domingo, 6 de noviembre de 2016

La débil crítica de Eric Hosbawn al pensamiento anarquista

Hasta hace un año no conocía la obra de Eric Hosbawm, no soy un ferviente lector ni el más rápido tampoco, por lo que me tardo mucho. Sin embargo, llegó a mis manos, por recomendación de un amigo, uno de sus ensayos sobre el anarquismo. Gran decepción para mí el no encontrar mucho en este texto. Hay esbozos de una crítica interesante a mitad de él, pero se desvanece de inmediato a medida uno avanza.

En un principio pensé que sería por la época en que fue escrito (1969), pero aún para ser 1969 está bastante desinformado, u omite bastante de lo que resulta ser el movimiento anarquista posterior a la primera guerra mundial. Parece ser que Hosbawm no busca o prefiere omitir todo lo relacionado al anarquismo de esta época, aclarando que hasta la reedición de este texto no se hizo una revisión de las afirmaciones de Hosbawm, me parece una irresponsabilidad viniendo de un historiador tan afamado en el mundillo intelectual de izquierda.

Primero Hosbawm afirma que, salvo Kropotkin, no existieron, en la primera época del anarquismo, intelectuales destacables o innovadores que dieran madurez intelectual al anarquismo o que acercase a los no anarquistas a esta corriente de pensamiento. Y desplaza al anarquismo a un simple desvarío de artistas y bohemios. Quien esté habituado al anarquismo no le será difícil encontrar una suma importante de propagandistas, teóricos y artistas que ofrecen un interés real para quien no es anarquista.

Su siguiente punto se enfoca en que el principal atractivo del anarquismo no era tan especial como se piensa, esto es el anti-autoritarismo. No es de extrañar que Hosbawm por su formación marxista se dedique a dar más merito a los teóricos marxistas no-oficiales o los detractores del socialismo (me atrevería a decir que a los liberales en este caso).

"Ni siquiera el arma más poderosa del arsenal intelectual de los anarquistas, su sensibilidad a los peligros de dictadura y burocracia implícitos en el marxismo, les era exclusiva. Esta clase de crítica la hacían con iguales resultados y con mayor elaboración intelectual los marxistas “no oficiales” y los adversarios de todo tipo de socialismo".[1]

Este párrafo evidencia lo que digo. Al decir implícitos en el marxismo, Hosbawm admite una posición de comodidad. Al marxismo no le falta la crítica a la burocracia y la dictadura, la lleva implícita porque es perfecta. Pero son los mismos anarquistas antes que él, y que no se dedicó a investigar, quienes rebatieron esto. Basta darse una vuelta por los escritos de Luigi Fabbri, Emma Goldman o Rudolf Rocker para evidenciarlo, pero el señor Hosbawm no se toma el tiempo para analizarlos, incluso Malatesta, conocido más por su faceta de propagandista, le dedica unos párrafos (véase la compilación de Vernon Richards).

El antiautoritarismo no fue un mero sentimentalismo ético, como una especie de buena voluntad o de caridad cristiana, de poner la otra mejilla o de una empatía. Sino que es una nueva dirección con respecto a cómo funcionan las relaciones individuales y colectivas. Dicho eje se trató de aplicar a todas las formas en las que se relaciona el individuo, en nuevas formas de ecología, de pedagogía, psicología, economía o incluso el arte. Principios que utilizaron psicólogos como Otto Gross o Paul Goodman (contemporáneo de Hosbawm), pedagogos como Sutherland Neill o Paul Robin.

Sigue un párrafo para la risa. Y este texto tiene varios que dan para tomarse la cabeza. Y, como he señalado, Hosbawm sólo ve lo que le conviene y cuenta lo que le conviene contar, aún si tiene que manipular o desinformar a su lector, quien por supuesto no se tomará el tiempo de comprobar lo que lee. Es una lástima saber que un reputado historiador se dedique de esa manera a desinformar. Examinemos el siguiente párrafo:

“Quien haya estudiado o haya tenido algo que ver con el movimiento anarquista real se habrá sentido afectado por el idealismo, el heroísmo, el espíritu de sacrificio y la santidad que tantas veces ha engendrado, junto a la brutalidad de la Majnovchina ucraniana o de los fanáticos pistoleros e incendiarios de iglesias de España.”

Es interesante que Hosbawm hable de la brutalidad de la majnovchina, y estoy muy seguro de que es por esgrimir el supuesto antisemitismo de la que se le acusó en su momento, acusación que los majnovistas tuvieron que afrontar y desmentir. Makhnó escribió sobre ello e incluso solicitó la ejecución de conocidos antisemitas de la época. En el seno mismo de la majnovchina se trató de un problema menor, y no un supuesto principio antisemita.

Sobre los incendiarios de iglesias no se niega, de hecho desde siempre, con excepciones notables como la de Tolstoi y el anarquismo de corte más pacífico, se ha declarado un anticlericalismo y la intolerancia contra las acciones reaccionarias de la Iglesia, la misma que apoyaba el rapar a las mujeres del bando republicano en la guerra civil y que las hizo limpiar los recintos una vez terminada la contienda. Cabe recordar que esa misma iglesia fue la que dio su incondicional apoyo al bando franquista y ni hablar de los beneficios que obtuvo de ello.

“El mismísimo extremismo del rechazo ácrata del Estado y de la organización, lo absoluto de su entrega a la causa de la subversión de la presente sociedad, no podían por menos de despertar admiración, salvo quizás entre quienes tenían que ir políticamente de la mano de los anarquistas y sentían la dificultad casi insuperable de colaborar con ellos.”

