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martes, 26 de julio de 2016

AFPs, reformas, reformismo y anarquismo

El pasado domingo 24 de julio mares humanos colmaron La Alameda levantando una sola consigna: No + AFP. La capital del saqueo se vistió de tempestades anunciando un nuevo ciclo proletario de protestas. Ya no es solo por “educación gratuita y de calidad”, sino que por la supresión del régimen de las AFP, sistema de pensiones herencia del pinochetismo, profundizado por los partidos de la izquierda neoliberal. En la multitudinaria protesta que solamente en Santiago reunió a más de 300.000 personas, no faltaron columnas, grupos e individualidades anarquistas y anarcosindicalistas. En este contexto, en el seno del movimiento anarquista surgen interesantes debates: si no queremos más AFPs, ¿Qué sistema de pensiones sostener? ¿Participar y fortalecer el movimiento contra las AFPs constituye un atentado contra los principios anarquistas? ¿Si tal movimiento es reformista es una contradicción que el movimiento libertario participe en él? 

Para abordar tales cuestionamientos de una manera integral, consideramos importante dialogar a través de los matices de la terminología vinculada. Para tal efecto, usaremos y abusaremos de las palabras de Errico Malatesta y Emilio López Arango.

Para Errico Malatesta el anarquismo siempre ha sido reformista. Aclara, empero, que sería más certero calificar al anarquismo como un movimiento reformador (para distinguirlo del reformismo político vulgar). La revolución —nos explica—, en el sentido histórico de la palabra, significa la reforma radical de las instituciones, ejecutada raudamente por medio de la insurrección violenta del pueblo contra el arraigado poder y privilegio. En este sentido, el anarquismo no podría ser otra cosa que reformista. El anarquismo es revolucionario porque no quiere solamente mejorar las instituciones que existen ahora, sino destruirlas completamente, abolir todas y cada una de las formas de poder del humano sobre el humano y todo parasitismo, de todo tipo, sobre el trabajo humano. Pero la revolución no puede ocurrir a pedido. ¿Debemos, entonces, permanecer como espectadores pasivos, esperando que el momento correcto se presente?

Todo, tanto en la historia como en la naturaleza, ocurre gradualmente. Cuando una represa revienta es porque o bien la presión del agua ha crecido demasiado para que la represa siga conteniendo o por la desintegración gradual de las moléculas del material del que está hecho la represa. De igual modo, las revoluciones estallan bajo la creciente presión de aquellas fuerzas que buscan el cambio social y ese punto se alcanza cuando el gobierno existente puede ser derrocado y cuando, por procesos de presión interna las fuerzas del conservadurismo se debilitan progresivamente.

Pero nunca hemos de reconocer —y aquí es donde nuestro ‘reformismo’ difiere de aquel tipo de ‘revolucionismo’ que termina sumergido en las urnas de votación— las instituciones existentes. Hemos de llevar a cabo todas las reformas posibles en el espíritu en el que un ejército avanza siempre arrebatando en su camino el territorio ocupado por el enemigo. Y siempre hemos de permanecer hostiles a todo gobierno —ya sea monarquista como el de hoy o republicano o bolchevique, como el de mañana—.(1)

Con los anteriores párrafos, podemos reforzar la diferencia entre el carácter reformador del anarquismo y del reformismo vulgar del parlamenterismo democrático-representativo, por el otro. Más que reformista o propiciador del reformismo, el anarquismo es, para el anarquista italiano, reformador en un sentido revolucionario y libertario. Tal dirección anárquica no significa, sin embargo, el triunfo garantizado del movimiento. En efecto, cuando las clases oprimidas conforman movimientos de acciones directas por una conquista determinada, ante el temor de que tal arremetida se transforme en un movimiento que destruya los cimientos de la sociedad burguesa —o por las mismas necesidades del desarrollo del capitalismo—, tales demandas suelen verse expresadas en los códigos de las instituciones burguesas. La mayoría de las veces funcionales a los intereses de la clase dominante.

Sin embargo, exigir y construir las bases necesarias para erigir tales conquistas no es en sí mismo reformismo o revolucionario. Será lo uno o lo otro, según el medio/formas que se empleen para arribar a tal demanda (además del objetivo a concretar, por supuesto). Si se protesta mediante métodos proletarios libertarios (acción directa, protestas, asambleas, anarcosindicalismo) por el acceso a la salud o por el fin de las AFPs, no será necesariamente reformismo. Si lo hacemos presentándonos como parte de una candidatura para consignar tal medida desde las alturas del poder, sí lo será. Si nos organizamos horizontalmente en pos de mejorar nuestra seguridad, no tendría porqué ser reformismo. Si exigimos que tal seguridad sea proporcionada por las instituciones coercitivas del Estado, sí lo será.

Complejizando tales distinciones prácticas y terminológicas, Emilio López Arango nos plantea un necesario ejercicio crítico del reformismo. Para el histórico militante de la FORA, el reformismo no se expresa únicamente en los cambios que sufre la estructura jurídica del Estado, sino que también en el traspaso de las riquezas y de los privilegios detentados por una minoría. Los señores feudales y la nobleza propietaria se vieron obligados a dar cabida en su mesa a la clase burguesa, adueñada del poder político. La revolución del siglo XVIII dio un golpe de muerte al feudalismo. Mas el problema social quedó en pie con ese traspaso de poderes y de títulos de propiedad. ¿Podría el proletariado, mediante un acto de fuerza que le diera el control de la máquina capitalista, eliminar de un golpe todas las diferencias de clase y de casta? ¿No sería más probable que, aplicando el método histórico de los marxistas, creara en su seno nuevos privilegiados y nuevos gobernantes, que serían precisamente los jefes políticos o los funcionarios sindicales? (2) Así, el reformismo no solo se expresa en la política parlamentaria o de la socialdemocracia, sino que también en los sectores que propugnan la dictadura del proletariado. El reformismo no está en el hecho natural de que los obreros reclamen mejoras económicas, sino en la subordinación de la ideología socialista totalitaria a un programa que tiende a perpetuar el régimen del salariado.(3)

Además de las tácticas socialistas democráticas y de los marxistas dictatoriales, para López Arango el reformismo también se expresa en los sectores sindicalistas apolíticos o en compañeros que abogan por prácticas "libres de dogmatismos". Tales posturas, al rechazar sistemáticamente todo compromiso con un “dogma”, dejan sentado el concepto fatalista del marxismo, pues confían al desarrollo industrial de las naciones y a la prevalencia cada vez más absorbente del capitalismo, la tarea de crear en los pueblos y en los individuos las aptitudes necesarias para preparar y realizar la revolución.(4) Tal actitud de los sindicalistas apolíticos o de compañeros que se dejan llevar por los movimientos sin un análisis teórico anarquista de las condiciones existentes, pueden ser arrastrados con mayor facilidad por el devenir de la ideología dominante. Si en la autogestión obrera no se incorpora integralmente el anarquismo —nos advierte Murray Bookchin—, la gestión tiende a prevalecer sobre el auto (de sí, para sí); la administración tiende a asumir el control sobre la autonomía del individuo. Gracias a la influencia ejercida por los valores tecnocráticos sobre el pensamiento del hombre, la individualidad —que reviste una importancia fundamental en la concepción libertaria de la organización de la vida en todos sus aspectos—, tiende a ser sustituida, con un juego sutil pero inexorable, por las virtudes de eficaces estrategias administrativas. Como consecuencia, se va promoviendo la autogestión no tanto con finalidad libertaria cuanto por metas funcionales, y esto ocurre incluso en los sindicalistas más comprometidos. (5)

