martes, 21 de mayo de 2013

Cuento: La rebelión de las ranas

Las ranas viven entre pantanos, arroyos, nueces y sombras. Caminan sin miedos, nadan por las tardes, incluso cuando hay lluvia. No miran el tiempo, lo sienten, no corren con prisa, corren con ganas. Duermen entre cojines de burbujas,  bosques y la música de los pájaros. No existen los relojes. En la Selva las ranas cada noche tienen fiesta, y no celebran el nacimiento de ningún dios ni santo. Las ranas son anfibios, no humanos, no conocen la fe, pero sí la solidaridad y el apoyo mutuo. En la Selva las ranas viven sin dinero y no leyeron a Kropotkin, ese incansable amante de la humanidad. Las ranas no tienen presidentes ni autoridades, deciden todo en comunidad, organizadas en federaciones libres con ranas de otras lagunas y estanques.  En el mundo de las ranas todo pertenece a todos, y al no existir propiedad privada ni dinero, la tasa de crímenes entre ellas es casi inexistente.

En el mundo de las ranas tampoco abundan grandes industrias, pero sí infinitos medianos y pequeños talleres donde se estudia y a la vez trabaja, pero no por un sueldo, ni un por vale, sino por el disfrute de aportar, por la pasión de compartir, de crear. Pero las ranas no siempre vivieron así, antiguamente eran dominadas por una fuerza maligna que creció entre ellas durante siglos. Pasaron por regímenes donde los malos tratos eran habituales, ya que las ranas  feudales  obligaban a las  demás a  trabajar de sol a sol, sin derecho más que a comida, y a veces ni siquiera a un poco de agua o alimento. 

Después de varios siglos de dominación feudal decidieron poner fin a la esclavitud de dichos señores, y declararon la república de las ranas, donde la propiedad privada y el libre mercado sustituyó al todo poderoso monarca rana-ranón, y aunque existieron avances en materia social, este nuevo sistema capitalista de mercaderes no trajo consigo la igualdad ni la libertad que la gran mayoría esperaba, ya que las ranas burguesas que años  antes  levantaron la bandera de la liberación, no fueron capaces de acabar con las formas autoritarias de la sociedad, simplemente cambiaron el Poder de manos, de los latifundistas a los mercaderes, de los ejércitos mercenarios a los ejércitos profesionales, de los códigos bíblicos a los códigos penales, de los monarcas a los presidentes,  instituciones que aunque con otras características, de todos modos  heredaron la esencia  déspota y autoritaria del antiguo régimen anfibio, donde unos pocos deciden y otros muchos callan.

La resistencia contra esta nueva dominación se extendió por muchos años, generación tras generación, las ranas aprendieron a través del estudio y la experiencia las causas del porqué una vez consolidada la revolución que acabó con el feudalismo e instauró la república de las ranas, los vicios del sistema continuaron, o incluso las calamidades del autoritarismo sapo aumentaron: pasaron por guerras y hambrunas, provocadas por la sociedad de la propiedad privada, donde todo era una mercancía, todo, la salud, la educación, la comida. Lo único que importaba era producir y consumir. Las aguas de las lagunas se contaminaron, los recursos eran disputados por las élites político/financieras de las diferentes regiones. En el afán de acumular se formaron países con grandes ejércitos, cárceles y carreteras, estos a su vez conformaron alianzas con otros países, pero no para el beneficio de la mayoría de las ranas, sino, para el interés egoísta de los gobernantes y capitalistas.

Para reemplazar este orden social injusto diferentes propuestas y visiones se levantaron dentro del movimiento social anfibio, unas hablaban de que el método correcto era el sindicalismo, otras, la organización en frentes de lucha coordinados desde organizaciones específicas, otras, desde la informalidad y el ilegalismo. Las diferentes posturas generaron grandes debates, no exento de tensiones y polémicas, a las comunidades anfibias les costó tiempo darse cuenta de que para desplazar un régimen autoritario tan extendido, era necesario unir fuerzas y virtudes desde los diferentes colectivos de ranas, en vez de discutir airadamente qué orgánica era mejor. Dicha situación cambió definitivamente cuando en un congreso de ranas libertarias, un grupo de estudio expuso con gran elocuencia la conclusión de que los métodos organizativos en disputa eran complementarios y no antagónicos, siempre y cuando compartieran los mismos objetivos básicos: la abolición del Estado, el capitalismo y toda forma de dominación; y los mismos medios: el asamblearismo, la horizontalidad y el mutuo acuerdo.

Esta opinión, aunque sin ser inédita, fue expuesta de tal forma que convenció a muchas ranas y organizaciones, que poco a poco se coordinaron en instancias formales e informales, fundaron periódicos de gran tiraje, centros sociales, cooperativas anfibias, sociedades de resistencia,  sindicatos y federaciones en base a las necesidades e intereses de las mismas ranas en lucha. Fue así como tras no pocas batallas contra la burguesía anfibia, lograron derribar el régimen de la propiedad privada, reemplazándolo por lagunas libres sin Estado ni jerarquías de ningún tipo. 

Hoy para mantener dicho orden social, cada rana aporta desde sus capacidades, no separan las funciones políticas de las  labores económicas, evitando así el nacimiento de burocracias. Cada rana, si así lo desea, participa en las asambleas periódicas de la comunidad, y en estas no reina la Dictadura de las mayorías, nadie domina a nadie. Cuando en una asamblea un determinado número de ranas decide las actividades a realizar, si un grupo o individualidades de ranas no están de acuerdo, simplemente no se suman a la acción, o la realizan de otra manera, y aunque a veces hay dificultades, como en cualquier convivencia social, no hay mayores complicaciones, porque los valores comunes de las ranas son: el apoyo mutuo, la solidaridad, la autonomía, y el respeto a la naturaleza, a los ríos, los peces, y a todos los animales de la selva.  

