sábado, 1 de septiembre de 2012

La no violencia es patriarcal - Peter Gelderloos

El siguiente texto es un capitulo correspondiente al Libro “Cómo la no violencia protege al Estado” de Peter Gelderloos, he restado las referencias de las citas por ser demasiado numerosas para incluirlas en formato blog, igualmente las pueden consultar en el libro con referencias del autor y prefacio correspondiente en el siguiente link http://www.nodo50.org/albesos/uploads/textos/noviolencia.pdf

El patriarcado es una forma de organización social que produce lo que reconocemos comúnmente como sexismo. Pero va más allá del prejuicio individual o sistémico contra las mujeres. Consiste, en primer lugar, en la falsa división de las personas en dos categorías rígidas (hombre y mujer) que se afirman como naturales y morales. (Mucha gente perfectamente sana no encaja en ninguna de estas categorías fisiológicas, y muchas culturas no occidentales reconocen -y todavía lo hacen, si no han sido ya destruidas- más de dos sexos y géneros.) 

El patriarcado intenta destruir, social e incluso físicamente, a cualquiera que no encaje en una de estas dos categorías o que rechace este “binarismo de género”. El patriarcado continúa definiendo roles claros (económicos, sociales, emocionales, políticos) para los hombres y las mujeres y afirma (falsamente), que estos roles son naturales y morales. Bajo el patriarcado, la gente que no encaja o que rechaza estos roles de género es neutralizada mediante la violencia y el ostracismo. Se les hace parecer y sentir feos, sucios, temibles, despreciables, inútiles. El patriarcado es dañino para todos, y es reproducido por cualquiera que viva en él. Haciendo honor a su nombre, pone a los hombres en una posición dominante y a las mujeres en una posición sumisa. Las actividades y características que están tradicionalmente asociadas al “poder”, o al menos al privilegio, pertenecen mayoritariamente a los hombres. El patriarcado otorga casi exclusivamente a los hombres la habilidad y el derecho al uso de la violencia. 

Con el género, como con la raza, la no violencia es una posición inherentemente privilegiada. La no violencia asume que en lugar de defendernos a nosotros mismos de la violencia, podemos sufrir la violencia pacientemente hasta que una parte suficiente de la sociedad pueda ser movilizada a oponerse a ello pacíficamente (o que podamos esperar a “transformar” cualquier agresión que nos amenace individualmente.) Muchas de los que proponen la no violencia no la presentarán meramente como una práctica política acotada, sino como una filosofía que merece penetrar en el mismísimo tejido social y arrancar la violencia de raíz en todas sus manifestaciones. Pero el pacifismo parece no haberle dado a la violencia del patriarcado su consideración justa. Después de todo, en las guerras, en las revoluciones sociales y en la vida diaria, las mujeres y las personas transgénero son, dentro de la sociedad patriarcal, las receptoras primarias de la violencia.

Si sacamos esta filosofía fuera de la impersonal arena política y la ponemos en un contexto más real, la no violencia implica que es inmoral que una mujer se defienda de un atacante o que estudie autodefensa. La no violencia implica que para una mujer maltratada es mejor marcharse que movilizar a un grupo de mujeres para darle una paliza y echar al marido maltratador de casa. La no violencia implica que es mejor ser violada que sacar un bolígrafo del bolsillo y hundirlo en la yugular del agresor (porque hacerlo supondría alimentar un supuesto ciclo de violencia y animar futuras violaciones). El pacifismo simplemente no resuena en las realidades diarias de la gente, a menos que esta gente viva en una extravagante burbuja de tranquilidad en la que toda forma de reactiva y pandémica violencia civil haya sido expulsada por la violencia sistémica y menos visible de la policía y de las fuerzas militares.

Desde otra perspectiva, la no violencia parece capaz de tratar con el patriarcado. Al fin y al cabo la abolición del patriarcado requiere formas de resistencia que enfaticen la curación y la reconciliación. La concepción occidental de la justicia, basada en la ley y el castigo, es totalmente patriarcal. Ya los primeros códigos legales definían a las mujeres como propiedades, y las leyes fueron escritas para hombres que ostentaran bienes, que a su vez fueron socializados para no tratar con emociones; “los delitos” eran corregidos a través del castigo más que mediante la reconciliación. Y es más, al patriarcado no lo sostiene una elite poderosa que deba defenderlo por la fuerza, sino que lo sostiene todo el mundo.

