miércoles, 5 de agosto de 2015

La criminalización mediática de la pobreza: la nueva táctica del chavismo dominante

La jugada que se efectúa a través de los medios de comunicación es perfecta: reclamamos nosotros mismos lo que ellos desean establecer. No imponen la vigilancia, el control o el castigo, sino que éstos son solicitados y el Poder los concede.

Germinal Rodriguez

Supuestos bachaqueros castigados con trabajos forzados y humillación pública
El 31 de julio de 2015 en un “confuso incidente” la policía asesinó a Gustavo Patiñez, joven albañil de 21 años, que como muchos otros días salió a las calles de San Félix a buscar comida para su niña de 4 meses. La Guardia Nacional Bolivariana disparó contra el obrero y lo dejó desangrarse a mitad de la calle bajo la excusa de 'controlar el orden público' alterado por los saqueos emprendidos por una población acorralada por las políticas económicas que empresarios y gobierno dirigen contra ella. Ante esto, los órganos de propaganda estatista inmediatamente distorsionaron la visión de los hechos titulando el evento como “Un muerto producto de los saqueos”. Días más tarde, desde el sitio digital “Desde la Plaza”, el señor Ernesto Navarro, periodista galardonado por el gobierno con el “Premio Nacional de Periodismo Digital 2015”, escribió una nota titulada “A plena luz, un encuentro con la mafia del bachaqueo”, donde en un tono inquisidor se dedica a criminalizar la pobreza, a encumbrar el racismo y atacar a quienes no tienen otra forma de sustento que el comercio ambulante bachaquero, sumándose de este modo a la línea comunicacional hegemónica y gubernamental que justifica y aviva la represión y el terrorismo de Estado.

Para el chavismo criminalizador, los capitalistas son parte del 'sector patriótico privado' y los bachaqueros 'hampa digna de plomo y cárcel'. El enemigo ya no es la pobreza sino los pobres. No son los burgueses, tampoco el imperialismo, sino las clases más desfavorecidas por las políticas extractivistas de las clases dominantes con intereses en la región venezolana. La pretendida crónica de Ernesto Navarro no surge por casualidad ni es un iluminismo en las rutas por las cervecerías del escritor sino que responde a un requerimiento de las políticas represivas del Estado donde el blanco son los más pobres de la sociedad venezolana, “los malandros”, “los negros”, los habitantes de los barrios populares y los inmigrantes –colombiano y pobre es igual a paraco para los organismos comunicacionales dominantes–.

Navarro nos relata que “Atraído por ese movimiento, me pido un café grande, saco un libro y me siento en la mesa de al lado. Los 5 reciben la indicación del jefe y empiezan a manipular sus teléfonos celulares con desesperación”. A partir de ahí, su imaginación de terracita y café orquesta toda una narración que da cuenta de una jerarquización que bajo la legalidad vigente fácilmente puede ser ocupada punitivamente por la magistratura contra las personas que Navarro fotografía y acusa. El mercenario de la pluma relata cómo, según él, se teje “la mafia del bachaqueo”. Con un estilo de narración militar subtitula la nota como “La operación parte 1” y “La operación parte 2”, aumentando de este modo tipográfica y semánticamente la sensación de que se trata de una organización paramilitar mafiosa. ¡La criminología debiese galardonar a Ernesto Navarro por ser capaz, en 10 minutos de terracita y café, de descubrir tal trama delictiva! Para finalizar, el acucioso periodista concluye que el negocio emprendido por los personajes que describe y espía son “10 cajas de aceite”. Premio periodismo 2015 para finalmente descubrir el gran entramado mafioso de ¡10 cajas de aceite! Vaya hazaña de todo un patriota cooperante.

