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martes, 29 de marzo de 2016

Metafísica de la dictadura proletaria - Emilio López Arango

El siguiente artículo del anarcosindicalista español que residió en Argentina, Emilio López Arango (1894-1929), constituye una aguda crítica de la dictadura proletaria defendida por los marxistas. Nos llamó profundamente la atención la capacidad de análisis del autor quien por momentos pareciera estar contemplando el futuro de la URSS con una esfera de cristal. Para la transcripción hemos empleado «Ideario del pensamiento anarquista en el movimiento obrero», Ediciones FORA, 2013, libro que compila parte de la obra de Emilio López Arango. (N&A)

Toda cuestión tiene su pro y su contra: su anverso y reverso. Hechos aceptados como la más lógica conclusión del progreso social, ideas al parecer materializadas por una larga experiencia histórica, tienen también su metafísica. Y es indiscutible que la concepción política de la dictadura –acompañada del agregado “proletaria”– constituye una de las más grandes ficciones sociológicas creadas para explicar hechos de la naturaleza material.

La metafísica de la dictadura está precisamente en su denominativo político. El hecho material, la concreción económica que la dictadura ofrece a los pueblos no admite diferencia de orden moral: es el Estado, la autoridad, la violencia elevada a las esferas donde tienen su trono el despotismo, la iniquidad y la explotación. ¿Y no son unos verdaderos metafísicos los revolucionarios que pretenden libertar al hombre por medio de los yugos y las cadenas?

Para destruir una ficción reformista, los bolcheviques crearon una ficción revolucionaria. Frente a un hecho de fuerza de la magnitud de la revolución rusa, no era posible pretender la renovación de las fracasadas ideas democráticas. El parlamentarismo no ilusionaba a la clase trabajadora. La ley había dejado de ser la panacea para las masas crédulas y apáticas. ¿Qué hacer ante semejante fracaso? Apelar a la metafísica de la dictadura.

En torno a esa palabra que encarna seculares despotismos, se fue construyendo lo que hoy se llama experiencia revolucionaria. ¿Qué nos ofrece de nuevo ese viejo concepto adornado con una nueva palabra? La democracia –gobierno del pueblo por el pueblo– es la metafísica de la legalidad, del derecho del ciudadano, de la igualdad jurídica. La dictadura del proletariado –ejercicio violento del poder para conquistar la libertad económica de la clase obrera– es la metafísica de la revolución. Por medio del parlamento o recurriendo a las barricadas, los marxistas persiguen el mismo fin: la conquista del poder político para la dominación económica sobre el proletariado.

Si no puede haber igualdad en la democracia, si el derecho jurídico es una ficción, si la ciudadanía no garantiza al esclavo su libertad económica, ¿es posible que la dictadura realice por sí sola, con sus elementos de fuerza, la conquista de los derechos políticos y económicos del proletariado? El Estado es una concreción materializada de la incapacidad de los hombres para vivir en la libertad. Que el gobierno tenga por base la democracia o surja de una conmoción social, para imponer los imperativos de una dictadura las consecuencias son idénticas para la mayoría sometida. La democracia no ha realizado el ideal del gobierno –del pueblo por el pueblo–. ¿Puede la dictadura realizar el ideal del gobierno de proletariado para el proletariado?

Los marxistas que hoy repudian las prácticas legalitarias, la acción parlamentaria y todas las groseras ficciones de la democracia, no tardarán en caer en el pantano que sirve de pudridero a todos los sistemas sociales. La dictadura, por lo mismo que es un ejercicio violento de funciones jurídicas y administrativas que lesionan intereses colectivos, solo puede ejercerla transitoriamente un gobierno de fuerza. Y más allá de la dictadura está la democracia, excepto que los comunistas de Estado pretendan establecer con carácter permanente un régimen de opresión peor que el zarista. ¿Que la dictadura ejercida por el partido bolchevique en nombre del proletariado, tiende a crear las bases de un régimen social distinto a los sistemas conocidos? He ahí un argumento metafísico.

Fuera de lo que pueda realizar el pueblo por sí mismo, con su esfuerzo y con su capacidad, nada de nuevo traerá esa “dictadura proletaria”. El proletariado delega en los jefes todas las funciones sociales, ¡y ofrece su fuerza bruta para elaborar sistemas que atentan contra la libertad y contra su vida! ¿Si el Estado queda en pie después de una revolución y si un nuevo gobierno suplanta al derrocado, debemos admitir que sigan subsistiendo las causas que provocaron el descontento popular y armaron el brazo de los revolucionarios? ¿Y pueden los hombres que se turnan en el poder, por muy identificados que estén con los dolores y las miserias del pueblo, destruir desde arriba los efectos de una organización social cuyas bases comienzan por asegurar con viejos materiales tomados en préstamo a las castas vencidas?

El proletariado ruso hizo una revolución sin precedentes en la historia. Pero, moral y económicamente considerada, ¿la dictadura del Partido Comunista representa una conquista efectiva para la clase trabajadora? La dictadura no es una abstracción. Para Rusia, ese sistema de gobierno constituye la más dolorosa experiencia: es el Estado revivido, la propiedad privada, la explotación, el salario, el hambre, la miseria y todas las plagas del capitalismo consideradas como una necesidad social por los gobernantes surgidos de las bajas capas del pueblo. Y si quitamos a esa dictadura su metafísica –si la despojamos del apelativo “proletario”– ¿qué es lo que queda de ella? La desnuda realidad de un gobierno que ha hecho de la violencia su ley y del despotismo la base política y económica de su dominación sobre el proletariado.

Sí; la democracia es una ficción, pero la dictadura es una realidad en lo que representa como sistema de gobierno y una metafísica en lo que teóricamente supone su agregado político: dictadura del proletariado. 

Para los marxistas la ley, las reglamentaciones, los dictámenes del Estado, constituyen el único elemento de orden. Y poco importa que una fracción que se llama revolucionaria, recomiende al proletariado la acción violenta para conquistar el poder. Una revolución cumplida es, para un marxista, el agotamiento de las fuerzas populares mediante la creación de una autoridad soberana e indiscutible. Y la “dictadura del proletariado” –ya lo hemos visto en Rusia–, no es otra cosa que una democracia conquistada y violada por un partido. El funcionamiento del soviet ruso, sus leyes y reglamentos, sus autoridades subordinadas a un órgano central absolutista; su sistema político y su administración económica, ¿no son realmente otras tantas manifestaciones de la democracia burguesa transitoriamente sometida a dispositivos violentos que durarán lo que dure el proceso de equilibrio social inaugurado por la comisariocracia roja?

Los metafísicos de la “dictadura del proletariado” pretenden desconocer esta realidad política y económica: Rusia marcha hacia el capitalismo –en sus formas clásicas–, con propiedad privada y salariados y como consecuencia de ello el soviet está obligado a democratizarse. Y esto significa el fin de la dictadura, en lo que es aún más doloroso para los creyentes del mito bolchevique, en esa realidad histórica está la muerte de la ficción proletaria de esa misma dictadura.

Inmediatamente esa desilusión será funesta para el comunismo dictatorial. Pero la culpa será de quienes se empañaron en hacer metafísica con una cosa tan material y grosera como es la dictadura.

Emilio López Arango 

lunes, 7 de abril de 2014

Marx y el anarquismo - Rudolf Rocker

I

Hace algunos años, poco después de la muerte de Federico Engels, el señor Eduardo Bernstein, uno de los miembros más conspicuos de la comunidad marxista, asombró a sus compañeros con unos descubrimientos notables. Bernstein manifestó públicamente sus dudas con respecto a la exactitud de la interpretación materialista de la historia, de la teoría marxista de la plusvalía y de la concentración del capital; hasta atacó el método dialéctico, llegando a la conclusión de que no era posible hablar de un socialismo crítico. Hombre prudente, Bernstein reservó para sí sus descubrimientos hasta tanto muriese el viejo Engels, y solo entonces los hizo público ante el espanto consiguiente de los sacerdotes marxistas. Pero ni siquiera esa prudencia pudo salvarlo, pues se le atacó por todos lados. Kautsky escribió un libro contra el hereje, y el pobre Eduardo viéndose obligado a declarar en el congreso de Hannover que era un débil pecador mortal y que se sometía a la decisión de la mayoría científica. 

