martes, 3 de marzo de 2015

Educación e Instrucción - Mijaíl Bakunin

El escrito a continuación, disponible por primera vez de manera íntegra en internet, corresponde al capítulo titulado Educación e Instrucción del libro Escritos de Filosofía Política II, Mijaíl Bakunin. (Es un fragmento del tomo II, y corresponde a la parte III del total del compilado. Las Partes I y II, incluidas en el Tomo I, se pueden consultar haciendo clic aquí) Se han omitido las fuentes bibliográficas incluidas en el formato papel. Las negritas tipo subtítulo corresponden al compilador, Gregori Maximoff, y el desarrollo a Mijaíl Bakunin. Traducción a cargo de Antonio Escohotado. Con este texto continuamos la transcripción total del Tomo II, obra imprescindible para comprender el pensamiento y práctica política en Mijaíl Bakunin. Nota explicativa incluida en la edición papel, Altaya 1995: “Maximoff preparó el texto original de este volumen en ruso, y extrajo principalmente los textos seleccionados de la primera edición rusa de las obras escogidas de Bakunin, de la que aparecieron cinco volúmenes entre 1919 y 1922; pero también recurrió a la edición alemana (1921-1924), y a unos pocos panfletos y revistas.” (N&A)



Una educación completa e igual es condición indispensable para la emancipación de los trabajadores. La primera reivindicación de la Internacional es una educación completa e igual para todos; lo primero que propuso la Comuna de París, en medio de la terrible batalla que conocemos, fue el establecimiento de escuelas elementales de calidad para niños y niñas, dirigidas por principios humanitarios y sin curas.

¿Puede ser  completa la emancipación de los trabajadores mientras la educación recibida por las masas sea inferior a la de la burguesía, o mientras cualquier clase, grande o pequeña en número, disfrute por su nacimiento los privilegios de una educación superior y más completa?...

¿No es evidente que de dos personas dotadas con una inteligencia natural aproximadamente igual, la que sabe más –cuya mente ha sido ensanchada en mayor grado por la ciencia y está mejor preparada para comprender el sistema interconectado de los hechos naturales y sociales, o de las llamadas leyes naturales y sociales- captará más fácilmente y de modo más amplio el carácter del medio donde se encuentra? ¿Y no es evidente también que esa persona se sentirá más libre, y en la práctica será la más lúcida y fuerte de las dos?

Es lógico que quien sabe más dominará a quien sabe menos. Y si al comienzo sólo existiera esta diferencia de instrucción y educación entre dos clases, produciría por sí sola en un tiempo relativamente breve todas las demás diferencias, y la sociedad humana volvería a caer en su estado presente; es decir, se dividiría de nuevo en una masa de esclavos y un pequeño número de amos, de los cuales los primeros trabajarían para los últimos como ocurre en la sociedad actual.

Se comprende entonces por qué los socialistas burgueses sólo piden un poco más de educación para el pueblo, sólo un poco más de la que disfruta ahora, y por qué nosotros, los socialistas democráticos, pedimos para todo el pueblo una educación completa e integral, tan completa como permite  el estado actual del desarrollo intelectual de la sociedad, para que ninguna clase esté situada por encima de las masas trabajadoras en virtud de su educación superior y en una posición capaz de dominar y explotar a la clase obrera.

Mientras existan dos o más grados de educación para los diversos sectores de la sociedad, existirán inevitablemente las clases; es decir, los privilegios económicos y políticos para un pequeño número de gente afortunada, y la pobreza y esclavitud para la gran mayoría. 

La educación y el trabajo. Como miembros de la Asociación Internacional queremos la igualdad, y porque la deseamos debemos querer al mismo tiempo una educación completa e igual para todos. Se nos preguntará: si todo el mundo va a ser instruido, ¿quién querrá trabajar? Nuestra respuesta es simple: todos trabajarán y todos serán instruidos. Una objeción frecuente es que esta mezcla de trabajo mental y mecánico sólo puede ir en detrimento de ambos; que los trabajadores manuales serán muy malos científicos, y que los científicos seguirán siendo siempre muy malos trabajadores manuales. Esto es verdad en la sociedad existente, donde tanto el trabajo mental como el manual están igualmente pervertidos por el aislamiento completamente artificial al que ambos se encuentren condenados. Pero estamos convencidos de que en el hombre viviente y completo estas dos actividades, la muscular y la nerviosa, deberían desarrollarse por igual y que, lejos de estorbarse entere sí, están llamadas a apoyarse, ampliarse y reforzarse recíprocamente. El conocimiento de los sabios será más fructífero, más útil y de más amplio alcance cuando ya no sea extraño al trabajo físico, y el trabajo del obrero instruido será realizado de una forma más inteligente y, en consecuencia, resultará más productivo que el del ignorante. De aquí se deduce que tanto al trabajo como a la ciencia interesa que no existan más trabajadores ni científicos, sino solo hombres. 