Dado que la distribución del poder dentro del patriarcado es mucho más difusa que en el estado o en el capitalismo (por ejemplo, un General que asesora a una empresa armamentística, posee un poder significativo dentro del estado y del capitalismo, pero no extrae específicamente del patriarcado mucho más poder que cualquier otro hombre, excepto quizás el de representar un rol modélico de virilidad), luchar contra los poderosos o máximos responsables juega un papel mucho más pequeño. En su lugar, las personas debemos construir una cultura que nos permita tener una identidad propia en términos de género y que nos apoye mientras construimos relaciones saludables y sanamos de generaciones de violencia y trauma. Esto es perfectamente compatible con el entrenamiento en autodefensa para mujeres y gente transgénero y ataca a las instituciones económicas, culturales y políticas que ejemplifican el patriarcado o son responsables de una forma especialmente brutal del mismo. Matar a un policía que viola a trabajadoras sexuales o a personas transgénero sin techo; prenderle fuego a la oficina de una revista que conscientemente publicita un estándar de belleza que conduce a la anorexia y a la bulimia o secuestrar al presidente de una empresa que trafica con mujeres. Ninguna de dichas acciones priva de la construcción de una cultura de libertad. Sino que más bien es la gente con poder que conscientemente saca provecho del patriarcado, la que impide activamente la emergencia de esta cultura. Valorar relaciones más libres se complementa con una oposición militante a las instituciones que propagan relaciones explotadoras y violentas. Atacar a los más notables y probablemente incorregibles ejemplos del patriarcado es una manera de educar a la gente en la necesidad de una alternativa. La mayoría del trabajo requerido para superar el patriarcado probablemente será pacífico, centrado en la construcción de alternativas y la cicatrización de las heridas provocadas por éste. Pero una práctica pacifista que olvida el uso de cualquier otra táctica deja sin opción a la gente que necesita protegerse de la violencia aquí y ahora.


En el caso de la violación y otras formas de violencia contra las mujeres, la no violencia implica las mismas lecciones que el patriarcado nos ha enseñado durante milenios: glorificar la pasividad -“poner la otra mejilla” y “dignificar el sufrimiento”- frente a la opresión. Todas las historias, mandamientos, parábolas y leyes contenidas en el Antiguo Testamento, uno de los textos más lúcidos que define cómo conservar y poner en práctica el patriarcado, aconsejan a las mujeres sufrir pacientemente la injusticia y rezar para que la divina Autoridad intervenga. (Esta prescripción es parecida a la fe que tiene el pacifismo en que los medios de comunicación diseminen imágenes del sufrimiento dignificado para motivar a las autoridades a que ejecuten la justicia). Dado que el patriarcado prescribe claramente una violencia masculina unilateral, las mujeres estarían interrumpiendo esta dinámica de poder, no reforzándola, sino reapropiándose de su capacidad de ejercer violencia. En este sentido, el hecho de que las mujeres reclamen la habilidad y el derecho al uso de la fuerza no pone fin por sí mismo al patriarcado, pero es una condición necesaria para la liberación de género, así como una forma útil de empoderamiento y de protección a corto plazo.


Las pacifistas y las feministas reformistas han señalado a menudo que son las personas que practican el activismo militante las que son sexistas. En muchos casos específicos, dicha acusación ha sido válida. Pero la crítica frecuentemente se extiende a sugerir que el uso activista de la violencia es sexista en sí mismo, masculino, o por lo menos privilegiado5. Como Laina Tanglewood explica: “Algunas ‘feministas’ recientes critican que el anarquismo ha condenado a la militancia a ser sexista y a no incluir a las mujeres... Esta idea es en realidad la más sexista”. Otras anarquistas señalan que “De hecho, la masculinización de la violencia, con su velada concomitancia sexista y la feminización de la pasividad, realmente se debe más a aquellas personas cuya noción del cambio no incluye la revolución o la aniquilación del Estado”.