Es así como las ranas lograron construir una sociedad libre, sin cárceles, ni cuarteles, ni tanques, ni armas; estas solo se pueden observar en los museos del viejo orden. Muchos años les costó, pero finalmente dejaron atrás  la contaminación, el autoritarismo y la miseria. Las ranas gozan hoy de agua fresca, frutos, miel de nísperos, abrigo para todos, juegos de imaginación, literatura y paseos por el acantilado de las mentes frescas.





 Texto: @tierrarevuelta
 Dibujo: @DaniEla

Cuento extraído del folleto "Las pecas de Guillermito y otros cuentos ácratas".



viernes, 3 de mayo de 2013

Documental: El diario de Agustín

                                                                                                                                                                       
El diario de Agustín es un documental chileno del director Ignacio Agüero, que indaga la línea editorial de El Mercurio S.A.P., de propiedad de Agustín Edwards Eastman, que produce los diarios El Mercurio, La Segunda, y Las Últimas Noticias. Agüero acusa a Edwards y a sus periódicos de manipulación de información. El documental se centra específicamente del rol de El Mercurio en los últimos 30 años de la Historia de Chile, incluyendo la reforma agraria y la Reforma Universitaria en la Universidad Católica de Chile, ocurridas durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva, la oposición al gobierno de Salvador Allende, la colaboración con la dictadura de Augusto Pinochet, y la postura que ha mantenido hasta la llegada de la democracia en Chile. (Wikipedia)

lunes, 29 de abril de 2013

El verdadero origen del 1º de Mayo (día internacional de los trabajadores)

Los Mártires de Chicago

"La ley está en juicio. La anarquía está en juicio. El gran jurado ha escogido y acusado a estos hombres porque fueron los líderes. No son más culpables que los miles que los siguieron. Señores del jurado, condenen a estos hombres, denles un castigo ejemplar, ahórquenlos y salven nuestras instituciones, nuestra sociedad."

Corría el año de 1877 y las huelgas de los ferroviarios, las reuniones y las grandes movilizaciones en Estados Unidos eran reprimidas a balazos, golpes y prisión. Estas mismas tácticas represivas y la necesidad imperiosa por la defensa y la asociación para buscar mejoras en las condiciones de trabajo que en ese tiempo eran de semiesclavitud dieron pie a la gestación de un movimiento de resistencia y lucha de trabajadores que algunos años mas tarde daría sus frutos.

En 1880 quedó conformada la federación de organizaciones de sindicatos y trade unions (Federation of Organized Trades and Labor Unions), y en 1884 se aprobó una resolución para establecer a partir del primero de mayo de 1886, mediante la Huelga General en todo EEUU, las ocho horas de trabajo. Esto despertó un interés y un apoyo generalizado, ya que por aquella época el horario de trabajo obligatorio era de 10, 12 o 14 horas diarias normalmente. De estas jornadas tampoco estaban excluidos l@s miles de niñ@s, ni por supuesto las mujeres a quienes se les pagaban salarios inferiores, sin mencionar que de por sí los salarios eran muy bajos y las condiciones de trabajo insalubres. La efervescencia fué tal en todo EEUU que los sindicatos y las trades unions aumentaban geométricamente. Por ejemplo, el número de miembros de los Caballeros del Trabajo subió de 100.000 en el verano de 1885 a 700.000 al año siguiente.

En 1885 volaba de mano en mano entre los trabajadores de EEUU una octavilla que decía:

"¡Un día de rebelión, no de descanso! (...) Un día en que con tremenda fuerza la unidad del ejército de los trabajadores se moviliza contra los que hoy dominan el destino de los pueblos de toda nación. Un día de protesta contra la opresión y la tiranía, contra la ignorancia y la guerra de todo tipo. Un día en que comenzar a disfrutar ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso, ocho horas para lo que nos dé la gana". La víspera del Primero de Mayo, el periódico anarquista Arbeiter Zeitung, dirigido por August Spies, publicó los siguientes comentarios que muestran el tono de confrontación que imperaba: "¡Adelante con valor! El Conflicto ha comenzado. Un ejército de trabajadores asalariados está desocupado. El capitalismo esconde sus garras de tigre detrás de las murallas del orden. Obreros, que vuestra consigna sea: ¡No al compromiso! ¡Cobardes a la retaguardia! ¡Hombres al frente!"

El 1º de Mayo de 1886 la paralización de los centros de trabajo se generalizó. La huelga paralizó cerca de 12.000 fábricas a través de los EEUU. En Detroit, 11.000 trabajadores marcharon en un desfile de ocho horas. En Nueva York, una marcha con antorchas de 25.000 obreros pasó como torrente de Broadway a Union Square; 40.000 hicieron huelga. En Cincinnati un batallón obrero con 400 rifles Springfield encabezó el desfile. En Louisville, Kentucky, más de 6000 trabajadores, negros y blancos, marcharon por el Parque Nacional violando deliberadamente el edicto que prohibía la entrada de gente de color. En Chicago que era el baluarte de la huelga, paró casi completamente la ciudad. 30.000 obreros hicieron huelga, aunque empresas como en la fábrica de materiales de Mc Cormick y alguna otra se dieron a la tarea de contratar esquiroles. El día 2 se realizó un mitin de los obreros despedidos de Mc Cormick para protestar por los 1.200 despidos y los brutales atropellos policiales. Mientras Spies dirigía su discurso a un grupo de 6000 a 7000 trabajadores, unos cuantos centenares fueron a recriminar su actitud a los esquiroles que en ese momento salían de la planta. Rápidamente llegó la policía, cuya acción dejó seis muertos y gran cantidad de heridos. La indignación ganó los corazones de los trabajadores movilizados. Spies corrió a las oficinas del Arbeiter Zeitung y publicó allí un manifiesto que fué distribuido en todas las reuniones obreras: "(...) Si se fusila a los trabajadores responderemos de tal manera que nuestros amos lo recuerdarán por mucho tiempo (...)".


