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lunes, 6 de marzo de 2017

Mujeres anarcosindicalistas, inmigrantes y lesbianas llaman a paralizar este 8 de marzo

Desde el facebook del Sindicato de Oficios de Santiago, han difundido un comunicado en donde mujeres anarcosindicalistas, libertarias, inmigrantes y lesbianas se suman al llamado de huelga de mujeres para este 8 de marzo, el cual reproducimos a continuación (N&A)


Son tantas las décadas de una explotación capitalista duplicada gracias a la imposición de roles de género. Tantos los siglos de opresión patriarcal sobre nuestros cuerpos, forzados a reproducir en favor del capital no sólo a través de la maternidad obligatoria sino de las tareas de cuidado que bien favorecen la ganancia de los explotadores y que claramente constituyen trabajo no pagado.

Y si precarias condiciones laborales fueron las que ocasionaron la muerte de casi 150 mujeres en una fábrica norteamericana de camisas hace ciento seis años, precarias son las condiciones que han permitido la muerte de un número indeterminado de temporeras atacameñas hace dos años en un campamento de la industria frutícola, las cuales permanecían encerradas con candado por orden de los patrones.

No conforme con ello debimos lidiar siempre con los crecientes niveles de violencia machista que nos roban desde el amor propio hasta la vida misma. Y hoy pareciera que la guerra contra las mujeres que luchan por los territorios, cuerpos, espacios, vida, no amerita más que el silencio cómplice de una sociedad empañada de la más absoluta misoginia.

Pero si han sido muchos los años de humillaciones y es aguda la amenaza que se abalanza sobre nosotras, no han sido menos los años dedicados a la resistencia, ni menos la disposición defensiva que nos convoca a esta lucha. Lucha a la que como migrantes, lesbianas, libertarias, anarcosindicalistas, pero especialmente mujeres, adherimos este 8 de marzo y todos los días de nuestras vidas.

Y si bien no todas podremos adherir materialmente a la convocada Huelga Internacional de Mujeres, pues la condición migrante y/o precarizada de algunas de nosotras nos obliga a continuar generando ganancia para el explotador, a riesgo de perder no sólo el pan sino la autorización de permanencia, todas marcharemos al final de la jornada impregnadas del espíritu del feminismo autónomo. Ese que fue capaz de reconocer que todas las mujeres realizamos un trabajo invisibilizado que supera largamente una jornada de trece horas y que ciertamente “Ninguna huelga ha sido nunca una huelga general.” Que si fuimos confinadas a las cocinas mientras los hombres fueron a la huelga, faltó siempre el cese de nuestras labores.

Con el apoyo mutuo y la solidaridad como principios fundamentales, agregar que, esperamos esta primera convocatoria a huelga de mujeres constituya un sólido avance hacia la profundización de las demandas feministas en el mundo del trabajo.

Un día nuestras vidas dejarán de girar en torno a la producción y el consumo. Entonces avanzaremos certeramente hacia nuestra liberación total.



¡A LA HUELGA, COMPAÑERAS!

sábado, 17 de septiembre de 2016

Cortometraje: En la Brecha






A través de un día en la vida de un obrero afiliado a la CNT, el documental expone el funcionamiento anarcosindicalista en la organización confederal de los puestos de trabajo y la instrucción en la retaguardia. En la brecha (1937), es un cortometraje producido en plena revolución social por la Industria del Espectáculo de Barcelona, colectivizada por la CNT, y dirigido por Ramón Quadreny, que hacía aquí su debut cinematográfico (en los años 40 dirigiría largometrajes como «La alegría de la huerta», «La chica del gato» o «Ángela es así»)

domingo, 7 de agosto de 2016

Antecedentes sobre el impacto de la legislación laboral en el anarcosindicalismo chileno

Los siguientes momentos corresponden a un fragmento del capítulo "V.- La ofensiva estatal: legislación social y Dictadura (1924-1931)", del libro «Sin Dios, Ni Patrones. Historia, diversidad y conflictos del anarquismo en la región chilena (1890-1990)» de Víctor Muñoz Cortés; el cual pueden consultar íntegro haciendo clic aquí. El título del blog no corresponde a la fuente original. Hemos modificado la numeración de las citas para adaptarlas al formato blog.

Aunque casi 100 años nos separan de los episodios narrados, consideramos de urgente importancia —dado el contexto de resurgimiento del anarquismo en el mundo del trabajo y la contingencia del movimiento contra las AFP— estudiar las implicancias históricas del desarrollo estatal y legislativo en el movimiento obrero, anarquista y anarcosindicalista. Para tal efecto, recomendamos encarecidamente la lectura íntegra del libro mencionado. (N&A)



 



El Estado se transforma. Leyes sociales y resistencia
 

El 8 de septiembre de 1924 la Junta Militar obligó con su amenazadora presencia la aprobación del primer cuerpo legislativo en materia laboral del Estado de Chile, lo que constituyó un gran cambio en el sistema de relaciones entre el capital y el trabajo. Pero antes de continuar cabe detenerse un poco en el historial de leyes sociales y medidas de enfrentamiento que el Estado había utilizado hasta ese momento, para entender los nuevos cambios que operarán en la propia maquinaria gubernamental.

