Mostrando entradas con la etiqueta ecología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ecología. Mostrar todas las entradas

martes, 26 de julio de 2016

AFPs, reformas, reformismo y anarquismo

El pasado domingo 24 de julio mares humanos colmaron La Alameda levantando una sola consigna: No + AFP. La capital del saqueo se vistió de tempestades anunciando un nuevo ciclo proletario de protestas. Ya no es solo por “educación gratuita y de calidad”, sino que por la supresión del régimen de las AFP, sistema de pensiones herencia del pinochetismo, profundizado por los partidos de la izquierda neoliberal. En la multitudinaria protesta que solamente en Santiago reunió a más de 300.000 personas, no faltaron columnas, grupos e individualidades anarquistas y anarcosindicalistas. En este contexto, en el seno del movimiento anarquista surgen interesantes debates: si no queremos más AFPs, ¿Qué sistema de pensiones sostener? ¿Participar y fortalecer el movimiento contra las AFPs constituye un atentado contra los principios anarquistas? ¿Si tal movimiento es reformista es una contradicción que el movimiento libertario participe en él? 

Para abordar tales cuestionamientos de una manera integral, consideramos importante dialogar a través de los matices de la terminología vinculada. Para tal efecto, usaremos y abusaremos de las palabras de Errico Malatesta y Emilio López Arango.

Para Errico Malatesta el anarquismo siempre ha sido reformista. Aclara, empero, que sería más certero calificar al anarquismo como un movimiento reformador (para distinguirlo del reformismo político vulgar). La revolución —nos explica—, en el sentido histórico de la palabra, significa la reforma radical de las instituciones, ejecutada raudamente por medio de la insurrección violenta del pueblo contra el arraigado poder y privilegio. En este sentido, el anarquismo no podría ser otra cosa que reformista. El anarquismo es revolucionario porque no quiere solamente mejorar las instituciones que existen ahora, sino destruirlas completamente, abolir todas y cada una de las formas de poder del humano sobre el humano y todo parasitismo, de todo tipo, sobre el trabajo humano. Pero la revolución no puede ocurrir a pedido. ¿Debemos, entonces, permanecer como espectadores pasivos, esperando que el momento correcto se presente?

Todo, tanto en la historia como en la naturaleza, ocurre gradualmente. Cuando una represa revienta es porque o bien la presión del agua ha crecido demasiado para que la represa siga conteniendo o por la desintegración gradual de las moléculas del material del que está hecho la represa. De igual modo, las revoluciones estallan bajo la creciente presión de aquellas fuerzas que buscan el cambio social y ese punto se alcanza cuando el gobierno existente puede ser derrocado y cuando, por procesos de presión interna las fuerzas del conservadurismo se debilitan progresivamente.

Pero nunca hemos de reconocer —y aquí es donde nuestro ‘reformismo’ difiere de aquel tipo de ‘revolucionismo’ que termina sumergido en las urnas de votación— las instituciones existentes. Hemos de llevar a cabo todas las reformas posibles en el espíritu en el que un ejército avanza siempre arrebatando en su camino el territorio ocupado por el enemigo. Y siempre hemos de permanecer hostiles a todo gobierno —ya sea monarquista como el de hoy o republicano o bolchevique, como el de mañana—.(1)

Con los anteriores párrafos, podemos reforzar la diferencia entre el carácter reformador del anarquismo y del reformismo vulgar del parlamenterismo democrático-representativo, por el otro. Más que reformista o propiciador del reformismo, el anarquismo es, para el anarquista italiano, reformador en un sentido revolucionario y libertario. Tal dirección anárquica no significa, sin embargo, el triunfo garantizado del movimiento. En efecto, cuando las clases oprimidas conforman movimientos de acciones directas por una conquista determinada, ante el temor de que tal arremetida se transforme en un movimiento que destruya los cimientos de la sociedad burguesa —o por las mismas necesidades del desarrollo del capitalismo—, tales demandas suelen verse expresadas en los códigos de las instituciones burguesas. La mayoría de las veces funcionales a los intereses de la clase dominante.

