martes, 15 de abril de 2014

El mito de la izquierda se cae de Maduro

A continuación compartimos un texto publicado en el boletín de La Biblioteca y Archivo Histórico Social Alberto Ghiraldo, región argentina, año 3, Nº15, Abril 2014, pero antes agregaremos algunas consideraciones a la lectura: 

Otorgar la categoría de ‘espontánea’ a la revuelta de Febrero de 2014 en Venezuela desde el lenguaje histórico del anarquismo es recordar los postulados de Mijaíl Bakunin, aquel revolucionario que deseaba la destrucción del poder político para reemplazarlo por las fuerzas productivas y no tomarlo como la oposición venezolana; donar la categoría de espontáneo al movimiento contra el madurismo en Venezuela es intentar darle forzadamente la característica de auto-organización de abajo arriba a un movimiento que es dirigido por partidos estatistas, es decir, de arriba a abajo por las cúpulas de los partidos organizados en la MUD, coalición de partidos de derecha y ultra-derecha que en la anterior elección presidencial en Venezuela obtuvo el 49.12% de los votos.

Por otro lado, como lúcidamente apunta Eduardo Colombo en una entrevista sobre el movimiento anarquista en 2012: “Se presenta al espíritu de todo militante cuando se discute sobre los movimientos, vamos a llamarlos movimientos espontáneos de masas; es decir, el hecho de que la gente se rebele y busque organizarse a través de movimientos en las plazas públicas, en la ocupación de ciertos espacios particulares (no es lo mismo ocupar las plaza que ocupar las fabricas), es visto como un movimiento de tipo espontáneo, y habría que explicar por qué se los considera espontáneos, porque no lo son especialmente. Algo de la experiencia histórica se reproduce en ellos (...)

Esto se produce de una manera que se dice espontánea porque la gente lo pone en marcha sin saber de dónde viene, pero el espontaneísmo, como siempre ha sido el caso, no expresa más que las tendencias que han arraigado y que no reconocen sus propias fuentes. Pero es lo que hizo la gente del pueblo el 18 de julio del `36, se levanta y se lanza a la lucha espontáneamente y comienzan a hacer las colectividades. Lo hacen espontáneamente, pero ¿por qué? Porque hubo 3 años de insurrección antes y 20 años de propaganda anarquista. Ese es el terreno para que la espontaneidad se exprese. Lo mismo pasa con los movimientos actuales, el hecho de que la estructura anti-autoritaria de las asambleas se produzca espontáneamente es la consecuencia de una tradición, una historia, que ha puesto ese tipo de problemáticas en el primer plano”. (Conversación con Eduardo Colombo durante el Encuentro Internacional Anarquista de St. Imier en 2012) 

En relación a lo anterior, podríamos contextualizar algunas cosas respecto a la sociedad y la historia del movimiento en Venezuela. A diferencia de como afirma Eduardo Colombo respecto al proceso revolucionario en España del primer tercio del siglo pasado, en Venezuela no ha habido 20 años de propaganda anarquista masiva, sino propaganda burguesa funcional al desarrollo del capitalismo y fortalecimiento del Estado, y cuando hablo de propaganda burguesa no me refiero solo a la difusión política de la derecha representada en la MUD y otras agrupaciones, sino también a la burguesía chavista que podríamos catalogar genéricamente como una tendencia de izquierda socialdemócrata populista/caudillista. Quiero decir, el actual movimiento en Venezuela es el fruto de años de disputa por el Poder entre dos fracciones de la burguesía, la nueva burguesía o boliburguesía y la vieja burguesía hambrienta de Poder. 

Ambas burguesías aparentemente antagonistas tienen muchos elementos en común: su arraigada cultura católica, el nacionalismo, el amor al Estado, el carácter militarista, la devoción por el dinero, la mistificación de las cosas en mercancías, el machismo profundo y la misoginia  sistémica. ¿Qué les diferencia? La boliburguesía se posiciona cercana a los gobiernos progresistas-neoliberales de “izquierda” de Sudamérica, y al igual que los gobiernos neoliberales de izquierda se muestran ‘simpáticos’ con el Estado en Cuba pero siguen siendo Estados democrático-burgueses con parlamento y propiedad privada de los medios de producción y la banca. La burguesía de derecha es cercana a los gobiernos de Estados Unidos, la derecha pinochetista chilena (donde se incluye ‘cómicamente’ a la democracia-cristiana que hoy gobierna en conjunto con La Nueva Mayoría en Chile) y al uribismo. ¿Qué las enfrenta? La administración del Estado, es decir, administrar las ganancias de la explotación petrolera (como bien describen en el siguiente artículo) y vivir cómodamente mientras el pueblo, siempre explotado y oprimido, alucina participar activamente en las decisiones del espejismo de la democracia representativa, bajo el yugo del salario y  la organización jerárquica de la sociedad. Como vemos, las principales diferencias en el actual conflicto de masas en Venezuela no son otra cosa que las disputas de intereses entre sectores que desean extender el dominio del Capital y el fortalecimiento del Estado. En breves palabras, tanto la burguesía chavista como la vieja burguesía venezolana forman un gran partido: El Partido del Poder.

También me gustaría señalar que cuando en el siguiente artículo afirman que “Las crisis de Venezuela siempre fueron asociadas, tanto por Chávez como por Maduro, a intentos de golpes de Estado o complots yankees, y codificadas como la lucha contra la derecha o el “imperialismo”. En coherencia absoluta, el discurso de Nicolás Maduro reitera que enfrenta un “Golpe de Estado”, que sería similar a lo sucedido en abril del 2002 con Hugo Chávez. La falsa dicotomía país socialista-potencia imperialista que denunciábamos más arriba se desnuda a su vez en los acuerdos comerciales entre dichos países”. 

Es cierto que es una táctica de los Estados acusar de enemigos externos o internos para fortalecer las políticas represivas contra las justas demandas del proletariado. Sin embargo, no es una garantía que existan acuerdos entre Estados o empresas de determinadas regiones para que sectores de la burguesía de los mismos Estados no desarrollen planes de intervencionismo golpista en los territorios donde poseen intereses. No es una condición imprescindible que se corten las relaciones diplomáticas del todo y los intercambios de mercancías para desarrollar políticas militares de los aparatos sediciosos correspondientes. Sabemos la ambición que reina en este mundo: si un contrato está firmado al 14% de impuestos, la burguesía explotadora hará cualquier cosa por bajar tal tasa. Tampoco podemos obviar que la burguesía no es un partido homogéneo, en cada región existen tendencias/intereses, muchas veces confusos, otras no tanto, pero que finalmente siempre responden al mismo afán acumulativo, donde el dinero es un Dios, las mercancías son biblias y rosarios, la propiedad privada es la religión del Capital y el nacionalismo, religión de Estado. (N&A)


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El mito de la izquierda se cae de Maduro

La situación social y económica de Venezuela, tras 14 años de gobierno chavista y poco más de un año de gobierno madurista, no podía arrojar más que los resultados que estamos viendo hoy. Es necesario entonces hacer un repaso histórico para contextualizar el presente estallido social.  

Esta sucesión de gobiernos “socialistas” y su crisis actual sólo puede entenderse y denunciarse a sabiendas de que el socialismo del que se habla es, sin lugar a dudas, un “socialismo” burgués. Es la socialdemocracia instaurando sus gobiernos “obreros”, reivindicando la soberanía nacional, la defensa de la economía nacional, pretendiendo gobernar para la clase a la que aplasta. Así, con estatizaciones, una gran renta proveniente del petroleo, una enorme burocracia, mucho nacionalismo y populismo, y palos y migajas para la mayoría del proletariado, se gesta la revolución bolivariana, constituyéndose Venezuela en el bastión del tan de moda Socialismo del Siglo XXI (sobre el que ya hemos tenido oportunidad de hablar en el nro. 7 de La Oveja Negra).

 
Ahora bien, el hecho de que los medios de producción sean estatales o no, no cambia nada. A los proletarios no nos hace ninguna diferencia que quien nos explote sea un dueño particular, el gobierno nacional o una multinacional. El Capital no posee un único método para reproducirse, utiliza aquél que le sirve a los fines de una mejor reproducción, a su propia valorización. En este sentido, si utiliza el intervencionismo estatal y la lógica pseudo “socialista” sólo lo hace en las ocasiones en que le resulta beneficioso, en tanto concilia los intereses antagónicos de las clases y le permite continuar desarrollándose, ampliándose y utilizando a la población con la excusa del crecimiento de la economía nacional. Como una gran falacia, el “socialismo” burgués pretende que exista el socialismo en un sólo país, lo cual en tanto interés nacionalista (regional, parcial) no puede ser más que interés de la burguesía que apunta a la atomización del proletariado. Sea bajo la forma que sea, todo Estado es imperialista. Toda disputa o alianza entre Estados no es más que la consecuencia del desarrollo de las economías nacionales, es decir, de intereses burgueses particulares y nunca intereses del proletariado.


