miércoles, 12 de agosto de 2020

Sobre la anhelada vuelta de los trenes

 

"Más trenes, menos camiones", parece ser la consigna del momento en rrss, respondiendo supuestamente a las movilizaciones reaccionarias del gremio de camioneros y transportistas.

La cuestión es ¿Para qué se exigirían más trenes en lugar de camiones? Para transportar mercancías y materias primas, obviamente. 
 
En Chile, por supuesto, existe ya toda una red ferroviaria destinada principalmente al transporte de carga. Para éste, se ocupan exclusivamente locomotoras diésel (¿energías limpias?). Las cargas totales transportadas en los últimos años están en torno a los 30 millones de toneladas anuales. Recordemos que estas toneladas corresponden fundamentalmente a "recursos naturales" arrasados por las diferentes actividades capitalistas locales (por ejemplo, minería e industria forestal). 
 
¿Y por qué sería supuestamente mejor tener más trenes que camiones? El tren, y específicamente la locomotora, fue el medio concreto mediante el que se desarrolló y expandió la producción capitalista. Se transformó así en el símbolo del progreso de la sociedad burguesa, punta de lanza de la civilización.
 
La conquista del lejano oeste norteamericano, por ejemplo, fue llevada a cabo mediante el ferrocarril. Desde sus vagones se disparaba hacia las gigantescas manadas de bisontes que poblaban esos parajes, contribuyendo al exterminio de unos 50 millones de estos animales, llevándolos prácticamente a la extinción. Con ello, se proveía de alimento a los trabajadores que construían (claramente, en condiciones deplorables) las líneas ferroviarias, se comerciaban su carne y pieles, se privaba de la principal fuente de alimento a las comunidades indígenas que allí habitaban y ofrecían resistencia a la colonización, y se eliminaba un importante estorbo físico a la circulación de los trenes, puesto que las manadas solían obstaculizar su paso por las líneas.
 
Y esta experiencia se repite por todo el globo. No sorprende entonces que la socialdemocracia, una de las formas de expresión política preferidas de la clase capitalista, haga también suyo el simbolismo progresista que encarna la infraestructura ferroviaria. Y así, sus tristes herederos de hoy, progres y reformistas, anhelan una economía que fluya sobre rieles. Creen así oponerse a los burdos, mafiosos y filofascistas gremios de camioneros. 
 
Hace poco, el izquierdista presidente mexicano, AMLO, realizaba una ceremonia en la que pedía permiso a la "Madre Tierra" para construir el destructivo Tren Maya. Aplaudido gesto que sintetiza el rol histórico de la izquierda del capital.
 
No es la idea ser graves porque sí, ni exagerar las cosas. Las rrss promueven la difusión acrítica de una multitud de consignas. Y claro, quienes hacen eco de esta en particular, no son necesariamente fervientes socialdemócratas. Pero por lo mismo, es necesario poner atención a la proliferación de estas ideas, que son el caldo de cultivo para la recuperación reformista de la necesaria respuesta al despliegue en las calles de los intereses empresariales, que tradicionalmente encarnan los gremios transportistas.
 
Es oportuno aquí recordar a Walter Benjamin: 
 
"Marx dijo que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial. Tal vez las cosas se presenten de otra manera. Puede ocurrir que las revoluciones sean el acto por el cual la humanidad que viaja en el tren tira del freno de emergencia".
 
Y esta idea de oposición a la locomotora del progreso devastador del capital puede rastrearse en estas canciones que coreábamos de niñxs (puro sabotaje infantil xd):
 
Andar en tren
Es de lo mejor
Se tira el cordel
Y se para el tren."
 
Copiado del muro de un compañerx.
 
 
El título no corresponde al post original que ha corrido por facebook. Se han hecho pequeñas modificaciones para formato blog. (N&A)
 
 
 
 

Falsos mitos del anarquismo II: acción directa y autogestión

 

 

La ideología anarquista ha originado siempre una fuerte controversia entre la clase dominante a lo largo de la historia. Los anarquistas han sido víctimas de ataques de todo tipo, y no solo de la feroz represión con la que se encarceló, asesinó y persiguió a los libertarios, sino que también se realizaron grandes campañas de desprestigio por parte de los Gobiernos, la prensa e incluso otros sectores contestarios. Se les acusó de violentos y asesinos, llegando a ser nombrados como “bandidos con carné” refiriéndose a los miembros del sindicato anarcosindicalista CNT-AIT.

En la actualidad, el anarquismo sigue siendo objeto de erróneas interrpretaciones, asemejándolo al desorden, al caos y a la violencia debido a las calumnias y ataques que por parte de los medios de comunicación, como fieles voceros del Capital, emprenden contra los partidarios de este movimiento.

En el presente escrito, pretendemos explicar a grandes rasgos en qué consiste el ideal anarquista que el pueblo trabajador abrazó en muchas ocasiones a lo largo de la historia, buscando así la consecución de un mundo más justo y libre, donde ninguna injusticia tuviera cabida, desmintiendo así algunas de las principales mentiras con las que se criminaliza a los anarquistas.

El segundo folleto de la serie “Falsos mitos del anarquismo” abordará dos cuestiones fundamentales de la ideología anarquista: la acción directa y la autogestión.