Volviendo con López Arango, cabe destacar que considera que sería un gran error sostener que todas las conquistas del proletariado son estériles y que no representan nada en la marca del progreso. ¿Acaso es lo mismo —arguye nuestro autor— trabajar diez o doce horas que limitar a ocho o seis la jornada de trabajo? (...) Rechazar ese positivo mejoramiento en las condiciones materiales del asalariado con el argumento de que perdura el sistema capitalista aunque la jornada de trabajo se reduzcan a cuatro o dos horas, supone tanto como defender la teoría de la miseria como factor de la revolución. Por otra parte, ¿es posible eludir el esfuerzo que reclama la lucha cotidiana contra la explotación capitalista, conservando todas las energías para dar el golpe de gracia al capitalismo cuando se agote la paciencia de los trabajadores? ¿Se puede acumular en alguna parte la energía que se pierde en la espera del gran acontecimiento? ¿O es que la inercia constituye un caudal de fuerzas ignoradas que se concentran en algún punto de la tierra y que explosionan al mágico conjuro de un genio desconocido por los hombres?

La realidad nos demuestra que toda conquista fundamental está condicionada por conquistas parciales. No se puede llegar a la revolución social de un salto sobre el infinito sin partir de un punto dado y seguir una determinada trayectoria de esfuerzos y realizaciones. Un programa total anarquista, que no extrae ninguna experiencia del presente que no se manifiesta en ningún propósito actual termina siendo una negación y defender la tesis empírica de “todo o nada” equivale a negar la posibilidad de que los trabajadores realicen por sí mismos su emancipación económica y social.(6)


N&A





5- La autogestión, si no existen individuos capaces de gestionarse autónomamente, corre el riesgo de transformarse en cualquier cosa que sea exactamente su opuesto: una jerarquía basada en la obediencia y el mandato. La abolición de las clases no compromete mínimamente la existencia de estas relaciones jerárquicas. Estas pueden subsistir en el interior de la familia, entre los sexos y entre los diferentes grupos de edad, entre los grupos étnicos y en el interior de los organismos burocráticos, lo mismo que en los grupos sociales administrativos que pretenden realizar la política de una organización o de una sociedad libertaria. (Autogestión y nueva tecnología: la imaginación contra la máquina - Murray Bookchin) 



sábado, 11 de abril de 2015

La trascendencia de Teresa Claramunt para el movimiento anarcofeminista

El anarcofeminismo es una categoría que sintetiza las demandas libertarias del feminismo con los postulados históricos del anarquismo. Dentro de lo considerado anarcofeminismo existen diferentes tendencias y visiones que se nutren y dialogan en la tarea de señalar y superar la condición doblemente oprimida de la mujer, tanto en las relaciones interpersonales patriarcales como por la explotación capitalista. Las primeras anarcofeministas (fines Siglo XIX), no se consideraban como tales, la categoría anarcofeminismo surgió con posterioridad, (en el último tercio del Siglo XX), como una forma de visibilizar las teorías, sujetos y prácticas por la emancipación femenina desde el anarquismo. En pocas palabras, podríamos decir que el anarcofeminismo es la ética anarquista expresada en el feminismo; es el feminismo contra toda forma de dominación, sea del patriarcado, el Estado, la iglesia o el capitalismo. Las anarcofeministas defienden que no puede existir construcción libertaria sin la asimilación de los principios feministas. De igual modo, una sociedad feminista demandaría para su nacimiento y sostén, el abrazo a los principios libertarios del anarquismo.

Tanto el feminismo como el anarquismo nacen y se desarrollan simultáneamente en contextos de lucha de clases. Ambas tendencias surgen como una crítica al nuevo orden del capitalismo y el Estado liberal. Frente a las revoluciones burguesas del siglo XVIII, el anarquismo gritó: ¡Esta revolución es de los capitalistas y no la del proletariado y las clases oprimidas! En una reflexión similar, el feminismo nos explicó que la emancipación política de la burguesía otorgó mayores privilegios a los hombres, sobre todo a los hombres burgueses, y sometió a las mujeres a la exclusión  del hogar y al patriarcado salarial1, dominación económica y política que afectó con mayor fuerza a las mujeres de las clases obreras y campesinas. Dentro de las exponentes más importantes del feminismo anarquista destacan activistas como las estadounidenses Emma Goldman y Voltairine de Cleyre, la francesa Louise Michel, la argentina Virginia Bolten, y en la región ibérica, compañeras como Teresa Mañé ―también conocida con el seudónimo de Soledad Gustavo― y Teresa Claramunt, de quien hablaremos en esta ocasión.

Teresa Claramunt nació en el seno de una familia de clase obrera, el 4 de junio de 1862 en Sabadell, una ciudad ubicada a 27 kilómetros al interior de Barcelona y que para la época presentaba un fuerte crecimiento textil-industrial. Durante sus primeros años de vida, Teresa se mudó a Huesca, pero volvió a su ciudad natal en 1875 2. Desde los 10 años trabajó en un taller junto a su padre, y desde los 13 en una fábrica textil3. En 1883 y con tan solo 21 años, participó en la «huelga de las siete semanas», un conflicto que exigía la reducción de la jornada laboral a diez horas diarias4. Un año más tarde, el 26 de Octubre de 1884, fundó junto a otras obreras la organización «Sección Varia de Trabajadoras anárquico-colectivista de Sabadell», núcleo revolucionario que abogaba por el colectivismo anarquista, que definían como “el trabajo en común, la propiedad colectiva de la tierra y de todos los instrumentos del trabajo y recibir o consumir cada persona tanto como produzca”5. Entre los fines de la organización se contemplaba la reivindicación feminista de “coadyuvar a la emancipación de los seres de ambos sexos”6. En esta organización, Teresa Claramunt propuso, consciente de la importancia de la formación política integral, la necesidad de la educación libertaria entre las obreras y los barrios populares de Sabadell7.

Teresa Claramunt también fue precursora de organizaciones feministas no mixtas. Junto a la anticlerical Ángeles López de Ayala y la espiritista Amalia Domingo Soler, fundó en 1889, la primera organización feminista de España, creada por y para mujeres: «La Sociedad Autónoma de Mujeres de Barcelona», organización que desarrolló prácticas educativas orientadas en los valores anticlericales y libertarios. En el seno de dicha organización, que perduró hasta 1892 y contó con una escuela nocturna de enseñanza laica, se desarrollaron veladas instructivas, conferencias y actividades recreativas8.

