miércoles, 17 de julio de 2013

Los atentados - Errico Malatesta


El siguiente texto fue elaborado a partir de diversos artículos de Errico Malatesta publicados en la prensa libertaria de principios de siglo pasado, y corresponde a un fragmento del capítulo I del libro Malatesta, pensamiento y acción revolucionarios a cargo del compilador Vernon Richards. Para más información, referencias y citas pueden consultar el libro haciendo clic aquí

 
Recuerdo que en ocasión de un resonante atentado anarquista, alguien que figuraba entonces en las primeras filas del partido socialista y acababa de volver de la guerra turco–griega, gritaba fuerte, con aprobación de sus compañeros, que la vida humana es sagrada siempre y que no hay que atentar contra ella ni siquiera por causa de la libertad. Parece que exceptuara la vida de los turcos y la causa de la independencia griega. ¿Es esto ilógico o hipócrita?

La violencia anarquista es la única justificable, la única que no es criminal. Hablo naturalmente de la violencia que tiene en verdad caracteres anarquistas, y no de este o aquel hecho de violencia ciega e irrazonable que se ha atribuido a los anarquistas, y que quizá fue cometido por verdaderos anarquistas empujados a un estado de furor por infames persecuciones, o enceguecidos, por exceso de sensibilidad no moderada por la razón, por el espectáculo de las injusticias sociales, por el dolor que les producía el dolor de los demás. La verdadera violencia anarquista es la que termina donde cesa la necesidad de la defensa y de la liberación. Está moderada por la conciencia de que los individuos, tomados aisladamente, son poco o nada responsables de la posición que les ha asignado la herencia y el ambiente; éste no se inspira en el odio sino en el amor; y es santa porque tiende a la liberación de todos y no a la sustitución del dominio de los demás por el propio.

Ha habido en Italia un partido que, con fines de elevada civilidad, se ha aplicado a extinguir en las masas toda fe en la violencia... y logró hacerlas incapaces de toda resistencia cuando llegó el fascismo. Me pareció que el mismo Turati ha reconocido más o menos claramente o lamentado este hecho en su discurso de París, en ocasión de la conmemoración de Jaures. Los anarquistas no son hipócritas. Es necesario rechazar la fuerza con la fuerza: hoy contra las opresiones de hoy; mañana contra las opresiones que pudieran tratar de sustituir a las de hoy. McKinley, jefe de la oligarquía norteamericana, instrumento y defensor de los grandes capitalistas, traidor de los cubanos y los filipinos, el hombre que autorizó la masacre de los huelguistas de Hazleton, las torturas de los mineros de Idaho y las mil infamias que todos los días se cometen contra los trabajadores en la “república modelo”, el que encarnaba la política militarista, conquistadora, imperialista a que se lanzó la pingüe burguesía americana, cayó víctima del revólver de un anarquista.
 
¿De qué queréis que nos aflijamos, como no sea por la suerte reservada al hombre generoso que, oportuna o inoportunamente, con buena o mala táctica, se ofreció en holocausto a la causa de la igualdad y de la libertad? “El acto de Czolgosz (podría responder L’Agitazione) no ha hecho progresar en nada la causa del proletariado y de la revolución; a McKinley le sucede su igual, Roosevelt, y todo queda en el estado anterior, salvo que la posición se ha vuelto un poco más difícil para los anarquistas.” Y puede ocurrir que L’Agitazione tenga razón: más aún, en el ambiente norteamericano, por lo que yo sé, me parece probable que sea así.

Y esto quiere decir que en la guerra hay movimientos brillantes y otros equivocados, hay combatientes sagaces Y otros que, dejándose llevar por el entusiasmo, se ofrecen como fácil blanco al enemigo, y quizá comprometen la posición de los compañeros; esto quiere decir que cada uno debe aconsejar, defender y practicar la táctica que crea más adecuada para lograr la victoria en el tiempo más breve con el menor sacrificio posible; pero no puede alterar el hecho fundamental, evidente, de que quien combate bien o mal contra nuestro enemigo y con nuestros mismos propósitos es nuestro amigo y tiene derecho no sólo a nuestra incondicional aprobación, sino también a nuestra cordial simpatía.

El hecho de que la unidad combatiente sea una colectividad o un individuo solo no puede cambiar nada en el aspecto moral de la cuestión. Una insurrección armada que se realiza en forma inoportuna puede producir un daño real o aparente para la guerra social que nosotros libramos, como ocurre con un atentado individual que choca contra el sentimiento popular; pero si la insurrección se hace para conquistar la libertad, no habrá nadie que se atreva a negar el carácter de combatientes político–sociales que tienen los insurgentes vencidos. ¿Por qué debería ser de distinta manera en caso de que el insurgente sea uno solo?...Aquí no se trata de discutir de táctica. Si se tratase de eso, yo diría que en líneas generales prefiero la acción colectiva más bien que la individual, incluso porque en el caso de la acción colectiva, que requiere cualidades medias bastantes comunes, se puede realizar más o menos la asignación de tareas, mientras que no se puede contar con el heroísmo excepcional y por naturaleza esporádico, que requiere el sacrificio individual. Se trata ahora de una cuestión más elevada: se trata del espíritu revolucionario, del sentimiento casi instintivo de odio contra la opresión, sin el cual no vale nada la letra muerta de los programas, por más libertarios que sean los propósitos que se afirmen; se trata del espíritu de combatividad, sin el cual incluso los anarquistas se domestican, y terminan por una u otra vía en el pantano del legalismo... 

Gaetano Bresci, operario y anarquista, asesinó al rey Humberto. Dos hombres: uno muerto inmaduramente, el otro condenado a una vida de tormentos que es mil veces peor que la muerte. ¡Dos familias sumergidas en el dolor! ¿De quién es la culpa?...Es cierto que si se toman en cuenta las consideraciones de herencia, educación y ambiente, la responsabilidad personal de los poderosos se atenúa mucho y quizá desaparece por completo. Pero entonces, si el rey es irresponsable de sus actos y de sus omisiones, si pese a la opresión, el despojo, la masacre del pueblo realizada en su nombre, hay que mantenerlo en el primer lugar en el país, ¿por qué sería responsable Bresci? ¿Por qué debería Bresci pagar con una vida de inenarrables sufrimientos un acto que por más que se lo quiera juzgar equivocado, ninguno puede negar que se inspiró en intenciones altruistas? Pero esta cuestión de la investigación de las responsabilidades no nos interesa mucho. Creemos en el derecho de castigar, rechazamos la idea de la venganza como sentimiento bárbaro: no nos proponemos ser ejecutores de la justicia, ni vengadores. Más santa, más noble, más fecunda nos parece la misión de liberadores y pacificadores.

A los reyes, a los opresores, a los explotadores les tenderíamos con gusto la mano, siempre que quisieran volverse hombres entre los hombres, iguales entre los iguales. Pero mientras se obstinen en disfrutar del actual orden de cosas, y en defenderlo con la fuerza, produciendo así el martirio, el embrutecimiento y la muerte por privaciones de millones de seres humanos, nos vemos forzados a oponer la fuerza a la fuerza y tenemos el deber de hacerlo. Sabemos que estos hechos de violencia aislada, sin suficiente preparación en el pueblo, son estériles y a menudo producen, al provocar reacciones a las que es incapaz de resistir, dolores infinitos y dañan la causa misma que tratan de servir. Sabemos que lo esencial, lo indiscutiblemente útil consiste no ya en matar la persona de un rey, sino en matar a todos los reyes –los de las Cortes, de los Parlamentos y de las fábricas– en el corazón y la mente de la gente; es decir, en erradicar la fe en el principio de autoridad al cual rinde culto una parte tan considerable del pueblo.
 