Con todo, Bernstein no había revelado nada nuevo. Las razones que oponía contra los fundamentos de la doctrina marxista ya existían cuando él todavía seguía siendo apóstol fiel de la iglesia marxista. Esos argumentos habían sido entresacados de la literatura anarquista, y lo único importante era el hecho de que uno de los socialdemócratas más conocidos se valiera de ellos por primera vez. Ninguna persona sensata negará que la crítica de Bernstein haya dejado de producir una impresión inolvidable en el campo marxista: Bernstein había tocado los cimientos más importantes de la economía metafísica de Carlos Marx, y no es extraño que los respetables representantes del marxismo ortodoxo se hayan alborotado. 

No hubiera sido tan grave todo eso si no mediara otro inconveniente peor que el anterior. Desde hace casi un siglo los marxistas no cesan de predicar que Marx y Engels fueron los descubridores del llamado socialismo científico; inventándose una distinción artificial entre los socialistas titulados utópicos y el socialismo científico de los marxistas, diferencia que existe tan sólo en la imaginación de estos últimos. En los países germánicos la literatura socialista ha sido monopolizada por las teorías marxistas, y todo socialdemócrata las considera como productos puros y absolutamente originales de los descubrimientos científicos de Marx y Engels. 

Pero también este ensueño se ha desvanecido: las investigaciones históricas modernas han establecido de una manera incontrovertible, que el socialismo científico no es más que una consecuencia de los antiguos socialistas ingleses y franceses, y que Marx y Engels han conocido perfectamente el arte de revestirse con plumas ajenas. Después de las revoluciones de 1848, iniciándose en Europa una reacción terrible; la Santa Alianza volvió a tender sus redes en todos los países con el propósito de ahogar el pensamiento socialista, que tan riquísima literatura produjera en Francia, Bélgica, Inglaterra, Alemania, España e Italia. Dicha literatura fue casi totalmente relegada al olvido durante esa época de oscurantismo que comenzó después de 1848. Muchas de las obras más importantes fueron destruidas hasta reducirse su número a pocos ejemplares que hallaron albergue en algún sitio tranquilo de ciertas grandes bibliotecas públicas o de algunas personas privadas. Sólo a fines del siglo XIX y comienzo del siglo XX, esa literatura ha sido nuevamente descubierta y hoy causan admiración las ideas fecundas que se encuentran en los viejos escritos de las escuelas posteriores a Fourier y Saint-Simon, en las obras de Considerant, Demasi, Mey y muchos otros. Y en esa literatura se ha hallado, asimismo, el origen del llamado socialismo científico. Nuestro viejo amigo W. Tcherkesoff fue el primero en ofrecer un conjunto sistemático de todos esos hechos; demostró que Marx y Engels no son los inventores de esas teorías que durante tanto tiempo han sido consideradas como su patrimonio intelectual(1); hasta llegó a probar que algunos de los más famosos trabajos marxistas, como por ejemplo, el “Manifiesto Comunista”, no son en realidad otra cosa que traducciones libres del francés, hechas por Marx y Engels. Y Tcherkesoff ha obtenido el triunfo de que sus afirmaciones con respecto al “Manifiesto Comunista” fuesen reconocidas por el “Avanti”, el órgano central de la socialdemocracia italiana(2) después de haber tenido el autor la oportunidad de comparar el “Manifiesto Comunista” con el “Manifiesto de la Democracia” de Victor Considerant, que apareció cinco años antes que el opúsculo de Marx y Engels. 

El “Manifiesto Comunista” es considerado como una de las primeras obras del socialismo científico y el contenido de ese trabajo ha sido sacado de los escritos de un “utopista”, pues el marxismo incluye a Fourier entre los socialistas utópicos. Es ésta una de las ironías más crueles que imaginar se pueda y no constituye, seguramente, una recomendación favorable para el valor científico del marxismo. Víctor Considerant, fue uno de los primeros escritores socialistas que Marx conoció; ya lo menciona en la época en que todavía no era socialista. En 1842, la “Algemeine Zeitung” atacó a la “Rheinische Zeitung” de la que era redactor en jefe Marx reprochándole que simpatizaba con el comunismo. Marx contestó entonces con un editorial(3), en que declaraba lo siguiente: 

“Obras como las de Leroux, Considerant, y especialmente el libro perspicaz de Proudhon, no pueden ser criticados con algunas observaciones superficiales y es preciso estudiarlas detenidamente antes de entrar a criticarlas.” 

El socialismo francés ha ejercido la mayor influencia sobre el desarrollo intelectual de Marx; pero de todos los escritores socialistas de Francia es P. J. Proudhon quien más poderosamente influyó en su espíritu. Hasta es evidente que el libro de Proudhon “¿Qué es la propiedad?” indujo a Marx a abrazar el socialismo. Las observaciones críticas de Proudhon sobre la economía nacional y las diversas tendencias socialistas descubrieron ante Marx un mundo nuevo y fue principalmente la teoría de la plusvalía, tal como ha sido desarrollada por el genial socialista francés, lo que mayor impresión causó en la mente de Marx. El origen de la doctrina del plus-valor, ese grandioso “descubrimiento científico” de que tanto se enorgullecen nuestros marxistas lo hallamos en los escritos de Proudhon. Gracias a éste, Marx llegó a conocer esa teoría, que modificó más tarde mediante el estudio de los socialistas ingleses Bray y Thompson. 

Marx hasta reconoció públicamente la gran significación científica de Proudhon, y en un libro especial, hoy completamente desaparecido de la venta, llama a la obra de áquel, “¿Qué es la propiedad?” “el primer manifiesto científico del proletariado francés”. Esa obra no volvió a ser editada por los marxistas, ni ha sido traducida a otro idioma, a pesar de que los representantes oficiales del marxismo han hecho los mayores esfuerzos para difundir en todas las lenguas los escritos de su maestro. Ese libro ha sido olvidado, se sabe por qué: su reimpresión descubriría al mundo el colosal contrasentido y la insignificación de todo lo escrito por Marx más tarde acerca del eminente teórico del anarquismo. 

Marx no solamente había sido influenciado por las ideas económicas de Proudhon, sino también se sintió influido por las teorías anárquicas del gran socialista francés, y en uno de sus trabajos de aquel período, combate al Estado en la misma forma que lo hiciera Proudhon.

 

II


Todos aquellos que hayan estudiado atentamente la evolución socialista de Marx deberán reconocer que la obra de Proudhon “¿Qué es la propiedad?” fue la que lo convirtió al socialismo. Los que no conocen de cerca los detalles de esa evolución y aquellos que no han tenido oportunidad de leer los primeros trabajos socialistas de Marx y Engels, juzgarán extraña e inverosímil esta afirmación. Porque en sus trabajos posteriores Marx habla de Proudhon con burla y desprecio, y son precisamente estos escritos los que la Socialdemocracia ha vuelto a publicar y reimprimir constantemente. 

De este modo tomó cuerpo poco a poco la opinión de que Marx fue, desde un principio, el adversario teórico de Proudhon y que jamás ha existido entre ambos punto de contacto alguno. Y verdaderamente, cuando se lee lo que el primero de ellos ha escrito respecto del segundo en su conocido libro “Miseria de la Filosofía”, en el “Manifiesto Comunista” y en la necrología que publicó en el “Sozialdemokrat” de Berlín, poco después de la muerte de Proudhon, no es posible tener otra opinión. 

En “Miseria de la Filosofía” ataca a Proudhon de la peor manera, valiéndose de todos los recursos para demostrar que las ideas de aquél carecen de valor y que no tiene ninguna importancia ni como socialista ni como crítico de la economía política. 

