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miércoles, 26 de julio de 2017

Los anarquistas contra el parlamento - Errico Malatesta

El siguiente texto ha sido tomado de «Elecciones y Anarquismo de Saverio Merlino y Errico Malatesta», libro conformado por una serie de textos de 1897 presentes en la prensa obrera italiana, en donde Malatesta y Merlino debaten acerca de las elecciones, el parlamentarismo y el problema del poder.


Estoy informado de que los socialistas parlamentarios de Italia dicen que yo, de acuerdo con Merlino, encuentro útil que los socialistas anárquicos participen en las luchas electorales votando por el candidato más avanzado. Dado que me hacen el honor de ocuparse de mi opinión, no se me estimará presuntuoso si me apresuro a poner en su conocimiento y en el de la población lo que verdaderamente pienso de la cuestión. 

Por cierto, no critico a mi amigo Merlino que piense como quiera y lo diga sin reticencias. Hubiera preferido que antes de anunciar públicamente un cambio de táctica -que no tiene ningún valor si no es aceptado por los compañeros- discutiera más a fondo la cosa entre aquellos del partido al cual ha pertenecido hasta ahora y con el cual espero que querrá continuar combatiendo. Pero también esto, más que culpa de Merlino, lo es de la crisis prolongada que ha afligido a nuestro partido y del estado de reorganización todavía incipiente en el que nos encontramos. 

Sin embargo, es necesario hacer constar que lo que Merlino ha dicho en relación al parlamentarismo y a las luchas electorales no es otra cosa que una opinión personal, que no puede prejuzgar la táctica que adoptará el partido socialista anárquico. 

Por mi parte -a pesar de que me disguste disentir en asunto tan importante con un hombre de valor como Merlino y al que me ligan tantos vínculos de afecto- me siento obligado a declarar que, según mi parecer, la táctica preconizada por Merlino es nefasta y conduciría fatalmente a la renuncia de todo el programa socialista anárquico. Y creo poder afirmar que así lo piensan todos o casi todos los anarquistas. 

Los anarquistas permanecen, como siempre, adversarios decididos del parlamentarismo y de la táctica parlamentaria. Adversarios del parlamentarismo porque creen que el socialismo sólo debe y puede realizarse mediante la libre federación de las asociaciones de producción y de consumo, y que cualquier gobierno -el parlamento inclusive- no sólo es impotente para resolver la cuestión social y armonizar y satisfacer los intereses de todos, sino que constituye por sí mismo una clase privilegiada con ideas, pasiones e intereses contrarios a los del pueblo, a quien tiene forma de oprimir con las fuerzas del pueblo mismo. Adversarios de la lucha parlamentaria, porque creen que ésta, lejos de favorecer el desarrollo de la conciencia popular, tiende a deshabituar al pueblo del cuidado directo de sus propios intereses y es una escuela, para unos de servilismo, y para otros de intrigas y mentiras. 

Estamos lejos de desconocer la importancia de las libertades políticas. Pero las libertades políticas no se obtienen sino cuando el pueblo se muestra decidido a conseguirlas; ni, una vez obtenidas, duran y tienen valor sino cuando los gobiernos sienten que el pueblo no soportaría la supresión de las mismas.

Acostumbrar al pueblo a delegar en otros la conquista y la defensa de sus derechos, es el modo más seguro de dejar vía libre al arbitrio de los gobernantes. El parlamentarismo es mejor que el despotismo, es verdad; pero sólo cuando representa una concesión hecha por el déspota por miedo a lo peor. Entre el parlamentarismo aceptado y elogiado y el despotismo sufrido por la fuerza, con el ánimo dispuesto a la rebelión, es mil veces mejor el despotismo. 

Sé bien que Merlino da a las elecciones una importancia mínima y quiere, como nosotros, que la lucha verdadera se lleve adelante en el pueblo y con el pueblo. Sin embargo, los dos métodos de lucha son incompatibles, y quien acepta ambos acaba fatalmente sacrificando al interés electoral toda otra consideración. La experiencia lo prueba, y la natural tendencia a vivir tranquilo lo explica. 

Y Merlino demuestra comprender bien el peligro cuando dice que los socialistas anárquicos no tienen necesidad de presentar candidatos propios, dado que ellos no aspiran al poder y no saben qué hacer con él. Pero, ¿es ésta una posición sostenible? Si en el parlamento se puede hacer el bien, ¿por qué habrán de hacerlo los demás y no nosotros, que creemos tener más razón que ellos? Si no aspiramos al poder, ¿por qué ayudar a quienes aspiran a él? Si no sabemos qué hacer con el poder. ¿Qué harían los demás, sino ejercerlo en contra del pueblo? 

