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martes, 7 de marzo de 2017

Silvia Federici sobre huelga internacional de mujeres: "Sería una pena si vamos a la calle todas contentas y después regresamos a casa"

Desde que la conocemos, las conversaciones con Silvia han sido siempre muy fértiles. No solo por su lucidez y agudeza teórico-política, sino también por su generosidad infinita en el relato de su experiencia, en esa búsqueda de coherencia entre lo que se hace y se piensa. En la previa del 8 de marzo, conversamos con ella sobre el paro internacional de mujeres y la actualidad de la lucha feminista.

Elegimos volver a escucharla hoy, en este contexto tan intenso donde la lucha de las mujeres se despliega con una fuerza por momentos inesperada. Donde cada una desde su comunidad de mujeres pone empeño en organizar, difundir y participar del 8 de marzo y del paro histórico que sucederá en más de treinta países alrededor del mundo.

En lo vertiginoso de estos acontecimientos nos venimos diciendo unas a otras: no aceptemos más la violencia, potenciemos nuestra fuerza para multiplicar nuestro ya basta, organicemos encuentros, espacios y marchas que hagan temblar la tierra. Pero también nos repetimos una y otra vez: hagamos más denso el tejido del entre mujeres; potenciemos nuestra ayuda mutua, nuestro autocuidado y reciprocidad; estemos cada vez más movilizadas pero también robemos tiempo para sentir y pensar cómo seguimos, cómo nos auto organizamos cada vez más y qué desafíos está alumbrando la lucha.

Dicho de otro modo, al desplegar la lucha ésta ilumina nuevos problemas políticos. De nada sirve hacer sin pensar. Pensemos a partir de lo que estamos experimentando y abramos los espacios para construir los cómo seguir. Nuestras compañeras y hermanas nacidas en las luchas que nos antecedieron portan experiencias que es preciso recuperar para no empezar de cero, para nutrirnos y cambiar. Por eso esta conversación busca ser un espacio-momento para que Silvia nos comparta palabras que nos ayuden a pensar lo que está sucediendo.

¿Qué está sucediendo con la lucha de las mujeres? ¿Qué has reflexionado sobre las últimas manifestaciones en Estados Unidos?

Aquí es un momento en el que se está dando una movilización muy fuerte de todos los movimientos sociales, y sobre todo del movimiento de las mujeres. Hemos visto estas marchas en Washington, en Nueva York, en varias ciudades. Mujeres de todo tipo, de todas las edades se están movilizando, sintieron la necesidad de salir a la calle. Y pienso que no es solamente una necesidad de responder a Trump, es la expresión de un gran descontento que se ha acumulado en estos años, porque las situación de las mujeres en todos los niveles, con excepción de una minoría, se ha deteriorado desde hace mucho tiempo, enfrentando una crisis en su vida cotidiana.

Esta es una crisis de trabajo, una crisis de falta de tiempo para sí mismas, una crisis de la relación con los otros, es el no tener recursos, no tener tiempo ni acceso a los servicios más fundamentales. Además de enfrentarse continuamente a la violencia, que es violencia individual pero también del Estado, de la policía, en las cárceles, es la militarización de la vida que aquí es cada vez más fuerte. Creo que ahora estos son los elementos que unifican y pueden unificar al movimiento feminista. Es un movimiento contra la violencia y los abusos institucionales, pero también es una manifestación de deseo, de voluntad de construir una sociedad diferente. En estas marchas, en Nueva York por ejemplo, se podía ver una gran creatividad, mucha fuerza y energía, por eso se puede comparar con lo que sucedió en los años setenta.

Es un movimiento que ha crecido mucho en los últimos años, sobre todo a partir de la desilusión que tantas mujeres han experimentado. Se pensó que trabajar fuera de la casa posibilitaba conseguir autonomía. Y no nos dio autonomía porque el trabajo es precario, no da seguridad. Lo que vemos es un gran número de mujeres, y hombres también, cargadas de deudas. Han luchado por entrar a las universidades, como se luchaba en los años setenta, y ahora con la privatización de la educación deben un montón de dinero para poder estudiar. Muchas jóvenes con veinte años no pueden ver cuál va a ser su futuro.

¿De qué luchas previas se nutren estas manifestaciones? Porque al mirar las imágenes -no podíamos dejar de mirar lo que pasaba, la cantidad de personas- desde el sur nos preguntamos ¿de dónde se están nutriendo? ¿De dónde nació ese desborde? ¿Qué había previamente organizado?

Creo que la decisión de una parte del establishment americano de apoyar a Trump ha sido una respuesta a las luchas que ya se estaban dando. Por ejemplo, la lucha por el aumento del salario mínimo ha involucrado a muchas mujeres muy fuertemente, y siempre se cruzaba con la lucha de los migrantes. Porque son sobre todo las mujeres y las personas migrantes las que tienen salarios muy bajos. También ha crecido un movimiento estudiantil contra la deuda generada por la falta de gratuidad. Por otro lado, muchos han apoyado a Trump pensando que sería el presidente que cortaría las deudas e implementaría una educación gratuita. Es también creciente la movilización contra el control del cuerpo. Por ejemplo, en muchos Estados se redujo drásticamente el acceso al aborto. Hoy las mujeres se enfrentan con dificultades en todos los lugares donde están, con cortes en servicios como la educación y la precariedad de la vida, ninguna sabe si tendrá o no trabajo. Sobre todo entre jóvenes y mujeres no se ve qué tipo de futuro se tendrá. También la rabia y la indignación contra estos abusos, la violencia institucional continua, la matanza de la policía sobre los y las jóvenes de color, migrantes, latinos. La conciencia de que vivimos en un régimen muy brutal, que no es una novedad, pero que ahora ya no se puede no ver. En los últimos años casi todos los días un joven negro fue asesinado con una impunidad absoluta. Entonces, hay un descontento muy fuerte, económico y no económico, porque los dos están conectados. Porque está claro que esta violencia se justifica y se sostiene en la represión y en la precariedad económica.

