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miércoles, 26 de julio de 2017

Los anarquistas contra el parlamento - Errico Malatesta

El siguiente texto ha sido tomado de «Elecciones y Anarquismo de Saverio Merlino y Errico Malatesta», libro conformado por una serie de textos de 1897 presentes en la prensa obrera italiana, en donde Malatesta y Merlino debaten acerca de las elecciones, el parlamentarismo y el problema del poder.


Estoy informado de que los socialistas parlamentarios de Italia dicen que yo, de acuerdo con Merlino, encuentro útil que los socialistas anárquicos participen en las luchas electorales votando por el candidato más avanzado. Dado que me hacen el honor de ocuparse de mi opinión, no se me estimará presuntuoso si me apresuro a poner en su conocimiento y en el de la población lo que verdaderamente pienso de la cuestión. 

Por cierto, no critico a mi amigo Merlino que piense como quiera y lo diga sin reticencias. Hubiera preferido que antes de anunciar públicamente un cambio de táctica -que no tiene ningún valor si no es aceptado por los compañeros- discutiera más a fondo la cosa entre aquellos del partido al cual ha pertenecido hasta ahora y con el cual espero que querrá continuar combatiendo. Pero también esto, más que culpa de Merlino, lo es de la crisis prolongada que ha afligido a nuestro partido y del estado de reorganización todavía incipiente en el que nos encontramos. 

Sin embargo, es necesario hacer constar que lo que Merlino ha dicho en relación al parlamentarismo y a las luchas electorales no es otra cosa que una opinión personal, que no puede prejuzgar la táctica que adoptará el partido socialista anárquico. 

Por mi parte -a pesar de que me disguste disentir en asunto tan importante con un hombre de valor como Merlino y al que me ligan tantos vínculos de afecto- me siento obligado a declarar que, según mi parecer, la táctica preconizada por Merlino es nefasta y conduciría fatalmente a la renuncia de todo el programa socialista anárquico. Y creo poder afirmar que así lo piensan todos o casi todos los anarquistas. 

Los anarquistas permanecen, como siempre, adversarios decididos del parlamentarismo y de la táctica parlamentaria. Adversarios del parlamentarismo porque creen que el socialismo sólo debe y puede realizarse mediante la libre federación de las asociaciones de producción y de consumo, y que cualquier gobierno -el parlamento inclusive- no sólo es impotente para resolver la cuestión social y armonizar y satisfacer los intereses de todos, sino que constituye por sí mismo una clase privilegiada con ideas, pasiones e intereses contrarios a los del pueblo, a quien tiene forma de oprimir con las fuerzas del pueblo mismo. Adversarios de la lucha parlamentaria, porque creen que ésta, lejos de favorecer el desarrollo de la conciencia popular, tiende a deshabituar al pueblo del cuidado directo de sus propios intereses y es una escuela, para unos de servilismo, y para otros de intrigas y mentiras. 

Estamos lejos de desconocer la importancia de las libertades políticas. Pero las libertades políticas no se obtienen sino cuando el pueblo se muestra decidido a conseguirlas; ni, una vez obtenidas, duran y tienen valor sino cuando los gobiernos sienten que el pueblo no soportaría la supresión de las mismas.

Acostumbrar al pueblo a delegar en otros la conquista y la defensa de sus derechos, es el modo más seguro de dejar vía libre al arbitrio de los gobernantes. El parlamentarismo es mejor que el despotismo, es verdad; pero sólo cuando representa una concesión hecha por el déspota por miedo a lo peor. Entre el parlamentarismo aceptado y elogiado y el despotismo sufrido por la fuerza, con el ánimo dispuesto a la rebelión, es mil veces mejor el despotismo. 

Sé bien que Merlino da a las elecciones una importancia mínima y quiere, como nosotros, que la lucha verdadera se lleve adelante en el pueblo y con el pueblo. Sin embargo, los dos métodos de lucha son incompatibles, y quien acepta ambos acaba fatalmente sacrificando al interés electoral toda otra consideración. La experiencia lo prueba, y la natural tendencia a vivir tranquilo lo explica. 

Y Merlino demuestra comprender bien el peligro cuando dice que los socialistas anárquicos no tienen necesidad de presentar candidatos propios, dado que ellos no aspiran al poder y no saben qué hacer con él. Pero, ¿es ésta una posición sostenible? Si en el parlamento se puede hacer el bien, ¿por qué habrán de hacerlo los demás y no nosotros, que creemos tener más razón que ellos? Si no aspiramos al poder, ¿por qué ayudar a quienes aspiran a él? Si no sabemos qué hacer con el poder. ¿Qué harían los demás, sino ejercerlo en contra del pueblo? 

Que Merlino esté seguro de esto; si hoy le dijéramos a la gente que vote por alguien, aconsejaría rápidamente votar por mí, dado que creo (y en esto probablemente estoy equivocado, pero es una equivocación humana) valer tanto como cualquiera y me siento seguro de mi honestidad y firmeza. 

Por cierto, con las precedentes consideraciones no he dicho todo lo que se podría decir, pero temo abusar demasiado de vuestro espacio. Me explicaré más ampliamente en un escrito adecuado; ni faltará, lo espero, un acto colectivo del partido que reafirme los principios antiparlamentarios y la táctica abstencionista de los socialistas anárquicos. 

Esperando que consideréis que la presente es de utilidad para informar al público sobre la actitud que los diversos partidos observarán en las próximas elecciones y que por ello querréis publicarla, os agradezco anticipadamente.

Malatesta

Del Messaggero, del 7 de febrero de 1897

martes, 29 de marzo de 2016

Metafísica de la dictadura proletaria - Emilio López Arango

El siguiente artículo del anarcosindicalista español que residió en Argentina, Emilio López Arango (1894-1929), constituye una aguda crítica de la dictadura proletaria defendida por los marxistas. Nos llamó profundamente la atención la capacidad de análisis del autor quien por momentos pareciera estar contemplando el futuro de la URSS con una esfera de cristal. Para la transcripción hemos empleado «Ideario del pensamiento anarquista en el movimiento obrero», Ediciones FORA, 2013, libro que compila parte de la obra de Emilio López Arango. (N&A)

Toda cuestión tiene su pro y su contra: su anverso y reverso. Hechos aceptados como la más lógica conclusión del progreso social, ideas al parecer materializadas por una larga experiencia histórica, tienen también su metafísica. Y es indiscutible que la concepción política de la dictadura –acompañada del agregado “proletaria”– constituye una de las más grandes ficciones sociológicas creadas para explicar hechos de la naturaleza material.