Que Merlino esté seguro de esto; si hoy le dijéramos a la gente que vote por alguien, aconsejaría rápidamente votar por mí, dado que creo (y en esto probablemente estoy equivocado, pero es una equivocación humana) valer tanto como cualquiera y me siento seguro de mi honestidad y firmeza. 

Por cierto, con las precedentes consideraciones no he dicho todo lo que se podría decir, pero temo abusar demasiado de vuestro espacio. Me explicaré más ampliamente en un escrito adecuado; ni faltará, lo espero, un acto colectivo del partido que reafirme los principios antiparlamentarios y la táctica abstencionista de los socialistas anárquicos. 

Esperando que consideréis que la presente es de utilidad para informar al público sobre la actitud que los diversos partidos observarán en las próximas elecciones y que por ello querréis publicarla, os agradezco anticipadamente.

Malatesta

Del Messaggero, del 7 de febrero de 1897

martes, 26 de julio de 2016

AFPs, reformas, reformismo y anarquismo

El pasado domingo 24 de julio mares humanos colmaron La Alameda levantando una sola consigna: No + AFP. La capital del saqueo se vistió de tempestades anunciando un nuevo ciclo proletario de protestas. Ya no es solo por “educación gratuita y de calidad”, sino que por la supresión del régimen de las AFP, sistema de pensiones herencia del pinochetismo, profundizado por los partidos de la izquierda neoliberal. En la multitudinaria protesta que solamente en Santiago reunió a más de 300.000 personas, no faltaron columnas, grupos e individualidades anarquistas y anarcosindicalistas. En este contexto, en el seno del movimiento anarquista surgen interesantes debates: si no queremos más AFPs, ¿Qué sistema de pensiones sostener? ¿Participar y fortalecer el movimiento contra las AFPs constituye un atentado contra los principios anarquistas? ¿Si tal movimiento es reformista es una contradicción que el movimiento libertario participe en él? 

Para abordar tales cuestionamientos de una manera integral, consideramos importante dialogar a través de los matices de la terminología vinculada. Para tal efecto, usaremos y abusaremos de las palabras de Errico Malatesta y Emilio López Arango.

Para Errico Malatesta el anarquismo siempre ha sido reformista. Aclara, empero, que sería más certero calificar al anarquismo como un movimiento reformador (para distinguirlo del reformismo político vulgar). La revolución —nos explica—, en el sentido histórico de la palabra, significa la reforma radical de las instituciones, ejecutada raudamente por medio de la insurrección violenta del pueblo contra el arraigado poder y privilegio. En este sentido, el anarquismo no podría ser otra cosa que reformista. El anarquismo es revolucionario porque no quiere solamente mejorar las instituciones que existen ahora, sino destruirlas completamente, abolir todas y cada una de las formas de poder del humano sobre el humano y todo parasitismo, de todo tipo, sobre el trabajo humano. Pero la revolución no puede ocurrir a pedido. ¿Debemos, entonces, permanecer como espectadores pasivos, esperando que el momento correcto se presente?

Todo, tanto en la historia como en la naturaleza, ocurre gradualmente. Cuando una represa revienta es porque o bien la presión del agua ha crecido demasiado para que la represa siga conteniendo o por la desintegración gradual de las moléculas del material del que está hecho la represa. De igual modo, las revoluciones estallan bajo la creciente presión de aquellas fuerzas que buscan el cambio social y ese punto se alcanza cuando el gobierno existente puede ser derrocado y cuando, por procesos de presión interna las fuerzas del conservadurismo se debilitan progresivamente.

Pero nunca hemos de reconocer —y aquí es donde nuestro ‘reformismo’ difiere de aquel tipo de ‘revolucionismo’ que termina sumergido en las urnas de votación— las instituciones existentes. Hemos de llevar a cabo todas las reformas posibles en el espíritu en el que un ejército avanza siempre arrebatando en su camino el territorio ocupado por el enemigo. Y siempre hemos de permanecer hostiles a todo gobierno —ya sea monarquista como el de hoy o republicano o bolchevique, como el de mañana—.(1)

Con los anteriores párrafos, podemos reforzar la diferencia entre el carácter reformador del anarquismo y del reformismo vulgar del parlamenterismo democrático-representativo, por el otro. Más que reformista o propiciador del reformismo, el anarquismo es, para el anarquista italiano, reformador en un sentido revolucionario y libertario. Tal dirección anárquica no significa, sin embargo, el triunfo garantizado del movimiento. En efecto, cuando las clases oprimidas conforman movimientos de acciones directas por una conquista determinada, ante el temor de que tal arremetida se transforme en un movimiento que destruya los cimientos de la sociedad burguesa —o por las mismas necesidades del desarrollo del capitalismo—, tales demandas suelen verse expresadas en los códigos de las instituciones burguesas. La mayoría de las veces funcionales a los intereses de la clase dominante.

