martes, 29 de marzo de 2016

Metafísica de la dictadura proletaria - Emilio López Arango

El siguiente artículo del anarcosindicalista español que residió en Argentina, Emilio López Arango (1894-1929), constituye una aguda crítica de la dictadura proletaria defendida por los marxistas. Nos llamó profundamente la atención la capacidad de análisis del autor quien por momentos pareciera estar contemplando el futuro de la URSS con una esfera de cristal. Para la transcripción hemos empleado «Ideario del pensamiento anarquista en el movimiento obrero», Ediciones FORA, 2013, libro que compila parte de la obra de Emilio López Arango. (N&A)

Toda cuestión tiene su pro y su contra: su anverso y reverso. Hechos aceptados como la más lógica conclusión del progreso social, ideas al parecer materializadas por una larga experiencia histórica, tienen también su metafísica. Y es indiscutible que la concepción política de la dictadura –acompañada del agregado “proletaria”– constituye una de las más grandes ficciones sociológicas creadas para explicar hechos de la naturaleza material.

La metafísica de la dictadura está precisamente en su denominativo político. El hecho material, la concreción económica que la dictadura ofrece a los pueblos no admite diferencia de orden moral: es el Estado, la autoridad, la violencia elevada a las esferas donde tienen su trono el despotismo, la iniquidad y la explotación. ¿Y no son unos verdaderos metafísicos los revolucionarios que pretenden libertar al hombre por medio de los yugos y las cadenas?

Para destruir una ficción reformista, los bolcheviques crearon una ficción revolucionaria. Frente a un hecho de fuerza de la magnitud de la revolución rusa, no era posible pretender la renovación de las fracasadas ideas democráticas. El parlamentarismo no ilusionaba a la clase trabajadora. La ley había dejado de ser la panacea para las masas crédulas y apáticas. ¿Qué hacer ante semejante fracaso? Apelar a la metafísica de la dictadura.

En torno a esa palabra que encarna seculares despotismos, se fue construyendo lo que hoy se llama experiencia revolucionaria. ¿Qué nos ofrece de nuevo ese viejo concepto adornado con una nueva palabra? La democracia –gobierno del pueblo por el pueblo– es la metafísica de la legalidad, del derecho del ciudadano, de la igualdad jurídica. La dictadura del proletariado –ejercicio violento del poder para conquistar la libertad económica de la clase obrera– es la metafísica de la revolución. Por medio del parlamento o recurriendo a las barricadas, los marxistas persiguen el mismo fin: la conquista del poder político para la dominación económica sobre el proletariado.

Si no puede haber igualdad en la democracia, si el derecho jurídico es una ficción, si la ciudadanía no garantiza al esclavo su libertad económica, ¿es posible que la dictadura realice por sí sola, con sus elementos de fuerza, la conquista de los derechos políticos y económicos del proletariado? El Estado es una concreción materializada de la incapacidad de los hombres para vivir en la libertad. Que el gobierno tenga por base la democracia o surja de una conmoción social, para imponer los imperativos de una dictadura las consecuencias son idénticas para la mayoría sometida. La democracia no ha realizado el ideal del gobierno –del pueblo por el pueblo–. ¿Puede la dictadura realizar el ideal del gobierno de proletariado para el proletariado?

Los marxistas que hoy repudian las prácticas legalitarias, la acción parlamentaria y todas las groseras ficciones de la democracia, no tardarán en caer en el pantano que sirve de pudridero a todos los sistemas sociales. La dictadura, por lo mismo que es un ejercicio violento de funciones jurídicas y administrativas que lesionan intereses colectivos, solo puede ejercerla transitoriamente un gobierno de fuerza. Y más allá de la dictadura está la democracia, excepto que los comunistas de Estado pretendan establecer con carácter permanente un régimen de opresión peor que el zarista. ¿Que la dictadura ejercida por el partido bolchevique en nombre del proletariado, tiende a crear las bases de un régimen social distinto a los sistemas conocidos? He ahí un argumento metafísico.

Fuera de lo que pueda realizar el pueblo por sí mismo, con su esfuerzo y con su capacidad, nada de nuevo traerá esa “dictadura proletaria”. El proletariado delega en los jefes todas las funciones sociales, ¡y ofrece su fuerza bruta para elaborar sistemas que atentan contra la libertad y contra su vida! ¿Si el Estado queda en pie después de una revolución y si un nuevo gobierno suplanta al derrocado, debemos admitir que sigan subsistiendo las causas que provocaron el descontento popular y armaron el brazo de los revolucionarios? ¿Y pueden los hombres que se turnan en el poder, por muy identificados que estén con los dolores y las miserias del pueblo, destruir desde arriba los efectos de una organización social cuyas bases comienzan por asegurar con viejos materiales tomados en préstamo a las castas vencidas?

El proletariado ruso hizo una revolución sin precedentes en la historia. Pero, moral y económicamente considerada, ¿la dictadura del Partido Comunista representa una conquista efectiva para la clase trabajadora? La dictadura no es una abstracción. Para Rusia, ese sistema de gobierno constituye la más dolorosa experiencia: es el Estado revivido, la propiedad privada, la explotación, el salario, el hambre, la miseria y todas las plagas del capitalismo consideradas como una necesidad social por los gobernantes surgidos de las bajas capas del pueblo. Y si quitamos a esa dictadura su metafísica –si la despojamos del apelativo “proletario”– ¿qué es lo que queda de ella? La desnuda realidad de un gobierno que ha hecho de la violencia su ley y del despotismo la base política y económica de su dominación sobre el proletariado.

Sí; la democracia es una ficción, pero la dictadura es una realidad en lo que representa como sistema de gobierno y una metafísica en lo que teóricamente supone su agregado político: dictadura del proletariado. 

Para los marxistas la ley, las reglamentaciones, los dictámenes del Estado, constituyen el único elemento de orden. Y poco importa que una fracción que se llama revolucionaria, recomiende al proletariado la acción violenta para conquistar el poder. Una revolución cumplida es, para un marxista, el agotamiento de las fuerzas populares mediante la creación de una autoridad soberana e indiscutible. Y la “dictadura del proletariado” –ya lo hemos visto en Rusia–, no es otra cosa que una democracia conquistada y violada por un partido. El funcionamiento del soviet ruso, sus leyes y reglamentos, sus autoridades subordinadas a un órgano central absolutista; su sistema político y su administración económica, ¿no son realmente otras tantas manifestaciones de la democracia burguesa transitoriamente sometida a dispositivos violentos que durarán lo que dure el proceso de equilibrio social inaugurado por la comisariocracia roja?

Los metafísicos de la “dictadura del proletariado” pretenden desconocer esta realidad política y económica: Rusia marcha hacia el capitalismo –en sus formas clásicas–, con propiedad privada y salariados y como consecuencia de ello el soviet está obligado a democratizarse. Y esto significa el fin de la dictadura, en lo que es aún más doloroso para los creyentes del mito bolchevique, en esa realidad histórica está la muerte de la ficción proletaria de esa misma dictadura.

Inmediatamente esa desilusión será funesta para el comunismo dictatorial. Pero la culpa será de quienes se empañaron en hacer metafísica con una cosa tan material y grosera como es la dictadura.

