domingo, 4 de octubre de 2015

El mendigo y el ladrón - Ricardo Flores Magón

A lo largo de la avenida risueña van y vienen los transeúntes, hombres y mujeres perfumados, elegantes, insultantes. Pegado a la pared está el mendigo, la pedigüeña mano adelantada, en los labios temblando la súplica servil.
─¡Una limosna por el amor de Dios!
De vez en cuando cae una moneda en la mano del pordiosero, que éste mete presuroso en el bolsillo prodigando alabanzas y reconocimientos degradantes.
El ladrón pasa y no puede evitar obsequiar al mendigo con una mirada de desprecio.
El pordiosero se indigna porque también la indignidad tiene rubores, y refunfuña atufado:
─¿No te arde la cara, ¡bribón! de verte frente a frente de un hombre honrado como yo? Yo respeto la ley: yo no cometo el crimen de meter la mano en el bolsillo ajeno. Mis pisadas son firmes, como las de todo buen ciudadano que no tiene la costumbre de caminar de puntillas, en el silencio de la noche, por las habitaciones ajenas. Puedo presentar el rostro en todas partes; no rehúyo la mirada del gendarme; el rico me ve con benevolencia y, al echar una moneda en mi sombrero, me palmea el hombro diciéndome: ¡buen hombre!
El ladrón se baja el ala del sombrero hasta la nariz, hace un gesto de asco, lanza una mirada escudriñadora en torno suyo y replica al mendigo:
─No esperes que me sonroje yo frente a ti, ¡vil mendigo! ¿Honrado tú? La honradez no vive de rodillas esperando que se le arroje el hueso que ha de roer. La honradez es altiva por excelencia. Yo no sé si soy honrado o no lo soy; pero te confieso que me falta valor para suplicar al rico que me dé, por el amor de Dios, una migaja de lo que me ha despojado. ¿Que violo la ley? Es cierto; pero la ley es cosa muy distinta de la justicia. Violo la ley escrita por el burgués, y esa violación contiene en sí un acto de justicia, porque la ley autoriza el robo del rico en perjuicio del pobre, esto es, una injusticia, y al arrebatar yo al rico parte de lo que nos ha robado a los pobres, ejecuto un acto de justicia. El rico te palmea el hombro porque tu servilismo, tu bajeza abyecta, le garantiza el disfrute tranquilo de lo que a ti, a mí y a todos los pobres del mundo nos ha robado. El ideal del rico es que todos los pobres tengamos alma de mendigo. Si fueras hombre, morderías la mano del rico que te arroja un mendrugo. ¡Yo te desprecio!
El ladrón escupe y se pierde entre la multitud. El mendigo alza los ojos al cielo y gime:
─¡Una limosna, por el amor de Dios!

Ricardo Flores Magón 


(De Regeneración, del número 216, fechado el 11 de diciembre de 1915)






Ricardo Flores Magón



lunes, 28 de septiembre de 2015

La descomposición de los Estados - Piotr Kropotkin

La situación económica de Europa se resume en dos palabras; caos industrial y comercial y quiebra de la producción capitalista. La situación política se caracteriza por lo siguiente: descomposición galopante y próxima bancarrota de los Estados.

Recorredlos todos, desde la autocrática Rusia hasta la oligarquía burguesa de Suiza, y no hallaréis ni uno siquiera que no vaya a pasos de gigante hacia su descomposición y por consecuencia a la revolución. Viejos impotentes, sin fuerza en su base para sostenerse, roídos por enfermedades constitucionales, incapaces de asimilarse la multitud de ideas nuevas, derrochan las escasas fuerzas que les restan, viven artificialmente y aceleran más su caída, arañándose como viejas gruñonas.

Una enfermedad incurable les amenaza a todos: la vejez senil, la decrepitud. El Estado, esta organización que deja en poder de unos cuantos los asuntos de todos, es una forma de organización humana que ha dado de sí cuanto tenía, y por eso la humanidad intenta nuevas formas de agrupación.

Luego de haber llegado a su apogeo en el siglo diez y ocho, los viejos Estados de Europa han entrado ya en la fase del descenso. Los pueblos, sobre todo los de raza latina, aspiran a la destrucción de ese poder que no sirve más que para cohibir su libre desenvolvimiento. Quieren la autonomía de las provincias, de los municipios, la asociación entre sí de los grupos obreros, supresión de poderes que impongan, establecimiento de lazos de apoyo mutuo y libre acuerdo. Tal es 'la fase histórica en que entramos, y nada puede impedir su realización.

Si las clases directoras tuvieran el sentimiento de su conservación se darían prisa en ponerse al frente de estas aspiraciones; pero envejecidas con la tradición, sin otro culto que el de la bolsa, se oponen con todas sus fuerzas al progreso de las nuevas ideas, y ese procedimiento nos lleva fatalmente hacia una conmoción violenta. Las aspiraciones humanas se abrirán paso, aunque para ello la metralla y el incendio hayan de hacer funciones importantes en la lucha.
Cuando después de la caída de las instituciones en la Edad Media, los Estados nacientes hacían su aparición en Europa, y se afirmaban y engrandecían por la conquista, por la astucia y el asesinato, sus funciones se reducían a un pequeño círculo de los negocios humanos.