La actual escalada represiva del Estado venezolano es conocida con el nombre de OLP (Operación Liberación del Pueblo). Se ha desarrollado durante las últimas semanas y corresponde a operaciones concertadas del gobierno con la oposición parlamentaria -es decir, más que políticas gubernamentales, responden a políticas de Estado de alianza entre las burguesías representadas en el Gran Polo Patriótico y en la Mesa de Unidad Nacional-. Por esta razón, han tenido nula o escasa repercusión en los mass media que acostumbran a atacar al chavismo dominante en los órganos informativos internacionales afines al golpismo fascista. Prueba de ello es que no se ha difundido por los grandes medios internacionales la masacre de "La Cota 905", en donde en pleno proceso de la operación OLP, 14 personas fueron ejecutadas por el Estado, ni la destrucción de más de 300 viviendas en la carretera Panamericana con el saldo de más de 100 familias sin techo.

El negro, el pobre, el inmigrante y el busca vida, son los nuevos enemigos a combatir por el Socialismo del siglo XXI y el chavismo dominante. Frente a la represión a las clases populares, desde N&A pensamos firmemente que se está con el Estado o con las oprimidas. Con los explotados o con los explotadores, y ante las arremetidas del poder y la criminalización de la pobreza siempre encontrarán nuestro grito de protesta.

martes, 4 de agosto de 2015

Las bases ideológicas de la concepción del «amor libre» en el anarcofeminismo


Bakunin formuló que el objetivo político de la disolución del Estado capitalista debía empezar no sólo con la disolución de los aparatos represivos del Estado como suponían Karl Marx y Friederich Engels (cárceles, ejército, policía…), sino también con los ideológicos que reproducían el Estado sin necesidad de control violento y directamente represivo. De entre estas instituciones ideológicas, las que se destacan desde un principio teórico son la familia y el matrimonio. De esta forma Bakunin complementa las teorías marxistas de Friederich Engels sobre la génesis represiva del Estado moderno. Fue Engels quien hizo la conexión entre el Estado capitalista y el origen de la propiedad privada, la familia y la esclavitud. En El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, formula que la moderna lucha de clases está fundada en la primitiva revolución neolítica, la cual supeditó una nueva organización social a las nuevas necesidades económicas derivadas del usufructo de la tierra. La agricultura y las nuevas propiedades de la tierra hicieron que las sociedades matrilineales dieran paso a la familia nuclear monogámica y patriarcal, desde la cual la mujer debía dar la garantía al hombre de una línea patrilineal que mantuviera intacta la perpetuidad hereditaria de la tierra. Esta unidad social no bastaba para seguir produciendo la rentabilidad de la propiedad, y así, surgió la figura del esclavo. Para asegurar la propiedad del esclavo y de la tierra tuvo que surgir una institución social que protegiera la propiedad privada. Engels sitúa aquí el origen del Estado, una institución surgida para velar por los intereses del propietario de la tierra y del esclavo. Para subvertir la moderna dialéctica esclavista que explota al proletariado, Engels propone que basta con alternar las condiciones materiales y económicas que fundamentan la explotación del Estado. Aniquilando el Estado capitalista desaparecería la propiedad privada, y así, cesarían las condiciones materiales de explotación humana. Este análisis materialista, si bien fundamenta el origen de la monogamia con la función de la mujer en reproducir la familia patriarcal para así salvaguardar la propiedad privada, no concluye, sin embargo, que esta función de la mujer es tan esclava en reproducir la familia como la del esclavo en producir y reproducir la tierra, la propiedad privada y el Estado.

Los diferentes teóricos fundadores del anarquismo respecto a la liberación de la mujer no son consistentes. Las referencias de Piotr Kropotkin al tema son prácticamente nulas y Pierre Joseph Proudhon demuestra su misoginia en su obra póstuma La pornocracia. Sin embargo, sí encontramos en Mikhail Bakunin teorizaciones donde asocia la lucha de clases con la situación opresiva de la mujer. En este sentido, Bakunin dio un paso más allá del análisis de Engels, concluyendo que la mujer es, en el capitalismo, propiedad privada del hombre, y que mediante el matrimonio y la familia, ésta estaba reproduciendo las condiciones en que se fundamentaba el Estado. Indica cómo la ideología del Estado capitalista encuentra dos formas de reproducirse en la familia. Por un lado reproduce el paradigma jerárquico, donde el hombre se encuentra en lo más alto, y mediante su posesión jurídica otorgada por el Estado, posee a otro miembro con derechos exclusivos, la mujer, estando los hijos por debajo de ambos. Por otro lado el Estado reproduce su ideología de la propiedad privada de generación en generación mediante el principio de la ley de la herencia, perpetuada de padres a hijos varones (Bakunin, s.d.:127). La mujer, entonces, se encuentra bajo un estado de doble subyugación, estado legalizado por los códigos jurídicos. Ante sus propias premisas, Bakunin arguye, consecuentemente: 

