lunes, 3 de marzo de 2014

Nuestro programa (resumen) Errico Malatesta

Errico Malatesta (1853 - 1932), importante anarquista italiano autor, entre muchos otros, de un conocido folleto de difusión del anarquismo llamado “nuestro programa”. (El cual pueden consultar íntegro haciendo clic aquí) En este texto, luego de una breve introducción explicando el cómo hemos llegado a vivir en este estado de cosas injusto (sociedad de clases, propiedad privada, capitalismo) donde dominan los intereses de las minorías en el poder por sobre las mayorías,  Malatesta enumera aspectos básicos del programa anarquista:

Nada nuevo podemos decir. La propaganda no es y no puede ser más que la repetición continua, incansable, de aquellos principios que deben servirnos de guía en la conducta que debemos seguir en las varias contingencias de la vida. Repetiremos, pues, con palabras más o menos diferentes, pero con un fondo constante, nuestro viejo programa socialista-anarquista revolucionario:

1º.   Abolición de la propiedad privada de la tierra, de las primeras materias y de los instrumentos de trabajo, a fin de que nadie pueda vivir explotando el trabajo ajeno, y teniendo todos los hombres garantizados los medios de producir y vivir, puedan ser verdaderamente independientes y puedan asociarse a los demás libremente en vista del interés común y conforme a las propias simpatías.

2º.   Abolición del gobierno y de todo poder que haga ley y la imponga a los demás, o sea: abolición de las monarquías, de las repúblicas, de los parlamentarios, de los ejércitos, de las policías, de las magistraturas y de todas las demás instituciones dotadas de medios coercitivos.

3º.   Organización de la vida social mediante la obra de libres asociaciones y federaciones de productores y de consumidores, hechas y modificadas a tenor de la voluntad de los componentes, guiados por la ciencia y la experiencia y libres de toda imposición que no derive de las necesidades naturales, a las cuales, vencido el hombre por el sentimiento de la misma necesidad inevitable, voluntariamente se somete.

4º.   Garantizados los medios de vida, de desarrollo y de bienestar a los niños y a todos los que no estén en estado de proveer a sus necesidades.

5º.   Guerra a las religiones y a todas las mentiras, aunque se oculten bajo el manto de la ciencia. Instrucción científica para todos hasta en su más elevado grado. 

6º.   Guerra al patriotismo. Abolición de las fronteras, fraternización de todos los pueblos.

7º.   Reconstitución de la familia, de modo que resulte de la práctica del amor libre de todo vínculo legal de toda opresión económica o física, de todo prejuicio religioso.

Este es nuestro ideal. 

Hemos expuesto a grandes rasgos cuál es la finalidad que perseguimos, el ideal por el cual luchamos. 

Pero no basta con desear una cosa. Si verdaderamente se quiere obtenerla es necesario emplear los medios adecuados para ello. Estos medios no son arbitrarios: derivan, necesariamente, del fin al que se tiende y de las circunstancias en que se lucha; de modo que si nos engañamos en la elección de los medios no llegaremos a los fines que nos propongamos, sino a otro fin, tal vez muy opuesto, que será consecuencia natural, necesaria, de los medios que hayamos empleado. El que se pone en camino y lo equivoca, no va adonde quiere, sino allí donde conduce el camino que recorrió.

Nuestro ideal no es de aquellos cuyo conseguimiento depende del individuo considerado aisladamente. Se trata de cambiar el modo de vivir en sociedad, de establecer entre las personas relaciones de amor y solidaridad, de conseguir la plenitud del desarrollo material, moral e intelectual, no para un solo individuo, ni para los miembros de una dada clase o partido, sino para todos los seres humanos, y esto no es una cosa que pueda imponerse con la fuerza, sino que debe surgir de la consciencia iluminada de cada uno y actuar mediante el libre consentimiento de todos.

Nuestro primer deber, pues, consiste en persuadir a la gente. Es necesario que nosotros llamemos la atención de las personas sobre los males que sufren y sobre la posibilidad de destruirlos. Es necesario que suscitemos en cada uno la simpatía para con los ajenos males y el vivo deseo del bien de todos. Al que tenga hambre y frío le enseñaremos cómo sería posible y fácil asegurar a todos la satisfacción de las necesidades materiales. Al oprimido y vilipendiado le diremos que se puede vivir feliz en una sociedad de libres y de iguales. Al atormentado por el odio y el rencor le enseñaremos el camino para alcanzar, amando a sus semejantes, la paz y la alegría del corazón. 

Y cuando hayamos conseguido hacer nacer en el ánimo de los hombres el sentimiento de rebelión contra los males injustos e inevitables que se sufren en la sociedad presente, y cuando les hayamos hecho comprender las causas de estos males y que de la voluntad humana depende eliminarlos; cuando hayamos inspirado el deseo vivo, prepotente, de transformar la sociedad en bien de todos, entonces los convencimientos por impulso propio y por impulso de los que les precedieron en la convicción, se unirán y querrán y podrán actuar los comunes ideales.

Sería absurdo y en contradicción con nuestro objetivo querer imponer la libertad, el amor entre las personas y el desarrollo integral de todas las facultades humanas por medio de la fuerza. Es necesario, pues, contar con la libre voluntad de los demás, y lo único que podemos hacer es provocar la formación y la manifestación de dicha voluntad. Pero sería igualmente absurdo y contrario a nuestro objetivo admitir que los que no piensan como nosotros vayan a impedirnos actuar nuestra voluntad, siempre que ésta no lesione su derecho a una libertad igual a la nuestra.

Libertad, por consiguiente, para todos de propagar y experimentar las propias ideas, sin otro límite que el que resulta naturalmente de la igual libertad de todos. Pero a esto se oponen -y se oponen con la fuerza brutal- los que se benefician con los actuales privilegios y dominan y reglamentan la vida social presente. Tienen estos en sus manos todos los medios de producción, y por lo tanto suprimen, no tan solo la posibilidad de experimentar nuevos modos de convivencia social, no tan sólo el derecho de los trabajadores a vivir libremente con el propio trabajo, sino también el mismísimo derecho a la existencia, y obligan al que no es propietario a que se deje explotar y oprimir si no quiere morirse de hambre. Tienen a su disposición la policía, la magistratura y los ejércitos creados expresamente para defender sus privilegios, y persiguen, encarcelan y matan a los que tienen sometidos. 

Dejando a un lado la experiencia histórica (la que demuestra que jamás una clase privilegiada se ha despojado, en todo o en parte, de sus privilegios, que jamás un gobierno ha abandonado el poder sin que la fuerza le haya obligado a ello) bastan los hechos contemporáneos para convencer a cualquiera de que la burguesía y los gobiernos emplean la fuerza material para defenderse, no ya contra la expropiación total, sino contra las más pequeñas pretensiones populares, y que están siempre dispuestos a las más atroces persecuciones y a las matanzas más sangrientas.

Al pueblo que quiere emanciparse no le queda otro recurso que oponer la fuerza a la fuerza.

De cuanto hemos dicho resulta que debemos trabajar para despertar en los oprimidos el deseo de una radical transformación social y persuadirlos de que uniéndose tendrán la fuerza para vencer; debemos propagar nuestro ideal y preparar las fuerzas morales y materiales necesarias para poder vencer a las fuerzas enemigas y para organizar la nueva sociedad. Y cuando tengamos la fuerza suficiente debemos, aprovechando las circunstancias favorables que se producen  o creándolas nosotros mismos, hacer la revolución social, derribando con la fuerza el gobierno, expropiando con la fuerza a los propietarios, y poniendo en común los medios de vida y de producción, e impidiendo al propio tiempo que vengan nuevos gobiernos a imponernos su voluntad y a dificultar la reorganización social hecho directamente por los interesados.

Todo esto, empero, es menos simple de lo que a primera vista podría parecer. Tenemos que habérnoslas con hombres de la actual sociedad, hombres que están en condiciones morales y materiales pésimas, y nos engañaríamos si pensáramos que basta la propaganda para elevarles a aquel grado de desarrollo intelectual y moral que es necesario para la actuación de nuestros ideales. Entre el hombre y el ambiente social hay una acción recíproca. Los hombres hacen la sociedad tal como ésta es, y la sociedad hace los hombres tal como éstos son, y de esto resulta una especie de círculo vicioso: para transformar la sociedad es necesario transformar los hombres y para transformar los hombres es necesario transformar la sociedad. La miseria embrutece al hombre, y para destruir la miseria es necesario que los hombres tengan consciencia y voluntad.

La esclavitud educa a los hombres para esclavos, y para libertarse de la esclavitud se necesitan hombres que aspiren a ser libres. La ignorancia deja a los hombres sin el conocimiento de las causas de sus males y sin que sepan cómo remediarlos, y para destruir la ignorancia es necesario que los hombres tengan tiempo y modo de instruirse. El gobierno acostumbra a la gente a sufrir la ley y a creer que la ley es necesaria a la sociedad, y para abolir el gobierno es necesario que los hombres se persuadan de su inutilidad y de su nocividad.