Hoy el Estado ha llegado a inmiscuirse en todas las manifestaciones de nuestra vida; desde la cuna a la tumba nos tritura con su peso. Unas veces el Estado central, otras el de la provincia, otras el municipio; un poder nos persigue a cada paso, se nos aparece al volver de cada esquina y nos vigila, nos impone, nos esclaviza. Legisla sobre todos nuestros actos, y amontona tal cúmulo de leyes que confunden al más listo de los abogados. Crea cada día nuevos engranajes que adapta zurdamente a la vieja guimbarda recompuesta, llegando a construir una máquina tan complicada, bastarda y obstructiva, que subleva a los mismos encargados de hacerla funcionar.

El Estado crea además un ejército de empleados, arañas con largas uñas que no conocen del universo más que lo visto a través de los sucios cristales de la oficina o lo contenido en los textos absurdos que llenan el papelote de los archivos; multitud estúpida que no tiene otra religión que el dinero, ni más preocupación que la de pegarse a un partido cualquiera, negro, azul o blanco, que le garantice un máximum de sueldo por un mínimum de trabajo.

Los resultados nos son por desgracia harto conocidos. ¿Hay una sola rama de la actividad del Estado que no indigne a quien tenga algo que ver con ella? ¿Hay un solo ramo en el que el Estado, luego de muchos siglos de existencia de reformas, no de pruebas evidentes de completa incapacidad?

Las sumas inmensas que el Estado arranca a los pueblos, a pesar de ser mayores cada día, no son nunca suficientes. El Estado vive siempre a cargo de las futuras generaciones; se llena de deudas y marcha por todos lados a la ruina.
La deuda pública de los Estados de Europa alcanza la suma fabulosa, increíble, de más de cien mil millones de millones de francos. Si todos los ingresos de los Estados se destinaran íntegramente a cubrir esta deuda, necesitarían para ello nada menos que veinte años. Pero lejos de disminuir, estas deudas aumentan de día en día. Por la fuerza natural de las cosas, las necesidades de los Estados son mayores que los medios de que disponen; es preciso que cubran sus atribuciones, y por eso cada partido que sube al poder viene obligado a crear nuevos empleos para sus clientes: esto es fatal.

Por consecuencia, el déficit y la deuda pública van cada día en aumento hasta en tiempo de paz. En tiempo de guerra la deuda aumenta de un modo increíble; y la cosa no tiene remedio; imposible salir del atolladero. Los Estados marchan a toda máquina hacia la ruina, hacia la bancarrota. El día que los pueblos, hartos de pagar cuatro millones de intereses anuales a los banqueros, declaren la quiebra de los Estados, está mucho más próximo de lo que parece.

Decir «Estado» es lo mismo que decir «guerra». El Estado procura ser fuerte, más fuerte que sus vecinos, si no se convierte en juguete de ellos. Procura además, debilitar y empobrecer los otros Estados para imponerles su ley y su política, y para enriquecerse en detrimento de ellos. La lucha por la preponderancia, que es la base de la organización económica burguesa, es también base de la organización política. Por esto la guerra es hoy condición normal en Europa. Guerras pruso-dinamarquesa, pruso-austríaca, franco-prusiana; guerra de Oriente, guerra continua en Afganistán. Nuevas guerras se preparan: Rusia, Inglaterra, Alemania, Francia, etc., están próximas a lanzarse sus ejércitos. Actualmente hay motivos de guerras para treinta años.

La guerra es, pues, la perdición, la crisis, el aumento en los impuestos, el amontonamiento de deudas. Es más; cada guerra es un fracaso moral para los Estados. Luego de terminar la lucha los pueblos se dan cuenta que el Estado da pruebas de incapacidad, hasta en sus principales atribuciones. No sabe organizar la defensa del territorio, y hasta victorioso fracasa. Fijémonos, si no, en la fermentación de ideas que nació de la guerra de 1871, lo mismo en Alemania que en Francia, o en el descontento general en Rusia luego de la guerra de Oriente.

Las guerras y los ejércitos matan los Estados, aceleran su bancarrota moral y económica. Una o dos grandes guerras más y darán el golpe de gracia a esas viejas máquinas.

Al lado de la guerra exterior está la interior. 

El Estado, aceptado por los pueblos con la condición de ser el defensor de los débiles contra los fuertes, se ha convertido hoy en fortaleza de los ricos contra los explotados, del propietario contra los proletarios.

¿Para qué sirve esta inmensa máquina que llamamos Estado? ¿Es para impedir la explotación del obrero por el capitalista, del campesino por el rentista? ¿Es para facilitar y asegurar el trabajo, para defendernos contra el usurero, para suministrarnos alimentos cuando la esposa amada no tiene más que agua para calmar el hambre del niño que llora agarrado a su exhausto seno? No, y mil veces no. El Estado protege la explotación, la especulación y la propiedad privada, producto del robo. El proletario que no tiene otra fortuna que sus brazos, no puede esperar nada del Estado si no es una organización fundada para impedir su emancipación.

Todo para el propietario holgazán; todo contra el proletario trabajador; la instrucción burguesa que desde la más tierna edad corrompe la infancia, inculcándola prejuicios de esclavitud; la Iglesia que confunde el cerebro de la mujer; la ley que impide la difusión de ideas de solidaridad e igualdad; el dinero, que sirve a veces para corromper a los que se hacen apóstoles de la solidaridad de los trabajadores; la cárcel y la metralla a discreción para reducir a silencio a quien no se deja corromper. He ahí la misión del Estado.