Emilio López Arango 

domingo, 27 de marzo de 2016

La importancia de «Los mártires de Chicago» para el movimiento anarcosindicalista

En un contexto social de fuerte desprestigio de los gobiernos, de los parlamentos y del sindicalismo partidista y conciliador, rescatar la importancia histórica del anarcosindicalismo adquiere una trascendencia fundamental. En este sentido, la lucha de «Los mártires de Chicago» que recordamos cada primero de mayo conforma un vigoroso precedente, pues las formas organizativas que caracterizaron aquel movimiento de 1886 distan radicalmente de las formas jerárquicas y burocráticas predominantes en el sindicalismo servil de la actualidad.

La organización de los trabajadores, la huelga general revolucionaria y la acción directa de masas, fueron determinantes en el movimiento por la jornada de las ocho horas. Ideas y prácticas que a su vez nos sirven como virtuosos y efectivos ejemplos para cimentar e impulsar la urgencia organizativa del presente. Así como no alcanzaremos la libertad a través de las jerarquías, tampoco alcanzaremos la igualdad por medio de la explotación. Del mismo modo, no concretaremos nuestra organizada voluntad como clase y seres humanos para libertarnos de lo que nos oprime a través de partidos, dirigentes y burocracias sindicales que fomentan el parlamentarismo y la acción mediada en vez de la defensa autónoma de los trabajadores.

Cuestionar el sindicalismo burocrático y partidista no significa, sin embargo, rechazar toda forma de sindicalismo. Los explotados y oprimidos necesitamos de asociaciones específicas para defendernos de las agresiones del Estado y el capitalismo. Sostener entonces un sindicalismo que promueva la acción directa, el federalismo, el apoyo mutuo y la autogestión sin jerarquías –como el que se levantó en la huelga revolucionaria por la jornada de las ocho horas–, resulta fundamental para consolidar un movimiento orientado hacia la transformación radical de la sociedad.


Anarcosindicalismo


El anarcosindicalismo aspira a concretar una sociedad organizada mediante formas federalistas libertarias donde no solo tengan capacidad de decidir quienes ocupen los lugares productivos de las industrias, campos y talleres sino que el conjunto de las comunidades, de las personas, tengan o no las fuerzas o las capacidades necesarias para desarrollar lo que comúnmente se considera “trabajo”. El anarcosindicalismo, la organización anarquista en los sindicatos, no pretende consolidarse como tendencia para que los trabajadores gobiernen. Lejos de eso, desean abolir revolucionariamente los gobiernos por una multitud de células que organizadas horizontalmente sustituyan las relaciones opresivas de la sociedad capitalista por otras decididas a través de acuerdos mutuos.

Para suprimir toda forma de gobierno y explotación, los anarcosindicalistas consideran imprescindible la organización de los trabajadores, pues el sostén del pueblo productor en los lugares de confluencia específica de los salariados es garantía de desenvolvimiento verídico y concreto en las luchas contra el capitalismo gobernante. Así, el anarcosindicalismo además de considerar importante la protesta social masiva, insiste enérgicamente en la organización solidaria de los centros laborales, estudiantiles y de constitución económica de las sociedades. A su vez, el sindicalismo anarquista promueve la conformación de periódicos, bibliotecas, jornadas culturales, cine popular, asesorías, conversatorios y un largo etcétera de actos y elementos que apunten hacia el fortalecimiento sindical en sintonía con la concreción integral del comunismo libertario.

En síntesis, el anarcosindicalismo constituye en la lucha de clases una base solidaria que posibilita la fuerza vincular necesaria tanto para concretar conquistas inmediatas en el campo laboral/social como para cimentar la sociedad libertaria del futuro. Porvenir que para los anarcosindicalistas no significa la vana consolidación de lo existente en un incoherente desarrollismo obrerista sino que la transformación revolucionaria hacia una sociedad sin clases ni dominación en donde cada cual obtenga los recursos y servicios de acuerdo a sus necesidades y en equilibrio ecológico con el entorno.





N&A



Libros recomendados: 

Anarcosindicalismo: Teoría y práctica, Rudolf Rocker 

Problemas del sindicalismo y del anarquismo, Juan Peiró 


Las tendencias autoritarias en América - Emilio López Arango

El siguiente texto fue escrito a principios del siglo XX por el comunista anarquista de origen español residente en Argentina, Emilio López Arango. No sabemos la fecha precisa de su primera publicación que, creemos, fue difundida por la prensa anarcosindicalista de la época. Para la transcripción hemos empleado el libro compilatorio de sus textos, «Ideario del pensamiento anarquista en el movimiento obrero», Ediciones FORA, 2013. (N&A) 

Las ideas de autoridad tienen en América el mismo origen que en Europa y el resto de los continentes: nacieron con las primeras organizaciones político-religiosas, con la primera casta usurpadora, con el primer cacique de tribu. Pero las tendencias del Estado –esa especie de subordinación de toda la autoridad en manos de una minoría privilegiada, que no es religiosa, ni atea, ni aristócrata, ni plebeya– tienen una representación muy mezquina y gregaria en estas repúblicas del caudillismo patricio de la democracia importada. 


El capitalismo es una producto que recién se arraiga en este suelo (hablamos del término que expresa ese fenómeno de la civilización capitalista), no por su grado de cultura civil, sino simplemente por los aspectos generales de su desarrollo material y que lucha por imponerse contra la burguesía criolla, poco apta para aceptar esa transformación en sus hábitos y costumbres. De ahí la característica del patriotismo latino-americano, cuyas exteriorizaciones son muchas veces la consecuencia del odio a todo lo extraño, pero que sin embargo acepta la servidumbre económica que imponen los invasores a condición de que se respete la independencia política de las criollocracias.

No seremos los anarquistas quienes no esforcemos en alentar esa aversión del nativo a la cultura europea, aun cuando por progreso se entienda la capitalización y la industrialización de estas colonias republicanas. Pero es necesario comprender la verdadera importancia del fenómeno que opera en los países latinoamericanos, el avance del capitalismo y la obligada adaptación del pueblo a las nuevas condiciones de vida. La afluencia de capitales para explotar industrias nuevas o transformar el sistema de producción actual, determina un cambio radical en los hábitos y costumbres, no sólo de la burguesía criolla, sino también del proletariado. En las ciudades y centros industriales abiertos a la inmigración, que cuentan con un buen número de trabajadores europeos, no es difícil operar ese proceso de asimilación a las contingencias del progreso económico; pero en el interior, en los feudos agrícolas alejados de todo contacto con las ideas modernas, en las vastas regiones donde le indio y el criollo constituyen la fácil presa del capitalismo, la conquista industrial se realiza a la manera de las conquistas guerreras: por el método del exterminio de los no aptos para luchar contra el nuevo régimen de explotación.

Teniendo en cuenta la diversidad de cultura y de aptitudes en el proletariado de América, que tiene sus dos polos en el nativo y en el obrero extranjero o de origen europeo, se comprende por qué las tendencias autoritarias modernas toman más arraigo en las ciudades y centros de influencia capitalista. El avance industrial está acondicionado por las aptitudes productivas de la clase trabajadora donde no hay un proletariado capaz de poner en movimiento la máquina económica; rindiendo todos los beneficios que puede aportar la explotación de las riquezas naturales del suelo o del subsuelo, el capitalismo debe esforzarse por crearlo. Y en esa improvisación exige el sometimiento de los pueblos que viven una vida más primitiva y más simple y el exterminio de los inadaptables.