La metafísica de la dictadura está precisamente en su denominativo político. El hecho material, la concreción económica que la dictadura ofrece a los pueblos no admite diferencia de orden moral: es el Estado, la autoridad, la violencia elevada a las esferas donde tienen su trono el despotismo, la iniquidad y la explotación. ¿Y no son unos verdaderos metafísicos los revolucionarios que pretenden libertar al hombre por medio de los yugos y las cadenas?

Para destruir una ficción reformista, los bolcheviques crearon una ficción revolucionaria. Frente a un hecho de fuerza de la magnitud de la revolución rusa, no era posible pretender la renovación de las fracasadas ideas democráticas. El parlamentarismo no ilusionaba a la clase trabajadora. La ley había dejado de ser la panacea para las masas crédulas y apáticas. ¿Qué hacer ante semejante fracaso? Apelar a la metafísica de la dictadura.

En torno a esa palabra que encarna seculares despotismos, se fue construyendo lo que hoy se llama experiencia revolucionaria. ¿Qué nos ofrece de nuevo ese viejo concepto adornado con una nueva palabra? La democracia –gobierno del pueblo por el pueblo– es la metafísica de la legalidad, del derecho del ciudadano, de la igualdad jurídica. La dictadura del proletariado –ejercicio violento del poder para conquistar la libertad económica de la clase obrera– es la metafísica de la revolución. Por medio del parlamento o recurriendo a las barricadas, los marxistas persiguen el mismo fin: la conquista del poder político para la dominación económica sobre el proletariado.

Si no puede haber igualdad en la democracia, si el derecho jurídico es una ficción, si la ciudadanía no garantiza al esclavo su libertad económica, ¿es posible que la dictadura realice por sí sola, con sus elementos de fuerza, la conquista de los derechos políticos y económicos del proletariado? El Estado es una concreción materializada de la incapacidad de los hombres para vivir en la libertad. Que el gobierno tenga por base la democracia o surja de una conmoción social, para imponer los imperativos de una dictadura las consecuencias son idénticas para la mayoría sometida. La democracia no ha realizado el ideal del gobierno –del pueblo por el pueblo–. ¿Puede la dictadura realizar el ideal del gobierno de proletariado para el proletariado?

Los marxistas que hoy repudian las prácticas legalitarias, la acción parlamentaria y todas las groseras ficciones de la democracia, no tardarán en caer en el pantano que sirve de pudridero a todos los sistemas sociales. La dictadura, por lo mismo que es un ejercicio violento de funciones jurídicas y administrativas que lesionan intereses colectivos, solo puede ejercerla transitoriamente un gobierno de fuerza. Y más allá de la dictadura está la democracia, excepto que los comunistas de Estado pretendan establecer con carácter permanente un régimen de opresión peor que el zarista. ¿Que la dictadura ejercida por el partido bolchevique en nombre del proletariado, tiende a crear las bases de un régimen social distinto a los sistemas conocidos? He ahí un argumento metafísico.

Fuera de lo que pueda realizar el pueblo por sí mismo, con su esfuerzo y con su capacidad, nada de nuevo traerá esa “dictadura proletaria”. El proletariado delega en los jefes todas las funciones sociales, ¡y ofrece su fuerza bruta para elaborar sistemas que atentan contra la libertad y contra su vida! ¿Si el Estado queda en pie después de una revolución y si un nuevo gobierno suplanta al derrocado, debemos admitir que sigan subsistiendo las causas que provocaron el descontento popular y armaron el brazo de los revolucionarios? ¿Y pueden los hombres que se turnan en el poder, por muy identificados que estén con los dolores y las miserias del pueblo, destruir desde arriba los efectos de una organización social cuyas bases comienzan por asegurar con viejos materiales tomados en préstamo a las castas vencidas?

El proletariado ruso hizo una revolución sin precedentes en la historia. Pero, moral y económicamente considerada, ¿la dictadura del Partido Comunista representa una conquista efectiva para la clase trabajadora? La dictadura no es una abstracción. Para Rusia, ese sistema de gobierno constituye la más dolorosa experiencia: es el Estado revivido, la propiedad privada, la explotación, el salario, el hambre, la miseria y todas las plagas del capitalismo consideradas como una necesidad social por los gobernantes surgidos de las bajas capas del pueblo. Y si quitamos a esa dictadura su metafísica –si la despojamos del apelativo “proletario”– ¿qué es lo que queda de ella? La desnuda realidad de un gobierno que ha hecho de la violencia su ley y del despotismo la base política y económica de su dominación sobre el proletariado.

Sí; la democracia es una ficción, pero la dictadura es una realidad en lo que representa como sistema de gobierno y una metafísica en lo que teóricamente supone su agregado político: dictadura del proletariado. 

Para los marxistas la ley, las reglamentaciones, los dictámenes del Estado, constituyen el único elemento de orden. Y poco importa que una fracción que se llama revolucionaria, recomiende al proletariado la acción violenta para conquistar el poder. Una revolución cumplida es, para un marxista, el agotamiento de las fuerzas populares mediante la creación de una autoridad soberana e indiscutible. Y la “dictadura del proletariado” –ya lo hemos visto en Rusia–, no es otra cosa que una democracia conquistada y violada por un partido. El funcionamiento del soviet ruso, sus leyes y reglamentos, sus autoridades subordinadas a un órgano central absolutista; su sistema político y su administración económica, ¿no son realmente otras tantas manifestaciones de la democracia burguesa transitoriamente sometida a dispositivos violentos que durarán lo que dure el proceso de equilibrio social inaugurado por la comisariocracia roja?

Los metafísicos de la “dictadura del proletariado” pretenden desconocer esta realidad política y económica: Rusia marcha hacia el capitalismo –en sus formas clásicas–, con propiedad privada y salariados y como consecuencia de ello el soviet está obligado a democratizarse. Y esto significa el fin de la dictadura, en lo que es aún más doloroso para los creyentes del mito bolchevique, en esa realidad histórica está la muerte de la ficción proletaria de esa misma dictadura.

Inmediatamente esa desilusión será funesta para el comunismo dictatorial. Pero la culpa será de quienes se empañaron en hacer metafísica con una cosa tan material y grosera como es la dictadura.

