“Y ese dolor vivo y profundo
que nos impresiona y nos preocupa, que nos emociona y nos exalta, da ánimos al
pueblo para seguir adelante, para continuar luchando a través de caídas y
derrotas sobre las rutas prohibidas para llegar a ese mundo nuevo que los
pueblos laboriosos y oprimidos del Universo llevaron siempre en su corazón como
una esperanza y como una ansiada redención. Ese día venturoso, sin amos, libre,
anárquico y sin fronteras, llegará…”
(Acción Directa, Santiago,
1º de Mayo de 1940)
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Anarquistas en el 1° de Mayo de 1919, Santiago |
1º de Mayo de 1899: Los anarquistas y el origen del “día del trabajador” en la región chilena (extraído desde archivo histórico la revuelta)
Introducción
El Primero de Mayo es una fecha que desde
sus inicios y con el transcurso de los años se ha consolidado como un día de
ritualidad para los movimientos sociales anticapitalistas de todo el mundo. Por
acuerdo de la II Internacional
en Europa y a raíz de un hecho trágico en Estados Unidos, trabajadores y
trabajadoras del orbe entero significaron la jornada como una fecha propia de
vindicación y esperanzas revolucionarias.
Este breve escrito pretende traer a
colación los eventos que dieron origen al día, del mismo modo que intenta dar
un vistazo al significado que alcanzó cuando comenzó a ser recordado en la
región chilena. Con este ejercicio pretendemos rescatar un par de cosas que no
siempre se recuerdan -o se quieren recordar- al respecto, como por ejemplo, el origen
y el cariz libertario del Primero de Mayo.
Hay quienes hoy (como ayer) prefieren
hablar del día “del trabajo” en lugar del día “del trabajador”; y esa
modificación no es ingenua. El Primero de Mayo fue vivido como un día de
formación identitaria. Es decir, los trabajadores comprometidos
revolucionariamente con el evento se daban cuenta de que sus miserias y sus
esperanzas de cambio se correspondían con las de millones de parias repartidos
por todo el mundo. Pues -y como indica Peter Deshazo para el caso local-,
debido a la naturaleza “altamente
emocional, ideológica y rebelde, el 1 de mayo, mas que cualquier otro evento
por separado, inculcaba un sentimiento de identidad de clase en los
trabajadores urbanos”[1].
El clasismo de aquellos trabajadores, entendido como su identificación igualitaria
con sus pares y en contraposición a la burguesía, se alimentaba con este tipo de
jornadas, y el recuerdo de éstas –a su vez- se conformaba en un espacio creador
de clasismo obrero. Por eso para muchos era (y es) mejor “celebrar” el Trabajo
y no al Trabajador. Después de todo –nos dirán los empresarios y sus
defensores-, no es bueno que el empleado se identifique como miembro de una
clase social (la obrera o popular), se pone muy revoltoso. Es mejor que tome
conciencia de que sin trabajo no hay pan; de que sin ser un buen operario, un
buen esclavo, no hay derecho al bienestar.
Otros dirán que el 1º de Mayo es un fetiche más dentro del
trasnochado intento por cambiar el mundo, trozo además de un análisis clasista
de la sociedad que está superado. En parte es cierto, la conflagración ya no es
(y nunca lo fue) exclusivamente entre un burgués gordinflón con sombrero de
copa y una masa temeraria de descamisados proletarios: las cosas son mucho más
complejas. Pero hay que advertir que en la época en que se ambienta la presente
investigación, dichos conceptos (proletariado, lucha de clases, etcétera) no
eran tan relativos como hoy. Pues, en función de esas nociones los trabajadores
revolucionarios las emprendieron contra el sistema en el que padecían material,
moral, cultural y políticamente. Además, hay mucho que no ha sido transformado,
ni por el tiempo y ni siquiera por aquellos auto-reclamados revolucionarios que
se han trepado hasta los círculos del poder ejecutivo para dirigir desde allí
los cambios. La vida en el orden actual depende del trabajo asalariado, y
mientras esa realidad permanezca incólume –aunque se le disfrace- la violencia
y la lucha entre quien entrega el servicio generador de riqueza (el trabajador)
y quien posee el control sobre la industria productora, seguirá en pie. Por eso
el 1º de Mayo sigue siendo actual. Porque este día nació como promesa de
rebelión contra la explotación del dinero.
Y bueno, llegamos al 1º de Mayo en la
región chilena. Lo que se ha escrito sobre el tema es de variada extensión,
dedicación y contenido. Dos trabajos pueden ser considerados como pioneros al
respecto, uno bajo la autoría de Mario Garcés y Pedro Milos llamado Los sucesos de Chicago y el primero de Mayo
en Chile; y otro, debido a Osvaldo Arias, titulado El 1°. de Mayo en América Latina: historia de las primeras celebraciones.
Ambos nos entregan importante información sobre las conmemoraciones en
otros espacios latinoamericanos y respecto al carácter de éstas en décadas
recientes. Luego, nos corresponde observar que la mayoría de los libros, tesis
y artículos que se han escrito sobre el movimiento obrero y popular en estas
tierras (o sobre temáticas relacionadas), han rozado el tema y le han dedicado algún
espacio, desde una cita o un renglón, hasta un par de páginas. Si bien todas estas
investigaciones sirven en diversas medidas para desentrañar lo que buscamos, la
divergencia de enfoques y datos contenidos en cada una de ellas hace que exista
una cierta confusión respecto a la cuestión. Significativo de lo anterior es el
nulo acuerdo existente para determinar cuando fue la vez primera en que los
mártires de Chicago fueron conmemorados en la región chilena: 1892, 1893, 1897,
1898, 1899 y 1903 son las fechas que se han barajado, pero casi ninguna
debidamente sustentada[2].
Aparte de intentar develar aquel misterio
(la primera conmemoración) nos gustaría introducir una temática que ha sido, a
nuestro juicio, escasamente abordada. Después de todo la idea es construir
colectivamente un aporte, no solo un recuento. En este sentido hemos tomado
como principal novedad, entre otros detalles, la influencia de los anarquistas
de la región argentina en el 1º de mayo en estos lindes.
Pero antes de llegar al preciso día quisiéramos, para entender
el escenario que cobijó el evento, dar una breve mirada al estado de las luchas
sociales, así como a la situación orgánica de los anarquistas locales que,
pensamos, fueron sus principales gestores. En aquel tiempo las fronteras entre
ideologías –como veremos más adelante- eran bastante difusas, mas, consideramos
que fueron los libertarios (antes que las otras corrientes) los que pueden ser
apreciados como principales motores de la introducción del 1º al calendario
popular local, tanto por el esfuerzo como por la insistencia desplegados en tal
dirección.
La cuestión social y el movimiento obrero y popular en la alborada del
siglo XX
El siglo XIX
se marchó dejando tras de sí un alarmante escenario. Arreciaba en esta región
lo que se ha dado en llamar “la cuestión social” lo que, en resumidas cuentas,
es la serie de problemas derivados del proceso de transición de una economía
generalmente agraria a una predominantemente urbana e industrial[3].
Esquemáticamente, el fenómeno relata la emigración de innumerables multitudes
de campesinos –jóvenes en su mayoría- hasta los centros económicos ubicados en
puertos, industrias y enclaves mineros. Las ciudades no fueron capaces de
resistir la irrupción de las masas en vías de proletarización, lo cual conllevó
a que éstas fueran obligadas a vivir hacinadas, provocándose así (entre otras
cosas) que Chile fuera el Estado con mayor tasa de mortalidad infantil del
continente[4].