¿Cómo salir de este círculo vicioso?


El progreso debe marchar contemporáneamente, paralelamente en los individuos y en el ambiente. Debemos aprovechar todos los medios, todas las posibilidades, todas las ocasiones que nos deja el ambiente actual, para obrar sobre los hombres y desarrollar su conciencia y sus deseos; debemos utilizar todos los progresos realizados en la conciencia de los hombres para introducirles a reclamar e imponer aquellas mayores transformaciones sociales que son posibles y que mejor pueden abrir paso a progresos ulteriores.

Debemos procurar que el pueblo, en su totalidad o en sus varias fracciones, pretenda, imponga, actúe por sí mismo todas las mejoras, todas las libertades que desea, tan pronto como las desee y tenga fuerza para imponerlas, y propagando siempre entero nuestro programa y luchando siempre en pro de su actuación integral, debemos empujar al pueblo a que pretenda e imponga cada vez mayores cosas, hasta que llegue a su emancipación completa.

La opresión que más directamente pesa sobre los trabajadores y que es causa principal de todas las sujeciones morales y materiales a que están sometidos los trabajadores, es la opresión económica, es decir, la explotación que los patronos y los comerciantes ejercen sobre los obreros gracias al acaparamiento de todos los grandes medios de producción y de cambio.

Para suprimir radicalmente y sin peligro de retorno esta opresión, es necesario que todo el pueblo esté convencido del derecho que tiene al uso de los medios de producción, y que actúe este derecho suyo primordial expropiando a los detentadores del suelo y de todas las riquezas sociales poniendo éstas y aquél a disposición de todos. ¿Pero se puede ahora mismo efectuar esta expropiación? ¿Se puede hoy pasar directamente, sin grandes intermediarios, del infierno en que se encuentra el proletariado al paraíso de la propiedad común? La prueba de que el pueblo no es aún capaz de expropiar a los propietarios es que no les expropia. ¿Qué debe hacerse mientras no llega el día de la expropiación? Nuestro deber está en preparar el pueblo moral y materialmente para esta necesaria expropiación e intentarla y reintentarla cada vez que una sacudida revolucionaria nos dé ocasión, hasta el triunfo definitivo. ¿Pero cómo prepararemos al pueblo? ¿Cómo preparar las condiciones que hacen sea posible, no sólo el hecho material de la expropiación, sino la utilización, a beneficio de todos, de la riqueza común?

Hemos dicho anteriormente que la sola propaganda, hablada o escrita, es impotente para conquistar a nuestras ideas toda la gran masa popular. Precisa, pues, una educación práctica que sea tan pronto causa como efecto de una gradual transformación del ambiente. Precisa que a medida que se desarrollen en los trabajadores el sentido de rebelión contra los injustos e inútiles sufrimientos de que son víctimas y el deseo de mejorar sus condiciones, luchen, unidos y solidarios, para conseguir lo que desean. Y nosotros, como anarquistas y como trabajadores, debemos impulsarles y estimularles a la lucha y luchar con ellos.

¿Pero son posibles en un régimen capitalista estos mejoramientos? ¿Son útiles, desde el punto de vista de la futura emancipación integral de los trabajadores? Sean los que sean los resultados prácticos de la lucha para las mejoras inmediatas, su utilidad principal está en la misma lucha. Con esta lucha los obreros aprenden a ocuparse de sus intereses de clase, aprenden que el patrono tiene intereses opuestos a los suyos y que no pueden mejorar de condición y aún emanciparse sino uniéndose y haciéndose más fuertes que los patronos. Si consiguen obtener lo que desean, estarán mejor, ganarán más, trabajarán menos, dispondrán de más tiempo para reflexionar sobre las cosas que les interesan y sentirán en seguida mayores deseos y mayores necesidades. Si no consiguen lo que desean, se verán llevados a estudiar las causas del fracaso y a reconocer la necesidad de una mayor unión de una energía mayor, y comprenderán al fin que para vencer con seguridad y definitivamente es necesario destruir el capitalismo. La causa de la revolución, la causa de la elevación moral del trabajador y de su emancipación, saldrá ganando del hecho que los trabajadores se unan y luchan por sus intereses.

¿Pero es posible, preguntarnos otra vez, que los trabajadores logren, dentro del actual estado de cosas, mejorar realmente sus condiciones? Esto depende del concurso de una infinidad de circunstancias. A pesar de lo que sostienen algunos, no existe una ley natural (ley de los salarios) que determine la parte que corresponde al trabajador sobre el producto de su trabajo; o, si se quiere formular una ley, no puede ser más que ésta: el salario no puede descender normalmente por debajo de aquel tanto que es necesario a la vida, ni puede normalmente subir tanto que no deje ningún beneficio al patrono. Claro es que en el primer caso los obreros morirían o no percibirían ya salario, en el segundo caso los patronos cesarían de hacer trabajar y por tanto no pagarían más salarios. Pero entre estos dos extremos imposibles hay una infinidad de grados, que van desde las condiciones casi animalescas de gran parte de los trabajadores agrícolas hasta aquellas casi decentes de los obreros de los oficios buenos en las grandes ciudades.

El salario, la duración de la jornada de trabajo y las demás condiciones de trabajo son el resultado de la lucha entre patronos y obreros. Aquéllos procuran dar a éstos lo menos posible y hacerles trabajar hasta extenuarles, y éstos procuran, o deberían procurar, trabajar lo menos posible y ganar lo más que puedan. Allí donde los trabajadores se contentan de cualquier modo y aún descontentos no saben oponer una válida resistencia a los patronos, prontamente quedan reducidos a unas condiciones de vida animalescas; en cambio, allí donde tienen un concepto algún tanto elevado del modo cómo deberían vivir los seres humanos y saben unirse y mediante la huelga y la amenaza latente o explícita de rebelión imponen respeto a los patronos, éstos les tratan de modo relativamente soportable. De modo que puede decirse que el salario, dentro ciertos límites, es lo que el obrero (no como individuo, se entiende, sino como clase) pretende.

Luchando, resistiendo contra los patronos, pueden, pues, los obreros impedir, hasta cierto punto, que sus condiciones empeoren y aún obtener mejoras reales. La historia del movimiento obrero ha demostrado ya esta verdad. Empero, es necesario no exagerar el alcance de esta lucha combatida entre obreros y patronos sobre el terreno exclusivamente económico. Los patronos pueden ceder, y a menudo ceden, ante las exigencias obreras enérgicamente formuladas, mientras no se trate de pretensiones demasiado grandes; pero tan pronto como los obreros comiencen (y es urgente que comiencen) a pretender un tratamiento que absorba el beneficio del patrono, haciendo así una expropiación indirecta, podemos estar seguros de que los patronos llamarán al gobierno en su auxilio y procurará obligar por medio de la violencia a los obreros a permanecer en sus posiciones de esclavos asalariados.

Y aún antes, mucho antes de que los obreros puedan pretender recibir en compensación de su trabajo el equivalente de todo lo que han producido, la lucha económica se vuelve impotente para continuar produciendo el mejoramiento de las condiciones de los trabajadores.

Los obreros lo producen todo y sin ellos no se puede vivir; parece, pues, que negándose a trabajar han de poder imponer lo que quieran. Pero la unión de todos los trabajadores, aún de un solo oficio, es difícil de obtener, y a la unión de los operarios se opone la unión de los patronos. Los obreros viven al día y si no trabajan pronto se mueren de hambre, mientras que los patronos disponen, mediante el dinero, de todos los productos ya acumulados, y por lo tanto pueden esperar muy tranquilamente que el hambre reduzca a discreción a sus asalariados. El invento o la introducción de nuevas máquinas vuelve inútil la obra de gran número de obreros y aumenta el ejército de los sin-trabajo que el hambre obliga a venderse a cualquiera condición. La inmigración aporta en seguida, en aquellos países donde los trabajadores viven algo mejor, una oleada de trabajadores famélicos que, queriendo o no, ofrecen a los patronos modo de rebajar los salarios. Y todos estos hechos, derivados necesariamente el sistema capitalista, consiguieran contrabalancear el progreso de la conciencia y de la solidaridad obrera: a menudo caminan más rápidamente que este progreso y lo detienen y lo destruyen. Pronto se presenta, pues para los obreros que intentan emanciparse, o simplemente mejorar de condición, la necesidad de defenderse contra el gobierno, la necesidad de atacar al gobierno que legitimando el derecho de propiedad y sosteniéndolo con la fuerza brutal, constituye una barrera al progreso, barrera que debe derribarse con la fuerza de no querer permanecer indefinidamente en el estado actual o peor.

