domingo, 17 de junio de 2012



LA COMUNA DE PARÍS Y LA NOCIÓN DE ESTADO

Mijaíl Bakunin 


Esta obra, como todos los escritos que hasta la fecha he publicado, nació de los acontecimientos. Es la continuación natural de las Cartas a un francés, publicadas en septiembre de 1870, y en las cuales tuve el fácil y triste honor de prever y predecir las horribles desgracias que hieren hoy a Francia, y con ella, a todo el mundo civilizado; desgracias contra las que no había ni queda ahora más que un remedio: la revolución social.

Probar esta verdad, de aquí en adelante incontestable, por el desenvolvimiento histórico de la sociedad, y por los hechos mismos que se desarrollan bajo nuestros ojos en Europa, de modo que sea aceptada por todos los hombres de buena fe, por todos los investigadores sinceros de la verdad, y luego exponer francamente, sin reticencia, sin equívocos, los principios filosóficos tanto como los fines prácticos que constituyen, por decirlo así, el alma activa, la base y el fin de lo que llamamos la revolución social, es el objeto del presente trabajo.

La tarea que me impuse no es fácil, lo sé, y se me podría acusar de presunción si aportase a este trabajo una pretensión personal. Pero no hay tal cosa, puedo asegurarlo al lector. No soy ni un sabio ni un filósofo, ni siquiera un escritor de oficio. Escribí muy poco en mi vida y no lo hice nunca sino en caso de necesidad, y solamente cuando una convicción apasionada me forzaba a vencer mi repugnancia instintiva a manifestarme mediante mis escritos.

¿Qué soy yo, y qué me impulsa ahora a publicar este trabajo? Soy un buscador apasionado de la verdad y un enemigo no menos encarnizado de las ficciones perjudiciales de que el partido del orden, ese representante oficial, privilegiado e interesado de todas las ignominias religiosas, metafísicas, políticas, jurídicas, económicas y sociales, presentes y pasadas, pretende servirse hoy todavía para embrutecer y esclavizar al mundo. Soy un amante fanático de la libertad, considerándola como el único medio en el seno de la cual pueden desarrollarse y crecer la inteligencia, la dignidad y la dicha de los hombres; no de esa libertad formal, otorgada, medida y reglamentada por el Estado, mentira eterna y que en realidad no representa nunca nada más que el privilegio de unos pocos fundado sobre la esclavitud de todo el mundo; no de esa libertad individualista, egoísta, mezquina y ficticia, pregonada por la escuela de J. J. Rousseau, así como todas las demás escuelas del liberalismo burgués, que consideran el llamado derecho de todos, representado por el Estado, como el límite del derecho de cada uno, lo cual lleva necesariamente y siempre a la reducción del derecho de cada uno a cero. No, yo entiendo que la única libertad verdaderamente digna de este nombre, es la que consiste en el pleno desenvolvimiento de todas las facultades materiales, intelectuales y morales de cada individuo. Y es que la libertad, la auténtica, no reconoce otras restricciones que las propias de las leyes de nuestra propia naturaleza. Por lo que, hablando propiamente, la libertad no tiene restricciones, puesto que esas leyes no nos son impuestas por un legislador, sino que nos son inmanentes, inherentes, y constituyen la base misma de todo nuestro ser, y no pueden ser vistas como una limitante, sino más bien debemos considerarlas como las condiciones reales y la razón efectiva de nuestra libertad.

Yo me refiero a la libertad de cada uno que, lejos de agotarse frente a la libertad del otro, encuentra en ella su confirmación y su extensión hasta el infinito; la libertad ilimitada de cada uno por la libertad de todos, la libertad en la solidaridad, la libertad en la igualdad; la libertad triunfante sobre el principio de la fuerza bruta y del principio de autoridad que nunca ha sido otra cosa que la expresión ideal de esa fuerza; la libertad que, después de haber derribado todos los ídolos celestes y terrestres, fundará y organizará un mundo nuevo: el de la humanidad solidaria, sobre la ruina de todas la Iglesias y de todos los Estados.

Soy un partidario convencido de la igualdad económica y social, porque sé que fuera de esa igualdad, la libertad, la justicia, la dignidad humana, la moralidad y el bienestar de los individuos, lo mismo que la prosperidad de las naciones, no serán más que otras tantas mentiras. Pero, partidario incondicional de la libertad, esa condición primordial de la humanidad, pienso que la igualdad debe establecerse en el mundo por la organización espontánea del trabajo y de la propiedad colectiva de las asociaciones productoras libremente organizadas y federadas en las comunas, mas no por la acción suprema y tutelar del Estado.

Este es el punto que nos divide a los socialistas revolucionarios, de los comunistas autoritarios que defienden la iniciativa absoluta del Estado. El fin es el mismo, ya que ambos deseamos por igual la creación de un orden social nuevo, fundado únicamente sobre la organización del trabajo colectivo en condiciones económicas de irrestricta igualdad para todos, teniendo como base la posesión colectiva de los instrumentos de trabajo.

Ahora bien, los comunistas se imaginan que podrían llegar a eso por el desenvolvimiento y por la organización de la potencia política de las clases obreras, y principalmente del proletariado de las ciudades, con ayuda del radicalismo burgués, mientras que los socialistas revolucionarios, enemigos de toda ligazón y de toda alianza equívoca, pensamos que no se puede llegar a ese fin más que por el desenvolvimiento y la organización de la potencia no política sino social de las masas obreras, tanto de las ciudades como de los campos, comprendidos en ellas los hombres de buena voluntad de las clases superiores que, rompiendo con todo su pasado, quieran unirse francamente a ellas y acepten íntegramente su programa.

He ahí dos métodos diferentes. Los comunistas creen deber el organizar a las fuerzas obreras para posesionarse de la potencia política de los Estados. Los socialistas revolucionarios nos organizamos teniendo en cuenta su inevitable destrucción, o, si se quiere una palabra más cortés, teniendo en cuenta la liquidación de los Estados. Los comunistas son partidarios del principio y de la práctica de la autoridad, los socialistas revolucionarios no tenemos confianza más que en la libertad. Partidarios unos y otros de la ciencia que debe liquidar a la fe, los primeros quisieran imponerla y nosotros nos esforzamos en propagarla, a fin de que los grupos humanos, por ellos mismos se convenzan, se organicen y se federen de manera espontánea, libre; de abajo hacia arriba conforme a sus intereses reales, pero nunca siguiendo un plan trazado de antemano e impuesto a las masas ignorantes por algunas inteligencias superiores.

Los socialistas revolucionarios pensamos que hay mucha más razón práctica y espíritu en las aspiraciones instintivas y en las necesidades reales de las masas populares, que en la inteligencia profunda de todos esos doctores y tutores de la humanidad que, a tantas tentativas frustradas para hacerla feliz, pretenden añadir otro fracaso más. Los socialistas revolucionarios pensamos, al contrario, que la humanidad ya se ha dejado gobernar bastante tiempo, demasiado tiempo, y se ha convencido que la fuente de sus desgracias no reside en tal o cual forma de gobierno, sino en el principio y en el hecho mismo del gobierno, cualquiera que este sea.

Esta es, en fin, la contradicción que existe entre el comunismo científicamente desarrollado por la escuela alemana y aceptado en parte por los socialistas americanos e ingleses, y el socialismo revolucionario ampliamente desenvuelto y llevado hasta sus últimas consecuencias, por el proletariado de los países latinos.

El socialismo revolucionario llevó a cabo un intento práctico en la Comuna de París.

Soy un partidario de la Comuna de París, la que no obstante haber sido masacrada y sofocada en sangre por los verdugos de la reacción monárquica y clerical, no por eso ha dejado de hacerse más vivaz, más poderosa en la imaginación y en el corazón del proletariado de Europa; soy partidario de ella sobre todo porque ha sido una audaz negativa del Estado.