La ciencia y la técnica a disposición del trabajo. Los hombres que, en virtud de su superioridad intelectual, están hoy preocupados exclusivamente con el mundo de la ciencia y que una vez establecidos en ese mundo, y rindiéndose a las exigencias de una posición completamente burguesa, orientan todos son inventos hacia el uso exclusivo de las clases privilegiadas, de las que ellos mismos forman parte; todos esos hombres, cuando hagan causa común con el resto de la humanidad y pasen a ser compañeros de trabajo del pueblo llano, no sólo en la imaginación y de palabra, sino de hecho y por trabajo real, pondrán necesariamente sus descubrimientos y las aplicaciones de la ciencia a disposición de la sociedad para el beneficio de todos, y en primer lugar, para el aligeramiento y ennoblecimiento del trabajo, única base legítima y real de la sociedad humana. 

La ciencia en el periodo de transición. Es posible, e incluso muy probable, que en el período de transición más o menos prolongado que seguirá naturalmente a una gran crisis social, las ciencias de mayor posición se hundan a un nivel muy inferior al que mantienen en el presente… Pero ¿este eclipse temporal de las ciencias más elevadas significa realmente una gran desgracia? Lo que pierde la ciencia en su sublime altivez, ¿no lo recuperará ampliando su base? Sin duda, habrá al principio menos científicos ilustres, pero se reducirá en gran medida el número de ignorantes.

Ya no existirán esos pocos agraciados que quieren acercarse a los cielos, pero en su lugar habrá millones –degradados y aplastados ahora por las condiciones de sus vidas- que recorrerán entonces el mundo como hombres libres y orgullosos. No habrá semidioses, pero tampoco habrá esclavos. Los semidioses y los esclavos estarán humanizados; los primeros deberán descender un poco de su altura, y los otros se elevarán mucho. No habrá lugar para la deificación ni para el desprecio. Todos los hombres se unirán y marcharán con vigor renovado hacia nuevas conquistas en la ciencia y la vida. 

La educación igualitaria y las diferencias de talento individual. Aquí se plantea otra pregunta: ¿son todos los individuos igualmente capaces de elevarse a los mismos niveles de educación? Imaginemos una sociedad organizada sobre los principios de la máxima igualdad, donde todos los niños tengan desde su nacimiento el mismo comienzo en la vida en las cuestiones económicas, sociales y políticas; es decir, donde tengan los mismos medios, la misma educación y la misma instrucción. ¿No habrá entre esos miles de incipientes individualidades infinitas diferenciadas en cuanto a energía, tendencias naturales y aptitudes?

Este ha sido uno de los argumentos más fuertes de nuestros adversarios, los burgueses puros y simples, y los socialistas burgueses, que lo consideran irrefutable.

Solo bajo condiciones de completa igualdad pueden desarrollarse plenamente la libertad individual –no la privilegiada, sino la humana- y las capacidades reales de los individuos. Cuando la igualdad se haya convertido en el punto de partida para la vida de todos los pueblos de la tierra, entonces y sólo entonces –salvaguardando, de todas formas, los supremos derechos de la solidaridad humana, que es y será siempre el mayor productor de todos los valores sociales, tanto de los bienes materiales como de las riquezas de la mente humana- podrá decirse que cada individuo es el producto de sus propios esfuerzos. De lo cual podemos concluir que para desarrollar plenamente todas las capacidades individuales y para que no sean estorbadas en su plena maduración es necesario terminar con todos los privilegios individuales de naturaleza política y económica. En definitiva, es necesaria la abolición de todas las clases. Es necesario terminar con la propiedad privada y el derecho de herencia, es necesario obtener el triunfo económico, político y social de la igualdad.

