viernes, 16 de octubre de 2015

Acerca de una huelga - Errico Malatesta


Traducido desde “A proposito di uno sciopero,” L'Associazione (Niza) 1, no. 1 (6 de septiembre [recte octubre] de 1889). Al castellano: @rebeldealegre. Sólo se publicaron  siete números de este periódico, los tres primeros desde Niza, los restantes desde Londres.

Un asunto que correctamente preocupa a los revolucionarios es cómo sucederá la revolución.

La sociedad establecida no puede durar, dicen, pero aún así refleja tremendos intereses, está respaldada por un montón de prejuicios tradicionales, y, por sobre todo, es defendida por una poderosa organización militar que se desmoronará tan pronto como el hechizo de la disciplina se rompa, pero mientras tanto es un formidable perro guardián y medio de represión. ¿Dónde encontraremos la fuerza y la unidad de acción requeridos para vencer? Los planes y conspiraciones están bien cuando se trata de montar una acción específica que necesita sólo a un puñado de personas, pero son generalmente incapaces de determinar una revuelta popular lo suficientemente amplia como para representar una oportunidad de victoria. Los movimientos espontáneos son casi siempre demasiado pequeños o demasiado localizados, erupcionan con demasiado descuido y son muy fácilmente aplacados como para dar esperanzas de ser tornadas en una sublevación general.

Razonando en esta línea, la conclusión casi siempre alcanzada es que las mejores ocasiones para intentar una revolución social las ofrece algún movimiento político montado por la burguesía, o una guerra.
 
Aunque estamos siempre listos para tomar la oportunidad que las guerras o las revueltas políticas puedan ofrecernos para la expropiación y la revolución social, no creemos que esas sean las más probables, ni las más deseables de las circunstancias.

Una guerra puede gatillar una revolución, al menos en el país vencido. Pero la guerra despierta la mala semilla de los sentimientos patrióticos, inspirando el odio por el país vencedor, y la revolución que ésta podría hacer nacer — en gran medida promovida por el deseo de venganza y confrontada con la necesidad de resistir la invasión — tiene una tendencia a no ir más allá de un lío político. Existe incluso el peligro de que el pueblo, fastidiado por las depredaciones y matonajes de los soldados extranjeros, pueda olvidar la lucha contra los burgueses y fraternizar con estos últimos en una guerra contra el invasor.

Una agitación política carga con el mismo tipo de peligros, aunque a menor escala; el pueblo acepta alegremente como amigos a todos los que luchan contra el gobierno, y los socialistas, que estarían naturalmente intentando tornar el tumulto en una revolución social, serían acusados de poner la victoria en riesgo y de servir a los intereses del gobierno.

Tales eventos se están volviendo cada vez más improbables. La burguesía ha ido habituando de alguna manera a las revueltas desde la emergencia del partido socialista que amenaza con arrebatarle la victoria de las manos, y el pueblo, iluminado por la experiencia y la propaganda, ya no anhela tanto ir al sacrificio por la gloria y el beneficio de sus amos. Y nuevamente, la burguesía no tiene real intención de hacer la revolución — ni en los países europeos occidentales ni en las Américas. En esos países, es la burguesía la que en realidad gobierna. El hecho de que parte de ella se encuentre en graves aprietos y que enfrente la bancarrota y la pobreza no depende de las instituciones políticas y no puede ser alterado por un mero cambio de gobierno. Es, en vez, el resultado del mismo sistema capitalista al cual la burguesía le debe su existencia. Y, no importa cuán inevitable e inminente pueda parecer la guerra por mil razones económicas y políticas, es siempre pospuesta y se hace cada vez menos probable que ocurra a medida que los avances del socialismo internacional hace a los dominadores temer sumergirse en la oscuridad que sigue a una gran guerra europea.

De todos modos, las guerras y las revueltas políticas no dependen de nosotros, y nuestra propaganda, por su misma naturaleza, tiende a volverlas cada vez más difíciles e improbables. Sería por lo tanto muy mala táctica de nuestra parte si basáramos nuestros planes y esperanzas en eventos que no podemos y no deseamos gatillar.

De hecho, creemos que el prejuicio de esperar por oportunidades que no podemos llevar a cabo nosotros es en gran parte culpa del tipo de inercia y fatalismo al que algunos de nosotros a veces sucumbimos. Por supuesto, aquel que no puede hacer nada o piensa que no puede hacer nada, se inclina a dejar que las cosas tomen su curso y a dejar que el curso de la naturaleza disponga las cosas. Y ese mismo prejuicio podría muy bien ser culpa del hecho de que muchos buenos socialistas, cuyo cálido amor por el pueblo y ardiente espíritu revolucionario no podríamos negar, creen estar obligados a bajar sus armas y esperar a que algo caiga del cielo. Sin poder soportar tal ociosidad, se lanzan, sólo por hacer algo, al concurso electoral y entonces, poco a poco, abandonan la ruta revolucionaria por completo y descubren que se han convertido, contra sus voluntades, en vulgares políticos. ¡Cuán a menudo lo que parece — y bien puede haber resultado ser — traición ha comenzado por un entusiasmo e impaciencia que han perdido su camino!

Por suerte hay otras avenidas por las que la revolución puede suceder, y entre ellas nos parece que la agitación obrera en la forma de huelga es la más importante.

