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miércoles, 8 de octubre de 2014

Anarquismo y violencia comunicacional


Mientras más se asocie comunicacionalmente al anarquismo con violencia, el anarquismo, paradójicamente, será menos violento. Eso bien lo saben los enemigos del anarquismo, es por ello que, entre otras razones, los medios de comunicación del Poder asocian permanentemente al anarquismo con violencia

Me explico:

Si el anarquismo es presentado hacia la sociedad como vil violencia, como destrucción por la destrucción, como fuego y desorden, el anarquismo perderá influencia como idea a considerar por las personas y será cada vez más minoritario, y en efecto, el anarquismo será menos violento, es decir, no tendrá la capacidad de resistir con la fuerza de la organización social contra la violencia jerárquica del Estado y el Capital. 

En cambio, si el anarquismo es asociado con lo que verdaderamente es, es decir: Igualdad (Entendida como una relación social en horizontalidad), organización, autogestión (Entendida como la socialización de los medios de producción, es decir, la administración política y económica de las cosas por las comunidades), federalismo libertario, apoyo mutuo, en fin, relaciones sin dominación, el anarquismo crecerá como movimiento, ya que será mejor acogido por las personas, y por tanto, será más violento, en cuanto al ser una idea con más influencia social podrá hacer frente a la violencia del capitalismo y el Estado.




Texto recomendado:

lunes, 7 de abril de 2014

Violencia y no violencia en el pensamiento de Malatesta - Ángel Cappelletti



Mientras algunos de sus adversarios, en el campo de la izquierda, y concretamente los socialistas y comunistas, acusaron a veces a Malatesta de «tolstoiano», otros, más alevosos, desde la derecha, se esforzaron por presentarlo como feroz iconoclasta y predicador de la más ilimitada violencia.

A propósito de Malatesta, escribe Luigi Fabbri:

«Una vez, a cierto sectarismo frío que, a ejemplo de Torquemada, parecía dispuesto a sacrificar media humanidad para salvar, para la otra mitad, la árida fórmula de un principio, tuvo que decir: “iYo daría todos los principios por salvar a un hombre!”. Otra vez, contra un terrorismo que se cree revolucionario porque le parecen necesarias las ejecuciones en masa para el triunfo de la revolución, Malatesta exclamaba: “Si para vencer se debiese elevar la horca en las plazas, preferiré perder”. En julio de 1921, en su proceso de Milán, terminó sus declaraciones a los jurados con algunas palabras de dolor por la lucha feroz desencadenada en el país del fascismo, lucha “que repugnaba a todos y no beneficia a ninguna clase o partido”. Y en las tres ocasiones no faltaron los que acusaron a Malatesta de tolstoiano o cosa peor» (Malatesta p. 28-28).

Pero, poco más adelante, añade el mismo Fabbri:

«Una de las injusticias de que Malatesta fue víctima durante muchísimo tiempo, y que en 1919-1920 se agravó por todas las maldades y las ferocidades que el odio de clase suscitó entonces en contra suya, fue la leyenda que le describía como un promotor de desórdenes, como un teorizador del homicidio, como un violento en la propaganda y en los hechos, como un energúmeno sediento de sangre. Se encontrarán los rastros de ello no sólo en los periódicos conservadores, reaccionarios y policíacos, sino hasta en algún periódico de ideas avanzadas. Recuerdo, entre otros, un violento e innoble artículo contra Malatesta en L’lniciativa Republicana, de Roma, en el que se aseguraba que provocaba por capricho tumultos sangrientos, mientras era bien evidente que estos siempre eran provocados por la policía italiana con el deliberado propósito, sea de detener los progresos del movimiento revolucionario, sea de crear una ocasión propicia para desembarazarse de un modo u otro del temido agitador. El haber estado mezclado, desde 1870 en adelante, directa o indirectamente, en una cantidad de movimientos y tentativas revolucionarias e insurrecciones europeas, y junto a los informes fabulosos de las policías de todos los países, que el periodismo burgués y ciertos escritores a lo Lombroso, por servilismo profesional o por ignorancia, tomaban por oro de ley, habían facilitado la difusión de la estúpida leyenda» (Malatesta, p. 29).

La verdad es que Malatesta no era un partidario de la resistencia pasiva y de la no violencia, pese a la estima que sentía por Tolstoi, ni tampoco un partidario de la violencia destructora e indiscriminada, de los atentados y las bombas arrojadas alegremente contra justos y pecadores. Aun sin haber leído ninguno de los textos que consagró en diversas ocasiones al problema de la violencia, podríamos asegurarlo a partir de un conocimiento básico de su carácter moral y de su ideario general.

Su posición a este respecto, se acercaba quizás más que a la de ninguno de los grandes teóricos del anarquismo, a la de Kropotkin.

Ante todo, Malatesta rechaza la idea de la violencia como incompatible con el anarquismo. Pero aclara, en seguida, que precisamente por eso éste reconoce a todo hombre el derecho de rechazar la violencia, inclusive violentamente, cuando ello fuera necesario.

Escribe, así, el 25 de agosto de 1921, en Umanitá Nova:

«Los anarquistas están en contra de la violencia. Esto es cosa sabida. La idea central del anarquismo es la eliminación de la violencia de la vida social, es la organización de las relaciones sociales fundadas sobre la libertad de los individuos, sin intervención del gendarme. Por ello somos enemigos del capitalismo que obliga a los trabajadores, apoyándose sobre la protección de los gendarmes, a dejarse explotar por los poseedores de los medios de producción o incluso a permanecer ociosos o a sufrir hambre cuando los patrones no tienen interés en explotarlos. Por ello somos enemigos del Estado, que es la organización coercitiva, es decir, violenta, de la sociedad. La violencia sólo es justificable cuando resulta necesaria para defenderse a sí mismo y a los demás contra la violencia. Donde cesa la necesidad comienza el delito… El esclavo está siempre en estado de legítima defensa y, por lo tanto, su violencia contra el patrón, contra el opresor, es siempre moralmente justificable y sólo debe regularse por el criterio de la utilidad y de la economía del esfuerzo humano y de los sufrimientos humanos».