Sin embargo, exigir y construir las bases necesarias para erigir tales conquistas no es en sí mismo reformismo o revolucionario. Será lo uno o lo otro, según el medio/formas que se empleen para arribar a tal demanda (además del objetivo a concretar, por supuesto). Si se protesta mediante métodos proletarios libertarios (acción directa, protestas, asambleas, anarcosindicalismo) por el acceso a la salud o por el fin de las AFPs, no será necesariamente reformismo. Si lo hacemos presentándonos como parte de una candidatura para consignar tal medida desde las alturas del poder, sí lo será. Si nos organizamos horizontalmente en pos de mejorar nuestra seguridad, no tendría porqué ser reformismo. Si exigimos que tal seguridad sea proporcionada por las instituciones coercitivas del Estado, sí lo será.

Complejizando tales distinciones prácticas y terminológicas, Emilio López Arango nos plantea un necesario ejercicio crítico del reformismo. Para el histórico militante de la FORA, el reformismo no se expresa únicamente en los cambios que sufre la estructura jurídica del Estado, sino que también en el traspaso de las riquezas y de los privilegios detentados por una minoría. Los señores feudales y la nobleza propietaria se vieron obligados a dar cabida en su mesa a la clase burguesa, adueñada del poder político. La revolución del siglo XVIII dio un golpe de muerte al feudalismo. Mas el problema social quedó en pie con ese traspaso de poderes y de títulos de propiedad. ¿Podría el proletariado, mediante un acto de fuerza que le diera el control de la máquina capitalista, eliminar de un golpe todas las diferencias de clase y de casta? ¿No sería más probable que, aplicando el método histórico de los marxistas, creara en su seno nuevos privilegiados y nuevos gobernantes, que serían precisamente los jefes políticos o los funcionarios sindicales? (2) Así, el reformismo no solo se expresa en la política parlamentaria o de la socialdemocracia, sino que también en los sectores que propugnan la dictadura del proletariado. El reformismo no está en el hecho natural de que los obreros reclamen mejoras económicas, sino en la subordinación de la ideología socialista totalitaria a un programa que tiende a perpetuar el régimen del salariado.(3)

Además de las tácticas socialistas democráticas y de los marxistas dictatoriales, para López Arango el reformismo también se expresa en los sectores sindicalistas apolíticos o en compañeros que abogan por prácticas "libres de dogmatismos". Tales posturas, al rechazar sistemáticamente todo compromiso con un “dogma”, dejan sentado el concepto fatalista del marxismo, pues confían al desarrollo industrial de las naciones y a la prevalencia cada vez más absorbente del capitalismo, la tarea de crear en los pueblos y en los individuos las aptitudes necesarias para preparar y realizar la revolución.(4) Tal actitud de los sindicalistas apolíticos o de compañeros que se dejan llevar por los movimientos sin un análisis teórico anarquista de las condiciones existentes, pueden ser arrastrados con mayor facilidad por el devenir de la ideología dominante. Si en la autogestión obrera no se incorpora integralmente el anarquismo —nos advierte Murray Bookchin—, la gestión tiende a prevalecer sobre el auto (de sí, para sí); la administración tiende a asumir el control sobre la autonomía del individuo. Gracias a la influencia ejercida por los valores tecnocráticos sobre el pensamiento del hombre, la individualidad —que reviste una importancia fundamental en la concepción libertaria de la organización de la vida en todos sus aspectos—, tiende a ser sustituida, con un juego sutil pero inexorable, por las virtudes de eficaces estrategias administrativas. Como consecuencia, se va promoviendo la autogestión no tanto con finalidad libertaria cuanto por metas funcionales, y esto ocurre incluso en los sindicalistas más comprometidos. (5)

