, que muy poco se preocupan de su situación de parias. 

Para afianzar el poder del capitalismo en los cacicazgos americanos y operar la transformación exigida por el “materialismo histórico”, los partidos socialistas americanos cuentan con el concurso de la burguesía, de la burocracia ciudadana y de los trabajadores adaptados a las necesidades del llamado progreso industrial. Las ideas de libertad tienen por base la independencia de los pueblos y la autonomía de los individuos, se manifiestan como legítimos actos de reacción contra el poder absorbente del capitalismo, palpitan en el alma de los hombres que saben apreciar el valor de su propia independencia. Y ese espíritu de rebeldía, que existe instintivamente en todos los pueblos y es más efectivo en las razas “inciviles”, choca con el autoritarismo de los marxistas empeñados en transformar el mundo en una máquina de precisión. 

Se comprende por qué el socialismo de Estado no se arraiga en la conciencia de obreros del campo americano. Esas tendencias autoritarias son la negación de la libertad individual y se basan en hechos materiales que no tienen una representación efectiva en los medios económicos libres de las preocupaciones capitalistas. Por eso la conquista económica de América va paralela al desarrollo de los partidos socialistas, que no hacen otra cosa que alentar la dominación de la burguesía y ahondar el conflicto que existe entre la ciudad y el campo como una consecuencia de la guerra entablada por el capitalismo a los trabajadores que se resisten al nuevo yugo. 

La lucha contra la dominación capitalista en este continente supone a la vez una acción defensiva contra las tendencias autoritarias. Marx es el guía de los aventureros que se lanzan a la conquista industrial, comercial y financiera de las criollocracias americanas.



Emilio López Arango 

miércoles, 26 de agosto de 2015

Cambio de táctica - Manuel González Prada

Cuando los gobiernos temen alguna convulsión política o social, suscitan discordias internacionales o fingen creer en los propósitos bélicos de sus vecinos. Invocando el amor a la patria, arrojan una ducha helada sobre el calor tórrido de los más levantiscos. Naturalmente, el mundo oficial proclama la necesidad de armarse; y como para ello se requiere dinero, vienen en seguida las operaciones financieras. Realizado el armamento de la Nación, se vuelve contra los adversarios interiores el arma traída para servir contra el enemigo exterior: el aumento de la fuerza militar coincide casi siempre con la disminución en las libertades públicas. 

Más que para defender la integridad del territorio y el honor de la bandera, los gobiernos fomentan, pues, ejércitos para contener las revoluciones y afianzarse en el poder. Sin compactas legiones de pretorianos, el Sultán yacería en el fondo del Bósforo, el Zar se bambolearía en el extremo de una soga, el Emperador de Alemania bramaría en la jaula de un manicomio, el Rey de España haría de monaguillo en una escuela de hermanos cristianos, el Emperador de Austria serviría de portero en una casa de señoras amables y complacientes. 

Al ejército se le encomia, no sólo por ejercer el noble oficio de guardián de las fronteras sino por desempeñar en las ciudades la altísima función de mantener el orden público; es decir, salvaguardar la vida y los intereses de los ciudadanos. Por ciudadanos entiéndase clases privilegiadas, pues a nadie se le ocurriría figurarse que rifles y cañones sirvan para defender el pellejo y los harapos de la muchedumbre: la canalla no vale como persona defendible, sino como fuerza muscular explotable. 

¡El orden público! Estas palabras encierran la virtud de ser usadas con tanto derecho por un autócrata de Asia como por un presidente de Suiza. El orden público, dice el Sultán, y siembra cien mil o doscientos mil cadáveres en los pueblos de Armenia y Macedonia; el orden público, dice el Zar, y lanza sus cosacos a vengar en el huelguista ruso los golpes recibidos en Manchuria; el orden público, dice el reyezuelo del África Central, y manda empalar al prisionero traidoramente cogido en una razzia; el orden público, dice el grotesco presidente de Bolivia, y se enrojece las manos en la sangre de Lanza, después de habérselas dorado con el oro chileno. 

Hay orden público mientras el patrón esquilma desvergonzadamente al proletario; reina el desorden, si el proletario no quiere seguir dejándose sacrificar por los patrones. Si un caldero estalla y produce la muerte de diez o doce operarios, no se altera el orden público; pero si treinta o cuarenta operarios destrozan el motor de una fábrica, el orden público se halla seriamente amenazado. 

La amenaza exige medidas de represión cuando los jornaleros suspenden sus faenas para demandar aumento de salario y disminución en las horas de trabajo. Si el grupo rebelde no es numeroso, se le aísla, se le cortan los víveres y se le somete por el hambre. Si la huelga adquiere proporciones alarmantes y posee la fuerza suficiente para arrollar al polizonte o guardia civil, entonces acude el soldado.

Es de verse el heroísmo del ejército para defender al ahíto y despachurrar al hambriento. De general a soldado raso, todos revelan el mismo encono y la misma fiereza con el huelguista. ─¿Pides pan?, pues come hierro y plomo.─ ¿Pides justicia?, pues calla eternamente. Las ciudades se transforman en selvas, los obreros en animales de caza, los militares en sabuesos y galgos. Los que se dejaron arrollar en las fronteras o retrocedieron ante los negros de África marchan de triunfo en triunfo, pisoteando las entrañas de niños, de mujeres y de ancianos. Porque el heroico defensor del orden público descarga el rifle, sin averiguar por qué ni sobre quién, importándole un bledo que la bala hiera al amigo, al hermano, al padre o al hijo. Merced al ambiente degenerador de la caserna, el hombre se transforma en animal adiestrado para embestir a sus compañeros; peor aún: se convierte en máquina para funcionar con rigidez matemática, pulverizando con tanta indiferencia al grano que nada siente como a la carne que gime de dolor.

Y ¡esto nos ofrecen por tema de admiración y ejemplo los glorificadores de la carrera militar! No, no merecen admiración ni pueden servir de modelo los polizontes del rico, los sicarios del obrero, los profesionales del asesinato. ¿Puede haber cerebro más lóbrego ni corazón más duro que el cerebro y el corazón de un hombre encanecido bajo el uniforme? Lo más inteligente y lo más sensible de un viejo inválido es su pata de palo. Por abusivos y despóticos, por inflados y soberbios, por inhumanos y crueles, todos los portadores de sable son igualmente aborrecibles, desde el gran mariscal que llora lágrimas de cocodrilo al divisar el campo de batalla donde acaba de hacer morir a cincuenta mil desgraciados, hasta el cabo instructor que arroja una lluvia de palos sobre el humilde recluta por no haber adquirido el suficiente grado de embrutecimiento para convertirse en autómata de evoluciones militares. 