Acción directa

“Cada persona que alguna vez haya planeado hacer alguna cosa, y fue y la hizo, o que haya presentado un plan a los demás y ganado su cooperación para hacerla con ellos, sin tener que dirigirse a autoridades exteriores a pedirles que por favor la hicieran por ellos, ha sido practicante de la acción directa. Todos los experimentos cooperativos son esencialmente, acción directa. Toda persona que alguna vez en su vida haya tenido que resolver una diferencia con otra persona, y se haya dirigido directamente a la otra u otras personas involucradas para resolverla, ya sea de manera pacífica u otra, era un practicante de la acción directa.” -Voltairine de Cleyre

La acción directa es la base de toda acción que se reclame anarquista. Los libertarios, parten del supuesto, de que la acción de lucha, resolver un determinado problema y, en general, toda cuestión o problemática que surja en nuestra vida cotidiana debe ser abordado por los propios implicados. La acción directa es por tanto el ejercicio de la libertad y la responsabilidad de un individuo o un colectivo de personas que deciden solucionar sus propios problemas sin delegar en nadie ajeno al propio conflicto. En contraposición a la acción directa, se encuentra la “acción política” o “mediada”. Esperar que otros solucionen tus problemas (liberados sindicales, parlamentos, políticos, representantes de alumnos, instituciones…) supone renunciar a tus propias capacidades y dejar que otros decidan por ti.

La acción directa suele ser vinculada con grandes disturbios u otras acciones que revistan un alto grado de violencia. Es una interpretación errónea, creada desde el poder para desprestigiar el concepto y al anarquismo. La acción directa puede ser desde realizar un sabotaje en un conflicto sindical hasta solventar una disputa con nuestro vecino a través del diálogo y la comprensión sin recurrir a terceros (policía, jueces, etc.). La acción directa por tanto, hace a quien la emplea un ser responsable y consciente de sus propias capacidades. Engrandece y desarrolla las capacidades de aquellos que la emplean y les hace comprender que no necesitan de guías, líderes o “vanguardias” que marquen como deben actuar o que les solucionen sus problemas. La acción directa es una herramienta de los oprimidos para liberarse del yugo de los opresores a la vez que forja a individuos plenos, responsables y conscientes.

Autogestión

“La autogestión de la que hablan los anarquistas es la autogestión integral, que supone no sólo la toma de posesión de la tierra y los instrumentos de trabajo por parte de la comunidad laboral y la dirección económica y administrativa de la empresa en manos de la asamblea de los trabajadores, sino también la coordinación y, más todavía, la federación de las empresas (industriales, agrarias, de servicio, etc.) entre sí, primero a nivel local, después a nivel regional y nacional y, finalmente, como meta última, a nivel mundial.” – A. Cappelletti

La autogestión es sin duda uno de los pilares básicos de la ideología ácrata. El término ha tenido una gran relevancia no solo entre los medios libertarios, sino que ha sido asumido por muchas otras corrientes de pensamiento ideológicas. Esto ha conllevado que el término “autogestión” haya sido recuperado y vaciado de su significado original. La autogestión implica que sean los trabajadores mismos quienes gestionen la producción y la distribución de todo aquello que la sociedad necesite, que exista la coordinación entre las distintas asambleas de producción, distribución, de barrio, de pueblos, de colectividades, etc, mediante el federalismo o el libre pacto, asegurando así la horizontalidad e igualdad en la toma de decisiones. Es el control absoluto de las necesidades económicas de la sociedad por parte de las personas. La autogestión implica que los trabajadores en su conjunto son los que deciden no ya solo cómo producir, sino también qué producir, guiados por el sentimiento de solidaridad y apoyo mutuo. Por lo tanto, no se trata de “autogestionar las fábricas de la ciudad del capitalismo”. Es decir, sería ridículo autogestionar centrales nucleares, así como todo tipo de producción propia del capitalismo desbocado. Autogestión no es sin embargo, un modelo económico mixto donde los trabajadores de una determinada empresa (de servicios o industria) tienen cierto control que es compartido con los propietarios o con el Estado. Eso a lo sumo es “cogestión”. En este modelo el capitalismo sigue existiendo: la propiedad privada se mantiene (en manos del empresario o del Estado); se sigue produciendo bajo criterios económicos en los que se busca la acumulación, la rentabilidad, competitividad y egoísmo no con el objetivo de producir para las personas, sino en la búsqueda de beneficios; sigue habiendo una retribución asalariada para los trabajadores y en consecuencia, se sigue produciendo el fenómeno del plusvalor (a los trabajadores se les roba parte del valor de lo producido en forma de impuestos o en cualquier caso, no reciben todo el valor de lo producido); se mantienen la estructura clasista (hay trabajadores-productores y empresarios o estados parásitos); y en definitiva, la empresa “cogestionada” está inserta en la sociedad del Capital y el Estado y nunca es completamente ajena a sus normas.

La autogestión es también un criterio que supera la producción económica. Los colectivos, federaciones, grupos, sindicatos… que se declaren anarquistas o anarcosindicalistas, practican ya la autogestión. Es decir, sus integrantes gestionan el colectivo al que pertenecen, libre de interferencias del Estado (subvenciones, imposición de normativas…) Son los propios integrantes del colectivo los que sacan adelante el proyecto y lo financian con las fuerzas a su alcance.

Esto es lo que somos, anarquistas. Somos personas corrientes, trabajadores y estudiantes. Planteamos nuestra alternativa y nuestro análisis desde la humildad, sin manipulaciones de ningún tipo, planteando nuestras principios, tácticas y finalidades en el día a día, procurando vivir lo más acorde posible dentro de la corrupta sociedad capitalista con los valores éticos libertarios. Nuestros medios actúan en concordancia con nuestros fines, intentamos hacer de nuestras aspiraciones una realidad en nuestra vida cotidiana y en nuestra forma de lucha. Por más que se nos persiga, señale y difame no abandonaremos el camino de la lucha ni nuestro ideario y no cesaremos en el empeño hasta la instauración de un régimen de libertad donde no tenga cabida ningún tipo de explotación ni dominación. Llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones.