De la lucha económica hay que pasar a la lucha política, es decir, a la lucha contra el gobierno; y en lugar de oponer a los millones de los capitalistas los escasos céntimos ahorrados con privaciones mil por los obreros, se hace preciso oponer a los fusiles y a los cañones que defienden la propiedad aquellos mejores medios que el pueblo encuentre para vencer la fuerza con la fuerza. Por la lucha política entendemos la lucha contra el gobierno. Gobierno es el conjunto de aquellos individuos que detentan el poder de hacer la ley e imponerla a los gobernados, o sea, al público.  Consecuencia del espíritu de dominio y de la violencia con los cuales algunos hombres se han impuesto a los demás, el gobierno es, al propio tiempo, creador y criatura del privilegio y su defensor natural.

Equivocadamente se dice que el gobierno desempeña hoy la función de defensor del capitalismo, pero que abolido el capitalismo el gobierno se trocaría en representante y gerente de los intereses generales. Ante todo el capitalismo no podrá destruirse sino cuando los trabajadores, una vez arrojado el gobierno, tomen posesión de la riqueza social y organicen la producción y el consumo en interés de todos, por sí mismos, sin esperar la obra de un gobierno, el cual, aunque quisiera, no sería capaz de hacerlo. Pero hay más: si el capitalismo quedara destruido y se dejara subsistir un gobierno, éste, mediante la concesión de toda clase de privilegios, lo crearía nuevamente, puesto que, no pudiendo contentar a todo el mundo, tendría necesidad de una clase de las protecciones legales y materiales que del gobierno recibe.

Por consiguiente, no se puede abolir el privilegio y establecer sólida y definitivamente la libertad y la igualdad social, sino aboliendo el gobierno, no éste o aquél gobierno, sino la misma institución del gobierno.

Pero en este como en todos los hechos de interés general y en éste más que en cualquier otro, se necesita el consentimiento de la generalidad, y por esto debemos esforzarnos en persuadir a la gente de que el gobierno es inútil y dañoso y que se puede vivir mejor sin gobierno.

Pero como ya dijimos, la propaganda por sí sola es impotente para convencer a todos, y si nosotros quisiéramos limitarnos a predicar contra el gobierno esperando pasivamente el día en que el público esté convencido de la posibilidad y utilidad de abolir por completo toda clase de gobierno, este día no vendrá nunca.

Predicando constantemente contra toda especie de gobierno y siempre reclamando la libertad integral, debemos apoyar todas las luchas por las libertades parciales, convencidos de que en la lucha se aprende a luchar y de que comenzando a catar la libertad se acaba queriéndola toda. Nosotros debemos estar siempre con el pueblo, y cuando no consigamos hacerle pretender mucho, procurar que por lo menos pretenda algo, y debemos esforzarnos para que aprenda, poco o mucho, lo que quiera, a conquistarlo por sí mismo y a que odie y desprecie al que está en el gobierno o quiera ser gobierno.

Puesto que el gobierno tiene hoy poder para reglamentar, mediante las leyes, la vida social y ampliar o restringir la libertad de los ciudadanos, debemos, no pudiendo arrancarle aún este poder, obligarle a que haga de él un uso lo menos dañino posible. Pero esto debemos hacerlo estando siempre fuera y contra el gobierno, haciendo presión sobre él mediante la agitación de la calle, amenazando tomarnos por las malas lo que pretendamos. Jamás debemos aceptar una función legislativa cualquiera, sea general o local, porque de hacer lo contrario disminuiríamos la eficacia de nuestra acción y traicionaríamos el porvenir de nuestra causa.

La lucha con el gobierno se resuelve, en último análisis, en lucha física, material.

El gobierno hace la ley. Este debe, pues, tener una fuerza material (ejército y policía) para imponer la ley, porque de otro modo no obedecería sino el que quisiera y la ley no sería ya ley, sino una simple proposición que cada individuo sería libre de aceptar o de rechazar. Y los gobiernos tienen esta fuerza y se sirven de ella para poder con leyes fortificar su dominio y defender los intereses de las clases privilegiadas, oprimiendo y explotando a los trabajadores.

El límite a la opresión gubernamental está en la fuerza que el pueblo se muestre capaz de oponerle. Puede haber conflicto abierto o latente, pero el conflicto siempre existe, porque el gobierno no se detiene ante el descontento y la resistencia, sino cuando siente el peligro de la insurrección. Cuando el pueblo se somete dócilmente a la ley o la protesta es débil y platónica, el gobierno hace lo que tiene por conveniente sin preocuparse de las necesidades populares; cuando la protesta se hace vida, insistente y amenazadora, el gobierno, según sea más o menos clarividente, cede o recurre a la opresión. Pero siempre se llega a la insurrección, porque si el gobierno no cede el pueblo acaba por rebelarse, y, si cede, el pueblo adquiere confianza en sí mismo y pide cada vez más, hasta que la incompatibilidad entre la libertad y la autoridad se hace evidente y estalla el conflicto violento.

Es necesario, por lo tanto, prepararse moral y materialmente para que cuando estalle la lucha violenta la victoria quede de parte del pueblo.

La insurrección victoriosa es el hecho más eficaz para la emancipación popular, puesto que el pueblo, sacudido ya el yugo, queda libre de darse a sí mismo aquellas instituciones que cree mejores, y el tiempo que media entre la ley, siempre en retardo, o el grado de civilización a que llegó la masa de la población, se cruza de un salto. La insurrección determina la revolución, es decir, la actuación rápida de las fuerzas latentes acumuladas durante la precedente evolución.

Todo estriba en lo que el pueblo sea capaz de querer. En las pasadas insurrecciones el pueblo, inconsciente de las verdaderas razones de sus males, quiso siempre muy poco y muy poco consiguió. ¿Qué es lo que querrá en la próxima insurrección? Esto depende en parte de nuestra propaganda y de la energía que sepamos desarrollar. Debemos impulsar al pueblo a que expropie a los propietarios y que ponga en común la riqueza, a que organice la vida social por sí mismo, mediante asociaciones libremente constituidas, sin esperar órdenes de nadie y negándose a nombrar a reconocer un gobierno cualquiera, o un cuerpo cualquiera que pretenda el derecho de hacer la ley e imponer su voluntad a los demás.

Y si la masa del pueblo no responde a nuestro llamamiento, deberemos -en nombre del derecho que tenemos a ser libres aunque los demás quieran continuar siendo esclavos, y por la eficacia del ejemplo- actuar cuanto podamos nuestras ideas, no reconociendo el nuevo gobierno, manteniendo viva la resistencia, y hacer de modo que los municipios que las hayan acogido simpáticamente rechacen toda injerencia gubernamental y se obstinen a vivir como les plazca.

Y deberemos, sobre todo, oponernos por todos los medios a la reconstitución de la policía y del ejército y aprovechar la ocasión propicia para llevar los trabajadores a la huelga general con todas aquellas mayores pretensiones que hayamos podido inculcarle.

Y suceda lo que suceda, continuar luchando, sin interrupción, contra los propietarios y contra el gobierno, teniendo siempre por mira la emancipación completa, económica, política y moral de toda la humanidad.

Queremos, por lo tanto, abolir radicalmente el dominio y la explotación del hombre por el hombre, queremos que los hombres, hermanados por una solidaridad consciente y querida, cooperen todos voluntariamente en el bienestar de todos; queremos que la sociedad se constituya con el fin de suministrar a todos los seres humanos los medios de alcanzar el máximo bienestar posible, el máximo posible desarrollo moral y material; queremos para todos pan, libertad, amor y ciencia.

Y para conseguir este fin supremo creemos necesario que los medios de producción estén a disposición de todos, y que ningún hombre, o grupo de hombres, pueda obligar a los demás a someterse a su voluntad, ni ejercer su influencia de otro modo que con la fuerza de la razón y del ejemplo. Por consiguiente: expropiación de los detentadores del suelo y del capital a beneficio de todos y abolición del gobierno. E interinamente esto no se haga, propaganda del ideal; organización de las fuerzas populares; lucha continua, pacífica o violenta, según las circunstancias, contra el gobierno y contra los propietarios, a fin de conquistar toda la libertad y todo el bienestar que se pueda.

La sociedad actual está dividida en propietarios y proletarios. Puede cambiar aboliendo la condición de proletario y haciendo que todos sean copropietarios, o puede cambiar conservando esta distinción fundamental, pero asegurando a los proletarios un mejor tratamiento. En el primer caso, los hombres serían libres, socialmente iguales, y organizarían la vida social conforme a los deseos de cada uno, y todas las potencialidades de la naturaleza humana podrían desarrollarse con la exuberante variedad. En el segundo, caso, los proletarios, bestias útiles y bien cebadas, se adaptarían a la posición de esclavos contentos de tener buenos amos. 

Libertad o esclavitud, ANARQUÍA o estado servil. 