La Humanidad avanza muy lentamente, porque al acelerar el paso, tropieza en las redes de un sacerdote o se hiere en la bayoneta de un soldado. El reino del sacerdocio declina: el imperio de la milicia no da señales de concluir. El hisopo nos arroja de cuando en cuando algún asperges inofensivo aunque mal intencionado; el sable nos quebranta diariamente los huesos o nos desangra las venas. La blusa tiene su peor enemigo en la casaca. La sociedad burguesa puede compararse a un vetusto edificio que amenaza ruina. Los nobles, los capitalistas y los sacerdotes son apolillados y endebles puntales que nada sostienen; las columnas de hierro macizo, los que impiden el derrumbamiento final, son los militares. 

Los actuales horrores de Rusia revelan todo lo que saben realizar los defensores del orden público. De una huelga contenida con el rifle, de esa revolución sofocada por el pretoriano, de esa muchedumbre azotada, sableada y fusilada, surge una lección. Se impone un cambio de táctica. El poder destructor de las armas modernas, la velocidad en la transmisión de órdenes por medio del telégrafo, la facilidad de la concentración y movilización de enormes masas aguerridas, hacen muy difícil, si no imposible, el buen éxito de revoluciones populares, sin base en alguna fracción del ejército. Se gira en un círculo vicioso: las revoluciones no triunfan sin soldados, y las revoluciones hechas con militares corren peligro de degenerar en cesarismos o simples cambios de jefes. 

Según Rousseau, «ninguna revolución merece llamarse buena si cuesta la vida de un solo hombre». Resucitaríamos al buen ginebrino para que en Rusia consumara hoy una revolución sin sacrificar algunos miles de hombres, unas cuantas decenas, cuando menos. Mucho dudamos que el Zar, los grandes duques y todos los magnates moscovitas cedieran a los argumentos del filósofo y se despojaran de sus derechos adquiridos. A ciertos felinos no se les arranca la presa sin arrancarles los dientes.

La bondad de una revolución estribaría en sacrificar el menor número de hombres, escogiendo los más culpables y más elevados: un cachetero en la cerviz del toro hace más que diez banderillas o mil alfileres en lomos y patas. Si gracias a la perfección del armamento se dificulta la acción popular, merced al formidable poder de las substancias explosivas se centuplica el radio de la acción individual: un solo hombre consuma la obra que no puede realizar una muchedumbre.
El Zar que no pierde su serenidad ante las carnicerías de la guerra en Asia ni se conmueve con los asesinatos cometidos por la soldadesca en Rusia palidece al oír la muerte de Sergio y tiembla como un niño al pensar que su armazón de huesos y pellejo corre peligro de saltar desmenuzada en mil pedazos.

Manuel González Prada


Escrito entre 1904 y 1909


 

martes, 31 de marzo de 2015

El Patriotismo - Mijaíl Bakunin


El siguiente material, es un fragmento de la compilación de artículos de Mijaíl Bakunin, publicados originalmente en el periódico ginebrino Le Progrès durante 1869. Para consultar el compilado completo, titulado 'sobre el patriotismo',  pueden hacer clic aquí 

(...) El patriotismo ya se sabe que es una virtud antigua nacida en las repúblicas griegas y romanas, donde no hubo jamás otra religión real que la del Estado, ni otro objeto de culto que el Estado. ¿Qué es el Estado? Es, nos contestan los metafísicos y los doctores en derecho, la cosa pública, los intereses, el bien colectivo y el derecho de todo el mundo, opuestos a la acción disolvente de los intereses y de las pasiones egoístas de cada uno. Es la justicia y la realización de la moral y de la virtud sobre la Tierra. Por consecuencia, no hay acto más sublime ni más grande deber para los individuos que sacrificarse, que entregarse, y en caso de necesidad, morir por el triunfo, por la potencia del Estado. He ahí en pocas palabras toda la teología del Estado. Veamos ahora si esa teología política, lo mismo que la teología religiosa, oculta bajo muy bellas y muy poéticas apariencias, realidades muy comunes y muy sucias.

Analicemos primeramente la idea misma del Estado, tal como nos la representan sus propugnadores. Es el sacrificio de la libertad natural y de los intereses de cada uno, de los individuos tanto como de las unidades colectivas, comparativamente pequeñas: asociaciones, comunas y provincias, a los intereses y a la libertad de todo el mundo, a la prosperidad del gran conjunto. Pero ese todo el mundo, ese gran conjunto, ¿qué es en realidad? Es la aglomeración de todos los individuos y de todas las colectividades humanas más restringidas que lo componen. Pero desde el momento que para componerlo y para coordinarse en él, todos los intereses individuales y locales deben ser sacrificados, el todo que supuestamente les representa, ¿qué es en efecto? No es el conjunto viviente, que deja respirar a cada uno a sus anchas y se vuelve tanto más fecundo, más poderoso y más libre cuanto más plenamente se desarrollan en su seno la plena libertad y la prosperidad de cada uno; no es la sociedad humana natural, que confirma y aumenta la vida de cada uno por la vida de todos; es, al contrario, la inmolación de cada individuo como de todas las asociaciones locales, la abstracción destructiva de la sociedad viviente, la limitación, o por decir mejor, la completa negación de la vida y del derecho de todas las partes que componen ese todo el mundo, por el llamado bien de todo el mundo; es el Estado, es el altar de la religión política sobre el cual siempre es inmolada la sociedad natural: una universalidad devoradora, que vive de sacrificios humanos como la Iglesia. El Estado, lo repito, es el hermano menor de la Iglesia.

Para probar este identidad de la Iglesia y del Estado, ruego al lector que verifique este hecho: que la una y el otro están fundados esencialmente en la idea del sacrificio de la vida y del derecho natural, y que parten igualmente del mismo principio: el de la maldad natural de los hombres, que no puede ser vencida, según la Iglesia, más que por la gracia divina y por la muerte del hombre natural en Dios, y según el Estado, por la ley, y por la inmolación del individuo ante el altar del Estado. La una y el otro tienden a transformar al hombre, la una en un santo, el otro en un ciudadano. Pero el hombre natural debe morir, porque su condena es unánimemente pronunciada por la religión de la Iglesia y por la del Estado.

Tal es su pureza ideal: la teoría idéntica de la Iglesia y del Estado. Es una pura abstracción; pero toda abstracción histórica supone hechos históricos. Estos hechos, como lo he dicho ya en mi artículo precedente, son de una naturaleza enteramente real, enteramente brutal: es la violencia, el despojo, el sometimiento, la conquista. El hombre está formado de tal manera que no se contenta con hacer, tiene además necesidad de explicarse y de legitimar, ante su propia conciencia y a los ojos de todo el mundo, lo que ha hecho.