Es un hecho histórico el que esa negación del Estado se haya manifestado precisamente en Francia, que ha sido hasta ahora el país más proclive a la centralización política; y que haya sido precisamente París, la cabeza y el creador histórico de esa gran civilización francesa, el que haya tomado la iniciativa. París, abdicando de su corona y proclamando con entusiasmo su propia decadencia para dar la libertad y la vida a Francia, a Europa, al mundo entero; París, afirmando nuevamente su potencia histórica de iniciativa al mostrar a todos los pueblos esclavos el único camino de emancipación y de salvación; París, que da un golpe mortal a las tradiciones políticas del radicalismo burgués y una base real al socialismo revolucionario; París, que merece de nuevo las maldiciones de todas las gentes reaccionarias de Francia y de Europa; París, que se envuelve en sus ruinas para dar un solemne desmentido a la reacción triunfante; que salva, con su desastre, el honor y el porvenir de Francia y demuestra a la humanidad que si bien la vida, la inteligencia y la fuerza moral se han retirado de las clases superiores, se conservaron enérgicas y llenas de porvenir en el proletariado; París, que inaugura la era nueva, la de la emancipación definitiva y completa de las masas populares y de su real solidaridad a través y a pesar de las fronteras de los Estados; París, que mata la propiedad y funda sobre sus ruinas la religión de la humanidad; París, que se proclama humanitario y ateo y reemplaza las funciones divinas por las grandes realidades de la vida social y la fe por la ciencia; las mentiras y las iniquidades de la moral religiosa, política y jurídica por los principios de la libertad, de la justicia, de la igualdad y de la fraternidad, fundamentos eternos de toda moral humana; París heroico y racional confirmando con su caída el inevitable destino de la humanidad transmitiéndolo mucho más enérgico y viviente a las generaciones venideras; París, inundado en la sangre de sus hijos más generosos. París, representación de la humanidad crucificada por la reacción internacional bajo la inspiración inmediata de todas las iglesias cristianas y del gran sacerdote de la iniquidad, el Papa. Pero la próxima revolución internacional y solidaria de los pueblos será la resurrección de París.

Tal es el verdadero sentido y tales las consecuencias bienhechoras e inmensas de los dos meses memorables de la existencia y de la caída imperecedera de la Comuna de París.

La Comuna de París ha durado demasiado poco tiempo y ha sido demasiado obstaculizada en su desenvolvimiento interior por la lucha mortal que debió sostener contra la reacción de Versalles, para que haya podido, no digo aplicar, sino elaborar teóricamente su programa socialista. Por lo demás, es preciso reconocerlo, la mayoría de los miembros de la Comuna no eran socialistas propiamente y, si se mostraron tales, es que fueron arrastrados invisiblemente por la fuerza irresistible de las cosas, por la naturaleza de su ambiente, por las necesidades de su posición y no por su convicción íntima. Los socialistas, a la cabeza de los cuales se coloca naturalmente nuestro amigo Varlin, no formaban en la Comuna más que una minoría ínfima; a lo sumo no eran más que unos catorce o quince miembros. El resto estaba compuesto por jacobinos. Pero entendámonos, hay de jacobinos a jacobinos. Existen los jacobinos abogados y doctrinarios, como el señor Gambetta, cuyo republicanismo positivista, presuntuoso, despótico y formalista, habiendo repudiado la antigua fe revolucionaria y no habiendo conservado del jacobinismo mas que el culto de la unidad y de la autoridad, entregó la Francia popular a los prusianos y más tarde a la reacción interior; y existen los jacobinos francamente revolucionarios, los héroes, los últimos representantes sinceros de la fe democrática de 1793, capaces de sacrificar su unidad y su autoridad bien amadas, a las necesidades de la revolución, ante todo; y como no hay revolución sin masas populares, y como esas masas tienen eminentemente hoy el instinto socialista y no pueden ya hacer otra revolución que una revolución económica y social, los jacobinos de buena fe, dejándose arrastrar más y más por la lógica del movimiento revolucionario, acabaron convirtiéndose en socialistas a su pesar.

Tal fue precisamente la situación de los jacobinos que formaron parte de la Comuna de París. Delescluze y muchos otros, firmaron proclamas y programas cuyo espíritu general y cuyas promesas eran positivamente socialistas. Pero como a pesar de toda su buena fe y de toda su buena voluntad no eran más que individuos arrastrados al campo socialista por la fuerza de las circunstancias, como no tuvieron tiempo ni capacidad para vencer y suprimir en ellos el cúmulo de prejuicios burgueses que estaban en contradicción con el socialismo, hubieron de paralizarse y no pudieron salir de las generalidades, ni tomar medidas decisivas que hubiesen roto para siempre todas sus relaciones con el mundo burgués.

Fue una gran desgracia para la Comuna y para ellos; fueron paralizados y paralizaron la Comuna; pero no se les puede reprochar como una falta. Los hombres no se transforman de un día a otro y no cambian de naturaleza ni de hábitos a voluntad. Han probado su sinceridad haciéndose matar por la Comuna. ¿Quién se atreverá a pedirles más?

Son tanto más excusables cuanto que el pueblo de París mismo, bajo la influencia del cual han pensado y obrado, era mucho más socialista por instinto que por idea o convicción reflexiva. Todas sus aspiraciones son en el más alto grado y exclusivamente socialistas; pero sus ideas o más bien sus representaciones tradicionales están todavía bien lejos de haber llegado a esta altura. Hay todavía muchos prejuicios jacobinos, muchas imaginaciones dictatoriales y gubernamentales en el proletariado de las grandes ciudades de Francia y aún en el de París. El culto a la autoridad religiosa, esa fuente histórica de todas las desgracias, de todas las depravaciones y de todas las servidumbres populares no ha sido desarraigado aún completamente de su seno. Esto es tan cierto que hasta los hijos más inteligentes del pueblo, los socialistas más convencidos, no llegaron aún a libertarse de una manera completa de ella. Mirad su conciencia y encontraréis al jacobino, al gubernamentalista, rechazado hacia algún rincón muy oscuro y vuelto muy modesto, es verdad, pero no enteramente muerto.

Por otra parte, la situación del pequeño número de los socialistas convencidos que han constituido parte de la Comuna era excesivamente difícil. No sintiéndose suficientemente sostenidos por la gran masa de la población parisiense, influenciando apenas sobre unos millares de individuos, la organización de la Asociación Internacional, por lo demás muy imperfecta, han debido sostener una lucha diaria contra la mayoría jacobina. ¡Y en medio de qué circunstancias! Les ha sido necesario dar trabajo y pan a algunos centenares de millares de obreros, organizarlos y armarlos combatiendo al mismo tiempo las maquinaciones reaccionarias en una ciudad inmensa como París, asediada, amenazada por el hambre, y entregada a todas las sucias empresas de la reacción que había podido establecerse y que se mantenía en Versalles, con el permiso y por la gracia de los prusianos. Les ha sido necesario oponer un gobierno y un ejército revolucionarios al gobierno y al ejército de Versalles, es decir, que para combatir la reacción monárquica y clerical, han debido, olvidando y sacrificando ellos mismos las primeras condiciones del socialismo revolucionario, organizarse en reacción jacobina.

¿No es natural que en medio de circunstancias semejantes, los jacobinos, que eran los más fuertes, puesto que constituían la mayoría en la Comuna y que además poseían en un grado infinitamente superior el instinto político, la tradición y la práctica de la organización gubernamental, hayan tenido inmensas ventajas sobre los socialistas? De lo que hay que asombrarse es de que no se hayan aprovechado mucho más de lo que lo hicieron, de que no hayan dado a la sublevación de París un carácter exclusivamente jacobino y de que se hayan dejado arrastrar, al contrario, a una revolución social.

Sé que muchos socialistas, muy consecuentes en su teoría, reprochan a nuestros amigos de París el no haberse mostrado suficientemente socialistas en su práctica revolucionaria, mientras que todos los ladrones de la prensa burguesa los acusan, al contrario, de no haber seguido más que demasiado fielmente el programa del socialismo. Dejemos por el momento a un lado a los innobles denunciadores de esa prensa, y observemos que los severos teóricos de la emancipación del proletariado son injustos hacia nuestros hermanos de París porque, entre las teorías más justas y su práctica, hay una distancia inmensa que no se franquea en algunos días. El que ha tenido la dicha de conocer a Varlin, por ejemplo, para no nombrar sino a aquel cuya muerte es cierta, sabe cómo han sido apasionadas, reflexivas y profundas en él y en sus amigos las convicciones socialistas. Eran hombres cuyo celo ardiente, cuya abnegación y buena fe no han podido ser nunca puestas en duda por nadie de los que se les hayan acercado. Pero precisamente porque eran hombres de buena fe, estaban llenos de desconfianza en sí mismos al tener que poner en práctica la obra inmensa a que habían dedicado su pensamiento y su vida. Tenían por lo demás la convicción de que en la revolución social, diametralmente opuesta a la revolución política, la acción de los individuos es casi nula y, por el contrario, la acción espontánea de las masas lo es todo. Todo lo que los individuos pueden hacer es elaborar, aclarar y propagar las ideas que corresponden al instinto popular y además contribuir con sus esfuerzos incesantes a la organización revolucionaria del potencial natural de las masas, pero nada más, siendo al pueblo trabajador al que corresponde hacerlo todo. Ya que actuando de otro modo se llegaría a la dictadura política, es decir, a la reconstitución del Estado, de los privilegios, de las desigualdades, llegándose al restablecimiento de la esclavitud política, social, económica de las masas populares.