¿Durará mucho lo existente? ¿Puede prolongarse esta situación? No; por cierto. Una clase entera de la sociedad, la que todo lo produce, no puede continuar sosteniendo por más tiempo una organización establecida especialmente contra ella. Por todas partes, bajo la brutalidad autocrática como bajo la hipocresía gambettista, el pueblo descontento se subleva. La historia de nuestros días es la historia de los gobiernos privilegiados contra las aspiraciones igualitarias del pueblo. Esta lucha constituye la principal preocupación de los gobernantes, e influidos por ella dictan todos sus actos. Ya no es por principios, por consideraciones de bien público por lo que actualmente se fabrican leyes u obran los gobiernos, sino para combatir al pueblo, para conservar privilegios.

Sólo esta lucha sería suficiente para derribar la más fuerte organización política. Pero, cuando esta lucha se opera en los Estados que van arrastrados por la fatalidad histórica hacia la decadencia; cuando estos Estados corren vertiginosamente a la ruina, y más aun destruyéndose entre sí como se destruyen; cuando en fin el Estado todopoderoso se hace odiar hasta por aquellos a quien protege, cuando tantas causas concurren hacia un punto único, el resultado de la lucha no puede ponerse en duda. El pueblo que tiene la fuerza derrotará a sus opresores; la caída de los Estados es ya cuestión de poco tiempo relativamente, y la más tranquila filosofía dibuja ya en el horizonte el incendio de una gran revolución que se anuncia.


Piotr Kropotkin 






jueves, 10 de septiembre de 2015

La guerra - Piotr Kropotkin

Triste es el espectáculo que ofrece Europa en este momento, pero edificante al mismo tiempo. De un lado un movimiento extraordinario de diplomáticos y cortesanos que se aumenta visiblemente en cuanto el viejo continente empieza a oler a pólvora. Se hacen y deshacen alianzas: se regatea, se vende el rebaño humano para asegurarse de los aliados: «Tantos millones de cabezas garantiza esta clase a la vuestra; tantas hectáreas como cebo; tantos puertos para exportar sus lanas», y se esfuerzan para engañarse, en el mercado como vulgares mercachifles: a esto se llama, en la jerga política, diplomacia.

De otro lado armamentos y más armamentos. Cada día se hacen nuevos descubrimientos para mejor matar a nuestros semejantes, nuevos gastos, nuevos empréstitos, nuevos impuestos. Fomentar el patriotismo haciendo a los hombres rabiosos chauvinistas, es la labor más política y lucrativa del periodismo. Ni los niños siquiera están libres de tal furor: se forman batallones de criaturas, se les educa en el odio a los extranjeros; se les impone la obediencia ciega a los gobiernos del momento, sean azules, blancos o negros, y cuando llegan a los veinte años, se les cargará como a burros de cartuchos, utensilios, provisiones y un fusil; se les enseñará a marchar al sonido de tambores y trompetas; a degollar, como bestias feroces a derecha e izquierda, sin preguntarse jamás el por qué ni con qué objeto: hay gente delante, muertos de hambre, alemanes, franceses o españoles, es igual; se rebelan, gritan; son nuestros hermanos, no importa. Suena el clarín y matan. He ahí a lo que conduce la sabiduría de nuestros gobiernos y educadores; he ahí todo lo que han sabido darnos como ideal precisamente en una época en que todos los desheredados del mundo se abrazan fraternalmente por encima de todas las fronteras.

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¡Ah! Bárbaros, no habéis querido el socialismo y tendréis la guerra. «Guerra de treinta, de cuarenta, de cincuenta años», decía Herzen después de 1848, y, en efecto, así ha sido. Si el cañón cesa de tronar aquí, es para tomar nuevos alientos y empezar más fuerte en otra parte, mientras que la guerra europea, la horrible revuelta de los pueblos nos amenaza, desde hace muchos años, sin que sepamos por qué nos batiremos, con quién ni contra quién, en nombre de qué principios, ni con qué interés.

En otros tiempos, si había guerras sabían al menos por qué se mataban. Tal rey ofendía al nuestro: «degollemos, pues, a sus súbditos.» Tal emperador quería usurpar al nuestro algunas provincias: «muramos, pues, por conservarlas para Nuestra Cristiana Majestad.» Se batían por rivalidades de reyes. La causa era estúpida, pero para tales causas apenas si se podían organizar algunos miles de hombres. ¿Por qué diablos hoy, los pueblos enteros se lanzan unos contra otros?

Los reyes ya no son motivo de guerras. Victoria ya no hace caso de los insultos que le prodigan en Francia: para vengarla los ingleses no se querellarán; pero ¿podemos afirmar que tal vez dentro de poco la guerra no estalle entre Francia e Inglaterra, por la supremacía en África, por la cuestión de Oriente o por otra causa cualquiera?

Por autócrata, malo y déspota, y por gran personaje que se imagine ser Alejandro, emperador de todas las Rusias, apuntada todas las insolencias de Chamberlain sin salir de su cubil de Gatchina, mientras que los banqueros de Petersburgo y los fabricantes de Moscou, que son los patriotas actuales, no le impongan la orden de poner en movimiento los ejércitos. Y es que en Rusia como en Inglaterra, en Alemania como en Francia, ya no se lucha por los reyes, sino por la integridad de los intereses y el aumento de la riqueza de la Muy Poderosa Majestad de Rothschild, Sehucides, compañía de Auzín, y por el medro de la alta banca y la gran industria.

Las rivalidades de los reyes han sido sustituidas por la lucha entre las sociedades burguesas.