Volviendo con López Arango, cabe destacar que considera que sería un gran error sostener que todas las conquistas del proletariado son estériles y que no representan nada en la marca del progreso. ¿Acaso es lo mismo —arguye nuestro autor— trabajar diez o doce horas que limitar a ocho o seis la jornada de trabajo? (...) Rechazar ese positivo mejoramiento en las condiciones materiales del asalariado con el argumento de que perdura el sistema capitalista aunque la jornada de trabajo se reduzcan a cuatro o dos horas, supone tanto como defender la teoría de la miseria como factor de la revolución. Por otra parte, ¿es posible eludir el esfuerzo que reclama la lucha cotidiana contra la explotación capitalista, conservando todas las energías para dar el golpe de gracia al capitalismo cuando se agote la paciencia de los trabajadores? ¿Se puede acumular en alguna parte la energía que se pierde en la espera del gran acontecimiento? ¿O es que la inercia constituye un caudal de fuerzas ignoradas que se concentran en algún punto de la tierra y que explosionan al mágico conjuro de un genio desconocido por los hombres?

La realidad nos demuestra que toda conquista fundamental está condicionada por conquistas parciales. No se puede llegar a la revolución social de un salto sobre el infinito sin partir de un punto dado y seguir una determinada trayectoria de esfuerzos y realizaciones. Un programa total anarquista, que no extrae ninguna experiencia del presente que no se manifiesta en ningún propósito actual termina siendo una negación y defender la tesis empírica de “todo o nada” equivale a negar la posibilidad de que los trabajadores realicen por sí mismos su emancipación económica y social.(6)


N&A





5- La autogestión, si no existen individuos capaces de gestionarse autónomamente, corre el riesgo de transformarse en cualquier cosa que sea exactamente su opuesto: una jerarquía basada en la obediencia y el mandato. La abolición de las clases no compromete mínimamente la existencia de estas relaciones jerárquicas. Estas pueden subsistir en el interior de la familia, entre los sexos y entre los diferentes grupos de edad, entre los grupos étnicos y en el interior de los organismos burocráticos, lo mismo que en los grupos sociales administrativos que pretenden realizar la política de una organización o de una sociedad libertaria. (Autogestión y nueva tecnología: la imaginación contra la máquina - Murray Bookchin) 



domingo, 20 de marzo de 2016

Comunalismo y sindicalismo - Emilio López Arango

He aquí un tópico que pocas veces, o ninguna, tocan los teorizantes del sindicalismo y que casi lo tienen olvidado por completo los mismos anarquistas. Porque, al grado de preponderancia que llegó el movimiento sindical y a las orientaciones que, en términos generales, siguen los sindicatos obreros, es el caso de preguntas si la práctica del “sindicalismo revolucionario” responde a la teoría anarquista, no ya en el espíritu libertario que lo informa, sino principalmente en su concepción económica de la sociedad futura: el comunismo.

El movimiento sindical de los trabajadores, sujeto a esa encadenación de factores morales y materiales derivados de la organización económica actual, interpreta, en su conjunto, por los objetivos que persigue en sus diarias acciones y por el “objeto” que combate, la teoría marxista del “materialismo histórico”. De esa premisa, que tiene de real el hecho de que el materialismo es la substancia de toda organización asentada en el privilegio y la expoliación —pero que se basa en una hipótesis puramente negativa, ya que confía al desarrollo industrial del capitalismo el proceso de disolución de la sociedad capitalista—; en esa superchería creada por Marx para dar valor a su “Estado obrero” y a su acción reformista del “socialismo científico” —socialismo de parlamento y de disputas electorales—  surgió la moderna concepción del sindicalismo científico…

Los teóricos de ese sindicalismo basado en la concepción materialista de la historia y que sigue a la zaga del capitalismo, copiando sus modalidades y haciendo suyos los “medios” que va creando en su continuo desarrollo industrial, creen que, con afirmar su fe libertaria y rechazar las viejas prácticas del funcionalismo marxista y la acción política de los parlamentaristas, establecen una diferencia esencial entre los sindicatos y los partidos. Pero en realidad, la diferencia es sólo de forma. La acción política de los socialistas se inspira en la llamada lucha de clases. El sindicalismo realiza diariamente esa lucha de clases, persiguiendo como objetivo inmediato el mejoramiento en las condiciones económicas del proletariado y como finalidad social la destrucción de la sociedad capitalista. Empleando medios distintos, sindicalistas y socialistas tienen una misma aspiración final: arrebatar el poder político a la burguesía y expropiar a sus actuales detentadores los instrumentos de producción y los “medios” que sirven para regularizar el consumo.