Las clases laboriosas estaban
condenadas a padecer los embistes del capitalismo. No existían leyes que les
protegieran en el trabajo, en muchas partes se pagaba con fichas y no con
dinero, la educación era privilegio de pocos. Estaban solos, el Estado residía
ligado a las redes de poder de la oligarquía y en esa situación su posición
frente a los obreros generalmente no fue de neutralidad o simpatía, sino de
confrontación. Quizás el mejor argumento en tal sentido nos lo da él mismo
cuando mediante su Ejército asesinó a cientos de trabajadores en 1890, 1903,
1905, 1906, 1907, y aún hasta mucho después. La Iglesia alguna vez intentó
ayudar, pero su nivel influencia era mínimo en comparación al sindicalismo
laico y, de hecho, el nivel de desprestigio de su obra era tal que no pocas
veces se les expulsó de reuniones obreras. No sin cierta razón muchos trabajadores
veían en su obra mero asistencialismo y defensa del orden. Después de todo, los
altos prelados estaban íntimamente ligados –por familia y por otras redes- a
las elites del país.
¿Qué hacer? Los trabajadores (los artesanos
primero y los obreros después, aunque también al mismo tiempo) apostaron por
organizarse: fundaron sociedades mutuales, centros de educación popular,
cooperativas de consumo, más tarde sociedades de resistencia y sindicatos.
Algunos en unión con otras clases intentaron fundar una colectividad electoral
de corte popular: así nació en 1887 el Partido Democrático (PD). Era el primer
partido que situaba en su programa la emancipación económica del pueblo. Sin
embargo, la posición reformista y proclive a forjar alianzas con sectores
considerados oligárquicos hizo que en el interior del PD se formasen corrientes
disidentes cuyos intereses fueron convergiendo en la necesidad de avanzar hacia
ideologías más “socialistas”. Por ello es que al cambio de siglo varios de los
militantes del PD intentaron fundar entidades exclusivamente clasistas, tales
como el Partido Obrero Francisco Bilbao o el Partido Socialista (no el actual).
De la misma disidencia en el interior del PD apareció
también un buen grupo de individualidades que, convencidas del fracaso de la
vía electoral como generadora de cambios sociales, fueron a nutrir a la
emergente corriente anarquista. Estos últimos, concentrados en un principio en
Santiago y Valparaíso principalmente, apostaban por la acción directa y por la
superación revolucionaria de todas las autoridades, económicas, políticas y
morales. El inicio del siglo XX marcó un quiebre en el movimiento obrero y
popular. En el seno del bullicioso momento histórico una corriente
revolucionaria cada vez más identificable en su autonomía y expansiva en su
radio de acción, se abría espacio en el campo de las reivindicaciones de los
grupos subalternos. Entraban en la arena los anarquistas y los socialistas.
Los primeros grupos anarquistas
de la región chilena
Los primeros años del anarquismo
organizado en estas tierras confunden a sus hombres y mujeres con los
defensores de otras perspectivas obreristas[5].
El tránsito desde y hacia el Partido Democrático o las agrupaciones protomarxistas era constante, lo que como
es de imaginar concitó críticas y polémicas virulentas. Aparte de esa vertiente
de anarquistas parida en el seno de otras corrientes ideológicas, otros grupos
independientes y quizás muy reducidos pululaban en las últimas décadas del
siglo XIX en la región chilena. Grupos e individuos que se han vuelto de muy
difícil rastreo. Aunque, y por otra parte, la inexistencia de registros
explícitos no implica una ausencia necesaria de militantes actuando en diversos
espacios gremiales y sociales. Como botón de muestra de tales cavilaciones comunicamos
al lector nuestras sospechas en torno, por ejemplo, a El Obrero, periódico popular editado en la capital en 1890 bajo la
administración –al parecer- de algunos grupos de tipógrafos. En él se deja ver
que el periódico anarquista barcelonés El
Productor (1887-1893) llegaba a ciertos individuos de esta región. El Obrero no esconde su simpatía por el
libelo catalán y en sus páginas se hacen llamados revolucionarios a los
“americanos”. ¿Llegaban ya los posteriormente célebres y denostados agitadores
extranjeros? No lo sabemos y esperemos que pronto algún compañero o compañera
se entusiasme y nos de nuevas luces al respecto[6].
Por otro lado, tres años después y en Valparaíso, salió a la luz El Oprimido, publicación que se
autodefinía “comunista-anárquica”. Si bien estas menciones parecen restringidas
y algo etéreas, nos sirven para invitarnos a pensar que antes de la explosión
de la cultura libertaria en esta región ya existían elementos aislados que
aunque difíciles de cualificar y cuantificar son también simientes de lo que
vendría después.
Ya
en 1899 se consolidaba en Santiago una tendencia de claro cariz anarquista. Es evidente que había conceptos confusos (como
la fugaz tentación por partidos obreros), pero existían otros (como el internacionalismo)
que parecían homogenizar el abigarrado mundo ácrata de la capital. No obstante
y a pesar de lo complejo que es siempre encerrar en límites cronológicos los
eventos, diversos autores han convenido en ver a los años 1898-1902 como
testigos de la explosión orgánica de los anarquistas en estas tierras[7].
Durante esas jornadas una gran cantidad de periódicos y organizaciones
sindicales de orientación libertaria empiezan a emerger en Santiago y Valparaíso,
y no pasarán muchos años para que la Idea tenga sus
voceros en otros varios puntos del territorio. Un siglo nuevo se iniciaba y con
él los anarquistas se situaban y formaban al fragor de las luchas sociales y
bajo el amparo de las esperanzas de redención social. La primera editorial de El Rebelde en noviembre de 1898 nos
confirma las expectativas puestas por no pocos hombres y mujeres hacia la idea: “Esta doctrina, que a despecho de sus
enemigos se abre camino en todas partes, iluminando con la antorcha de la razón
i la filosofía los mas apartados rincones del mundo, combatirá en Chile, como
en el Japón i hasta en la China,
la tiranía i la explotación, operando la gran evolución cuyo periodo elegido se
desarrollará en el escenario universal del siglo XX”[8].
Naturalmente
esta actividad subversiva que hasta cierto punto era también inédita, con sus
hombres, con sus ideas, discursos y publicaciones, pronto despertó la enemistad
del Estado y la prensa de masas. Así, no pasaría mucho tiempo hasta que Magno Espinosa,
coordinador del periódico recién citado, fuese arrestado por las doctrinas
“disolventes” que predicaba en sus páginas[9].
Se podría decir que ese fue el bautizo del anarquismo chileno. El bautizo a
palos de un hijo no deseado, de un engendro que era capaz de blasfemar a la
patria.
En marzo de 1898 apareció La Tromba, periódico que
coqueteaba con el anarquismo. En noviembre y ya más explicito en términos
ideológicos nació El Rebelde que, tras dos números, desaparecerá en mayo
de 1899. A
éste se le sumará pronto La
Campaña (1899-1902), La Ajitación
(1899-1903), El Ácrata (1900-1901), El Siglo XX (1901), y La Luz (1901-1903). De ahí en adelante la propaganda anarquista
no cesará a pesar de persecuciones y crisis internas, así como de su disparidad
de profusión y temporalidad, hasta la actualidad. En la primera mitad del siglo
XX en total se habrán de editar cerca de 50 periódicos libertarios. Algunos
fugaces, pero otros de larga data.
Junto a la propaganda, los primeros años
de la nueva centuria ven aparecer y multiplicarse en el mundo obrero a las
sociedades de resistencia, organismos sindicales de claro cariz anárquico. Las
sociedades de resistencia apostaban por la lucha directa contra los patrones.