Las crisis de Venezuela siempre fueron asociadas, tanto por Chávez como por Maduro, a intentos de golpes de Estado o complots yankees, y codificadas como la lucha contra la derecha o el “imperialismo”. En coherencia absoluta, el discurso de Nicolás Maduro reitera que enfrenta un “Golpe de Estado”, que sería similar a lo sucedido en abril del 2002 con Hugo Chávez. La falsa dicotomía país socialista-potencia imperialista que denunciábamos más arriba se desnuda a su vez en los acuerdos comerciales entre dichos países. La búsqueda de ganancia, así como en otros contextos la necesidad de reprimir al proletariado en momentos de gran convulsión social, obliga a buscar algún nuevo vericueto discursivo para justificar alianzas y medidas. Así lo demuestran las medidas adoptadas por el chavismo frente a la producción de petróleo en su territorio.


Después del paro petrolero en 2002, el gobierno encabezado por Chávez se propuso recuperar las empresas petroleras del país. A partir del año 2005 se emprenden una serie de acciones para recuperar la Faja Petrolífera del Orinoco, considerada como el mayor depósito de hidrocarburos del planeta. Ya en 2007 se decreta la Ley 5.200, que instituye la nacionalización de la Faja. Se conforman numerosas empresas mixtas petroleras, en las que el Estado venezolano obtiene la mayoría accionaria mediante su empresa estatal de petróleo y gas natural Petróleos de Venezuela Sociedad Anónima (PDVSA), recobrando de este modo el control -y gran parte de las regalías- de las empresas que estaban en manos de capitales internacionales.


A pesar de la exagerada y descabellada propaganda mediática contra el imperialismo estadounidense, un gran aliado en la conformación de estas empresas mixtas fue la multinacional Chevron, conocida por el desastre medioambiental que generó en Ecuador. Los defensores del “Socialismo del siglo XXI” como todos los defensores del capitalismo siempre tienen una justificación para estos negociados, cuando no es “estratégico” es simplemente “necesario”. En Venezuela el petroleo constituye la primordial fuente de ingresos. Los destinos de sus barriles de crudo son principalmente Estados Unidos y en menor medida Europa y algunos países latinoamericanos.


Los acuerdos económicos de las petroleras son disfrazados con discursos que apuntan a la «soberanía petrolífera» y a la promoción de las Misiones Sociales. Éstas surgen como iniciativa del gobierno nacional bolivariano y constituyen un conjunto de medidas para atender a los sectores populares del país. Su aparición ocurre dentro de un clima de conflicto social y económico, cuyos momentos más álgidos fueron el intento de Golpe de Estado en abril de 2002, el Paro petrolero de diciembre del mismo año y el Referendo Revocatorio de agosto de 2004. Al día de hoy, las empresas mixtas son reconocidas y vanagloriadas por «fortalecer la seguridad social del país» cuando crece el presupuesto asignado a las Misiones.

Si Venezuela consiguió durante mucho tiempo limitar el deterioro es porque su fuerza de choque petrolera le confiere una ventaja comercial y monetaria importante. Pero ésta no basta para garantizar la estabilidad de la moneda y la fuga de capitales, sumado a que la redistribución de la renta petrolera presentaba un riesgo inflacionario, hoy confirmado. Durante las últimas cuatro semanas el gobierno de Maduro anunció, prácticamente día tras día, nuevas medidas que prometen remediar la inflación y el desabastecimiento. Pero más allá de las apasionadas discusiones entre el gobierno y la oposición, el descontento se vivió en la calle.

Cuando la zanahoria se pudrió...
 

Ahora que todo estalló, que la inflación en Venezuela es la más alta de América Latina, que este gran cúmulo de hombres y mujeres arrojados a la miseria y sometidos al desabastecimiento y al hambre han salido a la calle, ya no puede dibujarse la situación con paliativos basados en medidas populares. Recientemente Maduro optó por decisiones similares con el objetivo de hacerle frente a lo que él denomina «guerra económica» o «sabotaje económico de facciones apátridas». Estas medidas, que van desde la Ley Habilitante de costos y precios justos, pasando por un nuevo sistema de subsidios para adquirir productos de primera necesidad, hasta la implementación de un nuevo sistema cambiario y la re-estructuración de la administración de las divisas en el país, apuntan al intervencionismo y a la estatización para reforzar la economía nacional. Tampoco servirán las disparatadas propagandas oficiales, movilizaciones pro-Maduro o las navidades y carnavales adelantados. Es momento entonces de mirar más de cerca qué es lo que sucede con el golpeado proletariado que habita la región venezolana.


El 4 de febrero se desataron protestas estudiantiles que tuvieron su génesis en la agresión sexual a una estudiante en la Universidad Nacional Experimental del Táchira. Algunos días después, el 12 de febrero, una manifestación estudiantil en Caracas desató una serie de revueltas en el país. Lo que comenzó como un reclamo estudiantil frente a la situación de inseguridad terminó con represión estatal y un saldo de 14 estudiantes detenidos. Las consiguientes protestas por la liberación de esos estudiantes fueron las que desataron la tensión que venía acumulándose en el contexto de la crisis económica, la situación de escasez de bienes de primera necesidad y de servicios básicos, así como el comienzo de la aplicación de un paquete de medidas económicas por parte del gobierno. Las manifestaciones se propagaron por otras ciudades, especialmente Mérida, Táchira y Trujillo y fueron igualmente reprimidas por la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) y el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (SEBIN), además de los famosos grupos paramilitares financiados indirectamente e impulsados directamente por este Estado.


En este contexto, parte de la oposición, como los partidos encabezados por María Corina Machado y Leopoldo López, quisieron sacar provecho de la situación y llamaron a movilizar exigiendo, entre otras cosas, la renuncia de Maduro, en un intento de canalizar las protestas, legalizarlas, politizarlas. A su vez, los demás partidos opositores que forman la Mesa de la Unidad Democrática, especie de amalgama socialdemócrata, progresista cristiana, reformista, liberal (y podríamos seguir…) que constituye la principal oposición de Venezuela, se opusieron abiertamente a las protestas y realizaron un llamamiento a abandonar las movilizaciones durante tres días. Éste fue desoído por la gente que continuó en la calle, superando así la parcialidad de unos y la pasividad de otros, generalizando la protesta por gran parte de Venezuela.


Las movilizaciones se extendieron a muchos puntos del país y fueron convocadas en su mayoría mediante “redes sociales”. A su vez, en cada zona las opiniones y razones que impulsaron las movilizaciones varían. En el caso de Caracas fueron protagonizadas especialmente por sectores de clase media y universitarios, y los pedidos versaron sobre cuestiones políticas, como la renuncia de Maduro y la modificación del modelo social y económico. Al interior del país se sumaron sectores populares a la protesta, incorporando demandas sociales tales como la crítica a la inflación, la escasez y la falta de servicios básicos.


Luego de algunos días de relativa calma, el sábado 22 de marzo se reanudaron las manifestaciones y los enfrentamientos entre simpatizantes oficialistas y fuerzas opositoras. Esta jornada de marchas y contramarchas derivó nuevamente en disturbios y registró numerosos detenidos y tres fallecidos.


Las razones de la protesta van desde demandas en salud, vivienda, y abastecimiento de bienes de primera necesidad, hasta reclamos por la inseguridad. Sin embargo, estas jornadas de protesta, al margen de sus razones verbalizadas, de sus consignas en muchos casos limitadas, fueron crítica práctica y apuntaron a la destrucción de los símbolos e instituciones del Estado y del Capital. Hubo embestidas contra sedes de partidos políticos, tanto opositores como oficialistas; ataques a sedes de instituciones estatales y patrullas del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (principal órgano estatal de investigaciones penales). Además se registraron arremetidas al Hotel Venetur (de propiedad estatal) y asedios prolongados a la cadena de televisión pública Compañía Anónima Venezolana De Televisión (VTV). En Táchira hubo ataques contra la sede de la Fundación de la Familia Tachirense, en el municipio de Chacao contra el Banco Provincial y el Banco Venezuela, y en Barquisimeto, a la sede de la Compañía Anónima Nacional Teléfonos de Venezuela (CANTV).


