domingo, 27 de marzo de 2016

Las tendencias autoritarias en América - Emilio López Arango

El siguiente texto fue escrito a principios del siglo XX por el comunista anarquista de origen español residente en Argentina, Emilio López Arango. No sabemos la fecha precisa de su primera publicación que, creemos, fue difundida por la prensa anarcosindicalista de la época. Para la transcripción hemos empleado el libro compilatorio de sus textos, «Ideario del pensamiento anarquista en el movimiento obrero», Ediciones FORA, 2013. (N&A) 

Las ideas de autoridad tienen en América el mismo origen que en Europa y el resto de los continentes: nacieron con las primeras organizaciones político-religiosas, con la primera casta usurpadora, con el primer cacique de tribu. Pero las tendencias del Estado –esa especie de subordinación de toda la autoridad en manos de una minoría privilegiada, que no es religiosa, ni atea, ni aristócrata, ni plebeya– tienen una representación muy mezquina y gregaria en estas repúblicas del caudillismo patricio de la democracia importada. 


El capitalismo es una producto que recién se arraiga en este suelo (hablamos del término que expresa ese fenómeno de la civilización capitalista), no por su grado de cultura civil, sino simplemente por los aspectos generales de su desarrollo material y que lucha por imponerse contra la burguesía criolla, poco apta para aceptar esa transformación en sus hábitos y costumbres. De ahí la característica del patriotismo latino-americano, cuyas exteriorizaciones son muchas veces la consecuencia del odio a todo lo extraño, pero que sin embargo acepta la servidumbre económica que imponen los invasores a condición de que se respete la independencia política de las criollocracias.

No seremos los anarquistas quienes no esforcemos en alentar esa aversión del nativo a la cultura europea, aun cuando por progreso se entienda la capitalización y la industrialización de estas colonias republicanas. Pero es necesario comprender la verdadera importancia del fenómeno que opera en los países latinoamericanos, el avance del capitalismo y la obligada adaptación del pueblo a las nuevas condiciones de vida. La afluencia de capitales para explotar industrias nuevas o transformar el sistema de producción actual, determina un cambio radical en los hábitos y costumbres, no sólo de la burguesía criolla, sino también del proletariado. En las ciudades y centros industriales abiertos a la inmigración, que cuentan con un buen número de trabajadores europeos, no es difícil operar ese proceso de asimilación a las contingencias del progreso económico; pero en el interior, en los feudos agrícolas alejados de todo contacto con las ideas modernas, en las vastas regiones donde le indio y el criollo constituyen la fácil presa del capitalismo, la conquista industrial se realiza a la manera de las conquistas guerreras: por el método del exterminio de los no aptos para luchar contra el nuevo régimen de explotación.

Teniendo en cuenta la diversidad de cultura y de aptitudes en el proletariado de América, que tiene sus dos polos en el nativo y en el obrero extranjero o de origen europeo, se comprende por qué las tendencias autoritarias modernas toman más arraigo en las ciudades y centros de influencia capitalista. El avance industrial está acondicionado por las aptitudes productivas de la clase trabajadora donde no hay un proletariado capaz de poner en movimiento la máquina económica; rindiendo todos los beneficios que puede aportar la explotación de las riquezas naturales del suelo o del subsuelo, el capitalismo debe esforzarse por crearlo. Y en esa improvisación exige el sometimiento de los pueblos que viven una vida más primitiva y más simple y el exterminio de los inadaptables.

La conquista de América para el capitalismo exige más víctimas que las que costó al indio su sometimiento a los conquistadores de un imperio colonial para España, Inglaterra y Portugal. Es esta una conquista pacífica, sin estruendo, astuta y diplomática, que cuenta con la complicidad de los gobiernos y de las castas burguesas y patricias formadas por el aluvión de todos los pueblos lanzados a la aventura en este continente. Pero basta con dirigir una mirada al doloroso espectáculo que diariamente ofrece esa lucha despiadada de los traficantes y negreros, para comprender el inmenso dolor que se oculta bajo la máscara de la civilización impuesta al nativo con la férrea ley del salario. 

