viernes, 7 de septiembre de 2018

La Asamblea Antirracista de Santiago llama a boicotear Falabella

La emisión de una publicidad altamente racista gatilló el inicio de una campaña internacional de boicot contra el holding

"Llamamos a un boicot internacional contra el holding Falabella, empresa multinacional capitalista que ha sido persistente en los ataques publicitarios racistas, siendo este último uno de los más burdos y violentos, difundido por la televisión peruana. Como asamblea antirracista de Santiago llamamos a no comprar en Falabella, empresa con intereses en Chile, Argentina, Perú, Colombia y Brasil. También llamamos a no consumir en las empresas capitalistas vinculadas, tales como Tottus, Homecenter Sodimac y HOMY.

¡A destruir las tarjetas CMR! ¡Boicot a Falabella!

NINGUNA AGRESIÓN RACISTA SIN RESPUESTA"




Debates contemporáneos en torno al racismo y la raza - Ochy Curiel


La idea de raza surge con el racismo como ideología y fenómeno social moderno. Desde el punto de vista doctrinario y religioso el racismo tiene sus orígenes en el debate teológico que sucede en el siglo XV en el contexto de la colonización y esclavitud impuesta por Europa en América y Africa. Primero surge la teoría monogenista con base a la idea de que todos los humanos descienden de Adan y Eva. En esa lógica los nativos americanos fueron considerados como seres inferiores, no descendientes de Adan y Eva y que no tenían alma, por tanto no se asumían como humanos. Posteriormente la teología colonial en torno a la población africana justificaba la esclavitud asumiendo que los negros eran hijos de Cam, el hijo negado de Noé, argumentando que había nacido negro por una maldición y que por decisión divina estaban destinados a la servidumbre y la esclavitud, ideas que se mantuvieron durante siglos en la tradición judeo-crisiana. (Larkin, 2002; Lalueza, 2001).

Cómo reacción a las explicaciones religiosas se desarrolla en Europa el Iluminismo. La razón pasó a ser el fundamento de las explicaciones de los fenómenos, lo que trajo consigo el desarrollo de la ciencia y nuevas teorías poligenistas. Desde el punto de vista científico, el racismo tuvo sus bases en el desarrollo de la raciología (estudios científico de las razas humanas) que sostenía la creencia que la humanidad podía ser dividida en “razas”, con base a genotipos y fenotipos. Estos intentos estuvieron marcados por el prejuicio racial de los científicos que hacían abstracciones y manipulaciones de algunas experiencias que eran seleccionadas previamente y que generalizaban situaciones que no necesariamente respondían a la realidad. Las “razas” eran concebidas como características y rasgos físicos que determinaban ciertas características culturales y morales de determinados grupos humanos y por tanto se consideraban biológicas e innatas. 
 
Los trabajos científicos de Carl von Linné que en 1758 con su libro Systema Nature del escritor francés George Louis Leclerc, de Arthur Gorbineau, que en 1853 escribió el Essai sur l’inagalité des races humanes, de Houston Chamberlain, inglés, nacionalizado en Alemania, con su obra Fundamentos del siglo XIX, la teoría de la Evolución de Darwin y Spencer, dividieron la humanidad en razas humanas colocando un valor social a unas sobre otras, las blancas europeas en la cúspide de la pirámide y la negra en la base. Igualmente desde la filosofía Voltaire, Montesquieu en el Espiritu de las Leyes, favorecieron a la instalación de esta idea. (Wieviorka, 1991)

Todo ello contribuyó a que la población indígena y africana en América fuesen considerados no sujetos, excluidos de toda humanidad, por tanto sus cuerpos, sus culturas, se asumían podían ser manipulados, medidos, domados, controlados, explotados por la razón instrumental.

A partir de entonces la idea de raza y con ella el origen del racismo en el pensamiento social, es ubicado entonces por muchos autores y autoras en la segunda mitad del siglo XIX entre las I y II guerras mundiales y vinculado a la colonización europea y los horrores del nazismo, por tanto se considera una invención occidental. Es a partir de este momento que el racismo se convierte en ideología con base al determinismo biológico.

Desde la sociología alrededor del año 1830 Alexis Toqueville y Max Weber aportan los primeros elementos de una teoría sociológica del racismo y dan un giro importante al pensamiento de la época cuestionando, a partir de la esclavitud de los africanos y africanas en América, la supuesta inferioridad de los negros con base a sus diferencias biológicas planteando que se trataba de un asunto social y político, criticando así las doctrinas racistas. (Wieviorka, 1991).

En Estados Unidos a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, se inician investigaciones integradas por afrodescendientes y simpatizantes blancos que aportan análisis y teorías para comprender el fenómeno de racismo. Se destacan los aportes de la American Negro Academy en 1867 y la National Assotiation for the Advancement or Colored People en 1909, los trabajos W. E. B. Dubois, desde la antropología los aportes de Franz Boas, la Escuela de Chicago, aportan a cuestionar el determinismo biológico que está basada la idea de raza. ( Wieviorka, 1991). 
Habiéndose demostrado que las razas no existen como categorías de clasificación humana sino como construcciones imaginarias, como idea, como significantes que contienen una intención política para justificar desigualdades sociales, política y culturales, ¿debemos de prescindir de la utilización del término “raza”?, ¿Qué significa renunciar a una categoría?

Este es uno de los debates contemporáneos. La feminista francesa Colette Guillaumin, apunta aspectos interesantes en este sentido. Sostiene que sería un error sociológico determinar qué es lo verdadero y lo que es falso dentro de la percepción de la raza, pues responder en torno a la realidad material de la raza significa escamotear la realidad psicosocial que muestra la existencia de un “hecho” racial. Lo importante para la autora es que el carácter psico-social es igualmente discriminante, como lo fuera el fenómeno concreto de la “raza real” (Guillaumin, 1972).

Paul Gilroy, (1991) intelectual afrodescendiente entiende y reconoce los argumentos del movimiento antiracista en la utilización del término “raza” al ser la única categoría posible de autoidentificación y que le ha permitido cierta solidaridad a partir de categorías que le han sido impuestas por los opresores. Aunque muchas veces el término “raza” se utilice entre comillas para denotar el carácter de construcción social, Gilroy argumenta que esto no es suficiente pues finalmente todo discurso que recrea las “razas” sería anacrónico pues los conflictos raciales habría que entenderlos en otros tipos de conflictos sociales como es la planetarización del lucro, o la apertura de nuevos mercados que ya están bastante apartados en la memoria de la esclavitud.

Frente a los interesantes argumentos de Gilroy, Alfonso Guimaraes, sociólogo afrobrasileño señala ciertos desacuerdos en el sentido de señalar que la “raza” adquiere diversos significados dependiendo del contexto y que no es solo una categoría que sirve para articular la lucha política, sino que sigue siendo una categoría analítica necesaria pues es “la única que revela que ciertas discriminaciones son efectivamente raciales y no apenas de clase o culturales” (Guimaraes, 2002: 50).

Fruto de los horrores que dejó la justificación de la supuesta existencia de las razas y el odio que se desprendió entre grupos humanos, generando fenómenos funestos como el holocausto nazi y la esclavitud, el concepto de raza fue sustituido desde ciertas posturas del pensamiento social por el concepto de etnia para referirse a ciertas características culturales de determinados grupos. Esta sustitución fue una especie de un repudio ético humanista en contra de las ideas racistas de los nazis destacando la historicidad y culturalidad de las comunidades humanas más que comunidades construidas en función de rasgos hereditarios de orden moral e intelectual basados en orígenes raciales (Stolke, 1995).
La sustitución de la raza por la etnia, sin embargo, ha conllevado algunas trampas ideológicas y políticas incorporadas en la dicotomía raza=naturaleza/etnia=cultural. 
 
Lo anterior ha tendido a minimizar o esquivar el fenómeno del racismo que se basa de forma real en discriminaciones y exclusiones que son justificadas ideológicamente y que son atribuidas a supuestas deficiencias físicas, morales e intelectuales y que se consideran raciales y hereditarias; por otro lado plantea la paradoja de considerar a la raza relacionada con la naturaleza y la etnicidad con la cultura. Con esta separación de raza biología/etnia-cultura se niega que las comunidades y grupos étnicos son también construcciones sociales y se tiende a un relativismo cultural que percibe a las etnias como si fuesen entidades específicas y autónomas dando como resultado la creación de estereotipos, la tendencia al comunitarismo, al integrismo, por tanto promueve y profundiza el racismo.

Como hemos visto, estas tres categorías tienen en común que su estudio ha permitido cuestionar el determinismo biológico que ha sido la base ideológica sostenida por muchos años por la ciencia y la religión, para que a grupos humanos como son los negros, las negras, indígenas, mujeres, lesbianas, gays, trans, se les prescriba en la otredad, en la diferencia, frente al paradigma moderno que ha sido el hombre blanco, heterosexual y con privilegios de clase.


Ochy Curiel





Extracto del ensayo Género, Raza, Sexualidad. 