No necesito reiterar mi desaprobación, mi horror por atentados como los del Diana, que aparte de ser malos en sí son también estúpidos, porque dañan inevitablemente a la causa a la que deberían servir. Y no he dejado nunca, en casos similares, también y especialmente cuando resultó que esos casos eran obra de anarquistas auténticos, de protestar enérgicamente. He protestado cuando la protesta podía beneficiarme personalmente y también lo hice cuando me habría sido más útil guardar silencio, porque mi protesta se inspiraba en elevadas razones de principio y de táctica y constituía para mí un deber, pues me ocurre encontrar gente que, dotada de escaso espíritu crítico personal, se deja guiar por mis palabras. Pero ahora no se trata de juzgar el hecho, de discutir si estaba bien o mal hacerlo y si estaría bien o mal cometer otros similares. Ahora se trata de juzgar a hombres amenazados por una pena mil veces peor que la muerte, y entonces hay que examinar quiénes son esos hombres, cuáles eran sus intenciones y las circunstancias ambientales en que actuaron...Pero he dicho que esos asesinos son también santos y héroes; y contra esta afirmación protestan aquellos amigos míos, en homenaje a los que ellos llaman héroes y santos verdaderos que, según parece, no se equivocan nunca. 

Yo no puedo sino confirmar lo que he dicho.
 
Cuando pienso en todo lo que aprendí de Mariani y de Aguggini, cuando pienso qué buenos hijos y hermanos eran y cuán afectuosos y devotos compañeros se mostraban en la vida cotidiana, siempre dispuestos a correr riesgos y realizar sacrificios cuando la necesidad urgía, lloro su suerte, lloro la fatalidad que hizo asesinos de aquellas naturalezas bellas y nobles.

Dije que se los celebrará un día –no dije que los celebraría yo–; y se los celebrará porque, como ocurrió con tantos otros, se olvidará el hecho brutal, la pasión que los extravió, para recordar sólo la idea que los iluminó, el martirio que los hizo sagrados. No quiero extenderme aquí en recuerdos históricos; pero si quisiera podría encontrar en la historia de todas las revoluciones, en la del Risorgimento italiano –no trato en absoluto de aludir a los casos de Felice Orsini y otros semejantes–, en la misma historia nuestra, mil ejemplos de hombres que cometieron hechos tan malos y estúpidos como el del Diana, y son sin embargo celebrados por los respectivos partidos, justamente porque se olvida el hecho y se recuerda la intención, y el hombre se vuelve símbolo y la historia se transforma en leyenda. Torquemada, que torturaba y se torturaba para servir a Dios y para salvar almas, era un santo y un asesino. La madre que consagrara, como no es raro que ocurra, todo su tiempo y sus medios, y se expusiera a todos los peligros y sufrimientos para asistir y socorrer a los enfermos, dejando que sus hijos se consumieran en la suciedad y murieran de hambre, sería una santa, pero también sería una madre asesina. Se podría sostener fácilmente que el santo y el héroe es casi siempre un desequilibrado. Pero entonces todo se reduciría a una cuestión de palabras, de definición. ¿Qué es el santo? ¿Qué es el héroe?
 
Basta de sutilezas.

Lo importante es no confundir el hecho con las intenciones, y al condenar el hecho malo, no omitir el hacer justicia a las buenas intenciones. Y esto no sólo por respeto a la verdad, no sólo por piedad humana, sino también por razones de propaganda, por los efectos trágicos que nuestro juicio puede producir. Existen, y existirán siempre mientras duren las actuales condiciones y el ambiente de violencia en que vivimos, hombres generosos, rebeldes, supersensibles, pero privados de reflexión suficiente, que en determinadas circunstancias son pasibles de dejarse arrastrar por la pasión y asestar golpes a ciegas. Si no reconocemos paladinamente la bondad de sus intenciones, y no distinguimos el error de la maldad, perdemos todo ascendiente moral sobre ellos y los abandonamos a sus impulsos ciegos. En cambio, si rendimos homenaje a su bondad, a su coraje, a su espíritu de sacrificio, podemos por la vía del corazón llegar a su inteligencia y hacer de modo que esos tesoros de energía que residen en ellos se empleen en favor de la causa de una manera inteligente, buena y útil.

 

Delito y castigo - Errico Malatesta

El siguiente texto fue elaborado a partir de diferentes artículos de Errico Malatesta, publicados en la prensa anarquista a principios de siglo pasado, y corresponde a un fragmento del capítulo III del libro Malatesta, pensamiento y acción revolucionarios, compilado a cargo de Vernon Richards. Para más información del libro, referencias y citas pueden consultar el libro haciendo clic aquí

Todo propagandista anarquista está habituado a que le repitan como objeción suprema: ¿quién frenará a los delincuentes [en la sociedad anarquista]? La preocupación es, a mi parecer, excesiva, porque la delincuencia es un fenómeno de importancia casi despreciable frente a la vastedad de los hechos sociales constantes y generales, y se puede creer en su desaparición automática como consecuencia del aumento del bienestar y de la instrucción, aparte de los progresos de la pedagogía y de la medicina. Pero por optimistas que sean las previsiones, por rosadas que se muestren las esperanzas, subsiste siempre el hecho de que la delincuencia impide hoy las pacíficas relaciones sociales, y no desaparecerá por cierto de un día para otro luego de una revolución; por más radical y profunda que ésta sea, y podría ser causa de perturbaciones y de disolución para una sociedad de hombres libres, tal como un insignificante granito de arena puede detener el funcionamiento de una máquina perfectísima.

Es por lo tanto útil, e incluso necesario, que los anarquistas se preocupen del problema y le asignen una importancia quizá mayor de la que habitualmente le atribuyen, sea para poder rebatir mejor una objeción común o para no exponerse a sorpresas desagradables y a incoherencias peligrosas. Naturalmente, los delitos a que nos referimos son los actos antisociales, es decir, los que ofenden el sentimiento de piedad humana y lesionan el derecho de los demás a una igual libertad, y no ya los muchos hechos que el código penal castiga sólo porque ofenden los privilegios de las clases dominantes.

Para nosotros delito es toda acción que tienda a aumentar voluntariamente el dolor humano, es la violación del derecho de todos a una igual libertad y al goce del máximo posible de bienes morales y materiales. Sepamos que aun definiendo así el delito y para quien acepte esa definición, sigue siendo siempre difícil determinar en concreto qué hechos son delictuosos y cuáles no lo son, porque son variadas las opiniones de los hombres respecto de lo que es causa de dolor o de goce, de lo que está bien o está mal, salvo que se trate de los delitos bestiales que ofenden los sentimientos del alma humana y son por ello objeto de condena universal.