JUVENTUDES LIBERTARIAS DE MADRID – FIJL 


Fuente: JJLL

jueves, 6 de agosto de 2020

Destellos contra la jerarquía - Murray Bookchin

Fragmento del prólogo a la primera edición de La Ecología de La Libertad (1972)

Allá por los años sesenta, palabras tales como «jerarquía» y «dominación» eran usadas muy rara vez. Los radicales tradicionales, especialmente los marxistas, todavía discutían casi únicamente en términos de clases, análisis de clases y conciencia de clase; sus concepciones de la opresión estaban primordialmente confinadas a la explotación material, la pobreza abrumadora, y el injusto abuso del trabajo. Asimismo, los anarquistas ortodoxos ponían el énfasis en el Estado como fuente ubicua de coerción social1. Así como la aparición de la propiedad privada se volvió el «pecado original» en la ortodoxia marxista, la aparición del Estado se volvió el «pecado original» de la sociedad en la ortodoxia anarquista. Incluso la precoz contracultura de los sesenta evitaba el uso del término «jerarquía» y prefería «cuestionar la Autoridad» sin averiguar el origen de la autoridad, su relación con la naturaleza y su significado para la creación de una nueva sociedad.

Durante esos años reflexioné también sobre cómo una sociedad verdaderamente libre, basada en principios ecológicos, podría mediar en la relación humana con la naturaleza. En consecuencia, comencé a explorar el desarrollo de una nueva tecnología, que estuviera en escala con dimensiones humanas razonables. Tal tecnología incluiría pequeñas instalaciones solares y eólicas, jardines orgánicos y el uso de «fuentes naturales» locales manipuladas por comunidades descentralizadas. Este criterio dio rápido lugar a otro: la necesidad de una democracia directa, de una descentralización urbana, de un alto grado de auto-suficiencia de auto-dominio basado en formas comunales de vida social; en suma, la Comuna no-autoritaria compuesta de comunas.  

Mientras iba publicando estas ideas al correr de los años –especialmente en la década que va de comienzos de los sesenta a comienzos de los setenta–, empezó a preocuparme el grado en que la gente tendía a subvertir la unidad, la coherencia y el enfoque radical de tales ideas. Nociones tales como «descentralización» y «escala humana», verbigracia, fueron hábilmente adoptadas sin ninguna referencia a las técnicas solares y eólicas o a las prácticas bioagriculturales que eran sus cimientos materiales. Cada fragmento se desbarrancó solitariamente, mientras que la filosofía que integraba a cada uno de ellos en un mismo ente, se debilitó. La descentralización se introdujo en la planificación urbana como una mera estratagema para el diseño comunitario, en tanto que la tecnología alternativa se volvió una disciplina estrecha, cada vez más relegada a la academia y a una nueva camada de tecnócratas. A su turno, cada concepto fue separado del análisis crítico de la sociedad, de una teoría radical de la ecología social.

Se ha hecho manifiesto para mí que fue la unidad de mis opiniones –su totalidad ecológica, no meramente sus componentes individuales– lo que les dio su vigor. Que una sociedad sea descentralizada, que use energía solar o eólica, que esté cultivada orgánicamente, o que reduzca la contaminación: nada de esto puede, por sí solo o incluso en una conjunción limitada, crear una sociedad ecológica. Ni tampoco pueden pasos dados gradualmente, aun si son bien intencionados, resolver siquiera parcialmente problemas que ya han alcanzado un carácter universal, global y catastrófico. Las «soluciones» parciales sirven apenas como cosméticos que ocultan la profundamente arraigada naturaleza de la crisis y quizás ni siquiera para eso. Distraen a la atención pública y al análisis teórico de una adecuada comprensión de la hondura y el alcance de los cambios necesarios.

Combinadas en un todo coherente y sostenidas por una práctica radical, sin embargo, estas opiniones desafían el estatu quo de una manera amplia: la única manera compatible con la naturaleza de la crisis. Fue precisamente la síntesis de estas ideas lo que traté de lograr en La Ecología de la Libertad. Y esta síntesis tenía que apoyarse en la historia, en el desarrollo de las relaciones sociales instituciones social, tecnologías cambiantes y sentimientos en transformación y estructuras políticas; solo así podría yo esperar establecer una sensación de génesis, contraste y continuidad, que le dieran verdadero significado a mis juicios. El pensamiento reconstructivo y utópico que sigue pues a mí síntesis, podría entonces sustentarse en las realidades de la experiencia humana. Lo que debería ser podría convertirse en lo que debe ser, si la humanidad y la complejidad biológica en que esta se apoya hubieran de sobrevivir. El cambio y la reconstrucción podrían surgir de problemas existentes antes que de deseosos pensamientos y oscuros caprichos.

Mi empleo de la palabra jerarquía en el subtítulo de este libro pretender ser provocativo. Existe una fuerte necesidad teórica de contrastar «jerarquía» con el uso, más extendido, de las palabras «clase» y «Estado»; utilizaciones descuidadas de estos términos pueden inducir a una peligrosa simplificación de la realidad social. Usar las palabras jerarquía, clase y Estado indeterminadamente, como lo hacen muchos teóricos sociales, es insidioso y oscurantista. Esta práctica, en el nombre de una sociedad sin clases o libertaria, podría fácilmente ocultar la existencia de las relaciones jerárquicas y de un sentimiento jerárquico, los cuales –incluso en ausencia de explotación económico o de coerción política– servirían para perpetuar el sometimiento.  

Entiendo por «jerarquía» a los sistemas culturales, tradicionales y psicológicos de obediencia y mandato, no solamente a los sistemas económicos y políticos a los cuales los términos «clase» y «Estado» se refieren más apropiadamente. De acuerdo con esta postura, la jerarquía y la dominación podrían persistir fácilmente en una sociedad «sin clases» o «sin Estado». Yo aludo en cambio a la dominación del joven por el viejo, de las mujeres por hombres, de un grupo étnico por otro, de «masas» por burócratas que juran hablar en sus «más altos intereses sociales», del campo por la ciudad, y en un sentido psicológico más sutil, del cuerpo por la mente, del espíritu por una chata racionalidad instrumental, y de la naturaleza por la sociedad y la tecnología. Por cierto, sociedades sin clases pero jerárquicas existen en la actualidad (y han existido en el pasado); no obstante, la gente que vive en ellas ni disfruta de libertad, ni posee control sobre sus vidas.