“El señor Proudhon - dice - tiene la desgracia de ser comprendido como un modo extraño: en Francia tiene el derecho de ser un mal economista, porque allí se le considera buen filósofo alemán; en Alemania puede ser un mal filósofo, puesto que se le considera allí el mejor economista francés. En mi calidad de alemán y economista me veo obligado a protestar contra ese doble error”(4). 

Y Marx va más lejos aun: acusa a Proudhon, sin ofrecer ninguna prueba, de haber plagiado sus ideas del economista inglés Bray. Escribe: 

“Creemos haber hallado en el libro de Bray(5), la llave de todos los trabajos pasados, presentes y futuros del señor Proudhon.” 

Es interesante observar como Marx, que tantas veces utilizaba ideas ajenas y cuyo “Manifiesto Comunista” no es en realidad sino copia del “Manifiesto de la Democracia” de Victor Considerant, denuncia a otros como plagiarios. 

Pero prosigamos. En el “Manifiesto Comunista”, Marx presenta a Proudhon como representante burgués y conservador(6). Y en la necrología que escribió en el “Sozialdemokrat” (1865), leemos las siguientes palabras: 

“En una historia, rigurosamente científica de la economía política, ese libro (se refiere a “¿Qué es la propiedad?”) apenas merecería ser mencionado. Porque semejantes obras sensacionales desempeñan en las ciencias exactamente el mismo papel que en la literatura novelesca.” 

Y en ese mismo artículo necrológico reitera Marx su afirmación de que Proudhon carece de todo valor como socialista y como economista, opinión que ya emitiera en “Miseria de la Filosofía”. 

Fácil es comprender que semejantes asertos, que Marx lanzaba contra Proudhon, tenían que divulgar la creencia, mejor dicho la convicción, de que entre él y el gran escritor francés no ha existido nunca el menor parentesco. En Alemania, Proudhon es casi totalmente desconocido. Las ediciones germanas de sus obras, hechas alrededor del año 1840, están agotadas. El único libro suyo que volvió a ser publicado en alemán es “¿Qué es la propiedad?” y aun esta edición se ha difundido en un círculo restringido. Esta circunstancia explica el hecho de que Marx haya logrado borrar los rastros de su primera evolución como socialista. Que su concepto de Proudhon era bien distinto al principio, hemos tenido la oportunidad de verlo más arriba y las conclusiones que siguen corroborarán nuestra aseveración. 

Siendo redactor en jefe de la “Rheinische Zeitung”, uno de los periódicos principales de la democracia alemana, Marx llegó a conocer a los escritores socialistas más importantes de Francia, aunque él mismo no era todavía socialista. Ya hemos mencionado una cita suya que alude a Victor Considerant, Pierra Leroux y Proudhon, y no cabe duda que Considerant y especialmente Proudhon, han sido los maestros que lo atrajeron al socialismo. “¿Qué es la propiedad?” ha ejercido, sin duda alguna, la mayor influencia en el desarrollo socialista de Marx; así, en el periodo mencionado, llama al genial Proudhon “el más consecuente y sagaz de los escritores socialistas”(7). En 1843, la “Rheinische Zeitung” fue suprimida por la censura prusiana: Marx partió para el extranjero, y durante ese período evolucionó hacia el socialismo. Dicha evolución se nota muy bien en sus cartas al conocido escritor Arnoldo Ruge, y mejor aun en su obra “La Sagrada Familia, o crítica de la crítica critica”, que publicó conjuntamente con Federico Engels. El libro apareció en 1845 y tenia por objeto polemizar contra la nueva tendencia del pensador alemán Bruno Bauer(8). Además de cuestiones filosóficas esa obra se ocupa también de economía política y de socialismo y son precisamente esas partes las que nos interesan aquí. 

De todos los trabajos que publicaron Marx y Engels es “La Sagrada Familia” el único que no ha sido traducido a otros idiomas y del cual los socialistas alemanes no hicieron otra edición. Es verdad que Franz Mehrin, heredero literario de Marx y Engels, ha publicado por encargo del Partido Socialista alemán, “La Sagrada Familia” junto con otros escritos correspondientes al primer período de actuación socialista de los actores, pero esto se hizo sesenta años después de haber salido la primera edición, y, por otra parte, la reedición estaba destinada a los especialistas, pues su costo era excesivo para un trabajador. Fuera de eso, Proudhon es tan escasamente conocido en Alemania, que muy pocos habrán sido los que se hayan dado cuenta de la honda discrepancia que hay entre los primeros juicios que Marx emitió sobre él y los que sostuvieron más tarde. 

Y sin embargo, este libro demuestra claramente el proceso evolutivo del socialismo de Marx y el influjo poderoso que en él ha ejercido Proudhon. Todo lo que los marxistas han atribuido después a su maestro, Marx lo reconocía, en “La Sagrada Familia”, como meritos de Proudhon. 

Veamos lo que dice a este respecto en la página 36: 

“Todo desarrollo de la economía nacional considera la propiedad privada como hipótesis inevitable; esta hipótesis constituye para ella un factor incontestable que ni siquiera trata de investigar y al cual sólo se refiere accidentalmente, según la ingenua expresión de Say(9). Proudhon se ha propuesto analizar de un modo crítico la base de la economía nacional, la propiedad privada, y ha sido la suya la primera investigación enérgica, considerable y científica al propio tiempo. En eso consiste el notable progreso científico que ha realizado, progreso que evolucionó la economía nacional, creando la posibilidad de hacer de ella una verdadera ciencia. “¿Qué es la propiedad?” de Proudhon tiene para la economía la misma importancia que la obra de Say “¿Qué es el tercer estado?” ha tenido para la política moderna.” 

Es interesante comparar estas palabras de Marx con las que ha escrito después acerca del gran teórico anarquista. En “La Sagrada Familia” dice que “¿Qué es la Propiedad?” ha sido el primer análisis científico de la propiedad privada y que ha dado la posibilidad de hacer de la economía nacional una verdadera ciencia; pero en su conocida necrología, publicada en el “Sozialdemokrat”, el mismo Marx asegura que en una historia rigurosamente científica de la economía esa obra apenas merece ser mencionada. 

¿Dónde está la causa de semejante contradicción?, pregunta es ésta que los representantes del llamado socialismo científico no han aclarado aun. En realidad no hay sino una respuesta: Marx quería ocultar la fuente en que había bebido. Todos los que hayan estudiado la cuestión y no se sientan arrastrados por el fanatismo partidista tendrán que reconocer que esta explicación no es caprichosa. 

Sigamos oyendo lo que manifiesta Marx sobre la importancia histórica de Proudhon. En la Página 52 del mismo libro leemos: 

“Proudhon no solamente escribe en favor de los proletariados, sino que él es también un proletariado, un obrero; su obra es una manifiesto científico del proletariado francés.” 

Aquí, como se ve, Marx, expresa en términos precisos que Proudhon es un exponente del socialismo proletariado y que su obra constituye un manifiesto científico del proletariado francés. En cambio, en el “Manifiesto Comunista” asegura que Proudhon encarna el socialismo burgués y conservador. ¿Cabe mayor contradicción? ¿A quién hemos de creer, al Marx de “La Sagrada Familia” o al autor del “Manifiesto Comunista”? ¿Y a qué se debe divergencia? Es una pregunta que nos planteamos nuevamente y como es natural, la respuesta es también la misma: Marx quería ocultar al mundo todo lo que se debía a Proudhon y para ellos cualquier medio le era viable. No puede haber otra explicación para ese fenómeno: los medios que Marx empleó más tarde en su lucha contra Bakunin evidencian que no era muy delicado en la elección de ellos

 

III


De cómo Marx había sido influido por las ideas de Proudhon y hasta por sus ideas anarquistas, los demuestran sus escritos políticos de aquel período; por ejemplo el artículo que publicó en el “Vorwaerts” de París. 