La religión llega a punto para bendecir los hechos consumados y, gracias a esta bendición, el hecho inicuo y brutal se transforma en derecho. La ciencia jurídica y el derecho político, como se sabe, han nacido de la teología y más tarde de la metafísica, que no es otra cosa que una teología disfrazada que tiene la ridícula pretensión de no querer ser absurda y se esfuerza vanamente en darse el carácter de ciencia.

Veamos ahora esta abstracción del Estado, paralela a la abstracción histórica que se llama Iglesia, qué papel juega y continúa jugando en la vida real y en la sociedad humana. He dicho que el Estado, por su mismo principio, es un inmenso cementerio; donde vienen a sacrificarse, a morir y a enterrarse todas las manifestaciones de la vida individual y local, todos los intereses de las partes cuyo conjunto constituye precisamente la sociedad; es el altar donde la libertad real y el bienestar de los pueblos se inmolan a la grandeza política, y cuanto más completa es esa inmolación, más perfecto es el Estado. He deducido y estoy convencido de que el Imperio de Rusia es el Estado por excelencia, el Estado sin retórica ni frases, el más perfecto de Europa.

Por el contrario, todos los Estados en los cuales los pueblos puedan aún respirar, son, desde el punto de vista del ideal, Estados incompletos, como todas las Iglesias, en comparación de la Iglesia Católica Romana son Iglesias incompletas.

El Estado es una abstracción devoradora de la vida popular; mas para que una abstracción pueda nacer, desarrollarse y continuar, es preciso que haya un cuerpo colectivo real que esté interesado en su existencia. Esto no puede serlo la masa popular, porque es precisamente la víctima. El cuerpo sacerdotal del Estado debe ser un cuerpo privilegiado, porque los que gobiernan el Estado son como los sacerdotes de la religión en la Iglesia.

En efecto, ¿qué vemos en la Historia? Que el Estado ha sido siempre el patrimonio de una clase privilegiada, como la clase sacerdotal, la clase nobiliaria, la clase burguesa; clase burocrática, al fin, porque cuando todas las clases se han aniquilado, el Estado cae o se eleva como una máquina; pero para el bien del Estado es preciso que haya una clase privilegiada cualquiera que se interese por su existencia, y es, precisamente, el interés solidario de esta clase privilegiada, lo que se llama patriotismo.

(Del periódico ginebrino Le Progrès, del 28 de abril de 1869).

V

El patriotismo, en el sentido complejo que se atribuye ordinariamente a esta palabra, ¿ha sido una pasión y una virtud popular?

Con la Historia en la mano no dudo en responder a esta pregunta con un no decisivo, y para probar al lector que no me equivoco al contestar así, le pido permiso para analizar los principales elementos que, combinados, de una manera más o menos diferente, constituyen lo que se llama patriotismo.

Estos elementos son cuatro:

El elemento natural o fisiológico;

El elemento económico;

El elemento político y;

El elemento religioso o fanático.

El elemento fisiológico es el fondo principal de todo patriotismo, sencillo, instintivo y brutal. Es una pasión natural que, precisamente por ser muy natural, está en contradicción con toda política, y lo que es peor, dificulta el desarrollo económico, científico y humano de la sociedad.

El patriotismo natural es un hecho puramente bestial que se encuentre en todos los grados de la vida animal y hasta cierto punto en la vida vegetal; el patriotismo, tomado en este sentido, es una guerra de destrucción; es la primera expresión humana de ese grande y fatal combate por la existencia que constituye todo el desarrollo, toda la vida del mundo natural o real; combate incesante, devorador, universal, que nutre a cada individuo y a cada especie con la carne y la sangre de los individuos extranjeros, que, renovándose fatalmente a cada instante, hace vivir y prosperar y desarrollarse las especies más completas, más inteligentes y más fuertes a expensas de las demás.

Los que se ocupan de agricultura o de jardinería, saben lo que les cuesta preservar sus plantas de la invasión de esos grandes parásitos, que les disputan la luz y los elementos químicos de la tierra, indispensables a su nutrición; la planta más poderosa, la que se adapta mejor a las condiciones particulares del clima y del suelo, como se desarrolla siempre con un vigor relativamente grande, tiende a matar a las otras; es una lucha silenciosa, pero sin tregua, y precisa toda la enérgica intervención del hombre para proteger contra esta invasión a las plantas que prefiere.

En el mundo animal, se reproduce la misma lucha, pero más ruidosa y dramáticamente; no es la lucha silenciosa y sin ruido; la sangre corre, y el animal destrozado, devorado y torturado, llena el aire con sus gemidos. Por fin, el hombre, animal parlante, introduce la primera frase en esta lucha, y esa frase se llama el patriotismo.

El combate de la vida en el mundo animal y vegetal, no es sólo una lucha individual, es una lucha de especies, de grupos y de familias, unas contra otras. En cada ser viviente hay dos instintos, dos grandes intereses principales: el del alimento y el de la reproducción. Bajo el punto de vista de la nutrición, cada individuo es el enemigo natural de todos los otros sin consideración de lazos de familia, de grupos, ni de especies. El proverbio de que los lobos unos a otros no se muerden, no es verdad sino mientras los lobos encuentran otros animales diferentes para saciar su apetito, pero cuando éstos faltan, se devoran tranquilamente entre sí. Los gatos y las truchas y muchos otros animales, se comen con frecuencia a sus propios hijos, y no hay animal que no lo haga siempre que se encuentre acosado por el hambre.

Las sociedades humanas, ¿no han empezado por la antropofagia? ¿Quién no ha oído esas lamentables historias de náufragos que, perdidos en el Océano sobre una débil embarcación y acosados por el hambre, han echado suertes sobre quién había de ser devorado por los otros? Y durante esa terrible hambre que acaba de diezmar a Argel, ¿no hemos visto madres devorar a sus propios hijos?

Es que el hambre es un rudo e invencible déspota, y la necesidad de nutrirse, necesidad individual, es la primera ley y condición suprema de la vida; es la base de toda vida humana y social, como lo es también de la vida animal y vegetal. Rebelarse contra ésta, es aniquilar todo lo demás, es condenarse a la nada.

Pero al lado de esta ley fundamental de la naturaleza viviente hay otra también muy esencial: la de la reproducción. La primera tiende a la conservación de los individuos, la segunda a la constitución de las familias.

Los individuos, para reproducirse, impulsados por una necesidad natural, buscan para unirse los individuos que por su organización se les parecen más. Hay diferencias de organización que hacen la unión estéril y a veces imposible. Esta imposibilidad es evidente entre el mundo vegetal y el mundo animal; pero en este último, la unión de los cuadrúpedos, por ejemplo, con los pájaros y los peces, los reptiles o los insectos, es igualmente imposible. Si nos limitamos a los cuadrúpedos, encontraremos la misma imposibilidad entre dos grupos diferentes y llegamos a la conclusión de que la capacidad de la unión y el poder de la reproducción no es real para cada individuo sino en una esfera muy limitada de individuos que están dotados de una organización idéntica o aproximada a la suya, constituyendo con él el mismo grupo o la misma familia.