Varlin y sus amigos, como todos los socialistas sinceros, y en general como todos los trabajadores nacidos y educados en el pueblo, compartían en el más alto grado esa prevención perfectamente legítima contra la iniciativa continua de los mismos individuos, contra la dominación ejercida por las individualidades superiores; y como ante todo eran justos, dirigían también esa prevención, esa desconfianza, contra sí mismos más que contra todas las otras personas. Contrariamente a ese pensamiento de los comunistas autoritarios, según mi opinión, completamente erróneo, de que una revolución social puede ser decretada y organizada sea por una dictadura, sea por una asamblea constituyente salida de una revolución política, nuestros amigos, los socialistas de París, han pensado que no podía ser hecha y llevada a su pleno desenvolvimiento más que por la acción espontánea y continua de las masas, de los grupos y de las asociaciones populares.

Nuestros amigos de París han tenido mil veces razón. Porque, en efecto, por general que sea, ¿cuál es la cabeza, o si se quiere hablar de una dictadura colectiva, aunque estuviese formada por varios centenares de individuos dotados de facultades superiores, cuáles son los cerebros capaces de abarcar la infinita multiplicidad y diversidad de los intereses reales, de las aspiraciones, de las voluntades, de las necesidades cuya suma constituye la voluntad colectiva de un pueblo, y capaces de inventar una organización social susceptible de satisfacer a todo el mundo? Esa organización no será nunca más que un lecho de Procusto sobre el cual, la violencia más o menos marcada del Estado forzará a la desgraciada sociedad a extenderse. Esto es lo que sucedió siempre hasta ahora, y es precisamente a este sistema antiguo de la organización por la fuerza a lo que la revolución social debe poner un término, dando a las masas su plena libertad, a los grupos, a las comunas, a las asociaciones, a los individuos mismos, y destruyendo de una vez por todas la causa histórica de todas las violencias, el poder y la existencia misma del Estado, que debe arrastrar en su caída todas las iniquidades del derecho jurídico con todas las mentiras de los cultos diversos, pues ese derecho y esos cultos no han sido nunca nada más que la consagración obligada, tanto ideal como real, de todas las violencias representadas, garantizadas y privilegiadas por el Estado.

Es evidente que la libertad no será dada al género humano, y que los intereses reales de la sociedad, de todos los grupos, de todas las organizaciones locales así como de todos los individuos que la forman, no podrán encontrar satisfacción real más que cuando no haya Estados. Es evidente que todos los intereses llamados generales de la sociedad, que el Estado pretende representar y que en realidad no son otra cosa que la negación general y consciente de los intereses positivos de las regiones, de las comunas, de las asociaciones y del mayor número de individuos a él sometidos, constituyen una ficción, una obstrucción, una mentira, y que el Estado es como una carnicería y como un inmenso cementerio donde, a su sombra, acuden generosa y beatamente, a dejarse inmolar y enterrar, todas las aspiraciones reales, todas las fuerzas vivas de un país; y como ninguna abstracción existe por sí misma, ya que no tiene ni piernas para caminar, ni brazos para crear, ni estómago para digerir esa masa de víctimas que se le da para devorar, es claro que también la abstracción religiosa o celeste de Dios, representa en realidad los intereses positivos, reales, de una casta privilegiada: el clero, y su complemento terrestre, la abstracción política, el Estado, representa los intereses no menos positivos y reales de la clase explotadora que tiende a englobar todas las demás: la burguesía. Y como el clero está siempre dividido y hoy tiende a dividirse todavía más en una minoría muy poderosa y muy rica, y una mayoría muy subordinada y hasta cierto punto miserable. Por su parte, la burguesía y sus diversas organizaciones políticas y sociales, en la industria, en la agricultura, en la banca y en el comercio, al igual que en todos los órganos administrativos, financieros, judiciales, universitarios, policiales y militares del Estado, tiende a escindirse cada día más en una oligarquía realmente dominadora y en una masa innumerable de seres más o menos vanidosos y más o menos decaídos que viven en una perpetua ilusión, rechazados inevitablemente y empujados, cada vez más hacia el proletariado por una fuerza irresistible: la del desenvolvimiento económico actual, quedando reducidos a servir de instrumentos ciegos de esa oligarquía omnipotente.

La abolición de la Iglesia y del Estado debe ser la condición primaria e indispensable de la liberación real de la sociedad; después de eso, ella sola puede y debe organizarse de otro modo, pero no de arriba a abajo y según un plan ideal, soñado por algunos sabios, o bien a golpes de decretos lanzados por alguna fuerza dictatorial o hasta por una asamblea nacional elegida por el sufragio universal. Tal sistema, como lo he dicho ya, llevaría inevitablemente a la creación de un nuevo Estado, y, por consiguiente, a la formación de una aristocracia gubernamental, es decir, de una clase entera de gentes que no tienen nada en común con la masa del pueblo y, ciertamente, esa clase volvería a explotar y a someter bajo el pretexto de la felicidad común, o para salvar al Estado.

La futura organización social debe ser estructurada solamente de abajo a arriba, por la libre asociación y federación de los trabajadores, en las asociaciones primero, después en las comunas, en las regiones, en las naciones y finalmente en una gran federación internacional y universal. Es únicamente entonces cuando se realizará el orden verdadero y vivificador de la libertad y de la dicha general, ese orden que, lejos de renegar, afirma y pone de acuerdo los intereses de los trabajadores y los de la sociedad.

Se dice que el acuerdo y la solidaridad universal de los individuos y de la sociedad no podrá realizarse nunca porque esos intereses, siendo contradictorios, no están en condición de contrapesarse ellos mismos o bien de llegar a un acuerdo cualquiera. A una objeción semejante responderé que si hasta el presente los intereses no han estado nunca ni en ninguna parte en acuerdo mutuo, ello tuvo su causa en el Estado, que sacrificó los intereses de la mayoría en beneficio de una minoría privilegiada. He ahí por qué esa famosa incompatibilidad y esa lucha de intereses personales con los de la sociedad, no es más que otro engaño y una mentira política, nacida de la mentira teológica que imaginó la doctrina del pecado original para deshonrar al hombre y destruir en él la conciencia de su propio valor. Esa misma idea falsa del antagonismo de los intereses fue creada también por los sueños de la metafísica que, como se sabe, es próxima pariente de la teología. Desconociendo la sociabilidad de la naturaleza humana, la metafísica consideraba la sociedad como un agregado mecánico y puramente artificial de individuos asociados repentinamente en nombre de un tratado cualquiera, formal o secreto, concluido libremente, o bien bajo la influencia de una fuerza superior. Antes de unirse en sociedad, esos individuos, dotados de una especie de alma inmortal, gozaban de una absoluta libertad.

Pero si los metafísicos, sobre todo los que creen en la inmortalidad del alma, afirman que los hombres fuera de la sociedad son seres libres, nosotros llegamos entonces inevitablemente a una conclusión: que los hombres no pueden unirse en sociedad más que a condición de renegar de su libertad, de su independencia natural y de sacrificar sus intereses, personales primero y grupales después. Tal renunciamiento y tal sacrificio de sí mismos debe ser por eso tanto más imperioso cuanto que la sociedad es más numerosa y su organización más compleja. En tal caso, el Estado es la expresión de todos los sacrificios individuales. Existiendo bajo una semejante forma abstracta, y al mismo tiempo violenta, continúa perjudicando más y más la libertad individual en nombre de esa mentira que se llama felicidad pública, aunque es evidente que la misma no representa más que los intereses de la clase dominante. El Estado, de ese modo, se nos aparece como una negación inevitable y como una aniquilación de toda libertad, de todo interés individual y general.

Se ve aquí que en los sistemas metafísicos y teológicos, todo se asocia y se explica por sí mismo. He ahí por qué los defensores lógicos de esos sistemas pueden y deben, con la conciencia tranquila, continuar explotando las masas populares por medio de la Iglesia y del Estado. Llenándose los bolsillos y sacando todos sus sucios deseos, pueden al mismo tiempo consolarse con el pensamiento de que penan por la gloria de Dios, por la victoria de la civilización y por la felicidad eterna del proletariado.