Disturbios obreros de Mc Cormick
Disturbios durante la concentración frente a Mc Cormick

El 3 de mayo, el crecimiento de la huelga era "alarmante". En el movimiento participaban más de 340.000 trabajadores por todo el país, 190.000 de ellos en huelga. Solo en Chicago, 80.000 hacían huelga. En este momento candente, el Arbeiter Zeitung hizo un llamamiento a la lucha armada, como siempre lo había hecho, salvo que ahora tenía un claro tono de urgencia:

"La sangre se ha vertido. Ocurrió lo que tenía que ocurrir. La milicia no ha estado entrenándose en vano. A lo largo de la historia el origen de la propiedad privada ha sido la violencia. La guerra de clases ha llegado.... En la pobre choza, mujeres y niños cubiertos de retazos lloran por marido y padre. En el palacio hacen brindis, con copas llenas de vino costoso, por la felicidad de los bandidos sangrientos del orden público. Séquense las lágrimas, pobres y condenados: anímense esclavos y tumben el sistema de latrocinio."

En las salas de reunión de los proletarios rugían intensos debates; "el tigre capitalista" efectivamente había atacado y miles debatían cómo responder. Importantes facciones querían una insurrección. Se convocó una reunión popular en la plaza Haymarket para la noche del 4 de mayo. Preocupados por la posibilidad de una emboscada, los organizadores escogieron un lugar abierto y grande con muchas rutas de escape. Después de una reñida disputa retiran su llamamiento a un mitin armado y en su lugar convocan un mitin con el mayor número de asistentes posible. El 4 de mayo, todo Chicago está en huelga.


Cartel del mitin en Haymarket.
Grandes oradores harán presencia para denunciar las últimas atrocidades cometidas
por la policia, los disparos a nuestros compañeros de clase ayer por la tarde.
¡Trabajadores armaros y haced fuerte presencia!

Por la mañana la policía atacó una columna de 3000 huelguistas. Por toda la ciudad se formaron grupos de trabajadores. Al atardecer, Haymarket era una de las muchas reuniones de protesta, con 3000 participantes. Los discursos siguieron, uno tras otro, desde la parte de atrás de un vagón. Al comenzar a llover, la reunión se disolvió.


Fotos e imagenes de Haymarket.
Imagen de Haymarket momentos antes de la explosión


De repente, cuando solamente quedaban 200 asistentes, un destacamento de 180 policías fuertemente armados se presentó y un oficial ordenó dispersarse, a pesar de tratarse de un mitin legal y pacífico. Cuando el capitán de policía se volvió para dar las órdenes a sus hombres, una bomba estalló en sus filas. La policía transformó a Haymarket en una zona de fuego indiscriminado, descargando salva tras salva contra la multitud, matando a varios e hiriendo a 200. En el barrio reinaba el terror; las farmacias estaban apiñadas de heridos. Siete agentes murieron, la mayoría a causa de balas de armas de la policía.


Estallido de la bomba en Haymarket.
Tras el estallido la policia cargó contra los manifestantes

La clase dominante usó este incidente como pretexto para desatar su planeada ofensiva en las calles, en los tribunales y en la prensa. Comenzó una caza de brujas en contra, principalmente, de los anarquistas. Se clausuraron los periódicos, se allanaron las casas y locales obreros y los mítines fueron prohibidos a lo largo y ancho de todo el pais. Los medios de comunicación se abalanzaron contra todo lo que tuviera signo de revolucionario o subversivo y a los mil vientos lanzaban proclamas a la horca y al patíbulo.

El 5 de mayo en Milwaukee, la milicia del Estado respondió con una masacre sangrienta en un mitin de trabajadores; acribillaron a ocho trabajadores polacos y un alemán por violar la ley marcial. En Chicago, se llenaron las cárceles de miles de revolucionarios y huelguistas. Arrestaron a todo el equipo de imprenta del Arbeiter Zeitung y la policía detuvo a 8 anarquistas: George Engel, Samuel Fielden, Adolf Fischer, Louis Lingg, Michael Schwab, Albert Parsons, Oscar Neebe y August Spies. Todos eran miembros de la IWPA (Asociación Internacional del Pueblo Trabajador), asociación de corte -de lo que años después se denominaría como- anarcosindicalista.


Los Mártires de Chicago - (De izquierda a derecha) George Engel,   Samuel Fielden, Adolph Fischer, Louis Lingg, Michael Schwab, Albert   Parsons, Oscar Neebey August Spies.

El juicio fue totalmente manipulado, en todos los sentidos, siendo mas bien un linchamiento. Se les acusaba de complicidad de asesinato aunque nunca se les pudo probar ninguna participación o relación con el incidente de la bomba ya que la mayoría no estuvo presente y uno de los dos que estuvieron presentes era el orador en el momento que la bomba fue lanzada.

No se siguió el procedimiento normal para la elección del jurado, que acabó siendo formado por hombres de negocios y un pariente de uno de los policías muertos, y en su lugar se nombró un alguacil especial quien se jactó: "estoy manejando este proceso y sé qué debo hacer. Estos tipos van a colgar de una horca con plena seguridad". Tuvieron lugar una infinidad de manipulaciones, amenazas y sobornos para que se dieran testimonios ridículos sobre conspiraciones. El asunto era simple y estaba todo muy claro; el mismo fiscal Grinnel lo dijo: "La ley está en juicio. La anarquía está en juicio. El gran jurado ha escogido y acusado a estos hombres porque fueron los líderes. No son más culpables que los miles que los siguieron. Señores del jurado, condenen a estos hombres, denles un castigo ejemplar, ahórquenlos y salven nuestras instituciones, nuestra sociedad". Todos fueron encontrados culpables y sentenciados a muerte, a excepción de Oscar Neebe, condenado a 15 años de prisión.