martes, 4 de septiembre de 2018

La lucha entre la iglesia y el Estado - Rudolf Rocker


Todo poder está inspirado por el deseo de ser único, pues, según su esencia, se siente absoluto y se opone a toda barrera que le recuerde las limitaciones de su influencia. El poder es la conciencia de la autoridad en acción; no puede, como Dios, soportar ninguna otra divinidad junto a sí. Esta es la razón por la cual se entabla una lucha por la hegemonía tan pronto como aparecen juntos diversos grupos de poder o están obligados a girar unos junto a otros. Cuando un Estado ha alcanzado la fuerza que le permite hacer uso decisivo de sus medios de poder, no se da por satisfecho hasta obtener la posición de predominio sobre todos los Estados vecinos y hasta imponer a éstos su voluntad. Sólo cuando no se siente aún bastante fuerte, se muestra dispuesto a concesiones; pero en cuanto se siente bastante poderoso, no deja de recurrir a ningún medio para ensanchar los límites de su dominación. Pues la voluntad de poder sigue sus propias leyes, que incluso puede enmascarar, pero nunca podrá negar.
La aspiración a unificarlo todo, a someter todo movimiento social a una voluntad central, es el fundamento de todo poder, y es indiferente que se trate de la persona de un monarca absoluto de tiempos pasados, de la unidad nacional de una representación popular elegida constitucionalmente o de las pretensiones centralistas de un partido que ha inscrito en sus banderas la conquista del poder. El principio de la reglamentación de toda actividad social según determinada norma, inaccesible a cualquier modificación, es la condición previa inevitable de toda voluntad de poder. De ahí nace el impulso hacia los símbolos exteriores que ponen ante los ojos la unidad palpable de la expresión del poder, en cuya grandeza mística puede echar raíces la muda reverencia del bravo súbdito. Eso lo ha reconocido muy bien De Maistre cuando dijo: Sin Papa no hay soberanía; sin soberanía no hay unidad; sin unidad no hay autoridad; sin autoridad no hay creencia.
¡Sí, sin autoridad no hay creencia, no hay sentimiento de dependencia del hombre ante un poder superior, en una palabra, no hay religión! Y la fe crece con la magnitud del campo de influencia sobre el cual impera la autoridad. Los dueños del poder están siempre animados por el deseo de extenderlo y, si no están en condiciones de demostrarlo, han de aparentar al menos ante los súbditos la infinitud de esa influencia para fortificar su fe. Los títulos fantásticos de los déspotas orientales son un ejemplo.
Pero donde la posibilidad existe, los representantes del poder no se contentan únicamente con los titulos laudatorios: intentan más bien obtener con todos los medios de la astucia diplomática y de la fuerza brutal un ensanchamiento de su dominio a costa de otros grupos de poder. Aun en los más pequeños órganos de poder dormita, como una chispa oculta, la voluntad de dominio universal; y si sólo en casos especialmente favorables llega a ser llama devoradora, permanece, sin embargo, viva, aun cuando no sea más que como secreta expresión del deseo. Tiene profundo sentido la descripción que nos hace Rabelais en su Gargantúa del rey Picrocholo de Doudez, a quien la suave condescendencia de su vecino Grandgousier hace inflar hasta el punto que, deslumbrado por los insensatos consejos de su consejero, se siente ya casi un nuevo Alejandro. Mientras el dueño del poder vea ante sí cualquier territorio que no se doblegó aún a su voluntad, no se dará por satisfecho; pues la voluntad de poder es una exigencia que nunca se satisface y que con cada triunfo crece y adquiere más fuerza. La leyenda del Alejandro entristecido que estalla en lágrimas porque no le queda en el mundo nada por conquistar, tiene significación simbólica y nos muestra el germen más profundo de todas las aspiraciones de dominio.
El sueño de erigir un imperio universal no es sólo un fenómeno de la historia antigua; es el resultado lógico de toda actividad del poder y no está ligado a determinado periodo. Desde la introducción del cesarismo en Europa no ha desaparecido nunca del horizonte político el pensamiento de la dominación universal, aun cuando ha experimentado, por la aparición de nuevas condiciones sociales, algunas mutaciones. Todos los grandes ensayos para realizar instituciones universales de dominio, como el desarrollo paulatino del papado, la formación del imperio de Carlomagno, los objetivos que fundamentaron las luchas entre el poder imperial y el papal, la aparición de las grandes dinastías en Europa y la competencia de los ulteriores Estados nacionales por el predominio europeo, se han hecho de acuerdo con el modelo romano. Y en todas partes se produjo la reagrupación política y social de todos los factores de dominio de acuerdo con el mismo esquema, característico de la génesis de todo poder.
El cristianismo había comenzado como movimiento revolucionario de masas y desintegró, con su doctrina de la igualdad de todos los seres ante la faz de Dios, los fundamentos del Estado romano. De ahí la espantosa persecución contra sus adeptos. No era la novedad de la creencia lo que sublevó a los potentados romanos contra los cristianos; lo que querian suprimir eran los postulados antiéstatales de la doctrina. Aun después que Constantino había declarado al cristianismo como religión del Estado, persistieron largo tiempo las aspiraciones originarias de la doctrina cristiana en los quiliastas y en los maniqueos, aunque éstos no pudieron ejercer ya influencia decisiva en el desarrollo ulterior del cristianismo.
Ya en el siglo tercero se había adaptado el movimiento cristiano completamente a las condiciones existentes. El espíritu de la teología había triunfado sobre las aspiraciones vivientes de las masas. El movimiento había entrado en estrecho contacto con el Estado, al que había combatido antes como reino de Satán, y bajo su influencia adquirió ambiciones de dominio. Así surgió de las comunidades cristianas una Iglesia, que mantuvo fielmente la idea de poder de los Césares, cuando el Imperio Romano cayó en ruinas ante los embates de la gran emigración de los pueblos.
La sede del obispo de Roma, en el propio corazón del Imperio mundial, le dió desde el comienzo una posición de predominio sobre todas las otras comunidades cristianas. Pues Roma siguió siendo, aun después de la descomposición del Imperio, el corazón del mundo, su punto central, en el que vivía la herencia de diez a quince culturas, herencia que hizo gravitar su hechizo sobre el mundo. Desde allí fueron también domadas las fuerzas vírgenes de los llamados bárbaros del Norte, bajo cuyo ímpetu vigoroso se deshizo el Imperio de los Césares. La nueva doctrina del cristianismo ya falseado, aplacó su impulso salvaje, puso ligaduras a su voluntad y mostró nuevos caminos a la ambición de sus jefes, que vieron abrirse insospechadas posibilidades a sus anhelos de poder. El papado, en vías de paulatina cristalización, no dejó de aprovechar para sus propios objetivos, con hábil cálculo, las energías vírgenes de los bárbaros, echando con su ayuda los cimientos de un nuevo imperio mundial que habría de dar por muchos siglos una determinada dirección a la vida de los pueblos europeos.
Cuando Agustín se dispuso a exponer sus ideas en la Ciudad de Dios, el cristianismo había hecho ya una completa mutación interna. De movimento antiestatal que era, se había convertido en religión reafirmadora del Estado, habiendo aceptado una cantidad de elementos extraños en su seno. Pero la joven Iglesia irradiaba todavía con todos sus colores; le faltaba la aspiración sistemática hacia una gran unidad política de dominio que se orientase conscientemente, y con plena convicción, hacia el objetivo estrictamente definido de una nueva dominación mundial. Aguastín le dió ese objetivo. Comprendió la enorme disensión de la época, vió cómo millares de fuerzas pugnaban por mil diversos fines, cómo remolineaban en el caos, cómo se desperdigaban a todos los vientos o se malograban infecundamente por falta de objetivo y dirección. Después de algunas oscilaciones, llegó a la convicción de que faltaba a los hombres un poder unitario que pusiera fin a toda resistencia y fuese capaz de aprovechar todas las fuerzas dispersas en pro de un objetivo superior.
La Ciudad de Dios de Agustín no tenía ya nada de común con la doctrina original del cristianismo. Justamente por eso pudo esa obra llegar a ser la base teórica de una concepción católica del mundo y de la vida, que hizo depender la redención de la humanidad doliente de las consideraciones políticas de dominio de una Iglesia. Agustín sabía que la posición dominadora de la Iglesia debía echar hondas raíces en la fe de los hombres si quería tener solidez. Y se esforzó por dar a esa creencia una base que no pudiera conmover ninguna sutileza de la razón. Así se convirtió en el verdadero fundador de aquella interpretación teológica de la historia, que atribuye todo lo que ocurre entre los pueblos de la tierra a la voluntad de Dios, sobre la cual el hombre no puede tener ninguna influencia.
Si el cristianismo de los primeros siglos había declarado la guerra a las ideas fundamentales del Estado romano y a sus instituciones, y se hizo objeto, por eso, de todas las persecuciones de ese Estado, proclamó Agustín que el cristianismo no estaba obligado a oponerse al mal de este mundo, pues todo lo terrestre es perecedero y la verdadera paz sólo se encuentra en el cielo. De ese modo el verdadero creyente no puede condenar tampoco la guerra, sino considerarla más bien cemo un mal necesario; como un castigo que Dios impone a los hombres. Pues la guerra es, como la peste, el hambre y todas las otras plagas, sólo un castigo de Dios para corregir a los hombres, mejorarlos y prepararlos para la bienaventuranza.
Pero para que la voluntad divina sea comprensible para los hombres, se precisa un poder visible por el cual anuncie Dios su sagrada voluntad a fin de llevar a los pecadores por el verdadero camino. Ningún poder temporal está llamado a esa misión, pues el reino del mundo es el reino de Satán, que hay que superar para que llegue a los hombres la redención. Sólo a una sancta ecclesia le está reservada esa sublime tarea, prescrita por Dios mismo. La Iglesia es la única y verdadera representación de la voluntad divina sobre la tierra, la mano ordenadora de la providencia, que hace únicamente lo justo, porque está iluminada por el espíritu divino.