Ninguno de estos ataques es salvaguarda frente a la posible codificación de las protestas hacia el pedido de reformas parciales, pero las movilizaciones, guarimbas (barricadas urbanas) y arremetidas por parte del proletariado de la región venezolana denuncian con palos y furia, una vez más, la inhumanidad del Capital, de su faceta democrática y sus partidos, de sus medios de comunicación, su brazo represivo y sus fuerzas de choque. Esta y otras revueltas de las que somos testigos, que suceden en diversos lugares y aparentemente por motivos distintos, si bien muchas veces resultan efímeras, poseen una conexión de intereses y de lucha contra la explotación, como la respuesta más humana contra la civilización, como crítica práctica contra el orden y sus representantes, como muestra del intento de imponer las necesidades humanas frente a las del mercado y las relaciones sociales capitalistas.


Y, como siempre, cuando la zanahoria se pudre... sólo queda repartir palos. El brazo armado del Estado, defiende con prisión y tortura su incuestionable propiedad privada. La represión por parte de la GNB, la SEBIN y grupos paramilitares logra disolver algunas protestas al mismo tiempo que desata otras. La represión sin miramientos, la detención y tortura, la militarización de la ciudad de Táchira, los allanamientos ilegales, entre otras, han sido la respuesta preferida del Estado venezolano a esta serie de ataques y revueltas, dejando como saldo hasta el momento 36 muertos, cerca de 400 heridos y 1600 detenidos.


Ahora que la perorata del poder popular muestra su verdadera cara, es momento de insistir en lo espontáneo de estas revueltas, y en que más allá de las consignas en  las que se verbalicen, son rupturas de la cotidianidad, expresión quizás parcial e incompleta, de una clase agotada de vivir y morir aplastada, ajena a su humanidad. Las diversas formas en las que estas condiciones se presentan bajo los diversos Estados no son más que las diversas caras de nuestra condición de proletarios. Comprender esto es comprender que somos parte del mismo ser, en tanto compartimos las mismas miserables condiciones de existencia y portamos la capacidad para terminar esta situación.

Fuente:  La Oveja Negra



viernes, 11 de abril de 2014

Vídeo recomendado: Darwin y Kropotkin: ¿Competencia o solidaridad?

Piotr Kropotkin nace en Moscú el 21 de diciembre de 1842, en el seno de una familia aristócrata, sin embargo, pronto abandona sus privilegios, acercándose a las ideas y prácticas libertarias. Destacado naturalista, geógrafo e historiador, conoció la cárcel y el exilio. Es considerado por muchos, el principal impulsor y teórico del anarco-comunismo. Dentro de sus obras destacan: La conquista del pan, Campos,Fábricas y Talleres y El Apoyo Mutuo. Autor también de breves ensayos de gran importancia para la labor propagandística del anarquismo como: La ley y la autoridad, La moral anarquista, El Estado o Las prisiones. (Pinchando en las negrillas se accede directamente a los textos)

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[El siguiente vídeo] retrata un diálogo ficticio entre el naturalista inglés Charles Darwin y el geógrafo ruso Piotr Kropotkin, quienes discuten si es la competencia o la solidaridad el factor más relevante en el desarrollo de las especies. Con Thomas Malthus (quien sigue inspirando a quienes detentan el Poder) y T. H. Huxley en discusión, este trabajo fílmico de 5 minutos, traducido al español por nuestro grupo de estudios gracias al apoyo de la Biblioteca Terra Livre (Sao Paulo, Brasil), es una buena introducción para reflexionar sobre un problema que, sin duda, amerita de varios esfuerzos para ser clarificado. Las y los invitamos, también a leer artículos como “Malthus y Godwin: La discusión sobre el poblacionismo en el medio libertario”, de José Ardillo, o “Darwin y Kropotkin: dos concepciones opuestas del progreso y sus implicaciones en geografía humana”, de Oliver Soubeyran, ambos disponibles en nuestro sitio web. (Grupo de estudios José Domingo Gomez Rojas)






jueves, 10 de abril de 2014

Vídeo recomendado: El Comunismo Libertario

Todo sistema social tiene asociado un modelo económico. El sistema capitalista de mercado, en el que nos vemos inmersos por ahora, tiene asociado el modelo de economía capitalista tradicional. El sistema de capitalismo estatal (Comunismo autoritario como en la extinta URSS, China o Cuba) tiene asociado el modelo de planificación centralizada. Del mismo modo el Comunismo Libertario (muchos prefieren llamarlo directamente anarquía) tiene asociado el modelo de economía libertaria.

(...) 

Podemos comenzar a definirlo por oposición. El Comunismo libertario es un sistema social que, a diferencia del resto, es antiautoritario. Es el único sistema social que cree en la mayoría de edad de la humanidad. El único sistema que cree que los seres humanos se pueden gobernar a si mismos sin necesidad de clases dominantes de ningún tipo (ni nobles, ni reyes, ni dioses, ni curas, ni capitalistas explotadores, ni políticos profesionales burgueses, ni partidos únicos “proletarios”). Todas estas clases dirigentes han creado y mantenido sistemas sociales autoritarios mediante la violencia y la mentira. Todas estas clases dirigentes se han apropiado, en nombre del orden, la ley , dios, la patria, el pueblo o cualquier otra entelequia, de los beneficios, la plusvalía generada por el trabajo de todos aquellos que tenían por abajo, gobernándolos, explotándolos y reprimiéndolos cuando les convenía para mantener sus privilegios.


El Comunismo Libertario es una sociedad sin dinero, sin gobernantes, donde todo se decide de abajo a arriba. Donde las personas se auto-organizan y deciden todo aquello que les afecta en comunidad. Donde no existe la propiedad privada. Donde no existe la desigualdad. Donde, por fin, se hace realidad la terna revolucionaria: Libertad, Igualdad y Fraternidad.


El Capitalismo democrático se olvida de la fraternidad y solo le interesa la Igualdad ante la ley, pero no la igualdad de decisión. Así mismo la única libertad que contempla es la de la posesión de los medios de producción y de los bienes, sin importar las desigualdades sociales. Todo ataque a la propiedad privada es duramente reprimido.


El Comunismo Autoritario (o capitalismo de estado), olvida la libertad, todos son siervos del estado. Proclama la igualdad, pero la del cuartel, todos iguales menos los dirigentes del Partido que son “un poquito más iguales” (os recomiendo leer Rebelión en la Granja). Habla de fraternidad, pero no puede haber verdadera fraternidad, sin libertad ni verdadera igualdad.


A diferencia de estos dos sistemas autoritarios, el Comunismo Libertario (o anarquía), es un sistema que garantiza la Libertad, puesto que todo lo decide toda la población mediante el sistema Federal de Abajo a Arriba. Garantiza la igualdad, puesto que todos pueden decidir sobre lo que les afecta y no existe la posibilidad de acumular, no existe el dinero, todo es realmente de todos. Garantiza la solidaridad puesto que se organiza federalmente con otras entidades y comparten los excedentes, no mediante varemos monetarios o de trueque (siempre injustos y germen del egoísmo) si no mediante la puesta en común de esos excedentes y el reparto equitativo de los mismos según las necesidades de cada colectividad. 


 Daniel Ferri Ruiz 

(fragmentos tomados de Introducción a la economía del Comunismo Libertario
 


Podríamos decir que el anarquismo ha tenido tres grandes tendencias económicas: El mutualismo expuesto por Proudhon; el colectivismo anarquista asociado a Mijaíl Bakunin y finalmente, el comunismo anárquico, anarco-comunismo o comunismo libertario, (sinónimos todos) la tendencia económica más aceptada por diversas organizaciones internacionales y conocidos anarquistas como Piotr Kropotkin, Alexander Berkman, Emma Goldman, Rudolf Rocker y Errico Malatesta. Cabe señalar que el llamado anarcoindividualismo también ha presentado a través de diferentes autores algunas propuestas económicas o consideraciones del tipo. Si bien las diferentes tendencias económicas señaladas suponen cada una de ellas métodos diferentes de organización de las personas y distribución de las cosas, no necesariamente quienes han aceptado el comunismo anárquico como método y finalidad, han descartado por completo otros métodos económicos anarquistas, como es el caso de Luigi Fabbri quien en su magnífica exposición libertaria en el libro Revolución no es Dictadura señala: "Aun en un régimen completamente anárquico estamos persuadidos que, aunque la organización de la producción y del consumo sobre bases comunistas será el tipo dominante y la regla general (y precisamente porque será una regla libre y no obligatoriamente impuesta a todos), no impedirá ella que subsistan —o por voluntad de los individuos o por especiales necesidades del ambiente o del trabajo— formas diversas de organización, colectivistas, mutualistas, etc., y aun algunas formas de propiedad individual, a condición de que ésta no implique sometimiento o explotación de nadie".(N&A)

¿Qué es exactamente el anarquismo? - Peter Gelderloos

Muchos volúmenes se han escrito en respuesta a esta pregunta, y millones de personas han dedicado sus vidas a crear, expandir, definir y luchar por la anarquía. Hay innumerables caminos para el anarquismo, así como innumerables inicios: los trabajadores de Europa del siglo XIX luchando contra el capitalismo y creyendo en sí mismos en lugar de creer en las ideologías de los partidos políticos autoritarios; los pueblos indígenas que luchan contra la colonización y por la recuperación de su cultura tradicional y horizontal; los estudiantes de secundaria tomando conciencia de la profundidad de la alienación y la infelicidad; místicos de China hace mil años o de Europa hace 500 años, Taoístas o Anabaptistas, luchando contra el gobierno y la religión organizada, la mujer rebelándose contra el autoritarismo y el sexismo de la izquierda. No existe una doctrina estándar. La anarquía significa cosas diferentes para diferentes personas. Sin embargo, he aquí algunos principios básicos con los que la mayoría de los anarquistas están de acuerdo:

Autonomía y Horizontalidad: Todas las personas merecen la libertad de definirse y organizarse por sí mismos en sus propios términos. Las estructuras de toma de decisiones deben ser más horizontales que verticales, para que nadie pueda dominar a cualquier otro; deben fomentar el poder de actuar libremente en lugar del poder sobre otros. El anarquismo se opone a todas las jerarquías coercitivas, incluido el capitalismo, el Estado, la supremacía blanca, y el patriarcado.