Fotos del juicio a los mártires de Chicago.
Sala del juicio durante la declaración de Parsons

La cuestión de quién arrojó la bomba se ha debatido pero jamás se ha resuelto. Parece que fue un tal Rudolf Schnaubelt y que la fabricó Louis Lingg (quien ciertamente defendía a gritos el uso de la dinamita). Una importante pregunta es quien era realmente Schnaubelt, pero no se ha encontrado respuesta.

A los condenados los llamaron a hablar antes de sentenciarlos. No mostraron ni arrepentimiento ni remordimiento, era la sociedad la que estaba en juicio, no ellos:

August Spies, nacido en Alemania en 1855, era un orador ardiente:

"Hemos explicado al pueblo sus condiciones y relaciones sociales. Hemos dicho que el sistema del salario, como forma específica del desenvolvimiento social, habría de dejar paso, por necesidad lógica, a formas más elevadas de civilización. Al dirigirme a este tribunal lo hago como representante de una clase enfrente de los de otra clase enemiga. Podéis sentenciarme, pero al menos que se sepa que en Illinois ocho hombres fueron sentenciados a muerte por creer en un bienestar futuro, por no perder la fe en el último triunfo de la Libertad y la Justicia». Y concluyó con estas palabras: «¡Mi defensa es vuestra acusación! Las causas de mis supuestos crímenes: ¡vuestra historia! (...) Ya he expuesto mis ideas. Constituyen parte de mi mismo y si pensáis que habréis de aniquilar estas ideas, que día a día ganan más y más terreno, (...) si una vez más ustedes imponen la pena de muerte por atreverse a decir la verdad y los reto a mostrarnos cuándo hemos mentido digo, si la muerte es la pena por declarar la verdad, pues pagaré con orgullo y desafío el alto precio! ¡Llamen al verdugo!"

Alberto Parsons, nacido en EEUU en 1848:

"Yo como trabajador he expuesto lo que creía justos clamores de la clase obrera, he defendido su derecho a la libertad y a disponer del trabajo y de los frutos del trabajo. Yo creo que los representantes de los millonarios de Chicago organizados os reclama nuestra inmediata extinción por medio de una muerte ignominiosa. ¿Y qué justicia es la vuestra? Este proceso se ha iniciado y se ha seguido contra nosotros, inspirado por los capitalistas, por los que creen que el pueblo no tiene más que un derecho y un deber, el de la obediencia. El capital es el sobrante acumulado del trabajo, es el producto del trabajo. La función del capital se reduce actualmente a apropiarse y confiscar para su uso exclusivo y su beneficio el sobrante del trabajo de los que crean toda la riqueza. El sistema capitalista está amparado por la ley, y de hecho la ley y el capital son una misma cosa. ¿Creéis que la guerra social se acabará estrangulándonos bárbaramente? ¡Ah no! Sobre vuestro veredicto quedará el del pueblo americano y el del mundo entero. Quedará el veredicto popular para decir que la guerra social no ha terminado por tan poca cosa."

Jorge Engel, nacido en Alemania en 1836:

"¿Por qué razón se me acusa de asesino? Por la misma que tuve que abandonar Alemania, por la pobreza, por la miseria de la clase trabajadora. Sólo por la fuerza podrán emanciparse los trabajadores, de acuerdo con lo que la historia enseña. ¿En que consiste mi crimen? En que he trabajado por el establecimiento de un sistema social donde sea imposible que mientras unos amontonan millones otros caen en la degradación y la miseria. Así como el agua y el aire son libres para todos, así la tierra y las invenciones de los hombres de ciencia deben ser utilizados en beneficio de todos. Vuestras leyes están en oposición con las de la naturaleza, y mediante ellas robáis a las masas el derecho a la vida, la libertad, el bienestar. Yo no combato individualmente a los capitalistas; combato el sistema que da privilegio. Mi más ardiente deseo es que los trabajadores sepan quienes son sus enemigos y sus amigos."

Adolfo Fischer, nacido en Alemania en 1857:

"En todas las épocas, cuando la situación del pueblo ha llegado a un punto tal que una gran parte se queja de las injusticias existentes, la clase poseedora responde que las censuras son infundadas, y atribuye el descontento a la influencia de ambiciosos agitadores. La historia se repite. En todo tiempo los poderosos han creído que las ideas de pro se abandonarían con la supresión de algunos agitadores; hoy la burguesía cree detener el movimiento de las reivindicaciones proletarias por el sacrificio de algunos de sus defensores. Pero aunque los obstáculos que se opongan al progreso parezcan insuperables, siempre han sido vencidos, y esta vez no constituirán una excepción a la regla. Este veredicto es un golpe de muerte a la libertad de prensa, a la libertad de pensamiento, a la libertad de la palabra en este país. El pueblo tomará nota de ello. Si yo he de ser ahorcado por profesar las ideas anarquistas, por mi amor a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad, entonces no tengo nada que objetar. Si la muerte es la pena correlativa a nuestra ardiente pasión por la libertad de la especie humana, entonces, yo les digo muy alto, disponed de mi vida."