Durante todo el periodo en que usualmente se ubica la llamada “Cuestión Social” (1880 y 1925) no había un cuerpo legislativo que regulara los conflictos entre trabajadores y empresarios. Existía, no obstante, una variada cantidad de respuestas informales que solían aparecer en medio de los momentos de tensión y que se fueron modificando en el tiempo. 


En muchos casos las entidades laborales recurrían a ciertas autoridades administrativas para que oficiaran a favor de sus demandas. Ese fue el proceder predominante entre las sociedades de socorros mutuos del siglo XIX. Pero cuando el modelo orgánico laboral vinculado a las sociedades de resistencia irrumpió en tierras chilenas, se produjo un paulatino cambio en los métodos de presión. Además de la mediación informal de algunos representantes estatales (a la cual casi nunca se abandonó totalmente), se difundió exitosamente la idea de conquistar demandas por medio de la acción directa, principalmente por vía de huelgas. 

Anarquistas, socialistas y aún algunos miembros del Partido Democrático, contribuyeron a la radicalización del mundo asociativo popular. Esto derivó en que las condiciones de trabajo estuvieran directamente relacionadas con la propia capacidad de presión de los sindicatos.

El Estado modificó muy lentamente la forma de involucrarse en el mundo laboral. Durante la Cuestión Social, además de la intervención privada de algunos de sus miembros, el aparato administrativo se abocó principalmente al resguardo del orden público y a normalizar las faenas productivas en momentos de conflicto, mediante la protección de los rompe-huelgas o la facilitación de contingentes de fuerzas armadas para remplazar a los huelguistas. En momentos más tensos, el Estado procedió a reprimir violentamente a los trabajadores paralizados. El punto más dramático de esa actitud fueron las Matanzas que se ejecutaron en diversos lugares del país (Valparaíso, 1903; Santiago, 1905; Antofagasta, 1906; Iquique, 1907; Puerto Natales, 1919; San Gregorio, 1921; La Coruña; 1925) (1).


Pero junto a esta tendencia predominante del Estado en materia laboral, antes de 1925 hubo algunas puntuales medidas legislativas que buscaban reformar parcialmente la situación en que desarrollaban su trabajo los asalariados. Medidas que se deben en gran parte a la acción de algunos políticos bastante adelantados para la época.


En diciembre de 1917, por ejemplo, entró en vigencia el llamado Decreto Yáñez (en referencia a su precursor, Eleodoro Yáñez), que fijaba un método de mediación para solucionar las huelgas. El Intendente reuniría a representantes de trabajadores e industriales y él se ubicaría como relacionador. Se crearían “juntas de conciliación” y “comités de arbitraje”. Sin embargo, y debido a que la autoridad generalmente terminaba “asegurando la libertad de trabajo”, y protegiendo con ello a los rompehuelgas, escasamente los trabajadores paralizados recurrían a él. Por lo demás, los acuerdos no tenían valor legal y podían violarse fácilmente (2). 

Si bien el Decreto Yáñez no tuvo demasiada aplicación, su promulgación y sobre todo su contenido fueron un adelanto de la propia transformación del Estado en materia de relaciones laborales. Las leyes sociales promulgadas por la Junta Militar el 8 de septiembre de 1924 son el corolario de un proceso lento de sensibilización de la clase política y militar chilena. Pero son también el resultado indirecto de décadas de presión callejera.

Las Leyes Sociales de 1924 fueron principalmente siete: la n°4.053, sobre contratos laborales y regulación de trabajo de niños y mujeres; 4.054, reducción del 2% del salario del trabajador para el Fondo de seguridad social y jubilaciones; 4.055, sobre accidentes laborales; 4056, de regulación de conflictos laborales (toda huelga era ilegal); 4.057, de sindicalización legal (sindicatos profesionales e industriales), que prohibía asociarse a otros sindicatos para huelgas y prohibía las paralizaciones solidarias. La Ley también impedía la recolección de fondos económicos para sostener huelgas; 4.058, sobre cooperativas; y 4.059, que separaba a empleados de obreros, dando muchos más beneficios a los primeros y separándolos en la práctica, de los segundos (3).

Otra medida relacionada con las anteriores, fue el decreto por el cual el 1° de Mayo pasaba a ser un feriado legal. ¿Cuál era el objetivo de las leyes sociales? Varios autores coinciden en que no fueron promulgadas precisamente para beneficiar a los trabajadores. El historiador James Morris señaló: “el principal objetivo de estas leyes era prolongar el autoritarismo y no tomar un verdadero paso hacia una sociedad pluralista a través del incentivo hacia los sindicatos libres”(4). Peter DeShazo indica que, según sus estudios, “los militares deseaban lograr el mismo fin que las élites civiles, o sea, la aniquilación de los trabajadores organizados”(5).