Nada más falso, entonces, para Malatesta, que considerar al anarquismo sinónimo de violencia. Pero ésta es precisamente la idea que de él ha sembrado la prensa y la literatura burguesa durante más de un siglo. La imagen del anarquista como tirabombas, como fautor por excelencia de la violencia y del desorden gratuito, es algo que se originó en la mala fe y en el ánimo esencialmente hipócrita y mentiroso de la propaganda capitalista y gubernamental, pero que hoy perpetúa la estupidez y la ignorancia de la mayoría de los medios de comunicación de masas.

Por eso Malatesta insiste en demostrar que es precisamente el rechazo de la violencia el rasgo específico y definitorio de la doctrina anarquista. En un ensayo publicado el 1 de septiembre de 1924, en Pensiero e Volontá, escribe:

«Hay por cierto otros hombres, otros partidos, otras escuelas tan sinceramente devotas del bien general como podemos serlo los mejores de nosotros. Pero lo que distingue a los anarquistas de todos los demás es justamente el horror por la violencia, el deseo y el propósito de eliminar la violencia, es decir, la fuerza material, de las competencias entre los hombres. Se podría decir entonces que la idea específica que distingue a los anarquistas es la abolición del gendarme, la exclusión de los factores sociales de la regla impuesta mediante la fuerza bruta, sea ésta legal o ilegal. Pero entonces se podrá preguntar por qué en la lucha actual contra las instituciones político-sociales que consideran opresivas, los anarquistas han predicado y practicado, y predican y practican cuando pueden, el uso de los medios violentos que están sin embargo en evidente contradicción con sus fines. Y esto hasta el punto de que en ciertos momentos muchos adversarios de buena fe creyeron –y todos los de mala fe fingieron creer– que el carácter específico del anarquismo era justamente la violencia. La pregunta puede parecer embarazosa, pero es posible responderla en pocas palabras. Ocurre que para que dos personas vivan en paz es necesario que ambas deseen la paz, si uno de los dos se obstina en querer obligar por la fuerza al otro a trabajar para él y a servirlo, para que ese otro pueda conservar su dignidad de hombre y no quedar reducido a la más abyecta esclavitud, pese a todo su amor por la paz y por el entendimiento, se verá sin duda obligado a resistir a la fuerza con medios adecuados»

Para Malatesta, pues, sólo el uso de la fuerza justifica el uso de la fuerza; sólo la legítima y natural defensa contra toda forma de violencia, pero, sobre todo, contra la permanente e institucionalizada violencia del Estado, justifica el uso de la violencia.

Dice, con su característica fuerza y concisión, en el número correspondiente al 9 de mayo de 1920 de Umanitá Nova:

  «Nosotros no queremos soportar ninguna imposición forzada. Queremos emplear la fuerza contra el gobierno porque éste nos tiene dominados por la fuerza. Queremos expropiar por la fuerza a los propietarios, porque éstos detentan por la fuerza las riquezas naturales y el capital fruto del trabajo, y se sirven de ella para obligar a los demás a trabajar en su propio beneficio. Combatiremos con la fuerza a quienes quieran retener o reconquistar con la fuerza los medios que les permiten imponer su voluntad y explotar el trabajo de los demás. Resistiremos con la fuerza contra cualquier “dictadura” o “constituyente” que quisiera sobreponerse a las masas en rebelión. Y combatiremos al Gobierno, como quiera que haya llegado al poder, si hace leyes y dispone de medios militares y penales para obligar a la gente a la obediencia. Salvo en los casos enumerados, en los cuales el empleo de la fuerza se justifica como defensa contra la fuerza, estamos siempre contra la violencia y en favor de la libre voluntad»

Refiriéndose a la ineludible violencia que comporta toda revolución, pero sobre todo una que pretenda cambiar desde sus mismos fundamentos las relaciones humanas y sociales, explica Malatesta en un artículo aparecido también en Umanitá Nova, el 18 de julio de 1920:

«Como la revolución es, por la necesidad de las cosas, un acto violento, tiende a desarrollar, más bien que a suprimir, el espíritu de violencia. Pero la revolución realizada tal como la conciben los anarquistas es la menos violenta posible y desea frenar toda violencia apenas cesa la necesidad de oponerse a la fuerza material del gobierno y de la burguesía. Los anarquistas sólo admiten la violencia como legítima defensa; y si están hoy en favor de ella, es porque consideran que los esclavos están siempre en estado de legítima defensa. Pero el ideal de los anarquistas es una sociedad de la cual haya desaparecido el factor violencia, y ese ideal suyo sirve para frenar, corregir y destruir el espíritu de prepotencia que la revolución, en cuanto acto material, tendería a desarrollar».

Estas líneas, escritas en los primeros tiempos de la revolución bolchevique de Rusia, revelan el mismo espíritu que las cartas de Kropotkin a Lenin en aquellos días. Pensando precisamente en la dirección que aquella revolución estaba ya tomando, añade, a continuación, Malatesta:

«El remedio no podría ser en ningún caso la dictadura, que sólo puede fundamentarse en la fuerza material y tiende necesariamente a la glorificación del orden policial y militar».