Marx, cuyas obras contribuyeron largamente a esta confusión conceptual, nos legó una definición de clase bastante explícita. Él contó con la ventaja de desarrollar su teoría de la sociedad clasista dentro de un marco estrictamente económico. Su difundida aceptación puede reflejar muy bien hasta que punto nuestra era concede la supremacía a lo económico por sobre todos los demás aspectos de la vida social. Hay, de hecho, una cierta elegancia grandilocuente en la noción de que la historia de las sociedades ha sido siempre «la historia de la lucha de clases». Expresado de modo sencillo, una clase dominante es un estrato social privilegiado que posee o controla los medios de producción y explotada una mayor cantidad de personas, la clase dominada, que opera estas fuerzas productivas. Las relaciones de clase son esencialmente relaciones de producción basadas en la propiedad de la tierra, de las herramientas, de las máquinas y del producto obtenido. «Explotación», por su parte, es el uso del trabajo de otros para satisfacer las propias necesidades materiales, para lujos y placeres, y para la acumulación y la renovación productiva de tecnología. Tal podría indicarse como la base de la definición de «clase» y con ella, el famoso método del «análisis de clases» de Marx como auténtico esclarecimiento de las bases materiales de los intereses económicos, de las ideologías y de la cultura.

«Jerarquía», si bien incluye la definición de clase de Marx y hasta da lugar históricamente a la sociedad clasista, va más allá del limitado significado atribuido a una vasta forma de estratificación económica. Con esto, empero, no queda definido el término «jerarquía», y dudo que la palabra pueda ser contenida en una definición formal. A mi entender, histórica y existencialmente, se trata de un complejo sistema de mandato y obediencia en la cual las élites gozan de variados grados de control sobre sus subordinados sin necesariamente explotarlos. Tales élites pueden ser completamente carentes de forma alguna de riqueza material; pueden ser incluso privadas de ella, como la élite «Guardiana» de Platón, que era socialmente poderosa pero materialmente pobre.    

La jerarquía no es meramente una condición social: también es un estado de conciencia, una sensibilidad hacia los fenómenos en cualquier nivel de la experiencia personal y social. Las primeras sociedades pre-alfabetizadas («orgánicas», como las llamo) convivía de un modo bastante integrado y unificado, basado en lazos familiares, en edades y en una división sexual del trabajo2. Su alto sentido de la unidad interna y su perspectiva igualitaria no solo involucraban a cada uno sino además a su relación con la naturaleza. La gente de las culturas pre-alfabetizadas no se veía a sí misma como los «amos de la creación» (para usar una frase de los cristianos milenaristas), sino como parte del mundo natural. No estaban ni por encima ni por debajo de la naturaleza, sino dentro de ella.

En las sociedades orgánicas, las diferencias entre individuos, edades, sexos –y entre la humanidad y la natural variedad de fenómenos animados e inanimados– eran vistas (usando la soberbia frase de Hegel) como una «unidad de diferencias» o «unidad de diversidad», no como jerarquías. Su perspectiva era nítidamente ecológica, y de esta perspectiva, esas sociedades derivaron casi inconscientemente un corpus de valores que influenció su comportamiento para con los individuos en sus propias comunidades y para con el mundo con la vida. Tal como lo sostengo en las páginas que siguen, la ecología no reconoce ningún «rey de las bestias» ni ninguna «criatura interior» (ya que tales conceptos provienen de nuestra propia mentalidad jerárquica). En cambio, trata con ecosistemas en los cuales los seres vivos son interdependientes y juegan roles complementarios en el perpetuamiento de la estabilidad del orden natural.

Gradualmente, las sociedades orgánicas comenzaron a desarrollar formas menos tradicionales de diferenciación y estratificación. Su unidad primigenia comenzó a resquebrajarse. La esfera «civil» o sociopolítica de la vida se expandió, dándole creciente preponderancia a los ancianos varones de la comunidad, quienes ahora reclamaban esta esfera como parte de la división del trabajo tribal. La supremacía del varón por sobre las mujeres y los niños surgió inicialmente como resultado de las funciones sociales del macho en la comunidad, funciones que de ningún modo eran exclusivamente económicas, tal como los teóricos marxistas nos habrían de hacer creer. La astucia del macho para manipular a las mujeres aparecería después.

Hasta esta fase de la Historia, o de la prehistoria, los ancianos y varones raramente desempeñaban roles socialmente dominantes, porque su esfera civil sencillamente no era importante para la comunidad. En efecto, la esfera civil estaba marcadamente equilibrada con la enorme trascendencia de la esfera «doméstica» de la mujer. Las responsabilidades de la casa y los niños eran mucho más importantes en las tempranas sociedades orgánicas que los asuntos políticos y militares. La sociedad antigua era profundamente distinta a la contemporánea en su ordenamiento estructural y en los roles de los diferentes miembros de la comunidad.

Empero, ni siquiera con la aparición de la jerarquía había clases económicas o estructuras estatales, ni tampoco gente materialmente explotada de un modo sistemático. Ciertos estratos, tales como los ancianos y hechiceros y ulteriormente los varones en general, empezaron a reclamar privilegios, si así se los puede llamar, requiere una discusión más moderna de lo que ha sido hasta ahora, y me he propuesto evidenciar esos privilegios con minucioso detalle. Solo más tarde comenzaron las clases económicas y la explotación económica a aparecer, para ser eventualmente sucedidas por el Estado, con toda su parafernalia burocrática y militar.

