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miércoles, 26 de agosto de 2015

Cambio de táctica - Manuel González Prada

Cuando los gobiernos temen alguna convulsión política o social, suscitan discordias internacionales o fingen creer en los propósitos bélicos de sus vecinos. Invocando el amor a la patria, arrojan una ducha helada sobre el calor tórrido de los más levantiscos. Naturalmente, el mundo oficial proclama la necesidad de armarse; y como para ello se requiere dinero, vienen en seguida las operaciones financieras. Realizado el armamento de la Nación, se vuelve contra los adversarios interiores el arma traída para servir contra el enemigo exterior: el aumento de la fuerza militar coincide casi siempre con la disminución en las libertades públicas. 

Más que para defender la integridad del territorio y el honor de la bandera, los gobiernos fomentan, pues, ejércitos para contener las revoluciones y afianzarse en el poder. Sin compactas legiones de pretorianos, el Sultán yacería en el fondo del Bósforo, el Zar se bambolearía en el extremo de una soga, el Emperador de Alemania bramaría en la jaula de un manicomio, el Rey de España haría de monaguillo en una escuela de hermanos cristianos, el Emperador de Austria serviría de portero en una casa de señoras amables y complacientes. 

Al ejército se le encomia, no sólo por ejercer el noble oficio de guardián de las fronteras sino por desempeñar en las ciudades la altísima función de mantener el orden público; es decir, salvaguardar la vida y los intereses de los ciudadanos. Por ciudadanos entiéndase clases privilegiadas, pues a nadie se le ocurriría figurarse que rifles y cañones sirvan para defender el pellejo y los harapos de la muchedumbre: la canalla no vale como persona defendible, sino como fuerza muscular explotable. 

¡El orden público! Estas palabras encierran la virtud de ser usadas con tanto derecho por un autócrata de Asia como por un presidente de Suiza. El orden público, dice el Sultán, y siembra cien mil o doscientos mil cadáveres en los pueblos de Armenia y Macedonia; el orden público, dice el Zar, y lanza sus cosacos a vengar en el huelguista ruso los golpes recibidos en Manchuria; el orden público, dice el reyezuelo del África Central, y manda empalar al prisionero traidoramente cogido en una razzia; el orden público, dice el grotesco presidente de Bolivia, y se enrojece las manos en la sangre de Lanza, después de habérselas dorado con el oro chileno. 

Hay orden público mientras el patrón esquilma desvergonzadamente al proletario; reina el desorden, si el proletario no quiere seguir dejándose sacrificar por los patrones. Si un caldero estalla y produce la muerte de diez o doce operarios, no se altera el orden público; pero si treinta o cuarenta operarios destrozan el motor de una fábrica, el orden público se halla seriamente amenazado. 

La amenaza exige medidas de represión cuando los jornaleros suspenden sus faenas para demandar aumento de salario y disminución en las horas de trabajo. Si el grupo rebelde no es numeroso, se le aísla, se le cortan los víveres y se le somete por el hambre. Si la huelga adquiere proporciones alarmantes y posee la fuerza suficiente para arrollar al polizonte o guardia civil, entonces acude el soldado.

Es de verse el heroísmo del ejército para defender al ahíto y despachurrar al hambriento. De general a soldado raso, todos revelan el mismo encono y la misma fiereza con el huelguista. ─¿Pides pan?, pues come hierro y plomo.─ ¿Pides justicia?, pues calla eternamente. Las ciudades se transforman en selvas, los obreros en animales de caza, los militares en sabuesos y galgos. Los que se dejaron arrollar en las fronteras o retrocedieron ante los negros de África marchan de triunfo en triunfo, pisoteando las entrañas de niños, de mujeres y de ancianos. Porque el heroico defensor del orden público descarga el rifle, sin averiguar por qué ni sobre quién, importándole un bledo que la bala hiera al amigo, al hermano, al padre o al hijo. Merced al ambiente degenerador de la caserna, el hombre se transforma en animal adiestrado para embestir a sus compañeros; peor aún: se convierte en máquina para funcionar con rigidez matemática, pulverizando con tanta indiferencia al grano que nada siente como a la carne que gime de dolor.