Estas dos posibles soluciones dan lugar a dos tendencias divergentes, que están representadas, en sus manifestaciones más consecuentes, la una, por los anarquistas; la otra, por los llamados socialistas reformistas. Con esta diferencia: que mientras los anarquistas saben y dicen lo que quieren, es decir, la destrucción del Estado y la organización libre de la sociedad sobre la base de la igualdad económica, los reformistas, al contrario, se hallan en contradicción consigo mismos, porque ese llaman socialistas y, en cambio, su acción tiende a sistematizar y perpetuar, humanizándolo, el sistema capitalista, y, por consiguiente, niegan el socialismo, que significa, sobre todo, abolición de la división de los hombres en proletarios y propietarios.

Deber de los anarquistas -y de buena gana diremos deber de todos los verdaderos socialistas- es oponerse a esta tendencia hacia el estado servil, hacia un estado de esclavitud atenuada que castraría la Humanidad de sus mejores dotes, que privaría a la civilización progresiva de sus flores más bellas, tendencia que sirve para mantener entre tanto el estado de miseria y de degradación en que se encuentran las masas, persuadiéndolas de que tengan paciencia y esperen en la provincia del Estado y en la bondad e inteligencia de los patrones.

Todas las llamadas legislaciones sociales, todas las medidas estatales, decretadas y propuestas para “proteger” el trabajo y asegurar a los trabajadores en mínimo de bienestar y de seguridad, así como todos los medios empleados por los capitalistas inteligentes para atar el proletariado a la fábrica mediante premios, pensiones y otros beneficios, cuando no son una mentira y una trampa, son un paso hacia este estado servil, que amenaza la emancipación de los trabajadores y el progreso de la humanidad.

Salario mínimo establecido por la ley, limitación legal de la jornada de trabajo, arbitraje obligatorio, contrato colectivo de trabajo con valor jurídico, personalidad jurídica de los sindicatos obreros, medidas higiénicas en las fábricas y preseritas por el Gobierno, seguros estatales para las enfermedades, falta de trabajo, accidentes del trabajo, pensiones de la vejez, coparticipación en los beneficios, etc., etc., son medidas todas contundentes a que los proletarios continúen siendo proletarios, y los propietarios, propietarios; medidas todas que dan al trabajador (cuando se lo dan) un poco más de bienestar y de seguridad, pero que le privan de aquella poca libertad que tienen y tienden a perpetuar la división de los hombres en amos y siervos.

Bueno es, ciertamente, en espera de la revolución -y hasta sirve para despertarla más fácilmente-, que los trabajadores procuren ganar más jornal y trabajar menos horas y en mejores condiciones; bueno es que los desocupados no se mueran de hambre, que los enfermos y los viejos no queden abandonados. Pero todo esto los trabajadores pueden y deben obtenerlo por sí mismos, con la lucha directa contra los patrones, mediante su organización, con la acción individual y colectiva, desarrollando en cada individuo el sentimiento de dignidad personal y la conciencia de sus derechos.

Los “dones” del Estado, los “dones” de los patronos son frutos envenenados que en sí mismos llevan la semilla de la esclavitud. Es necesario rechazarlos.


Errico Malatesta



(Texto resumido por N&A de la Traducción: José Prat. Editorial Libertad, Santiago. Digitalización: KCL)


viernes, 28 de febrero de 2014

Los anarquistas y los movimientos obreros - Errico Malatesta

El texto a continuación, fue elaborado a partir de diversos artículos de Errico Malatesta publicados en la prensa anarquista a principios de siglo pasado, y corresponde a un fragmento del capítulo IV del libro Malatesta, pensamiento y acción revolucionarios, trabajo a cargo del compilador Vernon Richards. Para más información, referencias y citas pueden consultar el libro haciendo clic aquí   
 
Hoy la fuerza más grande de transformación social es el movimiento obrero (movimiento sindical), y de su dirección depende, en gran parte, el curso que tomarán los acontecimientos y la meta a que llegará la próxima revolución. Por medio de las organizaciones, fundadas para la defensa de sus intereses, los trabajadores adquieren la conciencia de la opresión en que se encuentran y del antagonismo que los divide de sus patrones, comienzan a aspirar a una vida superior, se habitúan a la lucha colectiva y a la solidaridad y pueden llegar a conquistar aquellos mejoramientos que son compatibles con la persistencia del régimen capitalista y estatal. Después, cuando el conflicto se vuelve incurable, ocurre la revolución, o si no la reacción. 

Los anarquistas deben reconocer la utilidad y la importancia del movimiento sindical, deben favorecer su desarrollo y hacer de él una de las palancas de su acción, realizando todo lo posible para que ese movimiento, en cooperación con las otras fuerzas progresistas existentes, desemboque en una revolución social que lleve a la supresión de las clases, a la libertad total, a la igualdad, a la paz y a la solidaridad entre todos los seres humanos. Pero sería una grande y letal ilusión creer, como hacen muchos, que el movimiento obrero puede y debe por sí mismo, como consecuencia de su naturaleza misma, llevar a una revolución de esta clase. Al contrario, todos los movimientos fundados en los intereses materiales e inmediatos –y no se puede fundar sobre otras bases un vasto movimiento obrero–, si falta el fermento, el impulso, el trabajo concertado de los hombres de ideas, que combaten y se sacrifican en vistas de un porvenir ideal, tienden fatalmente a adaptarse a las circunstancias, fomentan el espíritu de conservación y el temor a los cambios en aquellos que logran obtener condiciones mejores, y terminan a menudo creando nuevas clases privilegiadas y sirviendo para sostener y consolidar el sistema que se desearía abatir.

De aquí la necesidad urgente de que existan organizaciones estrictamente anarquistas que tanto dentro como fuera de los sindicatos luchen para la realización integral del anarquismo y traten de esterilizar todos los gérmenes de degeneración y de reacción. Pero es evidente que para conseguir sus fines las organizaciones anarquistas deben hallarse, en su constitución y funcionamiento, en armonía con los principios del anarquismo, es decir, no deben estar contaminadas de ninguna manera por el espíritu autoritario, tienen que saber conciliar la libre acción de los individuos con la necesidad y el placer de la cooperación, servir para desarrollar la conciencia y la capacidad organizativa de sus miembros y constituir un medio educativo para el ambiente en que éstos actúan y una preparación moral y material para el porvenir que deseamos.

Misión de los anarquistas es la de trabajar y reforzar las conciencias revolucionarias entre los organizados y permanecer en los sindicatos siempre como anarquistas.

Es cierto que en muchos casos los sindicatos, por exigencias inmediatas, están obligados a transacciones y compromisos. Yo no los critico por eso, pero es justamente por tal razón que debo reconocer en los sindicatos una esencia reformista. Los sindicatos cumplen una tarea de hermandad entre las masas proletarias y eliminan los conflictos que, en caso contrario, podrían producirse entre unos trabajadores y otros.  Mientras los sindicatos deben librar la lucha por la conquista de los beneficios inmediatos, y por lo demás es justo y humano que los trabajadores exijan mejoras, los revolucionarios sobrepasan también esto. Ellos luchan por la revolución expropiadora del capital y por el abatimiento del Estado, de todo Estado, como quiera que se llame.

Puesto que la esclavitud económica es fruto de la servidumbre política, para eliminar a una hay que abatir a la otra, aunque Marx decía lo contrario. ¿Por qué el campesino lleva trigo al patrón? Porque está el gendarme que lo obliga a ello. Por lo tanto, el sindicalismo no puede ser un fin en sí mismo, puesto que la lucha debe también librarse en el terreno político para extinguir al Estado.

Los anarquistas no quieren dominar la Unión Sindical Italiana; no lo querrían ni siquiera en el caso de que todos los obreros adheridos a ella fueran anarquistas, ni se proponen asumir la responsabilidad de las negociaciones. Nosotros, que no queremos el poder, deseamos sólo las conciencias; son los que desean dominar los que prefieren tener ovejas para guiarlas mejor.

Preferimos obreros inteligentes, aunque fueran adversarios nuestros, más que anarquistas que sólo lo sean por seguirnos como un rebaño. Queremos la libertad para todos; queremos que la revolución la haga la masa para la masa. El hombre que piensa con su propio cerebro es preferible al que aprueba ciegamente todo. Por esto, como anarquistas, estamos en favor de la Unión Sindical Italiana, porque ésta desarrolla las conciencias de la masa. Vale más un error cometido con conciencia, creyendo hacer el bien, que una cosa buena hecha servilmente.

Justamente porque estoy convencido de que los sindicatos pueden y deben ejercer una función utilísima, y quizá necesaria, en el tránsito de la sociedad actual a la sociedad igualitaria, querría que se los juzgara en su justo valor y que se tuviese siempre presente su natural tendencia a transformarse en corporaciones cerradas que únicamente se proponen propugnar los intereses egoístas de la categoría, o, peor aún, sólo de los agremiados; así podremos combatir mejor tal tendencia e impedir que los sindicatos se transformen en órganos conservadores. Justamente porque reconozco la grandísima utilidad que pueden tener las cooperativas en lo que respecta a acostumbrar a los operarios a la gestión de sus asuntos y de su trabajo y a funcionar, al comienzo de la revolución, como órganos ya prontos para la organización de la distribución de los productos y servir como centros de atracción en torno de los cuales podrá reunirse la masa de la población, también combato el espíritu mercantilista que tiende naturalmente a desarrollarse en ellas y querría que estuvieran abiertas a todos, que no otorgasen ningún privilegio a sus socios y, sobre todo, que no se transformasen, como sucede con frecuencia, en verdaderas sociedades anónimas capitalistas que emplean y explotan a asalariados y especulan con las necesidades del público.