De igual forma, ¿qué noción de libertad no incluye la capacidad de las mujeres para defenderse a sí mismas? Respondiendo a la suposición de que las mujeres sólo pueden ser protegidas por unas amplias estructuras sociales, la activista Sue Daniels nos recuerda: “Una mujer puede deshacerse de un atacante por sí misma... No es en absoluto cuestión de quién sea físicamente más fuerte; es una cuestión de entrenamiento”. The Will to Win! Women and Self-Defense, un panfleto anónimo, añade lo siguiente:


Es ridículo que halla tantas organizaciones de apoyo y orientación para mujeres que han sido violadas, atacadas y maltratadas, y apenas ninguna que trabaje para preparar y prevenir que estas cosas sucedan. Debemos rechazar ser víctimas y desechar la idea de que debemos someternos a nuestros agresores para mantenernos alejadas de una violencia aún más extrema. En realidad, someternos a nuestros agresores solo contribuirá a una violencia futura contra otras.


La idea de que la violencia es masculina, o que el activismo revolucionario excluye necesariamente a las mujeres, queers y gente trans está, como otras premisas de la no violencia, basada en un olvido histórico. Se ignoran las mujeres nigerianas ocupadas en sabotear los yacimientos de petróleo; las mujeres mártires de la intifada palestina; las guerreras queer y transgénero de la Stonewall Rebellion; las miles de mujeres que lucharon con el Vietcong; las mujeres líderes de la resistencia Nativa al genocidio europeo y norteamericano; Mujeres Creando, un grupo de anarco-feministas de Bolivia; las sufragistas británi- cas que generaron disturbios y lucharon contra la policía. Se olvidan también las mujeres que ocuparon los más altos niveles de liderazgo al frente del Black Panther Party, las zapatistas, las Weather Underground, y otros grupos militan- tes. La idea de que defenderse de algún modo excluye a las mujeres es absurdo. Ni siquiera la historia del blanco y pacificado “Primer Mundo” lo corrobora, porque ni el patriarcado más efectivo que pudiéramos imaginar jamás sería capaz de impedir que toda la gente transgénero y todas las mujeres lucharan de manera militante contra la opresión.

La gente partidaria de la no violencia que hace una limitada excepción con la autodefensa porque reconoce hasta qué punto es erróneo decir que las personas oprimidas no pueden o deben protegerse a sí mismas, no tiene estrategias viables para tratar con la violencia sistémica. ¿Sirve la autodefensa para defenderse de un marido maltratador, pero no para hacer saltar por los aires una fábrica emisora del dióxido que intoxica tu leche materna? ¿Qué hay acerca de una campaña más coordinada para destruir la empresa a la que pertenece la fábrica y es responsable de liberar los contaminantes? ¿Es autodefensa matar al general que envía a los soldados que violan a las mujeres en una zona de guerra? ¿O deben las pacifistas permanecer a la defensiva, solo respondiendo a ataques individuales y sometiéndose a sí mismas a la inevitabilidad de tales ataques hasta que la táctica no violenta haga cambiar de alguna forma al general o provoque el cierre de la fábrica, en un futuro incierto?


Aparte de proteger al patriarcado de la oposición militante, la no violencia también ayuda a preservar las dinámicas patriarcales dentro del movimiento. Una de las mayores premisas del presente activismo anti-opresión (nacido del deseo común de promover movimientos más libres y empoderados y de evitar el cuerpo a cuerpo ampliamente contenido por dinámicas de opresión y de descuido que invalidó las luchas de liberación de las generaciones previas) es que las opresivas jerarquías sociales existen y se reproducen a sí mismas en el comportamiento de toda persona y deben ser superadas tanto interna como externamente. Pero el pacifismo prospera evitando la autocrítica. La mayoría de nosotros estamos familiarizados con el estereotipo parcialmente justificado de la auto-complacencia, la auto-celebración de activistas no violentos que “personifican el cambio que desearían ver en el mundo” hasta tal grado que en sus mentes ellos personifican todo lo correcto y bonito. Un seguidor de una organización pacifista exclamó, en respuesta a críticas entorno al privilegio, que el líder de raza blanca y género masculino perteneciente a un grupo, posiblemente no podía ejercer un privilegio por ser blanco y por ser hombre ya que se trataba de una buena persona, como si la supremacía blanca y el patriarcado fueran asociaciones enteramente voluntarias. En tal contexto, ¿con qué facilidad podría un grupo con un liderazgo predominantemente masculino, entendido como la personificación del ideal no violento, a resultas de su participación en un impresionante número de huelgas de hambre y sentadas, ser movilizado contra comportamientos opresivos, contra la transfobia o contra el abuso sexual?