Diversos campos del anarquismo y el quehacer social fueron motivo de análisis y escritura para Teresa Claramunt: el anti-clericalismo, el anti-militarismo, la educación libertaria, la solidaridad con los presos, y por supuesto, la emancipación femenina. “La mujer se ha de preocupar por su suerte ―escribía en el periódico Fraternidad―, ha de leer los libros que enseñan, como son las obras ácratas, ha de asociarse con sus hermanas y formar cátedras populares donde aprende a discutir o para ir aprendiendo lo que nos conviene saber. (…) La hermosa acracia, esa idea magna hará justicia a la mujer, para la acracia no existe raza, color ni sexo”9. Teresa Claramunt también incursionó en la dramaturgia con ‘El mundo que muere, el mundo que nace’, trabajo que firmó con el seudónimo de María Sánchez del Valle y que estrenó la Compañía Libre de Declamación, el 14 de marzo de 1896, en el Teatro Circo Barcelonés de la calle Montserrat, rodeado de un contingente de la Guardia Civil10.

El ejercicio político y sindical de Claramunt se desplegó en el contexto de una Catalunya que presentaba un fuerte desarrollo industrial, terreno que propició un nutrido asociacionismo obrero que interactuó con tendencias librepensadoras, anticlericales  y republicanas. En 1868 y por encargado de Mijaíl Bakunin, el italiano Giuseppe Fanelli realizó un viaje propagandístico con la tarea urgente de fundar secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) en España. Durante su estadía, Fanelli fundó núcleos de la AIT en Madrid y Barcelona, a la vez que transmitió por primera vez en España las propuestas revolucionarias del anarquismo colectivista y los principios y finalidades del anarcofeminismo, ideas redactadas en el texto atribuido a Mijaíl Bakunin, "El Programa de la Alianza Internacional de la democracia Socialista", en cuyo primer punto abogaba por “la abolición completa y definitiva de las clases y la igualdad social, política y económica de ambos sexos”11.

Fue así como llegaron a España las ideas que influenciaron a Teresa Claramunt y a gran parte del proletariado que se organizó a través de grupos anarquistas de agitación, ateneos, revistas y federaciones anarco-sindicalistas como FRE y luego la FTRE, donde Teresa tuvo una importante participación como organizadora en la industria textil, liderando sindicatos, huelgas, revueltas e infinitos mítines de labor propagandística que cimentaron cultural y orgánicamente a la histórica CNT y a Mujeres Libres, organizaciones protagonistas e impulsoras, junto a la FAI y JJLL, de la revolución anarquista de 1936. Considerando lo anterior podemos constatar que poco y nada de espontaneísmo hubo en la revolución de 1936, y sí muchos años de organización sindical, formación política, difusión y propaganda.

Teresa Claramunt se vio envuelta en una serie de episodios que marcaron toda una época de fuerte persecución contra el anarquismo y el movimiento obrero. En 1893 fue detenida y sometida a un consejo de guerra junto a su compañero Antonio Gurri, criminalizados ambos por ser los supuestos instigadores de las masas tras un acto político en el Teatro Calvo-Vico, donde a Teresa se le había negado el acceso. Claramunt fue entonces condenada a 4 meses de prisión y una multa de 125 pesetas, mientras su compañero fue absuelto por falta de pruebas12. Aquella detención y presidio, marcó el sendero de un largo transitar por juicios, cárcel y destierros.


La bomba del Liceo


A finales del Siglo XIX, el Estado español arremetió con una sanguinaria brutalidad en innumerables ocasiones contra las clases oprimidas y explotadas. Debido a esto, y como una forma de contrarrestar el poder de la burguesía y el Estado, algunos anti-autoritarios actuaron en atentados por motivaciones políticas o deseos de venganza. El 24 de septiembre de 1893, el obrero tipógrafo Paulino Pallás atentó fallidamente contra el capitán general de Cataluña, Arsenio Martínez Campos, con el balance de un muerto y ocho heridos. Como consecuencia de estos hechos, el poder ejecutó a Pallás el 6 de octubre de 189313. El 7 de noviembre del mismo año, el aragonés Santiago Salvador, ―según Teresa Claramunt, ‘desesperado por el fin de su amigo Pallás, y desesperado también por su triste posición económica’14― lanzó dos bombas Orsini mientras se representaba una ópera en el Teatro Liceo de Barcelona, imponente establecimiento de la Rambla frecuentado por la burguesía. De las dos bombas sólo una explotó, resultando una veintena de personas muertas. Rápidamente se desató una ola de represión y fueron detenidos cientos de anarquistas, entre ellos Teresa Claramunt, quien fue conducida a los calabozos de Montjuïc y poco después puesta en libertad15. No corrieron la misma suerte los anarquistas Archs, Sabat, Sogas, Siserol, Codina y Cepezuelo16, quienes fueron ejecutados por el Estado el 21 de mayo de 1894 en el Castillo de Montjuïc. Otros tantos fueron sometidos a largas condenas17. Santiago Salvador, quien logró escapar luego de la explosión, fue apresado en enero del año siguiente en Zaragoza y finalmente ejecutado por la burguesía con el método del garrote vil. Luego de la bomba al Teatro Liceo, un fuerte ambiente de satanización contra las ideas de acracia y libertad reinó en Catalunya y particularmente en la ciudad de Barcelona. Como suele suceder en estos casos, hubo personas que por el miedo unos y por malas interpretaciones otros, reaccionaron no desligándose del acto sino que rechazando el mote de anarquistas o directamente, renegando del anarquismo. Ante esto, la revolucionaria de Sabadell escribió:


“Muchas veces oigo aberraciones como las siguientes: «Yo era anarquista; pero desde el hecho del Liceo, dejé de serlo». (…) Esos anarquistas que dejaron de serlo por tal o cual causa, y esos otros que han forjado un molde para que de él salgan los anarquistas derechos y perfectos, me hacen mucha gracia. Yo dejé de ser católica, no por las pillerías de algunos curas o gente católica sino porque al tener uso de razón comprendí que el catecismo católico era muy inferior a mi moral y a mis aspiraciones y aunque todos los católicos fueran buenos yo sería atea”18.


El proceso de Montjuïc


Tres años después de los hechos del Teatro Liceo, una nueva escalada represiva marcará tristemente la historia del movimiento obrero y anarquista: El Proceso de Montjuïc, una de las mayores persecuciones de todos los tiempos dirigidas por el Estado y la burguesía contra el anarquismo. El domingo 7 de junio de 1896, en la calle de Canvis Nous de Barcelona, al paso de la procesión religiosa del Corpus, estalló una bomba que causó seis muertos y más de cuarenta heridos de diversa gravedad. Ante esto, se desató una ola gigante de represión. En la cacería contra los libertarios hubo más de 400 detenidos19, entre los que se encontraba el matrimonio Claramunt-Gurri, quienes fueron apresados por la Guardia Civil el 14 de junio de 1896 en su casa de Camprodón (Girona). Las consecuencias del Proceso de Montjuïc  fueron devastadoras, el movimiento anarquista en Catalunya fue casi completamente desarticulado. Junto con encarcelar y desterrar a compañeras y compañeros, el poder clausuró revistas como El Productor, La Tramontana y Ciencia Social20. Entre los represaliados no solo había anarquistas, también se encontraban dirigentes sociales de diferentes tendencias. Muchos de los detenidos fueron deportados y otros llevados al Castillo de Montjuïc, donde sufrieron horribles torturas y toda clase de vejámenes. Teresa en un primer momento fue conducida a la cárcel de mujeres de calle Amalia, donde permaneció tres meses bajo la custodia de monjas carceleras21, para posteriormente ser trasladada hasta el cerro de Montjuïc, la montaña maldita. A Claramunt le esperaba un calabozo ‘malísimo, húmedo, lleno de ratones y moscas, el jergón tenía muchos piojos y otros insectos repugnantes’22.