En definitiva, parece ser que las Leyes Sociales vienen a controlar y acabar con la independencia del movimiento obrero. Como es de prever, la estrategia de los anarquistas fue mantener la autonomía de los sindicatos y de La Protesta social(6). El primer acuerdo de la Cuarta Convención Nacional de la IWW en enero de 1926, por ejemplo, invitaba a “luchar por la abolición total del Código del Trabajo y del Carnet Obligatorio”. Comenzaban así su lucha contra la sindicalización legal o forzosa, como le llamaban(7).


Por algún tiempo los anarquistas contaron con el apoyo de otros sectores, como el comunista (hasta que en la década del treinta la dirección de ese Partido dictó lo contrario). Y todos juntos llamaron a no legalizar los sindicatos. Los anarcosindicalistas se resistieron a las leyes sociales concretando campañas nacionales, como aquella que se articuló para detener la Ley 4.054 que descontaba del sueldo de los trabajadores un porcentaje para la jubilación(8). Esa empresa fue la más popular, porque dicha medida afectaba a todos y de forma inmediata. En cambio las otras leyes (las que controlaban el sindicalismo) solo dañaban directamente a las tendencias revolucionarias.


En noviembre de 1925 los libertarios crearon en Valparaíso el Comité Pro-abolición de la Ley 4.054(9). Le siguieron rápidamente desde la capital y otras ciudades en el norte y en el sur. El 22 de enero de 1926 entró en vigencia la Ley y desde entonces se reactivó la resistencia. El 20 de febrero los libertarios convocaron a un paro de protesta, pero la FOCH de los comunistas no acudió, dejando solos a los ácratas. El 30 de septiembre la Unión Industrial del Cuero inició una huelga señalando que el 2% debería ser cancelado por los empleadores(10). El gobierno llamó al diálogo para reformar la Ley y los trabajadores aceptaron. Una clara señal, según Peter DeShazo, de la debilidad de los mismos. El 1°, el 3 y el 5 de noviembre, mientras la UIC aún estaba en paro, hubo nuevos comicios en Santiago contra esa Ley en la que participaron todos los sectores reformistas y revolucionarios(11).


En diciembre hubo una gira al sur realizada por el “Comité Contra Ley 4054”, en la que viajaron el comunista Juan Chacón y el zapatero IWW Amaro Castro(12). Otra Ley que se combatió tenazmente fue la del contrato individual. Las organizaciones sindicales libertarias exigían el respeto de los convenios colectivos entre empleadores y sindicatos. En la defensa de esa demanda, hubo puntos de encuentros con otros sectores políticos para “rechazar el contrato individual y mantener contratos colectivos como único camino para defenderse”(13). Los miembros de la Federación de Obreros de Imprenta, que desde 1919 habían implantado su primer contrato colectivo (tarifado), fueron especialmente insistentes en ello(14). 


La huelga general del 17 de enero de 1927 fue la última gran manifestación social en donde se hicieron parte todas estas consignas. Iniciada por los trabajadores de ferrocarriles, sumó a todas las fuerzas sindicales y sociales existentes. Dada la diversidad y las divisiones internas, las demandas eran variadas y la unidad práctica casi imposible. Por su escasa proyección, por la represión, y por las disputas entre ideologías, la huelga acabó en desastre(15).


Todas las campañas contra el Código del Trabajo quedaron en la nada con la Dictadura militar del coronel Carlos Ibáñez del Campo, que desde febrero de 1927 y hasta julio de 1931 prohibió y persiguió, con relegación, exilio y muerte, a toda la oposición, y particularmente al movimiento revolucionario. La capacidad represiva contra el movimiento sindical disidente de la Dictadura, sirvió de marco ideal para la puesta en práctica de gran parte de la legislación en materia laboral.

Tomado del libro «Sin Dios, Ni Patrones. Historia, diversidad y conflictos del anarquismo en la región chilena (1890-1990)», Víctor Muñoz. 




1 - Una especie de extensión legislativa de la ideología “protectora del orden público”del Estado en materia laboral, fue la dictación en diciembre de 1918 de la Ley de Residencia, que facultaba a los intendentes para expulsar del país a todo extranjero que se considerara amenaza para la seguridad y unidad nacional. Con ella en mano, varios anarquistas y socialistas fueron lanzados tras las fronteras. Muchos de los afectados por aquella medida tenían un rol activo en el mundo sindical. Otro mecanismo de control en el movimiento obrero puede ser el retrato forzoso que el Estado y las empresas implantaron en algunas faenas productivas en 1917 tras vencer en la segunda huelga general de los gremios contra esa medida (la primera había sido ganada por los trabajadores en 1913)

2 - Peter DeShazo,Trabajadores urbanos..., op. Cit., p. 241, 244-245.

3 - Peter DeShazo,Trabajadores urbanos..., op. Cit., p. 309-310

4 - James Morris, citado por Peter DeShazo, Trabajadores urbanos..., op. Cit., p.308.