Sin embargo, exigir y construir las bases necesarias para erigir tales conquistas no es en sí mismo reformismo o revolucionario. Será lo uno o lo otro, según el medio/formas que se empleen para arribar a tal demanda (además del objetivo a concretar, por supuesto). Si se protesta mediante métodos proletarios libertarios (acción directa, protestas, asambleas, anarcosindicalismo) por el acceso a la salud o por el fin de las AFPs, no será necesariamente reformismo. Si lo hacemos presentándonos como parte de una candidatura para consignar tal medida desde las alturas del poder, sí lo será. Si nos organizamos horizontalmente en pos de mejorar nuestra seguridad, no tendría porqué ser reformismo. Si exigimos que tal seguridad sea proporcionada por las instituciones coercitivas del Estado, sí lo será.

Complejizando tales distinciones prácticas y terminológicas, Emilio López Arango nos plantea un necesario ejercicio crítico del reformismo. Para el histórico militante de la FORA, el reformismo no se expresa únicamente en los cambios que sufre la estructura jurídica del Estado, sino que también en el traspaso de las riquezas y de los privilegios detentados por una minoría. Los señores feudales y la nobleza propietaria se vieron obligados a dar cabida en su mesa a la clase burguesa, adueñada del poder político. La revolución del siglo XVIII dio un golpe de muerte al feudalismo. Mas el problema social quedó en pie con ese traspaso de poderes y de títulos de propiedad. ¿Podría el proletariado, mediante un acto de fuerza que le diera el control de la máquina capitalista, eliminar de un golpe todas las diferencias de clase y de casta? ¿No sería más probable que, aplicando el método histórico de los marxistas, creara en su seno nuevos privilegiados y nuevos gobernantes, que serían precisamente los jefes políticos o los funcionarios sindicales? (2) Así, el reformismo no solo se expresa en la política parlamentaria o de la socialdemocracia, sino que también en los sectores que propugnan la dictadura del proletariado. El reformismo no está en el hecho natural de que los obreros reclamen mejoras económicas, sino en la subordinación de la ideología socialista totalitaria a un programa que tiende a perpetuar el régimen del salariado.(3)

Además de las tácticas socialistas democráticas y de los marxistas dictatoriales, para López Arango el reformismo también se expresa en los sectores sindicalistas apolíticos o en compañeros que abogan por prácticas "libres de dogmatismos". Tales posturas, al rechazar sistemáticamente todo compromiso con un “dogma”, dejan sentado el concepto fatalista del marxismo, pues confían al desarrollo industrial de las naciones y a la prevalencia cada vez más absorbente del capitalismo, la tarea de crear en los pueblos y en los individuos las aptitudes necesarias para preparar y realizar la revolución.(4) Tal actitud de los sindicalistas apolíticos o de compañeros que se dejan llevar por los movimientos sin un análisis teórico anarquista de las condiciones existentes, pueden ser arrastrados con mayor facilidad por el devenir de la ideología dominante. Si en la autogestión obrera no se incorpora integralmente el anarquismo —nos advierte Murray Bookchin—, la gestión tiende a prevalecer sobre el auto (de sí, para sí); la administración tiende a asumir el control sobre la autonomía del individuo. Gracias a la influencia ejercida por los valores tecnocráticos sobre el pensamiento del hombre, la individualidad —que reviste una importancia fundamental en la concepción libertaria de la organización de la vida en todos sus aspectos—, tiende a ser sustituida, con un juego sutil pero inexorable, por las virtudes de eficaces estrategias administrativas. Como consecuencia, se va promoviendo la autogestión no tanto con finalidad libertaria cuanto por metas funcionales, y esto ocurre incluso en los sindicalistas más comprometidos. (5)

Volviendo con López Arango, cabe destacar que considera que sería un gran error sostener que todas las conquistas del proletariado son estériles y que no representan nada en la marca del progreso. ¿Acaso es lo mismo —arguye nuestro autor— trabajar diez o doce horas que limitar a ocho o seis la jornada de trabajo? (...) Rechazar ese positivo mejoramiento en las condiciones materiales del asalariado con el argumento de que perdura el sistema capitalista aunque la jornada de trabajo se reduzcan a cuatro o dos horas, supone tanto como defender la teoría de la miseria como factor de la revolución. Por otra parte, ¿es posible eludir el esfuerzo que reclama la lucha cotidiana contra la explotación capitalista, conservando todas las energías para dar el golpe de gracia al capitalismo cuando se agote la paciencia de los trabajadores? ¿Se puede acumular en alguna parte la energía que se pierde en la espera del gran acontecimiento? ¿O es que la inercia constituye un caudal de fuerzas ignoradas que se concentran en algún punto de la tierra y que explosionan al mágico conjuro de un genio desconocido por los hombres?