A mi parecer, las cooperativas y los sindicatos tal como existen en el régimen capitalista no llevan naturalmente, por su fuerza intrínseca, a la emancipación humana –y éste es el punto en discusión–, sino que pueden producir el mal o el bien, ser órganos, hoy, de conservación o de transformación social, servir mañana a la reacción o a la revolución, según que se limiten a su función propia de defensores de los intereses inmediatos de los socios o estén animados y trabajados por el espíritu anarquista, que les hace olvidar los intereses en beneficio de los ideales. Y por espíritu anarquista entiendo ese sentimiento ampliamente humano que aspira al bien de todos, a la libertad y a la justicia para todos, a la solidaridad y al amor entre todos, y que no es dote exclusiva de los anarquistas propiamente dichos, sino que anima a todos los hombres de buen corazón y de inteligencia abierta...

El movimiento obrero, pese a todos sus méritos y potencialidades, no puede ser por sí mismo un movimiento revolucionario, en el sentido de negación de las bases jurídicas y morales de la sociedad actual. Puede, como toda nueva organización puede, en el espíritu de los iniciadores y en la letra de los estatutos, tener las más elevadas aspiraciones y los más radicales propósitos, pero si quiere ejercer la función propia del sindicato obrero, es decir, la defensa inmediata de los intereses de sus miembros, debe reconocer de hecho a las instituciones que ha negado en teoría, adaptarse a las circunstancias y tratar de obtener cada vez lo más posible, negociando y transigiendo con los patrones y el gobierno.

En una palabra, el sindicato obrero es, por su naturaleza misma, reformista y no revolucionario. El revolucionarismo debe introducirse, desarrollarse en él por obra constante de los revolucionarios que actúan fuera y dentro de su seno, pero no puede ser la manifestación natural y normal de su función. Al contrario, los intereses reales e inmediatos de los obreros asociados, que el sindicato tiene la misión de defender, están con mucha frecuencia en pugna con las aspiraciones ideales y futurísticas; y el sindicato sólo puede hacer obra revolucionaria si está penetrado por el espíritu de sacrificio y en la proporción en que el ideal se ponga por encima del interés, es decir, sólo y en la medida en que cese de ser un sindicato económico y se transforme en un grupo político e idealista, cosa que no es posible en las grandes organizaciones que para actuar necesitan del consentimiento de la masa siempre más o menos egoísta, temerosa y retrógrada. Y no es esto lo peor. La sociedad capitalista está constituida de tal manera que, hablando en general, los intereses de cada clase, de cada grupo, de cada individuo son antagónicos con los de todas las demás clases, los demás grupos y todos los otros individuos. Y en la práctica de la vida se verifican los más extraños entrelazamientos de armonías y de intereses entre clases y entre individuos que desde el punto de vista de la justicia social deberían ser siempre amigos o siempre enemigos. Y ocurre con frecuencia que, pese a la proclamada solidaridad proletaria, los intereses de un grupo de obreros se oponen a los de los demás y armonizan con los de un grupo de patrones; como ocurre también que, pese a la deseada hermandad internacional, los intereses reales de los operarios de un determinado país los vinculan con los capitalistas locales y los ponen en lucha contra los trabajadores extranjeros: sirvan de ejemplo las actitudes de las diversas organizaciones obreras frente a la cuestión de las tarifas aduaneras, y la parte voluntaria que las masas obreras toman en las guerras entre los Estados capitalistas.

No me extenderé citando muchos ejemplos de contrastes de intereses entre las diversas categorías de productores y de consumidores… el antagonismo entre ocupados y desocupados, entre hombres y mujeres, entre operarios nativos y operarios venidos del exterior, entre los trabajadores que usufructúan de un servicio público y los que trabajan en esos servicios, entre los que saben un oficio y los que desean aprenderlo, etcétera, etcétera.


Recordaré más especialmente el interés que tienen los obreros de la industria de lujo en la prosperidad de las clases ricas, y el de múltiples grupos de trabajadores de las diferentes localidades en que el “comercio” vaya bien, aunque a expensas de otras localidades y con daño de la producción útil para la masa. Y ¿qué decir de quienes trabajan en cosas dañinas para la sociedad y para los individuos, cuando no tienen otro modo de ganarse la vida? Id nomás, en tiempo ordinario, cuando no hay fe en una inminente revolución, id a persuadir a los trabajadores de los arsenales amenazados por la falta de trabajo a decirles que no pidan al gobierno la construcción de un nuevo acorazado. Y resolved, si podéis, con medios sindicales y haciendo justicia a todos, el conflicto entre los estibadores que no tienen otra manera de asegurarse la vida sino monopolizando el trabajo en ventaja, de aquellos que ya ejercen el oficio desde hace tiempo, y los recién llegados, los temporarios, que exigen su derecho al trabajo y a la vida. Todo esto y tantas otras cosas que se podrían decir muestran que el movimiento obrero por sí mismo, sin el fermento del idealismo revolucionario contrastante con los intereses presentes e inmediatos de los obreros, sin el impulso y la crítica de los revolucionarios, lejos de llevar a la transformación de la sociedad en beneficio de todos, tiende a fomentar los egoísmos de grupo y a crear una clase de obreros privilegiada superpuesta a la gran masa de los desheredados.
 
Y esto explica el hecho general de que en todos los países las organizaciones obreras, a medida que crecieron y se robustecieron, se volvieron conservadoras y reaccionarias, y que los que consagraron sus esfuerzos al movimiento obrero con intenciones honestas y teniendo en vista una sociedad de bienestar y de justicia para todos, están condenados a un trabajo de Sísifo y deben recomenzar periódicamente desde el principio.

Esto puede no ocurrir si hay espíritu de rebelión en la masa y una luz ideal ilumina y eleva a los obreros mejor dotados y más favorecidos por las circunstancias, que estarían en condiciones de constituir la nueva clase privilegiada. Pero es indudable que si se permanece en el terreno de la defensa de los intereses inmediatos, que es el terreno propio de los sindicatos, puesto que los intereses no son armónicos ni pueden armonizarse dentro del régimen capitalista, la lucha entre los trabajadores es un hecho natural y puede incluso, en ciertas circunstancias y entre ciertos grupos, volverse más encarnizada que entre los trabajadores y los explotadores.


Para convencerse de ello basta observar lo que son las mayores organizaciones obreras en los países en que existe mucha organización y poca propaganda o tradición revolucionaria.


Veamos la Federación del Trabajo de los Estados Unidos de Norteamérica. Ésta no realiza la lucha contra los patrones sino en el sentido en que luchan dos comerciantes que discuten las condiciones de un contrato. La verdadera lucha la hace contra los recién venidos, forasteros o nativos, que querrían ser admitidos para poder trabajar en una industria cualquiera, contra los rompehuelgas forzados que no pueden obtener trabajo en las fábricas que reconocen a la organización, porque los dirigentes sindicales se oponen, y entonces se ven obligados a ofrecerse en los open shops, es decir, a aquellos patrones que, rebelándose contra las imposiciones de la organización obrera, admiten como trabajadores a gente no afi liada y se aprovechan de esa circunstancia para explotarlos en forma más inhumana que a los demás. Esos sindicatos norteamericanos, cuando alcanzaron el número de socios que consideran suficiente para poder tratar de igual a igual con los patrones, buscan en seguida impedir la inscripción de nuevos socios mediante tasas prohibitivas de ingresos o cierran directamente los registros y no admiten nuevas solicitudes. Delimitan rigurosamente el oficio, o la parte del oficio que corresponde a cada sindicato y prohíben que uno invada en lo más mínimo el campo del “trabajo de los otros”.


Los obreros calificados desdeñan a los manuales; los blancos desprecian y oprimen a los negros; los “verdaderos norteamericanos” consideran inferiores a los chinos o a los italianos, etcétera. Si ocurriese una revolución en los Estados Unidos, los sindicatos fuertes y ricos se pondrían por cierto contra el movimiento, porque temerían por sus fondos y por la posición privilegiada que se han asegurado. Y así ocurriría quizás en Inglaterra y en otros lugares. Esto no es sindicalismo, lo sé muy bien; y los sindicalistas combaten continuamente contra esta tendencia de los sindicatos a transformarse en instrumentos de bajos egoísmos, y hacen con ello un trabajo utilísimo. Pero la tendencia existe y no se la puede corregir si no se excede la órbita de los métodos sindicalistas.
 