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Se habla todavía de «preponderancia»; pero traducid esta entidad metafísica en hechos materiales, examinad cómo la preponderancia política de Alemania, por ejemplo, se manifiesta en este momento, y veréis que se trata simplemente de preponderancia económica en los mercados internacionales. Lo que Alemania, Francia, Rusia, Inglaterra y Austria desean conquistar actualmente, no es la dominación militar, sino la dominación económica. Es el derecho de imponer sus mercancías, sus tarifas de aduanas a las naciones vecinas; el derecho de explotar los pueblos atrasados en industria; el privilegio de construir caminos de hierro, donde no los hay, para convertirse con tal pretexto en amos de los mercados: el derecho, en fin, de usurpar de tiempo en tiempo algún puerto para activar el comercio o alguna provincia para llevar el sobrante del mercado.

Cuando nos declaramos actualmente en guerra, es para asegurar a nuestros grandes industriales un treinta por ciento de beneficio, a los barones financieros la dominación de la Bolsa, a los accionistas de caminos de hierro y de las minas una renta de cientos de miles de francos. Tan cierto es esto, que si fuéramos un poco consecuentes con nuestro procedimiento, reemplazaríamos las aves de rapiña de nuestras banderas por el becerro de oro, y los viejos emblemas por un saco de escudos. Los nombres de los regimientos, bautizados en otro tiempo con nombres de príncipes de sangre, debiéramos ponerles nombres de príncipes de la industria, denominándolos regimiento infantería de Sehucides, de Auzín, de Rothschild; así sabríamos al menos por qué nos matábamos.

Abrir nuevos mercados, imponer sus mercancías buenas o malas: he ahí el fondo de toda política actual, europea y continental; la verdadera causa de las guerras en el siglo XIX. En el siglo pasado, Inglaterra fue la primera en inaugurar el sistema de la gran industria por la exportación. Amontonó los proletarios en las ciudades, perfeccionó los oficios, centuplicó la producción y comenzó a acumular en sus almacenes verdaderas montañas de géneros elaborados. Estos géneros, como es fácil suponer, no eran para los desgraciados que los fabricaban. Pagados como actualmente, con salarios suficientes apenas para pan, ¿cómo habían de comprar las ricas telas de algodón y lana que ellos mismos tejían? y los buques ingleses surcaban el Océano buscando compradores en el continente europeo, en Asia, en Oceanía o en América, seguros de no hallar en ningún puerto competidores. La miseria, una miseria negra como la de todos los proletarios, reinaba en todas las poblaciones; pero los fabricantes, los negociantes, se enriquecían prodigiosamente. Las riquezas traídas del extranjero se acumulaban entre las manos de un pequeño número y los economistas del continente invitaban a sus compatriotas a seguir el ejemplo.

Hacia el final del siglo pasado la Francia empezó a hacer la misma evolución y se organizaba para producir y exportar. La revolución, al traspasar el poder, atrajo hacia las ciudades los hambrientos de los campos, enriqueció a la burguesía, y determinó nuevo rumbo a la evolución económica. La burguesía inglesa, al notar este cambio, se conmovió mucho más que de las declaraciones republicanas y de la sangre derramada en París, y, secundada por la aristocracia, declaró guerra sin cuartel a sus colegas franceses, que amenazaban con cerrar los mercados europeos a los productos ingleses.

Todos conocemos el resultado de esta guerra.

La Francia fue vencida, pero se había conquistado un puesto en los mercados. Las dos burguesías, inglesa y francesa, hicieron por un momento una íntima alianza; se reconocían hermanas. Pero la Francia se esfuerza en producir para la exportación, y quiere acaparar los mercados, sin tener en cuenta que el progreso industrial se propaga de Occidente a Oriente y conquista nuevos países. La burguesía entonces procura ensanchar el círculo de sus beneficios, y soporta durante diez y ocho años a Napoleón el pequeño, esperando inútilmente que el usurpador imponga a la Europa entera su ley económica, abandonándole el día que se convence de que no es capaz de realizar tal ideal.

Una nueva nación, Alemania, admite también este régimen económico. Arranca de los campos a los hambrientos, los traslada a las ciudades, y éstas doblan el número de sus habitantes en algunos años. Organiza la producción en grande escala. Una industria formidable, armada de herramientas perfeccionadas y secundada por una instrucción técnica y científica, prodigada a discreción, amontona á su vez multitud de productos destinados, no á los productores, sino á la exportación, al enriquecimiento de los amos.

Los capitales se acumulan y buscan colocación ventajosa en Asia, en África, en Turquía, en Rusia. La Bolsa de Berlín rivaliza con la de París y aspira a dominarla.

Un grito salió entonces del seno de la burguesía alemana; unirse bajo no importa qué bandera, aunque fuera la de Prusia y aprovecharse de esta fuerza para imponer sus productos, sus tarifas, para ampararse de un buen puerto en el Báltico, en el Adriático, a ser posible. Destruir la potencia militar de Francia, que amenazaba hace treinta años con imponer la ley económica de Europa y dictarle sus tratados comerciales.

La guerra de 1870 fue la consecuencia; Francia ya no domina los mercados. Alemania intenta dominarlos actualmente; alentada por la ambición, extiende más cada día la explotación, sin preocuparse de las crisis ni de la inseguridad económica que roe su régimen. Las costas de África, los trigos Cosca, los llanos fértiles de Polonia, las estepas de Rusia, las puertas de Hungría, los frondosos valles de Rumania, todo excita la rapacidad de la burguesía alemana.