El Juicio se desarrolló a puerta cerrada entre el 11 y el 15 de diciembre de 1896. A pesar de que se buscaba la ejecución 28 personas, finalmente el Estado fusiló el 4 de mayo de 1897 a cinco anarquistas: Ascheri, Más, Nogués, Molas y Alsina. A otros 57 anarquistas se condenó a cadena perpetua, entre ellos figuró Claramunt como la única mujer23. De este modo lo relató luego Teresa Claramunt: "Los oficiales dieron la orden de fuego. Los soldados dispararon contra sus propios hermanos, desheredados como ellos. En el espacio envuelto entre el humo de las detonaciones se multiplicaba este grito de las víctimas: ¡Somos Inocentes! ¡Viva la Anarquía! ¡Muera la Inquisición!" 24.

Meses más tarde el Estado, desprestigiado y presionado por campañas de solidaridad anti-autoritaria, concedió a muchos de los represaliados en El Proceso de Montjuïc, conmutar las condenas por el exilio. Algunos fueron a París, otros a Londres, como es el caso de Teresa Claramunt, quien se detuvo un tiempo en aquella ciudad para luego trasladarse a Francia, desde donde vuelve a Barcelona en 1898. Desde allí continuó su incansable actividad como militante anarcosindicalista, agitadora antiautoritaria y articulista de la prensa ácrata, destacándose como editora de los periódicos anarquistas El Rebelde y El Productor.


El feminismo en Teresa Claramunt


Para Teresa Claramunt, la profunda desigualdad que existe entre hombres y mujeres no se debe a causas naturales sino que es consecuencia de la organización capitalista y patriarcal de la sociedad, en donde gobierna el machismo, el poder del clero, la propiedad privada, el látigo del salario y el Estado. Sociedad mercantil donde las mujeres son peor pagadas que los hombres y muchas veces se ven obligadas a casarse o recluirse en conventos  a cambio de una supuesta protección. En este orden social jerárquico, la mujer obrera es doblemente oprimida, tanto por la dominación masculina como por la opresión del capitalismo. "En el taller se nos explota más que al hombre, en el hogar doméstico hemos de vivir sometidas al capricho del tiranuelo del marido, el cual por sólo el hecho de pertenecer al sexo fuerte se cree con el derecho de convertirse en reyezuelo de la familia" 25.

Teresa Claramunt por momentos puede consentir la idea de que los hombres poseen, en general, mayor fuerza física que las mujeres, sin embargo, ello no es una razón de peso ―o éticamente válida desde la subjetividad anarquista― para admitir la superioridad de los hombres, ya que “en el orden moral la fuerza se mide por el desarrollo intelectual, no por la fuerza de los puños. Siendo así, ¿por qué se ha de continuar llamándonos sexo débil?” 26.

En una interesante reflexión acerca de la organización política general de la sociedad, Teresa Claramunt reconoció que ya no vivimos una época en que la fuerza muscular individual asegure el poder político. En el actual estado de cosas, el poder se concentra y distribuye a través de una compleja red de vínculos burocráticos y legales desde la organización jerárquica y piramidal del Estado y sus organismos específicos de represión. Bajo este orden, ―o desorden como diría Piotr Kropotkin― poco importa si los que dirigen el Estado son físicamente fuertes o se encuentran de escasa vitalidad. “Si existiéramos en la época en que la fuerza muscular era signo de poder al cual se sometían los de débil construcción orgánica, claro está que las mujeres seríamos inferiores ya que la Naturaleza ha tenido el capricho de someternos a ciertos periodos que debilitan nuestras fuerzas musculares y hacen que nuestro organismo esté más propenso a la anemia. Mas hoy, por fortuna, ningún poder, ningún valor se le reconoce a la fuerza muscular. En el orden político, una mujer endeble, un niño enfermizo, un neurótico, un tísico o un sifilítico son elevados por la ignorancia a los más altos sitios del poder para dirigir desde allí la nave del Estado”27.

Una importante causa de la dominación de la mujer estriba, según Claramunt, en el absurdo y falso principio de la superioridad masculina. Sobre dicha falsedad se fortalece la sociedad patriarcal que a su vez ha facilitado la organización de una sociedad dividida en clases. La dominación del hombre por sobre la mujer en el ambiente familiar es una práctica que naturaliza las relaciones de dominación en otros ámbitos de la sociedad. Una vez el hombre, padre de familia o marido se acostumbra a dominar, extiende estas prácticas al resto de la sociedad. La familia patriarcal es, por tanto, un importante factor de disciplinamiento que propicia el desarrollo de una sociedad injusta y autoritaria. En palabras de Teresa Claramunt, el “falso y perjudicial principio de la desigualdad ha venido imperando hasta nuestros días, extendiéndose hasta caer en el vergonzoso extremo de dividirse los hombres en clases y subdividirse éstas al infinito, por la separación que crea el torpe afán de excederse cada uno a los demás. Una vez cultivados por los hombres los antagonismos de sexo, los frutos habían de envenenar su espíritu, haciéndoles despóticos y tiranos con sus semejantes. Empezaron siéndolo con las mujeres, por ser más fácil, pero luego el afán de dominar les ha hecho feroces”28.

Para Teresa Claramunt, “la mujer es y ha sido para el hombre un ser incapacitado para todo y, salvo muy honrosas excepciones, nadie durante tantos siglos la ha defendido de esa usurpación de facultades. Se la ha considerado como eterno niño”29. Paternalismo como superioridad que a su vez se extiende a los hijos, entre hermanos e incluso hasta las mascotas del hogar. “El padre es el primer jefe, ante él nadie chista, luego sigue la madre con parecidas pretensiones despóticas, y como el mal ejemplo cunde los niños mayores ejercen de mandones con los más pequeños, y éstos se desquitan con el perro, el gato y los muebles, cuando no hay otra cosa. ¿Cuántas veces habremos oído a niños pequeños exclamar con coraje: ¡Ah! cuando yo sea grande?...Terribles consecuencias del odioso afán de superioridad”30.