El “Vorwaerts” era un periódico que aparecía en la capital francesa durante 1844-1845, bajo la dirección de Enrique Bernstein. Su tendencia era, al principio, liberal solamente. Pero más tarde, después de la desaparición de los “Anales Germanos-Franceses”, Bernstein trabó relación con los antiguos colaboradores de esta última publicación, quienes lo conquistaron para la causa socialista. Desde entonces el “Vorwaerts” se convirtió en un órgano oficial de socialismo y numerosos colaboradores de la extinguida publicación de A. Ruge, entre ellos Bakunin, Marx, Engels, Enrique Heine, Georg Herwergh, etc., contribuyeron a él con sus trabajos. 

En el número 63 de ese periódico (7 de agosto de 1844), Marx publicó un trabajo de polémica, “Acotaciones críticas al artículo El rey de Prusia y la reforma social”. En él estudia la naturaleza del Estado y demuestra la incapacidad absoluta de ese organismo para aminorar la miseria social y para suprimir el pauperismo. Las ideas que el autor desenvuelve en ese artículo son ideas puramente anarquistas y están en perfecta concordancia con los conceptos que Proudhon, Bakunin y otros teóricos del anarquismo han establecido a ese respecto. Por el siguiente extracto del estudio de Marx podrán juzgar los lectores: 

“El Estado es incapaz de suprimir la miseria social y anular el pauperismo. Y aun cuando se preocupa de este problema, si es que se decide a hacer algo, no dispone de otros recursos que la beneficencia pública y las medidas de carácter administrativo y frecuentemente ni siquiera eso.”

“Ningún Estado puede proceder en otra forma; porque para suprimir la miseria debería suprimirse a si mismo, puesto que la causa del mal reside en la esencia, en la naturaleza misma del Estado, y no es una forma determinada de él como supone mucha gente radical y revolucionaria que aspira a modificar esa forma por otra mejor.” 

“Es un gravísimo error creer que la miseria y los terribles males del pauperismo pueden ser curados mediante una forma cualquiera del Estado. Si el Estado reconoce la existencia de ciertos males sociales trata de explicarlos, ya sea como leyes naturales contra las que nada puede hacer el hombre, o bien como resultados de la vida privada, en la cual no puede inmiscuirse, o también, como defectos de la administración pública. Por eso en Inglaterra la miseria es considerada como consecuencia de una ley natural, según la cual los hombres aumentan en proporción mayor a los medios de vida. Otros afirman que la mala voluntad de los hombres es la causa de su pobreza: el rey de Prusia, Federico Guillermo I, ve la causa de ellos con los corazones poco cristianos de los ricos; y la Convención, el parlamento revolucionario francés, sostiene que los males sociales son la consecuencia del ánimo contrarrevolucionario que demuestran los propietarios. Por consiguiente, en Inglaterra se castiga a los pobres, el rey de Prusia recuerda a los ricos sus deberes cristianos y la Convención francesa corta las cabezas de los propietarios.” 

“Además, todos los Estados buscan la causa de la miseria en los defectos fortuitos o intencionales de la Administración, y por lo tanto creen posible reducir el mal mediante reformas administrativas. Pero el Estado no posee el poder de salvar la contradicción existente entre la buena voluntad de la administración y su capacidad real; porque si así fuera, tendría que anularse a si mismo, ya que él se basa en esa contradicción que reina entre la vida pública y la privada, entre los intereses generales y los particulares. Por eso la Administración se halla limitada por una función exclusivamente formal y negativa, pues donde principia la vida civil termina el poder de la Administración. El Estado no puede impedir jamás las consecuencias que se desarrollan lógicamente a causa del carácter antisocial de la vida civil, de la propiedad privada, del comercio, de la industria y del despojo mutuo de los distintos grupos sociales. La bajeza y la esclavitud de la sociedad burguesa constituyen el fundamento natural del Estado moderno. La existencia del Estadio y la de la esclavitud no pueden ser separadas. Del mismo modo como el antiguo Estado y la esclavitud antigua - contradicciones clásicas y francas -, están íntimamente vinculadas entre sí, así también el Estado moderno y el actual mundo de mercaderes – contradicción cristiana e hipócrita – están fuertemente aferrados uno al otros.” 

Esta interpretación esencialmente anarquista de la naturaleza del Estado, parece tan extraña si se recuerda las doctrinas posteriores de Marx, es una prueba evidente del origen anárquico de su primera evolución socialista. En el mencionado articulo se reflejan los conceptos de la crítica del Estado echa por Proudhon, crítica que tuvo su primera expresión en su famoso libro “¿Qué es la propiedad?”. Esta obra inmortal ha ejercido la influencia más decisiva en la evolución del comunista alemán, a pesar de los cual él se esforzó por todos los medios – y no fueron éstos los más nobles – en negar las primeras fases de su actuación como socialista. Naturalmente, los marxistas apoyaron en esto a su maestro y de esta manera desarrollase poco a poco el falso concepto histórico acerca del carácter de las primeras relaciones entre Marx y Proudhon. 

En Alemania principalmente, siendo este último casi desconocido, pudieron circular las más extrañas afirmaciones en ese sentido. Pero cuanto más se logra conocer las importantes obras de la vieja literatura socialista, tanto más se nota todo lo que el llamado socialismo científico debe a aquellos “utopistas” que durante largo tiempo fueron olvidados a causa del “reclame” gigantesco que la escuela marxista y de otros factores que relegaron al olvido la literatura socialista del primer período. Y uno de los maestros más importante de Marx y el que sentó las bases de toda su evolución posterior fue precisamente Proudhon, el anarquista tan calumniado y mal comprendido por los socialistas legales.

 

IV 


El 20 de Julio de 1870, Carlos Marx escribía a Federico Engels: “Francia debe ser golpeada rudamente, pues si Prusia consigue salir victoriosa, el poder estatal llegará a estar más centralizado y lo mismo ocurrirá con todo el movimiento obrero de Alemania. La potencia alemana trasladará el centro del movimiento obrero de Francia a Alemania. Solo es necesario comparar el movimiento en estos dos países, desde 1866 a nuestros días, para convencerse de la superioridad de la clase obrera alemana sobre la francesa, tanto en la teoría como en la organización y su potencia mayor en los acontecimientos internacionales significa un triunfo para nuestra doctrina sobre la de Proudhon…” 

Marx tenía razón: el triunfo de Alemania sobre Francia significó una nueva ruta en la historia del movimiento obrero europeo. 

El socialismo revolucionario y liberal de los países latinos fue hecho a un lado, dejando el campo a las teorías estatales y anti-anarquistas del marxismo. La evolución de aquel socialismo vivificante y creador se vio turbada por el nuevo dogmatismo férreo que pretendía poseer un pleno conocimiento de la realidad social, cuando era apenas un conjunto de fraseologías teológicas y de sofismos fatalistas, y resultó ser luego el sepulcro de todo verdadero pensamiento socialista. 

Con las ideas, cambiaron también los métodos de lucha del movimiento socialista. En vez de los grupos revolucionarios para la propaganda y para la organización de las luchas económicas, en los cuales los internacionalistas habían visto la semilla de la sociedad futura y los órganos aptos para la socialización de los medios de producción e intercambio, comenzó entonces la era de los partidos socialistas y de la representación parlamentaria del proletariado. Poco a poco se olvidó la antigua educación socialista que llevaba a los obreros a la conquista de la tierra y de las fábricas, poniendo en su lugar la nueva disciplina de partido que consideraba la conquista del poder político como su más supremo Ideal. 

Miguel Bakunin, el gran contrincante de Marx, observó con clarividencia el cambio de la situación y con el corazón amargado predijo que, con el triunfo de Alemania y la caída de la Comuna de París, comenzaba un nuevo capítulo en la historia de Europa. Físicamente agotado y mirando de frente a la muerte, escribió, el 11 de Noviembre de 1874, estas importantes palabras a Ogaref: “El bismarkismo – que viene a ser militarismo, régimen policial y monopolio financiero fusionados en un sistema que se titula el Nuevo Estado – está triunfando en todas partes. Pero quizás dentro de diez o quince años la inestable evolución de la especie humana alumbrará nuevamente los senderos de triunfo.” Bakunin se equivocó en esa ocasión, no calculando que habría de pasar medio siglo hasta que, en medio de una terrible catástrofe mundial, fuera derrotado el bismarkismo.