Emilio López Arango 

viernes, 7 de agosto de 2015

Socialismo y Libertad - Rudolf Rocker

Extracto de un artículo sobre el anarquismo publicado por primera vez en 1937. Fue publicado y editado también para “Anarquismo y Anarcosindicalismo” (Freedom Press).Traducción al castellano por @rebeldealegre 

En Rusia, donde la llamada dictadura del proletariado se ha hecho realidad, las aspiraciones de un partido en particular por el poder político han impedido toda reorganización verdaderamente socialista de la vida económica y han forzado al país hacia la esclavitud de un demoledor capitalismo de Estado. La dictadura del proletariado, que las almas inocentes creen que es una etapa de transición inevitable hacia el Socialismo real, ha resultado hoy en un temible despotismo y en un nuevo imperialismo, que deja atrás en la nada a la tiranía de los Estados fascistas. La afirmación de que el Estado debe seguir existiendo hasta que la sociedad ya no esté dividida en clases hostiles suena casi, a la luz de la experiencia histórica, como un mal chiste.


Todo tipo de poder político presupone alguna forma particular de esclavitud humana que se pone en marcha para la mantención de éste. Así como hacia el exterior, es decir, en relación con otros Estados, el Estado debe crear ciertos antagonismos artificiales para así justificar su existencia, de igual modo hacia el interior la división de la sociedad en castas, rangos y clases es una condición esencial para su continuidad. El desarrollo de la burocracia Bolchevique en Rusia bajo la presunta dictadura del proletariado – que nunca ha sido más que la dictadura de una pequeña camarilla sobre el proletariado y sobre todo el pueblo ruso – es meramente una nueva instancia de una antigua experiencia histórica que se ha repetido incontables veces. Esta nueva clase gobernante, que hoy se desarrolla rápidamente en una nueva aristocracia, se separa de las grandes masas de campesinos y trabajadores rusos con tanta claridad como lo hacen las castas y clases privilegiadas de la masa del pueblo en otros países. Y esta situación se torna aún más intolerable cuando un Estado despótico niega la lucha a las clases inferiores para reclamar por las condiciones existentes, de manera que toda protesta se hace a riesgo de sus propias vidas.


Pero incluso un grado muchísimo mayor de equidad económica que la que existe en Rusia no sería garantía contra la opresión política y social. La igualdad económica por sí sola no es la liberación social. Es precisamente esto lo que todas las escuelas del Socialismo autoritario nunca han entendido. En la prisión, en el claustro, o en los cuarteles uno encuentra un grado medianamente alto de igualdad económica, pues a todos los presos se les otorga las mismas viviendas, la misma comida, el mismo uniforme, y las mismas tareas. El antiguo Estado Inca en el Perú y el Estado Jesuita en Paraguay daban igual provisión económica a cada habitante en un sistema fijo, pero a pesar de esto prevalecía ahí el más vil despotismo, y el ser humano era meramente el autómata de una voluntad superior sobre cuyas decisiones no tenía ni la más leve influencia. No fue sin razón que Proudhon vio en un “Socialismo” sin libertad la peor forma de esclavitud. La pulsión por justicia social solamente puede desarrollarse de manera apropiada y ser efectiva cuando nace del sentido de libertad y de responsabilidad de la persona, y se basa en ellas. En otras palabras, el Socialismo será libre o no será. En el reconocimiento de este hecho yace la genuina y profunda justificación del Anarquismo.

El Anarquismo no es la solución patente para todos los problemas humanos, no es la Utopía de un orden social perfecto (como se le ha llamado a menudo), pues, en principio, rechaza todo esquema e idea absoluta. No cree en ninguna verdad absoluta, o en ninguna meta final definitiva para el desarrollo humano, sino en una perfectibilidad ilimitada de los patrones sociales y las condiciones de vida humana, que siempre están queriendo ir tras más elevadas formas de expresión, y a las que, por esta razón, no se les puede asignar ningún término definitivo ni establecer ninguna meta fija. El mayor mal de toda forma de poder es simplemente que éste siempre intenta forzar la rica diversidad de la vida social hacia formas definitivas y ajustarla a normas particulares. Mientras más fuertes se sienten sus defensores, más plenamente logran llevar toda esfera de la vida social a su propio servicio, más incapacitante es su influencia sobre la operación de todas las fuerzas culturales creativas, más dañino su efecto sobre el desarrollo intelectual y social, y ese es un terrible augurio para nuestros tiempos, pues demuestra con aterradora claridad cuánto puede desarrollarse la monstruosidad del Leviatán de Hobbes. Es el triunfo perfecto de la máquina política sobre la mente y el cuerpo, la racionalización del pensamiento, del sentir y de la conducta humana de acuerdo a las reglas establecidas de los oficiales y, en consecuencia, el fin de toda cultura intelectual verdadera.
Donde la influencia del poder político sobre las fuerzas creativas en la sociedad se reduce a un mínimo, ahí la cultura prospera mejor, pues la soberanía política siempre lucha por la uniformidad y tiende a someter todo aspecto de la vida social a su vigilancia. Y, en esto, se halla a sí misma en contradicciones inescapables con las aspiraciones creativas del desarrollo cultural, que siempre está en busca de nuevas formas y campos de actividad social, y para el cual la libertad de expresión, la multilateralidad y el continuo cambio de las cosas, son tan vitalmente necesarios como lo son las formas rígidas, las reglas muertas, y la supresión forzosa de las ideas, para la conservación del poder político.
Toda obra exitosa agita el deseo de mayor perfección y más profunda inspiración; cada nueva forma se convierte en mensajera de nuevas posibilidades de desarrollo. Pero el poder siempre intenta mantener las cosas como están, cuidadosamente ancladas a estereotipos. Esa ha sido la razón de todas las revoluciones en la historia. El poder opera solo destructivamente, siempre inclinado a forzar toda manifestación de la vida social en la camisa de fuerza de sus reglas. Su expresión intelectual es un dogma muerto, su forma física es la fuerza bruta. Y esta des-inteligencia de sus objetivos pone su sello en sus representantes también, y les vuelve frecuentemente estúpidos y brutales, incluso cuando originalmente estaban dotados de los mejores talentos. Aquel que está constantemente luchando por forzar todo hacia un orden mecánico al final se vuelve él mismo una máquina y pierde todo sentimiento humano.