Claramunt piensa que la mujer no debe esperar que el hombre remedie sus males. Ella misma debe emanciparse a través de la instrucción y la asociación. No obstante, el hombre debe facilitar la liberación de la mujer y no relegarla a un oscuro rincón del hogar, estimulando la participación de las mujeres en las distintas actividades de la vida social. En una conferencia impartida en el Ateneo Obrero de Sabadell, así cuestionaba a sus camaradas: “¿No es verdad compañeros que os gusta hablar de unión y de revolución social? Pues bien, si os gusta voy a dirigirme a vosotros, y empezaré diciéndoos: ¿Cómo que en este Ateneo sois más de 300 que os llamáis anárquicos y somos tan pocas las asociadas?, todos tenéis esposa e hijas o hermanas, pues si sois como os llamáis anárquicos, ¿por qué no la traéis a nuestra federación?”31.

En Teresa Claramunt leemos avanzadas descripciones que se acercan bastante a las actuales críticas contra la héteronorma como bastión de disciplinamiento de la sociedad patriarcal. Héteronorma que se transmite a las personas desde muy temprana edad a través de la asignación de roles diferenciados de acuerdo al sexo y género. Observamos así, como en el temprano feminismo anarquista están, como lúcidamente señala Ana Ortiz32, las bases y expresiones críticas del feminismo del último tercio del Siglo XX. De este modo lo aborda Teresa Claramunt:

“A la mujer se la esclaviza desde la infancia, con pretextos de que a las niñas no les está bien ciertos juegos, juegos que fortificarían sus músculos, pero los padres preocupados por una inhumana moral retienen junto a la madre a la niña que sentadita ha de jugar a mamás con sus muñecas. En el colegio igualmente, la niña recibe una educación mucho más deficiente que el hombre ya que entre rezos y labores le hacen emplear todo el tiempo. Cuando ya mujer, continúa presa en las redes del rutinarismo.

Si ama y no se ha fijado en ella el objeto de su amor, debe ahogar en su corazón ese juego magno, vida de la vida. Sólo al hombre le es permitido exponer el estado de su ánimo, sólo al hombre le es permitido declarar su amor, sólo al hombre le es permitido solicitar al ser por el cual siente afinidad. ¡Cruel privilegio! ¡Inhumana desigualdad!”33.

En el discurso feminista de Teresa Claramunt, la igualdad no significa que todos seamos iguales en el sentido homogeneizante: "La igualdad que queremos los anarquistas no es en lo físico, sino en la satisfacción de nuestras necesidades"34, afirmaba. Dicha noción, típicamente anarcofeminista, supone la igualdad como una relación social que se desarrolla en horizontalidad, donde nadie subyuga al otro y en donde la competencia y la opresión sobre las que se erigen el capitalismo y el patriarcado, son reemplazadas por relaciones sin dominación libremente acordadas.

En 1891 y como consecuencia de la represión durante la huelga general de Zaragoza, Teresa Claramunt fue nuevamente encarcelada y condenada a cuatro años de prisión. Desde entonces su salud, según Soledad Gustavo, empezó paulatinamente a empeorar35. Claramunt murió a la edad de 69 años, el sábado 11 de abril de 1931 en Barcelona, tres días antes de que se declarase la II República. “Teresa Claramunt ha muerto ―escribió Francisco Madrid―. Fue en un momento heroína de la ciudad. Su nombre vagaba por los labios de la gente con la misma devoción que en París se pronunciaba el nombre de Louise Michel”36. A su funeral concurrieron miembros de la FAI y diversas delegaciones de la CNT. Federica Montseny, quien consideraba a Teresa Claramunt su segunda madre, expresó: “¡Teresa, Santa y querida Teresa! Has muerto pero vives en el alma, en el pensamiento, en el corazón de cuantos te quisimos, en el corazón de todos tus hermanos, tus hijos ideales; de todos los que profesamos tu misma fe ardiente y militante en el porvenir del hombre y del mundo, en la anarquía, y que de tu vida, de tu ejemplo, toman savia e ímpetu”37.


Consideraciones finales


Se suele decir bastante a la ligera, que el feminismo ha sido un movimiento que tiene un origen burgués. Entrar en esa discusión de forma integral ameritaría otro artículo. Sin embargo, a través de Teresa Claramunt podemos observar que el feminismo obrero y anarquista no solo existió sino que fue un pilar fundamental en las luchas anarquistas y obreras de fines del Siglo XIX y principios del XX. El anarcofeminismo se expresó no sin la oposición por parte del machismo imperante tanto en el movimiento obrero como en las estructuras de dominación constituidas. A pesar de ello, Teresa Claramunt en conjunto con mujeres como Soledad Gustavo, su compañera y amiga, lograron cimentar las bases ideológicas y culturales del anarcofeminismo de la región ibérica, ideas que pronto llegaron a Sudamérica. De hecho, Teresa Claramunt fue presentada en Argentina por el periódico anarcocomunista, fundado por Errico Malatesta y continuado por Fortunato Serantoni, La Questione Sociale38 y publicada en la región chilena por el diario La Agitación en 190139.

Actualmente la democracia estatal y el parlamentarismo son presentados a través de los medios de comunicación hegemónicos como las únicas formas de organización políticas posibles y deseables, cuando en los hechos estas formas jerárquicas de organización son funcionales a la dominación del capitalismo y el patriarcado. La institucionalización de las luchas, que no es más que la integración de los sujetos políticos al aparataje estatal, ya sea directamente o por subvenciones, ha provocado una fuerte crisis en los movimientos sociales anticapitalistas y feministas40. En el contexto de la región chilena, tal mecanismo de la clase dominante se puede apreciar con nitidez a través de la integración en los organismos gubernamentales de elementos del movimiento estudiantil que protagonizaron la revuelta del 2011. Dicha integración en el aparataje estatal, ha propiciado una fuerte desarticulación y pérdida de capacidad de movilización de las clases oprimidas y explotadas, y por ende, el fortalecimiento del capitalismo liberal y la mercantilización de la existencia.

Recordar las enseñanzas del feminismo y anarco-sindicalismo de mujeres como Teresa Claramunt ―ya sea directamente de su obra o a través de su influencia en el entorno cultural y político de Mujeres Libres y CNT― es fundamental para adquirir las herramientas teóricas, históricas y prácticas para fortalecer la resistencia contra toda forma de dominación. Será a través del anarcosindicalismo, el apoyo mutuo, la organización comunitaria y horizontal que construiremos las bases para abolir el patriarcado y el capitalismo, y no a través del Estado, el parlamentarismo y el electoralismo burgués como nos ‘invita’ el estatismo y la clase dominante a través de la represión y los medios de comunicación. No acabaremos con las jerarquías creando más jerarquías. No acabaremos con la dominación del patriarcado fortaleciendo a instituciones como el Estado y los parlamentos, que si bien son estructuras posteriores a la organización patriarcal de la sociedad, a la vez nutren y fortalecen el patriarcado consolidando y reproduciendo desigualdades y opresiones expresadas en el trabajo asalariado, la propiedad privada, la militarización de los espacios y trayectos, la destrucción del ecosistema, la mercantilización de las relaciones sociales y el control del cuerpo, y sobre todo en el control del cuerpo de la mujer como máquina reproductora de vida y ganancias para la clase dominante. Por todo lo anterior, el feminismo anarquista se posiciona hoy como un campo amplio de batalla contra los patriarcados y dominaciones. Es a través de las relaciones anarquistas que construiremos un mundo libre en igualdad, pero no esa igualdad liberal como seres igualmente dominados por el Estado y el Capital, tampoco esa igualdad entendida como seres ‘idénticos’ unos de otros, sino que como bien sentenció Claramunt, «La igualdad que queremos los anarquistas no es en lo físico, sino en la satisfacción de nuestras necesidades».