Había que evitar la intromisión de politiqueros
y presionar mediante la huelga para acabar con las mil y una injusticias
sociales.
En resumidas cuentas con el cambio de siglo los
anarquistas se introducían en el escenario sindical y cultural de los
trabajadores de la región chilena. Se inauguraba la época de esplendor de la Idea
a nivel local, la que empezaría a decaer –por varios factores- a finales de la
década del 20. Tiempos estos (1898-1927) en donde las organizaciones sindicales
de orientación anarquista, según Peter DeShazo, fueron el principal motor de
las huelgas y de la lucha social de estas tierras[10].
Influencia de los
revolucionarios argentinos en los primeros anarquistas de la región chilena
El origen del
movimiento anarquista en Chile fue asistido importantemente por sus pares de la
región argentina. Es cierto que las ideas pudieron –y de hecho lo hicieron-
introducirse también por otras rutas, pero la lectura de fuentes nos indica que
el contacto Santiago – Buenos Aires fue trascendental en la formación de los
primeros grupos y periódicos anarquistas locales. En estos años formativos, no
solo prensa y material doctrinario llegó a Chile desde el otro lado de Los
Andes, también hubo –por ejemplo- una importante visita del abogado y
reconocido libertario italiano, residente entonces en la región argentina,
Pietro Gori[11].
Como se ha indicado, bastante prensa de
orientación libertaria llegó a manos de jóvenes activistas de la causa obrera
en la región chilena. Uno de esos libelos fue La
Protesta Humana, principal periódico anarquista de Buenos
Aires, aunque se tiene noticia también de la llegada de El Rebelde, Ciencia Social, El Derecho a la Vida, La Aurora, El Amigo del
Pueblo, La Vanguardia,
La Voz de la Mujer, Los Tiempos Nuevos, y El Obrero Panadero[12].
Por otro lado, también existió conexión epistolar entre varios anarquistas
locales con compañeros transandinos[13].
Desde el otro lado el entusiasmo comunicacional también tenía sus seguidores. Individuos
de reconocida trayectoria tales como Santiago Locascio escriben apoyando las
iniciativas periodísticas del anarquismo de la región chilena[14].
A partir de 1898 la comunicación con la
prensa obrera de la región argentina se hace mas fluida y, por ejemplo, el grupo
anarquista local Rebelión (coordinado
por Magno Espinosa) pide ayuda a sus pares de La
Protesta Humana para que se le enviaran periódicos y
folletos subversivos[15].
A través de las cartas e informaciones publicadas tanto en los medios
santiaguinos como en las páginas de este libelo trasandino se puede distinguir
una clara y cercana relación entre ambas partes. Son numerosos los escritos (artículos,
poemas, saludos) de anarquistas de este lado que son publicados en Buenos Aires
y viceversa[16]. Nos
parece importante destacar además que esta fluida comunicación revolucionaria internacional
se dio en un contexto de tensión fronteriza entre los gobiernos de Chile y la Argentina. El
ambiente era proclive a la guerra: aparte de adquirir más buques y acorazados,
ambos Estados implantaron el servicio militar obligatorio (1900-1901). La reacción del movimiento obrero y popular revolucionario
(al contrario de muchos trabajadores organizados en mutuales e influenciados
por el Partido Democrático) fue, con matices, contraria al conflicto y proclive
al internacionalismo obrero[17].
El 1º de mayo en Santiago
Los hechos que dieron origen al Primero de Mayo se remontan
a 1886. Ese día y mediante una huelga general previamente acordada, varias
organizaciones sindicales estadounidenses intentaron instaurar las 8 horas como
máximo para la jornada laboral (en Chile llegaban incluso a las 16 horas). El
gobierno norteamericano procedió a reprimir todas las manifestaciones y en una
de ellas –motivada originalmente por un conflicto particular-, el 3 de mayo,
cayeron varios obreros asesinados por la represión estatal. Al otro día y
durante un mitin en la plaza Haymarket, una anónima bomba fue lanzada como
venganza contra las fuerzas de seguridad, muriendo en el acto un oficial de la
policía. Como contraataque, el Estado detuvo a los dirigentes obreros más
conocidos de la zona. Esa redada culminó tras un largo y bullicioso juicio con
la muerte en la horca, el 11 de noviembre de 1887, de cuatro anarquistas
(Fischer, Engel, Parsons y Spies). Años después se comprobó que todos eran
inocentes, evidenciándose la tesis de que en realidad todo había sido un plan
para descabezar a las organizaciones sindicales. En Europa y en un congreso de la II Internacional
se acordó decretar el Primero de Mayo como día de recuerdo “simbólico”. La
fecha sin embargo, estuvo lejos de solo ser un día de silencio –como sugerían
los socialistas-, en Estocolmo, así como en Barcelona y otras grandes urbes,
los trabajadores fueron a la huelga general, la que repitieron en los
siguientes años hasta que la
Internacional se vio obligada a aceptar lo que los
trabajadores forzaban con los hechos[18].
Noticias parciales debieron llegar –con
atraso- a la región chilena por medio de diversas fuentes periodísticas o por
medio de la voz de los viajeros. ¿Cuántos individuos aislados supieron
tempranamente de los sucesos y los evocaron en la intimidad de sus existencias?
¿Cómo fue que los trabajadores criollos se sumaron a los actos que por todo el
orbe se realizaban? Después de todo, no había entonces ninguna organización
extranjera que ordenase a los chilenos hacer tal o cual cosa (como sucedió con
los comunistas y la URSS
en décadas posteriores). Por lo mismo no resulta extraño postular que recordar
un 1º de Mayo fue para los trabajadores de la región chilena una cuestión de
voluntad: la lejanía espacial no era motivo para retraerse de un proceso –la
revolución social- que desde un principio se contempló como un fenómeno
mundial.
En septiembre de 1890 el periódico El Obrero de Santiago informaba en sus
páginas sobre el desarrollo de la huelga general que el 1º de Mayo de ese año
se había concretado en Barcelona y otras zonas de la península ibérica.
Noticias que habían llegado por medio de El
Productor, vocero ácrata editado en la capital catalana y al cual los
santiaguinos felicitaban por la energía y esfuerzo que ésta realizaba “en pro
de nuestras ideas”. Para hacerse un concepto de la naturaleza de la información
que comentamos, transcribimos a continuación extractos de El Obrero: “Barcelona, en el 1º de Mayo, ha dado una lección a la
burguesía; ha medido sus fuerzas cual ejército que pasa revista, y podido
demostrar, a la faz de todo el mundo que sus huestes de trabajadores saben
defender sus intereses y que son tantos los defensores de nuestras ideas cuantos
(sic) son los trabajadores. (…) ¡Fecha memorable que
los trabajadores de todo el mundo han demostrado no olvidarán jamás, pues en
ella tomaron parte los mártires de Chicago que mas tarde subieron al cadalso
por haber defendido los derechos del trabajador! ¡Fecha memorable que forma la
etapa mas gloriosa de la historia del proletariado, pues en ella se han unido
los trabajadores del universo bajo una sola aspiración: las ocho horas de
jornada, y han demostrado a la burguesía que donde nuestros mártires alcanzaron
la pena de muerte, ha empezado la redención del proletariado!”. Solo dos
ejemplares de El Obrero quedaron en
la hemeroteca de la Biblioteca Nacional
de Santiago, quizás no se editaron más, quizás desaparecieron. Lo cierto es que
en ambos se narran con entusiasmo los pormenores de los sucesos del 1º de Mayo,
tanto en Barcelona como en otros puntos de Europa. “Tenemos la seguridad –decían en el segundo número respecto al
futuro de la jornada- de que será mucho
mas grande, si cabe, y tomamos en ella parte todos los que hayamos dormido,
mostrando por nuestro entusiasmo el pesar que tenemos de no haberlo verificado
antes”[19].