Luis Lingg, nacido en Alemania en 1864:

"Para nosotros la tendencia del progreso es la del anarquismo, esto es la sociedad libre sin clases ni gobernantes, una sociedad de soberanos, en la que la libertad y la igualdad económica de todos producirían un equilibrio estable con bases y condición del orden natural». (...) «Me concedéis, después de condenarme a muerte, la libertad de pronunciar mi último discurso. Me acusáis de despreciar la ley y el orden. ¿Y qué significan la ley y el orden? Yo repito que soy enemigo del orden actual y repito también que lo combatiré con todas mis fuerzas mientras tenga aliento para respirar... Os desprecio; desprecio vuestro orden, vuestras leyes, vuestra fuerza, vuestra autoridad. ¡AHORCADME!"

Surgió un gran movimiento en su defensa y se celebraron mítines por todo el mundo: Holanda, Francia, Rusia, Italia, España y por todo Estados Unidos. En Alemania, la reacción de los trabajadores sobre Haymarket perturbó tanto a Bismarck que prohibió toda reunión pública. Al aproximarse el día de la ejecución, cambiaron la sentencia de Samuel Fielden y Michael Schwab a cadena perpetua. Louis Lingg apareció muerto en su celda: un fulminante de dinamita le voló la tapa de los sesos. Sin más opciones, este fue su acto final de protesta.

Al mediodía del 11 de noviembre de 1887 sus carceleros los vinieron a buscar para llevarlos a la horca. Los cuatro (Spies, Engel, Parsons y Fischer) compañeros de lucha y de sueños emprendieron el camino entonando La Marsellesa Anarquista en aquel día que después fue sería conocido como el viernes negro.


Foto mártires anarquistas chicago.


«Salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos por la espalda con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero y les ponen una mortaja blanca como la túnica de los catecúmenos cristianos. Abajo está la concurrencia, sentada en hilera de sillas delante del cadalso como en un teatro... Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el del Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita: "la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora». Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable». (Relato de la ejecución por José Martí, corresponsal en Chicago del periódico La Nación de Buenos Aires)

Mucho antes, a finales de mayo de 1886, varios sectores patronales ya habían accedido a otorgar la jornada de ocho horas a varios centenares de miles de obreros.

Más de medio millón de personas asistieron al cortejo fúnebre. Años después, en 1893, Fielden, Schwab y Neebe fueron perdonados y puestos en libertad. Cada 1 de mayo, en muchos paises del mundo, los anarquistas de Chicago son recordados como símbolo de dignidad de la clase trabajadora, menos en Estados Unidos. En 1938 se impuso la jornada laboral de 8 horas en todo el pais.

Irónicamente, pasado más de un siglo, en los mismos Estados Unidos y en Europa, cuna del movimiento obrero revolucionario, estas conquistas obreras están siendo revertidas por gobiernos y multinacionales sin apenas disparar un solo tiro, y sin tener que llevar a nadie a la horca. Ahora todo es más sutil, los sindicatos subvencionados están a disposición del mejor postor, traicionando los mandatos y olvidando las luchas y el sacrificio personal de miles de trabajadores y trabajadoras y de quienes, desde el aciago 1886, se les conoce como "los mártires de Chicago".

Los Mártires de Chicago. The Anarchists of Chicago. 

"Es ya de toda evidencia que el sindicalismo no logra sus fines por la cuota en metálico, aunque la utilice para la vida ordinaria, sino por la cuota en especie, formada por el pensamiento, por la voluntad, por la energía, por la esperanza, cuota que han de pagar con su asistencia, su acción y su responsabilidad todos los trabajadores para alcanzar los bienes individuales y colectivos correspondientes al hombre y a la humanidad, es decir, para realizar la emancipación."

A. Lorenzo


Fuente: CNT Madrid 



jueves, 25 de abril de 2013

Prólogo de Malatesta a Dictadura y revolución

En 1922 se publicó en Argentina, de mano de la Editorial Argonauta, el libro Dictadura y revolución, en el que el destacado anarquista italiano Luigi Fabbri analizaba la Revolución Rusa de 1917. Errico Malatesta escribió para esta ocasión un interesante prólogo, que ahora reproducimos, en el que sintetiza su pensamiento sobre los procesos revolucionarios y ofrece un punto de vista específicamente libertario, tan opuesto a la perspectiva marxista, sobre temas tan eternos como vigentes: el terror revolucionario, el papel de las vanguardias, la defensa de la revolución, las renuncias y sacrificios inherentes a toda transformación humana... No conviene olvidar que este prólogo está escrito en el verano de 1922, ocho años después de la Semana Roja italiana y ocho semanas antes de la Marcha sobre Roma de las escuadras fascistas. Quizás nunca como aquí se ha expresado tan claramente la necesaria coherencia entre fines y medios, que caracteriza a los anarquistas (La Alcarria Obrera)

Errico Malatesta 1853- 1932
A dos años de distancia de cuando fue escrito, el libro de Luis Fabbri acerca de la Revolución Rusa conserva todo su vigor y sigue siendo aún el trabajo más completo y orgánico que conozco sobre este argumento. Antes bien, los acontecimientos posteriores ocurridos en Rusia han venido a confirmar el valor del libro, dando una ulterior y más evidente confirmación experimental a las deducciones que Fabbri desentrañaba de los hechos conocidos hasta entonces y de los principios generales sostenidos por los anarquistas.
 
En este libro se pone de relieve la vieja, eterna oposición entre libertad y autoridad, que ha llenado toda la historia pasada y trabaja como nunca al mundo contemporáneo, decidiendo la suerte de las revoluciones en acción y de aquellas que aún están por venir.
 
La Revolución rusa se ha desarrollado con el mismo ritmo de todas las revoluciones pasadas. Después de un período ascendente hacia una mayor justicia y una mayor libertad, que duró en tanto la acción popular atacaba y destruía los poderes constituidos, ha sobrevenido desde el momento en que un nuevo gobierno logró consolidarse, el período de la reacción, la obra, a veces lenta y gradual, a veces rápida y violenta, del nuevo poder, encaminada a destruir en todo lo posible las conquistas de la revolución y a restablecer un orden que asegure la permanencia en el poder a la nueva clase gobernante y defienda los intereses de los nuevos privilegiados y de aquellos entre los viejos que consiguieron sobrevivir a la tormenta.
 