Es de esta comprensión que el Anarquismo moderno nace y traza su fuerza moral. Solo la libertad puede inspirar a las personas a las cosas grandes y traer consigo transformaciones intelectuales y sociales. El arte de gobernar a las personas nunca ha sido el arte de educarles e inspirarles a una nueva formación de sus vidas. La compulsión sombría tiene como mandato solo la rutina inerte, que asfixia toda iniciativa vital en su nacimiento y trae consigo solo sujetos, no personas libres. La libertad es la esencia misma de la vida, la fuerza incitante en todo desarrollo intelectual y social, la creadora de toda nueva mirada hacia el futuro de la humanidad. La liberación de las personas de la explotación económica y de la opresión intelectual, social y política, que encuentra su más alta expresión en la filosofía del Anarquismo, es el primer prerrequisito para la revolución de una cultura social más elevada y de una nueva humanidad.

Rudolf Rocker 

Traducido y tomado desde @rebeldealegre 

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Socialdemocracia y anarquismo - Rudolf Rocker


La oposición entre la socialdemocracia y el anarquismo no reside tan sólo en la diversidad de sus métodos tácticos, sino en primer término en diferencias de principios. Se trata de dos concepciones distintas sobre la posición del individuo en la sociedad, de dos interpretaciones diferentes del socialismo. De esta diferencia en las premisas teóricas resulta por sí sola la diferencia en la elección de los métodos tácticos. 

La socialdemocracia, principalmente en los países germánicos y en Rusia, se titula con preferencia partido del «socialismo científico» y acepta la doctrina marxista, que sirve de base teórica a su programa. Sus representantes afirman que el devenir de la sociedad debe ser considerado como una serie indefinida de necesidades históricas cuyas causas han de buscarse en las condiciones de producción de cada momento. Estas necesidades hallan su expresión práctica en la lucha continua de clases divididas en campos enemigos por intereses económicos distintos. Las condiciones económicas, esto es la forma en que los hombres producen y cambian sus productos, constituyen la base férrea de todas las demás manifestaciones sociales o, para emplear la frase de Marx, «la estructura económica de la sociedad es la base real sobre la cual se levanta la superestructura jurídica y política y a la que responde una determinada forma de la conciencia social». Las representaciones religiosas, las ideas, los principios morales, las normas jurídicas, las manifestaciones volitivas, etc., son meros resultados de las condiciones de producción de cada momento, porque es «la forma de producción de la vida material la que determina en absoluto el proceso de vida social, política y psíquica». No es la conciencia de los hombres la que plasma las condiciones en que viven, sino a la inversa, las condiciones económicas las que determinan su conciencia. 

Así considerado el socialismo no es la invención de algunas cabezas ingeniosas, sino un producto lógico e inevitable del desarrollo capitalista. El capitalismo debe crear primero las condiciones de producción ─división del trabajo y centralización industrial─ en las cuales únicamente el socialismo puede realizarse. Su realización no depende de la voluntad humana, sino meramente de un determinado grado de la evolución de las condiciones de producción. El capitalismo es la premisa necesaria e ineludible que debe conducir al socialismo; su significado revolucionario reside precisamente en que lleva en sí, desde un principio, el germen de su propia destrucción. La burguesía moderna, en la que el capitalismo se sustenta, hubo de llamar a la vida, para fundar su poder, al proletariado moderno, creando así sus propios enterradores. Porque el desarrollo del capitalismo se efectúa con el rigor de una ley natural en vías perfectamente determinadas de las cuales no hay escape posible. Pues está en la esencia de este desarrollo el absorber las empresas industriales pequeñas y medianas, reemplazándolas por empresas cada vez mayores de modo que las riquezas sociales se concentren cada vez más en menos manos. Simultáneamente se realiza en forma incontenible la proletarización de la sociedad, hasta que por fin llega el momento en que se encuentran frente a frente una inmensa mayoría de esclavos asalariados y una minoría pequeñísima de empresarios capitalistas. Y como para entonces hará tiempo que el capitalismo se haya vuelto un estorbo para la producción llegará necesariamente la época de la revolución social, el momento en que pueda llevarse a cabo la «expropiación de los expropiadores». 

Para que el proletariado esté en condiciones de asumir la dirección de la tierra y de los medios de producción debe apoderarse antes del poder político, el cual después de cierta época de transición, esto es después de la supresión total de las clases, se irá extinguiendo paulatinamente. La conquista del poder político es así la tarea principal de la clase obrera y para preparar la realización de esta obra es necesario que los trabajadores se organicen en partido político independiente para la lucha política contra la burguesía. En este tren de ideas la socialdemocracia ha convertido la acción parlamentaria en el punto central de su propaganda, subordinándole toda otra forma de acción. Bajo la influencia de la Socialdemocracia alemana la mayor parte de los partidos socialistas de los demás países han adoptado en mayor o menor grado el mismo carácter. En el transcurso de los últimos cincuenta años han conseguido organizar en sus filas millones de trabajadores, sentar pie en todos los cuerpos legislativos del Estado moderno de clases y penetrar en numerosos casos hasta la rama ejecutiva del gobierno. Una prensa fuertemente desarrollada y una propaganda impresa realizada en gran escala han ido abriendo constantemente a la socialdemocracia nuevos círculos en el mundo obrero y en la clase media. Esta obra es apoyada todavía por todo un ejército de agitadores a sueldo y empleados del partido que actúan en interés de sus respectivas organizaciones. Por la exclusión de los anarquistas y de otras tendencias que repudian la acción parlamentaria, la Socialdemocracia alemana consiguió aun eliminar sistemáticamente toda oposición real en los congresos socialistas internacionales. En esta forma dondequiera que le obedecían masas obreras considerables, este partido se ha desarrollado como un Estado dentro el Estado y por muchos años ha estado en condiciones de aplastar, con desconsideración sistemática e inescrupulosa, toda otra tendencia socialista. Sólo la catástrofe terrible de 1914 reveló el verdadero carácter de la socialdemocracia, destruyó su prestigio internacional y abrió brecha en un edificio que parecía ser para siempre invulnerable a todo ataque. 

El anarquismo, es decir aquella tendencia en la ideología del socialismo que se enfrenta más irreconciliablemente con la socialdemocracia, parte de otras premisas en sus ideas sobre las condiciones sociales y la posición del individuo en la evolución histórica. Sus partidarios en manera alguna desconocen la poderosa influencia de las condiciones económicas en el proceso general de la evolución social, pero rechazan la fórmula unilateral y fatalista que Marx dio a esta comprobación. Ante todos son de opinión que en la investigación y apreciación de los fenómenos sociales puede sí procederse por métodos científicos, pero que de ningún modo es lícito considerar a la historia y a la sociología como ciencias. La ciencia sólo reconoce aquellos hechos ciertos que hayan sido irrefutablemente establecidos por la observación o la experimentación. En este sentido sólo pueden considerarse científicas las ciencias llamadas «exactas», como la física, la química, etcétera. La famosa ley de la gravitación de Isaac Newton, en que se apoyan todos nuestros cálculos astronómicos, es una ley natural, científica, porque se verifica en todos los casos y no admite jamás «la excepción a la regla». 