Y ¡esto nos ofrecen por tema de admiración y ejemplo los glorificadores de la carrera militar! No, no merecen admiración ni pueden servir de modelo los polizontes del rico, los sicarios del obrero, los profesionales del asesinato. ¿Puede haber cerebro más lóbrego ni corazón más duro que el cerebro y el corazón de un hombre encanecido bajo el uniforme? Lo más inteligente y lo más sensible de un viejo inválido es su pata de palo. Por abusivos y despóticos, por inflados y soberbios, por inhumanos y crueles, todos los portadores de sable son igualmente aborrecibles, desde el gran mariscal que llora lágrimas de cocodrilo al divisar el campo de batalla donde acaba de hacer morir a cincuenta mil desgraciados, hasta el cabo instructor que arroja una lluvia de palos sobre el humilde recluta por no haber adquirido el suficiente grado de embrutecimiento para convertirse en autómata de evoluciones militares. 

La Humanidad avanza muy lentamente, porque al acelerar el paso, tropieza en las redes de un sacerdote o se hiere en la bayoneta de un soldado. El reino del sacerdocio declina: el imperio de la milicia no da señales de concluir. El hisopo nos arroja de cuando en cuando algún asperges inofensivo aunque mal intencionado; el sable nos quebranta diariamente los huesos o nos desangra las venas. La blusa tiene su peor enemigo en la casaca. La sociedad burguesa puede compararse a un vetusto edificio que amenaza ruina. Los nobles, los capitalistas y los sacerdotes son apolillados y endebles puntales que nada sostienen; las columnas de hierro macizo, los que impiden el derrumbamiento final, son los militares. 

Los actuales horrores de Rusia revelan todo lo que saben realizar los defensores del orden público. De una huelga contenida con el rifle, de esa revolución sofocada por el pretoriano, de esa muchedumbre azotada, sableada y fusilada, surge una lección. Se impone un cambio de táctica. El poder destructor de las armas modernas, la velocidad en la transmisión de órdenes por medio del telégrafo, la facilidad de la concentración y movilización de enormes masas aguerridas, hacen muy difícil, si no imposible, el buen éxito de revoluciones populares, sin base en alguna fracción del ejército. Se gira en un círculo vicioso: las revoluciones no triunfan sin soldados, y las revoluciones hechas con militares corren peligro de degenerar en cesarismos o simples cambios de jefes. 

Según Rousseau, «ninguna revolución merece llamarse buena si cuesta la vida de un solo hombre». Resucitaríamos al buen ginebrino para que en Rusia consumara hoy una revolución sin sacrificar algunos miles de hombres, unas cuantas decenas, cuando menos. Mucho dudamos que el Zar, los grandes duques y todos los magnates moscovitas cedieran a los argumentos del filósofo y se despojaran de sus derechos adquiridos. A ciertos felinos no se les arranca la presa sin arrancarles los dientes.

La bondad de una revolución estribaría en sacrificar el menor número de hombres, escogiendo los más culpables y más elevados: un cachetero en la cerviz del toro hace más que diez banderillas o mil alfileres en lomos y patas. Si gracias a la perfección del armamento se dificulta la acción popular, merced al formidable poder de las substancias explosivas se centuplica el radio de la acción individual: un solo hombre consuma la obra que no puede realizar una muchedumbre.
El Zar que no pierde su serenidad ante las carnicerías de la guerra en Asia ni se conmueve con los asesinatos cometidos por la soldadesca en Rusia palidece al oír la muerte de Sergio y tiembla como un niño al pensar que su armazón de huesos y pellejo corre peligro de saltar desmenuzada en mil pedazos.

Manuel González Prada


Escrito entre 1904 y 1909


 

sábado, 8 de agosto de 2015

Manuel González Prada - La autoridad (1904)



Manuel González Prada y Ulloa nació en Lima el 5 de enero de 1844. En el capítulo sobre la historia del anarquismo en Perú presente en el libro «El anarquismo en America Latina», Ángel Cappelletti nos relata enriquecideres páginas –que pronto subiremos al blog– acerca de las diferentes etapas en el pensamiento del prodigioso autor de origen peruano, que evolucionó desde un liberalismo radical anticlerical hacia un socialismo profundamente libertario. El siguiente texto fue publicado en el libro «Anarquía», a mediados de siglo pasado, compilación de escritos de Manuel González Prada. (N&A)

Según los antiguos, el poderoso Zeus, al arrebatarle la libertad a un hombre, le quitaba la mitad de su virtud. Muy bien: perdemos lo más grande y lo mejor de nuestro ser al sufrir el oprobio de la esclavitud; pero ¿qué ganamos desde el instante que ascendemos al rango de autoridad? Cojamos al ente más inofensivo, otorguémosle la más diminuta fracción de mando, y veremos que instantáneamente, como herido por una vara mágica, se transforma en un déspota insolente y agresivo.