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(1)  Silvia Federici en el Libro Calibán y la Bruja, desarrolla el concepto de Patriarcado Salarial o también llamado Patriarcado del salario. Lo explica como el proceso de exclusión de las mujeres del salario y que a su vez propició más poder a los hombres sobre las mujeres. La proliferación del trabajo asalariado generó la falsa idea de que el trabajo doméstico y reproductivo no es un trabajo, cuando en la práctica es un trabajo fundamental para el desarrollo económico. Este proceso no solo se expresó en los trabajos asalariados sino que también en las relaciones monetarias del artesanado, "política, que hacía imposible que las mujeres tuvieran dinero propio, creó las condiciones materiales para su sujeción a los hombres y para la apropiación de su trabajo por parte de los trabajadores varones". (Silvia Federici, El Calibán y la Bruja)
(2) Teresa Claramunt, La virgen roja barcelonesa - María Amalia Pradas Baena (Pág. 28) De ahora en adelante: TC, Lvrb, Mapb.
(3) Teresa Claramunt. Des de l’altra banda de la «perfecta casada». La dona sotmesa al «tirano de blusa y alpargata» – Laura Vicente Villanueva https://patagonialibertaria.files.wordpress.com/2015/01/teresa-claramunt191192-263616-1-pb.pdf
(4) TC, Lvrb, Mapb, Pág. 23.
(5)  La asociación de la muger, Los Desheredados, Sabadell, 1-XI-1884, TC, Lvrb, Mapb, pág. 164
(6) Ibíd.
(7)  “La compañera Teresa Claramunt y con admirable sentido práctico propuso un medio de comunicarse: la enseñanza mutua sin gastos ni dilaciones, reducidos a que por turnos y en las primeras cuatro horas de la mañana de cada día festivo pasen las compañeras de cada calle a casa de la que estando más instruida dirija a las demás, así en labores como en administración de casa, lectura, escritura, cuentas, etc. Esta valerosa catalana mereció el aplauso unánime de las compañeras, aprobándose su proposición”. (Ibíd.)
(8) TC, Lvrb, Mapb, Pág. 111
(9) A la mujer –Fraternidad, Gijón, 23-X-1899  (TC, Lvrb, Mapb, Pág. 186)
(10)“Según informa La Tramontana (20 de marzo de 1896), el estreno de la obra fue una  auténtica «fiesta proletaria», y la representación tuvo lugar con el local rodeado por las fuerzas de la Guardia Civil; una vez finalizado el acto, desde el Gobierno Civil se determina la detención de la autora, que no prosperó inicialmente, pero que se produciría unos meses más tarde al ser detenida en Camprodon por la supuesta implicación en el atentado de Canvis Nous (Ibíd. Pág. 120)
(11)Programa y Estatutos de la Alianza de la Democracia Socialista – Mijaíl Bakunin: “Este texto, muy influenciado por Bakunin y sus compañeros, fue la base de la creación de la Internacional en España entre 1870 y 1872. De hecho, es casi una traducción literal del “Programa de la Alianza Internacional de la democracia Socialista” creada en 1868 (documento traído por Fanelli a España) reproducido por James Guillaume en el tomo I de “L’Internationale”, pp. 132-133, en 1905” Frank Mintz  https://miguelbakunin.wordpress.com/2008/07/24/programayestatutos/
(12)TC, Lvrb, Mapb (Pág. 47)
(13)Ibíd. (Pág. 49)
(14)Bombas patronales – Por Teresa Claramunt (Compilado en TC, Lvrb, Mapb, Pág.  239)
(15)TC, Lvrb, Mapb (Pág. 49)
(16)Desde la inquisición al terrorismo - El Rebelde, Barcelona, 14-III-1908 (Compilado TC, Lvrb, Mapb, Pág. 295)
(17) Ejecuciones en Montjuïc – Página de CNT Puerto Real http://puertoreal.cnt.es/bilbiografias-anarquistas/4667-ejecuciones-en-montjuic.html
(18)Suplemento de la Revista Blanca, núm. 56, Madrid, 9-VI-1900  (Compilado en TC, Lvrb, Mapb, Pág. 131)
(19) Antología Documental del Anarquismo Español Volumen 1:De la Primera Internacional al Proceso de Montjuic (1868-1896) III.2 (Pág. 60)
(20)Teresa Claramunt, La virgen roja barcelonesa - TC, Lvrb, Mapb, Pág. 50)
(21)Las mujeres anarquistas y la represión de fines del siglo XIX en Barcelona (1893-1900) Antoni Dalmau i Ribalta
(22)Fragmento del relato de Teresa Claramunt de su estancia en el castillo de Montjucïc, recogido en: SEMPAU, Ramón, op. cit., pp. 383-390. (Citado en TC, Lvrb, Mapb, Pág. 52.
(23) El resultado de la sentencia en: BO I SINGLA, I., op. cit., pp. 147-150. (Citado en TC, Lvrb, Mapb, Pág. 55. 
(24)El Productor, Barcelona, 29-III-1905 (Compilado en TC, Lvrb, Mapb, Pág. 264) 
(25)A la mujer – Por Teresa Claramunt, Fraternidad, Gijón 23-X-1899- Compilado en TC, Lvrb, Mapb, Pág. 186)
(26)Ibíd.
(27)Ibíd.
(28)La mujer, Consideraciones generales sobre su estado ante la prerrogativa del hombre – Por Teresa Claramunt. Biblioteca de El Porvenir del Obrero, S.A., Mahón, 1905 –(compilado en  TC, Lvrb, Mapb, Pág. 199)
(29)Ibíd.
(30)Ibíd.
(31) Conferencia impartida en el Ateneo Obrero de Sabadell. Los Desheredados, Sabadell, 13-II-1885 (compilado en  TC, Lvrb, Mapb, Pág. 166)
(32) Video-conferencia ‘Cátedra de Pensamiento Anarquista: Anarcofeminismo y Heteropatriarcado’ http://www.portaloaca.com/videos/charlas/9457-video-catedra-de-pensamiento-anarquista-anarcofeminismo-y-heteropatriarcado.html
(33) ‘De la mujer’, por Teresa Claramunt. Humanidad Libre, Valencia, 8-III-1902 , Compilado en  TC, Lvrb, Mapb, Pág. 193)
(34)Teresa Claramunt - Igualdad - El Porvenir del Obrero, Mahón, 27-III-1906 (Compilado en  Ibíd. Pág.  282)
(35)Revista Blanca. Barcelona, 1. Mayo 1931 (Disponible Hemeroteca Digital ‘Biblioteca Nacional de España’ http://hemerotecadigital.bne.es/issue.vm?id=0002923086& )
(36)«La Virgen Roja», Por Francisco Madrid, La Noche, Barcelona, 11-IV-1931. (Citado en TC, Lvrb, Mapb, Pág. 94)
(37)«Teresa Claramunt, o una vida heroica», Por Federica Montseny, El Luchador, 24- IV-1931. (Citado en C, Lvrb, Mapb, Pág 94)
(38) La Questione Sociale, periódico fundado por Errico Malatesta, inicialmente en Italia y luego en Argentina por el mismo Malatesta. Posteriormente será re-editado en Argentina por Fortunato Serantoni. En sus páginas se  señalará en 1894: “De ahora en adelante la sección castellana de la Questione Sociale habrá por colaboradores los principales escritores anarquistas de España, entre ellos los compañeros Juan Montseny, José Prat, Ricardo Mella, Anselmo Lorenzo, y nuestras valientes compañeras Soledad Gustavo, de Reus, y Teresa Claramunt, de Barcelona”. (La Questione Sociale: rivista mensile di studi sociali, nro. 6, 15 de diciembre de 1894.) Citado por Laura Fernández Cordero en «Queremos emanciparos: anarquismo y mujer en Buenos Aires de fines del XIX» Revista Izquierdas, III, 6 (2010) https://patagonialibertaria.files.wordpress.com/2014/12/queremosemanciparos.pdf
(39)Diario La Agitación. Chile: 1901. Mujeres anarquistas del 1900. Teresa Claramunt:  "De molde”   https://www.nodo50.org/mujerescreativas/Teresa%20Claramunt.htm
(40) Para profundizar al respecto, recomiendo consultar el libro ‘Revolución en Punto cero’ de Silvia Federici.