¿Cómo estás viviendo estos mismos movimientos en el plano internacional, por ejemplo lo que está siendo en este momento la organización del paro internacional de mujeres? 

Es una idea muy excitante, sobre todo esta dimensión internacional de las luchas es muy importante. En las últimas semanas ha sido muy importante ver tantas movilizaciones en todas las ciudades al mismo tiempo, el sentimiento de ser parte de algo que se está moviendo en muchas partes del país y del mundo. Así como la respuesta al llamamiento de paro de las compañeras en Argentina en octubre pasado que fue muy fuerte. También aquí muchas compañeras salieron a la calle. Todavía es difícil saber, pero es claro que solamente algunas podrán hacer el paro porque hay tantas dificultades prácticas para organizar un paro de las mujeres, sobre todo en un país como Estados Unidos, donde existen realidades tan diferentes y hay grupos de mujeres tan diversas, en una situación donde faltan los servicios sociales, donde muchas mujeres son solteras y no tienen un marido que pueda sustituirla. Pero se envía una señal importante, es una posibilidad de compromiso con las nuevas formas de lucha y de organización. Ojalá sea un compromiso para crear redes de comunicación entre mujeres de diverso tipo. Crear un tejido social más fuerte, capaz de resistir a lo que está sucediendo y también empezar a construir nuevas relaciones. Empezar a implementar lo que se viene hablando sobre formas de auto gobernarnos, reclamar el control de nuestra vida, empezar el proceso de no solamente ponernos en contra sino ir definiendo qué tipo de sociedad queremos, cómo vamos a construirla, qué precisamos de inmediato y cuáles son los objetivos del futuro.

Yo creo que es importante hoy abrir una visión estratégica, no solamente salir a la calle, sino salir a la calle con una visión de lo que deseamos e intentamos construir. Sería una pena si vamos a la calle todas contentas y después regresamos a casa y no se une este momento con la construcción de algo distinto. Por eso es importante no solo demandar a un Estado que no responde, sino comprender contra qué luchamos, que no son personajes. Estos personajes son la expresión de un mal que es el sistema. Comprender lo que está sucediendo a nivel económico, político, ecológico y empezar a hacer las conexiones. Es verdaderamente la misma lucha: luchar contra la contaminación, contra el capitalismo, la precarización de la vida y el despojo y luchar contra el patriarcado son momentos diferentes de una misma lucha. Pienso que esta movilización puede ayudar a crear conciencia sobre la interconexión de estas luchas. Ojalá tengamos la capacidad crear un terreno de unificación entre mujeres distintas.

Nosotras sentimos que nos entusiasma el paro y la movilización porque es un mensaje, es una disputa en varios planos, también simbólica. Acá en el sur, sobre todo la idea de la doble jornada, el trabajo doméstico, ha tomado mucha fuerza porque al discutir el paro hubo que intercambiar sobre qué precisábamos para parar. Eso dio lugar a un montón de discusión entre mujeres. Muchas han planteado que no pueden parar porque están solas con sus hijos e hijas, entonces vemos formas diversas de parar y participar. No nos proponemos hacer un paro en el que si no podés parar las veinticuatro horas no formás parte de la jornada y de la lucha, sino hacer un paro que diversifique las opciones y todas podamos participar.

Justamente, yo pienso que a partir de las dificultades de hacer este paro, de las dificultades de las mujeres que no pueden dejar a sus hijos, es importante comprender cuál es el paso próximo. Porque, ¿qué pasa con estas mujeres que están encarceladas por el trabajo doméstico todos los días y que no tienen a nadie que las pueda ayudar? El paro es un momento de comprensión y de transformación, porque mirando estas dificultades organizativas se puede ver qué necesitamos, qué se puede hacer como cosa urgente. Ver que existen tantas mujeres que no pueden ir a una reunión, al cine, porque son prisioneras de ese trabajo. Cuando estuve en Bruselas unos meses vi que allá las compañeras han impulsado la iniciativa de describir su jornada de trabajo y luego han recogido esos testimonios. Han dicho también al estado “todo esto es lo que las mujeres hacen”, están intentado decir “esta es la cuenta por todo lo que hemos realizado”. Este tipo de acciones pueden incrementar la conciencia y permiten pensar nuevas prácticas. Porque si estamos encarceladas en el hogar entonces ¿qué estructura necesitamos en lo urbano, en el barrio, para dar respuesta?, ¿cuáles son las necesidades inmediatas y urgentes? 

En esa clave, al pensar el paro lo estábamos concibiendo como un momento pedagógico para nosotras y para todas las mujeres, por tanto para señalar los desafíos en todos los sentidos que vos nombras, para pensar qué movimiento tenemos que construir, bien atado a la vida y la cotidianidad. Pero también señalar los límites de la izquierda, los límites de ciertas formas de hacer política, lo que sucede con el sindicalismo. El paro iluminó muchas cosas, no solo para el propio movimiento de mujeres sino para muchas más personas.