Las grandes huelgas que han ocurrido en los años recientes en un número de países europeos iban apuntando a los revolucionarios en dirección a aquel método abandonado; pero, de todas ellas, la colosal huelga de los trabajadores portuarios en Londres hace poco tiempo ha probado ser especialmente instructiva.[1]

* * *

Estos son los hechos:

Tras una corta pero ocupada campaña de propaganda, los trabajadores temporales de los puertos de Londres, que en la región son unos 50.000, se organizaron en un sindicato y rápidamente comenzaron la huelga. Los temporales son trabajadores a pedido que se reportan en los portales de los depósitos cada mañana y, si hay trabajo para ellos, son empleados por el día o en realidad simplemente por varias horas de corrido. Son éstos trabajadores pobres que viven en tugurios estrechos y fétidos, alimentándose o incluso manteniendo su hambre a raya con alimentos de desecho y licores contaminados, y vistiéndose de harapos. Viviendo el día a día, su trabajo siempre incierto, expuestos a la competencia de todos los famélicos que llegan desde todo lugar de Inglaterra y del resto del mundo, habituados a disputar unos con otros por un poco de trabajo, despreciados por los trabajadores de los oficios más afortunados, ciertamente satisfacen toda condición necesaria para ser considerados inapropiados para la organización y para una revuelta consciente contra los explotadores. Y sin embargo tomó sólo un par de años de propaganda realizada por un puñado de hombres voluntariosos capaces de dirigirse a ellos en términos inteligibles para probarles que son bien capaces de unir fuerzas, pararse rectos, y exigir la atención de todo el mundo civilizado. Lo que simplemente demuestra que el pueblo está en realidad más avanzado de lo que algunos creerían, y que una lenta pero persistente elaboración ya está en camino entre las masas, todo desconocido para los filósofos, preparándoles para el gran día que alterará la faz de la tierra.

Los huelguistas demandaban seis peniques la hora (en vez de cinco) por un día de trabajo; y ocho peniques la hora por trabajo antes de las 8 de la mañana y después de las 6 de la tarde; la abolición del arreglo mediante el cual el trabajo era subcontratado a explotadores de segundo nivel quienes, a su vez, subcontrataban a otros; un mínimo de cuatro horas de trabajo para los contratados, y unos cuantos otros cambios regulatorios.

La huelga de los trabajadores temporales había sido escasamente declarada cuando todos los demás sindicatos asociados a la carga y descarga de los buques — estibadores, portadores del carbón, lancheros, carreteros, etc. — también detuvieron el trabajo, algunos de ellos ni siquiera buscando mejorías sino sólo por solidaridad con los temporales. Rechazaron todo compromiso y toda concesión hasta que los temporales tuvieran lo que querían.

Llevados por el ejemplo, otros sindicatos no relacionados con los puertos entablaron simultáneamente sus propias demandas y se fueron a huelga.
 
Y Londres, la gran capital de los monopolios, fue testigo de 180 mil personas en huelga, e impresionantes protestas de hombres con rostros demacrados, vestidos en harapos, cuyo severo ceño infundió terror en las almas de la burguesía.
            
Pero hubo más:

Los trabajadores empleados en las plantas de gas se ofrecieron para ir a huelga. Londres habría quedado en la oscuridad al caer la noche y los hogares de los burgueses estarían expuestos a graves peligros. La misma oferta fue hecho por los conductores de tranvías, los obreros siderúrgicos, y los carpinteros.

En resumen, hubo un gran incremento de entusiasmo, un arrebato de solidaridad, un renacimiento de la dignidad que parecía consumar una huelga general; con la producción, el transporte y los servicios públicos detenidos ¡en una ciudad de unos 5 millones de habitantes!

Otras ciudades en Inglaterra sintieron el impacto del ejemplo dado, y brotaron huelgas más o menos grandes aquí y allá. En su tierra y en todas partes, el proletariado comprendió que los trabajadores de Londres luchaban en la causa común, y se inundó de extraordinaria ayuda proveniente de todos lados.

Los huelguistas habían de ser admirados por la resolución con que soportaron las más duras privaciones, y por la fortaleza con que rechazaron toda sugerencia de compromiso, por la inteligencia que desplegaron al anticipar lo que se necesitaría para la lucha, y por el espíritu de solidaridad y sacrificio que prevaleció en sus filas.

Se esforzaron por alimentar a una población, incluidos mujeres y niños, de más de medio millón de personas; de levantar suscripciones y colectas por toda la ciudad; de seguir el ritmo a una vasta correspondencia por carta y telegrama; de organizar mítines, protestas, y charlas; de estar pendientes, poner manos a la obra, y estar alerta en caso que los patrones timaran a pobres ingleses o extranjeros hacia el esquirolaje; de monitorear todas las entradas a los puertos para ver si había personas yendo a trabajar y cuántas. Todo esto, asombrosamente bien hecho por voluntarios no solicitados.

Hubo un incidente digno de notar: un buque de carga de hielo arribó y corrió el rumor de que este hielo iba destinado a los hospitales. Los huelguistas corrieron en tal número a ayudar a descargarlo sin cuidado alguno de si iban a ser pagados o no por la labor. Los enfermos — y en especial los pacientes en los hospitales — no debían sufrir por cuenta de la huelga.

No hay duda; gente como esta merece y es capaz de velar por sus asuntos por sí misma y, de ser libres, se guiarían en sus labores por esta preocupación por el bien general — ¡algo completamente ausente en el sistema burgués de producción!

Esos trabajadores poseían un amplio, a menudo instintivo, conocimiento de sus derechos y de su utilidad a la sociedad, y tenían la mentalidad combativa requerida para hacer una revolución; sintieron un vago anhelo por medidas más radicales que pudiesen terminar con su sufrimiento de una vez por todas, y borrar de la producción a todos los patrones e intermediarios que, aunque no producen nada, claman la mayor parte de lo producido, y hacen del trabajo, que debiese ser una obligación — algo de qué glorificarse y de lo cual derivar satisfacción — un infierno de dolor y una marca de inferioridad.

La ciudad estaba en alboroto, las provisiones se habían agotado en gran medida, muchas fábricas habían sido cerradas por falta de carbón o de materias primas, y con la incomodidad creciente, la irritación estaba en alza. En las esquinas, se comenzaba a hablar de hacer redadas a los distritos más adinerados.