5 - Peter DeShazo,Trabajadores urbanos..., op. Cit., p. 308.

6 - Peter DeShazo,Trabajadores urbanos..., op. Cit., p. 331-336.

7 -“Sobre sindicalización forzosa”,La Voz del Mar, Valparaíso, 7 y 29 agosto 1925.

8 -“La ley 4054”,Adelante, Rancagua, diciembre de 1926; “La 4054”,El Obrero Gráfico, Antofagasta, 16 noviembre 1926; “Burda trampa de la Ley 4054”, El Obrero Gráfico, Valparaíso, 1 mayo 1926.

9 - Ya en 1903 se realizó un mitin en Valparaíso en protesta por la implementación del ahorro forzoso y obligatorio que se deseaba imponer en la pampa salitrera.“Actitud que se impone”, La Revuelta, Valparaíso, 11 noviembre 1903.

10 - “La Unión Industrial del Cuero fue a huelga indefinida”,Justicia, Santiago, 3 octubre 1926.

11 -“Brillante resultó el comicio”,Justicia, Santiago, 2 noviembre 1926. “El gran movimiento contra la Ley 4054”,Justicia, Santiago, 4 noviembre 1926. “Con el paro decretado por los gremios del rodado culmina hoy el movimiento contra la Ley 4054”,Justicia, Santiago, 5 noviembre 1926.

12-“Gira Comité contra Ley 4054”, La Región, Temuco, 26 diciembre 1926.

13-“Unión Gremial de Obreros y Empleados”, El Obrero Gráfico, Valparaíso, segunda quincena de agosto 1926.

14-“Nuestro contrato colectivo de trabajo”,El Obrero Gráfico, Valparaíso, segunda quincena de junio de 1926.

15 -“El gran movimiento nacional de la clase trabajadora”, Justicia, Santiago, 16 enero 1927.



miércoles, 27 de julio de 2016

Relato leído en el acto 80 años de la revolución social anarquista

El día martes 19 de julio de 2016, en la capital del saqueo de la región chilena, más de 150 personas se juntaron en Casa Volnitza para conmemorar el 80 aniversario de la revolución social ibérica de 1936. En la ocasión, se gestó un interesante diálogo entre camaradas, se proyectó el documental «Bajo el Signo Libertario», y se generó un conversatorio en donde a su vez se leyó parte de este relato que a continuación compartimos:



A las cuatro y cuarto de la madrugada del 19 de Julio de 1936 las tropas sediciosas del cuartel del Bruc, en Pedralbes (Barcelona), habían salido a la calle, dirigiéndose hacia el centro de la ciudad. Los obreros, apostados en las inmediaciones de los cuarteles, tenían la instrucción de dar el aviso y de no hostigar a los soldados hasta que no estuviesen ya muy alejados de los mismos. La táctica del Comité de Defensa Confederal había acordado que sería más fácil batir a la tropa en la calle que si permanecía atrincherada en los cuarteles.

El campo de fútbol del Júpiter de la calle Lope de Vega fue utilizado como punto de encuentro desde el que iniciar la insurrección obrera contra el alzamiento militar, por la cercanía del domicilio de la mayoría de anarquistas del grupo «Nosotros» y la enorme militancia cenetista existente en el barrio.

El Comité de Defensa de Pueblo Nuevo había requisado dos camiones de una cercana fábrica textil, que fueron aparcados junto al campo del Júpiter, Gregorio Jover vivía en el número 276 de la calle de Pujades. Ese piso, durante toda la noche del 18 al 19 de julio, se había convertido en el lugar de encuentro de los miembros del grupo anarquista «Nosotros», en espera del aviso de la salida a la calle de los facciosos. Lo acompañaban a Jover, Juan García Oliver, Buenaventura Durruti, Antonio Ortiz, Francisco Ascaso, Aurelio Fernández y José Pérez Ibáñez "el Valencia", todos ellos vecinos de Pueblo Nuevo.

Desde el piso de Jover alcanzaba a verse la valla del campo del Júpiter, junto a la que estaban estacionados los dos camiones. A las cinco de la mañana llegó un enlace comunicando que las tropas habían empezado a salir de los cuarteles. Las calles Lope de Vega, Espronceda, LLull y Pujades, que rodeaban el campo del Júpiter, estaban repletas de militantes cenetistas armados.