En los días iniciales del fascismo, cuando las bandas armadas y el recién asumido gobierno hacen gala de su amor por la violencia y glorifican el uso de la fuerza bruta. Malatesta los asimila a los revolucionarios que sólo piensan en la venganza y sólo luchan movidos por el odio y el deseo de aplastar al enemigo vencido. Dice, así, en un artículo publicado en Fede, el 28 de octubre de 1923:

«Estamos en principio contra la violencia y por ello querríamos que la lucha social, mientras ocurre, se humanizara lo más posible. Pero esto no significa en absoluto que queramos que esa lucha sea menos enérgica y menos radical, pues consideramos más bien que las medidas a medias llegan en fin de cuentas a prolongar indefinidamente la lucha, a volverla estéril y a producir, en suma, una cantidad mayor de esa violencia que se querría evitar. Tampoco significa que limitemos el derecho de defensa a la resistencia contra el atentado material e inminente. Para nosotros, el oprimido se encuentra siempre en estado de legítima defensa y tiene siempre el pleno derecho a rebelarse sin esperar que comiencen a descargar las armas sobre él; y sabemos muy bien que a menudo el ataque es la mejor defensa. Pero aquí está en juego una cuestión de sentimientos, y para mí el sentimiento cuenta más que todos los razonamientos. F. habla tranquilamente de “romper la cara al enemigo después de haberle atado las manos”, aunque las reglas morales y consuetudinarias no consentían que eso se hiciera. Este es un estado de ánimo que ya puede llamarse fascista, porque los fascistas han vuelto lamentablemente consuetudinario el hecho de emplear las peores violencias contra aquellos a los que se ha puesto en la imposibilidad de defenderse. La venganza, el odio persistente, la crueldad contra el vencido reducido a la impotencia pueden comprenderse e incluso perdonarse en el momento de la irritación, por parte de alguien que ha sido cruelmente ofendido en su dignidad y en sus afectos más sagrados; pero postular sentimientos de ferocidad antihumana y elevarlos a tácticas de partido es lo más malo y contrarrevolucionario que se pueda imaginar. Contrarrevolucionario porque la revolución para nosotros no debe significar sustitución de un opresor por otro, del dominio de los demás por el nuestro, sino elevación humana en los hechos y en los sentimientos, desaparición de toda separación entre vencidos y vencedores, hermanamiento sincero entre todos los seres humanos, sin lo cual la historia seguiría llena de esa permanente alternativa de opresiones y rebeliones, en detrimento del verdadero progreso, y en definitiva, de todos los hombres, vencidos y vencedores».

No se trata, como es obvio, de condenar toda violencia en sí misma, como harían Tolstoi y Gandhi. Debe distinguirse, por el contrario, entre la violencia que es instrumento de liberación y la que es medio de opresión. Y es claro que, una vez establecida esta distinción, habrá que afirmar también que la primera es esencialmente moral y la segunda esencialmente inmoral. Ello no impide que, en cualquier caso, reconozcamos el peligro que el uso de la violencia implica, ni que rechacemos la acomodaticia y egocéntrica idea de que nuestra violencia es justa y la del enemigo injusta por definición.

En un artículo publicado en Umanitá Nova, el 21 de octubre de 1922, sostiene Malatesta:

«La violencia es desgraciadamente necesaria para resistir a la violencia adversaria, y debemos predicarla y prepararla, si no queremos que la actual condición de esclavitud larvada en que se encuentra la gran mayoría de la humanidad, perdure y empeore. Pero contiene en sí el peligro de transformar la revolución en una batalla brutal no iluminada por el ideal y sin posibilidad de resultados benéficos; y por ello es necesario insistir en los fines morales del movimiento y en la necesidad, en el deber de contener la violencia dentro de los límites de la estricta necesidad. No decimos que la violencia es buena cuando la empleamos nosotros y mala cuando la emplean los demás contra nosotros. Decimos que la violencia es justificable, es buena, es moral, constituye un deber, cuando se la emplea para la defensa de sí mismo y de los otros contra las pretensiones de los violentos; y es mala, es inmoral, si sirve para violentar la libertad de otro. No somos pacifistas, porque la paz no es posible si no la quieren las dos partes. Consideramos la violencia como necesaria y un deber para la defensa, pero sólo para la defensa. Y se entiende, no sólo para la defensa contra el ataque físico, directo, inmediato, sino contra todas las instituciones que mediante la violencia mantienen esclavizada a la gente. Estamos contra el fascismo y querríamos que se derrotara, oponiendo a su violencia una violencia mayor. Y estamos, sobre todo, contra el gobierno que es la violencia permanente».

Gaetano Bresci

Cuando Gaetano Bresci, obrero anarquista, atenta contra el rey Humberto de Italia y le da muerte, Malatesta escribe en el único número de un periódico aparecido en Londres, en septiembre de 1900, con el nombre de Cause ed effetti, un artículo titulado «La tragedia di Monza». Ya en tal ocasión expone ideas iguales a las que, como vimos, expresó en los años veinte, después de la revolución bolchevique y del advenimiento del fascismo en Italia. Dice, en efecto, allí:

«Nosotros no creemos en el derecho de castigar, rechazamos la idea de la venganza como sentimiento bárbaro: no tratamos de ser justicieros ni vengadores. Más santa, más noble, más fecunda nos parece la misión de liberadores y pacificadores. A los reyes, a los opresores, a los explotadores les tenderemos con gusto la mano, cuando ellos quieran solamente volverse hombres entre los hombres, iguales entre iguales. Pero mientras se obstinen en disfrutar del actual orden de cosas y en defenderlo con la fuerza, produciendo así el martirio, el embrutecimiento y la muerte por inanición a millones de criaturas humanas, estamos en la necesidad, estamos en el deber de oponer la fuerza a la fuerza».