Un estallido de revolución social soplaba por las calles de la gran ciudad.

Desafortunadamente las masas están aún impregnadas del principio de autoridad y creen que no pueden y no deben hacer nada sin órdenes desde arriba. Y así fue que los huelguistas fueron influenciados por un comité de personas que ciertamente merecen elogios por la parte que habían jugado en sentar las bases para la huelga o por servicios previos, pero que llanamente no eran adecuados para la posición a la que habían sido elevados por las circunstancias. Enfrentados a una situación completamente nueva que había ido más allá de todo a lo que aspiraban y para lo cual no tenían corazón, no pudieron lidiar con las responsabilidades incumbentes a ellos y llevar las cosas adelante, y no tuvieron la modestia y la inteligencia de hacerse a un lado y dejar que las masas actuaran. Comenzaron por restringir la huelga con una demostración contra la huelga general, y siguieron por hacer todo en su poder por mantener la paz y mantener la huelga dentro de los parámetros de la ley. Después, luego de que el momento de oportunidad había pasado, y el agotamiento había comenzado a minar el entusiasmo, presionaron por lo que habían antes rechazado e hicieron un llamado a la huelga general, sólo para retractarse debido a nuevos temores y presiones.

El alcalde de la ciudad y el alto clero, que había permanecido impasible, sin importarles en nada el sufrimiento de los trabajadores, volvieron a la ciudad una vez que vieron que las cosas se prolongaban demasiado y que el asunto estaba en dificultad y enfrentando el fracaso. Abrumados como siempre por tiernos sentimientos por la amada buena gente, se ofrecieron a mediar... Y luego de cinco semanas de heroico esfuerzo, todo el asunto terminó en un compromiso, tras lo cual los trabajadores volvieron a trabajar con la promesa de que sus demandas serían satisfechas desde el 4 de noviembre.

* * *

Véase cuán fácil podría suceder una revolución y, ¡ay! cuán fácil la oportunidad se puede dejar esfumar.

Si solamente en Londres la huelga general hubiese sido alentada y se le hubiese permitido seguir, la situación se hubiese tornado muy problemática para la burguesía, y la revolución se le hubiese ocurrido rápidamente al pueblo como la más simple solución. Fábricas cerradas; vías férreas, tranvías, buses, carros y cabinas en pausa; los servicios públicos cortados; los suministros de alimentos suspendidos; las noches sin luz de gas; cientos de miles de trabajadores en las calles — qué situación para que un grupo de personas, ¡hubiesen tenido un poco de materia gris y una pizca de agallas!

Si solo un poco de llana y clara propaganda en pro de la expropiación violenta se hubiese montado de antemano; si algunas bandas de valientes se hubiesen dispuesto a tomar y repartir alimentos, vestimenta, y otros artículos útiles que las bodegas tenían por montones, o si individuos aislados hubiesen forzado su entrada a los bancos y otras oficinas de gobierno para prenderles fuego, y otros hubiesen entrado a los hogares de la alta burguesía y alojado a las esposas e hijos ahí; y si otros le hubiesen dado su justo merecido a los más avaros burgueses y otros hubiesen puesto fuera de acción a los líderes de gobierno y a todo aquel que, en tiempos de crisis, pueda tomar su lugar, a los comandantes de la policía, los generales y todo el escalón superior del ejército, tomados por sorpresa en sus dormitorios o mientras salen de sus casas: en resumen, si solamente hubiese habido unos pocos miles de revolucionarios decididos en Londres, que es tan inmensa, entonces hoy la vasta metrópolis — y con ella, Inglaterra, Escocia, e Irlanda — estarían enfrentando una revolución.

Y tales cosas, tan problemáticas y casi imposibles de sacar adelante —  si son éstas dispuestas y preparadas por algún comité central — se vuelven lo más fácil del mundo si los revolucionarios, en acuerdo en sus propósitos y métodos, actúan junto a sus compañeros para empujar las cosas en la dirección que piensan es mejor cuando la oportunidad aparece, en vez de esperar la opinión u orden de nadie.

Hay más que suficientes personas de coraje, de determinación, en cada ciudad y pueblo. Si nada más, la alta tasa de crímenes lo sugeriría; es a menudo nada más que la erupción intempestuosa de energías acorraladas que no hallan salida útil en el estado presente de las cosas. Lo que falta es la propaganda: cuando alguien tiene una imagen clara en su mente del fin a alcanzar y de los medios que llevan a él, actuará sin solicitud y con la confianza en que está haciendo bien y no sentirá temor ni cobarde indecisión.

* * *

Admitamos haber cometido errores:

En aquellos días en que las ideas anarquistas comenzaban a ganar terreno en la Internacional, existían dos escuelas de pensamiento en cuanto a las huelgas en el proletariado. Algunos, que no suscribían a ningún ideal amplio de total emancipación y cambio social, reconocían que la huelga era el mejor medio disponible para que el trabajador mejorase sus circunstancias y reconocían que esto, más la cooperativa, serían la última palabra en cuanto al movimiento obrero.

Los otros, los socialistas autoritarios, entendían y decían llanamente que la huelga era un sinsentido económico y que no tenía la fuerza para traer mejoría duradera alguna, qué decir de emancipar al proletariado; pero concedían que era un buen arma de propaganda y agitación, hacían uso frecuente de él y llamaban a la huelga general como un medio de hacer que la burguesía por hambre se viera forzada a rendirse. Lo único era que, en virtud de que eran autoritarios, imaginaban que una huelga general podía ser organizada con anticipación para romper en una fecha específica agendada por un comité central, una vez que la mayoría de los trabajadores se hubiese unido a las filas de la Internacional, y que la explotación burguesa llegara a un fin de modo mucho más pacífico.