 

V


Así como el triunfo de Alemania en 1871 y la caída de la Comuna de Paris fueron los signos de la desaparición de la vieja Internacional, así la gran guerra de 1914 fue el punto de arranque de la bancarrota del socialismo político. 

Y aquí ocurre un extraño suceso que resulta a veces verdaderamente grotesco y que sólo encuentra su explicación en la falta de todo conocimiento sobre la historia del viejo movimiento socialista. Bolcheviques, independientes, comunistas, etc., no dejaron de acusar a los herederos de la vieja Social-democracia de una vergonzosa claudicación de los principios del marxismo. Los acusaron de haber ahogado al movimiento socialista en el pantano del parlamentarismo burgués, de haber interpretado mal la actitud de Marx y Engels sobre el Estado, etc. 

El director espiritual de los bolcheviques, Nicolás Lenin, trató de fundamentar su acusación sobre bases sólidas en su conocido libro “El Estado y la Revolución”, que es reputado por sus discípulos como la verdadera y pura interpretación del marxismo. Por medio de una colección de citas perfectamente arregladas pretende demostrar Lenin que “los fundadores del socialismo científico” fueron siempre enemigos declarados de la democracia y del pantano parlamentario y que todas sus aspiraciones iban encaminadas a la desaparición del Estado.

No hay que olvidar que Lenin hizo recién descubrimiento cuando su partido, contra todas las esperanzas, se vio en minoría después de las elecciones para la Asamblea Constituyente. Hasta entonces los bolcheviques habían participado a la par de los demás partidos en las elecciones y se cuidaban de no ponerse en conflicto con los principios de la democracia. En las últimas elecciones para la Asamblea Constituyente de 1918, tomaron parte con un programa grandioso, esperando obtener una mayoría importante. Pero al ver que, a pesar de todo, quedaban en minoría, declararon la guerra a la democracia y disolvieron la Asamblea constituyente, publicando entonces Lenin su obre “El Estado y la Revolución” como justificativo personal.

 

VI 


La tarea de Lenin no era sencilla por cierto: de un lado se veía obligado a hacer concesiones avanzadas a las tendencias anti-estatales de los anarquistas y del otro a demostrar que su actitud no era en modo alguno anarquista, sino marxista únicamente. Como inevitable consecuencia de todo esto su obra está llena de errores contra la lógica del sano pensamiento en el hombre. Un ejemplo probará esta afirmación: queriendo Lenin acentuar lo más posible una supuesta tendencia anti-estatal de Marx, cita el conocido párrafo de “Guerra civil en Francia”, donde Marx da su aprobación a la Comuna por haber comenzado desterrando el Estado parasitario. Pero Lenin no se toma el trabajo de recordar que Marx se veía obligado con estas palabras – que están en abierta contradicción con toda su actitud anterior – a hacer una concesión a los partidarios de Bakunin, con los cuales mantenía, por aquel entonces, una lucha muy enconada. 

Hasta el mismo Franz Mehring – a quien no se le puede sospechar de simpatía hacia los socialistas mayoritarios – ha debido reconocer esa contradicción en su último libro “Karl Marx”, donde dice: “No obstante todo lo verídico que sean los detalles de esa obra, esta fuera de duda que el pensamiento allí expresado contradice todas las opiniones que Marx y Engels habían venido proclamando desde el “Manifiesto Comunista” un cuarto de siglo antes”. 

Bakunin estaba en lo cierto al decir por aquel entonces: “La impresión de la Comuna levantada en armas fue tan imponente que hasta los marxistas, cuyas ideas habían sido completamente desalojadas por la revolución de Paris, tuvieron que doblar la cabeza ante los hechos de la Comuna. Hicieron más aun: en contradicción con toda lógica y con sus convicciones conocidas tuvieron que relacionarse con la Comuna e identificarse con sus principios y aspiraciones. Fue un carnavalesco juego cómico… pero necesario. Pues el entusiasmo provocado por la Revolución era tan grande que habrían sido rechazados y arrojados de todas partes si hubieran intentado encastillarse en sus dogmatismos.

 

VII

 
Algo más aun olvida Lenin y algo que es, por cierto, de capital importancia en esta cuestión. Es lo siguiente: que fueron precisamente Marx y Engels quienes trataron obligar a las organizaciones de la vieja Internacional a desarrollar una acción parlamentaria, haciéndose, de este modo, responsables directos del empantanamiento colectivo del movimiento obrero socialista en el parlamentarismo burgués. La internacional fue la primera tentativa para unir a los trabajadores organizados de todos los países en una gran unión, cuya aspiración final seria la liberación económica de los trabajadores. Diferenciándose entre si las ideas y los métodos de las diferentes secciones, era de capital importancia establecer los puntos de contacto para la obra común y reconocer la amplia autonomía y la autoridad independiente de las diversas secciones. Mientras esto se hizo la internacional creció poderosamente y floreció en todos los países. Pero todo cambió por completo desde el momento en que Marx y Engels se empeñaron en empujar a las diferentes federaciones nacionales hacia la acción parlamentaria. Esto ocurrió por primera vez en la desgraciada conferencia de Londres de 1871, donde lograron hacer probar una resolución que terminaba con las siguientes palabras: 

“Considerando: que el proletariado sólo puede permanecer como clase constituyéndose en partido político aparte, en oposición a todos los viejos partidos de las clases dominantes; que esta constitución del proletariado en partido político es necesaria para llegar al triunfo de la Revolución Social y a su finalidad, la desaparición de las clases; que la unión de las fuerzas proletarias que se viene consiguiendo por las luchas económicas es también un medio de que se valen las masas en la acción contra las fuerzas políticas del Capitalismo; la Conferencia recuerda a los miembros de la Internacional la necesidad de mantener en las luchas obreras indisolublemente unidas sus actividades económicas y políticas.” 

Que una sola sección o federación de la Internacional adoptara tal resolución era cosa bien posible, pues sólo a sus componentes envolvería el cumplimiento de ella; pero que el Consejo Ejecutivo la impusiera a todos los componentes de la Internacional, y máxime tratándose de un asunto que no fue presentado al Congreso General, constituía un proceder arbitrario, en abierta contradicción con el espíritu de la Internacional y que tenia necesariamente que levantar la protesta enérgica de todos los elementos individualistas y revolucionarios. 

El Congreso vergonzoso de La Haya, en 1872, concluyó la obra emprendida por Marx y Engels para transformar a la Internacional en una maquinaria de elecciones, incluyendo a este efecto una cláusula que obligaba a las diferentes secciones a luchar por la conquista del poder político. Fueron, pues, Marx y Engels los culpables del divisionismo de la Internacional, con todas sus consecuencias funestes para el movimiento obrero, y los que por la acción política trajeron el empantanamiento y la degeneración del Socialismo.

 

VIII


Cuando estalló la revolución de España en 1873, los miembros de la Internacional – casi todos anarquistas – desconocieron las peticiones de los partidos burgueses y siguieron su propio camino hacia la expropiación de la tierra y de los medios de producción, con un espíritu socialmente revolucionario. Estallaron huelgas generales y revueltas en Alcoy, San Lúcar de Barrameda, Sevilla, Cartagena y otros lugares, que tuvieron que ser sofocadas en sangre. Más tiempo resistió la ciudad portuaria de Cartagena, la cual se mantuvo en manos de los revolucionarios por espacio de varios meses hasta que finalmente cayó debido al fuego de los buques de guerra prusianos e ingleses. En aquel entonces Engels atacó duramente en el “Fol.-Stat” a los bakuninianos españoles y los apostrofó por no querer adherirse a los ciudadanos republicanos. ¡Cómo hubiera el mismo Engels, si viviera aun, criticado a sus discípulos comunistas de Rusia y Alemania!