Leon Czolgosz

Al año siguiente, el presidente McKinley, «cabeza de la oligarquía norteamericana, el instrumento y defensor de los grandes capitalistas, el traidor de los cubanos y de los filipinos, el hombre que autorizó la masacre de los huelguistas de Hazleton, las torturas de los mineros de Idaho y las miles de infamias que cada día se cometen contra los trabajadores en la república modelo, el que encarnaba la política militarista, conquistadora, imperialista a que se ha lanzado la burguesía americana», cayó ante el revólver de otro obrero anarquista, el inmigrante Leon Czolgosz, Malatesta escribe, el 22 de septiembre del mismo año, en L’Agitazione de Roma, un artículo titulado «Arrestiarnoci sulla chinq», dice allí:

«Ya que la violencia nos rodea y nos asalta por todas partes, nosotros, continuando serenamente la lucha para que acabe esta horrible necesidad de tener que responder a la violencia con la violencia, aun anhelando que llegue pronto el día en que los antagonismos de los intereses y las pasiones entre los hombres se puedan resolver con medios humanos y civilizados, guardamos nuestras lágrimas y nuestras flores para otras víctimas que no sean estos hombres que, poniéndose a la cabeza de las clases explotadoras y opresoras, asumen las responsabilidades y afrontan los riesgos de su posición».

Malatesta afirma, en todo momento, la necesidad de una lucha enérgica y sin desmayo contra el Estado. En julio de 1920, escribe en el Programma anarchico de Bolonia:

«Cuando el pueblo se somete dócilmente a la ley, o la protesta es débil y platónica, el gobierno se beneficia de ello sin preocuparse por las necesidades populares; cuando la protesta se vuelve enérgica, insistente, amenazadora, el gobierno, según sea más o menos iluminado, cede o reprime, pero siempre se llega a la insurrección, porque si el gobierno no cede, el pueblo termina rebelándose, y si el gobierno cede, el pueblo adquiere fe en sí mismo y pretende cada vez más, hasta que la incompatibilidad entre la libertad y la autoridad se hace evidente y estalla el conflicto violento. Es necesario entonces prepararse moral y materialmente para que, al estallar la lucha violenta, el pueblo obtenga la victoria».

Como se ve, aun cuando Malatesta está lejos de ser un amante de la violencia por la violencia y aun cuando se halla en las antípodas de la fe fascista en la virtud de la fuerza, está convencido de que la revolución violenta es inevitable.

No se puede imaginar uno a Malatesta escribiendo a los boyardos rusos para persuadirlos de las bondades del socialismo, como había hecho Fournier, ni tampoco en actitud de pasiva y religiosa desobediencia frente a los poderes opresivos, como Tolstoi o Gandhi.

Está convencido de que «la burguesía –como dice en Umanitá Nova del 9 de septiembre de 1921– no se dejará expropiar de buen grado y habrá que apelar siempre al golpe de fuerza, a la violación del orden legal con medios ilegales». La finalidad es una sociedad plenamente humana, donde el amor y la concordia se hagan posibles entre los hombres. Por eso, la violencia que comporta una oposición entre los medios y el fin, es algo que se hace sentir dolorosamente en el ánimo de los auténticos anarquistas. Pero el renunciar a ella, cuando se presenta como medio único de liberación, sería, sin embargo, enteramente inmoral y, como tal, inadmisible, ya que implica complicidad con el odio y la opresión que ante todo los anarquistas pretenden desterrar.

Escribe, así, el 27 de abril de 1920, en Umanitá Nova:

«También nosotros sentimos amargura por esta necesidad de la lucha violenta. Nosotros, que predicamos el amor y combatimos para llegar a un estado social en el cual la concordia y el amor sean posibles entre los hombres, sufrimos más que nadie por la necesidad en que nos encontramos de defendernos con la violencia contra la violencia de las clases dominantes. Pero renunciar a la violencia liberadora cuando ésta constituye el único medio que puede poner fin a los prolongados sufrimientos de la gran masa de los hombres y a las monstruosas carnicerías que enlutan a la humanidad, sería hacernos responsables de los odios que lamentamos y de los males que derivan del odio».

Carlos Díaz (Las teorías anarquistas, p. 112) sostiene que Malatesta es un cristiano ateo. Sería mejor decir agnóstico. En todo caso, no es un cristiano tolstoiano. Para él, la no resistencia al mal es un absurdo teórico y una inmoralidad práctica. Dice, en efecto, en Pensiero e Volontá, el 16 de abril de 1925:

«Pienso, y lo he repetido mil veces, que no resistir al mal activamente, es decir, de todos los modos posibles, es absurdo en teoría, porque está en contradicción con el fin de evitar y destruir el mal y es inmoral en la práctica porque reniega de la solidaridad humana y del consiguiente deber de defender a los débiles y a los oprimidos. Pienso que un régimen nacido de la violencia y que se sostiene con la violencia sólo puede ser abatido por una violencia correspondiente y proporcionada, y que por ello es una tontería o un engaño confiar en la legalidad que los opresores mismos forjan para su propia defensa. Pero pienso que para nosotros, que tenemos como fin la paz entre los hombres la justicia y la libertad de todos, la violencia es un dura necesidad que debe cesar, conseguida la liberación, donde cesa la necesidad de la defensa y de la seguridad, bajo pena de que se transforme en un delito contra la humanidad y lleve a nuevas opresiones y nuevas injusticias».

No utilizar la violencia contra los opresores, equivale, para Malatesta, a hacer violencia a los débiles y oprimidos, que es sin duda el peor género de violencia. Sin embargo, utilizarla en otro caso que no sea el de legítima defensa (entendida claro está, en sentido social), equivale a justificar su uso por parte de los opresores y del Estado.

Dice, por eso, en El Risveglio, el 20 de diciembre de 1922: «A mi parecer, si la violencia es justa incluso más allá de la necesidad de la defensa, entonces es justa incluso cuando la ejercitan contra nosotros, y no tendríamos ninguna razón para protestar. En ese caso, no podríamos ya confiar en la fuerza material, esa fuerza que lamentablemente no tenemos».