La igualdad social con el hombre implica que exigimos, juntamente con la libertad, iguales derechos y deberes para los hombres y las mujeres, o sea, la igualdad de los derechos de la mujer ─ políticos, sociales, económicos ─ con los del hombre; por consiguiente, queremos la abolición de la ley de la familia y del matrimonio, la abolición de la ley tanto eclesiástica como civil, ligadas indisolublemente al derecho de la herencia. (Bakunin, s.d.:127) 

A un estadio que nos recordaría el primitivismo comunista de Engels supone antes de la revolución neolítica, Bakunin arguye que no sólo la propiedad privada y el Estado deben ser abolidos, sino también la familia, y como consecuencia lógica, las leyes de herencia y aquellas que regulan el matrimonio jurídico. Por tanto, Bakunin formuló que no sólo se debían alterar las condiciones materiales de explotación de la unidad social que reproducía el Estado, sino las condiciones ideales que regulaban las relaciones entre hombre y mujer: relaciones afectivas, amorosas y sexuales. Así, en la ausencia de código legal ni institución estatal que regule las relaciones entre hombres y mujeres, Bakunin apuesta por lo que él denomina “matrimonio libre”. Según el autor éste es un “régimen natural, basado únicamente en el respeto humano y en la libertad de dos personas: el hombre y la mujer que se aman”. (Bakunin, s.d.:128). Es decir, su único guardián es la sociedad, y ésta velará por su integridad, salud y educación.

El papel de la mujer en la familia y el matrimonio son teorizados, según Bakunin y a eco de Engels, como reproductores fundamentales de la ideología del Estado. El Estado posee unos intereses políticos y económicos que sólo pertenecen a una minoría, la cual se sitúa en lo alto de la jerarquía del Estado. A su vez nacionaliza a todos sus ciudadanos mediante la invención de la nacionalidad, creando un sentimiento patriótico que distorsiona los intereses de la clase productora. Asimismo, esta clase productora reproduce los mecanismos que la oprimen desde el seno de estas dos instituciones, al crear el obrero la jerarquía de poder familiar. Desde esta perspectiva crítica, la preservación del matrimonio y la familia en la clase obrera es crucial, entonces, para asegurar el mantenimiento del estado capitalista, del patriarcado, y de la ideología nacionalista burguesa que los sustenta.


Antonio Prado 


Fragmento tomado del prólogo del libro  «Matrimonio, familia y estado: escritoras anarco-feministas en la Revista Blanca (1898-1936)», Fundación Anselmo Lorenzo, 2011. El título del artículo no corresponde al original.(N&A)







domingo, 2 de agosto de 2015

Liberalismo, Democracia y Socialismo Libertario - Jacobo Prince

Ensayo publicado originalmente en 'Reconstuir Nº 67, Julio-Agosto de 1970, Argentina'. Rescatado por Carlos M. Rama y Ángel Cappelletti para el Libro «El anarquismo en América Latina», 1990, Biblioteca Ayacucho. (N&A)

Como ocurre con tantos otros conceptos que tienen relación directa con las formas de convivencia social, que han sido y siguen siendo utilizados como símbolos definitorios de determinados intereses y situaciones políticas, los que se designan con los términos de democracia y liberalismo, considerados a menudo –erróneamente– como sinónimos, fueron objeto de tantas distorsiones a su aplicación a la realidad, que de hecho quedaron despojados de toda significación precisa y concreta.