Pero la disolución de las sociedades orgánicas en sociedades jerárquicas, clasistas y políticas, acaeció despareja y erráticamente, retrocediendo y avanzando en largos períodos de tiempo. Esto puede ser observado más nítidamente en las relaciones entre hombres y mujeres, especialmente en términos de los valores que se han asociado a los variables roles sociales. Por ejemplo, aunque los antropólogos hace tiempo que le han asignado un excesivo grado de preponderancia social a los hombres en las culturas cazadoras altamente desarrolladas –una preponderancia que probablemente nunca poseyeron en las hordas forrajeras de sus antiguos ancestros–, el pasaje de la caza a la horticultura, donde el cultivo era realizado principalmente por mujeres, posiblemente recompuso cualquier desequilibrio anterior que pudiera haber existido entre los sexos. El cazador macho «agresivo» y la hembra recolectora «pasiva» son imágenes teatralmente exageradas que los antropólogos varones del pasado les impusieron a sus «salvajes» aborígenes, pero no hay duda de que deben haber bullido tensiones y vicisitudes a los valores (lejos de las relaciones sociales) de las primordiales comunidades cazadoras y recolectoras. Negar la existencia de las tensiones actitudinales latentes que deben haber existido entre el macho cazador, que tenía que matar para comer y luego guerrear contra sus compañeros, y la recolectora femenina, que forrajeaba para comer y luego cultivaba, haría difícil explicar por qué el patriarcado y su perspectiva cruelmente agresiva emergieron en la Historia.

Si bien los cambios que he aducido fueron tecnológicos y parcialmente económicos –como los términos recolectores, cazadores y horticultores parecen implicar–, no deberíamos creer que estos cambios fueron directamente responsables de modificaciones en el status sexual. Dado el nivel de disparidad jerárquica que surgió en este temprano período de la vida social –incluso en una comunidad patricéntrica-, las mujeres no eran aún abyectos subordinados de los hombres, ni tampoco estaban los jóvenes espantosamente subyugados a los ancianos. En realidad, la aparición de un sistema clasificatorio que otorgaba privilegios a un estrato por sobre otro, especialmente a los ancianos sobre los jóvenes, fue a su modo una forma de compensación que más frecuentemente reflejaba las características igualitarias de la sociedad orgánica antes que las características autoritarias de las sociedades posteriores. Cuando el número de comunidades horticultoras empezó a multiplicarse tanto que la tierra cultivable se volvió relativamente escasa y la guerra, algo progresivamente común, los guerreros más jóvenes comenzaron a gozar de una preeminencia sociopolítica que hizo de ellos los «grandes hombres» de la comunidad, compartiendo así el poder con hechiceros y ancianos. Mientras tanto, las costumbres, las religiones y los sentimientos matriarcales coexistían con los patriarcales, por lo que los más ásperos aspectos del patriarcado solían estar ausentes durante este período de transición. Ya fuera matricéntrico o patricéntrico, el antiguo igualitarismo de la sociedad orgánica penetraba en la vida social y se fue desvaneciendo muy lentamente, dejando numerosos vestigios mucho después incluso de que la sociedad de clases se había apoderado de los valores y sentimientos populares.   

El Estado, las clases económicas y la explotación sistemática de pueblos sometidos se derivó de un proceso más complejo y extenso que lo que los teóricos radicales creyeron en su tiempo. Sus visiones del origen de las clases y las sociedades políticas eran más bien la culminación de un anterior y ricamente articulado desarrollo de la sociedad hacia formas jerárquicas. Las divisiones en el seno de la sociedad orgánica propulsaron en forma creciente a los ancianos hacia la supremacía por sobre los jóvenes, a los hombres por sobre las mujeres, al hechicero y más tarde a la institución sacerdotal por sobre la sociedad laica, a una clase por sobre otra y a las formas estatales por sobre la sociedad en general.

Para el lector imbuido del saber convencional de nuestra era, no puedo hacer demasiado énfasis en que las sociedades en forma de bandas, familias, clanes, tribus, federaciones tribales, villas y hasta municipalidades anteceden por mucho al Estado. El Estado, con sus funcionarios especializados, sus burocracias y sus ejércitos, surge bastante más tarde en el desarrollo social humano, inclusive mucho más tarde. Y permanece en agudo enfrentamiento con las estructuras sociales coexistentes tales como cofradías, vecindarios, sociedades populares, cooperativas, asociaciones urbanas y una vasta variedad de asambleas municipales.

Pero la organización jerárquica no culminó con la estructuración de la sociedad «civil» en un sistema institucionalizado de obediencia y mandato. A su tiempo, la jerarquía empezó a invadir áreas menos tangibles. A la actividad mental se le concedió supremacía sobre el trabajo físico; a la experiencia intelectual, sobre la sensualidad, al «principio de realidad», sobre el «principio de placer»; y finalmente, la razón, la moralidad y el espíritu fueron penetrados por un inefable autoritarismo que habría de vengarse tomando el control del lenguaje y de las más rudimentarias formas de simbolización. La visión de la diversidad social y natural fue alterada: de un sentimiento orgánico que veía a los diferentes fenómenos en pirámides mutuamente opuestas, construidas sobre los conceptos «inferior» y «superior». Y lo que comenzó como un sentimiento se ha transformado en un hecho social concreto. De este modo, el intento de restaurar el principio ecológico de la unidad en la diversidad se ha vuelto un intento social por derecho propio: un revolucionario intento que debe reordenar el sentimiento para poder reordenar el mundo real.

Una mentalidad jerárquica fomenta la renuncia a los placeres de la vida. Justifica el trabajo pesado, el delito y el sacrificio de los seres «inferiores», y el placer y la satisfacción indulgente de prácticamente todos los caprichos de los «superiores».  La historia objetiva de la estructura social se internaliza como una historia subjetiva de la estructura física. Execrable como pueda parecerle mi opinión a los freudianos modernos, no es la disciplina del trabajo sino la del dominio la que demanda la represión de la naturaleza interna. Esta represión se extiende luego hacia afuera, hasta la naturaleza externa, como un mero objeto y deseos de explotación. Esta mentalidad penetra nuestras psiques individuales en forma acumulativa hasta el día de hoy, no solo como capitalismo sino como la vasta historia de la sociedad jerárquica desde su principio. A menos que investiguemos esta historia, que habita activamente dentro de nosotros como las primeras fases de nuestras vidas individuales, nunca nos libraremos de ella. Podemos eliminar la injusticia social, pero no lograremos la libertad social. Podemos eliminar las clases y la explotación, pero no nos desharemos de los obstáculos de la jerarquía y la dominación. Podemos exorcizar el espíritu de la ganancia y la acumulación de nuestras psiques, pero seguiremos abrumados por un tenaz sentimiento de culpa, por la renuncia y por una sutil creencia en los «vicios» de la sensualidad.