Alguien podría objetar que resulta muchas veces difícil distinguir los casos de legítima defensa de los que son una agresión embozada o disimulada. Pero Malatesta se refiere aquí a algo que en principio es muy claro para él, ya que habla de la legítima defensa que cualquier oprimido en su situación de tal ejerce, dentro de la sociedad, contra quien lo oprime y sólo en la medida necesaria para liberarse de tal opresión. Si esta medida se sobrepasa, se origina una nueva e inversa situación de injusticia: el antiguo oprimido se convierte en opresor, y viceversa. Así como en la pseudo-revolución el antiguo esclavo llega a ser nuevo amo, en la pseudo-autodefensa la antigua víctima se transforma en nuevo verdugo.

Por otra parte, característica del atentado auténticamente anarquista ha sido siempre la total exclusión de accidentales e inocentes víctimas. En esto, el clásico justiciero anarquista se diferencia profundamente de casi todos los que en nuestros días realizan actos de terrorismo en nombre de causas «antimperialistas» o de «liberación nacional». Las dos últimas décadas han presenciado muchas matanzas absurdas, donde la mayoría de las víctimas no tienen (ni pueden tener) relación alguna con la opresión contra la cual se protesta por medio del hecho violento.

Véase, por ejemplo, cómo narra Pío Baroja el atentado del anarquista Francisco Ruiz y Suárez contra el ministro Cánovas en el hotel madrileño donde éste vivía:

«Verás lo que pasó: él llevaba una botella de pólvora cloratada, la puso delante de la verja del hotel y encendió la mecha. Cuando se retiraba, vio que iba a entrar una criada con unos niños. Inmediatamente Paco volvió, recogió la botella y en la mano le estalló; le arrancó el brazo la explosión y lo dejo muerto» (Aurora Roja, Obras Completas, Madrid, 1946 – 1 p. 556).

En los últimos años del siglo XIX y los primeros del siglo XX se multiplicaron los casos de robos y asaltos junto con los atentados personales contra reyes y personajes importantes del mundo político, por obra de anarquistas o sedicentes anarquistas.

El concepto del robo como expropiación en general fue combatido por los principales pensadores y teóricos libertarios de la época. Kropotkin, en especial, se dedicó a demostrar que el robo implica un reconocimiento tácito del derecho de propiedad.

En un articulo titulado «Capitalisti e ladri», publicado en la revista Il Pensiero de Roma, el 16 de marzo de 1911, explica Malatesta:

«Uno de los puntos fundamentales del anarquismo es la abolición del monopolio de la tierra, de las materias primas y de los instrumentos de trabajo, y por consiguiente la abolición de la explotación del trabajo ajeno, de todo cuanto hace posible que un hombre viva sin darle a la sociedad su aporte de producción es, desde el punto de vista libertario, un robo. Los propietarios, los capitalistas han robado al pueblo, con la violencia o con el fraude, la tierra y todos los medios de producción, y como consecuencia de este hurto inicial, pueden sustraer, cada día, a los trabajadores el producto de su trabajo, Pero han sido ladrones afortunados, se han vuelto fuertes, han hecho leyes para legitimar su situación y han organizado todo un sistema de represión para defenderse tanto contra las reivindicaciones de los trabajadores como contra aquellos que quieren sustituirlo, haciendo lo que ellos mismos han hecho. Y ahora, el robo de sus señorías se llama propiedad, comercio, industria, etc.; el nombre de ladrones está reservado, en cambio, en el lenguaje común, a aquellos que quisieran seguir el ejemplo de lo capitalistas, pero que, llegados demasiado tarde y en circunstancias desfavorables, no pueden hacerlo sino rebelándose contra la ley. Sin embargo, la diferencia de los nombres usados comúnmente no basta para anular la identidad moral y social de ambas situaciones. El capitalista es un ladrón que ha tenido éxito por mérito propio o de sus abuelos; el ladrón es un aspirante a capitalista que espera solamente  llegar a serlo en la realidad, para vivir sin trabajar del producto de su robo, o sea del trabajo ajeno. Enemigos de los capitalistas, no podemos tener simpatía por el ladrón que aspira a convertir e en capitalista. Partidarios de la expropiación hecha por el pueblo en provecho de todos, no podemos, como anarquistas, tener nada en común con una operación en la cual no se trata sino de hacer pasar la riqueza de las manos de un propietario a la de otro».

Severino Di Giovanni

Entre los ladrones que se llamaban «anarquistas» y justificaban su actividad mediante la teoría de la expropiación hubo algunos que ponían buena parte del fruto de su depredaciones, al servicio de la propaganda ideológica. Tal el caso de Severino Di Giovanni en la Argentina, en la década de 1920 (Cfr. Bayer, Severino Di Giovanni, Buenos Aires).

Otros, como la Banda Bonnot, que actuaba en la primera década del siglo XX en Francia, Suiza y otros países de Europa occidental, y que obtuvo por entonces gran celebridad, destinaban apenas un diez por ciento del producto robado a la causa anarquista (fr. Thomas, La bande a Bonnot, París).

Malatesta escribió obre la actuación de esta banda supuestamente anarquista un artículo titulado «I banditi rossi», en Volontá de Ancona, el 15 de junio de 1913. El artículo terminaba con este consejo a los ladrones y asesinos que, a partir de un individualismo pseudo-nietzscheano, llenos de desprecio por el pueblo, no hacen sino emular con medios inadecuados a la burguesía:

«Concluiré dando un consejo a quienes “desean vivir su vida” y no se preocupan de la vida ajena. El robo, el asesinato, son medios peligrosos y, en general, poco productivos. Por aquel camino, la mayor parte de la veces se llega sólo a consumir la vida en las cárceles o a perderla en el patíbulo, especialmente si uno tiene la imprudencia de llamar sobre sí la atención de la policía, llamándose anarquista o relacionándose con los anarquistas. Como negocio es un mal negocio. Cuando se es avispado enérgico y sin escrúpulos puede uno abrirse paso fácilmente entre la burguesía. Traten, pues, de convertirse en burgueses, con el robo y con el asesinato se entiende, pero legales. Harán un mejor negocio, y si es cierto que tienen simpatías intelectuales por el anarquismo, se ahorrarán el disgusto de perjudicar a la causa que dicen apreciar».