El instinto de reproducción establece el único lazo de solidaridad que puede existir entre los individuos del mundo animal, y en donde cesa la capacidad de unión, cesa también la solidaridad animal. Todo lo que queda fuera de esa posibilidad de reproducción para los individuos, constituye una especie diferente, un mundo absolutamente extraño, hostil y condenado a la destrucción; todo lo que aquí se encierra constituye la gran patria de la especie; como, por ejemplo, la humanidad para los hombres.

Pero esa destrucción mutua de los individuos vivientes no se encuentra sólo en los lindes de ese mundo limitado que llamamos la gran patria; los encontramos tan feroces y algunas veces más en medio de ese mundo, a causa de la resistencia y de la competencia que encuentran, porque las luchas crueles del amor se mezclan con las del hambre.

Además, cada especie de animales se subdivide en grupos y en familias diferentes bajo la influencia de las condiciones geográficas y climatológicas de los diferentes países que habita; la diferencia más o menos grande de las condiciones de vida, determina una diferencia correspondiente en la organización de los individuos que pertenecen a la misma especie.

Ya se sabe que todo animal busca naturalmente la unión con el ser que más se le parezca, de donde resulta el desarrollo de una gran cantidad de variedades dentro de la misma especie; y como las diferencias que separan todas estas variaciones se fundan principalmente en la reproducción, y la reproducción es la única base de toda solidaridad animal, es evidente que la gran solidaridad de la especie debe subdividirse en otras tantas solidaridades más limitadas, o que la gran patria debe dividirse en una multitud de pequeñas patrias animales, hostiles y destructoras las unas de las otras.

(Del periódico ginebrino Le Progrès, del 25 de mayo de 1869).

VI

Ya he demostrado en mi carta precedente que el patriotismo, como cualidad o pasión natural, procede de una ley fisiológica, de la que se determina precisamente la separación de los seres vivientes en especies, en familias y en grupos.

La pasión patriótica es evidentemente una pasión solidaria. Para encontrarla más explícita y más claramente determinada en el mundo animal, es preciso buscarla, sobre todo, entre las especies de animales que, como el hombre, están dotados de una naturaleza eminentemente sociable; por ejemplo, entre las hormigas, las abejas, los castores y muchos otros que tienen habitaciones comunes, lo mismo que entre las especies que vagan en manadas; los animales con domicilio colectivo y fijo representan siempre, desde el punto de vista natural, el patriotismo de los pueblos agricultores, y los animales vagabundos en manadas, el de los pueblos nómadas.

Es evidente que el primero es más completo que el último, puesto que éste no implica más que la solidaridad de los individuos en manada y el primero añade a la de los individuos la del suelo y el domicilio que habitan.

La costumbre, para los animales lo mismo que para los hombres, constituye una segunda naturaleza, y ciertas maneras de vivir están mejor determinadas, más fijas entre los animales colectivamente sedentarios que entre las manadas vagabundas; y las diferentes costumbres y las maneras particulares de existencia constituyen un elemento esencial del patriotismo.

Se podría definir el patriotismo natural así: es una adhesión instintiva, maquinal y completamente desnuda de crítica a las costumbres de existencia colectivamente tomadas y hereditarias o tradicionales, y una hostilidad también instintiva y maquinal contra toda otra manera de vivir. Es el amor de los suyos y de lo suyo y el odio a todo lo que tiene un carácter extranjero. El patriotismo es un egoísmo colectivo, por una parte, y, por la otra, la guerra.

No es una solidaridad bastante poderosa para que los miembros de una colectividad animal no se devoren entre sí en caso de necesidad, pero es bastante fuerte para que todos sus individuos, olvidando sus discordias civiles, se unan contra cada intruso que llegue de una colectividad extraña.

Ved los perros de un pueblo, por ejemplo. Los perros no forman, por regla general, República colectiva; abandonados a sus propios instintos, viven errantes como los lobos y sólo bajo la influencia del hombre se hacen animales sedentarios, pero una vez domesticados constituyen en cada pueblo una especie de República fundada en la libertad individual, según la fórmula tan querida de los economistas burgueses; cada uno para sí y el diablo para el último. Cuando un perro del pueblo vecino pasa solo por la calle de otro pueblo, todos sus semejantes en discordias se van en masa contra del desdichado forastero.

Yo pregunto, ¿no es esto la copia fiel o mejor dicho el original de las copias que se repiten todos los días en la sociedad humana? ¿No es una manifestación perfecta de ese patriotismo natural del que yo he dicho y repito que no es más que una pasión brutal? Bestial, lo es, sin duda, porque los perros incontestablemente son bestias, y el hombre, animal como el perro y como todos los animales en la Tierra, pero animal dotado de la facultad fisiológica de pensar y hablar, comienza su historia por la bestialidad para llegar, a través de los siglos, a la conquista y a la constitución más perfecta de su humanidad.

Una vez conocido el origen del hombre, no hay que extrañarse de su bestialidad, que es un hecho natural, entre otros hechos naturales, ni indignarse contra ella, pues no es preciso combatirla con energía, porque toda la vida humana del hombre no es más que un combate incesante contra su bestialidad natural en provecho de su humanidad.

Yo he querido hacer constar solamente que el patriotismo que nos cantan los poetas, los políticos de todas las escuelas, los gobernantes y todas las clases privilegiadas como una virtud ideal y sublime, tiene sus raíces, no en la humanidad del hombre, sino en su bestialidad.

En efecto, en el origen de la Historia, y actualmente en las partes menos civilizadas de la sociedad humana, vemos reinar el patriotismo natural. Constituye en las colectividades humanas un sentimiento mucho más complicado que en las otras colectividades animales, por la sola razón de que la vida del hombre abraza incomparablemente más objetos que la de los animales; a las costumbres y a las tradiciones físicas se unen en él las tradiciones más o menos abstractas, intelectuales y morales y una multitud de ideas y de representaciones falsas o verdaderas con diferentes costumbres religiosas, económicas, políticas y sociales; todo esto constituido en tantos elementos de patriotismo natural del hombre, mientras todas estas cosas, combinándose de una manera o de otra, forman, con una colectividad cualquiera, un modo particular de existencia, de una manera tradicional de vivir, de pensar y de obrar distinto de las otras.

Pero aunque haya alguna diferencia entre el patriotismo natural de las colectividades animales, con relación a la cantidad y a la calidad de los objetos que abraza, tiene de común que son igualmente pasiones instintivas, tradicionales, habituales y colectivas, y que la intensidad del uno como la del otro no depende en modo alguno de la naturaleza de su contenido; por el contrario, se puede decir que cuanto menos se complica el contenido, más sencillo, más intenso y más enérgicamente exclusivo es el sentimiento patriótico que le manifiesta y le expresa.