Los historiadores del Partido Comunista
Hernán Ramírez y Fernando Ortiz, así como el socialista Osvaldo Arias señalaron
que Luís Peña y Lara –“un socialista” que actuaba en el interior del PD- escribió
en 1893 “un manifiesto que parece ser el
más antiguo hecho en Chile con motivo del primero de mayo”. Dicho
manifiesto es en realidad un extenso artículo escrito en El Obrero de La
Serena el 29 de abril de ese año. En él se indica que “Hoy (1º de mayo) es el día en que el pueblo
hambriento y desnudo formula enérgica protesta contra el orden de cosas
existente, contra la organización actual de la sociedad burguesa… Ese grito de
protesta lanzado por el oprimido que trabaja y nada tiene, es universal: no
reconoce ni fronteras, ni razas, ni nacionalidades…”[20].
Con llamados así dando vuelta en algunos círculos obreros
cabría ahora preguntarse cuando se concretó por vez primera un acto público en
recuerdo del 1º de Mayo a nivel local. Al parecer, la respuesta está en las
tierras australes: en la ciudad de Punta Arenas y en el año 1897. Sin embargo,
este trabajo se ha concentrado en la zona central puesto que el radio de
influencia es mayor que en el extremo sur. Es decir, la ficción llamada Chile
(o región chilena) es mas coherente acá que en la casi autónoma y aislada
Patagonia. Lo hemos hecho así no por centralismo, sino porque es mucho más
probable que la conmemoración en Santiago o Valparaíso haya (y de hecho, así
fue) repercutido e influenciado en una mayor cantidad de ciudades que la
irradiada desde Punta Arenas. No obstante resulta importante este dato[21].
Sobre el resto del país ya hemos dicho que entre los varios
autores revisados no hay acuerdo. Hernán Ramírez, Fernando Ortiz y Jaime
Massardo –por ejemplo- insinúan que fue en 1892 y en el puerto de Valparaíso,
mas, los autores yerran pues confunden un mitin del Partido Democrático que se
concretó ese día coincidiendo causalmente con el domingo (día de
manifestaciones) 1º del quinto mes, mitin que –según se deduce de la prensa de
sus organizadores- no tuvo relación alguna con los hechos de Chicago[22].
Además, y como veremos, aún reconociendo la veracidad de aquella sugerencia, la
noticia del evento como tal –conmemoración- al parecer no llegó a Santiago, en
donde otros autores señalan que el acto se realizó en 1898, 1899 o en 1903. A partir de los datos
que encontramos hemos reconstruido en parte esa “primera conmemoración”.
El 11 de febrero de 1898 un articulo
titulado “la religión de un cobarde” cubría la portada del periódico cercano al
Partido Radical La Tarde.
La situación era alarmante: a la redacción del diario había
llegado un escrito antipatriota firmado con el seudónimo “Uno que no irá a la
guerra”, en donde se sugería que los trabajadores no tenían porqué ir a un
conflicto bélico con la Argentina,
guerra que, como señalamos anteriormente, era bastante azuzada entonces. Desde La Tarde, un
patriótico “A. Dester” respondía el anónimo desacreditando al socialismo
revolucionario, credo que veía tras el llamado internacionalista. “Quiera
Dios –decía el articulista respecto al anarquismo- para el honor de
Chile y para la felicidad de este pueblo varonil y heroico, que ese flajelo de
las almas no encuentre un terreno propicio”. Durante los siguientes días permaneció la
polémica y la propaganda subversiva era instalada ya como un tema de
preocupación para la oligarquía y para los sectores conservadores. Desde el
otro lado, Luís Olea - célebre anarquista- fue a la redacción misma del
periódico a entregar su respuesta escrita “en 19 carillas con letra gorda y
clara”. Washington, que así firmaba un nuevo comentarista en reemplazo
momentáneo del ausente Dester, narra de la siguiente forma la visita del pintor
decorador: “Yo había visto entrar a la imprenta al socialista con un rollo
de cartillas en la mano. Alto, fornido, patilla rubia y cerrada, mirada azul;
semejante al recién venido, un pacífico burgués, uno de esos veteranos del
trabajo que logran vencer en la gran batalla de la vida, por medio del esfuerzo
constante del brazo vigoroso nutrido por su cerebro bien nutrido y equilibrado.
Cuando llegó a la sala de redacción, Luís, así se llamaba el ciudadano
universal, se dirigió a mi mesa. (…) Apenas crucé con él dos palabras, porque
el apóstol socialista buscaba a Dester y no a mí. Alancé en ese corto instante
a divisar en el fondo de sus grandes ojos una chispa extraña, algo así como un
resplandor rojizo que transformaba por milésimas de segundos esa cara
bonancible, en una mascara de odio.” La respuesta al artículo de Dester
redactada por Olea fue cercenada por La Tarde, por lo que el “rucio” debió
desarrollarla luego en La Tromba[23].
Hemos destacado lo anterior puesto que consideramos importante consignar el
ambiente que sirvió de testigo días después para dar cabida a un par de eventos
insospechados.
Ese año (1898) actuaba en Santiago la
llamada Confederación Obrera, una especie de coordinadora de entidades
mutualistas, sociales y protosindicales
de la capital. En el interior de este organismo actuaban individuos cercanos a
las ideas anarquistas, los cuales y juntos a otros elementos progresistas,
propusieron conmemorar por vez primera –como ellos lo indicaban- un acto en
conmemoración a los mártires de Chicago. Para tal efecto se creó un comité
organizador que, al parecer, no contó con la simpatía de toda la Confederación. Mientras
algunos trabajadores visualizaban la fecha como día de protesta, otros advertían
en la prensa masiva que la jornada “no era un acto revoltoso”, mientras que
otros, menos benévolos aún, anunciaban que era un día sin importancia[24].
El periódico católico El Pueblo
señalaba que los interesados en conmemorar la fecha eran “emisarios de los centros anarquistas europeos” avecinados
recientemente en estas playas. Y el 1º de Mayo por su parte, no podía ser sino
lo que ellos llamaban “día de orden del
anarquismo universal”[25].
El ambiente antisubversivo creado por
la prensa desde febrero fue terreno propicio para que la jornada virara su
curso original.
El Primero de Mayo fue concebido como una
fecha revolucionaria. Su conmemoración en cierta forma era también una manera
de protestar contra las injusticias que afectaban a los obreros chilenos. Por
lo mismo, tal día no podía contar con la simpatía del Gobierno, desatándose
como es natural la persecución y el truncamiento de la iniciativa. A mediados
de abril la policía desbarató al comité organizador, apresando a Marcos de La Barra, Policarpo Solís y
Gregorio Olivares, entre otros. Un año mas tarde los anarquistas de Santiago (Grupo Rebelión, coordinado por Magno
Espinoza) comunicaban a sus pares de la región argentina (La
Protesta Humana) así estos sucesos: “La
Confederación Obrera que aquí existe, es una Asociación
compuesta de dos delegados de cada una de las sociedades gremiales existentes
en Santiago, y el elemento revolucionario que se ha introducido en esa
federación trabajó hasta que se consiguió que ésta acordara celebrar el 1º de
Mayo; pero eso que llaman gobierno no pudo permanecer impasible ante el gran
movimiento obrero que por primera vez iba a operarse en Chile y echó mano de sus
esbirros para que frustraran la celebración de esa fecha. Primeramente el gobierno, por medio de sus
agentes, sobornó a algunos de los que habían dado sus votos para la celebración
proyectada y les hizo declarar públicamente que no querían hacer causa común
con los socialistas y anarquistas de Buenos Aires y Europa. No obstante, los
que a toda costa queríamos celebrar el 1º de Mayo invitamos a una reunión a los
obreros, la que fue numerosísima, acordando celebrar un meeting y un banquete
para tal fiesta, quedando nombrada una comisión de cinco compañeros para hacer
los trabajos preparatorios. Una
noche, como seis días antes que debíamos tener la ultima reunión, agentes de la
policía tomaron presos a los miembros de esta comisión junto con otros
compañeros, pasándolos al juzgado del crimen por “desorden”, siendo condenados
a 20 pesos y medio de culpa cada uno. De
esta manera la burguesía chilena, que parece no ir en zaga a la de otros
países, ha ahogado el primer movimiento del proletariado en la república de
Chile. Pero no importa; estamos
dispuestos a trabajar con ahínco hasta que nuestros esfuerzos sean condecorados
con la Revolución
Social”[26].