Creo que nadie, por lo menos teóricamente, está dispuesto a negar que la libertad, entendida en el sentido de reciprocidad, es la condición esencial de toda vida civilizada, de toda “humanidad”; pero sólo el anarquismo representa su realización lógica y completa. Admitido esto, es delincuente –no contra la naturaleza, no a causa de una ley metafísica, sino contra sus contemporáneos y a causa de los intereses y de la sensibilidad ofendida de los demás– todo el que viole la igual libertad de los otros. Y mientras exista alguno que lo haga, será necesario defenderse. Esta necesaria defensa contra los que violan no “el orden social”, sino los sentimientos más fundamentales que hacen que el hombre sea hombre y no una horrible bestia, es uno de los pretextos con los cuales los gobiernos justifican su existencia. Es necesario eliminar todas las causas sociales del delito, hay que educar a los hombres en los sentimientos de fraternidad y de respeto recíproco, hay que buscar, como decía Fourier, “los sustitutos útiles del delito; pero si subsisten delincuentes, y mientras los haya, la gente encontrará el modo y la energía para defenderse directamente contra ellos o reaparecerá la policía, los tribunales y, por ende, el gobierno”.

La manera de resolver un problema no consiste en negarlo

Se puede temer, y con justa razón, que esta necesaria defensa contra la delincuencia pueda ser el origen y el pretexto de un nuevo sistema de opresión y de privilegio. Es misión de los anarquistas vigilar para que ello no suceda. Tratando de descubrir las causas de cada delito y esforzándose en eliminarlas, impidiendo que la gente obtenga ventajas personales de la represión del delito, dejando que provean a su defensa los mismos grupos directamente interesados, habituándose a considerar a los delincuentes como hermanos desviados, como enfermos que hay que curar con afecto, como se haría con un hidrófobo cualquiera o un loco peligroso, se podrá conciliar la total libertad de todos con la defensa contra aquellos que ofenden a esta libertad de un modo evidente y realmente peligroso.

Esto es posible, se entiende, cuando la delincuencia se reduzca a casos esporádicos, individuales, verdaderamente patológicos. Por otra parte, si los delincuentes fueran demasiado numerosos y tuvieran gran poder, si fueran por ejemplo los que son hoy [1922] la burguesía y el fascismo, entonces ya no se trata de discutir lo que haremos en una sociedad anarquista.

Al progresar la civilización, al crecer las relaciones sociales, al aumentar la conciencia de la solidaridad natural que une a los hombres, al elevarse la inteligencia y refinarse la sensibilidad, se acrecentarán por cierto los deberes sociales y muchas acciones que se consideraban como referentes al derecho estrictamente individual e independientes de todo control colectivo adquirirán, y ya están adquiriendo hoy, carácter de cosas que interesan a todos y deben ser reglamentadas conforme al interés general.

Por ejemplo, ya hoy no se considera lícito que un padre deje en la ignorancia a sus hijos y los críe de una manera nociva para su desarrollo y su bienestar futuro. No es lícito que un hombre permanezca en la inmundicia y descuide las reglas de higiene que pueden tener influencia sobre la salud de los demás, no es lícito tener una enfermedad infecciosa y no curarse, padecer de una enfermedad repugnante y exhibirla públicamente. Mañana se considerará obligatorio realizar esfuerzos para asegurar el bien de todos, como se considerará culpable procrear si existen razones para creer que la prole será enferma o desdichada.

Pero este sentimiento de nuestros deberes hacia los demás y de los que los otros tienen hacia nosotros debe, según nuestra concepción social, desarrollarse libremente, sin otra sanción exterior que la estima o la desaprobación de los conciudadanos. El respeto, el deseo del bien de los demás debe entrar en las costumbres y aparecer no ya como un deber sino como una satisfacción normal de los instintos sociales.

Hay quien sueña con moralizar a la gente por la fuerza, quien querría establecer un artículo en el código penal para todo posible acto de la vida, quien pondría con gusto un gendarme junto a cada tálamo y a cada mesa. Pero éstos, si no tienen medios coercitivos para imponer sus propias ideas, llegan sólo a poner en ridículo las cosas mejores, y si tienen el poder de mandar, entonces hacen que el bien resulte odioso y provocan la reacción. Los socialistas tienen esta tendencia de querer reglamentarlo todo, pero nosotros creemos que ellos no lograrían sino hacer lamentar en muchos aspectos la desaparición del régimen burgués.

Para nosotros el cumplimiento de los deberes sociales debe ser voluntario, y sólo hay derecho de intervenir con la fuerza material contra los que violentamente ofendan a los demás e impidan la pacífica convivencia social. La fuerza, la coacción física no se debe emplear sino contra el ataque material violento y por pura necesidad de defensa. Pero ¿quién juzgará, quién proveerá a la necesaria defensa, quién establecerá los medios de represión? Nosotros no vemos otro camino que dejar hacer a los interesados, dejar hacer al pueblo, es decir, a la masa de los ciudadanos, la cual actuará diversamente según las circunstancias y según su variado grado de civilización.

Es necesario evitar, sobre todo, la constitución de cuerpos especializados en la acción policial: se perderá quizás algo de eficiencia represiva, pero se evitará crear el instrumento de toda tiranía. No creemos en la infalibilidad, ni siquiera en la constante bondad de las masas: todo lo contrario. Pero creemos aún menos en la infalibilidad y en la bondad de la gente que aferra el poder, legisla y consolida y perpetúa las ideas y los intereses que prevalecen en un momento dado. Es mejor en todos los casos la injusticia, la violencia transitoria del pueblo que la capa de plomo, la violencia legalizada del Estado judicial y policial. Por lo demás, sólo somos una de las fuerzas que actúan en la sociedad y la historia caminará, como siempre, según la resultante de las fuerzas.

Hay que contar, por lo tanto, con un residuo de delincuencia que, según esperamos, será eliminado más o menos rápidamente, pero que obligará entretanto a la masa de los trabajadores a una acción de defensa. Descartada toda idea de castigo y de venganza, que es la idea que predomina aún en el derecho penal, e inspirándonos sólo en la necesidad de defensa y en el deseo de corregir y ayudar, debemos buscar los medios para llegar al fin sin caer en los peligros del autoritarismo ni ponernos en contradicción con el sistema de libertad y de voluntarismo sobre el cual queremos fundar la nueva sociedad

Para los autoritarios, para los hombres de Estado, la cuestión es simple: un cuerpo legislativo para catalogar los delitos y prescribir las penas, una policía para buscar a los delincuentes, un tribunal para juzgarlos, un cuerpo de carceleros para hacerlos sufrir.

Y, como es natural, el cuerpo legislativo trata con las leyes penales de defender sobre todo los intereses constituidos que él representa y garantizar al Estado contra las tentativas de los “subversivos”; la policía, como vive de la represión del delito, tiene interés en que haya delito, se vuelve provocadora y desarrolla en sus hombres instintos bestiales y perversos; la justicia vive y prospera también gracias al delito y a los delincuentes, sirve a los intereses del gobierno y de las clases dominantes y sus funcionarios adquieren, en el ejercicio de su oficio, una mentalidad especial que hace de ellos una máquina para condenar al mayor número de gente posible a las penas más graves posibles; los carceleros son o se vuelven insensibles a los sufrimientos de los detenidos y, en la mejor de las hipótesis, observan el reglamento, pasivamente, sin un atisbo de simpatía humana. Los resultados se ven en la estadística de la delincuencia.