Nosotros los anarquistas, atrapados entre los prejuicios burgueses de una facción y el utopismo autoritario de la otra, estábamos tal vez algo impregnados de la antigua mentalidad jacobina que prestaba poca atención a las acciones de las masas y pensábamos que éstas serían emancipadas utilizando los mismísimos métodos empleados para esclavizarlos, y nos apresuramos en criticar la huelga como arma económica y fallamos en darle su crédito como exponente de rebelión moral. Gradualmente dejamos al movimiento obrero completo en manos de reaccionarios y moderados.

Nosotros, que pretendemos involucrarnos en toda insurrección, no importa lo pequeña que sea, nosotros que nos sentimos avergonzados si, una vez que las barricadas comienzan en algún lugar, no hacemos todo en nuestro poder por hacer eco de la revuelta o corremos a llenar las filas, hemos visto a decenas de miles de personas enfrentando sus escudos contra el capital, hemos visto la lucha agriarse y tomar giros revolucionarios.... y hemos permanecido impasibles, dejando el campo abierto a aquella clase de autodenominados revolucionarios que aparecen principalmente para predicar la limitación y la tranquilidad y para tornar todo en una oportunidad para lanzar candidatos.

Ya va siendo la hora de volver a examinarnos. No estamos por cierto renunciando a otros medios de acción a nuestra disposición o que puedan sentarnos bien — pero por sobre todo, volvamos a estar entre el pueblo.

Las masas se conducen hacia grandes demandas por vía de pequeñas peticiones y pequeñas revueltas: mezclémonos con ellas e incitémoslas a avanzar. En toda Europa, las mentes se inclinan en el presente a las grandes huelgas de trabajadores agrícolas o industriales, huelgas que involucran vastas áreas y sindicatos a montones. Bueno, entonces, encendamos y organicemos tantas huelgas como podamos; asegurémonos que la huelga se contagie y que, una vez que estalle, se esparza a diez o a cien oficios distintos en diez o en cien pueblos.

Pero que cada huelga cargue su mensaje revolucionario: que cada huelga convoque a personas de vigor a que castiguen a los patrones y, por sobre todo, a que cometan transgresiones contra la propiedad y que demuestren así a los huelguistas cuánto más fácil es tomar que pedir.

Una revolución que nazca de una gran proliferación de huelgas tendría el mérito de encontrar la pregunta ya hecha en términos económicos y conduciría con mayor seguridad a la emancipación comprehensiva de la humanidad.

Las tácticas que proponemos nos llevarán al contacto directo e ininterrumpido con las masas, nos proveerá de un enclave desde donde importar y esparcir nuestra propaganda por todas partes, y nos permitirá dar aquellos ejemplos y llevar a cabo aquella propaganda por los hechos, que siempre predicamos pero que tan rara vez practicamos, no por alguna falta de determinación o coraje, sino por carencia de oportunidades.

Así que salgamos en busca de tales oportunidades.
           
              



[1] Malatesta se refiere a lo que ha venido a conocerse como la Gran Huelga Portuaria, que tomó lugar en Londres desde el 14 de agosto al 16 de septiembre de 1889.  Esta es reconocida generalmente como el comienzo del “nuevo sindicalismo” británico, que difería del antiguo sindicalismo de oficios por su esfuerzo en lograr una amplia base de trabajadores no cualificados o semi-cualificados y por su enfoque en la acción industrial. Hay evidencia de que Malatesta, retornado recientemente desde Sudamérica, estuvo en Londres en aquel entonces, antes de moverse a Niza para editar L'Associazione. Por ende fue  testigo directo de la huelga.


domingo, 4 de octubre de 2015

El mendigo y el ladrón - Ricardo Flores Magón

A lo largo de la avenida risueña van y vienen los transeúntes, hombres y mujeres perfumados, elegantes, insultantes. Pegado a la pared está el mendigo, la pedigüeña mano adelantada, en los labios temblando la súplica servil.
─¡Una limosna por el amor de Dios!
De vez en cuando cae una moneda en la mano del pordiosero, que éste mete presuroso en el bolsillo prodigando alabanzas y reconocimientos degradantes.
El ladrón pasa y no puede evitar obsequiar al mendigo con una mirada de desprecio.
El pordiosero se indigna porque también la indignidad tiene rubores, y refunfuña atufado:
─¿No te arde la cara, ¡bribón! de verte frente a frente de un hombre honrado como yo? Yo respeto la ley: yo no cometo el crimen de meter la mano en el bolsillo ajeno. Mis pisadas son firmes, como las de todo buen ciudadano que no tiene la costumbre de caminar de puntillas, en el silencio de la noche, por las habitaciones ajenas. Puedo presentar el rostro en todas partes; no rehúyo la mirada del gendarme; el rico me ve con benevolencia y, al echar una moneda en mi sombrero, me palmea el hombro diciéndome: ¡buen hombre!
El ladrón se baja el ala del sombrero hasta la nariz, hace un gesto de asco, lanza una mirada escudriñadora en torno suyo y replica al mendigo:
─No esperes que me sonroje yo frente a ti, ¡vil mendigo! ¿Honrado tú? La honradez no vive de rodillas esperando que se le arroje el hueso que ha de roer. La honradez es altiva por excelencia. Yo no sé si soy honrado o no lo soy; pero te confieso que me falta valor para suplicar al rico que me dé, por el amor de Dios, una migaja de lo que me ha despojado. ¿Que violo la ley? Es cierto; pero la ley es cosa muy distinta de la justicia. Violo la ley escrita por el burgués, y esa violación contiene en sí un acto de justicia, porque la ley autoriza el robo del rico en perjuicio del pobre, esto es, una injusticia, y al arrebatar yo al rico parte de lo que nos ha robado a los pobres, ejecuto un acto de justicia. El rico te palmea el hombro porque tu servilismo, tu bajeza abyecta, le garantiza el disfrute tranquilo de lo que a ti, a mí y a todos los pobres del mundo nos ha robado. El ideal del rico es que todos los pobres tengamos alma de mendigo. Si fueras hombre, morderías la mano del rico que te arroja un mendrugo. ¡Yo te desprecio!
El ladrón escupe y se pierde entre la multitud. El mendigo alza los ojos al cielo y gime:
─¡Una limosna, por el amor de Dios!