En este Periódico Teresa Claramunt publicó el escrito 'De la Mujer'




miércoles, 11 de marzo de 2015

Consideraciones básicas en torno al Federalismo anarquista - Ángel Cappelletti

En el seno de la Primera Internacional los partidarios de Bakunin solían autodenominarse «federalistas» (por oposición a los seguidores de Marx, a quienes llamaban «centralistas»).

En tal contexto parece evidente que «federalista» se toma como sinónimo de «antiautoritario» y que el término «autoritario» es considerado, a su vez, como equivalente a «centralista».

Estos adjetivos que, en primer término, marcaban diferentes posiciones frente a la organización de la Internacional obrera, sirvieron inmediatamente para señalar también diferentes modos de interpretar la organización de la futura sociedad socialista.

No fueron, sin embargo, Bakunin y sus discípulos quienes primero utilizaron el concepto de «federalismo». Ya Proudhon había elaborado una teoría de la federación como contrapartida de la teoría del Estado y, al mismo tiempo, de la economía política clásica.[1]

El «federalismo», tal como lo entienden los bakuninistas (y, posteriormente, Kropotkin, Malatesta, etc.), no debe confundirse, en modo alguno, con el federalimso puramente político o con la mera descentralización administrativa, que muchas veces ha sido postulada por ciertos sectores del liberalismo y otras ha servido inclusive como careta de la reacción aristocrática y clerical. Recuérdese que durante la Revolución Francesa los girondinos se proclamaron partidarios de la república federal y que en nuestro siglo la Action Française defendía (no sin citar a Proudhon) la idea de una Francia federal (por oposición a la Francia centralista, que presumía de origen jacobino).

«Federalismo» significa, para los anarquistas, una organización social basada en el libre acuerdo, que va desde la base local hacia los niveles intermedios de la región y de la nación y, por fin, hacia el plano universal de la humanidad.

Así como los individuos se asocian libremente para formar comunas, las comunas se asocian libremente hasta constituir la federación local; las federaciones locales lo hacen, a su vez, para formar federaciones regionales o nacionales; éstas, por fin, se agrupan, siempre mediante pactos libremente concertados, en una federación universal. El principio federativo implica, pues, un movimiento contrario al principio estatal, que se realiza desde arriba hacia abajo. Y en este sentido sería totalmente erróneo (aun utilizando los recursos de un menguado y pueril estructuralismo) considerar que la federación defendida por el anarquismo no es sino otro modo de designar al Estado.

Por otra parte, el federalismo anarquista se refiere, ante todo, a la organización económica: la toma de los medios de producción por parte de los productores libremente asociados. Y esto supone, evidentemente, la autogestión.

La comunidad de los trabajadores, que decide con absoluta autonomía la producción, la distribución y el consumo de los bienes, decide también todos los aspectos de la vida social, de la administración, de la sanidad, de la educación, de la cultura, etc. Y desde este punto de vista sustituye a toda autoridad política (...)

[1] Proudhon sin embargo, en su obra Del principio federativo (1863). al polemizar con los nacionalistas de su época, parece haber considerado la federación sólo como una etapa hacia la anarquía, meta final y remota (G. Woodcok, El anarquismo, Barcelona, 1979, p. 132). Cf. B. Voyenne, Le féderalisme de P. J. Proudhon, París, 1973.

Ángel Cappelletti

Fragmento del Libro La Ideología anarquista de Ángel Cappelletti. (El título de la entrada no corresponde al orginal) 

sábado, 10 de mayo de 2014

Breve: Anarquismo y autogestión

La anarquía es la convivencia y el disfrute que nace y se desarrolla a partir de las relaciones interpersonales signadas por la libertad y horizontalidad; relaciones en las que todos y todas somos iguales y libres porque todos somos igualmente libres. Para lograr esto, las anarquistas deseamos construir una sociedad donde cada individuo sea el hacedor de su destino, donde el apoyo mutuo, la solidaridad, el amor libre, la ciencia y las artes sean el pan de cada día y no los dogmas, los prejuicios y las ambiciones.

El anarquismo es una idea que viene gestándose desde cientos de años, pero adquiere forma, discurso y programa político en el seno de la clase trabajadora en la segunda mitad del Siglo XIX al calor de la lucha de clases. (1)

En pocas palabras podríamos decir que el anarquismo es un movimiento social que se opone a que unas personas dominen a otras. En este sentido, involucra muchas actividades relacionadas con una convivencia libre sin Estado ni capitalismo ni patriarcado, donde los tratos en igualdad son las bases de los vínculos y la producción de las cosas, ejerciendo para ello la autogestión, es decir, la organización económica y social mediante una ética anarquista.

La autogestión anarquista no solo se expresa en la tarea específica del trabajo y el estudio, sino que también en las decisiones de cómo desarrollar las distintas actividades y los trabajos: qué producir, dónde producir y cómo producir. En otras palabras, la autogestión no solo es producción sino que involucra el ámbito de las decisiones y otras relaciones sociales no necesariamente asociadas al ámbito laboral.

La autogestión no es economicista, es decir, no se enfoca en el trabajo para la producción autómata, ni mucho menos bajo un afán acumulativo/competitivo, sino que está orientada desde y para la libertad a través de relaciones en igualdad. 