Así es. Antes existieron sindicatos que se ocupaban de la vida, del barrio, que luchaban tomando en cuenta toda la vida de las trabajadoras y trabajadores, no solo sobre las ocho o nueve horas. Ahora es una forma burocrática que ya no funciona más, que no puede dar respuestas. He estado hablando con una compañera que organizó en Islandia el paro de 1975, desde allí las mujeres se han organizado en espacios urbanos donde se conversa, se circula información, en todas las ciudades están estos espacios que son experiencias colectivas para las mujeres. Estos lugares han facilitado mucho la organización, porque cada uno ha sido un punto de expansión de la información, de la táctica. Me gusta mucho pensar que se pueden crear estos lugares, espacios de las mujeres. Crear, desde donde una vive, espacios donde cuidarnos y dar discusiones entre mujeres. Insistir en la capacidad de crear, reclamar el espacio, el derecho a la ciudad. Es importante pensar este momento como un momento histórico, lo que está pasando con el Encuentro de Mujeres en Argentina, que se organice algo internacionalmente de forma autónoma sin los recursos y la intervención de la ONU. Se han hecho acciones todos los 8 de marzo, pero este año está la dimensión internacional. Esta jornada está reviviendo el sentido del 8 de marzo y dando lugar a un nuevo internacionalismo.

Pero es importante pensar estratégicamente qué es lo que queremos. Claro que no podemos saber muchas cosas, pero sí qué precisamos saber. Necesitamos una visión estratégica más allá de la manifestación. También la memoria histórica es importante para crear resistencia, la memoria sobre lo que ha significado este día para la lucha de la mujeres, sobre el internacionalismo feminista y el  significado de eso en la actualidad. Creo que hoy las mujeres debemos estar más presentes en las luchas contra la guerra. En estas manifestaciones en Estados Unidos no se le ha dado suficiente atención a la problemática de la guerra.

Este punto es importante desde la perspectiva latinoamericana y también nos preguntamos por esto que nombras. La gente se moviliza cuando puede, cuando hay conciencia y voluntad, pero ¿qué piensa sobre las invasiones y la guerra el pueblo estadounidense?

Ahora se ven límites que no se veían y se empieza a insistir en la necesidad de la lucha contra la guerra. Han estado y están bombardeando con drones Yemen, han destruido Medio Oriente. Existe una relación fuerte entre la guerra permanente y la militarización de la vida aquí, por eso es importante esta temática. ¿De qué internacionalismo hablamos si no? Es importante que todos digamos que no se puede excluir a las personas de ningún país, pero también que no se debe bombardear ni destruir la vida en ningún país. Pienso que en los materiales que se van a preparar y escribir es importante tener esta visión histórica del internacionalismo feminista.

Con respecto a la memoria histórica, al crecer bastante la auto organización de las mujeres en varias ciudades de Uruguay, las compañeras plantean una sensación de ser huérfanas, de empezar una lucha sin saber que otras mujeres lucharon antes, desconociendo qué problemas tuvieron y cómo se organizaron. ¿Tuvieron esta sensación en los años setenta cuando el movimiento desbordaba las calles?

Para nosotras fue muy importante el trabajo de comenzar a reconstruir la historia de otras mujeres, de comprender de dónde venimos, cuales fueron nuestras madres, reconstruir y pensar en el feminismo liberal, en el feminismo socialista -del que nace el 8 de marzo-, saber lo que planteaban sobre la liberación de la mujer. De la historia del feminismo en América Latina he descubierto dos años atrás la lucha de las mujeres en Argentina, a Virginia Bolten y su consigna “ni patrón ni marido” y su periódico La Voz de la Mujer.

Las historias locales, en el Río de la Plata, también son muy potentes. Por ejemplo, la consigna de las mujeres en Uruguay en los años ochenta era “nosotras queremos cambiar la vida”. Es hermoso reconectar con esas luchas.

Es imprescindible conversar con estas mujeres que son libros vivientes, libros de la historia de las luchas. Esta concepción que planteas es importante para construir una memoria larga. Tú te sientes parte de algo, no puedes mirar el futuro sin mirar el pasado. Solamente cuando ves toda la historia de lucha, los límites, los problemas de las experiencias organizativas pasadas, intentas no repetir las mismas cosas. No puedes identificar lo que estás haciendo si no miras que se ha hecho antes y cuáles son las diferencias, aprender de esa experiencia, no pensar que has inventado todo.


Escasos quince días nos separan del paro del 8 de marzo. Las palabras de Silvia, que son las de una luchadora que reflexiona y teoriza a partir preocupaciones que también son las nuestras, seguramente serán fértiles para seguir construyendo este camino, que es el suyo y el de miles de mujeres que por todo el mundo van diciendo ¡ya basta



Mariana Menéndez



jueves, 17 de diciembre de 2015

Una Huelga General - Mariarosa Dalla Costa (Traducción al castellano por @rebeldealegre )

«Wages for Housework» fue el nombre que tomó la campaña feminista internacional que luchó por un salario para el trabajo doméstico desde una concepción feminista. De este modo lo narra Silvia  Federici: "Estuve cinco años en una organización que llevó a cabo una campaña internacional que luchaba a favor de un salario para el trabajo doméstico. En 1972 en Italia fundamos un colectivo internacional bajo el nombre de Colectivo Feminista Internacional, con el cual lanzamos la campaña internacional Salario por el Trabajo Doméstico (Wages for Housework). Lo que decíamos era que el salario para el trabajo doméstico es muy importante.

Antes que nada tiene muchas funciones. Es diferente cuando el trabajador asalariado lucha por mejoras salariales y cuando el esclavo lucha por un salario, y hacíamos esta analogía entre el ama de casa y el esclavo, porque antes que nada estamos haciendo visible el trabajo que se hace, puesto que la invisibilidad ha sido una de las causas fundamentales de nuestra opresión. Así que lo primero era hacer visible nuestra explotación, dejando claro que esto es trabajo, es trabajo que produce capital. De este modo, cuando pedimos un salario por el trabajo doméstico estamos creando un espacio de lucha, haciendo visible la explotación y haciendo visible nuestra relación con el capital y el estado, saliendo de la realidad del trabajo doméstico, saliendo de la idea de que el trabajo doméstico es un servicio personal. Segundo, la falta de dinero por el trabajo que hacemos nos convierte en dependientes de los hombres, así que trabajas, pero después tienes que pedir dinero para vivir.