Después del célebre Congreso de 1891, cuando los dirigentes de los llamados “Jóvenes” fueron expulsados del Partido Socialdemócrata, por levantar la misma acusación que Lenin dirigía a los “oportunistas” y “kautzkianos”, fundaron éstos un partido aparte con un órgano propio: “Der Socialist” en Berlín. Al principio, este movimiento fue extremadamente dogmático y representó ideas casi idénticas a las del actual Partido Comunista. Si se lee, por ejemplo, el libro de Teistler “El Parlamentarismo y la clase obrera”, se encontrarán idénticos conceptos que en “El Estado y la Revolución” de Lenin. Al igual de los bolcheviques rusos y de los miembros del Partido comunista alemán, los socialistas independientes de aquel entonces rechazaban los principios de la Democracia y se negaban a participar en los parlamentos burgueses sobre la base de los principios reformistas del marxismo. 

Y ¿cómo hablaba Engels de esos “Jóvenes” que se complacían, al igual de los comunistas, en acusar a los dirigentes del Partido Socialdemócrata de traición al marxismo? En una carta a Sorge en octubre de 1891, hace el viejo Engels los siguientes amables comentarios: “Los asquerosos berlineses se han convertido en acusados en vez de seguir siendo acusadores y habiendo obrado como cobardes infelices han sido obligados a trabajar fuera del Partido, si es que desean hacer algo. Sin duda hay entre ellos espías policiales y anarquistas disfrazados que desean trabajar secretamente entre nuestra gente. Junto a ellos hay una cantidad de asnos, de estudiantes ilusos y de payasos insolentes de todo surtido. En total son unas doscientas personas”. 

Seria verdaderamente curioso saber con qué adjetivos simpáticos hubiera hoy honrado Engels a nuestros “comunistas”, que se dicen ser “los guardadores de los principios marxistas”.

 

IX


No es posible caracterizar los métodos de la vieja Social-democracia. Respecto a tal punto Lenin no dice una sola palabra y menos aun sus amigos alemanes. Los socialistas mayoritarios deben recordar este detalle sugerente para demostrar que son ellos los verdaderos representantes del marxismo; cualquiera que conoce algo de historia debe darles la razón. El marxismo fue quien impuso la acción parlamentaria a la clase obrera y marcó la ruta de la evolución operada en el Partido Social-demócrata alemán. Solo cuando esto se comprenda, se entenderá que la ruta de liberación social nos lleva a la tierra feliz del anarquismo pasando por encima del marxismo.

Notas:

1 W. Tcherkesoff: “Pages d’Historie socialista; les précurseurs de l’Internationale”.
2 Este artículo, titulado “Il Manifesto della Democracia”, se publicó primeramente en el “avanti” (año 6, nº 1901 del año 1902).
3 “Rheinische Zeitung”, nº 289 del 15 de octubre de 1842.
4 Marx: “Misére de la philosophie. Introduction”.
5 Bray: “Labour´s wroungs and labour´s remedy”.
6 Marx-Engels: “Das kommunistische Manifest”, pag. 21.
7 “Rheinische Zeitung”, 7 de enero de 1843.
8 B. Bauer era uno de los concurrentes más asiduos del circulo berlinés Los Libres, donde se podían ver figuras destacadas del librepensamiento alemán (primera mitad del siglo pasado), como Feuerbach, el auto de “La Esencia del Cristianismo”, obra profundamente atea (editada por “Claridad”, Bs. As.) o Max Stirner, el autor de “El Único y su Propiedad”. El pensamiento autoritario de Carlos Marx tenia forzosamente que chocar con las ideas libres de B. Bauer y sus compañeros, entre los que no debemos olvidar a E. Bauer, cuya obra “Der Kritik Mit Kirche und Staat” (La crítica de la Iglesia y del Estado) fue completamente secuestrada por los doministas e incendiada (primera edición de 1843). La segunda edición (Berna, 1844) tuvo mejor suerte. Pero no así su autor, que fue condenado y encarcelado por sus ideas contrarias a la Iglesia y al Estado. (Nota de los editores).
9 J. B. Say, economista inglés de la época, cuyas Obras Completa fueron traducidas al alemán por Max Stirner. La fobia de Carlos Marx por el pensamiento anarquista francés (como es sabido, su “Miseria de la Filosofía” es una continua crítica de la obra de Proudhon, “Filosofía de la Miseria”) o por el libre pensamiento alemán (su voluminoso libro “Documentos del Socialismo” es un vano e irrisorio intento por empequeñecer y restar importancia al “Único y su Propiedad” de Stirner) se estrellaba también contra este sociólogo británico, muy comentado en aquel entonces por cuantos criticaban y trataban de evadirse de la tiranía del Estado. - (Nota de los editores).

jueves, 3 de octubre de 2013

Crítica bakuninista del marxismo como ideología de clase de la inteligencia proletaria

(Ponencia de Luciano Pellicani para el Congreso Internacional de Estudios sobre Bakunin. Traducido de "Interrogations", num. 9.)

Uno de los fenómenos sociales más relevantes del siglo XX ha sido, sin duda, el acceso al pleno poder político de una «Nueva clase» que los marxistas no preveyeron y que, en cambio, los anarquistas -sobre todo Bakunin y Machjaski-«adivinaron» con sorprendente precisión, escavando en las vísceras del movimiento obrero (1). El fenómeno, y la previsión del mismo, todavía no han conquistado el estadio de plena ciudadanía en la cultura contemporánea. Sucede que, la difusión del marxismo y su hegemonía cultural, han deformado sensiblemente el sistema de percepción de la mayoría, provocando una auténtica ceguera intelectual bastante difícil de curar desde el momento que, quien la padece, está completamente convencido de tener en su mano la clave para entender el significado real de todos los acontecimientos pasados, presentes y futuros.

El asunto, sin embargo, no puede sorprender visto que ha sido precisamente el marxismo quien ha proporcionado a esta «nueva clase» las armas ideológicas para conquistar, y tener bien amarrado, el poder. Dicho de otra manera: el marxismo no sólo ha impedido la rápida percepción de la revolución burocrático-managerial que ha llevado a lo más alto de la jerarquía social a la oligarquía del saber y de la competencia técnicoadministrativa, sino que la ha permitido o, al menos, consolidado, poniendo a disposición de los «nuevos patrones» la fórmula política ideal para legitimar, ante ellos mismos y ante el pueblo, su dominio de clase.

Antes que nada, debemos someter a discusión uno de los lugares comunes (tópicos) más difundidos pero al mismo tiempo, más mixtificados, por el cual la naturaleza real del comunismo continúa estando oculta o presentándose distorsionada. Este lugar común -que en muchos ambientes políticamente «avanzados» se ha convertido en un verdadero test para detectar rápidamente a los enemigos del socialismo-, se puede formular así: el marxismo en la ideología («científica», naturalmente) del proletariado industrial, el cual gracias a ella ha conquistado el poder en algunos países -bautizados arbitrariamente como socialistas-, y hoy se presente en otros como el heredero histórico de la burguesía capitalista.
 
TODO EL PODER PARA EL ESTADO-PARTIDO


Las cosas, naturalmente, son del todo distintas, de forma que es puede decir que raramente una proposición estuvo más lejos de la realidad que ésta, y por tanto es más mixtificadora de la identidad histórica entre marxismo y clase obrera, entro alternativa comunista y emancipación de los trabajadores. Aquí, la realidad está literalmente trastocada, como en una cámara oscura gracias a una desviación que está considerada uno de los productos más estupefacientes del poder de engaño , y autoengaño, de que el hombre dispone. La «desviación» dice que el marxismo expresa puntualmente los intereses de la clase trabajadora; la historia, en cambio, demuestra que las revoluciones comunistas han llevado el poder a una nueva oligarquía que monopoliza las funciones directivos de la vida social, gracias al control de los recursos intelectuales, cognoacitivos y técnicos (saber es poder). Este nueva clase dominante, está conformada por burócratas, managers, técnicos y científicos, es decir, por un mosaico de grupos bastante diferenciados, pero sin embargo, lo suficientemente homogéneos en el monopolio del «conocimiento» que es la base de su supremacía social y política.