Una veintena de los más curtidos, probados en mil luchas callejeras, subieron a los camiones. Antonio Ortiz y Ricardo Sanz montaron una ametralladora en la parte trasera de la plataforma del camión que abría la marcha. Las sirenas de las fábricas textiles de Pueblo Nuevo comenzaron a ulular, llamando a la huelga general y la insurrección revolucionaria, extendiéndose a otros barrios y a los barcos surtos en el puerto. Era la señal acordada para el inicio de la lucha. Y esta vez la alarma de las sirenas cobraba su significado literal de tomar las armas para defenderse del enemigo: "al arma". Los dos camiones, bandera rojinegra desplegada, seguidos de un cortejo de hombres armados, cantando «Hijos del Pueblo» y «A las barricadas», animados por los vecinos asomados a los balcones, enfilaron hasta el Sindicato Anarcosindicalista de la Construcción en la Calle Mercaders, y luego a la rama anarquista metalúrgica y del transporte. Jamás las estrofas de esas canciones habían tenido tanto sentido : «aunque nos espere el dolor y la muerte contra el enemigo nos llamada el deber, el bien más preciado es la libertad, hay que defenderla con fe y con valor»; «en la batalla la hiena fascista con nuestros cuerpos sucumbirá, y el pueblo entero con los anarquistas hará que triunfe la libertad». (1)

Es así como el levantamiento fascista del ejército español desencadenó una fuerte resistencia proletaria y anarcosindicalista que, al menos en un primer momento, significó la destrucción de las bases de la sociedad capitalista. El Estado perdió razón de ser frente a la creación de asociaciones que organizadas federal y horizontalmente, socializaron los medios de producción, los servicios públicos y las tierras.

La revolución social anarquista de 1936 no fue espontánea, sin embargo. Tal proceso de construcción proletaria se venía gestando desde hace varias décadas en la región ibérica. En 1868, motivado por Mijaíl Bakunin, el italiano Giuseppe Fanelli realizó un viaje propagandístico con la tarea urgente de fundar secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT) en España. Durante su estadía, Fanelli fundó núcleos de la AIT en Madrid y Barcelona, a la vez que transmitió por primera vez las propuestas revolucionarias del anarcosindicalismo colectivista, ideas redactadas en el texto «El Programa de la Alianza Internacional de la democracia Socialista», en cuyo primer punto abogaba por «la abolición completa y definitiva de las clases y la igualdad social, política y económica de ambos sexos. Para llegar a este objeto, pide la abolición de la propiedad individual».

De este modo arribaron las ideas que influenciaron a miles de obreras y obreras de los campos y las ciudades de la región ibérica que, organizados en grupos de acción y propaganda, asociaciones diversas, ateneos libertarios, revistas y organizaciones anarcosindicalistas como Federación Regional Española (FRE), Federación de Trabajadores de la Región Española (FTRE), dotaron la capacidad básica necesaria para la organización de una sociedad sin Estado, capitalismo ni dominación del ser por el ser. Capacidad revolucionaria que tras varios intentos, logró concretarse en julio de 1936. Fueron CNT, la FAI, Mujeres Libres y la Federación Ibérica de las Juventudes Libertarias, las organizaciones que, heredando largos años de experiencia, lucha y organización, impulsaron y protagonizaron la revolución anarquista de 1936. Considerando lo anterior, podemos constatar que poco y nada de espontaneísmo hubo en aquel proceso, y sí muchos años de organización sindical, formación política, difusión y propaganda. Solo debido al trabajo de largo aliento el pueblo de la región ibérica logró vencer al fascismo, abolir el Estado, socializar las fábricas, los servicios públicos y las tierras. Fue gracias a incansables años de organización, infinitas asambleas, plenarios, giras propagandísticas e intentos fallidos de instaurar el comunismo libertario que los pueblos de la España de 1936 lograron vivir, al menos por un tiempo, en anarquía.

MUJERES LIBRES

En plena revolución social de 1936 se creó la organización anarcofeminista «Mujeres Libres». Llegaron a tener 20.000 afiliadas, y aunque ideológicamente se identificaron con los métodos anarcosindicalistas y fines de la CNT-FAI, procuraron siempre mantener su autonomía. Abordaron cuestiones como la capacitación de las mujeres obreras, pues consideraron que éstas se encontraban triplemente oprimidas: por el capitalismo, por ser mujeres y por la ignorancia. Entre las militantes y colaboradoras de Mujeres Libres podemos encontrar mujeres como Federica Montseny, Mercedes Comaposada, Lucía Sánchez Saornil, Pepita Carpena, Azucena Fernández Barba, Amparo Poch y Gascón y Soledad Estorach.



«Mujeres Libres, a pesar de la heterogeneidad de las ideas, de sus proyectos, del escaso desarrollo de sus propuestas, irradia en el presente una especie de brillo que cautiva y eso por es así por muchas razones: por la audacia en los contenidos de sus propuestas, por el arrojo de sus iniciadoras en proclamar los derechos sexuales, económicos, culturales y legales de todas las mujeres, por la tenacidad de sus militantes en defender una organización autónoma incluso contra vientos libertarios que no las aceptaban en su seno. Lo es también por los efectos de la hecatombe de la derrota, por el desastre de la dispersión, de la muerte, del exilio, de la cárcel de muchas de ellas, por el silencio que mantuvieron las que desde dentro trataron de seguir vivas. Lo es porque a pesar de todo ello, la historia de mujeres libres ha salido de debajo del polvo de décadas de olvido y puede hoy vincularse al feminismo contemporáneo que, sin saberlo tal vez, bebe buena parte de sus iniciativas de aquellas que a principios del siglo XX reclamaban para las mujeres españolas todas las libertades y derechos.