El salario para el trabajo doméstico permitiría a las mujeres tener algún tipo de autonomía económica de los hombres, no del capital, y esto, de hecho, ya sería un cambio importante en las relaciones con los hombres y la sociedad. Tercero, cuando salen a buscar un trabajo, muchas veces las mujeres consiguen trabajos relacionados con el trabajo doméstico y, acostumbradas a hacer este trabajo gratuitamente, es más probable que acepten salarios más bajos. Así que luchando por un salario para el trabajo doméstico se rompen toda una serie de dependencias, invisibilidades y naturalidades a la vez que se abre un espacio de lucha. No lo vemos como un fin en sí mismo, sino como un movimiento de una lucha más general donde podemos conseguir involucrar a muchas mujeres, porque, aunque no hagamos trabajos domésticos, todas somos amas de casa de alguna manera, puesto que cada mujer es vista de una manera concreta debido a este trabajo. Para nosotras, la idea de que el trabajo doméstico institucionaliza a la mujer en casa no era válida: es la falta de dinero, de autonomía, la que la mantiene encerrada en casa."* 

A continuación, compartimos un artículo disponible por primera vez en castellano gracias al incansable aporte y traducción de @rebeldealegre, que refleja el profundo alcance de la crítica feminista de los años 70, movimiento que marcó un antes y un después en la economía feminista y anticapitalista. Salud y anarcofeminismo. N&A






Publicado originalmente en All Work and No Pay: Women, Housework and the Wages Due. Falling Wall Press. [1975] [Dalla Costa ofreció el siguiente discurso en la celebración del Día Internacional de la Mujer en Mestre, Italia, 1974.]

Hoy el movimiento feminista en Italia abre la campaña Wages for Housework (Salarios para el trabajo doméstico). Como han oído en las canciones, como han visto en la exhibición fotográfica, como han leído en los carteles, las preguntas que planteamos hoy son muchas: las condiciones barbáricas en que tenemos que enfrentar el aborto, el sadismo al que somos sujetas en las clínicas obstetras y ginecológicas, nuestras condiciones de trabajo — en los empleos fuera del hogar nuestras condiciones son siempre peores que las de los hombres, y en el hogar trabajamos sin salario — el hecho de que los servicios sociales o bien no existen o son tan malos que tememos que nuestras niñas y niños las usen, y así.

Bien, en algún momento se podría preguntar, ¿cuál es la conexión entre la campaña que abrimos hoy, la campaña de Salarios para el trabajo doméstico, y todas estas cosas que planteamos hoy, las que hemos expuesto y contra las que luchamos. Todas estas cosas de las que hemos hablado, de las que hemos hecho canciones, que hemos mostrado en nuestras exhibiciones y películas?

Nosotras creemos que la debilidad de todas las mujeres — aquella debilidad que está tras el hecho de haber sido tachadas de toda la historia, que está detrás del hecho de que cuando dejamos la casa debemos enfrentar los empleos más repulsivos, mal pagados e inseguros — esta debilidad se basa en el hecho de que todas nosotras las mujeres, lo que sea que hagamos, estamos agotadas y exhaustas desde un inicio por las 13 horas de trabajo doméstico que nadie ha reconocido nunca, por el que nadie ha pagado nunca.  

Y esta es la condición básica que fuerza a las mujeres a estar satisfechas con guarderías como “Pagliuca”, “Celestini”, “OMNI”. [“Pagliuca” y “Celestini” — ambas guarderías infamemente brutales. “OMNI” — las guarderías del Estado, están pobremente equipadas y son mal administradas.] Esta debilidad nos fuerza a pagar medio millón de liras por un aborto y esto, digámoslo claramente, ocurre en cada ciudad y en cada país — y encima de todo arriesgamos la muerte y la prisión. 

Todas hacemos trabajo doméstico; es la única cosa que todas las mujeres tienen en común, es la única base sobre la que podemos congregar nuestro poder, el poder de millones de mujeres.

No es accidental que los reformistas de toda estirpe hayan evitado siempre y detenidamente la idea de que nos organicemos sobre la base del trabajo doméstico. Siempre se han negado a reconocer el trabajo doméstico como trabajo, precisamente porque es el único trabajo que todas tenemos en común. Una cosa es confrontar a doscientas o trescientas mujeres trabajadoras en una fábrica de zapatos, y otra cosa muy distinta confrontar a millones de amas de casa. Y ya que todas las mujeres trabajadoras de fábrica son amas de casa, es todavía otro asunto confrontar a estas doscientas o trescientas trabajadoras de fábrica unidas a millones de amas de casa.

Pero esto es lo que estamos poniendo en la agenda hoy en esta plaza. Este es el primer momento de organización. Hemos decidido organizarnos en torno al trabajo que todas hacemos, para así tener el poder de millones de mujeres.
  
Para nosotras, ahí, la demanda por salarios para el trabajo doméstico es una demanda directa de poder, porque el trabajo doméstico es lo que millones de mujeres tienen en común.

Si podemos organizarnos las millones que somos en torno a esta demanda — y ya hay muchísimas en esta plaza — podemos tener tanto poder que ya no necesitaremos estar más en una posición de debilidad cuando salgamos de casa. Podemos obtener nuevas condiciones de trabajo en el trabajo doméstico mismo — si tengo dinero propio en mi bolsillo puede incluso comprar un lavaplatos sin sentirme culpable y sin tener que rogarle por meses a mi marido para obtenerlo mientras él, que no lava, considera que un lavaplatos es innecesario.