Pero nosotros, que no creemos ni en Dios ni en la inmortalidad del alma, ni en la propia libertad de la voluntad, afirmamos que la libertad debe ser comprendida, en su acepción más completa y más amplia, como fin del progreso histórico de la humanidad. Por un extraño aunque lógico contraste, nuestros adversarios idealistas, de la teología y de la metafísica, toman el principio de la libertad como fundamento y base de sus teorías, para concluir buenamente en la indispensabilidad de la esclavitud de los hombres. Nosotros, materialistas en teoría, tendemos en la práctica a crear y hacer duradero un idealismo racional y noble. Nuestros enemigos, idealistas divinos y trascendentes, caen hasta el materialismo práctico, sanguinario y vil, en nombre de la misma lógica, según la cual todo desenvolvimiento es la negación del principio fundamental. Estamos convencidos de que toda la riqueza del desenvolvimiento intelectual, moral y material del hombre, lo mismo que su aparente independencia, son el producto de la vida en sociedad. Fuera de la sociedad, el hombre no solamente no será libre, sino que no será hombre verdadero, es decir, un ser que tiene conciencia de sí mismo, que siente, piensa y habla. El concurso de la inteligencia y del trabajo colectivo ha podido forzar al hombre a salir del estado de salvaje y de bruto que constituía su naturaleza primaria. Estamos profundamente convencidos de la siguiente verdad: que toda la vida de los hombres, es decir, sus intereses, tendencias, necesidades, ilusiones, e incluso sus tonterías, tanto como las violencias, y las injusticias que en carne propia sufren, no representa más que la consecuencia de las fuerzas fatales de la vida en sociedad. Las gentes no pueden admitir la idea de independencia mutua, sin renegar de la influencia recíproca de la correlación de las manifestaciones de la naturaleza exterior.

En la naturaleza misma, esa maravillosa correlación y filiación de los fenómenos no se ha conseguido sin lucha. Al contrario, la armonía de las fuerzas de la naturaleza no aparece más que como resultado verdadero de esa lucha constante que es la condición misma de la vida y el movimiento. En la naturaleza y en la sociedad el orden sin lucha es la muerte.

Si en el universo el orden natural es posible, es únicamente porque ese universo no es gobernado según algún sistema imaginado de antemano e impuesto por una voluntad suprema. La hipótesis teológica de una legislación divina conduce a un absurdo evidente y a la negación, no sólo de todo orden, sino de la naturaleza misma. Las leyes naturales no son reales más que en tanto son inherentes a la naturaleza, es decir, en tanto que no son fijadas por ninguna autoridad. Estas leyes no son más que simples manifestaciones, o bien continuas modalidades de hechos muy variados, pasajeros, pero reales. El conjunto constituye lo que llamamos naturaleza. La inteligencia humana y la ciencia observaron estos hechos, los controlaron experimentalmente, después los reunieron en un sistema y los llamaron leyes. Pero la naturaleza misma no conoce leyes; obra inconscientemente, representando por sí misma la variedad infinita de los fenómenos que aparecen y se repiten de una manera fatal. He ahí por qué, gracias a esa inevitabilidad de la acción, el orden universal puede existir y existe de hecho.

Un orden semejante aparece también en la sociedad humana que evoluciona en apariencia de un modo llamado antinatural, pero en realidad se somete a la marcha natural e inevitable de las cosas. Sólo que la superioridad del hombre sobre los otros animales y la facultad de pensar unieron a su desenvolvimiento un elemento particular que, como todo lo que existe, representa el producto material de la unión y de la acción de las fuerzas naturales. Este elemento particular es el razonamiento, o bien esa facultad de generalización y de abstracción gracias a la cual el hombre puede proyectarse por el pensamiento, examinándose y observándose como un objeto exterior extraño. Elevándose, por las ideas, por sobre sí mismo, así como por sobre el mundo circundante, logra arribar a la representación de la abstracción perfecta: a la nada absoluta. Este límite último de la más alta abstracción del pensamiento, esa nada absoluta, es Dios.

He ahí el sentido y el fundamento histórico de toda doctrina teológica. No comprendiendo la naturaleza y las causas materiales de sus propios pensamientos, no dándose cuenta tampoco de las condiciones o leyes naturales que le son especiales, los hombres de la Iglesia y del Estado no pueden imaginar a los primeros hombres en sociedad, puesto que sus nociones absolutas no son más que el resultado de la facultad de concebir ideas abstractas. He ahí porque consideraron esas ideas, sacadas de la naturaleza, como objetos reales ante los cuales la naturaleza misma cesaba de ser algo. Luego se dedicaron a adorar a sus ficciones, sus imposibles nociones de absoluto, y a prodigarles todos los honores. Pero era preciso, de una manera cualquiera, figurar y hacer sensible la idea abstracta de la nada o de Dios. Con este fin inflaron la concepción de la divinidad y la dotaron, de todas las cualidades, buenas y malas, que encontraban sólo en la naturaleza y en la sociedad.

Tal fue el origen y el desenvolvimiento histórico de todas las religiones, comenzando por el fetichismo y acabando por el cristianismo.

No tenemos la intención de lanzarnos en la historia de los absurdos religiosos, teológicos y metafísicos, y menos aún de hablar del desplegamiento sucesivo de todas las encarnaciones y visiones divinas creadas por siglos de barbarie. Todo el mundo sabe que la superstición dio siempre origen a espantosas desgracias y obligó a derramar ríos de sangre y lágrimas. Diremos sólo que todos esos repulsivos extravíos de la pobre humanidad fueron hechos históricos inevitables en su desarrollo y en la evolución de los organismos sociales. Tales extravíos engendraron en la sociedad esta idea fatal que domina la imaginación de los hombres: la idea de que el universo es gobernado por una fuerza y por una voluntad, sobrenaturales. Los siglos sucedieron a los siglos, y las sociedades se habituaron hasta tal punto a esta idea que finalmente mataron en ellas toda tendencia hacia un progreso más lejano y toda capacidad para llegar a él.

La ambición de algunos individuos y de algunas clases sociales, erigieron en principio la esclavitud y la conquista, y enraizaron la terrible idea de la divinidad. Desde entonces, toda sociedad fue imposible sin tener como base éstas dos instituciones: la Iglesia y el Estado. Estas dos plagas sociales son defendidas por todos los doctrinarios.

Apenas aparecieron estas dos instituciones en el mundo, se organizaron repentinamente dos castas sociales: la de los sacerdotes y la de los aristócratas, que sin perder tiempo se preocuparon en inculcar profundamente al pueblo subyugado la indispensabilidad, la utilidad y la santidad de la Iglesia y del Estado.

Todo eso tenía por fin transformar la esclavitud brutal en una esclavitud legal, prevista, consagrada por la voluntad del Ser Supremo.

Pero ¿creían sinceramente, los sacerdotes y los aristócratas, en esas instituciones que sostenían con todas sus fuerzas en su interés particular? o acaso ¿no eran más que mistificadores y embusteros? No, respondo, creo que al mismo tiempo eran creyentes e impostores.

Ellos creían, también, porque compartían natural e inevitablemente los extravíos de la masa y es sólo después, en la época de la decadencia del mundo antiguo, cuando se hicieron escépticos y embusteros. Existe otra razón que permite considerar a los fundadores de los Estados como gentes sinceras: el hombre cree fácilmente en lo que desea y en lo que no contradice a sus intereses; no importa que sea inteligente e instruido, ya que por su amor propio y por su deseo de convivir con sus semejantes y de aprovecharse de su respeto creerá siempre en lo que le es agradable y útil. Estoy convencido de que, por ejemplo, Thiers y el gobierno versallés se esforzaron a toda costa por convencerse de que matando en París a algunos millares de hombres, de mujeres y de niños, salvaban a Francia.

Pero si los sacerdotes, los augures, los aristócratas y los burgueses, de los viejos y de los nuevos tiempos, pudieron creer sinceramente, no por eso dejaron de ser siempre mistificadores. No se puede, en efecto, admitir que hayan creído en cada una de las ideas absurdas que constituyen la fe y la política. No hablo siquiera de la época en que, según Cicerón, los augures no podían mirarse sin reír. Aun en los tiempos de la ignorancia y de la superstición general es difícil suponer que los inventores de milagros cotidianos hayan sido convencidos de la realidad de esos milagros. Igual se puede decir de la política, según la cual es preciso subyugar y explotar al pueblo de tal modo, que no se queje demasiado de su destino, que no se olvide someterse y no tenga el tiempo para pensar en la resistencia y en la rebelión.

¿Cómo, pues, imaginar después de eso que las gentes que han transformado la política en un oficio y conocen su objeto -es decir, la injusticia, la violencia, la mentira, la traición, el asesinato en masa y aislado-, puedan creer sinceramente en el arte político y en la sabiduría de un Estado generador de la felicidad social? No pueden haber llegado a ese grado de estupidez, a pesar de toda su crueldad. La Iglesia y el Estado han sido en todos los tiempos grandes escuelas de vicios. La historia está ahí para atestiguar sus crímenes; en todas partes y siempre el sacerdote y el estadista han sido los enemigos y los verdugos conscientes, sistemáticos, implacables y sanguinarios de los pueblos.