Ayuda Mutua: Las personas debiesen ayudarse unos a otros de manera voluntaria; los lazos de solidaridad y generosidad forman un pegamento social más fuerte que el miedo que inspiran las leyes, las fronteras, las cárceles y los ejércitos. La ayuda mutua no es ni una forma de caridad ni un intercambio que suma cero, tanto el donante como el receptor son iguales e intercambiables. Ya que ninguna tiene poder sobre el otra, aumentan su poder colectivo mediante la creación de oportunidades para trabajar juntos.

Asociación Voluntaria: Las personas debiesen tener libertad para cooperar con quienes quieran, sin embargo, si lo consideran necesario, del mismo modo deben tener la libertad de rechazar cualquier relación o acuerdo si no es de su interés. Todo el mundo debería ser capaz de moverse libremente, tanto física como socialmente. Los anarquistas se oponen a las fronteras de todo tipo y a las clasificaciones involuntarias por ciudadanía, género o raza.

Acción Directa: Es más empoderante y eficaz llevar a cabo los objetivos directamente que confiar en las autoridades o representantes. La gente libre no ha de solicitar los cambios que quieren ver en el mundo, sino que ha de realizar esos cambios.

Revolución: Los arraigados sistemas represivos de hoy no pueden ser reformados. Quienes detentan el poder en un sistema jerárquico son los primeros en instituir reformas, y por lo general lo hacen de manera de preservar o incluso aumentar su poder. Sistemas como el capitalismo y la supremacía blanca son formas de guerra llevada a cabo por las élites, la revolución anarquista significa luchar para derrocar a estas élites con el fin de crear una sociedad libre.

Auto-liberación: «La liberación de los trabajadores es el deber de los propios trabajadores», como dice la vieja consigna. Esto se aplica a otros grupos de la siguiente manera: la gente debe estar a la vanguardia de su propia liberación. La libertad no se entrega, sino que debe ser tomada.



Tomado del Libro: La Anarquía Funciona

martes, 8 de abril de 2014

Militarismo y fascismo en la Argentina contemporánea - Ángel Cappelletti

El 6 de agosto de 1936, en un momento luminoso de la revolución española, escribía Solidaridad Obrera: «Los militares han sido la pesadilla de la nación». La frase podría servir de epígrafe a una historia del último medio siglo en la Argentina.

 «Primero vamos a matar a todos los subversivos, después a sus colaboradores, después a los simpatizantes, después a los indiferentes, y por último a los tibios» 

El ejército argentino, organizado como ejército regular después de la batalla de Caseros, tuvo su mirada puesta en los ejércitos europeos durante muchas décadas. Sarmiento fundó el Colegio militar con el fin de «europeizar» técnica e ideológicamente a la oficialidad nacional. La tecnificación se logró, en mayor o menor grado; la ideologización también. Tuvo así el país un ejército «liberal», con todas las consecuencias que ello suponía. Liberales fueron los más de los oficiales argentinos, porque creían firmemente en el libre cambio y en la libre empresa. También lo fueron en lo político y en lo cultural. Pensaban que cada ciudadano podía expresar sus ideas, cualesquiera que fuesen, siempre que con ello no atentara contra la Constitución, es decir, contra la propiedad privada, la familia patriarcal, la jerarquía de las clases, la autoridad del gobierno. Un argentino podía ser católico, metodista o agnóstico: conservador, radical o hasta socialista. Pero, desde luego, no comunista o anarquista. Se podía, según ellos y según los gobiernos que sustentaban, criticar a los hombres y a las instituciones y hablar mal de los ministros y aun del Presidente, durante todo el año, pero el día de las elecciones no se podía votar sino por quien asegurara la continuidad del orden y del progreso. El presidente Roca tuvo un conflicto con el nuncio papal; los generales leían a Spencer y aun a José Ingenieros; la educación era laica, gratuita y obligatoria. Pero, en caso de huelga, las fuerzas armadas tenían ya preparados a sus Falcón y sus Varela, siempre prontos para servir a la patria, masacrando obreros (Cfr. O. Bayer. La Patagonia rebelde).

Este «liberalismo» de los militares argentinos, suficiente para asegurar la perduración del latifundio y el dominio político de la oligarquía, comenzó, sin embargo, a ser cuestionado, por su debilidad intrínseca, a partir del ascenso a la clase media y del triunfo del radicalismo (1916). En los años 20 algunos oficiales empezaron a ver con simpatía el triunfo del fascismo italiano y se sintieron deslumbrados por la retórica grandilocuente de Mussolini. Hacia fines de esa década esos militares formaban ya un grupo significativo, que consolidaba su ideario con la lectura de Maurras y el magisterio «filosófico» de algunos «hispanistas». El nacionalismo consistía, por entonces, en abjurar de toda la historia nacional (hecha por masones y jacobinos), para reivindicar a Felipe II, y en soñar con la reinstauración del Virreinato, por encima de ese engendro rousseauniano llamado República Argentina. Se trata de reinventar la Santa Inquisición, contra anarquistas, comunistas, socialistas y aun liberales; de negar el internacionalismo «moscovita» en pro del internacionalismo vaticano; de impedir a toda costa, con la cruz y con la espada, que alguien tomara en serio la frase del Evangelio: Esurientes implevit bonis et divites dimisit inanes («A los hambrientos los llenó de bienes y a los ricos los devolvió vacíos», es decir, los despojó de sus riquezas). El 6 de septiembre de 1930, el general Uriburu interrumpió medio siglo de relativo constitucionalismo civilista a fin de asegurar lo esencial de esos ideales del «nacionalismo», y derrocó al Presidente Irigoyen. Lo acompañaron en el golpe, además de los cadetes de la Escuela Militar, un selecto grupo de oficiales del ejército, entre los cuales estaban el capitán Perón, el capitán Franklin Lucero, el mayor Sosa Molina, etc. Era «la hora de la espada», como diría el ex anarquista Lugones. Uno de los ideólogos de aquel primer golpe fascista de los militares argentinos, Carlos Ibarguren (La historia que he vivido, Buenos Aires, 1969, p. 369), describe así el ideario de quienes inspiraron, realizaron y usufructuaron la «gloriosa» revolución de 1930:

Esos núcleos de juventud sentíanse disconformes con nuestro régimen individualista, que fomentaba la anarquía en una época en que el clima de la sociedad sufría grandes conmociones en el mundo. En Francia, cuya cultura y mentalidad ejercían poderosa influencia entre nosotros, el modo de obrar y la prédica del gran político y nacionalista Maurras y de la Action Fraçaise –descartando la tendencia monárquica– provocaba revuelo en esos momentos, lo que atrajo aquí profundo interés en muchos jóvenes, determinando tendencias políticas y sociales definidas, en cuanto a combatir el liberalismo y el parlamentarismo, a la necesidad de organizar un Estado vigoroso y un gobierno representativo del país real y no de los comités electoralistas; a los anhelos de la implantación de una democracia funcional, basada en las fuerzas sociales y no en los partidos manejados y usufructuados por demagogos y oligarquías de políticos profesionales. Ejercían también influencia las ideas difundidas por Mussolini, y si bien repudiábanse las dictaduras (?), sosteníase la necesidad de gobiernos fuertes que mantuvieran enérgicamente el orden social, las jerarquías y la disciplina para evitar la amenaza del comunismo soviético.
De hecho, el gobierno de Uriburu cumplió, hasta donde pudo, con este programa. La represión contra los políticos (radicales, socialistas) fue leve, si se la compara con la que ejerció contra los militantes obreros. La prisión de Usuhaia, «el sepulcro de los vivos» del extremo sudargentino, se llenó de anarquistas y comunistas; se implantó sistemáticamente la tortura; se fusiló a Severino Di Giovanni y a otros revolucionarios.