En Rusia, gracias a circunstancias excepcionales, el pueblo destruyó el régimen zarista, constituyó por libre y espontánea iniciativa sus soviets (que fueron comités locales de obreros y campesinos, representantes directos de los trabajadores y sometidos al contralor inmediato de los interesados), expropió a los industriales y a los grandes terratenientes y comenzó a organizar, sobre bases de igualdad y de libertad y con criterios de justicia, aunque fuera relativa, la nueva vida social.
 
Así la Revolución se iba desarrollando y efectuando el más grandioso experimento que la historia recuerde, se aprestaba a dar al mundo el ejemplo de un gran pueblo que pone en actividad, por su propio esfuerzo, todas sus facultades y alcanza su emancipación y organiza su vida de acuerdo a sus necesidades, a sus instintos, a su voluntad, sin la presión de una fuerza exterior que lo trabe y le obligue a servir los intereses de una casta privilegiada.
 
Desgraciadamente, sin embargo, entre los hombres que más contribuyeron a dar el golpe decisivo al viejo régimen hubo fanáticos doctrinarios, ferozmente autoritarios, porque tenían una convicción cerrada de poseer “la verdad” y de tener la misión de salvar al pueblo, el cual no lograría salvarse, según ellos, si no seguía estrictamente el camino que le indicaban. Aprovechando hábilmente el prestigio adquirido por la participación que habían tomado en la revolución y sobre todo la fuerza que les daba la propia organización, consiguieron apoderarse del poder, reduciendo a la impotencia a todos aquellos, y en especial manera a los anarquistas, que habían contribuido a la revolución tanto o más que ellos mismos, pero que no pudieron oponerse eficazmente a esa usurpación porque se encontraban disgregados, sin previos acuerdos, casi sin organización alguna.
 
Desde entonces la revolución estaba condenada.
 
El nuevo poder, como está en la naturaleza de todos los gobiernos, quiso absorber en sus manos toda la vida del país y suprimir cualquier iniciativa, cualquier movimiento que surgiera de las entrañas populares. Creó primero en su defensa un cuerpo de pretorianos y luego un ejército regular y una poderosa policía que igualó o superó en ferocidad y manía 1iberticida aun a la misma del régimen zarista. Constituyó una innumerable burocracia; redujo los soviets a simples instrumentos del poder central o los disolvió con la fuerza de las bayonetas; suprimió con la violencia, a menudo sanguinaria, toda oposición; quiso imponer su programa social a los obreros y campesinos reacios, y así desanimó y paralizó la producción. Defendió sin embargo con éxito el territorio ruso de los ataques de la reacción europea, pero no logró con ello salvar la revolución, pues ya la había despedazado por sí mismo, aunque buscara defender las apariencias formales. Y ahora se esfuerza en hacerse reconocer por los gobiernos burgueses, en entrar con ellos en relaciones cordiales, en restablecer el sistema capitalista... en suma, en sepultar definitivamente la revolución.
 
Así todas las esperanzas que la revolución rusa había suscitado en el proletariado mundial habrán sido traicionadas. Ciertamente Rusia no volverá a su estado anterior, pues una gran revolución no pasa sin dejar huellas profundas, sin sacudir y exaltar el alma popular y sin crear nuevas posibilidades para el porvenir. Pero los resultados obtenidos serán muy inferiores a los que hubieran podido realizarse y cuya realización en verdad se esperaba, y enormemente desproporcionados a los sufrimientos padecidos y a la sangre derramada.
 
No queremos profundizar demasiado la investigación de las responsabilidades. Desde luego una gran culpa del desastre cae sobre la dirección autoritaria dada a la revolución; buena parte de la culpa cae también sobre la particular psicología de los gobernantes bolcheviques que aun equivocándose y reconociendo y confesando sus errores, están siempre igualmente convencidos de ser infalibles y quieren siempre imponer por la fuerza su mutable y contradictoria voluntad. Pero es tanto o más cierto aún que esos hombres han debido afrontar dificultades inauditas y que quizás mucho de lo que nos parece erróneo y malvado ha sido el efecto ineluctable de la necesidad.
 
Y por eso nosotros nos abstendremos de dar un juicio, dejando para la posteridad el fallo de la historia serena e imparcial, si es verdad, después de todo, que sea posible una historia serena e imparcial. Pero existe en Europa todo un partido que está fascinado por el mito ruso y quisiera imponer a la próxima revolución los mismos métodos bolcheviques que han matado a la revolución rusa; y es urgente por lo tanto poner en guardia a las masas en general, y a los revolucionarios en especial, contra el peligro de las tentativas dictatoriales de los partidos bolchevizantes. Y Fabbri precisamente ha prestado un notable servicio a la causa, mostrando hasta la evidencia la contradicción que existe entre dictadura y revolución.
 
El argumento principal que utilizan los defensores de la dictadura; que continúa llamándose dictadura del proletariado, pero que es más, en realidad -ahora ya todos lo admiten- la dictadura de los jefes de un partido sobre toda la población, el argumento principal, decía, es el de la necesidad de defender la revolución contra las tentativas internas de restauración burguesa y contra los ataques que vinieran de los gobiernos exteriores, si el proletariado de esos países no supiera tenerlos a raya haciendo, o amenazando al menos, con hacer él mismo la revolución, tan pronto como el ejército se viera empeñado en una guerra.
 