Pero, ¿cómo conciliar dos cosas en apariencia tan incompatibles: los embusteros y los engañados, los mentirosos y los creyentes? Lógicamente eso parece difícil; sin embargo, en la realidad, es decir, en la vida práctica, esas cualidades se asocian muy a menudo.

Son mayoría las gentes que viven en contradicción consigo mismas. No lo advierten hasta que algún acontecimiento extraordinario las saca de la somnolencia habitual y las obliga a echar un vistazo sobre ellos y sobre su derredor.

En política como en religión, los hombres no son más que máquinas en manos de los explotadores. Pero tanto los ladrones como sus víctimas, los opresores como los oprimidos, viven unos al lado de otros, gobernados por un puñado de individuos a los que conviene considerar como verdaderos explotadores. Así, son esas gentes que ejercen las funciones de gobierno, las que maltratan y oprimen. Desde los siglos XVII y XVIII, hasta la explosión de la Gran Revolución, al igual que en nuestros días, mandan en Europa y obran casi a su capricho. Y ya es necesario pensar que su dominación no se prolongará largo tiempo.

En tanto que los jefes principales engañan y pierden a los pueblos, sus servidores, o las hechuras de la Iglesia y del Estado, se aplican con celo a sostener la santidad y la integridad de esas odiosas instituciones. Si la Iglesia, según dicen los sacerdotes y la mayor parte de los estadistas, es necesaria a la salvación del alma, el Estado, a su vez, es también necesario para la conservación de la paz, del orden y de la justicia; y los doctrinarios de todas las escuelas gritan: ¡sin iglesia y sin gobierno no hay civilización ni progreso!

No tenemos que discutir el problema de la salvación eterna, porque no creemos en la inmortalidad del alma. Estamos convencidos de que la más perjudicial de las cosas, tanto para la humanidad, para la libertad y para el progreso, lo es la Iglesia. ¿No es acaso a la iglesia a quien incumbe la tarea de pervertir las jóvenes generaciones, comenzando por las mujeres? ¿No es ella la que por sus dogmas, sus mentiras, su estupidez y su ignominia tiende a matar el razonamiento lógico y la ciencia? ¿Acaso no afecta a la dignidad del hombre al pervertir en él la noción de sus derechos y de la justicia que le asiste? ¿No transforma en cadáver lo que es vivo, no pierde la libertad, no es ella la que predica la esclavitud eterna de las masas en beneficio de los tiranos y de los explotadores? ¿No es ella, esa Iglesia implacable, la que tiende a perpetuar el reinado de las tinieblas, de la ignorancia, de la miseria y del crimen?

Si el progreso de nuestro siglo no es un sueño engañoso, debe conducir a la finiquitación de la Iglesia.

(Aquí se interrumpe el manuscrito.)




jueves, 14 de junio de 2012

Algunas notas sobre el origen del comunismo anárquico



El  texto  a     continuación, es desde la Pag. 45 a la 50 del libro la Antología Documental del Anarquismo Español Volumen 1: Organización y revolución: De la Primera Internacional al Proceso de Montjuic (1868-1896). He suprimido las citas para facilitar la lectura en formato blog, igualmente las pueden consultar en el siguiente link http://es.scribd.com/doc/60860012/Antologia-documental-del-anarquismo-espanol-V-I#outer_page_44


  II.  Estructura del anarco-comunismo
II.1 Las primeras manifestaciones del anarco-comunismo.

El anarco-comunismo había comenzado a ser teorizado por Kropotkin a mediados de la década de los setenta, siendo adoptado también por Malatesta, Cafiero y otros de forma independiente. A finales de dicha década había sido prácticamente asumido por el movimiento anarquista internacional.

El Congreso de Londres de 1881 confirmó esta tendencia, además de crear las bases para la aparición de grupos de expresión radical, con intentos individualizados de acabar con el régimen de explotación por medio del atentado personal. Al Congreso de Londres asistió un delegado español que estuvo en todo de acuerdo con las proposiciones de Malatesta. 

Pero en España no se dio mucha publicidad a sus resoluciones. La explicación se encuentra en la trayectoria que tomó la FTRE diametralmente opuesta a aquellas. Sin embargo en el congreso de Sevilla de 1882, Miguel Rubio, delegado por la sección del pueblo andaluz de Monteja que, intervino en la discusión sobre "Línea de conducta que conviene seguir en las actuales circunstancias", después del extenso discurso de Josep Llunas defendiendo el colectivismo, declarándose a su vez comunista.

Según sus propias declaraciones había llegado a las ideas comunistas a través del estudio detenido de los estatutos de la Alianza Internacional para la Democracia Socialista.

Ignoramos con detalle su actuación posterior, aunque sabemos que intentó propagar sus ideas, sobre todo en Sevilla, con escaso éxito, siendo calificado de "perturbador". Las ideas anarco-comunistas se infiltraron en España a través de una de las vías más idóneas en aquellos momentos: la emigración política. 

La ola represiva que había comenzado en toda Europa contra el anarquismo a finales de la década de los años 70 y principios de la siguiente, en particular con el célebre proceso de Lyon en el que, junto a Kropotkin, fueron juzgados numerosos anarquistas de esa ciudad, del sudeste y de París, provocó una afluencia hacia España de refugiados que huían de la misma.

El primer órgano anarco-comunista en la prensa -La Justicia Humana - decía textualmente: "Somos anarquistas-comunistas y venimos por medio de la prensa a propagar estas ideas (...) No somos partidarios de organizar en sentido positivo a las clases trabajadoras, aspiramos a una organización negativa. Anarquistas en toda la extensión de la palabra sin formar un cuerpo manejable, que lo mismo pueda servir en beneficio que en prejuicio del objeto para que fue creado..."

Dejaba bien claras las diferencias que les separaban de sus oponentes anarco-colectivistas: "Somos comunistas anárquicos y por consiguiente enemigos de la propiedad individual que los colectivistas determinan en el producto íntegro del trabajo de cada uno (...) De la escuela colectivista nos separa el que santifica la propiedad individual que resulta del trabajo de cada uno..."

Quizá la importancia de este periódico -además de abrir brecha en el camino de penetración del anarco-comunismo- radique en la elaboración -por primera vez en  España- de los planteamientos teóricos de los "grupos efímeros" que tanta importancia tendrían en el movimiento anarquista: "En el artículo anterior hemos visto que los individuos podían llegar a agruparse y a entenderse en la organización que se originaría de sus relaciones diarias, sin que fuese precisa entre ellos la existencia de una autoridad, por el mero hecho de agrupamiento y reunión de las afinidades, de las mismas tendencias, del mismo objeto que se quiere conseguir."

El escaso apoyo y arraigo de esta ideología en España en esos momentos, explicaría su corta duración: ocho números, con dos meses de intervalo entre el último y el anterior.

II.2 Los grupos anarco-comunistas

 Casi dos años más tarde, volvieron a editar un periódico que alcanzó una más larga duración y al que pusieron por titulo de cabecera un nombre ya mítico, el cual con el correr de los años se convertiría en el órgano "oficioso" de los grupos anarquistas y posteriormente sería el órgano de la FAI: Tierra y Libertad .

 En sus páginas los anarco-comunistas pusieron por primera vez en España las bases teóricas de los grupos anarquistas que tanta importancia tuvieron en las cuatro primeras décadas del siglo XX. 

La base de toda organización no autoritaria debe ser necesariamente el individuo, el interés nacido en éste de comunicar sus ideas, sus necesidades, o sus impresiones a otros individuos le acercará a aquellos que tengan sus mismos problemas y aspiraciones, es decir, aquellos que le sean afines. 

Se habrá de este modo constituido el grupo, sin que para su creación hayan sido precisas otras leyes que las naturales. Del mismo modo, tampoco será necesario, en absoluto, establecer otras para su conservación. El grupo permanecerá constituido mientras subsistan las causas que le hicieron nacer y la fuerza de repulsión de los individuos del grupo no sea mayor que su atracción. 

Una de las principales características del grupo anarquista es que cualquier individuo integrante del mismo se halla siempre en la plenitud del derecho a desplegar todas sus facultades naturales sin que sea necesario para ello estar sujeto a mayorías o minorías. La libertad del individuo en el seno del grupo no puede ser coartada bajo ningún concepto. Nadie debe dictarle leyes para regular sus acciones. Su propia disposición a permanecer integrado en el grupo será laque regule el trato con los demás. Partiendo de esta teoría, la propensión de cualquier individuo a imponerse a los demás por la fuerza se verá contrarrestada por la fuerza de los que la rechazan, resultando de ello el equilibrio orgánico del grupo. 