La realidad nos demuestra que toda conquista fundamental está condicionada por conquistas parciales. No se puede llegar a la revolución social de un salto sobre el infinito sin partir de un punto dado y seguir una determinada trayectoria de esfuerzos y realizaciones. Un programa total anarquista, que no extrae ninguna experiencia del presente que no se manifiesta en ningún propósito actual termina siendo una negación y defender la tesis empírica de “todo o nada” equivale a negar la posibilidad de que los trabajadores realicen por sí mismos su emancipación económica y social.(6)


N&A





5- La autogestión, si no existen individuos capaces de gestionarse autónomamente, corre el riesgo de transformarse en cualquier cosa que sea exactamente su opuesto: una jerarquía basada en la obediencia y el mandato. La abolición de las clases no compromete mínimamente la existencia de estas relaciones jerárquicas. Estas pueden subsistir en el interior de la familia, entre los sexos y entre los diferentes grupos de edad, entre los grupos étnicos y en el interior de los organismos burocráticos, lo mismo que en los grupos sociales administrativos que pretenden realizar la política de una organización o de una sociedad libertaria. (Autogestión y nueva tecnología: la imaginación contra la máquina - Murray Bookchin) 



viernes, 16 de octubre de 2015

Acerca de una huelga - Errico Malatesta


Traducido desde “A proposito di uno sciopero,” L'Associazione (Niza) 1, no. 1 (6 de septiembre [recte octubre] de 1889). Al castellano: @rebeldealegre. Sólo se publicaron  siete números de este periódico, los tres primeros desde Niza, los restantes desde Londres.

Un asunto que correctamente preocupa a los revolucionarios es cómo sucederá la revolución.

La sociedad establecida no puede durar, dicen, pero aún así refleja tremendos intereses, está respaldada por un montón de prejuicios tradicionales, y, por sobre todo, es defendida por una poderosa organización militar que se desmoronará tan pronto como el hechizo de la disciplina se rompa, pero mientras tanto es un formidable perro guardián y medio de represión. ¿Dónde encontraremos la fuerza y la unidad de acción requeridos para vencer? Los planes y conspiraciones están bien cuando se trata de montar una acción específica que necesita sólo a un puñado de personas, pero son generalmente incapaces de determinar una revuelta popular lo suficientemente amplia como para representar una oportunidad de victoria. Los movimientos espontáneos son casi siempre demasiado pequeños o demasiado localizados, erupcionan con demasiado descuido y son muy fácilmente aplacados como para dar esperanzas de ser tornadas en una sublevación general.

Razonando en esta línea, la conclusión casi siempre alcanzada es que las mejores ocasiones para intentar una revolución social las ofrece algún movimiento político montado por la burguesía, o una guerra.
 
Aunque estamos siempre listos para tomar la oportunidad que las guerras o las revueltas políticas puedan ofrecernos para la expropiación y la revolución social, no creemos que esas sean las más probables, ni las más deseables de las circunstancias.

Una guerra puede gatillar una revolución, al menos en el país vencido. Pero la guerra despierta la mala semilla de los sentimientos patrióticos, inspirando el odio por el país vencedor, y la revolución que ésta podría hacer nacer — en gran medida promovida por el deseo de venganza y confrontada con la necesidad de resistir la invasión — tiene una tendencia a no ir más allá de un lío político. Existe incluso el peligro de que el pueblo, fastidiado por las depredaciones y matonajes de los soldados extranjeros, pueda olvidar la lucha contra los burgueses y fraternizar con estos últimos en una guerra contra el invasor.

Una agitación política carga con el mismo tipo de peligros, aunque a menor escala; el pueblo acepta alegremente como amigos a todos los que luchan contra el gobierno, y los socialistas, que estarían naturalmente intentando tornar el tumulto en una revolución social, serían acusados de poner la victoria en riesgo y de servir a los intereses del gobierno.