No hay duda que es menester defenderse, pero del sistema que se adopte dependerá en gran parte la suerte de la revolución. Que si para vivir se debiera renunciar a la razón y a los fines de la vida, si para defender la revolución se debiera renunciar a las conquistas que constituyen el fin primordial de la revolución misma, sería preferible entonces ser vencidos honorablemente y salvar las razones del porvenir, que vencer traicionando la propia causa.
 
Es menester asegurar la defensa interna destruyendo radicalmente todas las instituciones burguesas y haciendo imposible cualquier retorno al pasado.
 
Es vano querer defender al proletariado contra los burgueses, poniendo a éstos en condiciones de inferioridad política. Entre tanto haya hombres que poseen y hombres que no poseen, los que poseen terminarán siempre burlándose de las leyes, aun más, apenas desvanecidas las primeras agitaciones populares serán ellos quienes irán al poder y harán las leyes.
 
Vanas son también las medidas de policía, que pueden servir bien para oprimir, pero que no servirán jamás para libertar.
 
Vano, y peor que vano homicida, es el llamado terror revolucionario. Verdad es que es tan grande el odio, el justiciero odio, que los oprimidos encierran en su alma, son tantas las infamias cometidas por los gobiernos y por los señores, son tantos los ejemplos de ferocidad que vienen desde lo alto, tanto el desprecio de la vida y de los sufrimientos humanos que ostentan las clases dominantes, que no hay que maravillarse si la venganza popular en un día revolucionario se desata terrible e inexorable. Nosotros no nos escandalizaremos y no trataremos de refrenarla sino por la propaganda, pues el quererla frenar por cualquier otro procedimiento nos llevaría a la reacción. Pero es verdad, según nosotros, que el terror es un peligro y no ya una garantía de éxito para la revolución. El terror en general cae sobre los menos responsables; otorga valor a los peores elementos, a aquellos mismos que hubieran sido esbirros y verdugos bajo el viejo régimen y se sienten felices de poder desahogar, en nombre de la revolución, sus perversos instintos y de poder satisfacer sus sórdidos intereses.
 
Y esto si se trata del terror popular ejercido directamente por las masas contra sus opresores directos. Que si luego el terror ha de ser organizado por un centro, hecho por orden del gobierno y por medio de la policía y de los llamados tribunales revolucionarios, entonces sería el medio más seguro para matar la revolución y sería ejercido, más que para daño de los reaccionarios contra los amantes de la libertad que resistieran a las órdenes del nuevo gobierno y ofendieran a los intereses de los nuevos privilegiados.
 
A la defensa, al triunfo de la revolución se provee interesando a todos en su éxito, respetando la libertad de todos y quitando a todos no sólo el derecho, sino aún la posibilidad de explotar el trabajo de los demás.
 
No es necesario someter los burgueses a los proletarios, sino abolir la burguesía y el proletariado, asegurando a cada uno la posibilidad de trabajar como mejor quiera y colocando a todos, a todos los hombres aptos, en la imposibilidad de vivir sin trabajar.
 
Una revolución social, que después de haber vencido está aun en peligro de ser sobrepujada por la clase desposeída, es una revolución que se ha detenido en la mitad del camino, y para asegurarse la victoria no tiene más que seguir siempre adelante, siempre más hondo.
 
Queda aún el problema de la defensa contra el enemigo de afuera.
 
Una revolución que no quiera terminar bajo el talón de un soldado afortunado no puede defenderse más que por medio de milicias voluntarias, haciendo en modo tal que cada paso dado por los extranjeros sobre el territorio insurrecto los haga caer en una trampa, procurando ofrecer todas las ventajas posibles a los soldados mandados por la fuerza y tratando sin piedad a los oficiales enemigos que vengan voluntariamente. Hay que organizar lo mejor posible la acción militar; pero es esencial evitar que aquellos que se especializan en la lucha militar ejerzan, en cuanto militares, una influencia cualquiera sobre la vida civil de la población.
 
Nosotros no negamos que desde el punto de vista técnico cuanto más un ejército sea dirigido autoritariamente tanta mayor probabilidad tendrá de victoria y que la concentración de todos los poderes en las manos de uno solo -se comprende que este uno debe ser un genio militar- constituiría un gran elemento de éxito.
 
Pero la cuestión técnica sólo tiene una importancia secundaria; y si por no arriesgar una derrota de parte del extranjero debiéramos arriesgamos a matar nosotros mismos la revolución, serviríamos muy mal a la causa.
 
Que el ejemplo de Rusia sea útil a todos.
 
Dejarse colocar un freno en la esperanza de ser mejor guiados no puede conducir más que a la esclavitud.
 
Que todos los revolucionarios estudien el libro de Fabbri. Es necesario para estar bien preparados y evitar los errores en que han caído los rusos.
 
Enrique Malatesta. Roma, Julio de 1922
 
 

La violencia del Estado y el derecho masivo a la desobediencia

El biólogo Humberto Maturana propone una definición de violencia, cuyo eje central es una demanda extrema de obediencia y sometimiento, sea esta realizada por medios directos o sutiles. Esta breve caracterización contiene como premisa básica, una negación de la legitimidad del otro. Entiendo como legitimidad del otro, su derecho a desarrollarse en forma integral de acuerdo a sus propias necesidades, en armonía con el resto, desde una noción general de interdependencia y reciprocidad basada en el mutuo reconocimiento de nuestras diferencias y de que aquello que es común.

En una sociedad jerarquizada ciertos valores hegemónicos son impuestos por la fuerza y la reproducción de la cultura, mediante justificaciones que van desde lo divino hasta falsificaciones de la historia con respecto a un contrato social. Los valores impuestos tienen como objetivo, por un lado un control conductual que asegure que cualquier otra forma de pensamiento y acción sea un anatema, y el perpetuar el sostenimiento de sistemas económicos que consoliden materialmente el poder de una minoría.