Ricardo Flores Magón 


(De Regeneración, del número 216, fechado el 11 de diciembre de 1915)






Ricardo Flores Magón



lunes, 28 de septiembre de 2015

La descomposición de los Estados - Piotr Kropotkin

La situación económica de Europa se resume en dos palabras; caos industrial y comercial y quiebra de la producción capitalista. La situación política se caracteriza por lo siguiente: descomposición galopante y próxima bancarrota de los Estados.

Recorredlos todos, desde la autocrática Rusia hasta la oligarquía burguesa de Suiza, y no hallaréis ni uno siquiera que no vaya a pasos de gigante hacia su descomposición y por consecuencia a la revolución. Viejos impotentes, sin fuerza en su base para sostenerse, roídos por enfermedades constitucionales, incapaces de asimilarse la multitud de ideas nuevas, derrochan las escasas fuerzas que les restan, viven artificialmente y aceleran más su caída, arañándose como viejas gruñonas.

Una enfermedad incurable les amenaza a todos: la vejez senil, la decrepitud. El Estado, esta organización que deja en poder de unos cuantos los asuntos de todos, es una forma de organización humana que ha dado de sí cuanto tenía, y por eso la humanidad intenta nuevas formas de agrupación.

Luego de haber llegado a su apogeo en el siglo diez y ocho, los viejos Estados de Europa han entrado ya en la fase del descenso. Los pueblos, sobre todo los de raza latina, aspiran a la destrucción de ese poder que no sirve más que para cohibir su libre desenvolvimiento. Quieren la autonomía de las provincias, de los municipios, la asociación entre sí de los grupos obreros, supresión de poderes que impongan, establecimiento de lazos de apoyo mutuo y libre acuerdo. Tal es 'la fase histórica en que entramos, y nada puede impedir su realización.

Si las clases directoras tuvieran el sentimiento de su conservación se darían prisa en ponerse al frente de estas aspiraciones; pero envejecidas con la tradición, sin otro culto que el de la bolsa, se oponen con todas sus fuerzas al progreso de las nuevas ideas, y ese procedimiento nos lleva fatalmente hacia una conmoción violenta. Las aspiraciones humanas se abrirán paso, aunque para ello la metralla y el incendio hayan de hacer funciones importantes en la lucha.
Cuando después de la caída de las instituciones en la Edad Media, los Estados nacientes hacían su aparición en Europa, y se afirmaban y engrandecían por la conquista, por la astucia y el asesinato, sus funciones se reducían a un pequeño círculo de los negocios humanos.

Hoy el Estado ha llegado a inmiscuirse en todas las manifestaciones de nuestra vida; desde la cuna a la tumba nos tritura con su peso. Unas veces el Estado central, otras el de la provincia, otras el municipio; un poder nos persigue a cada paso, se nos aparece al volver de cada esquina y nos vigila, nos impone, nos esclaviza. Legisla sobre todos nuestros actos, y amontona tal cúmulo de leyes que confunden al más listo de los abogados. Crea cada día nuevos engranajes que adapta zurdamente a la vieja guimbarda recompuesta, llegando a construir una máquina tan complicada, bastarda y obstructiva, que subleva a los mismos encargados de hacerla funcionar.

El Estado crea además un ejército de empleados, arañas con largas uñas que no conocen del universo más que lo visto a través de los sucios cristales de la oficina o lo contenido en los textos absurdos que llenan el papelote de los archivos; multitud estúpida que no tiene otra religión que el dinero, ni más preocupación que la de pegarse a un partido cualquiera, negro, azul o blanco, que le garantice un máximum de sueldo por un mínimum de trabajo.

Los resultados nos son por desgracia harto conocidos. ¿Hay una sola rama de la actividad del Estado que no indigne a quien tenga algo que ver con ella? ¿Hay un solo ramo en el que el Estado, luego de muchos siglos de existencia de reformas, no de pruebas evidentes de completa incapacidad?

Las sumas inmensas que el Estado arranca a los pueblos, a pesar de ser mayores cada día, no son nunca suficientes. El Estado vive siempre a cargo de las futuras generaciones; se llena de deudas y marcha por todos lados a la ruina.
La deuda pública de los Estados de Europa alcanza la suma fabulosa, increíble, de más de cien mil millones de millones de francos. Si todos los ingresos de los Estados se destinaran íntegramente a cubrir esta deuda, necesitarían para ello nada menos que veinte años. Pero lejos de disminuir, estas deudas aumentan de día en día. Por la fuerza natural de las cosas, las necesidades de los Estados son mayores que los medios de que disponen; es preciso que cubran sus atribuciones, y por eso cada partido que sube al poder viene obligado a crear nuevos empleos para sus clientes: esto es fatal.

Por consecuencia, el déficit y la deuda pública van cada día en aumento hasta en tiempo de paz. En tiempo de guerra la deuda aumenta de un modo increíble; y la cosa no tiene remedio; imposible salir del atolladero. Los Estados marchan a toda máquina hacia la ruina, hacia la bancarrota. El día que los pueblos, hartos de pagar cuatro millones de intereses anuales a los banqueros, declaren la quiebra de los Estados, está mucho más próximo de lo que parece.