Según Agustín todos los acontecimientos humanos se desarrollan en seis grandes períodos, el último de los cuales ha comenzado con el nacimiento de Cristo. Por ello deben comprender los hombres que la decadencia del mundo es inminente. Y la fundación del reino de Dios en la tierra, bajo la dirección de la sagrada Iglesia apostólica, es por eso más apremiante, para salvar las almas de la condenación y preparar a los seres humanos para el Jerusalem celeste. Pero como la Iglesia es anunciadora única de la voluntad divina, tiene que ser intolerante de acuerdo con su esencia, pues el hombre no puede saber por si mismo lo que es bueno y la que es malo. No debe hacer la menor concesión a la lógica de la razón, pues toda sabiduría es vana, y la sabiduría del hombre no puede resistir ante Dios. Por eso la fe no es medio para el fin, sino fin por si misma; hay que creer por la creencia misma y no se debe uno dejar desviar del camino recto por los sofismas de la razón. Pues la frase que se atribuye a Tertuliano: Credo quia absurdum est (creo, aunque va contra la razón), es exacta y puede librar a los hombres de las garras de Satán.
La concepción agustiniana dominó durante mucho tiempo al mundo cristiano. Sólo Aristóteles disfrutó, a través de toda la Edad Media, de una autoridad parecida. Agustín había infundido a los hombres la fe en un destino inescrutable, fusionando esa fe con las aspiraciones de unidad política dominadora de la Iglesia, que se sintió llamada a restablecer la dominación mundial del cesarismo romano y a hacerla servir a una finalidad muy superior.
Los obispos de Roma tuvieron, pues, una finalidad que trazó amplios límites a su codicia. Pero antes de que ese objetivo pudiera ser alcanzado y antes de que la Iglesia fuera transformada en vigoroso instrumento de una finalidad política de dominio, hubo que hacer comprender a los jefes de las demás comunidades cristianas esas aspiraciones. Mientras no se logró tal cosa, la dominación universal del papado fue sólo un ensueño; la Iglesia tuvo primero que unificarse en sí misma antes de imponer su voluntad a los representantes del poder temporal.
Pero esa tarea no era sencilla, pues las comunidades cristianas fueron durante mucho tiempo agrupaciones autónomas que nombraban por sí mismas sus sacerdotes y dignatarios y podían deponerlos en todo instante si no se mostraban a la altura de su función. Para ello poseía cada comuna el mismo derecho que todas las demás; atendía a sus propios asuntos y era dueña indisputable en su radio de acción. Los problemas que trascendían de las atribuciones de los grupos locales eran ventilados en los sinodos nacionales o en las asambleas de iglesias, que eran elegidos por las comunidades. Pero en cuestiones de fe sólo podía tomar decisiones el Concilio ecuménico o la reunión general de las Iglesias.
La organización originaria de la Iglesia era, pues, bastante democrática, y demasiado libre como para poder servir al papado de base para sus aspiraciones políticas de dominio. Ciertamente los obispos de las comunidades más grandes adquirieron poco a poco una mayor influencia, condicionada por su más vasto circulo de acción. Así se les concedió ya por el concilio de Nicea, en el año 325, un cierto derecho de inspección sobre los jefes de las comunidades menores, nombrándolos metropolitanos o arzobispos. Pero los derechos del metropolitano romano no llegaban más allá de los de sus hermanos; no tenía ninguna posibilidad de mezclarse en sus asuntos, y su ascendiente fue temporariamente bastante mermado, incluso por la influencia del metropolitano de Constantinopla.
La tarea de los obispos romanos estaba, pues, ligada a grandes dificultades, para las que no todos estaban preparados, y han tenido que pasar siglos antes de que pudiera generalizarse su influencia en la mayoría del clero. Esto fue tanto más difícil cuanto que los obispos de algunos países eran a menudo completamente dependientes, en sus atribuciones y derechos feudales, de los representantes del poder temporal. Sin embargo, los obispos de Roma persiguieron su propósito con hábil cálculo y obcecada tenacidad, sin pararse mucho en la elección de los medios, siempre que prometiesen éxito.
Lo inescrupulosamente que se lanzaban los jefes de la silla romana hacia su objetivo, lo demuestra el empleo habilidoso que supieron hacer de las desacreditadas Decretales isidorianas, que el conocido historiador Ranke calificó como una bien conocida, bien realizada, pero sin embargo evidente falsificación, un juicio que apenas podría ser hoy puesto en duda. Pero antes de que se concediera la posibilidad de tal falsificación, aquellos documentos habían realizado ya su misión. En base a ellos fue confirmado el Papa como representante de Dios en la tierra, al que Pedro había dejado las llaves del reino de los cielos. Todo el clero fue sometido a su voluntad; recibió el derecho de convocar concilios, cuyas decisiones podía confirmar o repudiar según su propio criterio. Pero ante todo se proclamó, por las Decretales isidorianas falsificadas, que en todas las disputas entre el poder temporal y el clero la última palabra correspondía al Papa. De ese modo debía ser librado el clero de los fallos jurídicos del poder temporal cómpletamente, para encadenarlo así tanto más a la silla papal. Ensayos de esta especie se habían hecho ya antes. Así declaró el obispo romano Símaco (498-514) que el obispo de Roma no es responsable, fuera de Dios, ante ningún otro juez, y veinte años antes de la aparición de las Decretales isidorianas proclamó el concilio de París (829) que el rey está sometido a la Iglesia y que el poder de los sacerdotes está por encima de todo poder temporal. Las Decretales falsificadas sólo podían tener por objetivo imprimir a las pretensiones de la Iglesia el sello de la validez jurídica.
Con Gregorio VII (1075-85) comienza la verdadera supremacía del papado, la era de la Iglesia triunfante. Fue el primero que hizo valer, con toda amplitud y sin miramientos, el privilegio inalienable de la Iglesia sobre todo poder temporal después de haber trabajado en ese sentido con férrea tenacidad ya antes de su elevación a la silla papal. Introdujo ante todo en la Iglesia misma modificaciones radicales para hacer de ella una herramienta adecuada para sus propósitos. Su severidad inflexible ha conseguido que el celibato de los sacerdotes, propuesto antes de él a menudo, pero nunca practicado, fuese acatado en lo sucesivo. De ese modo se creó un ejército internacional que no estaba ligado por ningún lazo intimo al mundo, y del cual incluso el más insignificante se sentía representante de la voluntad papal. Sus conocidas palabras, según las cuales la Iglesia no se podria emancipar nunca de su servidumbre ante el poder temporal mientras los curas no se emancipasen de la mujer, muestran claramente el propósito que perseguía con su reforma.
Gregorio fue un político inteligente y extremadamente perspicaz, firmemente convencido de la exactitud de sus pretensiones. En sus cartas al obispo Hermann, de Metz, desarrolló su interpretación con toda claridad, apoyándose principalmente en la Ciudad de Dios de Agustin. Partiendo de la suposición que la Iglesia fue instituida por Dios mismo, dedujo que en cada una de sus decisiones se revela la voluntad divina; pero el Papa, como representante de Dios en la tierra, es el anunciador de esa divina voluntad. Por eso toda desobediencia ante él es desobediencia ante Dios. Todo poder temporal no es más que débil obra humana, lo que ya resulta del hecho de que el Estado suprimió la igualdad entre los hombres y su origen sólo se puede atribuir a la violencia brutal y a la injusticia. Todo rey que no se somete absolutamente a los mandamientos de la Iglesia, es un esclavo del diabloy un enemigo del cristianismo. Por eso ha puesto Dios al Papa sobre todos los reyes, pues sólo él puede saber lo que conviene a los seres humanos, ya que es iluminado por el espíritu del Señor. Es misión de la Iglesia reunir a la humanidad en una gran alianza, en la que sólo impere la ley de Dios, revelada a los hombres por boca del Papa.
Gregorio luchó con toda la intolerancia de su carácter violento por la realización de esos objetivos, y cuando al fin se convirtió en víctima de su propia obra, no por eso había dejado de cimentar el predominio de la Iglesia y hacer de ella, por siglos enteros, un factor poderoso de la historia europea. Sus sucesores inmediatos no poseían ni la severidad monástica ni la indomable energía de Gregorio y sufrieron algunas derrotas en la lucha contra el poder temporal. Hasta que bajo Inocencio III (1l98-1216) tuvo el cetro papal un hombre que no sólo fue inspirado por la misma claridad en los objetivos y la misma voluntad indoblegable, tan características de Gregorio, sino que incluso superaba a éste, con mucho, por sus dotes naturales.
Inocencio III ha hecho por la Iglesia lo supremo, y ha desarrollado su poder hasta un grado que nunca había alcanzado antes. Dominó sobre sus cardenales con el capricho despótico de un autócrata que no debe responsabilidad a nadie y trató a los representantes del poder temporal con una arrogancia a que ninguno de sus antecesores se había atrevido. Al patriarca de Constantinopla le escribió las altivas palabras siguientes: Dios no sólo puso el gobierno de la Iglesia en manos de Pedro, sino que lo nombró también soberano del mundo entero. Y al embájador del rey francés Felipe Augusto le dijo: A los príncipes se les ha dado el poder sólo sobre la tierra, pero el sacerdote impera también en el cielo. El príncipe sólo tiene poder sobre el cuerpo de sus súbditos, pero el sacerdote tiene poder sobre las almas de los seres humanos. Por eso está el clero mucho más alto que todo el poder temporal, como el alma está por encima del cuerpo en que habita, Inocencio sometió toda la pulítica temporal de Europa a su voluntad; no sólo se inmiscuyó en los asuntos dinásticos, sino que incluso objetó las alianzas matrimoniales de los soberanos temporales, obligándoles al divorcio cuando la unión no le era grata. Sobre Sicilia, Nápoles y Cerdeña gobernó como verdadero rey; Castilla, León, Navarra, Portugal y Aragón le eran tributarios; su voluntad se impuso en Hungría, Bosnia, Servia, Bulgaria, Polonia, Bohemia y en los países escandinavos. Intervino en la disputa entre Felipe de Suecia y Otón IV por la corona imperial alemana y la concedió a Otón, para deponer a éste luego y obsequiar con ella a Federico II. En la disputa con el rey inglés Juan sin Tierra proclamó el interdicto sobre su reino y obligó al rey, nó sólo a la completa sumisión, sino que le forzó a aceptar su propio país de manos del Papa como feudo y a pagarle por esa gracia el tributo exigido.
Inocencio se sintió Papa y César en una misma persona, y vió en los gobernantes temporales solamente vasallos de su poder, tributarios suyos. En este sentido escribió al rey de Inglaterra:
Dios ha cimentado en la Iglesia el sacerdocio y la realeza de tal manera que el sacerdocio es real y la realeza sacerdotal, como se desprende de las Epístolas de Pedro y de las leyes de Moisés. Por eso instituyó el rey de reyes, a uno sobre todos, al que hizo su representante en la tierra.