Las sociedades jerarquizadas al funcionar de esta manera, cultivan como emoción básica el miedo a las consecuencias negativas de resistir, en algún grado, la imposición de estos valores dominantes, que garantizan la explotación de amplios sectores de la población. El ser humano al ser una criatura que se reconoce a sí misma en relación con los otros, en una sociedad jerarquizada constantemente asume un rol de oprimido u opresor a distintas escalas familiar, laboral, social, etc. 

En definitiva es una relación en que los vínculos de solidaridad y confianza son sustituidos por protocolos de acción, implícitos o explícitos, de demanda de obediencia es decir una estructuración de la sociedad basada en la violencia, cuyo lenguaje son las leyes impuestas por la minoría en el poder y sus mucho más amplios colaboradores reproducidos por la cultura. Lo que conlleva que no puedan ser percibidas como relaciones violentas, además de que dichos comportamientos al ser absorbidos desde la niñez modifican nuestra propia fisiología en tal dirección.

En la sociedad capitalista se ha generado un discurso de aparente pluralidad y aceptación de todas las diferencias, pero como un tema meramente folclórico donde ningún modo de vida ajeno a los valores dominantes puede interrumpir en lo más mínimo el poder de la clase dominante, constituyendo una dictadura enmascarada en un relativismo cultural que golpea con tanta violencia como cualquier otro tipo de régimen totalitario.

Bajo este contexto en que las relaciones jerarquizadas son intrínsecamente violentas a nivel biológico y afectivo, cabe la pregunta si es legitimo confrontar con violencia esta estructura totalitaria que representa el estado y el capitalismo, en mi opinión, tal dilema es ficticio por la sencilla razón que toda la estructura jerarquizada es violenta en sí misma y si bien o quedamos sometidos a la violencia de otro o esta es ejercida contra otros o simplemente la volcamos contra nosotros mismos, como sucede en fenómenos psicosomáticos.

En mi opinión la pregunta relevante es como construimos un sistema social solidario y en ese sentido todas las estructuras verticales como el estado centralizado, deben ser sustituidas y superadas por estructuras de organización por libre asociación, horizontales y descentralizadas basadas en la empatía como base afectiva del apoyo mutuo. Lo que conlleva, como requisito, desmontar las bases económicas del poder también, es decir impedir la acumulación de capital en grupos económicos y la propiedad privada de bienes comunes, en síntesis que cada comunidad pueda hacerse cargo de los asuntos que son de su interés. 

En todo ese escenario, las acciones de resistencia y desobediencia, frente a las leyes y valores dominantes que no han emanado de más consenso que el que imponen la mentira y el exterminio, son totalmente lógicas, en la medida en que se convierten en las tácticas que posibilitan el derecho a rebelión de los pueblos oprimidos. 

Ante tales afirmaciones rápidamente se podría esgrimir la contradicción de fundar un sistema solidario desde la misma violencia que impone el estado. Sin embargo me parece que hay diferencias importantes: La violencia que impone el estado es un fenómeno sistemático, que invade toda la cotidianidad, a diferencia de la desobediencia y resistencia que es un fenómeno transitorio cuyo objetivo es la abolición de la imposición del control social. La violencia del estado mediante policías militarizadas es presentada en el discurso oficial como necesaria y deseable incluso ejerciéndose sobre los cuerpos de niños y personas desarmadas o débilmente armadas, en cambio la desobediencia y resistencia constituyen acciones de sabotaje o interrupción de la cotidianidad que tienen por objetivo dañar una estructura socioeconómica plenamente identificable y finalmente la violencia del estado a través de su policía militarizada tiende a lesionar, en forma grave tanto física como emocionalmente al disidente, con el fin de disuadirlo de persistir, en cambio la desobediencia o resistencia, a estos ataques tiene por objetivo la autodefensa, que permita que la disidencia asegure su supervivencia en el tiempo.


En esta perspectiva el tema de la desobediencia y resistencia, en cuanto a sus métodos, queda enmarcado a analizar que tácticas son liberadoras y útiles en un momento particular y no al hecho mismo de debatir si debemos mantenernos dentro de las leyes que emanan de imposiciones ilegitimas. Por lo que también es importante entender que el movernos dentro de una sociedad jerarquizada intrínsecamente violenta ha llevado a construir, en algunos sectores, una retorica incendiaria que en mi opinión fetichiza la violencia, lo que puede ser tan nocivo como el mas tímido de los reformismos, lo que es una victoria del propio sistema de dominación y que nos exige no olvidar que determinados medios tampoco son un fin en sí mismo y que una sociedad libertaria si bien requerirá de resistencia y desobediencia para construirse necesitara en mucha mayor cantidad de horizontalidad, solidaridad y apoyo mutuo lo que también tiene que quedar plasmado en las acciones y el discurso como objetivo central.

La violencia y las diversas formas de control social a las que somos sometidos son brutales, al punto que son naturalizadas por completo, y por lo mismo no podemos permitir que nos conquiste en forma tan intima mientras luchamos por defendernos y alcanzar nuestros objetivos. El adversario, la clase dominante, siempre tendrá diversos rostros y administradores con mayor grado de importancia y trascendencia unos que otros, pero ellos no son el objetivo principal sino los valores y la estructura jerarquizada intrínsecamente violenta que defienden.

La revolución no será un carnaval, pero tampoco tiene porque ser un baño de sangre masivo que ponga en riesgo a la propia humanidad, será ante todo un movimiento consciente que oponga una cultura propia solidaria y horizontal que reconozca como legitimo aquello que nos diferencia y lo que tenemos en común donde nadie tenga el poder de imponer estructuras de dominación, y en que la resistencia y la desobediencia serán una carta mas dentro de la baraja de la que en ningún caso se puede prescindir, quien así lo plantee en términos absolutos solo predica la moral hipócrita de nuestros opresores.