Se cambian las leyes penales, se reforma la policía y la magistratura, se modifican los sistemas carcelarios... y la delincuencia continúa y resiste a todas las tentativas de destruirla o atenuarla. Y esto es cierto para el pasado y el presente, y creemos que lo será también en el porvenir, si no se cambia radicalmente el concepto que se tiene del delito y no se suprimen todos los organismos que viven de la búsqueda y la represión de la delincuencia

En Francia existen severas leyes contra los que usan y comercian cocaína. Y, como de costumbre, el flagelo se extiende y se intensifica pese a las leyes, y quizás a causa de ellas. Así ocurre también en el resto de Europa y en los Estados Unidos. El doctor Courtois Suffit, de la Academia de Medicina francesa, que ya el año pasado [1921] había proferido gritos de alarma contra el peligro de la cocaína, comprobado el fracaso de la legislación penal pide... nuevas y más severas leyes.

Es el viejo error de los legisladores, pese a que la experiencia ha mostrado invariablemente que nunca la ley, por bárbara que sea, logró suprimir un vicio o desalentar el delito. Cuanto más severas sean las penas infligidas a los consumidores y traficantes de cocaína tanto más aumentará en aquéllos la atracción del fruto prohibido y la fascinación del peligro enfrentado, y en éstos la avidez de la ganancia, que ya es enorme y crecerá aún más al crecer la ley. Es inútil, por lo tanto, confiar en la ley. Nosotros proponemos otro remedio. Declarar libre el uso y tráfico de la cocaína y abrir locales en los que se la venda a precio de costo, o incluso por debajo del precio. Y después hacer una gran propaganda para explicar al público y lograr que perciba vivamente los daños de la cocaína; nadie haría propaganda en contrario porque nadie podría ganar con el mal de los cocainómanos. Por cierto que con esto no desaparecería por completo el uso dañino de la cocaína, porque persistirían las causas sociales que crean a los desgraciados y los impulsan al uso de los estupefacientes. Pero de todos modos el mal disminuiría, porque nadie podría ganar con la venta de la droga y nadie podría especular con la caza de especuladores. Y por esto nuestra propuesta no se tomará en consideración o se la considerará coma quimérica e insensata.

Sin embargo, la gente inteligente y desinteresada podría decirse: puesto que las leyes penales se han mostrado impotentes, ¿no sería bueno, por lo menos a título de experimento, probar el método anarquista?

No repetiremos los argumentos clásicos contra la pena de muerte. Nos parecen mentiras, cuando los oímos sostener por quienes son partidarios de la cadena perpetua y de otros sustitutos inhumanos de la pena de muerte. Tampoco hablaremos de la “santidad de la vida humana” que todos afirman, y todos violan si llega el caso, sea infligiendo directamente la muerte, sea tratando a los demás de modo de atormentar y abreviar su vida.

Subsisten hombres –pocos por fortuna, pero existen– que nacieron o se volvieron monstruos morales, sanguinarios y sádicos, cuya muerte no podríamos lamentar. Cuando estos desgraciados constituyeran un peligro continuo para todos y no hubiese otro modo de defenderse que matarlos, se podría incluso admitir la pena de muerte. Pero lo malo es que para aplicar la pena de muerte hace falta el verdugo. Ahora bien, el verdugo es o se vuelve un monstruo; y, monstruo por monstruo, es mejor dejar vivir a aquellos que ya existen, antes que crear otros. Y esto se entiende para los verdaderos delincuentes, seres antisociales que no despiertan ninguna simpatía y no provocan ninguna conmiseración, pues si se trata de la pena de muerte como medio de lucha política, entonces... entonces la historia nos dice cuáles pueden ser las consecuencias.

Errico Malatesta 

lunes, 15 de julio de 2013

Romanticismo libertario

 
DEL INDIVIDUALISMO EGOÍSTA AL HOMBRE SOLIDARIO

Próximos a culminar el segundo milenio de nuestra era. Cuando el mundo asiste perplejo al desmoronamiento de los sistemas políticos, sociales y culturales que frustrando todo proyecto libertario lograron imponerse tras las batallas que sucedieron a la Revolución Francesa, me parece sumamente estimulante tratar de esbozar una comprensión de los hechos e ideales que hicieron posible el primer romanticismo, el socialismo utópico y el pensamiento libertario, los grandes perdedores en el proceso de la Modernidad.

Por José Ribas


Hoy, como a finales del siglo XVIII, un mal de siècle y un patente pesimismo se han apoderado de las mentes más inquietas. De pronto, nos hemos concienciado, sin ambivalencia, de que somos súbditos y esclavos de un férreo absolutismo, el que ha propiciado el racionalismo económico y el progreso técnico. Han sido los Liberales y el Marxismo, presos del economicismo y del dogma de contemplar la historia de la humanidad como una evolución lineal cuyo objetivo son los presupuestos de la «Modernidad» occidental, los que han expulsado a los poetas de sus repúblicas, los que han empobrecido la civilización occidental al negar la dimensión trascendente del hombre a favor del positivismo y los que han abolido el sentido de comunidad mediante el individualismo. El marxismo, por otra parte, sacrificó la libertad en aras de conseguir la igualdad en una sociedad sin clases, pero cuando ha caído el telón de acero que mantenía el aislamiento de las llamadas repúblicas comunistas, hemos podido comprobar, tal como predijo Bakunin, cómo las burocracias corruptas de estos estados habían suplantado a las antiguas aristocracias y cómo los secretarios generales de los partidos comunistas eran auténticos déspotas, más temibles que los monarcas absolutos de los siglos XVII y XVIII, pues han llevado a estos países a la quiebra total en todos los órdenes, sin resolver ninguna de sus cuestiones históricas. Las democracias liberales, que en principio sacrificaron la igualdad en aras de la libertad, van dejando un autoritarismo técnico-económico cada vez más intrincado, en el que el hombre se siente espectador aislado frente a un televisor que le induce a ser un estúpido, sin otra posible plenitud que la de verse empujado a endeudarse para consumir e integrarse en el estatus del eterno insatisfecho.

Qué queda de las grandiosas palabras: Libertad, Igualdad, Fraternidad.

Volvemos a estar, paradojas de la vida, en los albores de la Revolución Francesa, pero con la temible diferencia de que las Megalópolis de la Modernidad son estructuras de hábitat que sólo pueden ser administradas bajo una forma imperial, no cabe pues en ellas ni democracia directa ni creatividad fuera del mercado, tan sólo competitividad desaforada, negocio, marginación o violencia. Con estos presupuestos es sumamente complejo desarrollar alternativas o recomponer, desde dentro, un proceso humanista y social que restituya al hombre un sentido no material y profundo. Por otra parte, el nivel de vida de las clases medias de Occidente —la mayoría silenciosa— se ha conseguido mediante una explotación de las materias primas del Tercer Mundo y contaminando el planeta Tierra, el único que tenemos.

Hoy la pregunta es: ¿Podrá el capitalismo del siglo XXI seguir explotando al Tercer Mundo y matando el Planeta para mantener el estatus económico de la mayoría silenciosa? Probablemente no, y es completamente plausible que nuestro mundo cambie bruscamente. Hoy ya, al contemplar la fisonomía racial de nuestras ciudades, apreciamos que la Europa monolítica y blanca se está tostando. Otras razas, otras culturas están ya aquí, atraídas por la propaganda de nuestros medios de comunicación. Hoy son la mano de obra barata. ¿Qué serán mañana?