El animal está evidentemente mucho más ligado que el hombre a las costumbres tradicionales de la colectividad de que forma parte; en él, esa adhesión patriótica es fatal, e incapaz de defenderse por sí mismo, no se libra alguna veces más que por la influencia del hombre; lo mismo pasa en las colectividades humanas; cuanto menor es la civilización, menos complicado y más sencillo es el fondo de la vida social y más natural el patriotismo, es decir, la adhesión instintiva de los individuos por todas las costumbres naturales, intelectuales y morales que constituyen la vida tradicional de una colectividad particular, así como es más intenso el odio por todo lo que se diferencia y es considerado extranjero. De aquí resulta que el patriotismo natural, esté en razón inversa de la civilización, es decir, del triunfo de la humanidad en las sociedades humanas.

Nadie disputará que el patriotismo instintivo o natural de las miserables poblaciones de las zonas heladas, que la civilización humana apenas ha desflorado y donde la vida material es tan pobre, no sea infinitamente más fuerte o más exclusivo que el patriotismo de un francés, de un inglés o de un alemán, por ejemplo. El alemán, el inglés, el francés, puede vivir y aclimatarse en todas partes, mientras el habitante de las regiones polares moriría pronto de nostalgia si lo separasen de su país, y sin embargo, ¿hay algo más miserable y menos humano que su existencia? Esto prueba una vez más que la intensidad del patriotismo natural no es una prueba de humanidad, sino de brutalidad.

Al lado de este elemento positivo de patriotismo, que consiste en la adhesión instintiva de los individuos al modo particular de la existencia colectiva de la cual son miembros, está el elemento negativo, tan esencial como el primero y del cual es inseparable: es el horror igualmente instintivo por todo lo extranjero, instintivo y por consecuencia bestial; sí, bestial realmente, porque este horror es tanto más enérgico e invencible que el que siente cuando menos se piensa y se comprende, y, por consiguiente, en este caso se es menos hombre.

Hoy, este horror patriótico por el extranjero, sólo se encuentra en los pueblos salvajes; aunque también se encuentra en los pueblos medios salvajes de Europa a quién la civilización burguesa no se ha dignado civilizar, pero en cambio no se olvida nunca de explotar. Hay en las grandes capitales de Europa, en el mismo París y en Londres sobre todo, calles abandonadas a una multitud miserable quien nadie ha sacado de su oscuridad; basta que se presente un extraño para que una multitud de seres humanos miserables, hombres, mujeres y niños casi desnudos llevando impresa en su rostro y en toda su persona las señales de la miseria más espantosa y de la más profunda abyección, le rodeen, le insulten y algunas veces le maltraten, sólo porque es extranjero. ¿Este patriotismo brutal y salvaje, no es la negación absoluta de todo lo que se llama humanidad?

Y sin embargo, hay periódicos burgueses muy bien escritos, como el Journal de Genève, por ejemplo, que no siente vergüenza alguna explotando ese prejuicio tan poco humano y esa pasión bestial. Quiero, sin embargo, hacerles la justicia de reconocer que los explotan sin participar de sus opiniones y sólo encuentran interés en explotarlos, lo mismo que sucede con los sacerdotes de todas las religiones, que predican las necedades religiosas, sin creer en ellas, sólo porque el interés de las clases privilegiadas está en que las masas populares continúen creyéndolas. Cuando el Journal de Genéve se encuentra falto de argumentos y de pruebas, dice: esto es una cosa, una idea, un hombre extranjeros, y tiene formada tan mezquina idea de sus compatriotas, que espera que le bastará pronunciar la terrible palabra extranjero, para que, olvidando sentido común, humanidad y justicia, se pongan todos a su lado.

No soy ginebrino, pero respeto mucho a los habitantes de Ginebra, para no creer que el Journal se equivoca, pues sin duda, no querrán sacrificar la humanidad a la bestialidad, explotada por la angustia.

(Del periódico ginebrino Le Progrès, de junio de 1869).

VII

Ya he dicho que el patriotismo, mientras es instintivo o natural y tiene sus raíces en la vida animal, no es más que una combinación particular de costumbres colectivas, materiales, intelectuales y morales, económicas, políticas y sociales, desarrolladas por la tradición o la Historia en una sociedad humana muy limitada.

Estas costumbres – he añadido – pueden ser buenas o malas; el contenido o el objeto de este sentimiento instintivo no tiene ninguna influencia sobre el grado de su intensidad y, si se admitiera con relación a esto último una diferencia cualquiera, se inclinaría más en favor de las malas costumbres que de las buenas, porque, a causa del origen animal de toda sociedad humana y por efecto de esta gran inercia que ejerce una acción tan poderosa en el mundo intelectual y moral, como en el mundo material, en cada sociedad aún no degenerada que progresa y marcha adelante, las malas costumbres están más profundamente arraigadas que las buenas. Esto nos explica por qué en la suma total de las costumbres colectivas actuales y en los países más civilizados, las nueve décimas partes por lo menos no valen nada.

No os imaginéis que quiero declarar la guerra a las costumbres que tienen generalmente la sociedad y los hombres de dejarse gobernar por la costumbre. En esto, como en muchas cosas, no hacen más que obedecer fatalmente a una ley natural y sería absurdo rebelarse contra las leyes naturales. La acción de la costumbre en la vida natural y moral de los individuos, lo mismo que en las sociedades, es la misma que la de las fuerzas vegetativas en la vida animal; la una y la otra son condiciones de existencia y de realidad; el bien, lo mismo que el mal, para ser una cosa real debe convertirse en costumbre, sea individualmente en el hombre, sea en la sociedad; todos los ejercicios y todos los estudios a que se entregan los hombres, no tienen otro objeto, y las mejores cosas no se arraigan en el hombre hasta el punto de convertirse en segunda naturaleza más que por la fuerza de la costumbre. No se trata, pues, de rebelarse locamente, puesto que es un poder fatal que ninguna inteligencia o voluntad humana podrá distinguir; pero si, iluminados por la razón del siglo y por la idea que nos formamos de la verdadera justicia, queremos seriamente ser hombres, no tenemos más que hacer una cosa: emplear constantemente la fuerza de voluntad, es decir, la costumbre de querer extirpar las malas costumbres, que circunstancias independientes de nosotros mismos han desarrollado en nosotros, y reemplazarlas por otras buenas; para humanizar una sociedad entera, es preciso destruir sin piedad todas las causas, todas las condiciones económicas, políticas y sociales que producen en los individuos la tradición del mal y reemplazarlas por condiciones que tengan por consecuencia necesaria engendrar en esos mismos individuos la práctica y la costumbre del bien.