La conquista de América para el capitalismo exige más víctimas que las que costó al indio su sometimiento a los conquistadores de un imperio colonial para España, Inglaterra y Portugal. Es esta una conquista pacífica, sin estruendo, astuta y diplomática, que cuenta con la complicidad de los gobiernos y de las castas burguesas y patricias formadas por el aluvión de todos los pueblos lanzados a la aventura en este continente. Pero basta con dirigir una mirada al doloroso espectáculo que diariamente ofrece esa lucha despiadada de los traficantes y negreros, para comprender el inmenso dolor que se oculta bajo la máscara de la civilización impuesta al nativo con la férrea ley del salario. 

En las campiñas americanas, en las selvas vírgenes de este continente abierto a todas las piraterías, en las regiones donde el indio aún se mantiene intacto en sus hábitos y costumbres, la explotación asume caracteres espantosos. No hay otra ley que la de la conquista en las criollocracias de América. La burguesía alienta ese avance de la civilización capitalista arrasando las tolderías indígenas, transformando al nativo en siervo, estableciendo avanzadas del ejército en las zonas peligrosas. ¿La mayor gloria de los generales criollos no consiste en haber sometido a las tribus que se empecinaban en conservar como propio el régimen de los primitivos habitantes de este continente?

Para asegurar la dominación del capitalismo hay que transformar el medio social. Esa transformación se opera aniquilando la raza india, degenerando a la población nativa, convirtiendo a los obreros del campo en máquinas de producir alimentos a fuerza de alcohol. ¿Qué otra cosa hace el capitalismo en los ingenios azucareros del norte de la república, en los yerbales del Paraguay y Misiones, en las “facendas” y cafetales del Brasil, en los quebrachales del Chaco y en todas las regiones industrializadas mediante ese sistema de conquistas? No existe un proletariado con aptitudes para operar el cambio que supone el régimen capitalista; pero hay en abundancia carne barata de explotación y poco cuesta sacrificarla. ¿El porvenir de la raza, los ideales humanitarios, los sentimientos y las ideas de fraternidad? Esas preocupaciones no figuran en los libros de las grandes y pequeñas empresas exploradoras.

Al amparo de la conquista económica de América, realizan su conquista los partidos políticos modernos. Las tendencias autoritarias prescinden de todo idealismo, no tienen en cuenta el problema de humanidad que plantea a los nativos esa transformación violenta del régimen económico, preocupándose solo del aspecto material de la cuestión. Para los socialistas es una necesidad fatal el exterminio de los inadaptables a las nuevas condiciones de vida. ¿Acaso el “materialismo histórico” no exige, como condición previa, que los obreros se transformen en engranajes de la máquina económica montada por el capitalismo? Para al Súper-Estado es necesario poner a los trabajadores en un plano superior de capacidad productiva y dotarlos de una disciplina necesaria para que se muevan conforme a un complicado sistema de relojería. Y, claro está, el indio está muy lejos de poseer esas cualidades. Posee, ante todo, espíritu de independencia y costumbres que lo alejan de las corrientes autoritarias del marxismo, la indolencia heredada de una raza que no conoció los alambrados de púa, los límites fronterizos y las obligadas jornadas de trabajo. 

Se comprende, pues, que el avance del socialismo de Estado en los pueblos de América tenga su regulador en la conquista industrial de la criollocracia. La burguesía se va adaptando a las nuevas condiciones, imita todo lo europeo, vive con la preocupación de las fórmulas del viejo mundo. Pero las poblaciones indígenas no comprenden ese cambio en las relaciones sociales y en su convivencia, por lo que viven en un completo divorcio con las clases dirigentes de la ciudad y hasta con los obreros de los centros industriales, que muy poco se preocupan de su situación de parias. 

Para afianzar el poder del capitalismo en los cacicazgos americanos y operar la transformación exigida por el “materialismo histórico”, los partidos socialistas americanos cuentan con el concurso de la burguesía, de la burocracia ciudadana y de los trabajadores adaptados a las necesidades del llamado progreso industrial. Las ideas de libertad tienen por base la independencia de los pueblos y la autonomía de los individuos, se manifiestan como legítimos actos de reacción contra el poder absorbente del capitalismo, palpitan en el alma de los hombres que saben apreciar el valor de su propia independencia. Y ese espíritu de rebeldía, que existe instintivamente en todos los pueblos y es más efectivo en las razas “inciviles”, choca con el autoritarismo de los marxistas empeñados en transformar el mundo en una máquina de precisión. 

Se comprende por qué el socialismo de Estado no se arraiga en la conciencia de obreros del campo americano. Esas tendencias autoritarias son la negación de la libertad individual y se basan en hechos materiales que no tienen una representación efectiva en los medios económicos libres de las preocupaciones capitalistas. Por eso la conquista económica de América va paralela al desarrollo de los partidos socialistas, que no hacen otra cosa que alentar la dominación de la burguesía y ahondar el conflicto que existe entre la ciudad y el campo como una consecuencia de la guerra entablada por el capitalismo a los trabajadores que se resisten al nuevo yugo. 

La lucha contra la dominación capitalista en este continente supone a la vez una acción defensiva contra las tendencias autoritarias. Marx es el guía de los aventureros que se lanzan a la conquista industrial, comercial y financiera de las criollocracias americanas.



Emilio López Arango 

sábado, 26 de marzo de 2016

El Imperialismo en América, De la Independencia política a la esclavitud económica - Emilio López Arango

El siguiente artículo fue escrito a principios del siglo pasado por el anarcosindicalista de origen español afincado en Argentina, Emilio López Arango. Desconocemos la fecha exacta de su primera publicación que, seguramente, fue difundida por la prensa anarquista de la época. Para la transcripción nos hemos valido del libro compilatorio de sus textos, «Ideario del pensamiento anarquista en el movimiento obrero», Ediciones FORA, 2013. (N&A) 

La tendencia imperialista de este siglo no es una preocupación política, religiosa o racial. Los imperios modernos prescinden de la idea hegemónica que inspiraba las conquistas militares de la antigüedad. El unitarismo político y religioso, que impone una misma creencia, un mismo idioma y costumbres iguales a pueblos, cultural, ético y psicológicamente desemejantes, fue rechazado por los creadores de las grandes potencias dominantes. Inglaterra dio el ejemplo, limitando la soberanía de la metrópoli al dominio económico, garantizado por una policía colonial y por la vigilancia de su poderosa escuadra, dejando a los nativos de sus colonias la tarea de vigilar el orden interno y defender y respetar los privilegios consagrados. 

Por ese carácter peculiar del inglés, que disimula sus intereses con el manto de una hipócrita protección, fue posible conservar íntegro hasta ahora el imperio colonial británico. La posición contraria la ocuparon los españoles en América, porque la idea del imperialismo fue para España más política y religiosa que económica, originado con ello los movimientos nacionalistas –de concepción política de la independencia, patrimonio de la burguesía criolla–, que pusieron en conflicto a la corona con las nacionalidades formadas por la conquista y desarrolladas bajo el tutelaje de la metrópoli imperial.