Decir «Estado» es lo mismo que decir «guerra». El Estado procura ser fuerte, más fuerte que sus vecinos, si no se convierte en juguete de ellos. Procura además, debilitar y empobrecer los otros Estados para imponerles su ley y su política, y para enriquecerse en detrimento de ellos. La lucha por la preponderancia, que es la base de la organización económica burguesa, es también base de la organización política. Por esto la guerra es hoy condición normal en Europa. Guerras pruso-dinamarquesa, pruso-austríaca, franco-prusiana; guerra de Oriente, guerra continua en Afganistán. Nuevas guerras se preparan: Rusia, Inglaterra, Alemania, Francia, etc., están próximas a lanzarse sus ejércitos. Actualmente hay motivos de guerras para treinta años.

La guerra es, pues, la perdición, la crisis, el aumento en los impuestos, el amontonamiento de deudas. Es más; cada guerra es un fracaso moral para los Estados. Luego de terminar la lucha los pueblos se dan cuenta que el Estado da pruebas de incapacidad, hasta en sus principales atribuciones. No sabe organizar la defensa del territorio, y hasta victorioso fracasa. Fijémonos, si no, en la fermentación de ideas que nació de la guerra de 1871, lo mismo en Alemania que en Francia, o en el descontento general en Rusia luego de la guerra de Oriente.

Las guerras y los ejércitos matan los Estados, aceleran su bancarrota moral y económica. Una o dos grandes guerras más y darán el golpe de gracia a esas viejas máquinas.

Al lado de la guerra exterior está la interior. 

El Estado, aceptado por los pueblos con la condición de ser el defensor de los débiles contra los fuertes, se ha convertido hoy en fortaleza de los ricos contra los explotados, del propietario contra los proletarios.

¿Para qué sirve esta inmensa máquina que llamamos Estado? ¿Es para impedir la explotación del obrero por el capitalista, del campesino por el rentista? ¿Es para facilitar y asegurar el trabajo, para defendernos contra el usurero, para suministrarnos alimentos cuando la esposa amada no tiene más que agua para calmar el hambre del niño que llora agarrado a su exhausto seno? No, y mil veces no. El Estado protege la explotación, la especulación y la propiedad privada, producto del robo. El proletario que no tiene otra fortuna que sus brazos, no puede esperar nada del Estado si no es una organización fundada para impedir su emancipación.

Todo para el propietario holgazán; todo contra el proletario trabajador; la instrucción burguesa que desde la más tierna edad corrompe la infancia, inculcándola prejuicios de esclavitud; la Iglesia que confunde el cerebro de la mujer; la ley que impide la difusión de ideas de solidaridad e igualdad; el dinero, que sirve a veces para corromper a los que se hacen apóstoles de la solidaridad de los trabajadores; la cárcel y la metralla a discreción para reducir a silencio a quien no se deja corromper. He ahí la misión del Estado.

¿Durará mucho lo existente? ¿Puede prolongarse esta situación? No; por cierto. Una clase entera de la sociedad, la que todo lo produce, no puede continuar sosteniendo por más tiempo una organización establecida especialmente contra ella. Por todas partes, bajo la brutalidad autocrática como bajo la hipocresía gambettista, el pueblo descontento se subleva. La historia de nuestros días es la historia de los gobiernos privilegiados contra las aspiraciones igualitarias del pueblo. Esta lucha constituye la principal preocupación de los gobernantes, e influidos por ella dictan todos sus actos. Ya no es por principios, por consideraciones de bien público por lo que actualmente se fabrican leyes u obran los gobiernos, sino para combatir al pueblo, para conservar privilegios.

Sólo esta lucha sería suficiente para derribar la más fuerte organización política. Pero, cuando esta lucha se opera en los Estados que van arrastrados por la fatalidad histórica hacia la decadencia; cuando estos Estados corren vertiginosamente a la ruina, y más aun destruyéndose entre sí como se destruyen; cuando en fin el Estado todopoderoso se hace odiar hasta por aquellos a quien protege, cuando tantas causas concurren hacia un punto único, el resultado de la lucha no puede ponerse en duda. El pueblo que tiene la fuerza derrotará a sus opresores; la caída de los Estados es ya cuestión de poco tiempo relativamente, y la más tranquila filosofía dibuja ya en el horizonte el incendio de una gran revolución que se anuncia.


Piotr Kropotkin 






jueves, 10 de septiembre de 2015

La guerra - Piotr Kropotkin

Triste es el espectáculo que ofrece Europa en este momento, pero edificante al mismo tiempo. De un lado un movimiento extraordinario de diplomáticos y cortesanos que se aumenta visiblemente en cuanto el viejo continente empieza a oler a pólvora. Se hacen y deshacen alianzas: se regatea, se vende el rebaño humano para asegurarse de los aliados: «Tantos millones de cabezas garantiza esta clase a la vuestra; tantas hectáreas como cebo; tantos puertos para exportar sus lanas», y se esfuerzan para engañarse, en el mercado como vulgares mercachifles: a esto se llama, en la jerga política, diplomacia.

De otro lado armamentos y más armamentos. Cada día se hacen nuevos descubrimientos para mejor matar a nuestros semejantes, nuevos gastos, nuevos empréstitos, nuevos impuestos. Fomentar el patriotismo haciendo a los hombres rabiosos chauvinistas, es la labor más política y lucrativa del periodismo. Ni los niños siquiera están libres de tal furor: se forman batallones de criaturas, se les educa en el odio a los extranjeros; se les impone la obediencia ciega a los gobiernos del momento, sean azules, blancos o negros, y cuando llegan a los veinte años, se les cargará como a burros de cartuchos, utensilios, provisiones y un fusil; se les enseñará a marchar al sonido de tambores y trompetas; a degollar, como bestias feroces a derecha e izquierda, sin preguntarse jamás el por qué ni con qué objeto: hay gente delante, muertos de hambre, alemanes, franceses o españoles, es igual; se rebelan, gritan; son nuestros hermanos, no importa. Suena el clarín y matan. He ahí a lo que conduce la sabiduría de nuestros gobiernos y educadores; he ahí todo lo que han sabido darnos como ideal precisamente en una época en que todos los desheredados del mundo se abrazan fraternalmente por encima de todas las fronteras.