El individualismo de los asaltantes a lo Bonnot no tienen nada en común con el anarquismo, que está hecho de simpatía hacia todos los oprimidos, de solidaridad y de esfuerzo compartido por lograr la libertad de todos.

En otro artículo aparecido también en Volontá, cuatro meses más tarde, con el título de «La base morale dell anarchismo», añade Malatesta:

«Si todos obraran como Bonnot, habría Bonnots más fuertes o más hábiles o más afortunados, que vencerían, reducirían a los otros a la esclavitud y los obligarían a trabajar para ellos. La emancipación no puede venir sino cuando lo oprimidos se rebelan contra los opresores en interés de todos. Una sociedad en la cual se garantice a todos lo individuos el completo desarrollo de sus personalidades debe estar fundada sobre el amor y sobre la solidaridad entre los hombres y no puede derivar sino del amor y del espíritu de sacrificio. De la lucha realizada por cuenta individual no puede derivar sino la victoria de algunos y, por tanto, la derrota y la sumisión de los otros».

El asalto, el robo y el terrorismo, por una parte y el pacifismo por la otra, constituyen, para Malatesta, dos extremos igualmente erróneos y desaconsejables de la acción anarquista. Su actitud, que coincide con la de Kropotkin, es tan ajena a la pura violencia como a la absoluta no violencia y lo sitúa tan lejos de Nechaiev como de Tolstoi.

Según Malatesta, el error de los terroristas y pacifistas proviene de su común condición de místicos. Uno y otro –quiere decir– sitúan una instancia emocional como valor absoluto, por encima de la razón.

En el único número de la revista Anarchia, aparecido en Londres, en el mes de agosto de 1896, escribe, criticando primero el auge de la tendencia tolstoianas:

«Un poco por reacción contra el abuso que se ha hecho de la violencia en estos últimos años, un poco por la supervivencia de las ideas cristianas, y sobre todo por la influencia de la predicación mística de Tolstoi, a la cual el genio y las elevadas cualidades morales del autor dan boga y prestigio, comienza a adquirir una cierta importancia entre los anarquistas el partido de la resistencia pasiva, que tiene por principio que es necesario dejarse oprimir y vilipendiar a sí mismo y a lo demás, más bien que hacer el mal al agresor. Es lo que se ha llamado anarquismo pasivo. Puesto que algunas personas, impresionadas por mi aversión contra la violencia inútil o dañina, han querido atribuirme no sé muy bien si para elogiarme o denigrarme, tendencias hacia el tolstoísmo, aprovecho la ocasión para declarar que, a mi parecer, esta doctrina, por más sublimemente altruista que parezca, es en realidad la negación del instinto y de los deberes sociales. Un hombre puede, si es muy… cristiano, sufrir pacientemente toda clase de presiones sin defenderse con todo los medios posibles y seguir siendo quizás un hombre moral. Pero ¿no sería en la práctica y aun sin quererlo un terrible egoísta si dejase oprimir a los demás sin tratar de defenderlos? ¿No lo sería, por ejemplo, si prefiriese que una clase fuese reducida a la miseria, que un pueblo fuese hollado por el invasor, que un hombre fuera ofendido en su vida y libertad, más bien que arrancar el pellejo al opresor? Puede haber casos en los cuales la resistencia pasiva sea un arma eficaz, y entonces resultaría por cierto la mejor de las armas, porque sería la más económica en sufrimientos humanos. Pero las más de las veces profesar la resistencia pasiva significa asegurar a los opresores contra el temor de la rebelión y por lo tanto traicionar la causa de los oprimidos».

Este claro y razonado rechazo del pacifismo a ultranza, sin concesiones al terrorismo ciego y la indiscriminada violencia, verdadero ejemplo de equilibrio moral que es a la vez humanismo heroico, resulta tanto más digno de admiración y de elogio cuanto mejor se considera el alto prestigio intelectual y moral del que disfrutaba por entonces en toda Europa el autor de Resurrección, por una parte, y el incontenible auge del terrorismo, aureolado igualmente en aquel instante con el resplandor terrible que surgía del yo stirneriano y del super hombre nietzscheano, por la otra.

«Es curioso observar cómo los terroristas y los tolstoístas, justamente porque unos y otros son místicos, llegan a consecuencias prácticas casi iguales –prosigue, en el mismo artículo Malatesta–. Aquéllos no dudarían en destruir a media humanidad con tal de hacer triunfar la idea; éstos dejarían que toda la humanidad permaneciese bajo el peso de los más grandes sufrimientos más bien que violar un principio. Para mí, yo preferiría violar todos los principios del mundo con tal de salvar a un hombre; lo cual equivaldría, en verdad, por otra parte, a respetar el principio, porque según mi opinión, todos los principios morales y sociológicos se reducen a uno solo: el bien de los hombres, de todos lo hombres».

Ángel Cappelletti

Publicado en Polémica, n.º 20, enero 198

Fuente: revista polémica 

lunes, 7 de octubre de 2013

La delincuencia y el estado de la delincuencia - Germinal Rodríguez

Artículo publicado en la revista Bicicleta (región ibérica) Nº6 Mayo 1978

Al poner en tela de juicio el fenómeno delictivo, habremos de cuestionar necesariamente la legalidad que lo reprime en aras del llamado bien común, ese «bien común» que el delincuente destruye y que se consigue con la explotación económica a la que la clase obrera está sometida y con la marginación de ciertos sectores de la sociedad. Con su conducta, el delincuente no sólo explicita de una manera propia la lucha de clases, sino que, como marginado que rompe con la legalidad, apunta el doble juego del Estado: crear el delito y reprimirlo. Como libertarios, nuestra postura ha de basarse en la denuncia de ese «bien común» que se mantiene, no sólo con las porras de la policía, sino también con la complicidad y la modorra del resto de la sociedad, en la denuncia del Estado como único delincuente.