Por otra parte, esta oligarquía del «conocimiento» ha podido establecer una forma de dominio total en el momento en que las revoluciones hechas en nombre de la doctrina de Marx han concentrado todo el poder en el Estado-Partido que, por sí mismo, se ha convertido en el regulador de la vida social.

Desde el punto de vista del materialismo histórico, un fenómeno similar es inexplicable, desde el momento que la existencia de las clases se hace coincidir con la existencia de la propiedad privada. Y, en efecto, los marxistas ortodoxos, o niegan la existencia de la nueva clase dominante en la llamada sociedad socialista, o se ven obligados a considerar el dominio totalitario de la burocracia y de la inteligencia managerial, como una degeneración o una excrecencia pasajera, destinada a desaparecer en el momento que el proletariado se apropie del poder usurpado por los funcionarios del Partido comunista (2).


BAKUNIN SE ANTICIPO


Lo que pasa es que la «nueva clase», descrito en términos más o menos análogos por Bruno Rizzi, James Burham, Max Sachtman y Milovan Djilas (3), no sólo existe, sino que presenta una estabilidad tal que difícilmente su conformación puede presentarse como una desviación de aquel tráfico en una sola dirección que es, según los marxistas, la Historia. Además, la formación de una nueva clase dominante en el seno de las organizaciones obreras hegemonizadas por los marxistas, fue prevista, con bastante anticipación, por Bakunin que continuamente ponía en guardia a los trabajadores europeos, acerca de la «burocracia roja». El mismo Bakunin intuyó que a través de los sistemas autoritarios y centralistas de Marx no se podría verificar la emancipación (prometida) de la clase obrera, sino, por el contrario, la instauración de una nueva forma de dominio de clase basado, ya no en la propiedad privada de los medios de producción, sino más bien en el monopolio del saber y en la estatalización integral de la vida social. Vio, con notable antelación, que en el marxismo estaban todos los «bacilos» que podrían, si no eran rápidamente identificados los anticuerpos, «pervertir» las relaciones populares. De aquí, su constante polémica contra los doctrinarios marxistas, en los cuales veía los «nuevos patronos» de la sociedad futura, la oligarquía que, utilizando el movimiento obrero como trampolín, instauraría, sobre los despojos del Estado popular, propia dictadura de clase.

Bakunin llegó a esta notabilísima anticipación del futuro desarrollo del comunismo, analizando dos órdenes de fenómenos: la presencia, en el seno del movimiento obrero europeo, de una plétora de intelectuales proletarizados en busca de poder, y la particular naturaleza, autoritaria y doctrinario al tiempo, del marxismo. Sucesivamente, fue relacionando estos dos fenómenos -inteligencia alienada o ideología marxista-, y vio rápidamente el resultado político que, combinados, podían producir: la «colonización» de la clase obrera por parte de los revolucionarios doctrinarios, a la que seguiría, en donde se hubiera producido una revolución popular victoriosa, la dictadura de los intelectuales sobre la masa proletaria.


II


¿Qué fue lo que permitió a Bakunin anticipar la involución, en sentido oligárquico y clasista, de la revolución comunista? Sin duda, una idea del poder mucho más realista que aquella sobre la que se apoya todo el imponente edificio de la sociología marxiana. Según ésta, la única fuente del poder del hombre sobre el hombre, es la propiedad privada que, convulsionando la solidaria y compacto comunidad primitiva, ha desencadenado la guerra de clases, descrito por Engels en los siguientes términos: «El Poder de la comunidad natural debía ser quebrantado, y, en efecto, lo fue. Y fue quebrantado por influencias que aparecen, desde el principio, como una degradación y una culpable caída de la simple altura de la comunidad gentilicio. Los más bajos intereses -vulgar avidez, brutal concupiscencia de goces, sórdida avaricia, rapiña egoísta de la propiedad común-, inauguraron la nueva sociedad incivilizado, la sociedad de clases» (4). El agente histórico que desintegró la unidad intelectual y moral de la humanidad primitiva fue, la propiedad privada que la teoría asume, por sí misma, como origen del mal radical. Así, a la doctrina cristiana del pecado original que encuentra en el corazón humano las raíces del mal radical, Marx y Engels contrapusieron una versión «actualizada» de la doctrina gnóstica de la caída y la alienación. Una doctrina exquisita e irremediablemente mítica, pero indispensable porque sin ella todo el edificio teórico marxista se tambalea, y se tambalea, sobre todo, la esperanza metastática de crear la sociedad sin clases y sin Estado a través de la supresión de la propiedad privada.


SUPRIMIDA LA PROPIEDAD, SIGUE EL PODER


El razonamiento que está detrás de esta singular concepción del poder tomado directamente de Rousseau, Morelly y Babeuf, es el siguiente: el dominio del hombre por el hombre no tiene raíces psicológicas, sino económicas y sociales. Y esto está estrechamente unido a la situación de penuria en que los hombres se encuentran frente a la naturaleza y la institución de la propiedad privada. Removido el primer obstáculo que es interpone entro la sociedad clasista y la sociedad sin clases gracias a la revolución industrial -de aquí la exaltación mística de Marx por el desarrollo de las fuerzas productivas en las que veía la condición sine qua non para emancipar al hombre de la esclavitud y librarlo del mal-, ya no queda más que eliminar la propiedad privada, es decir colectivizar todos los medios de producción.

Colocado en estos términos el problema de la edificación del socialismo es de una simplicidad exaltante: basta suprimir los expropiadores y la humanidad antes o después. Incluso a través de luchas intensas y dramáticas, encontrará su perdida unidad original. A Marx y a los marxistas, la idea de que la dictadura de transición pudiera llegar a transformarse en una nueva forma de dominio clasista, les parecía un auténtico absurdo. ¿No era la propiedad privada la única fuente del poder? Entonces, ¿cómo iba a ser posible la existencia del Estado y de las clases en una sociedad privada de la fuente del mal radical? Como se sabe éste fue el razonamiento que hizo Trotsky frente a lo que, con expresión reveladora, llamaba «usurpación burocrática» del poder en perjuicio de la clase obrera; y éste continúa siendo el razonamiento, más o menos explícito, de los marxistas, para los cuales, incluso cuando las sociedades comunistas recurren al terror, al lavado de cerebro, a la persecución de disidentes y a la represión de cualquier forma de protesta por parte de la clase obrera, conservan una superioridad moral indiscutible.


MISTICISMO ENMASCARADO COMO CIENCIA


Todo esto ocurre porque los marxistas están convencidos de que el mal radical no es inherente a la naturaleza humana, sino el producto de una institución -la propiedad privada- que ha pervertido cada cosa y que debe ser sorprendida hasta devolver a la unidad lo que ella ha dividido. Sólo entonces, la realidad volverá a ser lo que era en su origen: una totalidad perfectamente armónica.

Como se ve, nos encontramos frente a un verdadero dogma teológico, o artículo de fe, con el cual el marxismo se identifica todo corde -tanto que está dispuesto a defenderlo con todos los medios, sin excluir la persecución de los pocos creyentes o de los heréticos-, ya que de él depende la posibilidad de la salvación de la humanidad. De hecho sólo puede ser liberada redimida, sin ayuda de ninguna potencia externa, si el mal es externo a la naturaleza humana. Estamos en plena soteriología gnóstica (6).