Durante siglo y medio, aproximadamente, o sea desde la Revolución Francesa de 1789, hasta después de la primera guerra mundial, estas fórmulas sirvieron como banderas de lucha contra el dogmatismo religioso y, en general, contra diversas formas institucionalizadas de opresión que afectaban los derechos individuales y el principio de autodeterminación de las colectividades humanas. La finalidad que en principio perseguían los adeptos y propulsores de tales fórmulas, y en aras de la cual los pueblos de las diversas naciones aportaron multitud de sacrificios, era la de suprimir los privilegios y los antagonismos artificiales que dividían a los hombres, creando así sociedades libres que consagraran el esfuerzo de sus miembros al trabajo constructivo, en pos del progreso material y moral de todos ellos. El hecho de que tal finalidad no haya sido lograda, sino en forma sumamente parcial, y aun así limitada a determinados momentos y determinados países, ha sido indudablemente una de las causas fundamentales de las grandes frustraciones populares que afloraron especialmente en el período comprendido entre las dos guerras mundiales y cuya impronta negativa estamos sufriendo hoy en todas partes. Así se explica que hayan surgido y prosperen movimientos que pretenden resolver los problemas políticos y sociales de nuestros días invocando consignas y esquemas abiertamente antidemocráticos y antiliberales o bien estableciendo sistemas que bajo una convencional formulación de libertad y democracia representan en realidad una variante moderna del antiguo absolutismo, con todos sus irritantes privilegios.

La gran cuestión que se plantea ahora es como salir del agobiante círculo vicioso de las frustraciones del demoliberalismo que empuja a los hombres, incluso a muchos que se consideran revolucionarios, a incurrir en nuevas y dolorosas frustraciones, que no otra cosa resultan las “soluciones” que implican el establecimiento de férreas dictaduras, la consagración de personajes providenciales, con la consiguiente supresión de las libertades individuales que, aunque limitadas y en cierto modo bastardeadas en virtud de la vigencia de privilegios económicos dentro del orden capitalista, no dejan de constituir uno de los saldos positivos logrados tras siglos de luchas contra el antiguo absolutismo.

Para esbozar una respuesta a tan largo problema, no está demás volver un poco a las fuentes, es decir a los orígenes doctrinarios de lo que significaron democracia y liberalismo, desde su advenimiento en la época moderna a fines del siglo XVIII, para detectar las posibles fallas que determinaron en su aplicación las frustraciones aludidas. A ese efecto hemos de utilizar el, a nuestro juicio, certero análisis que hace Rudolf Rocker –el autodidacto y gran escritor libertario un tanto olvidado– acerca del significado político social de los conceptos de liberalismo  y democracia, dentro de su valioso estudio sobre la etiología del totalitarismo moderno contenido en su obra «Nacionalismo y Cultura».

Señala Rocker, en primer término, que entre liberalismo y democracia existe una diferencia esencial en la interpretación de las relaciones. Para el liberalismo, que hace suya la máxima del filósofo griego, según la cual «el hombre es la medida de todas las cosas», la sociedad es una asociación al servicio de los individuos que la integran. Por consiguiente, el liberalismo «juzga el ambiente social según sea beneficioso para el desarrollo natural del individuo o que obstruya el camino de su libertad e independencia personal». Para la democracia, en cambio, el punto de partida es el concepto colectivo de pueblo o comunidad, a la cual deben servir los individuos a través de la expresión de lo que Rousseau, el teórico por excelencia del sistema, llamó la voluntad general. Según Rocker, esta idea, que inspiró la acción de los jacobinos en la revolución francesa, si bien contribuyó eficazmente a la caída del viejo absolutismo representado por la monarquía, dio nacimiento a «una nueva religión política, cuyas consecuencias para la libertad del hombre no habían de ser menos nocivas que la creencia en el origen divino de la realeza». Ello debió ocurrir así debido al fortalecimiento de la concepción abstracta del Estado, como depositario y expresión de la soberanía y la voluntad general. De hecho, la transferencia de la presunta soberanía del pueblo a los usufructuarios del poder estatal implicaba otorgarles una autoridad que en principio era absoluta y cuya atemperación o limitación hubo de depender prácticamente del grado de penetración de ideas liberales en la mentalidad popular y en la consiguiente capacidad de resistencia del pueblo –activa o latente– hacia las extralimitaciones del poder. Es así que la democracia moderna, según lo expresa Rocker y lo había señalado Proudhon y Bakunin, contenía desde su nacimiento, los gérmenes funestos del estatismo, cuyo desarrollo se aceleró tras la crisis suscitada por la primera guerra mundial.