Pero a la vez que la igualdad haya triunfado y se haya establecido, ¿no habrá diferencias en la capacidad y el nivel de energía de los distintos individuos? Tales diferencias continuarán existiendo; quizás no en la misma medida actual, pero sin duda no desaparecerán por completo. Dice una verdad convertida en refrán que no hay dos hojas iguales en el mismo árbol. Y este refrán es más verdad todavía en relación con los seres humanos, mucho más complejos que las hojas. Pero esta diversidad, en el lugar de ser un mal, constituye –como muy bien ha observado el filósofo alemán Feuerbach- la riqueza de la humanidad. Gracias a esta diversidad la humanidad es una unidad colectiva en la que cada miembro individual complementa a todos los demás y necesita a todos los otros; de esta forma, la infinita diversidad de los individuos humanos es la verdadera causa y la base principal de su solidaridad, y representa un argumento todopoderoso en favor de la igualdad. 

No se niegan las diferencias naturales entre los individuos. Se nos puede preguntar entonces: ¿cómo explicar que la educación, siendo casi idéntica al menos en apariencia, ofrezca a menudo resultados completamente diferentes en cuanto al desarrollo del carácter, el corazón y la inteligencia? Y para empezar, ¿no se difieren ya las naturalezas individuales desde el nacimiento? Esta diferencia natural e innata, por pequeña que pueda ser, es sin embargo positiva y real: se manifiesta de un sentido o de un grupo de funciones orgánicas sobre otras, en la intensidad de las impresiones de los sentidos y en capacidades naturales.

Hemos tratado de demostrar que tanto los vicios como las cualidades morales –hechos de la conciencia individual y social- no pueden ser heredados físicamente, y que el hombre no puede estar predeterminado fisiológicamente al mal ni ser irrevocablemente incapaz para el bien. Nunca hemos tratado de negar que las naturalezas individuales difieren en gran medida entre si, ni que algunas de ellas están dotadas en mayor grado que otras para un más amplio desarrollo de sus posibilidades humanas. Creemos, sin embargo, que esas diferencias naturales se exageran mucho, y que la mayor parte de ellas no debieran atribuirse a la Naturaleza, sino a las diferencias de educación dominantes en la sociedad actual. 

La gran mayoría de las diferencias de capacidad se deben a las diferencias de educación. La potencia de pensamiento, así como al fuerza de voluntad, están condicionadas en cada individuo por su organismo y su instrucción. No sabemos qué ocurrirá en este terreno dentro de algunos siglos, después de que se haya establecido la plena igualdad social sobre la Tierra. Pero no puede negarse que la inteligencia fuera de lo normal o dotados de verdadero genio –como el número de hombres radicalmente estúpidos por naturaleza, idiotas- es muy pequeño en comparación con la media normal de la humanidad. La mayoría está formada por personas dotadas con capacidades moderadas y casi iguales, que, sin embargo, difieren ampliamente en su naturaleza. Y ahora cuenta la mayoría, y no la minoría.

La mayor parte de las diferencias de capacidad mental existentes en la actualidad no son innatas, sino que tienen su origen en la instrucción. El poder del pensamiento se desarrolla con el ejercicio del pensar y con una guía apropiada y experta del cerebro infantil y adolescente en la gran tarea de asimilación del conocimiento racional.

Para resolver esta cuestión es necesario que las dos ciencias llamadas a solucionarla –la psicología fisiológica o ciencia del cerebro, y la pedagogía o ciencia de la instrucción o del desarrollo social del cerebro- emerjan del estado infantil en que todavía se encuentran. Una vez admitidas las diferencias fisiológicas de los individuos, sea cual fuere su grado, se deduce claramente que un sistema de educación, aun siendo excelente en sí mismo como sistema abstracto, puede ser bueno para unos y malo para otros. 