Se dirá que el sindicalismo que esbozamos aquí no es otra cosa que el marxismo llevado a las sociedades obreras por los políticos reformistas. Y se podrá objetar también que si el movimiento obrero está “fatalmente” obligado a seguir ese desarrollo material del capitalismo, no es posible afianzar una teoría contraria al “materialismo histórico” tomando como base a las organizaciones económicas del proletariado. Pero es el caso que nosotros no discutimos las “intenciones” de los “sindicalistas revolucionarios”: intenciones que tienen su síntesis ideológica en los preámbulos, cartas orgánicas, pactos de solidaridad y declaraciones de principios inspirados en las ideas libertarias. Como tampoco aceptamos el exclusivismo materialista de Marx, ni creemos que los organismos obreros deban seguir el proceso de desarrollo industrial copiando las formas exteriores del capitalismo y buscando en la estructura económica de la sociedad contemporánea los elementos constructivos de la futura organización de los pueblos.

Planteada la cuestión en estos términos, cabe que intentemos establecer la diferencia fundamental que separa a los anarquistas de los marxistas. Y, como generalmente se cree que el problema es puramente moral y hasta abstracto —que se reduce a ciertas declaraciones revolucionarias y a varios aspectos externos de la lucha inmediata contra el Estado y el capitalismo—, queremos buscar un ejemplo convincente en la más típica expresión del movimiento revolucionario: la acción sindical de los trabajadores.

¿Existe una cohesión efectiva entre el movimiento obrero (hablamos en términos generales) y la concepción libertaria del comunismo? Veamos. Las orientaciones del sindicalismo están subordinadas al desarrollo capitalista (“materialismo histórico”), y en el proceso industrial de la burguesía encontraron sus teorizadores los elementos de juicio para crear una teoría revolucionaria propia… Quiere decir, pues, que el sindicalismo, empleando los medios que le ofrece la organización capitalista, y únicamente inspirado en el principio de la lucha de clases, persigue como fin el establecimiento de una organización capitalista dirigida por los trabajadores. Y este absurdo —que no pocos creerán una afirmación antojadiza de parte nuestra—, está contenido en este alegato: “todo el poder a los sindicatos”, y en esta otra premisa: “ir constituyendo la sociedad nueva en el cascarón de la vieja”.

La concepción anarquista, aplicada a la misma organización económica de los trabajadores, es contraria a ese “sindicalismo constructivo”. No es posible olvidar este principio elemental de nuestra ideología: la organización comunista de una sociedad de hombres libres, debe tener por base a la comuna. El sindicalismo no tiene en cuenta la existencia de esos grupos autónomos de individuos, verdaderas células del organismo social, porque para los “materialistas históricos” las diferenciaciones éticas y étnicas están subordinadas al entrelazamiento creado entre los pueblos de una región o de varias regiones por una industria cualquiera. De lo que resulta que la base de la organización sindicalista está en el principio de centralización industrial —y no en la descentralización de esas monstruosas empresas y trusts financieros que destruyen las características del comunialismo—, con lo que se llegaría, después de la revolución a crear un Estado sindicalista cuyas células estarían representadas por cada una de las ramas industriales injertadas en el tronco capitalista…

El juego de palabras con que pretenden los sindicalistas identificar sus teorías a la concepción libertaria del comunismo, no puede servir de juicio en la aclaración de estos dos valores antitéticos: el comunalismo y el sindicalismo.

Los anarquistas, si quieren ser consecuentes con sus ideas y mantenerse irreductibles frente a las desviaciones que alejan al movimiento obrero de sus fuentes de inspiración libertaria, no deben olvidar que las organizaciones económicas del proletariado tienen carácter transitorio y responden pura y exclusivamente a “necesidades” creadas por el desarrollo capitalista e impuestas por las condiciones precarias en que vive la clase trabajadora. Y si la conformación de esos órganos de lucha se mantiene sujeta a las formas estructurales del régimen capitalista, ¿qué valores revolucionarios podemos atribuir a los sindicatos obreros?