Está claro, pues, tras las experiencias político-sociales vividas a lo largo del siglo pasado y lo que va del presente, que el pensamiento liberal, tal como fue expuesto por los filósofos anglosajones de fines del siglo XVIII –Bentham, Priestley, Thomas Paine, Jefferson y otros–, tuvo mucho menos influencia efectiva sobre el desarrollo de las instituciones normativas de la convivencia social durante el período aludido, que la que ejerció la concepción democrática formulada por Rousseau y puesta en práctica por los jacobinos y sus herederos políticos. Nos referimos al pensamiento que sostenía con Bentham que «La comunidad es una corporación de naturaleza moral que se compone de individuos considerados como si fuese sus miembros. El interés del conjunto, por tanto, no puede significar otra cosa que el interés por los individuos que se han reunido en comunidad. En consecuencia, no es más que una frase vacía eso de las exigencias de la comunidad, si no se tienen presentes los intereses del individuo». Frase ésta, estampada en un libro que se publicó en el año 1789 y que tiene particular validez en nuestros días, cuando a través de diversos sofismas y sistemas políticos, se pretende lograr la grandeza o el progreso de la comunidad, sacrificando a un ente abstracto a los intereses vitales de la mayoría de los individuos. Es el pensamiento liberal que desde otro ángulo formulara en la misma época Thomas Paine, escritor inglés y ciudadano del mundo, uno de los principales inspiradores de la Declaración de Independencia, quien impugnó entonces la perdurable confusión entre sociedad y gobierno, al resumir su opinión al respecto en esta síntesis tajante: «La sociedad es en toda forma una bendición, pero el gobierno, aun en su mejor estructura, no es más que un mal necesario; y en la peor forma, un mal intolerable». De ahí que a fines del siglo XVIII  en gran parte del XIX existieran estadistas y escritores políticos que postularon con Thomas Jefferson que «el mejor gobierno es el que gobierna menos» y que incluso asignaran a los «buenos gobiernos» la misión de proveer al pueblo un tipo de educación que le permita un día prescindir de la tutela del «mal necesario», representado por los gobiernos.

Estos conceptos, que tuvieron popularidad y una considerable difusión teórica, sólo fueron aplicados en muy escasa medida por los mismos políticos que solían invocarlos en sus programas electorales. En la práctica, tanto la democracia como el liberalismo fueron desnaturalizados en un grado tal que se convirtieron en sendas contrafiguras de su respectivo arquetipo doctrinario. Así, las democracias históricas, las democracias reales, lejos de preocuparse por representar la auténtica soberanía del pueblo, se convirtieron, en el mejor de los casos, en un conjunto de organismos aptos para la captación de la voluntad, al servicio de intereses particulares: capitalistas, oligárquicos, burocráticos. En los casos peores, aquellos en que los gobernantes sedicentes democráticos ascendieron al poder mediante golpes de fuerza, como ocurre en las llamadas democracias populares y en regímenes de tutela militar, la democracia no llega a representar siquiera una deleznable hoja de parra.