El desarrollo de las formas sociales en la historia no se efectúa empero con la forzosa necesidad de las leyes de la física. Podemos en verdad hacer conjeturas sobre la conformación social de las condiciones de vida futuras, pero no existe la ciencia capaz de prever las condiciones sociales del futuro y establecerlas científicamente, como puede calcularse el período de revolución de un planeta. Y es complicada y muy desconocidos son aun sus detalles elementales para que podamos hablar de una que la historia de las formas sociales es demasiado ley natural férrea que pueda servir de base para apreciar siquiera con relativa certidumbre las fuerzas motrices del devenir histórico en los tiempos pasados o acaso aun para averiguar las formas sociales del futuro. Por esta razón el socialismo no es una ciencia, no puede serlo, y cuanto se diga de un «socialismo científico» es vana presunción y frívolo desconocimiento de los verdaderos principios de la ciencia. 

Quien acepte la concepción anarquista no compartirá la creencia de que el desarrollo de las condiciones económicas deba conducir indefectiblemente al socialismo, que el sistema capitalista lleve ya en sí, por así decirlo, el germen del socialismo y que sólo sea preciso esperar su madurez para que rompa la envoltura. No verá en esta creencia otra cosa que la traducción del fatalismo religioso al campo de la economía, lo que resulta igualmente peligroso, pues ambas creencias paralizan el sentimiento impulsivo y el instinto de acción y engendran, en lugar de una visión viviente en constante lucha por ampliar sus perspectivas, la misma y yerta fe dogmática. El anarquismo en manera alguna ve en la división del trabajo y en la centralización industrial las condiciones previas que deban conducirnos al socialismo, sino por el contrario las condiciones elementales del sistema capitalista de explotación, agudamente opuestos por su propia esencia al socialismo. Bien puede conducirnos el desarrollo económico a nuevas fases de la existencia social, pero bien podrá también significar el ocaso de toda civilización. La horrible catástrofe de la guerra mundial habla en este sentido un lenguaje elocuente para todo aquél que tenga oídos y quiera oír. Si los pueblos de Europa no consiguen con su esfuerzo surgir del caos presente a formas nuevas y superiores de la civilización social ningún profeta será capaz de presagiar hacia qué abismo nos arrastra la fatalidad.
No, el socialismo no vendrá porque deba venir con la inalterabilidad de una ley natural; sólo vendrá si los hombres se arman de la firme voluntad y fuerzas necesarias para llevarlo a la práctica. Ni el tiempo, ni las condiciones económicas, sólo nuestra convicción interior, nuestra voluntad, podrá tender el puente que conduzca del mundo de la esclavitud asalariada a la tierra nueva del socialismo.

Tampoco comparte el anarquista la opinión de que la evolución de las formas sociales capitalistas constituyen el necesario antecedente psicológico que prepara la mentalidad del proletariado. Inglaterra, la patria del capitalismo y la gran industria, no ha provocado a pesar de ello un movimiento socialista de consideración, en tanto que otros países de economía casi exclusivamente agraria, como la Andalucía y la Italia meridional, cuentan desde hace muchos años con fuertes organizaciones socialistas. El campesino ruso, que trabaja todavía en condiciones primitivas, de producción, está más cerca de la ideología socialista porque está vinculado con sus vecinos mucho más íntimamente que nosotros. El comunismo agrario que el paisano ruso practicó por siglos implica una constante colaboración y solidaridad y ha desarrollado así un instinto social tal que difícilmente se hallará igual en el proletariado industrial de la Europa occidental y central. No obstante esto los teóricos de la Socialdemocracia rusa han anunciado en nombre de la ciencia que las instituciones comunales anticuadas de la población rural rusa están destinadas a desaparecer por no estar en concordancia con el desarrollo moderno y constituir en consecuencia un obstáculo para el socialismo. 

Para los partidarios del anarquismo las formas del Estado y la legislación no son exclusivamente la superestructura política de la estructura económica de la sociedad; las ideas, los conceptos de justicia y otras formas de la conciencia humana no son meros productos del proceso productivo de cada momento, sino factores determinantes del espíritu humano que son, sí, influidos por las condiciones económicas pero que reaccionan a su vez sobre esas mismas condiciones económicas de la sociedad. En esta forma se origina una serie infinita de efectos recíprocos hasta ser a menudo imposible comprobar un factor básico. Pueden ser consideradas como materiales todas estas manifestaciones y puede suponerse con Proudhon que todo ideal es una flor cuyas raíces se encuentran en las condiciones materiales de vida. Pero en este caso las condiciones económicas serían sólo una parte de esas llamadas condiciones materiales generales; no constituirían la base férrea, determinante del absoluto proceso evolutivo de todas las demás manifestaciones vitales de la sociedad sino que estarían sometidas a la misma y nunca interrumpida interacción de todos los demás factores de la vida material. Así por ejemplo el Estado sería, sin la menor duda, en primer término un producto de monopolio privado de la tierra, institución nacida con la escisión de la sociedad en distintas clases con intereses también distintos. Pero habría también que admitir que una vez existente dedica todas sus fuerzas a la perpetuación de ese monopolio y a la manutención de las diferencias entre las clases con el objeto de conservar así la esclavitud económica. Se ha convertido de este modo el Estado, en el curso de su evolución, en el más formidable organismo de explotación de la humanidad. Tales efectos recíprocos pueden ser comprobados a voluntad en cualquier número y en todas las formas imaginables; son en verdad neomarxistas se ven obligados a hacer continuas y nuevas concesiones ante la crítica despiadada que va destruyendo su interpretación de la historia. 