Para los anarquistas, el sindicalismo no puede ser otra cosa que un medio de lucha: la organización económica de los trabajadores para actuar en el plano económico que sirve de base a la sociedad capitalista. Y siendo los sindicatos simples medios para la acción económica de los trabajadores, se comprende que no es posible atribuirles una función social pre-revolucionaria que no pueden desempeñar al margen de la organización capitalista, puesto que son la imagen y semejanza de esa misma organización.

De ese hecho parte la diferencia que separa la propaganda anarquista del movimiento puramente sindicalista. Y no es necesario presentar como ejemplo a los grupos de propaganda que se desenvuelven al margen de las organizaciones obreras, pues la orientación anarquista puede ser señalada también en organizaciones proletarias creadas sobre la base de la lucha económica. Se puede ser comunalista — esto es, partidario de la organización siguiendo las líneas que señala los diversos organismos humanos, sin tener en cuenta el proceso de centralización capitalista o las “especialidades” creadas por el industrialismo—, y defender la organización sindical de los trabajadores. Lo importante es mantener latente el espíritu de independencia de los proletarios y oponer una fuerza consciente al poder avasallador del capitalismo, minando su formidable organismo económico para inutilizarlo por completo sin esperar servirse de él durante o después de la revolución.

Los anarquistas que tienen en cuenta todas las razones del “materialismo histórico” y llevan a los sindicatos obreros las preocupaciones derivadas de la supuesta prevalencia del factor económico sobre las causas morales que determinan la esclavitud de los pueblos, contribuyen al afianzamiento de esa doctrina sindicalista que pretende encerrar la vida en los estrechos moldes del sindicato. Y si esos anarquistas, pretendiendo haber hecho un colosal descubrimiento, nos presentan el industrialismo I.W.W. o sus derivados sindicales: consejos de fábrica, organización por talleres, división del trabajo en ramas de industria y demás innovaciones de corte marxista, creyendo haber encontrado la solución del problema social, es menester que les recordemos que nada tan opuesto a las ideas anarquistas y a la concepción del comunismo como esa teoría sacada de la médula del capitalismo.

El alegato de que las “necesidades” imponen esas nuevas formas orgánicas al sindicalismo, es una superchería que solo pueden sostener y aceptar los “materialistas históricos”. El problema fundamental que agita a los pueblos, gesta el descontento popular y plasma las protestas humanas en movimientos revolucionarios, no tiene sus causas primeras —que en realidad son causas únicas—, en los aspectos actuales de la explotación y el dominio del hombre por el hombre. El capitalismo es un aspecto, el más moderno y posiblemente también el más degradante, del secular sistema que regula la vida de los pueblos. Y si revoluciones hubo antes de que la burguesía se elevara al rango de clase privilegiada y antes que el Estado capitalista nos ofreciera su terrible poder económico, es fácil constatar que el espíritu que alienta a la humanidad en su penosa marcha hacia el futuro es anterior a las “necesidades” creadas al proletariado por el desarrollo industrial de las sociedades burguesas.

Constatamos, pues, que el punto de partida de toda organización libertaria está en la comuna. Y el comunalismo no es una simple expresión política —o un convencional denominativo geográfico—; sino que es ante todo una concepción libertaria que se basa en la reciprocidad de intereses y en la identificación de aspiraciones de los diversos grupos humanos que forman las naciones e integran el conjunto social de la humanidad.

Los rasgos característicos de cada pueblo no se han creado por medio de leyes artificiosas o por “caprichos” de la naturaleza. El anarquismo tiene muy en cuenta esas características morales y físicas que nos demuestran que la variedad es la ley natural más sabia… El socialismo, en cambio, ateniéndose a la premisa del “materialismo histórico”, supedita el problema humano al desarrollo del capitalismo y subordina a las necesidades económicas los factores morales que determinan el grado de cultura de cada pueblo.


El industrialismo obrero es la constatación del “materialismo histórico” llevado al terreno de la lucha de clases. Y ese camouflage revolucionario, por lo mismo que oculta la esterilidad creadora de las grandes masas sometidas a la dirección de los jefes políticos y sindicales que aspiran a la dictadura del proletariado, debe ser destruido por los anarquistas que no sufrieron el deslumbramiento de esa llamarada de pólvora...