La educación igual y humanitaria tenderá a suprimir muchas de las diferencias actuales.  Para ser perfecta, la educación deberá estar más individualizada que actualmente; individualizada en el sentido de la libertad, y basada sobre el respeto a la libertad, incluso entre los niños. Tal educación no tendría por objeto el mero entrenamiento mecánico del carácter, la inteligencia y los afectos, sino el despertar en los niños la actividad independiente y libre. No debería tener más aspiración que el desarrollo de la libertad, ni otro culto (o mejor, otra moral u objeto de respeto) que la libertad de cada uno y de todos; la simple justicia, no jurídica, sino humana; la simple razón, no teológica ni metafísica, sino científica; y el trabajo mental y físico como base primera y obligatoria de toda dignidad, libertad y derecho. Tal educación plenamente difundida y que afectase a todos los hombres y mujeres, promovida en condiciones económicas y sociales basadas en la estricta justicia, sería útil para terminar con muchas de las llamadas diferencias naturales. 

La sociedad está obligada a una educación integral para todos. De aquí se deduce que la sociedad – sin tomar en consideración las diferencias reales o ficticias en las capacidades y tendencias individuales, y sin disponer de los medios para determinar y del derecho para decretar la futura carrera de los jóvenes- debe a todos los niños sin excepción una educación e instrucción absolutamente iguales.

La educación debe ser igual para todos en todos sus grados, y por tanto tiene que ser una educación integral, es decir, debe preparar a todos los niños de ambos sexos para una vida de pensamiento y también de trabajo, con el fin de que todos se conviertan por igual en individuos completos e integrales.

La filosofía positivista, que ha destronado de la mente humana las fábulas religiosas y los sueños diurnos de los metafísicos, nos proporciona un atisbo del carácter de la educación científica del futuro. Esta educación tendrá como base el estudio de la naturaleza, y como punto final la sociología. El ideal, dejando de ser tirano y falseador de la vida –como ha ocurrido siempre en todos los sistemas metafísicos y religiosos- será de ahora en adelante únicamente la expresión última y más bella del mundo real.

Como ninguna mente, por muy poderosa que sea, es capaz de abarcar todas las ciencias en sus detalles particulares; y por otra parte, como un conocimiento general de todas las ciencias es absolutamente necesario para el complemento desarrollo de la mente, la formación se divide naturalmente en dos partes: la parte general, que ofrece los elementos principales de todas las ciencias sin excepción, así como el conocimiento (no superficial, sino real) de su totalidad; y la parte especial, dividida necesariamente en varios grupos o facultades, cada una de las cuales abarca a un cierto número de ciencias mutuamente complementarias.

La parte general será obligatoria para todos los niños; consistirá, si podemos expresarnos de este modo, en la educación de sus mentes, en sustitución de la metafísica y la teología. Al mismo tiempo desarrollará en los niños hasta un nivel en que puedan escoger con conocimiento –cuando alcancen la edad de la adolescencia- la específica facultad de ciencia que mejor se acomode a sus gustos y aptitudes individuales.

En el sistema de educación integral, junto con la educación científica y teórica, es esencial que haya una educación industrial o práctica. Sólo de esta forma será posible desarrollar al hombre completo del futuro: al trabajador que comprende lo que está haciendo.

La enseñanza industrial, como la educación científica, estará dividida en dos partes: una enseñanza general que proporcione a los niños una idea general y el primer conocimiento práctico de todas las industrias, así como la idea de su totalidad, que constituye el aspecto material de la civilización, la totalidad del trabajo humano; y una parte especial dividida en grupos de industrias formando unidades íntimamente relacionadas.

La enseñanza general debe preparar a los adolescentes para escoger libremente a un grupo especial de industrias, y dentro de ellas la rama por la que se sientan una predilección particular. Tras entrar en la segunda fase de su educación industrial, los jóvenes harán su primer aprendizaje de trabajo real bajo la dirección de sus maestros.

Junto con la educación científica e industrial tendrá que haber necesariamente una educación práctica, o más bien una serie de experimentos, en la moral, no en la divina sino en la humana. La moral divina está basada sobre dos principios inmorales, el respeto por la autoridad y el desprecio por la humanidad. La moral divina considera el trabajo como degradación y castigo; pero la moral humana ve en él la condición suprema de la felicidad y dignidad humanas. La moral divina conduce, por su propia lógica interna, a una política que sólo reconoce el derecho de quienes, gracias a su posición económica privilegiada, pueden vivir sin trabajar. La moral humana garantiza esos derechos sólo a quienes viven trabajando; reconoce que el hombre sólo se convierte en hombre por el trabajo.