1-       Uso la palabra ortodoxo, aquí y en páginas subsiguientes, intencionalmente. No aludo con ella a los geniales teóricos radicales del siglo XIX –Proudhon, Kropotkin y Bakunin- sino a sus continuadores que frecuentemente trastocaban las vivas ideas de aquellos en rígidas y sectarias doctrinas. Como un joven anarquista canadiense, David Spanner, lo expresó en una conversación personal: «Si Bakunin y Kropotkin hubieran dedicado tanto tiempo a la interpretación de Proudhon como lo hacen muchos de nuestros contemporáneos libertarios…dudo que el Dios y el Estado de Bakunin o el Apoyo Mutuo de Kropotkin hubieran sido escritos».

 

2-       Para que mi énfasis en la integración y la comunidad de las «sociedades orgánicas» no sea malinterpretado, quiero hacer aquí una advertencia aclaratoria. Por «sociedad orgánica» no entiendo a una sociedad concebida como un organismo, lo cual me huele a concepciones de la vida social coportativistas o totalitarias. En general, uso el término para denotar una sociedad espontáneamente formada, no coercitiva e igualitaria: una sociedad «natural» en tanto emerge de innatas necesidades humanas de asociación, interdependencia y protección. Además, ocasionalmente, uso el término en un sentido más vago, para describir comunidades ricamente articuladas, que fomentan la sociabilidad, la libre expresión y el control popular. Para evitar malentendidos, he reservado el término «sociedad ecológica» para caracterizar la fantasía utópica esbozada en las partes finales del libro.  

lunes, 20 de julio de 2020

El viejo manifiesto de los anarquistas paraguayos



MANIFIESTO ANARQUISTA*

Somos comunistas-anárquicos y como tales nos proponemos propagar la completa emancipación del proletariado, a la vez que luchamos para abolir la inicua explotación del hombre por el hombre, ponemos todas nuestras fuerzas morales y materiales para hacer desaparecer todas las tiranías, para establecer la verdadera libertad, igualdad y fraternidad entre las familias humanas.

El motivo de publicar este manifiesto tiene por causa primordial el demostrar nuestro malestar por culpa del actual régimen de la sociedad tan mal llamada civilizada; y al mismo tiempo para decir lo que somos, y lo que queremos, con abnegación revolucionaria y con la convicción de que con nuestros lamentos de indignación despertaremos del letargo en que están sumidos los nuevos esclavos del capital. Ya estamos en la época de las luces para ver muy claro que todo lo que existe en la naturaleza como tierra, agua, aire, sol, luna y los demás elementos que constituyen el Universo, pertenecen a todos los seres de nuestro planeta, puesto que dichos elementos nos han creado y nos conservan la existencia.

Ya es tiempo de reconocer que todo lo que existe artificialmente en nuestro globo terrestre como son ciudades, inmensas extensiones de tierra no cultivadas, canales, puertos, vías de comunicación por mar y tierra, instrumentos de trabajo y todos los adelantos científicos son hechos por muchas generaciones y con miles de millares de trabajadores, por lo tanto también pertenecen a todos y no exclusivamente a esta clase de privilegiados, falsamente políticos, embusteros, clericales, asesinos de la humanidad, proteccionistas de los grandes ladrones y asesinos y justicieros de los inocentes y explotadores del trabajador; en una palabra, todo lo que existe a nuestro rededor pertenece a todos los trabajadores ya que con sangre y sudor hemos contribuido en construirlo; y no a esta camarilla de zánganos que con sus constituciones, códigos, dioses imaginarios y santos de madonas se han convertido en dioses y gobernantes para vivir a costa del que produce y robar el oro que nosotros mismos hemos extraído de las entrañas de la tierra a fin de poder decir que con el oro o capital se compra el producto del obrero, sin tener en cuenta esos verdaderos ladrones que tanto el oro como los demás productos son creados por los trabajadores mismos.

Somos nosotros trabajadores, los albañiles que edifican magníficos, grandiosos e higiénicos palacios, y es un delito si los dejamos habitar a otros que nos mandan y asesinan en nombre de la patria y de la ley; mientras que nosotros habitamos en una insalubre choza y las más de las veces ni un techo para cubrirnos.

Somos los elaboradores de los productos alimenticios, y es un crimen que cometemos si dejamos morir de hambre a nuestros hijos por dejar reventar de panzudos los que hacen nada, pero que en cambio nos prostituyen nuestras esposas e hijos.

Somos los que tejemos ricas telas y casimires, confeccionamos elegantes vestidos, y vestimos andrajos por dejarnos robar sin resistencia, y por motivo de nuestra cobardía los ladrones nos tratan de indecorosos y sucios, y se encuentran degradados a nuestro lado.

Somos nosotros los que hacemos ilustrados libros para instruirnos, y vegetamos en la más crasa ignorancia por dejarlos leer a esos que pretenden ser superiores a nosotros y en premio de nuestra mansedumbre nos tratan de ignorantes y bestias; con razón, porque todo hombre que no se subleva contra toda tiranía que rebaja su dignidad de tal, es inferior a los demás animales, puesto que éstos que no tienen raciocinio se rebelan contra los que quieren esclavizarlos.