Emilio López Arango




Digitalización: Rebeldeἄlegre





martes, 5 de febrero de 2013

Freirina Rebelde! un documental sobre el avance del capital y la resistencia de la comunidad

Un acontecimiento bien comentado es el hecho de que a nivel mundial se están generando brotes de desobediencia masiva. Cualquier continente, hoy en día, puede ser potencialmente el escenario de una revuelta. Lo que no es muy comentado es el contenido que están teniendo estas insurrecciones, el cual esta cambiando de manera sustancial al que tenían las anteriores revueltas. El antiguo movimiento anticapitalista, que nació al calor de las fabricas, y que tenia al sindicato como prototipo organizativo, esta dando paso a nuevos tipos de organización y otras reivindicaciones que traspasan lo relativo a las condiciones de trabajo o el mundo laboral. Ahora, la lucha, al igual que el sistema capitalista, se ha diversificado y complejizado. El sistema económico se ha hecho mundial/global y su dominación a traspasado todos los procesos de nuestra vida. Sin embargo, el movimiento anticapitalista actual también ha profundizado la critica y ahora surgen reivindicaciones ligadas a las problemáticas de genero, la recuperación de los territorios, las luchas indígenas y la generación de una sociedad libre en equilibrio con la naturaleza. Son precisamente estas ultimas luchas las que parecen adquirir mas fuerza y virulencia por todo el planeta. En un mundo altamente tecnologizado y mecanizado, en donde las concentraciones obreras están en decadencia, la resistencia pasa a territorializarse. Del sindicato al territorio.

Los antiguos teóricos anticapitalistas y la base obrera combativa confiaban en la noción de progreso. El futuro utópico seria un mundo repleto de fabricas gestionadas por los productores mismos: la clase obrera. Esta fe en el progreso técnico fue característica en estos movimientos, quizás una herencia del pensamiento burgués de la ilustración, de amplia importancia en la elaboración de las primeras teorías criticas al capitalismo como lo son el comunismo y el anarquismo. Sin embargo, hoy en día vemos como la industrialización y el progreso técnico no son sinónimos de emancipación de la humanidad, la tecnología no es neutra, sino que responde a los intereses del pensamiento dominante. Cuando el desarrollo tecnológico va unido a condiciones de dominación, toda técnica deviene en sometimiento. Hoy en día la tecnología y la industrialización, aunque todos los medios de comunicación digan lo contrario, se están transformando en un sofisticado mecanismo de control social y nos esta llevando hacia una debacle ecológica sin precedentes. Los modos de vida actuales, la concentración masiva en las ciudades, la industrialización generalizada, la extracción indiscriminada de recursos naturales y otros procesos nos están llevando, de la mano de la figura del progreso, hacia una catástrofe global.

Es por eso que el movimiento actual, a diferencia del antiguo, esta dejando de confiar ciegamente en el progreso de la industria y la tecnología como emancipadores de la humanidad. Cada día se ve como el llamado progreso destruye territorios y comunidades en beneficio de las clases dominantes. Es por eso que ahora el futuro utópico no pareciera ser un mundo totalmente industrializado y bajo el poder de los trabajadores, sino un proceso mucho mas complejo de equilibrio con nuestro entorno y las diversas comunidades que viven en el planeta. Ya no solo importa quien es dueño de los medios de producción, sino cómo y bajo que logicas se produce. Ya no basta con que los trabajadores autogestionen el sistema productivo, en las condiciones actuales seria como que los oprimidos autogestionaran su propia extinción como especie. Las nuevas revueltas vienen con la idea de proteger el territorio de la destrucción irreversible. La revolución, entonces, vendrá con un cambio radical al modo de pensar y vivir actual, vendrá con una critica radical a la nociones de progreso e industrialización, solo así podrá tener alguna proyección.