Para felicidad de los sectores contrarios
a los revolucionarios el acto no se concretó. El ácrata Alejandro Escobar
señalaría un año más tarde que dicho fracaso fue condicionado por la
infiltración –orquestada desde la Intendencia- de agentes de la policía secreta (Manuel
Escudero y Eleuterio Estay) en el comité organizador, y por ello “no hubo
fiesta” –sentenciaban los anarquistas[27].
El acto público debió retrasarse hasta
1899. Ese año los libertarios publicaron en El
Rebelde (repartido en la misma fecha) la siguiente –y sugerente nota-: “El socialismo libertario llama por primera
vez a la clase obrera de Chile a conmemorar el 1º de Mayo, fecha gloriosa en
que se verificó el mas importante movimiento obrero; y día en que el
proletariado de todos los países pisotea las fronteras –que la burguesía trata
de oponerles como una barrera insalvable de odios y rencores patrióticos- para
darse un abrazo con sus hermanos de todo el mundo y cobijarse bajo la bandera
del socialismo, que tan nobles ideales entraña y que ha de traernos nuestra
completa emancipación social”. Por la prolongada temporalidad entre los
ejemplares de los periódicos revolucionarios de la época y quizás también porque
el acto no debió ser muy masivo, no hemos tenido noticias de las
características concretas de aquella manifestación. Los grandes diarios
guardaron silencio. La Tarde, por ejemplo, se limitó a indicar que
ese día “los socialistas de esta capital” publicaron un periódico conmemorativo
que llevaba por nombre El Primero de Mayo[28].
El esfuerzo por dar a conocer el 1º de Mayo en la región
chilena era una preocupación para algunos trabajadores de la capital, y en ese
intento, los anarquistas demostraron tener mayor dedicación. De hecho, al mismo
tiempo La Democracia
–administrado entre otros por el posteriormente idolatrado socialista Luís
Emilio Recabarren- mostraba escaso interés por la fecha, lo que se revertiría
años más tarde luego de que los anarquistas tomaran como suya la fecha en la
capital. Ahora, como se deduce de los antecedentes de los años noventa del
siglo XIX, traer a colación aquel día no era una inquietud exclusiva de los
ácratas, pues de ser así difícilmente se entendería la extensiva acogida que el
evento encontró entre los reformistas del Partido Democrático, del efímero
Partido Obrero Francisco Bilbao y de las sociedades mutuales de la capital,
pero el hecho de que los primeros insistieran con la conmemoración en su prensa
y en las colaboraciones que mandaban al extranjero, es, creemos, decidor.
Ahora bien, hemos dicho que por iniciativa
anarquista se conmemoró por vez primera el día del trabajador en la región
chilena. Pero este breve escrito sostiene además que el contacto con los libertarios
argentinos fue vital para esa primera oportunidad. Evidentemente, el 1º de mayo
se hubiere terminado conmemorando sin anarquistas y sin acercamiento con los
argentinos pero, creemos, bastante más tarde. Esta idea la sostenemos a partir
de varias situaciones que si bien no pueden ser tenidas como únicas
explicaciones, sí dan pistas a favor de lo que intentamos destacar: en la
región argentina el 1º de Mayo ya se conmemoraba en 1890; las publicaciones
anarquistas trasandinas llevaban tiempo destacando la fecha en sus páginas; la
principal ruta de alimentación teórica –mediante cartas, visitas, folletos y
periódicos- de los revolucionarios socialistas de Santiago provenía de Buenos
Aires; La Protesta Humana
tenía comunicación y canje constante con personajes como Olea, Montenegro y
Magno Espinosa, autoproclamados gestores de esta iniciativa en la región
chilena[29].
En 1900 el acto se repetiría. “Nosotros –diría El Ácrata- al celebrar por segunda vez en Chile, la
fiesta del Trabajo, hacemos a nuestros hijos y a nuestras esposas, la solemne
promesa de luchar hasta el final por nuestra común emancipación”[30].
Al entusiasmo de los anarquistas se sumaron en los siguientes años -con algunas
reticencias los unos, con supuesta autoridad sobre el día los otros- los
reformistas del Partido Democrático y las incipientes organizaciones
socialistas. Aunque estos últimos recibieron temprano la advertencia de los libertarios:
el Primero de Mayo es para la lucha, no es para celebrar[31].
Manuel J Montenegro criticó duramente un banquete organizado por los seguidores
criollos del marxismo en 1902. Desde las páginas de La
Agitación les
dedicaba estas no muy simpáticas palabras: “Estaba
reservado a nuestros socialistas científicos tergiversar el significado de los
hechos tan solo para darse bombo y exhibirse como redentores entre quienes
ignoran la historia ¡Redentores de cartón!”[32].
La fecha anunciada tardó un par de años en masificarse y al
parecer 1903 es el año en que la jornada se consagró: mientras que en la
capital se repartían periódicos, folletos y volantes “en abundancia”, en el
norte la Mancomunal
de Antofagasta organizaba una variopinta velada artística con baile, discursos,
poesía y filarmónica incluida. En Valparaíso el contexto de la huelga general
que se libraba en el puerto hizo converger grandes manifestaciones populares,
sin embargo, no hay mayores indicios de que dicho contexto haya sido utilizado
para la conmemoración. Lo cual no deja de llamar la atención.
Dos años después, y en el acto
conmemorativo, los anarquistas -según Fernando Ortiz- tuvieron incidentes en la manifestación con
jóvenes de colegios católicos. En ese 1905 el día también fue rescatado en la
austral Punta Arenas. En 1906 y en el año siguiente sucedieron en Santiago,
Valparaíso, Concepción, Chillán, Victoria y en otros confines, las manifestaciones
de Mayo más grandes antes de la
Masacre de la Escuela Santa Maria en
diciembre de 1907. Iquique, la misma ciudad que se cubriría de sangre en aquella
matanza, desafiaba en las calles al crucero “Esmeralda” que desde la costa
vigilaba los posibles desmanes: allí el Centro de Estudios Sociales La Redención –donde
actuaba Luís Olea- editó tres números del periódico El 1º de Mayo (1907-1908).
La matanza del año 1907 incidió en un
cierto reflujo de la actividad huelguística, sindical y de difusión de los
trabajadores de la región chilena. Retroceso que se revertiría con fuerza a
partir de 1912 y se consolidaría con la huelga general de octubre de 1913 que,
motivada como protesta contra la implantación del retrato forzoso a los obreros
de ferrocarriles, y con la FORCH
a la cabeza, paralizó a varios puertos del país, contando además con la
solidaridad de la FORP
de Lima. Pero a pesar del golpe duro propinado por el Estado y el empresariado,
la propaganda, así como la conmemoración del 1º de Mayo, no desapareció
totalmente. El periódico anarquista La Protesta,
por ejemplo, dedicó dos hermosas portadas a los mártires de Chicago en 1908 y
1909, años de supuesta inactividad de agitación.