Por la introducción de la confesión al oído y la organización de los monjes limosneros, se creó Inocencio un poder de formidable trascendencia. Simultáneamente utilizó su arma principal, la proscripción eclesiástica, que proclamó con inflexible decisión sobre países enteros para doblegar a los poderes temporales. En el país afectado por la excomunión se cerraban todas las iglesias, ninguna campana llamaba a los fieles a la oración, no había bautizos ni casamientos ni confesiones, no se administraba los santos sacramentos a los moribundos, ni los muertos eran enterrados en sagrado. Se puede imaginar la terrible impresión de tal estado de cosas sobre el espíritu de los hombres en una época en que la creencia se consideraba lo más sublime.
Lo mismo que Inocencio no toleraba ningún poder equivalente junto al suyo, tampoco soportaba ninguna otra doctrina que se apartase en lo más mínimo de las prescripciones de la Iglesia, aun cuando estuviera solamente impregnada por el espíritu del cristianismo. La espantosa Cruzada contra la herejía en el sur de Francia, que transformó en un desierto uno de los países más florecientes de Europa, ofrece sangriento testimonio de ello. El espíritu dominador de ese hombre terrible no retrocedió ante ningún medio cuando había que hacer prevalecer la autoridad ilimitada de la Iglesia. Y sin embargo él no era más que el esclavo de una idea fija, que mantenía prisionero su espíritu y le alejaba de todas las consideraciones humanas. Su obsesión de poder le hizo solitario y mísero y se convirtió en su desgracia personal, así como para la mayoría de los que persiguen los mismos fines. Así dijo una vez de sí mismo: No tengo ocio alguno para ocuparme de asuntos supraterrenales, apenas encuentro tiempo de respirar. Es terrible, tengo que vivir tanto para los otros que me he vuelto para mí mismo un extraño.
Esa es la maldición secreta de todo poder: no sólo resulta fatal para sus víctimas, sino también para sus propios representantes. El loco pensamiento de tener que vivir por algo que contradice todo sano sentimiento humano y que es insubstancial en sí, convierte poco a poco a los representantes del poder en máquinas inertes, después de obligar a todos los que dependen de su poderío al acatamiento mecánico de su voluntad. Hay algo de marionetismo en la esencia del poder; procede de su propio mecanismo y encadena en formas rígidas todo lo que entra en contacto con él. Y esas formas sobreviven en la tradición, aun cuando la última chispa viviente se apagó en ellas hace mucho tiempo, y pesan abrumadoramente sobre el ánimo de los que se someten a su influencia.
Esto tuvieron que experimentarlo, para su mal, las poblaciones germánicas, y después de ellas las eslavas, que habían quedado preservadas más tiempo de las influencias nefastas del cesarismo romano. Incluso cuando los romanos habían sometido ya a los países germánicos desde el Rhin al Elba, se extendió su influencia casi solamente a los territorios del Este, pues a causa de lo salvaje e inhospitalario del país, cubierto de bosques y de pantanos, no encontraron nunca la posibilidad de afirmar allí su dominio. Cuando después, por una conspiración de tribus alemanas, el ejército romano fue casi totalmente liquidado en el bosque de Teutoburg y la mayoría de los castillos del conquistador extranjero fueron destruídos, quedó, puede decirse, rota la dominación romana sobre Germania. Ni siquiera las tres campañas de Germánico contra las tribus insurrectas de Germania pudieron cambiar la situación.
Sin embargo había nacido para los germanos, por la influencia romana, en el propio campo, un enemigo mucho más peligroso, bajo cuyo efecto sucumbieron bien pronto sus jefes. Las poblaciones germánicas, cuyo territorio se exténdió largo tiempo desde el Danubio al mar del Norte y desde el Rhin al Elba, disfrutaban de una independencia bastante amplia. La mayoría de las tribus estaban ya avecindadas cuando entraron en contacto con los romanos; sólo en las partes del oeste del país permanecían seminómadas aún. De las noticias romanas y de fuentes ulteriores se desprende que la organización social de los germanos era todavía muy primitiva. Las diversas tribus se dividían en linajes, ligados entre sí por parentescos de sangre. Por lo general convivían cien familias en colonias dispersas sobre un trozo de tierra; de ahí la denominación de Hundertschaften (centurias). Diez o veinte Hundertschaften constituían una tribu, cuyo territorio era denominado Gau (distrito). La agrupación de tribus emparentadas formaba un pueblo. Las Hundertschaften se repartían entre sí el territorio de manera tal que, periódicamente, se volvían a hacer repartos. De lo que se desprende que no ha existido en ellas una propiedad privada de la tierra durante largo tiempo, y que la posesión privada se reducía a las armas, herramientas acondicionadas por uno mismo y otros objetos de uso diario. La agricultura era cultivada principalmente por mujeres y por esclavos. Una parte de los hombres partía a menudo para empresas guerreras o de rapiña, mientras que el resto quedaba alternativamente en casa o se ocupaba de las cuestiones del derecho.
Todas las cuestiones importantes se debatían en las asambleas populares generales o Things, y se tomaban en ellas los acuerdos. En esas reuniones participaban todos los hombres libres y capaces de llevar armas. Se celebraban, por lo general, en tiempo de luna nueva o de plenilunio, y fueron durante mucho tiempo la suprema institución de los pueblos germánicos. En el Thing se resolvían también todas las disputas y eran elegidos los encargados de la administración pública, así como los jefes del ejército para la guerra. En las elecciones decidía al principio sólo la habilidad personal y la experiencia de cada uno. Pero después, especialmente cuando las relaciones con los romanos fueron más frecuentes y estrechas, se eligió a los llamados delanteros o príncipes casi solamente de las filas de familias destacadas, que, en base a sus servicios reales o supuestos en favor de la comunidad, alcanzaron, gracias a mayores participaciones en el botín, tributos o regalos, poco a poco un cierto bienestar, que les permitía mantener un séquito de guerreros probados, lo cual les procuraba ciertos privilegios.
Cuanto más frecuentemente entraban los germanos en contacto con los romanos, tanto más accesibles se volvían a las influencias extrañas, lo que no podía ser de otro modo, pues la cultura y la técnica romanas eran muy superiores a las germánicas en todos los aspectos. Algunas tribus se habían puesto ya en movimiento antes de la conquista de Germania por los romanos y recibieron de los potentados romanos territorios, comprometiéndose, en cambio, a prestar servicios en el ejército romano. En realidad soldados germánicos jugaron ya un papel importante en la conquista de las Galias por los romanos. Julio César aceptó a muchos en su ejército y estaba rodeado siempre de una guardia penonal a caballo de cuatrocientos guerreros germánicos.
Algunos descendientes germánicos que habían estado al servicio de los romanos, regresaron después a la patria y utilizaron el botín que habían hecho y las experiencias que habían recogido con los romanos para someter a los propios compatriotas a su servicio. Así llegó uno de ellos, Marbod, a extender su dominio durante cierto tiempo sobre toda una serie de tribus alemanas y a someter, desde Bohemia, todo el territorio entre el Oder y el Elba, hasta el mar Báltico. Pero también Arminio, el liberador, sucumbió a las mismas funestas influencias de la voluntad romana de poder, que intentó hacer probar después de su regreso a los propios compatriotas. Marbod y Arminio no habían vivido y conocido en vano en Roma la enorme fuerza de atracción que posee el poder para la codicia de los hombres.
Las aspiraciones políticas de dominación de Arminio, que se pusieron de relieve cada vez más claramente después del aniquilamiento del ejército romano, hacen aparecer la liberación de Germania del dominio romano con una luz algo singular. Se mostró muy pronto que el noble querusco no había aprendido en Roma solamente el arte de una beligerancia superior, sino que también el arte del gobierno de los Césares romanos dió un poderoso impulso a su codicia, elevándola a la categoría de la más peligrosa voluntad de poder. Inspirado por sus planes, trabajó con todos los medios para que la alianza de los queruscos, chatos, marsos, brukteros, etc., persistiese, aun después de la destrucción de las legiones romanas en el bosque de Teutoburg. Después del alejamiento definitivo de los romanos entabló una guerra sangrienta contra Marbod, en la que solamente estaba en juego el predominio sobre Germania. Como se evidenció cada vez más claramente que el objetivo de las aspiraciones de Arminio era imponerse, no ya como jefe elegido del ejército de los queruscos, sino como rey de éstos y de otras tribus germanas, fue asesinado arteramente por sus propios parientes.
Por lo demás, los germanos no estaban unidos en modo alguno en su lucha contra los romanos. Había entre las familias nobles un manifiesto partido romano. Una crecida cantidad de ellas había recibido dignidades y distintivos romanos; hasta había aceptado la ciudadanía romana y se mantuvo en favor de Roma aun después de la llamada batalla de Hermann. El hermano mismo de Hermann, Flavos, pertenecía a ese numero, y también su suegro Segest, el cual entregó a los romanos su propia hija Thusnelda, esposa de Hermann. Por ese sector habla sido informado también el representante romano Varos de la conspiración contra él, pero su confianza en Arminio, a quien por su fidelidad se había nombrado caballero romano, era tan ilimitada, que no hizo caso de las advertencias y cayó ciegamente en la emboscada preparada por Arminio. Sin esa traición de Arminio, perpetrada con sutil hipocresía, no habría tenido nunca lugar la famosa batalla de la liberación del bosque de Teutoburg, que incluso un historiador muy afecto a los germanos, Félix Dahn, ha calificado como una de las más desleales violaciones del derecho de gentes. Las tribus germánicas que participaron en esa conspiración para libertarse del yugo de una odiada dominación extranjera, no pueden ser objeto de ningún reproche. Pero sobre Arminio, personalmente, aquella indigna ruptura de la confianza puesta en él pesa doblemente, pues la aniquilación del ejército romano sólo debía servirle de medio para continuar tejiendo sus propios planes políticos de dominio, que culminaron en la imposición a los libertados de un nuevo yugo.
Sin embargo está en la esencia de todas las aspiraciones políticas dominadoras que sus representantes no retrocedan ante ningún medio que prometa éxito, aun cuando el éxito haya de ser comprado con la traición, la mentira, la ruin maldad y las intrigas. El principio según el cual el fin santifica los medios, fue siempre el primer artículo de fe de toda política de dominio y no necesitaba que lo inventasen los jesuitas. Todo conquistador ambicioso y todo político hambriento de poder, semitas y germanos, romanos y mogoles, fueron sus fieles adoradores; pues la bajeza de los medios está ligada tan estrechamente al poder como la podredumbre a la muerte.
Cuando después penetraron los hunos en Europa y tuvo lugar una nueva emigración de los pueblos, avanzaron núcleos cada vez más densos de tribus germánicas hacia el Sur y el Sudeste del continente, donde tropezaron con los romanos y entraron en masa en sus legiones. Los ejércitos romanos fueron completamente penetrados por los germanos, y no pudo menos de ocurrir que, al fin, uno de ellos, el jefe del ejército germánico, Odoacro, en el año 476 después de Cristo, arrojase del trono al último emperador romano y se hiciese proclamar soberano por sus mismos soldados. Hasta que tras largos años de luchas sangrientas también él fue derribado por Teodorico, rey de los ostrogodos, y por él personalmente, que lo apuñaló durante un banquete, después de un pacto concertado entre ellos con toda solemnidad.
Todos los organismos de Estado creados en aquellos tiempos por el poder de la espada —el reino de los vándalos, de los godos del Este y del Oeste, de los longobardos, de los hunos—, fueron inspirados por la idea del cesarismo, y sus creadores se sintieron herederos de Roma. Sin embargo se derrumbaron también en aquella lucha por Roma y por la propiedad romana, las viejas instituciones y costumbres tríbales de los germanos, ya sin valor alguno en la nueva situación. Ciertas tribus llevaron algunos de sus viejos hábitos al mundo romano, pero allí se anquilosaron y sucumbieron, pues les faltaba el cuerpo social en el que podían prosperar.
Esta transformación se realizó tanto más rápidamente cuanto que ya un tiempo antes del comienzo de la migración de pueblos propiamente dicha se habían operado alteraciones bastante profundas en la vida social de las tribus germánicas.
Así habla Tácito ya de una nueva especie de distribución de la tierra según la categoria de las diversas familias, un fenómeno del que César no supo informar todavía nada. También la administración de los asuntos públicos adquirió ya otro aspecto. La influencia de los llamados nobles y jefes militares había crecido en todas partes. Todo problema de importancia social era deliberado primero en reuniones especiales de los nobles y luego presentado al Thíng, a quien competía verdaderamente la última decisión. Pero los séquitos que agrupaban a su alrededor los nobles y que convivían muy a menudo con ellos y comían a su mesa, tenían que proporcionarles, naturalmente, una mayor influencia en la asamblea popular. Cómo se manifestaba esa influencia, es lo que se desprende claramente de las siguientes palabras de Tácito:
Carga por toda su vida escarnio y vergüenza todo aquel que no sigue a su señor en la batalla hasta la muerte. Defenderle, protegerle, atribuir también las propias heroicidades a su fama, es considerado el supremo deber del guerrero. El príncipe lucha por la victoria; el séquito, en cambio, por su señor.
El continuo contacto con el mundo romano debió influir, naturalmente, en las formas sociales de los pueblos germánicos y, especialmente entre los llamados nobles, tenía que suscitar y alimentar aspiraciones de dominio, con lo cual se llegó poco a poco a una transformación de las condiciones de la vida social. Cuando tuvo lugar, después, la emigración de los pueblos, una parte considerable de la población germánica estaba ya compenetrada de las concepciones y ya tenía instituciones romanas. Las nuevas organizaciones estatales que resultaron de las grandes migraciones de tribus y de pueblos aceleraron la descomposición interna de las viejas instituciones.
Surgieron en toda Europa nuevas dominaciones extranjeras, dentro de las cuales los vencedores constituían una casta privilegiada que imponía a la población nativa su voluntad y vivía a su costa una vida parasitaria. Los invasores victoriosos se distribuyeron grandes territorios de los países conquistados y obligaron a los habitantes a pagarles tributos, y no se pudo evitar que los jefes militares tuviesen preferencias por el propio séquito. Como la cifra proporcionalmente pequeña de los conquistadores no permitía convivir en linajes al modo tradicional, y más bien se vieron forzados a extenderse por todo el país para afirmar su dominación, se aflojó cada vez más el viejo lazo del parentesco, que arraigaba en la estrecha convivencia de los linajes. Las viejas costumbres quedaron poco a poco fuera de uso para dejar el puesto a nuevas formas de vida social.
La asamblea popular, la más importante institución de las tribus germánicas, donde se deliberaban y resolvían todos los asuntos públicos, perdió cada vez más su viejo carácter, lo que ya estaba condicionado también por la gran extensión de los territorios ocupados. Pero con ello recibieron los príncipes y jefes militares cada vez mayores derechos, que crecieron lógicamente hasta llegar al poder real. Los reyes, a su vez, embriagados por la influencia de Roma, no se olvidaron de liquidar los últimos restos de las viejas instituciones democráticas, pues éstas sólo podían obrar como obstáculos contra la expansión de su poder.
Pero también la aristocracia, cuyos primeros rudimentos se hicieron notorios tempranamente en los germanos, alcanzó, gracias a la rica propiedad territorial que le había correspondido en el botín de los países conquistados, una significación social novísima. Junto con los nobles de las poblaciones subyugadas que el dominador extranjero, por motivos bien comprensibles, tomó a su servicio, pues podían ser de provecho a causa de su superioridad cultural, los representantes de esa nueva aristocracia fueron primero simples vasallos del rey, al que sirvieron en sus campañas de séquito guerrero, por lo que fueron recompensados con bienes feudales a costa de los pueblos vencidos.
Sin embargo, el sistema feudal, que al comienzo encadenó la nobleza al poder real, entrañaba ya los gérmenes que habían de ser peligrosos para éste con el tiempo. El poder económico que recibió la nobleza poco a poco con el feudalismo, despertó en ella nuevos deseos y codicias que la impulsaron a una posición especial, que no era favorable de ningún modo a las aspiraciones centralistas del regio poder. Repugnaba a la altivez de la nobleza ser siempre séquito del rey. El papel del grand seigneur, que podía desempeñar imperturbablemente en sus dominios, sin obedecer a indicaciones superiores, le agradaba más y le abría ante todo mejores perspectivas para una paulatina formación de su propia soberanía. Pues también en ella vivía la voluntad de poder y la impulsaba a echar en la balanza su capacidad económica para contrarrestar el poder naciente de la realeza.
En realidad, consiguieron los señores feudales, que se elevaron a la categoría de pequeños y grandes príncipes, someter al rey por largo tiempo a su voluntad. Así apareció en Europa una nueva categoría de parásitos, que no tenía con el pueblo ninguna vinculación interna, tanto menos cuanto que los invasores extranjeros no estaban ligados con las poblaciones subyugadas por el lazo de la sangre. De la guerra y la conquista surgió un nuevo sistema de esclavitud humana, que dió por siglos enteros su sello a las condiciones sociales en los campos. Pero la codicia insaciable de los nobles, amos de la tierra, hizo caer cada vez más hondamente a los campesinos en la miseria. El campesino apenas fue considerado como ser humano, y se vió privado de las últimas libertades que le habían quedado de otros tiempos.
Pero la dominación sobre pueblos extraños no sólo obró de una manera devastadora sobre la parte subyugada de la población, sino que descompuso también las relaciones internas entre los conquistadores mismos y destruyó sus viejas tradiciones. El poder, que al comienzo sólo se había impuesto a los pueblos sometidos, se dirigió poco a poco también contra las capas más pobres de los propios compañeros de tribu, hasta que éstos también cayeron en la servidumbre. Así sofocó la voluntad de poder, con lógica inflexible, la voluntad de libertad y de independencia, que había echado un tiempo tan hondas raíces en las tribus germánicas. Por la difusión del cristianismo y las estrechas relaciones de los conquistadores con la Iglesia, se aceleró aún más ese nefasto desarrollo, pues la nueva religión ahogó las últimas chispas rebeldes y acostumbró a los hombres a adaptarse a las condiciones dadas. Así como la voluntad del poder bajo los Césares romanos había desprovisto a un mundo entero de su humanidad y lo había arrojado al infierno de la esclavitud, así destruyó después las instituciones libres de la sociedad de los bárbaros y hundió a éstos en la miseria dé la servidumbre.
De los nuevos imperios que surgieron en las más diversas partes de Europa, el de los francos alcanzó la mayor importancia. Después que el merovingio Clodovico, rey de los francos sálicos, infligió en el año 486 al representante romano Sigarío una derrota decisiva en la batalla de Soissons, pudo posesionarse de todas las Galias sin encontrar resistencia seria. Como en todo obsesionado por el deseo de poder, en Clodovico se despertó también el apetito con las victorias obtenidas. No sólo se esforzó por fortificar su país por dentro, sino que aprovechó toda ocasión para ensanchar sus fronteras. Diez años después de su victoria sobre los romanos batió al ejército de los alemanes en Zülpich y anexó su país al propio imperio. Entonces tuvo lugar también su conversión al cristianismo, que no había nacido de una convicción interior, sino exclusivamente de consideraciones políticas de dominio.
De este modo, apareció en Europa un poder temporal de nuevo estilo. La Iglesia, que no sin razón creía que el rey franco podía prestarle buenos servicios contra sus numerosos enemigos, se mostró pronto dispuesta a aliarse con Clodovico, tanto más cuanto que su posición fue debilitada por la separación de los arrianos, y en Roma misma era amenazada por peligrosos adversarios. Clodovico, uno de los individuos más crueles y desleales que se hayan sentado en un trono, comprendió en seguida que semejante alianza no podía menos de ser provechosa para el fomento de sus planes ambiciosos, alentados con toda la astucia de su carácter traidor. Así se hizo bautizar en Reims y nombrar por el obispo de aquella ciudad rey cristianísimo, lo que no le impidió perseguir sus objetivos con los medios más anticristianos. Pero la Iglesia aceptó incluso también sus sangrientos desmanes, que debía pasar por alto si quería utilizar a Clodovico para sus objetivos de poder.
Pero cuando los sucesores de Clodovico tuvieron después sólo úna existencia aparente y el poder del Estado se concentró completamente en manos del llamado mayorazgo, que bajo Pepino de Heristal se hizo hereditario, se conjuró el Papa con su nieto Pepino el Breve y le aconsejó que se hiciera él mismo rey. Entonces encerró Pepino al último merovingio en un convento y se convirtió en fundador de una nueva dinastía del reino de los francos. Con su hijo Carlomagno alcanzó la alianza entre el Papa y la casa real de los francos su mayor perfección, asegurando al dominador franco su posición de predominio en Europa. Así volvió a tomar formas palpables también el pensamiento de una monarquía universal europea, a cuya realizacíón dedicó Carlomagno toda su vida. Pero la Iglesia, que pretendía idéntico objetivo, no podía sino considerar bienvenido a semejante aliado. Ambos se necesitaban mutuamente para llevar a la madurez sus planes políticos de dominio.
La Iglesia necesitaba la espada del soberano temporal para defenderse contra sus enemigos; así se convirtió en su más alta meta dirigir la espada según su voluntad y extender, con ayuda de ella, su reino. A su vez, Carlomagno no podía pasar sin la Iglesia, que daba a su dominio la unidad religiosa interna y era el único poder que había conservado la herencia espiritual y cultural del mundo romano. En la Iglesia se materializó toda la cultura de la época; tenía en sus filas jurisconsultos, filósofos, historiadores, políticos, y sus conventos fueron, por mucho tiempo, los únicos lugares donde podían prosperar el arte y el artesanado y donde encontró un refugio el saber humano. La Iglesia era, por eso, para Carlomagno, un precioso aliado, pues creó para él las condiciones espirituales ineludibles de la persistencia de su gigantesco imperio. Por esta razón trató de ligar también económicamente al clero, obligando a los pueblos sometidos a entregar lós diezmos a la Iglesia y asegurando así a sus representantes un copioso ingreso. Un aliado como el Papa tenía que ser para Carlomagno tanto más deseable cuanto que el predominio descansaba todavía firmemente en sus manos y el Papa era bastante hábil para adaptarse por el momento a su papel de vasallo del emperador franco.
Cuando el Papa fue gravemente amenazado por el rey de los longobardos, Desiderio, acudió Carlomagno con un ejército en su ayuda y puso fin a la dominación de los longobardos en la Alta Italia. Por lo cual la Iglesia se mostró reconocida, poniendo León III en Navidad del año 800 a Carlomagno, que oraba en la iglesia de San Pedro, la corona imperial en la cabeza y nombrándole emperador romano de la nación de los francos. Ese acto debía significar a los hombres que el mundo cristiano de Occidente estaba sometido a las indicaciones de un soberano temporal y de otro espiritual, ambos proclamados por Dios para velar por la salvación corporal y espiritual de los pueblos cristianos. Así el Papa y él Emperador fueron los símbolos de un nuevo pensamiento sobre poder mundial con papeles divididos, idea que, debido a sus manifestaciones prácticas, no dejó en paz a Europa durante centurias.
Así como era comprensible que la misma voluntad, alentada por las tradiciones romanas, reuniese a la Iglesia y a la monarquía, también era inevitable que una división honesta de las funciones, a la larga no pudiera tener ninguna consistencia. Está en la esencia de toda voluntad de poder que sólo soporta un poder igual mientras cree posible aprovecharlo para los propios fines o mientras no se siente bastante fuerte para aceptar la lucha por el predominio. Mientras Iglesia e Imperio tuvieron que afianzar ante todo su poder interior y, en consecuencia, dependían fuertemente uno del otro, la unidad entre ellos, con vistas al exterior, se mantuvo. Pero no podía evitarse que, en cuanto uno u otro de esos poderes se sintiese bastante fuerte para sostenerse sobre los propios pies, ardiese entre ellos la lucha por el predominio y se ventilase con inflexible lógica hasta el fin. Que la Iglesia había de quedar victoriosa en esa lucha, era de esperar, dada la situación de las cosas. Su superioridad espiritual, que asentaba en una cultura más antigua y, sobre todo, muy superior, de la que los llamados bárbaros debían recién compenetrarse laboriosamente, le proporcionó una vigorosa ventaja. Además, la Iglesia era el único poder que podía fusionar a la Europa cristiana contra una irrupción de pueblos mogólicos o islamitas para la defensa común. El Imperio no estaba en esas condiciones, pues se hallaba ligado por una cantidad de intereses políticos particulares y no podía asegurar esa protección a Europa por la propia fuerza.
Mientras vivió Carlomagno, quedó el papado hábilmente en segundo plano, pues estaba enteramente a merced de la protección del soberano franco. Pero su sucesor, Luis el Piadoso, un hombre limitado y supersticioso, cayó completamente en manos de los sacerdotes y no tuvo ni la capacidad intelectual ni la energía despiadada de su antecesor para mantener el Imperio de Carlomagno, aglutinado por ríos de sangre y violencias inescrupulosas, Imperio que poco después de su muerte se derrumbó para dejar el puesto a una nueva estructuración de Europa.
El papado triunfó en toda la línea sobre el poder temporal y siguió siendo por siglos enteros la suprema institución del mundo cristiano. Pero cuando este mundo, al fin, escapó a sus designios y en toda Europa apareció cada vez más en primer plano el Estado nacional, se esfumó también el sueño de una dominación universal bajo el cetro del Papa, según la había imaginado Tomás de Aquino. La Iglesia se opuso al nuevo desarrollo de los acontecimientos con todas sus fuerzas, pero sin embargo no logró impedir, a la larga, la transformación política de Europa y hubo de adaptarse y hacer las paces, a su modo, con las nuevas aspiraciones políticas de dominio de los Estados nacionales nacientes.