Si para la socialdemocracia la conquista del poder político es la tarea principal, previa a la realización del socialismo, para el anarquismo es de importancia decisiva la supresión de todo poder político. El Estado no ha sido formado por un acto de la voluntad social, sino que es una institución nacida en una determinada época de la historia humana como consecuencia del monopolio y de la división de la sociedad en clases. Es Estado no surgió para la defensa de los derechos de la colectividad, sino exclusivamente para la defensa de los intereses materiales de pequeñas minorías privilegiadas a expensas de la gran masa. El Estado no es otra cosa que el agente político de las clases poseedoras, la fuerza organizada que mantiene en pie el sistema de la explotación económica y el gobierno de clase. Han variado sus formas en el curso de la historia pero su índole esencial, su misión histórica, es siempre la misma. Para la gran masa del pueblo el Estado en todo tiempo y en cualquiera de sus formas sólo constituyó un instrumento brutal de opresión; por esto es imposible que sirva alguna vez a esas mismas masas como instrumento de liberación. La socialdemocracia, que en sus distintos matices está todavía empapada de las ideas del jacobinismo, cree que es imposible prescindir del Estado porque sólo concibe la realización del socialismo de arriba abajo por medio de decretos y úcases. El anarquismo, que aspira a la destrucción del Estado, no ve más que un camino para la implantación del socialismo y ese camino va de abajo arriba por la actividad creadora del pueblo mismo y con ayuda de sus propias organizaciones económicas. 

Surge aquí una cuestión en la que aparece claramente la diferencia fundamental entre ambas tendencias: la relativa a la posición del individuo en la sociedad. Para los teóricos del socialismo el individuo aislado es sólo un elemento insustancial en el engranaje general de la producción social, una «fuerza de trabajo», instrumento inanimado de la evolución económica, la cual determina irrevocablemente su vida mental y sus manifestaciones volitivas. Esta concepción es el resultado necesario de toda su doctrina. En cuanto tratan del individuo lo consideran siempre como un producto medio social al que aplican con todo rigor los conceptos generales. Los socialdemócratas se han amoldado a una determinada visión de la realidad viviente y son en cierta manera víctimas de una ilusión óptica en cuanto confunden el espejismo de su imaginación con la realidad misma. No ven en la evolución histórica sino las ruedas muertas, el mecanismo exterior, y olvidan así asaz fácilmente que detrás de las fuerzas y condiciones de producción hay seres vivos, hombres de carne y hueso, con deseos, inclinaciones e ideas propias y por eso las diferencias personales ─que constituyen después de todo la verdadera riqueza de la vida─ sólo les parecen aditamento superfluo y la vida misma algo completamente descolorido y esquemático. 

El anarquismo sigue también aquí otras sendas. El punto de partida de sus especulaciones sociales es el individuo aislado; no el individuo como sombra abstracta desasida de su medio social, sino como ente social vinculado a los demás hombres por mil lazos materiales y espirituales. Para apreciar el bienestar social, la libertad y la civilización de un pueblo el anarquista no se basa en la producción cuantitativa o la «libertad» formal establecida en cualquier constitución ni en el grado cultural de un determinado período. Tarta de determinar por el contrario la participación individual que en el bienestar toca a cada ser, en qué medida éste se encuentra en condiciones de satisfacer dentro del marco de la colectividad sus inclinaciones, deseos y necesidades de libertad. Según estos datos formulará su juicio sobre el carácter general de la sociedad. Para el anarquista la libertad personal no es una representación indefinida y abstracta, sino que la concibe por el contrario como la posibilidad práctica de que cada cual deba desenvolver sus fuerzas, talentos y aptitudes naturales. Y como reconoce en la conciencia de la personalidad la expresión suprema del instinto de libertad rechaza fundamentalmente todo principio de autoridad, toda ideología de la fuerza bruta. La completa libertad basada en la igualdad económica y social es para él la premisa única de un futuro digno del hombre. Sólo en estas condiciones puede darse, según su opinión, la posibilidad de que se despliegue hasta su máxima aflorescencia en cada hombre el sentimiento de responsabilidad personal y de que se desarrolle en él la conciencia viva de la solidaridad en un grado tal que sus deseos y necesidades aparezcan, por así decirlo, como resultados de sus sentimientos sociales. 

Para el carácter de los movimientos sociales su forma libertaria de organización es de importancia decisiva; pues es la que mejor responde a su naturaleza íntima; así es sólo natural que también en este sentido haya un abismo insalvable entre la socialdemocracia y el anarquismo. Los partidarios de la socialdemocracia, ya se titulen mayoritarios, independientes o «comunistas», son, por íntima convicción, jacobinos, representantes del principio de la centralización. La socialdemocracia es por su propia índole centralista, de igual manera que el federalismo responde mejor a la naturaleza íntima del anarquismo. El federalismo ha sido siempre la forma natural de organización de todas las corrientes realmente sociales y de las instituciones basadas en los interese colectivos, como han sido, por ejemplo, las federaciones libres de las tribus en los tiempos primitivos, las federaciones de las cooperativas de las ferias en los comienzos de la Edad Media, las guildas o corporaciones de artesanos y artistas en las ciudades libres y las uniones federativas de las comunas libres a las cuales debe la Europa una cultura tan maravillosa. Estas han sido normas de organización verdaderamente sociales, en la acepción amplia de la palabra; en ellas armonizaban la libre actividad individual y los intereses generales de la colectividad; eran agrupaciones humanas engendradas espontáneamente por las necesidades de la vida. Cada grupo era señor de sus propios asuntos y estaba federado al mismo tiempo a otras corporaciones para la defensa y la prosperidad de sus intereses comunes. El interés colectivo constituía el eje de sus aspiraciones y la organización de abajo arriba era la expresión más acabada de estas aspiraciones. 

Sólo con la formación del Estado moderno comienza la era del centralismo. La Iglesia y el Estado fueron sus primeros y más conspícuos representantes. Los determinantes de la nueva forma de organización no fueron más los intereses de la colectividad, sino los intereses de las minorías privilegiadas que fundaban su poder en la explotación y en la esclavitud de la gran masa. El federalismo, la organización natural de abajo arriba, fue substituida por el centralismo, la organización artificial de arriba abajo. La libertad hubo de ceder ante el despotismo, el viejo derecho consuetudinario se transformó en la ley, la variedad en la uniformidad y el esquema, la educación y la formación de la personalidad en el amaestramiento intelectual, la responsabilidad personal en la obediencia ciega, el ciudadano libre en el súbdito. Es significativo para el carácter despótico de la socialdemocracia el hecho de que haya copiado su forma de organización en los modelos proporcionados por el Estado. La disciplina ha sido siempre y sigue siendo la divisa más característica de sus métodos educativos y con los mismos medios con que el Estado forma súbditos leales y buenos soldados, la socialdemocracia forma compañeros de disciplina probada. Ha unido a millones de partidarios bajo su bandera, pero ha ahogado también la iniciativa fecunda y la capacidad de acción autónoma en las masas. Ha engendrado en fin un árido gobierno de empleados, una nueva jerarquía, una especie de providencia política ante la cual la libre iniciativa y la independencia de pensamiento deben amainar las velas. 