Pocos, poquísimos hombres conservan en el mando las virtudes que revelan en la vida privada. La piedra de toque para valorizar a un alma no debemos buscarla en el infortunio sino en el poder: encumbremos al justo, y en la cima le descubriremos imperfecciones que no le notábamos en el llano.
                
Nada corrompe ni malea tanto como el ejercicio de la autoridad, por momentánea y reducida que sea. ¿Hay algo más odioso que un niño vigilando a sus condiscípulos, que un sirviente haciendo el papel de mayordomo, que un jornalero desempeñando el oficio de caporal, que un presidiario convirtiéndose en guardián de sus compañeros? Si alguacil, si nada más que sustituto de alguacil pudiéramos nombrar al inerme gusano, al punto lograríamos metamorfosearle en víbora.
                
Preguntaba un viejo yanqui a un inmigrante recién desembarcado en Nueva York:
                    
 -¿Es usted republicano?
          
 -No; yo no soy republicano.
           
-¿Es usted demócrata?
           
-No; yo no soy demócrata.
           
-¿Entonces ...?
           
-Soy de la oposición; siempre contra el Gobierno.

Este dialoguillo resume los sentimientos de un alma libre, rechazando el principio de autoridad y declarándole guerra donde le encuentra. ¡Ojalá todos pensaran como él!

Porque, si en opinión de los fanáticos, el principio de la sabiduría es el temor de Jehovah, en concepto de los hombres libres la cordura de un pueblo estriba en el menosprecio a la autoridad. Eso que llaman desacato y lesa majestad carece de sentido para gentes emancipadas, sólo tiene significación para el enjambre de palaciegos y cortesanos.

¡Qué náuseas sentiríamos si conociéramos el número de crímenes y bajezas que simbolizan la banda de un presidente, la mitra de un obispo, la medalla de un magistrado y las charreteras de un general! ¡Cuántas genuflexiones y curvaturas! ¡Cuántos empeños y chismes! ¡Cuántos perjurios y cohechos! ¡Cuántas prostituciones de las madres, de las hermanas, de las esposas y de las hijas! A mayor encumbramiento, mayor ignominia, pues hubo que arrastrarse más para subir más alto.

Las muchedumbres no deben alucinarse con títulos pomposos ni dejarse deslumbrar con uniformes o vestiduras churriguerescas. Se hallan en la obligación de repetirse noche y día que el mando no implica superioridad sobre la obediencia, que la blusa del jornalero no tiene por qué humillarse al frac del Presidente. Si cabe alguna diferencia entre el Jefe Supremo y el simple ciudadano, ella redunda en honor del segundo: el ciudadano paga; el Jefe Supremo recibe la remuneración: uno es el amo; el otro es el doméstico. Los pequeños y los grandes dignatarios de la nación no pasan de lacayos más o menos serviles; todo uniforme es librea, como todo sueldo es propina.

Odiemos, pues, a las autoridades por la única razón de serio: con el solo hecho de solicitar o ejercer mando, se denuncia la perversidad en los instintos. El que se figura tener alma de rey, posee corazón de esclavo; el que piensa haber sido creado para el señorío, nació para la servidumbre. El hombre verdaderamente bueno y libre no pretende mandar ni quiere obedecer: como no acepta la humillación de reconocer amos ni señores, rechaza la iniquidad de poseer esclavos y siervos.

1904

Manuel González Prada 

Tomado del Libro El Anarquismo en América Latina.



Otros textos de Manuel González Prada 

Literatura: “Anarquismo y literatura social latinoamericana: Rafael Barret y Manuel González Prada", por Sebastian Allende.