En las campiñas americanas, en las selvas vírgenes de este continente abierto a todas las piraterías, en las regiones donde el indio aún se mantiene intacto en sus hábitos y costumbres, la explotación asume caracteres espantosos. No hay otra ley que la de la conquista en las criollocracias de América. La burguesía alienta ese avance de la civilización capitalista arrasando las tolderías indígenas, transformando al nativo en siervo, estableciendo avanzadas del ejército en las zonas peligrosas. ¿La mayor gloria de los generales criollos no consiste en haber sometido a las tribus que se empecinaban en conservar como propio el régimen de los primitivos habitantes de este continente?

Para asegurar la dominación del capitalismo hay que transformar el medio social. Esa transformación se opera aniquilando la raza india, degenerando a la población nativa, convirtiendo a los obreros del campo en máquinas de producir alimentos a fuerza de alcohol. ¿Qué otra cosa hace el capitalismo en los ingenios azucareros del norte de la república, en los yerbales del Paraguay y Misiones, en las “facendas” y cafetales del Brasil, en los quebrachales del Chaco y en todas las regiones industrializadas mediante ese sistema de conquistas? No existe un proletariado con aptitudes para operar el cambio que supone el régimen capitalista; pero hay en abundancia carne barata de explotación y poco cuesta sacrificarla. ¿El porvenir de la raza, los ideales humanitarios, los sentimientos y las ideas de fraternidad? Esas preocupaciones no figuran en los libros de las grandes y pequeñas empresas exploradoras.

Al amparo de la conquista económica de América, realizan su conquista los partidos políticos modernos. Las tendencias autoritarias prescinden de todo idealismo, no tienen en cuenta el problema de humanidad que plantea a los nativos esa transformación violenta del régimen económico, preocupándose solo del aspecto material de la cuestión. Para los socialistas es una necesidad fatal el exterminio de los inadaptables a las nuevas condiciones de vida. ¿Acaso el “materialismo histórico” no exige, como condición previa, que los obreros se transformen en engranajes de la máquina económica montada por el capitalismo? Para al Súper-Estado es necesario poner a los trabajadores en un plano superior de capacidad productiva y dotarlos de una disciplina necesaria para que se muevan conforme a un complicado sistema de relojería. Y, claro está, el indio está muy lejos de poseer esas cualidades. Posee, ante todo, espíritu de independencia y costumbres que lo alejan de las corrientes autoritarias del marxismo, la indolencia heredada de una raza que no conoció los alambrados de púa, los límites fronterizos y las obligadas jornadas de trabajo. 

Se comprende, pues, que el avance del socialismo de Estado en los pueblos de América tenga su regulador en la conquista industrial de la criollocracia. La burguesía se va adaptando a las nuevas condiciones, imita todo lo europeo, vive con la preocupación de las fórmulas del viejo mundo. Pero las poblaciones indígenas no comprenden ese cambio en las relaciones sociales y en su convivencia, por lo que viven en un completo divorcio con las clases dirigentes de la ciudad y hasta con los obreros de los centros industriales, que muy poco se preocupan de su situación de parias. 

Para afianzar el poder del capitalismo en los cacicazgos americanos y operar la transformación exigida por el “materialismo histórico”, los partidos socialistas americanos cuentan con el concurso de la burguesía, de la burocracia ciudadana y de los trabajadores adaptados a las necesidades del llamado progreso industrial. Las ideas de libertad tienen por base la independencia de los pueblos y la autonomía de los individuos, se manifiestan como legítimos actos de reacción contra el poder absorbente del capitalismo, palpitan en el alma de los hombres que saben apreciar el valor de su propia independencia. Y ese espíritu de rebeldía, que existe instintivamente en todos los pueblos y es más efectivo en las razas “inciviles”, choca con el autoritarismo de los marxistas empeñados en transformar el mundo en una máquina de precisión. 

Se comprende por qué el socialismo de Estado no se arraiga en la conciencia de obreros del campo americano. Esas tendencias autoritarias son la negación de la libertad individual y se basan en hechos materiales que no tienen una representación efectiva en los medios económicos libres de las preocupaciones capitalistas. Por eso la conquista económica de América va paralela al desarrollo de los partidos socialistas, que no hacen otra cosa que alentar la dominación de la burguesía y ahondar el conflicto que existe entre la ciudad y el campo como una consecuencia de la guerra entablada por el capitalismo a los trabajadores que se resisten al nuevo yugo. 

La lucha contra la dominación capitalista en este continente supone a la vez una acción defensiva contra las tendencias autoritarias. Marx es el guía de los aventureros que se lanzan a la conquista industrial, comercial y financiera de las criollocracias americanas.



Emilio López Arango 

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