Sólo así se explica que la socialdemocracia haya podido extraviar completamente su acción en la atmósfera chata del parlamentarismo burgués, que la menuda y mezquina política del día pudiera llegar a constituir el ambiente espiritual de toda su propaganda. Ha organizado ella sus electores como el Estado sus ejércitos y ha erigido, como éste en principio supremo la impotencia espiritual. En el camino del poder político ha enterrado todo lo que originariamente había en ella de socialista, de tal suerte que no ha quedado otra cosa que un encubierto capitalismo de Estado que se introduce en el mercado político bajo un rótulo falso.

La burguesía no ha encontrado aun su «propio enterrador», pero no es por cierto debido a la socialdemocracia el hecho de que aquélla no haya podido llegar a ser hasta ahora la enterradora del socialismo. 

El anarquismo es el enemigo indomeñable del Estado; rechaza en principio toda colaboración en los cuerpos legislativos, toda forma de acción parlamentaria. Sus partidarios saben que ni la más libre ley electoral será capaz de atenuar los abismales contrastes en la sociedad moderna y que el sistema parlamentario no tiene otro objeto que el de prestar apariencias de legalidad al sistema de la mentira y de las injusticias sociales e inducir al esclavo a sellar él mismo, con el sello de la ley, su propia esclavitud. El método táctico del anarquismo es la acción directa contra los defensores del monopolio y del Estado; trata de iluminar la conciencia de las masas por la palabra hablada y escrita. Participa en todas las luchas directas, económicas y políticas, de los oprimidos contra el sistema de la esclavitud asalariada y la tiranía del Estado y trata de comunicar a estas luchas, por su colaboración, un más profundo significado social, trata en fin de fomentar las propias iniciativas de las masas y de fortalecer el sentido de responsabilidad en ellas. Los anarquistas son los genuinos sostenedores de la revolución social, los que llevan adelante por todos los medios la guerra contra el poder y contra la explotación del hombre por el hombre, los que tienen como bandera de combate la liberación social, económica y política de la humanidad. Constituyen las huestes del socialismo libertario, los heraldos de la civilización social del porvenir. 

Rudolf Rocker



viernes, 4 de mayo de 2012

El Estado socialista - Errico Malatesta

Errico Malatesta (1853 - 1932)
«La conquista de los poderes públicos» es el objetivo de los socialistas-demócratas.  

No examinaremos esta vez hasta qué punto este fin está de acuerdo con sus teorías históricas, según las cuales la clase económicamente predominante detentará siempre y fatalmente el poder político, y, por tanto, la emancipación económica debería necesariamente preceder a la emancipación política. No discutiremos si, admitida la posibilidad de la conquista del poder político por parte de una clase desheredada, los medios legales pueden bastar para lograrla.

Queremos hoy discutir únicamente si esta conquista de los poderes públicos se armoniza o no con el ideal socialista de una sociedad de seres, libres e iguales, sin supremacías ni división en clases.

Los socialistas demócratas, especialmente los italianos, que, quieran o no, han sufrido más que otros la influencia de las ideas anarquistas, suelen decir en alta voz, por lo menos cuando polemizan con nosotros, que también quieren abolir el Estado, o de otro modo dicho, el gobierno, y que precisamente para poder abolirlo quieren apoderarse de él.

¿Qué significa esto? Si significa que pretenden con el acto de conquistarlo, abolir el Estado, anular toda garantía legal de los «derechos adquiridos», disolver toda la fuerza armada oficial, suprimir todo poder legislativo, dejar en su plena y completa autonomía a todas las localidades, a todas las asociaciones, a todos los individuos, e instaurar una organización social de abajo a arriba, mediante la libre federación de los grupos de productores y consumidores, entonces toda la cuestión quedaría reducida a ésta: que expresan con ciertas palabras las mismas ideas que nosotros expresamos con otras palabras: Decir: queremos asaltar aquella fortaleza y destruirla, o decir: queremos apoderarnos de aquella fortaleza para demolerla, es una misma cosa.

Quedaría, sin embargo, entre los socialistas-demócratas y nosotros la diferencia de opinión, ciertamente de máxima importancia, sobre la participación en las luchas electorales y saber si yendo los socialistas al parlamento favorecen o estorban la revolución; si preparan los hombres para una radical transformación del presente orden de cosas o si educan al pueblo para aceptar, después de la revolución, una nueva tiranía; por lo menos en aquella finalidad estaríamos de acuerdo. Pero la verdad es que estas declaraciones de querer apoderarse del Estado para destruirlo, o son censurables artificios de polémica, o, si son sinceras, provienen de anarquistas en formación que aún se consideran demócratas.

Los verdaderos socialistas demócratas tienen una idea bien diferente de esta «conquista de los poderes públicos». En el Congreso de Londres, para no citar más que una declaración reciente y solemne, dijeron claramente que es necesario conquistar los poderes públicos «para legislar y administrar la sociedad nueva». En la Critica Sociale leímos que es un error creer que el partido socialista una vez llegado al poder podrá o querrá disminuir los impuestos, que, al contrario, el Estado deberá, por medio de un aumento gradual de los impuestos, absorber gradualmente la riqueza privada para poner en práctica las grandes reformas que el socialismo se propone (institución de retiros para la vejez, para los inválidos, para los accidentes del trabajo; organización de escuelas dignas de los países civilizados; rescate de los grandes capitales, etc.) y de este modo irse encaminando hacia la lógica meta del perfecto comunismo, cuando todo se transformará en beneficio público y la riqueza privada en riqueza de la sociedad. (José Bonzo, «El partido socialista y los impuestos», Critica Sociale, mayo de 1897).

Por lo visto, es un gobierno completo lo que nos prometen los socialistas-demócratas, un gobierno con toda la necesaria secuela de múltiples y diversos funcionarios, de policías y carceleros (para los que tuvieren intención de no obedecer), sus jueces, administradores de fondos públicos; con sus programas escolares y sus profesores oficiales, etc., etc., y, naturalmente, con todo un cuerpo legislativo que hará leyes y fijará los impuestos y los varios ministerios que ejecutan y administran las leyes. Sobre esto podrá haber diferencias de modalidad, de tendencias más o menos centralizadoras, de métodos más o menos dictatoriales o democráticos, de procesos más o menos rápidos o graduales; pero en el fondo todos están de acuerdo, porque esta es la sustancia de su programa.