Por otra parte, si los países más populosos del Tercer Mundo como pudieran ser China, India, Nigeria, Egipto, Indonesia o Argelia optarán por un desarrollismo a la occidental y tuvieran tantos coches y electrodomésticos por habitante como Francia, la emanación de dióxido de carbono y la necesidad de agua y energía acabarían destruyendo en menos de un año el precario equilibrio ecológico del Planeta.

EL NACIMIENTO DE LA MODERNIDAD

No está de más volar al siglo XVIII para tratar de reconstruir el cómo y el porqué se fraguaron las ideas y los postulados que caracterizan al hombre moderno.

Los inventos científicos y las clasificaciones de las especies, el aumento en Europa y Norte de América desde 1730 y la revolución industrial provocaron el auge de una nueva clase social: la burguesía, a mediados del siglo XVIII. El liberalismo, el libre comercio y la propiedad son los pilares ideológicos que han de sustentarla. Moralismo y utilitarismo, los predicados. «Amar es ser útil a uno mismo; hacerse amar es ser útil a los demás» proclama Franklin en la Revolución Americana. Para el burgués, la mayor virtud, es la economía dentro del individualismo puritano. Hume preconiza un gobierno moderado que favorezca el desarrollo de la clase comercial y que recurra al impuesto con moderación. Adam Smith, que cree en el progreso económico constante y estima que la verdadera riqueza es el trabajo nacional y el ahorro, se alza contra las reglamentaciones y establece las cuatro reglas del liberalismo económico: facilitar la producción, hacer reinar el orden, hacer respetar la justicia y proteger la propiedad.

En el recuerdo de los europeos estaban las guerras de religión que habían asolado el continente durante los siglos XVI y XVII. Los hombres que amaban el progreso, tenían plena conciencia del caos y de las tendencias histéricas de todas las pasiones humanas. La prudencia era considerada como la virtud suprema; el intelecto, el arma más eficaz contra el fanatismo.

El ordenado cosmos de Newton, en el que los planetas se avían uniformemente alrededor del Sol en órbitas predeterminadas, se convirtió en el símbolo imaginativo del buen Gobierno. La Ilustración de Diderot; la división de poderes de Montesquieu; las ideas contra la superstición religiosa y la defensa del sentido común del sistema inglés que preconizaba Voltaire acabaron de configurar el nuevo orden ilustrado, en el que la razón podía abarcarlo todo. Y resolverlo.

En Arte: el neoclasicismo racionalista.

Fue Jean Jacques Rousseau quien al verter sensibilidad, intimidad y confidencia en sus escritos quebró el sueño de esa razón moderna que pretendía organizar el mundo y las mentes, antes ya de que aconteciera la revolución Francesa.

Una concepción orgánica y dinámica de la creación irá reemplazando a la mecanicista y estática de los empiristas y de los ilustrados. Se sospecha que bajo las leyes recién descubiertas que prometían desvelar el orden divino o la estructura racional oculta bajo la superficie de la naturaleza, existen una serie de fuerzas misteriosas y ocultas que intervienen en los procesos de crecimiento, provocando sorprendentes mutaciones. Se sospecha que sin viaje interior, imaginación y sentimientos no se puede alcanzar ninguna percepción profunda.

Rousseau sostenía que «el hombre es naturalmente bueno y que sólo las instituciones lo han pervertido»: o sea, la antítesis de la doctrina del pecado original y de la salvación por medio de la iglesia. Es decir, nos redime del somos culpables por haber nacido, del nacemos malos y perversos y necesitamos el correctivo de la iglesia y el temor al castigo divino para salvarnos.

«El origen de las desigualdades sociales consiguientes ha de hallarse en la propiedad», sostiene Rousseau. Mientras Voltaire y Diderot se aburguesan y consideran las desigualdades como algo consustancial a la naturaleza humana,. Rousseau permanece fiel al espíritu de la Enciclopedia e indaga lo que es Libertad, Igualdad y Fraternidad, sin renunciar a la felicidad, ni a la suya ni a la de los hombres. Rousseau es el primer escritor político que está enteramente presente en su obra. No construye un sistema utópico frente al liberalismo burgués, que era la ideología dominante (libertad racional, desigualdad y propiedad), sino una hipótesis, un sueño no resignado que no acepta ningún absolutismo y que muestra un claro desdén por las trabas de lo convencional, en el vestido y en las maneras, en el minueto y en la estrofa heroica y en toda la esfera de la moral tradicional.

El Contrato Social de Rousseau está inspirado en la unidad. Unidad del cuerpo social y subordinación de los intereses particulares a la voluntad general. «Cada uno de nosotros, dice textualmente, pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general y recibimos colectivamente a cada miembro como parte indivisible del todo. Cada asociado se une a todos y no se une a nadie en particular, de esta forma no obedece más que a sí mismo y permanece tan libre como antes.»

El contrato garantiza la igualdad, ya que todos los asociados tienen iguales derechos, y la libertad, que según Rousseau depende de la igualdad. «Un pueblo libre obedece, pero no sirve; tiene jefes pero no amos.» La libertad en Rousseau es muy diferente a la de Locke, quien asocia libertad y propiedad. Para Locke, la libertad era conciencia de una particularidad; para Rousseau la libertad es ante todo solidaridad.

Rousseau es teísta, cree en Dios pero no en las iglesias. Es el primer filósofo que para demostrar su existencia no necesita pruebas, más que las subjetivas y personales, defendiendo la religión del ciudadano, es decir la individual. Le producen aversión las situaciones extremas de opulencia y de indigencia y al final de su vida sentencia: «El individuo sólo puede conseguir la paz y la felicidad en soledad o en el Estado perfecto.» Rousseau sabe que el estado perfecto es irrealizable, pero él prefirió ser un espíritu rebelde hasta el fin de sus días.

Las ideas de Rousseau se expandieron como la pólvora y a pesar de sus detractores su influencia separa aun hoy dos concepciones muy diferentes de la organización social. Durante la Revolución Francesa de 1789, muchas de sus ideas se intentaron poner en práctica, mas el fracaso de la Revolución y el advenimiento de Napoleón sumieron al hombre moderno en un hondo pesimismo. Un pesimismo parecido al que hoy sacude nuestras conciencias sumiéndonos en infinitud de contradicciones que nos empujan a plantearnos continuamente: ¿qué haces y cómo empleas tu tiempo y tu cabeza? Aquel pesimismo es hijo de un momento estelar de la Modernidad, porque fue entonces, con toda crudeza, cuando el hombre culto se da cuenta de la inviabilidad de sus planteamientos. El liberalismo aún no se había impuesto como ideología única ni había desarrollado todavía la sociedad de consumo ni los precarios medios de comunicación podían manipular las conciencias, con lo que fue posible el nacimiento de una crítica radical y de alternativas.

EL PRIMER ROMANTICISMO: UN MUNDO EN CRISIS SIN DOGMAS NI IDEOLOGÍAS

El hombre está solo, siente angustia... El poeta acaba de desalojar al sacerdote y la poesía se convierte en una revelación. Dios ha muerto y se toma conciencia de que la religión está vacía. No existe orden divino. Novalis proclama que la religión es poesía práctica. La muerte de Dios provoca ironía y humor por una parte, y angustia y paradoja por otra. El gran invento romántico es la ironía, que según el sentido que le dio Shlegel es «amor por la contradicción, que es cada uno de nosotros y conciencia de esa contradicción. La ironía consiste en insertar dentro del orden de la objetividad la negación de la subjetividad».