La historia de Mujeres Libres es tan corta como intensa. Dura apenas lo que la guerra permite. Se expande cuando la guerra se alarga, con ella gana militantes y con ella también pierde intensidad su actividad feminista. Se convierten en la organización de mujeres libertarias más importante que jamás antes hubiera existido» (2)


1- Barricadas en Barcelona - Agustin Guillamon

2- Sueños y pesadillas de las Mujeres Libres


martes, 26 de julio de 2016

AFPs, reformas, reformismo y anarquismo

El pasado domingo 24 de julio mares humanos colmaron La Alameda levantando una sola consigna: No + AFP. La capital del saqueo se vistió de tempestades anunciando un nuevo ciclo proletario de protestas. Ya no es solo por “educación gratuita y de calidad”, sino que por la supresión del régimen de las AFP, sistema de pensiones herencia del pinochetismo, profundizado por los partidos de la izquierda neoliberal. En la multitudinaria protesta que solamente en Santiago reunió a más de 300.000 personas, no faltaron columnas, grupos e individualidades anarquistas y anarcosindicalistas. En este contexto, en el seno del movimiento anarquista surgen interesantes debates: si no queremos más AFPs, ¿Qué sistema de pensiones sostener? ¿Participar y fortalecer el movimiento contra las AFPs constituye un atentado contra los principios anarquistas? ¿Si tal movimiento es reformista es una contradicción que el movimiento libertario participe en él? 

Para abordar tales cuestionamientos de una manera integral, consideramos importante dialogar a través de los matices de la terminología vinculada. Para tal efecto, usaremos y abusaremos de las palabras de Errico Malatesta y Emilio López Arango.

Para Errico Malatesta el anarquismo siempre ha sido reformista. Aclara, empero, que sería más certero calificar al anarquismo como un movimiento reformador (para distinguirlo del reformismo político vulgar). La revolución —nos explica—, en el sentido histórico de la palabra, significa la reforma radical de las instituciones, ejecutada raudamente por medio de la insurrección violenta del pueblo contra el arraigado poder y privilegio. En este sentido, el anarquismo no podría ser otra cosa que reformista. El anarquismo es revolucionario porque no quiere solamente mejorar las instituciones que existen ahora, sino destruirlas completamente, abolir todas y cada una de las formas de poder del humano sobre el humano y todo parasitismo, de todo tipo, sobre el trabajo humano. Pero la revolución no puede ocurrir a pedido. ¿Debemos, entonces, permanecer como espectadores pasivos, esperando que el momento correcto se presente?

Todo, tanto en la historia como en la naturaleza, ocurre gradualmente. Cuando una represa revienta es porque o bien la presión del agua ha crecido demasiado para que la represa siga conteniendo o por la desintegración gradual de las moléculas del material del que está hecho la represa. De igual modo, las revoluciones estallan bajo la creciente presión de aquellas fuerzas que buscan el cambio social y ese punto se alcanza cuando el gobierno existente puede ser derrocado y cuando, por procesos de presión interna las fuerzas del conservadurismo se debilitan progresivamente.

Pero nunca hemos de reconocer —y aquí es donde nuestro ‘reformismo’ difiere de aquel tipo de ‘revolucionismo’ que termina sumergido en las urnas de votación— las instituciones existentes. Hemos de llevar a cabo todas las reformas posibles en el espíritu en el que un ejército avanza siempre arrebatando en su camino el territorio ocupado por el enemigo. Y siempre hemos de permanecer hostiles a todo gobierno —ya sea monarquista como el de hoy o republicano o bolchevique, como el de mañana—.(1)

Con los anteriores párrafos, podemos reforzar la diferencia entre el carácter reformador del anarquismo y del reformismo vulgar del parlamenterismo democrático-representativo, por el otro. Más que reformista o propiciador del reformismo, el anarquismo es, para el anarquista italiano, reformador en un sentido revolucionario y libertario. Tal dirección anárquica no significa, sin embargo, el triunfo garantizado del movimiento. En efecto, cuando las clases oprimidas conforman movimientos de acciones directas por una conquista determinada, ante el temor de que tal arremetida se transforme en un movimiento que destruya los cimientos de la sociedad burguesa —o por las mismas necesidades del desarrollo del capitalismo—, tales demandas suelen verse expresadas en los códigos de las instituciones burguesas. La mayoría de las veces funcionales a los intereses de la clase dominante.

Sin embargo, exigir y construir las bases necesarias para erigir tales conquistas no es en sí mismo reformismo o revolucionario. Será lo uno o lo otro, según el medio/formas que se empleen para arribar a tal demanda (además del objetivo a concretar, por supuesto). Si se protesta mediante métodos proletarios libertarios (acción directa, protestas, asambleas, anarcosindicalismo) por el acceso a la salud o por el fin de las AFPs, no será necesariamente reformismo. Si lo hacemos presentándonos como parte de una candidatura para consignar tal medida desde las alturas del poder, sí lo será. Si nos organizamos horizontalmente en pos de mejorar nuestra seguridad, no tendría porqué ser reformismo. Si exigimos que tal seguridad sea proporcionada por las instituciones coercitivas del Estado, sí lo será.