Tales eventos se están volviendo cada vez más improbables. La burguesía ha ido habituando de alguna manera a las revueltas desde la emergencia del partido socialista que amenaza con arrebatarle la victoria de las manos, y el pueblo, iluminado por la experiencia y la propaganda, ya no anhela tanto ir al sacrificio por la gloria y el beneficio de sus amos. Y nuevamente, la burguesía no tiene real intención de hacer la revolución — ni en los países europeos occidentales ni en las Américas. En esos países, es la burguesía la que en realidad gobierna. El hecho de que parte de ella se encuentre en graves aprietos y que enfrente la bancarrota y la pobreza no depende de las instituciones políticas y no puede ser alterado por un mero cambio de gobierno. Es, en vez, el resultado del mismo sistema capitalista al cual la burguesía le debe su existencia. Y, no importa cuán inevitable e inminente pueda parecer la guerra por mil razones económicas y políticas, es siempre pospuesta y se hace cada vez menos probable que ocurra a medida que los avances del socialismo internacional hace a los dominadores temer sumergirse en la oscuridad que sigue a una gran guerra europea.

De todos modos, las guerras y las revueltas políticas no dependen de nosotros, y nuestra propaganda, por su misma naturaleza, tiende a volverlas cada vez más difíciles e improbables. Sería por lo tanto muy mala táctica de nuestra parte si basáramos nuestros planes y esperanzas en eventos que no podemos y no deseamos gatillar.

De hecho, creemos que el prejuicio de esperar por oportunidades que no podemos llevar a cabo nosotros es en gran parte culpa del tipo de inercia y fatalismo al que algunos de nosotros a veces sucumbimos. Por supuesto, aquel que no puede hacer nada o piensa que no puede hacer nada, se inclina a dejar que las cosas tomen su curso y a dejar que el curso de la naturaleza disponga las cosas. Y ese mismo prejuicio podría muy bien ser culpa del hecho de que muchos buenos socialistas, cuyo cálido amor por el pueblo y ardiente espíritu revolucionario no podríamos negar, creen estar obligados a bajar sus armas y esperar a que algo caiga del cielo. Sin poder soportar tal ociosidad, se lanzan, sólo por hacer algo, al concurso electoral y entonces, poco a poco, abandonan la ruta revolucionaria por completo y descubren que se han convertido, contra sus voluntades, en vulgares políticos. ¡Cuán a menudo lo que parece — y bien puede haber resultado ser — traición ha comenzado por un entusiasmo e impaciencia que han perdido su camino!

Por suerte hay otras avenidas por las que la revolución puede suceder, y entre ellas nos parece que la agitación obrera en la forma de huelga es la más importante.

Las grandes huelgas que han ocurrido en los años recientes en un número de países europeos iban apuntando a los revolucionarios en dirección a aquel método abandonado; pero, de todas ellas, la colosal huelga de los trabajadores portuarios en Londres hace poco tiempo ha probado ser especialmente instructiva.[1]

* * *

Estos son los hechos:

Tras una corta pero ocupada campaña de propaganda, los trabajadores temporales de los puertos de Londres, que en la región son unos 50.000, se organizaron en un sindicato y rápidamente comenzaron la huelga. Los temporales son trabajadores a pedido que se reportan en los portales de los depósitos cada mañana y, si hay trabajo para ellos, son empleados por el día o en realidad simplemente por varias horas de corrido. Son éstos trabajadores pobres que viven en tugurios estrechos y fétidos, alimentándose o incluso manteniendo su hambre a raya con alimentos de desecho y licores contaminados, y vistiéndose de harapos. Viviendo el día a día, su trabajo siempre incierto, expuestos a la competencia de todos los famélicos que llegan desde todo lugar de Inglaterra y del resto del mundo, habituados a disputar unos con otros por un poco de trabajo, despreciados por los trabajadores de los oficios más afortunados, ciertamente satisfacen toda condición necesaria para ser considerados inapropiados para la organización y para una revuelta consciente contra los explotadores. Y sin embargo tomó sólo un par de años de propaganda realizada por un puñado de hombres voluntariosos capaces de dirigirse a ellos en términos inteligibles para probarles que son bien capaces de unir fuerzas, pararse rectos, y exigir la atención de todo el mundo civilizado. Lo que simplemente demuestra que el pueblo está en realidad más avanzado de lo que algunos creerían, y que una lenta pero persistente elaboración ya está en camino entre las masas, todo desconocido para los filósofos, preparándoles para el gran día que alterará la faz de la tierra.