En la década del 30 la ideología fascista logró prestigio creciente entre los militares argentinos, así como entre una minoría de intelectuales «aristocráticos». El triunfo de Hitler en Alemania y de Salazar en Portugal; el falangismo español de José Antonio Primo de Rivera; Codreanu y la Guardia de Hierro, etc., para no hablar del Estado Novo de Getulio Vargas, del integrismo de Plinio Salgado y de otros avances de las fuerzas totalitarias, corroboraron las iniciales tendencias de algunos y arrastraron a otros hasta entonces indecisos.

Mientras Uriburu desmantelaba la FORA y, aplicando con rigor la famosa «ley de residencia», devolvía a Italia o España a los más aguerridos luchadores obreros, los intelectuales «nacionalistas» revisaban la historia argentina, exaltaban a Rosas, denigraban a Sarmiento y Rivadavia, confeccionaban impecables sonetos a lo Garcilaso y se esforzaban por sustituir a Hegel por San Agustín y a Kant por Santo Tomás.

Muchos oficiales, aleccionados por «filósofos» como Giordano Bruno Genta, empezaron a sentirse «cruzados», cuya misión sagrada era la lucha contra el comunismo y su lacayo, el demoliberalismo. Surgieron logias evidentemente imbuidas de ideales fascistas o falangistas. El GOU (Grupo de Oficiales Unidos), que llevó al poder, en 1943, a Ramírez, Farrell y Perón, fue una de ellas. La viveza criolla de éste último (más próxima, sin duda, a la sabiduría del viejo Vizcacha que a la de Martín Fierro) supo disfrazar hábilmente la aspiración a un Estado corporativo con el percal floreado de las dádivas y los «beneficios sociales». Pero cuando el fascismo manso y campechano dejó de ser posible (porque ya no sobraba nada para regalar) el fascismo en su pura virulencia resurgió. Lonardi y sus amigos de la Unión Federal en 1955 eran parientes cercanos del franquismo contemporáneo, pero los «liberales» de Aramburu, recogiendo la herencia de Agustín P. Justo y de Roca, prefirieron retornar a vías más moderadas. Cuando éstas se mostraron insuficientes surgió, una década más tarde, Onganía, progenie del Opus Dei y de la CIA, de los Cursillos de Cristiandad y de la OAS Con menos inhibiciones que Lonardi (y también con menos oposición dentro de las fuerzas armadas), Onganía asumió alegremente la postulación de un corporativismo tecnocrático. Para ello, comenzó por echar de la Universidad nacional a los mejores técnicos y hombres de ciencia. La petulante ineficiencia de su gobierno naufragó en el Cordobazo. Fue el turno de la otra cara del fascismo criollo. Retornó entonces, con sus recapturadas preseas de general, Juan Domingo Perón, seguido por su cohorte de brujos y su comparsa de guerrilleros. Estos eran «socialistas-nacionalistas, aquellos «nacional socialistas» (lo cual, en el fondo, viene a ser lo mismo). Perón los cubrió primero, a unos y otros, con su bonhomía de duce resucitado. Hacia el final, repudió a los montoneros cuya estridencia pseudo-revolucionaria turbaba sus siestas de anciano apacible; y se quedó con López Rega y los sindicalistas, para liquidar desde el gobierno a los «apresurados». Sentó así las bases de la represión apocalíptica; fundó directa o indirectamente, queriéndolo o sin quererlo, los escuadrones de la muerte y la Triple A, cuya titularidad ostentaban López Rega, y otros camelots du roi.

El golpe de 1976 dio lugar al período indudablemente más sangriento y amoral de toda la historia argentina. Los militares reivindicaron el monopolio del crimen y de la corrupción. Declararon la guerra a la subversión, que identificaban con «el marxismo apátrida», aunque era más bien supernacionalismo fascista, en la mayoría de los casos. Se dio la paradoja –que sólo puede darse en la Argentina– de una versión del fascismo tratando de exterminar a otra. Esencialmente la lucha «militares versus montoneros» fue el enfrentamiento de dos fascismos: un fascismo que defiende la civilización «occidental y cristiana», es decir, los intereses de Estados Unidos, de las transnacionales, de la jerarquía católica, de la oligarquía financiera y, sobre todo, de las fuerzas armadas, y otro, tercermundista, apoyado a veces en Cuba, a veces en los países árabes y en el capital petrolero, siempre nostálgico de la figura del líder (el Duce), alimentado ideológicamente por los desechos del marxismo y por las ambigü̈edades de cierta teología postconciliar, básicamente católica y no carente de afinidades con el falangismo «independiente» en todo lo que se refiere a la concepción del Estado –los sindicatos, la iglesia, la familia, etc. (Linke Leute von Recht)–. Es claro que la gran redada represiva arrastró muchos hombres que no eran montoneros ni socialistas-nacionales. Cayeron en ella marxistas (más o menos auténticos), socialdemócratas, radicales y hasta algún anarquista; personalidades independientes, cristianos sinceros, defensores de los derechos humanos, etc. Los liberales, en cambio, se plegaron o se replegaron. Videla tuvo, más que el mismo Mussolini, sus Salandra y sus Giolitti. El Estado Fascista asumió la vestidura de Estado terrorista. Los militares, dueños del poder absoluto, consideraron «que el principio de sujeción a la ley, la publicidad de los actos y el control judicial de los mismos incapacitan definitivamente al Estado para la defensa de los intereses de la sociedad», y de tales premisas surgió «la necesidad de estructuración –casi con tanta fuerza como el Estado Público– del Estado clandestino y, como instrumento de éste, el terror como método» (E.L. Duhalde, El Estado terrorista argentino, Buenos Aires, 1983, p. 28). En esta nueva modalidad del fascismo argentino los militares no sólo asumen el poder absoluto, no sólo subordinan la sociedad al Estado y el Estado a las fuerzas armadas, sino también hacen tabla rasa de toda normalidad jurídica y ética. Para poder defender mejor la ley y la moral, suprimen toda moral y toda ley. Su poder, tanto más obsceno cuanto más pretende ejercerse en nombre de los valores cristianos, tanto más semejante al despotismo oriental cuanto más se esfuerza por mostrarse paladín de la civilización occidental, tiende a ser así no sólo infinito sino también (como diría Spinoza) infinitamente infinito. Tal fascismo castrense ultraterrorista se basa en la doctrina de la seguridad nacional. Esta doctrina «acabada elaboración del Estado Mayor Conjunto Militar de los Estados Unidos» es, como dice Duhalde, el fundamento de «los Estados militares o Estados contrainsurgentes que han desembocado en la constitución de los Estados terroristas» (op. cit. p. 32). El mencionado historiador caracteriza así esos Estados, de los cuales son ejemplos el Chile de Pinochet, el Uruguay de Gregorio Álvarez y la Argentina de Videla, Viola y Galtieri: «En ellos, el énfasis de su discurso ideológico está puesto en la defensa de la seguridad de la nación, supuestamente amenazada por «la agresión permanente al servicio de una superpotencia extracontinental e imperialista», en palabras de Augusto Pinochet, la que está representada por la infiltración en el seno del país, de elementos subversivos empeñados en destruirlo en todos los órdenes. Dichos elementos ­–se sostiene– han logrado o se empeñan en lograr la destrucción del sistema democrático occidental, influidos por el marxismo mediante proyectos políticos ajenos a la idiosincrasia y a las tradiciones de sus respectivos pueblos. La preocupación prioritaria y determinante, que orienta la acción del Estado es, en consecuencia, la lucha frontal contra las actividades de todas las organizaciones sociales, sindicales, políticas y, por supuesto, armadas, cuyos postulados o actividades conlleven, de alguna manera, propuestas alternativas o diferentes del que se caracteriza como el modo de vida occidental y cristiano» (op. cit. p. 32-33).