La tendencia del pacifismo a evitar la autocrítica no es solo típica, es funcional. Cuando tu estrategia para vencer proviene de “capturar y mantener la superioridad moral como una ventaja frente a nuestros oponentes” es necesario retratarte a tí mismo como moral y a tu enemigo como inmoral. No cubrir fanatismos y dinámicas opresivas frente a líderes y miembros del grupo es simplemente contraproducente para tu estrategia escogida. Cuánta gente sabe que Martin Luther King Jr. trató a Ella Baker (quien es la responsable general de la construcción de la -Southern Christian Leadership Conference [SCLC], mientras King era todavía inexperto como organizador) como a su secretaria; y se rio en la cara de algunas mujeres de la organización cuando sugirieron que el poder y el liderazgo deberían ser compartidos; dijo además que el rol natural de las mujeres era la maternidad, y que ellos, desafortunadamente, se veían “forzadas” a ocupar las posiciones de “maestro” y “líder”; y echó a Bayard Rustin de su organización porque Rustin era gay? Pero entonces, ¿por qué estos factores, ampliamente disponibles cuando convertimos a King en un icono, conllevarían el encubrir tales faltas retratándolo como un santo? Para el activismo revolucionario, de todos modos, la victoria llegará a través del empoderamiento y del uso de mejores estrategias para combatir el estado y sobrevivir a la represión. Tal vereda requiere constante evaluación y autocrítica.


A menudo prexisten asunciones sexistas que pintan a los grupos militantes más sexistas de lo que en realidad son. Por ejemplo, las mujeres eran, efectivamente, excluidas de las posiciones de liderazgo en el SCLC de King, cuando por el contrario las mujeres (por ejemplo, Elaine Brown) a veces alcanzaron las más altas posiciones en el Black Panther Party [BPP]. Aún así es el BPP, y no el SCLC, el que se alzó como el paradigma del machismo. Kathleen Cleaver lo refutó cuando dijo: “En 1970, el BPP tomó una posición formal en la liberación de la mujer. ¿Hizo el congreso de los Estados Unidos la más mínima declaración acerca de la liberación de la mujer?” . Frankye Malika Adams, otra Pantera, dijo: “Las mujeres organizaron bastante la BPP. No sé cómo consiguieron ser un partido de hombres o pensaron como si lo fueran” Resucitando una historia más rigurosa del Black Panther Party, Mumia Abu-Jamal documenta que fue, de alguna forma, “un partido de mujeres”

No obstante, el sexismo persistió entre los Panteras, como persistió en cualquier ambiente revolucionario, y en cualquier otro segmento de la sociedad patriarcal de hoy en día. El patriarcado no puede ser destruido de la noche a la mañana, pero puede ser gradualmente vencido por grupos que trabajan para destruirlo. El activismo debe reconocer al patriarcado como el principal enemigo y abrir espacios en los movimientos revolucionarios para mujeres, gente queer y gente transgénero para constituirse como fuerzas creativas a la hora de dirigir, asesorar y reformular la lucha (mientras también se da apoyo a los esfuerzos de los hombres para entender y contrarrestar nuestra propia socialización). Una evaluación honesta muestra que no importan nuestras intenciones, queda mucho trabajo por hacer para liberar el movimiento del control de las manos de los hombres y para encontrar formas más saludables y reconfortantes para tratar con patrones de abuso en las relaciones, sociales o sexoafectivas entre miembros del movimiento.