En
1912 la conmemoración del Primero de Mayo generó escándalo en la sociedad
chilena. Unos 10 mil trabajadores conmemoraron la fecha en Santiago. El comité organizador
fue compuesto por La Gran Federación Obrera de Chile (que en 1919 se haría
marxista), por varias mutuales, por la
Liga de Libre Pensadores, por un minúsculo Partido Obrero
Socialista y por la polémica Sociedad de Resistencia de Oficios Varios. Según
la policía y en declaración ante el juzgado: “Los oradores, con palabras violentas, predicaban la destrucción de la
actual sociedad, de las leyes, de la religión, de los Poderes Públicos, en una
palabra, de todos los derechos y deberes consagrados en nuestra Constitución.
Ostentaban los representantes de la “Sociedad Oficios Varios” estandartes en
los que se leían las siguientes frases: ¡Viva la anarquía! –Sin Dios ni Amo,-La
Patria mata a sus hijos, y como injuria grave, que ha conmovido al publico en
general, ésta otra: El Ejército es la Escuela del Crimen”. Ante tal situación se le
siguió por algún tiempo un proceso judicial a la SROV, rastreo que, en todo
caso, no llegó muy lejos.
En 1913 fue Valparaíso el que se destacó con las grandes
manifestaciones. El comité organizador tenía entre sus nombres a varios hombres
que a la postre se harían célebres entre los anarquistas. Presidía Juan Onofre
Chamorro, que más tarde fue secretario general de la Federación Obrera
Regional Chilena (1913-1917), y secretario luego de la sección porteña de los
Trabajadores Industriales del Mundo, IWW (1920). También estaba Pedro Ortúzar,
quien se exiliará en la
Argentina durante la dictadura ibañista, para regresar
años más tarde a participar del movimiento libertario local hasta su muerte,
acaecida el 23 de junio de 1944.
A estos se sumaban Modesto Oyarzún, quien fuera
administrador –junto a Julio Rebosio- de la primera Verba Roja
(Valparaíso, 1918) y el joven poeta José Domingo Gómez Rojas, inocuamente
torturado hasta la muerte en el proceso contra la IWW de 1920.
La Batalla recuerda que al frente de las columnas
obreras (que según estos llegaban a 15 mil) eran alzados sendos estandartes de
color rojo, adornados algunos de ellos con cintas negras. Hay que tener
presente que en esta época, y hasta mucho después, el color rojo de las banderas
era rescatado por todas las corrientes del socialismo revolucionario. Y entre los
manifestantes se leían los carteles con las siguientes inscripciones: “Paso a
los Productores”, “Viva la Fraternidad Universal”, “Respeto al Trabajo”,
“Instrucción Racional”, “Abajo la
Taberna”, “Pan y Luz”, “Ocho Horas de Trabajo”, “Obreros,
Organizaos”, “Somos las hormigas productoras”, “Mas escuelas”, “Abolición de la
pena de muerte”, “Abajo las fronteras”, “La Opresión engendra Rebelión”, “Hacia el Porvenir”,
entre otras.
El evento no estuvo exento de percances. En medio de la
manifestación el anarquista José García de la Huerta habló en contra de la policía porque ésta
había abusado de su poder contra él días antes. La gente se indignó con estas
palabras, pero más se encolerizaron los agentes represivos, los que subieron
hasta la tribuna en la que peroraba García, llevándose presos –en medio de
silbidos- a éste y también a Chamorro, del comité organizador. Según La Unión: “Una
poblada inmensa acompañó hasta las puertas de la comisaría al señor Chamorro
pidiendo a gritos que se les pusiera en libertad”. Después de quince
minutos y por temor al desborde popular, la policía cedió y los liberó.
En el norte, en Iquique, las
organizaciones sociales salieron del silencio al que la Matanza de 1907 los había
condenado. De hecho, del mismo acto surgió una emblemática polémica sobre el
internacionalismo entre un articulista de El
Nacional y Luís Emilio Recabarren. Dicho conflicto se resolvió en el Teatro
Variedades algunos días después. Allí el afamado socialista dictó “Patria y
Patriotismo”, discurso que más tarde fue publicado en formato folleto
alcanzando gran popularidad.
En tiempos de la Asamblea Obrera de Alimentación Nacional
(1918-1919), hubo dantescas manifestaciones, las que se repitieron en 1920, año
en que los wobblies (IWW) lideraban en Valparaíso el Primero de Mayo al
mismo tiempo en que mediante exitosas huelgas consolidaban su poder y
desconcertaban con sus novedosas tácticas sindicales a la sociedad porteña[33].
Nos parece importante consignar que el 1º de Mayo era un
día de protesta en el cual los elementos mas ideologizados del ascendente
movimiento obrero y popular llamaban, con éxito muchas veces, a desistir de
trabajar para ir a los mítines públicos. Naturalmente, para la burguesía y el
Estado dicho gesto era una huelga sin sentido, una falta de respeto, y por lo
mismo no fueron escasos los despidos por tan insolentes abandonos laborales.
Ahora bien, de igual forma es pertinente advertir que el 1º de Mayo no siempre
o necesariamente fue visto como una jornada revolucionaria, para muchos
sectores se trataba también de un día de encuentro entre patronos y obreros
(generalmente de agrupaciones católicas o mutualistas) en torno a la idea del
Trabajo como entidad a pontificar. De esa forma el día era extirpado de su
acción constructora de identidad de clase, para actuar como perpetuante del
régimen existente, en tanto el Trabajo era posicionado como fin en sí,
fin posible de ser producido gracias a la conciliación entre capital y fuerza
productiva. De ahí a los banquetes de fraternidad entre patronos y mutualistas
un paso: un verdadero sacrilegio para socialistas, y peor aún para los
anarquistas. La prensa burguesa -decía La Batalla en 1914-, distorsiona el sentido
de la fecha “especialmente El Diario Ilustrado que llegó a decir que ese día
no es ya un día solo de los trabajadores, sino un día de los chilenos”[34].
Durante todos estos años la fecha convocó
tantas multitudes que el Estado se vio obligado a tomar cartas en el asunto
para neutralizar los ribetes revolucionarios que solían adquirir los 1º de Mayo.
Ya no se podía reprimir simplemente, el nivel de popularidad del evento lo
había legitimado ¿Qué hacer? La respuesta nos la dan los propios anarquistas en
1926: “El primero de Mayo dejó de ser, al
menos aquí en Chile, un día de protesta por los Mártires de Chicago… Desde que el gobierno de este país a raíz y
posteriormente a las mal llamadas revoluciones militares de Septiembre y Enero
(1924-1925), decretó feriado legal el primero de Mayo, éste perdió en mucho su
poder emotivo y revolucionario; y, sobretodo, ese carácter anti-estatal de
resistencia que adquiría un paro de protesta en ese día frente al gobierno y a
los capitalistas. (…)De ese modo, el primero de Mayo, pasará a ser como un 18
de Septiembre, como un 21 de Mayo o como una semana santa…”[35].
Esta situación no puede mirarse como
simple casualidad. El hecho no puede separarse del proceso general de
cooptación del movimiento obrero revolucionario mediante la sindicalización
legal y la intromisión activa del Estado en los sistemas de relaciones laborales[36].