El objetivo del grupo una vez constituido debe ser necesariamente la extensión de la propaganda y contribuir con su esfuerzo al abatimiento de cuanto se oponga ala marcha de la revolución. Naturalmente procurará ponerse en contacto, no solo con grupos de su localidad, si los hubiera, sino con los de otras localidades. En punto a propaganda, es lógico que se proponga la creación de una biblioteca, de  un periódico, hojas impresas o bien la propaganda oral con el fin de promover la creación de nuevos grupos o simplemente como grupo de acción revolucionaria, procurándose además medios adecuados para el combate. 

Si un grupo es pequeño es fácil entenderse. Las dificultades de entendimiento aumentan en la medida en que el grupo se amplía y se hace más grande. Esta dificultad se resuelve haciendo que todos los pensamientos y actividades tengan campo de acción. El individuo es libre de poner en acción sus pensamientos sin tener que consultar a nadie, pero si decide comunicar sus iniciativas será por propia voluntad y sin imposición de nadie.

En lo que se refiere al modo de reunirse y discutir los anarco-comunistas rechazan por completo la idea de que necesariamente de cada reunión deban salir acuerdos y la mayoría debe imponerse a la minoría por la sola razón de su número. En el caso de que en una discusión sobre un proyecto cualquiera hubieran dos o más opiniones divergentes, la solución sería que cada una de ellas la pusiera en práctica, de lo cual resultaría -dado que todos concurren al mismo fin- un beneficio para todos. 

En lo tocante al problema financiero, éste debe ser resuelto por la aportación voluntaria de cada individuo, sin cuotas fijas. Siendo la administración de los grupos competencia exclusiva de cada uno de ellos. 

Todo lo dicho sobre la relación entre individuos de un mismo grupo, puede hacerse extensivo a la relación entre los grupos de una misma localidad. La necesidad de comunicarse, de ponerse en relación unos con otros, les empujará a reunirse entre sí, sin que para ello fuera necesario un comités de coordinación o cosa parecida. Lo superfluo de ese organismo era evidente para los anarco-comunistas. Si éste no tiene ningún tipo de atribuciones es absolutamente innecesario y si alguna se le concede se haría en detrimento de la autonomía delos grupos.               

Igual ocurre si se trata de relaciones con grupos de distinta localidad. Son innecesarios comités de relación cuya única tarea -teóricamente- sea la elaboración de estadísticas, ya que éstas pueden ser llevadas a cabo por cualquiera que lo desee. Los grupos son perfectamente libres de mantener correspondencia con cuantos grupos deseen y su propia dinámica los llevará a ello. 

Los grupos anarquistas de principios de siglo eran los mismos o bien se nutrían de las mismas ideas de los anarco-comunistas de los años ochenta. Su actividad la detectamos por la extraordinaria afluencia de periódicos anarquistas en los diez primeros años del siglo. Ya veremos en su momento que la continuada actividad de los grupos anarquistas hizo que la CNT, surgida después de varios ensayos de organización, fuese algo más que un nuevo intento fallido.


III. La polémica ideológicaIII.1 Anarco-comunismo versus anarco-colectivismo

 Antes de abordar el análisis de esta polémica, que alcanzó gran virulencia en la región española, creo necesario puntualizar algunas cuestiones metodológicas que faciliten su comprensión. Hasta ahora, la práctica totalidad de los historiadores han venido repitiendo, con más o menos acierto, que las luchas entre comunismo y colectivismo provocaron las crisis internas de la FTRE, su decadencia y finalmente su desaparición en 1888. Sin embargo, intentaré demostrar que la ideología anarco-comunista tuvo muy poco que ver con estos hechos y sólo cobró importancia cuando las crisis internas del anarco-colectivismo abrieron brecha suficiente para que penetrase y acabase por hundir el carcomido edificio.

Señalemos algunos de estos análisis, seleccionados entre otros. Temma Kaplan, estudiando los primeros enfrentamientos en el seno de la FTRE, afirma: 

"Las cuestiones teóricas tomaron formas políticas en el segundo Congreso nacional de la FTRE en Sevilla en 1882, cuando los anarco-comunistas y los anarco-colectivistas se dividieron en torno a los fines a largo plazo y la estrategia a corto plazo, división que reflejaba diferencias fundamentales entre el sindicalismo reformista y el comunitarismo propenso al terrorismo. Los juicios de la Mano Negra añadieron acritud a esta lucha, pero fueron probablemente menos significativos que el crecimiento de la Unión de Trabajadores del Campo y su huelga de Jerez, en junio de 1883, durante la recolección. "Más adelante continúa diciendo: 

"El debate del Congreso de Sevilla de 1882 entre colectivismo y anarco-comunismo también giró en torno a la táctica de la violencia. Los colectivistas temían que la violencia provocara la represión del gobierno sobre las Uniones, mientras que los defensores del terrorismo sostenían que los parados podían usar el terrorismo de manera eficaz contra los terratenientes." El resto del capítulo sigue en la misma línea Díaz del Moral, aunque ya establecía diferencias profundas en el seno de la FTRE, lo hacía prudentemente en base a las tácticas, señalando, sin embargo -erróneamente a nuestro entender- influencias del anarquismo europeo en las directrices más radicales. Se llega por este camino a un fatal esquematismo:

 "Les différences profondes qui séparent les anarcho- collectivistes catalans et lesanarcho-communistes andalous amènnent la desagrégation de la F.T.R.E."

La falta de espacio imposibilita hacer un análisis a fondo del contenido de esta polémica, por ello me limitaré a señalar lo más importante, teniendo en cuenta que en los términos en que ésta estaba planteada, la única solución sería la que más tarde se adoptaría para superarla: el anarquismo sin adjetivos. 

Mucho más esencial que la diferente concepción en cuanto a los fines, sería la divergencia que se establecía en el tipo de organización que era necesario estructurar para poder llevar a cabo las ideas que ambas partes sostenían. Los colectivistas defendían que el trabajador era dueño del producto de su trabajo, siendo los instrumentos necesarios para llevarlo a cabo propiedad de la colectividad, mientras que los comunistas eran partidarios de una distribución regulada por las necesidades de cada individuo. 

Los presupuestos colectivistas exigían necesariamente la formación de una comisión encargada de valorar el producto íntegro del trabajo que cada cual realizaba, lo cual comportaría la creación de instituciones y de una burocracia que sería la encargada de arbitrar los conflictos que casi indefectiblemente surgirían en ese campo. El resultado final, según los críticos anarco-comunistas, se diferenciaría muy poco de una estructura social autoritaria, ya que la comisión acabaría convirtiéndose en un gobierno o cosa parecida, lo cual negaría el principio anarquista de sus propuestas. 

Los anarco-comunistas elaboraron sus teorías partiendo precisamente de la necesidad de crear una estructura antiautoritaria, es decir, una organización social en la cual no hubiera necesidad de crear superestructuras y las únicas organizaciones fueran las absolutamente imprescindibles para subvenir a las necesidades de la colectividad. Partiendo, pues, del anarco-colectivismo llegaron a la conclusión que la única forma de resolver el problema era la socialización de la distribución. Mediante la fórmula a cada cual según sus necesidades se impedía la creación de organismos que estuvieran por encima de aquellos creados para la producción. La principal objeción de los colectivistas a estas teorías radicaba en su negativa a considerar el espontaneísmo como una forma de organización válida para estructurar las relaciones sociales.

Argüían que la falta de estímulo de los individuos para dedicarse al trabajo haría que la producción se paralizase y se generalizase de ese modo la miseria, con el consiguiente peligro de volver de nuevo al estado anterior. En España el único modo de cortar el nudo gordiano, ya que un entendimiento manteniendo cada cual sus posiciones era imposible, fue el acuerdo de participar todos en la acción anarquista independientemente de la finalidad económica que cada cual sostuviese o apoyase. A esta fórmula se le denominó anarquismo sin adjetivos.







domingo, 10 de junio de 2012

"¿Y qué es lo que constituye principalmente toda la fuerza de los Estados? La Ciencia. Sí, la ciencia. Ciencia de gobierno, de la administración, ciencia de los negocios; ciencia de esquilar los rebaños populares sin hacerles gritar demasiado y cuando comienzan a gritar, ciencia de imponerles silencio, paciencia y obediencia por medio de una fuerza científicamente organizada; ciencia de engañar y dividir a las masas populares, de mantenerlas siempre en una saludable ignorancia para que no puedan nunca, ayudándose y uniendo esfuerzos, crear un poder capaz de derribarlos; ciencia militar ante todo, con todas sus armas perfeccionadas, y esos formidables instrumentos de destrucción que maravillan."