Casi todas las discusiones tácticas o estratégicas en las que he participado, fueran éstas militantes o pacifistas, han sido atendidas y dominadas abrumadoramente por hombres. Lejos de mantener que las mujeres y la gente transgénero son de algún modo incapaces de participar en un amplio espectro de opciones tácticas (o incluso de discutirlas), haríamos bien en recordar las voces de aquellas que han luchado -violentamente, de manera desafiante, efectivamente- como revolucionarias. Por ejemplo, Mujeres Creando, un grupo anarco-feminista de Bolivia. Sus componentes se han dedicado a campañas de grafitis y campañas antipobreza. Protegen a la gente de la violencia policial durante las manifestaciones. En su acción más dramática, se armaron con cócteles molotov y cartuchos de dinamita y ayudaron a un grupo de granjeros indígenas a tomar un banco para demandar que les perdonaran la deuda que les estaba matando de hambre a ellos y a sus familias. En una entrevista, Julieta Paredes, una miembra fundadora, explica los orígenes del grupo:


Mujeres Creando es una “locura” iniciada por tres mujeres [Julieta Paredes, María Galindo y Mónica Mendoza] desde la arrogante, homofóbica y totalitaria izquierda de la Bolivia de los ochenta... La diferencia entre nosotras y aquellos que hablan acerca del derrocamiento del capitalismo es que todas sus propuestas para una nueva sociedad provienen del patriarcado de izquierda. Como feministas, en Mujeres Creando queremos revolución, un cambio real del sistema... He dicho ya antes y quiero repetir que no somos anarquistas por Bakunin o la CNT, sino más bien por nuestras abuelas, y esta es una hermosa escuela de anarquismo”.


Sylvia Rivera, una drag queen puertorriqueña, habló acerca de su participación en la rebelión de Stonewall en 1969, provocada tras la redada policial, en el Stonewall Bar en Greenwich Village de la ciudad de Nueva York, con el fin de acosar a la clientela trans y queer:

No aceptaremos más mierda de ésta. Hemos hecho mucho por otros movimientos. Llegó el momento. En primera línea estaban los gays de las calles de Village y la gente sin techo que vivía en el parque de Sheridan Square frente al bar, después las drag queens y todo el mundo detrás nuestro...


Estoy encantada de haber estado en los disturbios de Stonewall. Recuerdo que cuando alguien lanzó un cóctel Molotov, pensé: ‘¡Dios mío, la revolución finalmente está aquí!’
 
Siempre creí que tendríamos que defendernos. Estaba segura de que nos defenderíamos. Solo que no sabía que iba a ser esa noche. Estoy orgullosa de mí misma por haber estado allí aquella noche. Si me hubiera perdido ese momento, me habría sentido de algún modo dolida porque fue entonces cuando vi cómo cambiaba el mundo para mí y para mi gente.


Aunque claro, todavía queda ante nosotras un largo camino por recorrer.
 
Ann Hansen, una revolucionaria canadiense, cumplió siete años de condena en prisión por estar involucrada en 1980 en los grupos clandestinos Direct Action y la Wimmin’s Fire Brigade, que, entre otras acciones, pusieron una bomba en la fábrica de Litton Systems (fabricante de componentes para misiles navales) y lanzaron bombas incendiarias en una cadena de tiendas de pornografía que vendía vídeos retratando violaciones. De acuerdo con Hansen:
 
Hay muchas formas diferentes de acción directa, algunas más efectivas que otras en diferentes momentos de la historia, pero en conjunción con otras formas de protesta la acción directa puede hacer más efectivo el movimiento por el cambio abriendo caminos de resistencia que no son ni fácilmente absorbidos ni fácilmente controlables para el estado. Desgraciadamente, la gente dentro del movimiento debilita sus propias acciones cuando fracasa en el entendimiento y el apoyo de las diversas tácticas disponibles... Nos hemos vuelto pacíficos.


Emma Goldman, nacida en Rusia, -la anarquista americana más famosa-, participó en el intento de asesinato del empresario del acero Henry Clay Frick en 1892; partidaria de la Revolución Rusa y una de las primeras críticas con el gobierno leninista, escribe así acerca de la emancipación de las mujeres: “La historia nos cuenta que toda clase oprimida se gana la verdadera liberación de sus amos a través de sus propios esfuerzos. Es necesario que la mujer aprenda esta lección, que se dé cuenta de que no alcanzará su libertad hasta que alcance el poder para realizarla”.