Los sindicalistas serán muy valiosos en el período revolucionario, pero con la condición de ser… lo menos sindicalistas posibles. No es cierto lo que pretenden los sindicalistas, cuando afirman que la organización obrera de hoy servirá para la sociedad futura y facilitará el tránsito del régimen burgués al régimen igualitario. Ésta es una idea que gozaba de favor entre los miembros de la Primera Internacional; y si mal no recuerdo, en los escritos de Bakunin se dice que la nueva sociedad se realizaría mediante el ingreso de todos los trabajadores en las Secciones de la Internacional. Pero a mí esto me parece erróneo. Los cuadros de las organizaciones obreras existentes corresponden a las condiciones actuales de la vida económica tal como resultó de la evolución histórica y de la imposición del capitalismo. 

Y la nueva sociedad no puede realizarse sino rompiendo aquellos cuadros y creando organismos nuevos correspondientes a las nuevas condiciones y a los nuevos fines sociales. Los obreros están hoy agrupados según los oficios que ejercen, las industrias en las que trabajan, según los patrones contra los que deben luchar o las firmas comerciales a las que están vinculados. ¿De qué servirían estos agrupamientos, cuando una vez suprimidos los patrones y trastornadas las relaciones comerciales deban desaparecer buena parte de los oficios y de las industrias actuales, algunos definitivamente porque son inútiles y dañinos, y otros en forma temporaria porque serán útiles en el porvenir, pero no tendrán razón de ser ni posibilidad de vida en el período tormentoso de la crisis social? ¿De qué servirán, para citar un ejemplo entre mil, las organizaciones de canteros de Carrara cuando sea necesario que esos operarios vayan a cultivar la tierra y a aumentar los productos alimenticios, dejando para el porvenir la construcción de los monumentos y de los palacios marmóreos?
 
Las organizaciones obreras, especialmente en su forma cooperativista–que, por otra parte, en el régimen capitalista tiende a descabezar la resistencia obrera–, pueden servir por cierto para desarrollar en los trabajadores las capacidades técnicas y administrativas, pero en tiempo de revolución y para la reorganización social deben desaparecer y fundirse con las nuevas agrupaciones populares que las circunstancias requieran. Y es tarea de los revolucionarios tratar de impedir que en ellas se desarrolle ese espíritu de cuerpo que las convertiría en un obstáculo para la satisfacción de las nuevas necesidades sociales.


Por lo tanto, en mi opinión, el movimiento obrero es un medio que podemos emplear hoy para la elevación y la educación de las masas, y mañana para el inevitable choque revolucionario.


Pero es un medio que tiene sus inconvenientes y sus peligros. Y nosotros los anarquistas debemos empeñarnos en neutralizar los inconvenientes, conjurar los peligros y utilizar lo más que se pueda el movimiento para nuestros fines. Esto no requiere decir que deseemos, como se ha dicho, poner al movimiento obrero al servicio de nuestro partido. Por cierto nos contentaríamos con que todos los obreros, todos los hombres fuesen anarquistas, lo cual constituye el límite extremo a que tiende idealmente todo propagandista; pero entonces el anarquismo sería un hecho y ya no tendrían lugar ni motivo estas discusiones.
En el estado actual de las cosas querríamos que el movimiento obrero, abierto a todas las propagandas idealistas y parte constitutiva de todos los hechos de la vida social, económicos, políticos y morales, viva y se desarrolle libre de toda dominación de los partidos, tanto del nuestro como de los demás.

Hay muchos compañeros que aspiran a unificar el movimiento obrero y el movimiento anarquista, y donde pueden, como por ejemplo en España y en la Argentina e incluso un poco en Italia, en Francia, en Alemania, etcétera, tratan de dar a las organizaciones obreras un programa netamente anarquista. Son los que se llaman “anarco–sindicalistas”, o, confundiéndose con otros que no son verdaderamente anarquistas, toman el nombre de “sindicalistas revolucionarios”.


Es necesario explicar qué se entiende por “sindicalismo”. Si se trata del porvenir deseado, es decir, si por sindicalismo se entiende la forma de organización social que debería sustituir a la organización capitalista y estatal, entonces o es lo mismo que anarquismo, y consiste por lo tanto en una palabra que sólo sirve para confundir las ideas, o es una cosa distinta del anarquismo, y entonces no la pueden acep tar los anarquistas. De hecho, entre las ideas y los propósitos futurísticos expuestos por uno u otro sindicalista hay algunos auténticamente anarquistas, pero también otros que reproducen con distintos nombres y diversas modalidades la estructura autoritaria que es causa de los males que hoy lamentamos, y, por lo tanto, no tienen nada que ver con el anarquismo.


Pero no me propongo ocuparme aquí del sindicalismo como sistema social, puesto que no es eso lo que puede determinar la acción actual de los anarquistas respecto del movimiento obrero.


Aquí se trata del movimiento obrero en el régimen capitalista y estatal y se incluyen en el nombre de sindicalismo todas las organizaciones obreras, todos los “sindicatos” constituidos para resistir a la opresión de los patrones y disminuir o anular la explotación del trabajo humano por parte de quienes detentan las materias primas y los instrumentos de trabajo.

Ahora bien, yo digo que esas organizaciones no pueden ser anárquicas y no está bien pretender que lo sean, porque si así fuese no servirían a su fin ni a los que se proponen los anarquistas al participar en ellos.


El sindicato está hecho para defender los intereses actuales de los trabajadores y mejorar su situación en la medida de lo posible antes de que estemos en condiciones de hacer la revolución y transformar con ella a los actuales asalariados en trabajadores libres, libremente asociados en beneficio de todos.


Para que el sindicato pueda servir a su propio fin y, al mismo tiempo, ser un medio de educación y un campo de propaganda para una futura transformación social radical, es necesario que reúna a todos los trabajadores, o por lo menos a todos los que aspiren a mejorar sus condiciones de vida y que sean susceptibles de capacitarse para alguna forma de resistencia contra los patrones. ¿Se quiere quizás esperar a que los trabajadores se vuelvan anarquistas antes de invitarlos a organizarse y antes de admitirlos en la organización, invirtiendo así el orden natural de la propaganda y del desarrollo psicológico de los individuos y haciendo la organización de resistencia cuando ya no habría necesidad de ella, porque la masa sería capaz de hacer la revolución? En este caso el sindicato constituiría el duplicado del grupo anárquico y sería impotente para obtener mejoras y para hacer la revolución. La alternativa consiste en tener redactado un programa anarquista y contentarse con una adhesión formal, inconsciente, y reunir así gente que seguiría como un rebaño a los organizadores para dispersarse luego o pasarse al enemigo en la primera ocasión en que fuera necesario mostrar que uno es anarquista en serio.


El sindicalismo (entiendo el sindicalismo práctico y no el teórico que cada uno se imagina a su manera) es por su naturaleza misma reformista. Todo lo que se puede esperar de él es que las reformas que pretende y consigue sean tales y que las sostenga de modo que sirvan para la educación y la preparación revolucionaria y dejen abierto el camino a exigencias cada vez mayores.
 
Toda fusión o confusión entre el movimiento anarquista y revolucionario y el movimiento sindicalista termina haciendo impotente al sindicato para su finalidad específica, o atenuando, falseando y aniquilando el espíritu anarquista.


El sindicato puede surgir con un programa socialista, revolucionario o anarquista; más aún, con programas de este tipo como nacen generalmente las diversas organizaciones obreras.


Pero éstas permanecen fieles al programa mientras son débiles e impotentes, es decir, mientras constituyen, más que organismos aptos para una acción efi caz, grupos de propaganda iniciados y animados por unos pocos hombres entusiastas y convencidos; pero luego, a medida que logran atraer a su seno a la masa y adquirir la fuerza para exigir e imponer mejoramientos, el programa primitivo se transforma en una fórmula vacía de la cual ya nadie se preocupa, la táctica se adapta a las necesidades contingentes, y los entusiastas de la primera hora se adaptan ellos mismos o deben ceder su lugar a los hombres “prácticos”, que se preocupan del hoy sin que les interese el mañana. Por cierto, hay compañeros que aun estando en las primeras filas del movimiento sindical siguen siendo sincera y entusiastamente anarquistas, así como hay agrupamientos obreros que se inspiran en las ideas anarquistas. Pero sería una crítica demasiado fácil ir buscando los mil casos en que aquellos hombres y agrupamientos se ponen en la práctica cotidiana en contradicción con las ideas anarquistas. ¿La dura necesidad? De acuerdo. No se puede hacer anarquismo puro cuando uno está obligado a tratar con los patrones y las autoridades; no se puede dejar que las masas procedan por sí mismas cuando se rehúsan a hacerlo y piden, exigen jefes. Pero ¿por qué confundir al anarquismo con lo que no es, y asumir nosotros, en cuanto anarquistas, la responsabilidad de las transacciones y de las adaptaciones necesarias, justamente por el hecho de que la masa no es anarquista, ni siquiera aunque pertenezca a una organización que ha incluido el programa en sus estatutos? A mi parecer los anarquistas no deben querer que los sindicatos sean anarquistas, pero deben actuar en su seno en favor de los fines anarquistas, como individuos, como grupos y como federaciones de grupos. De la misma manera en que existen, o en que deberían existir grupos de estudio y de discusión, grupos para la propaganda escrita u oral en medio del público, grupos cooperativos, grupos que actúan en las oficinas, en el campo, en los cuarteles, en las escuelas, etcétera, también se deberían formar grupos especiales en las diversas organizaciones que hacen la lucha de clases.