Los huelguistas demandaban seis peniques la hora (en vez de cinco) por un día de trabajo; y ocho peniques la hora por trabajo antes de las 8 de la mañana y después de las 6 de la tarde; la abolición del arreglo mediante el cual el trabajo era subcontratado a explotadores de segundo nivel quienes, a su vez, subcontrataban a otros; un mínimo de cuatro horas de trabajo para los contratados, y unos cuantos otros cambios regulatorios.

La huelga de los trabajadores temporales había sido escasamente declarada cuando todos los demás sindicatos asociados a la carga y descarga de los buques — estibadores, portadores del carbón, lancheros, carreteros, etc. — también detuvieron el trabajo, algunos de ellos ni siquiera buscando mejorías sino sólo por solidaridad con los temporales. Rechazaron todo compromiso y toda concesión hasta que los temporales tuvieran lo que querían.

Llevados por el ejemplo, otros sindicatos no relacionados con los puertos entablaron simultáneamente sus propias demandas y se fueron a huelga.
 
Y Londres, la gran capital de los monopolios, fue testigo de 180 mil personas en huelga, e impresionantes protestas de hombres con rostros demacrados, vestidos en harapos, cuyo severo ceño infundió terror en las almas de la burguesía.
            
Pero hubo más:

Los trabajadores empleados en las plantas de gas se ofrecieron para ir a huelga. Londres habría quedado en la oscuridad al caer la noche y los hogares de los burgueses estarían expuestos a graves peligros. La misma oferta fue hecho por los conductores de tranvías, los obreros siderúrgicos, y los carpinteros.

En resumen, hubo un gran incremento de entusiasmo, un arrebato de solidaridad, un renacimiento de la dignidad que parecía consumar una huelga general; con la producción, el transporte y los servicios públicos detenidos ¡en una ciudad de unos 5 millones de habitantes!

Otras ciudades en Inglaterra sintieron el impacto del ejemplo dado, y brotaron huelgas más o menos grandes aquí y allá. En su tierra y en todas partes, el proletariado comprendió que los trabajadores de Londres luchaban en la causa común, y se inundó de extraordinaria ayuda proveniente de todos lados.

Los huelguistas habían de ser admirados por la resolución con que soportaron las más duras privaciones, y por la fortaleza con que rechazaron toda sugerencia de compromiso, por la inteligencia que desplegaron al anticipar lo que se necesitaría para la lucha, y por el espíritu de solidaridad y sacrificio que prevaleció en sus filas.

Se esforzaron por alimentar a una población, incluidos mujeres y niños, de más de medio millón de personas; de levantar suscripciones y colectas por toda la ciudad; de seguir el ritmo a una vasta correspondencia por carta y telegrama; de organizar mítines, protestas, y charlas; de estar pendientes, poner manos a la obra, y estar alerta en caso que los patrones timaran a pobres ingleses o extranjeros hacia el esquirolaje; de monitorear todas las entradas a los puertos para ver si había personas yendo a trabajar y cuántas. Todo esto, asombrosamente bien hecho por voluntarios no solicitados.

Hubo un incidente digno de notar: un buque de carga de hielo arribó y corrió el rumor de que este hielo iba destinado a los hospitales. Los huelguistas corrieron en tal número a ayudar a descargarlo sin cuidado alguno de si iban a ser pagados o no por la labor. Los enfermos — y en especial los pacientes en los hospitales — no debían sufrir por cuenta de la huelga.

No hay duda; gente como esta merece y es capaz de velar por sus asuntos por sí misma y, de ser libres, se guiarían en sus labores por esta preocupación por el bien general — ¡algo completamente ausente en el sistema burgués de producción!

Esos trabajadores poseían un amplio, a menudo instintivo, conocimiento de sus derechos y de su utilidad a la sociedad, y tenían la mentalidad combativa requerida para hacer una revolución; sintieron un vago anhelo por medidas más radicales que pudiesen terminar con su sufrimiento de una vez por todas, y borrar de la producción a todos los patrones e intermediarios que, aunque no producen nada, claman la mayor parte de lo producido, y hacen del trabajo, que debiese ser una obligación — algo de qué glorificarse y de lo cual derivar satisfacción — un infierno de dolor y una marca de inferioridad.

La ciudad estaba en alboroto, las provisiones se habían agotado en gran medida, muchas fábricas habían sido cerradas por falta de carbón o de materias primas, y con la incomodidad creciente, la irritación estaba en alza. En las esquinas, se comenzaba a hablar de hacer redadas a los distritos más adinerados.

Un estallido de revolución social soplaba por las calles de la gran ciudad.