Bakunin- Fragmento del texto "La instrucción integral".  

Fragmento extraído y texto completo http://www.kclibertaria.comyr.com/lpdf/l131.pdf

sábado, 2 de junio de 2012

Una crítica al ciudadanismo desde el anarquismo

La Ciudadanía a través de un bastón de hockey

El 19 de octubre del año 2011, en medio de una manifestación estudiantil que exigía mejoras en el sistema escolar, una mujer de unos cuarenta años de edad, golpea con un bastón de hockey a varios/as jóvenes encapuchados/as que se enfrentaban con carabineros en las afueras de la Universidad de Chile. El hecho ocurrió al finalizar una multitudinaria marcha que convocó a más de cien mil personas a través de un recorrido autorizado por la Intendencia Metropolitana y que adquirió ribetes carnavalescos durante su desarrollo, gracias a los numerosos grupos de baile, música, carros alegóricos y presentaciones teatrales que adhirieron a la actividad.

Los medios de comunicación masivos no tardaron en hacer un festín de estos incidentes, presentando a la osada mujer como el mejor ejemplo del accionar ciudadano, casi como una heroína, que representando los más nobles valores democráticos, más aún, representaría la molestia de las y los manifestantes pacíficos que ven empañadas sus demandas por actos violentistas que escapan del estado de derecho. Extremando los planteamientos de Max Weber1, la acción social de esta mujer, podría entenderse como una prolongación del accionar del Estado, institución que pretende ostentar el monopolio legítimo del uso de la violencia, pues habría utilizado la fuerza, precisamente en su nombre, intentando garantizar el orden público, intentando con ello, detener y/o castigar al “lumpen”.

La mujer fue rápidamente identificada y localizada, concedió numerosas entrevistas a los diferentes medios de comunicación, aclaró que ella estaba a favor de las reivindicaciones del movimiento estudiantil, que apoyaba las críticas y propuestas que diferentes sectores movilizados levantaban al respecto, pero que “estaba cansada” del accionar de las y los encapuchados/as. El discurso desde el poder, legitimó el accionar de esta mujer, pese a ser filmada agrediendo a al menos tres jóvenes y reconocerlo públicamente, nunca fue detenida ni formalizada, al Estado no le molesta la violencia ejercida en su nombre.

Si bien estos hechos adquirieron gran notoriedad, no han sido los únicos en su tipo. En prácticamente todas las manifestaciones públicas del último tiempo2, es posible observar la tensión, a veces solapada y otras veces explícita, entre quienes asumen la “manifestación ciudadana” (como se ha denominado a las marchas pacíficas, con “resguardo” policial y reguladas desde la intendencia); y quienes asumen la “confrontación directa”, es decir, el uso de la violencia contra las fuerzas represivas y los símbolos del poder (edificios corporativos, mobiliario público, buses del Transantiago, etc.).

El Estado y los medios de comunicación (el poder), para referirse a las manifestaciones de confrontación directa, habla de “infiltrados”, “violentistas”, “vándalos”, “lumpen” y por supuesto, “anarquistas”. Normalmente es el subsecretario del interior o el intendente de turno, quien realiza conferencias de prensa para calificar los hechos como “graves” y tildarlos de “delincuencia”. Se amenaza con querellas y la aplicación de “todo el rigor de la ley”. Incluso se hace un llamado explícito a las y los organizadores de marchas y actos, para que “colaboren” con la policía, denunciando e impidiendo el accionar de “los violentistas” que quebrantan el orden público, llaman a las y los convocantes a asumir “su” responsabilidad de dirigir y controlar la manifestación, así como a las y los asistentes. En buenas cuentas, el llamado institucional es a actuar como aquella señora del 19 de octubre, es decir, a transformarse en el último brazo del aparato estatal, un llamado a actuar de forma ciudadana.

En este sentido, el debate fue instalado desde el poder en el seno de los movimientos sociales, específicamente, generando la necesidad de definir explícitamente qué se considera acción política y qué no. Dicho de otra forma, distinguir entre lo que es propio de la política y lo que corresponde a delincuencia. Sin embargo, la pregunta de fondo es otra. Lo que interesa profundizar no es la distinción operativa entre una acción y otra. Lo relevante está justo antes de esa disyuntiva, en la definición política del debate mismo. Qué implicancias políticas tiene cada opción, qué política concreta hay detrás de establecer este debate, cómo la definición política del debate promueve o impide que los diferentes “tipos de manifestación” desarrollen capacidad de cuestionar la realidad y redefinirla en un sentido u otro. Las preguntas que se presentan, apelan al status mismo de la política, es decir, al juego de fuerzas que define la realidad. Para profundizar sobre estas interrogantes, resulta necesario revisar críticamente uno de los conceptos claves de las sociedades modernas: la ciudadanía.
La noción más recurrente de ciudadanía corresponde a T. H. Marshall, quien analiza la evolución de este concepto como una respuesta frente a las desigualdades propias de la sociedad capitalista. El elemento más importante para la construcción de la ciudadanía, es la pertenencia a una comunidad específica o sociedad, lo que se manifiesta en el reconocimiento y ejercicio de diferentes derechos y deberes, libertades y restricciones, privilegios y obligaciones. Marshall considera la ciudadanía como la acumulación de diferentes derechos y deberes que poseen y ejercen los miembros de una sociedad, de acuerdo a su estado de desarrollo e institucionalidad vigente. Estos derechos intentan terminar algunas de las desigualdades o desequilibrios producidos por la distribución de la riqueza, las dinámicas de libre mercado y la competencia económica, propias del capitalismo, intentando atenuar así, las diferencias existentes entre las clases sociales que componen una sociedad.

La ciudadanía se levanta como un principio de igualdad y pertenencia en una sociedad, así como también como un conjunto de derechos y deberes propios de esta pertenencia. Consiste en un criterio ordenador del tejido social, que suponen la igualdad entre individuos independientemente de sus diferencias económicas, culturales y políticas, en definitiva trascendiendo a sus respectivas identidades y diferencias de clase. Este es el principal sinsentido en la construcción de ciudadanía: Intentar ocultar o suspender la estructura social a partir de un status adquirido jurídica e institucionalmente, que no modifica las lógicas de dominio y explotación de las relaciones sociales predominantes en la sociedad capitalista. “El trabajador es, le guste o no, un trabajador todos los minutos de su vida; hasta cuando fornica por placer o por aumentar la prole no es más que fuerza de trabajo de valorización del capital. Como tal, no es igual, ni libre, ni ciudadano, ni propietario. Y ello ¡ni un solo minuto de su vida! No es más que esclavo asalariado. Todavía ni siquiera se le ocurrió organizarse para defender sus intereses de trabajador y ya tiene toda la igualdad, la libertad, la propiedad… contra él”3.

El concepto de ciudadanía, como proyecto político, implica asumir el escenario social capitalista como el único escenario posible, pues al negar las diferencias sociales producidas por el propio sistema e intentar instalar la igualdad entre individuos, excluye a las y los ciudadanos/as del quehacer político real, es decir, del juego de fuerzas por mantener o transformar la sociedad. La ciudadanía permite la diferencia de opiniones y el debate, permite la aparición de demandas ciudadanas y reivindicaciones sociales, incluso se fundamenta la existencia de diferentes partidos y agrupaciones gremiales o sociales que presionan sobre determinados temas o demandas específicas, pero ninguna de estas “alternativas” supone realmente pensar y construir (o reconstruir) la realidad. ¿Qué de político tienen estas opciones entonces?

El secreto de la democracia y la ciudadanía, está precisamente en presentar como alternativas opciones que realmente no lo son, en permitir supuestas divergencias que simulan el juego de lo político, pero que en el fondo sólo consolidan lo ya existente, la exclusión de muchos en la toma de decisiones, la perdida de control sobre las propias vidas y el entorno. El juego democrático se sustenta en que las diferentes demandas y reivindicaciones son presentadas y asumidas por la misma institucionalidad ya existente, es decir, nunca cuestionado directamente dicha institucionalidad. “La noción misma de estado, se ha entronizado como único modo en que la gente piensa que se puede organizar la vida colectiva”4.