Complejizando tales distinciones prácticas y terminológicas, Emilio López Arango nos plantea un necesario ejercicio crítico del reformismo. Para el histórico militante de la FORA, el reformismo no se expresa únicamente en los cambios que sufre la estructura jurídica del Estado, sino que también en el traspaso de las riquezas y de los privilegios detentados por una minoría. Los señores feudales y la nobleza propietaria se vieron obligados a dar cabida en su mesa a la clase burguesa, adueñada del poder político. La revolución del siglo XVIII dio un golpe de muerte al feudalismo. Mas el problema social quedó en pie con ese traspaso de poderes y de títulos de propiedad. ¿Podría el proletariado, mediante un acto de fuerza que le diera el control de la máquina capitalista, eliminar de un golpe todas las diferencias de clase y de casta? ¿No sería más probable que, aplicando el método histórico de los marxistas, creara en su seno nuevos privilegiados y nuevos gobernantes, que serían precisamente los jefes políticos o los funcionarios sindicales? (2) Así, el reformismo no solo se expresa en la política parlamentaria o de la socialdemocracia, sino que también en los sectores que propugnan la dictadura del proletariado. El reformismo no está en el hecho natural de que los obreros reclamen mejoras económicas, sino en la subordinación de la ideología socialista totalitaria a un programa que tiende a perpetuar el régimen del salariado.(3)

Además de las tácticas socialistas democráticas y de los marxistas dictatoriales, para López Arango el reformismo también se expresa en los sectores sindicalistas apolíticos o en compañeros que abogan por prácticas "libres de dogmatismos". Tales posturas, al rechazar sistemáticamente todo compromiso con un “dogma”, dejan sentado el concepto fatalista del marxismo, pues confían al desarrollo industrial de las naciones y a la prevalencia cada vez más absorbente del capitalismo, la tarea de crear en los pueblos y en los individuos las aptitudes necesarias para preparar y realizar la revolución.(4) Tal actitud de los sindicalistas apolíticos o de compañeros que se dejan llevar por los movimientos sin un análisis teórico anarquista de las condiciones existentes, pueden ser arrastrados con mayor facilidad por el devenir de la ideología dominante. Si en la autogestión obrera no se incorpora integralmente el anarquismo —nos advierte Murray Bookchin—, la gestión tiende a prevalecer sobre el auto (de sí, para sí); la administración tiende a asumir el control sobre la autonomía del individuo. Gracias a la influencia ejercida por los valores tecnocráticos sobre el pensamiento del hombre, la individualidad —que reviste una importancia fundamental en la concepción libertaria de la organización de la vida en todos sus aspectos—, tiende a ser sustituida, con un juego sutil pero inexorable, por las virtudes de eficaces estrategias administrativas. Como consecuencia, se va promoviendo la autogestión no tanto con finalidad libertaria cuanto por metas funcionales, y esto ocurre incluso en los sindicalistas más comprometidos. (5)

Volviendo con López Arango, cabe destacar que considera que sería un gran error sostener que todas las conquistas del proletariado son estériles y que no representan nada en la marca del progreso. ¿Acaso es lo mismo —arguye nuestro autor— trabajar diez o doce horas que limitar a ocho o seis la jornada de trabajo? (...) Rechazar ese positivo mejoramiento en las condiciones materiales del asalariado con el argumento de que perdura el sistema capitalista aunque la jornada de trabajo se reduzcan a cuatro o dos horas, supone tanto como defender la teoría de la miseria como factor de la revolución. Por otra parte, ¿es posible eludir el esfuerzo que reclama la lucha cotidiana contra la explotación capitalista, conservando todas las energías para dar el golpe de gracia al capitalismo cuando se agote la paciencia de los trabajadores? ¿Se puede acumular en alguna parte la energía que se pierde en la espera del gran acontecimiento? ¿O es que la inercia constituye un caudal de fuerzas ignoradas que se concentran en algún punto de la tierra y que explosionan al mágico conjuro de un genio desconocido por los hombres?