Desde el punto de vista de la conciencia moderna, de la humanidad y de la justicia que, gracias al desarrollo pasado de la Historia, hemos logrado comprender, el patriotismo es una mala y funesta costumbre, porque es la negación de la igualdad y de la solidaridad humanas.

La cuestión social planteada prácticamente por el mundo obrero de Europa y de América y cuya solución no es posible más que por la abolición de las fronteras de los Estados, tiende necesariamente a destruir esta costumbre tradicional en la conciencia de los trabajadores de todos los países. Yo demostraré más tarde cómo, desde comienzos de este siglo, fue muy quebrantada en la conciencia de la alta burguesía comercial e industrial, por el desarrollo prodigioso e internacional de sus riquezas y de sus intereses económicos; pero es preciso que demuestre primero cómo, mucho antes de esta revolución burguesa, el patriotismo natural instintivo, que, por su naturaleza, no puede ser más que un sentimiento limitado y una costumbre colectiva local, ha sido, desde el principio de la Historia, profundamente modificado, desnaturalizado y disminuido para la formación sucesiva de los Estados políticos.

En efecto, el patriotismo, mientras es un sentimiento natural, es decir, producido por la vida realmente solidaria de una colectividad y está poco debilitado por la reflexión o por efecto de los intereses económicos y políticos, como por el de las abstracciones religiosas, este patriotismo, si no todo, en gran parte animal, únicamente puede abrazar un mundo muy limitado, como una tribu, etc. Al principio de la Historia, como hoy en los pueblos salvajes, no había nación, ni lengua nacional, ni culto nacional; no había más que patria en el sentido político de la palabra. Cada pequeña localidad, cada pueblo, tenía su idioma particular, su dios, su sacerdote, y no era más que una familia multiplicada y extensa que se afirmaba viviendo y que, en guerra con las diferentes tribus existentes, negaba el resto de la humanidad. Tal es el patriotismo natural en su enérgica y sencilla crudeza.

Aun encontraremos restos de este patriotismo en algunos de los países más civilizados de Europa; en Italia, por ejemplo, sobre todo en las provincias meridionales de la península italiana, en donde la configuración del suelo, las montañas y el mar crean barreras entre los valles y los pueblos, que los separa, los aísla y los hace casi extraños los unos a los otros. Proudhon, en su folleto sobre la unidad italiana, ha observado, con mucha razón, que esta unidad no era más que una idea, una pasión burguesa y de ninguna manera popular, a las que las gentes del campo, por lo menos, son hasta ahora en gran parte, extrañas, y añadiré que hasta hostiles, porque esta unidad está en contradicción, por un lado, con su patriotismo local, y, por otro, no le ha aportado nada más que una explotación implacable, la opresión y la ruina.

En Suiza, sobre todo en los cantones primitivos, ¿no vemos con frecuencia el patriotismo local luchar contra el patriotismo cantonal y a éste contra el patriotismo político, nacional, de la confederación republicana?

Para resumir, saco la conclusión de que el patriotismo como sentimiento natural, siendo en esencia y en realidad un sentimiento substancialmente local, es un impedimento serio para la formación de los Estados, y por consecuencia estos últimos, y con ellos la civilización, no pueden establecerse más que destruyendo, si no del todo por lo menos en grado considerable, esta pasión animal.

(Del periódico ginebrino Le Progrès, de julio de 1869).

VIII

Después de haber considerado el patriotismo desde el punto de vista natural y haber demostrado que es un sentimiento bestial o animal, porque es común a todas las especies animales, y por el otro es esencialmente local, porque no puede abarcar más que el espacio limitado en que el hombre privado de civilización pasa su vida, voy a empezar ahora el análisis del patriotismo exclusivamente humano, del patriotismo económico, político y religioso.

Es un hecho probado por los naturalistas y ya ha pasado al estado de axioma, que el número de cada población animal corresponde siempre a la cantidad de medios de subsistencia que encuentra en el país que habita. La población aumenta siempre que los medios se encuentran en gran cantidad. Cuando una población animal ha devorado todas las existencias del país, emigra; pero esta migración que les hace romper sus antiguas costumbres, sus maneras diarias y rutinarias de vivir y les hace buscar sin conocimiento, sin pensamiento alguno, instintivamente y a la ventura los medios de subsistencia en países por completo desconocidos, va siempre acompañada de privaciones y sufrimientos inmensos. La parte más grande de la población animal emigrante muere de hambre, sirviendo con frecuencia de alimento a los supervivientes, y la parte más pequeña es la que suele aclimatarse y encontrar nuevos elementos de vida en otro país. Después viene la guerra entre las especies que se nutren con los mismos alimentos; la guerra entre los que, para vivir, tienen que devorarse los unos a los otros. Considerado así, el mundo natural no es más que un hecatombe sangrienta, una tragedia horrorosa y lúgubre escrita por el hombre.

Los que admiten la existencia de un Dios creador no dudan de que le halagan respetándole como el creador de este mundo. ¡Cómo! ¡Un Dios todo poder, todo inteligencia, todo bondad, no ha podido crear más que un mundo como éste, un horror!

Es verdad que los teólogos tienen un excelente argumento para explicar esta contradicción. El mundo había sido creado perfecto, dicen, y reinó primero una democracia absoluta, hasta que pecó el hombre, y entonces Dios, furioso contra él, maldijo al hombre y al mundo. Esta explicación es tanto más edificante cuanto que está llena de absurdos, y ya se sabe que en el absurdo consiste toda la fuerza de los teólogos. Para ellos, cuanto más absurda e imposible es una cosa, más verdad es. Toda religión no es otra cosa que la deificación del absurdo.

Así, Dios, que es perfecto, ha creado un mundo perfecto, pero esta perfección puede atraer sobre ella la maldición de su creador, y después de haber sido una perfección absoluta, se convierte en una absoluta imperfección. ¿Cómo la perfección ha podido llegar a la imperfección? A esto responderán que, precisamente porque el mundo, aunque perfecto en el momento de la creación, no era, sin embargo, una perfección absoluta. Sólo Dios, siendo absoluto, es más perfecto. El mundo no era perfecto más que de una manera relativa y en comparación de lo que es ahora.

Pero entonces, ¿por qué emplear la palabra perfección que no lleva nada de relativo? La perfección, ¿no es necesariamente absoluta? Decid entonces que Dios habría creado un mundo imperfecto, aunque mejor que el que vemos ahora; pero si no era más que mejor, si era ya imperfecto al salir de las manos del creador, no presentaba esa armonía y esa paz absoluta de la que los señores teólogos no dejan de hablar, y entonces preguntamos: ¿Todo creador, según vuestro propio dicho, no debe ser juzgado según su creación, como el obrero según su obra? El creador de una cosa imperfecta es necesariamente un creador imperfecto; siendo el mundo imperfecto, Dios, su creador, es necesariamente imperfecto, porque el hecho de haber creado un mundo imperfecto no puede explicarse más que por su falta de inteligencia, o por su impotencia, o por su maldad. Pero dirán: el mundo era perfecto, sólo que era menos perfecto que Dios; a esto responderé que, cuando se trata de la perfección, no se puede hablar de más o de menos, la perfección es completa, entera, absoluta, o no existe. De modo que, si el mundo era menos perfecto que Dios, el mundo era imperfecto; de donde resulta que Dios, creador de un mundo imperfecto, era él mismo imperfecto.