No obstante, a pesar de que en el futuro la jornada sería de descanso legal y
la participación del gobierno no estaría ausente de los eventos que en su honor
se levantaran, el día siguió conformando un elemento aglutinador de las
diversas fuerzas de trabajadores. El carácter anarquista fue perdiendo terreno
en beneficio de las otras ideologías que pudieron acomodarse mejor en el nuevo
sistema de sindicalización legal consolidado a partir de la dictadura de
Ibáñez. Solo los militantes libertarios agrupados en diversas y disímiles
organizaciones tales como la IWW,
la CGT, la URE, la FOIC, FONACC, MUNT y también
durante los primeros años de la
CUT (1953), seguirían recordando la significación anarquista
de los mártires de Chicago[37].
Todas las vertientes antisistémicas
hicieron eco del llamado que iniciaron a finales del XIX los compañeros
anarquistas. El Primero de Mayo puede considerarse como uno de los aportes más
simbólicos de los libertarios al movimiento social local. Un aporte que resiste
hasta el presente. Una gesta que sobrevivió a la dictadura, cuando el día se
conmemoraba en silencio a veces, o en actos relámpagos en otras. Cuando los
sindicalistas del CNT convocaban actos contrarios a los oficiales de Pinochet, episodios
en donde se improvisaba el descontento antidictatorial.
Y así llegamos hasta el fin de este
pequeño esbozo de la primera conmemoración pública del 1º de Mayo y de su
significado en la región chilena. Anhelamos que futuras investigaciones nos
develen a profundidad el desarrollo del 1º de Mayo con posterioridad a los años
en que nos hemos remitido. Había fe en un destino mejor, el día no era de
descanso: era de lucha. Los anarquistas locales y gracias al ejemplo y contacto
con los revolucionarios argentinos, aceleraron la llegada al país del evento.
Santiago en 1899 dio el primer paso (registrado) y pronto los más recónditos
confines de la región chilena se sumaron a ésta: la jornada internacionalista
por excelencia. Pasos que se iniciaron con arengas como la que a continuación
reproducimos de El Rebelde: “Unámonos los trabajadores de Chile y
sigamos la obra empezada por las victimas del 1º de Mayo. Borremos la frontera y démonos con nuestros
hermanos un abrazo fraternal y juntos luchemos por nuestra causa que en todo el
mundo es la misma. ¡Viva el 1º de
Mayo! ¡Viva la Revolución Social!”[38] (37)
por Víctor Muñoz Cortés
En Santiago y en el invierno de 2009
(*) Mi
gratitud y afecto a los compañeros del Grupo El Surco por el apoyo, los
comentarios, las críticas y las importantes sugerencias a este trabajo. Este
texto se publicó originalmente en Varios
Autores, Los orígenes del Primero de
Mayo. De Chicago a América Latina (1886-1930), Editorial Quimantú,
Santiago, 2010.
[1] Peter DeShazo, Trabajadores urbanos y sindicatos en Chile: 1902-1927, Centro de
Investigaciones Diego Barros Arana, Santiago, 2007, p. 231.
[2] Osvaldo Arias Escobedo, El 1o. de Mayo en América Latina: historia
de las primeras celebraciones, Escuela de Historia, Centro de
Investigaciones Multidisciplinarias, Universidad Michoacana de San Nicolás de
Hidalgo, Morelia, 1996; Luís Vitale, Contribución
a una historia del anarquismo en América Latina, Ed. Instituto de
Investigación de Movimientos Sociales “Pedro Vuskovic”, Santiago, 1998, p. 26;
Sergio Grez, Los anarquistas y el
movimiento obrero. La alborada de “la
Idea” en Chile, 1893-1915, LOM, Santiago, 2007, p. 48;
Mario Garcés y Pedro Milos, Los sucesos
de Chicago y el primero de Mayo en Chile, ECO, 1989; Jaime Massardo, La formación del imaginario político de Luís
Emilio Recabarren. Contribución al estudio crítico de la cultura política de
las clases subalternas de la sociedad chilena, LOM, Santiago, p. 90;
Fernando Ortiz, El Movimiento Obrero en
Chile (1890-1919). Antecedentes. Ediciones Michay, Madrid, 1985, p.144-146.
[3] Castel, Robert, La metamorfosis de la cuestión social, Paidós, Buenos Aires, 1997;
Mario Garcés, Crisis social y motines
populares en el 1900, LOM, Santiago, 2003; Sergio Grez (Recopilación y
estudio crítico), La “Cuestión Social” en
Chile. Ideas, debates y precursores, DIBAM, Santiago, 1995.
[4] Gabriel Salazar, Labradores, peones y proletarios. Formación y crisis de la sociedad
popular chilena del siglo XIX, LOM, Santiago, 2000; Julio Pinto, “De
proyectos y desarraigos: la sociedad latinoamericana frente a la experiencia de
la modernidad (1780-1914)”, en Contribuciones Científicas y
Tecnológicas, Área Ciencias sociales Nº
130, USACH, 2000.
[5] Sergio Grez, Los anarquistas…,op. cit.
[6] Sobre el anarquismo español y este
periódico ver, entre otros, a Javier Paniagua, Anarquismo y Socialismo, Historia 16, Madrid, 1999.
[7] Por esta oportunidad omitiremos la
interesante duda que nos plantea el periódico anarquista El Oprimido que apareció en Valparaíso en 1893. Un estudio
meticuloso de los ejemplares de ese libelo nos entregará datos importantes
sobre los primeros ácratas de la región chilena. Nos parece interesante
plantear el asunto, puesto que es necesario complejizar esa inevitable
tendencia que se tiene en la historia de amarrar asuntos e ideas a años
específicos. Un ejercicio arbitrario y por lo mismo artificial. Es una
herramienta claro, y la usamos, pero queda hecha la advertencia en cuanto a sus
límites: ordena, no explica.
[8] “El Rebelde”, El Rebelde (Santiago, región chilena), 20 de noviembre de 1898.
[9] Sergio Grez, Los anarquistas…,op. cit., p. 44
[10] Peter DeShazo, op. cit.
[11] “El doctor Pedro Gori y sus difamadores”, El Ácrata (Santiago, región chilena),
1era quincena de mayo de 1901. Para una desarrollada visión de la visita de
Pietro Gori así como una interesante biografía del mismo, revisar Pietro Gori: Biografía de un “Tribuno
Libertario” y su paso por Chile (1901), Santiago, 2009, (Inédito), de
Eduardo Godoy Sepúlveda, (e_godoy_sepulveda@hotmail.com). Agradezco el acceso
al documento preliminar y los comentarios a este escrito.
[12] “El patriotismo argentino”, La
Democracia (Santiago, región chilena), 11 de noviembre de
1900.
[13]
Alejandro Escobar, “Chile a fines del siglo XIX”, “Inquietudes políticas
y gremiales a principios de siglo”, “La agitación gremial en Santiago,
Antofagasta e Iquique”, “La organización política de la clase obrera a
comienzos de siglo” y “El movimiento intelectual y la educación socialista” en Revista Mapocho, Nº 58, Santiago, 2005.
[14] “Desde Buenos Aires”, El Ácrata (Santiago, región chilena), 10 de junio de 1900.
[15] “El grupo rebelión” (aviso), La
Protesta Humana (Buenos Aires, región argentina), 12 de
junio de 1898.
[16] Baste citar de ejemplos a las ediciones de
La Protesta Humana (Buenos Aires, región
argentina) de los días 15 de enero, 18 de febrero, 12 de junio, 7 de agosto y 9
de septiembre de 1898; 7 y 14 de enero, 12 de febrero, 3 y 17 de septiembre, 1
de octubre, 10 y 24 de diciembre de 1899; 22 de junio de 1901, etc.