La educación de los niños, tomando a la autoridad como su punto de partida, debe alcanzar gradualmente la más completa libertad. 

Educación racional. Añadiremos que, en el verdadero sentido de la palabra, las escuelas en una sociedad normal basada sobre la igualdad y el respeto a la libertad humana sólo existirán para los niños y no para los adultos; para que se conviertan en escuelas de emancipación y no de esclavitud será necesario eliminar primero la ficción de Dios, el eterno y absoluto esclavista. La educación e instrucción de los niños deben basarse por completo sobre el desarrollo científico de la razón, y no sobre la fe; sobre el desarrollo de la dignidad y la independencia personal, y no sobre la piedad y la obediencia; sobre el culto a la verdad y la justicia a cualquier precio; y ante todo, sobre el respeto a la humanidad, que debe sustituir por entero al culto divino. 

De la autoridad a la completa libertad. El principio de autoridad en la educación de los niños constituye el punto de partida natural; es legítimo y necesario cuando se aplica a quienes por su tierna edad no tienen aún la inteligencia desarrollada en ningún sentido. Pero como el desarrollo de todas las cosas –y, en consecuencia, de la educación- implica la negación gradual del punto de partida, este principio debe disminuir gradualmente en la misma medida que avanzan la instrucción y la educación, dando lugar a una creciente libertad.

Toda educación racional no es en el fondo más que la inmolación progresiva de la autoridad en beneficio de la libertad. La aspiración final de la educación reside en el desarrollo de los hombres libres imbuidos por un sentimiento de respeto y amor hacia la libertad de los demás. Por eso el primer día de vida escolar, si los alumnos van a una edad en que apenas han comenzado a balbucear, habrá de ser el de más autoridad y ausencia casi total de libertad; pero su último día tendrá que ser el de mayor libertad y absoluta abolición de todo vestigio del principio animal o divino de autoridad. 

La educación de la voluntad. Debe observarse que un sistema tolerante de instrucción, defendido actualmente por algunos bajo el pretexto de la libertad y basado en la continua satisfacción de todos los deseos y caprichos del niño, contribuye muy poco al desarrollo de una voluntad firme. Por el contrario, la voluntad se desarrolla al ser ejercitada: al principio a través de ejercicios forzosos, en el proceso de ejercitar anhelos e impulsos instintivos; y con esta acumulación y concentración de poder interior en el niño, llega la concentración de la atención, la memoria y el pensamiento independiente. Un hombre incapaz de autocontrol, de reprimir sus anhelos, de moderar sus reflejos y acciones involuntarios o perjudiciales, de resistir presiones internas y externas –en una palabra, un hombre que carece de fuerza de voluntad- no es sino un vulgar pusilánime. 

La educación extramuros. El principio de autoridad, aplicado a hombres que ya han pasado la adolescencia o alcanzado la madurez, se convierte en una monstruosidad, en una flagrante negación de la humanidad, en una fuente de esclavitud y de depravación intelectual y moral. Desgraciadamente, los gobiernos paternalistas han dejado a las masas estancarse en una ignorancia tan profunda que no sólo será necesario establecer escuelas para los niños del pueblo, sino para el mismo pueblo.

Pero esas escuelas no deberán hacer la más mínima aplicación o manifestación del principio de autoridad. No habrá escuelas en el sentido actual, sino academias populares, donde no se sabrá quienes son los alumnos o los profesores, donde el pueblo acudirá libremente para adquirir –si lo considera necesario- una instrucción libre, y donde los asistentes, ricos en experiencia, enseñarán muchas cosas a los profesores encargados de aportarles el conocimiento que les falta. Será entonces una especie de fraternidad intelectual entre la juventud instruida y el pueblo.

La verdadera escuela para el pueblo y para todos los hombres crecidos es la vida. La única autoridad grande y todopoderosa, a la vez natural y racional, que podemos respetar será la del espíritu colectivo y público de una sociedad basada en la igualdad y la solidaridad, así como en la libertad y el respeto mutuo de todos sus miembros. 