Mollie Steimer fue otra inmigrante anarquista rusa en América. Desde muy joven, Steimer trabajó con Frayhayt, un periódico anarquista en yiddish de Nueva York. En la portada del mismo aparece este lema: “La única guerra justa es la revolución social”. Desde 1918 en adelante, Steimer fue arrestada y encarcelada repetidamente por hablar claro en contra de la Primera Guerra Mundial o en apoyo de la Revolución Rusa, que, en aquel tiempo, antes de la consolidación leninista y las purgas, tenía un componente significativamente anarquista. En un juicio declaró: “Para el cumplimiento de esta idea (el anarquismo), consagraré toda mi energía y, si es necesario, daré mi vida por ello” Steimer fue deportada a Rusia y luego encarcelada por los Soviets por su apoyo a los anarquistas presos allí.


Anna Mae Pictou-Aquash fue una mujer Mi’kmaq y una activista del American Indian Movement (AIM). Después de enseñar y orientar a la juventud Nativa, y “trabajar con las Boston’s African American and Native American Communities”, se unió a la AIM y se involucró en la ocupación de 71 días del Wounded Knee en la reserva de Pine Ridge en 1973. En 1975, en relación a un periodo de brutal represión, durante el cual al menos 60 miembros y partidarios de la AIM fueron asesinados por paramilitares equipados por el FBI, Pictou Aquash estuvo presente en un tiroteo en el que dos agentes del FBI fueron asesinados. En noviembre de 1975, fue declarada fugitiva por evadir comparecencias ante el juzgado con los cargos de tenencia de explosivos. En febrero de 1976, fue encontrada muerta con un disparo en la nuca; el forense apuntó como causa de la muerte “hipotermia”. Tras su fallecimiento, se supo que el FBI la había amenazado de muerte por no delatar a otros activistas del AIM. Durante toda su vida, Pictou-Aquash fue una activista y revolucionaria muy comprometida.
 
Esta gente blanca piensa que el país les pertenece -no se dan cuenta de que si están ahora en el cargo correcto es solamente porque son más numerosos-. El país entero cambió con sólo un puñado de peregrinxs harapientxs que vinieron aquí en 1500. Se puede coger a un puñado de indixs harapientxs para hacer lo mismo; yo intenté ser uno de esos indios.


Rote Zora (RZ) fue un grupo alemán de guerrilla urbana de feministas antimperialistas. Junto a las aliadas Células Revolucionarias, llevaron a cabo más de doscientos ataques, mayoritariamente poniendo bombas, durante los 70 y 80. Apuntaron hacia pornógrafos; empresas explotadoras; edificios gubernamentales; compañías que traficaban con mujeres para ser esposas, esclavas sexuales y trabajadoras domésticas; entre otras cosas. En una entrevista anónima, integrantes del Rote Zora explicaron: “las mujeres del RZ empezaron en 1974 poniendo una bomba en el Tribunal Supremoen Karlsruhe porque queríamos la abolición total de la ‘218’ (la ley del aborto)” . A la pregunta de si la violencia daña al movimiento tanto como sus bombas, respondieron:


Zora 1: ¡Que daña al movimiento! Hable en todo caso de la instalación de la represión. ¡Las acciones no dañan al movimiento! Todo lo contrario, pueden y deben apoyarlo de una forma directa. Nuestro ataque contra los traficantes de mujeres, por ejemplo, ayudó a exponer a la luz pública sus negocios, a amenazarlos, y ahora ellos saben que tienen que anticiparse a la resistencia de las mujeres si quieren seguir adelante con sus negocios. Estos ‘caballeros’ saben que tienen que prever la resistencia. A esto lo llamamos el fortalecimiento de nuestro movimiento.