Ese fenómeno histórico tiene todas las apariencias de una enorme contradicción ética y psicológica. Sin vínculos de raza, de idioma y de religión, las colonias inglesas, en Asia, África, América y Oceanía, separadas por enormes distancias y hasta poseedoras en cierto grado de una robusta personalidad, mantienen la unidad del Imperio. Inidentificadas por el lenguaje común y por las comunes costumbres, las ex colonias españolas de América están separadas de España por una enorme barrera de intereses y de prejuicios. Las causas de esa separación la hemos expuesto más arriba: son el fruto de la tendencia a imponer la hegemonía política y religiosa de la metrópoli a las colonias, características en el tipo latino y más particularizada en el español. 

Se dirá que por esos rasgos distintivos de la conquista española de América, las repúblicas americanas llegaron a ser libres e independientes. Políticamente, sí. Pero el mismo proceso se operó en Estados Unidos, que era una colonia inglesa, lo que al parecer contradice la tesis antes expuesta. Mas es necesario tener en cuenta este hecho: los norteamericanos trasladaron en cierto modo a este continente las preocupaciones económicas de Inglaterra, formaron un nuevo centro de dominación imperialista y se erigieron en metrópoli conquistadora.

La independencia de Estados Unidos no fue sólo política; posiblemente el proceso de la nacionalidad yanqui haya partido de una necesidad económica, como lo demuestra su propia estructura inter estadual. En cambio, la América española se desintegró en nacionalidades separadas por fronteras artificiosas que no podían responder a un fenómeno social lógico, a diferencias elementales de cultura o particularismos raciales e idiomáticos.

En el imperio colonial español, particularmente en América, dominaron las preocupaciones religiosas y políticas. El prejuicio de raza no existió como elemento refractario para operar la conquista de estos pueblos. Los conquistadores, junto con la dominación política crearon una especie de comunidad con los pueblos conquistados. Mientras trasplantaban en las colonias las preocupaciones de la realeza, de la aristocracia y del clero e imponían una dura ley de una monarquía absoluta a las poblaciones autóctonas, establecían su hogar sobre esos mismos prejuicios y contradecían el espíritu mismo de la conquista. ¿No tiene en ese fenómeno psicológico su explicación la existencia de una aristocracia criolla, mitad noble y mitad plebeya, fruto del cruce de los españoles con los indígenas, que fue la que promovió el movimiento de independencia y la que se aprovechó de la libertad política conquistada en perjuicio de los indios irredentos?

Sin que sea nuestro propósito defender los métodos de conquista y de colonización de los españoles en América –métodos de guerra sobre motivos puramente políticos y religiosos– diremos que se ha perpetuado un error de apreciación sobre los alcances sociales que tuvo el imperialismo español. Mientras los conquistadores de la América española, al reducir a las poblaciones indígenas se mezclaban y convivían con ellas, limitándose a ejecutar el plan de catequización de los reyes católicos, los colonizadores ingleses trasplantaban en su zona de influencia el dominio efectivo –político, religioso y económico– de la metrópoli sin establecer ninguna clase de contacto con los nativos. De ahí que la independencia de los países indo-latinos haya sido el fruto del mestizaje y de preocupaciones puramente políticas, mientras que los Estados Unidos conquistaron su personalidad nacional independizándose económicamente de Inglaterra y creando a su vez un nuevo tipo de imperialismo en América. 

Es ese imperialismo, típicamente yanqui, de origen británico, que en el propio solar tiene el orgullo de la raza y rinde culto a la sangre pura, pero que fuera de sus límites geográficos prescinde de las preocupaciones raciales, idiomáticas y religiosas. Es esa tendencia imperialista de estructura económica, apolítica, la que tiene subyugada a la burguesía criolla y la que impuso el dominio de Yanquilandia en la América española. ¿Qué valor tiene la independencia política de estas repúblicas desprendidas hace más de un siglo del imperio colonial español?

Políticamente, sólo se ha independizado la burguesía patricia –de origen español–, facilitando ese proceso histórico el crecimiento de la casta burguesa, con el aporte de las inmigraciones europeas. El indígena no ganó nada con la libertad política: ni siquiera contribuyó a ese aporte de elementos para crear la clase privilegiada de la Nación, ya que la segunda conquista –la económica, operada por el capitalismo– redujo las perspectivas del indio, ser extraño para los criollos de la ciudad, preocupados por una idea civilizadora más imperialista que la que inspiró la conquista de España.

Es sobre la base económica, por el dominio de una clase privilegiada, extranjera o de origen europeo, que el imperialismo capitalista afianzó su poder en América.

En el juego brutal de los intereses de la competencia industrial y comercial, de la explotación sin límites de las riquezas del suelo, las razas indígenas sacan la peor parte. En condiciones fisiológicas y étnicas inferiores al obrero europeo o al criollo de raza blanca, los trabajadores autóctonos ofrecen el remanente más considerable de carne barata para las grandes explotaciones agrícolas, forestales, etc., que son las que ya mayores beneficios dejan a los capitalistas. Donde abundan los nativos y menor es el contacto de las poblaciones campesinas con la ciudad industrial y proletaria, mayor es la esclavitud y la miseria. ¿Qué hacen los gobiernos criollos para proteger al indio, políticamente libre desde hace más de un siglo? Dictan leyes protectoras y crean sociedades de protección que solo se preocupan de ensalzar a la raza en libros ramplones y en poesías épicas.

La independencia económica de los pueblos latinoamericanos no es un proceso social paralelo a la libertad política de la burguesía criolla. En cierto modo se operó un movimiento convergente, en el dominio de la política y de la economía, en las colonias inglesas del Norte. Por eso Estados Unidos, que es una nación de intereses materiales, desarrolla las corrientes nacionalistas más exageradas dentro de sus límites geográficos y a la vez amplía su esfera de influencia en América mediante su poderoso e incontrarrestable imperialismo financiero.

Será necesario que pase aún mucho tiempo para que los parias americanos descubran el engaño de esa independencia política, tan invocada por la burguesía criolla, que soldó el eslabón de la cadena rota por la revolución del siglo pasado, imponiéndoles el yugo económico del capitalismo conquistador. Y esa obra de esclarecimiento sólo podremos realizarla los anarquistas, que no vivimos ilusionados por las conquistas de la democracia y que sabemos descubrir el fondo trágico del imperialismo que se disfraza con las palabras de orden de la burguesía hoy dominante: Libertad, Igualdad, Fraternidad.


Emilio López Arango

miércoles, 23 de marzo de 2016

Anarquismo y Comunismo - Emilio López Arango

Para los comunistas anárquicos la división entre las palabras comunismo y anarquismo no existe. Sin embargo, no siempre corresponde la denominación de las teorías, máxime si a fuerza de sistematizarlas se olvida una parte de su esencia, al contenido que quieren expresar sus fórmulas exteriores o que se supone reside en las premisas de un programa.

No todos los anarquistas son comunistas –y no pocos, creyendo serlo, propagan teorías que niegan los fundamentos económico sociales del comunismo–, de la misma manera que no deben confundirse las tendencias autoritarias que invocan ese nombre sin verdadera idea de la comunidad, que para ser tal debe inspirarse en principios de libertad y justicia. El anarquismo es una concepción moral, en oposición a los dogmas consagrados y a los prejuicios hechos ley o costumbre. El comunismo es la utopía social, el hecho económico aún no realizado, el medio de convivencia que, si tiene algunos antecedentes históricos en las ciudades libres de la Edad Media y en las primitivas comunidades religiosas, no pueden sin embargo ser definido ni con las mueras experiencias del pasado ni con las demasiado agobiadoras realidades del presente. 