El siguiente documental es un vivo reflejo de estos nuevos procesos que estamos viviendo. Se relata el viaje de resistencia de una pequeña localidad ubicada en el Valle del Huasco (región chilena), territorio altamente intervenido por empresas industriales ligadas a la minería, generación energética y la agro-industria. La revuelta de sus habitantes explotó en 2012 luego de que una empresa de cerdos no dejara vivir a los pobladores del sector. Las condiciones sanitarias eran alarmantes, el olor insoportable. El pueblo se levantó y el estado, como de costumbre, reaccionó. Militarización del territorio, represión al movimiento e impunidad a grupos paramilitares de la empresa de cerdos que buscaba amedrentar al movimiento. Por su parte los medios no pudieron invisibilizar el conflicto, ya que la resistencia fue notoria y radical, sin embargo lanzaron todo su arsenal de persuasión. Para ellos el problema de la industria era simplemente técnico, un desliz, nada que no pudiera solucionarse. Sin embargo, lo cierto es que los problemas como el de Freirina, no son un asunto técnico, representan una condición estructural para el desarrollo del modelo económico. La imposición de la ganancia sobre la vida y salud humanas no es un problema técnico, es un problema ideológico, es la esencia misma del capitalismo.

Freirina rebelde a través de la revisión de una lucha particular de un pueblo se constituye como un critica global al sistema capitalista. No se queda en el simple acontecimiento, sino que desentraña el modo de vida que se encuentra detrás del conflicto territorial en Freirina. El crecimiento extremo de las ciudades, la industrialización generalizada y el predominio total de la mercancía en las sociedades actuales. 

El siguiente documental, de solo media hora de duración, es por tanto, una critica unitaria al sistema de dominación capitalista, en cuanto centra su juicio al modelo mismo y a una de sus ideas con mayor fuerza para su reproducción como aparato de dominación: la idea progreso.

Las condiciones han cambiado, el capitalismo también. Es por eso que debemos readecuar y afilar nuestra critica. Esta última debe ir a las entrañas del modelo, las reformas no aseguran la revolución y lo que es mas preocupante aún: no aseguran nuestra permanencia como especie en el planeta. Nuestra estrategia debe adecuarse. ¿Esto quiere decir que debemos desechar todo lo hecho anteriormente? No, aunque las cosas cambian, algunas siguen latentes. El sistema capitalista tiene los mismos principios de glorificación de las mercancías. La lucha de clases, con todas sus complejizaciones, sigue vigente, y las revueltas a nivel mundial así lo comprueban. Las luchas pasadas de otros anticapitalistas nos pueden mostrar algunos caminos, pero el verdadero rumbo solo podrá ser definido con una critica nueva y radical, nacida de las entrañas de las luchas del movimiento actual. Es hacia ese objetivo donde debemos volcar la mirada. Solo una estrategia de emancipación que involucre todos los aspectos de la vida y nuestro entorno puede triunfar frente a un sistema que busca intervenir toda nuestra vida y nuestro entorno. La lógica es simple: o es el capitalismo o somos nosotros, es lamentable, pero no quedan otras posibilidades. Nuestra salvación como especie depende de la revolución social, pero de un nuevo tipo de revolución, una nunca antes vista, una que ponga en duda el modelo a cabalidad, una critica global. De nosotros y nosotras depende, de nadie más.

   Documental Freirina Rebelde: 

  




texto escrito por Magnicidio Espinoza 

Video realizado por Pastafarei Records



Info Vía



sábado, 26 de enero de 2013

Costa Rica: Aprobaron maíz transgénico de Monsanto

Pese a la firme oposición de varias organizaciones nacionales y el voto contrario de los representantes de la Federación Ecologista, la mayoría de los integrantes de la Comisión Técnica Nacional de Bioseguridad (CTNBio) decidió aprobar la solicitud presentada por D&PL Semillas Ltda, subsidiaria de la compañía Delta & Pine Land (Monsanto), para sembrar 15 hectáreas con maíces transgénicos MON-88017, MON-603 y MON-89034.

En diciembre pasado,representantes del Ministerio de Ambiente y Energía, así como del sector académico, habían solicitado posponer la votación, supuestamente para solicitar a la transnacional más información acerca del proyecto de siembra de maíz transgénico Seguir Leyendo