***

¡Ah! Bárbaros, no habéis querido el socialismo y tendréis la guerra. «Guerra de treinta, de cuarenta, de cincuenta años», decía Herzen después de 1848, y, en efecto, así ha sido. Si el cañón cesa de tronar aquí, es para tomar nuevos alientos y empezar más fuerte en otra parte, mientras que la guerra europea, la horrible revuelta de los pueblos nos amenaza, desde hace muchos años, sin que sepamos por qué nos batiremos, con quién ni contra quién, en nombre de qué principios, ni con qué interés.

En otros tiempos, si había guerras sabían al menos por qué se mataban. Tal rey ofendía al nuestro: «degollemos, pues, a sus súbditos.» Tal emperador quería usurpar al nuestro algunas provincias: «muramos, pues, por conservarlas para Nuestra Cristiana Majestad.» Se batían por rivalidades de reyes. La causa era estúpida, pero para tales causas apenas si se podían organizar algunos miles de hombres. ¿Por qué diablos hoy, los pueblos enteros se lanzan unos contra otros?

Los reyes ya no son motivo de guerras. Victoria ya no hace caso de los insultos que le prodigan en Francia: para vengarla los ingleses no se querellarán; pero ¿podemos afirmar que tal vez dentro de poco la guerra no estalle entre Francia e Inglaterra, por la supremacía en África, por la cuestión de Oriente o por otra causa cualquiera?

Por autócrata, malo y déspota, y por gran personaje que se imagine ser Alejandro, emperador de todas las Rusias, apuntada todas las insolencias de Chamberlain sin salir de su cubil de Gatchina, mientras que los banqueros de Petersburgo y los fabricantes de Moscou, que son los patriotas actuales, no le impongan la orden de poner en movimiento los ejércitos. Y es que en Rusia como en Inglaterra, en Alemania como en Francia, ya no se lucha por los reyes, sino por la integridad de los intereses y el aumento de la riqueza de la Muy Poderosa Majestad de Rothschild, Sehucides, compañía de Auzín, y por el medro de la alta banca y la gran industria.

Las rivalidades de los reyes han sido sustituidas por la lucha entre las sociedades burguesas.

***

Se habla todavía de «preponderancia»; pero traducid esta entidad metafísica en hechos materiales, examinad cómo la preponderancia política de Alemania, por ejemplo, se manifiesta en este momento, y veréis que se trata simplemente de preponderancia económica en los mercados internacionales. Lo que Alemania, Francia, Rusia, Inglaterra y Austria desean conquistar actualmente, no es la dominación militar, sino la dominación económica. Es el derecho de imponer sus mercancías, sus tarifas de aduanas a las naciones vecinas; el derecho de explotar los pueblos atrasados en industria; el privilegio de construir caminos de hierro, donde no los hay, para convertirse con tal pretexto en amos de los mercados: el derecho, en fin, de usurpar de tiempo en tiempo algún puerto para activar el comercio o alguna provincia para llevar el sobrante del mercado.

Cuando nos declaramos actualmente en guerra, es para asegurar a nuestros grandes industriales un treinta por ciento de beneficio, a los barones financieros la dominación de la Bolsa, a los accionistas de caminos de hierro y de las minas una renta de cientos de miles de francos. Tan cierto es esto, que si fuéramos un poco consecuentes con nuestro procedimiento, reemplazaríamos las aves de rapiña de nuestras banderas por el becerro de oro, y los viejos emblemas por un saco de escudos. Los nombres de los regimientos, bautizados en otro tiempo con nombres de príncipes de sangre, debiéramos ponerles nombres de príncipes de la industria, denominándolos regimiento infantería de Sehucides, de Auzín, de Rothschild; así sabríamos al menos por qué nos matábamos.

Abrir nuevos mercados, imponer sus mercancías buenas o malas: he ahí el fondo de toda política actual, europea y continental; la verdadera causa de las guerras en el siglo XIX. En el siglo pasado, Inglaterra fue la primera en inaugurar el sistema de la gran industria por la exportación. Amontonó los proletarios en las ciudades, perfeccionó los oficios, centuplicó la producción y comenzó a acumular en sus almacenes verdaderas montañas de géneros elaborados. Estos géneros, como es fácil suponer, no eran para los desgraciados que los fabricaban. Pagados como actualmente, con salarios suficientes apenas para pan, ¿cómo habían de comprar las ricas telas de algodón y lana que ellos mismos tejían? y los buques ingleses surcaban el Océano buscando compradores en el continente europeo, en Asia, en Oceanía o en América, seguros de no hallar en ningún puerto competidores. La miseria, una miseria negra como la de todos los proletarios, reinaba en todas las poblaciones; pero los fabricantes, los negociantes, se enriquecían prodigiosamente. Las riquezas traídas del extranjero se acumulaban entre las manos de un pequeño número y los economistas del continente invitaban a sus compatriotas a seguir el ejemplo.

Hacia el final del siglo pasado la Francia empezó a hacer la misma evolución y se organizaba para producir y exportar. La revolución, al traspasar el poder, atrajo hacia las ciudades los hambrientos de los campos, enriqueció a la burguesía, y determinó nuevo rumbo a la evolución económica. La burguesía inglesa, al notar este cambio, se conmovió mucho más que de las declaraciones republicanas y de la sangre derramada en París, y, secundada por la aristocracia, declaró guerra sin cuartel a sus colegas franceses, que amenazaban con cerrar los mercados europeos a los productos ingleses.