La educación socialista es imposible en la sociedad existente. Tres cosas son necesarias para que los hombres puedan convertirse en hombres morales (es decir, en hombres completos en el verdadero sentido de la palabra): el nacimiento en condiciones higiénicas; una educación racional e integral, acompañada de una instrucción basada sobre el respeto por el trabajo, la razón, la igualdad y la libertad; y un medio social en el que el individuo humano, disfrutando de su plena libertad, sea igual, de hecho y de derecho, a todos los demás.

¿Existe tal medio? No, no existe. De aquí se deduce que hay que crearlo. Si fuera posible encontrar en el medio social existente escuelas capaces de proporcionar a sus alumnos una instrucción y educación tan perfectas como pueda imaginarse, ¿conseguirían esas escuelas desarrollar hombres justos, libres y morales? No, no podrían, porque al dejar la escuela, los graduados se encontrarían en un medio social gobernado por principios completamente contrarios, y como la sociedad es siempre más fuerte que los individuos, pronto serían dominados por ella y desmoralizados. Porque la vida social abarca todo, impregna las escuelas lo mismo que la vida de las familias y de todos los individuos comprendidos en ella.

Una educación pública, no ficticia sino real, sólo puede existir en una sociedad verdaderamente igualitaria… Y como la propia vida y la influencia del medio social son factores educativos mucho más poderosos que las enseñanzas de todos los profesores licenciados sobre el «deber» del sacrificio y sobre todas las virtudes, ¿cómo puede ser la educación posesión social de los individuos y de las familias difiere tanto y es tan desigual? 

El medio social configura la mentalidad de los maestros. Los educadores viven y trabajan en una determinada sociedad y están completamente impregnados en todo su ser, y en las más pequeñas partículas de su vida –la mayoría sin tener siquiera conciencia de ello- por las convicciones, prejuicios, pasiones y hábitos de esa sociedad. Transmiten todas esas influencias a los niños que tienen a su cargo; y como, en virtud de la tendencia natural del hombre a ejercer presión sobre quienes son más débiles que él, la mayor parte de los educadores son opresores y déspotas con respecto a los niños -y a la vez, como el saludable espíritu de contradicción, garantía de la libertad y de todo progreso, se despierta en los humanos casi desde la infancia-, los niños y adolescentes odian generalmente a sus educadores, desconfían de ellos y, al protestar contra su rutina y sus enseñanzas sociales, la generación más joven se hace capaz de aceptar o de crear nuevas cosas.

Aquí reside una de las razones principales por las que los adolescentes –mientras aún asisten a la escuela y no han tomado todavía parte directa y constructiva en la vida social- son capaces, en mayor medida que los adultos, de adherirse a una nueva verdad. Pero tan pronto como dejan la escuela, tan pronto como asumen un puesto definitivo en la sociedad y adoptan los hábitos, intereses y, por así decirlo, la lógica de una cierta posición más o menos privilegiada, la mayoría de ellos toman posición junto a la generación más vieja contra la que se habían rebelado, como los esclavos de la sociedad, y se convierten a su vez en opresores de la siguiente generación de jóvenes a causa de sus prejuicios sociales.

El medio social –y la opinión social, que siempre expresa los intereses materiales y políticos de ese medio- gravitan pesadamente sobre el pensamiento libre, y es necesario un gran poder de pensamiento e incluso de interés y pasión frente a la sociedad para resistir esa poderosa opresión. 

Una actitud socialista sólo puede ser desarrollada en los niños dentro de una sociedad socialista. Los maestros, los profesores y los padres son todos ellos miembros de esta sociedad, y están todos estupidizados o desmoralizados por ella. ¿Cómo pueden, entonces, ofrecer a sus alumnos algo de lo que ellos mismos carecen? La moral sólo puede ser predicada efectivamente con el ejemplo, y puesto que la moral socialista es completamente contraria a la moral existente, los maestros, dominados en mayor o menor medida por esta última, actuarán ante sus discípulos de una manera completamente opuesta a lo que predican. Por consiguiente, la educación socialista es imposible en las escuelas actuales, lo mismo que en las familias de nuestro tiempo.

Una educación integral es igualmente imposible en las condiciones actuales. El burgués no tiene el menor deseo de que sus hijos se conviertan en obreros, y los trabajadores están privados de los medios necesarios para ofrecer a su prole una educación científica.