Capítulo presente en el Libro Nacionalismo y Cultura.


miércoles, 15 de agosto de 2018

Fascismo, antifascismo y lucha de clases

El siguiente texto fue presentado como ponencia para la charla “Fascismo, antifascismo y lucha de clases” en el V aniversario del Proyecto Klinamen. No compartimos todas las facetas del mismo, sin embargo consideramos prudente su difusión para condimentar los debates en torno a la justificación reformista de los llamados a la unión de marxistas y anarquistas contra "un enemigo común". (N&A)



Introducción
Antes de entrar a analizar lo que entendemos por fascismo nos parece necesario una primera advertencia. Las palabras ‘fascista’ y ‘fascismo’ se han convertido con el paso del tiempo en palabras-fetiche. Así fascistas pueden ser la monarquía, la policía, el estado, la democracia, Hitler, Aznar, Bush o mi gato… En su pretensión de abarcar todo, estas palabras acaban por no designar nada. Simplemente son una especie de tótem con las que chamanes de todo pelaje tratan de movilizar a la tribu. En la política de la movilización (frente a la política de movimiento), de la visibilidad y del inmediatismo, poco importa que las palabras y los conceptos pierdan todo significado mientras conserven su carga simbólica. Da igual que se conviertan en herramientas teóricas inútiles mientras sigan siendo coloridas banderolas que agitar delante de la masa. Sirva esto para decir que vamos a tratar de ser bastante restrictivos en lo que entendemos por fascismo y que cuando digamos que tal o cual cosa es fascista lo haremos con un fundamento teórico detrás.
Bloque 1: Fascismo ayer y hoy
1. El fascismo ‘histórico’: características, función, relación con el capitalismo.
Por fascismo histórico entendemos las experiencias históricas de movimientos fascistas que llegaron al poder y se constituyeron como dictaduras en los años 20 y 30. Estos movimientos de masas, ultranacionalistas llegaron al poder representando los intereses de unas clases medias amenazadas por la crisis económica y la presión de un fuerte movimiento reformista (resultado de la derrota y traición socialdemócrata de un fuerte movimiento revolucionario), que consiguió arrastrar tanto a secciones de la clase trabajadora como a sectores de la gran burguesía. El fascismo tiene como primer y fundamental enemigo a las organizaciones obreras reformistas o revolucionarias, a las que se enfrentó y destruyó bien durante su ascenso al poder (Italia) o bien inmediatamente después (en Alemania). De esta forma cumple una tarea fundamental para el capitalismo durante épocas de crisis, la creación de una clase trabajadora desestructurada, aterrorizada, obediente y por tanto barata. El fascismo además intentó mediante mecanismos ideológicos y materiales la integración de la clase trabajadora en el Estado fascista mediante la gestión del ocio (viajes turísticos, actividades deportivas o naturistas), mediante la falsa representación de sus intereses en órganos corporativistas, que en la práctica eran organismos de control e imposición de los intereses de los empresarios en las fábricas, y mediante una poderosa ideología que pivotaba entre la integración en una ‘comunidad nacional’, un ‘pueblo’ (en el caso nazi una idea profundamente racista) donde las contradicciones de clase se diluían y la exclusión (y si fuese necesario exterminio) de todo un conjunto de asociales, judíos y ‘rojos’ responsables de los males de la nación.
La llegada al poder del fascismo no fue ni un invento, ni una marioneta de la burguesía. Tampoco era, como se dijo, una tendencia histórica del capitalismo. Fue un recurso de emergencia de la burguesía de ciertos países para superar dictatorialmente una profunda crisis económica y política debida tanto a las propias limitaciones del capitalismo como a la canalización del proletariado hacia el reformismo y su integración en el capitalismo por parte de la socialdemocracia (lo que en el caso de Alemania supuso el exterminio de los proletarios revolucionarios por parte de los Freikorps bajo el control del Partido Socialista Alemán, SPD, y en Italia por los fasci). El capitalismo unas veces necesita la dictadura igual que otras veces necesita la democracia (la transición española, la chilena y la argentina son buenos ejemplos) para seguir explotando a los proletarios y que continúe la acumulación capitalista.
2. Fascismo, dictadura y democracia
Entendemos que una vez que llega al poder el fascismo es simplemente un tipo más de dictadura, como las dictaduras militares, las religiosas o las dictaduras de partidos derechistas autoritarios, producto de unas condiciones sociales e históricas específicas. Es cierto que la estética y la parafernalia fascista han sido un gran ejemplo para todas las dictaduras posteriores, mucho más para sus contemporáneas que trataban de ganarse el apoyo de las potencias fascistas, pero esto en ningún caso puede confundirnos.
Dictadura y democracia son formas específicas que adopta el estado capitalista en función de las condiciones sociales. Una y otra se suceden en función de los intereses de potencias imperialistas, de facciones burguesas nacionales o en función de la lucha de clases. Lo realmente importante es que por mucho que las condiciones sean a priori más tolerables en una democracia (y decimos a priori porque la democracia cuenta con mecanismos para aplicar estados de excepción y actuar con dureza, véase Italia en los 70 o lo que pasa hoy en día en el País Vasco), ambas son formas de gobierno capitalistas basadas en la explotación del proletariado y, lo que es más importante, la burguesía intentará forzar el paso de una a otra en caso de crisis económica o política, con la inestimable colaboración de la represión socialdemócrata, bien pasando de una democracia a una dictadura o bien al contrario. Cuando los métodos democráticos no son suficientes para contener las reivindicaciones de los trabajadores, la dictadura se convierte en el mecanismo adecuado para acabar con las organizaciones obreras e imponer el orden durante el tiempo que sea necesario. Cuando los métodos dictatoriales no son suficientes para aplastar a la clase trabajadora o una vez que la dictadura ha completado su función, la vuelta a la democracia es el mecanismo perfecto para desactivar las posibles tendencias revolucionarias y para hacer aceptar a los trabajadores las medidas capitalistas necesarias, “por el bien de la democracia”. La transición española, en la que el cambio en la forma del Estado fue necesario para que continuase la forma de explotación y también los gestores y beneficiados de ésta, representa un ejemplo perfecto de este último caso.
3. El fascismo hoy en día: continuidad y diferencias respecto al fascismo histórico.
En nuestra opinión, hoy en día podemos dividir a los grupos fascistas en dos grupos diferenciados. El primero sería el formado por todos esos grupúsculos, partidillos y demás descerebrados que abiertamente se reclaman herederos directos del fascismo histórico en cualquiera de sus variantes (fascista, falangista, nacionalsocialista): Nación y Revolución, Combat España, las Falanges, Alianza nacional, etc. El segundo grupo es el de aquellos partidos de extrema derecha que han abandonado o se han desmarcado públicamente de toda la escenografía y estética fascista, e incluso de partes de su programa, para mantener otros. Ellos se autodenominan ‘patriotas’ y otros les han llamado nacional-populistas o postfascistas. Su modelo a imitar son el Frente Nacional de Le Pen, la Alianza Nacional de Fini o el FPÖ de Haider. Partidos populistas que centran su campaña fundamentalmente en su rechazo a la inmigración, su defensa de la preferencia nacional (los españoles primero) y la seguridad ciudadana. En España no hay todavía ningún partido de este tipo con cierta implantación, lo que por sí mismo es un punto a analizar, pero algunos apuntan intenciones: Democracia Nacional, España2000, Plataforma per Catalunya, etc.
Sabemos perfectamente que en ambos bloques hemos metido grupos que son muy diferentes entre sí (incluso tienen sus peleíllas) en lo referente a ideología y composición social-militancia. La división entre neofascistas y nacional-populistas (por distinguirlos de algún modo) no sólo se basa en esas diferencias ideológicas, estéticas y tácticas sino, lo que es más importante para nosotros, también se basa en su potencial proyección social y en el tipo de amenaza que suponen para la clase trabajadora.
A pesar de sus diferencias metemos a todos los grupúsculos del primer tipo en el mismo saco porque consideramos que su posible proyección social en el futuro es nula. Seguirán siendo partiduchos con un flujo constante de gente que entra y que sale, manteniéndose a medio plazo tal y como están. Aunque sinceramente no creemos que NyR o La Falange puedan optar a un escaño en el parlamento, es posible que grupos de este tipo sí puedan conseguir alguna concejalía o importancia en pequeños pueblos que se hayan visto sacudidos por conflictos raciales o xenófobos. Es decir estos grupos no constituyen a medio plazo una amenaza social. Su importancia radica en otro plano, el de la amenaza física, por decirlo de algún modo. A diferencia de los del segundo grupo, a los que no conviene una imagen de radicalidad y violencia, los militantes de estos grupos en general tienen menos problemas en dedicarse a acciones violentas (palizas, ataques a locales, etc.) contra los sectores más radicalizados o más débiles de la clase trabajadora.