Naturalmente, el ideal sería que todos fueran anarquistas y que las organizaciones funcionaran de una manera anárquica; pero está claro que entonces no sería necesario organizarse para la lucha contra los patrones, porque ya no los habría.


Vistas las circunstancias tal cual son, visto el grado de desarrollo de las masas en medio de las cuales se trabaja, los grupos anarquistas no deberían pretender que las organizaciones actuaran como si fueran anarquistas, sino que deberían esforzarse para que éstas se aproximaran lo más posible a la táctica anarquista.  Si para la vida de la organización y las necesidades y la voluntad de los organizadores es incluso necesario transigir, ceder, tener contacto impuro con la autoridad y con los patrones, que así se haga; pero que lo hagan otros y no los anarquistas, cuya misión es la de mostrar las insuficiencias y la precariedad de todas las mejoras que se pueden obtener en el régimen capitalista y de impulsar a la lucha hacia soluciones cada vez más radicales.


Los anarquistas en los sindicatos deberían luchar para que éstos permanezcan abiertos a todos los trabajadores cualquiera sea su opinión y partido, con la sola condición de la solidaridad en la lucha contra los patrones; deberían oponerse al espíritu corporativo y a cualquier pretensión de monopolio de la organización y del trabajo. Deberían impedir que los sindicatos sirvan de instrumentos a los politiqueros para fines electorales u otros propósitos autoritarios, y practicar y predicar la acción directa, la descentralización, la autonomía, la libre iniciativa; deberían esforzarse para que los organizados aprendan a participar directamente en la vida de la organización y a no tener necesidad de jefes y de funcionarios permanentes. Deberían, en síntesis, seguir siendo anarquistas, mantenerse siempre en entendimiento con los anarquistas y recordar que la organización obrera no es el fi n, sino simplemente uno de los medios, por importante que sea, para preparar el advenimiento de la anarquía.


No hay que confundir el “sindicalismo”, que quiere ser una doctrina y un método para resolver la cuestión social, con la promoción, la existencia y las actividades de los sindicatos obreros...


Para nosotros no tiene gran importancia que los trabajadores quieran más o menos; lo importante es que lo que quieren traten de conquistarlo por sí mismos, con sus fuerzas, con su acción directa contra los capitalistas y el gobierno. Una pequeña mejora arrancada con la propia fuerza vale más, por sus efectos morales, y a la larga incluso por sus efectos materiales, que una gran reforma concedida por el gobierno o los capitalistas con fines astutos, o aun pura y simplemente por benevolencia.


Nosotros hemos comprendido siempre la gran importancia del movimiento obrero y la necesidad de que los anarquistas formen una parte activa y propulsora de éste. Y a menudo ha sido por iniciativa de compañeros nuestros que se constituyeron agrupamientos más vivos y más progresistas. Siempre hemos pensado que el sindicato es hoy un medio para que los trabajadores comiencen a comprender su posición de esclavos, a desear la emancipación y a habituarse a la solidaridad con todos los oprimidos en la lucha contra los opresores y mañana servirá como primer núcleo necesario para la continuidad de la vida social y para reorganizar la producción sin patrones ni parásitos.

Pero siempre hemos discutido, y a menudo disentido, respecto de los modos en que debía desplegarse la acción anarquista en las relaciones con la organización de los trabajadores. ¿Era necesario entrar en los sindicatos o permanecer fuera de ellos, aun tomando parte en todas las agitaciones, y tratar de darles el carácter más radical posible y mostrarse en primera línea en la acción y en los peligros? Y sobre todo, ¿era necesario o no que dentro de los sindicatos los anarquistas aceptaran cargos directivos y se prestaran, por lo tanto, a las transacciones, los compromisos, las adaptaciones, las relaciones con las autoridades y con los patrones a las que esos organismos deben adaptarse, por voluntad de los mismos trabajadores y por su interés in mediato, en las luchas cotidianas, cuando no se trata de hacer la revolución sino de obtener mejoramientos o defender los ya conseguidos? En los dos años que siguieron a la paz hasta las vísperas del triunfo de la reacción por obra del fascismo nos hemos encontrado en una situación singular.


La revolución parecía inminente, y existían de hecho todas las condiciones materiales y espirituales para que fuese posible y necesaria. Pero a nosotros, los anarquistas, nos faltaban en gran medida las fuerzas necesarias para hacer la revolución con métodos y hombres exclusivamente nuestros: necesitábamos las masas, y las masas estaban por cierto, dispuestas a la acción, pero no eran anarquistas. Además, una revolución hecha sin la ayuda de las masas, aunque hubiera sido posible, no habría podido dar origen sino a una nueva dominación, la cual, aunque la ejercitaran anarquistas, habría sido siempre la negación del anarquismo y corrompido a los nuevos dominadores, para terminar con la restauración del orden estatal y capitalista.


Retirarse de la lucha, abstenerse porque no podíamos hacer exactamente lo que queríamos, habría equivalido a renunciar a toda posibilidad presente o futura, a toda esperanza de desarrollar el movimiento en la dirección que deseábamos, y denunciar no sólo por aquella vez, sino para siempre, porque no habrá nunca masas anarquistas antes de que la sociedad se haya transformado económica y políticamente, y la misma situación volverá a presentarse todas las veces que las circunstancias hagan posible una tentativa revolucionaria.


Será necesario, por lo tanto, ganar a cualquier costo la confianza de las masas, ponerse en situación de poderlas impulsar a salir a la calle, y para esto parecía útil conquistar cargos directivos en las organizaciones obreras. Todos los peligros de domesticación y de corrupción pasaban a segundo lugar, y además se suponía que no tendrían tiempo de producirse. Por ende, se llegó a la conclusión de dejar a cada uno en libertad de manejarse según las  circunstancias o como creyese mejor, a condición de no olvidar nunca que era anarquista y de guiarse siempre por el interés superior de la causa anarquista.


Pero ahora, después de las últimas experiencias, y vista la situación actual… me parece que conviene volver sobre la cuestión y ver si no es oportuno modificar la táctica respecto de este punto importantísimo de nuestra actividad.


A mi parecer, hay que entrar en los sindicatos, porque si se permanece fuera se nos verá como enemigos, se considerará nuestra crítica con suspicacia, y en los momentos de agitación se nos tendrá por intrusos y se recibirá de mala gana nuestra ayuda. Y en cuanto a solicitar y aceptar nosotros mismos el puesto de dirigentes, creo que en líneas generales y en tiempos calmos es mejor evitarlo. Pienso sin embargo que el daño y el peligro no residen tanto en el hecho de ocupar un puesto directivo –cosa que en ciertas circunstancias puede ser útil e incluso necesaria– sino en el perpetuarse en ese puesto. Sería necesario, a mi juicio, que el personal dirigente se renovase lo más a menudo posible, sea para capacitar a un número mucho mayor de trabajadores en las funciones administrativas, sea para impedir que el trabajo de organizar se transforme en un oficio que induzca a quienes lo realizan a llevar a las luchas obreras la preocupación de no perder el empleo.


Y todo esto no sólo en interés actual de la lucha y de la educación de los trabajadores, sino también, y sobre todo, con miras al desarrollo de la revolución después que ésta se inicie.


Los anarquistas se oponen con justa razón al comunismo autoritario, que supone un gobierno que al querer dirigir toda la vida social y poner la organización de la producción y la distribución de las riquezas bajo las órdenes de sus funcionarios, no puede dejar de producir la más odiosa tiranía y la paralización de todas las fuerzas vivas de la sociedad.


Los sindicalistas, aparentemente de acuerdo con los anarquistas en la aversión al centralismo estatal, quieren prescindir del gobierno sustituyéndolo por los sindicatos, y dicen que son éstos los que deben apoderarse de las riquezas, requisar los víveres, distribuirlos, organizar la producción y el intercambio. Y yo no vería inconveniente en ello cuando los sindicatos abriesen de par en par las puertas a toda la población y dejasen a los disidentes en libertad para actuar y tomar su parte. Pero esta expropiación y esta distribución no pueden hacerse tumultuariamente en la práctica, no las puede realizar la masa aunque esté agrupada en sindicatos, sin producir un desperdicio funesto de riquezas y el sacrificio de los más débiles por obra de los más fuertes y brutales; y menos aún se podrían establecer en masa los acuerdos entre las diversas localidades y los intercambios entre las distintas corporaciones de productores.