Zora 2: Hace ya mucho tiempo que la estrategia de la contrarrevolución ha comenzado a dividir totalmente al ala radical del resto del movimiento aislándolos para debilitar al movimiento entero. En los 70 tuvimos la experiencia de lo que significa que sectores de la izquierda adopten la propaganda del estado, cuando empiezan a presentar a aquellxs que luchan de manera autónoma30 como lxs responsables del estado de persecución, destrucción y represión. No solo confunden la causa con el efecto, sino que implícitamente justifican el estado de terror. Por lo tanto, son ellxs mismos quienes debilitan sus propias posiciones. Estrechando el marco de las protestas y las resistencias...


La entrevista prosiguió planteando la siguiente cuestión:
¿Cómo pueden las mujeres no autónomas, no radicales, entender lo que queréis? Las acciones armadas tienen un efecto “ahuyentador”.


Zora 2: Quizás es temible que la realidad del día a día sea cuestionada. Las mujeres a las que desde pequeñas se les ha machacado la cabeza con la idea de que son víctimas se vuelven inseguras si tienen que enfrentarse al hecho de que las mujeres ni son víctimas ni son pacíficas. Esto constituye una provocación. Aquellas mujeres que experimentan su falta de poder con rabia pueden identificarse con nuestras acciones. Dado que cada acto de violencia en contra de una mujer crea una atmósfera de amenaza contra todas las mujeres, nuestras acciones contribuyen, incluso si sólo apuntan al responsable individual, al desarrollo de una atmósfera de ‘¡La resistencia es posible!’


Hay, sin embargo, mucha literatura feminista que niega los efectos empoderadores (e históricamente importantes) de la lucha militante en el movimiento de mujeres y en otros movimientos, ofreciendo en su lugar un feminismo pacifista. Las feministas pacifistas apuntan al sexismo y al machismo de ciertas organizaciones militantes de liberación, a las cuales deberíamos dirigirnos para que lo reconozcan. El argumentar en contra de la no violencia y en favor de una diversidad de tácticas no debería implicar en absoluto un acuerdo con las estrategias o culturas de grupos militantes del pasado (por ejemplo, la postura machista del Weather Underground o el anti-feminismo de las Brigatte Rosse). Pero el hecho de tomarnos seriamente estas críticas no impide que señalemos la hipocresía de las feministas que censuran encantadas el comportamiento sexista de los militantes y a la vez lo cubren cuando son pacifistas lxs que lo cometen -por ejemplo, deleitándose con el cuento de que Gandhi aprendió de su mujer la no violencia, obviando los inquietantes aspectos patriarcales de su relación-


Algunas feministas van más allá de las críticas específicas y tratan de forjar un enlace metafísico entre el feminismo y la no violencia: esta es “la feminización de la pasividad” antes mencionada. En un artículo publicado en el periódico de Berkeley Peace Power Carol Flinders cita un estudio de los científicos de la Universidad de California (UCLA) afirmando que las mujeres están programadas hormonalmente para responder al peligro no con el mecanismo del “ataca o corre”, el cual se atribuye a los hombres, sino con el mecanismo de “cuida o entabla amistad”. De acuerdo con estos científicos, las mujeres, en un estado de amenaza, “calman a los niños, alimentan a todo el mundo, difuminan la tensión y conectan con otras mujeres” . Este tipo de ciencia sensacionalista ha sido una herramienta favorable para reconstituir el patriarcado mediante la supuesta prueba de la existencia de diferencias naturales entre hombres y mujeres; la gente está demasiado predispuesta a olvidar principios matemáticos básicos con tal de poder entregarse a un mundo tan bien ordenado. A saber, dividiendo arbitrariamente a la humanidad en dos partes (hombre y mujer) basadas en un número muy limitado de características invariablemente producirán diferentes resultados que funcionan como cánones para cada parte. La gente que no sabe que un resultado extraído a través de tal operación aritmética no expresa, sino que oscurece la diversidad de las partes, declara felizmente que dichas partes son categorías naturales y continúan haciendo sentir a la gente como antinatural y anormal si no encajan con el cánon de la parte que les corresponde (No quiera Dios que encajen con el resultado de la parte opuesta. ¡Hagamos una pausa para brindar por la imparcialidad de la Ciencia!).