De modo que si tengo dinero propio, pagado en mis manos,  puedo cambiar las condiciones del trabajo doméstico. Y aún más, podré escoger si quiero salir a trabajar. Si tengo 120.000 liras por el trabajo doméstico nunca más me venderé por 60.000 liras en una fábrica textil, o como secretaria de alguien, o como cajera o acomodadora en el cine. De igual modo, si ya tengo cierta cantidad de dinero en mis manos, si ya tengo conmigo el poder de millones de mujeres, podré dictar una calidad completamente nueva de servicios, guarderías, comedores, y todas aquellas instalaciones que son indispensables para reducir las horas de trabajo y para permitirnos tener vida social.

Queremos decir algo más. Por largo tiempo — y fuertemente en particular  en los últimos 10 años, pero digamos que siempre — los trabajadores varones han salido a luchar contra sus horas de trabajo y por más dinero, y se han reunido en esta plaza.

En las fábricas de Porto Marghera ha habido muchas huelgas, muchas luchas. Recordamos muy bien las marchas de trabajadores varones que comenzaron en Porto Marghera, cruzaron el Puente Mestre y llegaron aquí a esta plaza.

Pero dejemos esto en claro. Ninguna huelga ha sido nunca una huelga general. Cuando la mitad de la población trabajadora está en casa en las cocinas, mientras los otros están en huelga, eso no es una huelga general.

Nunca hemos visto una huelga general. Sólo hemos visto varones, generalmente varones de grandes fábricas, salir a las calles, mientras sus esposas, hijas, hermanas, madres, seguían cocinando en las cocinas.

Hoy en esta plaza, con la apertura de nuestra movilización por Salarios para el Trabajo Doméstico, ponemos en la agenda nuestras horas de trabajo, nuestras vacaciones, nuestras huelgas y nuestro dinero.

Cuando obtengamos un nivel de poder que nos permita reducir nuestras 13 o más horas de trabajo al día, a ocho o incluso menos que ocho, cuando a la vez podamos poner en agenda nuestras vacaciones — porque no es secreto para nadie que los días domingo y durante las vacaciones las mujeres nunca tienen vacaciones — entonces, tal vez, podamos hablar por primera vez de una huelga ‘general’ de la clase trabajadora.

Mariarosa Dalla Costa






viernes, 16 de octubre de 2015

Acerca de una huelga - Errico Malatesta


Traducido desde “A proposito di uno sciopero,” L'Associazione (Niza) 1, no. 1 (6 de septiembre [recte octubre] de 1889). Al castellano: @rebeldealegre. Sólo se publicaron  siete números de este periódico, los tres primeros desde Niza, los restantes desde Londres.

Un asunto que correctamente preocupa a los revolucionarios es cómo sucederá la revolución.

La sociedad establecida no puede durar, dicen, pero aún así refleja tremendos intereses, está respaldada por un montón de prejuicios tradicionales, y, por sobre todo, es defendida por una poderosa organización militar que se desmoronará tan pronto como el hechizo de la disciplina se rompa, pero mientras tanto es un formidable perro guardián y medio de represión. ¿Dónde encontraremos la fuerza y la unidad de acción requeridos para vencer? Los planes y conspiraciones están bien cuando se trata de montar una acción específica que necesita sólo a un puñado de personas, pero son generalmente incapaces de determinar una revuelta popular lo suficientemente amplia como para representar una oportunidad de victoria. Los movimientos espontáneos son casi siempre demasiado pequeños o demasiado localizados, erupcionan con demasiado descuido y son muy fácilmente aplacados como para dar esperanzas de ser tornadas en una sublevación general.

Razonando en esta línea, la conclusión casi siempre alcanzada es que las mejores ocasiones para intentar una revolución social las ofrece algún movimiento político montado por la burguesía, o una guerra.
 
Aunque estamos siempre listos para tomar la oportunidad que las guerras o las revueltas políticas puedan ofrecernos para la expropiación y la revolución social, no creemos que esas sean las más probables, ni las más deseables de las circunstancias.

Una guerra puede gatillar una revolución, al menos en el país vencido. Pero la guerra despierta la mala semilla de los sentimientos patrióticos, inspirando el odio por el país vencedor, y la revolución que ésta podría hacer nacer — en gran medida promovida por el deseo de venganza y confrontada con la necesidad de resistir la invasión — tiene una tendencia a no ir más allá de un lío político. Existe incluso el peligro de que el pueblo, fastidiado por las depredaciones y matonajes de los soldados extranjeros, pueda olvidar la lucha contra los burgueses y fraternizar con estos últimos en una guerra contra el invasor.

Una agitación política carga con el mismo tipo de peligros, aunque a menor escala; el pueblo acepta alegremente como amigos a todos los que luchan contra el gobierno, y los socialistas, que estarían naturalmente intentando tornar el tumulto en una revolución social, serían acusados de poner la victoria en riesgo y de servir a los intereses del gobierno.

Tales eventos se están volviendo cada vez más improbables. La burguesía ha ido habituando de alguna manera a las revueltas desde la emergencia del partido socialista que amenaza con arrebatarle la victoria de las manos, y el pueblo, iluminado por la experiencia y la propaganda, ya no anhela tanto ir al sacrificio por la gloria y el beneficio de sus amos. Y nuevamente, la burguesía no tiene real intención de hacer la revolución — ni en los países europeos occidentales ni en las Américas. En esos países, es la burguesía la que en realidad gobierna. El hecho de que parte de ella se encuentre en graves aprietos y que enfrente la bancarrota y la pobreza no depende de las instituciones políticas y no puede ser alterado por un mero cambio de gobierno. Es, en vez, el resultado del mismo sistema capitalista al cual la burguesía le debe su existencia. Y, no importa cuán inevitable e inminente pueda parecer la guerra por mil razones económicas y políticas, es siempre pospuesta y se hace cada vez menos probable que ocurra a medida que los avances del socialismo internacional hace a los dominadores temer sumergirse en la oscuridad que sigue a una gran guerra europea.