Sin Dios, la legitimidad del monarca, por la gracia de Dios, también entra en crisis, por eso ciertos monarcas sostienen a filósofos e instauran el Despotismo Ilustrado como modo de justificar su gobierno. El rey Federico el Grande de Prusia sostiene a Hegel, por ejemplo, y éste acomoda su saber, como pago, al florecimiento del nacionalismo alemán.

El Romanticismo aparece en sus principios en Alemania e Inglaterra, dos países básicamente protestantes, y es que al interiorizar la experiencia religiosa a expensas del ritualismo romano, el protestantismo preparó las condiciones psíquicas y morales del romanticismo. El hombre ya no es el centro del universo y el optimismo que engendró el Siglo de las Luces se desvanece. A la naturaleza ya no se la puede moldear en jardines rococó, pues cuando no se cuidan, su orden y razón son efímeros y las malas hierbas lo destruyen. Mediante la exaltación de las ruinas, tanto las de la edad antigua como las de las catedrales góticas, los primeros románticos pretendían mostrar que el porvenir de toda belleza es la muerte. La Naturaleza y los paisajes, tanto en la pintura como en los sueños, se convierten en protagonistas y el que los contempla siente melancolía y terror. Melancolía por la unidad perdida de una supuesta edad de oro. Y un terror indefinido e inaprensible que los convierte en trágicos porque le hacen sentir el miedo al abismo.

El artesano deja de repetir con calculado virtuosismo lo que le manda su señor o su mecenas y se vuelve libre y solitario, iniciando el calvario personal, místico y apocalíptico hacia la subjetividad, porque necesita ocupar en su interior el vacío que ha dejado Dios. Necesita ser artista, genio, pero una naturaleza hostil y jupiteriana, que está dentro y está fuera de sí, destruye cualquier proyecto de totalidad. Un hombre solo no puede devolver la unidad que pudo tener el mundo en la edad mítica.

Como sostiene Rafael Argullol en su libro La Atracción del Abismo, el paisaje interior de Piranesi es la pesadilla del hombre escindido: cárceles imaginarias, grutas y escaleras sin fin, arcos y bóvedas que sostienen estructuras imposibles, vigas desgajadas e instrumentos de tortura... Aldous Huxley se ha referido a las cárceles piranesianas como prisiones metafísicas que están dentro de la mente, con muros hechos de pesadillas e incomprensión, con cadenas de ansiedad, cuyo tormento es la consecuencia de dos mil años de culpa y castigo divino.

El hombre romántico busca el inconsciente y la imaginación para ampliar el campo de lo real y salirse de los espacios euclídeos que dominan las formas neoclásicas y la época racionalista, conformista y desprovista de ideales heroicos. Busca la libertad en un subconsciente sin pervertir.
La concepción de la poesía como magia implica una estética activa. El arte deja de ser exclusivamente representación y contemplación: también es intervención sobre la realidad. Si el arte es un espejo del mundo, ese espejo es mágico y puede cambiarlo. La pretensión de cambiar el mundo es una aspiración romántica. Se ha dicho que el romántico es un individualista y que tan sólo busca en su interior. Esto sólo es cierto en parte. El Romántico sabe que no está solo en el mundo, persigue no un individualismo egoísta sino la libertad individual y vive en su interior una encarnizada lucha por inventar uno nuevo, aunque sabe de la imposibilidad de esta pretensión. Lo que no cree es en el racionalismo burgués que ha hecho fracasar la revolución. Los románticos fueron idealistas antes que nacionalistas, conservadores o revolucionarios. Y precisamente porque la música es la actividad artística que en mayor medida se aproxima al mundo de la idea, y por tanto a la Belleza esencial, es por lo que es la disciplina más representativa del Romanticismo y mediante la cual Wagner consigue la obra de arte total: Aquella obra de arte que mezcla todas las artes, tratando de revolucionar la forma de ver y sentir del ciudadano. Lo que ocurre es que los románticos, y por primera vez en el pensamiento occidental, desplazaron la estética desde la periferia al centro de los sistemas filosóficos, por eso se planteó con más profundidad que nunca la cuestión del sentido y la finalidad del arte. Arte y vida se consideran una misma cosa. Las palabras natural, improbable, falso y fantástico ya no se consideran opuestas a civilizado, histórico, verdadero y lógico, sino más bien a forzado, superficial, dogmático y falto de imaginación. Para los románticos la sensibilidad individual era la única facultad capaz de emitir juicios estéticos. El acento se desplaza pues hacia la autenticidad de las emociones expresadas, y en consecuencia, hacia la sinceridad e integridad del artista, que vive en carne propia la experiencia de sus visiones y de sus construcciones. «El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona» proclama Hölderlin.

En su libro La Atracción del Abismo, Rafael Argullol subraya: «Demolida la exclusividad de las ‘Luces’, el romanticismo indaga en la noche para encontrar la intuición dionisíaca que actúa a la sombra de la conciencia humana, hacia la locura sensitiva, cabía el río sin cauces torrencialmente ávido de conquistar el gran mar de la vida. En la noche todo se halla sin ataduras: el espacio sin límites, el fondo sin forma, la libertad sin moralidad. El viaje romántico es siempre la búsqueda del yo para escapar de un tiempo acomodaticio marcado por la antiépica burguesa.»

Pero cuando esta intensa búsqueda personal deviene locura, egoísmo e idolatría personal y la revolución industrial avanza creando el proletariado, el Romanticismo se bifurca y da vida a diferentes tradiciones políticas. El Nacionalismo prusiano de una parte, que asocia libertad, nacionalismo y arquitectura gótica, y el pensamiento utópico o libertario de otra. Marx y el realismo surgen de otra tradición, la judeocristiana-puritana, es decir, de la visión economicista, dogmática y jerárquica de la vida.

Ya Blake había identificado la abominación de la desolación con la religión y el estado como fuente de toda crueldad y había comparado al Yahvé del Antiguo Testamento con el primer motor mecanicista de la revolución industrial; Mister Nobodaddy, le llama: Papá de nadie. Pero son los socialistas utópicos los que emprenden una utopía liberadora que ya no pretende crear, como Blake, todo un cuerpo teológico personal, los que consiguen arrancar al artista romántico del abismo de la soledad, mediante la acción de crear un mundo nuevo y matar con él para siempre la tragedia que provoca en cada uno de los hombres la asunción de la culpa judeocristiana. Es en este nuevo mundo donde el hombre podrá realizarse como ser individual pleno y como ser social.

SOCIALISMO UTÓPICO FRENTE A NACIONALISMO EGOÍSTA

Para Fourier, cambiar la sociedad significa liberarla de los obstáculos que impiden que surjan espontáneamente las leyes de la Atracción Apasionada. «Es el deseo lo que rige las cosas de este mundo y el principio de atracción no sólo rige en el mundo físico, sino también en el mundo social. La ciencia de las sociedades se reduce pues a una matemática de las pasiones.» Por tanto él quiere exaltar poéticamente las pasiones a fin de instaurar la armonía universal. «Todo es vicioso en el sistema industrial, sostiene, tal sistema no es más que un mundo al revés. La manufacturas progresan a causa del empobrecimiento del obrero. El hombre no debe dedicar a la industria más que la cuarta parte de su tiempo como máximo. En consecuencia, hay que diseminar las fábricas por el campo, al objeto de que los obreros puedan consagrar una parte de su tiempo a la labranza.»