Me divierten mucho esos buenos socialistas burgueses que nos dicen siempre: «Eduquemos primero al pueblo, y después le emanciparemos». Por el contrario, nosotros decimos: dejadles primero que se emancipen ellos mismos, y ya se ocuparán después de su propia educación.

¿Quién enseñará al pueblo? ¿Vosotros? Pero no le enseñáis, le envenenáis tratando de inculcarle todos los prejuicios religiosos, históricos, políticos, jurídicos y económicos que garantizan vuestra existencia, pero que al mismo tiempo destruyen su inteligencia, le quitan brío a su legítima indignación y debilitan su voluntad. Dejáis que el pueblo esté abrumado por su trabajo diario y por su pobreza, y después le decís: «Estudiad, educaos». Nos gustaría veros, con vuestros hijos, poneros a estudiar después de trece, catorce o dieciséis horas de trabajo embrutecedor, con la pobreza y la inseguridad del día siguiente como toda recompensa.

No, caballeros, a pesar de nuestro respeto por la gran cuestión de la educación integral, declaramos que ahora mismo no es la cuestión más importante a plantear al pueblo. La primera cuestión para el pueblo es su emancipación económica, que conduce necesaria e inmediatamente a una emancipación política, y sólo tras esto viene a la emancipación intelectual y moral del pueblo. 

La educación del pueblo debe ir a la par con una mejora en las condiciones económicas. Las escuelas para el pueblo son, desde luego, una cosa excelente. No obstante, es preciso preguntarse si el hombre medio del pueblo –ese individuo que lleva una existencia precaria de la mano a la boca, que carece de educación y ocio y se ve forzado a trabajar hasta el agotamiento para conseguir el sustento de su familia- puede tener el deseo, la idea o la oportunidad de enviar a sus hijos a la escuela y mantenerlos allí durante el período de estudios. ¿No les necesitará, no necesitará la ayuda de sus manos débiles e infantiles y de su trabajo para mantener a la familia? Para él es un sacrificio importante dejarles hacer un año o dos de escolaridad, lo suficiente para aprender lectura, escritura y aritmética y para ver emponzoñados sus corazones y mentes por el catecismo cristiano, del cual existe una desordenada abundancia en las escuelas de todos los países. ¿Acaso podrá alguna vez esta exigua educación elevar a las masas trabajadoras hasta el nivel de la educación burguesa? ¿Será posible salvar alguna vez este abismo?

Es evidente que esta importante cuestión de la educación e instrucción popular depende de la solución del problema –mucho más difícil- de la reorganización radical de las condiciones económicas de las clases trabajadoras. Elevad esas condiciones, devolved al trabajo lo que le pertenece en justicia, y permitiréis de esa forma a los trabajadores que adquieran conocimientos, prosperidad y ocio. Entonces, podéis estar seguros, crearán una civilización más amplia, más saludable y más elevada que la vuestra.

¿Se deduce de ello que debemos eliminar toda educación y suprimir todas las escuelas? ¡Muy al contrario! Es preciso extender liberalmente la educación entre las masas, transformando todas las iglesias, todos los templos dedicados a la gloria de Dios y la esclavitud de los hombres, en otras tantas escuelas de emancipación humana.

Por eso nos adherimos plenamente a la resolución adoptada por el Congreso de Bruselas en 1867:

«Reconociendo que por el momento es imposible organizar un sistema racional de educación, el Congreso urge a sus diversas secciones para que organicen cursos de estudio con arreglo a un programa de educación científica, profesional e industrial, es decir, un programa de instrucción integral, para remediar en la medida de los posible la falta actual de educación entre los trabajadores. Queda bien entendido que hay que considerar condición preliminar indispensable una reducción de las horas de trabajo.»

Sí, los obreros harán sin duda alguna todo cuando esté en su poder para proporcionarse la educación que es posible obtener bajo las condiciones materiales de su vida actual. Pero, sin dejarse extraviar por las voces de sirena de la burguesía y los socialistas burgueses, deberían concentrar ante todo sus esfuerzos en la solución del gran problema de la emancipación económica, que debería ser el punto de partida de todas las demás emancipaciones. 


Mijaíl Bakunin




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