En la autogestión anarquista, la competencia que reina en la sociedad capitalista es reemplazada por la solidaridad, y el poder político es reemplazado por las fuerzas productivas organizadas en federaciones de individuos y asociaciones de diversa índole. Para ello juega un papel de vital importancia el sindicalismo y la organización comunitaria, y como motor, la organización de los y las anarquistas, para así difundir con mayor facilidad y continuidad las ideas y prácticas históricas del anarquismo e influir con contundencia de manera libertaria en las luchas actuales contra el capitalismo, el patriarcado y otras formas de dominación.

La autogestión es una relación anárquica del individuo con las cosas y la sociedad que se funda en el libre trato, donde las relaciones de poder son reemplazadas por relaciones de igualdad/horizontalidad, donde los objetos dejan de ser mercancías, pasando a ser herramientas para el uso y disfrute social.

Se suele reducir el concepto de autogestión a actividades como vender comida hecha en casa en las calles, ser artesano o cualquier trabajo por cuenta propia. Aunque muchas de éstas actividades tengan nobles y necesarias motivaciones, no corresponden a un ejemplo en el que la autogestión se exprese con plenitud, ya que lamentablemente en ésta sociedad burguesa los medios de producción son privados o del Estado y quienes más se benefician con la elaboración y distribución de las cosas son las personas de las clases dominantes, es decir, los capitalistas, los dueños de los bancos y los altos administradores del Estado o quienes tienen cargos de Poder y capacidad de decisión sobre otros. 

También es importante señalar que para concretar la autogestión anarquista es indispensable un cambio radical en la sociedad, y para ello es necesario socializar los medios de producción a través de una revolución social donde las clases oprimidas y explotadas se enfrenten al Estado y reemplacen los aparatos de dominación y las organizaciones jerárquicas de la sociedad por nuevas formas libertarias de convivencia mediante la acción directa y el federalismo libertario. 

Considerando lo anterior, 
podríamos concluir que la autogestión en el ámbito productivo se expresaría en la socialización de los medios de producción, y por consiguiente, en la abolición de la propiedad privada. Dicho de otro modo, para los anarquistas la autogestión implicaría necesariamente socializar los medios de producción, es decir, que las comunidades de forma asamblearia decidan sobre sus propios asuntos, sean políticos, económicos o sociales. Esto difiere de los objetivos de los socialistas de Estado, pues para ellos socializar los medios producción significaría trasladar la administración de los medios de producción desde un control privado a un control estatal.

En resumen, la autogestión es la forma económica revolucionaria específica del anarquismo que nace desde la igualdad y para la libertad y no desde las jerarquías y la dominación. La autogestión anarquista además de económica, al involucrar el ámbito de las decisiones y la organización, también es política y por tanto, social. 

El anarquismo será mediante la autogestión o no será.

A continuación, comparto un breve y práctico texto de Ángel Cappelletti, en el que se explica cuáles son las principales formas de confundir el concepto de autogestión y otras consideraciones  para la correcta concepción del término.



(1)             Para estudiar el origen milenario del anarquismo recomiendo el texto El anarquismo y su definición para la enciclopedia británica de Piotr Kropotkin; También el prólogo de Bert F. Hoselitz para el compilado de textos de filosofía política de Mijaíl Bakunin I y II a cargo de G.P. Maximoff. Del mismo modo, es muy recomendable el libro La prehistoria del anarquismo de Ángel Cappelletti.

Consideraciones sobre la autogestión - Ángel J. Cappelletti 

Si algún concepto práctico y operativo pudiera sintetizar la esencia de la filosofía social del anarquismo, éste sería el de la autogestión.

Así como el mismo Proudhon, que utilizó por vez primera la palabra anarquismo, dándole un sentido no peyorativo y usándola para designar su propio sistema socioeconómico y político, pronto prefirió sustituirla por otra (mutualismo, democracia industrial, etc.) que tuviera un significado positivo (y no meramente negativo, como «an-arquismo»), hoy podríamos considerar que el término «auto-gestión» es un sinónimo positivo del «anarquismo». Sin embargo, tal equivalencia semántica no se puede establecer antes de haber dejado establecida una serie de premisas y de haber hecho una serie de precisiones. La palabra «autogestión» y el concepto que representa son de origen claramente anarquista.

Más aún, durante casi un siglo ese concepto (va que no la palabra) fue el santo y seña de los anarquistas dentro del vasto ámbito del movimiento socialista y obrero. Ninguna idea separó más tajantemente la concepción anarquista y la concepción marxista del socialismo en el seno de la Primera Internacional que la de la autogestión obrera.

Pero en las últimas décadas, la idea y, sobre todo, la palabra, se han ido difundiendo fuera del campo anarquista, se han expandido en terrenos ideológicos muy ajenos al socialismo libertario y, por lo mismo, han perdido peso y densidad, se han diluido y trivializado. Hoy hablan de «autogestión» socialdemócratas y eurocomunistas, demócratas cristianos y monárquicos.

A veces se confunde la «autogestión» con la llamada «cogestión», en la cual los anarquistas no pueden menos que ver un truco burdo del neocapitalismo. A veces, se la vincula con la economía estatal y se la ubica en el marco jurídico-administrativo de un Estado, con democracia «popular» (Yugoslavia) o «representativa» (Israel, Suecia), etc. Una sombra de «autogestión» puede encontrarse inclusive en las «comunas campesinas» del mastodóntico imperio marxista-confuciano de China. Y no faltan tampoco rastros de la misma en regímenes militares (como el que se implantó en Perú en 1967) o en dictaduras islámico-populistas (como la de Libia).

Pero la autogestión de la que hablan los anarquistas es la autogestión integral, que supone no sólo la toma de posesión de la tierra y los instrumentos de trabajo por parte de la comunidad laboral y la dirección económica y administrativa de la empresa en manos de la asamblea de los trabajadores, sino también la coordinación y, más todavía, la federación de las empresas (industriales, agrarias, de servicio, etc.) entre sí, primero a nivel local, después a nivel regional y nacional y, finalmente, como meta última, a nivel mundial.

Si la autogestión se propone en forma parcial, si en ella interviene (aunque sea desde lejos y como mero supervisor) el Estado, si no tiende desde el primer momento a romper los moldes de la producción capitalista, deja enseguida de ser autogestión y se convierte, en el mejor de los casos, en cooperativismo pequeño-burgués. Por otra parte, no se puede olvidar que una economía autogestionaria es socialista -más aún, parece a los anarquistas la única forma posible de socialismo- no sólo porque en ella la propiedad de los medios de producción ha dejado de estar en manos privadas, sino también, y consecuentemente, porque el fin de la producción ha dejado de ser el lucro.

De hecho, el mayor peligro de todo intento autogestionario, inclusive del que alguna vez se dio en un contexto revolucionario (como en la España de 1936-1939), se cifra en la fuerte inclinación, que siglos de producción capitalista han dejado en la mente de los trabajadores, hacia la ganancia y la acumulación capitalista.

Una vez salvados todos los escollos previos (entre los cuales emerge uno tan duro y abrupto como el Estado), la autogestión deberá salvar todavía el más peligroso y mortal de todos: la tendencia a reconstruir una nueva forma de capitalismo. 

Fragmento extraído del libro  La ideología anarquista de Angel J.Cappelletti