El segundo grupo, que también tiene sus diferencias ideológicas y sociales, es peligroso en otro sentido. Sí vemos posible que, repitiéndose el fenómeno francés, italiano, austriaco, etc., y en caso de cumplirse ciertas condiciones, alguno de estos partidos o bien una coalición de ellos pueda alcanzar cierta relevancia social a medio plazo que se traduzca bien en alcaldías, diputados, eurodiputados… y que su mensaje llegue a calar en la sociedad. Las condiciones concretas que pueden hacer despegar a estos grupos están a la vuelta de la esquina. Por un lado la crisis económica, que afectará, como siempre, fundamentalmente a los trabajadores. Estos sentirán en sus carnes un aumento de la competencia por un trabajo, por un subsidio, etc. que fascistas y empresarios intentarán canalizar hacia una competencia entre nativos y extranjeros, aprovechando para ello los típicos y lógicos roces que se producen cuando comienzan a convivir personas con culturas, tradiciones y orígenes distintos. Asociando al inmigrante con el responsable de la falta de trabajo o de subsidios (escolares, paro, etc.), con el aumento de la delincuencia (en una sociedad en la que las diferencias sociales se acentúan día a día la delincuencia sólo puede aumentar), con el colapso de los servicios públicos, etc. estos partidos jugaran la baza de la preferencia nacional (los españoles primero) para aumentar su relevancia. La consecuencia es la construcción de una recomposición social en torno a la nación, raza, cultura que fractura a la clase trabajadora en ‘españoles’ e ‘inmigrantes’ y trata de difuminar las diferencias de clase entre burgueses y proletarios. A esto hay que sumarse que la crisis afectará también a numerosos pequeños comerciantes que echarán la culpa a la competencia “desleal” de comercios inmigrantes y grandes superficies, y se echarán en brazos de estos partidos alentando sus ideologías nacional-populistas.
Sin embargo estos partidos son hoy por hoy minoritarios y para crecer necesitan darse a conocer, necesitan campañas de propaganda fuertes y, al principio, focalizadas lo que en el fondo es una cuestión de pasta y de oportunidades. Las oportunidades a las que nos referimos serán incidentes de cualquier tipo que acaben planteándose en términos xenófobos, puede ser una movida de barrio como en Alcorcón, algún suceso mediatizado por la prensa en términos de delincuencia inmigrante como en El Ejido, la construcción de mezquitas en pueblos con altas tasas de inmigración, etc. El dinero hoy en día sólo puede llegarles de manos de subvenciones, bien sean privadas de empresarios o ricos particulares o bien sean públicas por éxitos electorales. Las “oportunidades” comentadas anteriormente se entrelazan con la pasta ya que en dichos incidentes la extrema derecha irá a lanzar la caña buscando que aquellos se traduzcan en votos, y con suerte en concejalías o alcaldías, con las que financiar sus partidos.
Es por este motivo que el otro factor decisivo en el despegue de estos partidos será el reflejo que esta crisis tendrá en la política nacional. A día de hoy hay varios factores que bloquean de alguna forma el despegue de los partidos de extrema derecha. El primero es la tensión política entre los dos partidos mayoritarios PSOE y PP. El desplazamiento del PP hacia la derecha ha provocado que la situación se polarice, el hundimiento de Izquierda Unida es el reflejo a la izquierda de la incapacidad de la extrema derecha para asomar la cabeza. Igual que muchos votantes de IU o abstencionistas de izquierda acabaron votando al PSOE en 2004 y 2008 para echar o que no volviese el PP, muchos potenciales votantes de extrema derecha han acabado votando al PP para evitar que siga el PSOE. Sin embargo, el PP ha iniciado un proceso de renovación en el que compiten su lado más duro (mediáticamente representado por Aguirre y sus amigos de la COPE) con un sector más moderado en el que destacarían Rajoy, Gallardón, etc. Un desplazamiento del PP al centro, abriría un hueco por su derecha en el que podrían asentarse los partidos de extrema derecha. A esto habría que sumarle el efecto que tendrá la crisis en deslegitimar políticamente al PSOE, que se verá obligado a tomar medidas impopulares contra la crisis y por tanto cada vez le costará más mantener su estrategia de ‘que viene la derecha’.
A esto hay que sumarle una posible reforma de la ley electoral que actualmente dificulta muchísimo acceder al parlamento a los partidos pequeños, salvo que estén concentrados geográficamente como los nacionalistas, y que podría beneficiarles.
Otro es el recuerdo de la dictadura franquista que, aunque cada vez más difuso, afecta aún a varias generaciones de votantes. La extrema derecha necesitará “desmarcarse” de la dictadura manteniendo sin embargo una imagen nacionalista española y ‘patriota’. El revisionismo histórico de personajes como Pio Moa, Cesar Vidal, etc. sin duda puede ayudar al proceso así como el lavado de cara que los socialistas le quieren hacer a España para contrarrestar los ataques del PP. En los años 80, tanto en Alemania como en Italia se produjeron corrientes revisionistas históricas que al lavarle la cara, voluntaria o involuntariamente, al fascismo facilitaron de alguna forma el ascenso de la extrema derecha.
Por último, la extrema derecha ha de saber jugar sus cartas, el populismo necesita de una cara pública fuerte, capaz y sobre todo carismática que compense de alguna forma su cacao ideológico. Es difícil concebir a un FN sin Le Pen, a una Alianza Nacional sin Fini o un FPÖ sin Haider. A parte de otros factores que comentaremos ahora, las crisis de muchos de estos partidos se debe a un desgaste de sus líderes o a las crisis de sucesión que se abren en dichos partidos.
El otro factor que merma el tirón de estos partidos es que cuando la derecha asume sus planteamientos políticos sobre inmigración y seguridad, muchos de sus votantes vuelvan al redil de la derecha tradicional, tal y como le ha pasado en Francia donde en las últimas elecciones ha habido un trasvase importante de votos de Le Pen a Sarkozy. Esto no disminuye el problema sino que lo acentúa ya que el discurso anti-inmigración y pro-seguridad (un discurso que por un lado aísla aún más a la clase trabajadora al hacer que vea en sus iguales un posible ladrón, violador, asesino, etc. y por otro la reagrupa en torno a papá estado, tal y como lo hace el terrorismo sólo que de una manera más difusa y eficaz) se institucionaliza y se normaliza añadiendo más divisiones y mistificaciones a una clase trabajadora ya bastante jodida de por sí.
Para completar este repaso a los grupos fascistas hoy en día es necesario ver las condiciones en las que se produce. El bosque que a veces no dejan ver estas ramas es la de una sociedad de clases, donde unos son explotados por otros y donde éstos últimos se ven beneficiados por cualquier discurso, formación política, o estructura económico-laboral que aísle e individualice a la clase trabajadora y cree falsas identidades sobre la que se pueda recomponer. El ‘fascismo histórico’ fue el mecanismo por el que esto se consiguió en ciertos países en el período de entreguerras.
Hoy en día la situación es muy distinta, la derrota obrera de los 70 y el neoliberalismo han dejado a la clase trabajadora de los países más desarrollados en estado de descomposición. A día de hoy no hay ni movimientos revolucionarios amenazantes ni tampoco movimientos reformistas que carguen al capitalismo con costes inasumibles, más bien al contrario vemos como las condiciones materiales de la clase trabajadora empeoran día a día mientras las diferencias sociales aumentan sin parar. En este contexto la extrema derecha actual no va a cumplir exactamente el mismo papel que el ‘fascismo histórico’, ya que del lado más duro se ha encargado ya la democracia, y en muchos países la socialdemocracia.
A pesar de todo sí existe una continuidad entre el fascismo de entonces y la extrema derecha nacional-populista de ahora. La primera es personal: la mayoría de los fundadores y cuadros dirigentes de los partidos de extrema derecha son ‘fascistas de toda la vida’. El Frente Nacional francés se fundó sobre la base antiguos colaboracionistas de Vichy, ex miembros de la OAS y populistas poujadistas como Le Pen. EL MSI italiano fue fundado y dirigido hasta los años 80 por fascistas que estuvieron en la República de Saló, etc. En el estado español, el actual líder de Democracia Nacional, Manuel Canduela, fue un conocido cerdo miembro de Acción Radikal y cantante de División 250. Todo esto indica a pensar que más que una conversión de estos elementos lo que tenemos es un lavado de cara necesario para incidir en la sociedad, dejando de lado las partes más “problemáticas” de su ideología y manteniendo aquellas que más les pueden ayudar a extenderse. Los fascistas buscan su segunda oportunidad reconvertidos en populistas patriotas.
Existe una segunda continuidad que es la de los efectos que su discurso tiene en la clase trabajadora. No nos extenderemos por haberlo comentado anteriormente, pero queremos recalcar que la xenofobia y el nacionalismo que vociferan estos partidos dividen a la clase trabajadora en términos de raza o procedencia a la vez que esconden las diferencias de clase dentro de un mismo país.
Bloque 2. Perspectivas de lucha antifascista
1. Antifascismo y anticapitalismo.
“Quien no esté dispuesto a hablar de capitalismo, tampoco debería hablar de fascismo” M. Horkheimer
Para nosotros es imposible separar fascismo y capitalismo, no somos antifascistas porque luchemos por una forma de explotación capitalista más suave, la democracia, o porque consideremos el fascismo el mayor de todos los males. Somos antifascistas porque somos anticapitalistas, porque entendemos que el fascismo es una de las posibles armas con las que el capitalismo puede enfrentarse al proletariado y porque los fascistas se alimentan y reproducen la división de la clase trabajadora, debilitándole en su combate frente al capital. Podríamos decir que igual que somos antifascistas somos antidemócratas pues, como decimos, no aceptamos ningún orden social basado en la explotación de una clase por otra. El antifascismo para nosotros sólo tiene sentido en el marco de la lucha de clases, entendido como una lucha más del proletariado contra el capitalismo y su burguesía, igual que las luchas laborales, por nuestras condiciones de vida, luchas de género, etc. Una lucha por tanto que debe desarrollarse desde la autonomía y la unidad de clase desde la base, y que debe tender hacia ella; rechazando la colaboración con partidos políticos, sindicatos o fuerzas burguesas o institucionales. Desde la horizontalidad en las decisiones, la autogestión y la autoactividad de los trabajadores frente a las jerarquías, el dirigismo o la institucionalización subvencionada. Para nosotros, el objetivo final en esta lucha es tan importante como los medios que utilicemos para conseguirlo.
2. Objetivos y estrategias de la lucha antifascista.