Para probar la existencia de Dios, los señores teólogos se verán obligados a concederme que el mundo creado por él era perfecto en su origen; pero entonces yo les haría unas pequeñas preguntas: primero, si el mundo ha sido perfecto, ¿cómo dos perfecciones podían existir separadas la una de la otra? La perfección no puede ser más que única, no permite que sean dos, porque siendo dos, la una limita a la otra y la hace necesariamente imperfecta, de modo que, si el mundo ha sido perfecto, no ha habido Dios dentro ni fuera de él, el mundo mismo era Dios; otra pregunta: si el mundo ha sido perfecto, ¿cómo ha hecho para decaer? ¡Linda perfección la que puede alterarse y perderse! ¡Y si se admite que la perfección puede decaer, Dios puede decaer también! Lo que quiere decir que Dios ha existido en la imaginación creyente de los hombres, pero la razón humana, que triunfa cada vez más en la Historia, lo destruye.

En fin, ¡es muy singular este Dios de los cristianos! Crea al hombre de manera que pueda y deba pecar y caer. Teniendo Dios entre todos sus atributos la omnisciencia, no podía ignorar, al crear al hombre, que caería; y puesto que Dios lo sabía, el hombre debía caer; de otra manera hubiera dado un solemne mentís a toda la omnisciencia divina. ¿Que nos hablan de la libertad humana? ¡Había fatalidad! Obedeciendo a esta pendiente fatal (lo que cualquier sencillo padre de familia hubiera previsto en el lugar de Dios), el hombre cae, y he aquí a la divina perfección llena de terrible cólera, una cólera tan ridícula como odiosa. Dios no maldijo solamente a los infractores de su ley, sino a toda la descendencia humana que aún no existía, y, por consecuencia, era absolutamente inocente del pecado de nuestros primeros padres, y, no contento con esta injusticia, maldijo ese mundo armonioso que no tenía nada que ver y lo transformó en un receptáculo de crímenes y horrores, en una perpetua carnicería. Después, esclavo de su propia cólera y de la maldición pronunciada por sí mismo contra los hombres y el mundo, contra su propia creación, y acordándose un poco tarde de que era un Dios de amor, ¿qué hizo? No era bastante haber ensangrentado el mundo con su cólera, por lo que ese Dios sanguinario vertió la sangre de su mismo Hijo, lo inmoló bajo el pretexto de reconciliar al mundo con su Divina Majestad. ¡Todavía si lo hubiera logrado! Pero, no; el mundo animal y humano quedó destrozado y ensangrentado, como antes de esa monstruosa redención. De donde resulta claramente que el Dios de los cristianos, como todos los dioses que le han precedido, es un Dios tan impotente como cruel y tan absurdo como malvado.

¡Y absurdos parecidos son los que quieren imponer a nuestra libertad y a nuestra razón! ¡Con semejantes monstruosidades pretenden moralizar y humanizar a los hombres! Que los teólogos tengan el valor de renunciar francamente a la humanidad y a la razón. No es bastante decir con Tertuliano: Credo quiz absurdum (Creo aunque sea absurdo), puesto que tratan de imponernos un cristianismo por medio del látigo como hace el Zar de todas las Rusias; por la hoguera, como Calvino; por la Santa Inquisición, como los buenos católicos; por la violencia, la tortura y la muerte, como querían hacerlo los sacerdotes de todas las religiones posibles; que ensayen todos esos lindos medios, pero no esperen nunca triunfar de otra manera. En cuanto a nosotros, dejemos de una vez para siempre todos estos absurdos y estos horrores divinos con los que creen locamente poder explotar largo tiempo a la plebe y a las masas obreras en su nombre, y, volviendo a nuestro razonamiento humano, recordemos siempre que la luz humana, la única que puede iluminarnos, emanciparnos y hacernos dignos y dichosos, no está al principio, sino, relativamente al tiempo que vivimos, al fin de la Historia, y que el hombre, en su desarrollo histórico, ha partido de la brutalidad para arribar a la humanidad.

No miremos nunca atrás, siempre adelante, porque adelante está nuestro sol y nuestro bien, y si nos es permitido y si es útil mirar alguna vez atrás, no es más que para justificar lo que hemos sido y lo que no debemos ser, lo que hemos hecho y lo que no debemos hacer jamás.

El mundo natural es el teatro constante de una lucha interminable, de la lucha por la vida. No tenemos porque preguntarnos por qué es así; nosotros no lo hemos hecho, lo hemos encontrado así al nacer, es nuestro punto de partida natural, y no somos responsables. Que nos baste saber que esto es, ha sido y será probablemente siempre así. La armonía se establece por el combate, por el triunfo de los unos y con frecuencia por la muerte de los otros.

El crecimiento y el desarrollo de las especies, están limitados por su propia hambre y por el apetito de las otras especies, es decir, por el sufrimiento y por la muerte. Nosotros no decimos, como los cristianos, que esta Tierra es un valle de lágrimas, pero debemos convenir en que no es madre tan tierna como dicen y que los seres vivientes necesitan mucha más energía para vivir. En el mundo natural, los fuertes viven y los débiles sucumben y los primeros no viven sino porque los otros mueren.

¿Es posible que esta ley fatal de la vida natural, sea también la del mundo humano y social?

(Del periódico ginebrino Le Progrès, de agosto de 1869).

IX

Los hombres, ¿están condenados por su naturaleza a devorarse entre sí para vivir como lo hacen los animales de otras especies?

¡Ay! Encontramos en la cuna de la civilización humana la antropofagia, y en seguida las guerras de exterminio, las guerras de las razas, y de los pueblos; guerras de conquista, guerras de equilibrio, guerras políticas y guerras religiosas; guerras por las grandes ideas, como las que hace Francia dirigida por su actual emperador, y guerras patrióticas para la gran unión nacional como las que planean el ministro pangermanista de Berlín, y el Zar de San Petesburgo.

Y en el fondo de todo esto, a través de todas las frases hipócritas de que se sirven para darse una apariencia de humanidad, y de derecho, ¿qué encontramos? Siempre la misma cuestión económica, la tendencia de uno a vivir y prosperar a expensas de los otros. Los ignorantes, los simples y los tontos, se dejan sorprender; pero los hombres fuertes que dirigen los destinos de los Estados saben muy bien que en el fondo de todas las guerras no hay más que un sólo interés: ¡el saqueo, la conquista de las riquezas de otros y el servilismo del trabajo!