Cada vez que un negociante alemán recorre estos llanos apenas cultivados, esas poblaciones en las que la industria carece de vida y presencia el correr de las aguas hacia el mar sin aprovecharlas para fecundar los campos inmediatos, siente que el corazón se le oprime ante tan natural espectáculo. En su imaginación aparece dibujado con chillones colores los sacos de oro que sacada de todos esos elementos que tan escasos productos rinden en su estado natural y jura que un día llevará la civilización, es decir, su explotación a todos esos países, y sobre todo a los de Oriente. En espera de que esto llegue impone sus productos, sus caminos de hierro a Italia, a Austria, a Rusia. Pero estos países se emancipan poco a poco de la tutela de su vecino. Entran también lentamente en la órbita de los países industriales y su juventud burguesa no desea otra cosa que enriquecerse, exportando a su vez los artículos de sus fábricas.

En pocos años Rusia e Italia han dado un salto enorme en la extensión de sus respectivas industrias, y como sus productores, reducidos a la más horrible miseria, no pueden comprar nada, los fabricantes rusos, austríacos e italianos, elaboran también para la exportación.

Necesitan a su vez mercados, y como los de Europa están ya ocupados, se dirigen sobre Asia y África, en donde luchan ferozmente y por lo que tendrán que venir a las manos, más pronto o más tarde, por no ponerse de acuerdo sobre a quién corresponde la mayor cantidad del botín.

* * *

¿Qué alianzas podrán hacer en esta situación creada por el carácter mismo que dan a la industria los que las dirigen? La alianza de Alemania y Rusia es de pura conveniencia. Alejandro y Guillermo pueden abrazarse cuanto quieran; pero la burguesía naciente de Rusia detesta cordialmente a la alemana y ésta paga en la misma moneda. Todos recordamos por lo reciente, el grito de indignación salido de toda la prensa alemana, con rara unanimidad, cuando el gobierno ruso aumentó con un tercio los derechos de aduana sobre los géneros importados. «La guerra contra Rusia, decían los burgueses alemanes y los obreros que hacen coro en estas cuestiones, sería más popular entre nosotros que la guerra con Francia.»

La famosa alianza de Alemania y Austria, es cosa escrita sobre la arena. Las dos potencias, las dos burguesías, están muy cerca de romper con las falaces alianzas de sus gobiernos por una sencilla cuestión de tarifas. Austria y Hungría, sobre ser hermanas gemelas, están siempre en guerra, porque sus intereses son diametralmente opuestos en la explotación de los eslavos meridionales. La Francia misma se halla dividida por cuestión de tarifas.

* * *

No habéis querido el socialismo y tendríais la guerra brutal, interminable, si la revolución no viniera a poner fin a una situación tan innoble como absurda.

Arbitraje, equilibrio, supresión de los ejércitos permanentes, desarme, no son más que hermosos sueños sin aplicación práctica posible. Sólo la revolución podrá poner fin al actual estado de cosas, poniendo los instrumentos de trabajo, las máquinas, las materias primeras y toda la riqueza social, en poder de los productores, y organizando la producción de modo que satisfaga todas las necesidades de los que trabajan. Trabajar todos para uno y uno para todos, he ahí la única condición para que la paz sea un hecho en el seno de las naciones, que la piden a gritos, pero que no puede implantarse por oponerse a ello los actuales poseedores de la riqueza social.

Piotr Kropotkin


miércoles, 26 de agosto de 2015

Cambio de táctica - Manuel González Prada

Cuando los gobiernos temen alguna convulsión política o social, suscitan discordias internacionales o fingen creer en los propósitos bélicos de sus vecinos. Invocando el amor a la patria, arrojan una ducha helada sobre el calor tórrido de los más levantiscos. Naturalmente, el mundo oficial proclama la necesidad de armarse; y como para ello se requiere dinero, vienen en seguida las operaciones financieras. Realizado el armamento de la Nación, se vuelve contra los adversarios interiores el arma traída para servir contra el enemigo exterior: el aumento de la fuerza militar coincide casi siempre con la disminución en las libertades públicas. 

Más que para defender la integridad del territorio y el honor de la bandera, los gobiernos fomentan, pues, ejércitos para contener las revoluciones y afianzarse en el poder. Sin compactas legiones de pretorianos, el Sultán yacería en el fondo del Bósforo, el Zar se bambolearía en el extremo de una soga, el Emperador de Alemania bramaría en la jaula de un manicomio, el Rey de España haría de monaguillo en una escuela de hermanos cristianos, el Emperador de Austria serviría de portero en una casa de señoras amables y complacientes. 

Al ejército se le encomia, no sólo por ejercer el noble oficio de guardián de las fronteras sino por desempeñar en las ciudades la altísima función de mantener el orden público; es decir, salvaguardar la vida y los intereses de los ciudadanos. Por ciudadanos entiéndase clases privilegiadas, pues a nadie se le ocurriría figurarse que rifles y cañones sirvan para defender el pellejo y los harapos de la muchedumbre: la canalla no vale como persona defendible, sino como fuerza muscular explotable. 

¡El orden público! Estas palabras encierran la virtud de ser usadas con tanto derecho por un autócrata de Asia como por un presidente de Suiza. El orden público, dice el Sultán, y siembra cien mil o doscientos mil cadáveres en los pueblos de Armenia y Macedonia; el orden público, dice el Zar, y lanza sus cosacos a vengar en el huelguista ruso los golpes recibidos en Manchuria; el orden público, dice el reyezuelo del África Central, y manda empalar al prisionero traidoramente cogido en una razzia; el orden público, dice el grotesco presidente de Bolivia, y se enrojece las manos en la sangre de Lanza, después de habérselas dorado con el oro chileno. 