A la hora de analizar la delincuencia como fenómeno social hemos de empezar rechazando las interpretaciones que «los civilizados» de izquierda y derecha han vertido a los cuatro vientos sobre el tema. Los análisis que ellos nos ofrecen están mediatizados por unas categorías ideológicas que los hacen ser intencionadamente parciales e incompletos. Se analiza la delincuencia desde el concepto de la ley, una ley definida por y desde el Poder, y que en último extremo es la institucionalización de la dominación de una clase sobre otra.

Todo análisis de la delincuencia está presidido por la dicotomía «normal-anormal», pero no cuestiona quién marca la norma, sino que se da por admitido el abstracto consenso universal que tiende a identificar norma y justicia. Su norma, su justicia, las que unos crean y otros padecen.

Las interpretaciones que nos ofrecen las «fuerzas organizadas» que intentan cambiar el mundo desde los cómodos sillones del Parlamento no difieren mucho de los análisis que desde el Poder nos hacen aceptar, y acaso alguien se sorprenda de que de las disciplinadas filas del inefable PC salgan declaraciones como la que nos brinda Antonio Rato: «Creo que al delincuente se le debe aislar por la misma razón que se aísla al portador de un virus o a un demente peligroso. Es decir, sin tratar de penetrar en el fondo de su conciencia, ni mucho menos de evaluar hasta qué punto es responsable en concreto de su personalidad.» No es en absoluto casual que se difundan en el PC estas interpretaciones: existe el mismo interés por la represión en los grupos que están en el Poder como en los que aspiran a él.

El hecho de que se ofrezca esta «realidad de la delincuencia», presentándola como un fenómeno a reprimir, pero sin intentar buscar sus causas y raíces, sólo puede responder a una asombrosa ingenuidad o a una estrategia interesada, y hay quienes no nos creemos eso de la ingenuidad del Poder.


La «necesidad» del delito

Se trata de hacer de la delincuencia una realidad al servicio del sistema, de aislar al delincuente y colgarle la etiqueta del «mal»; el Estado se presentará esgrimiendo la bandera del «bien», y con este aval se encargará de eliminar las malas hierbas que crecieron junto a los demás ciudadanos de «bien» y, de «orden».

En última instancia el fenómeno delictivo presta al Estado un pingüe servicio: justifica su existencia en cuanto defensor del orden y la paz. El Estado necesita del desorden y del mal para justificar sus mecanismos de reproducción y defensa. ¿Qué sentido tendría una policía en una sociedad sin delito?

El Estado necesita del delito tanto que cuando le interesa se lo inventa: se provoca para después reprimir.

Detrás de esta fachada de defensores quedan camuflados los intereses de la clase dominante, que con esta ideología del delito mata dos pájaros de un tiro: asegura su reproducción como clase (no sólo a nivel político, sino también a nivel sicológico, en cuanto que sus criterios morales son asimilados por la sociedad) y, por otro lado, institucionaliza y normaliza la represión y el castigo para destruir a los elementos rebeldes con la irnpunidad que le da la aceptación del delincuente como «malo» y «peligroso», no sólo para el Estado, sino para toda la sociedad.

Es un círculo: unas estructuras crean el delito y otras lo reprimen, pero una sola mano maneja los hilos.

De este modo se hace recaer toda la violencia reprimida de la sociedad sobre una parte de ella misma, los delincuentes, desviando así lo que pudiera tener de revolucionario y subversivo.

El «caldo de cultivo»

Una ciencia al servicio del sistema va a interpretar la delincuencia como un fenómeno desligado de su contexto social: el mundo capitalista. Así, la genética hablará del cromosoma del criminal y la sociología y sicología intentarán explicarla como resultado de un aprendizaje patológico; pero si queremos buscar las raíces de la delincuencia ciertamente las encontraremos en el carácter capitalista de la sociedad, tanto de los Estados llamados capitalistas como de aquellos otros países basados en un capitalismo de Estado.

Decir que la delincuencia es patrimonio de la clase obrera no es desvelar ningún misterio: la procedencia de la población penal está clara a los ojos de todos; pocos hijos de la burguesía podemos encontrar en Carabanchel o en la Modelo. Es del mundo obrero de donde salen los candidatos a las celdas de nuestras prisiones.

Las grandes ciudades donde nos almacenan para que seamos más rentables y productivos son viveros de delincuencia. El emigrante que llegó a la capital a pedir que le explotaran se da cuenta de que las ocho horas de trabajo, si es que aceptaron su solicitud de explotación, no llegan para comprar esos productos que a todas horas le estan incitando a comprar. La constante frustración que crea el desequilibrio entre el deseo incrementado por la publicidad y la limitada capacidad adquisitiva tiene dos salidas: la docil (horas extras, letras para toda la vida...) y la rebelde, es decir, el delito.

El mundo capitalista está organizado para producir dóciles currantes que produzcan más y mejor y que consuman aquellos que mayores beneficios rinda al capitalismo. En un mundo tal el único delincuente es el Estado, de aquí la necesidad de dar la vuelta al concepto de la delincuencia: debemos asumir el hecho de que en esta sociedad ser delincuente es rebelarse contra las estructuras alienantes que la configuran. Intentar ser libre y recuperar lo que nos pertenece es ser calificado de delincuente por esta sociedad.

 Estado y delincuente

Una ideología represiva subyace en el discurso de las relaciones capitalistas: unos mandan, controlan la producción, los medios de comunicación, hacen las leyes.... otros obedecen, producen y acatan las leyes y la autoridad. Esto es el orden y el bien común, el Estado cuida de nosotros para que el mundo no se sumerja en el caos y la anarquía; en tres palabras: establece la norma.