[17] Revisar nuestro trabajo “¡Nuestra patria es el Mundo! El
Internacionalismo obrero contra la cuasi-guerra chileno-argentina de 1898-1902”, Santiago, 2007,
Inédito.
[18] Eric Hobsbawm, Gente poco corriente. Resistencia, rebelión y jazz, Crítica,
Barcelona, 1999.
[19] “El Productor y la huelga del 1º de Mayo”,
El Obrero (Santiago, región chilena),
30 de agosto de 1890; “Residuos del 1º de Mayo”, El Obrero (Santiago, región chilena), 6 de septiembre de 1890.
[20] Fernando Ortiz, op. cit., p. 144; Hernán Ramírez, “Origen y Formación del Partido
Comunista de Chile”, en Obras Completas
V. II, LOM, Santiago, 2007, p. 188.
[21] Manuel Rodríguez, Contribuciones
para una historia del 1º de Mayo en Magallanes, www.archivochile.com
[22] “El meeting del domingo”, El Pueblo (Valparaíso), 7 de mayo de
1892.
[23] “La religión de un cobarde”, “La religión
de un cobarde (II)”, “De unos obreros”, “El cáncer social”, “Los problemas
sociales” en La Tarde, (Santiago,
región chilena), 11, 15, 17, 19, 22 de febrero de 1898; “Extracto de una
refutación al artículo de A. Dester, titulado: La religión de un cobarde”, La Tromba
(Santiago, región chilena), 1ª semana de marzo de 1898.
[24] “La Confederación Obrera
y la fiesta del trabajo”, La Lei (Santiago, región chilena), 21 de abril
de 1898
[25] “¡Alerta!”, El Pueblo (Santiago, región chilena), 19 de abril de 1898
[26] “Movimiento Social. Chile”, La
Protesta Humana (Buenos Aires, región argentina), 12 de
junio de 1898.
[27] “La impotencia burguesa”, El Rebelde (Santiago, región chilena),
1º mayo de 1899.
[28] “El 1º de Mayo”, El Rebelde (Santiago, región chilena), 1 de mayo de 1899:
“Santiago”, La Tarde (Santiago de Chile), 2 de mayo de1899.
[29] Diego Abad de Santillán, La
FORA. Ideología y
trayectoria del movimiento obrero revolucionario en la Argentina, Libros de
Anarres-Utopia Libertaria, Buenos Aires, 2005, p. 55; Jaime Massardo, op. cit.,
p. 89; También hay citas-ejemplo
textuales, como las palabras de Spies “Tiempo habrá en que nuestro silencio
será más poderoso que las voces que hoy estranguláis”. Compárese “El 1º de
Mayo”, El Rebelde (Santiago, región
chilena) del 1 de mayo de 1899 con “1º de Mayo”, La
Protesta Humana (Buenos Aires), 1 de mayo de 1898. Desde
luego hay que matizar la exclusividad de la influencia de La
Protesta Humana, con el aporte también probable de los
otros periódicos de orientación revolucionaria que llegaban a Chile.
[30] “La fiesta del Pueblo”, El Ácrata (Santiago, región chilena), 6 de mayo de 1900.
[31] A pesar de que en su prensa los anarquistas
generalmente pusieron más énfasis en ver al 1º de mayo como día de luto y de
lucha y no como una “fiesta”, es necesario señalar que la idea del 1º de mayo
como celebración no está ausente de los escritos ácratas. Después de todo
también era un día de promesa, de proyección, y por lo mismo de alegría.
Además, pero quizás solo en los primeros años del siglo XX, también fueron
ajenos a las “comidas de celebración”, siempre atacaron la “profanación” del
día, en tanto socialistas y reformistas fueron acusados de desvirtuar el
verdadero origen y sentido de la jornada. Con ello complejizamos el dual
análisis de Eric Hobsbawm para quien donde existía más influencia anarquista
entre los obreros, la jornada contaba con un carácter luctuoso, sombrío, de mártires.
Mientras que con la ausencia de estos, el 1º de mayo era inevitablemente una
“fiesta obrera”. Eric Hobsbawm, op. Cit.,
p. 139 y 146.
[32] “¡Esos socialistas!”, La
Ajitación (Santiago, región chilena), 24 de mayo de 1902.
[33] “Movimiento Social”, La Luz
(Santiago, región chilena), 28 de mayo de 1903; Mario Garcés y Pedro Milos, op. cit., p. 34; Sobre la huelga de
Valparaíso en 1903 ver Jorge Iturriaga, La
huelga de trabajadores marítimos y portuarios, Valparaíso, 1903, y el
surgimiento de la clase obrera organizada en Chile, tesis de licenciatura
UC, Santiago, 1997. Agradecemos a su autor la versión digital del documento;
Fernando Ortiz, op. cit., p.144-146;
Julio Pinto, Desgarros y Utopías en la Pampa Salitrera,
La consolidación de la identidad obrera en tiempos de la cuestión social
(1890-1923), LOM, Santiago, p 98; Sobre las huelgas generales contra el
retrato forzoso de 1913 y 1917 ver Eduardo Godoy, “1907 (Iquique) y 1913
(Valparaíso): Debacle y Rearticulación. Dos Hitos en la Historia del Movimiento
Obrero - Popular Chileno”, en prensa (LOM) y Camilo Plaza “Abajo la marca
humana: Dos episodios de rechazo al retrato forzoso, 1913 y 1917”, 2008, inédito.
Agradezco a ambos autores sus documentos originales; El texto policial fue
extraído de Alberto Harambour, “Jesto y palabra, idea y acción: la historia de
Efraín Plaza Olmedo”, en Colectivo Oficios Varios, Arriba quemando el sol, Estudios de Historia social chilena:
experiencias populares de trabajo, revuelta y autonomía (1830-1940), LOM,
Santiago, 2004; “La celebración del 1º
de mayo en Valparaíso”, La Batalla (Santiago,
región chilena), segunda quincena de
mayo de 1913; Víctor Muñoz, Arde la
patria: Los trabajadores, la “guerra de don Ladislao” y la construcción forzosa
de la nación en Chile (1918-1922), inédito; Peter DeShazo, op. cit. p. 260; Sobre la IWW, ver Mario Araya, Los wobblies criollos: Fundación e ideología
en la Región
chilena de la Industrial Workers
of the World-IWW (1919-1927), Tesis Inédita, Universidad Arcis, Santiago,
2008. Agradezco a su autor el texto original.
[34] “La celebración del 1 de mayo”, La
Batalla (Santiago, región chilena), 2da quincena de mayo
de 1914; Un panorama más acabado de la fecha como conformador de identidad
clasista, aunque para el caso trasandino, en Juan Suriano, “Banderas, héroes y
fiestas proletarias. Ritualidad y simbología anarquista a comienzos de siglo”,
en Boletín del Instituto de Historia
Argentina y Americana Doctor Emilio Ravignani, Tercera serie, núm. 15, 1er
semestre de 1997.
[35] “Alrededor del Primero de Mayo”, El Surco (Iquique) 1º de mayo de 1926.
[36] Víctor Muñoz, Luís Armando Triviño: wobblie. Hombres, ideas y problemas del
anarquismo en la década del veinte, Quimantú,
Santiago, 2009
[37] Mario Garcés y Pedro Milos, op. cit.; ver también “Documento
histórico: un volante del 1º de Mayo escrito por las organizaciones
anarcosindicalistas chilenas en 1947”,
(notas de José Gutiérrez), en http://www.anarkismo.net/article/12897.
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