De todos modos, las guerras y las revueltas políticas no dependen de nosotros, y nuestra propaganda, por su misma naturaleza, tiende a volverlas cada vez más difíciles e improbables. Sería por lo tanto muy mala táctica de nuestra parte si basáramos nuestros planes y esperanzas en eventos que no podemos y no deseamos gatillar.

De hecho, creemos que el prejuicio de esperar por oportunidades que no podemos llevar a cabo nosotros es en gran parte culpa del tipo de inercia y fatalismo al que algunos de nosotros a veces sucumbimos. Por supuesto, aquel que no puede hacer nada o piensa que no puede hacer nada, se inclina a dejar que las cosas tomen su curso y a dejar que el curso de la naturaleza disponga las cosas. Y ese mismo prejuicio podría muy bien ser culpa del hecho de que muchos buenos socialistas, cuyo cálido amor por el pueblo y ardiente espíritu revolucionario no podríamos negar, creen estar obligados a bajar sus armas y esperar a que algo caiga del cielo. Sin poder soportar tal ociosidad, se lanzan, sólo por hacer algo, al concurso electoral y entonces, poco a poco, abandonan la ruta revolucionaria por completo y descubren que se han convertido, contra sus voluntades, en vulgares políticos. ¡Cuán a menudo lo que parece — y bien puede haber resultado ser — traición ha comenzado por un entusiasmo e impaciencia que han perdido su camino!

Por suerte hay otras avenidas por las que la revolución puede suceder, y entre ellas nos parece que la agitación obrera en la forma de huelga es la más importante.

Las grandes huelgas que han ocurrido en los años recientes en un número de países europeos iban apuntando a los revolucionarios en dirección a aquel método abandonado; pero, de todas ellas, la colosal huelga de los trabajadores portuarios en Londres hace poco tiempo ha probado ser especialmente instructiva.[1]

* * *

Estos son los hechos:

Tras una corta pero ocupada campaña de propaganda, los trabajadores temporales de los puertos de Londres, que en la región son unos 50.000, se organizaron en un sindicato y rápidamente comenzaron la huelga. Los temporales son trabajadores a pedido que se reportan en los portales de los depósitos cada mañana y, si hay trabajo para ellos, son empleados por el día o en realidad simplemente por varias horas de corrido. Son éstos trabajadores pobres que viven en tugurios estrechos y fétidos, alimentándose o incluso manteniendo su hambre a raya con alimentos de desecho y licores contaminados, y vistiéndose de harapos. Viviendo el día a día, su trabajo siempre incierto, expuestos a la competencia de todos los famélicos que llegan desde todo lugar de Inglaterra y del resto del mundo, habituados a disputar unos con otros por un poco de trabajo, despreciados por los trabajadores de los oficios más afortunados, ciertamente satisfacen toda condición necesaria para ser considerados inapropiados para la organización y para una revuelta consciente contra los explotadores. Y sin embargo tomó sólo un par de años de propaganda realizada por un puñado de hombres voluntariosos capaces de dirigirse a ellos en términos inteligibles para probarles que son bien capaces de unir fuerzas, pararse rectos, y exigir la atención de todo el mundo civilizado. Lo que simplemente demuestra que el pueblo está en realidad más avanzado de lo que algunos creerían, y que una lenta pero persistente elaboración ya está en camino entre las masas, todo desconocido para los filósofos, preparándoles para el gran día que alterará la faz de la tierra.

Los huelguistas demandaban seis peniques la hora (en vez de cinco) por un día de trabajo; y ocho peniques la hora por trabajo antes de las 8 de la mañana y después de las 6 de la tarde; la abolición del arreglo mediante el cual el trabajo era subcontratado a explotadores de segundo nivel quienes, a su vez, subcontrataban a otros; un mínimo de cuatro horas de trabajo para los contratados, y unos cuantos otros cambios regulatorios.

La huelga de los trabajadores temporales había sido escasamente declarada cuando todos los demás sindicatos asociados a la carga y descarga de los buques — estibadores, portadores del carbón, lancheros, carreteros, etc. — también detuvieron el trabajo, algunos de ellos ni siquiera buscando mejorías sino sólo por solidaridad con los temporales. Rechazaron todo compromiso y toda concesión hasta que los temporales tuvieran lo que querían.

Llevados por el ejemplo, otros sindicatos no relacionados con los puertos entablaron simultáneamente sus propias demandas y se fueron a huelga.
 
Y Londres, la gran capital de los monopolios, fue testigo de 180 mil personas en huelga, e impresionantes protestas de hombres con rostros demacrados, vestidos en harapos, cuyo severo ceño infundió terror en las almas de la burguesía.
            
Pero hubo más:

Los trabajadores empleados en las plantas de gas se ofrecieron para ir a huelga. Londres habría quedado en la oscuridad al caer la noche y los hogares de los burgueses estarían expuestos a graves peligros. La misma oferta fue hecho por los conductores de tranvías, los obreros siderúrgicos, y los carpinteros.

En resumen, hubo un gran incremento de entusiasmo, un arrebato de solidaridad, un renacimiento de la dignidad que parecía consumar una huelga general; con la producción, el transporte y los servicios públicos detenidos ¡en una ciudad de unos 5 millones de habitantes!

Otras ciudades en Inglaterra sintieron el impacto del ejemplo dado, y brotaron huelgas más o menos grandes aquí y allá. En su tierra y en todas partes, el proletariado comprendió que los trabajadores de Londres luchaban en la causa común, y se inundó de extraordinaria ayuda proveniente de todos lados.