Otra de esas perlitas que suelta Hosbawm. El anarquismo jamás ha rechazado totalmente la organización, gran parte del mismo la encuentra necesaria, con la diferencia de que el centro de la organización no puede ser otro que el individuo asociado en libertad, y en completa afinidad. Si una organización se llamase anarquista y su centro de acción no fuesen sus militantes, entonces mucha diferencia con las organizaciones más autoritarias no tendría.

Y no fueron los aliados del anarquismo quienes tuvieron que soportar esta unión, sino quienes terminaron traicionándolos. La UGT y parte del POUM no enfrentaron problemas, incluso hubo una colaboración regular con pocas diferencias destacables (recomendable son los trabajos de Vernon Richards, Frank Mintz y José Peiráts sobre el tema) entre lo que duró el proceso, pero claro, Hosbawm no está interesado en ver esa parte.

Me atrevería a decir que el anarquismo no ha sido idea para el fracaso, sino en base al fracaso. Fracaso mediante, ha ido tomando la fuerza que lo caracteriza, y mucha de su nueva vitalidad se la debe a los fracasos de los proyectos marxistas, tanto en la vía revolucionaria como en la vía reformista. Gracias a los fracasos del marxismo es que el anarquismo se ha hecho valer con toda su crítica más radical. Y no es raro que ciertos sectores no-oficiales del marxismo vayan acercándose mucho más al anarquismo, y no por cierto desvarío. Wilhem Reich o Erich Fromm no se habrían volcado a una posición más libertaria si la influencia de Otto Gross no hubiese estado presente, tampoco es raro ver similitudes entre la obra de Paulo Freire con la obra pedagógica de Paul Goodman, Sutherland Neill, Fauré, Robin o el mismo Francisco Ferrer.

No pondré en duda la calidad de la obra de Gerald Brenan sobre la actividad revolucionaria en España y la comparación que establece Hosbawm que es bastante nefasta, sobre todo porque estudios posteriores y no negaré que más orientados al anarquismo, han demostrado su verdadera importancia. Nuevamente invito a remitirse a los autores señalados, además agregaría las acotaciones hechas por Manuel Villar.

Otro punto que me produce mucho más ruido del ensayo del señor Hosbawm es su desconfianza a lo que el llama pequeñas comunidades autogobernadas, lo que me hace pensar que su idea de estas comunidades es similar a la concepción hippie. Sin embargo cabe destacar que estas comunidades al buscar ser autosuficientes no rechazan la tecnología sino ver a la misma como un objeto de discusión de ver sus límites y la forma en que pueda ayudar a facilitar la vida. La idea de una democracia directa, de una asociación voluntaria y un federalismo está en el mismo individuo y su afinidad con sus pares, si dicha afinidad no existe es necesaria una solución o una división. Es el punto principal del principio federativo, y no la obligación de pertenecer donde no se siente una unión. La expulsión de una comunidad no depende sino de casos de extrema discordia, y es precisamente una de las preguntas que como anarquistas tenemos que responder a diario, en cualquier momento.

Respecto al tema de la economía y la tecnología, al verse más a fondo y de manera mucho más detenida no representa realmente un problema una vez que dichas comunidades y posteriores federaciones se hayan establecido. Los medios de producción están ahí, lo único que habría de sufrir la producción es una disminución y una reestructuración de lo que se produce y cómo se producirá. Notable es que Hosbawm piense la economía como un entramado complejo sólo saneable por el Estado y/o organizaciones más grandes, ese pensamiento respecto a la economía no es diferente del de Von Misses. La discusión sobre tecnología y anarquismo se ha dado y no en menor grado, que Hosbawm no le haya dado siquiera un vistazo a la obra de Lewis Mumford, Colin Ward o el libro La ciencia moderna y la anarquía de Kropotkin, no es problema del anarquismo, sino que fue problema de su falta de información. Y si él ve posibles nexos entre el capitalismo de Friedman y la escuela de Chicago, y el pensamiento que el anarquismo puede generar en la economía y la tecnología, entonces el desvarío no es más que de él.

“Si los socialistas desean teorías sobre el presente y el futuro, tendrán que seguir buscándolas en otra parte; en Marx y sus seguidores y, probablemente también, en los anteriores socialistas utópicos, como Fourier. O, para mayor precisión: si los anarquistas desean hacer alguna contribución significativa, deberán desarrollar un pensamiento mucho más serio que el que la mayoría de ellos ha desarrollado recientemente.”

Este párrafo nos tira de vuelta a su gran profeta, a Marx, al genio y figura que puede dar aportes mucho más interesantes según él. Si los socialistas necesitan teorías del aquí y ahora, búsquenlas en sus seguidores. En Lysenko que llevó a la peor hambruna en la Unión soviética, en el Che Guevara y su teoría del hombre nuevo, en Lafargue y sus constantes plagios a los anarquistas a quienes también denunció a la policía española, a Trotsky y su brillante comunismo de guerra. ¿Para qué buscar las aportaciones ecológicas de Kropotkin, de Reclus o de Mumford? ¿Quién necesita los aportes que nos pueda entregar la pedagogía libertaria cuando con Paulo Freire podemos adoctrinar más fácilmente a los niños y hacerlos militantes activos del partido? A la mierda la autonomía y libertad del niño a la hora de aprender. ¿A quién le importa la revolución anti-psiquiátrica que inició Otto Gross y continuaron David Cooper y Ronald Laing o la innovación en la terapia Gestalt de Paul Goodman, cuando se tiene a Wilhelm Reich o a Marcuse y sus “grandiosas aportaciones”?



Diezcorrientes



[1] Eric Hobsbawm: Reflexiones sobre el anarquismo

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