Si el anarquista es un inadaptado, un descontento instintivo, un hombre que lucha contra la opresión circundante y combate la tiranía ambiente para que esas cualidades negativas tengan algún valor, es necesario que al mismo tiempo plantee, aunque más no sea en teoría, la solución del problema social. He ahí pues, donde la teoría económica del comunismo se convierte en el objetivo substancial del anarquismo. Porque fuera de la sociedad no hay soluciones revolucionarias, justas y equitativas para la vida del hombre que aspira a ser un igual entre los iguales. 

Cabe pues, que definamos el valor o los valores de dos palabras que, unidas, representan una tendencia político-económica en pugna con los principios aceptados por todos los defensores del orden actual. Y nos interesa en particular la definición del comunismo, como base económica de la ideología anarquista, ya que las influencias autoritarias y capitalistas contribuyen hoy a alejarnos de la idea básica de la libertad, de la justicia y del derecho, que solo podrá ser efectiva en una comunidad de hombres que sepan practicar el apoyo mutuo. 

Entre la teoría política del anarquismo, fuertemente ligada a las corrientes liberales del siglo pasado, y el hecho económico que expresa la concepción comunista, se manifiestan no pocos antagonismos de doctrina y de táctica. Desde el individualista adverso a cualquier forma de organización, al adepto de la forma industrial, hay una variedad creciente de tendencia, escuelas y capillas. No nos detendremos a enumerar las diferentes corrientes que contribuyen en una u otra forma a crear el caudal ideológico del anarquismo. Lo que nos interesa por ahora es definir la justa equivalencia de dos conceptos que, separados, sirven de denominativo a las tendencias sociales más contradictorias y se prestan a toda clase de confusiones. 

El comunismo anárquico, para la mayoría de los que actúan al margen o por encima de la lucha de intereses económicos, entraña un principio de imposición por el hecho de esbozar un programa de futuro. Pero para los partidarios del sindicalismo posibilista la tesis comunista, como resultancia de la evolución social, está subordinada al proceso capitalista y en consecuencia sigue el ritmo histórico señalado por los teóricos del materialismo. 

Los que siguiendo las huellas de Marx aplican la teoría materialista ­–estrechas y rígidas en su pretendido cientifismo histórico– al movimiento de la clase trabajadora, se olvidan de las fuentes del comunismo. Se basan en el hecho de que los problemas sociales están sujetos al imperativo de la lucha de clases, esto es, al antagonismo de los intereses económicos, y, en consecuencia, corresponde a los trabajadores obrar como componentes de una clase específica y dirigir todos sus esfuerzos a la conquista de los medios de producción, distribución y consumo. ¿No está en esa tesis implícitamente reconocida la razón de ser del capitalismo? Propender a la conquista de las instituciones capitalistas, reconociendo la existencia del Estado o empeñándose en ignorarla, no significa un propósito de destrucción: por el contrario, se adelanta el deseo de conservar esas instituciones en la esperanza de que, bajo una nueva dirección, sirvan a los intereses de la clase trabajadora después de la derrota de la burguesía. 

Cabe pues, que formulemos esta pregunta: ¿Qué valor puede tener la conquista del poder económico por o para la clase trabajadora, si, circunscrito al cambio de directores, técnicos y administradores del trabajo y de la economía, persisten las causas del sometimiento del asalariado, la incapacidad de la mayoría para la auto-producción y auto-gobierno, la dependencia de hecho de las grandes masas a sus jefes y guías? De una restauración capitalista mediante el cambio de gobernantes, sale siempre fortalecido el capitalismo.

Debido a la preponderancia de los factores materiales –a la subordinación del individuo a las llamadas necesidades sociales, que regulan las potencias políticas y financieras– de la ciudad han desaparecido completamente los fundamentos éticos del comunismo. La comuna no puede tener un equivalente en los emporios capitalistas –en las modernas citys del parasitismo burocrático, de los mercaderes y politicantes–, porque toda posibilidad de colaboración desaparece bajo el peso aplastador del Estado y del capitalismo. El obrero es un simple accesorio de la máquina económica y sus ideas, sus aptitudes y voluntad se mecanizan con la disciplina del trabajo impersonal. De ahí que llegue a suponer que la vida humana depende de sus labores, no importa que sean de carácter nocivo o completamente superfluo, concediendo escasa importancia a las tareas agrícolas. 

Si el problema actual, para los obreros de la industria, consiste en aumentar la capacidad del capitalismo en esa fase de la producción ¿en qué condiciones estarán mañana para suprimir las industrias no útiles, la burocracia y el parasitismo que exigen tanto el aparato estatal, como al administración y al dirección técnica de las grandes empresas? ¿Cómo harán frente al problema que significa desmontar la máquina del Estado político, sustituyendo sus engranajes con los complicados resortes de la economía capitalista?

Para los pregoneros del comunismo industrial –que como vemos es una negación del comunalismo–, no tiene importancia ese problema post-revolucionario. Dentro de su fórmula –“crear la sociedad nueva dentro del cascaron de la vieja”– pretenden encerrar todas las contingencias posteriores a la revolución, precisamente porque aceptan la posibilidad de un gobierno de la economía después del triunfo de los trabajadores y de la caída del poder burgués. Pero el Estado económico, que es en resumidas cuentas una supervivencia del capitalismo, aún cuando cambie el orden de las clases en el usufructo del poder y de las riquezas, ¿no necesitará de un aparato gubernamental, de leyes y de ordenanzas para regirse y de ejércitos y policías para mantener su equilibrio? La conservación de la organización industrial arrebatada al capitalismo obligará a los trabajadores a conservar el resto del aparato político y judicial: el Estado. 

Hay, pues, un error fundamental en ese pseudo-anarquismo industrialista, es la tendencia llamada reconstructiva porque aboga por la organización del trabajo siguiendo el curso del proceso de centralización industrial y que hace depender el futuro de la humanidad de las aptitudes del obrero para transformarse en la clase dirigente. Y ese error aleja a los pueblos de las fuentes más puras de la revolución. Que no tiene contenido espiritual en las ciudades invadidas por la fiebre capitalista y por la pasión autoritaria. 

Para retornar a las fuentes del comunismo, sin el cual no es posible concretar en una realización social las ideas anarquistas, es imprescindible combatir toda tendencia encaminada a conservar el régimen capitalista después de la revolución. En consecuencia, debemos buscar en el comunalismo, esto es, la raíz de las sociedades humanas, las demostraciones históricas que prueban la posibilidad de la vida social prescindiendo del capitalismo y del Estado. 

En la comuna está el fundamento de las teorías anarquistas, porque la concepción libertaria no tendría una verdadera base revolucionaria si eludiera la solución del problema económico en beneficio de todos los seres humanos.

***

Para los anarquistas no puede depender el hecho revolucionario del fortalecimiento del Estado. La mentalidad ciudadana, tanto por los hábitos políticos como por la prevalencia de las necesidades creadas por el régimen industrial, es refractaria a la idea del comunismo. Por eso los políticos socialistas subordinan la concepción comunista al imperativo de las necesidades que suponen están determinadas por el fatalismo histórico, que es la base “científica” de las teorías económicas de Marx. 