Hay orden público mientras el patrón esquilma desvergonzadamente al proletario; reina el desorden, si el proletario no quiere seguir dejándose sacrificar por los patrones. Si un caldero estalla y produce la muerte de diez o doce operarios, no se altera el orden público; pero si treinta o cuarenta operarios destrozan el motor de una fábrica, el orden público se halla seriamente amenazado. 

La amenaza exige medidas de represión cuando los jornaleros suspenden sus faenas para demandar aumento de salario y disminución en las horas de trabajo. Si el grupo rebelde no es numeroso, se le aísla, se le cortan los víveres y se le somete por el hambre. Si la huelga adquiere proporciones alarmantes y posee la fuerza suficiente para arrollar al polizonte o guardia civil, entonces acude el soldado.

Es de verse el heroísmo del ejército para defender al ahíto y despachurrar al hambriento. De general a soldado raso, todos revelan el mismo encono y la misma fiereza con el huelguista. ─¿Pides pan?, pues come hierro y plomo.─ ¿Pides justicia?, pues calla eternamente. Las ciudades se transforman en selvas, los obreros en animales de caza, los militares en sabuesos y galgos. Los que se dejaron arrollar en las fronteras o retrocedieron ante los negros de África marchan de triunfo en triunfo, pisoteando las entrañas de niños, de mujeres y de ancianos. Porque el heroico defensor del orden público descarga el rifle, sin averiguar por qué ni sobre quién, importándole un bledo que la bala hiera al amigo, al hermano, al padre o al hijo. Merced al ambiente degenerador de la caserna, el hombre se transforma en animal adiestrado para embestir a sus compañeros; peor aún: se convierte en máquina para funcionar con rigidez matemática, pulverizando con tanta indiferencia al grano que nada siente como a la carne que gime de dolor.

Y ¡esto nos ofrecen por tema de admiración y ejemplo los glorificadores de la carrera militar! No, no merecen admiración ni pueden servir de modelo los polizontes del rico, los sicarios del obrero, los profesionales del asesinato. ¿Puede haber cerebro más lóbrego ni corazón más duro que el cerebro y el corazón de un hombre encanecido bajo el uniforme? Lo más inteligente y lo más sensible de un viejo inválido es su pata de palo. Por abusivos y despóticos, por inflados y soberbios, por inhumanos y crueles, todos los portadores de sable son igualmente aborrecibles, desde el gran mariscal que llora lágrimas de cocodrilo al divisar el campo de batalla donde acaba de hacer morir a cincuenta mil desgraciados, hasta el cabo instructor que arroja una lluvia de palos sobre el humilde recluta por no haber adquirido el suficiente grado de embrutecimiento para convertirse en autómata de evoluciones militares. 

La Humanidad avanza muy lentamente, porque al acelerar el paso, tropieza en las redes de un sacerdote o se hiere en la bayoneta de un soldado. El reino del sacerdocio declina: el imperio de la milicia no da señales de concluir. El hisopo nos arroja de cuando en cuando algún asperges inofensivo aunque mal intencionado; el sable nos quebranta diariamente los huesos o nos desangra las venas. La blusa tiene su peor enemigo en la casaca. La sociedad burguesa puede compararse a un vetusto edificio que amenaza ruina. Los nobles, los capitalistas y los sacerdotes son apolillados y endebles puntales que nada sostienen; las columnas de hierro macizo, los que impiden el derrumbamiento final, son los militares. 

Los actuales horrores de Rusia revelan todo lo que saben realizar los defensores del orden público. De una huelga contenida con el rifle, de esa revolución sofocada por el pretoriano, de esa muchedumbre azotada, sableada y fusilada, surge una lección. Se impone un cambio de táctica. El poder destructor de las armas modernas, la velocidad en la transmisión de órdenes por medio del telégrafo, la facilidad de la concentración y movilización de enormes masas aguerridas, hacen muy difícil, si no imposible, el buen éxito de revoluciones populares, sin base en alguna fracción del ejército. Se gira en un círculo vicioso: las revoluciones no triunfan sin soldados, y las revoluciones hechas con militares corren peligro de degenerar en cesarismos o simples cambios de jefes. 

Según Rousseau, «ninguna revolución merece llamarse buena si cuesta la vida de un solo hombre». Resucitaríamos al buen ginebrino para que en Rusia consumara hoy una revolución sin sacrificar algunos miles de hombres, unas cuantas decenas, cuando menos. Mucho dudamos que el Zar, los grandes duques y todos los magnates moscovitas cedieran a los argumentos del filósofo y se despojaran de sus derechos adquiridos. A ciertos felinos no se les arranca la presa sin arrancarles los dientes.

La bondad de una revolución estribaría en sacrificar el menor número de hombres, escogiendo los más culpables y más elevados: un cachetero en la cerviz del toro hace más que diez banderillas o mil alfileres en lomos y patas. Si gracias a la perfección del armamento se dificulta la acción popular, merced al formidable poder de las substancias explosivas se centuplica el radio de la acción individual: un solo hombre consuma la obra que no puede realizar una muchedumbre.
El Zar que no pierde su serenidad ante las carnicerías de la guerra en Asia ni se conmueve con los asesinatos cometidos por la soldadesca en Rusia palidece al oír la muerte de Sergio y tiembla como un niño al pensar que su armazón de huesos y pellejo corre peligro de saltar desmenuzada en mil pedazos.