Los huelguistas habían de ser admirados por la resolución con que soportaron las más duras privaciones, y por la fortaleza con que rechazaron toda sugerencia de compromiso, por la inteligencia que desplegaron al anticipar lo que se necesitaría para la lucha, y por el espíritu de solidaridad y sacrificio que prevaleció en sus filas.

Se esforzaron por alimentar a una población, incluidos mujeres y niños, de más de medio millón de personas; de levantar suscripciones y colectas por toda la ciudad; de seguir el ritmo a una vasta correspondencia por carta y telegrama; de organizar mítines, protestas, y charlas; de estar pendientes, poner manos a la obra, y estar alerta en caso que los patrones timaran a pobres ingleses o extranjeros hacia el esquirolaje; de monitorear todas las entradas a los puertos para ver si había personas yendo a trabajar y cuántas. Todo esto, asombrosamente bien hecho por voluntarios no solicitados.

Hubo un incidente digno de notar: un buque de carga de hielo arribó y corrió el rumor de que este hielo iba destinado a los hospitales. Los huelguistas corrieron en tal número a ayudar a descargarlo sin cuidado alguno de si iban a ser pagados o no por la labor. Los enfermos — y en especial los pacientes en los hospitales — no debían sufrir por cuenta de la huelga.

No hay duda; gente como esta merece y es capaz de velar por sus asuntos por sí misma y, de ser libres, se guiarían en sus labores por esta preocupación por el bien general — ¡algo completamente ausente en el sistema burgués de producción!

Esos trabajadores poseían un amplio, a menudo instintivo, conocimiento de sus derechos y de su utilidad a la sociedad, y tenían la mentalidad combativa requerida para hacer una revolución; sintieron un vago anhelo por medidas más radicales que pudiesen terminar con su sufrimiento de una vez por todas, y borrar de la producción a todos los patrones e intermediarios que, aunque no producen nada, claman la mayor parte de lo producido, y hacen del trabajo, que debiese ser una obligación — algo de qué glorificarse y de lo cual derivar satisfacción — un infierno de dolor y una marca de inferioridad.

La ciudad estaba en alboroto, las provisiones se habían agotado en gran medida, muchas fábricas habían sido cerradas por falta de carbón o de materias primas, y con la incomodidad creciente, la irritación estaba en alza. En las esquinas, se comenzaba a hablar de hacer redadas a los distritos más adinerados.

Un estallido de revolución social soplaba por las calles de la gran ciudad.

Desafortunadamente las masas están aún impregnadas del principio de autoridad y creen que no pueden y no deben hacer nada sin órdenes desde arriba. Y así fue que los huelguistas fueron influenciados por un comité de personas que ciertamente merecen elogios por la parte que habían jugado en sentar las bases para la huelga o por servicios previos, pero que llanamente no eran adecuados para la posición a la que habían sido elevados por las circunstancias. Enfrentados a una situación completamente nueva que había ido más allá de todo a lo que aspiraban y para lo cual no tenían corazón, no pudieron lidiar con las responsabilidades incumbentes a ellos y llevar las cosas adelante, y no tuvieron la modestia y la inteligencia de hacerse a un lado y dejar que las masas actuaran. Comenzaron por restringir la huelga con una demostración contra la huelga general, y siguieron por hacer todo en su poder por mantener la paz y mantener la huelga dentro de los parámetros de la ley. Después, luego de que el momento de oportunidad había pasado, y el agotamiento había comenzado a minar el entusiasmo, presionaron por lo que habían antes rechazado e hicieron un llamado a la huelga general, sólo para retractarse debido a nuevos temores y presiones.

El alcalde de la ciudad y el alto clero, que había permanecido impasible, sin importarles en nada el sufrimiento de los trabajadores, volvieron a la ciudad una vez que vieron que las cosas se prolongaban demasiado y que el asunto estaba en dificultad y enfrentando el fracaso. Abrumados como siempre por tiernos sentimientos por la amada buena gente, se ofrecieron a mediar... Y luego de cinco semanas de heroico esfuerzo, todo el asunto terminó en un compromiso, tras lo cual los trabajadores volvieron a trabajar con la promesa de que sus demandas serían satisfechas desde el 4 de noviembre.

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Véase cuán fácil podría suceder una revolución y, ¡ay! cuán fácil la oportunidad se puede dejar esfumar.

Si solamente en Londres la huelga general hubiese sido alentada y se le hubiese permitido seguir, la situación se hubiese tornado muy problemática para la burguesía, y la revolución se le hubiese ocurrido rápidamente al pueblo como la más simple solución. Fábricas cerradas; vías férreas, tranvías, buses, carros y cabinas en pausa; los servicios públicos cortados; los suministros de alimentos suspendidos; las noches sin luz de gas; cientos de miles de trabajadores en las calles — qué situación para que un grupo de personas, ¡hubiesen tenido un poco de materia gris y una pizca de agallas!

Si solo un poco de llana y clara propaganda en pro de la expropiación violenta se hubiese montado de antemano; si algunas bandas de valientes se hubiesen dispuesto a tomar y repartir alimentos, vestimenta, y otros artículos útiles que las bodegas tenían por montones, o si individuos aislados hubiesen forzado su entrada a los bancos y otras oficinas de gobierno para prenderles fuego, y otros hubiesen entrado a los hogares de la alta burguesía y alojado a las esposas e hijos ahí; y si otros le hubiesen dado su justo merecido a los más avaros burgueses y otros hubiesen puesto fuera de acción a los líderes de gobierno y a todo aquel que, en tiempos de crisis, pueda tomar su lugar, a los comandantes de la policía, los generales y todo el escalón superior del ejército, tomados por sorpresa en sus dormitorios o mientras salen de sus casas: en resumen, si solamente hubiese habido unos pocos miles de revolucionarios decididos en Londres, que es tan inmensa, entonces hoy la vasta metrópolis — y con ella, Inglaterra, Escocia, e Irlanda — estarían enfrentando una revolución.