El anarquismo, idea de libertad y justicia, tiene en la comuna su base económica. Hoy resulta un tanto difícil concebir el valor de este principio. El proletariado industrial, movido por necesidades perentorias, hecho a imagen y semejanza de la sociedad que lo esclaviza, ignora el trabajo verdaderamente creador y útil, vive desarraigo de la tierra, fuente de toda riqueza. La ciudad está en permanente litigio con el campo, al que domina con el poder de sus finanzas, con la potencia de sus máquinas, con el arma política que forja las más odiosas tiranías y las mentiras más engañosas. No es posible defender la integridad de las ideas anarquistas eludiendo la solución del problema campesino, que es la raíz histórica de la comuna libre. El comunalismo tiene su base en el campo, en el trabajo fecundo de las comunidades campesinas en el retorno a la vida sencilla en contacto con la naturaleza, depurada de errores pretéritos y de las desviaciones y extravíos generados por el egoísmo y la maldad del hombre civilizado...

La simplificación de la vida traerá como consecuencia el derrumbe del sistema capitalista. El trabajo tendrá una verdadera utilidad, para la satisfacción de las necesidades fisiológicas, y la ciencia redimirá al hombre del pecado capital: la explotación. ¿Podrá el proletariado llegar a vencer las preocupaciones que hoy esterilizan sus mejores energías y libertarse de la cadena que lo ata al régimen social que cree combatir y demoler imitando a sus enemigos? 

He aquí una respuesta que en vano buscaríamos en los hechos que sirven para explicar el creciente avance de las ideas autoritarias y la desviación del movimiento revolucionario por el predominio de las preocupaciones materialistas en los sectores influenciados por los teóricos del social-estatismo y del pseudo-comunismo industrialista. 


Emilio López Arango




Tomado del Libro «Ideario Del pensamiento anarquista en el movimiento obrero»

domingo, 20 de marzo de 2016

Comunalismo y sindicalismo - Emilio López Arango

He aquí un tópico que pocas veces, o ninguna, tocan los teorizantes del sindicalismo y que casi lo tienen olvidado por completo los mismos anarquistas. Porque, al grado de preponderancia que llegó el movimiento sindical y a las orientaciones que, en términos generales, siguen los sindicatos obreros, es el caso de preguntas si la práctica del “sindicalismo revolucionario” responde a la teoría anarquista, no ya en el espíritu libertario que lo informa, sino principalmente en su concepción económica de la sociedad futura: el comunismo.

El movimiento sindical de los trabajadores, sujeto a esa encadenación de factores morales y materiales derivados de la organización económica actual, interpreta, en su conjunto, por los objetivos que persigue en sus diarias acciones y por el “objeto” que combate, la teoría marxista del “materialismo histórico”. De esa premisa, que tiene de real el hecho de que el materialismo es la substancia de toda organización asentada en el privilegio y la expoliación pero que se basa en una hipótesis puramente negativa, ya que confía al desarrollo industrial del capitalismo el proceso de disolución de la sociedad capitalista—; en esa superchería creada por Marx para dar valor a su “Estado obrero” y a su acción reformista del “socialismo científico” —socialismo de parlamento y de disputas electorales—  surgió la moderna concepción del sindicalismo científico…

Los teóricos de ese sindicalismo basado en la concepción materialista de la historia y que sigue a la zaga del capitalismo, copiando sus modalidades y haciendo suyos los “medios” que va creando en su continuo desarrollo industrial, creen que, con afirmar su fe libertaria y rechazar las viejas prácticas del funcionalismo marxista y la acción política de los parlamentaristas, establecen una diferencia esencial entre los sindicatos y los partidos. Pero en realidad, la diferencia es sólo de forma. La acción política de los socialistas se inspira en la llamada lucha de clases. El sindicalismo realiza diariamente esa lucha de clases, persiguiendo como objetivo inmediato el mejoramiento en las condiciones económicas del proletariado y como finalidad social la destrucción de la sociedad capitalista. Empleando medios distintos, sindicalistas y socialistas tienen una misma aspiración final: arrebatar el poder político a la burguesía y expropiar a sus actuales detentadores los instrumentos de producción y los “medios” que sirven para regularizar el consumo.

Se dirá que el sindicalismo que esbozamos aquí no es otra cosa que el marxismo llevado a las sociedades obreras por los políticos reformistas. Y se podrá objetar también que si el movimiento obrero está “fatalmente” obligado a seguir ese desarrollo material del capitalismo, no es posible afianzar una teoría contraria al “materialismo histórico” tomando como base a las organizaciones económicas del proletariado. Pero es el caso que nosotros no discutimos las “intenciones” de los “sindicalistas revolucionarios”: intenciones que tienen su síntesis ideológica en los preámbulos, cartas orgánicas, pactos de solidaridad y declaraciones de principios inspirados en las ideas libertarias. Como tampoco aceptamos el exclusivismo materialista de Marx, ni creemos que los organismos obreros deban seguir el proceso de desarrollo industrial copiando las formas exteriores del capitalismo y buscando en la estructura económica de la sociedad contemporánea los elementos constructivos de la futura organización de los pueblos.

Planteada la cuestión en estos términos, cabe que intentemos establecer la diferencia fundamental que separa a los anarquistas de los marxistas. Y, como generalmente se cree que el problema es puramente moral y hasta abstracto —que se reduce a ciertas declaraciones revolucionarias y a varios aspectos externos de la lucha inmediata contra el Estado y el capitalismo—, queremos buscar un ejemplo convincente en la más típica expresión del movimiento revolucionario: la acción sindical de los trabajadores.

¿Existe una cohesión efectiva entre el movimiento obrero (hablamos en términos generales) y la concepción libertaria del comunismo? Veamos. Las orientaciones del sindicalismo están subordinadas al desarrollo capitalista (“materialismo histórico”), y en el proceso industrial de la burguesía encontraron sus teorizadores los elementos de juicio para crear una teoría revolucionaria propia… Quiere decir, pues, que el sindicalismo, empleando los medios que le ofrece la organización capitalista, y únicamente inspirado en el principio de la lucha de clases, persigue como fin el establecimiento de una organización capitalista dirigida por los trabajadores. Y este absurdo —que no pocos creerán una afirmación antojadiza de parte nuestra—, está contenido en este alegato: “todo el poder a los sindicatos”, y en esta otra premisa: “ir constituyendo la sociedad nueva en el cascarón de la vieja”.

La concepción anarquista, aplicada a la misma organización económica de los trabajadores, es contraria a ese “sindicalismo constructivo”. No es posible olvidar este principio elemental de nuestra ideología: la organización comunista de una sociedad de hombres libres, debe tener por base a la comuna. El sindicalismo no tiene en cuenta la existencia de esos grupos autónomos de individuos, verdaderas células del organismo social, porque para los “materialistas históricos” las diferenciaciones éticas y étnicas están subordinadas al entrelazamiento creado entre los pueblos de una región o de varias regiones por una industria cualquiera. De lo que resulta que la base de la organización sindicalista está en el principio de centralización industrial —y no en la descentralización de esas monstruosas empresas y trusts financieros que destruyen las características del comunialismo—, con lo que se llegaría, después de la revolución a crear un Estado sindicalista cuyas células estarían representadas por cada una de las ramas industriales injertadas en el tronco capitalista…

El juego de palabras con que pretenden los sindicalistas identificar sus teorías a la concepción libertaria del comunismo, no puede servir de juicio en la aclaración de estos dos valores antitéticos: el comunalismo y el sindicalismo.