Desafortunadamente las masas están aún impregnadas del principio de autoridad y creen que no pueden y no deben hacer nada sin órdenes desde arriba. Y así fue que los huelguistas fueron influenciados por un comité de personas que ciertamente merecen elogios por la parte que habían jugado en sentar las bases para la huelga o por servicios previos, pero que llanamente no eran adecuados para la posición a la que habían sido elevados por las circunstancias. Enfrentados a una situación completamente nueva que había ido más allá de todo a lo que aspiraban y para lo cual no tenían corazón, no pudieron lidiar con las responsabilidades incumbentes a ellos y llevar las cosas adelante, y no tuvieron la modestia y la inteligencia de hacerse a un lado y dejar que las masas actuaran. Comenzaron por restringir la huelga con una demostración contra la huelga general, y siguieron por hacer todo en su poder por mantener la paz y mantener la huelga dentro de los parámetros de la ley. Después, luego de que el momento de oportunidad había pasado, y el agotamiento había comenzado a minar el entusiasmo, presionaron por lo que habían antes rechazado e hicieron un llamado a la huelga general, sólo para retractarse debido a nuevos temores y presiones.

El alcalde de la ciudad y el alto clero, que había permanecido impasible, sin importarles en nada el sufrimiento de los trabajadores, volvieron a la ciudad una vez que vieron que las cosas se prolongaban demasiado y que el asunto estaba en dificultad y enfrentando el fracaso. Abrumados como siempre por tiernos sentimientos por la amada buena gente, se ofrecieron a mediar... Y luego de cinco semanas de heroico esfuerzo, todo el asunto terminó en un compromiso, tras lo cual los trabajadores volvieron a trabajar con la promesa de que sus demandas serían satisfechas desde el 4 de noviembre.

* * *

Véase cuán fácil podría suceder una revolución y, ¡ay! cuán fácil la oportunidad se puede dejar esfumar.

Si solamente en Londres la huelga general hubiese sido alentada y se le hubiese permitido seguir, la situación se hubiese tornado muy problemática para la burguesía, y la revolución se le hubiese ocurrido rápidamente al pueblo como la más simple solución. Fábricas cerradas; vías férreas, tranvías, buses, carros y cabinas en pausa; los servicios públicos cortados; los suministros de alimentos suspendidos; las noches sin luz de gas; cientos de miles de trabajadores en las calles — qué situación para que un grupo de personas, ¡hubiesen tenido un poco de materia gris y una pizca de agallas!

Si solo un poco de llana y clara propaganda en pro de la expropiación violenta se hubiese montado de antemano; si algunas bandas de valientes se hubiesen dispuesto a tomar y repartir alimentos, vestimenta, y otros artículos útiles que las bodegas tenían por montones, o si individuos aislados hubiesen forzado su entrada a los bancos y otras oficinas de gobierno para prenderles fuego, y otros hubiesen entrado a los hogares de la alta burguesía y alojado a las esposas e hijos ahí; y si otros le hubiesen dado su justo merecido a los más avaros burgueses y otros hubiesen puesto fuera de acción a los líderes de gobierno y a todo aquel que, en tiempos de crisis, pueda tomar su lugar, a los comandantes de la policía, los generales y todo el escalón superior del ejército, tomados por sorpresa en sus dormitorios o mientras salen de sus casas: en resumen, si solamente hubiese habido unos pocos miles de revolucionarios decididos en Londres, que es tan inmensa, entonces hoy la vasta metrópolis — y con ella, Inglaterra, Escocia, e Irlanda — estarían enfrentando una revolución.

Y tales cosas, tan problemáticas y casi imposibles de sacar adelante —  si son éstas dispuestas y preparadas por algún comité central — se vuelven lo más fácil del mundo si los revolucionarios, en acuerdo en sus propósitos y métodos, actúan junto a sus compañeros para empujar las cosas en la dirección que piensan es mejor cuando la oportunidad aparece, en vez de esperar la opinión u orden de nadie.

Hay más que suficientes personas de coraje, de determinación, en cada ciudad y pueblo. Si nada más, la alta tasa de crímenes lo sugeriría; es a menudo nada más que la erupción intempestuosa de energías acorraladas que no hallan salida útil en el estado presente de las cosas. Lo que falta es la propaganda: cuando alguien tiene una imagen clara en su mente del fin a alcanzar y de los medios que llevan a él, actuará sin solicitud y con la confianza en que está haciendo bien y no sentirá temor ni cobarde indecisión.