Fourier persigue el comercio con odio tenaz. «Estos son parásitos, y todo su arte consiste en vender a seis mil francos lo que cuesta tres, y en comprar por tres lo que cuesta seis. El comercio crea una feudalidad mercantil y favorece al reinado de los banqueros. El liberalismo económico engendra una anarquía y una miseria de las que Inglaterra ofrece un triste espectáculo.» Fourier desconfía de todas las doctrinas que apuestan por aumentar la producción para transformar la sociedad y subraya la inutilidad de todas las doctrinas que no concluyan en aumentar el bienestar no sólo material sino también psíquico de los consumidores.

Para reformar la sociedad, Fourier propone los Falansterios. Unas sociedades cerradas integradas por unas 1.600 personas que deben asumir todas las funciones sociales, sucediéndose unas con otras para evitar una especialización excesiva. Fourier no cuenta con el estado para crear falansterios. Estos tendrán que constituirse libremente mediante acuerdos afectuosos.

Pero es Proudhon, que se dio a conocer mediante el escandaloso libro La Propiedad es un Robo, el que consiguió elaborar el primer socialismo no autoritario de la época moderna. Él critica, no la propiedad campesina sino el mal uso que se hace de ella, es decir, la propiedad sin utilidad social, y afirma que el trabajo debería conducir inevitablemente a la igualdad en la propiedad. «Democracia, escribe en 1851, es una palabra ficticia que significa amor al pueblo, pero no gobierno del pueblo.» Proudhon critica ásperamente el sufragio universal: «Religión por religión, la urna popular está todavía por debajo de la sainte ampoule merovingia. Todo lo que ha producido es convertir la ciencia en tedio y el escepticismo en odio.»

Proudhon desconfía del estado todavía más que de la democracia. Siente aversión por el centralismo y la burocracia. Critica el Contrato Social de Rousseau, ya que según él, amenaza con conducir al despotismo de la voluntad general, y sueña con una sociedad anárquica, en la que el poder político será sustituido por libres acuerdos entre los trabajadores.

Rompe con Marx en 1846 porque considera el marxismo como una religión intolerable: «¡No nos convirtamos en jefes de una nueva religión!», exclama, y sigue: «La Igualdad de las condiciones, he aquí el principio de la sociedad; la solidaridad universal, he aquí la sanción de esta ley». Proudhon no quiere sacrificar la libertad a la igualdad, ni la igualdad a la libertad.

Para Proudhon, el estado era una federación de grupos. Era antinacionalista y predijo: «El siglo XX abrirá la era de las federaciones, en la que la humanidad volverá a comenzar un purgatorio de 1.000 años.» En el campo social defendió el mutualismo. Este tipo de asociación ofrece la posibilidad de resolver el problema social sin violencia y sin lucha de clases, mediante un intercambio en virtud del cual los miembros asociados se garantizan recíprocamente, servicio por servicio, crédito por crédito, retribución por retribución, seguridad por seguridad, valor por valor, información por información, buena fe por buena fe, verdad con verdad, libertad con libertad, propiedad con propiedad.

La principal institución mutualista ideada por Proudhon debía ser el Banco del Pueblo.

La justicia, para Proudhon, es la suprema virtud. A sus ojos, el problema esencial es un problema moral, y en cualquier intercambio debe prevalecer la justicia. Mientras los marxistas se preocupaban por la síntesis, Proudhon opinaba que la síntesis es gubernamental y que es menos conveniente resolver las contradicciones que el asumirlas.

LO LIBERTARIO, VACUNA FRENTE A CUALQUIER INTEGRISMO

Cuatro hombres, cuatro amigos de distintas nacionalidades, cuatro temperamentos imbuidos de romanticismo y de idealismo social, se encuentran en la revolución romántica por excelencia, la que sacudió a las ciudades alemanas y austro-húngaras entre 1848 y 49. No están solos, muchos otros artistas y pensadores también participan en las distintas sublevaciones. Pero éstos cuatro son Proudhon, Bakunin, Wagner y Marx.

Bakunin es un aristócrata ruso que movido por la sed de amor y justicia se convierte en el más fiero rebelde de la época. Bakunin viaja por toda Europa alentando los diferentes movimientos sociales para liberar a los hombres, porque cree fervientemente que la libertad de un pueblo no debe alcanzarse sólo en un país sino en todos. «La libertad no será sino una mentira mientras la mayoría esté reducida a un existencia miserable, privada de educación, de reposo y de pan, y esté destinada a servir de títere a los poderosos. No es cierto que la libertad de un hombre esté limitada por la de los demás. El hombre es realmente libre cuando su libertad, completamente reconocida por los demás y reflejada en ellos, encuentra su confirmación y su expansión en la libertad de los demás. La opresión de uno es la opresión de todos y no podemos violar la libertad de un ser humano sin violar la libertad de todos.»

Wagner es joven y cree apasionadamente en la posibilidad de cambiar el mundo, aún le falta tiempo para dejarse vencer por el nihilismo de Schopenhauer y se apunta junto a Bakunin —al que admira y ve como un Sigfrido moderno que quiere hacer desaparecer del mundo los viejos contratos, la infelicidad y la desdicha— al levantamiento de Dresden. La batalla callejera de la insurrección dura cuatro días, los tenderos se ponen del lado de las tropas y Bakunin es el lidera y el estratega de los obreros de las fábricas cercanas durante los cuatro días de resistencia. Al cabo de estos cuatro días Bakunin es encarcelado por los prusianos, quienes lo entregan a los austríacos y finalmente al gobierno del zar, que lo encarcela en las mazmorras del Kremlin durante años. Su condición de aristócrata le salva de la ejecución, pero transcurridos estos años sin que el zar consiga la firma del arrepentimiento que le dicta, es deportado a Siberia. Diez años después, tras padecer varias enfermedades y haber perdido los dientes, logra huir a los Estados Unidos y regresar a Europa para seguir su lucha.

Wagner, en la revolución de Dresden, tuvo más suerte y consiguió escapar de la emboscada refugiándose en casa de una prima que vivía en la ciudad, pero dichos sucesos le empujaron a escribir: «Quiero destruir el dominio de un individuo sobre otro; de lo muerto sobre lo vivo; de la materia sobre el espíritu; quiero quebrantar la fuerza de los poderosos, la fuerza de la ley y de la propiedad. Que la propia voluntad domine al hombre; que el propio placer sea su única ley; que la propia fuerza sea su propiedad única; pues solamente el hombre libre es sagrado y no algo que esté por encima de él; nada superior a él... la revolución viviente, es decir, la del hombre divinizado, se precipita a los valles y a las llanuras, anunciando al mundo entero un nuevo Evangelio de la felicidad...». Wagner se pone a escribir la ópera El anillo de los Nibelungos, en la que denunciará la miseria que se apodera de la sociedad cuando el oro es utilizado como instrumento de poder. El Oro, custodiado por las hijas del Rhin, es bello y hermoso, pero fuera de allí, al ser herramienta de poder, se transforma en arma de crimen... «Aquel que ama debe desechar el oro».