En fin, somos los trabajadores, los productores de toda riqueza social, y en recompensa de tantos y tantos sacrificios, somos los esclavos, los humillados, los oprimidos, los explotados; en suma, somos las víctimas de esta lucha y guerra entre los trabajadores mismos, promovidas por esos políticos que por su ambición de gobernar y robar son los causantes de esa matanza entre las familias humanas.

Trabajadores, compañeros de infortunios: si esas injusticias y barbaridades habéis analizado, comprenderéis que tal estado de cosas es injusto que siga así y sería un crimen que nos chocarían en cara nuestros hijos al consentir que continúen con ese régimen.

Por eso queremos que la propiedad individual sea transformada en propiedad común para bien de todos; queremos abolir la propiedad individual porque es la causa primordial de todos los males que nos agobian, pues con ella se mantiene toda esta escoria de la humanidad, como son: Gobierno, Clero, Abogado, Militares, Comerciante y Rentista que viven como parásitos y para seguir disfrutando de sus rapiñas mantienen con nuestros productos ese numeroso ejército.

Queremos desligarnos de todos los Códigos y demás leyes artificiales e incompletas, para establecer la verdadera y única ley de la naturaleza.

Queremos derribar todas las prisiones y penitenciarías que sirven no más que para encerrar al inocente trabajador, mientras que los criminales conscientes están en libertad, de modo que esos establecimientos no sirven para nada porque los defectos de la humanidad no corrigen de acuerdo con la justicia.

Queremos acabar esas luchas políticas que ocasionan derramamientos de sangre obrera promovidos por esos ambiciosos para elevarse al poder; los obreros deben pelear para su emancipación y no para nuestros explotadores.

Queremos abolir todo comercio y toda forma de monedas por ser la causa de existir ricos y pobres, heredados y desheredados, holgazanes y trabajadores, pues dentro del comunismo anárquico, todos los productos son de la humanidad y todos los individuos son libres productores y libres consumidores.

Queremos hacer desaparecer los límites estrechos de las fronteras que el hombre ha puesto en su ignorancia, para establecer la verdadera fraternidad entre las familias humanas.

Queremos destituir toda forma de gobierno porque mientras existan autoridades también existirá tiranía; podremos cambiar de tiranos, pero siempre tendremos la misma tiranía, esto es, mientras existan hombres que quieran oponer su voluntad a los demás hombres, no existirá para la humanidad ni un síntoma de libertad.

Queremos que el amor sea libre y no como sucede en la actualidad que se unen para toda la vida seres que jamás se han amado ni pueden amarse por la diferencia de clases, de edades o afinidades, resultando con este sistema cuidar esos adulterios y crímenes tan desmoralizadores; queremos que se unan por aquella naturaleza, voluntad y simpatía que atrae a los dos sexos, como también queremos, puesto que no nacemos por la voluntad de nuestros padres, que los hijos sean de la gran familia humana y cuidarlos a su infancia para que ellos nos cuiden en nuestra vejez.

Queremos una sociedad comunista, que la tierra y casas sean libres para lodos, maquinarias e instrumentos de trabajo libres para todos, los adelantos científicos que sean en beneficio de todos, la instrucción libre para todos, las vías de comunicaciones libres, la subsistencia asegurada a los ancianos e inválidos para el trabajo; queremos que todo sea de todos y que a ninguno le falte nada; todos para uno y uno para todos; cada individuo tiene el deber de trabajar según sus fuerzas para tener el derecho de consumir según sus necesidades, sin que ninguno tenga derecho a lo superfluo mientras que todos no tengamos lo necesario.

Queremos una sociedad anárquica; que no haya poder autoritario; que la humanidad se rija con las leyes invariables y justas de la naturaleza; queremos que el hombre sea completamente libre de los demás y que obre según tenga por conveniente, sin quitar la libertad de los demás, o cambiando los términos, que la libertad de uno no tenga más límites que la libertad de todos.

Como se comprende, el comunismo es la verdadera igualdad y fraternidad, y la anarquía es la completa libertad individual y la verdadera justicia y ambos constituyen una sociedad armónica, civilizada y de progreso.

Por lo tanto, compañeros del mundo entero, sí queréis ser libres y concluir de una vez con esa plaga langostera burgueses para que no aparezcan en las generaciones futuras, es necesario unirnos las manos callosas a través de las fronteras, cuya unión se irá practicando con la formación de grupos de afinidad completamente libres y propagando las ideas comunistas anárquicas en los cafés, fondas, teatros, centros y convocar reuniones libres.

Grupos de afinidades es la unión de varios individuos con el deseo igual de ejecutar una misma cosa; por ejemplo, un individuo es apto para la propaganda hablada, puede unirse con otros individuos de igual aptitud y formar un grupo para convocar reuniones, es útil colaborar, unirse con otros colaboradores; es de espíritu revolucionario, que busque individuos revolucionarios y organizar un grupo de acción revolucionaria y así sucesivamente se van uniendo por la ley de afinidad, ley que no está escrita en ningún código porque es una ley natural e inviolable. La unión de este sistema tiene la ventaja que todos los individuos proceden libremente en todo aquello que juzguen conveniente sin verse obligados por ningún reglamento ni someter sus acciones a la aprobación de nadie, esto es, no es necesario ningún estatuto ni reglamento, como tampoco ningún presidente, ni secretario. Es el único modo de obrar libremente y abolir camarillas de zánganos y plantear un régimen económico. Esta forma de organización, de propaganda y acción tiene la facilidad de multiplicarse constantemente y en todas las direcciones, es fácil también burlarse de las pesquisas policiales porque no se archivan documentos ni se levantan actas de acuerdos como tampoco existe ningún centro determinado y está en todas partes puesto que cada individuo es un sujeto de actividad.

