lunes, 22 de septiembre de 2014

Errico Malatesta: ¿El Lenin de Italia? - Luigi Fabbri

Errico Malatesta


A propósito de la actitud malatestiana frente al problema de la violencia, debo agregar alguna otra cosa, que contribuirá a iluminar mejor la figura del hombre. Más adelante trataré de exponer ordenadamente las ideas de Malatesta, y por tanto también las relativas a la violencia. Aquí me limito a decir el germen de su pensamiento al respecto: que nadie tiene derecho a imponer por la fuerza, con la violencia o la amenaza de la violencia, a los otros, bajo ningún pretexto (ni siquiera con el de hacerles el bien), las propias ideas, el modo de vivir y organizarse, los sistemas, las leyes, etc. Y de esto deriva la lógica consecuencia del derecho de los pueblos y de los individuos a rebelarse contra los gobiernos y los patronos, que, en substancia (decía), es un «derecho de legítima defensa» contra las imposiciones coercitivas de los segundos, que ejercen sobre los primeros su opresión y explotación por medio de la violencia y con la amenaza de la violencia o, lo que es lo mismo, con la presión del hambre. De aquí la necesidad de la violencia revolucionaria contra la violencia conservadora de la actual organización política y económica de la sociedad.

Malatesta no separaba, sin embargo, esta necesidad del uso de la violencia de su premisa de la negación de la violencia coercitiva — al contrario de lo que hacen todos los revolucionarios —. No creía útil siquiera ahora, incluso lo reputaba el peor mal, violentar la libertad ajena para doblegarla a la propia, a los propios métodos, a la propia disciplina especial. La revolución deberá liberar al pueblo de todas las imposiciones gubernativas y patronales, no crearle imposiciones nuevas. Y la misma libertad para todos reclamaba desde hoy, sea en la órbita del movimiento revolucionario, sea en las relaciones con el ambiente externo. La revolución se hace, no podría ser de otro modo, «con la fuerza», pero no puede ser hecha hacer «por la fuerza».

Pero estas ideas se encuadraban tan poco y mal en la leyenda del Malatesta «jefe» de complots y de tumultos, a que más arriba he hecho en parte alusión, que a su llegada a Italia, en l9l9, no fueron pocos los que en todo campo se apresuraron a ver en él -— los reaccionarios temiéndolo y los revolucionarios esperándolo —, el «Lenin de Italia». Por mucho que el apelativo, en especial entonces, pudiese parecer lisonjero, puso de inmediato en el mayor embarazo a Malatesta y le hizo temer también una peligrosa desviación de ideas entre sus compañeros, pues hasta algunos de éstos habían dejado escapar de los labios o de la pluma algunas expresiones al respecto. Un anarquista italiano, prófugo en América del Sur, Aldo Aguzzi, hubo de contar tiempo atrás, en una conferencia suya en Montevideo, inmediatamente después de la muerte de Malatesta, el episodio de su primer encuentro con éste, que se liga directamente a lo que voy diciendo. Merece la pena que lo refiera lo más textualmente que me sea posible:

«Yo era entonces un muchacho, salido hacía poco tiempo del Partido socialista junto a todos «los socios del círculo juvenil de Voghera, con los que habíamos fundado, fuera del partido, un «grupo juvenil subversivo») No éramos anarquistas, sino algo semejante a lo que son todavía muchos comunistas, es decir, adversarios de los reformistas y entusiastas de Rusia. Me creía ya «casi anarquista», pero en realidad no sabía sino muy poco de anarquía, pues se puede decir que la única diferencia que veía entre un anarquista y un socialista, era que el primero quiere la violencia y el otro, no. Era necesario decir esto para explicar lo que ocurrió en mí».

A principios de 1920 vino a Voghera, llamado por el grupo anarquista local, Errico Malatesta con otros compañeros suyos (Borghi, D'Andrea, etc.). Malatesta habló en un salón de las escuelas elementales. Se me pidió que le presentara y lo presenté saludando en él al Lenin de Italia, al que, superando a los socialistas, nos conduciría a la revolución como en Rusia. Después de mi charla subió él a la tribuna, agradeció al público que no cesaba de aclamarlo... con el título que yo le había endilgado y, después de haber tratado de muchas otras cosas, en un cierto punto se puso a hablar de la definición que yo había hecho de él. En verdad no me trató mal, incluso me hizo algún cumplimiento; pero explicó que no podía, no quería ni debía ser un Lenin. En resumen, por lo que puedo resumir a doce años de distancia, teniendo en cuenta también la confusión mía en aquel momento, he aquí lo que dijo:

«El muchacho que me presentó debe ser sincero y entusiasta y tal vez ha creído causarme un placer diciendo que soy vuestro Lenin. Creo que no es anarquista, como no lo seréis seguramente cuantos habéis acogido su grito. Él y vosotros sois revolucionarios, comprendéis que los viejos métodos reformistas no valen ya, tal vez habéis perdido la fe en vuestros jefes socialistas, y entonces buscáis un hombre que os inspire confianza y os lleve a la revolución. Muchas gracias por la confianza, pero os equivocáis. Tengo todo el deseo de hacer vuestro bien y también el mío, pero soy un hombre como todos los demás, y si me convirtiese en vuestro jefe no sería mejor que aquellos que ahora repudiáis. Todos los jefes son iguales, y‚ si no hacen lo que vosotros deseáis, no es siempre porque no quieren, sino también porque no pueden. Tratándose además de la revolución, ésta no es un hombre el que puede hacerla: debemos hacerla todos juntos».

«Yo soy anarquista, no quiero obedecer, pero sobre todo no puedo mandar. Si me convirtiese en vuestro Lenin como desea aquel «muchacho», os llevaré al sacrificio, me haré vuestro amo, vuestro tirano; traicionaré mi fe, porque no se haría la anarquía, y os traicionaré a vosotros, porque con una dictadura os cansaríais de mí, y yo, vuelto ambicioso y tal vez convencido de cumplir un deber, me rodearía de policías, de burócratas, de parásitos, y daría vida a una nueva casta de opresores y de privilegiados por la cual seríais explotados y vejados como lo sois hoy por el Gobierno y por la burguesía».

Recuerdo que Malatesta dijo también: «Si realmente me queréis, no tenéis que desear que me convierta en vuestro tirano». Pero muchos detalles y frases se me escapan ahora. Luego explicó cómo se debía «hacer» la revolución. Recuerdo entre otras cosas que habló de «ocupar las fábricas», de armamento del pueblo, de constitución de núcleos armados, etc., expresándose con calma, con más calma que los propios reformistas del lugar... A decir verdad, el público quedó un tanto desilusionado (y un poco también yo) porque Malatesta no respondía al tipo que se había imaginado. Pero el hecho es que, después de aquella conferencia, yo había comprendido lo que era la anarquía y lo que quieren los anarquistas, y me hice uno de ellos...

Este episodio, semejante a tantos otros — repito que por un instante la leyenda del «Lenin de Italia» tuvo curso incluso entre algunos que habían sido y se creían anarquistas —, muestra muy bien el equívoco originado por la incomprensión de la personalidad y de las ideas de aquellos que estaban fuera del ambiente más estrictamente suyo. Este equívoco, por la fuerza del contraste, provocó en muchos el paso de una incomprensión a la incomprensión opuesta. Cuando finalmente Malatesta logró hacer comprender lo diverso que era de lo que tantos creían, por un lado los reaccionarios y los enemigos de mala fe vieron en el Malatesta real una ficción y lo atacaron con violencia inaudita como a un lobo que se vistiese con la piel del cordero;  por el lado opuesto, los revolucionarios más afectados por el autoritarismo y los amantes de la violencia por la violencia, los bolchevistas y los bolchevizantes, lo creían cambiado y vieron en él, como hemos dicho ya, un tolstoiano. La prensa comunista bolchevista, que en un primer período lo había cubierto de flores, acabó con su habitual fraseología estereotipada hablando de él como de un contrarrevolucionario, pequeño-burgués, etc.

Sin embargo, Malatesta era siempre el mismo. Si había un hombre en Italia que podía, después de cincuenta años de lucha constante, repetir el elogio del poeta Giuseppe Giusti: «no me he doblegado ni vacilado», era él. Sus palabras de los mítines de 1920 eran las mismas de toda su propaganda pasada desde el año 1872. Aquel «pequeño-burgués» había combatido medio siglo a la burguesía pequeña y grande, y se había ganado siempre su vida como obrero con el sudor de su frente. Aquel viejo «contrarrevolucionario» no había hecho otra cosa desde niño que propagar y preparar la revolución. Aquel «tolstoiano» había sido y continuaba siendo el predicador de todas las rebeldías, invitaba a los obreros a ocupar las fábricas y a los campesinos las tierras, incitaba «con calma» al pueblo a armarse y a los revolucionarios a preparar las bandas armadas, y (hoy que ha muerto se puede decir) donde ha podido, hasta el último momento, no se limitaba a incitar a los otros, sino que ponía él mismo las manos en la masa, no mezquinando a los voluntarios ni su ayuda ni su participación directa.

Luigi Fabbri 

Tomado del Libro La Vida de Malatesta de Luigi Fabbri

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