El Estado terrorista argentino instaurado en 1976 no puede confundirse con las clásicas dictaduras latinoamericanas, ni siquiera con las más arbitrarias y sangrientas. Entre otras diferencias podría señalarse la siguiente: los clásicos dictadores latinoamericanos (Juan Vicente Gómez, en Venezuela, por ejemplo), aunque en la mayoría de los casos son militares y llegan al poder con el apoyo de las fuerzas armadas, no suelen perseguir sino a quienes se oponen directamente a su gobierno, a sus intereses o a los de su grupo y su clase. Ejercen un terror limitado por la economía de sus propias fuerzas y por la estrechez de sus perspectivas. En cambio, la represión del Estado terrorista es absoluta y universal. Y si en verdad el terror es, como dice Hanna Arendt, la esencia de la dominación totalitaria, resulta evidente que ese Estado ha llevado el fascismo a su perfección ontológica. Un tristemente célebre gobernador argentino, el general Saint Jean, sintetizó así el programa político del Proceso: «Primero vamos a matar a todos los subversivos, después a sus colaboradores, después a los simpatizantes, después a los indiferentes, y por último a los tibios». Sin embargo, el terror no se limita al asesinato: recorre todos los ámbitos de la existencia humana, se implanta en la fábrica, en el taller, en el periódico, en la escuela, en el arte, en la familia, etc. Afecta a individuos de toda edad, profesión, condición social (aunque obviamente prefiere a los de las clases inferiores). Mueren o desaparecen individuos que tienen entre ochenta años y ochenta días. Pero lo más significativo no es el aspecto cuantitativo de la represión (en lo cual Videla tal vez fue superado por Hitler, aunque no por Mussolini, Stalin o Franco) sino el cualitativo, donde no sería aventurado afirmar que el régimen militar fascista argentino ha alcanzado cumbres nunca escaladas en la historia latinoamericana y universal. No creo que el refinamiento sádico de los torturadores de la Escuela de mecánica de la Armada haya sido superado en Auschwitz. Me parece, por el contrario, que la Gestapo hubiera podido aprender bastante de los Grupos de tarea argentinos, y que Mengele, más que dar lecciones a Astiz, debería haberlas tomado de él.

Puede decirse, en todo caso, en favor de los nazis alemanes, que no unían la hipocresía a la sevicia, que no se escondían detrás de la cruz de Cristo sino que llevaban con orgullo, por delante, la cruz gamada (para muchos, la cruz del Anticristo). El gran problema es que los fascistas argentinos no tuvieron su ̈Nuremberg. Después de oprimir, empobrecer y asesinar «valientemente» a su propio pueblo, los militares argentinos emprendieron una guerra absurda (cortina de humo, autojustificación, pero también consecuencia forzosa de la ideología fascista, que tiende necesariamente al conflicto bélico). Vencieron a los montoneros, pero no pudieron vencer a los ingleses. Demostraron que no sólo eran absolutamente ineptos como gobernantes sino también enteramente incapaces como militares. Lo menos que se podría pedir frente a esta demostrada y palmaria inutilidad es la abolición de tales fuerzas armadas o por lo menos su reducción a una limitadísima oficina técnica. Pero esto seguramente no sucederá.

Publicado en Polémica, n.º 17, mayo 1985

Fuente: revista polémica 

La utopía en Aldous Huxley. Las asechanzas de la ciencia - Ángel Cappelletti



Aldous Huxley fue uno de los escritores más leídos en Gran Bretaña y en el continente europeo durante las décadas del treinta y del cuarenta. Cultivó todos los géneros literarios (inclusive el guión cinematográfico), pero intentó ser, básicamente, novelista. En realidad, fue un gran ensayista que procuró con frecuencia endilgar sus reflexiones a personajes imaginarios, actores de tramas más bien pobres. Las fuentes de sus ideas son múltiples y aparentemente contradictorias. Por una parte, nieto de Thomas Huxley se nutrió de ciencia biológica y nunca echó al olvido el espíritu de Darwin. Por otra, bisnieto de Matthew Arnold, encontró inspiración permanente en lo mejor de la poesía inglesa y europea. Por otra, en fin, nieto también de Thomas Arnold, espíritu atormentado por su fe, que se debatió entre anglicanismo y catolicismo, halló Aldous Huxley la superación de los antagonismos dogmáticos en la filosofía perenne. Pero a todo esto hay que añadir una constante preocupación por los problemas de la humanidad y por su futuro, que lo hermana con su tan diferente contemporáneo y compatriota H.G. Wells. Esto explica el hecho de que, más de una vez, la narrativa de Huxley asuma la forma de utopía o, de acuerdo con su espíritu crítico e irónico, de anti utopía. Esbozos utópicos se encuentran ya en las primeras novelas. En Crome Yellow (traducida al castellano con el título de Los escándalos de Crome), obra que data de 1921, Scogan (que personifica a Bertrand Russell) expone una visión del futuro en la cual la reproducción humana se realiza en laboratorios, sin intervención del «horrendo sistema de la naturaleza», con lo que desaparecerá la familia y Eros revoloteará, libre e irresponsable, sin preocupación genésica alguna. Tal vez el mismo Russell haya expresado en esa época ideas similares en sus visitas a Garsington Manor, la mansión campestre cercana a Oxford, donde Lady Morrell invitaba a Huxley y a otros muchos escritores, como Virginia Wolf y T.S. Elliot. De hecho, el filósofo las expresará luego en The Scientific World, publicado en 1931, un año antes de Brave New World, donde Huxley ofrece esta misma perspectiva del futuro. El mismo Scogan completa luego su utopía describiendo un estado racional, en el cual los hombres, clasificados según su inteligencia y su temperamento, reciben la educación que les corresponde. Surgen así tres clases: Inteligencias Directoras, Hombres de Fe y Rebaño, cuyos respectivos roles serían gobernar racionalmente, persuadir magnéticamente y vivir felices en la obediencia y el trabajo. Como se ve, esta primera utopía esbozada por Huxley en su juventud, reproduce la estructura de clases de la República de Platón, sustituyendo a filósofos por científicos y a guerreros por predicadores entusiastas. A través de Russell, Huxley se conecta así con Wells. La persistencia del ideal platónico del gobierno de los sabios se explica por la adhesión que suscita en los positivistas, de Comte a Renan, continuados por Russell. Combatido por Bakunin y por Marx, triunfa de hecho, aunque no «de iure», en las actuales tecnoburocracias que esconden el socialismo «real».

Después de Crome Yellow, publica Huxley, en 1923, Antique Hay, Those Barren Leaves (Esas hojas estériles), en 1925; y, como culminación de su período italiano, Point Counterpoint (Contrapunto), en 1928. Todas ellas son «novelas de ideas». Durante el mismo período edita, intercalándolos entre las novelas, varios libros de ensayo: On the Margin (Al margen) en 1923; Along the Road (A lo largo del camino) en 1925; Jesting Pilate en 1926; Proper Studies, en 1927; Do What you Will, en 1929.

Instalado en Francia, escribe cinco colecciones de ensayos y sólo dos novelas. Aquellas colecciones dieron origen a los siguientes volúmenes: Music at Night (Música en la noche) en 1931; Texts and Pretexts, en 1932; Beyond the Mexique Bay (El viaje), en 1934; The Olive Tree, en 1936; y Ends and Means (El fin y los medios) en 1937. Las dos memorables novelas son Brave New World (Un mundo feliz), publicado en 1932 y Eyeless in Gaza (Con los esclavos en la noria), en 1936.

Con Brave New World, Huxley, liberado ya de posibles influencias de D.H. Lawrence, especula sobre las consecuencias lógicas de un desmesurado progreso en tecnología, bioquímica y psicología y sobre el futuro que espera al hombre bajo los efectos de aquel progreso. Escrito con gran ecuanimidad, es un libro de fría y controlada ironía, eco del gran creador en este género de literatura, Jonathan Swift. Aldous compartía tales preocupaciones con su hermano Julian, que sería luego Director General de la Unesco, y que había de levantar por otra parte su voz de genetista ilustre contra «el predominio de la autoridad ideológica y política sobre la ciencia», en el caso de Lysenko y el «michurinismo».

A Aldous, igual que a Julian, «le preocupaba profundamente el porvenir de la humanidad». Por eso, «el peligroso aumento de la población, el derroche de materias primas, el implacable avance de la sociedad de consumo, la ruina de los valores espirituales, sustituidos por el culto a la economía y la industria, la expansión ilimitada de la ciencia son temas constantes en su obra».