Pero Flinders no se contenta con detenerse aquí, con el estudio implícitamente transfóbico y esencializador del género35 de la Universidad de California. Prosigue hurgando en “nuestro remoto pasado pre-humano. Entre los chimpancés, nuestras más cercanas relaciones, los machos patrullan el territorio en el que las hembras alimentan a las crías... Las hembras raramente están en estos frentes; ellas se dedican más al típico cuidado directo de su descendencia”. Flinders afirma que esto muestra que “dedicarse al combate directo nunca ha constituido un rasgo especialmente adaptativo para las mujeres” y “las mujeres tienden a acercarse a la no violencia desde frentes distintos e incluso a vivir la no violencia de forma bastante diferente”.


Flinders estácometiendo otro disparate en nombre de la ciencia, a parte de estar asumiendo un tono destacablemente sexista. Primeramente, el determinismo evolutivo que usa ni es escrupuloso ni se puede probar; su popularidad proviene de la utilidad de crear una coartada para las estructuras sociales históricamente opresivas. Incluso en este marco dudoso, Flinders es inexacta en sus asunciones. Los humanos no se desarrollaron a partir de los chimpancés; más bien ambas especies se desarrollaron a partir de una misma predecesora. Los chimpancés son tan modernos como los humanos y ambas especies han tenido la oportunidad de desarrollar adaptaciones en el comportamiento que divergen del ancestro común. No estamos más atadas a las divisiones de género de los chimpancés de lo que ellos lo están a nuestra propensión a desarrollar listas de palabras inmensas para oscurecer la verdad del mundo que nos rodea. En segundo lugar, a través del mismo camino que la llevó a afirmar la tendencia femenina a la no violencia, Flinders se ha encontrado con la afirmación de que el rol natural de las mujeres es confortar a los niños y alimentar a todo el mundo lejos de las líneas del frente. Flinders ha demostrado marcada aunque accidentalmente, que el mismo sistema de creencias que dice que las mujeres son pacíficas, también dice que el rol de las mujeres es el de cocinar y criar niños. El nombre para este sistema de creencias es el de patriarcado.


Otro artículo de una feminista académica se pone esencialista en menos que canta un gallo. En el segundo párrafo de “Feminismo y No Violencia: Un Modelo Relacional” (Feminism and Nonviolence: A Relational Model), Patrizia Longo escribe:
 
Años de investigación... sugieren que a pesar de los problemas potenciales que supone, las mujeres han participado de forma consistente en la acción no violenta. Sin embargo, las mujeres eligen la no violencia no por desear mejorarse a sí mismas a través de un sufrimiento añadido, sino porque la estrategia encaja con sus valores y recursos.


Constriñendo a las mujeres a la no violencia parece que las feministas pacifista deban también constreñir nuestra definición de los “valores y recursos” de las mujeres; definen qué rasgos son esencialmente femeninos encerrando a las mujeres en un rol falsamente identificado como natural, y dejan fuera a las que no encajan con ese rol.


Es difícil cuantificar cuantas feministas aceptan hoy en día las premisas del esencialismo, pero parece que un amplio número de feministas de base no aceptan la idea de que el feminismo y la no violencia estén o deban estar inherentemente vinculados. En un foro de discusión on line, decenas de mujeres que se autodefinen como feministas respondieron a la cuestión: “¿Existe un vínculo entre la no violencia y el feminismo?” Una mayoría de las presentes, algunas pacifistas, otras no, expresaron la creencia de que las feministas no necesitan apoyar la no violencia. Un mensaje lo resumió de la siguiente manera: “Todavía existe una presión sustancial dentro del feminismo que vincula a las mujeres a la no violencia. Pero existen también un montón de feministas ahí fuera, entre las que yo misma me incluyo, que no quieren verse a sí mismas automáticamente incluidas en una postura (esto es, la no violencia) simplemente por nuestros genitales o por nuestro feminismo”.



Peter Gelderloos


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La no violencia es estatista http://noticiasyanarquia.blogspot.com/2012/09/la-no-violencia-es-estatista-peter.html

Charla/audio de Peter Gelderloos sobre la no-violencia:
http://noticiasyanarquiatv.blogspot.com/2012/09/audiocharla-violencia-y-control-social.html




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