Todos conocemos el resultado de esta guerra.

La Francia fue vencida, pero se había conquistado un puesto en los mercados. Las dos burguesías, inglesa y francesa, hicieron por un momento una íntima alianza; se reconocían hermanas. Pero la Francia se esfuerza en producir para la exportación, y quiere acaparar los mercados, sin tener en cuenta que el progreso industrial se propaga de Occidente a Oriente y conquista nuevos países. La burguesía entonces procura ensanchar el círculo de sus beneficios, y soporta durante diez y ocho años a Napoleón el pequeño, esperando inútilmente que el usurpador imponga a la Europa entera su ley económica, abandonándole el día que se convence de que no es capaz de realizar tal ideal.

Una nueva nación, Alemania, admite también este régimen económico. Arranca de los campos a los hambrientos, los traslada a las ciudades, y éstas doblan el número de sus habitantes en algunos años. Organiza la producción en grande escala. Una industria formidable, armada de herramientas perfeccionadas y secundada por una instrucción técnica y científica, prodigada a discreción, amontona á su vez multitud de productos destinados, no á los productores, sino á la exportación, al enriquecimiento de los amos.

Los capitales se acumulan y buscan colocación ventajosa en Asia, en África, en Turquía, en Rusia. La Bolsa de Berlín rivaliza con la de París y aspira a dominarla.

Un grito salió entonces del seno de la burguesía alemana; unirse bajo no importa qué bandera, aunque fuera la de Prusia y aprovecharse de esta fuerza para imponer sus productos, sus tarifas, para ampararse de un buen puerto en el Báltico, en el Adriático, a ser posible. Destruir la potencia militar de Francia, que amenazaba hace treinta años con imponer la ley económica de Europa y dictarle sus tratados comerciales.

La guerra de 1870 fue la consecuencia; Francia ya no domina los mercados. Alemania intenta dominarlos actualmente; alentada por la ambición, extiende más cada día la explotación, sin preocuparse de las crisis ni de la inseguridad económica que roe su régimen. Las costas de África, los trigos Cosca, los llanos fértiles de Polonia, las estepas de Rusia, las puertas de Hungría, los frondosos valles de Rumania, todo excita la rapacidad de la burguesía alemana.

Cada vez que un negociante alemán recorre estos llanos apenas cultivados, esas poblaciones en las que la industria carece de vida y presencia el correr de las aguas hacia el mar sin aprovecharlas para fecundar los campos inmediatos, siente que el corazón se le oprime ante tan natural espectáculo. En su imaginación aparece dibujado con chillones colores los sacos de oro que sacada de todos esos elementos que tan escasos productos rinden en su estado natural y jura que un día llevará la civilización, es decir, su explotación a todos esos países, y sobre todo a los de Oriente. En espera de que esto llegue impone sus productos, sus caminos de hierro a Italia, a Austria, a Rusia. Pero estos países se emancipan poco a poco de la tutela de su vecino. Entran también lentamente en la órbita de los países industriales y su juventud burguesa no desea otra cosa que enriquecerse, exportando a su vez los artículos de sus fábricas.

En pocos años Rusia e Italia han dado un salto enorme en la extensión de sus respectivas industrias, y como sus productores, reducidos a la más horrible miseria, no pueden comprar nada, los fabricantes rusos, austríacos e italianos, elaboran también para la exportación.

Necesitan a su vez mercados, y como los de Europa están ya ocupados, se dirigen sobre Asia y África, en donde luchan ferozmente y por lo que tendrán que venir a las manos, más pronto o más tarde, por no ponerse de acuerdo sobre a quién corresponde la mayor cantidad del botín.

* * *

¿Qué alianzas podrán hacer en esta situación creada por el carácter mismo que dan a la industria los que las dirigen? La alianza de Alemania y Rusia es de pura conveniencia. Alejandro y Guillermo pueden abrazarse cuanto quieran; pero la burguesía naciente de Rusia detesta cordialmente a la alemana y ésta paga en la misma moneda. Todos recordamos por lo reciente, el grito de indignación salido de toda la prensa alemana, con rara unanimidad, cuando el gobierno ruso aumentó con un tercio los derechos de aduana sobre los géneros importados. «La guerra contra Rusia, decían los burgueses alemanes y los obreros que hacen coro en estas cuestiones, sería más popular entre nosotros que la guerra con Francia.»

La famosa alianza de Alemania y Austria, es cosa escrita sobre la arena. Las dos potencias, las dos burguesías, están muy cerca de romper con las falaces alianzas de sus gobiernos por una sencilla cuestión de tarifas. Austria y Hungría, sobre ser hermanas gemelas, están siempre en guerra, porque sus intereses son diametralmente opuestos en la explotación de los eslavos meridionales. La Francia misma se halla dividida por cuestión de tarifas.

* * *

No habéis querido el socialismo y tendríais la guerra brutal, interminable, si la revolución no viniera a poner fin a una situación tan innoble como absurda.

Arbitraje, equilibrio, supresión de los ejércitos permanentes, desarme, no son más que hermosos sueños sin aplicación práctica posible. Sólo la revolución podrá poner fin al actual estado de cosas, poniendo los instrumentos de trabajo, las máquinas, las materias primeras y toda la riqueza social, en poder de los productores, y organizando la producción de modo que satisfaga todas las necesidades de los que trabajan. Trabajar todos para uno y uno para todos, he ahí la única condición para que la paz sea un hecho en el seno de las naciones, que la piden a gritos, pero que no puede implantarse por oponerse a ello los actuales poseedores de la riqueza social.

Piotr Kropotkin