Tal es la realidad a la vez cruel y brutal que los dioses de todas las religiones, los dioses de las batallas, no han dejado nunca de bendecir, empezando por Jehová, el Dios de los judíos, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que mandó a su pueblo elegido exterminar a todos los habitantes de la Tierra prometida, y acabando por el Dios católico representado por los Papas, que en recompensa del exterminio de los paganos, de los mahometanos y de los herejes, dieron las tierras de estos desgraciados a sus dichosos exterminadores. A las víctimas, el infierno; a los verdugos, los despojos, los bienes de la tierra; tal es el fin de las guerras más santas, de las guerras religiosas.

Es evidente que hasta ahora la humanidad no ha hecho ninguna excepción para esa ley general de bestialidad que condena a todos los seres vivientes a devorarse entre sí para vivir; sólo el socialismo, poniendo en el lugar de la justicia política, jurídica y divina, la justicia humana, reemplazando el patriotismo por la solidaridad universal de los hombres y la competencia económica por la organización internacional de una sociedad fundada sobre el trabajo, podrá poner fin a esas manifestaciones brutales de la bestialidad humana.

Pero hasta que triunfe en la Tierra, los congresos burgueses para la paz y para la libertad protestarán en vano, y todos los Víctor Hugo del mundo inútilmente los presidirán, porque los hombres continuarán devorándose como las bestias feroces.

Está probado que la historia humana, como la de todas las demás especies de animales, ha comenzado por la guerra. Esa guerra, que no ha tenido ni tiene otro fin que conquistar los medios de la vida, ha pasado por diferentes fases de desarrollo paralelas a las diferentes fases de la civilización, es decir, del desarrollo de las necesidades del hombre y de los medios de satisfacerlas. El hombre ha vivido primero, como todos los animales, de frutos y de plantas, de caza y de pesca. Sin duda, durante muchos siglos, el hombre cazó y pescó como lo hacen las bestias aún, sin ayuda de más instrumentos que los que la naturaleza le había dado.

La primera vez que se sirvió de un arma grosera, de un sencillo bastón o de una piedra, hizo un acto de reflexión y se reveló sin sospecharlo como un animal pensador, como hombre; porque el arma más primitiva debió necesariamente adaptarse al fin que el hombre se proponía obtener, y esto supone cierto cálculo que distingue esencialmente al animal hombre de los demás animales de la Tierra. Gracias a esta facultad de reflexionar, de pensar, de inventar, el hombre perfecciona sus armas, muy lentamente, es verdad, a través de muchos siglos, y se transforma en cazador o en bestia feroz armada.

Llegados a este primer grado de civilización, los pequeños grupos humanos encontraron más facilidad para nutrirse matando a los seres vivientes, sin exceptuar a los hombres, que debían servirles de alimento, que las bestias privadas de aquellos instrumentos de caza o de guerra; y como la multiplicación de todas las especies de animales está siempre en proporción directa de los medios de subsistencia, es evidente que el número de hombres debía aumentar en una proporción mayor que el de los animales de otras especies y que debía llegar un momento en que la inculta naturaleza no podía bastar para alimentar a todo el mundo.

(Del periódico ginebrino Le Progrès, de septiembre de 1869).

X

Si la razón humana no fuera progresiva; si, apoyándose por un lado sobre la tradición —que conserva en provecho de las generaciones futuras los conocimientos adquiridos por las generaciones pasadas— y propagándose, por otro lado, gracias a ese don de la palabra, que es inseparable del don del pensamiento, no se desarrollara cada vez más; si no estuviera dotada de la facultad ilimitada de inventar nuevos procedimientos para defender su existencia contra todas las fuerzas naturales que le son contrarias, esta insuficiencia de la naturaleza, habría sido necesariamente el límite de la multiplicación de la especie humana.

Pero, gracias a esta preciosa facultad que le permite saber, reflexionar y comprender, el hombre puede franquear ese límite natural que detiene el desarrollo de todas las demás especies de animales. Cuando los manantiales naturales se agotaron, los creó artificiales; aprovechando no su fuerza física, sino la superioridad de su inteligencia, se concretó sencillamente, no a matar para devorar inmediatamente, sino a someter y a domesticar hasta cierto punto a las bestias salvajes para que sirvieran a sus fines, y de este modo, a través de los siglos, ciertos grupos de cazadores se transformaron en grupos de pastores.

Esta nueva corriente de existencia multiplicó, naturalmente, a la especie humana y hubo necesidad de crear nuevos medios de subsistencia. La explotación de las bestias no bastó y los grupos humanos se pusieron a explotar la tierra; los pueblos nómadas y los pastores se transformaron después de muchos más siglos en pueblos cultivadores.

En este periodo de la Historia, se estableció la esclavitud.

Los hombres, aún salvajes, empezaron primero por devorar a sus enemigos muertos o prisioneros; pero cuando comenzaron a comprender la ventaja que tenía para ellos servirse de las bestias o explotarlas sin matarlas, inmediatamente y sin duda debieron de comprender la ventaja que podrían obtener de los servicios del hombre, el animal más inteligente de la Tierra; por consecuencia, el enemigo vencido no fue devorado, pero fue hecho esclavo, obligado a trabajar para la subsistencia necesaria de un amo.

El trabajo de los pueblos dedicados al pastoreo es tan sencillo, que no exige apenas el trabajo de los esclavos. Así vemos que en los pueblos nómadas o dedicados al pastoreo, el número de esclavos es muy limitado, por no decir que es nulo. Otra cosa sucede con los pueblos sedentarios y agrícolas; la agricultura exige un trabajo asiduo y penoso. El hombre libre de los bosques y de los llanos, el cazador, lo mismo que el pastor, se sujetan a él con repugnancia; y así vemos en los pueblos salvajes de América como es que, sobre el ser comparativamente más débil, que es la mujer, recaen los trabajos más duros y asquerosos. Los hombres no conocen otro oficio que la caza y la guerra – que aún en nuestra civilización son considerados los más nobles – y, despreciando todas las demás ocupaciones, permanecen tendidos perezosamente fumando sus pipas, mientras sus desgraciadas mujeres, esas esclavas naturales del hombre bárbaro, sucumben bajo la pesada carga de su trabajo diario.

Un paso más en la civilización y el esclavo toma el sitio de la mujer; bestia de suma inteligencia, y obligado a llevar la carga del trabajo corporal, genera el descanso y el desarrollo intelectual y moral de su amo.

(Del periódico ginebrino Le Progrès, de octubre de 1869).

Mijaíl Bakunin