Manuel González Prada


Escrito entre 1904 y 1909


 

martes, 25 de agosto de 2015

La Razón de Estado en los gobiernos progresistas - Gladys Guevara

"Sólo el silencio es vergonzoso" Letra de la Balada de Sacco y Vanzetti de Joan Báez.
A lo largo de la historia del ser humano y más específicamente a partir del desarrollo y auge del capitalismo en el mundo, el mayor aliado para su expansión y consolidación ha sido, ciertamente, la aparente confrontación entre adversarios políticos, expresada en conflictos y guerras, las cuales han desangrado a buena parte de la humanidad y han consolidado el actual orden mundial. Pareciera como si el sistema globalizado de dominantes y dominados que rige al mundo, encontrara en las confrontaciones, y más específicamente en sus eventuales "adversarios" de turno, las mejores piezas del ajedrez para mantener en suspenso un juego, y permitir que el ritual sea practicado por generaciones y generaciones de hombres y mujeres, quienes dicen detestarlo y querer abolirlo, pero terminan actuando, a mediano y largo plazo, con la misma lógica que dicen combatir.
Entrar en el juego, en calidad de aliado o "combatiente del sistema", asegura el apalancamiento y reimpulso de la cabeza de la Hidra, que no cesa de reproducirse bajo la mirada impávida de la humanidad, que ya la cree natural, inherente al ser humano.
Muchos pensadores del fenómeno afirman –con sobrada razón− que la fuente del mal subyace en las formas de asociación que ha adquirido la humanidad en su aparente "evolución", y que hoy conocemos como "Estados". Ya a finales del siglo diecinueve el apóstol de la independencia cubana, José Martí, reflexionaba esta situación en los siguientes términos:
«Esa futura esclavitud --decía Martí--es el socialismo» Y añadía Martí, profetizando lo que pasaría en un estado socialista: «Todo el poder que iría adquiriendo la casta de funcionarios, ligados por la necesidad de mantenerse en una ocupación privilegiada y pingüe, lo iría perdiendo el pueblo que no tiene las mismas razones de complicidad en esperanza y provechos, para hacer frente a los funcionarios enlazados por intereses comunes. Como todas las necesidades públicas vendrían a ser satisfechas por el estado, adquirirían los funcionarios entonces la influencia enorme que naturalmente viene a los que distribuyen algún derecho o beneficio. El hombre que quiere ahora que el estado cuide de él para no tener que cuidar él de sí, tendría que trabajar entonces en la medida, por el tiempo y en la labor que pudiese el estado asignarle, puesto que a éste, sobre quien caerían todos los deberes, se darían naturalmente todas las facilidades necesarias para recabar los medios de cumplir aquellas. De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, iría a ser esclavo de los funcionarios. Esclavo es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre él, y en ese sistema socialista dominaría la comunidad del hombre, que a la comunidad entregaría todo su trabajo. Y como los funcionarios son seres humanos y por tanto abusadores, soberbios y ambiciosos, y en esa organización tendrían gran poder, apoyadas por todos los que aprovechan o esperaron aprovechar de los abusos, y por aquellas fuerzas viles que siempre compra entre los oprimidos, el terror, prestigio o habilidad de los que mandan, este sistema de distribución oficial del trabajo común llegaría a sufrir en poco tiempo de los quebrantos, violencias, hurtos y tergiversaciones que el espíritu de individualidad, la autoridad y osadía del genio y las astucias del vicio originan pronta y fatalmente en toda organización humana... El funcionario autocrático, abusará de la plebe, cansada y trabajadora. Lamentablemente será, y generará la servidumbre».
Y hago mención de Martí –mártir de la independencia cubana, y el menos sospechoso de abrazar ideas a favor del sistema capitalista− para recuperar con ello el señalamiento claro de los anarquistas en torno al papel del Estado como problema principal en el devenir social de la humanidad.
Y no servirá de nada que se le adicione calificativos de progresista, ni que se invente una retórica que diga que avanzamos de una democracia representativa hacia una democracia participativa. La realidad impacta sobre el ardid manipulador de un lenguaje seudo revolucionario. Varios países nuestramericanos caímos en la trampa del socialismo del siglo veintiuno, y creímos en un conjunto de líderes surgidos en distintos puntos de nuestra geografía abanderados por una supuesta "espada bolivariana".
No se trata, no, de que el pueblo llano que acompañó estos procesos no esté en lo cierto, que no haya sabido "cumplir con su papel", que no se entendiera el «legado» de tal o cual mesías político… Volvimos a ser traicionados, porque hemos seguido creyendo en las bondades de los Estados y de los gobiernos «progresistas» o mal llamados «socialistas», los cuales en el fondo sólo proyectan, como bien sostiene el compañero Francisco Sierra Corrales, un social cristianismo retardado.