El epígrafe de Berdiaeff donde se prevé el comienzo de un siglo en que los intelectuales «soñarán los medios para evitar las utopías y para volver a una sociedad no utópica, menos perfecta y más libre», constituye ya un claro indicio del carácter anti utópico de la novela de Huxley. Éste, en efecto, había tenido al principio, según él mismo atestigua, el propósito de escribir una parodia de la utopía de H.G. Wells, Hombres como dioses. En ciertos aspectos, Brave New World es asimismo un antecedente de 1984, aunque Orwell no esté preocupado por el triunfo de una ciencia y de una «racionalidad» enemigas del espíritu humano sino por la degeneración de la racionalidad revolucionaria. En todo caso, ambas anti utopías confrontan una sociedad donde los valores de la libertad y la igualdad, así como la esencia misma de la persona humana, aparecen suprimidos por una razón que se autojustifica con la existencia de la estabilidad, del orden y del Estado totalitario. Pero en la anti utopía de Orwelliana aniquilación de la individualidad se logra por la vigilancia extrema y la represión sin límites; en la de Huxley más bien por una adecuada aplicación de la ciencia biológica y psicológica. Allá predomina el miedo, aquí el placer mecánico. Al señalar los peligros de una utilización inhumana de la ciencia biológica. Huxley se sitúa en la línea de denuncia iniciada por Wells en La isla del doctor Moreau. Avizora una sociedad manipulada por una ciencia biológica y psicológica que se erige sobre una estricta concepción mecanicista del hombre y hace de éste un ente no sólo absolutamente ajeno a los valores del espíritu sino también extraño a los elementales valores de la vida animal. De ahí que su antiutopía exija la confrontación del mundo «fordiano» o civilizado con el mundo salvaje, donde aún tienen vigencia, junto a ciertos resabios desfigurados de espiritualidad, los instintos vigorosos y primarios de la animalidad. Erróneo sería, sin duda, suponer que el mundo salvaje es propuesto como modelo arquetípico frente a la sociedad europea futura o presente. Parece difícil convenir con Werner Plum cuando éste incluye a Brave New World entre las utopías nostálgicas y nativistas. La magia y la suciedad, la monogamia absoluta y la procreación vivípara en condiciones antihigiénicas no son, sin duda, un ideal que Huxley pueda defender, pero sí lamentables alternativas que deben preferirse, por más humanas, al mundo civilizado y feliz de Ford. El animal está más cerca del hombre (y del espíritu) que la máquina. Y aunque no se trata de que la «civilización» retorne a la vida animal, es claro que tiene muchas cosas de que la «civilización» retorne a la vida animal, es claro que tiene muchas cosas que aprender de ella. Esto explica por qué algunos críticos han visto aquí una extraña mezcla de deseo y repulsión por parte del autor.



La novela presenta una estructura triádica y dialéctica. En la primera parte (tesis) se describe el funcionamiento de la sociedad fordiana y civilizada, esto es, el mundo feliz de la ciudad de Londres; en la segunda (antítesis) el mundo salvaje de indios y mestizos, abandonados a la miseria y el dolor de su primitivismo en el desierto de Nuevo México; en la tercera (síntesis) el retorno de un extraño personaje nacido de dos civilizados (en un parto) y criado entre salvajes, al mundo mecánico de Ford.

Huxley sigue alentando la utopía (cada vez más remota para él en aquel 1932 con Stalin y Mussolini en el poder, con Hitler en vísperas de conquistarlo) de una economía descentralizada, al estilo de Henry George, de una política cooperativista al estilo de Kropotkin, que hagan posible la «búsqueda consciente e inteligente del fin último del hombre: el conocimiento unitivo del Tao o Logos inmanente, la trascendente divinidad de Brahma».

En los años siguientes, mientras escribe Eyeless in Gaza, acentúa su interés por la metafísica de lo Uno, absolutamente trascendente y absolutamente inmanente, a la vez que su pacifismo a ultranza. Pero es claro que de todos los modelos posibles de sociedad sigue prefiriendo, como Herbert Read, el que Kropotkin postula en La conquista del pan y Campos, fábricas y talleres. En 1937, al responder a un cuestionario de la Left Review acerca de su posición frente a la guerra civil española, Huxley dice:

«Mis simpatías están, naturalmente, con el gobierno, pero lo están más con los anarquistas, pues creo que el anarquismo tiene más probabilidades de lograr el deseado cambio social que un comunismo muy dictatorial y centralizado».
Su opinión al respecto estaba muy cerca de la de Orwell y la de Simone Weil, quienes aun sin abrazar «políticamente» el ideario anarquista, veían en él lo más cercano a sus propios ideales éticos y sociales. En definitiva, también Bernard Shaw, fabiano y autor de un ensayo titulado Imposibilidad del anarquismo, espera que la evolución física y mental de la humanidad conduzca a un socialismo sin Estado. Esto es lo que se infiere a su Retorno a Matusalén. En Brave New World, sin embargo, Huxley se circunscribe a describir los efectos no sólo deshumanizantes sino también desanimalizantes de una ciencia biopsicológica mecanicista. Gracias a ella se realiza el arquetipo del hombre planta y del hombre máquina; triunfan definitivamente la cibernética y la robótica, cuya función no consiste ya en crear mecanismos automáticos al servicio del hombre sino en crear hombres automatizados al servicio del Estado. Después de Huxley, la idea ha sido retomada por Burgess en La naranja mecánica, en lo que se refiere al condicionamiento psicológico y la modificación de conducta. Pero el Brave New World se remonta a la generación misma del organismo humano. Y comienza, por consiguiente, con una sátira tanto más feroz cuanto más próxima a los procedimientos reales de la eugenesia y de la fecundación «in vitro». La acción se desarrolla en el año 632 después de Ford, exactamente en el 700 a partir de la instauración del «mundo feliz». Ford, que reemplaza a Cristo no sólo en la cronología sino también en la vida de la nueva sociedad, simboliza la mecanización avanzada y la producción en serie, que de la industria se ha extendido a todos los ámbitos del quehacer humano. Desde el principio se deja sentado que el hombre deseable en la nueva sociedad es el que funciona mecánicamente, el que se ocupa de las partes y no se preocupa por el Todo, el que acumula y no piensa: «No son los filósofos sino los que se dedican a la marquetería y los coleccionistas de sellos los que constituyen la columna vertebral de la sociedad». Otro rasgo común con la anti utopía de Orwell (Rebelión en la granja; 1984) es el rechazo del pensamiento abstracto y la desconfianza hacia las ideas generales. En la sociedad fordiana, los estudiantes «alguna especie de idea general debían tener si habían de llevar a cabo su tarea inteligentemente; pero no demasiado grande si habían de ser buenos y felices miembros de la sociedad, a ser posible».

El punto de partida de esa sociedad, mecánicamente feliz y, según sus regentes, felizmente mecánica, es la fecundación in vitro. Para desterrar de modo definitivo y absoluto todo el complejo de emociones que tienen su fuente en la gestación, el parto, el amamantamiento, la crianza, la relación madre-hijo, la familia, etc., los arquitectos del mundo feliz han desplazado el pudor desde el acto sexual hacia los efectos biológicos del mismo. Lo obsceno no es ya el erotismo sino la embriología y, más aún, la familia. Los habitantes de 1984 están condenados a la castidad, que sólo puede transgredirse en la estricta medida en que lo requiere la perpetuación de la especie. Los ciudadanos del mundo feliz, por el contrario, ejercitan una sexualidad que casi carece de límites. La promiscuidad no sólo se permite sino que se fomenta. Desde su más tierna infancia son incitados a la práctica de juegos eróticos. Pero lo que aquí se quiere evitar no es diferente de lo que desea evitar el Hermano Grande en la novela orwelliana: el nacimiento del amor a partir del sexo, la aparición de un sentimiento tremendamente fuerte y personal, que no sólo escapa al control del Estado sino que también atenta contra su poder omnímodo, el orto de la libertad y de la individualidad. En 1984 el amor se vincula directamente con el sexo y sólo se puede evitar con la castidad; en Brave New World, por el contrario, el sexo parece como una vacuna contra el amor, pero éste se relaciona con la maternidad y la paternidad, es decir, con la familia.

Huxley ensalza así el valor de esta institución, sin recordar para nada las críticas que el pensamiento liberal y socialista había dirigido contra ella (perpetuación de la propiedad privada, dominio del marido sobre la mujer y de los padres sobre los hijos, origen de particularismos y egoísmos sociales, etc.). Pero se debe tener en cuenta que no se trata de una simple y llana apología de la familia monogámica y patriarcal sino de resaltar sus valores relativos, surgidos de la vida animal, frente a los desvalores de una sociedad ultramecánica, en la cual la sexualidad no pasa más allá del erotismo. El peligro que intenta señalar Huxley en su fábula antiutópica se cifra en la reducción de la vida a la máquina.
La obra se inicia, por eso, con una descripción del proceso, altamente mecanizado (fordizado) mediante el cual se producen los seres humanos. En las incubadoras y dentro de tubos de ensayo se conservan los óvulos (a la temperatura de la sangre) y los espermatozoides (a treinta y cinco grados). La unión de unos y otros se produce en un medio artificial (in vitro, se diría hoy) y luego los óvulos fecundados vuelven a las incubadoras, donde son sometidos a tratamientos diferentes, que dan como resultado las diversas castas de la sociedad. Los Alfas y los Betas (las castas superiores) permanecen en las incubadoras hasta ser definitivamente embotellados; mientras los Gammas, Deltas y Epsilones (las castas inferiores) son retirados al cabo de treinta y seis horas, «para ser sometidos al método de Bokanovsky». La bokanovskificación consiste en una serie de paros del desarrollo. Se controla el crecimiento normal y el óvulo reacciona echando varios brotes. «Un óvulo, un embrión, un adulto: la normalidad. Pero un óvulo bokanovskificado prolifera, se subdivide. De ocho a noventa y seis brotes y cada brote llegará a formar un embrión perfectamente constituido y cada embrión se convertirá en un adulto normal. Una producción de noventa y seis seres humanos donde antes sólo se conseguía uno. Progreso». La reproducción sexual (unión de los gametos) se combina con la asexual (gemación) dentro del proceso mecánico. A medida que se desciende en la escala de las castas, se desechan los rasgos que caracterizan la reproducción de las especies animales superiores y se adoptan los modos corrientes entre los vegetales. Las ventajas que el método de Bokanovsky presenta son claramente expuestas. Se trata de «uno de los mayores instrumentos de la estabilidad social». La estabilidad se hace depender de la identidad o igualdad mecánica de las partes en el todo, esto es, en la sociedad: «Hombres y mujeres estandarizados, en grupos uniformes. Todo el personal de una fábrica podría ser el producto de un solo óvulo bokanovskificado».
 