La realidad nos demuestra que toda conquista fundamental está condicionada por conquistas parciales. No se puede llegar a la revolución social de un salto sobre el infinito sin partir de un punto dado y seguir una determinada trayectoria de esfuerzos y realizaciones. Un programa total anarquista, que no extrae ninguna experiencia del presente que no se manifiesta en ningún propósito actual termina siendo una negación y defender la tesis empírica de “todo o nada” equivale a negar la posibilidad de que los trabajadores realicen por sí mismos su emancipación económica y social.(6)


N&A





5- La autogestión, si no existen individuos capaces de gestionarse autónomamente, corre el riesgo de transformarse en cualquier cosa que sea exactamente su opuesto: una jerarquía basada en la obediencia y el mandato. La abolición de las clases no compromete mínimamente la existencia de estas relaciones jerárquicas. Estas pueden subsistir en el interior de la familia, entre los sexos y entre los diferentes grupos de edad, entre los grupos étnicos y en el interior de los organismos burocráticos, lo mismo que en los grupos sociales administrativos que pretenden realizar la política de una organización o de una sociedad libertaria. (Autogestión y nueva tecnología: la imaginación contra la máquina - Murray Bookchin) 



viernes, 24 de junio de 2016

Carlos Taibo en Chile: Reseña + audio

Carlos Taibo es un compañero oriundo de la región ibérica. Es considerado uno de los máximos exponentes libertarios del decrecimiento como teoría crítica de la subjetividad capitalista del desarrollo. Ha escrito muchos libros y ensayos, abarcando temas como la globalización, el belicismo y la geopolítica en donde se destaca como experto en los procesos contemporáneos de la transición a la democracia liberal en Europa del Este, la desintegración de Yugoslavia, la ecología, los movimientos políticos, populares y de acciones directas. En este sentido, ha promovido y potenciado el ala libertaria del 15 M, generando un interesante trabajo en cientos de espacios autogestionados, antidesarrollistas y anarcosindicalistas de diferentes confederaciones. Es además profesor de Ciencias Políticas en la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador de diferentes medios de comunicación. Algunos de sus últimos libros de especial interés para el ideario ácrata son «¿Tomar el poder o construir la sociedad desde abajo?» y «Repensar la Anarquía», entre muchos otros. A continuación, compartimos la reseña de la conferencia celebrada en Casa Volnitza, la tarde del viernes 17 de junio de 2016.  (N&A)

La casa Volnitza abrió sus puertas al encuentro con uno de los pensadores anarquistas contemporáneos más lúcidos en materia de ecología social y prácticas libertarias. El día viernes 17 de junio, nos reunimos atendiendo a una inesperada convocatoria: el profesor Carlos Taibo se encontraba de paso por la región chilena y estaba dispuesto a compartirnos su palabra.

Unas ciento cincuenta personas nos reunimos en el reducido espacio de la casa para atender a la exposición del orador y autor de una prolífica obra historiográfica y de análisis político. Y si la intervención del compañero Taibo fue esclarecedora, las intervenciones que se sucedieron en la ronda de preguntas fueron aún más demostrativas de que en esta región que habitamos, no sólo hay una sed de reunión y de encuentro sino de asumir los aportes ideológicos para adaptarlos a una lucha con identidad e historia propia. En este sentido, la mayoría de las y los jóvenes asistentes hicieron énfasis en la comprensión de un contexto de desarrollismo extractivista que impone el priorizar la lucha en defensa de los territorios. Esto supone, sin dudas, un considerar las prácticas y formas organizativas autonómicas de nuestras comunidades originarias.

Compañeros de distintas iniciativas libertarias se hicieron presente en este encuentro con la palabra. Así, cabe mencionar a los compañeros de la Editorial Eleuterio, La Conquista del Pan, el Sindicato de Oficios Varios de Santiago y otras organizaciones cercanas al sindicalismo revolucionario. Entre todos construimos un ambiente distendido y de grata retroalimentación, el más propicio para atender a nuestras diversas perspectivas. Por esa noche, la capital del cielo nublado de gases que no ha podido con los pulmones de tantos jóvenes sedientos de libertad, se rindió ante el ceremonioso silencio de una muchachada que atiende a los encuentros formativos que reconoce verdaderamente emancipatorios. Así, un evento que entre las blancas paredes de un cláustro pudiese ser considerado protocolarmente académico, en los espacios de la casa Volnitza se puede tornar en práxis de educación libertaria, una educación que es capaz de reunir a estudiantes y trabajadoras en formas organizativas que plantean un horizonte sin jerarquías.

Es por ello que apelamos a la multiplicación de estas iniciativas. La educación es un proceso de socialización. Y esa socialización debemos procurárnosla con criterios propios, prestando atención a nuestro contexto y ejerciendo la crítica transformadora. Si los centros que se pretenden educativos (y ejercen mero adoctrinamiento), privados y/o estatales, cierran sus puertas a nuestra formación integral, forjemos nuestra humanidad más digna al margen de toda estructura opresiva, en el seno de iniciativas libertarias que logren federarse y apuntalar una profunda y verdadera transformación social. Construyamos anarcosindicalismo en cada centro de trabajo, forjemos idea transformadora en cada toma, avancemos hacia la libertad, que es la libertad de todos y todas.

Lo que sigue es una grabación de aquel encuentro que produjo a Taibo una grata impresión. Ojalá se repita. Y ojalá en esa repetición, la voz de nuestras compañeras se sobreponga a los esfuerzos invisibilizadores del ego macho para explicar por qué, en estas regiones, no se puede descolonizar sin despatriarcalizar.

Nos lo debemos, compañeras.

Salud y Anarquía 

Fuente: «El Canto de la Arpía»