Es necesario ver ahora si este gobierno que los socialistas desean ofrece garantías de justicia social, si podría o querría abolir las clases, destruir toda explotación y opresión del hombre sobre el hombre, si, en una palabra, podría y querría fundar una sociedad verdaderamente socialista. Los socialistas-demócratas parten del principio de que el Estado, o gobierno, es simplemente el órgano político de la clase dominante. En una sociedad capitalística, dicen, el Estado sirve necesariamente los intereses de los capitalistas y les garantiza el derecho de explotar a los trabajadores; pero en una sociedad socialista, abolida la propiedad individual y desaparecidas, con la destrucción del privilegio, todas las distinciones de clase, entonces el Estado se transformaría en un órgano de los intereses sociales de todos los miembros de la sociedad.

Pero aquí se presenta una inevitable dificultad. Si es verdad que el gobierno es necesariamente y siempre el instrumento de los que poseen los medios de producción, ¿cómo podrá efectuarse el milagro de un gobierno capitalista con la misión de abolir el capital? Será, como querían Marx y Blanqui, por medio de una dictadura impuesta revolucionariamente, como un acto de fuerza, que revolucionariamente decreta e impone la confiscación de las propiedades privadas a favor del Estado, representante de los intereses colectivos? ¿O será, como parece quieren todos los marxistas y gran parte de los blanquistas modernos, por medio de una mayoría socialista mandada al parlamento por el sufragio universal?

 ¿Se procederá de golpe a la expropiación de la clase dominante por parte de la clase económicamente sujeta, o se procederá gradualmente obligando a los propietarios y a los capitalistas a que se dejen quitar poco a poco todos sus privilegios?

Todo esto parece extrañamente en contradicción con la teoría del «materialismo histórico» que para los marxistas es dogma fundamental. Nosotros no queremos ahora examinar estas contradicciones ni saber lo que pueda haber de verdad en la doctrina del materialismo histórico. Supongamos que de cualquier modo que sea, el gobierno ha caído en manos de los socialistas y quedó bien y fuertemente constituido un gobierno socialista. ¿Habría, por este solo hecho, llegado la hora del triunfo del socialismo?

Nosotros creemos que no.

Si la institución de la propiedad individual es el origen de todos los males que conocemos, no es porque una cierta parte de terreno esté inscrita en el registro de la propiedad en nombre de fulano o de zutano, sino porque dicha inscripción da a este individuo el derecho de usar de la tierra como le plazca, y el uso que de ella hace es regularmente malo, es decir, en perjuicio de sus semejantes.

En su origen todas las religiones dijeron que la riqueza es un gravamen que obliga a sus poseedores a cuidarse del bienestar de los pobres y servirles de padre, y en las fuentes del derecho civil vemos que el señor de la tierra está preso por tantas obligaciones cívicas que mejor parece un administrador de los bienes en interés del público, que propietario en el sentido moderno de la palabra. Pero el hombre está de tal modo forjado que cuando tiene modo de dominar e imponer a los demás su voluntad, usa y abusa hasta reducirles a la esclavitud y a la abyección. Así el señor, que debía ser padre y protector de los pobres, se transformó siempre en su más feroz explotador. Así sucedió y sucederá siempre con los gobernantes.

De nada sirve decir que cuando el gobierno salga del pueblo hará los intereses del pueblo; todos los poderes salieron del pueblo, porque el pueblo es quien da la fuerza, y todos oprimen al pueblo. De nada sirve repetir que cuando no haya clases privilegiadas el gobierno no podrá dejar de ser el órgano de la voluntad colectiva. Los gobernantes constituyen por sí mismos una clase, y entre ellos se desarrolla una solidaridad de clase mucho más poderosa que la existencia entre las clases fundadas sobre los privilegios económicos. 

Es verdad que hoy el Gobierno es siervo de la burguesía, pero más lo es porque sus miembros son burgueses que por ser gobierno; como todos los siervos detestan al amo y le engaña y roba. No fue para servir a la burguesía que Crispi saqueó los bancos, como tampoco era para servirla que violó la Constitución.

 Aunque el gobernante no abuse ni robe personalmente, provoca en torno suyo una clase que le debe sus privilegios y tiene interés en que permanezca en el poder. Los partidos de gobierno son en el campo político lo que las clases propietarias en el económico.

Mil veces lo hemos repetido los anarquistas y toda la historia lo confirma: La propiedad individual y el poder político son dos eslabones de la cadena que sujeta la humanidad. Imposible librarse de uno sin librarse del otro. Abolid la propiedad individual sin abolir el gobierno y aquélla se reconstituirá por obra de los gobernantes. Abolid el gobierno sin abolir la propiedad individual y los propietarios se reconstituirán en gobierno.

Cuando Federico Engels, tal vez previendo la crítica anarquista, decía que, desaparecidas las clases, el Estado propiamente dicho no tiene ya razón de ser y se transforma de gobierno de hombres en administrador de las cosas, no hacía más que un vano juego de palabras. Quien tiene el dominio sobre los hombres, quien gobierna al producto gobierna al productor, quien mide el consumo es dueño del consumidor.

La cuestión es ésta: o se administran las cosas según los libres pactos de los interesados y entonces es la anarquía, o son administradas según la ley fabricada por los administradores y entonces es el gobierno, es el Estado, y fatalmente será tiránico.

Aquí no se trata de la buena o de la mala fe de este o aquel hombre, sino de la fatalidad de las situaciones, y de las tendencias que en general los hombres desarrollan cuando se hallan en ciertas circunstancias. Además, si se trata verdaderamente del bien de todos, si verdaderamente administrar las cosas quiere decir en interés de los administrados, ¿quién mejor puede hacerlo que los mismos productores y consumidores de estas cosas?

¿Para qué sirve un gobierno?

El primer acto de un gobierno socialista apenas llegado al poder debería ser este: Considerando que siendo gobierno nada podemos hacer y paralizaríamos la acción del pueblo obligándole a esperar leyes que no podemos hacer sino sacrificando los intereses de unos y de otros y de todos los nuestros en particular, nosotros, gobierno, etc., declaramos abolida toda autoridad, invitamos a todos los ciudadanos a que se organicen en asociaciones que correspondan a sus varias necesidades, confiamos en la iniciativa de esas instituciones y para bien de ellas les aportaremos el tributo de nuestra obra personal.


Jamás gobierno alguno hizo cosa semejante y tampoco lo haría un gobierno socialista. Por esto si algún día el pueblo tiene la fuerza en sus manos y sabe ser juicioso impedirá que se constituya un gobierno cualquiera.

Errico Malatesta