Los anarquistas, si quieren ser consecuentes con sus ideas y mantenerse irreductibles frente a las desviaciones que alejan al movimiento obrero de sus fuentes de inspiración libertaria, no deben olvidar que las organizaciones económicas del proletariado tienen carácter transitorio y responden pura y exclusivamente a “necesidades” creadas por el desarrollo capitalista e impuestas por las condiciones precarias en que vive la clase trabajadora. Y si la conformación de esos órganos de lucha se mantiene sujeta a las formas estructurales del régimen capitalista, ¿qué valores revolucionarios podemos atribuir a los sindicatos obreros?

Para los anarquistas, el sindicalismo no puede ser otra cosa que un medio de lucha: la organización económica de los trabajadores para actuar en el plano económico que sirve de base a la sociedad capitalista. Y siendo los sindicatos simples medios para la acción económica de los trabajadores, se comprende que no es posible atribuirles una función social pre-revolucionaria que no pueden desempeñar al margen de la organización capitalista, puesto que son la imagen y semejanza de esa misma organización.

De ese hecho parte la diferencia que separa la propaganda anarquista del movimiento puramente sindicalista. Y no es necesario presentar como ejemplo a los grupos de propaganda que se desenvuelven al margen de las organizaciones obreras, pues la orientación anarquista puede ser señalada también en organizaciones proletarias creadas sobre la base de la lucha económica. Se puede ser comunalista — esto es, partidario de la organización siguiendo las líneas que señala los diversos organismos humanos, sin tener en cuenta el proceso de centralización capitalista o las “especialidades” creadas por el industrialismo—, y defender la organización sindical de los trabajadores. Lo importante es mantener latente el espíritu de independencia de los proletarios y oponer una fuerza consciente al poder avasallador del capitalismo, minando su formidable organismo económico para inutilizarlo por completo sin esperar servirse de él durante o después de la revolución.

Los anarquistas que tienen en cuenta todas las razones del “materialismo histórico” y llevan a los sindicatos obreros las preocupaciones derivadas de la supuesta prevalencia del factor económico sobre las causas morales que determinan la esclavitud de los pueblos, contribuyen al afianzamiento de esa doctrina sindicalista que pretende encerrar la vida en los estrechos moldes del sindicato. Y si esos anarquistas, pretendiendo haber hecho un colosal descubrimiento, nos presentan el industrialismo I.W.W. o sus derivados sindicales: consejos de fábrica, organización por talleres, división del trabajo en ramas de industria y demás innovaciones de corte marxista, creyendo haber encontrado la solución del problema social, es menester que les recordemos que nada tan opuesto a las ideas anarquistas y a la concepción del comunismo como esa teoría sacada de la médula del capitalismo.

El alegato de que las “necesidades” imponen esas nuevas formas orgánicas al sindicalismo, es una superchería que solo pueden sostener y aceptar los “materialistas históricos”. El problema fundamental que agita a los pueblos, gesta el descontento popular y plasma las protestas humanas en movimientos revolucionarios, no tiene sus causas primeras —que en realidad son causas únicas—, en los aspectos actuales de la explotación y el dominio del hombre por el hombre. El capitalismo es un aspecto, el más moderno y posiblemente también el más degradante, del secular sistema que regula la vida de los pueblos. Y si revoluciones hubo antes de que la burguesía se elevara al rango de clase privilegiada y antes que el Estado capitalista nos ofreciera su terrible poder económico, es fácil constatar que el espíritu que alienta a la humanidad en su penosa marcha hacia el futuro es anterior a las “necesidades” creadas al proletariado por el desarrollo industrial de las sociedades burguesas.

Constatamos, pues, que el punto de partida de toda organización libertaria está en la comuna. Y el comunalismo no es una simple expresión política —o un convencional denominativo geográfico—; sino que es ante todo una concepción libertaria que se basa en la reciprocidad de intereses y en la identificación de aspiraciones de los diversos grupos humanos que forman las naciones e integran el conjunto social de la humanidad.

Los rasgos característicos de cada pueblo no se han creado por medio de leyes artificiosas o por “caprichos” de la naturaleza. El anarquismo tiene muy en cuenta esas características morales y físicas que nos demuestran que la variedad es la ley natural más sabia… El socialismo, en cambio, ateniéndose a la premisa del “materialismo histórico”, supedita el problema humano al desarrollo del capitalismo y subordina a las necesidades económicas los factores morales que determinan el grado de cultura de cada pueblo.


El industrialismo obrero es la constatación del “materialismo histórico” llevado al terreno de la lucha de clases. Y ese camouflage revolucionario, por lo mismo que oculta la esterilidad creadora de las grandes masas sometidas a la dirección de los jefes políticos y sindicales que aspiran a la dictadura del proletariado, debe ser destruido por los anarquistas que no sufrieron el deslumbramiento de esa llamarada de pólvora...


Emilio López Arango




Digitalización: Rebeldelegre





lunes, 14 de marzo de 2016

El valor de las conquistas inmediatas – Emilio López Arango

Se quiere negar el valor de las conquistas inmediatas. No representan una solución de futuro ni determinan en el presente un cambio real de las condiciones de la clase trabajadora, sometida a la ley de hierro del salario. Y, aún cuando sea una necesidad la lucha por el pan, contra esa obligada consecuencia del sistema capitalista, hay anarquistas que oponen el concepto negativo –porque está fuera de las posibilidades presentes— de la revolución integral.

Teóricamente tendrían razón los impugnadores del esfuerzo mejorativista si pudieran achacar a los anarquistas que actúan en el movimiento obrero el fin de subordinar a las conquistas inmediatas el resultado final de ese esfuerzo. Pero es bien sabido que cualquier programa que formulemos para inspirar una actividad colectiva —incluso en el terreno doctrinario, desde los grupos que representan la tendencia “política” del anarquismo— no sirve más que para señalar la trayectoria de la acción revolucionaria sobre la realidad presente. ¿Es que se puede formular una teoría social prescindiendo de la sociedad de hoy, cerrando los ojos a las injusticias cotidianas, pasando por encima de las víctimas de este régimen injusto y brutal? Lo sabemos de sobra. Las conquistas económicas del proletariado se reducen a bien poca cosa, porque la ley de hierro del salario destruye toda posibilidad de mejoramiento del asalariado en el sistema capitalista. Sin embargo, ¿no está en ese esfuerzo concretada la aspiración de futuro, el comienzo de la lucha de los explotados contra los explotadores, la obligada contingencia del proceso revolucionario que los anarquistas tratamos de acelerar poniendo frente a frente al capital y al trabajo?

El reformismo no está en el hecho natural de que los obreros reclamen mejoras económicas, sino en la subordinación de la ideología socialista totalitaria a un programa que tiende a perpetuar el régimen del salariado. Y es un error sostener que todas las conquistas del proletariado son estériles y que no representan nada en la marca del progreso. ¿Acaso es lo mismo trabajar diez o doce horas que limitar a ocho o seis la jornada de trabajo? He aquí una mejora positiva, tan parcial como se quiera que nada tiene que ver con la ley de hierro del salario y que en cambio determina un nuevo proceso en la ley de la oferta y la demanda.