La flagrante desnaturalización de ambas corrientes político ideológicas no se debió precisamente a la particular malicia o perversidad de los líderes políticos que utilizaron algunos de sus esquemas para llegar al poder. Sabemos, desde luego, que el poder es en sí un factor de corrupción, que explica no pocas claudicaciones y singulares cambios de frente entre los adeptos de esa deidad multisecular. Pero la fuente principal de aquella falsificación o, si se quiere, de aquel escamoteo de valores políticos respetables, no es de índole puramente subjetiva, sino que reside en el fenómeno material y concreto de la subsistencia de privilegios económicos y sociales que dividen a los hombres y que vuelven ilusorio, carente de sentido, cualquier esquema de organización de la sociedad libre de coerciones deformantes, antisociales.

Así lo entendió Rocker, cuando en el estudio al que nos referimos, observa: «Si el liberalismo fracasó prácticamente en un sistema económico basado en el monopolismo y en la división de clases, no fue porque se había equivocado en la exactitud de su punto de partida, sino porque es imposible un desenvolvimiento natural y espontáneo de la personalidad humana en un sistema que tiene su raíz en la explotación desvergonzada por la gran masa de miembros de la sociedad. No se puede ser libre política ni personalmente en tanto se está económicamente a merced de un tercero y no puede uno substraerse a esa condición. Eso lo reconocieron hace mucho tiempo hombres como Godwin, Warren, Proudhon, Bakunin y muchos otros, por lo cual llegaron a la convicción de que la dominación del hombre por el hombre no desaparecerá mientras no se ponga fin a la explotación del hombre por el hombre».

Desde este punto de vista cuestionaron siempre los adeptos del socialismo libertario –los anarquistas– al liberalismo político tal como aparecía en los grupos o partidos que invocaron ese esquema como medio para alcanzar el poder y mantener el statu quo vigente en el orden económico. Así, impugnaron el liberalismo militante, en tanto que liberalismo burgués y a la democracia oficial, como democracia burguesa. Partiendo de la situación real y concreta de que una sociedad basada en privilegios de clase es incompatible con la existencia de una comunidad de individuos asociados para fines de interés común en la práctica del apoyo mutuo, denunciaron una y cien veces la manifiesta inconsecuencia del liberalismo oficial respecto a sus premisas teóricas. Tal, por ejemplo, el pretendido antiestatismo de los «liberales», que consideran inadmisible la intervención del Estado en las actividades económicas, pero sólo en la medida en que esa intervención pueda interferir en la libertad de acción de los empresarios capitalistas, frente a los verdaderos productores y a los consumidores, a quienes el Estado «liberal» obliga a acatar la legalidad establecida, que hace legítimo el sistema de explotación de unos y otros.

El socialismo libertario, cuya finalidad esencial consiste en la supresión de toda forma de coerción en la convivencia, a fin de lograr que la sociedad sea realmente una comunidad de hombres libres e iguales, ha surgido así como una corriente revolucionaria y constructiva que se propone superar y corregir  los vicios del orden establecido que, pese a sus múltiples distorsiones, sigue invocando los principios de la democracia y del liberalismo burgueses.