En la Sala de Envasado, «los óvulos pasaban de sus tubos de ensayo a unos recipientes más grandes; diestramente, el forro de peritoneo era cortado, la mórula situada en su lugar, vertida la solución salina… y ya el frasco había pasado y les llegaba la vez a los etiquetadores». Los procedimientos de Ford son aplicados con rigor a la generación humana. «Herencia, fecha de fertilización, grupo de Bokanovsky al que pertenecía, todos estos detalles pasaban del tubo de ensayo al frasco. Sin anonimato ya, con sus nombres a través de una abertura de la pared, hacia la Sala de Predestinación Social). Los Predestinadores mandan sus datos (ochenta y ocho metros cúbicos de fichas, que contienen toda la información necesaria) a los Fecundadores, los cuales les envían los embriones solicitados. Los frascos pasan entonces a la Sala donde han de ser individualmente predestinados para toda su vida. Desde allí vuelven al Almacén de los Embriones, donde son conservados en luz roja. Huxley logra sugerir aquí lo siniestro de la mecanización de la vida humana: «Los voluminosos estantes laterales, con sus hileras interminables de botellas, brillaban como cuajados de rubíes, y entre los rubíes se movían los espectros rojos de mujeres y hombres con los ojos purpúreos y todos los síntomas del lupus. El zumbido de la maquinaria llenaba débilmente los aires». Cada uno de los quince estantes (distribuidos en tres niveles) se mueve como un tren a razón de 333 milímetros por hora y durante 267 días (a razón de ocho metros por día), recorriendo así cada botella 2.136 metros hasta ver la luz del día y comenzar su existencia independiente en la Sala de Decantación. Durante ese largo recorrido le suceden al embrión «un montón de cosas». El 30% de los embriones hembras se desarrollan normalmente, aun cuando bastaría con que lo hiciera sólo uno de cada 1.200 de ellos. Los demás se convierten en hermafroditas. Por otra parte, los embriones son bioquímicamente condicionados para una determinada casta. Se los predestina para ser Alfas o Epsilones, futuros Directores de Incubadoras o poceros. Para obtener especímenes de castas inferiores con una inteligencia por debajo de lo normal es suficiente con proporcionar a los embriones menos oxígeno. Hay algo, sin embargo, para lo que todos y cada uno son condicionados por igual: la conformidad con el propio destino, en lo cual se hace consistir tanto la dicha personal como la paz y la seguridad social: «Este es el secreto de la felicidad y de la virtud: amar lo que uno tiene que hacer. Todo condicionamiento tiende a esto: a lograr que la gente ame su inevitable destino social».

El condicionamiento bioquímico se complementa con el psicológico. A la Sala de Predestinación Social le sigue, por eso, la Sala de Condicionamiento Neopavloviano o Guardería Infantil. Las mentes infantiles son conformadas mediante «reflejos condicionados definitivamente». Bien sintetiza el director de la Sala el sentido de su labor: «Lo que el hombre ha unido, la Naturaleza no puede separarlo». En la mente de aquellos niños se encuentran, por ejemplo, indisolublemente relacionados entre sí los libros con ruidos fuertes, las flores con descargas eléctricas. y ello por razones de alta política económica. «El amor a la Naturaleza no da quehacer a la fábrica. Se decidió abolir el amor a la Naturaleza al menos entre las castas más bajas». Estas son condicionadas, pues, para que odien el campo, pero al mismo tiempo para que amen los deportes campestres, ya que de ese modo consumirán transporte y aparatos complicados. Uno de los instrumentos pedagógicos más usados es la hipnopedia, el método de la enseñanza durante el sueño. La hipnopedia no se utiliza para la educación intelectual, ya que «no se puede aprender una ciencia a menos que uno sepa de qué se trata), sino para la educación moral, «que nunca, en ningún caso, debe ser racional. La educación moral comprende entre sus principales asignaturas: Conciencia de Clase Elemental y Sexo Elemental. El orgullo de pertenecer a una casta determinada y el desprecio por las demás castas se inculca al infante dormido, incansablemente: «Ciento veinte veces, tres veces por semana, durante treinta meses». Los juegos eróticos son fomentados entre niños y niñas como parte de la educación moral: «En una breve extensión de césped, entre altos grupos de brezos mediterráneos, dos chiquillos, un niño de unos siete años y una niña que quizás tendría un año más jugaban –gravemente y con la atención concentrada en unos científicos empeñados en una labor de investigación– a un rudimentario juego sexual». Difícil resulta, para los jóvenes estudiantes de la sociedad fordiana, comprender que en el mundo anterior a Ford «los juegos eróticos entre chiquillos habían sido considerados como algo anormal… y no sólo anormal sino realmente inmoral». El secreto de la felicidad consiste, pues, en mecanizar el sexo, reduciéndolo a un juego erótico y separándolo definitivamente del sentimiento, del amor y de cualquier rasgo de espiritualidad. Esto significa, para Huxley, desterrar toda idea de maternidad o paternidad, toda noción del hogar, toda imagen de la vida familiar: «Hogar, hogar… Unos pocos cuartitos superpoblados por un hombre, una mujer periódicamente embarazada, y una turbamulta de niños y niñas de todas las edades. Sin aire, sin espacio; una prisión no esterilizada; oscuridad, enfermedades y malos olores. Más aún, «el hogar era tan mezquino psíquica como físicamente. Psíquicamente, era una conejera, un estercolero, lleno de fricciones a causa de la vida en común, hediondo a fuerza de emociones. ¡Cuántas intimidades asfixiantes, cuán peligrosas, insanas y obscenas relaciones entre los miembros del grupo familiar! Como una maniática, la madre se preocupaba constantemente por los hijos (sus hijos)… Se preocupaba por ellos como una gata por sus pequeños; pero como una gata que supiera hablar, una gata que supiera decir: “nene mío, nene mío” una y otra vez. Nene mío y ¡oh, en mi pecho sus manitas, su hambre, y ese placer mortal e indecible! Hasta que al fin mi niño se duerme, mi niño se ha dormido con una gota de blanca leche en la comisura de su boca. Mi hijito duerme”…». El progreso sexual y familiar consiste para el mundo fordiano en elevar al hombre desde el animal a la máquina, puesto que la máquina no despide malos olores ni segrega tontos sentimientos, puesto que la máquina no se libra a la ansiedad vana ni se rebaja a la emotividad vulgar. Huxley, que aspira a una espiritualidad centrada en el Fin Ultimo, en lo Absoluto trascendente-inmanente, no reivindica la pura animalidad como meta ideal, pero la contrapone a la pura maquinalidad como algo más humano y, por tanto, menos alejado del fin trascendente. Ford (es decir, Freud) descubrió las oscuras y hediondas entrañas de la familia: nuestro Ford –o nuestro Freud, como, por alguna razón inescrutable, decidió llamarse él mismo cuando hablaba de temas psicológicos– nuestro Ford fue el primero en revelar los terribles secretos de la vida familiar. El mundo estaba lleno de padres y, por consiguiente, estaba lleno de miseria; lleno de madres y, por consiguiente, de todas las formas de perversión, desde el sadismo hasta la castidad; lleno de hermanos, hermanas, tíos, tías, y, por ende, lleno de locura y de suicidios». Más aún, «había también maridos, mujeres, amantes. Había también monogamia y romanticismo… Familia, monogamia, romanticismo. Exclusivismo en todo, en todo una concentración del interés, una canalización del impulso y la energía». Nada más contrario a los principios de la civilización fordiana donde «todo el mundo pertenece a todo el mundo».

Publicado en Polémica, n.º 51, agosto 1992

Fuente: revista polémica