Gobernar territorios neocolonizados ofreciendo emancipación, es tarea de malabaristas del lenguaje, quienes tarde o temprano terminan por mostrar sus costuras y sus contradicciones, para arribar a escenarios que sólo pretenden "controlar" con base en mecanismos represivos, los cuales también justifican alegando siempre "razones de Estado". Y en este sentido, creo que en el caso venezolano, si el Presidente venezolano Hugo Chávez se mantuvo tanto tiempo en el poder, no sólo se debió a que el petróleo siempre disfrutó de una aceptable cotización en el mercado, y que él destinó buena parte de los recursos que ingresaban por este importante rubro, para paliar las profundas carencias del pueblo pobre, sino también a la torpe oposición que hicieron sus detractores políticos, quienes en su errático accionar impidieron que las mayorías pudieran advertir el fraude que significaba la oferta seudo socialista del gobierno chavista, y ahora madurista. En toda aparente contienda de "buenos" y "malos", que impida el pensamiento crítico y la observación integral de la realidad, el capitalismo saldrá vencedor.
Igual suerte que la venezolana quizás el futuro le depare al pueblo de Ecuador, y quizás también al de Bolivia, aunque en ambos países pareciera haber prevalecido una mayor cordura en el manejo de recursos públicos. ¡Nada que decir de Nicaragua, por supuesto! Tampoco de Uruguay con la gran farsa del presidente-pobre, quien con su "sabiduría mediática" le entregó el país a las trasnacionales de alimentos transgénicos. Ni de Argentina, en donde su Presidenta siempre ofreció impulsar "un capitalismo en serio" y ahora enfrenta naturalmente un peligroso proceso inflacionario, acechado también de escándalos y corruptelas; ni nada que agregar de Chile y los dos períodos de Bachelet; ni sobre Brasil, en donde Lula Da Silva y Dilma Rousseff (presidente-obrero y presidenta ex guerrillera, ambos identificados como "izquierda") sólo actuaron como conspicuos gerentes del neoliberalismo, sin cuidarse de guisos dentro de la administración de bienes públicos ni de represiones policiales en sus respectivos gobiernos.
Por ello, repito, cobra natural lucidez el enfoque anarquista de Luis Di Filippo, cuando a principios del siglo veinte publicaba su ensayo: "El fetichismo del Poder" y afirma:
"Es que se ha identificado la conquista del Poder con la Revolución como si fuesen la misma cosa. Manera bastante infantil de reducir a términos de simplicidad minúscula un problema de complejidad mayúscula.
No es el Poder, sino la Sociedad lo que se debe «conquistar» para la revolución; pero si es posible conquistar por asalto el Poder, no es posible conquistar la Sociedad del mismo modo. Al Poder se puede llegar audazmente por un atajo; a la Sociedad solo se le conquista, o transforma o renueva, transitando un largo, paciente, quizá sinuoso camino.
El drama de los revolucionarios que han conquistado el Poder es que para mantenerse en él no pueden prescindir del aparato burocrático centralizado, ni del militar imponente, ni del policial implacable, consiste en que a medida en que el tiempo transcurre se hace más tajante el divorcio entre la Sociedad y el Estado, pues se cristalizan los aparatos provisorios de dominio con destino de perennidad. Lo que equivale a decir que más está en auge el estatismo que el socialismo, términos que tienden a confundirse maliciosamente, pues el dominio del Estado sobre la Sociedad es el imperio de la parte sobre el todo, dominio que por su índole tiene que ser fatalmente violento tanto en sentido moral como físico".
Leyendo a Luis Di Filippo necesariamente nos preguntamos si no fue estatismo y no "socialismo", lo que se consagró en Venezuela y en el resto de nuestras tierras nuestramericanas.
No podría responder por lo que ocurre en aquellas tierras hermanas, pero de estas sufridas tierras caribeñas, puedo decir:
Por razones de Estado la prensa oficialista debe vender la matriz de opinión de que la actual situación se debe a una "guerra económica" desatada por el imperio. Por razones de Estado, en Venezuela se desató una oleada sistemática de ajusticiamientos que son presentados ante la opinión pública como enfrentamientos. Por razones de Estado se cierran las fronteras con Colombia, y se castiga a la población más vulnerable que vive en tierras fronterizas. Por razones de Estado, el psuv escoge sus candidatos a dedo, y luego los impone con el ardid mediático de que fueron aclamados por las mayorías. Por razones de Estado, la traición no puede ser televisada, ni difundida en radios alternativas financiadas por el gobierno, ni por impresa en ningún periódico o publicación "revolucionaria", so pena de quedarse sin papel… ("Por ahora…", porque a juzgar por el tinte que han venido asumiendo ciertas situaciones, podrían empezar a despojarnos de otras cosas más "esenciales").
Por razones de Estado, no hay que andar por allí haciendo críticas, no vaya a ser cosa que a algún "patriota" se le ocurra también como deber "nacionalista", pasar del plano de los insultos y las ofensas enviadas a nuestros correos electrónicos, (caso del señor Jesús García Luengo jesusgarl@gmail.com, a quien le informo que ya no abro sus groseros correos insultándome porque pienso distinto a él, y que se ahorre el tiempo que pasa garapateando ofensas) al plano de la violencia física y las desapariciones forzosas.
Y a quienes critican la crítica cuando no viene acompañada de una solución, les digo: No hay recetario. Lo engañaron si alguna vez le dijeron que lo había y que formaba parte de un "legado". Nada nuevo y útil será posible dentro de las instituciones del Estado. La única alternativa es la construcción de comunas; pero no las que nos prescribió el chavismo con sus leyes discrecionales y burocratizadas, sino las que surjan de los propios intereses de las personas dispuestas al intercambio y la convivencia en comunidad. Y eso habrá de ser un día en el cual se redima la inteligencia humana, y esta especie pueda trabajar al fin en función de evitar su inexorable extinción.

Gladys Guevara  

 Fuente: Aporrea