Sería necesario, por lo tanto, proveer a ello por medio de deliberaciones realizadas en asambleas populares por grupos e individuos que se ofrezcan voluntariamente o a los que se designe en forma regular. Ahora bien, si existe un número restringido de individuos que por el largo hábito son considerados jefes de los sindicatos, y existen secretarios permanentes y organizadores oficiales, serán ellos los que se encontrarán automáticamente encargados de organizar la revolución, y tenderán a considerar como intrusos e irresponsables a los que quieran, tomar iniciativas independientes de ellos, y desearán, aunque sea con las mejores intenciones, imponer su voluntad, incluso con la fuerza. Entonces el régimen sindicalista se transformaría pronto en la misma mentira y la misma tiranía en que se transformó la así llamada dictadura del proletariado. El remedio contra este peligro y la condición para que la revolución resulte verdaderamente emancipadora residen en formar un gran número de individuos capaces de iniciativa y de tareas prácticas, en habituar a las masas a no abandonar la causa de todos en manos de cualquiera y a delegar, cuando la delegación es necesaria, sólo para cargos determinados y por tiempo limitado. Y para crear tal situación y tal espíritu el medio más eficaz es el sindicato, si está organizado y manejado con métodos verdaderamente libertarios.


La Unión de los trabajadores nació de la necesidad de proveer a las carencias actuales, del deseo de mejorar las propias condiciones y de defenderse contra los posibles empeoramientos; nació el sindicato obrero, que es la unión de quienes, privados de los medios de trabajo y obligados por lo tanto para vivir a dejarse explotar por quien posee esos medios, buscan en la solidaridad con sus compañeros de pena la fuerza necesaria para luchar contra los explotadores. Y en este terreno de la lucha económica, es decir, de la lucha contra la explotación capitalista, habría sido posible y fácil llegar a la unidad de la clase de los proletarios contra la clase de los propietarios. Pero ocurre que los partidos políticos, que por lo demás han sido a menudo los que originaron y animaron en un principio el movimiento sindical, quisieron servirse de las asociaciones obreras como campo de reclutamiento y como instrumentos para sus fines especiales, de revolución o de conservación social. De ahí las divisiones entre la clase obrera organizada en diversos agrupamientos bajo la inspiración de los distintos partidos. De ahí el propósito de quienes quieren la unidad y tratan de sustraer a los sindicatos de la tutela de los partidos políticos.


Sin embargo, en este afirmado propósito de sustraerse a la influencia de los partidos políticos, de “excluir la política de los sindicatos”, se esconde un equívoco y una mentira. Si por política se entiende lo que respecta a la organización de las relaciones humanas y, más especialmente, las relaciones libres o forzadas entre ciudadanos y la existencia o no de un “gobierno” que asuma en sí los poderes públicos y se sirva de la fuerza social para imponer la propia voluntad y defender los intereses de sí mismo y de la clase de que emana, es evidente que esa política entra en todas las manifestaciones de la vida social, y que una organización obrera no puede ser realmente independiente de los partidos, salvo transformándose ella misma en un partido.


Es por lo tanto vano esperar, y para mí estaría mal desear, que se excluya a la política de los sindicatos, puesto que toda cuestión económica de alguna importancia se transforma automáticamente en una cuestión política, y es en el terreno político, es decir con la lucha entre gobernantes y gobernados, donde se deberá resolver en definitiva la cuestión de la emancipación de los trabajadores y de la libertad humana. Y es natural, y está claro, que debe ser así.


Los capitalistas suelen mantener la lucha en el terreno económico mientras los obreros exijan mejoras pequeñas y generalmente ilusorias, pero ni bien ven disminuido su beneficio y amenazada la existencia misma de sus privilegios apelan al gobierno, y si éste no se muestra suficientemente solícito y fuerte en defenderlos, como ocurrió en los recientes casos de Italia y de España, emplean sus riquezas para financiar nuevas fuerzas represivas y constituir un nuevo gobierno que pueda servirles mejor. Por lo tanto, las organizaciones obreras deben necesariamente proponerse una línea de conducta frente a la acción actual o potencial de los gobiernos.


Se puede aceptar el orden constituido, reconocer la legitimidad del privilegio económico o del gobierno que lo defiende, o contentarse con maniobrar entre las diversas fracciones burguesas para obtener alguna mejora, como ocurre en las grandes organizaciones no animadas por un elevado ideal, como la  Federación Norteamericana del Trabajo y buena parte de las Uniones inglesas, y entonces uno se transforma en la práctica en instrumento de los propios opresores y renuncia a la propia liberación de la servidumbre. Pero si se aspira a la emancipación integral, o incluso si se desean sólo mejoras definitivas que no dependan de la voluntad de los patrones y de las alternativas del mercado, no existen sino dos caminos para liberarse de la amenaza gubernativa. O apoderarse del gobierno y dirigir los poderes públicos, la fuerza de la  colectividad aferrada y coartada por los gobernantes, a la supresión del sistema capitalista; o debilitar y destruir el gobierno para dejar que los interesados, los trabajadores, todos aquellos que de alguna manera concurren con el trabajo manual e intelectual al mantenimiento de la vida social, queden en libertad para proveer a las necesidades individuales y sociales de la manera que mejor consideren, excluido el derecho y la posibilidad de imponer con la violencia la voluntad de unos sobre otros.


Ahora bien, ¿Cómo hacer para mantener la unidad cuando existen quienes desean servirse de la fuerza de la asociación para llegar al gobierno, y quienes creen que todo gobierno es necesariamente opresor y nefasto y, por lo tanto, desean encaminar esa misma asociación hacia la lucha contra toda institución autoritaria presente o futura? ¿Cómo mantener juntos a los socialdemócratas, los comunistas de Estado y los anarquistas? He aquí el problema. Problema que se puede eludir en ciertos momentos, en ocasión de una lucha concreta que reúna a todos los hombres, o por lo menos a una gran masa, en un interés y un deseo comunes, pero que resurge siempre y no es fácil de resolver mientras existan condiciones de violencia y diversidad de opinión sobre el modo de resistir a la violencia.


El método democrático, es decir, el consistente en dejar que decida la mayoría y “mantener la disciplina” no decide la cuestión, porque también él es una mentira y no lo patrocinan sinceramente sino los que tienen o creen tener la mayoría. Dejando de lado el hecho de que “la mayoría” es siempre, por lo demás, la de los dirigentes y no la de la masa, cuyos deseos generalmente se ignoran o se falsifican, no se puede pretender, ni siquiera desear, que quien está profundamente convencido de que la mayoría sigue un camino desastroso, sacrifique sus propias convicciones y asista pasivamente o, peor aún, aporte su ayuda a lo que considera un mal.


La afirmación de que hay que dejar hacer y tratar de conquistar a su vez el consenso de la mayoría, se parece al sistema que se utiliza entre los militares: “sufra la pena y luego reclame”, y es un sistema inaceptable cuando lo que hoy se hace destruye la posibilidad de proceder mañana de otra manera.


Hay cuestiones en las cuales conviene adaptarse a la voluntad de la mayoría porque el daño de la división sería mayor que el que derivaría de un determinado error; hay circunstancias en que la disciplina se vuelve un deber porque el faltar a ella sería faltar a la solidaridad entre los oprimidos y significaría traición frente al enemigo. Pero cuando uno está convencido de que la organización toma un camino que compromete el porvenir y hace difícil remediar el mal producido, entonces es un deber rebelarse y oponerse, aun a riesgo de provocar una escisión.


Pero entonces, ¿Cuál es la vía de salida de estas dificultades, y cuál es la conducta que deberían seguir los anarquistas en esta cuestión? Para mí el remedio sería: entendimiento general y solidaridad en las luchas puramente económicas; autonomía completa de los individuos y de los diversos  agrupamientos en las luchas políticas. Pero ¿Es posible ver a tiempo dónde la lucha económica se transforma en lucha política? Y ¿hay luchas económicas importantes que la intervención del gobierno no vuelva políticas desde el principio? De todos modos, nosotros los anarquistas deberíamos llevar nuestra actividad a todas las organizaciones para predicar en ellas la unión entre todos los trabajadores, la descentralización, la libertad de iniciativa, en el cuadro común de la solidaridad contra los patrones.


Y no debemos dar mucha importancia al hecho de que la manía de centralización y autoritarismo de uno, y la intolerancia de otro a toda disciplina, incluso la razonable, lleve a nuevos fraccionamientos, pues si la organización de los trabajadores es una necesidad primordial para las luchas de hoy y para la realización de mañana, no tiene gran importancia la existencia y la duración de esta o aquella determinada organización. Lo esencial es que se desarrolle el espíritu de organización, el sentimiento de solidaridad, la convicción de la necesidad de cooperar fraternalmente para combatir a los opresores y realizar una sociedad en la que todos podamos gozar de una vida verdaderamente humana.

Errico Malatesta