Como hemos dicho nosotros no somos antifascistas sin más. Somos antifascistas porque somos anticapitalistas y por tanto entendemos el antifascismo como una dimensión más del proyecto anticapitalista, sin una importancia especial respecto a otras. Dentro de este proyecto, cuyo objetivo final es la abolición del capitalismo mediante la revolución, los objetivos parciales del antifascismo pasarían por acabar con todo aquel que pretende dividir y por tanto debilitar a la clase trabajadora en términos de nativo y extranjero. Por acabar con todos aquellos que pretenden imponer una visión interclasista de la realidad que, distorsionando la realidad, nos hunda aún más en situación en la que estamos, en este caso una visión en términos de ‘el pueblo’, de ‘la nación’ igual que en otros casos es una visión en términos de ‘la ciudadanía’. Para acabar, el antifascismo es la lucha directa contra los nazis y los fascistas, que atacan directamente a nuestros compañeros y que tratan de imponer su violencia en las calles.
Los dos primeros momentos de esta lucha, contra las divisiones y las falsas construcciones interclasistas, son un pilar fundamental de la lucha anticapitalista, son un trabajo constante en cada uno de los conflictos que nos encontramos. En el caso concreto de las divisiones en términos de raza o nación, este trabajo pasa por tejer lazos de solidaridad con los trabajadores inmigrantes desde la igualdad y la solidaridad, no desde la victimización, el paternalismo o la caridad. Este trabajo diario es obviamente el más complicado, tanto o más que tejer lazos con los trabajadores nativos. Creemos que esto puede conseguirse desde la participación en conflictos: sean vecinales, laborales, contra los CIEs, etc. El objetivo de tejer estos lazos es prepararnos para evitar que el mensaje xenófobo cale entre nuestra clase, debemos contrarrestar esos mensajes llevando un discurso y una práctica de unidad y de solidaridad entre iguales y de enfrentamiento contra los verdaderos responsables de nuestros problemas, señalando en todo momento tanto al enemigo como sus estrategias para escurrir el bulto y señalar chivos expiatorios. Este trabajo quizás sea el más importante y sin embargo, es el menos puesto en práctica desde muchos sectores del antifascismo. De hecho ni siquiera nos gusta clasificar esta lucha como antifascismo ya que entra dentro de la lucha por la unidad y la solidaridad de clase contra todo tipo de divisiones, por raza, por género, por edades, categorías, etc.
Por antifascismo siempre se ha entendido la lucha más o menos directa contra las organizaciones fascistas y su discurso: el enfrentamiento individual o colectivo contra los nazis, la labor de propaganda, etc. El objetivo de esta lucha debe ser frenar a los grupos fascistas, impedir su extensión. En este punto debemos plantearnos cuáles son las estrategias y herramientas que debemos desarrollar para enfrentarnos a los grupos nazis. En líneas generales todo pasa por mantener una presión constante, que dificulte lo más posible desarrollar su labor propagandística. Que partidos como DN o Nación y Revolución no puedan tener una sede pública o no puedan hacer mítines, manifestaciones, etc. sin que pese sobre ellos la amenaza de ataques, enfrentamientos, etc. es desde luego una buena señal.
Quizás sería interesante distinguir entre los dos tipos de fascistas que hemos señalado anteriormente. Los grupos neofascistas tratan de conseguir afiliados y simpatizantes mediante una defensa abierta y explícita de su racismo, de su xenofobia, su homofobia, etc. Cuanto más nazis y más fuertes aparezcan, mejor. En el fondo su público objetivo suele ser juvenil, boneheads, etc. Por esto NyR convoca actos en Tirso, en el 2 de Mayo, etc. Mediante estos gestos provocativos buscan dos cosas: la primera, obviamente, resonancia mediática y la segunda fortalecer su imagen de ‘tíos duros’. Muchos plantean que las contrarrespuestas antifascistas no hacen sino facilitar su primer objetivo, amplificando su aparición mediática, y es verdad. Jamás NyR iba a conseguir salir en tantas fotos como después de los disturbios de Tirso. Sin embargo, esta valoración es incompleta ya que no tiene en cuenta la segunda parte: el cómo aparecen. Es cierto que NyR salieron en todas las televisiones después de los disturbios, pero ¿cómo aparecieron? Como una pandilla de nazis acorralados que si no llega a ser por la policía hubiesen pasado serios problemas. Su imagen de tipos duros, su chulería se esfumo entre los botes de humo. Esto es algo que los propios nazis reconocieron en sus foros. La respuesta concreta frente a estos grupos fascistas es desmontar en todo momento su imagen de duros, de supernazis, de fuerzas de choque que tanto atrae a los chavales a los que lavan el coco. Hay que hacerles aparecer débiles, como los capullos que son, humillarles, dejarles en ridículo, por todas las maneras posibles. Por la propaganda y por los hechos. Por tanto la cuestión no es si los actos de estos nazis requieren una respuesta o no, sino cual es la respuesta más adecuada para dejarles en ridículo y desmontar su imagen.
El segundo grupo de fascistas quizás requiere un análisis más cuidadoso y un trabajo más constante ya que su crecimiento depende de circunstancias que en gran medida escapan a nuestro alcance. A día de hoy poco puede hacer el movimiento anticapitalista por modificar el rumbo de las relaciones entre los grandes partidos, o en plantar una respuesta unitaria a la crisis económica, o en que surja un líder carismático entre la extrema derecha. Nuestra debilidad nos condena a una posición casi expectante, actuando como una primera barrera de contención ahora que aún son minoritarios. En este caso creemos que la estrategia central es mantener la presión que dificulte sus actos públicos, por los medios adecuados en cada caso, desmontar su mensaje allí donde traten de introducirlo, sea mediante propaganda o mediante la práctica de la solidaridad real frente a las separaciones, señalando a los verdaderos responsables frente a sus intentos de colgarle el muerto a chivos expiatorios. Todo esto sin caer en el discurso paternalista, victimista de la izquierda, que mitifica al “pobrecito inmigrante” y que lo único que hace es facilitar que el mensaje xenófobo cale entre la población nativa.
No podemos terminar este texto sin comentar lo que no creemos que debe ser el antifascismo. Bajo determinados planteamientos y bajo determinadas posiciones el antifascismo puede convertirse fácilmente bien en una defensa, por la palabra o por los hechos, del capitalismo democrático o bien puede convertirse en un banderín de enganche mediante el que grupúsculos y partidos de izquierda intentan introducir su mensaje o sus campañas aprovechando el gran tirón mediático de las palabras ‘fascista’ y ‘antifa’.
La primera de las posibilidades ha sido comentada en muchas ocasiones, se produce cuando por diferentes motivos el antifascismo se separa del anticapitalismo. La oposición fundamental entre capitalismo y comunismo es sustituida por la oposición democracia-fascismo, es decir por la elección entre distintos sistemas de gestión política del capital. De esta forma, la lucha contra el fascismo se convierte en una lucha a favor de la democracia y por tanto en una lucha por defender un determinado tipo de capitalismo contra otro. En este macabro “juego”, las fuerzas burguesas (demócratas o fascistas) pugnan por encuadrar en su bando a los proletarios, que será el que pague con su sangre las luchas entre diferentes facciones del capital. Clásicamente esta postura se ha expresado en el frentepopulismo estalinista, en el que se buscaba la coalición entre los partidos “obreros” y algunas fuerzas burguesas “liberales”. Hoy en día, este “antifascismo democrático”, por llamarle de alguna forma, se expresa en ciertas tendencias dentro de los movimientos antifascistas. Por ejemplo pidiendo la mediación de las instituciones en la lucha contra los nazis (“ilegalizad democracia nacional”, “penas más duras contra los fascistas”, etc.) o cuando se hacen manifestaciones antifascistas en las que participan partidos o miembros de partidos en el poder o en la oposición, llegándose a llamar en ellas a “votar a la izquierda”.
La otra posibilidad es el antifascismo como banderín de enganche de organizaciones con otros intereses ajenos al mismo. Por diferentes motivos, la lucha contra el fascismo tiene un tirón que no tiene ninguna otra. Por un lado muchos perciben el fascismo como la peor opresión posible, como una representación condensada de todo lo malo que tiene el mundo o el capitalismo. Por otro, desde hace 20 años vivimos instalados en un movimiento fundamentalmente juvenil, en constante renovación: la gente entra ilusionada a los 16 y se va quemada a los 30. La mayoría de los que hemos entrado en esto lo hemos hecho a través del antifascismo, los 20-N, etc. que viene a ser como un mínimo a partir del cual te introduces en el anticapitalismo o en el izquierdismo, vaya usted a saber. Aprovechando ese tirón pero también esa indefinición que rodea al término fascismo, que hace que se pueda llamar fascista a casi cualquier cosa que huela a autoritarismo, tiranía o injusticia (desde los grupos nazis al PP, pasando por la monarquía borbónica o la democracia estadounidense) muchos utilizan el antifascismo, consciente o inconscientemente, para darle más resonancia a su lucha, para canalizar a ciertos grupos de personas a su lucha o para introducir o legitimar en ciertos ambientes algunas reivindicaciones o luchas que antes no eran sentidas así. La lucha por la república se encuentra mucho más justificada si se califica a la monarquía de fascista. La lucha por la autodeterminación de los pueblos se legitima mejor si la nación española es fascista, etc. Incluso se es anticapitalista porque “el capitalismo tiende hacia el fascismo” o directamente “es fascismo”. De alguna forma se quiere reflejar en la teoría el recorrido vivencial, pasando del antifascismo al anticapitalismo. Para nosotros, que como militantes hemos pasado también del antifascismo al anticapitalismo, la cuestión es la contraria y nos declaramos antifascistas porque somos anticapitalistas, y en ese declararnos antifascistas ni vale todo, ni entendemos que sea posible hacer frente común o arrimar el hombro con cualquiera por el simple hecho de declararse como tal.