* * *

Admitamos haber cometido errores:

En aquellos días en que las ideas anarquistas comenzaban a ganar terreno en la Internacional, existían dos escuelas de pensamiento en cuanto a las huelgas en el proletariado. Algunos, que no suscribían a ningún ideal amplio de total emancipación y cambio social, reconocían que la huelga era el mejor medio disponible para que el trabajador mejorase sus circunstancias y reconocían que esto, más la cooperativa, serían la última palabra en cuanto al movimiento obrero.

Los otros, los socialistas autoritarios, entendían y decían llanamente que la huelga era un sinsentido económico y que no tenía la fuerza para traer mejoría duradera alguna, qué decir de emancipar al proletariado; pero concedían que era un buen arma de propaganda y agitación, hacían uso frecuente de él y llamaban a la huelga general como un medio de hacer que la burguesía por hambre se viera forzada a rendirse. Lo único era que, en virtud de que eran autoritarios, imaginaban que una huelga general podía ser organizada con anticipación para romper en una fecha específica agendada por un comité central, una vez que la mayoría de los trabajadores se hubiese unido a las filas de la Internacional, y que la explotación burguesa llegara a un fin de modo mucho más pacífico.

Nosotros los anarquistas, atrapados entre los prejuicios burgueses de una facción y el utopismo autoritario de la otra, estábamos tal vez algo impregnados de la antigua mentalidad jacobina que prestaba poca atención a las acciones de las masas y pensábamos que éstas serían emancipadas utilizando los mismísimos métodos empleados para esclavizarlos, y nos apresuramos en criticar la huelga como arma económica y fallamos en darle su crédito como exponente de rebelión moral. Gradualmente dejamos al movimiento obrero completo en manos de reaccionarios y moderados.

Nosotros, que pretendemos involucrarnos en toda insurrección, no importa lo pequeña que sea, nosotros que nos sentimos avergonzados si, una vez que las barricadas comienzan en algún lugar, no hacemos todo en nuestro poder por hacer eco de la revuelta o corremos a llenar las filas, hemos visto a decenas de miles de personas enfrentando sus escudos contra el capital, hemos visto la lucha agriarse y tomar giros revolucionarios.... y hemos permanecido impasibles, dejando el campo abierto a aquella clase de autodenominados revolucionarios que aparecen principalmente para predicar la limitación y la tranquilidad y para tornar todo en una oportunidad para lanzar candidatos.

Ya va siendo la hora de volver a examinarnos. No estamos por cierto renunciando a otros medios de acción a nuestra disposición o que puedan sentarnos bien — pero por sobre todo, volvamos a estar entre el pueblo.

Las masas se conducen hacia grandes demandas por vía de pequeñas peticiones y pequeñas revueltas: mezclémonos con ellas e incitémoslas a avanzar. En toda Europa, las mentes se inclinan en el presente a las grandes huelgas de trabajadores agrícolas o industriales, huelgas que involucran vastas áreas y sindicatos a montones. Bueno, entonces, encendamos y organicemos tantas huelgas como podamos; asegurémonos que la huelga se contagie y que, una vez que estalle, se esparza a diez o a cien oficios distintos en diez o en cien pueblos.

Pero que cada huelga cargue su mensaje revolucionario: que cada huelga convoque a personas de vigor a que castiguen a los patrones y, por sobre todo, a que cometan transgresiones contra la propiedad y que demuestren así a los huelguistas cuánto más fácil es tomar que pedir.

Una revolución que nazca de una gran proliferación de huelgas tendría el mérito de encontrar la pregunta ya hecha en términos económicos y conduciría con mayor seguridad a la emancipación comprehensiva de la humanidad.

Las tácticas que proponemos nos llevarán al contacto directo e ininterrumpido con las masas, nos proveerá de un enclave desde donde importar y esparcir nuestra propaganda por todas partes, y nos permitirá dar aquellos ejemplos y llevar a cabo aquella propaganda por los hechos, que siempre predicamos pero que tan rara vez practicamos, no por alguna falta de determinación o coraje, sino por carencia de oportunidades.

Así que salgamos en busca de tales oportunidades.
           
              



[1] Malatesta se refiere a lo que ha venido a conocerse como la Gran Huelga Portuaria, que tomó lugar en Londres desde el 14 de agosto al 16 de septiembre de 1889.  Esta es reconocida generalmente como el comienzo del “nuevo sindicalismo” británico, que difería del antiguo sindicalismo de oficios por su esfuerzo en lograr una amplia base de trabajadores no cualificados o semi-cualificados y por su enfoque en la acción industrial. Hay evidencia de que Malatesta, retornado recientemente desde Sudamérica, estuvo en Londres en aquel entonces, antes de moverse a Niza para editar L'Associazione. Por ende fue  testigo directo de la huelga.