Al no reconocer las diferencias de clase, género, generación, etnia, entre otras posibles desigualdades presentes en la sociedad capitalista, la concepción de ciudadanía limita el abordaje político de esos temas, es decir, impide pensarlos y abordarlos concretamente. Más aún, la conformación de sujetos sociales en función de dichas condiciones e identidades colectivas, resulta dificultosa y opuesta al flujo ciudadanista. En la sociedad democrática actual, no se enfrentan explotadores y explotados/as, oprimidas/os y opresores, sino sólo ciudadanos/as iguales en derechos pero diferentes en opiniones frente a un tema u otro. ¡La construcción ideológica es completa!.

“Mientras el proletariado ni siquiera se reconoce a sí mismo, cada miembro de la clase trabajadora, cada desposeído, funciona como un buen ciudadano, con libertades, deberes y derechos que derivan de su ciudadanía, y acepta el conjunto de reglas de juego que lo atomizan y lo diluyen en el pueblo, donde sus intereses específicos de clase no tienen ninguna cabida. Como ciudadano, igual a todos; como elector, igual a todos; como vendedor y comprador, libre e igual a todos… no existe como clase. Ésta es precisamente la condición para el funcionamiento de la democracia”5.

Específicamente, la democracia moderna se articula como un verdadero simulacro de participación, en el que todas y todos los ciudadanos/as, cumplen los requisitos formales de esa participación, aunque no inciden en nada en la toma de decisiones. Se han perfeccionado y tecnificado al máximo los rituales eleccionarios, establecido los cargos a elegirse, distribuyendo los votantes y candidatos, normando la periodicidad de las elecciones y la temporalidad de las campañas, se subvenciona el gasto de los contendores y se sacraliza el ejercicio mismo del sufragio, todo el “envase” de la participación funciona espléndidamente de acuerdo a derecho, aunque su “contenido” se ha perdido por completo. “No se trata ya de imitación ni de reiteración, incluso ni de parodia, sino de una suplantación de lo real por los signos de lo real”6.

Probablemente, en el inicio de las revoluciones burguesas europeas, la democracia representativa constituyó el “reflejo” de la transformación radical desde la sociedad feudal a la capitalista. Sin embargo, este fenómeno también “enmascara y desnaturaliza” ese mismo fenómeno. La transformación social señalada, implica la consolidación de la burguesía como clase dominante, no la apertura del poder político a todos/as las y los ciudadanos/as. Más aún, esa apertura nunca ocurrió, las clases bajas no gozan de privilegios sociales como reparto de la riqueza o capacidad de incidir concretamente en su entorno. Finalmente, el juego democrático se enraizó en los estados nacionales burgueses, como simulacro de participación política. La democracia existente, lejos de fomentar e incluir en la toma de decisiones sobre la vida social, a la mayor parte de los habitantes de una comunidad, excluye a las mayorías y legitima la estructura existente. Incluso genera la invisibilización del verdadero juego de fuerzas, es decir, de la política misma.
“La democracia es representativa. El demos se constituye como cuerpo político solamente en el momento del voto, cuando es convocado periódicamente por la ley. La representación contiene una delegación total del poder por todo el periodo del mandato. El voto es secreto. En consecuencia la política no es visible. La escena política es pública, como espectáculo, y oculta en su mayor parte, como asunto de un grupo social especializado, reclutado dentro de la burguesía. Todo ello sabiamente defendido por razón de Estado”7.

Los derechos propuestos por Marshall abarcan diferentes ámbitos de la vida social, pero sólo en conjunto configuran una carta ciudadana que pretende limitar las diferencias sociales y económicas. Los derechos civiles garantizan cierta autonomía personal, los derechos políticos una determinada forma de participación en la comunidad y por último, los derechos sociales un nivel en la calidad de vida aceptable socialmente. Su desarrollo se acompaña claramente de la evolución del aparato estatal, y de la institucionalización de diversas prácticas políticas, a través de leyes y normativas que garantizan libertades, establecen deberes y prohíben delitos. “En este espacio la igualdad es entendida como igualdad de derecho, o sea igualdad ante la ley. Igualdad puramente teórica que de hecho es compatible con la jerarquía social”8.
Esta articulación jurídica y política de la ciudadanía, supone un ordenamiento racional y legítimo del Estado, denominado “Estado de derecho”, el que supone al menos los siguientes cuatro elementos constitutivos:
  1. Definición explícita de atribuciones y funciones de cada sección del aparato estatal.
  2. Progresivo establecimiento de normas sobre diferentes ámbitos de la vida, redefiniendo el límite entre lo público y privado.
  3. Establecimiento de la democracia representativa como mecanismo de participación política.
  4. Tecnificación de procedimientos y decisiones políticas.
Sin embargo, esta conceptualización del Estado, se presenta de forma ingenua y neutra, es decir, como si se tratase sólo de una entidad técnica y racional que administra los recursos en función de objetivos comunes. Esto constituye claramente otra falacia propia de las teorías liberales9. El “Estado es, fundamentalmente, un paradigma de estructuración jerárquica de la sociedad… es construido a partir de la expropiación que efectúa una parte de la sociedad sobre la capacidad global que tiene todo grupo humano de definir modos de relación, normas, costumbres, códigos, instituciones, capacidad que hemos llamado simbólico – instituyente y que es lo propio, lo que define y constituye el nivel humano de integración social. Esta expropiación no es necesariamente ni exclusivamente un acto de fuerza: ella contiene y exige el postulado de la obligación política o deber de obediencia”10. El Estado lejos de ser neutral, es el principal instrumento político de la sociedad moderna, ha ejercido el rol de articulador de la sociedad capitalista desde sus orígenes, modificando su propia estructura en el desempeñar de esta función.

Por su parte, la ciudadanía no es sólo el complemento del Estado de derecho, sino su creación, el fruto de su accionar sistemático. En la actualidad, constituye el tejido social que el propio Estado establece para asentarse y legitimarse constantemente, levantándose como una articulación ideológica y material de las relaciones de dominación. La ciudadanía articula subjetividades y visiones de mundo referentes a la vida social, establece mecanismos de participación institucional, valores y temáticas frente a las que es necesario referirse constantemente. Ciudadanía y Estado de derecho, constituyen dos elementos indisolubles en la sociedad moderna, dos caras de la misma moneda. La primera se levanta como es status de igualdad y pertenencia de cada individuo a determinada sociedad, con su consiguiente adscripción estatal. Mientras el Estado de derecho se levanta como la única forma racional y legitima de ordenamiento político. El garante de todos los derechos y el escenario propio del quehacer ciudadano. La cancha donde este tipo particular de sujeto político se desarrolla y existe. La aparición de esta mujer y su bastón de hockey es el resultado concreto de la política de construcción ciudadana propiciada por el Poder.

A las y los Oprimidos no nos interesa ser Ciudadanos/as…

1 Weber, Max, “Economía y Sociedad” Ed. Fondo de Cultura Económica, México, 1995, Pág. 43.
2 Si bien se ha constatado este hecho en las tradicionales marchas del 1 de mayo y 11 de septiembre desde ya varios años (por lo menos desde el 2005), durante el 2011 se presentó en casi todas las manifestaciones estudiantiles, e incluso en la carnavalesca marcha mapuche del 12 de octubre. Durante lo que va del 2012, este fenómeno ya se produjo en la marcha de 8 de marzo que conmemoró el día de la mujer trabajadora y que por primera vez, desde que se realiza, se desarrolló con incidentes violentos.
3 Qarmat, Miriam, “Contra la Democracia”, Ed. Rupturas, 2002, Pág. 13.
4 Méndez, N. y Vallota, A., “El Anarquismo: Una Utopía que Renace”, Ed. Prokaos, Santiago, 2011, Pág. 2.
5 Qarmat, Miriam, “Contra la Democracia”, Ed. Rupturas, 2002, Pág. 10.
6 Baudrillard, Jean, “Cultura y Simulacro”, Ed. Kairós, Barcelona, 1978, Pág. 11.
7 Colombo, Eduardo, “De la Polis y el Espacio Social Plebeto” Ed. Nordam, Montevideo, 1993, Pág. 51.
8 Colombo, Eduardo, “De la Polis y el Espacio Social Plebeto” Ed. Nordam, Montevideo, 1993, Pág. 51.
9 Las teorías contractualistas de Hobbes, Locke y Rousseau son fiel ejemplo de esto.
10 Colombo Eduardo, “El Espacio Político de la Anarquía”, Ed. Nordam, Montevideo, 2000, Pág. 57.

Escrito por Raúl Ortega Mondaca



Extraído de Puñal Negro (Corriente revolucionaria anarquista) http://issuu.com/ellibertario/docs/pu_al_negro_n7_digital 
Vía Metiendo Ruido http://metiendoruido.com/
Página de facebook del CRA https://www.facebook.com/pages/Corriente-Revoluci%C3%B3n-Anarquista/252680101449629