No se trata, simplemente, de remendar o cambiar algunos aspectos formales del sistema vigente para hacerlo más aceptable para sus víctimas, que seguirían siendo víctimas. El socialismo libertario tiene como meta la transformación de fondo de la sociedad, asentada actualmente sobre bases capitalistas y estatistas, pero no reniega de las conquistas limitadas pero logradas a través de las centurias y gracias al sacrificio de muchas generaciones de precursores, visionarios y militantes y que aseguran un mínimo de libertad y de respeto a la dignidad. Conquistas que no solo suelen ser negadas o retaceadas por los grupos dirigentes, representantes del tradicional statu quo burgués y reaccionario, sino que son asimismo cuestionadas, subestimadas y prácticamente rechazadas por ciertas corrientes que se consideran revolucionarias y que bajo el pretexto de combatir el liberalismo capitalista, tienden a arrasar con los pocos valores positivos que aun en forma parcial siguen vigentes en algunas sociedades contemporáneas, restaurando así un nuevo absolutismo que, al ser dotado de modernas formas de presión y represión, incluyendo la temible técnica del «lavado de cerebros», resulta más peligroso, nocivo y difícil de remover que los absolutismos antiguos. La funesta máxima leninista, según la cual «la libertad es un prejuicio burgués», traducida en normas e instituciones represivas, ha contribuido a falsear y desvirtuar, con trágica eficacia, el contenido socialista de los movimientos revolucionarios que a partir de 1917 se han ido imponiendo en los países de Europa oriental, en la inmensa China y en la isla del Caribe. Y no es mera casualidad, ni resulta del todo arbitrario que los heroicos y sacrificados impugnadores de ese cerrado orden totalitario que consagra la alienación absoluta de los individuos frente al Estado, los que surgen de la «intelectualidad» soviética, como surgieron asimismo entre los militantes del partido en Hungría y Checoslovaquia, sean calificados por la prensa informativa de «liberales», cuando son fundamentalmente socialistas, formados intelectualmente en la escuela del marxismo-leninismo. Es que las demandas de libertad, de respeto a la dignidad humana y a la admisión de lo que suele llamarse pluralismo ideológico, equivale a la efectiva libertad de pensamiento, no son en modo alguno incompatibles con el socialismo, sino que constituyen, por el contrario, condiciones esenciales de la real vigencia de esa forma de organización social.

El socialismo libertario, enunciado en sus líneas doctrinarias generales, después de la segunda mitad del siglo pasado, cuando aun no se habían consignado las experiencias institucionales de la democracia y del liberalismo burgueses, denunció ya entonces las fallas, las deformaciones y las contradicciones que una experiencia exhaustiva en la práctica de esas instituciones vino a confirmar después plenamente. El hecho de que la reacción más generalizada, incluso de tipo insurreccional, contra los males del orden capitalista, seudo liberal y seudo democrático, se oriente en el sentido de una vocación autoritaria, germen indudable de un nuevo absolutismo, constituye a nuestro juicio una realidad lamentablemente trágica, ya que ello ha de generar a su vez renovadas frustraciones, a semejanza de las que sufren en carne propia los rebeldes «liberales» de los países sometidos al capitalismo de Estado totalitario, bajo rótulo socialista. Pero esta comprobación no invalida en lo más mínimo la posición libertaria frente a los diversos sistemas de dominación y alienación del hombre, dentro de las sociedades fundadas en la represión y el privilegio. Cabe señalar que en menos de un siglo y medio, se produjo el advenimiento, el auge y la decadencia del sistema liberal. A medio siglo de vigencia del comunismo autoritario establecido en Rusia, ese régimen acusa fisuras y conflictos internos, en lo que al movimiento comunista se refiere, que bien pueden ser anuncio de cambios imprevisibles en el monolítico sistema. Hay allí una razón más para perseverar en la afirmación de los valores del socialismo libertario, que la experiencia histórica, observada sin anteojeras convencionales, ha confirmado plenamente. 


Jacobo Prince


Tomado del libro «El anarquismo en América Latina» (1990, Biblioteca Ayacucho). Prólogo introductorio por país (Ángel Cappelletti) y anexo de escritos seleccionados por Carlos M. Rama y Ángel Cappelletti.

sábado, 4 de julio de 2015

La concepción del amor libre en el joven Mijaíl Bakunin

Con 29 años, Mijaíl Bakunin escribía desde París a su hermano Pavel, desarrollando hermosos párrafos acerca de la concepción del amor libre y certeras críticas a la posesión afectiva, «Querer, al amar, la dependencia de aquella persona a la que se ama, es amar una cosa y no un ser humano», añadía el joven ruso posterior fundador del colectivismo anarquista. En 1845 Mijaíl Bakunin aún no constituía un pensamiento anarquista plenamente desarrollado, sin embargo, sus palabras se teñían intensamente del amor a la libertad que años más tarde conformó la esencia del pensamiento del socialismo revolucionario bakuninista sobre el cual el movimiento anarquista mundial sentó las bases. Tomado del Libro «Conversaciones con Bakunin», compilación a cargo de Arthur Lehning, Editorial Anagrama. Es un fragmento de la carta original (N&A) 