Marx y Bakunin, poco antes de que éste fuera encarcelado, discutieron por la cuestión de la raza eslava. Bakunin pretendía la emancipación de los eslavos que vivían bajo el yugo alemán o turco, Marx no la aceptaba porque pensaba que la misión de Alemania era civilizar, es decir germanizar a los eslavos de fuera de Rusia para bien y para mal. Por otra parte, el ímpetu y los escritos de Bakunin tienen mucha más acogida que los de Marx. Celos y discusiones provocan que el periódico NEUE RHEINISCHE ZEITUNG, controlado por Marx, publicara el 6 de Julio de 1948 una carta de un corresponsal de París inventando que entre otras cosas decía: «Con respecto a la propaganda eslava, ayer nos informaron que George Sand tiene en su poder documentos que comprometen mucho al exiliado ruso Mijail Bakunin y lo revelan como un agente ruso recientemente adquirido por su gobierno.» Inmediatamente Bakunin protesta con energía ante la calumnia y George Sand niega tal información. Destaco este dato porque muestra muy claramente cómo desde el principio Marx utilizó cualquier mentira o calumnia para acabar con todo aquel o aquello que supusiera un obstáculo para lograr sus fines dentro de la teoría que iría tejiendo, y que derivaría en el socialismo autoritario.


EL PENSAMIENTO ANARQUISTA

La Comuna de París elegida el 26 de Mayo de 1871 estaba compuesta por mutualistas, comunistas utópicos y anarquistas. Todos rendían culto a Proudhon y muchos de ellos estaban adheridos a la Primera Internacional, que pese a los intentos de manipulación por parte de Marx, no era autoritaria sino asamblearia gracias a la fuerza de las federaciones de los países del sur. La comuna se produce en el momento más enjundioso del conflicto Marx-Bakunin. Pero la influencia de Marx en la comuna es nula; sólo se sabia del marxismo que era una corriente autoritaria.

Tanto la tendencia bakuninista como la proudhoniana consideraban la comuna como una revolución destinada a producir la liberación de todas las comunas de Francia, y tal vez de Europa. Debía ser la primera célula de una organización que destruiría el Estado tradicional. Los bakuninistas eran mucho más radicales y pretendían que la Comuna fuera el golpe decisivo contra el Estado. El pacto federativo de las comunas libres sería puramente contractual, pudiendo ser denunciado siempre y sin que existiera una autoridad superior que impusiera. «El reino de la espontaneidad sustituirá al de la autoridad», proclama Bakunin.

A partir de las experiencias de la Comuna, Marx niega todo movimiento espontáneo, ya que según él, para que un movimiento revolucionario triunfe debe tener dirigentes, cuadros y estrategias. Junto a Engels, comienza a elaborar su teoría definitiva de la dictadura del proletariado. El anarquismo, por su parte, fomentaría por toda Europa sindicatos revolucionarios, que se esforzarían por hacer del sindicato el universo total del obrero, proporcionándoles cultura, trabajo, sentimiento de solidaridad, retiros, cuidados... y sustituyendo al Estado.

El anarquismo de Bakunin, Kropotkin y Jean Grave pretende ser, al mismo tiempo, una filosofía de la naturaleza y del hombre, y una ciencia de la vida humana.

Kropotkin, que era un príncipe notable, enunció en La Ciencia Moderna y la Anarquía sus postulados filosóficos, derivados de Spencer, Darwin, Cabanis y Compte. El universo no es sino materia en perpetua y libre evolución: existe una anarquía de los mundos. Esa anarquía de la evolución es la ley de las cosas. La anarquía es la tendencia natural del universo, la federación es el orden de los átomos. La evolución niega progresivamente la animalidad del hombre y afirma su humanidad.

Bakunin rechaza toda legislación, toda autoridad y toda influencia privilegiada, aunque salga del sufragio universal, convencido de que siempre se volverá en provecho de una minoría dominante y explotadora y en contra de los intereses de la inmensa mayoría subyugada. Sostiene que todo hombre es bueno, inteligente y libre pero que todo Estado, como toda teología, supone que el hombre es perverso y malvado. «La ilusión más peligrosa consiste en dejar sitio al Estado y encontrar una forma de poder que limite su maldad. Esto equivaldría a admitir la necesidad de poder como corrección fatal de la naturaleza del hombre. ¡Este es el pecado de la Teología! Por otra parte, no se puede limitar el poder. La democracia sigue siendo una ‘cracia’, la de una mayoría y ¿qué mayoría? No la de la masa auténtica en su espontaneidad y en su soberana libertad anárquica, sino la de los representantes, es decir gobernantes, hombres de poder y de autoridad. Negativa pues, absoluta, a adherirse a toda teoría jurídico-política, del “mandato y la representación”». Desconfianza absoluta, tanto en el personal parlamentario como en la mediación política. «Los partidos políticos, cualesquiera que sean, en tanto que ambicionan el poder, tienden siempre a petrificarse dentro de sus funciones de jefe.»

Bakunin y los anarquistas siempre han sostenido la necesidad de una revolución cultural para poder llevar a término la sociedad sin jefes y sin desigualdad. Han insistido en la educación como medio para cambiar al hombre, y en que esta educación no sea autoritaria y propicie la solidaridad. Están en contra de la propiedad por la desigualdad que crea, el poder que confiere y el germen de autoridad que encierra. Los anarquistas son radicalmente opuestos a una organización autoritaria y global de la economía. No consideran ninguna organización como definitiva y obligatoria. La vida es movimiento y la ley del hombre es rebeldía.

El anarquismo es un sistema abierto que pretende unas nuevas pautas de conducta tales que no reproduzcan las pautas de comportamiento que han hecho posible la desigualdad de las oportunidades.

La verdadera doctrina anarquista, aunque rechaza toda autoridad, nunca ha sido una exaltación del individualismo, tal como ocurre dentro del liberalismo. El libertario no es individualista ni aristocrático. Es una aspiración casi subconsciente, de auténtica liberación social.

¿Posible o imposible? En cualquier caso, caído el marxismo y viendo cómo los viejos fantasmas que tantas veces hicieron estallar a Europa en pedazos han vuelto a reproducirse y campan ya libres; contemplando el egoísmo nacionalista, el racismo, la xenofobia y el triunfo de un liberalismo materialista que no da calidad humana al ser; comprobando cómo el nivel de la educación baja, la presión de los medios de comunicación idiotiza y el componente solidario del ser humano se extingue, vale la pena reflexionar y volver atrás. ¿Por qué han triunfado en el Primer Mundo las tesis materialistas y egoístas de un desarrollismo acelerado? ¿Qué es lo que puede devolver al hombre su sed de concordia y su ansia de alcanzar la plenitud en libertad?

Las viejas palabras que hicieron posible la Revolución Francesa y los derechos del hombre están en quiebra. Quizá ha llegado el momento de volver a generar solidariamente la autoeducación que haga posible, al menos, una educación libertaria. Nuestra cultura y nuestro mundo la necesitan para sobrevivir. Si no, todo cuanto ocurra a partir de ahora no serán sino manifestaciones de una horripilante decadencia.

Revista Ajoblanco, nº 45
 (Octubre – 1992) 
 
 
 
fuente: grupo stirner