Hemos manifestado el modo de unirnos y la táctica de luchar, pues ya sabéis que nuestros enemigos están pronto a ametrallarnos porque decimos verdades y declaramos los derechos que legalmente nos pertenecen, pero a nosotros nos queda la astucia; así como nuestros verdugos hacen uso de los cañones, trabucos, fusiles, revólveres, caballos, lanzas, bayonetas, espadas, machetes, arcos, guillotinas y todos los elementos de matanza humana con el sólo deseo de eternizar nuestra esclavitud, a nosotros nos restan los productos que solo nos proporcionan la química y la industria como la dinamita, el veneno y el fuego rápido para quemar los archivos de propiedades, bancos, casas de injusticias, cárceles, templos y todos los edificios que sirven para la corrupción de la sociedad presente.

Tú, prensa burguesa, que eres partidaria del parásito y enemiga del paria, a ti te dice este grupo: es tan necesaria tu emancipación de la esclavitud en que te hallas sumida como la del proletario, porque unas veces vendes tu convicción por algunas, y otras, tienes, que callar la voz de tu conciencia por cumplir la tiranía de los mandarines.

A vosotros, gobiernos y políticos de todos los partidos, a vosotros os escribe este grupo de anarquistas, que dejéis vuestro sistema de autoridades que la defendéis cuando os conviene y la rechazáis cuando no podéis gobernar.

Algunos hipócritas e ignorantes nos preguntarán ¿cómo es posible que exista buena armonía entre la familia humana sin autoridad que la imponga?

Observad las abejas y las hormigas cómo viven en sociedad; comunistas anárquicos, puesto que trabajan según sus fuerzas y consumen según sus necesidades; contemplad la araña como fabrica sus trampas para buscarse su subsistencia, sin embargo no tiene ninguno que la gobierne; estudiad la Naturaleza, ese movimiento anárquico, manteniendo en ella la armonía por las fuerzas de atracción y repulsión que existen en todas las partes que componen el todo y os convenceréis que todo lo que existe se rige solamente por la ley natural y no con las leyes artificiales; pues bien, si todo puede pasar sin leyes artificiales, el hombre con su alto grado de inteligencia y de prever el bien y el mal, bien puede pasarse con las benéficas leyes naturales y desligarse de las leyes maléficas artificiales.

Los causantes del desorden y la discordia entre la humanidad sois vosotros que con vuestra actitud pretendéis imponer vuestra voluntad a las demás voluntades, exigisteis el deber de uno a la producción sin otorgarle el derecho a la consumición, mientras que a otro le concedéis el deber de comer sin trabajar y el derecho de esclavizar al trabajador.

Para acabar de una vez, os decimos que si el hombre no puede gobernarse por sí por sus vicios y defectos, tampoco puede ser gobernado por hombres que sufren iguales vicios y defectos. De todos modos resulta ser el hombre un anarquista.

Y vosotros burgueses: la razón os impone el deber de que entreguéis la tierra y los demás productos que habéis robado a la humanidad con vuestro sistema de explotación.

¡Si, ladrones de sangre, sudor y honra de los trabajadores, que les aconsejáis que tienen que ahorrarse los elementos necesarios y negar la instrucción a sus hijos a fin de que ahorren parte de sus mezquinos salarios para que lo depositen en vuestras cajas de ahorro para luego robarles con el nombre de quiebra! Si, sois una punta de ladrones, propagáis a los inocentes trabajadores y los imbéciles aspirantes de burgueses que tienen que ahorrar durante la juventud para tener asegurada la subsistencia en la vejez, mientras que los que os han escuchado y han podido hacerlo a costa de grandes sacrificios y privaciones, se encuentran en la vejez, no por los años sino por el exceso de trabajo, se encuentran en lugar de tener el fruto de sus economías un rollo de papeles, moneda de menos valor que la escoria que arrastra el cuerpo humano. Y así sucesivamente poco a poco vais robando al trabajador dejándolo a él y sus hijos a la más espantosa miseria, mientras que vosotros disipáis sus productos. Luego blasonáis de filántropos, pero nosotros, anarquistas, os vamos a sacar la careta de la hipocresía. Si establecéis hospitales bastante malos algunos, es para evitar los estragos a vuestros excelentísimos y renovando personas que ocasionan ciertas enfermedades contagiosas; si fundáis sociedades de monopolios que vosotros llamáis de socorros mutuos, es para prever el saqueo de vuestros repletos almacenes; si establecéis casas de expósitos es para llevar a los hijos que habéis tenido con las doncellas que tenéis al servicio doméstico; en fin, si alguna vez hacéis limosnas, que es muy raro, es para esquivar la verdad que el proletariado reconoce que vosotros sois los causantes de sus infortunios y miserias.

En una palabra, sois como el cirujano de cierto pueblo que hería de noche para curar de día, porque con este sistema pasáis la existencia más espléndida y las victimas os otorgan su aprecio.

Y vosotros, oprimidos, tanto productores como sirvientes, como soldados y policianos, insurreccionaos en contra de vuestros opresores, romped las cadenas de la nueva esclavitud, preparaos y armaos para el próximo 1º de Mayo, día en que todos los desheredados del mundo han elegido para la huelga general y no volver al trabajo hasta ser libres productores y libres consumidores, llevaos este mensaje: la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos; por lo tanto, fuera jefes y mistificadores de toda clase!!

Por lo tanto ya sabéis lo que significa el 1º de Mayo, día de rebelión para derribar las instituciones que sostiene la escasa sociedad actual y encima de sus escombros plantar la regeneradora sociedad comunista anárquica.

Para tomar mayor energía gritemos con toda la fuerza de nuestros pulmones y con todo el entusiasmo: ¡abajo la explotación del hombre por el hombre!; ¡abajo todas las tiranías o el gubernismo! ¡Viva la revolución social! ¡Viva la completa emancipación de los trabajadores!

* Este «manifiesto anarquista» fue publicado por el «Grupo de hijos del Chaco», en Asunción del Paraguay, en enero de 1892 (A.J.C.).