Y tales cosas, tan problemáticas y casi imposibles de sacar adelante —  si son éstas dispuestas y preparadas por algún comité central — se vuelven lo más fácil del mundo si los revolucionarios, en acuerdo en sus propósitos y métodos, actúan junto a sus compañeros para empujar las cosas en la dirección que piensan es mejor cuando la oportunidad aparece, en vez de esperar la opinión u orden de nadie.

Hay más que suficientes personas de coraje, de determinación, en cada ciudad y pueblo. Si nada más, la alta tasa de crímenes lo sugeriría; es a menudo nada más que la erupción intempestuosa de energías acorraladas que no hallan salida útil en el estado presente de las cosas. Lo que falta es la propaganda: cuando alguien tiene una imagen clara en su mente del fin a alcanzar y de los medios que llevan a él, actuará sin solicitud y con la confianza en que está haciendo bien y no sentirá temor ni cobarde indecisión.

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Admitamos haber cometido errores:

En aquellos días en que las ideas anarquistas comenzaban a ganar terreno en la Internacional, existían dos escuelas de pensamiento en cuanto a las huelgas en el proletariado. Algunos, que no suscribían a ningún ideal amplio de total emancipación y cambio social, reconocían que la huelga era el mejor medio disponible para que el trabajador mejorase sus circunstancias y reconocían que esto, más la cooperativa, serían la última palabra en cuanto al movimiento obrero.

Los otros, los socialistas autoritarios, entendían y decían llanamente que la huelga era un sinsentido económico y que no tenía la fuerza para traer mejoría duradera alguna, qué decir de emancipar al proletariado; pero concedían que era un buen arma de propaganda y agitación, hacían uso frecuente de él y llamaban a la huelga general como un medio de hacer que la burguesía por hambre se viera forzada a rendirse. Lo único era que, en virtud de que eran autoritarios, imaginaban que una huelga general podía ser organizada con anticipación para romper en una fecha específica agendada por un comité central, una vez que la mayoría de los trabajadores se hubiese unido a las filas de la Internacional, y que la explotación burguesa llegara a un fin de modo mucho más pacífico.

Nosotros los anarquistas, atrapados entre los prejuicios burgueses de una facción y el utopismo autoritario de la otra, estábamos tal vez algo impregnados de la antigua mentalidad jacobina que prestaba poca atención a las acciones de las masas y pensábamos que éstas serían emancipadas utilizando los mismísimos métodos empleados para esclavizarlos, y nos apresuramos en criticar la huelga como arma económica y fallamos en darle su crédito como exponente de rebelión moral. Gradualmente dejamos al movimiento obrero completo en manos de reaccionarios y moderados.

Nosotros, que pretendemos involucrarnos en toda insurrección, no importa lo pequeña que sea, nosotros que nos sentimos avergonzados si, una vez que las barricadas comienzan en algún lugar, no hacemos todo en nuestro poder por hacer eco de la revuelta o corremos a llenar las filas, hemos visto a decenas de miles de personas enfrentando sus escudos contra el capital, hemos visto la lucha agriarse y tomar giros revolucionarios.... y hemos permanecido impasibles, dejando el campo abierto a aquella clase de autodenominados revolucionarios que aparecen principalmente para predicar la limitación y la tranquilidad y para tornar todo en una oportunidad para lanzar candidatos.

Ya va siendo la hora de volver a examinarnos. No estamos por cierto renunciando a otros medios de acción a nuestra disposición o que puedan sentarnos bien — pero por sobre todo, volvamos a estar entre el pueblo.

Las masas se conducen hacia grandes demandas por vía de pequeñas peticiones y pequeñas revueltas: mezclémonos con ellas e incitémoslas a avanzar. En toda Europa, las mentes se inclinan en el presente a las grandes huelgas de trabajadores agrícolas o industriales, huelgas que involucran vastas áreas y sindicatos a montones. Bueno, entonces, encendamos y organicemos tantas huelgas como podamos; asegurémonos que la huelga se contagie y que, una vez que estalle, se esparza a diez o a cien oficios distintos en diez o en cien pueblos.

Pero que cada huelga cargue su mensaje revolucionario: que cada huelga convoque a personas de vigor a que castiguen a los patrones y, por sobre todo, a que cometan transgresiones contra la propiedad y que demuestren así a los huelguistas cuánto más fácil es tomar que pedir.

Una revolución que nazca de una gran proliferación de huelgas tendría el mérito de encontrar la pregunta ya hecha en términos económicos y conduciría con mayor seguridad a la emancipación comprehensiva de la humanidad.

Las tácticas que proponemos nos llevarán al contacto directo e ininterrumpido con las masas, nos proveerá de un enclave desde donde importar y esparcir nuestra propaganda por todas partes, y nos permitirá dar aquellos ejemplos y llevar a cabo aquella propaganda por los hechos, que siempre predicamos pero que tan rara vez practicamos, no por alguna falta de determinación o coraje, sino por carencia de oportunidades.

Así que salgamos en busca de tales oportunidades.
           
              



[1] Malatesta se refiere a lo que ha venido a conocerse como la Gran Huelga Portuaria, que tomó lugar en Londres desde el 14 de agosto al 16 de septiembre de 1889.  Esta es reconocida generalmente como el comienzo del “nuevo sindicalismo” británico, que difería del antiguo sindicalismo de oficios por su esfuerzo en lograr una amplia base de trabajadores no cualificados o semi-cualificados y por su enfoque en la acción industrial. Hay evidencia de que Malatesta, retornado recientemente desde Sudamérica, estuvo en Londres en aquel entonces, antes de moverse a Niza para editar L'Associazione. Por ende fue  testigo directo de la huelga.