Rechazar ese positivo mejoramiento en las condiciones materiales del asalariado con el argumento de que perdura el sistema capitalista aunque la jornada de trabajo se reduzcan a cuatro o dos horas, supone tanto como defender la teoría de la miseria como factor de la revolución. Por otra parte, ¿es posible eludir el esfuerzo que reclama la lucha cotidiana contra la explotación capitalista, conservando todas las energías para dar el golpe de gracia al capitalismo cuando se agote la paciencia de los trabajadores? ¿Se puede acumular en alguna parte la energía que se pierde en la espera del gran acontecimiento? ¿O es que la inercia constituye un caudal de fuerzas ignoradas que se concentran en algún punto de la tierra y que explosionan al mágico conjuro de un genio desconocido por los hombres?

La realidad nos demuestra que toda conquista fundamental está condicionada por conquistas parciales. No se puede llegar a la revolución social de un salto sobre el infinito sin partir de un punto dado y seguir una determinada trayectoria de esfuerzos y realizaciones. Un programa total anarquista, que no extrae ninguna experiencia del presente que no se manifiesta en ningún propósito actual termina siendo una negación y defender la tesis empírica de “todo o nada” equivale a negar la posibilidad de que los trabajadores realicen por sí mismos su emancipación económica y social.

Descubrimos en esa teoría un extraño deriva del fatalismo histórico. Por oposición al reformismo, se niega el valor y la importancia de las conquistas inmediatas, con lo que confiesa que todo esfuerzo es inútil frente al inevitable proceso de la economía capitalista, del cual sin embargo se hace depender el desenlace del secular drama que viven los pueblos. Se sitúa la revolución en un punto hipotético —fuera de la realidad presente, sin continuidad en el tiempo y en el espacio— y se espera que se realice el milagro de la profecía de Juan Bovio: “hacia la anarquía marcha la historia”. Otra cosa no supone pretender que los anarquistas trabajen los valores revolucionarios en la conciencia del hombre prescindiendo del verdadero material humano.

No discutamos lo que está fuera de la discusión. Sí, lo sabemos. Los sociólogos burgueses —como nos recuerda un camarada que intenta demostrar la ineficacia del mejorativismo— conocen la ley que rige la economía capitalista. Saben incluso que concediendo a los obreros mayores salarios no se altera la “balanza económica”. Pero la burguesía, porque esa también es una ley de equilibrio, resiste la demanda de los trabajadores por un mayor bienestar. Y esa resistencia adquiere el carácter de lucha enconada, tiene exponentes de violencia, deriva a situaciones revolucionarias por la misma razón de que el desequilibrio es permanentemente en la sociedad del privilegio.

Hemos planteado el problema eterno de la lucha social cuyo origen está en la desigualdad de los hombres en el trabajo y en el disfrute de los bienes colectivos. Sustraerse al choque de las fuerzas antagónicas que presiden la marcha de la historia, negar el esfuerzo anarquista a la acción defensiva del proletariado, aislar las energías de la minoría consciente del conjunto de energías que chocan contra las murallas del privilegio, es tan imposible como pretender que un hombre viva encerrado en sí mismo y que realice su destino fuera de la humanidad.

Lo que importa no es demostrar la eficacia o ineficacia de las conquistas parciales, sino definir la conducta de los anarquistas frente al proceso de las reformas económicas que explican la existencia del proletariado y el gradual desarrollo de su conciencia revolucionaria. Cuando nosotros propiciamos una huelga por mayores salarios o adelantamos la posibilidad de reducir la jornada de trabajo de 6 horas ¿hipotecamos el futuro al presente? ¿Nos interesa siquiera buscar una base de equilibrio al sistema capitalista? No, lo único que hacemos es dar una dirección de impulso inicial del movimiento obrero y un objetivo inmediato a las fuerzas que entran en beligerancia en el terreno social. Y esa actividad, como lo demuestra la propaganda que el anarquismo realiza de acuerdo con su programa total, no impide que un esfuerzo mayor se haya puesto a prueba para el logro de objetivos que están fuera de las contingencias puramente materiales.

Tengamos cuidado con las negociaciones que toman por base un principio absoluto. Los anarquistas no dan importancia a las reformas sociales pero tampoco pueden sustraerse a la necesidad de luchar por ciertas conquistas inmediatas económicas y morales. Por eso actúan en el movimiento obrero, expresión de la lucha contra los privilegios de clase, en los que asienta el régimen capitalista.



Emilio López Arango 


Tomado del Libro «Ideario Del pensamiento anarquista en el movimiento obrero»


domingo, 13 de marzo de 2016

El olvidado Banco del Pueblo de Pierre-Joseph Proudhon

En conversaciones sobre el mutualismo, hemos recordado el banco cooperativo que por un tiempo defendió y promocionó Pierre Joseph Proudhon. ¿Alguna vez se concretó dicho proyecto? ¿Qué alcance tuvo? Consultando el escrito de Carlos Gide y Carlos Rist (Proudhon y el socialismo de 1848), encontramos algunos antecedentes de tal empresa que compartiremos a continuación. Sin embargo y antes de proseguir, consideramos oportuno comentar que  tal iniciativa fue enarbolada con honestas motivaciones, muy a pesar de que tal sistema bancario como motor de la transformación social, fue enterrado con sólidas argumentaciones por varias generaciones de socialistas de diferentes tendencias. Justo es recordar entonces que Proudhon instaló en el ambiente político y económico de la época debates y propuestas que criticadas, mejoradas y superadas, ayudaron a cimentar el movimiento de los trabajadores desde una subjetividad libertaria. Por iniciativa del socialista francés —así como los convenientes apuntes de Mijail Bakunin en el libro «Federalismo, Socialismo y Antiteologismo» —, la internacional de los trabajadores tomó el sello federalista no jerárquico y la interpretación de la palabra «anarquía» en un sentido constructivo para designar una sociedad sin gobierno ni explotación organizada por los trabajadores en autogestión. (N&A)

"El día 31 de enero de 1849, Proudhon constituía, ante notario, una sociedad, el Banco del Pueblo, destinada a demostrar la posibilidad práctica del crédito gratuito. Ya en su organización se podían comprobar notables diferencias con el plan teórico del Banco de cambio. Este había de constituirse sin capital: el Banco del Pueblo se creaba con un capital de cinco millones en acciones de cinco francos. El Banco de cambio había de suprimir la moneda metálica; el Banco del Pueblo no debía emitir bonos más que a cambio de numerario o buenos efectos de comercio. El Banco de cambio debía, prácticamente, suprimir el interés; el Banco del Pueblo lo fijaba en un dos por ciento, esperando reducirlo a un mínimum de un cuarto por ciento.

A pesar de estas importantes transformaciones, el Banco no llegó a funcionar; al cabo de tres meses, el capital suscrito no era todavía más que de 18.000 francos, aunque el número de los asociados fuese muy próximo a 12.000. Pero en aquel momento -28 de marzo de 1849- Proudhon fue llevado ante el Tribunal del Jurado del Sena para responder ante él de dos artículos publicados los días 16 y 27 de enero de aquel mismo año, contra Luis Bonaparle, siendo condenado a tres años de prisión y a 3.000 francos de multa. El 11 de abril anunciaba en su periódico que paralizaba su empresa, añadiendo que había sido ya rebasada por los acontecimientos, con lo cual parecía confesar que había dejado de creer en el éxito de ella.

A partir de este momento, el crédito gratuito desciende al último lugar en las preocupaciones de Proudhon, y sus conceptos políticos y sociales pasan a ocupar el primero en sus obras, hasta su muerte, acaecida en 1865".