Este misticismo enmascarado hábilmente como ciencia, fue rápidamente denunciado por los anarquistas que, contrapusieron a la teoría marxiana del poder la siguiente concepción: «El Estado no es, de ningún modo, un producto orgánico de la sociedad, ni la consecuencia de los antagonismos de clase, sino su causa ... El carácter insostenible de la hipótesis del nacimiento del Estado, y sobre todo, el rechazo en la utopía marxista de la «supresión» del Estado a través del desarrollo dialéctico del proceso de producción, tienen, como consecuencia, una postura completamente distinta acerca de la cuestión del camino al socialismo, o sea a una sociedad cualificada, de pleno derecho, como sociedad sin clases y sin Estado. El socialismo anarquista considera como un hecho adquirido que la historia es la historia de la lucha de clases y reconoce, con Marx, que es deber del proletariado suprimir los antagonismos de clase llevando la lucha contra la clase capitalista hasta el final abatiendo el monopolio de su potencia económica. Pero este monopolio ha sido posible a través de un monopolio del poder, es decir, con la fuerza organizada como Estado que, en primer lugar, le ha hecho nacer y después, con este monopolio, le ha permitido un desarrollo siempre mayor: de aquí la necesidad de destruir tanto el monopolio del Estado político como el monopolio económico» (7).

Los marxistas, obviamente, han seguido una vía opuesta a la indicada por los anarquistas y, en perfecta armonía con su concepción de la naturaleza y del origen del mal radical, han instaurado, allí donde han triunfado, un Estado que suma el monopolio del poder político y el monopolio del poder económico. De tal forma que se ha llegado no a la supresión del Estado por parte de la sociedad, sino a todo lo contrario: la supresión de la sociedad por parte del Estado, o lo que es igual la instauración de un sistema totalitario gestionado por una oligarquía que monopoliza el know-how y controla todas las manifestaciones de la vida social gracias a una omnipresente máquina burocrático-managerial. Así un error técnico -la arbitraria identificación de poder y propiedad privada- ha generado un proceso político que ha llevado a un resultado completamente opuesto al prometido por los marxistas y previsto «científicamente» en la doctrina.

Bakunin fue el primero en prever con extrema precisión la desembocadura burocrático-totalitaria de la revolución marxista, precisamente porque comprendió que la propiedad privada de los medios de producción no es, en absoluto, la única fuente del poder y que, este último, puede surgir como producto espontáneo de la organización y del monopolio del saber. Suprimiendo la propiedad privada sin desmantelar las estructuras políticas -esta es en síntesis, su profecía (prognosis)- los marxistas automáticamente «exaltarían» a los gestores de la máquina burocrática estatal y a los grupos sociales en posesión de un patrimonio cognoscitivo superior al de los simples trabajadores. Esto le permitió no sólo prever el final clasista de la instauración de la dictadura revolucionaria, sino también individuar en el marxismo a la ideología de la inteligencia marginal que aspiraba a instaurar su propio dominio de clase expropiando, en nombre del pueblo, a los capitalistas.


III LA MENTIRA DE LA «DICTADURA PROVISIONAL»


Examinemos ahora más de cerca la fisonomía de la interpretación bakuniniana del marxismo como ideología de clase de la inteligencia proletarizada.

Las críticas de Bakunin se refieren en primer lugar a la concepción marxiana de la dictadura del proletariado. «Si el proletariado -escribe el gran anarquista ruso- se convertirá en la casta dominante, ¿sobre quién dominará? Esto significa que quedará todavía otro proletariado sometido a esta dominación, a este nuevo Estado. Este es el caso, por ejemplo, de la masa campesina que, como se sabe, no goza de la benevolencia de los marxistas y que, al encontrarse en el grado más bajo de cultura, será evidentemente gobernada por el proletariado de la ciudad y de la fábrica; o quizá, si consideramos la cuestión desde el punto de vista nacional, tomando a los eslavos con relación a los alemanes, los primeros estarán con relación al proletariado alemán victorioso, bajo idéntica sujeción que estos últimos se encontraban con relación a su burguesía. Donde hay Estado hay inevitablemente dominación y, como consecuencia, esclavitud; el Estado sin esclavitud, abierta o enmascarada, es inconcebible; por eso somos enemigos del Estado. ¿Qué quiere decir que el proletariado se ponga a la cabeza del gobierno? ¿Que todo el pueblo gobierne y que no haya gobernados? En este caso, no habrá gobierno, no habrá Estado; pero si hay Estado habrá gobernados, habrá esclavos» (8).

La objeción, como se ve, no es banal, y será repetida muchas veces por los anarquistas contra los partidarios de la concepción estatocéntrica de la edificación del socialismo. Pero lo que resulta más interesante e instructivo en el análisis bakuninista de la teoría marxiana de la dictadura del proletariado es la individualización de los peligros insertos en la transformación de la mentalidad de la élite revolucionaria, apenas se habrá posesionado de la máquina estatal. Se sabe que en el marxismo las variables psicológicas se borran, o más exactamente, se reducen a manifestaciones de la corrupción de la humanidad generadas por la propiedad privada; con la consecuencia de que la idea de que también en una sociedad privada de propiedad privada pueda formarse una clase con intereses y mentalidad distinta de la masa de trabajadores, se descarta desdeñosamente como un prejuicio burgués reaccionario y anticientífico. Bakunin, en cambio, advierte rápidamente que las cosas son de forma diversa a como las imagina el marxismo, es decir que la tendencia egoísta y autoritaria de la naturaleza humana no deriva de la existencia de la propiedad privada. Y continúa: «Este dilema está resuelto simplisimamente en la teoría marxiana. Por gobierno popular ellos entienden el gobierno del pueblo por parte de un pequeño número de representantes elegidos por el pueblo, por los llamados representantes del pueblo y los gobernantes del Estado; esta es la última palabra de los marxistas al igual que de la escuela democrática, es una mentira que esconde el despotismo de una minoría dirigente más peligrosa porque se presenta como la expresión de la llamada voluntad del pueblo. Así, desde cualquier parte que se examine esta posición, se llega siempre al mismo desagradable resultado: al gobierno de la inmensa mayoría de las masas populares por parte de una minoría privilegiada. Pero esta minoría, nos dicen los marxistas, será de trabajadores. Si, ciertamente, de ex trabajadores que, apenas se conviertan en gobernantes o representantes de los trabajadores, dejarán de ser trabajadores y mirarán al mundo del trabajo manual desde lo alto del Estado; no representarán ya, desde aquel momento, al pueblo sino a sí mismos y sus pretensiones de querer gobernar al pueblo. El que dude de esto no conoce nada de la naturaleza humana» (9).

La teoría de la dictadura preparatoria se denuncia así como un sofisma tan peligroso como de graves consecuencias en abierto conflicto con el fin último del socialismo, que es liberar al hombre. Y se critica de paso, con extrema precisión, la irreal concepción de la naturaleza humana que sirve de fondo antropológico a tal doctrina. El Estado de transición -dice Bakunin-, generará automáticamente una clase dominante en la que el ejercicio del poder incidirá en la psicología de los ex trabajadores y de los doctrinarios y los transformará en gobernantes, con todos los defectos típicos de las clases privilegiadas. En este sentido, la tesis de Bakunin es extremadamente radical: o se destruye el Estado o se tiene que aceptar «la mierda más vil y temible de nuestro siglo: la burocracia roja» (10). 





LUCIANO PELLICANI

( 1 ) N. Berti: «Anticipación anarquista sobre "nuevos patronos"   («Interrogations». Marzo-78).

(2) P. Naville: «Burocracia y revolución» (Jaca Book, Milán-1973) y D. Russet: «La societé eclatée» (Grasset, París-1973.

(3) B. Rizzi: El Colectivismo burocrático (Galeati, Imola, 1969).

(4) F. Engels: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. P. 100.

(6) L. Pellicani: «El revolucionario profesional» (Vallecchi, Florencia, 1975).

(7) A. Lehning: «Marxismo y anarquismo en la Revolución rusa» (Ed. Antístato, Cesena, 1973).

(8) M. Bakunin: «Estatismo y anarquía».

(9) Ibídem

(10) Correspondencia de M. Bakunin (Perrin et Cie. París, 1896).



Fuente: Bicicleta