Frente a esta sociedad ordenada, de individuos normales y obedientes, y en contra ella se levantan la antisociedad, el desorden, el caos y el mal. No se sabe, ni por otro lado interesa saber, de dónde procede este grupo de transgresores, pero el poder ha de combatirlos y estirparlos del mundo del orden, porque ponen en peligro el bien común, o sea los intereses del Poder.

Y para combatir este grupo social se crean las leyes, la justicia. Aquí encuentra la cárcel su razón de ser: aislar al delincuente, encerrarlo para que no destruya al «bien común», que tan trabajosamente hemos construido.

La cárcel no está destinada a extinguir el delito, sino a controlarlo y a rentabilizarlo; en cuanto tal, la cárcel significa el último eslabón que cierra el círculo de la opresión y el más degradante de todos.

«Tenemos que convertir las cárceles en islotes donde meter a los delincuentes para que se destruyan entre sí.» Estas declaraciones de un fiscal de Burgos son suficientemente elocuentes.

Pero, ante todo, la cárcel es el lugar en donde la represión institucionalizada alcanza las más altas cotas de degradación humana: palizas, chantajes, tortura, incomunicación, aniquilación sicológica, todo queda oculto tras los muros y las vallas electrificadas.

En una carta al ministro de Justicia, Emilio Monteseril, funcionario de la cárcel Modelo de Barcelona, después de pedir la excedencia, decía textualmene: «Las cárceles no son más que trituradoras de hombres, y nosotros los carceleros somos sus verdugos.»

Los medios de comunicación: un arma eficaz

Los medios de comunicación, como canales que el poder utiliza para la transmisión de su ideología, juegan un papel decisivo en el «manejo» del fenómeno delictivo.

A través de la prensa de sucesos se constata la presencia de otros jueces, «los jueces de papel impreso», que se yerguen como tendenciosos moralizadores de los hechos y que, en última instancia, constituyen una «conciencia normativa» paralela.

El lenguaje utilizado no es, ni mucho menos, neutral, va dirigido a crear un sistema de reflejos emocionales que actuarán ante valores-palabras fetiche. «Delincuente», «drogado», «homosexual», son ejemplos claros de palabras fetiche que desencadenarán una intensa emocionalidad.

Tras ser objeto de bombardeo continuo sobre situaciones de accidentes, robos, suicidios (previamente moralizados), nos invade un sentimiento de inseguridad total que nos lleva a reclamar la presencia de un poder que con su control, vigilancia y castigo nos garantice el «bien» amenazado y el «orden» transgredido.

La jugada que se efectúa a través de los medios de comunicación es pcrfecta: reclamamos nosotros mismos lo que ellos desean establecer. No imponen la vigilancia, el control o el castigo, sino que éstos son solicitados y el Poder los concede.

Delincuencia y subversión

Ante el Poder, el delincuente y el revolucionario son, con algunas diferencias de matiz, subvertidores del sistema social establecido.

A pesar de que el delincuente no actúa movido por una concepción revolucionaria o crítica de la realidad, marca el camino de la revolución, a menudo olvidado por el político: la destrucción fáctica del orden establecido. El delincuente se presenta así como un «subversivo» sin conciencia de tal, que a su modo lucha contra la opresión de unas estructuras capitalistas que marginan a los individuos según su poder adquisitivo o su clase social.

Pero la identificación total del delincuente y el revolucionario es, con mucho, una afirmación gratuita. Si bien el delincuente lleva impresa en su conducta una crítica al trabajo asalariado, un rechazo de la moral de obediencia y resignación que el Poder nos impone, sus actos no tienen como fin la abolición del salario, de la autoridad o de la moral burguesa, sino que son la expresión de una rebeldía espontánea pero sin objetivos.

Del mismo modo, el delincuente explicita una crítica de la mercancía que es sólo parcial e inconsciente: con el robo critica el valor de cambio de la propiedad, pero sin cuestionar su valor de uso, El robo viene a menudo a satisfacer las exigencias del consumismo.

Marginación y revolución

La delincuencia y la marginación en general vienen a indicarnos que la lucha contra el Estado no puede quedarse en las 'reivindicaciones salariales y en meros intentos de recuperación de plusvalía, que la opresión ideológica es quizá más sutil, pero también más virulenta y brutal que la opresión económica. La marginación señala la lucha contra la superestructura como condición «sine qua non» para la liberación social, así la lucha de los grupos marginados está centrada en la crítica a la autoridad y la ideología represora que conlleva, en la rebeldía contra la alienación que enmarca nuestra vida, pero a menudo pierde de vista al factro central del sistema capitalista: las relaciones de producción.

En este sentido la tarea fundamental sigue sin hacerse: dotar a la lucha de los marginados de unos horizontes de lucha social, extender la crítica individualizada y visceral que el marginado hace a la autoridad y al sistema y situarla en un contexto global y crítico. Es decir, reivindicar la «locura», la sexualidad libre, el consumo de droga o la negación al trabajo asalariado, no como expresiones viscerales de unos cuantos maniáticos ante una sociedad represiva, sino como propuesta de subversión ante una sociedad enferma.

El revolucionario ha de darse cuenta de que ha de ser un delincuente si quiere acabar con el orden establecido.

Delincuentes del mundo, si es que llevamos un mundo nuevo en nuestros coraZones, unámonos y destruyamos éste.

Germinal Rodríguez

bibliografía

•    Deligny, Fernand: Los vagabundos eficaces. Ed. Estela, Barcelona, 1971. - Grupos marginados y peligrosidad social. Campo Abierto Ed., Madrid, 1977.

•    Basaglia, Franco: La institución negada. Ed. Barral, Barcelona, 1977.

- La mayoría marginada. Ed. Laia, Barcelona, 1973.

•    Becker, Howard: Los extraños, sociología de la marginación. Editorial Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1971.


Fuente: Bicicleta