París, 29 de Marzo de 1845

Mijaíl Bakunin 

a su hermano Pavel


Amo, Pavel, amo apasionadamente; no sé si puedo ser amado como me gustaría serlo, pero no desespero; sé al menos que tiene mucha simpatía por mí; debo y quiero merecer el amor de la que me ama, amándola religiosamente, es decir activamente; ella está sometida a la esclavitud más terrible e infamante; y yo debo liberarla luchando contra sus opresores y encendiendo en su corazón el sentido de su propia dignidad, suscitando en ella el amor y la necesidad de la libertad, los instintos de la rebelión y la independencia, recordándole a ella misma sus sentimientos acerca de su fuerza y sus derechos. 

Amor es querer la libertad, la independencia total del otro, es este el primer acto de amor verdadero; es la emancipación completa del objeto al que se ama; verdaderamente no se puede amar más que a un ser perfectamente libre, independiente no solamente de todos los demás sino incluso y sobre todo de aquel de quien es amado y a quien se ama. Esta es mi profesión de fe política, social y religiosa, éste es el sentido íntimo no sólo de mis acciones y mis tendencias políticas, sino hasta donde puedo de mi existencia particular e individual; porque el tiempo en el que estos dos tipos de acciones podrían ir por separado está ya muy lejos; ahora el hombre quiere la libertad en todas las acepciones de esta palabra, o no la quiere. 

Querer, al amar, la dependencia de aquella persona a la que se ama, es amar una cosa y no un ser humano, pues el hombre solamente se distingue de la cosa por la libertad; y si el amor también implicara la dependencia sería lo más peligroso y lo más infamante del mundo, porque reaviva entonces una fuente inagotable de esclavitud y embrutecimiento para la humanidad. Todo lo que emancipe a los hombres, todo lo que al hacerlos entrar en sí mismos suscita en ellos el principio de su vida propia, de una actividad original y verdaderamente independiente, todo lo que les da la fuerza para ser ellos mismos, todo esto es verdad; todo lo demás es falso, liberticida, absurdo. 

Emancipar al hombre es la única influencia legítima y bienhechora. ¡Abajo todos los dogmas religiosos y filosóficos, no son más que engaños! La verdad no es una teoría sino un hecho, la vida misma, es la comunidad de los hombres libres e independientes: es la unidad del amor que surge de las profundidades misteriosas e infinitas de la libertad. 


Mijaíl Bakunin

jueves, 2 de julio de 2015

Cuando en 1902 obreros chilenos y argentinos gritaron contra el nacionalismo y la guerra

En 1901 y 1902 los militares chilenos y argentinos, dignos antepasados de los belicistas que en nuestro tiempo se apoderan del gobierno en ambos países, comenzaron a agitar la cuestión limítrofe, excitaron el estúpido patrioterismo de las masas y se preparaban para una guerra fratricida.

En La Agitación quedó bien definida, el 1º de enero de 1902, la posición de los anarquistas chilenos frente a la posibilidad del conflicto bélico: «Los gobernantes, eternos explotadores de la miseria, empiezan a incitaros a la matanza de vuestros hermanos, los trabajadores de la República Argentina… Escuchad: Más allá de los Andes hay unos obreros que sufren nuestras mismas miserias y las mismas tiranías, y que, como nosotros, nada tienen que defender. Ellos no pueden ser vuestros enemigos porque son vuestros hermanos de esclavitud… Obreros chilenos: arrojad a vuestros gobernantes esos rifles asesinos con que se os quiere armar contra vuestros hermanos; que el propietario defienda sus propiedades; que el gobernante defienda sus instituciones políticas». El mismo mensaje, con casi idénticas palabras, dirigía por entonces La Protesta a los obreros argentinos, convocados, a su vez, al asesinato de los chilenos. Quince años más tarde, proclamará lo mismo Flores Magón, dirigiéndose a los trabajadores norteamericanos reclutados para luchar en Europa contra los alemanes.


Ángel Cappelletti